La oración de Daniel en el capítulo 9 revela cómo ora un hombre que verdaderamente conoce a Dios. No comienza con sus necesidades sino con adoración: "Ay Señor, el Dios grande y temible, que guarda el pacto y la misericordia". Este profeta, a quien el ángel Gabriel llamó "muy amado" en el cielo, no se presenta con méritos propios sino apelando únicamente a la compasión divina. Daniel había leído en los escritos de Jeremías que el exilio duraría setenta años, y en lugar de simplemente esperar que el tiempo pasara, volvió su rostro a Dios en ayuno, cilicio y ceniza.
Lo extraordinario de esta oración es la identificación de Daniel con el pecado de su pueblo. Aunque él mismo era un hombre de espíritu extraordinario, no dice "han pecado" sino "hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos hecho lo malo, nos hemos rebelado". Usa múltiples palabras para describir la transgresión —perversidad, rebelión, infidelidad— porque la palabra "pecado" ha perdido su peso. Daniel reconoce que la calamidad sobre Jerusalén, sin igual bajo el cielo, era justa: el pueblo no quiso obedecer la voz de Dios, persiguió y mató a los profetas, y no prestó atención a la verdad.
Sin embargo, Daniel no acusa a Dios de falta de compasión. Su intercesión apela al honor divino: "Perdona, Señor, atiende y actúa por amor de ti mismo, porque tu nombre se invoca sobre tu ciudad y sobre tu pueblo". La pregunta que el pastor Núñez deja resonando es directa: ¿nos carga a nosotros la condición espiritual del pueblo de Dios como le cargaba a Daniel? Porque hasta que no haya arrepentimiento genuino, no habrá avivamiento.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Yo quiero invitarlos a abrazar la Palabra de Dios, en el mismo libro que estamos. Anoche, cuando cerramos la conferencia —"Por su causa" o "Jóvenes, por su causa"— estuvimos en el libro de Daniel, excepto que es un capítulo distinto. Yo voy a estar leyendo el capítulo 9, y lo voy a estar leyendo de la NBLH, o Nueva Biblia Latinoamericana; es la misma Biblia Latinoamericana con la excepción de que en vez de "vosotros" vamos a estar leyendo "ustedes". Si tú tienes la anterior, te darás cuenta de que básicamente es el mismo texto.
Vamos a estar leyendo toda la oración de Daniel. Hay una respuesta al final que no vamos a entrar en ella, de parte del ángel Gabriel, que viene y visita y trae una respuesta al profeta Daniel de parte de Dios, que tiene que ver con los últimos tiempos. Eso no es mi intención. Mi intención es ver a un hombre que conoce a Dios de manera especial y que sabe orar por el pueblo, y que a la hora de orar por el pueblo se ve como parte de ese mismo pueblo, de tal manera que el perdón que él pide por el pecado de esos otros es el mismo perdón que él entiende que él necesita. Esa identificación extraordinaria de Daniel con su pueblo, y la manera extraordinaria como esta oración es hecha, es lo que yo quiero que tú puedas ver conmigo en el día de hoy.
Comenzando en el versículo 1:
"En el año primero de Darío, hijo de Asuero, descendiente de los medas, que fue constituido rey sobre el reino de los caldeos, en el año primero de su reinado, yo, Daniel, pude entender en los libros el número de los años en que, por palabra del Señor que fue revelada al profeta Jeremías, debían cumplirse las desolaciones de Jerusalén: setenta años. Volví mi rostro a Dios el Señor para buscar la oración y súplicas en ayunos y cilicio y ceniza. Y oré al Señor mi Dios e hice confesión y dije: '¡Ay, Señor!, el Dios grande y temible que guarda el pacto y la misericordia para los que le aman y guardan sus mandamientos. Hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos hecho lo malo, nos hemos rebelado y nos hemos apartado de tus mandamientos y de tus ordenanzas. No hemos escuchado a tus siervos los profetas, que hablaron en tu nombre a nuestros reyes, a nuestros príncipes, a nuestros padres y a todo el pueblo de la tierra. Suya es la justicia, oh Señor, y nuestra la vergüenza en el rostro, como sucede hoy, a los hombres de Judá, a los habitantes de Jerusalén y a todo Israel, a los que están cerca y a los que están lejos, en todos los países a donde los has echado a causa de las infidelidades que cometieron contra ti. Oh Señor, nuestra es la vergüenza del rostro, y de nuestros reyes, de nuestros príncipes y de nuestros padres, porque hemos pecado contra ti. Al Señor nuestro Dios pertenece la compasión y el perdón, porque nos hemos rebelado contra Él y no hemos obedecido la voz del Señor nuestro Dios para andar en sus enseñanzas, que Él puso delante de nosotros por medio de sus siervos los profetas. Ciertamente todo Israel ha transgredido tu ley y se ha apartado sin querer obedecer tu voz; por eso ha sido derramada sobre nosotros la maldición y el juramento que está escrito en la ley de Moisés, siervo de Dios, porque hemos pecado contra Él. Y Él ha confirmado las palabras que habló contra nosotros y contra nuestros jefes que nos gobernaron, trayendo sobre nosotros gran calamidad, porque nunca se ha hecho debajo del cielo nada como lo que se ha hecho contra Jerusalén. Como está escrito en la ley de Moisés, toda esta calamidad ha venido sobre nosotros, pero no hemos buscado el favor del Señor nuestro Dios apartándonos de nuestra iniquidad y prestando atención a tu verdad. Por tanto, el Señor ha estado guardando esta calamidad y la ha traído sobre nosotros, porque el Señor nuestro Dios es justo en todas las obras que ha hecho, pero nosotros no hemos obedecido su voz. Y ahora, Señor Dios nuestro, que sacaste a tu pueblo de la tierra de Egipto con mano poderosa y te has hecho un nombre como hoy se ve, hemos pecado, hemos sido malos. Oh Señor, conforme a tus actos de justicia, aparta ahora tu ira y tu furor de tu ciudad de Jerusalén, tu santo nombre, porque a causa de nuestros pecados y de las iniquidades de nuestros padres, Jerusalén y tu pueblo son el oprobio de todos los pueblos que nos rodean. Y ahora, Dios nuestro, escucha la oración de tu siervo y sus súplicas, y haz resplandecer tu rostro sobre tu santuario que está desolado, por amor de ti mismo, Señor. Inclina tu oído, Dios mío, y escucha; abre tus ojos y mira nuestras desolaciones y la ciudad sobre la cual se invoca tu nombre. Pues no es por nuestros propios méritos que presentamos nuestras súplicas delante de ti, sino por tu gran compasión. Oh Señor, escucha; Señor, perdona; Señor, atiende y actúa; no tardes, por amor de ti mismo, Dios mío, porque tu nombre se invoca sobre tu ciudad y sobre tu pueblo.'"
Yo creo que esta es la oración más impresionante en toda la Biblia. Yo creo que tú puedes conocer mucho de un hombre o de una mujer, acerca de él y de su Dios, cuando le escuchas orar. Como tú lees esta oración, puedes sentir el palpitar del corazón de Daniel, que no era solamente un hombre que oraba, sino que cuando oraba adoraba. Hay dos cosas que están presentes en esta oración de este hombre. Número uno: el alto conocimiento de ese Dios que él tiene y la alta reverencia por el Dios del cielo y la tierra. Y número dos: como consecuencia de conocer ese Dios y el corazón de ese Dios, él tiene una preocupación genuina por la condición espiritual de su pueblo. Y ahí está la intercesión extraordinaria.
En el Antiguo Testamento, tú encuentras una oración muy similar de parte de Nehemías, el gobernador de Jerusalén, cuando el tercer retorno ocurre. Al igual que Daniel, Nehemías había estado en Babilonia, excepto que años después. Nehemías escucha acerca de la condición de la ciudad, como Daniel también. En Nehemías 1, por sí —en el otro es en el capítulo 4— escucha cómo, como reacción, Nehemías recibe el reporte: "Me dijeron del remanente, es decir, del pueblo de Dios, los que sobrevivieron a la cautividad, que allí en la provincia están en gran aflicción y oprobio, y la muralla de Jerusalén está derribada y sus puertas quemadas a fuego." Escucha ahora: "Y cuando oí estas palabras, me senté y lloré, e hice duelo por algunos días, y estuve ayunando y orando delante del Dios del cielo."
Yo menciono esto porque lo que cargó el corazón de Nehemías es lo mismo que carga el corazón de Daniel. Nehemías lloró, Nehemías hizo duelo, ayunó, oró. Daniel ayuna, se cubre de cilicio y de ceniza como señal de tristeza y arrepentimiento por todo el pueblo, donde él se incluye a sí mismo, como señal de humillación ante la condición espiritual del pueblo de Dios. Nehemías se carga no solamente por la condición del pueblo, sino por la condición física de las murallas y las puertas que están quemadas; pero por una razón: porque esta es la ciudad sobre la cual se invoca tu nombre, por eso se ha llamado tu santuario, tu santuario está en deterioro. Y Daniel se carga por la condición espiritual de ese mismo pueblo.
A manera de aplicación, yo quisiera ya comenzar y hacer un par de preguntas. ¿Estamos tú y yo cargados por la condición espiritual del pueblo de Dios en Latinoamérica, siendo que sabemos que la condición espiritual de la Iglesia Evangélica en nuestra región no es saludable? ¿Te carga la condición espiritual de la gente en nuestra propia iglesia, en iglesias de nuestro país, de nuestra región y del mundo? ¿Oras tú, oro yo, por la condición espiritual de la Iglesia Evangélica mundial y por sus pastores? Porque si la respuesta es que no, es mi oración hoy que Dios cargue tu corazón y el mío, como cargó el de Daniel, por la condición espiritual de aquellos que han sido comprados a precio de sangre y que hoy forman parte de la misma familia de Dios.
La oración de Daniel que nosotros acabamos de leer pone de manifiesto cómo ora un hombre que sabe humillarse ante un Dios grande. Pone de manifiesto la necesidad continua que tú y yo tenemos, no solo de confesar, sino de arrepentirnos diariamente. Y también pone en evidencia que este hombre conoce que la violación de la santidad de Dios tiene consecuencias que Dios impone, que a veces guarda por un tiempo y que luego trae; y que cuando Él lo hace, dichas consecuencias son justas. La oración de Daniel pone de manifiesto que él conoce el carácter de Dios y que sabe que la mejor forma de orarle a Dios es apelando al mismo carácter de dicho Dios. Todo eso sale a relucir en la oración de Daniel.
Este es un hombre que no simplemente está orando esta vez en una situación de crisis, como frecuentemente nos ocurre a nosotros. No, este es un hombre que, cuando tú lees su libro, ves a un hombre dado, entregado a la oración. En el capítulo 2, nosotros tenemos una experiencia donde el rey Nabucodonosor ha tenido un sueño, ha llamado a sus magos y sus intérpretes, y nadie puede —más que adivinar— descifrar qué es lo que esta estatua representa: una estatua con una cabeza de oro, mejor dicho, qué es lo que esta estatua representa. Llaman a Daniel, y sabes que Daniel no viene con completa confianza donde el rey y dice: "Cuéntame el sueño, que yo te voy a descifrar el sueño." Daniel va donde sus tres amigos y les dice: "Comiencen a orar pidiendo misericordia para que a mí me sea revelado el secreto, el misterio de este sueño del rey, y que yo pueda hablarle al rey de qué se trata."
En el capítulo 6, se encuentra a Daniel orando, y es finalmente echado al foso de los leones por su costumbre de orar tres veces al día con las ventanas abiertas; y cuando la amenaza vino de que no debía orar a ningún otro Dios, Daniel fue a su casa, abrió las ventanas, se arrodilló y oró, y dice el texto: "como solía hacer." Este hombre no simplemente oraba; este hombre tenía una vida de oración. Daniel había aprendido a orar más fervientemente en tiempos de crisis. Eso es apropiado. Pero eso es como mi introducción; lo que sigue es mi sermón. Yo quiero que veamos cinco cosas en este sermón.
Pero uno, yo quiero que veas la ocasión de la oración. En segundo lugar, yo quiero que veas la confesión de un corazón que conoce a su Dios. En tercer lugar, yo quiero que veas la humillación de Daniel al confesar el pecado del pueblo y el suyo propio. El primero cuatro, la afirmación de Daniel de que los juicios de Dios han caído sobre ellos y son justos. Y número cinco, la intercesión de Daniel apelando a la misericordia de Dios. La ocasión, la confesión, la humillación, la afirmación y la intercesión.
La ocasión de la oración: el primer año del rey Darío ha sido calculado alrededor del año 538 antes de Cristo. Esa es la fecha. Daniel fue llevado a Babilonia en el año 600, más o menos, de manera que los cálculos nos hablan de que para este tiempo, cuando Daniel está orando, han pasado unos 68 años. El cautiverio está a punto de terminar. Sesenta y ocho años han pasado desde entonces, de manera que quizás a Daniel —o al pueblo judío— le quedaba un par de años ahí en el exilio.
Ahora, ¿qué es lo que mueve a Daniel en esa época, en ese tiempo? El texto en el versículo 2 nos dice que Daniel, a pesar de ser un profeta que había recibido visiones, sueños, que había recibido incluso visitaciones de parte de seres angelicales como Gabriel, confiaba en las Escrituras ya reveladas. El versículo 2 nos dice que él estaba leyendo en el libro de Jeremías; de alguna forma tenía un rollo de lo que Jeremías había escrito, y en ese rollo él descubre cuál era el tiempo que Dios había decretado para las desolaciones de Jerusalén, y resulta que eran 70 años. La profecía aparece en Jeremías 25 y Jeremías 29.
Pero Daniel no solamente creía las Escrituras para estudiarlas; Daniel creía en el poder de la oración. Daniel creía en el Dios que responde las oraciones y las peticiones de aquellos que caminan con Él, y por tanto tenía confianza en que su Dios respondería su oración, no porque su oración tuviera poder, sino porque la fidelidad de su Dios es la que responde las oraciones de una manera mejor de lo que nosotros podemos articularlas. El poder no está en la oración; está en el Dios creador y redentor que es fiel a sus promesas.
Y Daniel, en vez de preocuparse, Daniel oró. En vez de airarse, como más de una ocasión le ocurrió a otros, Daniel oró. En vez de entristecerse como le ocurrió a Jeremías, que llegó a maldecir incluso el día en que él nació —dice Jeremías en un momento dado: "Maldito el día en que yo nací, y que fueron y le dieron la noticia a mi padre"—, en vez de amargarse, Daniel oró. Esa es la ocasión de la oración, tanto en la fecha como en la motivación.
Ahora yo quiero que veamos la confesión de un corazón que conoce a su Dios. Versículo 3: "Volví mi rostro a Dios el Señor para buscarle en oración y súplicas, en ayuno, en silicio y ceniza." El mismo hecho de decir "volví mi rostro" es algo que habla de que esto no es simplemente sentarse en la cama y orar. "Volví mi rostro al Señor para buscarle en oración y súplica, en ayuno, en silicio y ceniza, y oré al Señor mi Dios, e hice confesión y dije: '¡Ay, Señor, el Dios grande y temible, que guarda el pacto y la misericordia para los que le aman y guardan sus mandamientos!'"
El versículo 3 habla de que Daniel buscó al Señor en oración y súplicas. Las súplicas son oraciones, pero nosotros entendemos que las súplicas son oraciones con mayor intensidad y sentido de urgencia. Jesús oró en Getsemaní, y al orar sudó gotas de sangre; eso habla de la intensidad, del sentido de urgencia, de la agonía con la que Él oró. Si somos honestos, muchas veces a nosotros nos falta intensidad en nuestras oraciones y sentido de urgencia, y por lo menos una de las razones es que frecuentemente nosotros no estamos apercibidos del estado espiritual de nuestra propia condición en el momento en que estamos orando y en el que estamos caminando.
Y si no estamos apercibidos de nuestra propia pobreza espiritual en un momento dado, mucho menos apercibidos estaremos de la condición espiritual de aquellos que nos rodean. Nos falta urgencia muchas veces porque estamos muy distraídos por las ofertas del mundo, incluso por las pasiones de la carne, los deseos de mi carne, y eso le resta intensidad a mi oración, porque no puedo sentir el peso de dónde yo estoy espiritualmente.
La oración de un hombre que conoce a su Dios no comienza con sus necesidades. Nehemías no comienza diciendo: "Oh Señor, tú sabes que hay una muy grande necesidad." No, no, no, no: "Oh Señor, grande y temible." ¡Ay, Señor! Estas son las palabras de Daniel; este es un hombre que sabe cómo se debe orar. Esa no es la manera como Jesús nos enseñó a orar comenzando con nuestras necesidades. No, no, no: "Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad." Nada de eso tiene que ver con mis necesidades, absolutamente nada. Primero reconoces al Dios alto y sublime, como ha hecho Daniel ahora, y entonces hablas de tus necesidades.
"Oré al Señor mi Dios, e hice confesión y dije: '¡Ay, Señor, el Dios grande y temible, que guarda el pacto y la misericordia para los que le aman y guardan sus mandamientos!'" Versículo 4. ¿Cuándo fue la última vez que tú oíste a alguien orar de una manera similar? Piénsalo. Daniel llama a Dios "grande", refiriéndose a su majestad, y "temible." El Dios grande es temible. En el original, la palabra "temible" se relaciona con la palabra que tiene que ver con el temor emocional que yo experimento cuando hay una amenaza sobre mí, pero por otro lado tiene que ver con un sentido de reverencia, una especie de asombro sagrado. Cuando tú escuchas a Daniel orando así, está como extasiado, contemplando a este Dios grande que es temible, con un sentido de reverencia.
Daniel conocía algo que la iglesia de hoy no acaba de conocer bien, y es que es la violación de la santidad de Dios la que lleva a Dios en ocasiones a reaccionar airadamente aun contra los suyos. Daniel dice que nunca se ha oído nada que haya acontecido a nadie como lo que ha acontecido a Jerusalén, el pueblo de Dios. Pedro escribe en el Nuevo Testamento —porque alguien comenzará a pensar que estamos en el Antiguo Testamento, pero no, esto es el Nuevo Testamento— cuando Pedro comienza a pensar en la iglesia de Dios, el pueblo de Dios, escuche lo que escribe en su primera carta, 4:17: "Porque es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios." ¡Wow! Y si comienza por nosotros primero, ¿cuál será el fin de los que no obedecen el Evangelio de Dios?
El autor de Hebreos nos dice algo de este Dios grande y temible cuando escribe en 12:29 que "nuestro Dios es fuego consumidor." Lo que hace a Dios temible en ocasiones es la provocación de su ira santa. Él es lento para la ira, pero no está ausente de ira. De hecho, Romanos 1:18 dice que "la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que suprimen la verdad." La palabra traducida en Romanos 1:18 como "la ira de Dios" es la palabra orgé, y de ahí viene la palabra orgía, para darnos a entender hasta dónde es capaz de incendiarse en intensidad la ira de Dios. Y lo que aíra a Dios es cuando el hombre que conoce su verdad suprime su verdad, oculta su verdad, tapa su verdad, y lo hace vía la mentira.
Pero Daniel también reconoce la fidelidad de Dios y habla de que Dios guarda el pacto y la misericordia con aquellos que le aman. "Tú guardas el pacto y la misericordia con aquellos que te aman y guardan tus mandamientos." La expresión de que Dios guarda el pacto y la misericordia aparece de manera repetitiva: aparece en Deuteronomio 7:12, en 1 Reyes 8:23, en 2 Crónicas 6:14, en Nehemías 1:5, en Nehemías 9:32, en Daniel 9:4, y expresiones casi idénticas aparecen en los Salmos 89:28, 103:17, 18 e Isaías 55:3. Dios no olvida a aquellos que le aman y guardan sus mandamientos; en otras palabras, Dios no pasa por alto a aquellos que están guardando sus mandamientos en obediencia como fruto de amarle, y no por miedo a las consecuencias.
Ya vimos la ocasión de la oración, y ya vimos también la confesión de un corazón que conoce a su Dios. Yo quiero que veamos ahora la humillación de Daniel al confesar el pecado del pueblo y el suyo propio. El hombre que conoce a su Dios se duele no solamente por la condición espiritual de su propia persona, sino del pueblo de Dios. Tú puedes ver cómo Daniel se identifica con el pecado que el pueblo ha cometido, como si él mismo fuera parte y culpable de dicho pecado, cuando Daniel es el hombre del que Dios dijo que tenía un espíritu extraordinario. Y cuando Gabriel se le aparece en ese capítulo, en esa parte que yo no leí del capítulo 9 de Daniel, cuando Gabriel se le aparece dice: "Daniel, tú eres un hombre muy amado en el reino de los cielos." De hecho, la palabra literal en el hebreo dice: "Tú eres un hombre codiciado," así de amado eres tú.
Y este es el hombre que cuando comienza a confesar dice: "Hemos pecado, no han pecado; hemos cometido iniquidad; hemos hecho lo malo; nos hemos rebelado y nos hemos apartado de tus mandamientos y de tus ordenanzas." Dios había bendecido a Daniel en gran manera. Daniel pudo haber acusado apropiadamente al pueblo de haber causado su propia condición; sin embargo, en vez de hacerlo de esa manera, se identifica con el pecado del pueblo y habla no de lo que otros habían hecho, sino de lo que nosotros hemos hecho. Daniel sabe la escoria que, como ya he mencionado, se esconde detrás del corazón humano.
Y de una manera similar pero distinta, cuando Cristo viene se identifica con el pecado del pueblo y lo hace de tal manera y con tal intimidad que cuando Él va a la cruz y carga con el pecado del pueblo y es crucificado allí, Dios desborda su ira sobre su propio Hijo justamente por haberse identificado con el pecado del pueblo, tanto que cargó el pecado del pueblo sobre sus hombros y a Él le correspondía la ira de Dios.
Nehemías y Daniel, al confesar el pecado del pueblo, confesaron sus propios pecados. Escucha ahí: "Soy un hombre de labios inmundos y en medio de un pueblo de labios inmundos yo habito." No dice: "Yo soy profeta de Dios y habito en medio de un pueblo de labios inmundos." Nehemías dice: "Estén atentos tus oídos y abiertos tus ojos para oír la oración de tu siervo que yo hago ahora delante de ti día y noche por los israelitas, tus siervos, confesando los pecados que los israelitas hemos cometido contra ti. Sí, yo y la casa de mi padre hemos pecado." ¿Entiendes la identificación del gobernador Nehemías con el pueblo? "Hemos procedido perversamente contra ti."
Escucha esta palabra, yo he regresado a ella: "Hemos procedido perversamente contra ti y no hemos guardado los mandamientos ni los estatutos ni las ordenanzas que mandaste a tu siervo Moisés." Daniel ora diciendo: "Hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos hecho lo malo, nos hemos rebelado y nos hemos apartado de tus mandamientos y tus ordenanzas."
Hoy en día los líderes del pueblo de Dios necesitamos guiar al pueblo de Dios al arrepentimiento, pero no podemos guiar al pueblo de Dios al arrepentimiento si nosotros no somos guiados primeramente a nuestro propio arrepentimiento. Y si no hay arrepentimiento, no habrá avivamiento. Le pedimos a Dios que nos envíe avivamiento y no estamos orando por arrepentimiento.
Daniel inicia hablando de las cosas que ellos han hecho; en otras palabras, estos son los pecados de comisión, los pecados que cometimos. Y luego termina hablando de las cosas que ellos no hicieron; ahora estos son los pecados de omisión, las cosas que dejamos de hacer. Y al hacerlo, él usa tres palabras distintas para referirse a la transgresión: habla de pecado, de iniquidad y usa la expresión "lo malo". La palabra que aparece traducida como iniquidad puede ser traducida perfectamente, y algunas versiones lo hacen, como perversidad. Daniel vio el pecado de él y su pueblo como perverso.
Si tú nunca has visto tu pecado como algo perverso, tú nunca has visto tu pecado. Créeme por experiencia personal. Y si no hemos visto nuestro pecado como algo malvado y perverso, hay varias posibilidades: o no he nacido de nuevo y por tanto no tengo la sensibilidad que el Espíritu produce; o yo nací de nuevo, pero he coqueteado tanto con el pecado que mi conciencia se ha ido insensibilizando; o yo no conozco la santidad de Dios; o yo vivo tan centrado en mí mismo y en lo que yo quiero que se me olvida qué es lo que Dios quiere.
Luego de que Daniel confiesa la rebelión del pueblo y se refiere a que ellos se han apartado de sus mandamientos, apartarse de los mandamientos y pecar es la misma cosa. Hablar de iniquidades y de pecado es la misma cosa. Son palabras sinónimas. Ahora, yo no creo que Daniel, inspirado por el Espíritu de Dios, está siendo meramente repetitivo con sinónimos. No. Yo creo que él está tratando de darle color a cómo verdaderamente el pecado luce delante de Dios, para que yo pueda adquirir una mejor dimensión de cómo lucen mis transgresiones ante Dios. Yo creo que eso es lo que está haciendo.
Nosotros estamos tan acostumbrados a la palabra pecado. Estamos tan acostumbrados a decirle a Dios: "Señor, perdón a mis pecados", que la palabra pecado ha perdido su significado, su connotación y su peso. Para la hora que tú comienzas a usar y a pensar en tu iniquidad, en tu perversidad, en lo malo, en la rebelión, en lo apartado, de repente las cosas comienzan a parecernos mucho más graves.
Luego de confesar las cosas pecaminosas que el pueblo hizo, Daniel comienza a confesar las cosas que el pueblo no hizo. Pecado de comisión, pecado de omisión. Escucha ahora los pecados de omisión, versículo 6: "No hemos escuchado a tus siervos los profetas que hablaron en tu nombre." Daniel está diciendo: "No hemos escuchado", como si no lo hubieran hecho, a quienes "hablaron en tu nombre a nuestros reyes, a nuestros príncipes, a nuestros padres y a todo el pueblo de la tierra."
Dios les dio profetas que fueron y les hablaron en su nombre, les hablaron su voluntad, y en vez de escucharlos, los persiguieron, los apedrearon y los mataron. Eso es lo que Esteban hace y la denuncia que él produce cuando está siendo apedreado, cuando le dice a la audiencia: "Díganme, ¿cuál de los profetas ustedes no apedrearon en el pasado? Denme uno solo." No solamente los persiguieron, sino que los mataron, a pesar de que estaban hablando en nombre de Dios. Dios les dio reyes; algunos buenos, no escucharon su voz, se rebelaron; la mayoría malos, porque tampoco escucharon la voz de los profetas, tampoco escucharon a los padres. En pocas palabras, el pueblo se rebeló en contra de toda autoridad posible.
Y eso es llamado rebelión. Y nosotros a veces decimos que somos rebeldes; a veces vamos donde Dios y confesamos nuestra rebelión, pero aun esta palabra también ha perdido su significado. Porque cuando tú vas a la Biblia, y la Biblia interpreta la Biblia, tú lees en 1 Samuel 15:23, que dice que la rebelión para Dios es como pecado de hechicería o de brujería. Entonces tú tendrías que decirte, o yo tendría que decirme a mí mismo: "Señor, yo soy como un brujo cuando me rebelo contra ti." ¡Wow!
Todo pecado, en esencia, es rebelión contra la autoridad de Dios. La rebelión es desafiar la autoridad de Dios y retar el señorío de Cristo. El pecado es el grito de independencia de la criatura que no desea someterse a su Creador, como aludíamos ayer en la conferencia de jóvenes. El pecado es el grito de independencia de la criatura que quiere hacer lo que desea, que quiere hacer lo que siente, independientemente de su Creador. "Yo soy criatura, pero quiero vivir como el Creador: puedo tomar mis propias decisiones y complacerme a mí mismo."
Y eso hace entonces que el pueblo cubriera su vergüenza en el rostro. Y en ese mismo versículo, Daniel usa otra palabra más para referirse a los pecados del pueblo y les llama "nuestras infidelidades". ¿Sabes por qué? Porque el pueblo de Dios, en el caso de la iglesia, está desposado a Cristo, y cuando peca, Dios considera eso una infidelidad contra el Esposo que Dios le ha dado. Todo el mundo en Israel había pecado gravemente, de acuerdo al versículo 8. Escúchelo: "Nuestros reyes..." La vergüenza está en el rostro de quiénes: "de nuestros reyes, de nuestros príncipes, de nuestros padres, porque hemos pecado contra ti."
Israel había pecado masivamente. Tú lo puedes leer en el versículo 11: "Ciertamente, todo Israel ha transgredido tu ley y se ha apartado sin querer obedecer tu voz." No es que Israel no oyó tu voz, no es que Israel tuvo dificultad en discernir tu voz, no es que Israel no sabía que era tu voz. No: no quiso obedecer tu voz, no quiso obedecer lo que ya había sido revelado. ¿Acaso no nos ocurre a nosotros? La voz de los adivinos, de los falsos maestros, fue siempre y sigue siendo mucho más apetecible que la voz de Dios mismo.
Vimos la ocasión de la oración, vimos la oración de un hombre que conoce a su Dios. Yo quiero que veamos ahora la humillación de un corazón humillado ante Dios, que anhela por el pecado del pueblo de Dios. Yo quiero que veamos ahora la afirmación de Daniel de que los juicios de Dios que han caído sobre ellos son merecidos y por tanto justos. Daniel admite el problema de sus dificultades, pero él admite que el problema de sus dificultades no está en Dios, está en ellos. Que no es que a Dios le ha faltado compasión, sino que a ellos les ha sobrado pecado.
Daniel no hace como algunos que pecan trayendo consecuencias sobre sí, y luego cuando las consecuencias se prolongan, acusan a Dios de no ser lo suficientemente compasivo. No; eso es ser la persona ingrata, eso es ser la persona que trivializa la santidad de Dios, la persona que no conoce a Dios. Pero no Daniel. Daniel es un hombre humilde que sabe confesar su pecado, que sabe arrepentirse de lo mal hecho, que defiende a Dios después que las consecuencias han llegado y dice: "Son justas, las merecemos." Es un hombre que después de recibir las consecuencias sigue alabando y adorando a su Dios.
Entiende que esos juicios de Dios son justos, versículo 12: "Por eso ha sido derramada sobre nosotros la maldición y el juramento que está escrito en la ley de Moisés, siervo de Dios, porque hemos pecado contra Él." Daniel establece una relación directa entre el pecado del pueblo y la maldición que le ha llegado. Esto es algo que había sido anunciado. Daniel llama a lo acontecido al pueblo una gran calamidad, versículo 12: "Nunca se ha hecho debajo del cielo nada como lo que se ha hecho contra Jerusalén." Dios, tú has permitido que ocurra contra tu propio pueblo algo que no ha ocurrido contra ningún otro pueblo. ¡Wow!
Es que este pueblo en particular había sido advertido. Había sido advertido antes de entrar a la tierra prometida, en Deuteronomio 28 y otros pasajes, donde Dios le dice: "Si me eres fiel, si me obedeces, te bendeciré, te prosperaré, nadie podrá hacerte frente. Pero si me desobedeces, estas son las plagas que han de llegar; te voy a esparcir a los cuatro vientos." Y eso fue exactamente lo que había ocurrido.
Escucha cómo Daniel lo dice en los versículos 13 y 14. Se conocen las Escrituras; no solamente estaba leyendo a Jeremías, había leído anteriormente a Moisés: "Como está escrito en la ley de Moisés, toda esta calamidad ha venido sobre nosotros, pero no hemos buscado el favor del Señor nuestro Dios apartándonos de nuestra iniquidad, prestando atención a tu verdad. Por tanto, el Señor ha estado guardando esta calamidad y la ha traído sobre nosotros, porque el Señor nuestro Dios es justo en toda la obra que ha hecho, pero nosotros no hemos obedecido su voz."
¿Escuchaste lo que Daniel está diciendo? Nosotros nos rebelamos, nosotros nos apartamos, nosotros cometimos iniquidad, pero nosotros no hemos prestado atención a tu verdad. No nos hemos apartado de nuestra iniquidad; seguimos orándote, pero seguimos en la misma iniquidad. Por tanto, el Señor guardó esta calamidad, la guardó por un tiempo, y ahora llegó el tiempo y la ha traído sobre nosotros. Y Daniel dice: esto es justo.
Versículo 11: "Por eso ha sido derramada sobre nosotros la maldición y el juramento que está escrito en la ley de Moisés, siervo de Dios, porque hemos pecado contra él." Este vocabulario, en esta oración, está ausente de la iglesia de hoy. Hoy se habla de gracia, y hoy se habla del Evangelio, y lo que se dice es cierto, en términos de la gracia de Dios, que es lo que permite que yo pueda incluso pararme aquí en el día de hoy, siendo un hombre pecador y culpable, y poder predicar su Palabra.
Pero hasta que el pueblo de Dios no vuelva a hablar de la santidad de Dios, que es la que le permite contrastar lo odioso de su pecado con la limpieza y la pureza del carácter de nuestro Dios, no habrá arrepentimiento y no habrá, por tanto, avivamiento alguno dentro del pueblo de Dios.
Henry Blackaby, en uno de sus libros —creo que lo he mencionado en otras ocasiones—, dice que cuando una iglesia, o un hombre, o una mujer le pierde el temor a Dios, le pierde el temor al pecado. Y cuando el hombre le pierde el temor al pecado, Dios decide apartarse, alejarse de esa persona, de esa iglesia o de esa comunidad. Pero, lamentablemente, esa iglesia, ese hombre o esa mujer continúa yendo a la iglesia el domingo, continúa viniendo a estudios bíblicos, continúa participando en grupos pequeños y en las actividades de la iglesia. Si es un pastor, continúa predicando, continúa enseñando, y sus actividades religiosas le convencen de que Dios no se ha alejado de él o de ella. Y lo que es más triste todavía es que ese pueblo crece contento en la ausencia de la presencia manifiesta de su Dios. ¡Oh! Un templo sin la presencia manifiesta de su Dios.
Entonces, transgredir la ley de Dios trae consecuencias, como está ocurriendo en muchas iglesias hoy en día. Ya ocurrió en Europa; Europa es un cementerio espiritual, como hemos mencionado en otras ocasiones. Grandes templos que una vez fueron lugares, fuentes de luz, hoy vendidos como monumentos, o para bares, o teatros, y cualquier otra cosa. En Estados Unidos hemos dicho que la iglesia evangélica está en cuidados intensivos.
Y cuando esas iglesias pasan por esas consecuencias, muchos son los que se levantan y dicen: "No, eso no tiene nada que ver con el pueblo de Dios; eso es Satanás atacando." No es como Daniel lo entiende, porque, a causa de nuestros pecados —versículo 16— y de las iniquidades de nuestros padres, Jerusalén y tu pueblo son el oprobio de todos los que nos rodean. Esa es la causa. La razón por la que la iglesia ha perdido vigencia, la razón por la que el cristiano pierde vigencia, es justamente por nuestros pecados y las iniquidades cometidas.
Entonces, ¿qué hemos visto? Vimos la ocasión de la oración; vimos también la oración de un hombre que conoce a su Dios; vimos la confesión de un hombre angustiado por la condición del pueblo de Dios; vimos la afirmación de Daniel acerca de los juicios de Dios, que son justos. Finalmente, quiero que veamos la intercesión de Daniel apelando a la misericordia de Dios.
Daniel le dice a Dios: "Tú que sacaste al pueblo de Egipto con gran poder" —versículo 15, primera parte—; "tú que has hecho un nombre" —versículo 15, segunda parte—; "tú que eres un Dios de justicia" —versículo 16—; "por amor de ti mismo" —versículo 17—; "por amor de ti mismo" —versículo 19—. Daniel sabe que la mejor forma de orarle a Dios es precisamente apelando a la misericordia y al carácter de Dios, que es infinito.
Por eso oye a Daniel en el versículo 18, diciendo: "Pues no es por nuestros propios méritos que presentamos nuestras súplicas delante de ti, sino por tu gran compasión." Dios, yo, Daniel, al que tú llamas muy amado, muy codiciado, no vengo delante de ti orando pensando que porque sea muy amado tengo los méritos para que me escuches; no, yo vengo delante de ti por tu gran compasión. Daniel conocía el Evangelio de otra forma; Daniel conocía la gracia, la compasión y la misericordia de Dios, que son parte del mensaje del Evangelio por medio del cual tú y yo somos salvos. El Evangelio es un mensaje de salvación para nuestros pecados por medio de la gracia de Dios, cuando nos visita y nos perdona. Daniel conocía eso de otra manera.
Ahora, nota la certidumbre de Daniel de que Dios va a escuchar su oración: "Tú eres un Dios compasivo." Daniel tenía razones para saber que Dios iba a escuchar. En primer lugar, Dios decretó 70 años; 68, más o menos, han pasado; esto se está terminando. Dios no lo va a prolongar; Dios da su palabra, Dios da su honor, y cuando Dios da su honor, Dios pretende ser fiel a la palabra que Él ha dado. Daniel ha aprendido la Palabra; Daniel sabe también orar conforme a la voluntad de ese Dios, porque él sabe lo que Juan escribiría más tarde, en 1 Juan 5:14, que cuando oramos conforme a su voluntad, Él nos oye. Hoy él está orando conforme a la voluntad de Dios, que decretó 70 años, y 68, más o menos, han pasado. Y Daniel no solamente conocía la Palabra de Dios, sino que conocía que Dios es fiel a dicha Palabra. También Daniel conocía a un Dios de misericordia que se duele por su pueblo.
Escucha cómo ora ahora. Versículo 16: "Aparta ya tu ira y tu furor de tu ciudad Jerusalén, tu santo monte." Dios, aparta la ira; no para que dejemos de sufrir, sino apártala de tu santo monte. En otras palabras: esta es tu ciudad, esta es la ciudad que lleva tu nombre. Y ahora, Dios, versículo 17: "Nuestro Dios, escucha la oración de tu siervo y sus súplicas, y haz resplandecer tu rostro sobre tu santuario desolado, por amor de ti mismo."
Oh, Señor. Entonces, escuchando lo que Daniel está pidiendo: "Haz resplandecer tu rostro sobre tu santuario por amor de ti mismo." Dios, por tu honor, tu honor ha sido pisoteado. Aquellos pueblos que están alrededor están blasfemando contra la ciudad y contra el Dios de la ciudad de Jerusalén, porque si es el Dios de esa ciudad y esa ciudad está en ruinas, no sé qué clase de Dios es.
Versículo 18: "Inclina tu oído, Dios mío, y escucha. Abre tus ojos y mira nuestras desolaciones y la ciudad sobre la cual se invoca tu nombre. Oh, Señor, escucha; Señor, perdona; Señor, atiende y actúa. No tardes, por amor de ti mismo, Dios mío, porque tu nombre se invoca sobre tu ciudad y sobre tu pueblo." Esa es la razón por la que te pido que escuches: tu nombre está en juego; tu nombre se invoca sobre la ciudad arruinada; tu nombre es lo que le ha dado lugar a esta ciudad, y es lo que está arruinado. No tardes.
¿Notaste la intensidad de la oración, del clamor, la intercesión de Daniel? ¿Notaste la agonía, el dolor por la condición del pueblo y, en cierta medida, por su propia condición? ¿Notaste que, a pesar de esa condición merecida por sus iniquidades, Daniel clama: "Señor, escucha; Señor, perdona" —porque si no perdona no va a escuchar—; "Señor, atiende y actúa, no tardes"?
Él no está insinuando que Dios es insensible. Daniel está dejando ver que sabe que la mejor manera de orar es apelando a la misericordia de nuestro Dios, y a Él le duele —como hemos dicho ya varias veces— lo que le duele a Dios: la condición de su propio pueblo. Está pidiendo en cierta medida salvación, pero lo más importante no es el mensaje de salvación; lo más importante es el Dios que nos dio el mensaje de salvación, porque al final el mensaje de salvación me da beneficios a mí, pero eso no es lo más importante. Lo más importante es el Dios que me dio el mensaje, porque a este Dios yo tengo que adorar, reverenciar, amar y respetar. "Y no tardes, por amor de ti mismo, Dios mío, porque tu nombre se invoca sobre tu ciudad y sobre tu pueblo."
Como en los Salmos: hay algunos salmos que comienzan quejándose contra Dios, hay algunos salmos que comienzan diciendo "es que te has olvidado de nosotros," pero invariablemente, si sigues leyendo, al final del salmo lo que encuentras es a un salmista que ha recapacitado y que dice: "No, pero sabemos que tu fidelidad es grande, que tú no nos abandonarás, que tú nos devolverás, que tú eres un Dios bueno." Un hombre como Daniel nunca cuestiona a Dios; eso no es típico del hombre que conoce a Dios, es altamente atípico. El hombre que conoce a Dios nunca duda de su Dios; en su experiencia, nunca se le ocurre pensar que Dios se le haya olvidado.
Este no es un hombre que desconfía en la fidelidad de su Dios. El pensar que Dios no escucha no es la razón por la que Daniel está diciendo: "Dios, escucha." Lo que está diciendo es: "Acelera tu perdón, acelera tu respuesta, no tardes, por amor de ti mismo." ¿Sabes por qué? Porque es sobre esa ciudad sobre la cual se invoca tu nombre; en otras palabras, la integridad de tu nombre está en juego, está en cuestionamiento. O Dios responde.
¿Oíste la riqueza de palabras que Daniel ofrece a la hora de confesar el pecado de él y del pueblo? Iniquidad, rebelión, hemos procedido perversamente, hemos hecho lo malo, nos hemos rebelado. Es diferente hoy.
Ahora es que nosotros no usamos ese vocabulario para referirnos a la transgresión de la ley de Dios, porque en el camino hemos perdido mucho y es hora de restaurar lo que hemos perdido. Que Dios quiere usar esta palabra para hacernos recapacitar, para hacernos devolver, para llevarnos al arrepentimiento, para recordar que confesar no es arrepentimiento y que solo dar no es limpieza de corazón.