Cada año nuevo llega cargado de esperanzas, pero no siempre trae un verdadero nuevo comienzo. Para la generación de Josué, sin embargo, el momento era radicalmente distinto: Moisés había muerto, el desierto quedaba atrás, y frente a ellos se extendía una tierra prometida que Dios había jurado entregar a los patriarcas. El maná cesaría, la columna de nube desaparecería, todo cambiaría. Pero el Dios de Moisés permanecía, y eso era suficiente.
Tres veces en un solo pasaje Dios garantiza su presencia a Josué: estaré contigo, no te dejaré, no te abandonaré. La razón de esta insistencia es clara: el temor paraliza, confunde, y lleva a la desobediencia. Fue el temor lo que impidió a la generación anterior entrar a la tierra prometida treinta y ocho años antes. Ahora Dios ordena a Josué ser fuerte y valiente, no basado en su propia capacidad, sino en las promesas divinas. Los gigantes, el Jordán desbordado, las tribus más numerosas y mejor armadas, nada de eso sería obstáculo si Josué caminaba en obediencia.
La valentía que Dios demanda no es solo para la batalla militar, sino especialmente para la vida de obediencia. Meditar en la ley día y noche, no desviarse ni a derecha ni a izquierda, cuidarse de cumplir todo lo escrito: esta es la condición para recibir las bendiciones ofrecidas por gracia. Como ilustró Hudson Taylor al escribir a su esposa antes de partir a China: "Tenemos veinticinco centavos y todas las promesas de Dios. Podemos ir."
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¡Vamos a ser satisfechos en tu vida, en su Palabra!
Cada año, al final del año, muchas personas como que anticipan el nuevo año, el nuevo comienzo, y lo hacen usualmente esperanzados de que el próximo año traerá algo nuevo, algo distinto, algo diferente. Quizás en su familia, quizás en su matrimonio, quizás en sus negocios. Y a la verdad que muchas veces eso no pasa de ser un deseo emocional de ver esas cosas. Pero en otras ocasiones el deseo es basado en alguna experiencia, en algún crecimiento tenido el año anterior, o es basado en un cambio que yo estoy haciendo a principio de año y que espero que el cambio rinda sus beneficios. Pero lo cierto es que no necesariamente cada año nuevo es un nuevo comenzar para cada individuo; eso es lo que la historia ha mostrado.
Sin embargo, en este caso, en el caso de la generación de Josué, ciertamente donde yo estaba en el momento histórico y lo que este texto revela es un nuevo comenzar, es un nuevo amanecer. Y así yo he querido titularle a mi mensaje: "Un nuevo amanecer". Ellos estaban en el punto de entrar a una tierra nueva, bajo un liderazgo nuevo, bajo circunstancias completamente distintas a las que ellos habían disfrutado, tenido por cuarenta años. Ellos se iban a entrar a una tierra donde fluía la leche y la miel, lo cual no era típico del desierto.
Pero a la vez, el primer día que ellos tuvieran en la tierra prometida, el maná que ellos vieron diariamente por cuarenta años cesaría. La nube que los había protegido del sol durante todo ese tiempo ya no estaría con ellos. La columna de fuego en la noche para iluminar el campamento también desaparecería. De manera que esto verdaderamente es un nuevo comenzar, es un nuevo ser en una nueva tierra llamada la tierra prometida.
Y con eso yo quiero que tú leas Josué capítulo uno, comenzando en el versículo uno hasta el nueve: "Sucedió después de la muerte de Moisés, siervo del Señor, que el Señor habló a Josué, hijo de Nun y ayudante de Moisés, diciendo: Mi siervo Moisés ha muerto; ahora pues, levántate, cruza este Jordán, tú y todo este pueblo, a la tierra que yo les doy a los hijos de Israel. Todo lugar que pise la planta de vuestro pie os he dado, tal como dije a Moisés. Desde el desierto y este Líbano hasta el gran río, el río Éufrates, toda la tierra de los hititas hasta el mar grande que está hacia la puesta del sol será vuestro territorio. Nadie te podrá hacer frente en todos los días de tu vida; así como estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré ni te abandonaré. Sé fuerte y valiente, porque tú darás a este pueblo posesión de la tierra que juré a sus padres que les daría. Solamente sé fuerte y muy valiente; cuídate de cumplir toda la ley que Moisés mi siervo te mandó; no te desvíes de ella ni a la derecha ni a la izquierda, para que tengas éxito dondequiera que vayas. Este libro de la ley no se apartará de tu boca, sino que meditarás en él día y noche, para que cuides de hacer todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino y tendrás éxito. ¿No te lo he ordenado yo? Sé fuerte y valiente. No temas ni te acobardes, porque el Señor tu Dios estará contigo dondequiera que vayas."
Después de la muerte de Moisés comienza el texto. Moisés ya no está, no está con su generación; eso es nuevo. Moisés no está, pero sí permanece el Dios de Moisés. La vida de Moisés ha terminado, pero no los planes de Dios. La realidad es que Moisés no pudo entrar a la tierra prometida, pero eso no impediría que el pueblo entrara a la tierra que Dios había jurado. Muchos creen que Moisés fue el líder más grande en toda la historia, pero el secreto de la grandeza de Moisés no estaba en él, sino en su Dios. Y ese Dios está con el pueblo todavía.
Y eso es lo que ese Dios está tratando de comunicar a Josué tempranamente, antes de cruzar el Jordán: que él pueda entender que aunque Moisés no está, el Dios de Moisés sí está con él de una forma extraordinaria y muy especial. Dios le llama "Moisés, mi siervo". La realidad es que Dios llama de esa manera a todo aquel que sirve sus propósitos. Él le llama al rey Nabucodonosor, "Nabucodonosor, mi siervo". En el libro de Isaías le llama a Ciro, el rey del imperio persa en un momento dado, "Ciro, mi siervo". Y ahora en este caso es Moisés el que es llamado siervo, y de forma repetitiva esa frase es mencionada con relación a Moisés en el libro de Josué, y luego es aplicada a Josué también; antes de morir, Dios habla de "Josué, mi siervo".
Ese es el título preferido de Dios. La palabra "líder" es poco frecuente en la revelación bíblica. "Siervo" es la palabra que Dios prefiere, porque es un vocablo que enfatiza verdaderamente lo que somos, nuestra condición, y enfatiza lo que se supone que yo haga, o enfatiza cuál es el propósito de mi vida. Somos instrumentos en las manos de un Dios redentor, y somos usados como instrumento por un tiempo, de una manera y por un tiempo solamente. Terminado el tiempo, Dios nos llama.
Durante su tiempo, Moisés fue un gran siervo. Dios hizo de él un gran siervo a través de experiencias y circunstancias. Dios nos habla en Salmo 106:23 acerca de Moisés y dice que Él, Dios, los hubiera destruido de no haberse puesto Moisés, su escogido, en la brecha delante de Él, a fin de apartar su furor para que no los destruyera. Las oraciones de Moisés, intercesoras a favor del pueblo, fueron extraordinarias, son proverbiales. De qué manera este hombre supo pararse en la brecha e interceder para que el pueblo no fuera destruido, hasta el punto que Dios menciona eso en un Salmo, en el Salmo 106, versículo 23.
Pero la obra de Moisés había culminado. Esto es como Blaise Pascal, el gran físico convertido a la fe, apologista de la fe de hace varios cientos de años atrás, explica lo que pasó en este momento con un hombre como Moisés. Él dice: "No se puede producir un gran hombre antes de su tiempo, tiempo de Dios". Cuarenta años trabajando, ochenta años para hacer de Moisés un gran líder. Y usted no puede hacer que se muera antes de su tiempo. No lo puedes desplazar ni promoverlo ni relegarlo. No puedes continuar su existencia y reemplazarlo al mismo tiempo, porque él solo existía porque tenía un trabajo por hacer. Ya no existe porque ya no hay nada para que él haga, y continuar con él es continuar una labor inútil.
Lo que Pascal estaba tratando de comunicarnos es que Dios tenía una asignación para Moisés. Terminada la asignación de Moisés, Dios decidió llevarse a Moisés; su llamado había concluido. Ahora hay un nuevo líder, su nombre es Josué, quien se formó al lado de Moisés, quien fue formado como ayudante de Moisés para esta labor. Josué fue el comandante de las tropas contra los amalecitas y los venció, Éxodo 17. Moisés subió al monte, Josué subió al monte con Moisés para recibir las leyes de parte de Dios, Éxodo 24. Josué estaba con frecuencia acompañando a Moisés cuando este iba al tabernáculo a orar, y en Éxodo 33 se nos dice que cuando Moisés partió y se fue, Josué se quedó en la tienda de reunión, en el tabernáculo, orando a Dios.
De manera que este es un hombre que Dios ha formado, pero Dios quiere y necesita comunicarle a Josué, que también es un hombre caído, que también es un hombre con debilidades, que también es un hombre sujeto al desánimo como nosotros. Él tiene que recordarle algunas cosas que son necesarias para él emprender una tarea como la que él tenía por delante. Y lo primero que Dios está comunicando a Josué es la fidelidad de ese Dios que permaneció con un pueblo por cuarenta años en el desierto, a pesar de su rebelión, para cumplir la promesa de una tierra que Él había prometido a Abraham, a Isaac, a Jacob.
Y escucha cómo el versículo dos lo dice: "Mi siervo Moisés ha muerto; ahora pues, levántate, cruza este Jordán, tú y todo este pueblo, a la tierra que yo les doy a los hijos de Israel." Levántate. Moisés está muerto. Y de hecho es interesante, porque tú encuentras el relato de la muerte de Moisés en el último capítulo del libro de Deuteronomio, tú le das la vuelta a la página y como que todo continúa como si nada hubiese pasado. Moisés murió, ojo, vuelta aquí, sigamos adelante. Y eso nos habla un poco de cuán secundarios somos nosotros en lo que es el plan que Dios está realizando.
Por cuarenta años Dios alimentó al pueblo, protegió al pueblo, guió al pueblo. Ahora es el tiempo de ir, cruzar el Jordán y poseer la tierra que Dios había prometido. Esa es la fidelidad de Dios en acción, haciendo cumplir lo que promete. Yo decía al grupo anterior que en un solo libro, en el libro de Deuteronomio, sesenta y nueve veces es mencionado que el pueblo de Israel heredaría y poseería la tierra. Sesenta y nueve veces en un solo libro. Y veinticinco veces en el mismo libro la tierra es mencionada como un regalo de Jehová para el pueblo.
Levántate, Josué, cruza el Jordán para que poseas la tierra que yo les doy, que yo les doy. Es un regalo mío para con ustedes, para los hijos de Israel. Cuarenta años en el desierto no pudieron impedir que el regalo llegara. La rebelión del pueblo no fue un impedimento. La muerte de Moisés tampoco lo sería. Y los gigantes presentes en la tierra prometida no serían un obstáculo. Cruza el Jordán, yo estoy contigo. Y esa es la conversación que Dios ha iniciado con Josué.
Josué necesita ser afirmado, y mira cómo Dios lo hace: "Todo lugar que pise la planta de vuestro pie os he dado, tal como dije a Moisés." Todo lugar que la planta de vuestro pie pise, yo les he dado. Ese es el versículo que predicadores del evangelio de la prosperidad, de la teoría de "proclámalo y recíbelo", usan para decir que en el día de hoy, si nosotros queremos algo, lo que necesitamos hacer es ir al lugar, pisarlo, orarlo, proclamarlo y recibirlo. Como si esa promesa se nos hubiese dado a nosotros de manera personal, en vez de al pueblo hebreo que estaba a punto de cruzar el Jordán y a punto de recibir una tierra que ya había sido prometida a los patriarcas.
Lo que Dios está diciendo es: Josué, marcha con confianza, marcha con pie seguro, marcha con fortaleza, yo voy a darte cada lugar que tus pies pisen. Esa es una declaración de fidelidad de parte de Dios, a cumplir sus promesas. Esa es una declaración, es una garantía de que Dios está personalmente involucrado en este proyecto. Y Dios quiere que Josué entienda cuán específicas son sus instrucciones, que no solamente le dice: ve, cruza el Jordán, la tierra que te queda en frente es tuya, sino que le da los límites y le dice: desde el desierto y este Líbano hasta el gran río, el río Éufrates, toda la tierra de los heteos, hasta el mar grande que está hacia la puesta del sol será vuestro territorio. Hasta el Mediterráneo que está al oeste, hasta Egipto que está hacia el sur, hasta el río Éufrates que está hacia el norte, toda esa tierra que Israel todavía nunca ha ocupado. Aún en los tiempos de David y Salomón no logró alcanzar esos límites, y esa es la razón por la que muchos creemos que, llegado el tiempo, Israel volverá a ocupar una tierra que Dios le prometió sesenta y nueve veces en un solo libro, de una y otra forma.
Si Dios permanece fiel aun cuando nosotros somos infieles, como dice Segunda de Timoteo 2:13, pues no se puede negar a sí mismo, de esa forma entonces creemos que esa promesa todavía espera por su cumplimiento final. Y ahí está el pueblo de Israel de regreso a una tierra después de mil setecientos años deambulando por toda la tierra.
Escucha cómo Dios continúa afirmando a Josué: nadie te podrá hacer frente en todos los días de tu vida; así como estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré ni te abandonaré. ¡Wow! Nadie te podrá hacer frente. Esto es una declaración de invencibilidad: no serás derrotado jamás. Pero Dios revela junto con esa declaración la razón por la cual Josué permanecería invencible: yo voy a estar contigo como yo he estado con Moisés, no te dejaré ni te desampararé. Yo soy tu victoria, yo soy el varón de guerra de que habla Éxodo 15:3, yo soy el varón de guerra que cruzó al pueblo a través del Mar Rojo. Y de la misma manera que yo crucé a la generación de Moisés a través del Mar Rojo, yo pienso cruzar a la generación de Josué a lo largo del río Jordán. No te dejaré ni te desampararé, yo estaré contigo de una manera especial, de la misma forma en que estuve con Moisés.
Tres veces en un solo versículo, tres veces en un solo versículo Dios garantiza su presencia: primero, estaré contigo; luego, no te dejaré; y finalmente, ni te abandonaré. Por eso nadie podrá hacerte frente. Los gigantes no son tu problema, Josué. El Jordán desbordado, como nos dice Josué 3:15, no será un obstáculo. El hecho de que las circunstancias cambien, el hecho de que el pueblo que está de aquel lado es más numeroso y militarmente está mejor preparado, eso no debe ser motivo de intimidación para ti. Como tampoco lo debe ser para nosotros cuando vemos las economías cambiar, cuando vemos un peso nacional devaluándose.
Dios ha prometido su presencia con nosotros hasta el fin del mundo. La promesa ha sido hecha, pero el pueblo tenía que creerla, el pueblo tenía que obedecer, el pueblo tenía que pagar el precio para poseerla. Y Dios sabía que uno de los obstáculos, de los enemigos, de los opositores a la posesión de la tierra prometida era el temor. Como lo es en muchas de nuestras vidas, el más grande opositor en nuestro caminar con Dios: el temor que nos paraliza en ocasiones, el temor que nos confunde y que al confundirnos nos hace tomar malas decisiones, el temor que nos quita el sueño durante la noche muchas veces, el temor que nos hace desviar la vista puesta en Dios ahora para ponerla en los hombres, el temor que muchas veces se produce de todo eso nos debilita y no nos deja ver o no nos deja recordar a tiempo las promesas de Dios.
Es un gran opositor para la posesión de la tierra prometida y lo es en tu vida en el día de hoy. Y por eso Dios le dice a Josué: sé fuerte y valiente, porque tú darás a este pueblo posesión de la tierra que juré a sus padres que les daría. Tú puedes ser fuerte y valiente, Josué, pero no lo puedes ser en tu propia fuerza, no lo puedes ser en tu propio entendimiento. Tienes que ser fuerte y valiente basado en una promesa que yo juré a sus padres que yo daría. De tal forma que ahora que Moisés, tu mentor, no está, ahora que eres tú quien tiene que cruzar a más de dos millones de personas a través de un río crecido, ahora que eres tú que tendrás que enfrentar a tribus mayores que tú y más poderosas que tú, yo quiero decirte que debido a mi presencia y mi juramento tú no tienes nada que temer.
Nosotros hubiésemos preferido una tierra no habitada para solamente tener que luchar con matorrales. Hubiésemos preferido quizás, si iba a estar habitada, una tierra de enanos y no de gigantes. Hubiésemos preferido un Jordán que no estuviera desbordado, sino un Jordán más bajito. Pero esa tierra no hubiese mostrado la fidelidad de un Dios celoso por su pueblo de la misma manera, no hubiese dado la oportunidad para el despliegue del poder de Dios, no hubiese permitido el despliegue de la gloria de Dios como sí lo permitió una tierra plagada de grandes dificultades.
Decía un autor que al principio de grandes tareas espirituales somos confrontados con dificultades que van más allá de nuestras fuerzas. Al principio de grandes tareas espirituales hay de alguna manera obstáculos en el camino que frecuentemente son mayores que nuestras fortalezas. Antes de Cristo comenzar su ministerio, Él fue llevado al desierto, ayunó por cuarenta días, tentado persona a persona por Satanás mismo en el momento en que Él tenía hambre, y antes de comenzar su gran tarea Él tuvo que enfrentar esa tentación.
Otro comentarista decía: en esos momentos, en el momento de emprender una nueva tarea grande, debemos preocuparnos más de dónde ha venido el mandato y la validez del mismo, que la preocupación por nuestra propia fortaleza y habilidad para llevar a cabo la tarea. Porque si es Dios quien nos ha ordenado la tarea, la fortaleza para realizarla llegará cuando la necesitemos. Si es Dios. Esa es la clave, esa es la pregunta: ¿es Dios? ¿Me está llamando Dios o no? Una vez yo respondo esa pregunta, el resto del camino es mucho más fácil, porque la fortaleza para vencer la dificultad estará allí disponible de parte de Dios justamente cuando yo la necesite.
Nosotros a lo mejor preferimos pensar en tareas y desafíos del tamaño conforme a nuestras fortalezas. Dios promete darnos fortaleza conforme al tamaño de nuestros desafíos. Y esto es lo que Él está prometiendo a Josué. Josué ha sido llamado a reemplazar a Moisés, pero no sin antes haber sido preparado, equipado por Dios. Y ahora Josué, con cuarenta años de formación, es el hombre que Dios puede usar para liderar a este pueblo.
Cuando nosotros leemos en Daniel acerca del pueblo que conoce a su Dios, entendemos las condiciones de ese pueblo. El entender las condiciones de ese pueblo nos ayuda a entender por qué Josué estaba listo para la tarea. Por cuarenta años Josué conoció a Dios en el desierto, vio sus milagros, luchó en la armada del pueblo hebreo, vio sus victorias, comió del maná, y ahora entonces Josué puede ser fuerte y valiente. Escucha lo que Daniel 11:32 dice: el pueblo que conoce a su Dios se mostrará fuerte y actuará. El pueblo que conoce a su Dios, el creyente que conoce a su Dios, que tiene una relación íntima con su Dios, se mostrará fuerte y actuará. Cuando no conocemos a nuestro Dios, cuando no tenemos una relación fuerte, estrecha, día a día con nuestro Dios, la fortaleza no está ahí y nos da trabajo actuar, nos da trabajo movilizarnos, porque el temor nos paraliza. Y Dios está tratando de comunicar eso a Josué.
Una de las características de Josué como siervo de Dios es la valentía, pero detrás de la valentía de Josué estaba la Palabra de Dios que había prometido algo. De tal forma que lo que sustentaba la valentía de Josué era un don de fe para creerle a Dios cada vez que Dios hablaba. Y él exhibió eso todo el tiempo. Treinta y ocho años y medio atrás, Dios ordenó al pueblo entrar a la tierra prometida, el pueblo rehusó. Espías fueron enviados a la tierra, doce de ellos. Josué era uno de los doce, Caleb era el otro, y entre ellos dos fueron los únicos que regresaron animando al pueblo a que entraran. Y los otros diez dieron un reporte malvado, y eso hizo que Dios entonces los condenara a permanecer en el desierto dando vueltas por los próximos treinta y ocho años y medio, para completar cuarenta años por su incredulidad. Y la incredulidad es uno de esos pecados más frecuentes.
La incredulidad es el originador de nuestros temores. Y cuando nosotros vemos ese temor que se hace visible en otros, o le decimos a él o a ella, o hablamos con alguien, decimos: le falta fe, es que no está creyéndole a Dios, es que él o ella tiene que crecer. Y decimos todo eso hasta que nosotros nos encontramos en una situación de peligro y nos atemorizamos. Y entonces en ese momento no nos acordamos de las veces que hemos juzgado a otros de esa manera, y no nos acordamos para pedir perdón a nuestro Dios tampoco.
Josué está siendo animado por Dios a dejar el temor a un lado, a ser fuerte y valiente. Hay dos maneras como yo puedo ser valiente. Yo puedo ser valiente basado en mi experiencia, en mis dones, en algo que yo sé hacer, en algo que yo he hecho antes, pero eso es orgullo humano. O yo puedo ser valiente confiando en las promesas de Dios. Eso es lo que Dios está tratando de comunicarle a Josué: yo voy a estar contigo, mi presencia te debe ser suficiente. Para la generación de Moisés no lo fue. La presencia, la garantía de Dios de estar en medio de ellos, de estar siempre con ellos, con nosotros, de nunca dejarlos, de nunca desampararlos, no les fue suficiente.
Y Cristo, antes de ascender a los cielos, entendió que era tan importante que yo recordara que su presencia es mi garantía, que antes de partir una de sus últimas palabras fueron: y yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.
Dios nos ha dado promesas, eso es una garantía de victoria. Dios nos ha dado una palabra, eso es una guía segura. Dios nos ha dado su presencia que mora en nosotros, y eso es un poder sustentador. William McDonald menciona esas tres cosas en este comentario de Josué. Josué tenía la promesa de Dios, tenía la palabra de Dios y tenía la presencia de Dios: la victoria segura, la guía segura y el poder sustentador. Y seguro, Josué, puedes moverte, puedes ir, puedes marchar, puedes cruzar al otro lado, no tienes nada que temer. De manera que lo primero que Dios le muestra a Josué, versículo 2, es su fidelidad: cruza para que poseas la tierra que yo les doy a los hijos de Israel, la tierra prometida. Ese es el primer punto.
El segundo punto que quiero que veamos entonces es la necesidad de la vida de obediencia a su palabra para disfrutar de las bendiciones ofrecidas por gracia. Escucha otra vez: la necesidad de la vida de obediencia para disfrutar de las bendiciones ofrecidas por gracia, versículos 7 y 8. "Solamente sé fuerte y muy valiente. Cuídate de cumplir toda la ley que Moisés mi siervo te mandó. No te desvíes de ella ni a la derecha ni a la izquierda, para que tengas éxito dondequiera que vayas. Este libro de la ley no se apartará de tu boca, sino que meditarás en él día y noche, para que cuides de hacer todo lo que en él está escrito, porque entonces harás prosperar tu camino y tendrás éxito."
Esta es la segunda vez que Dios le dice a Moisés —perdón, a Josué— sé fuerte y valiente. Pero esta vez le dice: sé fuerte y muy valiente. Enfatiza aún más la necesidad de esa valentía. Es interesante porque la primera vez que Dios le dice sé fuerte y valiente, se lo dice en relación al cruce del Jordán: cruza a esta tierra que yo les doy a los hijos de Israel. Pero ahora, cuando Dios le habla de ser fuerte y muy valiente, se lo dice en relación a la vida de obediencia: cuídate de cumplir toda la ley que Moisés mi siervo te mandó, no te desvíes de ella ni a la derecha ni a la izquierda.
Yo no sé si lo habías pensado antes, pero vivir una vida de obediencia requiere de valentía. Tú puedes ver de qué manera el temor alimenta, produce, origina muchas veces una vida de desobediencia. Cuando el pueblo judío estuvo en el desierto y se amedrentó, siempre quiso volver a Egipto: desobediencia. Cuando Dios instruyó al pueblo hace treinta y ocho años y medio, treinta y ocho años y nueve meses, para que entrara a la tierra prometida y el pueblo fue, la inspeccionó, diez espías fueron, la inspeccionaron y se amedrentaron, vinieron, aconsejaron malvadamente al pueblo y desobedecieron. Posteriormente, en la época de los reyes, Dios instruyó a Israel a que no hiciera alianzas con naciones paganas, pero en su temor Israel hizo alianza con Egipto, hizo alianza con Asiria y desobedecieron.
El temor frecuentemente nos regresa al hombre viejo, a lo que conocemos, a nuestras formas caídas de pensar y de hacer las cosas, a nuestras formas acostumbradas, a lo que conocíamos. De manera que el temor es un terreno fértil para la desobediencia, y de ahí que Dios ahora le está diciendo por segunda vez: sé fuerte y muy valiente. Y de inmediato le enfatiza después la relación: cuídate de cumplir toda mi ley, no una parte de mi ley, toda la ley. Dios está interesado no en obediencia parcial, porque obediencia parcial es desobediencia, aunque usualmente eso es como nosotros vivimos. Pero Dios quiere una obediencia completa.
Cuídate, ten cuidado, vigílate a ti mismo. Si te descuidas puedes hacer pequeñas concesiones, pero pequeñas concesiones iniciales frecuentemente llevan a grandes transgresiones posteriores. Vigílate, esmérate, vigila tu vida. Si te detienes y piensas y miras hacia atrás, te darás cuenta que muchas de nuestras desobediencias se debieron a descuido en nuestro caminar, o descuido en el estudio de su palabra, o descuido en nuestra vida de oración.
Y Dios está diciendo, a manera de ilustración: si tú trazas una línea en la arena, imagínate que esa es mi ley, no te desvíes ni para la derecha ni para la izquierda. De manera interesante, de hecho la palabra pecado en el griego, una de las palabras, es parabasis, que implica trascender una línea, cruzar una línea. Dios le está diciendo a Josué: esmérate tanto en cumplir la ley —lo único que tenían, los primeros cinco libros de Moisés, no tenían otra cosa— de tal forma que camines por la línea sin desviarte a un lado o hacia el otro.
Entrar a una tierra desconocida, ocupada por gigantes, luchar contra tribus más numerosas y militarmente mejor preparadas, va a ser intimidante. Y en esos momentos es donde nosotros podríamos sentirnos tentados a desobedecer en medio del miedo. David en un momento sintió miedo y mandó a hacer un censo de sus tropas y de cuántos caballos tenía. Eso produjo la muerte de setenta mil personas como fruto del juicio de Dios. Y Dios le ha dicho a Josué: nadie te podrá hacer frente si te cuidas de obedecer.
Después de la conquista de Jericó, la primera gran conquista de la tierra prometida, el pueblo va a la batalla y el pueblo pierde esa batalla y treinta mil soldados. Y Josué va donde Dios y le dice: ¿Qué pasó? Tu promesa de que nadie podría hacerme frente. No solamente fuimos derrotados, nosotros perdimos treinta mil hombres. Dios le dice a Josué: levántate. Tú sabes la razón. Yo te dije: te cuidarás de no desviarte de la ley para la derecha y para la izquierda. Y en la batalla de Jericó yo instruí que no tomaran nada del anatema. Y Israel ha pecado. Acán codició un lingote de oro y lo robó y lo escondió. Acán tomó un manto babilónico y lo escondió. Ahora tú conoces la respuesta a la derrota en la ciudad de Hai. Y Josué entonces se propuso encontrar al ladrón, al transgresor, y Acán fue encontrado.
"Este libro de la ley que no se aparte de tu boca." En este momento Dios no le dice a Josué que este libro de la ley no se aparte de tu mente. No le dice que no se aparte de tu corazón. Se lo puede decir en otro momento, pero ahora le está diciendo que no se aparte de tu boca. Es como si le estuviera diciendo: recuérdalo, enséñalo, proclámalo, habla conforme a la ley, transmítelo, que tus palabras estén salpicadas de la ley.
¿Y cómo yo hago eso? ¿Cómo yo hago que mi vocabulario pueda estar lleno de la revelación de Dios? Dios le dice ahí mismo: medita en él día y noche. Aquello en lo que yo medito tiende a llenar mi corazón, y mi boca habla de la abundancia del corazón. De manera que la única forma como mi conversación, mi vocabulario, mis palabras pudieran estar saturadas o salpicadas de la revelación de Dios, es si de manera continua, día y noche, yo medito en lo que Dios ha dicho, de forma que mi mente esté llena de esa revelación, y luego mi corazón impactado por la revelación, y entonces mis palabras estarán revelando la llenura de ese corazón.
Pablo le dice algo distinto pero con cierta similitud a Timoteo. Cuando le escribe en su primera carta, en 4:12, le dice que él debe ser un ejemplo, le da la idea de dónde y cómo él debe ser un ejemplo, pero el primero es un ejemplo en palabras. Un ejemplo de virtud al hablar, al comunicarte, al transmitir. Josué, que este libro de la ley no se aparte de tu boca, porque tú no eres solamente un líder militar. Tú eres un modelo de virtud a imitar y tú necesitas modelar eso para el pueblo.
"Meditarás en él día y noche para que cuides de hacer todo lo que en él está escrito." La palabra a través, "para que cuides," no es simplemente para que hagas todo lo que está en él escrito, para que te cuides de hacerlo, para que pongas esmero, para que hagas ese esfuerzo. Tu éxito depende de mi compañía a nivel divino; a nivel humano tu éxito depende de tu obediencia. Dios le dice: cuida de hacer todo lo que en él está escrito, para que entonces tengas éxito y hagas prosperar tu camino.
Ahora, escucha, esto es vital que tú lo puedas entender. Mi obediencia no me gana méritos para yo obtener las bendiciones de Dios. Las bendiciones de Dios son siempre por gracia e inmerecidas. Entonces, ¿cuál es la diferencia entre obediencia y desobediencia? La desobediencia me impide recibir las promesas hechas por Dios por gracia. Como la generación de Moisés no recibió la promesa de la tierra prometida, una tierra que le fue prometida a Abraham por primera vez en el capítulo 12, antes de que Abraham hubiese hecho nada por Dios, algo que fue ofrecido inmerecidamente, y ellos lo van a recibir inmerecidamente. Pero como la generación de Moisés fue desobediente, eso le impidió recibir esa bendición. La generación de Josué fue una generación más caracterizada por la obediencia, y su obediencia le permitió recibir por gracia las promesas hechas a los patriarcas también por gracia. ¿Me entendieron?
"Solamente sé fuerte y muy valiente. Cuídate de cumplir toda la ley que Moisés mi siervo te mandó. No te desvíes de ella ni a la derecha ni a la izquierda, para que tengas éxito dondequiera que vayas. Este libro de la ley no se apartará de tu boca, sino que meditarás en él día y noche, para que cuides de hacer todo lo que en él está escrito, porque entonces harás prosperar tu camino y tendrás éxito."
Tercera enseñanza. Veamos la posibilidad de ser fuerte y valiente basado en la presencia de Dios y sus promesas. La posibilidad de ser fuerte y valiente basado en las promesas de Dios, basado en la presencia de Dios y sus promesas, versículo 9. "¿No te lo he ordenado yo? Sé fuerte y valiente. No temas ni te acobardes, porque el Señor tu Dios estará contigo dondequiera que vayas."
Esta última parte comienza con una pregunta que es un tanto confrontadora. Josué, ¿no te lo he ordenado yo? No lo cuestiones, no lo preguntes, no lo pienses dos veces. Yo, Yahveh, el Dios de Israel, que cruzó al pueblo a través del mar Rojo, yo te ordeno: sé fuerte y valiente. Y Dios entonces la tercera vez le repite la misma cosa. Y ahora se lo remacha, como diríamos nosotros localmente, se lo enfatiza al decir: no temas ni te acobardes. Es el mismo mandato. Sé valiente es igual a no temas ni te acobardes.
Alguien ha hecho el estudio y la comparación, y nos ha ayudado a ver que el mandato más frecuente en toda la Biblia es "no temas." No temas, en sus diferentes versiones, sus diferentes frases sinónimas. Pero si tú tomas simplemente esa frase literal "no temas" y haces un search en tu Biblia electrónica, en la Biblia de las Américas la encuentras no menos de 58 veces. Dios sabe cuán frecuente es el temor en los seres humanos. Dios sabe cuán dañino y drenante es ese temor.
Recientemente, Ligonier publicaba una de sus revistas y en su portada hablaba de siete temores mortales, "Seven Deadly Fears," reconociendo el poder del temor sobre nosotros. El temor, perdón, al futuro. ¿Quién me cuidará cuando llegue a mi vejez? ¿Tendré posibilidades económicas para mi vejez? ¿Quién pagará por los estudios universitarios de mis hijos? ¿Y qué si mañana yo no tengo un trabajo? ¿Y qué si la economía se desploma mañana y pierdo mi trabajo?
El temor a las enfermedades. Nosotros somos muy valientes hasta que nos entregan una prueba médica que nos habla potencialmente de una enfermedad muy seria. Y esa noche no dormimos. El temor a la muerte. Temor a los accidentes con nosotros mismos o los accidentes a nuestros seres queridos. Por eso nos preocupamos cuando viajamos o ellos viajan. El temor al fracaso. Temor a la derrota. Y temor a la vergüenza.
El temor a los hombres. A veces hablamos y decimos: "No, es que fulano le tiene más miedo a los hombres que a Dios," hasta que nosotros nos encontramos en una posición donde le estamos temiendo más al hombre que a Dios. Y ese temor nos paraliza.
Dios está consciente de que esto puede paralizar la conquista de la tierra prometida. Lo hizo hace 38 años y unos meses; lo podría hacer ahora, Josué. Sé fuerte y valiente. No temas ni te acobardes, pero escucha, Josué: no es basado en lo que eres. Es porque el Señor tu Dios estará contigo dondequiera que vayas. Cree mis palabras, Josué, cree mis promesas. Yo nunca he faltado a una de ellas. Para Yo faltar a una sola de mis promesas, Yo tendría que dejar de ser Dios. Y tú no sabes, Josué, en tu finitud, lo imposible que es que Dios deje de ser Dios para que una sola de mis promesas falle.
Lamentablemente, en nuestra humanidad caída nosotros preferimos pájaros en mano que cientos volando. Y como eso está tan arraigado en nosotros, así tratamos las promesas de Dios también. Nosotros necesitamos la fe de un Hudson Taylor. Cuando se fue a evangelizar a tierra que él no conocía, a la China, él escribe a su esposa una carta en un momento dado, y escucha lo que él le dice: "Tenemos 25 centavos y todas las promesas de Dios. Podemos ir." 25 centavos y todas las promesas de Dios.
De esa misma manera, entonces, nosotros tenemos que pensar. No tenemos una tierra prometida por delante que conquistar, pero hay un reino que expandir. Hay una palabra que proclamar, hay una verdad que dar a conocer. Hay gente que se está perdiendo sin escuchar la palabra. Y a la vez hay gente que Dios ha escogido, pero ¿cómo han de creer si no hay quien les predique? Y ¿cómo les van a predicar si no son enviados? Y ¿cómo han de tener fe si la fe entra por el oír y el oír por la palabra de Dios?
Tú tienes que ser fuerte y valiente, predicar la palabra, expandir el reino, hacerte parte del ejército de Dios para conquistar terrenos, por así decirlo, para el reino de los cielos por medio de la predicación de su palabra, donde gente perdida pueda encontrarse con su Dios. Y entonces nosotros poder orar y decirle: "Señor, aquí yo estoy, listo para enrolarme en tu ejército y que Tú me puedas usar como instrumento para la expansión de tu reino." Y quizás lo único que tengo son 25 centavos y todas tus promesas.