El viernes 21 de febrero de 1945, Eric Liddell —medallista olímpico escocés inmortalizado en la película *Carros de Fuego*— murió en un campo de concentración japonés en China. Había rechazado la posibilidad de ser liberado, cediendo su lugar a una mujer embarazada. Cuando le preguntaron por qué cambió la fama deportiva por una vida de misionero en tierras lejanas, respondió: "La vida de un individuo cuenta mucho más en lo que hago ahora". Liddell había comprendido la nobleza de un llamado superior.
En Mateo 24, los discípulos contemplan maravillados el templo de Jerusalén, convencidos de su permanencia. Jesús los confronta: no quedará piedra sobre piedra. Ante un mundo lleno de confusión, persecución y engaño, el Señor no ofrece fechas ni escapes fáciles. En cambio, demanda dos actitudes: perseverancia y vigilancia. Perseverar no es simplemente aguantar el paso del tiempo, sino mantenerse constante en completar lo que Dios ha comenzado, con propósito claro. Vigilar no es quedarse despierto por insomnio, sino cuidar con celo aquello que tiene valor eterno, estando preparados para cuando el Señor venga.
Estas actitudes no nacen solo de las dificultades del mundo, sino de la grandeza de Dios mismo: el novio fiel que vendrá por su iglesia, el propietario de todas las cosas que pedirá cuentas, el rey justo que separará ovejas de cabritos. La perseverancia con propósito y la vigilancia con preparación deben volver al vocabulario espiritual del creyente, porque reflejan el ardor de un corazón rendido ante un llamado que supera toda circunstancia temporal.
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Amigos, saludos para mí en su balada. Vamos a estar compartiendo acerca de un tema que hemos titulado: "La nobleza de un llamado superior". Cuando basta con el solo hecho de haber escuchado la última canción y con haber hecho la petición que hicimos, ya para nosotros, en nuestra conciencia, debe sobrecogernos la responsabilidad de poder llamarnos hijos de Dios y de reconocer que el Señor nos llama de tal manera que nos invita a poder rendirnos completamente delante de Él.
En Mateo 25, que son las dos parábolas y media que nosotros estuvimos escuchando a través de la duración del capítulo completo de Mateo 25, nosotros encontramos allí tres historias en donde el Señor quiere recalcar una enseñanza. Quiere recalcar justamente una enseñanza principal que nosotros debemos recuperar en nuestra vida, y que tiene que ver no solamente con lo que Dios espera de nosotros, sino con la actitud con la que el Señor espera que nosotros vivamos nuestras vidas cristianas. El Señor, en todo el capítulo 25, responde a algo que surge en el capítulo 24, y que lo vamos a ver en un momento, pero antes permítanme contarles algo.
El día viernes 21 de febrero se conmemoró, o se recordó, un aniversario más: el aniversario número 69 del fallecimiento de Eric Liddell. Eric Liddell era un misionero escocés que muere en un campo de concentración japonés en China durante la Segunda Guerra Mundial. Quizás esta primera introducción con respecto a este hombre no nos dice mucho, pero seguramente para algunos de ustedes el hombre va a ser más familiar cuando recordemos una película que se hizo en su honor, que se llamó Carros de Fuego.
Carros de Fuego es la historia de este hombre cuando él era un atleta reconocido. Eric Liddell es un medallista olímpico: en las Olimpiadas de París de 1924 él ganó la medalla de oro en la prueba de 400 metros planos. Sin embargo, él no es famoso exactamente por esa medalla, porque hay tantos medallistas olímpicos y no vamos a estar recordando las Olimpiadas de 1924. Él generó una gran polémica en ese tiempo, producto de que él estaba asignado y se había preparado para competir en la carrera de 100 metros planos. Pero él, al ver el cronograma y ver que la carrera de 100 metros planos caía en domingo, dijo que no iba a correr porque ese era el día consagrado en adoración al Señor.
Él decide no correr en esa carrera y lo ubican en la carrera de 400 metros planos. Él no estaba preparado para esa competencia; sin embargo, le asignaron esa carrera. Cuenta la historia que el día en que él estaba ya previo a competir, estaba en la pista, listo y preparándose, cuando un miembro del grupo de atletas norteamericanos se acercó a él con un pequeño papel y se lo entregó en la mano, previo a la carrera. En el papel había un versículo bíblico, 1 Samuel 2:30, que dice: "Yo honraré a los que me honran." Él, con ese papel y esa convicción, corrió la carrera de su vida, la ganó, obtuvo la medalla de oro y el récord olímpico se mantuvo por los siguientes 12 años.
Esa es la historia de Eric Liddell, pero a lo que quiero ir no es solamente al recordatorio de este atleta, porque en realidad en su vida podríamos decir que esto es algo anecdótico. En lugar de quedarse con su fama y su fortuna, con todo lo que hubiera podido lograr quedándose en Inglaterra, él decide al año siguiente, en 1925, embarcarse en las misiones, viajar a China y quedarse como misionero allí. Por los siguientes 20 años él regresó a Europa solo tres veces. En ese tiempo él realizó su misión, fue un siervo del Señor, y durante la Segunda Guerra Mundial Liddell envía a su familia, a su esposa y a sus tres hijos, al Canadá por seguridad, pero él decide quedarse en China, en una zona rural muy pobre donde estaba sirviendo.
Cuando los japoneses ocuparon China, lo tomaron prisionero en el año 1943 y entró a formar parte de un campo de concentración. Luego nos hemos enterado, en el año 2008 durante las Olimpiadas de Beijing, de que las autoridades chinas descubrieron un secreto político de ese tiempo: en los años 1944 y 1945, el gobierno inglés, al mando de Winston Churchill, empezó a hacer negociaciones secretas con los japoneses y los chinos para liberar del campo de concentración a Eric Liddell, debido a que él tenía un nombre y un reconocimiento por ser medallista olímpico. Lo cierto es que nos hemos enterado, y en el 2008 se dio la noticia, de que él rechazó la posibilidad de liberación y le cedió su lugar a una mujer prisionera que estaba embarazada, quedándose él en el campo de concentración. Él murió el 21 de febrero de 1945, producto de la malnutrición y del maltrato, a solo cinco meses de la liberación final y el fin de la Segunda Guerra Mundial.
En algún momento, después de ganar el premio y partir a China, le hicieron una entrevista y le preguntaron por qué había dejado una vida de héroe de los deportes en su país por una vida sencilla de misionero en un país lejano. Él respondió: "Es natural que alguien piense en esas cosas; algunas veces yo también las he pensado, pero estoy contento con el trabajo con el que estoy comprometido ahora. En realidad, la vida de un individuo cuenta mucho más en lo que yo hago ahora que en lo que hacía antes." No hay duda de que él había entendido la nobleza de un llamado superior.
La convocatoria de un Dios que es mucho más grande que la circunstancia hace que nosotros entendamos la vida de una manera completamente distinta a como la pueden vivir otras personas, en donde las riquezas, los valores, los principios, la cultura, las autoridades, los que mandan la moda, todo lo superfluo y todo lo importante cobra un valor distinto cuando reconocemos a un Dios que nos llama y nos cambia la vida, y le pedimos, como le hemos pedido hoy, que Él ponga un fuego en nuestro corazón que haga que todo arda ante la presencia de Su santidad. Eric Liddell lo vivió en su vida, y ese es el impacto de una vida consagrada delante del Señor.
En Mateo, capítulos 24 y 25, nosotros nos encontramos con ese mismo deseo de parte de nuestro Señor: enseñarles a Sus discípulos el valor de la nobleza del llamado superior que Él nos hace. Si nosotros vemos en Mateo 24, nos vamos a encontrar con el Señor Jesús en Jerusalén. Nuestro Señor estaba en Jerusalén y estaba cerca una famosa fiesta, de tal manera que el templo, que ya era majestuoso de por sí, tenía aún una visión mucho más bella que en otras oportunidades. Había gente de toda nación dando vueltas en Jerusalén, muchos peregrinos rodeando el templo, celebrando y acompañando lo que se iba a dar a continuación, de tal manera que yo imagino que para los discípulos esa era una visión majestuosa.
En Mateo 24:1 nosotros leemos: "Cuando salió Jesús del templo y se iba, se le acercaron Sus discípulos para mostrarle los edificios del templo." Imagínense ustedes un tour: "Mira, Señor, qué bellos estos edificios. Mira estas construcciones de Herodes el Grande. Seguramente van a permanecer aquí por mil años y muestran no solamente la gloria de Dios, sino también la majestuosidad de la religión judía." Ellos estaban maravillados ante lo que veían, y seguramente nosotros también, pues hay muchas cosas en medio de nuestra temporalidad que nos parecen eternas.
Imaginemos este edificio: mucha gente viene y, al verlo por primera vez, también se queda maravillada de lo que nosotros tenemos en este momento. Y podríamos pensar que ya llegamos a la meta, que culminamos la tarea, que estamos en el lugar que va a ser para siempre, y eso no es verdad. Nosotros sabemos que hay tantas presiones políticas para hacernos creer que ya ese gobierno es el gobierno que va a quedarse para siempre, que va a solucionar todas las cosas y todos los dilemas de la humanidad, y a través de la historia sabemos que eso no es cierto. Que existen tantas formas culturales, tantos deseos, tantas modas que nos hacen creer que son eternas, pero no duran para siempre. El Señor dice en Su Palabra claramente: "El cielo y la tierra pasarán, pero Mis palabras no pasarán." No solamente las culturas humanas, no solamente los edificios humanos podrán quedar como muestras; las pirámides permanecen, pero los que las hicieron ya son polvo.
Lo cierto es que el Señor, al escuchar estas palabras de Sus discípulos, tiene que aclararlos, y en el verso 2 les dice: "Más respondiendo Él, les dijo: '¿Veis todo esto? En verdad os digo, no quedará aquí piedra sobre piedra que no sea derribada.'" Un balde de agua fría para los discípulos, que pensaban que estaban viendo la gloria permanente de las cosas imperecederas. Lo cierto es que el Señor inmediatamente les hace ver a ellos que las cosas no son como las pensamos, y que lo que a veces nosotros consideramos eterno es en realidad sumamente temporal.
Nosotros somos humanos y vivimos en un mundo temporal, en una cultura temporal, en una sociedad temporal, pero que ejerce una influencia eterna sobre nuestros corazones, y muchas veces nuestras convicciones, nuestros valores y nuestros principios son alterados por esa realidad. Los discípulos de Jesús no son diferentes, y al escuchar las palabras de Jesús cuando les dice: "Ustedes ven este edificio, pues de este edificio no va a quedar piedra sobre piedra porque no es eterno", ellos se quedan pensando: entonces, ¿qué cosa es eterna?
Y en el verso 3, cuando el Señor estaba con ellos en el Monte de los Olivos con una vista hacia esa gran Jerusalén, dice: "Y estando Él sentado en el Monte de los Olivos, se le acercaron los discípulos en privado, diciendo: 'Dinos, ¿cuándo sucederá esto, y cuál será la señal de Tu venida y de la consumación de este siglo?'"
Claro, era evidente ante la declaración del Señor: ellos querían saber cuánto tiempo iban a durar las cosas que estaban viendo, que parecían tan grandes y perecederas, y en realidad lo único que iba a quedar de ellas eran piedras. A nosotros también nos pasa con respecto a las cosas, a la vida y a los principios. Nosotros estamos interesados en tener ciertas fechas específicas, porque si yo estoy en una fiesta en el barco y me dicen que el barco se va a hundir, yo quisiera saber en qué momento se va a hundir para esperar el último minuto para saltar. A veces nos pasa que quisiéramos tener con seguridad cuándo es que todas las cosas van a suceder, para poder estar al tanto de cuándo van a pasar y poder escapar a tiempo.
Sin embargo, el Señor tiene otra visión de las cosas, y Él no quiere y no está dispuesto a poner ninguna fecha en particular. Al Señor lo que le interesa es que nosotros tengamos la actitud correcta sin importar lo que estamos viviendo alrededor, que no dependamos de las circunstancias sino de mirarlo completamente a Él, que arda en nuestro corazón un fuego que lo consuma todo, pero que sea desde mi corazón y no desde las circunstancias externas.
Por eso es que el Señor —y ustedes conocen el capítulo 24 de Mateo, en donde habla de las señales y las condiciones de los últimos tiempos— les dice con claridad que no se deben dejar llevar por falsas apariencias o esperanzas, por lo que se viene o lo que no se viene. Lo claro es que la vida como está diseñada en este mundo sin Dios no será nada fácil para los cristianos, porque si uno va leyendo detalladamente el capítulo 24 —que no lo voy a detallar en esta oportunidad— simplemente el mundo estará lleno de confusión, de temor, de persecución, de dolor, de tropiezos, de falsos profetas, de enfriamiento del amor y de engaños espirituales. El Señor no duda en clarificar cuál va a ser la realidad de las circunstancias de un mundo confuso y oscuro, que puede generar confusión también en nuestros corazones.
El Señor no engaña a sus discípulos, no les da una esperanza falsa entregándoles una fecha en el futuro. El Señor les dice: no se trata del futuro, no se trata de cuándo caigan las piedras; se trata de que ustedes estén listos hoy, sin importar cuál sea la condición del mundo. Eso es lo que el Señor tiene planeado en su corazón, y dadas estas condiciones es que Él presenta dos actitudes que son fundamentales en nosotros los cristianos para enfrentar, sea cual sea la circunstancia que vivamos en este mundo. Reconociendo la nobleza de ese llamado superior que Él nos hace, Él nos invita y nos entrega dos actitudes fundamentales en nuestra vida.
Él no dice: voy a cambiar las circunstancias. Él dice: en el mundo tendrán aflicción, pero confíen, yo he vencido al mundo. El Señor promete que nada nos separa de su amor, pero en el mundo tendremos aflicción. Por lo tanto, ¿cuál es esa actitud, ese ardor de mi corazón, que va a hacer que arda todo a mi alrededor? Quizás son figuras que nosotros hemos olvidado, y es parte de mi intención el querer recordarlas para que formen parte de su vocabulario espiritual nuevamente, para que formen parte de su oración, para que formen parte de su evaluación de su cristianismo, para que las asuman como armas que el Señor tiene en sus manos para sus vidas, para ustedes en el día de hoy.
Ahora, justamente el capítulo 25 de Mateo son las tres ilustraciones que refrendan esa intención del Señor. Pero antes de ver Mateo 25, que lo veremos la próxima semana, permítanme mostrarles primero esas dos actitudes. En el versículo 13 de Mateo 24, el Señor dice, después de hablar de todos los dolores que habrá sobre la tierra: "Pero el que persevere hasta el fin, ese será salvo." La perseverancia de los cristianos es una condición sine qua non, esencial para la vida de fe que el Señor está observando y diseñando para los hijos de Dios.
En medio de la realidad de este mundo tan confusa, tan engañosa, con tanto tropiezo y con tanto dolor, con tanta confusión, con tanto temor, con tanto engaño espiritual, yo tengo que ser perseverante. Pero esta no es una palabra que nosotros usamos muy a menudo; no es una palabra que está en nuestro vocabulario espiritual, en nuestra oración ni en nuestra exhortación. Por eso yo quiero recordársela: ¿qué es la perseverancia?
Si ustedes pueden tomar nota: ¿qué es la perseverancia? La perseverancia es mantenerse constante en terminar lo que se ha comenzado hasta las últimas consecuencias. Perseverar es mantenerme constante en terminar lo que he comenzado hasta las últimas consecuencias. Perseverar no solamente tiene que ver con el tiempo; perseverar no significa que simplemente yo aguanté desde 1984 en la misma posición. Perseverar tiene que ver con una actitud en donde lo que yo he empezado quiero llegar a culminarlo. No tiene que ver con una actitud pasiva; tiene que ver con mantenerme firme en un lugar sin abandonarlo, en un esfuerzo creciente por completar aquello que el Señor ha propuesto con respecto a mi vida.
Es una actitud activa, es una actitud de observación con respecto a la razón por la que el Señor me ha alcanzado y me ha traído a este lugar. No basta solamente, como lo vemos en las ilustraciones de las parábolas, con estar allí esperando; sino que tengo que esperar y tengo que estar listo. No basta solamente con saber que el Señor me dio un talento y lo enterré en la tierra, sino que tengo que hacerlo producir. No basta solamente que yo algún día esté delante del Rey, sino que el Rey, al juzgarme, reconozca que yo hice lo que tenía que hacer. Esa es la perseverancia: esa actitud activa de mi corazón en donde yo me dispongo a hacer lo que Él espera que yo haga.
Si ustedes quieren hacer un clic todavía en su mente y en su corazón, permítanme darles algunos sinónimos. La perseverancia es constancia, persistencia, firmeza, fijeza, interés, permanencia, tenacidad, empeño, tesón. El cristiano es empeñoso, es tenaz, es constante, es persistente, es firme. Quiere lograr aquello por lo cual el Señor lo ha traído a sus pies. En términos negativos, ¿qué no es la perseverancia? La perseverancia no es abandono, dejadez, desgano, desidia, negligencia, inercia, desinterés, despreocupación, inconstancia, indecisión, indiferencia. Ustedes pueden ver la diferencia, pueden percibir la diferencia, y si ven esa diferencia, pregúntense en dónde se encuentran.
No hay duda de que el Señor espera que la perseverancia sea en nosotros el ánimo y el valor que nos lleva a tolerar las dificultades e intentar realizar las cosas que el Señor espera que yo haga. Eso es lo que el Señor le está diciendo a sus discípulos: ustedes no se preocupen por cuándo se van a caer las piedras; ustedes preocúpense por ser fieles en medio de la lucha que van a estar viviendo. Ustedes no se preocupen por saber cuándo se van a calmar las olas; las olas no se van a calmar. Ustedes preocúpense por ser lo suficientemente valientes para aguantar todas las olas que caigan sobre ustedes. Perseveren con esa actitud constante en el corazón.
Y el Señor, que es tan sabio al usar sus palabras, no solamente habla de la perseverancia —que ya de por sí es una palabra completa—, sino que utiliza una palabra adicional que es un amplificador de la perseverancia, es como ponerle una lupa de aumento para hacerla aún más grande. Él dice: perseveren hasta el fin. El Señor añade este sentido de amplitud y profundidad al término.
Si ya la perseverancia es mantenerse constante en terminar lo que he comenzado hasta las últimas consecuencias, ¿por qué el Señor dice que persevere hasta el fin? Es interesante la expresión "hasta el fin" en el griego, porque es una sola palabra: es la palabra telos. La palabra telos vincula no solo la idea de llegar hasta el fin, sino de hacerlo por una razón específica, con un objetivo, con una meta, con un propósito último por el cual nosotros hemos empezado. No es solamente hasta el fin, sino por tal fin, por tal objetivo. Yo persevero porque hay una razón detrás de mi perseverancia. Yo persevero porque hay un propósito de Dios que debe cumplirse. Yo persevero no solamente porque aguanto la circunstancia, sino porque espero que ese objetivo se concrete en mi propia vida.
Cuando el Señor dice que nosotros debemos perseverar hasta el fin, no nos está dando una salida fácil; nos está invitando a reconocer que yo me mantengo constante en la presencia del Señor, con el propósito de que Él siga trabajando en mí y el objetivo por el cual me llamó se cumpla. Esa es la razón fundamental. No hay espacio para la justificación. La parábola de las vírgenes nos demuestra que la ausencia de aceite no deja espacio para la justificación: "Ni siquiera los conozco", le dijo el Señor. La parábola de los talentos nos demuestra que no hay espacio para la negligencia: si escondiste el talento y no lo multiplicaste conforme al encargo del Señor, lo único que nos espera son las tinieblas de afuera.
Eso es lo que dice el Señor. Por lo tanto, la perseverancia tiene que ver con una perseverancia con propósito: no solo saber que me mantengo aquí, sino que el Señor está trabajando en mí porque yo sé la razón por la que estoy aquí y veo los frutos de la operación de Dios en mi propia vida.
Ahora, este perseverar con propósito se convierte en una oración en las Escrituras. Si nosotros vamos al Salmo 138, por favor, en sus Biblias: el Salmo 138. Nosotros nos encontramos con muchos Salmos en donde el deseo del salmista —así como la canción de adoración que nosotros cantamos al final— era una oración por perseverancia. En el Salmo 138, en los versículos 7 y 8, habla justamente de este tema: "Porque yo, aunque ande en medio de la angustia, Tú me vivificarás; extenderás tu mano contra la ira de mis enemigos, y tu diestra me salvará. El Señor cumplirá su propósito en mí. Eterna, oh Señor, es tu misericordia; no abandones las obras de tus manos." Ustedes ven que la perseverancia es activa.
La perseverancia no es pasiva, como quien espera que suceda algo de la nada. Surge del corazón. Nace del deseo íntimo de agradar a Dios. Que arda en mi corazón un fuego que lo consuma todo. "Aunque yo ande en medio de angustia, tú me vivificarás, extenderás tu mano contra la ira de mis enemigos, y tu diestra me salvará." Yo persevero con propósito. Yo persevero porque sé que el Señor cumplirá su propósito en mí. Eterna es tu misericordia; no abandones las obras de tus manos.
La perseverancia nos ayuda a buscar en fe que las promesas de Dios se cumplan. No solamente que las declaremos como cosas hermosas a las cuales nosotros nos aferramos espiritualmente, sino que al perseverar oramos como el salmista: le pedimos, "Señor, hazlo. No abandones la obra de tus manos. Cumple tu propósito en mí. No me entregues en la mano de mis enemigos. Aunque yo ande en medio de angustia, tú me vivificarás, extenderás tu mano contra la ira de mis enemigos, y tu diestra me vas a salvar." Perseverancia con propósito.
Eso es lo que el Señor Jesucristo está diciendo en Mateo 24. No es sembrar miedo ante las guerras y los rumores de guerras, ante los terremotos, el que esté en el campo que salga, que huya, ante el engaño de los falsos profetas. No, el Señor está diciendo: si tú tienes una perseverancia con propósito, vas a poder sobrevivir, vas a poder caminar conmigo.
Ese es el mismo deseo en el corazón del apóstol Pablo. El apóstol Pablo les decía a sus discípulos de Filipos, estando convencido precisamente de esto, que el que comenzó en ustedes la buena obra la perfeccionará hasta el día de Cristo. Yo estoy convencido, estoy convencido como una realidad espiritual. Pero entonces, ¿qué tiene que salir de nosotros? De nosotros tiene que salir esa perseverancia activa. Hacer que en mi corazón se mueva en la dirección de fe de que el Señor cumplirá su propósito en mí. Hacer de la perseverancia un motivo de oración. Hacer de la perseverancia con propósito un motivo de evaluación en mi vida, en donde yo me pueda hacer las siguientes preguntas.
¿Has sido perseverante o has sido negligente en tu vida espiritual? ¿Cómo es tu vida espiritual? ¿Es una vida llevada por los vientos de la vida, en donde en realidad tu vida espiritual no produce ni un freno ni un cambio en la realidad de tu existencia? Porque lo que ejerce presión sobre ti ejerce cambio significativo sobre tu vida: tu trabajo ejerce mayor presión, tus jefes ejercen mayor presión, la televisión ejerce mayor presión, los amigos del mundo ejercen mayor presión, tus circunstancias económicas ejercen mayor presión, tu salud ejerce mayor presión. ¿Has sido perseverante o negligente? ¿Está haciendo que tu vida vaya como una vida con propósito?
Si es una vida con propósito, ¿cuál es ese propósito? ¿Lo sabes? ¿Cuál es el llamado que el Señor te ha hecho a ti de manera particular? Las tres parábolas nos muestran que ningún cristiano carece de llamado. A todos se nos va a hacer rendir cuentas del llamado de Dios con respecto a nuestra vida. Al Señor no se le va a escapar nadie, ni aun en medio de todas las naciones. Dice que el Rey vendrá y juzgará a todos, y llamará a todas las naciones y separará las ovejas de los cabritos. ¿Cuánto tiempo le va a tomar al Señor? Una eternidad, pero la hará uno por uno.
¿Es esta tu persistencia y tu perseverancia con propósito? Si es así, tu perseverancia ha sido efectiva. Tienes dos, tres, cuatro, cinco, diez, veinte, treinta años en los caminos del Señor. ¿Pueden mostrarme la efectividad de tu perseverancia? Si es así, ¿cómo lo demostrarías? ¿Qué puedo ver yo en ti? ¿Qué hace diferente al hombre o a la mujer de hace diez años del hombre o la mujer que yo puedo ver hoy en día? ¿Estás donde deberías estar en este momento de tu vida cristiana? ¿Estás donde deberías estar? Si no es así, ¿dónde te quedaste? ¿Qué es lo que debes recuperar?
La perseverancia, como ustedes ven, es fundamental como actitud en mi corazón, como motor en mi vida que me hace percibir la urgencia, en medio de todo lo que yo tengo a mi alrededor, de mantenerme firme y constante, reconociendo el propósito claro que el Señor ha determinado para mi existencia. Tengo que orar por perseverancia, tengo que pedirle al Señor: cumple tu propósito en mí. Ahí están mis enemigos, ahí están las circunstancias, pero Señor, cumple tu propósito en mí.
Esa es la primera palabra que yo quiero dejar con ustedes. La segunda palabra es una palabra también que nosotros le hemos perdido de vista en el tiempo. En el versículo 42 de Mateo 24, por favor volvamos a Mateo 24, el versículo 42, está la siguiente palabra. Dice: "Por tanto, velad, porque no sabéis en qué día vuestro Señor viene." Velad. Hay algo que no se nos va a revelar, que es el día de la venida del Señor. En la parábola de las vírgenes, las vírgenes no sabían el momento en que el novio iba a llegar y se quedaron dormidas. En la parábola de los talentos, dice que el señor se fue lejos y después de mucho tiempo volvió, y no se sabe exactamente cuándo volvió.
Ahí está entonces la perseverancia, pero ahora viene este segundo término, que es velar. ¿Qué es el velar? Este es otro término que nosotros no usamos muy continuamente; no nos exhortamos mutuamente a velar: "Oye, tienes que velar." Es un término que aún nos suena ajeno, pero que tenemos que traer de nuevo a nuestra realidad espiritual. Velar es observar atentamente algo, vigilándolo y cuidándolo solícitamente. Esa es la idea de velar, es la idea del vigilante.
Yo no sé si en este lugar hay alguien que se llama Gregorio, pero Gregorio es la palabra griega para velar, y Gregorio se traduce como "vigilante." Esa es la idea de alguien que está cuidando, de alguien que se mantiene despierto, atento, protegiendo con cuidado las cosas que se nos han dejado a cargo. El velar no es lo mismo que el insomnio. "Ay, yo estuve velando, me quedé en vela." No, quedarse en vela no es lo mismo que velar; tener insomnio no es lo mismo que velar. Porque nuevamente, cuando el Señor dice velar, el velar tiene propósito, el velar tiene una intención: el mantenerse atento ante aquello que estoy preservando para que no caiga en manos ajenas o se descuide su razón de ser.
Involucra que yo voy a cuidar algo que tiene valor para mí. Si yo voy al patio de comidas con mi computadora y la pongo en una mesa para que nadie me tome el lugar y me voy al McDonald's, yo no le voy a quitar el ojo a mi computadora; yo voy a velar por ella porque tiene valor. Otra cosa distinta es si yo tomo un diario de esos gratis que me llega a mi casa y lo dejo en la mesa para guardar el sitio y me voy al McDonald's tranquilo, porque ese periódico no tiene ningún valor para mí. El Señor está diciendo: velen, porque lo que nosotros tenemos delante de Él es de sumo valor.
La palabra vigilante también tiene que ver con la palabra "velador" o la palabra "sereno." La palabra sereno tiene que ver con alguien que vigila de noche, porque en el latín *serenum* tiene que ver con la tarde y la noche. Entonces tiene que ver con alguien que vigila atentamente en un momento determinado. Y el velador tiene que ver con alguien que tiene celos; alguien que tiene celos y por lo tanto cuida con diligencia aquello que se le ha entregado. Es algo de lo cual yo voy a rendir cuenta, es algo que es valioso para mí, y que el Señor me invita a cuidar.
Dadas las circunstancias del mundo mencionadas en Mateo 24, el Señor nos invita, por lo tanto, a ser perseverantes con propósito y a velar, a cuidar con diligencia el trabajo que el Señor nos ha entregado. Lamentablemente, para muchos de nosotros la idea popular de vigilante es la idea del guachimán. Y un guachimán, lamentablemente, en muchas de nuestras sociedades tiene que ver con el último trabajo al que yo llego porque no hay otras oportunidades. ¿Verdad? Y cuando nosotros vemos a un guachimán lo vemos sentado en una esquina, en un estacionamiento, medio adormilado; y yo, como extranjero, tengo que decir que los veo con unas armas grandotas —creo que es un carabín, una escopeta— pero que no me dan seguridad alguna, porque la actitud y la pose que el hombre tiene no me da seguridad alguna, ni de que va a arriesgar su vida primero, ni tampoco de que me va a cuidar.
Por eso es que, cuando el Señor nos dice velar y nos dice ser vigilantes, no es la idea del vigilante del estacionamiento; es la idea de la gente del servicio secreto que está cuidando al presidente. Atentos a la derecha, atentos a la izquierda. ¿Por qué? Porque hay una nota completamente distinta, y un añadido al deseo de velar, que es el que el Señor nos encarga.
Si ustedes ven, vamos a ver en el versículo 43 y 44 de Mateo 24. Dice: "Pero comprended esto: si el dueño de la casa hubiera sabido a qué hora de la noche iba a venir el ladrón, hubiera estado alerta y no hubiera permitido que entrara en su casa. Por eso también vosotros, estad preparados, porque a la hora que no pensáis vendrá el Hijo del Hombre."
El Señor añade nuevamente un amplificador a la palabra velar, así como añadió un amplificador a la palabra perseverar. Perseverar con propósito; ahora velar con preparación. Y ahí la idea de cuidar es una idea mucho más sofisticada, porque la palabra "preparado" tiene que ver con alguien que está en forma, con alguien que encaja en la situación, con alguien que está apto para enfrentar los dilemas, con alguien que ha previsto y ha anticipado lo que pueda suceder, con alguien que está capacitado para poder enfrentar aquello que va a ocurrir. Nosotros estamos velando de esa manera; nos estamos preparando para cuidar aquellas cosas que el Señor nos ha entregado. Quizás los cristianos somos el único ejército que va a las batallas sin preparación alguna.
Cuando nosotros estamos en la casa del Señor, estamos perseverando con propósito y estamos velando con preparación, justamente porque estamos preparándonos para cuidar aquello que el Señor nos ha dado. Por eso, hermanos, tenemos que volver a utilizar la palabra *velar* y la palabra *perseverar* en nuestro vocabulario espiritual, porque tiene que ver con la actitud de nuestro corazón, que va más allá de nosotros mismos y tiene que ver con el llamado noble que el Señor nos hace. La próxima semana lo vamos a ver de manera más clara en las parábolas que vamos a estar estudiando, porque justamente el perseverar y el velar se ven ejemplificados en esas parábolas. Sin estas dos palabras, difícilmente podemos interpretar correctamente lo que el Señor nos está invitando a ser.
Pero finalmente, para ir terminando, yo no quiero irme sin decirles que en realidad no solamente se trata de que mi perseverancia y mi vigilancia son el resultado de las circunstancias difíciles que como cristianos tenemos que enfrentar en el mundo. Sí, yo tengo que perseverar y tengo que vigilar porque el mundo se opondrá a todo aquello que el Señor quiere hacer en mi propia vida. Yo tengo que adoptar una actitud perseverante y una actitud vigilante, una perseverancia con propósito y una vigilancia con preparación. Pero más que todo eso, el capítulo 25 el Señor hace un quiebre radical en la forma en que le está presentando las cosas. Él ya no habla de guerras y rumores de guerras, ya no habla de hambre, ya no habla de falsos profetas y falsos cristos, ya no habla de falsas enseñanzas, ya no habla de persecución, ya no habla de dolor; ahora solamente habla de Él mismo.
Porque en realidad la nobleza de nuestro llamado es requerida ante la grandeza de mi Dios. La grandeza de mi Dios hace que yo tenga que ser perseverante y vigilante, no solamente por la situación del mundo sino por la grandeza de aquello que Él es, por la grandeza de su nombre, por el tremendo valor que Él tiene. Rápidamente, el Señor se presenta en tres categorías en Mateo 25: se presenta como el novio, se presenta como el propietario y se presenta como el rey justo.
En cuanto al novio, muchas veces en la Escritura el Señor se presenta como el esposo de su pueblo, de Israel. También en el Nuevo Testamento, Cristo es el esposo y la iglesia es la novia radiante. En los tiempos de los judíos, un matrimonio correspondía a dos partes, era un pacto que tenía dos partes. La primera era el desposorio, que se denominaba el *Kidushin*, que era la promesa de contraer matrimonio y que podía ser muy larga y extendida en el tiempo. Y luego la boda, la *Jupá*. En el desposorio había un compromiso de fidelidad, y en la *Jupá* había la celebración y la consumación de este matrimonio. Eso es lo que vemos en la primera parábola de las vírgenes.
La fiesta duraba una semana y era una fiesta comunitaria. El novio salía de su casa con sus amigos, con instrumentos de música, con cantos y danzas, se dirigía a la casa de la novia, donde la recogía, y luego en procesión, donde todo el pueblo se iba sumando, llegaban nuevamente a la casa del novio, donde se realizaban diversos discursos, hacían oraciones, cánticos, alabanzas, y luego los novios eran dejados en la cámara nupcial. Lo cierto es que la figura del novio es una figura de celebración, pero más allá de una figura de celebración, es el reconocimiento de la fidelidad de nuestro Dios con respecto a su venida. Él vendrá por nosotros.
No importa cuánto se tarde, Él vendrá por nosotros y espera que nosotros estemos preparados. Eso es la grandeza de mi Dios. Eso es lo que me hace ser perseverante. Mira, tu Señor no viene. Mira que el Señor no llega. Mira que las cosas no cambian. Mira que todo se pone más oscuro. Mira qué difícil la vida. Mira cuántas tentaciones. Yo voy a ser perseverante con propósito porque mi Señor viene por segunda vez. Él viene, el novio viene; no importa cuánto se tarde en llegar, Él vendrá y celebraremos las bodas del Cordero. Esa es la primera realidad de nuestro Dios.
La segunda es la idea del propietario. La Escritura señala en una y otra parte, a lo largo de toda la Escritura, que el Señor es el dueño de todas las cosas. "Del Señor es la tierra y todo lo que hay en ella, el mundo y los que en él habitan", así lo dice el Salmo 24:1. El Salmo 119:91 dice: "Tu fidelidad permanece por todas las generaciones; Tú estableciste la tierra y ella permanece. Por tus ordenanzas permanecerán hasta hoy, pues todas las cosas te sirven." Lo cierto es que nuestro Dios es el rey del oro y la plata, el dueño de todas las cosas, el dueño aun de nuestras vidas, y nosotros somos sus siervos.
Por lo tanto, ante la grandeza de lo que Él es, yo tengo que perseverar con propósito. Yo tengo que perseverar con aquellas cosas que el Señor me ha dado para administrar. Tengo que administrar mi vida, tengo que administrar mi corazón, tengo que administrar los dones y talentos que el Señor me ha concedido. Tengo que vigilarlos con cuidado porque no son míos, son de Él; no son míos, son de Él. Y aunque Él se tarde, yo sé que Él vendrá por segunda vez y me pedirá cuenta de aquello que le pertenece. Por lo tanto, yo tengo que perseverar y tengo que velar.
Finalmente, el Señor se presenta como el rey justo. El final de Mateo 25 ya no es una parábola, sino que es una declaración profética de nuestro Señor con respecto a su venida. Dice que el Hijo del Hombre vendrá en su gloria, demostrando todo su honor, su renombre, su esplendor. Él vendrá acompañado de un séquito de ángeles, servidores a su alrededor que le cantarán gloria y alabanzas a su nombre. Dice que Él se sentará en el trono de su gloria, que es la manifestación de toda su autoridad, y esta autoridad se manifestará sobre todas las naciones de la tierra, porque dice que Él convocará a todas las naciones y todas las naciones se postrarán delante de Él.
Este rey va a tener un pleno conocimiento de toda la humanidad, porque dice claramente que Él separará las ovejas de los cabritos como un pastor. Y no solamente eso, sino que Él va a poder identificar la realidad de nuestras vidas con una seguridad al cien por ciento. El Señor manifestará, este rey manifestará, la intención de su corazón, la intención de su reinado. ¿Cuál es la intención de ese reinado absoluto de nuestro Dios? No solamente lo vemos allí cuando el Señor dice: "Tuve hambre y me diste de comer, estuve enfermo y me visitaste, fui forastero y me recibiste", sino que más bien nos habla del corazón del rey, de la autoridad que nosotros estamos compartiendo con Él al ser ciudadanos del reino de los cielos.
En el Salmo 72, por favor, si me acompaña brevemente moviendo sus Biblias unas páginas atrás. En el Salmo 72, hablando justamente del rey justo, a partir del versículo 11 dice: "Y póstrense ante él todos los reyes de la tierra, sírvanle todas las naciones, porque él librará al necesitado cuando clame, también al afligido y al que no tiene quien le auxilie. Tendrá compasión del pobre y del necesitado, y la vida de los necesitados salvará; rescatará la vida de la opresión y de la violencia, y su sangre será preciosa ante sus ojos." Esa es la naturaleza del reinado de nuestro rey.
Por lo tanto, en medio de la sociedad en que nosotros vivimos, en medio del mundo egoísta en que nosotros vivimos, en medio de este mundo sin Dios y en medio de la violencia, ¿cómo es que no voy a perseverar con propósito reconociendo quién es mi rey? ¿Cómo no voy a mirar con claridad las cosas como mi Señor las ve? ¿Cómo no voy a vigilar las cosas que para Él tienen valor? ¿Qué es lo que para Él tiene valor? ¿Tú te has preguntado? ¿Qué es lo que tú tienes que cuidar, qué es de Él lo que tiene valor? Tienes que vigilar estando preparado para saber qué es lo que tú vas a cuidar, qué es lo que para Él tiene valor.
Lo cierto, hermanos, es que tenemos que devolverle a nuestro vocabulario nuevamente la idea de la perseverancia con propósito y la idea de la vigilancia con preparación, basados en dos realidades: la realidad de un mundo conflictivo que se nos opone, y por lo tanto yo tengo que mantenerme firme en lo que creo y en lo que el Señor está haciendo en mí, y tengo que vigilar con cuidado aquello que el Señor me ha entregado; pero también tengo que perseverar ante la grandeza de mi Dios. Ante la seguridad de su fidelidad, ante la grandeza de su generosidad, ante la maravilla de su plan, porque a través del novio nosotros aprendemos que el Señor nos invita a ser participantes de su fidelidad y su celebración. A través de la figura del propietario, Él nos invita a ser participantes de su generosidad y su riqueza. A través de su presencia como rey, Él nos invita a ser participantes de su autoridad y su compasión.
En manos de eso, tenemos que ser perseverantes con propósito, vigilantes con preparación. Añadamos a nuestras disciplinas espirituales la intención de caminar con el libro de que nuestra vida está caminando hacia una dirección y que podemos evaluar lo que el Señor está haciendo. Y vigilemos con cuidado, y no perdamos nuestros ojos de aquello que es valioso ante su presencia; y no perdamos de vista que, ante la luz de todo lo que el mundo ofrece y de todas esas grandes piedras, recordemos que nadie hay tan grande como nuestro Dios, nadie tan hermoso como nuestro Señor.
De tal manera que les invito a que en esta mañana simplemente nosotros volvamos a poner la palabra *perseverancia* en un lugar importante de nuestra evaluación, de nuestra espiritualidad, y que pongamos la palabra *vigilancia* como una palabra importante que pueda definir lo que nosotros somos como cristianos, porque esa fue la intención del Señor. La próxima semana enriqueceremos más este concepto, añadiendo a esas ilustraciones el vigor de la historia que el Señor quiso contar. Pero por el momento, quedemos nosotros con la idea de vivir una vida donde el Señor sea glorificado, porque nosotros somos perseverantes con propósito y vigilantes con preparación.
Este es una producción que llega hasta ustedes gracias a los aportes de individuos y empresas comprometidos con la defensa de la fe. Para más información, preguntas y comentarios, visite nuestra página de Internet: www.integridadysabiduria.org.
¿Hasta la próxima cuando nos reencontremos en su Palabra?
José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor, y autor del libro Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024). Ha servido como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en la República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú, donde enseña en el Instituto Integridad & Sabiduría y colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y juntos son padres de su hija Adriana.