Integridad y Sabiduria
Sermones

No juzquéis conforme a la sabiduría humana

Miguel Núñez 10 julio, 2011

Todos somos enjuiciadores. No hace falta que nadie nos enseñe; basta con ser humanos. Cuando Cristo dice "no juzguéis" en Mateo 7, no está prohibiendo todo tipo de evaluación —la iglesia necesita discernir para bautizar, disciplinar y distinguir entre verdaderos y falsos maestros—, sino un tipo específico de juicio: el que se hace por apariencia, el que nace de emociones inflamadas, el que pretende conocer las motivaciones del corazón ajeno. Juan 7:24 lo aclara: "No juzguéis por la apariencia, sino juzgad con juicio justo." El problema es que el juicio justo resulta extraordinariamente difícil para nosotros. Nuestro conocimiento es limitado, imperfecto y teñido por el pecado. Nunca tenemos toda la información, y las motivaciones del corazón solo Dios puede juzgarlas.

Hay una diferencia entre el pensamiento crítico —un proceso lógico de discernimiento— y pensar críticamente, un proceso emocional donde las emociones se elevan hasta que logramos demoler al otro. Cuando cruzamos esa línea, nos intoxicamos con nuestra propia perspectiva. Y lo más grave: tendemos a condenar en otros exactamente lo que nosotros mismos practicamos. Como aquellos cinco conductores que firmaron una carta pidiendo control de tráfico y fueron los primeros multados por manejar temerariamente.

La viga en nuestro ojo es principalmente el orgullo, esa preocupación con el yo que se siente superior en conocimiento y en moral. Por eso el llamado no es solo a dejar de juzgar injustamente, sino a cultivar una cultura de afirmación mutua, donde animarnos unos a otros sea tan natural como respirar.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

El fin de 2021. Vamos a ver los primeros seis versículos y le damos continuación a nuestra serie sobre el Sermón del Monte. Mateo 7, comenzando en el versículo 1: "No juzguéis, para que no seáis juzgados, porque con el juicio con que juzguéis seréis juzgados, y con la medida con que midáis, se os medirá. ¿Y por qué miras la mota que está en el ojo de tu hermano, y no te das cuenta de la viga que está en tu propio ojo? O ¿cómo puedes decir a tu hermano: déjame sacarte la mota del ojo, cuando la viga está en tu ojo? ¡Hipócrita! Saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás con claridad para sacar la mota del ojo de tu hermano. No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las huellen con sus patas y, volviéndose, os despedacen."

Padre, gracias por estas palabras tan sabias acerca de la manera como nosotros no debemos hacer las cosas. Te pedimos, Dios, que tú nos des un espíritu sensible al escuchar estas palabras. Te pido que mi mente pueda ser guiada por tu verdad y por el mismo Espíritu. Que se destilen estas verdades y que nosotros podamos salir de aquí transformados. Lo pedimos en el nombre de Jesús. Amén.

¿Cuántos —voy a hacer este ejercicio por tercera vez— de cuántos de los que estamos aquí nos consideramos enjuiciadores? Voy a ponerme los lentes porque eso no fue una pregunta retórica. La mayoría no levantó la mano, lo cual es sorprendente, porque no ha habido un ser humano que haya pisado la faz de la tierra que no haya sido, no vaya a ser y no sea un enjuiciador. No hay imposibilidad de ser un ser humano y no ser enjuiciador; lo que varían son las circunstancias, las intensidades, las frecuencias. Pero, como vamos a ver a lo largo de todo el sermón, este es uno de los pecados universales de la raza humana. Lo único que usted necesita para ser un enjuiciador es ser un ser humano.

Lo peor de todo, como el ejercicio demostró, es lo siguiente. Déjame leer este párrafo de un libro que estoy leyendo, que se llama *How to Make Judgments without Being Judgmental* —cómo hacer juicios sin ser enjuiciador—. El primer capítulo se llama "Tú eres un enjuiciador y yo soy un enjuiciador." La manera en que aquí hay muchos que no lo hemos visto así todavía, y es por eso que el autor escribe esto. Escucha: "Un aspecto desafortunado de la vida es que frecuentemente las personas que más necesitan cuestionarse a sí mismas no lo hacen. Las personas que más necesitan cuestionar su opinión no lo hacen, y las personas que más necesitan respetar los límites de otros invadirán estos límites y forzarán sus opiniones, ya sea que las queramos o no." Este autor describe el mal del cual Israel no pudo ser curado después de cuarenta años en el desierto.

Es interesante porque este pasaje ha sido usado por incrédulos para justificar su incredulidad y tratar de robarle a todo el mundo el derecho de poder cuestionar sus planteamientos. Ha sido usado por creyentes para justificar su pecado y querer hacer exactamente lo mismo: quitarle a todo el mundo la posibilidad de cuestionar sus acciones pecaminosas. Pero también ha sido usado correctamente para enseñar, para sanar, para eliminar lo que es el espíritu de legalismo y enjuiciador típico de la raza humana.

Si nosotros somos honestos, este pasaje tiene mucho que decirnos, porque nosotros violamos este pasaje por lo menos semanalmente, si no diariamente. La razón por la que nosotros no lo vemos es porque, como usted puede notar, yo estoy aquí predicando y esto me está costando un esfuerzo, y por eso yo estoy consciente del esfuerzo que estoy haciendo. Cuando yo estaba estudiando y preparando esto, eso me costó otro tipo de esfuerzo; por tanto, yo estaba consciente de lo que estaba haciendo. El problema con el juicio que pasamos es que es tan natural para nosotros como la acción de respirar, y por tanto ya no nos damos cuenta.

Pero nosotros vivimos viendo el mundo, reaccionando ante el mundo, haciendo juicios que otros escuchan, haciendo juicios que solamente yo escucho, haciendo juicios que yo regurgito y me hablo a mí mismo, y en otras ocasiones simplemente de actitud. Yo no creo que voy a decir nada en el día de hoy que de alguna manera, en algún momento, yo no haya vivido en mi vida, o que no vaya a vivir. Es posible que yo lo vaya a repetir, pero es algo por lo que conozco: la naturaleza humana. No es porque sea más inteligente que ninguno de ustedes; es simplemente que yo soy parte de ustedes. Yo comparto con cada uno de ustedes la naturaleza pecadora, caída, egoísta, rebelde, demandante, necesitada, con la que nosotros nacemos.

Y ese es uno de los graves problemas que tenemos: que, lamentablemente, usualmente yo no veo mi propio pecado. Yo vi el pecado de enjuiciar en otros antes de verlo en mí, pero la realidad es que cuando lo vi en otro ya estaba en mí, porque esto comienza muy temprano. Y con esa introducción, yo quiero que veamos tres cosas. Número uno: cuál es el juicio que Cristo prohíbe. Número dos: la advertencia en contra del juicio. Y número tres: qué nos convierte en hipócritas a la hora de enjuiciar.

Comenzamos con el primero: ¿cuál es el juicio que Cristo prohíbe? La palabra que es traducida como "juzgar" —"juzguéis"— en el griego es *krínō*, una palabra que puede significar discernir o juzgar. De tal forma que no necesariamente la acción de *krínō* es negativa; puede ser positiva, puede ser necesaria, puede ser algo que la palabra misma nos esté animando a hacer. La pregunta que yo tengo que hacerme para comenzar es: cuando Cristo pronunció estas palabras, ¿a quién se estaba dirigiendo? Porque él tenía una audiencia de frente, él tenía a personas en su mente.

Y si bien es cierto, por ejemplo, que este es un pasaje que nosotros usamos en consejería, yo no puedo perder de vista que Cristo no estaba dando consejería cuando usó este pasaje; predicó un mensaje a una audiencia, y luego le encontramos su aplicación. Cuando él pronunció estas palabras, acababa de decirle a la misma audiencia que cuando dieran, debieran dar de una manera que la mano izquierda no se enterara de lo que la mano derecha estaba haciendo. Acababa de decirle al mismo grupo de personas que a la hora de ayunar no debieran verse tristes y angustiados, sino alegres y perfumados. Acababa de decirles a esas mismas personas que a la hora de orar no se pararan en las plazas públicas a orar para que los hombres los vieran.

Y en ese contexto, entonces, Cristo, hablando a una audiencia que estaba acostumbrada a juzgar conforme a la sabiduría humana, a la tradición humana, conforme a la apariencia y —en buen dominicano— a la fanfarronería, Cristo le dice a esa misma audiencia acostumbrada a mirar a alguien lánguido y decir: "Wow, está ayunando, qué piadoso", o ver a alguien pararse y orar públicamente y decir: "Wow, qué piadoso es ese hombre." A esa audiencia se le dice: "No, ¡no juzguéis!" Esta es la audiencia que, cuando no veía esa cara lánguida y cuando no veía a otros orar en público, concluía que esa persona no era piadosa. Y Cristo le está diciendo: "No, ¡no juzguéis!"

De manera que yo necesito recordar que estas palabras salieron probablemente como un proyectil al corazón de aquellas personas a quienes Cristo les había dicho: "Oye, cuando vayas a orar, métete en tu cuarto, y cuando vayas a ayunar, perfúmate." Imagínate que tú hubieses estado allí escuchando estas palabras. Es su audiencia, es su aplicación inmediata. Pero, sin lugar a dudas, al resto de lo que la Palabra tiene que decir, Cristo tuvo que habernos tenido a cada uno de nosotros en mente también, a lo largo de los siglos, porque en múltiples pasajes la Palabra nos manda a no juzgar de la manera que Cristo nos está ordenando aquí.

Ahora, yo necesito entender que esta no es una prohibición absoluta a pasar juicios, porque cuando tú lo miras de esa forma, tú no pudieras ni vivir, ni hacer iglesia, ni vivir en la sociedad realmente. Cuando tú entrevistas a alguien para el bautismo, por ejemplo —y se me fue la mano—, tú no estás listo para bautizar; yo tuve que evaluar su testimonio, su obra, yo tuve que evaluar si estaba listo, y luego pasan muchos que sí, y decir: "No estás listo." Cuando tú haces disciplina pública en la iglesia, tú tienes que evaluar el testimonio de la persona, los hechos, y tienes que pasar un juicio al final y determinar si va a ir a disciplina pública o no.

En la sociedad nosotros necesitamos cortes judiciales. León Tolstói, el novelista ruso famoso, autor de la gran obra *Guerra y paz*, leyendo el Sermón del Monte, pensó que este sermón había que aplicarse a la sociedad y llegó a la conclusión errada de que nosotros no debíamos tener cortes judiciales para no vivir juzgándonos unos a otros. ¡Qué ingenuo, Tolstói! Si esto representara una prohibición absoluta en contra del juicio, ¿qué hago con el versículo 6: "No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las huellen con sus patas y, volviéndose, os despedacen"? Porque para yo no darle las perlas —la Palabra de Dios— a aquellos que Cristo llama perros y cerdos, yo tengo que medir, valorar y decir: "Estos parecen ovejas, y estos parecen perros y cerdos." ¿Quiénes eran ellos? Aquellos que abiertamente se habían opuesto al evangelio y estaban de hecho bajo juicio de Dios en ese momento. Cristo ya los había enjuiciado; no pierdas el tiempo con ellos.

Yo necesito hacer esa diferenciación. Y ¿qué hago con el versículo 15 y 16: "Cuidaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los abrojos?"? Para yo saber quiénes son los verdaderos maestros y los falsos maestros, para conocerles por sus frutos, yo voy a tener que hacer una evaluación de sus vidas, sus frutos, sus enseñanzas.

De manera que otra vez yo necesito entender. Bueno, quizás no es esto exactamente lo que Cristo está diciendo. Yo necesito saber qué tipo de juicio es el que le estaba prohibiendo. Déjame darte uno, dos textos más. Primera de Corintios 10:15: "Os hablo como a sabios; juzgad vosotros lo que digo." Pablo dice: juzgad lo que yo digo. Hagan juicio de mis enseñanzas. Les da permiso para que lo puedan hacer.

Déjame darte otro más. La primera carta a los Corintios también, 1 Corintios 14:29: "Que dos o tres profetas hablen, y los demás juzguen." Ahora se le estaba dando permiso a la congregación para pasar juicio sobre los pronunciamientos de los profetas, en el contexto de lo que estaba ocurriendo en Corinto en ese momento.

De tal forma, entonces, que yo necesito saber con mejor definición qué puedo hacer y qué no puedo hacer, de qué manera yo peco y de qué manera no peco. Y lo mejor que yo creo que podemos hacer es usar la palabra de Cristo para interpretar la palabra de Cristo, de tal forma que no haya lugar a dudas de qué es lo que estamos diciendo. La palabra va a interpretar la palabra, pero en este caso, palabras que Cristo pronunció en vida van a interpretar palabras que Cristo pronunció también en vida.

Escucha Juan 7:24: "No juzguéis por la apariencia." Ahí tengo una prohibición con un calificativo: no juzguéis por la apariencia. Y a continuación: "sino juzgad con juicio justo." Ahora tengo un permiso para hacer un tipo de juicio distinto al anterior. La prohibición y el permiso, ambos dados por el mismo que pronunció las palabras del Sermón del Monte: no juzguéis.

Entonces, ahora yo sé que tengo que tener sumo cuidado al juzgar las apariencias, y que a la hora de juzgar tengo que cuidarme de que mi juicio sea justo. Es ahí donde la porca retuerce el rabo. Que yo no sé si usted ha pensado lo difícil que es para el ser humano hacer un juicio justo, verdaderamente justo. Cristo estaba tratando de levantar, educar, disciplinar a un grupo de hombres que fueran discípulos distintos a lo que los fariseos habían creado. Los fariseos vivían juzgando por la apariencia y calificaban algo de bueno o malo, piadoso o no, de acuerdo a cómo luciera esa acción. Cristo dice: no, no es así, no es tan fácil como eso.

Y déjame explicarte qué es lo que hace tan difícil que el juicio humano pueda ser justo. En primer lugar, tú y yo tenemos un conocimiento que es limitado, que es imperfecto, que es falible y que es pecaminoso. En otras palabras, una bomba de tiempo, porque tienes un conocimiento que no solamente es limitado, sino que su límite no es perfecto: es imperfecto, es falible y es pecaminoso, está teñido por el pecado. Eso va a dificultar mi juicio justo.

En segundo lugar, usted y yo nunca, nunca, nunca conocemos toda la información. Y quizás eso le pueda chocar un poco. Usted tiene a Pedro que le cuenta la historia, usted tiene a María que le cuenta la historia. Los únicos que estuvieron en el evento fueron Pedro y María, y usted todavía no conoce la historia, sobre todo si Pedro y María están casados. Porque lo que Pedro me dijo no concuerda con lo que María me dijo, pero yo fui a donde los que pelearon. Y aun si me contaran la verdadera historia, yo no conozco las motivaciones, ni ellos tampoco, ni completas, a la hora de ellos pelear, de sus corazones, y a la hora de contarme la historia. Usted y yo no conocemos nuestros corazones infaliblemente. No tengo toda la historia, nunca. Y es por eso que el panorama difícilmente está completo en cualquier momento.

En tercer lugar, ya relacionado con eso, nosotros tenemos una imposibilidad. Lo del juicio justo es posible, pero difícil. Lo que voy a decir ahora es imposible. Usted y yo nunca conocemos las motivaciones de los corazones. Usted no sabe con qué motivación yo estoy predicando este sermón. Esa motivación no puede ser juzgada. Esto es grave, de acuerdo a lo que la palabra dice, porque la motivación es algo que solamente Dios puede juzgar. Y cuando yo juzgo motivaciones, yo me estoy colocando en el lugar de Dios.

Entonces déjame leerte lo que el apóstol Pablo dice. Pero antes de eso, yo acabo de hacer una afirmación que quizás le chocó, y tengo que usar la palabra para explicar lo que acabo de decir. Yo decía: usted no sabe con qué motivación yo estoy predicando este sermón. Yo quiero creer que le estoy predicando para la gloria de Dios. Por lo menos eso es lo que creo. Pero nosotros somos maestros del autoengaño.

Escucha a Pablo, 1 Corintios 4:4: "Porque no estoy consciente de nada en contra mía." Dice: conscientemente yo creo que estoy bien. "Mas no por esto estoy sin culpa, pues el que me juzga es el Señor." Fíjate qué cosa. Yo creo que estoy bien, pero ya tengo que esperar a ver cuando el Señor me examine, a ver qué es lo que me va a decir.

Entonces Pablo continúa en el próximo versículo y dice: "Por tanto, no juzguéis antes de tiempo." Si usted tiene la Biblia, no lo siga leyendo porque yo quiero hacer este ejercicio con usted. "Por tanto, no juzguéis antes de tiempo, sino esperad." O sea que hay un tiempo, porque ahora no se puede hacer, sino que hay que esperar. ¿Usted no le gustaría saber el tiempo en que podemos hacer eso? Bueno, yo voy a decir cuál es el tiempo.

"Sino esperad hasta que el Señor venga, el cual sacará a la luz las cosas ocultas en las tinieblas, y también pondrá de manifiesto los designios de los corazones." Cuando Él venga, cuando Él venga, me va a decir: "Miguel, cinco mil sermones. Tres mil para mi gloria, dos mil para la tuya. Balance: tres mil sermones." Pero yo prediqué cinco mil sermones; aquí arriba sonaron tres mil. Es una ilustración. "Y entonces cada uno recibirá su alabanza de parte de Dios."

No hay nada aquí que yo no haya cometido en el pasado o en el presente, porque esto uno lo hace a veces sin darse cuenta. De manera que mucho de lo que estoy diciendo es simplemente porque la Biblia lo avala, y es que yo lo he vivido, y usted también. Y si fue así, esto es lo único que le dio miedo al principio. Cuando tú juzgas las motivaciones, tú comienzas a ver cosas en el otro que usted no sabe si están ahí, y tú comienzas a llenarte de miedo y te vuelves sospechoso. Todo: "¿Lo dijo porque...? ¿Lo hizo porque...?" Y te vuelves medio paranoico cuando eso se prolonga. Porque ahora tú estás todo el tiempo no solamente juzgando las intenciones de los demás, sino sintiéndote juzgado por los demás. Y eso como que está ahí contigo y no se te va.

Cristo dice: si tú vas a hacer un juicio y necesitas hacer un juicio justo, sano, balanceado, no prejuiciado, ese es uno de los problemas. Uno de nosotros está prejuiciado en una dirección. Te lo voy a ilustrar de la mejor manera posible. Algunos de ustedes me han afirmado, me han abrazado, me han dicho que les ha ayudado. Ustedes están prejuiciados favorablemente en mi dirección. Qué bueno, pero Dios no está favorablemente prejuiciado en favor de nadie; Él mira con juicio justo, Él sabe. Entonces eso dificulta el que nosotros podamos hacer un juicio como Dios lo hace.

Hay algunas cosas que nos van a ayudar a entender qué puedo hacer, qué no debo hacer y cuándo yo cruce la línea. Pero recuerden que nosotros tenemos una naturaleza que es pecaminosa, que es demandante, que es egoísta, que está llena de autojusticia. Entonces, leyendo este libro —un libro muy bueno sobre el tema— *Cómo hacer juicios sin ser enjuiciador*, el autor hace una diferenciación que quizás no se vea tanto en español, pero yo voy a tratar de que usted lo pueda entender igual.

Él diferencia lo que él llama *critical thinking*, que le voy a llamar pensamiento crítico, y lo voy a definir de una vez para que usted sepa de qué estoy hablando: la habilidad de revisar información, procesarla, encontrar su aplicación y llevarla a la práctica. En buenas palabras, discernimiento. Eso es lo que se supone que la universidad debe desarrollar en ustedes. Más aún, la educación secular y la educación cristiana debieran hacer lo mismo. De eso es que se quejan los educadores modernos cuando dicen que la educación contemporánea no estimula el pensamiento crítico, porque o es muy superficial o es un embotellamiento. Esa ha sido una de mis quejas en la enseñanza cristiana también.

Ese es el pensamiento crítico. El autor de este libro al cual estoy haciendo referencia quiere diferenciarlo de lo que es *pensar críticamente*. Y él hace una observación que, a pesar de lo mucho que he leído en esta área, nunca lo había visto en estos colores. Él dice que el pensamiento crítico —la habilidad de procesar información, aplicarla y demás— es un proceso lógico, no emotivo. Lees algo y sabes: bueno, eso no sirve, era un disparate; lo descartas y nunca más vuelves a pensar en eso.

Para diferenciarlo, entonces, de pensar críticamente, que es un proceso emocional, donde tú evalúas algo, o a alguien, o la acción de alguien, y tus emociones comienzan a levantarse: te sientes molesto, irritado, airado al considerar la opinión contraria, y eso como que persevera contigo. El autor agrega y dice que tú permaneces en ese estado hasta que logras demoler al otro, ya sea hasta que puedas hablarle directamente, o hasta que puedas hablarles a otros de esa persona, o hasta que en tus pensamientos puedas atacar y contraatacar todas las opiniones contrarias, de tal forma que tú mismo te pruebes que él está equivocado.

Entonces, lo que ocurre es que en la medida en que eso va ocurriendo en mí y va levantando las emociones y los sentimientos, yo me voy molestando, y ahora yo no solamente tengo pensamientos rígidos, sino que los pensamientos rígidos me tienen a mí.

Quizás usted está pensando cómo es eso de que los pensamientos rígidos me tienen a mí. Bueno, cómo ocurre es que si tú subes a los cielos, ahí está el pensamiento; si tú bajas al Seol, ahí está el pensamiento. ¿De dónde huiré de ti, pensamiento? Él te persigue donde quiera que tú vas, se vuelve un "yo" presente. El estudio es funcional porque él te controla. Y eso es a lo que nos estamos refiriendo.

El autor dice que cuando esa cosa está ocurriendo en ti, entonces nos intoxicamos de nuestra propia perspectiva y nos volvemos impulsivos. Eso es lo que está ocurriendo, eso es lo que Cristo está prohibiendo. Yo puedo hacer el juicio justo conforme a su verdad, a su Palabra, pero tengo que cuidarme porque las condiciones de mi corazón son tales que frecuentemente el pasar del juicio justo al injusto, del pensamiento crítico a pensar críticamente, eso es una línea sumamente fina.

Eso responde la primera pregunta: ¿qué puedo hacer?, ¿qué no puedo hacer?, ¿cuál es el tipo de juicio que Cristo estaba prohibiendo?

Segundo punto que yo quería que viéramos es la advertencia en contra del juicio. El versículo 2 dice: "Porque con el juicio con que juzguéis, seréis juzgados, y con la medida con que midáis, se os medirá." Cristo ahora nos deja ver algo que también es de peso, y es que la medida, la forma como yo mida, va a determinar con cuánta gracia me van a medir de arriba hacia abajo y con cuánta gracia me van a medir los hombres alrededor.

Cuando yo juzgo de una manera injusta y pecaminosa, ahora pensando en Dios que me va a juzgar de una forma similar: Dios no se va a convertir en una persona pecaminosa para juzgarme pecaminosamente; sería una imposibilidad para Dios hacer eso. Lo que Dios va a hacer, habiendo notado la falta de gracia en ti hacia el otro, es que eso se va a devolver de arriba hacia abajo en una disminución de su gracia hacia ti, de tal forma que yo pueda experimentar lo que el otro siente cuando tiene una escasez de gracia, y yo voy a comenzar a sentir los efectos de eso.

Lo primero que ocurre es que yo voy a determinar hasta dónde Dios me va a dar gracia. Es como cuando hablamos del perdón: "Perdona nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores, porque si no perdonáis a los hombres vuestros pecados, yo tampoco os perdonaré." Es como que Cristo está diciendo que hay una vara, y hasta donde tú perdones, hasta allí te perdono. En este caso, hay una vara: hasta donde tú tengas gracia, hasta allí voy a tener gracia contigo. Pero yo no voy a pecar de la manera como tú pecaste.

Ahora hay otra forma como esto está ocurriendo, y es que Dios, en su forma orquestadora, va a hacer que la falta de gracia que yo tuve hacia mis hermanos se devuelva de mis hermanos hacia mí, o de mi vecino hacia mí, en la misma medida, como un bumerán que tú lanzas y regresa así mismo. Y es la mano de Dios tratando de formar en mí su imagen, tratando de esculpir su imagen en mí, de quitar en mí todo lo que se parece al hombre para que quede solamente todo lo que se parece a Dios.

Si usted ha estado en consejería conmigo, sobre todo si es pareja, con toda probabilidad usted ha oído esta frase. No sé si yo la acuñé, pero estaba en consejería un día y creo que Dios me la dio. La frase dice lo siguiente: cuando nosotros rehusamos ser instrumentos de gracia el uno para el otro, nos convertimos en instrumentos de justicia el uno para el otro. En todas nuestras relaciones, esa exactitud de juicio y de condenación es terrible.

Y es que comienza muy tempranamente. ¿A cuáles de ustedes su padre o su madre se sentó a enseñar: "Mira, hijo, así es que se condena, así es que se critica, así es que se juzga"? A ninguno de nosotros. Eso no hay que enseñarlo. Probablemente usted pasó, si tuvo un hijo de dos o tres años, y si lo tiene ahora de meses, le va a pasar cuando llegue a los dos o tres años.

Esto es lo que va a pasar: usted está dedicado a ese hijo, usted se ha levantado múltiples veces de noche, lo ha limpiado por delante, lo ha limpiado por detrás, lo ha limpiado cuando le estaba doloroso, lo ha limpiado cuando no estaba tan doloroso, le ha dado comida, lo ha atendido. Y un día, el niño tiene dos años y quiere un caramelo que usted entiende en ese momento que él no debe tener. Ese niño lo mira y dice: "Papi, no. Ahora no." Y él responde: "¡Malo!" Se le olvidaron dos años de cuidado, y en un acto, porque simplemente tú no llenaste lo que yo demandaba, yo te condené y te llamé malo.

En un minuto. Eso es lo que ocurre con el "yo" cuando sus demandas no están siendo satisfechas, y es que entonces el "yo" condena, porque el "yo" necesita satisfacción. Y la manera como el "yo" puede estar satisfecho es: o me das lo que demando, o te condeno para que me lo des. Eso es lo que está pasando, eso es como nosotros somos. Se comienza a evidenciar muy tempranamente, y así crecemos, y eso que el niño hace a los dos años, nosotros lo hacemos exactamente igual a lo largo de toda nuestra vida adulta.

Y Cristo dice: "Ya has crecido y tienes un problema. ¿Cuál es el problema? Es que con frecuencia te veo tratando de sacar la mota del ojo de tu hermano, pero cuando veo tu ojo, yo veo un tronco que navega en tu ojo. ¿Por qué te empeñas en sacar la mota del ojo de tu hermano cuando tienes una viga en tu propio ojo?"

Pasamos al tercer punto que queríamos explorar: qué nos convierte en hipócritas. Esto es hipócrita: "Saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás con claridad para sacar la mota del ojo de tu hermano." La pregunta es: ¿qué es lo que me convierte en hipócrita?

Bueno, si yo tengo una viga y mi hermano lo que tiene es una mota, eso implica una de varias cosas. Que quizás yo estoy condenando en mi hermano un pecado que es más pequeño que el pecado del cual yo soy culpable. Quizás el pecado de orgullo, por ejemplo, es delante de Dios algo serio; Dios se opone al orgulloso. El pecado de rebelión de los hijos contra los padres, de nosotros contra las autoridades, Dios lo considera equivalente al pecado de hechicería. Entonces quizás estamos condenando algo pequeño en otro cuando nosotros mismos tenemos algo monumental en nuestras vidas. Esa es una forma como Cristo nos dice "hipócrita."

O puede ser que lo que yo esté condenando en ti sea más pequeño que la actitud con la cual yo lo condeno. Como cuando —ya sé que lo he usado en otras ocasiones— Moody fue a visitar a Spurgeon, y Spurgeon era el héroe de Moody. Moody estaba en el primer piso esperando que él bajara, y Spurgeon viene con un cigarro en la boca. Ahora escúcheme: en aquella época no se conocían los efectos dañinos del tabaco como los conocemos hoy, de manera que no salga de aquí diciendo: "¿Ve que fumar no tiene ningún problema? ¡Hasta Spurgeon fumaba!" Ese no es el punto.

El punto que estamos estableciendo es que cuando él va a bajar, Moody le dice: "¿Cómo es posible que un hombre como tú pueda tener un cigarro en la boca?" Spurgeon le dice: "De la misma manera que cómo es posible que un hombre como tú me pueda hablar de la manera que me estás hablando." Entonces, a veces nuestra forma de condenar la acción en el otro es peor, más "self-righteous", más autojusta, que lo que el otro realmente está haciendo o cometiendo. Esa es otra manera de ser hipócrita.

Y hay una tercera que la Palabra denuncia, que es común, que es usualmente lo que el ser humano hace, y es que nosotros tendemos a condenar la misma acción que nosotros cometemos. Por ejemplo, usualmente la persona que más se irrita con una persona orgullosa es otro orgulloso; se sacan chispas. Una persona a donde Dios haya trabajado el orgullo y la haya llevado a un nivel de humildad que Dios diga que es humilde, probablemente el orgulloso ni le molesta. Si hay alguna reacción en ella, probablemente sea de dolor y pena, porque sabe que estuvo ahí, sabe lo atrapada que estaba y sabe que no es nada divertido estar ahí.

Pero si somos... déjame ilustrártelo con esta historia real. En un condominio, un grupo de 53 personas escribió una carta a la policía local para que controlaran el tráfico en las noches, porque en esa área había mucho manejo temerario y alta velocidad, entre otras cosas. El encargado de la policía decidió que iba a escuchar la petición, pusieron un policía que iba a custodiar el área de noche. La primera semana cogieron cinco violadores de tránsito. Los cinco habían firmado la petición. Los cinco violadores eran parte de las 53 firmas de la carta pidiendo que se controlaran las condiciones del tráfico por la manera en que estaba siendo manejado. ¿Te parece que es posible?

De eso es que habla Pablo en Romanos 2, cuando él dice: "Por lo cual no tienes excusa, oh hombre, quienquiera que seas tú que juzgas, pues al juzgar a otro, a ti mismo te condenas. ¿Por qué, Pablo? Porque tú que juzgas practicas las mismas cosas." Y sabemos que el juicio de Dios justamente cae sobre los que practican tales cosas. No dice "quizás, tal vez, no sabemos"; dice Pablo que el juicio de Dios justamente cae sobre los que practican tales cosas. ¿Por qué? Porque no puede ser que tú estés condenando, como hijo de Dios, lo mismo que tú practicas. Es como la parábola de las deudas: al que le perdonaron una deuda grande y él no quiso perdonar al otro que tenía una deuda pequeña.

"¿Y piensas esto, oh hombre, tú que condenas a los que practican tales cosas y haces lo mismo, que escaparás al juicio de Dios?" No va a escapar. Esa es la tercera manera como podemos ser hipócritas.

De alguna forma, nosotros tendemos a ver las faltas de los demás más grandes que las nuestras. Y la viga —yo quiero sugerirte que es eso— es lo que está en mí, que dificulta mi pensamiento lógico, racional, justo, santo, balanceado. El principal componente de esa viga es el orgullo humano, que Agustín entendía que era la raíz de todos los pecados. Yo no sé si él está teológicamente correcto, pero debiera estarlo, porque el orgullo es lo que inicia la rebelión en los cielos y el orgullo es lo que inicia la rebelión en el reino de los hombres, y de ahí el resto del desastre.

La mejor definición que yo he oído del orgullo, y la más corta —yo no sé cómo alguien pudo haberlo dicho tan bien y tan corto—, es esta: el orgullo es preocupación con el yo. No puede ser más corto de ahí. Preocupación con el yo. El orgullo tiene que ver con el yo, tiene que ver conmigo y tiene que ver con lo mío. Si no soy yo, por lo menos que sea conmigo; y si no va a ser conmigo, que sea por lo menos con lo mío, pero yo tengo que estar por ahí. Entonces, el yo quiere ser satisfecho, y cuando no es satisfecho, se aíra y condena.

Ese orgullo que juzga tiende a hacerlo en dos niveles distintos. El orgullo se siente superior en conocimiento y se siente superior en el ámbito moral. El conocimiento envanece, así lo ha dicho Pablo, pero nota que el énfasis está en que el orgullo se siente superior en conocimiento sin necesitar tener más conocimiento para sentirse superior. El orgullo no tiene que tener más conocimiento que el otro para sentirse superior.

Te lo voy a ilustrar de dos maneras. Algunos de ustedes han oído los programas, los comentaristas de radio, en la mañana o en la tarde, a cualquier hora. Dicen: "Este país, ¡tamal!, porque quiere, porque no hay que ponerlos a ellos a dirigir la nación." Ellos saben todas las soluciones a todos los problemas. No, ellos no saben más que las personas que han sido entrenadas en esas áreas, pero se sienten superiores. El orgullo se siente superior en conocimiento aunque no lo tenga.

Te lo voy a ilustrar en mi vida personal. En medicina hay un síndrome del cual yo me enfermé, porque fui estudiante de medicina, y se llama el síndrome del estudiante de medicina. Se llama así aquí, se llama así en Estados Unidos. Te das cuenta de que es el cuento. Tú estás en tercer año de medicina, no sabes nada. Te sientas a oír conferencias y comienzas a criticar al conferencista. Tú terminas tu carrera, todavía no ha comenzado tu especialidad, llegas a Estados Unidos, te sientas a oír a los especialistas y comienzas a decir: "Pero no dijo esto, pero no dijo aquello, eso no es así." Por eso es que el orgullo se siente superior en conocimiento, pero no tiene que tener más conocimiento para sentirse superior. El conocimiento envanece.

Y el orgullo se siente superior moralmente. "Soy más espiritual, estoy más avanzado, estoy más santificado." Mira, no hay duda de que en el reino de los cielos hay personas más y menos santificadas, pero que lo diga Dios, que lo diga Dios, no nosotros. Y nosotros los que somos evangélicos somos más vulnerables a sentirnos moralmente superiores al hermano, o al que está ahí afuera. Que lo diga Dios también. No tú.

Mira qué es lo que hacemos. Nosotros tomamos a una persona, la convertimos, le inyectamos doctrina, le inyectamos conocimiento, le inyectamos orgullo, todo a la misma vez. Como hacían los fariseos. Escucha a Cristo en Mateo 23:15: "¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque recorréis el mar y la tierra para hacer un prosélito, y cuando llega a hacerlo, lo hacéis hijo del infierno dos veces más que vosotros." Imagínate, tú eras fariseo ahí y estás viendo a Cristo decir eso. Tú lo haces, tú lo conviertes a tu religión, y Cristo dice: "Ya tú eres un hijo del infierno, y tú lo conviertes dos veces más hijo del infierno." En otras palabras, lo haces todavía con mayor autojusticia que tú mismo. Por eso se ha dicho siempre, aun en el mundo secular, que los seguidores son más radicales que los maestros. Si no lo crees, mira el grupo de los dos y Jesús: los dos querían que el fuego del cielo descendiera, porque eran más radicales que Jesús. Tenían menos sentido, pero eran más radicales.

Entonces, el primer problema, al cual yo hice alusión, es que el juicio que hacemos y el orgullo que tenemos, que nos lleva al juicio, no nos permite ver nuestra propia falta. Y el segundo problema —James MacDonald, en su libro *Señor, cambia mi actitud*, hace alusión a esto— dice: "Mi mayor lucha no es sufrir el dolor de la crítica, sino asegurarme de que no se me pega la enfermedad, porque la crítica es contagiosa." Se te pega a ti de mí, y se me pega a mí de ti. ¿Sí o no? Nos juntamos, alguien comienza a criticar, y como en dos minutos y medio el otro comienza a criticar, en otro minuto el tercero comienza a criticar, y al final nos vamos incluso sintiéndonos todos bien, aunque no arreglamos nada. Esa es el espíritu de la crítica y de la condenación.

Lo ha puesto Pablo, para ir cerrando. Nos explica en Romanos 14:4: "¿Quién eres tú para juzgar al criado de otro? Para su propio amo está en pie o cae, y estará firme, porque poderoso es el Señor para sostenerlo de pie." Él pertenece al Señor. Tenemos que hacer juicio justo conforme a la Palabra, pero al mismo tiempo tenemos que ser cuidadosos de que, al pasar los juicios, no experimentemos nuestras emociones elevándose, que son la indicación de que ya pasé hace tiempo del pensamiento crítico a pensar críticamente. Y este es uno de los asuntos que la Palabra de Dios más ataca, porque es una de las cosas que más daño hace.

Entre los ancianos hemos estado conversando últimamente sobre la necesidad de crear una cultura de ser estimuladores, de que nos afirmemos el uno al otro. De tal forma que cuando tengas que llamarle la atención a un hermano, esa no sea la primera vez que él oiga algo de parte de ti, sino que a lo largo del camino haya podido oír cosas afirmativas sobre su caminar, sobre su llamado, sobre cómo lo ves, sobre cuánto te alegras cuando lo ves. Algo que lo afirme, de manera que a la hora de tener que hacer un llamado, no sea la primera vez que él tenga que oírte, y lo que va a oír no lo va a afirmar sino a negar.

Y a veces son cosas sencillas. Alguien me decía en la congregación el otro día: "Yo le pregunté hace poco cómo está tu enfermedad, y me dijo —una semana después, por verle—: 'Mira, ¿cómo está tu hijo?', y me dijo." Y luego aprovechó y me dijo: "Pastor, usted no sabe cuánto significaron esas dos preguntas: una que me preguntara acerca de mi enfermedad, y otra acerca de lo mío." No cuesta mucho trabajo esto. Yo mismo estoy tratando de aprenderlo. No es mi naturaleza; yo vivo involucrado en mil cosas, mi mente vive en mil cosas al mismo tiempo, y no es mi naturaleza pensar de esa manera de forma natural. Pero por la gracia de Dios, yo estoy tratando de hacer un ejercicio para que eso cambie.

Si nosotros no nos animamos a nosotros mismos, si no nos afirmamos unos a otros —no a mí mismo, sino unos a otros—, si no nos motivamos unos a otros, ¿quién lo va a hacer? Si el pueblo de Dios no sabe hacerlo, ¿quién lo va a hacer? Entonces necesitamos, más que nunca, en medio de la iglesia, hijos de consolación, porque literalmente nosotros vivimos bajo asedio continuo: cuando no es de afuera hacia adentro, la sociedad en que vivimos, es en nuestro mismo corazón, que genera el asedio con nuestras emociones caídas, pecaminosas, autocondenaciones y una serie de emociones pecaminosas que destruyen la relación con Dios. Y hay que clamar en contra de eso, de tal forma que yo pueda pensar continuamente en todo lo bueno, en todo lo amable, en todo lo justo, en todo lo digno, en todo aquello que tenga alguna virtud. En esto pensando, mi caminar será distinto del anterior.

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Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.