Vivir como cristiano en medio de tiempos difíciles exige dos actitudes fundamentales: perseverancia con propósito y vigilancia con preparación. El mundo no ofrecerá condiciones favorables para florecer en la fe; las guerras, los conflictos y las dificultades han sido constantes desde los días de la iglesia primitiva hasta hoy. Por eso el Señor, a través de tres parábolas en Mateo 25, nos muestra qué espera de nosotros ante su inminente regreso.
Las diez vírgenes con sus antorchas no cumplían una función decorativa sino esencial: iluminar el camino del novio en la oscuridad. Cinco estaban preparadas con aceite adicional; cinco no. Lo que el Señor condena no es que se hayan dormido esperando, sino que no estuvieran listas cuando él llegó. No podemos escondernos en la mediocridad de otros ni prepararnos en nuestro propio tiempo pensando que el Señor ajustará su agenda a nuestra conveniencia.
En la parábola de los talentos, el Señor entrega fortunas inconcebibles a sus siervos: recursos que representaban décadas de trabajo, imposibles de obtener por mérito propio. La demanda aquí es valentía. El siervo que enterró su talento lo hizo porque tenía un concepto equivocado de Dios, viéndolo como duro e inflexible. Mientras mejor conozcamos al Señor, mejor le serviremos.
Finalmente, el Rey glorioso que juzgará a las naciones se identifica con los hambrientos, los enfermos, los presos. El Dios majestuoso está en medio de los necesitados, y espera encontrarnos allí, sirviendo con la misma compasión que define su carácter.
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Hoy trataremos de ver brevemente las tres historias que refrendan justamente el motivo de nuestro Señor de afirmar ciertas virtudes, ciertas actitudes que los creyentes deben tener en medio de los tiempos conflictivos en que les tocará vivir. No solamente los que vivieron en la primera iglesia, en la iglesia primitiva, sino que también los que nos tocan vivir a nosotros en nuestro tiempo.
Les permito un instante para que me acompañen en oración para pedir la bendición del Señor sobre su siervo. Señor, en esta tarde ya queremos implorarte que seas Tú, Señor, hablando a través de tu siervo. Reconocemos el poder de tu palabra, reconocemos, Señor, el poder de tu consejo, reconocemos, Señor, que Tú conoces a cada persona que esté en este lugar de una manera profunda. Por eso, Señor, más allá de la elocuencia, queremos pedirte que sea tu Espíritu Santo moviéndose con libertad en medio de nosotros. Queremos, Señor, que toques nuestros corazones, que no nos dejes desviarnos de la línea recta ni a izquierda ni a derecha, que Tú seas llamando nuestra atención y que Tú hables conforme a las necesidades de nuestro corazón, pero también conforme a los requerimientos de tu propio corazón para nuestras vidas. Muchas veces nuestras necesidades y nuestros objetivos no son los tuyos; permítenos, Señor, en esta tarde alinearnos contigo, ponernos a cuentas contigo, caminar contigo. Salir de este lugar entendiendo, Señor, qué es lo que nosotros tenemos que hacer. Perdónanos, por favor. Lo pedimos en el nombre de Jesús. Amén.
La semana pasada nosotros estábamos viendo que, de acuerdo a la realidad del mundo, ustedes saben que el Señor hablando en Mateo 24, Jesús tuvo que clarificar a sus discípulos sobre la realidad de aquello que es temporal, de aquello que es eterno, sobre las expectativas que ellos podían tener con respecto a la vida, con respecto al ministerio, con respecto al reino de los cielos. Estas expectativas tan humanas difieren de aquellas expectativas que nacen completamente en el corazón de Dios. El Señor hace un análisis de la realidad y proféticamente Él desenvuelve la realidad del mundo y nos hace ver que va a ser un tiempo conflictivo, que la historia de la humanidad, como la conocemos desde hace dos mil años atrás hasta nuestros días, no ha variado. Las guerras y los rumores de guerras siguen latentes en nuestros días, como lo fueron al final de los tiempos de Pablo y continuaron a lo largo de la historia. Por lo tanto, no podemos tener esperanza de tiempos mejores para que nosotros seamos mejores.
De allí que el Señor, poniendo claridad sobre la mente de sus discípulos, pone claridad también sobre nuestras mentes y nos dice de manera evidente que Él espera que, de acuerdo a la realidad del mundo, haya dos elementos que deben prevalecer en nuestro corazón. Uno de ellos es la perseverancia con propósito. Esa es la actitud que el Señor espera de nuestra alma: que nosotros tengamos claro qué es lo que Él espera de nuestras vidas y que trabajemos por eso, que nosotros sepamos qué cosas hemos empezado y qué cosas debemos terminar. Esto no lo podrán proveer las circunstancias del mundo; no habrán primaveras para nosotros para que podamos florecer como cristianos, no habrán momentos de paz o momentos de tranquilidad para que reflexionemos con mayor profundidad. Viviremos tiempos conflictivos hasta que el Señor venga por segunda vez. Por lo tanto, el Señor declara y nos obliga a que nosotros tengamos una actitud perseverante. De eso hablamos largo la semana pasada.
Pero no solamente basta la perseverancia, sino definir el propósito por el cual yo estoy caminando con Él. El Señor habla de perseverar hasta el fin. El fin no solamente tiene que ver con el fin de los días; no solamente implica acabar, sino acabar con propósito, saber por qué el Señor me tiene aquí en sus manos en este tiempo. ¿Qué es lo que el Señor no ha terminado todavía contigo en tu vida? ¿Qué es lo que el Señor está trabajando en ti que Él debe terminar? Esa es la perseverancia con propósito.
Y la perseverancia con propósito va acompañada de otra palabra que el Señor incluye en su mensaje en Mateo 24, que es la palabra velar. Velar, como decíamos la semana pasada, no tiene que ver con insomnio, no tiene que ver simplemente con el hecho de que yo me quede despierto en medio de la noche. Velar tiene que ver con vigilar, vigilar aquello que tiene valor para mí. Yo tengo que cuidar aquello que el Señor me ha entregado, y tengo que cuidarlo por cuanto el mundo y las circunstancias del mundo nunca van a favorecer aquello que el Señor me ha entregado. Pero Él añade una palabra: así como es perseverancia con propósito, añade una palabra a la vigilancia. Tengo que vigilar con preparación; yo tengo que prepararme, tengo que anticiparme para poder cuidar aquello que el Señor me ha entregado.
Esa es la actitud que un cristiano debe enfrentar, pero no solamente se trata de descubrir los males de este mundo y por lo tanto ser un luchador y ser un vigilante. Sino que, por el otro extremo, el Señor se presenta a sí mismo en esas tres ilustraciones que nosotros vemos en Mateo 25 y se presenta como el novio fiel, como el propietario generoso, como el rey justo. Por lo tanto, la grandeza de mi Señor y la grandeza del llamado noble que Él me hace me obligan también a perseverar con propósito y a vigilar con preparación. Miren la grandeza del Señor y miren la grandeza de su llamado, de tal manera que yo tengo que cuidar aquello que el Señor me ha dado. Tengo que perseverar en caminar con Él porque mi Dios es fiel; yo no puedo ser infiel. Mi Dios es generoso; yo no puedo ser tacaño. Mi Señor es justo y compasivo; yo no puedo dejar de serlo. Yo tengo que caminar con Él y, por lo tanto, se dan estas dos instancias: por un lado, un mundo que no nos acompaña, y por el otro lado, un Señor que nos demanda. Por eso es que debemos perseverar con propósito y por eso es que debemos vigilar con preparación.
Ahora, el Señor da tres ilustraciones que buscan clarificar su enseñanza, mostrándola de una manera evidente de tal forma que no nos equivoquemos con respecto a lo que Él está esperando de nosotros. La primera, como lo estuvimos leyendo la semana pasada, tiene que ver con la parábola de las diez vírgenes. Leamos solamente el verso uno: "Entonces el reino de los cielos será semejante a diez vírgenes que tomando sus lámparas salieron a recibir al novio." Lo dijimos la semana pasada: el novio puede tardar, pero el novio es fiel y cumplirá su promesa y llegará conforme a lo prometido.
¿Quiénes son estas diez vírgenes? Es la primera pregunta que nosotros debemos respondernos. Algunos estudiosos, y de una manera también popular, se dice que estas vírgenes son las damas que acompañan a la novia. Sin embargo, la novia no aparece en esta historia de Jesús; aparece el novio y aparecen estas diez vírgenes. Si fueran damas de compañía, como nosotros lo entendemos en la actualidad, difícilmente podríamos entender la dureza con la que el novio les cierra la puerta cuando ellas no estaban preparadas. Algunos estudiosos contemporáneos señalan que, más que damas invitadas a la boda, en realidad lo que eran era siervas, esclavas, personal de servicio del novio, que eran sumamente jóvenes, quizás adolescentes. Por eso habla de diez vírgenes: la palabra "virgen" tiene que ver entonces no solamente con el hecho de la virginidad propiamente tal, sino con la edad que ellas tenían; probablemente eran jovencitas adolescentes que trabajaban para el novio.
Entonces, si esto es así, se relaciona mejor con el resto de las historias, porque en los tres casos siguientes se trata de siervos del Señor: los siervos que reciben los talentos y los siervos que son juzgados por el Señor al final de los tiempos por la obra que realizaron. Estamos hablando aquí de jovencitas adolescentes que estaban al servicio del novio y que tenían que realizar una tarea en el proceso de llegada del novio a su casa para la celebración de la boda.
¿Qué es lo que ellas tenían que hacer? Dice que tomaron sus lámparas para salir a recibir al novio. ¿Qué tipo de lámparas son estas? A veces nosotros imaginamos —ustedes han visto en las bodas que ponen unas velitas chiquitas que son como decorativas, ¿verdad?— Las que se usan son simbólicas, no iluminan nada, pero tienen una llamita que es como simbólica; las ponen por aquí, las ponen por allá, son decorativas, son emocionales, son románticas, y las podemos llamar de alguna manera, pero no tienen otra función. Estas no son el tipo de lámparas que estas muchachitas tenían que tomar. La palabra griega es lámpas, y lámpas significa antorcha. Lo que ellas tenían que tener en su mano era una antorcha, porque su función era una función de seguridad y no ceremonial, no era decorativa. A estas diez muchachas las habían puesto en el camino para iluminar el camino del novio en medio de la oscuridad, para que pudiese llegar sin dificultad a su casa. No era simplemente una cosa ceremonial, decorativa o romántica; era para iluminar el camino del novio. A estas jovencitas se les entregó una tarea que era importante, probablemente más allá de sus fuerzas, pero importante al fin. Así es como el Señor también nos entrega tareas a nosotros.
Y se nos presenta una dificultad. Directamente el Señor señala en el verso 2 que cinco eran insensatas y cinco eran prudentes: cinco insensatas y cinco prudentes. ¿Qué es lo que está tratando de decir el Señor? Lo dice claramente: las insensatas eran insensatas porque, teniendo una antorcha grande que quema mucho combustible, no llevaron un frasco adicional de aceite para cargar su antorcha y no tener problemas iluminando el camino al novio cuando este llegaba a su casa para la ceremonia.
Las prudentes eran prudentes simplemente porque sabían que tenían una antorcha grande que quemaba mucho combustible y, por lo tanto, tenían un frasco adicional de aceite para que la antorcha no se apagara cuando el novio estaba llegando a la casa. Nosotros hemos hablado en otro tema acerca de la prudencia, pero simplemente quiero aclarar que la palabra insensatez tiene que ver con alguien que es incapaz de tener un correcto sentido de la realidad y, por lo tanto, enfrentarlo correctamente. Una persona necia es una persona que no es capaz de leer la realidad y actuar correctamente. Es una persona que se equivoca en su interpretación de la realidad y, por lo tanto, al momento de actuar lo hace de manera incorrecta.
Llevó la antorcha, sabe que el novio puede llegar a cualquier hora y no trae aceite adicional; por lo tanto, pone en peligro el trabajo que se le ha encomendado. Una persona prudente es una persona que tiene una perspectiva clara de la realidad, que regula su comportamiento y le permite enfrentar la realidad de manera correcta. Observo la realidad: si hay un hoyo, me pongo a un lado, camino y no me meto al hoyo. Un insensato ve el hoyo y dice: "Quizás lo salto, quizás lo salto." Y a eso se le llama insensatez.
Entonces, lo que está aquí demostrando el Señor es justamente un solo principio: el principio de la preparación. Estas eran jovencitas adolescentes a las cuales el Señor les deja una tarea muy noble, que probablemente estaba por encima de ellas y su capacidad, pero el Señor las pone a su disposición y espera de ellas fidelidad, porque el Señor fiel llegará en cualquier momento.
El versículo 6 nos dice: "Pero a medianoche se oyó un clamor: ¡Aquí está el novio, salid a recibirlo!" ¿Qué había pasado? Dice el versículo 5 que al tardarse el novio, a todas les dio sueño y se durmieron. Quedaron dormidas porque eran adolescentes y porque el novio se tardaba en llegar. El Señor no hace ningún juicio sobre el hecho de que ellas dormitaran. Lo que el Señor condena es si estaban preparadas o no estaban preparadas.
A veces nosotros también, en medio de la realidad de nuestra vida y de las demandas que el Señor hace, dormitamos ante el retraso aparente de la llegada de nuestro Señor. Y dormitamos de diferentes maneras. Dicen algunos intérpretes que este sueño en que cayeron las siervas es el sueño de los afanes de la vida. Y es verdad: a veces nosotros dormitamos con respecto a las cosas de Dios y a nuestra expectativa de la venida del Señor, producto de los afanes de la vida. Que estoy haciendo mi segunda maestría, que empecé un nuevo negocio, que me acabo de innovar y estoy preparando el matrimonio, que acabo de tener un bebé, y tantas otras cosas más que nosotros podríamos señalar, que vienen a ser como obstáculos que nos hacen dormitar ante lo que nosotros debemos hacer.
Sin embargo, lo que el Señor dice es: tú puedes dormitar lo que quieras, pero tienes que tener tu antorcha y tu frasco lleno; tienes que estar preparado, no importa cuáles sean las circunstancias que estás viviendo. A mí no me preocupa tanto aquello que tú estás haciendo, siempre y cuando eso que tú estás haciendo no te quite del hecho de estar preparado para mi venida. Porque saben una cosa: la venida del Señor, en este caso, fue sorpresiva, pero no fue una sorpresa. El Señor puede venir de repente, pero no va a ser una sorpresa para nosotros, porque así Él lo ha prometido, y el Señor cumplirá fielmente su promesa.
Por lo tanto, en medio de las cosas que nosotros estamos haciendo, tenemos que preguntarnos si esas cosas que tenemos a nuestro lado —que nos demandan la maestría, el estudio, la novia, el novio, el futuro matrimonio, el bebé que acaba de nacer, el negocio que acaba de comenzar, el trabajo que se perdió, los problemas de este tipo o del otro, los planes de estudio, los cuatro exámenes o lo que tú quieras— si nada de eso es un obstáculo para poder decir delante del Señor: "Estoy preparado para que tú llegues, estoy preparado para tu venida." Eso es lo que el Señor está condenando, y eso es lo que tiene que ver con la perseverancia con propósito.
El Señor le deja un encargo claro a estas adolescentes y ellas tienen que cumplirlo. No había secretos, no había dudas; lo único que había era la duda en qué momento el Señor iba a llegar. Por lo tanto, ya tenían que estar supuestamente preparadas para esa tarea. ¿Qué es lo que sucede? Que a medianoche, como lo hemos leído, se oye el clamor: "¡Aquí está el novio, salid a recibirlo!" Las jóvenes se paran, se ponen en su sitio y encienden las antorchas.
¿Y qué sucede? La antorcha se empieza a apagar y las insensatas empiezan a pedirle a las prudentes que les pasen de su aceite. En ese instante se da una conversación entre ellas. Los versículos 8 y 9 dicen: las insensatas dijeron a las prudentes: "Dadnos de vuestro aceite, porque nuestras lámparas se apagan." Pero las prudentes respondieron diciendo: "No, no sea que no haya suficiente para nosotras y para vosotras; id más bien a los que venden y comprad para vosotras."
O sea, lo que sucede básicamente es que ante la falta de preparación y ante la falta de estar listas para la tarea, las insensatas le dijeron a las prudentes: "Bajemos el estándar, porque si se me apaga a mí, entonces dame de lo que tienes para que se nos apague a las dos." Eso es básicamente lo que les están diciendo: pongamos en peligro la llegada del novio, ya que no tenemos el aceite y no lo preparamos a tiempo; entonces vamos a bajar el estándar para que se nos apague a todas, de tal manera que el Señor no tenga a quién culpar, porque finalmente no tuvo aceite ninguna de nosotras.
Lo que está claro es que inmediatamente las prudentes dijeron: "Esto es imposible, porque nosotras le vamos a ser fieles al Señor y no a ustedes. Nosotras nos preparamos para Él y no para suplirlas a ustedes. Por lo tanto, nuestra expectativa está con la llegada del Señor y no con lo que ustedes estén viviendo de manera particular." Y ahí es donde el Señor nos aclara otra perspectiva importante acerca de la vida: no podemos escondernos en medio de la multitud. "Mal de muchos, consuelo de tontos", dice el dicho popular, y a veces nosotros nos podemos esconder en medio de la mediocridad de la multitud. Pero el Señor nos enseña que nuestra preparación tiene que ver con su fidelidad: si Él es fiel, yo voy a serle fiel. Esa es la demanda que el Señor está reclamando en ese momento.
Lo interesante es que se les pide a ellas que vayan a comprar. ¿Qué hora era? ¿Qué hora era, caray? Era medianoche, ya tenían que ser las dos y media más o menos. "Vayan a comprar." En la Palestina antigua, donde todo a las cuatro de la tarde quedaba cerrado porque al acercarse la tarde era el día siguiente, ¿a dónde podían ir a comprar? Algunos estudiosos dicen que debido a que era una conmemoración, probablemente los colmados estaban abiertos, probablemente. Entonces de allá fueron a comprar aceite. Lo cierto es que ellas tuvieron que conseguir aceite. ¿Cuánto se demoraron en llegar para conseguirlo? ¿A una hora de distancia quedaba la tienda, dónde quedaba la casa del novio y dónde estaba el colmado? No sabemos. ¿Cuánto tiempo pasó mientras le tocaban la puerta al dueño del colmado para que abriera y les dijera: "Somos las adolescentes que tenemos la fiesta y se nos acabó el aceite"? No sabemos.
Lo cierto es que ellas fueron a comprar, pero el tiempo ya había pasado. Ellas se pusieron en su puesto, las antorchas estuvieron encendidas, tenían suficiente aceite, el camino estaba bien iluminado, pero el novio ya había pasado. Porque la agenda la determina el Señor y no nosotros.
Y esto me hace pensar, hermanos: ¿cuántos de nosotros somos como vírgenes insensatas que queremos hacer la obra del Señor en nuestro tiempo? "Cuando acabe la maestría, cuando mis hijos crezcan, cuando me vaya bien en el negocio, cuando todo funcione bien, en estos quince días que voy a tener de vacaciones, en estos tres días en que el flujo baja, temporada baja, entonces yo voy a poder servir al Señor." Y creemos que podemos prepararnos como quien llega en este momento con su polo, su chequera, el Dios que adoramos: "Yo no pude en ese momento, pero ahora estoy listo", y llega con su polo, su agüita, su gorro: "Hoy sí estoy listo." ¿Qué le voy a decir? Ya no, ya fue. Porque no es en nuestro tiempo, es en el tiempo del Señor. Aunque pudieron comprar aceite, igual la razón por la que necesitaban el aceite había desaparecido. El tener ahora el aceite y estar listo no justificaba una nueva entrada del novio. El estar preparado no determina la agenda; la agenda determina que yo esté preparado.
La primera demanda del Señor entonces, hermanos, es que ante su fidelidad yo tengo que estar listo. Ante lo sorpresivo del llamado, yo tengo que responder afirmativamente y tengo que decirle al Señor: "Yo estoy listo para la tarea que Tú me has encomendado." La pregunta entonces tiene que ver con nosotros: ¿te estás preparando para ser usado en el tiempo del Señor o en tu propio tiempo? Hoy más que nunca yo escucho que mis hermanos siempre disponen de su tiempo y no están buscando el tiempo del Señor para servirle a Él. Pero de nada vale estar preparado en mi tiempo, porque yo tengo que estar preparado en el tiempo del Señor.
¿Qué es lo que deberías tener o saber, pero que no tienes hoy por falta de responsabilidad? ¿Sientes que estás completo y preparado para hacer la tarea? ¿Podrías decir que eres leal con el Señor ante la grandeza de su fidelidad? Ante la grandeza del llamado glorioso que el Dios vivo nos hace, Él demanda que en nuestro carácter también haya fidelidad. Yo tengo que estar preparado. ¿Te sientes preparado para la venida inminente del llamado del Señor en cualquier momento, o quieres todavía hacerlo en tu tiempo? Recuerda: no se trata de ti, se trata de Él.
Ese es el primer consejo que el Señor nos hace, porque tiene que ver justamente con la perseverancia con propósito y la vigilancia con preparación. Yo tengo que saber por qué lo estoy haciendo: lo estoy haciendo por Él, lo estoy haciendo por el novio. Sé que es una tarea demasiado grande para mí. Probablemente estas adolescentes de 14 o 15 años no tenían la madurez suficiente para hacer lo que el Señor novio les había encomendado, pero el Señor se lo había encomendado y sabían lo que tenían que hacer. Y si hubieran podido prepararse —porque lo hicieron—, lo hicieron a destiempo. ¿Estamos preparados a tiempo? Ese es la primera demanda del Señor: estar preparados a su tiempo.
La historia termina de una manera muy dramática. Dice el versículo 11: "Después vinieron también las otras vírgenes diciendo: '¡Señor, Señor, ábrenos!' Pero respondiendo él dijo: 'En verdad os digo que no os conozco.'" Porque la preparación tiene que ver con la realidad de quiénes nosotros somos; la preparación forma parte de la identidad intrínseca que tenemos como cristianos. "No os conozco" es, para parafrasear la frase, como cuando a veces nosotros vemos a una persona que no está actuando como debería actuar y le decimos: "Te desconozco, te has cambiado", o sea, no eres la persona que deberías ser. "No te conozco": las siervas a las cuales yo les di este encargo deberían estar acá adentro, no afuera. "¡Ábrenos!" "¿Por qué? ¿Quién eres tú? No te conozco, te desconozco, porque no estás preparada; no estuviste preparada para hacer lo que tenías que hacer." Entonces la primera demanda es la demanda de preparación puntual: la lealtad delante de Dios. Yo no puedo ser leal sin preparación y puntualidad. Yo no puedo decir que amo al Señor si no estoy preparado. Eso es lo que el Señor está diciendo en su Palabra. ¿En qué áreas debo prepararme? Cada uno de ustedes conoce las demandas que el Señor tiene para con sus vidas.
La segunda historia es la parábola de los talentos, una parábola conocida por muchos de ustedes, estoy seguro. Este dueño que sale para un largo viaje dice que reparte sus bienes. Como dice el versículo 14, a uno le dio cinco talentos, a otro le dio dos talentos y al último le dio un talento, a cada uno conforme a su capacidad. Permítanme tomarme un par de minutos para poder clarificar qué era el talento.
Un talento, o un talento de plata como se le conocía en el tiempo de Jesús, pesaba aproximadamente 75 libras o 34 kilos. Este peso se había tomado en relación a lo que un soldado romano que salía a campaña podía cargar en su espalda; ese era el peso. El talento era el peso en plata que un soldado romano podía cargar en la espalda, y se calculaba que eran 75 libras. En nuestro tiempo, un talento de plata costaría aproximadamente, al tipo de cambio de hoy de la plata, 23,287 dólares. Eso significaría que el Señor repartió en esta historia alrededor de 200,000 dólares, una pequeña fortuna por llamarlo de alguna manera.
Sin embargo, no estamos siendo del todo veraces con nuestra aproximación porque es muy actual, ya que era muchísimo mayor en el tiempo de Jesús. Un talento se podía cambiar por 6,000 denarios, y un denario era el salario diario de un obrero en el tiempo de Jesús. Por lo tanto, lo que el Señor estaba repartiendo en ese momento entre sus siervos era una verdadera fortuna, porque le estaba dando al primero cinco talentos, que equivalen a 96 años de trabajo; al segundo le estaba dando 38 años de trabajo; y al tercero, 19 años de trabajo. Si nosotros quisiéramos ponerlo en nuestro tiempo actual, y dijéramos que un salario promedio, para ponerlo simplemente en medida, es de 30,000 pesos dominicanos mensuales, y lo multiplicamos por 96 años, estamos diciendo que al primer siervo le dio 808,000 dólares, al segundo 320,000 dólares y al tercero 160,000 dólares. El Señor repartió en ese momento un millón trescientos mil dólares entre sus siervos.
Una verdadera fortuna entre sus esclavos. El Señor les concedió algo mayúsculo, algo que era inconcebible en el tiempo de Jesús, algo que no podríamos conseguir por nosotros mismos. El Dios generoso nos entrega y nos da a administrar algo que es más grande que nosotros. Como adolescentes que tenían que prender la antorcha, a estos siervos les estaba dando una fortuna que era inimaginable para ellos manejarla por sí mismos, algo que les iba a costar tres vidas poder ganárselo por ellos mismos. Por lo tanto, se trata de que el Señor nos concede administrar algo que es superior a nuestra capacidad, pero el Dios generoso nos lo entrega.
Si nosotros quisiéramos decir cuál es la representación del talento contemporáneo, algo que nos da el Señor: ministrar en la casa de Dios es algo inconcebible para nosotros mismos, ganar un alma para Cristo es imposible para nosotros mismos, orar por sanidad por alguien es imposible en nuestras propias fuerzas. Cualquiera sea la labor que nosotros hagamos para el Señor, es imposible en nuestras fuerzas porque es espiritual. Por lo tanto, no tengo la capacidad de poder conseguirla; así viva tres vidas, yo no soy capaz de poder manejar aquello que el Señor me entrega para administrar.
Esa es la maravilla de la historia de la parábola de los talentos. A veces nosotros decimos que la parábola de los talentos tiene que ver con mis talentos, y no es verdad, porque mis talentos no valen 880 mil dólares, no valen cinco pesos. Por lo tanto, fue el Señor el que me concede algo para poder administrar, que va más allá de mí mismo, que está por encima de mí mismo, por encima de mi capacidad, por encima de lo que yo soy. Eso es lo que el Señor nos da.
Y dice que le da a cada uno conforme a su capacidad, a la capacidad de administrarlo. La palabra "capacidad" es una palabra que a ustedes les gusta mucho: es la palabra *dúnamis*, de donde viene la palabra "poder". Ustedes se acuerdan: "pero recibiréis poder", ¿verdad? Y para nosotros nos suena a dinamita o a dínamo, a una gran capacidad. Pero en la Biblia la palabra *dúnamis* es simplemente la capacidad de poder concretar aquello que he empezado. Esa es la idea de capacidad. Por lo tanto, el Señor me entrega una fortuna, pero el Señor dice que yo tengo la capacidad para poder hacer aquello que el Señor me entrega.
Por lo tanto, ¿cuál es la primera demanda para las siervas? Era que ellas estén preparadas. ¿Cuál es la demanda para con aquellos que están administrando los talentos? Pues la demanda es que seamos valientes. Porque si a mí me dan un millón de dólares para administrar, mi mano me va a temblar. Yo no voy a ir por ahí a comprar acciones. Viene alguien y me dice: "Mira, acá hay un negocio que sale muy bien; tú pones cien mil dólares y te doy 300 mil." ¡Qué miedo! El poder meterle mano a algo que me han encargado, ¿verdad? La respuesta natural la encontramos en el siervo del talento, que hizo ¿qué cosa? Que nadie vea dónde lo puso: esconder esta fortuna que el Señor me ha dado.
Pero eso no fue lo que sucedió. Dice que el que había recibido los cinco talentos, en seguida fue y negoció con ellos y ganó otros cinco talentos. "En seguida fue": ¿qué es eso sino valentía? ¿Qué es eso sino coraje? C. S. Lewis decía: "El coraje es el prerrequisito para la práctica de todas las demás virtudes, porque si no, uno sería virtuoso solo cuando la virtud no cuesta nada." El coraje es la madre de todas las virtudes, porque yo tengo que ser valiente para poder hacer aquello que el Señor me está demandando.
A las siervas adolescentes les dice: "Tienen que estar preparadas." Y a los siervos les dice: "Tienen que ser valientes." ¿No fue eso lo que el Señor le dijo a Josué antes de entrar a la tierra prometida? Recuerda, a Josué le decían sobre qué zapatos tenía que ponerse: sobre los zapatos de Moisés, 40 años de un ministerio prodigioso. Ahora tenía que entrar a una tierra plagada de enemigos, con un ejército que no era tampoco, ¿verdad? Imagínense. Entonces, ¿qué le dice el Señor? ¿Qué es lo que espero de ti? "Esfuérzate y sé valiente, no temas ni desmayes, porque yo soy tu Dios." Esa demanda es la que aparece en el texto de manera velada, y eso es lo que nosotros reconocemos como la segunda expectativa de alguien que persevera con propósito y que vigila con preparación: se espera que esté preparado y se espera que sea valiente.
Porque nadie puede tomar en las manos aquello que el Señor está entregando, nadie puede decir "voy con mantequilla" para ser aquello que el Señor me demanda, sin importar el lugar en que el Señor nos quiera poner, porque se trata de las cosas del Dios Santo que generosamente Él nos concede. Por eso es que el Señor, de una manera clara, celebra cuando Él viene de vuelta después de mucho tiempo. Dice que el Señor viene a regular cuentas, porque el Señor va a regular cuentas con nosotros.
Y dice: "Llegando el que había recibido los cinco talentos, trajo otros cinco talentos, diciendo: 'Señor, me entregaste cinco; mira, he ganado otros cinco.' Y su señor le dijo: 'Bien, siervo bueno y fiel; en lo poco fuiste fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor.'" Hay una cosa importante que nosotros debemos aprender con respecto al Señor. A veces nosotros quisiéramos que el Señor solamente mirara la actitud de mi corazón: "Señor, mire, está feo, pero lo hice con todo mi corazón." A ver, dile eso a tu jefe, díselo en tu trabajo: "Lo hice con todo corazón." El Señor empieza afirmando que la actitud del corazón va a proveer el esfuerzo y la valentía para hacer las cosas bien hacia afuera. Por eso lo primero que le dice es "bien hecho": ahí está la tarea.
Pero yo no me quedo con eso. El Señor me empieza a alabar, y ahora tengo cinco talentos más, otro millón y pico de dólares. ¡Qué bueno! Porque para el Señor eso es insignificante. Miren qué le dice: "En lo poco fuiste fiel." En lo poco con respecto a lo de Él, no con respecto a lo que el siervo tuvo que administrar; en lo poco con respecto a lo que significa para el Señor lo que le confirió a su siervo, pero no con respecto a la grandeza de lo que el Señor tiene en Sus manos. Le dice: "Bien hecho."
Imaginemos, pensemos solamente para clarificar esta idea: que el plomero que va a trabajar a nuestra casa, que el mecánico que atiende nuestro auto, que el constructor que nos construye la casa, que el policía que nos cuida, que el maestro que nos enseña, que el doctor que nos atiende, o el ingeniero que nos hace los planos, busquen aceptación solo porque lo hicieron de corazón y no por la calidad de sus acciones. Piensen ustedes: el médico les dice "me equivoqué en el diagnóstico, pero lo hice de todo corazón." Suena ilógico, ¿verdad? Suena ilógico. Pero a veces no suena ilógico en el reino de los cielos: "El Señor conoce mi corazón." No, hermanos. El Señor conoce mi corazón, y como conoce mi corazón, me dio conforme a mi capacidad para poder concretar aquello que me entrega. Esa es la demanda. Es la realidad del cielo: el Señor no se equivoca, el Señor no me da más de lo que yo puedo manejar, pero el Señor me da aquello que yo puedo manejar. El Señor es un Dios amoroso, compasivo, que atiende nuestra realidad.
Por eso es que luego Él no le señala a este siervo eficiente valores profesionales o intelectuales, sino que le dice: "Tú has sido bueno y has sido fiel." Ha sido afable, benévolo, piadoso, templado, calmado, alguien que ha hecho lo correcto, alguien que es honorable, alguien que es de provecho. "Tú eres bueno y tú eres fiel. Tú eres leal, no has defraudado la confianza que he depositado en ti. Eres constante en tus afectos, eres constante en el cumplimiento de tus obligaciones. Tú no me has dejado mal." Eso es lo que el Señor reclama y reconoce en sus dos siervos que habían cumplido con aquello que el Señor sabía que ellos podían cumplir.
Finalmente, nosotros vemos que el Señor les dice: "Bueno y fiel, en lo poco fuiste fiel, sobre mucho te pondré." Esto significa —a veces piensen— "sobre mucho te pondré": que yo voy a ser dueño de los talentos. Y no dice eso. "Te voy a poner a administrar más, te voy a dar más oportunidades para que tú muestres la capacidad que yo te he entregado, para gloria de mi nombre, para beneficio de mi reino. Sobre poco has sido fiel, más te voy a dar." Pero le dice: "Entra en el gozo de tu señor."
Y ahí es donde yo quiero exhortar a muchos de mis hermanos que algunas veces se sienten cansados por las tareas que el Señor les ha entregado. Yo escucho muchas veces de ustedes que están cansados, que están abrumados, que el peso de la casa, el peso del trabajo y el peso del ministerio es algo tan grande que a veces sienten que es un peso enorme que les está rompiendo las espaldas. El Señor dice que al siervo bueno y fiel no lo manda de vacaciones a Cancún, sino que le da más trabajo. ¿Y por qué le da más trabajo? Porque le dice: "Entra en el gozo de tu señor."
Yo no sé si ustedes saben, pero Nehemías dijo: "El gozo del Señor es mi fortaleza." Yo puedo saber que cuando yo veo el rostro agradado de mi Dios, yo siento una fortaleza que vuelve a crecer en mis huesos, porque estoy haciéndolo para Él. Y cuando el Señor se goza con mi labor, el gozo del Señor, mi fortaleza, es poder descubrir que estamos haciendo las cosas para Él y no para nosotros. ¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo completa y totalmente para agradar al Señor y bendecir a otros, y no para estar pensando en ti, en los beneficios que tú pudieras obtener? Entra al gozo de tu Señor. Entra al gozo de tu Señor. Mientras nosotros completamos la tarea que Él nos da, nosotros podemos entrar al gozo del Señor.
Pero hay un siervo adicional que queremos ver en los pocos minutos que nos quedan. Verso 24: "Pero llegando también el que había recibido un talento, dijo: 'Señor, yo sabía que eres un hombre duro, que siegas donde no sembraste y recoges donde no esparciste; y tuve miedo, y fui y escondí tu talento en la tierra. Mira, aquí tienes lo que es tuyo.'" Es interesante ver en este caso que los siervos que operaron correctamente fueron reconocidos por su carácter y fueron reconocidos por su valentía al asumir aquello que el Señor les estaba entregando, que aunque sabían que era mayor que sus fuerzas, ellos confiaban en el Señor, quien les había delegado la tarea.
En el último caso, nosotros vemos a alguien que dice: "Señor, yo sabía quién tú eres." Alguien que levanta la voz y es capaz de decir que conoce al Señor: "Yo sé quién tú eres." La frase en el griego habla de un conocimiento experiencial, no de un conocimiento teórico, de alguien que conoce al Señor y es capaz de expresárselo. Y le dice: "Señor, yo sé quién tú eres. Tú eres un hombre duro." El conocimiento que él tenía del Señor era el conocimiento que le llevó a tomar las decisiones que lo llevaron a enterrar el talento en la tierra. Lamentablemente, era un conocimiento equivocado de quién era el Señor. ¿Por qué? Porque lo presenta como egoísta, como avaro, un hombre inflexible, riguroso, sin misericordia, severo, alguien que exige más de lo que debiera exigir. Alguien duro.
Y hermanos, aquí viene también una aclaración para nuestra vida: mientras más y mejor conozcamos al Señor, más y mejor le vamos a servir. Mientras nosotros no conozcamos quién es el Señor, vamos a permanecer sentados observando al resto hacer lo que tú deberías estar haciendo.
Esto es lo que nos demuestra este pasaje. En él encontramos a un siervo que culpa al Señor, generando una falsa percepción de su carácter, excusándose a sí mismo con un falso sentido de cuidado: "Señor, yo cuidé lo que era tuyo, lo escondí en la tierra, ahora te lo devuelvo. Mira, igualito." ¿Cuántos de nosotros tenemos un talento escondido en nuestros brazos, o escondido en algún lugar de nuestra casa o de nuestra alma, y no lo estamos poniendo a producir porque no somos valientes y porque no tenemos un claro conocimiento de quién es nuestro Dios?
¿Cuál es la excusa que nosotros podríamos decirle al Señor para no servirle con propiedad? ¿Cuál sería la excusa? ¿El trabajo, la familia, la esposa, el novio, la novia, la crisis económica? Todas esas excusas serían para decirle a Dios: "Tú no tienes cuidado de mí, por lo tanto yo no tengo cuidado de las cosas que Tú me estás encargando. Señor, Tú no estás viendo lo complicado que estoy." Entonces, cuando creemos que nuestro Dios, que es Señor de nuestras vidas, no está teniendo cuidado de nuestra vida, siempre terminaremos culpándolo a Él.
El Señor llama a este hombre malo y perezoso. Pero, ¿saben? Al llamarlo malo y perezoso, que es lo opuesto a bueno y fiel que acabamos de ver hace un momento, Él le está diciendo básicamente que no ha sido como debió ser: que es alguien que causa molestia y dolor, alguien que va atrás y no hacia adelante, alguien indolente, como quien arrastra los pies, imposibilitado de hacer aquello que el Señor le está mandando a hacer. Pero lo más doloroso es que le está acusando a Dios de indolente, cuando el Señor mismo le dice: "Si tú no podías hacerlo, hubieras llevado el talento al banco y habría ganado intereses. No tenías que hacerlo tú."
"Lo importante es que lo administres, que seas valiente, que lo lleves a alguna parte. Tú me acusas a mí de indolente. Yo te digo: te di conforme a tu capacidad. No te di dos, tres, cuatro o cinco para que te pusieras muy nervioso. Te di algo que es grande, sí, pero creí que eras capaz de multiplicarlo. Y si no podías, lo hubieras llevado al banco y ahí se multiplicaba y me entregabas lo que era mío. Pero no lo hiciste. Malo, perezoso." Esa segunda característica nos habla de que los siervos, no importa cuán pequeñas sean sus tareas, tenían que estar preparados, tenían que ser valientes y tenían que conocer quién es su Dios. Esas son las características de aquel que persevera con propósito, de aquel que vigila con preparación.
En los últimos minutos que tengo, quisiera ver la última parte del capítulo 25. Jesús se presenta en toda su gloria, como ustedes ven en el versículo 31: el Hijo del Hombre viene en su gloria, sus ángeles con Él, sentado en su trono de gloria, y reúne ante Él todas las naciones de la tierra, y Él separa las ovejas de los cabritos. Pero yo quisiera quedarme solamente con un aspecto de la realidad que el Señor está presentando aquí: Él es capaz de congregar todas las naciones delante de Él, y es capaz de, entre todas las naciones, separar ovejas de cabritos por su sola sabiduría. En medio de una inmensa diversidad, el Señor se para y congrega solamente dos grupos, dos grupos que han sido juzgados por una sola responsabilidad: por aquellos que hicieron lo que tenían que hacer, y por aquellos que no hicieron lo que tenían que hacer.
¿Cómo es que el Señor mide esa realidad tan profunda? El Señor dice en el versículo 34: "Entonces el Rey dirá a los de su derecha: 'Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me recibisteis, estaba desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a mí.'" El Señor declara básicamente la grandeza de su compasión, la grandeza del carácter de nuestro Dios misericordioso. Porque, por un lado, en el primer versículo que nosotros vimos, el Señor se presenta en toda su majestad: un Rey poderoso, rodeado de ángeles, sentado en su trono, en toda su gloria, capaz de congregar a todas las naciones de la tierra. Y por el otro lado, Él se presenta como aquel que está en medio de los necesitados. Ustedes pueden ver esa doble manifestación de la realidad de nuestro Señor: en toda su grandeza y en medio de aquellos que padecen necesidad.
Y no solamente es eso, sino que el Dios compasivo, nuestro Señor Jesucristo, al relatar esta historia, repite esa lista de necesidades cuatro veces. Cuatro veces lo hace de manera idéntica: lo dice Él, lo dicen las ovejas, lo dice Él, lo dicen los cabritos. Si uno cuenta las palabras de esta historia, tiene 333 palabras, y el 50% corresponde a la repetición de este orden de necesidad. El 50% de la historia es para recordarnos una y otra vez cuál es nuestra responsabilidad como siervos de Dios en esta tierra: asistir al necesitado como el Señor lo hace. Esa es nuestra responsabilidad.
El Señor separa ovejas de cabritos justamente porque evidencia de manera clara dónde es que ellos deberían estar. Deberían estar con los necesitados, porque el Señor está en medio de las necesidades. Eso tiene que ver, nuevamente, con la característica de quién es nuestro Dios. Nuestro Dios, en toda su gloria, es el Dios compasivo y misericordioso, y el Dios compasivo y misericordioso espera que sus siervos sean también compasivos y misericordiosos, y que estén donde deberían estar: en medio de las necesidades. El Señor está con los que tienen hambre, con los que tienen sed, con los forasteros, con los desnudos, con los enfermos, con aquellos que están en la cárcel. Esa es la realidad del texto.
El Señor juzga duramente, como ustedes se pueden dar cuenta a lo largo del pasaje, a aquellos que no hacen nada: a las vírgenes que no estuvieron preparadas, al siervo que no hizo nada con el talento, a los cabritos que, debiendo atender a los necesitados, no lo hicieron. El Señor en estas tres historias no juzga a la gente por lo que hizo, sino por lo que no hizo.
De allí, hermanos, que nosotros vamos a descubrir que en la fidelidad del Señor, el Novio va a entrar a su boda aunque el 50% de las vírgenes no tengan su antorcha encendida. El Señor no va a perder un centavo, porque no perdió un solo talento de aquello que entregó, pues aun el siervo inútil le devolvió el talento que le había dado. El Señor, que es el Rey compasivo y justo, no va a dejar de alimentar al hambriento, ni de vestir al desnudo, ni de visitar al preso porque nosotros no lo hacemos, porque lo va a lograr de todas maneras, porque Él va a estar presente con el que lo necesita. El perjuicio tiene que ver conmigo: que yo no disfrute la bendición de estar con Él donde debiera, de no compartir su carácter como debiera, de no estar con Él como debiera, porque no perseveré con propósito, porque no vigilé con preparación.
El Señor nos demanda, hermanos, finalmente, a que examinemos nuestro corazón, a que podamos analizar nuestras vidas y descubrir dónde es que nosotros estamos, en qué lugar nos encontramos. Estar preparado en el tiempo del Señor, no en mi tiempo. Yo no tengo que preocuparme solamente de estar listo cuando yo pueda. El Señor sabe. El Señor sabe que Él es Rey de reyes y Señor de señores, y tú debes saberlo también. Por lo tanto, tienes que estar preparado cuando Él espera que estés preparado; después ya no significará nada.
El Señor espera que nosotros podamos asumir tareas que parecen estar fuera de nuestro alcance, pero las asumiremos con valentía porque el Señor ha prometido que las podemos hacer en el poder de su fuerza. Es importante que nosotros volvamos a analizar cuál es nuestro concepto de Dios, porque sobre nuestro concepto de Dios es que le servimos. Quizás tú estás paralizado porque tu concepto de Dios está equivocado, y estás atribuyéndole a Dios características que Él no tiene. Él está esperando que tú le conozcas perfectamente para que puedas servirle fielmente.
Y por último, que recordemos, en este ensayo final en donde el Señor manifiesta su venida en gloria, que lo primero que va a buscar en nosotros es que hayamos correspondido a su carácter compasivo y misericordioso, atendiendo a aquellos que más lo necesitan. Allí es donde está nuestro Señor; allí es donde espera encontrarnos a nosotros. Las ovejas y los cabritos se sorprendieron de que el Señor estuviera en medio de los necesitados. Pero las ovejas dijeron: "Señor, cuando te vimos, yo estuve allí," y ellos estuvieron allí. El problema con los cabritos es que ellos no lo hicieron y no estuvieron allí.
Esa es nuestra gran demanda, hermanos: que el Señor pueda encontrarnos apercibidos en nuestra vida, que seamos una iglesia en donde estemos activos, sirviéndole, conociéndole, estando preparados, caminando con Él, asumiendo con valentía las demandas que nos hace, conociéndole profundamente y sirviéndole conforme a la realidad compasiva de un Rey que tiene misericordia de toda la gente, y que espera que nosotros respondamos con misericordia y compasión ante esa misma necesidad.
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José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor, y autor del libro Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024). Ha servido como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en la República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú, donde enseña en el Instituto Integridad & Sabiduría y colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y juntos son padres de su hija Adriana.