Integridad y Sabiduria
Sermones

Una nueva visión para una nueva misión (parte 1)

Miguel Núñez 8 abril, 2018

El evangelio estaba a punto de cruzar una barrera que tenía siglos de espesor. Habían pasado unos diez años desde Pentecostés y la iglesia seguía siendo casi exclusivamente judía. Los apóstoles habían recibido la gran comisión —hacer discípulos de todas las naciones—, pero en la práctica todavía pensaban en términos de ley y circuncisión. Los judíos llamaban "perros" a los gentiles; algunos rabinos enseñaban que Dios los había creado para alimentar las llamas del infierno. Para que el evangelio llegara al resto del mundo, primero había que cambiar el corazón del instrumento elegido: Pedro.

Dios trabaja en más de una persona al mismo tiempo. Mientras Cornelio, un centurión romano piadoso y temeroso de Dios, recibe la visión de enviar por Pedro, el apóstol tiene la suya: un lienzo desciende del cielo con animales que siempre le habían sido prohibidos, y una voz le ordena matar y comer. "De ninguna manera, Señor", responde Pedro. Hay una contradicción en esas palabras: no se puede decir "Señor" y "no" al mismo tiempo. Tres veces tuvo que insistir el ángel para que Pedro entendiera que lo que Dios ha limpiado no debe llamarse impuro.

Las restricciones alimenticias nunca tuvieron que ver con salud o santidad intrínseca de los alimentos, sino con separar visiblemente al pueblo de Dios de las naciones paganas. Ahora esa barrera debía caer. La visión no era sobre comida, sino sobre personas: judíos y gentiles podían sentarse a la misma mesa porque ante Dios no hay privilegio racial ni mérito heredado. El pastor Núñez advierte que estos prejuicios persisten hoy —contra razas, clases sociales, empleados domésticos, inmigrantes— y llama al arrepentimiento. Una nueva misión requiere un corazón renovado.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

En el día de hoy el título de mi mensaje es: "Una nueva visión para una nueva misión." A mí me agrada decirlo otra vez: una nueva visión con V, para una nueva misión con M. No sé cuántos de nosotros estamos familiarizados con el concepto de lo que es una visión, pero en la época de la década de los 90, cuando todavía vivíamos en Estados Unidos, se puso de moda; estaba muy en boga en medio de las iglesias y aun en las instituciones seculares hablar de visión. Todo era visión, la definición de una visión, y lo corto que tenía que ser para poder ser entendida y memorizada. Parecía como que no había otra cosa que no fuera visión. Aquellos de nosotros que hemos vivido algunas décadas reconocemos que la iglesia toma de cada época una nueva idea, un nuevo concepto, y lo promulga como si fuera la única cosa que deberíamos conocer.

Sin embargo, la visión es importante. Lo que nosotros vamos a encontrar en el texto de hoy es una nueva visión para la iglesia del Señor Jesucristo, que estaba todavía comenzando. Probablemente han pasado unos diez años entre Pentecostés y este texto que vamos a estar leyendo hoy. Si tú piensas en la iglesia y piensas en el concepto de una visión, yo creo que la Gran Comisión fue y es la más grande visión que Dios le había dado a su pueblo para ser llevada a cabo, para evangelizar el mundo. Eso es parte de lo que nosotros hemos venido viendo en el libro de los Hechos, pero está muy incipiente el desarrollo de esa misión.

No podemos olvidar que Cristo dijo: "Me seréis testigos en Jerusalén, y en toda Judea, y en Samaria, hasta los confines de la tierra." Y apenas el Evangelio había llegado hasta Samaria. Judea estaba más o menos alcanzada, aunque eso tenía que continuar desarrollándose. A Samaria se había llenado de gozo con el Evangelio, pero las buenas nuevas de Jesucristo tenían que seguir viajando. Ahora Dios estaba a punto de mover el Evangelio hacia territorio gentil, hacia el resto de las naciones de la tierra, que era parte de la visión que les había dado.

Para el pueblo hebreo, hasta ese momento, la iglesia era mayoritariamente hebrea, casi exclusivamente judía, con algunas excepciones de conversiones aquí y allá, pero en esencia era una iglesia judía. De manera que para ellos, cuando pensaban en la Gran Comisión, todavía estaban pensando en la ley, todavía estaban pensando en la circuncisión. Sin embargo, las cosas habían comenzado a cambiar. Y habían comenzado a cambiar tan pronto el Evangelio llegó a Samaria, porque los judíos no tenían trato con los samaritanos. Pedro y Juan llegan allí, ven que realmente a ellos se les había dado el mismo don que ellos habían recibido, y ellos mismos quedan perplejos y atónitos de que samaritanos, a quienes habían considerado como una raza impura, estuvieran disfrutando del Evangelio también.

Pero ahora Dios no solamente quiere incluir a los samaritanos, quiere incluir a los gentiles: a ti y a mí. Gracias a Dios. Pero para hacer eso, primero había que cambiar a Pedro. Primero había que cambiar el corazón del instrumento que Dios había elegido para llevar a cabo tal misión. Había una barrera entre judíos y gentiles, incluyendo aquellos que eran apóstoles, una barrera enorme que tenía cientos de años de grosor, si tú quieres. Los judíos llamaban a los gentiles perros. Es cierto que a veces vemos gente como nosotros ladrando, pero eso no justifica el calificativo. Y algunos rabinos enseñaban que Dios había creado a los gentiles para alimentar las llamas del infierno.

Pero las cosas tienen que cambiar. Pedro tiene que cambiar. Nosotros tenemos que cambiar, a dos mil años después. Si hay algo que queda claro en la Biblia, es que la revelación de Dios es progresiva; en otras palabras, Dios no dejó ver todo lo que Él eventualmente dejaría ver. No lo hizo en un momento, a través de un solo hombre, de un solo evento, de un solo libro. Lo hizo progresivamente. Y aquí, entonces, Dios está abriendo otro capítulo, si tú quieres, de la historia redentora.

Cuando tú leas acerca del ministerio de Jesús en los Evangelios, parecería como que el plan de redención solo iba a incluir a judíos. Esa es la impresión que da, aun de los labios de Jesús. Cuando tú leas el capítulo 10 del libro de Mateo —el capítulo 10, perdón— te encuentras a Jesús enviando a sus doce apóstoles. Y escucha algunas de las instrucciones que Él les deja, para que puedas entender por qué yo dije lo que acabo de decir. A estos doce enviados, Jesús, después de instruirlos, dice: "No vayáis por el camino de los gentiles." En serio, Jesús, ¿no vamos a predicar a los gentiles? Eso es lo que dice: "No vayáis por el camino de los gentiles, ni entréis en ninguna ciudad de los samaritanos." Entonces, ¿dónde vamos? "Id más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel." Con esto, ellos probablemente se sintieron afirmados de que realmente ellos eran el pueblo elegido. Míralo: hasta el mismo Jesús lo está mostrando.

Más adelante, Mateo nos relata otra historia donde todavía queda aún más claro que, hasta ese momento, el Evangelio parecía no ir más allá. Hay una mujer cananea que viene a Jesús, le está rogando que sane a su hija, que está poseída de un demonio, y Jesús como que no está respondiendo. Cristo le menciona a esta mujer: "No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel." Y la mujer le dice: "Sí, pero aun los perrillos comen las migajas que caen de la mesa de su amo." Y Jesús quedó impresionado, dice el texto, con una fe que no había encontrado ni siquiera en todo Israel. Y esa fe la encontró en una mujer cananea, de los descendientes del hijo de Canaán, el hijo de Noé.

Parecía como que Jesús no tenía ningún interés en los gentiles, que ni siquiera tenía mucho interés en los samaritanos, como que su único foco era la raza hebrea. Pero en esencia, a la luz del resto de lo que nosotros conocemos, incluyendo el Antiguo Testamento, este ya anunciaba en el Salmo 22, en Isaías 2, el alcance de los gentiles. Pero su entendimiento estaba vedado. De manera que lo que estos textos nos están diciendo y revelando es que ciertamente la revelación de Dios es progresiva, y hasta entonces el desarrollo del plan solo llegaba hasta los judíos.

Pero antes de ascender, Jesús claramente anunció para dónde iba el Evangelio: "Haced discípulos de todas las naciones." Más claro de ahí no lo podía decir. De todas las naciones se cayó la barrera. "Y me seréis testigos en Jerusalén, y en Judea, y en Samaria, hasta los confines de la tierra" — Hechos 1:8. Más claro de ahí no lo podía decir. De manera que Jesús había anunciado ya lo que nosotros estamos a punto de comenzar a ver: que el Evangelio tiene que salir de Jerusalén, tiene que salir de Palestina.

Nosotros vamos a leer un texto que está en Hechos 10, solamente una porción, porque toda esta historia abarca el capítulo 10 y el capítulo 11, y eso va a tomar quizás cuatro o cinco sermones desarrollarlo. Pero vamos a tomar una sola porción, del versículo 1 al versículo 22 o 23 de Hechos 10, para comenzar a ver esto y ver qué lecciones hay ahí para nosotros.

Había en Cesarea un hombre llamado Cornelio, centurión de la cohorte llamada la Italiana, piadoso y temeroso de Dios con toda su casa, que daba muchas limosnas al pueblo judío y oraba a Dios continuamente. Como a la hora nona del día —eso es las 3 de la tarde—, vio claramente en una visión a un ángel de Dios que entraba a donde él estaba y le decía: "Cornelio". Mirándolo fijamente y atemorizado, Cornelio dijo: "¿Qué quieres, Señor?" Y él le dijo: "Tus oraciones y limosnas han ascendido como memorial delante de Dios. Despacha ahora algunos hombres a Jope y manda traer a un hombre llamado Simón, que también se llama Pedro. Este se hospeda con un curtidor llamado Simón también, cuya casa está junto al mar."

Después que el ángel que le hablaba se había ido, llamó a dos de sus criados y a un soldado piadoso de los que constantemente le servían, y después de explicarles todo, los envió a Jope. Al día siguiente, mientras ellos iban por el camino y se acercaban a la ciudad, Pedro subió a la azotea como a la hora sexta —eso es el mediodía, contando desde las seis de la mañana—. Tuvo hambre y deseaba comer, pero mientras le preparaban algo de comer, le sobrevino un éxtasis. Vio el cielo abierto y un objeto semejante a un gran lienzo que descendía, bajado a la tierra por las cuatro puntas. Había en él toda clase de cuadrúpedos y reptiles de la tierra y aves del cielo, y oyó una voz: "Levántate, Pedro, mata y come." Pero Pedro dijo: "De ninguna manera, Señor, porque yo jamás he comido nada impuro o inmundo." De nuevo, por segunda vez, llegó a él una voz: "Lo que Dios limpió, no lo llames tú impuro." Y esto sucedió tres veces; inmediatamente el lienzo fue recogido al cielo.

Mientras Pedro estaba perplejo pensando lo que significaba la visión que había visto, los hombres que habían sido enviados por Cornelio, después de haber preguntado por la casa de Simón, aparecieron a la puerta y llamando preguntaron si allí se hospedaba Simón, al que también llamaban Pedro. Mientras Pedro meditaba sobre la visión, el Espíritu le dijo: "Mira, los hombres te buscan. Levántate, pues, desciende y no dudes en acompañarlos, porque yo los he enviado." Pedro descendió a donde estaban los hombres y les dijo: "Aquí estoy yo, el que buscáis. ¿Cuál es la causa por la que habéis venido?" Y ellos dijeron: "Cornelio, el centurión, un hombre justo y temeroso de Dios y que es muy estimado por toda la nación de los judíos, recibió instrucción por un santo ángel de hacerte venir a su casa para escuchar tus palabras." Entonces Pedro los invitó a entrar y los hospedó.

Ahí está. Pedro ya había comenzado a cambiar; es obvio si conoces un poco del trasfondo. Los judíos jamás se habrían hospedado juntos con personas gentiles. Pedro está hospedado en una casa, pero sutilmente hebrea, y estos hombres gentiles vienen. Como Jerusalén estaba a unos 100 kilómetros de distancia, y Jope, donde estaba Pedro, quedaba como a unas 30 o 35 millas, eso iba a requerir todo un día de caminata o cabalgata; quizás tenían que pasar la noche y llegarían al día siguiente. Pedro los invita y ellos se quedan con Pedro.

Pero tiene dificultad en entender esto, porque así como los judíos nunca entendieron la razón de las restricciones alimenticias —como frecuentemente todavía ocurre hoy en el pueblo de Dios, que no entiende la razón de las restricciones alimenticias del pasado—, pues cuando Dios las remueve tampoco estaban entendiendo la remoción. ¿Por qué va a cambiar esto ahora? La eliminación de ciertos alimentos, y en particular de ciertos animales de la dieta hebrea, no tenía nada que ver con el carácter santo de Dios; no tenía ni siquiera gran cosa que ver, si acaso alguna, con motivos de salud. Porque de repente, ¿qué pasaría? ¿Yo quedaría expuesto a las enfermedades que antes Dios estaba tratando de prevenir? No había refrigeración ni antes de ese tiempo ni en ese momento. Pero tenía que ver con marcar de una forma clara y práctica la diferenciación entre el pueblo que Dios había llamado y el pueblo pagano, conociendo que nuestra tendencia es adoptar los usos y costumbres de aquellos que no conocen a Dios. Y quiero explicar un poquito más de eso.

Nosotros, lamentablemente, llamados a ser sal y luz, a influenciar al pueblo que no conocía a Dios, lamentablemente no hemos hecho un buen trabajo a lo largo de los siglos. Al contrario, el mundo ha infiltrado la mente, el corazón, nuestras prácticas, nuestras iglesias, y nosotros terminamos copiando lo que el mundo hace. Lo que Dios ha hecho es llamar a su pueblo a salir de en medio del pecado, y Dios encontró formas prácticas y visibles de hacer eso. Y comenzó a hacer eso muy tempranamente. Déjame ilustrártelo rápidamente con algunas pinceladas, así a grandes rasgos.

Dios llama a Abraham y le dice: "Vete de tu pueblo y de tu parentela, desde Ur de los caldeos, al sur de Irak, y te voy a llevar a una tierra que yo te mostraré", mil kilómetros de distancia o más. Pero si tú lees Josué 24, tú sabes por qué tiene que irse de ahí, porque el texto de Josué 24:3 dice que Abraham habitaba del otro lado del Jordán adorando dioses paganos junto con sus padres. En medio de ese paganismo, Dios le dice a Abraham: "Yo no puedo hacer el trabajo que necesito hacer en ti; yo conozco la naturaleza del pecado." Abraham crece, se multiplica, el pueblo se vuelve una gran nación, es esclavizado en Egipto, y Dios saca al pueblo de Egipto y lo lleva al desierto para que le sirva, prometiéndole una tierra prometida.

Pero antes de entrar al pueblo a la tierra prometida, Dios les dice: "Antes de que ustedes se asienten, hay que sacar a todas las tribus paganas que viven en dicha región. No quiero mezcla, no quiero unión, no pueden coexistir, porque yo sé lo que va a ocurrir." Y exactamente ocurrió lo que Dios les advirtió que ocurriría y que quería prevenir: que ustedes van a copiar y van a adorar a los dioses paganos. Algo tenía que pasar para que eso pudiera evitarse. Dios organizó esa nación y les prohibió entonces a los varones judíos que se casaran con mujeres paganas, diciéndoles por qué: "Porque ustedes van a terminar adorando los dioses de ellas", como terminó Salomón. No sé, es increíble que el hombre que conoce a Dios prefiera volver atrás. Es como el dicho que está en la Biblia, que dice que el perro a su vómito vuelve.

En el Nuevo Testamento la cosa no cambia mucho; no cambia nada. ¿Para qué le escriben los corintios? En 2 Corintios dice: "No estéis unidos en yugo desigual", y luego les dice: "Por tanto, salid de en medio de ellos y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo", y no está hablando de dieta en ese momento, "y yo os recibiré." Eso es Nuevo Testamento. Las restricciones alimenticias tenían el mismo propósito.

Si hay algo que queda claro en la Biblia y en nuestras prácticas, y que tú lo vas a ver en el pasaje, es la manera como nuestros hábitos alimenticios nos unen, y eso está claro aun en la Biblia. El número de escenas y comidas en la Biblia es como que esta gente solamente sabía comer y cenar. Tú encuentras a Jesús unido a múltiples personas, a veces de manera individual, a veces con una familia, a veces con multitudes, alrededor de una comida. Él le dice a Zaqueo: "Date prisa, porque quiero cenar en tu casa", y está Jesús cenando con Zaqueo. Jesús va a una cena con Simón el fariseo y ahí tiene un encuentro y confronta su fariseísmo. Jesús tiene una cena con Marta, María y Lázaro, y allí María le unge los pies. Jesús da de comer a multitudes.

Jesús decide pasar las últimas horas con sus discípulos, y tú pensarías que diría: "Bueno, vámonos al monte para que nadie nos interrumpa, vámonos a orar, porque esa es la forma espiritual de hacer las cosas." Pero no. Saben lo que hace: se va a un aposento alto y decide cenar. Instaura el nuevo pacto en su nombre y les dice: "Esta copa, este fruto de la vid, lo vamos a tomar otra vez cuando yo venga." Y conoces la ocasión divina: la gran cena del Cordero. Cenando todavía, comiendo después de la resurrección, después de la glorificación.

No sé si has escuchado a alguien decir: "A mí no me gusta juntarme mucho con esa gente; se siente muy raro." No ha habido cosa así. La comida tiene una habilidad de unirnos y crear comunión. Dios estableció una dieta especial que de manera práctica y visible los separara de la comunión con pueblos paganos. Cuando el pueblo se va al destierro a Babilonia y regresa, ya el pueblo no ha vuelto a adorar a los ídolos desde entonces. Quizás el pueblo ahora estaba más o menos listo para la inauguración de una segunda etapa, donde las restricciones alimenticias pudieran ser eliminadas, y eso es lo que nosotros estamos viendo aquí.

Ahora que la ley ha quedado atrás, Dios va a remover la restricción alimenticia. Pero Dios sabe, y Cristo enseñó, que el alimento que entra por la boca no es lo que te hace impuro; es lo que sale de ti. Cristo enseñó eso, de manera que estas restricciones alimenticias no tenían nada que ver con hacerlos impuros. Y este hombre Cornelio, guiado por Pedro, va a ser el instrumento. Pedro se convirtió en el encargado de llevar la evangelización a los gentiles. Cornelio es el primer receptor significativo dentro de los gentiles, aunque ya habían alcanzado a un eunuco y a un par de personas más.

La historia que leímos es la de este hombre: Cornelio vivía en Cesarea. Cesarea era una ciudad importante, la segunda ciudad después de Jerusalén, a unos 100 kilómetros de distancia. Este era un hombre importante; era un centurión romano. Un centurión romano tendría a su cargo como 100 hombres; 6 unidades de este tamaño formarían una cohorte, y el potencial de la cohorte romana era de 6 cohortes, que serían unos 6.000 hombres, los cuales formarían una legión. En ocasiones podía tomar hasta 20 años llegar a ser un centurión, y un centurión podría servir por 20 a 35 años en la milicia. Los soldados en esa época tenían prohibido casarse; tenían concubinas, pero no podían tener familias. Las lealtades se las debían al régimen. A veces un centurión podía comprar ese rango con amiguismo y dinero, y demás, como siempre ha ocurrido.

Pero este es un centurión especial. Nota cómo Dios, que es quien inspira el texto, dice que es un hombre piadoso, temeroso de Dios con toda su casa, no solamente él. Suena un poco a Job, aunque vamos a guardar la diferencia, porque Job quería la piedad para su casa y él ofrecía sacrificio por toda su familia todos los días. De este hombre se dice que era temeroso de Dios junto con toda su casa, que daba muchas limosnas y oraba a Dios continuamente. ¡Vaya! Este era un gentil de cierta moral; era un gentil temeroso de Dios. Se piensa que un gentil temeroso de Dios usualmente era un gentil que había llegado a creer en el Dios de los cielos; quizás no se había convertido, pero tenía reverencia y respeto por ese Dios, y en este caso oraba a ese Dios.

Pero este hombre nos enseña la primera lección, porque a pesar de su buena moralidad, a pesar de sus obras de bien, a pesar de sus oraciones, y a pesar incluso de haber llegado a creer en el Dios creador, él no tenía salvación. Ahí hay una enseñanza, definitivamente. Me recordó, al leer el texto, el testimonio de la joven que bautizamos el miércoles pasado. Para los que no estuvieron aquí, ella dijo: "Yo no tengo mucho que decir." Pero yo creo que con lo que ella dijo había montones de cosas que decir. Esto fue lo que ella dijo, y así es en el Evangelio: "Yo crecí en el Evangelio, pero estaba perdida en el Evangelio hasta hace unos meses atrás." Y en verdad tú tenías mucho que decir; ya con eso que dijiste ilustraste muchas cosas. Este es un hombre temeroso de Dios, creyente en el Dios de los hebreos, piadoso, daba limosnas y aún oraba, pero estaba perdido.

La lección número uno: ni la moralidad, ni la religiosidad, ni las buenas intenciones del hombre le pueden salvar. Requiere un encuentro personal con Cristo; requiere un arrepentimiento de mis pecados, una petición de perdón al Señor Jesús, un otorgamiento del perdón y una aceptación real de Él como Señor y Salvador. Y luego, obras que no me salvan, sino que dan testimonio de que verdaderamente eso ha ocurrido en mí. Esa lección me queda.

Entonces, Cornelio recibe al ángel. El ángel le habla y él dice: "¿Qué quieres, Señor?" El versículo 4 le dice: "Tus oraciones y limosnas han ascendido como memorial delante de Dios. Despacha a unos hombres a Jope y manda a traer a un hombre llamado Simón, que también se llama Pedro. Este se hospeda con un curtidor llamado Simón, cuya casa está junto al mar." Después que el ángel que le hablaba se había ido, Cornelio llamó a dos de sus criados y a un soldado piadoso. Nota cómo Cornelio tenía incluso soldados piadosos; eso es increíble: él, su familia y por lo menos este soldado de los que constantemente le servían. Y después de explicarles todo, los envió a Jope.

El texto no nos dice por qué cosas Cornelio oraba. Sí dice que las oraciones subían, pero el texto no dice que Dios estaba respondiendo todas las oraciones de Cornelio cuando él ni siquiera salvación tenía. Sin embargo, llegaron, y es obvio que Dios oye todas las oraciones. Pero acá hay una segunda lección, y es que Dios escucha todas las oraciones, incluyendo las de un inconverso, como las oía por la vida de Cornelio, pero las responde conforme a sus propósitos. No importa lo que Cornelio hubiese orado; Dios dice: "Cornelio, tú puedes estar pidiendo todo eso, pero en realidad lo que tú necesitas es otra cosa: es salvación, y de eso es que yo te voy a hablar." Por eso es que la Palabra puede decirme "buscad y hallaréis", pero ¿qué voy a hallar? No lo que yo quiero que Dios me dé, sino lo que Dios tiene que decirme.

Y ahí está Cornelio; ahí está nuestra lección. Dios escucha las oraciones, pero las responde conforme a sus propósitos. No hay evidencia, como yo dije, de que Dios hubiese respondido ninguna de las oraciones anteriores de Cornelio, y ahora Dios decide revelarle a Cornelio el instrumento de su salvación. Dios es el más grande evangelista de toda la humanidad. Él busca a la gente, a la persona encargada de salir a buscar al hombre. Tú lo puedes ver ahí; tú lo puedes ver en la vida de Pablo. Lo vimos hace dos o tres sermones atrás, donde Dios fue a buscar a Pablo; ahora salió a buscar a Cornelio.

Ahora nota cómo el ángel dice: "Mira, tú necesitas encontrarte con este hombre que se llama Pedro, que está en Jope; manda a buscarlo." Pero el ángel pudo haber predicado el Evangelio, ¿no era acaso más fácil eso? ¿No era más fácil que el ángel lo hiciera? Oye todo lo que se podría haber evitado: primero tuvieron que venir los criados de Cornelio a buscarlo, luego tenía que haber una conversación con Pedro, luego Pedro volver al otro día con ellos, y luego entonces predicarle el Evangelio. Pero ¿no era más fácil que lo hiciera el ángel? Acá hay una tercera lección, y es que la labor de predicación del Evangelio nos toca a nosotros, y eso es un gran privilegio.

Pablo escribe a los corintios y les dice que Dios nos ha entregado el ministerio de la reconciliación, como si Dios rogara por medio de nosotros: "Reconciliaos con Dios." No es por medio de los ángeles; es por medio de los redimidos. Les toca a los redimidos predicar las buenas nuevas del Redentor. Ve y busca a Pedro; él es el instrumento elegido. El ángel no lo va a ser. Ningún ángel ha predicado el Evangelio en la historia de la Biblia. Los ángeles realmente no saben lo que es estar perdido y ser hallado por la gracia de Dios. Ellos lo han visto, pero no pueden decir: "Yo estaba perdido; yo no quería saber de Dios; yo estaba en droga; yo estaba en el sexo; estaba en el ocio; estaba en el mundo." Nosotros sí. A nosotros se nos ha dado el ministerio de la reconciliación.

Cornelio no sabe por qué el ángel le está diciendo que vaya a buscar a Pedro. El ángel no le dijo: "Ve, que Pedro te va a predicar el Evangelio, Cornelio." Ni siquiera eso. Solo: "Tú necesitas escuchar las palabras de este hombre." Y el texto dice que Cornelio inmediatamente le dijo a dos de sus criados y a un soldado piadoso que fueran a buscar a este hombre. Llegaron a Jope; Jope fue la misma ciudad de donde salió Jonás. Ahí estaba Jonás; ahí partió Jonás, no para Nínive, sino en dirección opuesta a Nínive. Y Pedro se está hospedando allí.

El texto dice que Cornelio era un hombre piadoso con toda su familia y tenía soldados piadosos, como yo mencioné, y era un hombre que tenía temor de Dios. Este hombre que tenía temor de Dios recibe una instrucción de Dios, y saben lo que el texto dice: que inmediatamente envió a sus criados. Hay una cuarta lección que este texto nos deja, y es que una persona verdaderamente con temor de Dios es una persona que busca obedecer a Dios independientemente de las circunstancias o el costo, como lo hizo Cornelio. Una persona con temor de Dios busca obedecer a Dios tan pronto como sea posible, independientemente de las circunstancias y del costo. Cuando tú lees el Salmo 36, una de las cosas que caracteriza a ese hombre pecador en su rebelión es que dice y comienza: "No hay temor de Dios ante sus ojos." Nuestra desobediencia solo habla de nuestra falta de temor a Dios.

Al mismo tiempo en que Dios le habla a Cornelio, Dios le habla a Pedro. Eso no debe extrañar. Hay dos visiones: una a Cornelio acerca de que vaya a buscar a Pedro, que envíe por Pedro, y otra a Pedro acerca de un lienzo con animales y alimentos que para los judíos habían sido impuros hasta ese momento. Así es como Dios obra con frecuencia. Dios intercepta a Saulo y le da una visión: "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? ¿Quién eres, Señor?" Y Saulo, llamado también Pablo, queda ahora salvo como fruto de la visión. Y al mismo tiempo Dios le da una visión a Ananías; le dice algo acerca de este hombre Saulo, para que Ananías sepa el rol que él debe jugar en lo que es la salvación y ahora la santificación inicial de Saulo.

Aquí ocurre lo mismo. Cornelio necesita a Pedro; necesita hablar con él. Pedro tiene que presentarle el Evangelio a Cornelio. Al mismo tiempo Dios le habló a Moisés y le envió a Egipto, cuando Moisés se inventó todas las excusas posibles para no ir. Finalmente le dice: "No hablo bien", lo cual no era siquiera cierto. Dios le dice: "No te preocupes, que tu hermano va a ser tu vocero; de hecho, él viene de camino y se va a alegrar cuando te vea." Obviamente Dios estaba trabajando en Aarón al mismo tiempo.

De manera que esta sería la quinta lección: usualmente Dios está trabajando en más de una persona al mismo tiempo para la realización de sus propósitos. Cuando Dios estaba moviendo para que yo fuera al ministerio, yo hablé con mi esposa y mi esposa estaba completamente en contra. Dios me hizo esperar dos años para que ella cambiara de parecer y para que yo cambiara de parecer también, porque yo quería hacer ministerio en Estados Unidos, pero mi corazón necesitaba hacer el cambio hacia una nueva visión y misión. Entonces, a los dos años, mi esposa quería que nos fuéramos al ministerio y yo quería regresar a Santo Domingo. Aquí estamos.

Pero en esos dos años, mi corazón —voy a hablar de mí, pero pudiera decir lo mismo del décad— estaba bajo el escrutinio de parte de Dios. Dios quería saber si en la espera yo iba a saber esperar, confiando en el poder de Dios para cambiar el corazón de ella, o yo iba a hacer las cosas conforme a mi entendimiento y sabiduría. En la espera, Dios iba a ver si yo esperaría sumisamente o rebeldemente. Mi esposa es testigo de que no le hablé durante esos dos años acerca de eso; claro que le hablé, pero no acerca de eso.

Y durante esos dos años yo estaba en prueba, porque Dios quería mostrar necesariamente si yo quería el ministerio o quería la voluntad de Dios. No es lo mismo. Pero siempre dije: "Señor, yo quiero irme al ministerio solo si Tú lo quieres para mí, y para eso Tú necesitas cambiar el corazón de mi esposa." Yo compartía esto mismo con alguien anoche. Y Dios lo hizo sin yo tener que hablar con ella en lo más mínimo.

En el caso de hoy, si Dios estaba trabajando en el corazón de Cornelio para salvación, también estaba trabajando en el corazón de Pedro. Había que derrumbar barreras profundas, altas, gruesas en la vida de Pedro. Y entonces escucha la visión que Pedro tiene: "Y vio el cielo abierto y un objeto semejante a un gran lienzo que descendía, bajando a la tierra por las cuatro puntas. Había en él toda clase de cuadrúpedos y reptiles de la tierra y aves del cielo. Y oyó una voz: Levántate, Pedro, mata y come. Mas Pedro dijo: De ninguna manera, Señor, porque yo jamás he comido nada impuro o inmundo. De nuevo, por segunda vez, llegó a él una voz: Lo que Dios ha limpiado, no lo llames impuro. Y esto sucedió tres veces; inmediatamente el lienzo fue recogido al cielo."

En la visión, Dios ordena a Pedro que mate y coma de alimentos que por cientos de años le habían estado prohibidos al pueblo judío. Y esta es la respuesta petrina —si yo pudiera decirlo así—: "De ninguna manera, Señor, porque yo jamás he comido nada impuro o inmundo." En la respuesta de Pedro hay una contradicción que frecuentemente ocurre en nuestras conversaciones: "No, Señor." ¿Cómo que "Señor" y "no"?

Pedro tenía el hábito de llamar a Dios "Señor" y al mismo tiempo decir que no. Decía alguien: tú puedes decir "Señor" y puedes decir "no", lo que tú no puedes decir es "No, Señor." Y yo quiero mostrarte que Pedro tenía que aprender a no decirle que no a Dios. Cuando Jesús le anunció a los apóstoles que Él iba a sufrir en manos de las autoridades, que moriría y que resucitaría al tercer día, Pedro respondió: "No lo permita Dios, Señor. No, Señor, eso nunca te acontecerá." En otras palabras: "Eso no es profecía; pues Tú eres un falso profeta, eso nunca te acontecerá." Ahí está el "no" de Pedro.

En la última cena, el Señor quiere lavar los pies de todos sus discípulos. Cuando llega a Pedro: "No, no, a mí no." "Señor, pues si no puedo lavar tus pies, Pedro, no puedes tener parte conmigo." "Ah, no, pues lávame entero." Ese es Pedro: o todo o nada. Y ahora, en la visión: "De ninguna manera, Señor." ¿Notaste que el ángel tuvo que hablar con Pedro tres veces? Mira lo interesante: Pedro es el creyente, Pedro es el que posee el Espíritu, Pedro es el apóstol. A Cornelio se le dice la cosa una vez; a Pedro, tres. Cornelio manda a buscar a Pedro: "Claro, criados, vayan." A Pedro: "¿Puedes ir donde Cornelio?" "¿Qué? No."

Sexta lección: Dios no acepta "no" por respuesta en cuanto a Sus propósitos. En inglés dicen que el "no" no tiene nada para el carácter —es una frase muy común. Yo conozco la historia de un hombre que le dijo que no a Dios, y se lo tragó una ballena. Yo sé que alguien está pensando: "Pero, pastor, el texto no dice ballena." Yo sé, yo sé, un pez grande, pero se lo tragó; misma cosa. Y parece que Jonás no le supo muy bien a la ballena, porque lo vomitó después.

El ángel tuvo que insistir con Pedro tres veces para que no llamara impuro lo que Dios había limpiado. Dios no solo estaba trayendo una nueva visión para Su iglesia, sino que estaba formando un nuevo corazón para dicha nueva misión. Tú no puedes llevar a cabo una nueva misión con un corazón viejo; no funciona. El corazón viejo, por así decirlo, está lleno de prejuicios, de orgullo, de rebelión, de confianza en sí mismo, y está lleno de "No, Señor": "Si yo lo voy a hacer, pero no lo hago. Señor, ayúdame a hacer esto, pero no me dirijo por el camino donde Él me va a ayudar a hacerlo."

Dios estaba detrás de desmontar cientos de años de prejuicios, de rebelión, de orgullo del corazón de Pedro. Y el ángel entonces insistió a Pedro tres veces; esa es la naturaleza humana. Cuando Dios le anunció a Moisés que no iba a entrar a la tierra prometida, Moisés insistió en que lo dejara entrar. Y nosotros leemos en Deuteronomio 3:26 que cuando Moisés volvió a insistir con Dios, Él le dijo: "Basta, no me hables más de esto." Eso es un regaño santo: "Ya me tienes cansado, basta." Cuando Su Hijo le pidió en el huerto de Getsemaní que si era posible que pasara de Él la copa, tres veces, Dios no cambió Su mente. Cuando Pablo le pidió tres veces que le quitara el aguijón, Dios le dijo: "Te basta mi gracia." Dios no acepta "no" por respuesta en cuanto a Sus propósitos.

La remoción de las restricciones alimenticias no tenía nada que ver con asuntos de salud o el carácter de Dios, como ya lo expliqué, excepto en que Dios quería que ellos formaran un carácter santo: "Sed santos, porque yo soy santo." La manera como Dios no estaba detrás de ampliar la dieta alimenticia de los hebreos ni de mejorar sus hábitos culinarios; Dios estaba derribando un muro de separación entre judíos y gentiles que ya no tenía ningún propósito. Ellos necesitaban entender que los judíos no tenían ni mayor crédito, ni mayor honor, ni mayor privilegio que el resto de los mortales. Lo que ellos habían recibido, como lo reveló Dios en Deuteronomio 7, lo habían recibido por la gracia de Dios, no porque eran el pueblo mayoritario ni mucho mejor; al contrario, eran el más pequeño de todos los pueblos. Y ahora Dios está trayendo una nueva visión para una nueva misión.

Ahora, cada vez que nosotros hablamos de visión —no importa si es de este tipo que fue sobrenatural, o en términos humanos, en términos de algo que Dios le da a una iglesia, a una organización, a un liderazgo— siempre necesitamos entender que la visión tiene ciertas cosas en común, si es real. Número uno: implica romper con el statu quo, porque si vamos a continuar con el statu quo, no necesitamos nada nuevo. Lo mejor es decir: "¿No es que siempre lo hemos hecho así?" Y si siempre lo hemos hecho así, lo que se necesita es la visión anterior, no la nueva. Entonces requiere una rotura con el statu quo; requiere un cambio de paradigma, un cambio de cómo las cosas serán vistas o serán hechas; requiere un cambio de dirección —como va a ocurrir ahora; pronto Pedro va a desaparecer del mapa, por así decirlo, en el libro de los Hechos, y Pablo va a ser la figura central, porque vamos en otra dirección con una nueva misión—; va a requerir un cambio de la manera como las cosas se harán, y un cambio de objetivos y propósito.

De manera que la visión siempre apunta al futuro; la visión siempre apunta a una rotura con el statu quo. Lo estaremos viendo en el capítulo 10 completo y el capítulo 11 del libro de los Hechos.

Séptima lección: no llamemos impuro aquello que Dios ha limpiado. En el caso de Pedro, para luego traerlo a nosotros, la idea primera era: "Pedro, ya esto es alimento; Dios los limpió." Esa fue la idea primera. En el libro de Levítico se le prohibía incluso comer todo tipo de animales que se arrastran: reptiles, gusanos, lombrices. Esa era como la prohibición más fácil de obedecer: "Gracias, Señor. Sí, Señor, lo que Tú quieras; ninguna lombriz, ningún cosito. Te lo prometo; todo el mundo lo promete." Pero ahora Dios le estaba ayudando a entender: "Hoy, Pedro, lo que estoy haciendo es trayendo una visión de alimentos, pero que no tiene que ver tanto con ellos —aunque los alimentos han sido declarados limpios—; tiene que ver con judíos y gentiles, para que entiendas que yo he derribado la barrera." Y por tanto tenía que ver básicamente con esta integración étnica dentro del reino de Dios.

Nosotros tenemos problemas de ese tipo, aunque no lo admitamos, aunque no lo veamos. A veces hay personas que vienen de un trasfondo pecaminoso significativo, alto, grave, y algunos de los hijos de Dios luego no quieren juntarse con ellos. Aquí mismo, en ocasiones, recuerdo a alguien hace varios meses atrás que me habló y me dijo: "Yo no estoy segura de que me puedo juntar con él", hablando de una persona. Y yo le dije: "¿Pero por qué no?" Me dice: "Bueno, ¿sabes de dónde yo vengo?" Yo le dije: "Pero yo estoy aquí adelante, hablando contigo delante de todo el mundo." Y me dice: "Sí, pero eso es otra cosa." Y yo decía: "¿Será? ¿Qué es lo que estás recibiendo de esta otra persona, que dices que no te puedes juntar con él, pero sí te puedes juntar conmigo?" Nosotros tenemos esos prejuicios.

Y nosotros tenemos que recordar que el texto dice: "No llames impuro aquello que Dios ha limpiado." En nuestro medio hay mucho prejuicio racial. En nuestro medio hay mucho prejuicio de estatus, y quienes sirven en la casa con frecuencia no reciben el mismo trato humano que el resto de la gente de la casa. Sus dietas no son iguales; las palabras con que les hablamos muchas veces no son iguales. Y cuando digo eso, disparo sin incluir a nadie en particular, porque honestamente yo no conozco las prácticas de cada cual, pero lo he oído por años. Nosotros tenemos prejuicios raciales, prejuicios de estatus económico; nosotros tenemos prejuicio contra los haitianos. Independientemente de que el gobierno tenga que tomar medidas —el gobierno tiene una responsabilidad y debe llevar a cabo su responsabilidad, y la Palabra establece eso—, eso es independiente del prejuicio que nosotros podamos tener contra los haitianos.

Nosotros tenemos un prejuicio que romper. No son los gentiles, no son los judíos, son personas que viven del otro lado. Sabes que la migración está bajo el control de Dios. Se sabe cómo Dios cambia la gente frecuentemente: lo saca, sacó a Abram, sacó al pueblo judío, le dijo a los que corrientes que salieron de ellos. Muchos de ellos están conociendo la salvación del Señor fuera de su lugar pagano y de vudú.

Me puedes decir, como algunos me han dicho en nuestra propia congregación, que ese prejuicio no existe. Con todo el corazón pastoral que yo puedo decirte, me lo puedes decir cuantas veces quieran: no es verdad. Yo lo he oído, yo lo he visto en palabras y en acciones. Existe un prejuicio, y ese es el corazón humano. No podemos aislar a los judíos y a los gentiles y pensar que eso no tiene nada que ver conmigo. Para algo está aquí, porque si eso no tuviera una aplicación para hoy, no estuviera aquí. Está aquí porque tiene que ver conmigo.

Lo que Dios ha limpiado no lo llames impuro. A veces al revés: es que yo, que he sido limpiado, me embarro con el pecado del pueblo pagano y yo me hago impuro después de que Cristo me limpió. Yo tengo que observar eso también. No es parte de la visión, pero indirectamente está ahí, porque Dios estaba tratando de que su pueblo no se juntara precisamente con el pueblo pagano para que no se contaminara.

Y a la parte final, y más corta —bordaremos mucho de esto en el próximo mensaje—: "Mientras Pedro estaba perplejo, pensando lo que significaría la visión que había visto, he aquí los hombres que habían sido enviados por Cornelio, después de haber preguntado por la casa de Simón, aparecieron a la puerta; y llamando, preguntaron si allí se hospedaba Simón, el que también se llama Pedro. Mientras Pedro meditaba sobre la visión, el Espíritu le dijo: Mira, tres hombres te buscan. Levántate, pues, desciende y no dudes en acompañarlos, porque yo los he enviado. Y Pedro descendió a donde estaban los hombres, y les dijo: Aquí estoy yo, que soy el que buscáis. ¿Cuál es la causa por la que habéis venido?"

"Ellos dijeron: Cornelio el centurión, varón justo y temeroso de Dios, que tiene buen testimonio en toda la nación de los judíos." Este hombre era conocido, era un centurión romano, y la nación judía lo reconocía como un hombre piadoso. En cuanto a los judíos, no pensaban bien de los romanos; ven la clase dominante, la clase opresora. Pero este hombre era distinto. "Ha recibido instrucciones de un santo ángel, de hacerte venir a su casa para escuchar tus palabras." Entonces Pedro los invitó a entrar y los hospedó. Pedro está cambiando, porque él se hospedaba con gentiles y va a ir a casa de un gentil, lo cual nunca hubiera pasado antes.

"Al día siguiente se levantó y fue con ellos, y algunos de los hermanos de Jope le acompañaron." El día anterior, Cornelio tuvo su visión; y ahora al día siguiente, mientras Pedro estaba meditando, ¿qué fue lo que Dios hizo? Con estos animales impuros llegan estos tres hombres, tocan a la puerta, preguntan si allí se hospedaba Pedro, le dicen que sí, y el Espíritu le dice: "No dudes." ¿Lo ven? Porque esto tiene que ver conmigo. Y Pedro los invita.

Es increíble lo mucho que el mundo antiguo apreciaba la hospitalidad. A Pedro le están hospedando y él invita a estos hombres y los hospeda. Es como que yo invito a alguien a mi casa y luego me llaman y me digan: "Mira, Miguel, lo siento, pero yo tengo a alguien aquí hospedado esta noche." Porque en ese tiempo la hospitalidad era una virtud. De hecho, para ser anciano hay que ser hospitalario, dice 1 Timoteo 3. Dios considera la hospitalidad una virtud. Y tú podrías preguntar qué tiene que ver ser anciano con la hospitalidad. Es como raro, porque lo que nos impide ser hospitalarios frecuentemente son prejuicios: de clase, de dinero, de raza, de costumbres, cosas que pudieran ser reales.

En términos de las costumbres, de hecho la palabra "hospitalario" implica recibir a personas extranjeras o extrañas; es la palabra recibir a extraños. Y lamentablemente, la razón por la que nosotros no somos tan hospitalarios es, de nuevo, por nuestra escala de valores. En nuestra sociedad la gente valora más las cosas que las personas. De nuevo, hermano o hermana, me puedes decir que no; pastoralmente tengo que decírtelo todas las veces del mundo. Si yo lo veo, yo lo oigo, no una vez, no por un año, por muchos años.

Nosotros valoramos más el llevar a cabo las tareas que nutrir nuestras relaciones, y eso se ve a todos los niveles. Se ve entre esposos: un esposo que dice que no le presta su carro a su esposa porque se lo va a rayar. Oye, ¿con quién te casaste? ¿Tu acta de matrimonio a veces dice "Honda Accord 2015"? Esa mujer te la dio Dios, y si ella no lo puede usar, tú tampoco. Con nuestros hijos: uno de nuestros hijos rompe algo accidentalmente, está sentado a la mesa, no está peleando, no está retozando, accidentalmente movió el brazo y lo rompió. O sea, tú rompes el corazón de tu hijo porque rompió un vaso. Uno es una cosa y otra es una persona, ¿qué es lo que estás valorando? Si el hijo toma el vaso y lo estrella contra el piso, pon una disciplina; pero fue un accidente, te ha pasado a ti, me ha pasado a mí. Nosotros tenemos una inversión de valores: rompemos las relaciones, estropeamos las relaciones con nuestro hijo, con nuestra esposa, valorando las cosas. Y de esa misma manera, esa inversión de escala de valores crea nuestros prejuicios.

Octava y última lección: nuestra inversión de valores origina nuestros prejuicios, como los tenía Pedro y el resto del pueblo de Dios contra el pueblo gentil, y como lo tiene el pueblo de Dios hoy en día. En esta semana que pasó, y semanas y meses anteriores, y un par de años atrás, Estados Unidos —la iglesia ortodoxa, protestante— ha estado sumergida en un movimiento de arrepentirse de los prejuicios contra la raza negra que la misma iglesia cometió en años anteriores. Incluso estas semanas, recordando la muerte de Martin Luther King Jr., llamando a la iglesia al arrepentimiento. Nosotros no tenemos esa historia, pero tenemos otra muy similar, con características étnicas muy similares.

Y Pedro está aquí recibiendo de parte de Dios: "¿Sabes que yo estoy alcanzando gente de todo pueblo, tribu, lengua y nación? Gente que no piensa como tú, gente que no se viste como tú, gente que no se arregla el cabello como tú, gente que no usa lo que tú usas. Esa gente va a estar ante el trono de Dios, alcanzada y limpiada por la sangre del Cordero. No llames impuro lo que yo estoy limpiando."

Con esto, y sé que es mucho, te recuerdo que esta visión está inscrita en el plan de la Gran Comisión. La visión de Cornelio es narrada cuatro veces en el libro de los Hechos, cuatro. Y en el capítulo 15 de Hechos, cuando Pedro baja a Jerusalén al Concilio, se refiere a la misma visión otra vez; y la visión de Pedro es mencionada dos veces. Es como para que nos quede claro cuán importante es este giro que Dios le está dando. Dios rompió de una vez y para siempre con el prejuicio racial entre judíos y gentiles. Él lo rompió. El pueblo de Dios todavía no lo ha roto completamente. Los judíos tenían sus valores invertidos y nosotros los nuestros. Pero ya tengo que arrepentirme de eso, porque eso es orgullo: la acepción de personas, el complejo de superioridad, el complejo de que merezco más de lo que el otro merece, y el complejo de que tenemos privilegios que otros no tienen.

La iglesia de la que, por experiencia, he sido testigo —y lo digo con vigor, no lo he visto aquí, gracias a Dios, de manera que no lo estoy mencionando por nuestra iglesia en este caso—, pero he visto que por el hecho de que alguien ofrendaba más, pensaba que tenía más derecho, más privilegios y más derecho a demandar. Cuando yo hago eso, acabo de mostrar que tu mayor valor es el dinero, no el otro. "Aquí en tu deber debes considerar al otro como superior a ti mismo." Es la inversión de la escala de valores de la que estoy hablando.

"Pastor, usted habla mucho de dinero." Sí, pero por una razón: porque la Biblia habla cinco veces más de dinero y posesiones que de la oración. De manera que yo estoy siguiendo la Biblia, solamente. Por cada versículo de la oración hay cinco que tienen que ver con posesiones y dinero. Dios sabe cuál es nuestro problema. Tenemos que arrepentirnos. Que Dios nos dé arrepentimiento, que yo busque su rostro y su perdón. Amén.

Esto es una producción que llega hasta ustedes gracias a los aportes de individuos y empresas comprometidos con la defensa de la fe. Para más información, preguntas y comentarios, visite nuestra página de internet: www.integridadysabiduria.org. ¡Hasta la próxima, cuando nos reencontremos en su Palabra!

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.