La adoración genuina comienza con una declaración radical: "No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre sea dada la gloria". El Salmo 115 presenta esta afirmación como el distintivo de un pueblo que realmente conoce a su Dios. Pero conocerlo implica primero reconocer el peligro constante de la idolatría, que no requiere imágenes de madera o metal para manifestarse. La idolatría es fundamentalmente una actitud del corazón separado de Dios, una inclinación a imaginar un dios conforme a nuestros deseos en lugar de adorar al Dios que se ha revelado en las Escrituras.
Los ídolos contemporáneos tienen características muy específicas: son dioses que piensan exactamente como nosotros, que aprueban nuestra conducta porque nos hace felices, que no tienen demandas pero sí muchas bendiciones, que mantienen el control del universo pero no se meten con nuestra vida personal. Un dios que es mi copiloto para un viaje que yo mismo he decidido hacer. Estos ídolos, aunque representan nuestros más profundos deseos, no tienen vida, no producen consejo ni dirección, y son incapaces de liberarnos de nuestra propia miseria.
Frente a la pregunta del mundo "¿dónde está ahora tu Dios?", la respuesta no puede suavizarse: nuestro Dios está en los cielos y hace lo que le place. No es un dios manipulable ni actualizable según las tendencias culturales. Es el Dios misericordioso cuyo amor está garantizado por un pacto inalterable, y el Dios fiel que cumple lo que promete. Por eso la única respuesta posible es confiar en Él, porque Él es nuestra ayuda y nuestro escudo.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Estaremos llamados para afinar ya que nosotros estamos empezando este periodo de —podríamos llamarlo así— aclimatación espiritual a este evento que nosotros vamos a tener. Es importante que nosotros podamos descubrir lo que significa realmente presentarnos delante del mundo y decir: "Este es el Dios a quien nosotros adoramos." Quizás para nosotros la adoración suene como algo básicamente musical, porque la adoración musical es una de las mayores expresiones del cuerpo de Cristo. La posibilidad de reverenciar a Dios con palabras de tal manera que expresemos nuestro júbilo por lo que Él es, es algo maravilloso; pero la adoración es más, es más que música.
La adoración tampoco podríamos aceptarla como algo obvio dentro del pueblo de Dios, porque si nosotros reconocemos la historia del pueblo de Dios a lo largo de la Escritura, y aun en nuestro tiempo, nos vamos a dar cuenta de que uno de los grandes peligros del pueblo de Dios es caer en la idolatría. Desde el principio de la historia bíblica, desde el principio de la narración bíblica, desde la aparición de nuestros primeros padres, nosotros escuchamos que la primera tentación de la serpiente para con Adán y Eva fue engañarlos hasta el punto de decirles: "Ustedes serán como Dios." Ese es el primer signo de la intromisión del pecado y la idolatría en medio de la humanidad.
Esto se sigue manifestando a lo largo de la historia del pueblo de Dios, y en la historia de la nación de Israel nosotros descubrimos que, a pesar de la presencia majestuosa del Dios soberano, del Jehová, del Dios "Soy el que soy", en medio del pueblo de Israel, con todo, el corazón desobediente de Israel se inclinaba siempre hacia los dioses paganos. Estos dioses no se manifestaban por sus grandes rituales, ni por sus intrincadas filosofías, ni siquiera por sus grandes e imponentes imágenes; las imágenes de Baal eran representaciones humanas, como pequeñas caricaturas que no medían más de veinticinco centímetros. ¿En dónde radicaba el poder de la idolatría, entonces? En la separación del corazón pecaminoso del hombre con respecto a su Creador.
Ahí radica la naturaleza de la idolatría: un corazón separado de Dios que busca imaginar un dios que no sea el Dios soberano, Rey del universo, Creador del cielo y de la tierra. Este problema no solamente se relaciona con la creación de imágenes, de procesiones o de todo lo que nosotros imaginamos; la idolatría es más profunda. No necesitamos una imagen física de madera, de oro o de cartón para inclinarnos a ella; la idolatría es una actitud del corazón.
Es interesante, por ejemplo, que en el Nuevo Testamento, en la primera carta del apóstol Juan, después de que él se dedica en esos cinco preciosos e intensos capítulos a mostrarnos la majestad de un Dios que está con nosotros y a un Jesucristo en quien vivimos, con todo, al final, la única y última declaración que ustedes pueden encontrar en el último versículo de la primera carta del apóstol Juan es: "Hijos, guardaos de los ídolos. Hijos, guardaos de los ídolos." ¿Cómo es posible que después de tremenda explicación acerca de la grandeza de la manifestación del amor de Dios en nuestras vidas, después de clarificar la doctrina de Cristo de una manera tan profunda, la última advertencia sea en contra de la idolatría? ¿Por qué se da? Porque es nuestra naturaleza.
Y si nosotros vamos a testificar del Dios que adoramos, es importante que entendamos el peligro de la idolatría en nuestro tiempo y en nuestro corazón. La palabra "idolatría", solamente para poder explicarla brevemente, viene de dos palabras griegas: *eidos* y *latría*. La palabra *eidos* significa básicamente apariencia, idea, imaginación; y la palabra *latría* es la palabra adorar o servir, porque la adoración y el servicio van de la mano. Entonces, ¿cuál es la idea de idolatría? La idea de idolatría es adorar algo que es producto de mi imaginación; es adorar una idea, es adorar algo que yo he creado en mi mente y lo he levantado como si fuera mi Dios. Ese es el peligro de la idolatría de un corazón que se aparta del Señor.
Por eso es que en el Salmo 115 —el Salmo 115— seguramente entre los títulos, en las diferentes versiones de la Biblia que usted usa, va a encontrar, de una u otra manera, dicho contraste entre los ídolos y el Señor. Y de eso queremos hablar en esta mañana, muy brevemente: queremos hacer una distinción, como pueblo de Dios, entre el Dios que creemos y el Dios que a veces imaginamos; entre el Dios Creador del cielo y de la tierra y los dioses que pululan y circulan en este mundo.
Los autores y los estudiosos dicen que el Salmo 115 no es un Salmo en solitario, sino que está vinculado a los dos Salmos anteriores: el Salmo 113 y el Salmo 114. Por eso les invito a que podamos leer en primer lugar el Salmo 114 de manera completa. Acompáñenme, por favor, Salmo 114:
"Cuando Israel salió de Egipto, la casa de Jacob de entre un pueblo de lengua extraña, Judá vino a ser su santuario e Israel su dominio. Lo miró el mar y huyó; el Jordán se volvió atrás. Los montes saltaron como carneros y los collados como corderitos. ¿Qué te pasó, oh mar, que huiste? ¿Y a ti, Jordán, que te volviste atrás? ¿A vosotros, montes, que saltasteis como carneros, y a vosotros, collados, como corderitos? Tiembla, oh tierra, ante la presencia del Señor, ante la presencia del Dios de Jacob, que convirtió la roca en estanque de aguas y el pedernal en fuente de aguas."
Si ustedes notan en este primer acercamiento poético al Señor, lo que se manifiesta aquí claramente es la descripción de un Dios todopoderoso cuyo poder sobrepasa el poder de la naturaleza, porque el Señor es el Creador de la naturaleza. El Dios a quien nosotros seguimos es el Creador y el Sustentador de todas las cosas; es el gran Yo Soy, es el Salvador y el Redentor, quien amorosa y sacrificialmente ofreció a su Hijo Jesucristo para nuestro favor, a pesar de que somos una humanidad que le rechaza y le niega. No hay nadie como nuestro Dios, no hay nadie como nuestro Dios trino, nadie igual a su majestad, nada igual a su misericordia y su obra.
Como dice el versículo 7 del Salmo 114: "Tiembla, oh tierra, ante la presencia del Señor, ante la presencia del Dios de Jacob, que convirtió la roca en estanque de aguas y el pedernal en fuente de aguas." Nosotros creemos no en un Dios de nuestra imaginación, sino en un Dios que se ha revelado y que ha dejado testimonio de quién es Él a lo largo de toda la Escritura; un Dios que nos ha demostrado su plan de redención y su amorosa convicción de favor para con la humanidad, a lo largo de varios miles de años, en donde el testimonio de su amor es radical. A tal punto que nuestro Señor Jesucristo dijo: "El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán."
Ese es nuestro Dios: un Dios inconmensurable, un Dios incomparable, un Dios que puede transformar la naturaleza, un Dios al que todo el mundo se le sujeta, un Dios que tiene el universo en la palma de su mano, un Dios que nos amó de tal manera que dio a su Hijo unigénito para que todo aquel que en Él crea no se pierda, mas tenga vida eterna. Lo que estamos afirmando es simplemente que la Escritura nos da testimonio de un Dios incomparable; no hay nadie que se pueda poner a su lado, no hay nadie que se pueda comparar con Él en su intención de amor y en su propósito eterno con nuestras vidas.
"Tiembla, oh tierra, ante la presencia del Señor, ante la presencia del Dios de Jacob." No es cualquier Dios, no es solamente un dios; es el Dios que se ha revelado a nuestras vidas y que se ha manifestado de manera salvadora a nuestro favor, de manera clara y contundente, a lo largo de la Escritura. Si hay algo que nos ayuda a vencer la idolatría y la imaginación de nuestro corazón, es cuando dejamos que nuestra mente se sature con la presencia del Dios de la Palabra. Cuando nosotros conocemos al Dios de la Palabra, estamos tomando el antídoto en contra de la idolatría.
Por eso es que ahora empezamos el Salmo 115. El Salmo 115 empieza con una declaración que es la declaración del pueblo de Dios que conoce a su Señor. El Salmo 115:1 dice: "No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria, por tu misericordia, por tu fidelidad." Esta es la primera declaración de un pueblo que conoce a su Señor, que no está imaginando a Dios sino que lo está reconociendo en el poder del Dios manifestado en las Escrituras.
Ustedes saben —y lo hemos repetido en varias oportunidades— que el hebreo no tiene superlativos ni tampoco tiene signos de admiración; por lo tanto, cuando una frase requiere la potencia de una afirmación, se repite dos o tres veces. Por eso es que esta declaración es fundamental: "Señor, no a nosotros, no a nosotros, sino a tu nombre sea dada la gloria." Porque no hay nada en nosotros que se pueda comparar con lo que Tú eres; no hay nada en nosotros, no hay personaje humano, no hay nada en la creación, no hay nada alrededor nuestro que se pueda comparar con tu grandeza. Y es así que el salmista señala: "No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria", por dos factores: por tu misericordia y por tu fidelidad. Estos dos elementos juntos nos hablan del carácter amoroso de nuestro Dios.
La palabra *misericordia* es una palabra sumamente interesante y particular, porque hay varias palabras en hebreo para misericordia, pero la que el salmista está usando en este caso es una palabra que refleja un amor firme, inalterable, garantizado por el pacto y el compromiso del Señor para con su pueblo. De lo que se trata aquí es que el Señor está diciéndonos: la misericordia que yo manifiesto para con ustedes no es un acto casual, no es un acto que está relacionado con un momento compasivo en que yo te vi orando, te vi necesitado, yo pasé por tu lado, saqué una moneda y te la dejé para que satisfagas tu necesidad. No es así la misericordia de Dios.
La misericordia de Dios es un acto comprometido del Señor, basado en una promesa de parte de Dios, en donde Él se obliga a tener cuidado de nosotros. Es un Dios que no cambia en su misericordia, es una misericordia que permanece inalterable aunque yo no la merezca, porque Él se ha comprometido con esta verdad. Esa es la idea del Dios misericordioso a quien nosotros seguimos. Por lo tanto, nosotros podemos encontrar compasión en muchas partes, una compasión circunstancial para con nuestras vidas, pero nunca podremos encontrar la misericordia de Dios en ningún ser humano sobre este planeta. Por eso: no a nosotros, no a nosotros, sino a tu nombre dar la gloria, por tu misericordia, por esa misericordia garantizada en la cruz de Jesucristo, que permanece inalterable, y su sangre sigue siendo poderosa para limpiarnos de todo pecado, para limpiarnos de toda maldad.
Por eso es que la misericordia de Dios llega al punto, no solamente de mirarnos con gracia, sino de llevarnos para compartir la eternidad con Él. No solamente se trata de que el Señor me mire con gracia, sino que el Señor me dice: a pesar de que tú viviste apartado de mí, a pesar de que tú estás separado de mí, con todo, yo te tomo para que vivas conmigo por el resto de la eternidad. Esa misericordia está garantizada por el Señor, y está garantizada no solo por su misericordia, sino también por su fidelidad. Yo sé que algunas de sus versiones dicen *verdad*, ¿cierto? En algunas versiones dice *verdad*, y es que existe relación entre la palabra *fidelidad* y la palabra *verdad*, porque son la misma palabra en hebreo.
En realidad, lo que se está diciendo allí es que se trata de un Dios que es veraz, un Dios que es digno de confianza, porque Dios cumple lo que promete. Es un Dios que habla, un Dios que se manifiesta con palabras, un Dios que da testimonio de las expectativas que Él tiene para con nosotros, un Dios que manifiesta su carácter y nos muestra la manera en que Él quiere obrar. Por lo tanto, eso lo califica como un Dios fiel, un Dios fiel que cumple lo que promete, un Dios que es veraz, que es digno de confianza.
Nuevamente, la fidelidad, al igual que la misericordia de Dios, no es casual. No tiene que ver con un momento aislado de nuestras vidas en que el Señor nuestro Dios nos garantiza algo, sino que es un Dios que ha comprometido su palabra de tal manera que lo que Él se ha comprometido a hacer lo va a hacer. Ese es nuestro Dios: un Dios misericordioso, porque Él lo quiere así, y un Dios fiel, porque Él cumple lo que ha prometido. En ambos casos, entonces, no se trata de un evento al azar, sino de la garantía de un Dios de pactos, un Dios que ha establecido compromisos verdaderos con nosotros, y aunque nosotros fuéremos infieles, Él permanece fiel. Él garantiza el cumplimiento de su misericordia y su fidelidad. Por eso: no a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre sea dada la gloria.
Ahora, el versículo 2 nos muestra una pregunta interesante del salmista, porque viene a ser como la raíz de toda idolatría: "¿Por qué han de decir las naciones: dónde está ahora su Dios?" Es evidente que el testimonio que nosotros damos del Dios de la Escritura, un Dios poderoso y fuerte, tiene que ser respaldado por la presencia de un Dios poderoso y fuerte ahora en nuestras vidas. El Dios de la Escritura es el mismo ayer, hoy y por los siglos; por lo tanto, la expectativa que nosotros tenemos es que Dios se manifieste ahora de la misma manera. Nuestro Señor Jesucristo decía, hablando acerca de Dios: "Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob; Él no es Dios de muertos, sino que es un Dios de vivos", un Dios que sigue permaneciendo vivo en medio nuestro y que sigue actuando en nuestras vidas.
Ahora bien, el gran drama de la idolatría —y es un drama latente, lamentablemente, en la mayoría de congregaciones que dicen celebrar al Señor— es que muchas veces cuando la gente pregunta: "¿Dónde está ahora tu Dios?", ese *ahora* marca la potencia de nuestra respuesta con respecto a quién es Dios. Porque donde está ahora mi Dios es en el mismo sitio donde ha estado siempre. Pero el problema radica en que esa pregunta, ese *ahora*, intenta muchas veces actualizar a Dios, hacerlo diferente al Dios de la Escritura. Nosotros queremos actualizar a Dios, a un Dios que sea conforme a nuestro tiempo, que responda a las inquietudes actuales, que piense como nosotros, que sienta como nosotros, simplemente un Dios que pueda ser aceptado en sociedad.
Un Dios silenciado, un Dios que hemos convertido en una persona cualquiera para que pase desapercibido, o que simplemente se ha aceptado como si Él ya no fuera el Señor, sino como si fuera el vasallo de la humanidad. "¿Dónde está ahora tu Dios?" Esta pregunta solamente puede ser respondida alrededor del Dios de la Escritura y del Dios que se mueve entre nosotros.
Lamentablemente, como lo hemos dicho, nosotros vivimos ahora la idolatría de haber creado un Dios conforme a mi imaginación, conforme a mis ideas, conforme a los pensamientos del tiempo. Y déjenme darles algunas características de ese ídolo divino que muchos de nosotros sustentamos en este tiempo. Nosotros hablamos de un Dios que piense exactamente como yo pienso y que apruebe mi conducta, porque simplemente me hace feliz. Muchos de los dioses y de los ídolos que circulan en la actualidad tienen esa característica. ¿Cómo que Dios piensa exactamente como pienso yo? ¿No han escuchado personas que les dicen: "Yo no creo que Dios piense así"? O sea, ¿cómo debe pensar Dios? ¿Como yo? Imagínense la sabiduría que tienen: son como Dios.
Un Dios que piense como yo y que apruebe toda mi conducta, simplemente porque yo soy feliz con ella. Un Dios que no tenga nada que decir acerca de mi vida, un Dios sin demandas pero con muchas bendiciones. Un Dios que permita que se llenen mis bolsillos de dinero, un Dios que me dé todo aquello que me hace falta pero que no tenga demandas para mí. Un Dios que mantenga el control del universo —Señor, no nos mandes huracanes, no nos mandes tormentas, que no se metan los ladrones en mi casa, que me vaya bien en los negocios—, pero con mi vida no te metas. Señor, encárgate de todo lo demás, menos de mí. Conmigo, Señor, a mí me dejas en absoluta libertad; mientras tú estés a cargo de todo, yo me encargo de mi propia vida como yo puedo.
Ese Dios es un Dios tan amoroso que solamente vive para malcriarme, un Dios que me mima y me malcría, un Dios que simplemente está buscando que yo sea feliz. ¿Quién es ese Dios? ¿Quién es ese ídolo? Es un Dios sin historia, un Dios sin palabras, un Dios sin carácter, porque es un Dios que se amolda a mi historia, se amolda a mis palabras y se amolda a mi carácter. ¿Qué es esto? Un ídolo. Yo idolatro lo que yo he creado en mi propia imaginación: un Dios que no tiene respuestas, un Dios que es mi copiloto, para que sea una compañía entretenida durante mi viaje, pero un viaje que he decidido yo mismo hacer. Yo sé hacia dónde voy; yo solo quiero que me acompañes. Esa no es el Dios de la Escritura.
"¿Dónde está ahora tu Dios?" Por eso es que a partir del versículo 4 —y permítanme saltarme el versículo 3 para el final— a partir del versículo 4 hasta el versículo 8, habla justamente de esta realidad. El salmista dice: "Los ídolos de ellos son plata y oro, obra de manos de hombre. Tienen boca y no hablan, tienen ojos y no ven, tienen oídos y no oyen, tienen nariz y no huelen, tienen manos y no palpan, tienen pies y no caminan, no emiten sonido alguno con su garganta. Se volverán como ellos los que los hacen, y todos los que en ellos confían."
Interesante. No sé si ustedes notan aquí algo muy sutil: el salmista no dice "los ídolos de ellos son hechos de oro y plata", sino dice "los ídolos de ellos son oro y plata". O sea, la idolatría humana es representar la suma de todo aquello que es atractivo, material y temporalmente, al ser humano, y representarlo de tal manera que yo me incline ante aquello que yo considero de valor. Los dioses humanos responden a las inquietudes humanas, responden a los valores humanos. Si tú quieres encontrar un ídolo y encontrar a un sacerdote que predica a un ídolo falso, escucha su mensaje, y su mensaje no se apartará de este mundo, no se apartará de lo que la gente le gusta oír, no se apartará ni un ápice de aquello que la gente imagina en su propio corazón.
Los ídolos de ellos son oro y plata, obra —como dice ahí— de manos de hombres. Son un diseño humano que busca satisfacer necesidades humanas. Son el resultado del trabajo del hombre que no alcanza a la divinidad y que, por lo tanto, son una representación de nuestros deseos, de nuestros temores, de nuestras aspiraciones, pero todos esos deseos, temores y aspiraciones son meramente humanos, meramente humanos.
Como este dios representado ahí, con boca pero que no habla, con ojos pero que no ve, con oídos pero que no oye, con nariz y que no huele, con manos que no palpan, con pies que no caminan, y como dice la última parte del versículo 7, no emiten sonido alguno con su garganta. ¿A qué se refiere esto? No se refiere a palabras, sino al sonido de la respiración. No hay sonido alguno, no hay latido del corazón, porque no tienen vida. Aunque representan las más profundas características humanas, no tienen vida, no tienen movimiento, no tienen capacidad de comunicarse, no producen consejo, no producen dirección, no producen fuerza, no producen siquiera compañía. Son solamente una ilusión, una ilusión creada por mi propia imaginación, son solamente una extracción de mis deseos, de deseos que yo no puedo concretar, porque ese dios no tiene poder ni fuerza para llevarlos a la realidad.
Un dios que piensa como yo, que siente como yo, que me acompaña en el viaje que yo he decidido, que me cuide de todo menos de mí mismo: esa es la característica de los dioses de nuestro tiempo. Finalmente, esos dioses humanos no nos liberan de nuestra propia miseria, sino que la incentivan. Son incapaces de encontrar respuesta porque la respuesta la tenemos que proponer nosotros. Quizás nos inventan una esperanza, pero es tan débil que en cualquier momento en que sople el viento, esa esperanza se va con el viento, porque nuestras vidas no están cimentadas en la roca de un verdadero Dios. Esa es la idolatría con la cual nosotros debemos luchar.
Por eso es que ahora vamos a volver al versículo 3 del Salmo 115, porque nosotros en este tiempo estamos muy presionados por la sociedad y la cultura contemporánea para cambiar del Dios vivo y verdadero y crearnos ídolos humanos que respondan a las pretensiones humanas. A veces, cuando nosotros hemos escuchado a pastores y a líderes religiosos presentarse en foros seculares, y cuando les hacen preguntas difíciles de responder con respecto a la homosexualidad, con respecto al aborto, con respecto a las conductas humanas, nosotros vemos que esos trastabillan y dicen: "Bueno, Dios es amor, Dios quiere perdonar a todos, Dios quiere por aquí y por allá." ¿Por qué? Porque hay la necesidad en el mundo de querer escuchar un dios que sea un ídolo, pero no la realidad del Dios vivo y verdadero.
Por eso es que, si nosotros vamos a presentar la conferencia sobre el Dios que adoramos, tenemos que ponernos los pantalones para poder responder como dice el versículo 3: "Nuestro Dios está en los cielos y Él hace lo que le place." ¿Dónde está Dios? Mi Dios está en los cielos y Él hace lo que le place. El salmista no tiene la intención de suavizar a nadie, ni de crear un ídolo para que todos estemos contentos. Nuestro Dios es el Dios de la Escritura, y cuando menciona "mi Dios está en los cielos", no se está refiriendo al lugar angelical donde están los angelitos danzando de nube en nube. La idea de los cielos es el lugar que representa el dominio de Dios, separado de todo el resto de la creación, donde no hay nadie que lo presione, donde no hay nada que lo domine, donde Él tiene control sobre todas las cosas.
Mi Dios está en los cielos. No intentes manipular a mi Dios, porque a mi Dios no lo manipula nadie. Mi Dios está allí en los cielos, gobernando sobre toda la creación. Y no solamente eso: mi Dios que está en los cielos hace lo que le place. No le vas a torcer la mano, no le vamos a cambiar su voluntad. No es un dios de mi imaginación, no es el dios de la cultura, no es el dios de este tiempo, no es el dios que responde a las necesidades culturales de nuestro tiempo, no es un dios que se callará ante las ofensas de ciertos grupos que están rechazando a Dios. No es nada de eso: Él hace lo que le place.
Y esa idea de que Dios hace lo que le place no hace de Dios un Dios caprichoso, no hace de Él un Dios que hace lo que le viene en ganas, sino que Él hace lo que le agrada. Y nosotros los cristianos hemos descubierto que su voluntad es buena, agradable y perfecta. Nosotros hemos descubierto a un Dios que es tan poderoso que, cuando Él crea todas las cosas, dice: "Esto es bueno, y bueno en gran manera." Nosotros descubrimos a un Dios que nos ha dejado una ley moral que tiene tal fuerza, porque es la única manera en que nosotros podemos vivir, ya que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Nosotros hemos sido creados para depender de Él, y no para que Él dependa de nosotros. Nosotros necesitamos de la vida de Dios porque Él es el único que tiene vida, necesitamos encontrar el camino porque Él es el único camino, y Él solo tiene la verdad.
¿Dónde está mi Dios? Mi Dios está en los cielos y Él hace lo que le place. Esa es nuestra respuesta y no podemos tener otra. Sin embargo, no necesitamos humanizar al Señor ni tampoco hacerlo descender de su trono para decir que Él nos presta atención. A veces nosotros creemos que debemos humanizar a Dios ante las necesidades del ser humano, pero esto no es verdad. Si nosotros miramos el Salmo 113, por favor acompáñenme al Salmo 113, Dios no necesita salir de su lugar de dominio para tener misericordia de nosotros.
Salmo 113, a partir del versículo 4, dice: "Excelso sobre todas las naciones es el Señor. Su gloria está sobre los cielos. ¿Quién es como el Señor nuestro Dios, que está sentado en las alturas, que se humilla para mirar lo que hay en el cielo y en la tierra? Él levantará al pobre del polvo y al necesitado saca del muladar, para presentarlos como príncipes, como príncipes de su pueblo. Hace habitar en casa a la mujer estéril, gozosa de ser madre de hijos. ¡Aleluya!"
¿Dónde está mi Dios? Mi Dios está en el cielo, gobernando sobre todas las cosas, y desde las alturas se humilla a mirar lo que hay en el cielo y en la tierra. Y cuando Él mira, es capaz de ver al pobre, al menesteroso, a aquel que ni siquiera cuenta con la aceptación del mundo, pero que para el Señor sí tiene su lugar. Él es capaz de levantar al pobre del basural y convertirlo en un príncipe, porque ese es el Dios que tiene gobierno sobre todas las cosas. Es un Dios que tiene dominio absoluto sobre la creación, pero una profunda misericordia. Un Dios que mira a su alrededor y es capaz de descubrir la necesidad, y no solamente la necesidad visible como la del pobre en el basural, sino que aún, como dice el versículo 9, hace habitar en casa a la mujer estéril, gozosa de ser madre de hijos. Nuestro Señor que está en el cielo puede ver una matriz cerrada y abrirla en su nombre. Al Señor no se le escapa ninguna de las necesidades del universo, y Él está en su lugar de dominio.
¿Quién es como el Señor nuestro Dios, que está sentado en las alturas? Nuestro Dios está en los cielos y Él hace lo que le place. Hermano, esa es la respuesta que nosotros debemos dar, y donde está manifestada la voluntad de Dios está manifestada en su Palabra. Por eso es que el salmista, a partir del versículo 9, hace una invitación. Del versículo 9 al 11 dice: "Oh Israel, confía en el Señor, Él es tu ayuda y tu escudo. Oh casa de Aarón, confíen en el Señor, Él es vuestra ayuda y vuestro escudo. Los que teméis al Señor, confiad en el Señor, Él es vuestra ayuda y vuestro escudo."
Una y otra vez, cuando descubrimos quién es nuestro Dios, lo único que podemos hacer es depositar nuestra confianza en Él. Cuando nosotros descubrimos al Dios vivo y verdadero, no tenemos otra opción más que depositar nuestra confianza, nuestra seguridad y nuestra esperanza en el Dios poderoso que es capaz de protegernos para gloria de su nombre. Por eso es que el salmista es muy específico y dice: pueblo de Israel, congregación de la iglesia, conociendo al Dios que conocemos, lo único que podemos hacer es confiar en el Señor, Él es nuestra ayuda y nuestro escudo.
Es interesante que las palabras "ayuda" y "escudo" hablan de dos niveles de protección de Dios. La ayuda tiene que ver con que Dios se convierte en nuestro ayudador: Él coopera a nuestro favor, Él pone los medios para el logro de los objetivos que Él nos plantea. Nosotros encontramos en la Palabra evidencia muy clara de esto: "A los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es conforme al propósito con el que han sido llamados." El Señor declara en su Palabra que las buenas obras Dios las preparó de antemano para que caminemos por ellas. El apóstol Pedro dice que el Señor Jesucristo nos ha dejado ejemplo para que nosotros sigamos sus pisadas. El Señor es nuestro ayudador, el Señor me ayuda a mantenerme en pie en medio de la vida y me lleva hasta el punto de hacerme capaz de completar los objetivos que Él me está proponiendo. Él no me deja solo, es un Dios misericordioso que se compromete en mi ayuda.
Pero no solamente es mi ayuda, sino que Él es mi escudo. Él es mi escudo protector. Jesucristo murió en la cruz del Calvario para derramar su sangre por mis pecados. Jesús pagó en la cruz el precio por mis pecados. Él es mi escudo, y lo único que puedo hacer es confiar en Él. No voy a intentar hacerlo cambiar de parecer; simplemente voy a confiar en Él, porque Él es mi ayuda y Él es mi escudo.
Y este llamado a confiar en el Señor no solamente se lo da al pueblo de Israel, sino que le dice también a la casa de Aarón, que es la casa sacerdotal, y podría aplicarlo al liderazgo de nuestra iglesia, a nuestros diáconos, a nuestros líderes de ministerio, a todos aquellos que están sirviendo al Señor: no olviden, confíen en el Señor. Él es nuestra ayuda y nuestro escudo. Y luego extiende este llamado de manera general y le dice a aquellos que dicen temer al Señor, aquellos que le conocen y reverencian su nombre: no se olviden de confiar en el Señor, Él es nuestra ayuda y nuestro escudo.
Ese es nuestro Dios y, por lo tanto, es el Dios que se ha acordado de nosotros, como dice el versículo 12: el Dios que nos bendecirá, el Dios que nos mostrará su favor, que bendecirá la casa de Israel, que bendecirá la casa de Aarón, que bendecirá a los que temen al Señor, sean pequeños o sean grandes. Aquí la idea de pequeño y grande no es niño y adulto, sino aquellos que son pequeños en términos humanos y aquellos que son grandes en términos humanos; el Señor bendecirá a todos.
El versículo 14 dice: "El Señor os prospere a vosotros y a vuestros hijos. Benditos seáis del Señor, que hizo los cielos y la tierra." El Señor que bendice es el mismo Señor que es propietario de todas las cosas. Los cielos son los cielos del Señor, pero la tierra la ha dado a los hijos de los hombres. Los muertos no alaban al Señor, ni ninguno de los que descienden al silencio, pero nosotros bendeciremos al Señor desde ahora y para siempre. ¡Aleluya!
Hermanos, el llamado de parte de nuestro Dios es un llamado para bendición. Nuestro Dios es el único que puede bendecirnos, pero la gran declaración que tiene que salir de nuestra boca y que debe estar grabada en nuestro corazón a partir de este día es: "No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre sea dada la gloria." Cuando nosotros vengamos a esta conferencia, vamos a escuchar siervos de Dios que nos van a iluminar, pero no nos van a iluminar acerca de ellos mismos, sino acerca del Dios a quien nosotros adoramos, y el Señor merecerá la gloria, porque no a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre sea dada la gloria.
Ese es el objetivo final de esta mañana, de este tiempo en donde nos estamos preparando para buscar y adorar al Señor: que nosotros podamos decir con corazón sincero "No a nosotros, no a nosotros, sino a tu nombre sea dada la gloria, por tu misericordia y por tu fidelidad." Que nosotros podamos hacer un examen en nuestro corazón y podamos examinarnos: ¿cuántos ídolos, cuántas ideas e imaginaciones acerca de Dios están poblando nuestra mente, están poblando nuestra cultura, y contra cuántas cosas nosotros tenemos que luchar? Nuestro Dios está en el cielo y Él hace lo que le place; esa es nuestra identificación personal con el Señor.
Hermanos, estando a 48 días de nuestro evento, que nosotros digamos una vez más: "No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre sea dada la gloria, por tu misericordia y tu fidelidad." Porque no hay nadie como tú, Señor; porque no hay nadie que pueda ocupar tu lugar; porque no hay nadie que pueda, Señor, hacer las cosas como tú las haces; porque no hay nadie en este mundo que pueda realmente hacerte sombra. Porque tú eres el Dios del cielo y de la tierra, el Dios revelado, el Dios que nos ha dejado todas las cosas, y ese es el Dios a quien nosotros adoramos.
José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor, y autor del libro Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024). Ha servido como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en la República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú, donde enseña en el Instituto Integridad & Sabiduría y colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y juntos son padres de su hija Adriana.