Integridad y Sabiduria
Sermones

El nuevo pacto, la gloria del ministro de la Palabra

Miguel Núñez 10 enero, 2016

El nuevo pacto en la sangre de Cristo representa una gloria incomparablemente superior a la del antiguo pacto dado por Moisés. Aunque la ley entregada en tablas de piedra reflejaba el carácter santo y perfecto de Dios —una gloria tan intensa que los israelitas no podían mirar el rostro resplandeciente de Moisés—, ese pacto terminó siendo un ministerio de muerte y condenación porque ningún ser humano pudo cumplirlo. El problema nunca estuvo en la ley misma, sino en el pecado que mora en nosotros y nos engaña haciéndonos creer que podemos salvarnos por nuestras obras.

Sin embargo, aun bajo el antiguo pacto, quienes realmente conocían a Dios entendieron esta realidad. Job reconoció que aunque tuviera razón, solo podría implorar la misericordia de su juez. Nehemías, después de hacer cumplir el día de reposo, no apeló a sus méritos sino a la grandeza de la misericordia divina. David, tras su gran pecado, clamó pidiendo piedad conforme a la compasión de Dios. Ninguno de ellos puso sus obras en una balanza esperando un resultado favorable.

El nuevo pacto, mediado por Cristo mismo, no está escrito en piedras sino en los corazones por el Espíritu. Es un ministerio de vida y justicia que ofrece lo que el anterior jamás pudo: perdón completo y permanente. Por una sola ofrenda, Cristo hizo perfectos para siempre a los santificados, prometiendo no acordarse más de sus pecados. Esta es la razón para acercarse con confianza y esperanza, no con el temor que caracterizó al pueblo ante el monte Sinaí. La pregunta que permanece es si el velo de la ceguera espiritual ha sido quitado o todavía cubre el entendimiento.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Esta mañana Dios nos va a permitir reflexionar un poco acerca justamente del nuevo pacto en la sangre de Cristo, porque de eso se trata nuestro mensaje, de eso trata la Palabra de Dios en la porción donde nos toca continuar. Y el título del mensaje es justamente algo como eso: es el nuevo pacto como la gloria del ministro de la Palabra. El nuevo pacto es la gloria del nuevo ministro de la Palabra.

Y nosotros vamos a leer en un momento a partir del capítulo 3 de la segunda carta a los Corintios, comenzando en el versículo 7. Originalmente planificado para leer hasta el 11, nosotros vamos a leer hasta el 18, pero no vamos a cubrir todo el pasaje en el día de hoy. Y la próxima semana vamos a volver a leer del 7 al 18 y terminar de cubrir lo que el texto tiene que decirnos.

Yo creo que no es un secreto para ninguno de ustedes que ha estado siguiéndonos que en las últimas semanas hemos venido enfatizando la necesidad que el apóstol Pablo sintió en un momento dado de defender su ministerio y de defenderse de diferentes acusaciones que se habían levantado. Igual lo menciono eso simplemente de pasada, porque se hace difícil muchas veces entender alguna de las cosas que él tiene que decir cuando estamos leyendo porciones a la vez de toda su defensa, y por eso yo creo que era importante que volviera a recordar dónde nosotros estamos. De hecho, del capítulo 2, el 14, al capítulo 4, el 6, el apóstol presenta las dinámicas de un ministerio auténtico, y con eso él pretendía legitimizar su propio ministerio ante los corintios.

En el mensaje anterior nosotros explicamos cómo Pablo le explicaba por carta a esta congregación que él no tenía ninguna necesidad de presentar cartas de recomendación a su favor, porque lo cierto era que sus vidas transformadas por el poder del Evangelio que él había predicado era la mejor evidencia a su favor del ministerio de Pablo entre ellos.

En esta ocasión Pablo comienza a explicar que él es un ministro del nuevo pacto, de la gloria del nuevo pacto. Y la razón por la que él está haciendo esto es porque el falso maestro siempre está enseñando de una u otra forma, ya sea consciente o inconsciente, y ya sea de una manera clara o de una manera solapada, él está enseñando la salvación por medio de las obras. Y ahora Pablo siente la necesidad, como ministro genuino del Evangelio que le ha sido encargado por parte de Cristo, de explicar que él no es un ministro ni siquiera del antiguo pacto inaugurado por Dios, sino que es un ministro de un pacto nuevo en Cristo que nosotros conocemos.

El versículo con el que nosotros terminamos la semana anterior dice lo siguiente, versículo 6: que Dios nos hizo suficientes como ministros de un nuevo pacto. Esta es mi conexión con el mensaje de hoy: no de la letra, sino del Espíritu, porque la letra mata, pero el Espíritu da vida. Y dijimos que la frase "la letra" es una figura de comparación o una especie de metáfora que Pablo usa para referirse a la ley de Moisés, y que esa ley estaba resumida en los diez mandamientos, y que esos diez mandamientos fueron entregados en tablas de piedra que representaban el carácter perfecto de nuestro Dios. Una ley que no permitía que el individuo pudiera ser salvo por medio del cumplimiento de dichas obras, yo creo que es algo que ha sido explicado de manera reiterativa.

Sin embargo, todas las religiones, incluyendo el judaísmo, con la excepción única de la fe cristiana, enseñan que la salvación es siempre por obras. Y Pablo está ayudándonos a entender que ni aún el Antiguo Testamento, que ni aún bajo el pacto anterior dado por Dios a los hombres, ni aún bajo esa economía o dispensación, era posible ser salvo por las obras de la ley. Porque como bien dice el libro de Génesis: "Creyó Abraham a Dios y le fue contado por justicia."

A partir del versículo 7, entonces Pablo comienza a explicar que es un ministro de un mejor pacto, y que el pacto anterior inaugurado por Moisés, mediado por Moisés a los hombres, quedó atrás. Que fue un pacto temporal, pero que el nuevo pacto que ha sido inaugurado, que es un pacto de gracia, es permanente y es por tanto de mucho mayor gloria. Escucha, lo que Pablo está tratando de hacer es establecer que la gloria del pacto de gracia al cual él sirve ahora es superior a la gloria mostrada por el pacto que Moisés trajo cientos de años atrás. Y eso, en el primer siglo, para un contexto que estaba muy cargado, salpicado de lo que fue el judaísmo, era vital poder mostrar eso. Y sobre todo para un ministro que estaba siendo cuestionado, identificado con falsos profetas. Y Pablo está tratando de decir: no, la falsedad viene de otros hombres, pero no de nosotros.

Y con eso entonces yo quiero que tú puedas leer conmigo a partir del versículo 7 hasta el final del capítulo 3: "Y si el ministerio de muerte grabado con letras en piedras fue con gloria, de tal manera que los hijos de Israel no podían fijar la vista en el rostro de Moisés por causa de la gloria de su rostro, que se desvanecía, ¿cómo no será aún con más gloria el ministerio del Espíritu? Porque si el ministerio de condenación tiene gloria, mucho más abundante en gloria el ministerio de justicia. Pues en verdad, lo que tenía gloria en este caso no tiene gloria por razón de la gloria que lo sobrepasa. Porque si lo que se desvanece fue con gloria, mucho más con gloria es lo que permanece." Suena como un trabalenguas. "Teniendo por tanto tal esperanza, hablamos con mucha franqueza, y no somos como Moisés, que ponía un velo sobre su rostro para que los hijos de Israel no fijaran su vista en el fin de aquello que había de desvanecerse. Pero el entendimiento de ellos se endureció, porque hasta el día de hoy, en la lectura del antiguo pacto, el mismo velo permanece sin alzarse, pues solo en Cristo es quitado. Y hasta el día de hoy, cada vez que se lee a Moisés, un velo está puesto sobre sus corazones. Pero cuando alguno se vuelve al Señor, el velo es quitado. Ahora bien, el Señor es el Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor, hay libertad. Pero nosotros todos, con el rostro descubierto, contemplando como en un espejo la gloria del Señor, estamos siendo transformados en la misma imagen de gloria en gloria, como por el Señor, el Espíritu."

Es un texto un tanto complejo cuando tú lo lees, sobre todo cuando tú notas el número de veces que Pablo habla de una gloria, de una mayor y una menor. Y por eso yo quise tratar de esquematizar para ustedes lo que está contenido en esos versos que leímos. Aquí hay dos pactos llamados de manera distinta. Aquí hay dos glorias correspondientes a ambos pactos. El texto tiene dos tipos de ministros que están relacionados a cada uno de sus pactos. Hay dos maneras de reaccionar a estos dos pactos, y hay dos formas de vivir con relación a los mismos. Dos pactos, dos glorias, dos tipos de ministros, dos maneras de reaccionar y dos formas de vivir con relación a esos dos pactos. Ahora yo creo que ustedes comienzan a tener una mejor idea de qué es lo que está aquí en lo que acabamos de leer.

Yo quisiera ver los pactos primero. Hay un antiguo pacto, la ley de Moisés, y un nuevo pacto mediado por Cristo: el pacto de la ley, el pacto de la gracia. Del pacto anterior, en el versículo 7, Pablo dice que fue grabado con letras en piedras, como ya explicábamos, porque ese pacto fue resumido en los diez mandamientos, y esos diez mandamientos fueron entregados en piedras a Moisés. Ese pacto anterior es llamado aquí en el versículo 7 el ministerio de la muerte. Interesante, porque es un pacto entregado por Dios, sin embargo es llamado el ministerio de la muerte. Y es llamado en el versículo 9 el ministerio de la condenación.

Y si tú entiendes lo que la ley hizo, esos son dos nombres muy apropiados. Porque la ley presentada por Moisés ciertamente podía hacer un instrumento de vida, pero dado el pecado en los hombres, lo que la ley hizo fue que condenó a todos los hombres por incumplimiento de la misma. Y al condenarlos, los llevó a la muerte. De manera que este fue un ministerio de condenación y un ministerio de muerte en el cien por ciento de la raza humana.

Ahora, el problema no estuvo en los diez mandamientos. Los diez mandamientos representaban el carácter moral perfecto de nuestro Dios. Pero ese carácter moral perfecto de nuestro Dios, representado, resumido en los diez mandamientos, es justamente lo que el hombre ha violado continuamente en su pecado, y es lo que lo condena. Explicábamos el domingo anterior que el pecado que mora en nosotros nos engaña de tal manera que nos hace creer que somos capaces de cumplir los diez mandamientos, por lo menos hasta el punto de no resultar nosotros como condenables.

Pero nosotros no somos los primeros en pensar de esa manera. Los fariseos creyeron eso. No solamente los fariseos creyeron eso; el apóstol Pablo antes de su conversión se juzgó a sí mismo como irreprensible en cuanto a la ley: "Yo era fariseo de fariseos, yo fui circuncidado al octavo día, de la tribu de Benjamín, en cuanto a la ley no me faltaba nada, irreprensible." Pero no solamente los fariseos creyeron eso, no solamente Pablo creyó eso, sino que todas las religiones del mundo, como mencionábamos, con la excepción del cristianismo, enseñan exactamente lo mismo: que es posible ser salvo por medio del cumplimiento de las obras de la ley de Moisés, en el caso del judaísmo, o de la ley moral inscrita en la conciencia de los hombres.

El papa Francisco cree exactamente la misma cosa. Él acaba de declarar recientemente, de una manera chocante para todo el que conoce la Biblia, que todas las religiones adoran al mismo Dios. Y cuando yo escuchaba eso, yo simplemente entendía y veía cuán profunda es su oscuridad. No hay ninguna religión del mundo ni siquiera que declare tal cosa. Solamente líderes no basados en sus documentos declaran tal cosa. El cristianismo rechaza todas las demás religiones como posibles. El hinduismo hace la misma cosa. El budismo es una reacción al hinduismo. El islam rechaza todas las religiones del mundo. Y solamente líderes como Francisco pueden creer una cosa semejante.

La fe cristiana es la única en todo el mundo donde se entiende que la salvación es obtenida por gracia a través de la fe, sin la más mínima participación de las obras de los hombres. Hablar de que todas las religiones buscan al mismo Dios presupone una falta de entendimiento de Francisco de incluso lo que es la revelación bíblica, e incluso de lo que es el antiguo pacto. Porque bajo el antiguo pacto era imposible ser salvo por medio de las obras de la ley. Génesis revela eso: "Creyó Abraham a Dios y le fue contado por justicia." Habacuc 2:4 dice que el justo por la fe vivirá. Pablo dice: "Yo soy un ministro del nuevo pacto que promete salvación a través de la obra de Jesucristo, quien fue la única persona que ha podido cumplir las obras de la ley, y sin ninguna participación nuestra."

Si tú estudias los personajes dignos de mencionar en el Antiguo Testamento, tú entiendes que aún las personas que vivieron bajo la ley llegaron a la misma conclusión. Escucha a Job en el Antiguo Testamento, en Job 9:15, lo que él dice: "Porque aunque yo tuviera razón, no podría responder." Y entonces, ¿qué haría Job? "Tendría que implorar la misericordia de mi Juez." Job tendría que implorar la misericordia de mi Juez. Job entendió la imposibilidad de la salvación y de la justificación por las obras de la ley. Aun teniendo razón, solamente Job entendió eso.

Nehemías entendió eso. Job, siendo uno de los patriarcas, quizás de la misma época de Abraham, a pesar de que su libro está situado mucho más adelante. Nehemías, un gobernador, el gobernador Nehemías, entendió eso. En un momento dado, la gente estaba rompiendo, violentando el día de reposo, que es parte de los diez mandamientos, y Nehemías refuerza el cumplimiento del día de reposo. Y cuando él termina de hacer eso, en Nehemías 13:22, escucha lo que él dice cuando se dirige a Dios: "Por esto también acuérdate de mí, Dios mío, y ten piedad de mí conforme a la grandeza de tu misericordia." Nehemías no dice: "Señor, por eso que he hecho cumplir el día de reposo y que yo he cumplido con los diez mandamientos, por eso acuérdate de mí." No. Él dice: "Por eso que yo acabo de hacer, Señor, yo recuerdo todavía que quisiera que te acordaras de mí, Dios mío. Ten piedad de mí, pero conforme a la grandeza de tu misericordia." Esta gente entendía a Dios aun bajo un pacto que precedía al pacto en el cual nosotros estamos viviendo hoy.

David entendió eso. David escribió los salmos, muchos de los salmos, un grupo de los salmos. En el Salmo 51, después de él cometer su gran pecado con Betsabé, dice: "Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; conforme a lo inmenso de tu compasión, borra mis transgresiones." Nehemías, David, todos apelando al concepto de la misericordia de Dios. David no dice: "Oh Dios, haz un promedio y pon en una balanza mis obras buenas y mis obras malas, y yo creo, oh Dios, que al final del camino la balanza será positiva." No. Él sabe, él entendía perfectamente bien que no tenía ningún sentido apelar a un sentido de balanza, porque él sabía hacia dónde se iba a inclinar la balanza.

Ellos reconocían que la ley representaba el carácter perfecto de Dios y representaba aquello que complace a Dios. Ellos sabían eso: la ley representa el carácter perfecto de Dios, y lo que la ley ordena me enseña lo que complace a Dios. Pero a la hora de lidiar con Dios, yo tengo que lidiar con Él sobre la base de Su misericordia.

Y esa misericordia, esa piedad de la cual estos tres hombres —Job, Miqueas y David— están hablando, esa es la base y eso es lo que caracteriza el nuevo pacto, el pacto de la gracia.

La ley tiene un hombre aquí en el texto de hoy. Recordemos que Pablo llamó al pacto de la ley el ministerio de la condenación y el ministerio de la muerte, porque la ley condenó al cien por ciento de los hombres. La ley envió a la condenación y mató, por así decirlo, al cien por ciento de los hombres. Bajo el pacto de la ley, la gente tuvo esperanza, pero aquellos que tuvieron esperanza, que formaron parte del remanente, basaron su esperanza en la misericordia y en la piedad de Dios, como nosotros acabamos de ver de manera ilustrativa con la vida de Job, Miqueas y David. Ellos estaban esperando por un Mesías que habría de venir, como bien dice Job: "Yo sé que mi Redentor vive". Pero si trataban de cumplir las obras de la ley, si tenías razón, dice Job, yo tendría que apelar a la misericordia de mi juez.

El nuevo pacto, al que Pablo también se refiere aquí en el texto, le llama el ministerio del Espíritu. Ya no el ministerio de la letra, sino el ministerio del Espíritu con "E" mayúscula. Este pacto tiene otra connotación. Este pacto tiene mucho mayor gloria. Este pacto no está escrito en piedras. Este pacto no está escrito con letras. Este es un pacto escrito en los corazones de los hombres. Este es un pacto no escrito con letras, pero está escrito, está impreso. De manera que ahora no tenemos un pacto de condenación, no tenemos un pacto de la muerte o un ministerio de la muerte. Tenemos un ministerio del Espíritu que Pablo también llama en el texto que leímos un ministerio de justicia. En inglés se pudiera entender un poco mejor porque es traducido como "the ministry of righteousness". El ministerio de ese carácter moral, santo, justo, perfecto que Cristo nos entrega el día que recibimos salvación. El ministerio del Espíritu, porque es el ministerio que abre y que transforma el corazón del hombre, y ese Espíritu que viene a morar dentro de él, que escribe el pacto por así decirlo, sin que tenga letras, ese ministerio que nos otorga el carácter moral, santo, justo, perfecto de Cristo. Y de ahí que se le llama el ministerio de la justicia o, como dijimos en inglés, "the ministry of righteousness".

De manera que ahí están los dos pactos de que Pablo habla. Pero Pablo también habla de dos glorias pertenecientes a estos dos pactos distintos. Y esto es como lo dice. Escucha, porque en la medida en que nosotros visitemos de nuevo el texto, tú podrás entender mejor lo que hace un rato leíste y como que te pareció muy confuso. Versículos siete y ocho: "Y si el ministerio de muerte grabado con letras en piedras fue con gloria" —primera gloria— "de tal manera que los hijos de Israel no podían fijar la vista en el rostro de Moisés por causa de la gloria de su rostro que se desvanecía, ¿cómo no será aún con más gloria" —segunda gloria— "el ministerio del Espíritu?"

A ver, está diciendo: si tú entiendes que el ministerio de condenación y de muerte fue un ministerio o un pacto de gloria, y este nuevo pacto no es de muerte, no es de condenación, es de gracia, es de misericordia, es escrito por el Espíritu en el corazón de los hombres, entonces con más razón puedas poder apreciar la mayor gloria que tiene el segundo pacto.

La pregunta para nosotros: ¿cuál fue la gloria del primer pacto, que fue de gloria sin lugar a dudas? Bueno, ese pacto, resumido en los diez mandamientos, representaba, como ya hemos dicho, el carácter justo, santo y perfecto de Dios. Ahí, gloria. La gloria estaba en su perfección, la gloria estaba en su santidad, la gloria estaba en su justicia, la gloria estaba en lo que reflejaba. ¿Y qué era lo que reflejaba? El carácter de nuestro Dios.

El problema nunca estuvo en la ley. Y Pablo, como gran teólogo, el mejor teólogo de todos los tiempos, aquel que estuvo en el tercer cielo adonde pudieron explicarle cosas que él estaba viendo y oyendo, que ojos humanos no han visto ni oídos han oído ni mente humana ha podido entender, entendió eso perfectamente bien: que la ley no era el problema. Y en Romanos 7:12 nos dice que la ley es, fue y es santa, y que el mandamiento es santo, justo y bueno.

Tan glorioso fue este primer pacto, que Pablo llama un pacto de gloria. Tan glorioso fue, que llega un momento en que la gloria de ese pacto es reflejada en el rostro de Moisés, dice Pablo. Y esa gloria reflejada en el rostro de Moisés los hijos de Israel no podían verla. Pero ahora Pablo dice: nosotros somos ministros de un pacto mucho mejor, de mayor gloria, que Cristo vino a traer, y ese es el pacto del ministerio del Espíritu o el ministerio de justicia.

Mira a Pablo hablando de esos dos niveles de gloria de estos dos pactos, versículos nueve al once: "Porque si el ministerio de condenación tiene gloria, mucho más abunda en gloria el ministerio de justicia. Pues en verdad, lo que tenía gloria en este caso no tiene gloria por razón de la gloria que lo sobrepasa. Porque si lo que se desvanece fue con gloria, mucho más es con gloria lo que permanece."

¿No tiene lógica eso? Pablo está estableciendo uno de los argumentos permitidos en lógica, y es argumentar de lo menor a lo mayor. Y eso es lo que Pablo está haciendo. Si el antiguo pacto tuvo gloria y te ofrecía mucho menos, pues entonces este pacto que te ofrece mucho más tiene mucho mayor gloria. Si el primer pacto fue algo temporal, pues este que es permanente tiene que tener más gloria aún. Y si el primer pacto tuvo gloria, pero ahora resulta que hay uno con mayor gloria que la gloria de aquel anterior, entonces el anterior comparado con este que vino no tiene gloria.

¿Tú lo escuchaste eso? "Pues en verdad, lo que tenía gloria en este caso no tiene gloria." Pablo, ¿pero cómo es la cosa? "Por razón de la gloria que lo sobrepasa." Es como que apaguemos este salón, entremos aquí un bombillo de cuarenta bujías, ochenta, no, cien bujías, y como el salón está tan densamente oscuro alrededor, se guapa: "Mira todo lo que ilumina". Y luego tú entras al salón un bombillo de mil bujías. "Sí, ese es bueno, pero aquel bombillo casi ni se ve". Y luego tú prendes mil bombillos de mil bujías aquí dentro, y ahora resulta que esos tampoco se ven. Y ahora tú le quitas la cobertura del edificio y lo expones a la luz del sol y lo acercas al sol, y resulta que ni siquiera todos los bombillos juntos se ven.

Pues Pablo dice: aquel pacto tenía gloria, tenía tanta gloria que un reflejo de la gloria del pacto en el rostro de un mortal como Moisés no podía ser contemplada por los hijos de Israel. Pero ahora, cuando llegó este pacto, resulta que aquella gloria se fue y no es de gloria. Porque el primer pacto mataba, este da vida. El primer pacto era temporal, este pacto es permanente. El primer pacto lo medió Moisés, este lo medió el Hijo de Dios, Dios mismo, la segunda persona de la Trinidad. El primer pacto requería que todos los hombres cumplieran las obras de la ley; este pacto es basado justamente en el único hombre que pudo cumplir las obras de la ley: Jesucristo. Aleluya. Y no lo sé yo.

Pues si el primer pacto que condenaba tuvo gloria, mayor gloria tiene aún el segundo pacto que trae salvación a los hombres. Pablo dice en el versículo once que si lo que se desvanece tuvo gloria, si aquello que iba pasando tuvo gloria —que es una manera de decir si el pacto que fue paulatinamente siendo reemplazado tuvo gloria— pues este pacto que tiene recompensas eternas tiene mayor gloria.

Ciertamente la gloria del primer pacto fue grande. Escucha otra vez a Pablo en el versículo siete: "Y si el ministerio de muerte grabado con letras en piedras fue con gloria, de tal manera que los hijos de Israel no podían fijar la vista en el rostro de Moisés por causa de la gloria de su rostro que se desvanecía..." Eso es un comentario de un evento ocurrido en el Antiguo Testamento. Yo te voy a leer el evento para refrescar tu memoria y para instruir a otros que quizás no están tan familiarizados con él.

En el libro del Éxodo, capítulo 34, a partir del versículo 29, escucha justamente qué fue lo que ocurrió, a lo que Pablo alude en términos de la gloria reflejada en el rostro de Moisés. Pues él había recibido los diez mandamientos en dos tablas de piedra. Moisés baja la primera vez, encuentra al pueblo en plena idolatría, Moisés se aíra, Moisés tira las piedras, rompe las piedras, y Dios lo llamó una segunda vez al monte. Y ahora recibe tablas de piedra igual con los diez mandamientos, pero ya no escritas por Dios como la primera vez.

Y dice el versículo 29 en adelante: "Y aconteció que cuando Moisés descendía del monte Sinaí con las dos tablas del testimonio en su mano, al descender del monte, Moisés no sabía que la piel de su rostro resplandecía por haber hablado con Dios. Y al ver Aarón y todos los hijos de Israel a Moisés, he aquí la piel de su rostro resplandecía, y tuvieron temor de acercarse a él." El pueblo no sabía ni cómo responder ante un Moisés que ya habían conocido de manera natural, y de repente baja reflejando gloria divina.

"Entonces Moisés los llamó, y Aarón y todos los jefes de la congregación volvieron a él, y Moisés les habló." Ellos vieron la gloria, ellos se alejaron, Moisés los llamó: "No, regresen". "Y después, versículo 32, se acercaron todos los hijos de Israel, y él les mandó que hicieran todo lo que el Señor había hablado con él en el monte Sinaí. Cuando Moisés acabó de hablar con ellos, puso un velo sobre su rostro." Cuando Moisés terminó de hablar con ellos, puso un velo sobre su rostro. "Pero siempre que Moisés entraba a la presencia del Señor para hablar con Él, se quitaba el velo hasta que salía. Y siempre que salía y decía a los hijos de Israel lo que se le había mandado, los hijos de Israel veían que la piel del rostro de Moisés resplandecía, y Moisés volvía a ponerse el velo sobre su rostro hasta que entraba a hablar con Dios." Moisés entraba a hablar con Dios; al entrar a la audiencia con Dios, se quitaba el velo.

Cuando Moisés salía de hablar con Dios, en ese momento su rostro resplandecía. Pero esa gloria comenzaba a desvanecerse poco a poco, y antes de que terminara de desvanecerse, Moisés volvía a ponerse su velo hasta que volvía a entrar a la presencia de Dios. Pablo dice: si ese pacto fue capaz, tuvo tanta gloria que aun eso fue capaz de ocurrir, entonces este pacto mediado de otra manera, vía la sangre del Cordero, tiene que tener mucho mayor gloria.

Los pactos, dos glorias, dos ministros representantes de dichos pactos. Moisés fue el ministro del primer pacto; lo sabemos, de toda la manera posible está descrito. Aarón, como su ayudante, como su sacerdote inicial, formó también parte de ese ministerio del primer pacto, y luego los sacerdotes subsiguientes fueron parte. De manera que podíamos hablar de los ministros del primer pacto en ese orden: Moisés, Aarón y luego los sacerdotes siguientes.

Pero Pablo está tratando de diferenciarse de los ministros que continúan predicando la ley, como pasó en la iglesia de Galacia y como pasó cuando él tuvo que escribir a los hebreos, ayudándoles a entender el nuevo pacto y cómo el anterior había quedado atrás como obsoleto. Y entonces él dice: nosotros no somos como Moisés, nosotros no somos como Moisés que se cubría el rostro con un velo. Pablo está hablando entonces de que él es un ministro de un pacto que Cristo inauguró, que es eterno, que es permanente, que es para siempre.

En el Antiguo Testamento, como dijimos, Moisés y Aarón y los sacerdotes subsiguientes fueron esos ministros. En el día de hoy, por un lado, y para comenzar, los pastores serían los ministros del nuevo pacto. Pero nosotros no somos los únicos ministros del nuevo pacto, como bien entendió Lutero cuando hablaba del sacerdocio de todos los creyentes. Nosotros hemos sido hechos nación santa, real sacerdocio, todos nosotros. Esa es la razón por la que en Efesios 4 se nos instruye a capacitar a los santos para hacer la obra del ministerio, porque todos nosotros de una u otra manera estamos supuestos a ser ministros del nuevo pacto.

Y Pablo está diciendo: nosotros que hemos entendido el nuevo pacto, que hemos sido recomendados por Dios —refiriéndose a él en particular ahora—, nosotros tenemos una característica, y es que no tenemos velo. Pero no tenemos velo porque no hay necesidad de llevar ningún velo. El velo que existía en el tabernáculo y posteriormente en el templo fue rasgado a la hora de la muerte de Cristo, y ese velo no tiene sentido en el momento presente.

Ahora, tú tienes el pacto de la gracia, el pacto de la ley, y tú tienes dos maneras distintas de reaccionar a ese pacto. Pablo está tratando de presentar la segunda manera, la manera como ahora debieras reaccionar. Yo ahorita voy a mencionar la primera manera, como la gente reaccionó al primer pacto, pero él le está tratando ahora en el versículo 12 de ayudarnos a entender cuál sería la manera como tú y yo debiéramos reaccionar ante la oferta del Señor Jesucristo: "Teniendo por tanto tal esperanza, hablamos con mucha franqueza." Teniendo ahora extrema esperanza, esperanza eterna en el nuevo pacto, esta es la manera como yo debo reaccionar: con esperanza e incluso con franqueza.

Cristo ha cumplido todos los requisitos de la ley, ya no hay necesidad de temer. Tenemos ahora la esperanza y la confianza de que aquel que comenzó la buena obra será fiel hasta completarla en el día de la redención. El autor de la carta a los Hebreos trató de explicar algo similar, trató de comparar ambos pactos y las reacciones distintas de un pacto versus el otro. Y como la Palabra interpreta la Palabra, es la mejor forma de nosotros ayudarnos a ver qué es lo que Pablo está tratando de comunicar aquí, sobre todo cuando yo estoy diciendo en este momento que lo que Pablo está presentando cuando dice "teniendo por tanto" es una conclusión. Dado todo lo que yo he explicado, por tanto, tú debes tener esperanza y hablar con franqueza.

Esto es lo que el autor de Hebreos dice en el capítulo 10, a partir del versículo 14. Escuchen: "Porque por una ofrenda, él Cristo ha hecho perfectos para siempre a los que son santificados. Y también el Espíritu Santo nos da testimonio, porque después de haber dicho: 'Este es el pacto que haré con ellos después de aquellos días, dice el Señor: Pondré mis leyes en su corazón y en su mente las escribiré', después de eso añade: 'Y nunca más me acordaré de sus pecados e iniquidades'. Ahora bien, donde hay perdón de estas cosas, ya no hay ofrenda por el pecado."

Pablo está diciendo: nosotros tenemos esa esperanza, que por una sola ofrenda Cristo nos hizo perfectos para siempre, nos santificó, nos justificó y nos santificó para siempre. Y Cristo, perdón, al hacer eso ha proclamado que a partir de esa sola ofrenda jamás se acordaría de nuestros pecados y de tus iniquidades. Jamás te la echaría o te la tomaría en cuenta, jamás te la restregará en la cara.

Piensa por un momento en lo que tú consideras puede haber sido el peor pecado que tú hayas cometido. Quizá hay uno peor que ese que estás pensando, pero piensa por un momento: el día que viniste a los pies de Cristo y él te perdonó, no en la cruz, él te dijo: "Hijo e hija, de ese pecado del que tú me acabas de hablar, incluso de otros de los cuales no me has hablado pero por los cuales me estás pidiendo perdón en general, yo te digo no solamente que te lo perdono, sino que jamás serán contados en tu contra." Imagina la gloria de ese pacto, la gloria de esa cruz, la gloria de esa gracia, la gloria de ese mediador.

Por eso es que Pablo dice que nosotros tenemos tal esperanza, que con esa tal esperanza debemos hablar con franqueza. Debemos hablar con franqueza de este nuevo pacto, de esta nueva oferta, de este nuevo mediador. Y debiéramos acercarnos —estamos hablando de dos reacciones distintas a estos pactos— debiéramos reaccionar de una manera distinta a como reaccionó la gente en el otro pacto, donde vieron a Moisés descendiendo desde la montaña con su rostro brillante y al verlo salieron corriendo. Pablo dice: no, no, acércate, porque este no es el mismo pacto. Tú tienes un mejor mediador con más gloria que aquel del cual la gente salió corriendo, pero este te invita a acercarte, no a que salgas corriendo.

Y el autor de Hebreos ayudó a entender, otra vez ayudar a entender eso también en el mismo capítulo 10, siguiendo justamente donde yo terminé de leer hace un momento, pero ahora en el versículo 19. Escucha: "Entonces hermanos, puesto que tenemos confianza —Pablo habla de esperanza, el autor de Hebreos habla de confianza— para entrar al lugar santísimo por la sangre de Jesús, por un camino nuevo y vivo que él inauguró para nosotros por medio del velo, es decir su carne, y puesto que tenemos un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, teniendo nuestro corazón purificado de mala conciencia y nuestro cuerpo lavado con agua pura. Mantengamos firme la profesión de nuestra esperanza —ahí está la palabra de Pablo donde dice 'por tanto, teniendo tal esperanza', ahora el autor de Hebreos dice— mantengamos firme la profesión de nuestra esperanza sin vacilar, porque fiel es el que prometió."

Esa es la confianza y esa es la esperanza: que el que prometió es fiel para cumplir. El que prometió que perdonaría mi pecado fue a la cruz y lo hizo. El que prometió que se levantaría de los muertos se levantó de la tumba y conquistó la muerte y conquistó el pecado.

Y ahora, por el tipo de pacto bajo el cual tú y yo vivimos, por el mediador que nosotros tenemos, por lo que ese mediador ha conseguido, por las abundancias de sus misericordias y de su gracia, el mismo autor de Hebreos, más adelante, ayudándonos a entender estos dos pactos y que podamos ver la gloria de uno como superior a la gloria del otro, nos dice en el capítulo 12. Escucha: "Porque no os habéis acercado a un monte que se puede tocar, ni a fuego ardiente, ni a tinieblas, ni a oscuridad, ni a torbellino, ni a sonido de trompeta, ni a ruido de palabras tal que los que oyeron rogaron que no les hablaran más, porque no podían soportar el mandato —es la ley— y si aun una bestia tocaba el monte, sería apedreada. Tan terrible era el espectáculo que Moisés dijo: Estoy aterrado y temblando."

Cuando Moisés sube al monte a recibir estas, la primera vez, estas tablas, o sea, se acercó al monte, el Señor que estaba ya descendiendo sobre el monte y se autompleó el monte, hubo humo, hubo sonido de trompeta, hubo trueno, hubo relámpago. Dice el texto que el espectáculo, lo que allí se vio, era tal que Moisés dijo: "Estoy aterrado y temblando." El mediador del pacto estaba aterrado y temblando.

Pero en el nuevo pacto, dos reacciones distintas. Pablo dice: acércate con confianza, tú tienes una esperanza. El autor de Hebreos explica las dos reacciones distintas que debiéramos tener. Ya me habló de una, y ahora me dice: "Vosotros en cambio os habéis acercado al monte Sion, a la ciudad del Dios vivo, la Jerusalén celestial, y a miríadas de ángeles, a la asamblea general e iglesia de los primogénitos que están inscritos en los cielos, y a Dios el juez de todos, y a los espíritus de los justos hechos ya perfectos, y a Jesús el mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la sangre de Abel."

Ustedes no son como aquellos que al acercarse a un monte que se movía y temblaba, todo el mundo se llenó de temor y temblor. No, ustedes se han acercado a Dios vía el mediador, que es nada más y nada menos que su propio Hijo, quien dice que no se avergüenza de llamarte hermano. Por eso tenemos tal esperanza, por eso dice Pablo: nosotros hablamos con tal franqueza. Dos maneras de reaccionar a estos pactos: una con temor y otra con esperanza y confianza.

Ahora, hay dos maneras de vivir bajo esos pactos, y yo quiero que me prestes atención porque yo no sé de cuál de estas dos maneras tú estás viviendo.

Solo Dios lo sabe. Y quizás tú puedas orar en este momento, que de una manera especial el Espíritu de Dios descienda y pueda mostrar a quien necesite ser mostrado, si él está viviendo bajo este nuevo pacto, pero en una condición del pacto anterior. Porque las dos maneras de vivir bajo estos dos pactos, una es con el velo puesto y otra es sin el velo. Pero es posible vivir en el nuevo pacto y todavía tener el velo sobre nosotros.

El versículo 14 al 16: "Pero el entendimiento de ellos se endureció." Escucha: "Porque hasta el día de hoy, en la lectura del antiguo pacto, el mismo velo permanece sin alzarse, pues solo en Cristo es quitado. Y hasta el día de hoy, cada vez que se lee a Moisés, un velo está puesto sobre sus corazones. Pero cuando alguno se vuelve al Señor, el velo es quitado."

El velo es representativo de la ceguera espiritual del hombre que no puede discernir las cosas espirituales, porque estas se disciernen por medio del Espíritu. El velo, eso es lo que representa. El velo es parte de lo que Francisco tiene. El velo es parte de lo que todo el mundo que entiende que las obras de la ley o las obras morales escritas en la conciencia del hombre pueden salvar al hombre; eso es un velo sobre sus conciencias.

Esa ceguera espiritual va acompañada de un endurecimiento del corazón, y esa combinación es letal, porque la mente no entiende y el corazón no quiere. Ese es el velo que Pablo se está refiriendo cuando dice: "Hasta el día de hoy, la lectura del antiguo pacto, hasta el día de hoy la lectura del antiguo pacto, el mismo velo permanece, pues ese velo solo es quitado en Cristo." Pero si alguno se vuelve al Señor, entonces el velo es quitado. Cuando alguien se vuelve al Señor, su entendimiento adquiere otra dimensión y él comienza a poder aquilatar la instrucción espiritual detrás de las frases escritas en la Palabra de Dios.

El Espíritu de Dios abre el entendimiento. El Espíritu de Dios ablanda el corazón. El Espíritu de Dios hace entender a la persona hasta el punto que esa persona entiende tanto que llega a creer la verdad. Cuando el velo es quitado, la oscuridad se desvanece y la luz resplandece, la luz del satisfecho. Para esa persona es como si las escamas de sus ojos hubiesen caído.

Para esa persona es como alguien que hubiese nacido ciego y nunca hubiese visto nada, y que un día Dios haga un milagro y de repente él puede ver, y él comienza a ver cosas que jamás en su vida había visto, a pesar de que las había tocado. Él comienza a tocar una mesa con cuatro patas, pero él no tenía idea que se lucía así. Y de esa misma manera, la persona que el velo es removido, él comienza a leer la Palabra de Dios, la misma palabra que él había leído. Él entendía la gramática, él entendía la sintaxis, él entendía el significado de las palabras, pero de repente él entiende el significado espiritual detrás de cada frase, porque el velo ha sido removido.

Ahora él se siente con esperanza. Ahora él se siente libre. Ahora él entiende el rol de la ley. Él entiende que la ley representa el carácter santo, bueno y justo de nuestro Dios. Y ahora, en vez de la ley producir rebelión como antes producía y como el texto de Romanos enseña, ahora la ley produce un deseo en él de querer obedecerla, a pesar de que ya fue obedecida perfectamente por Cristo. Pero ahora la ley luce realmente como es. Es tan santa porque representa el carácter tan santo de nuestro Dios, y representa lo que complace a nuestro Dios, que él quiere por amor y agradecimiento con placer a su Dios y quisiera obedecer la ley de Dios. Y entonces él puede decir con el salmista: "¡Oh, cuánto amo tu ley!" No me condena, no me es necesaria para salvación, no me santifica como veremos en el próximo mensaje, porque eso está en el versículo 18 del texto que leímos. Pero cuánto amo tu ley, porque sé lo que implica, lo que representa, y me ayuda a ver lo que a ti te complace.

Ahora esa persona se puede encontrar con Dios y no temer. Ahora esa persona se puede encontrar con el mediador y juez del nuevo pacto y no tener el más mínimo temor, como esta otra gente sí tuvo. ¿Puedes entender la gloria del nuevo pacto? ¿Puedes ver la magnitud de la misericordia desplegada sobre lo que es un nuevo pacto para nosotros?

¿Dónde está tu velo? ¿Ha sido rasgado por el Espíritu y hoy ves? ¿O hasta hoy ha estado puesto sobre tu mente y Dios hoy en su misericordia ha tomado, por así decirlo, un bisturí y ha rasgado el velo y hoy tú puedes ver?

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.