El encuentro con el Dios vivo y verdadero no es simplemente aceptar una filosofía o nacer en un hogar cristiano. Es ser detenido en el camino, como Saulo rumbo a Damasco, y ser transformado por alguien más grande y poderoso que nosotros. Ese Dios que es fuego consumidor no nos destruyó cuando merecíamos ser consumidos; nos recibió, nos purificó y nos dio vida. La pregunta que surge entonces es inevitable: ¿qué ocurre después de ese encuentro?
La respuesta se despliega en manifestaciones concretas de amor. Primero, el amor fraternal debe permanecer entre los hermanos, no porque ellos lo merezcan, sino porque nosotros tampoco lo merecíamos y Dios nos amó primero. Luego viene la hospitalidad hacia el extranjero, porque Dios nos recogió cuando éramos ajenos a su vida y nos hizo ciudadanos de su reino. También está la identificación con los que sufren, sintiendo su dolor como propio, tal como Cristo sintió nuestro pecado en la cruz. Y el matrimonio debe ser honroso, reflejando en el hogar la comunión que Dios tiene con los suyos.
En tiempos donde el cristianismo es caricaturizado y presionado a evolucionar, el llamado es a mantenerse firmes. Jesucristo es el mismo ayer, hoy y por los siglos. No estamos inventando la rueda; seguimos una fe probada por mártires y generaciones fieles. Las doctrinas multicolores y extranjeras pueden parecer brillantes, pero la palabra del Señor permanece para siempre.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Amor para mi vida en su bala. En esta tarde estaremos hablando de qué ocurre luego de un encuentro con el Dios vivo, qué ocurre luego de un encuentro con el Dios vivo. Yo quiero invitarles a que abramos nuestras Biblias en la Epístola a los Hebreos, el capítulo 13. Vamos a leer los primeros 9 versículos de Hebreos capítulo 13. Abramos nuestras Biblias o encendamos nuestras Biblias; es importante que la mayoría de nosotros podamos tener nuestros ojos en la Escritura, así que compartamos nuestras Biblias físicas o nuestros teléfonos. Siempre el teléfono es un poco más egoísta, ¿verdad? ¿Por qué? Más chiquito. Entonces compartirlo con otra persona casi hay que poner cabeza con cabeza, pero en la medida de lo posible compartamos la Escritura, a fin de que estemos atentos a aquello que el Señor nos quiere mostrar.
Dice así la Palabra: "Permanezca el amor fraternal. No os olvidéis de mostrar hospitalidad, porque por ella algunos sin saberlo hospedaron ángeles. Acordaos de los presos como si estuvierais presos con ellos, y de los maltratados, puesto que también vosotros estáis en el cuerpo. Sea el matrimonio honroso en todos y el lecho matrimonial sin mancilla, porque a los inmorales y a los adúlteros los juzgará Dios. Sea vuestro carácter sin avaricia, contentos con lo que tenéis, porque Él mismo ha dicho: 'Nunca te dejaré ni te desampararé.' De manera que decimos confiadamente: 'El Señor es el que me ayuda, no temeré. ¿Qué podrá hacerme el hombre?' Acordaos de vuestros guías que os hablaron la Palabra de Dios, y considerando el resultado de su conducta, imitad su fe. Jesucristo es el mismo ayer y hoy y por los siglos. No os dejéis llevar por doctrinas diversas y extrañas, porque buena cosa es para el corazón el ser fortalecido con la gracia, no con alimentos de los que no recibieron beneficio los que de ellos se ocupaban."
Definitivamente, cada vez que nosotros vamos a la Escritura vamos a encontrar claramente establecido un manual de vida y de comportamiento. No hay duda que nosotros no estamos llamados a ser simplemente espontáneos en nuestra fe. De una manera muy clara y detallada, el Señor ha ocupado tiempo, ha ocupado siervos y ha dejado Su Palabra eterna para que de una manera u otra nosotros seamos conscientes de aquello que el Señor espera que vivamos. Lo mismo que las adoraciones que cantamos: las cantamos como una expresión de aquello que como pueblo de Dios nosotros queremos llegar a ser. Pero la cosa no es tan sencilla en la vida diaria.
No hay duda que estamos pasando por un tiempo en que el cristianismo está siendo atacado, como lo dijo nuestro pastor, por diferentes frentes. No solamente estamos viviendo profundos cambios hacia una sociedad poscristiana donde los valores cristianos que sustentaban esta civilización occidental están siendo trastocados, sino que también, para poder justificar esos cambios radicales, todo aquello que tenga que ver con el cristianismo está siendo tergiversado, torcido o simplemente desechado. Vas a ver los medios de comunicación, el cine y la televisión para descubrir que no hay cristiano que quede con cabeza en el cine y la televisión. Todo es caricaturizado, todo es degradado; los ministros, los cristianos y sus creencias son llevados en son de broma hacia algo que simplemente es desnaturalizado.
Los que estamos siguiendo las diferentes informaciones y este tremendo tsunami, como lo expresó nuestro pastor, que está cayendo sobre la sociedad contemporánea, nos damos cuenta de que cada vez que presentamos algún tipo de argumento en favor del cristianismo —en los medios o en cualquier otro lugar— inmediatamente somos tildados como fanáticos, como fomentadores de odio, como intransigentes, como intolerantes, como anticuados, como hipócritas y muchos adjetivos más. Eso trae como consecuencia que de alguna manera nosotros nos veamos alterados por esa situación. Algunos quizás queremos evitar las dificultades. Otros estamos siendo confundidos con tantos pensamientos opuestos.
Luego, al saber que el cristianismo no es tan homogéneo como quisiéramos, sino que de alguna manera podríamos decir que es multicolor y diverso, a veces escuchamos siervos que hablan de una manera, algunos cristianos que actúan de otra manera, y nos preguntamos entonces: ¿cuál es la medida? ¿Qué es lo que nosotros debemos hacer? ¿Cómo es que nosotros debemos actuar? Es evidente que si nosotros leemos Hebreos capítulo 13 nos damos cuenta de que hay una norma, de que hay un contenido, de que hay algo que nosotros debemos reconocer en todos aquellos que se llaman cristianos.
Pero, ¿es solo una norma? ¿Es solamente un conjunto de creencias y un conjunto de mandamientos que nosotros debemos obedecer, como quien sigue las reglas de un club para poder ser parte de ese club? Definitivamente no se trata de esto. Si nosotros podemos seguir en la línea del pensamiento del autor de Hebreos, nos damos cuenta de que aquello que nos caracteriza como cristianos no es primariamente el seguir determinadas normas, sino el haber tenido un encuentro con el Dios vivo y verdadero. Es eso lo que nos caracteriza; eso es lo inexplicable de nuestra relación con Dios. Nosotros, que vivíamos ajenos a la vida de Dios, un día el Señor nos detuvo en el camino —como detuvo a Saulo en el camino a Damasco— y nosotros fuimos transformados por completo, porque Alguien que era más grande que nosotros, más poderoso que nosotros, nos detuvo y cambió nuestra vida para siempre.
Eso es justamente aquello que el autor de Hebreos presenta con antelación, antes de dar a conocer aquellos deberes que nos corresponden a nosotros como cristianos. Estoy seguro de que más de uno de nosotros quiere vivir de esa manera. Pero, ¿por qué es que vivimos de esa manera? ¿Qué ocurre después de nuestro encuentro con el Creador?
Yo quiero invitarles a que leamos por un momento Hebreos capítulo 12, a partir del versículo 18 hasta el versículo 24. De una manera muy gráfica, de una manera muy pictórica, el autor de Hebreos presenta y trata de mostrar la magnificencia de la presencia de ese Dios del cual él está predicando. Él dice: "Porque no os habéis acercado a un monte que se puede tocar, ni a fuego ardiente, ni a tinieblas, ni a oscuridad, ni a torbellino, ni a sonido de trompeta, ni a ruido de palabras tal que los que oyeron rogaron que no se les hablara más, porque no podían soportar el mandato: 'Si aun una bestia toca el monte, será apedreada.' Tan terrible era el espectáculo que Moisés dijo: 'Estoy aterrado y temblando.' Vosotros, en cambio, os habéis acercado al monte Sión y a la ciudad del Dios vivo, la Jerusalén celestial, y a miríadas de ángeles, a la Asamblea General e Iglesia de los Primogénitos que están inscritos en los cielos, y a Dios el Juez de todos, y a los espíritus de los justos hechos ya perfectos, y a Jesús el Mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la sangre de Abel."
Lo que nosotros encontramos aquí es una presentación majestuosa de la gloria de Dios, una presentación majestuosa en donde el autor de Hebreos la presenta en dos momentos determinados de la historia de la humanidad. La primera presentación es el monte Sinaí, es el antiguo pacto, es el momento en donde el Señor da a conocer la realidad del ser humano y la esperanza de un sacrificio eterno que vendría en el futuro. Si nosotros percibimos bien la claridad de aquello que el autor de Hebreos está tratando de presentar, nos muestra a un Dios imponente y grande en medio de un fuego ardiente, de tinieblas, de oscuridad, de torbellino; un Dios que hablaba con tal fuerza y con tal magnitud que el pueblo prefirió que Dios se callara y que hablara solo con Moisés. Un Dios que había puesto Sus pies sobre ese monte y ese monte se había declarado completamente santo; ni aun una bestia podía acercarse al monte sin que muriera apedreada.
Aparentemente, este Dios en Su santidad estaba allí solo en presencia de un pueblo atemorizado. Sin embargo, en medio de la historia de redención, nuestro Señor Jesucristo viene y cumple Su promesa: el velo es roto, de tal manera que nosotros, que nos hemos acercado a Él en salvación, recibimos de parte de Él la redención. ¿Y qué sucede? Nosotros pasamos de ver a un Dios solitario en medio de Su grandeza a lo que aparece en el versículo 22.
"Vosotros, en cambio, os habéis acercado al monte Sión, a la ciudad del Dios vivo, la Jerusalén celestial, y a miríadas de ángeles, a la Asamblea General e Iglesia de los Primogénitos que están inscritos en los cielos, y a Dios el Juez de todos, y a los espíritus de los justos hechos ya perfectos, y a Jesús el Mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la sangre de Abel."
Si ustedes prestan atención, en esta segunda presentación el Señor ya no está solo. El Señor está allí en el monte Sión; ya no está en el monte Sinaí, un monte solitario y pedregoso en donde no hay nada de vida. Ahora el Señor está en medio de una ciudad, está en medio de la Jerusalén celestial, está en medio de un incontable número de ángeles que le cantan alabanzas y que le dan gloria a Él. Y no solamente están ellos, sino que también estamos nosotros delante de la presencia del Señor. El versículo 23 dice que está la Asamblea General, la Iglesia de los Primogénitos que están inscritos en los cielos; está el Señor, el Juez de todos; los espíritus de los justos hechos ya perfectos; y en medio de todo está nuestro Señor Jesucristo, quien es el gran Mediador del nuevo pacto.
No hay duda de que hay una gran transformación. No hay duda de que ese es el Dios a quien nosotros nos hemos acercado: un Dios que en gracia y en misericordia nos ha aceptado en Su presencia, y nosotros nos hemos acercado a Él con libertad por medio de la obra que nuestro Señor Jesús ha realizado.
Es evidente que Él ha hecho una obra transformadora en medio nuestro, que Él nos ha inscrito en los cielos por su soberana voluntad. El Señor ha inscrito nuestros nombres en el libro de la vida y nosotros podemos estar ahora allí, en medio de su presencia. Eso es lo que el autor de Hebreos está presentando: la grandeza de nuestro Dios, pero la cercanía con la que nosotros nos podemos acercar delante de Él. Esa es nuestra garantía, esa es nuestra introducción, esa es la relación que nosotros tenemos con ese Señor.
De tal manera que más adelante, en el versículo 28, perdón, el autor dice: "Por lo cual, puesto que recibimos un reino que es inconmovible, demostremos gratitud, mediante la cual ofrezcamos a Dios un servicio aceptable con temor y reverencia, porque nuestro Dios es fuego consumidor." Nuestro Dios sigue siendo fuego consumidor. Nuestro Dios no ha cambiado en su carácter. El Dios del monte Sinaí, grandioso y potente, digno de sobrecogimiento por parte del ser humano, es el mismo Dios del nuevo pacto. La gran diferencia es que nosotros tenemos ahora la posibilidad de expresar la gratitud porque su salvación está completa, porque nosotros en Jesucristo podemos acercarnos delante de Él con absoluta libertad, y este Dios que es fuego consumidor nos ama de tal manera que nosotros podemos caminar con Él sin ser destruidos.
El autor de Hebreos es muy claro: hemos recibido un reino inconmovible y, por lo tanto, yo debo demostrar gratitud. La gratitud no se puede esconder. La gratitud tiene que ser expresada para que se convierta en gratitud tal como está descrita. Es la posibilidad de poder ofrecer un sacrificio a Dios, y es muy interesante que allí en el versículo 28, cuando dice "ofrezcamos a Dios un servicio aceptable con temor y reverencia", la palabra "servicio" que el autor de Hebreos está utilizando es una palabra muy interesante. Porque no habla de un servicio eclesiástico, no habla de una tarea religiosa, no habla de una tarea en la iglesia, sino que más bien la palabra que él usa es la que se usaba cuando se contrataba a un experto, a un maestro artesano, para realizar algún tipo de tarea.
Si alguien tenía la habilidad para realizarla, se le contrataba para realizar esa tarea. De tal manera que cuando el Señor nos dice en su Palabra que nosotros mostremos gratitud a través de un servicio aceptable, lo que el Señor me está diciendo es que Él nos ha capacitado para poder realizar esa tarea de gratitud para con Él. No estamos atados de manos, no nos declaramos incapaces, no podemos declararnos ignorantes. Es interesante que podemos afirmar con libertad que el Señor ha trabajado en nuestras vidas y nosotros podemos demostrarle gratitud a Él y ofrecerle un servicio aceptable con sumo respeto a nuestro Dios, porque Él es fuego consumidor.
Ahora bien, cuando nosotros vamos entonces delante del Señor, ¿qué es lo que Él espera de nosotros luego de que hemos tenido un encuentro con el Dios vivo? Si tenemos un testimonio cristiano, si decimos llamarnos cristianos, todos nosotros tenemos en nuestro testimonio el testimonio de ir camino a Damasco y ser detenidos por el Dios vivo y verdadero. Todos nosotros los que nos llamamos cristianos reconocemos que no se trató de un proceso de aprendizaje, no se trató simplemente de que acepté una filosofía que me pareció la mejor opción sobre otras, no se trató simplemente de que yo nací en un hogar cristiano o en una sociedad cristiana y por lo tanto yo me denomino cristiano. Yo he reconocido que en mi vida yo estaba apartado y separado de Él, sujeto a mis propias pasiones y a mis propios pecados, que no entendía, no conocía, no podía entender y no podía conocer los caminos de Dios.
Y en un momento determinado de mi vida, el Señor me detuvo, se presentó delante de mí y me ofreció el sacrificio de Cristo hecho a mi favor. No se trata de mí, se trata de Él. El Dios que es fuego consumidor se presentó delante de mí no para consumirme, sino para purificarme por su sola voluntad. De tal manera que al ser sometido a ese horno, el Señor produjo un cambio permanente que se debe manifestar en algunas características específicas, que son justamente las que aparecen en Hebreos, el capítulo 13.
Por favor, leamos nuevamente los primeros cuatro versículos de Hebreos, el capítulo 13. Dice así: "Permanezca el amor fraternal. No os olvidéis de mostrar hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles. Acordaos de los presos, como si estuvierais presos con ellos, y de los maltratados, puesto que también vosotros estáis en el cuerpo. Sea el matrimonio honroso en todos y el lecho matrimonial sin mancilla, porque a los inmorales y a los adúlteros los juzgará Dios."
Cuando yo he tenido un encuentro con el Dios vivo y verdadero, con el Dios que es fuego consumidor, y yo no he sido consumido con ese fuego y yo no he sido destruido, es simplemente porque Dios me ha amado más de lo que yo podía entender. Es importante percibir que la primera razón por la que yo no he sido destruido ante la presencia de Dios, a pesar de mi condición de pecado, es producto de su amor. "Mas Dios muestra su amor para con nosotros en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros." De tal manera que el amor de Dios se ubica en la primera línea que nos transforma, y se ubica en la primera línea en la manifestación de la transformación que el Señor ha hecho en mí.
Por eso es que no cabe duda de que el amor ocupa un lugar preferente en todas las Escrituras: "Amarás al Señor tu Dios por sobre todas las cosas." Ocupa un lugar preferente en el testimonio que nosotros damos como seguidores del Señor: "En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuvierais amor los unos para con los otros." Por lo tanto, no podemos dejar de afirmar y reafirmar una y otra vez que el amor de Dios manifestado a través de nosotros es una de las características principales que nosotros debemos mantener y hacer prevalecer en nuestra vida.
Dice el versículo uno: "Permanezca el amor fraternal." Es interesante que el amor entre aquellos que nosotros consideramos nuestros hermanos tiene que ser una muestra visible de nuestra relación con el Dios vivo y verdadero, pero que debe permanecer en el tiempo. Porque no hay nada más difícil que mantener el amor entre pecadores. Las rupturas, los desacuerdos, las traiciones, los menoscabos, las intrigas, los chismes y muchas cosas más están a la orden del día entre los seres humanos. Es evidente que nosotros tenemos que poner todo nuestro esfuerzo para que permanezca el amor fraternal en medio nuestro.
Pero ¿por qué tiene que permanecer? ¿Porque mi hermano lo merece? No. Porque yo no lo merecía y el Dios que es fuego consumidor me aceptó a pesar de lo que era, no me destruyó, me recibió y me dio vida. Es el amor de Dios manifestado en mi propia vida el que hace que yo también tenga que amar a mis hermanos. No son mis hermanos la causa de mi amor; es el amor de Dios en mí la causa de que yo ame a mis hermanos. Permanezca el amor fraternal. Si hay una manifestación de nuestra filiación con un Dios eterno que nos ama profundamente, es que yo pueda amar con duración, con firmeza, con constancia, con perseverancia, con estabilidad a mi hermano, a pesar de su condición, que a pesar de mi condición así me ama el Señor.
Aunque yo soy infiel, Él permanece fiel. Por la mañana Él renueva su misericordia y por la noche yo canto de su fidelidad. El Dios que es fuego consumidor me ama profundamente, me ama hasta el punto de no destruirme. ¿Por qué habría yo de destruir a mi hermano que está cerca de mí? Permanezca el amor fraternal. Es una de las primeras condiciones que el Señor establece porque es la base de nuestra relación con Él. La base de mi relación con Él es su amor inalterable para conmigo; la base de mi relación contigo tiene que ser el hecho de que yo haga permanecer mi amor para contigo, a pesar de que yo sé que muchas veces no lo mereces, pero yo nunca lo merezco para con Él. ¿Por qué te voy a poner condiciones a ti?
Siempre decimos que es tan difícil convivir entre nosotros y poder hacer que el amor perdure. Por eso es que nos encanta el Facebook: porque yo puedo tener 400 amigos en el Facebook y ninguno en mi vecindario. Yo puedo tener 800 amigos en el Facebook pero nadie me tolera en el trabajo, porque es más fácil poner frases en un lugar en donde no hay presencia real, que tratar a las personas en medio de la vida. Permanezca el amor fraternal. El amor fraternal permanece porque así de permanente es el amor de Dios para conmigo. Si el amor de Dios para conmigo cambiase, yo podría cambiar contigo; pero como no cambia, se la devuelvo al Señor, y no te la debo a ti, sino a Él, porque de tal manera amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que yo pudiera recibir la vida que de otra manera no hubiera recibido más que condenación. Yo no puedo condenarte porque el Señor no me condena. Permanezca el amor fraternal. Mi Dios es fuego consumidor y Él con su fuego me abraza, y hace que yo no me queme bajo la cobertura de su amor, que es el mismo amor con que espera que yo ame a los demás.
En segundo lugar, el amor no solamente se muestra entre los que están más cercanos a mí. Ya es difícil amar a los que están cerca a mí, que son de mi propia sangre, de mi propia familia. Ahora se añade un escalón. Dice el versículo dos: "No os olvidéis de mostrar hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles." El autor de Hebreos está extendiendo un escalón más en su apreciación del amor. Para nosotros, la hospitalidad tiene que ver con el hecho de atender a otra persona; sin embargo, en el tiempo antiguo, la hospitalidad era uno de los principios fundamentales de la fe cristiana. Ser hospitalario era una de las características que el apóstol Pablo consideraba que eran de las más importantes en la elección de un obispo. El obispo tenía que ser hospitalario, hospitalarias tenían que ser también las iglesias; las iglesias estaban llamadas a ser hospitalarias.
Y aun el apóstol Pablo le reclamaba un espíritu de hospitalidad a las personas más pobres dentro de la congregación, que eran las mismas viudas. ¿Por qué? Porque la hospitalidad es otra manifestación del amor de Dios para con nosotros. La palabra hospitalidad viene de una palabra latina, en donde la raíz de esa palabra es la palabra *hospes*. La palabra *hospes* es extraño o extranjero; es atender a aquel que no pertenece a tu propio grupo, a tu propia cultura, a tu propia nación, a tu propia familia.
Y nuevamente el carácter de hospitalidad no tiene que ver con las necesidades del que viene de lejos, sino con el recordar que el Dios vivo y verdadero, que es fuego consumidor, me recogió cuando yo no era nadie, sino que era ajeno a la vida de Dios y vivía dependiendo del reino de las tinieblas. El Señor me atrajo para él cuando yo era enemigo suyo, y el Señor me mostró su amor hasta entregarme un reino inconmovible al lado de su propio Hijo, ¿no es así, Señor Jesucristo? Ese es el ejemplo que yo tengo; por lo tanto, la hospitalidad forma parte de mi naturaleza.
Y el Señor Jesucristo lo dice de una manera tan clara: "Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tenéis? ¿No hacen también lo mismo los recaudadores de impuestos? Y si ustedes saludan a sus hermanos, ¿qué hacéis más que otros? ¿No hacen también lo mismo los gentiles? Por tanto, sed vosotros perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto." Eso es lo que dice Mateo capítulo 5.
Nosotros no nos hemos encontrado con un personaje cualquiera en la vida; nos hemos encontrado con el Dios vivo y verdadero. Nadie más alejado de él que yo mismo en mi condición de pecado, y ese fue el momento en que él me recibió. Por lo tanto, validando esa actitud de parte de mi Dios, yo también tengo esa misma actitud para con el extranjero.
¿Y qué es lo que significa recibir a un extranjero? Yo se los voy a decir de una manera muy práctica. Yo tengo más de veinte años viviendo fuera de mi país, en diferentes lugares; por lo tanto, yo sé lo que es ser extranjero en tierra ajena. Pero yo les voy a contar dos cosas que me pasaron ahora que estuve de viaje. Ustedes saben —algunos de ustedes saben— que yo estuve llevando a mi hija para dejarla en la universidad en los Estados Unidos. Algo doloroso, pero lo hicimos. Pasó.
Estábamos en una tienda, y estábamos hablando con la señorita que atiende, que tenía apariencia latina, pero estábamos hablando con ella en inglés, mientras nosotros —que éramos tres, ya no somos tres, ahora somos dos, pero en ese momento éramos tres— estábamos hablando en español entre nosotros. En un momento la señorita no pudo más y nos dijo en español: "Disculpen que les pregunte, pero ¿ustedes no serán dominicanos?" Eso se llama estar aplatanado.
Y no solamente eso, porque eso puede pasar, ya me estaban afueriando de nuevo. Cuando ya me habían garantizado el pasaporte, ya me estaban afueriando. Los de aquí me afuerían. Pero en la segunda oportunidad, yo estaba en la casa de Joe Ambelos, el que está estudiando con este grupo en el seminario, en Kentucky. Y él me dijo: "Yo quiero que tú conozcas a un compatriota tuyo, que es el encargado de mantenimiento del edificio donde yo vivo." "Ok", le dije, "pero vaya, otro peruano, vamos a conocer otro peruano." Entonces, cuando él me lleva donde esta persona, esta persona me dice: "Yo lo vi, y la verdad es que no quise acercarme, porque como usted habla igual que ellos, yo nunca pensé que usted era peruano."
Entonces, hermanos, ¿qué es la hospitalidad? La hospitalidad tiene que ver con llegar al punto en que el que viene de afuera pueda sentirse parte de adentro. Cuando el que viene de afuera y extraña su familia puede encontrar familia; cuando el que está fuera y extraña sus comidas puede encontrar que hay otras comidas; cuando la persona añora, aquí puede encontrar ese sentimiento. El Señor nos habla en su Palabra de cosas sencillas, pero tan importantes, porque son la demostración evidente de su amor para con nosotros.
El Señor también nos recogió cuando éramos extranjeros, cuando no teníamos ciudadanía, y el Señor nos hizo ciudadanos de su amado reino, del reino de su amado Hijo Jesucristo, como dice la Palabra. Y la exhortación continúa: "Permanezca el amor fraternal, no se olviden de mostrar hospitalidad", y en el versículo 3 dice: "Acuérdense de los presos como si estuvierais presos con ellos, y de los maltratados, puesto que también vosotros estáis en el cuerpo."
El amor para con los necesitados: primero, es hacer que mi amor por los míos permanezca, y ya eso es difícil, ¿sí o no? El amor para los míos es difícil. El amor para alguien que viene de afuera, más difícil. Pero ahora el Señor está diciendo: "Miren, amor para con los necesitados", que se traduce en identificación. "Acuérdate de los presos como si tú estuvieras preso con ellos, y de los maltratados, puesto que también ustedes están en el cuerpo."
Que nosotros podamos tener un sentido de identificación con aquellos que padecen necesidad, porque ese es el sentido de identificación que el Señor tuvo conmigo. En medio de mi tribulación, de mi angustia, de mi dolor y de mi pena, cuando yo no tenía a nadie más a quien recurrir, no es que yo fui al Señor: el Señor vino a mí y me rescató. Él vino a mí y me buscó. Él vino a mí cuando mis ojos estaban puestos en cualquier cosa, y Él sintió mi dolor, vivió mi dolor, hasta el punto en que su Hijo, su Cristo, pagó por mis pecados en la cruz del Calvario. Él sufrió mi pecado como yo nunca lo he sufrido.
Esa es la demanda que el Señor nos hace: acuérdense de los presos, pero no basta solamente con saber que hay presos, sino como si tú estuvieras preso con ellos; como si tú estuvieras sintiendo la angustia de la ausencia de libertad; como si tú estuvieras sintiendo en tu propio cuerpo el dolor de la enfermedad. Ese es el grado de identificación en amor que el Señor tiene para con nosotros, porque el Señor se duele de nuestro pecado como a nosotros no nos duele. El Señor sintió con profundidad lo hondo de nuestra condenación como nosotros nunca lo sentiremos.
De tal manera que no se trata del preso; se trata de lo que el Señor hizo por mí. Se trata de que yo me encontré con ese Dios que es fuego consumidor, y que en medio de su soberanía y en medio de su grandeza, el Dios que sostiene el universo en la palma de su mano pudo escuchar a este grano de arena y tener misericordia de mí, como yo no la voy a tener de aquel que está padeciendo necesidad.
Permanezca el amor fraternal, no se olviden de mostrar hospitalidad, acuérdense de los presos y de los maltratados. Y en el versículo 4 aparece de manera interesante esta cuarta expresión del amor: "Sea el matrimonio honroso en todos." Es interesante que aquí el autor de Hebreos no está dando un mandamiento; está haciendo una observación, una realidad que tiene que formar parte de todas nuestras realidades. El autor de Hebreos no intenta dar una recomendación, sino que establece una condición que debería ser general entre los cristianos.
Si el Señor ha derramado su amor en medio nuestro, si el Señor me ha sostenido en medio de la condición en la que yo me encuentro, pues mi hogar, mi matrimonio, mi relación conyugal tiene que ser considerada como algo valioso, como algo reconocido, como algo recomendable. "Sea el matrimonio honroso en todos." No se trata solamente de amar fraternalmente, no se trata solamente de ser hospitalario, no se trata solamente de ir en ayuda de aquellos que están en necesidad, sino de que yo no esté descuidando aquello que el Señor me ha entregado: el centro de toda mi relación, que es mi propia familia.
Si el Señor ha operado en mí, el Señor me hace que yo sea parte de su propia familia; el Señor me lleva a su reino; el Señor me lleva a tener comunión con él en medio de toda su grandeza. Y esa comunión perfecta tiene que estar representada en la comunión de mi propio hogar: un hogar que tiene que ser valioso delante de mis ojos, un hogar que tiene que ser la representación del reino de los cielos en medio de esta tierra, un hogar que tiene que ser reconocido de tal manera que pueda ser el testimonio de lo que yo soy en medio de mi propia casa.
Estas son las características de aquello que nos lleva a reconocer nuestro encuentro con un Dios vivo y verdadero, por lo que él ha hecho por mí. Él no me lleva a su reino simplemente para concederme la posibilidad de ser un ciudadano distante de la patria celestial; el Señor me hace su hijo, el Señor me hace parte de su propia familia, el Señor me lleva a tener una comunión tan íntima como la que tienen las mismas personas de la Trinidad. El Señor quiere que yo disfrute su hogar de la misma manera en que nosotros debemos disfrutar de un hogar transformado por la presencia del Señor. "Sea el matrimonio honroso en todos", y eso va a redundar en todas las otras cosas que el Señor va a hacer en nuestra vida, de una manera clara y tajante.
El amor práctico es un eje fundamental en la manifestación evidente de que hemos tenido un encuentro con el Señor. Pero así como el amor es esa manifestación, también hay un desamor, porque dice el versículo 5: "Sea vuestro carácter sin avaricia, contentos con lo que tenéis, porque él mismo ha dicho: 'Nunca te dejaré ni te desampararé', de manera que decimos confiadamente: 'El Señor es el que me ayuda; no temeré. ¿Qué podrá hacerme el hombre?'" Así como en el versículo 4, en el versículo 5 se presenta una actitud y una condición que no está representada como un mandamiento, sino como una realidad que debe estar latente en todos aquellos que han tenido un encuentro con su Creador.
Sea vuestro carácter sin avaricia, contentos con lo que tenéis. Ahora nuevamente nos encontramos con una realidad, con la realidad de que nosotros hemos sido incorporados al reino de los cielos, de que hemos tenido un encuentro con el Dios vivo y verdadero. De tal manera que aún el eje mismo de todos nuestros deseos, de todas nuestras motivaciones, de todo aquello que nosotros consideramos valioso, ha recibido una onda termonuclear de cambio. Sea vuestro carácter sin avaricia. El autor de Hebreos está diciendo que la esencia de lo que nosotros somos tiene que ser un carácter que esté satisfecho con lo que es y con lo que tiene.
La palabra "avaricia" aquí en el griego no es una palabra común; es la palabra que se traduce literalmente como "sin amor al dinero", sin amor al dinero. Esa es la palabra original en el griego. Pero lo interesante es que el amor al dinero no es circunstancial, tiene que ser un fundamento de mi carácter, o sea, tiene que estar engranado en mi propia personalidad. ¿Cómo es que yo logro esto? Pues el pasaje lo dice con mucha propiedad y con mucha claridad, porque él mismo ha dicho: "Nunca te dejaré ni te desampararé; el Señor es el que me ayuda, no temeré; ¿qué podrá hacerme el hombre?"
Nunca te dejaré ni te desampararé. El Señor está con nosotros de tal manera que nuestra medida de contentamiento es Él mismo, porque Él está conmigo, cualquiera sea mi situación. El Señor que vino a mi rescate, el Señor que me ama profundamente, es la fuente de toda mi satisfacción. Él es el que me ayuda, Él es el que nunca me deja ni me desampara, Él es el camino, es el que camina conmigo todos los días de mi vida. ¿Estás caminando de esa manera con el Señor?
Finalmente, los versículos 7 al 9 dicen: "Acordaos de vuestros guías que os hablaron la palabra de Dios; y considerando el resultado de su conducta, imitad su fe. Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos. No os dejéis llevar por doctrinas diversas y extrañas, porque buena cosa es para el corazón el ser fortalecido con la gracia, no con alimentos de los que no recibieron beneficio los que de ellos se ocupaban."
Uno de los aspectos más terribles de vivir en una sociedad tan cambiante como la nuestra es el hecho de que nosotros también estamos siendo tentados a cambiar una y otra vez. Muchos están hablando de que el cristianismo tiene que evolucionar en sus conceptos, que tiene que evolucionar en sus principios. Y nosotros, creyendo a veces que así como la tecnología se renueva cada tres meses —así como el iPhone 3 ya no vale nada ahora que salió el iPhone 6—, pensamos que también hay muchas cosas de la vida que tienen que desaparecer porque se vuelven obsoletas. Pero no todo en la vida es obsoleto; hay cosas que son permanentes, que permanecen para siempre y que son el sustento de lo que es nuestra vida en esta tierra.
Volviendo al ejemplo de nuestro Señor: el mismo Señor que mantiene este pequeño planeta azul girando en la justa medida alrededor del sol, en el momento y en el tiempo propicio, bajo principios y leyes que Él ha establecido y que son eternas, así también hay leyes eternas que mantienen la vida espiritual con la que nosotros caminamos delante de Él. Y por eso es que el autor de Hebreos nos invita a no inventar la rueda como cristianos. Él dice en el versículo 7: "Acordaos de vuestros guías que os hablaron la palabra de Dios, y considerando el resultado de su conducta, imitad su fe."
Sería muy injusto y muy egoísta pensar que el Señor vino a nosotros de una manera tan especial que yo tengo que diseñar mi propio cristianismo. Eso no es verdad. El Señor no hace acepción de personas; el Señor nos llama a todos bajo la misma condición de pecadores y a todos nosotros nos ofrece la misma salvación en Jesucristo. Por lo tanto, así como en Hebreos 12 y en Hebreos 11 se nos habla de esa gran nube de testigos, nosotros también tenemos seres humanos que, consagrándose al Señor, nos permiten observar sus vidas para poder imitar su fe. Y en la medida en que observamos estas vidas con detenimiento y con respeto, nosotros podemos observar también nuestras propias vidas y descubrir el camino por el cual nosotros tenemos que andar.
No se trata de que ellos son del pasado y ahora todo es hecho nuevo; se trata de que ellos vivieron vidas consagradas delante de un Dios que no cambia, y por lo tanto nosotros podemos seguir su ejemplo para caminar en la misma medida de vida en que ellos también caminaron. Y por eso es que el autor de Hebreos dice: "Acordaos de vuestros guías que os hablaron la palabra de Dios, y considerando el resultado de su conducta, imitad su fe." Seamos capaces de observar lo que otros han vivido, no solamente los pastores actuales sino también otras generaciones de cristianos que glorificaron al Señor con sus vidas de principio a fin.
Pero más allá de todo eso, en la lógica del escritor de Hebreos, él continúa diciendo algo que nosotros no debemos olvidar. Él dice que su Cristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos; Él es nuestro eje central de movimiento. El Señor Jesucristo es la piedra angular sobre la cual todo el edificio es construido, de tal manera que nuestro Señor no cambia y por lo tanto nuestra observación de la vida no cambia, porque el cielo y la tierra pasarán, pero sus palabras no pasarán. Se secará la hierba y se marchitará la flor, pero la palabra de nuestro buen Dios permanecerá para siempre.
En medio de tantos cambios, nosotros tenemos que afirmarnos en aquello que es eterno, y tenemos la convicción de que la palabra de Dios es eterna. Jesucristo no es un personaje de la historia; Jesucristo es el Dios que salva hoy. Jesucristo sigue siendo el mismo que, entrando en Jerusalén hace dos mil años, escuchaba al pueblo decir: "¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!" Dos mil años después, el Señor Jesucristo sigue entrando con el mismo poder en la vida de hombres y mujeres que siguen diciendo: "¡Hosanna! ¡Bendito!" El Señor no ha cambiado; su poder es inalterable, sus palabras permanecen, Él sigue siendo el mismo ayer, hoy y por los siglos.
Por eso es que decimos "Hosanna", porque "Hosanna" significa "salva hoy, Señor". Él salvó ayer, pero Él sigue salvando hoy y seguirá salvando mañana, porque el Evangelio sigue siendo poderoso para salvar hoy. Nuestro Señor es inalterable, de tal manera que ¿quién es el hombre para decirnos que tenemos que alterar el Evangelio de Jesucristo, que tenemos que cambiar sus premisas o que tenemos que entender de una manera diferente sus enseñanzas? El Señor ha sido sumamente claro, y no nos ha tocado a nuestra generación solamente interpretar las Escrituras; tenemos una nube de testigos, de intérpretes, que vivieron la palabra de Dios fielmente, y ellos son testigos ante los cuales nosotros también tendremos que dar cuenta. Porque nosotros somos cristianos de una gran línea de cristianos que a lo largo de los siglos han dado cuenta de su fe en el Señor.
Por eso es que el pasaje acaba diciendo en el versículo 9: "No os dejéis llevar por doctrinas diversas y extrañas, porque buena cosa es para el corazón el ser fortalecido con la gracia." No os dejéis llevar por doctrinas diversas y extrañas. La expresión "dejarse llevar" significa ser arrastrado. Hoy por hoy pareciera que nosotros tendríamos que dejarnos ser arrastrados por nuevas concepciones de nuestra fe y del cristianismo; sentimos que crece como si soplara el viento, como un tsunami que nos lleva a cambiar nuestras apreciaciones fundamentales de la vida y del ser humano. Pero el autor dice: no te dejes llevar por doctrinas diversas y extrañas.
Es interesante que de una manera muy gráfica el autor de Hebreos utiliza la palabra "diversas", porque "diversas" es multicolor en el original. Lo que el autor de Hebreos está diciendo es: no te dejes llevar por una doctrina de diversos colores, por una doctrina extraña, una doctrina de extranjeros, una doctrina que no ha estado en la familia de los cristianos nunca y que ahora se trata de imponer. No, no te dejes llevar. Recuerda que Jesucristo es el mismo ayer, hoy y por los siglos. Se trata de Él y no de nosotros; se trata de que Él permanece para siempre y no de esta sociedad que hoy está y mañana deja de ser; se trata de aquellos que nos antecedieron y que vivieron una vida consagrada al Señor, y por lo tanto nosotros también les debemos respeto a ellos, porque somos continuadores de esa misma fe.
No te dejes llevar por doctrinas diversas y extrañas, porque buena cosa es para el corazón el ser fortalecido con la gracia. Nuevamente, hermano, aquí no se trata de que nosotros estamos siendo intransigentes, no se trata de que nosotros estamos siendo fanáticos, no se trata de que nosotros estamos siendo fomentadores de odios, intolerantes, anticuados o hipócritas. Simplemente se trata de que nosotros tuvimos un encuentro con el Dios vivo y verdadero, y que ese Dios vivo y verdadero no ha cambiado, y que por lo tanto nosotros nos mantenemos firmes en aquello que ha sido la vida de tantos en mucho tiempo y que es la vida que fortalece también nuestra propia vida. Yo no puedo cambiar aquello que no me pertenece cambiar, porque es algo que le pertenece al Señor, y simplemente yo soy su seguidor. Yo no soy Dios; Él es Dios.
Por lo tanto, es muy probable que nosotros en las próximas semanas y meses nos llenemos de temor ante los insultos de los demás, y seguramente vamos a tratar de defendernos: algunos respondiendo que nosotros nos tenemos en la vida, algunos respondiendo con la misma violencia, y otros muchos tal vez tratando simplemente de acomodarse a los nuevos tiempos para hacer desaparecer la dificultad. Sin embargo, yo quiero proponerles en esta tarde que no tratemos de reinventar la rueda. Nosotros tenemos una larga tradición de nuestra fe; nuestro cristianismo ha sido probado con mártires y por varias generaciones de hombres y mujeres fieles que nos antecedieron, y muchos de ellos dieron su vida por causa del Evangelio.
Las características con las cuales nosotros debemos vivir son evidentes. Permanezcamos en amor unos con otros; dejemos las divisiones. Amemos como el Señor nos ama, amemos como el Señor nos ha amado. Seamos abiertos al extranjero y al extraño; démosle la oportunidad al extraño y al extranjero de ser parte de nosotros. Abramos las puertas como el Señor también abrió las puertas de su reino para nosotros, cuando no éramos nadie y no lo merecíamos. Acordémonos de los presos y de los maltratados, pero no solamente para recordarlos, sino para sentir en carne propia su dolor y su necesidad, de tal manera que nos mueva hacia la acción.
Hagamos valer nuestra vida de hogar, de tal manera que nuestra vida de hogar no sea un infierno en la tierra, sino que sea un pedazo del reino de los cielos en este planeta. Hagamos de nuestro hogar algo valioso; hagamos de nuestro hogar el centro en donde el milagro de la obra de Dios se manifieste. Que nuestro hogar sea honroso, que ahí donde solo el Señor ve, el Señor vea su gloria y su presencia. No vivamos como el resto de los seres humanos; que en nuestro carácter esté grabado el hecho de estar lejos de la avaricia, porque finalmente nuestro gran tesoro no es una cuenta de banco, sino la presencia del Señor en nuestra vida, haya mucho o haya poco.
Y por último, hermanos, mantengámonos firmes. Mantengámonos firmes caminando con el Señor, acordándonos de que no estamos inventando la rueda, acordándonos de que cuando alguien cuestiona algo de nuestra fe, no está hablándonos de algo que el pastor Miguel inventó hace quince años. Estamos hablando de una historia que tiene cuatro mil años de antigüedad; estamos hablando de un evangelio que tiene dos mil años, pero que en el corazón de Dios tiene una eternidad. Recordemos que no se trata de nosotros, que se trata de Él; que no se trata de la felicidad de los humanos, sino de la voluntad de Dios en la tierra. Recordemos que el hombre cambia, yo cambio, pero que su Cristo es el mismo ayer, hoy y por los siglos.
No dejes que nadie te arrastre con doctrinas multicolores o extranjeras que pueden parecer brillantes a los ojos, pero que te alejan del Evangelio y de la Palabra del Señor, que vive y permanece para siempre. ¿Por qué? Porque tarde o temprano el poder humano desaparecerá, como desapareció Nabucodonosor y como se irá Danilo, pero el reino de nuestro Señor permanecerá para siempre, y hacia allá es donde nosotros estamos dirigidos.
---
Esta es una producción que llega a ustedes gracias a los aportes de individuos y empresas comprometidos con la defensa de la fe. Para más información, preguntas y comentarios, visite nuestra página de internet: www.integridadsabiduria.org. Hasta la próxima, cuando nos reencontremos en su Palabra.
José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor, y autor del libro Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024). Ha servido como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en la República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú, donde enseña en el Instituto Integridad & Sabiduría y colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y juntos son padres de su hija Adriana.