Integridad y Sabiduria
Sermones

La osadía de la predicación

Miguel Núñez 4 junio, 2017

Pedro y Juan no iban camino al templo buscando hacer un milagro. Iban a la hora de la oración, probablemente a predicar, cuando Dios decidió soberanamente sanar a un hombre cojo de nacimiento que tenía más de cuarenta años en esa condición. Cuando el pueblo corrió asombrado hacia ellos, mirándolos como si fueran seres de otra dimensión, Pedro rechazó inmediatamente todo crédito: "¿Por qué nos miráis como si por nuestro propio poder o piedad le hubiésemos hecho andar?" No tenía nada que ver con su preparación ni con su vida espiritual, sino únicamente con la gracia y soberanía de Dios.

Lo que sigue es una predicación marcada por una osadía extraordinaria. Pedro, sabiendo que su audiencia era hostil, los confrontó directamente: ustedes entregaron a Jesús, lo repudiaron cuando Pilato quiso soltarlo, pidieron que liberaran a un asesino, y dieron muerte al autor de la vida. Pero ese mismo Jesús, el Santo, el Justo, a quien Dios glorificó y resucitó, es quien ha sanado a este hombre. Pedro conecta a Cristo con Abraham, Isaac y Jacob para mostrar que no se trata de una nueva religión, sino de la culminación de todo lo que Dios había prometido desde el principio.

Sin embargo, Pedro no los deja aplastados bajo su culpa. Les explica que actuaron por ignorancia, como sus gobernantes, pero los llama al arrepentimiento y la conversión para que sus pecados sean borrados y tiempos de refrigerio vengan de parte de Dios. El pastor Núñez cierra recordando que nosotros no somos tan diferentes: el pueblo que ha recibido perdón muchas veces no perdona, el que predica misericordia no siempre la practica. La característica principal del cristiano sigue siendo una vida de arrepentimiento.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Pido que abra la palabra en el capítulo 3 del libro de los Hechos. Nosotros vamos a estar leyendo un pasaje que tiene cierta longitud, pero como relata un hecho que necesitamos comprender en su totalidad, quiero tomarme el tiempo para leerlo. Lo voy a introducir brevemente, porque le da continuación a lo que ya comenzamos la semana anterior.

La semana pasada vimos que Dios efectuó el primer milagro apostólico narrado en el libro de los Hechos, y fue efectuado a través del apóstol Pedro, en un momento cuando él y Juan iban al templo a la hora novena, que representa, como dijimos, las 3 de la tarde de nuestra forma de contar el tiempo. Cuando llegaron al templo se encontraron con un cojo, alguien que había nacido en esa condición. La persona —el cojo— le pide una limosna, y Pedro responde: "No tengo plata ni oro, mas lo que tengo te doy: en el nombre de Jesucristo el Nazareno, anda." La narración del texto dice que Pedro lo tomó por la mano derecha, que lo levantó, y que él de un salto comenzó a caminar, andar y alabar a Dios.

Pues, sencillamente, el cojo, al ver lo que le había ocurrido —tenía más de 40 años cojo, como aprendemos en el próximo capítulo 4 del libro de los Hechos— se asió de Pedro y de Juan, y era como que no los quería dejar ir. En eso, entonces, el pueblo se entera, todo el mundo viene y corre hacia donde estaban Pedro y Juan, y están ahí asombrados y atónitos viendo a estos dos hombres, como si fueran de otro planeta o de otra dimensión.

Es ahí donde quiero tomar el texto de hoy, en el versículo 12 hasta el final: "Al ver esto, Pedro dijo al pueblo: Varones israelitas, ¿por qué os maravilláis de esto, o por qué nos miráis así, como si por nuestro propio poder o piedad le hubiéramos hecho andar?"

El Dios de Abraham dice aquí de Jacob, el Dios de nuestros padres ha glorificado a su siervo Jesús, al que vosotros entregasteis, repudiasteis en presencia de Pilato cuando este había resuelto ponerle en libertad. Más vosotros repudiasteis al Santo y Justo y pedisteis que se os concediera un asesino, y disteis muerte al autor de la vida, al que Dios resucitó de entre los muertos, de lo cual nosotros somos testigos. Y por la fe en su nombre —es el nombre de Jesús— lo que ha fortalecido a este hombre a quien veis y conocéis, y la fe que viene por medio de él le ha dado esta perfecta sanidad en presencia de todos vosotros.

Y ahora, hermanos, yo sé que obrasteis por ignorancia, lo mismo que vuestros gobernantes. Pero Dios ha cumplido así lo que anunció de antemano por boca de todos los profetas: que su Cristo debería padecer. Por tanto, arrepentíos y convertíos para que vuestros pecados sean borrados, a fin de que tiempos de refrigerio vengan de la presencia del Señor, y Él envíe a Jesús, el Cristo designado de antemano para vosotros, quien en el cielo debe recibir hasta el día de la restauración de todas las cosas, acerca de lo cual Dios habló por boca de sus santos profetas desde tiempos antiguos.

Moisés dijo: "El Señor Dios os levantará un profeta como yo de entre vuestros hermanos; a él prestaréis atención en todo cuanto os diga. Y sucederá que todo el que no preste atención a ese profeta será totalmente destruido de entre el pueblo." Y asimismo todos los profetas que han hablado desde Samuel y sus sucesores en adelante también anunciaron estos días. Vosotros sois los hijos de los profetas y del pacto que Dios hizo con nuestros padres, al decir a Abraham: "Y en tu simiente serán benditas todas las familias de la tierra." Para vosotros en primer lugar, Dios, habiendo resucitado a su Siervo, le ha enviado para que os bendiga, a fin de apartar a cada uno de vosotros de vuestras iniquidades.

Tú acabas de leer el texto conmigo, y yo creo que entenderías por qué yo titulé el mensaje de hoy "La osadía de la predicación." La palabra osadía significa audacia, valentía, arrojo, atrevimiento. Y yo creo que Pedro fue todo eso cuando predicó de esta manera, reconociendo que su audiencia era hostil.

Cada vez que yo pienso en esta iglesia primitiva —de hecho, tendría que decir que la revisión, el estudio de este libro de los Hechos está haciendo mucho bien a mi alma— cuando yo veo cómo estos hombres no se dejaron amedrentar por la oposición del momento, cómo estos hombres verdaderamente fueron probados por circunstancias en medio de las cuales ninguno de nosotros ha sido probado, y cómo estos hombres supieron predicar la Palabra de una manera que no fue comprometida, yo quisiera ver entonces, a lo largo de nuestra exposición, cosas que Pedro hizo y cosas que Pedro no hizo.

Hay cosas que Pedro hizo al predicar y cosas que Pedro no hizo. Y déjame mostrarte, en primer lugar, algo que Pedro no hizo: él no quiso tomar el más mínimo crédito por lo que había ocurrido. Pedro no se llevó el crédito. Pedro pudo haber dicho: "Hermanos israelitas, lo que habéis visto se debe al hecho de que Juan y yo somos los sucesores, junto con los otros apóstoles, del Señor Jesucristo." Pero no se hubiera atrevido a decir algo así. Pedro pudo haber dicho: "Lo que ha ocurrido es el fruto de haber sido personalmente entrenado por el Señor Jesús por dos o tres años." Pero no lo hizo.

Él pudo haber hecho referencia y decir: "Bueno, imagínate, yo fui el que caminó sobre las aguas junto con el Señor, lo cual fue un milagro en sí mismo." Pero Pedro tampoco hizo eso. Pudo haber mencionado otras cosas de su rica vida. Pedro pudo haber dicho: "Yo estuve en el monte de la transfiguración, y déjame decirte algo: no solamente yo vi a Cristo transfigurado, yo vi la gloria de Dios frente a mis ojos, y además Juan y yo, junto con Jacobo —que no está aquí—, tuvimos el increíble privilegio de tener una cita con Moisés y Elías en el monte de la transfiguración." Pues claro que no es una gran cosa que este hombre haya sido sanado. Él pudo haber agregado: "Y déjame decirte, cuando Jesús sudó gotas de sangre, yo estaba en Getsemaní." Pero Pedro no hizo nada de eso.

Pedro estaba completamente consciente de que lo que acababa de pasar no tenía nada que ver ni con su preparación, ni con su vida de piedad, ni con ninguna otra cosa, sino simplemente con la gracia y la soberanía de Dios, que había decidido visitar a este cojo con un milagro para la gloria de su nombre. Vimos eso: que Cristo está construyendo una reputación de su nombre a lo largo de los Hechos, de la misma manera que Dios en el Antiguo Testamento construyó una reputación de su nombre. Y vimos cómo gente como Daniel y gente como José oraron y le decían: "Dios, ¿qué vas a hacer por la reputación de tu nombre?" Cristo está construyendo la misma cosa.

Y esta es la reacción de Pedro al ver esto. Pedro dijo al pueblo: "Varones israelitas, ¿por qué os maravilláis de esto? ¿O por qué nos miráis así, como si por nuestro propio poder o piedad lo hubiésemos hecho andar?" No tiene nada que ver con mi poder o con mi piedad. ¿Lo escuchaste? No tiene nada que ver con eso. Es Cristo quien lo ha hecho. Y ciertamente Dios prepara sus vasos de humildad y piedad, pero al final de la historia no es ni la humildad ni la piedad del vaso, sino la gracia de Dios y la soberanía de Dios que decide. Dios obra a través de nosotros, no hay duda de eso.

No podemos poner en duda lo que la Palabra misma muestra. Lo increíble de nuestro Dios en su misericordia es que Él hace las cosas, y las hace a través de nosotros, y luego nos deja creer que nosotros las hicimos, pero todo el tiempo esperando que nosotros podamos tener la madurez para decir: "No a nosotros, no a nosotros, sino a tu nombre sea dada la gloria." Pedro tenía eso claro. Pedro lo había aprendido bien.

Y ahora Pedro, habiendo dado la gloria pertinente a Dios, estaba consciente de que la audiencia que él tenía de frente era una audiencia judía. Por tanto, él necesitaba conectar con esa audiencia judía de una manera que no lo hubiera hecho jamás con gentiles. Y nosotros necesitábamos estar apercibidos de quién es nuestra audiencia para saber cuál es el punto de contacto. Y él, conociéndose la audiencia, encontró el punto de contacto, porque en el primer siglo, si tú querías que alguna audiencia judía te prestara atención, tú ibas a tener que encontrar un púlpito —por así decirlo— donde pararte, que tuviera algo que ver con la ley, o con Abraham, o con Isaac, o con Jacob, o con Moisés, o con todos ellos. Y eso es lo que Pedro hace.

Escucha el versículo 13. Este es el segundo sermón apostólico de Pedro; aquí es que comienza todo, lo demás era simplemente algo que ocurrió antes de que él predicara. "El Dios de Abraham…" —dice aquí, el Dios de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres— "ha glorificado a su siervo Jesús." Pedro conecta a Jesús con el pasado. Pedro está tratando de ayudar a entender: Jesús no es un nuevo Dios que ustedes no conocen; Jesús no representa una nueva religión que está supuesta a reemplazar la anterior. Jesús y sus enseñanzas representan la culminación y el cumplimiento de las enseñanzas que ustedes oyeron desde que Dios eligió a Abraham, a Isaac y a Jacob. De manera que el pueblo necesitaba entender que esta es una sola historia, con un solo Dios, iniciada y llevada a su término con una sola enseñanza, excepto que la enseñanza de Dios es progresiva y las cosas iban avanzando y quedando mucho más claras.

Ya Pedro había predicado un sermón apostólico, que lo vimos en el día de Pentecostés; este es su segundo sermón apostólico. Ambos sermones tienen similitudes y tienen diferencias, pero ambos están centrados en la persona de Jesús. Pedro no presenta a Jesús desconectado del pasado. Pero cuando lo hace, tampoco fue tímido en la presentación de ese Jesús para esa audiencia, y de ahí el título de mi mensaje: "La osadía de la predicación."

Pedro más bien los confrontó con la realidad de los hechos. Cada vez que un predicador predica la verdad de Dios de forma tímida, tratando de no ofender a su audiencia, él se está avergonzando del Evangelio. El predicador necesita ser osado, necesita ser atrevido, necesita presentar la Palabra de Dios con la fuerza que el texto tenga. Él no debe poner en el texto más fuerza de la que el texto tiene, pero sí debe reflejar la fuerza del texto. Y lo que Pedro está haciendo ahora es reflejar la fuerza de la verdad que él ha recibido de parte de Dios.

Y escucha ahora cómo Pedro sigue este pasaje. "El Dios de Abraham" —dice aquí— "de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús, al que vosotros…" Aquí comienza la osadía de Pedro: "…al que vosotros entregasteis y repudiasteis en presencia de Pilato, cuando este había resuelto ponerle en libertad." ¿Por qué lo hicieron? Es lo que Pedro está diciendo: ustedes tenían la puerta por donde salir y sin embargo no lo hicieron. "Más vosotros, a pesar de que Pilato estaba listo para soltarle, más vosotros repudiasteis al Santo y Justo y pedisteis que se os concediera un asesino." Ojo: Pedro no dice "pedisteis que se le concediera a otro"; quiere que se entienda exactamente qué fue lo que pidieron. Pidieron a un asesino.

"Y disteis muerte al autor de la vida, al que Dios resucitó de entre los muertos, de lo cual nosotros somos testigos." Estos son los hechos que Pedro comienza a puntualizar. Número uno: Dios Padre ha glorificado a su Siervo —refiriéndose al versículo 13, primera parte—. Ese Siervo que fue glorificado por el Padre, a Él ustedes lo repudiaron, lo rechazaron, lo entregaron; se lo entregaron a Pilato, y cuando Pilato quiso devolverlo, ustedes prefirieron a un asesino antes que a este hombre justo y santo.

Él presenta a Jesús, a quien ellos crucificaron, como el Santo, el Justo, el autor de la vida. Y cuando Jesús quedó clavado ahí, cuando Pilato dice "lo escrito, escrito está", ahí el que ha quedado clavado ese viernes en esa cruz fue la última palabra del hombre. Pero agrega Pedro —está tratando de escribir aquí en letras fuertes— que ellos clavaron al Santo, al Justo, al autor de la vida. Ustedes le dieron muerte a quien…

Da la vida. Ustedes entienden lo que ustedes hicieron, pero Dios dice: Pedro lo resucitó de entre los muertos. Versículo 15: la cruz pudo haber sido la última palabra del hombre. El viernes en la tarde, casi noche; la resurrección el domingo en la mañana fue la última palabra de Dios. Tú lo matas, yo lo resucito. Y ahí Dios triunfó. Y Pedro dice en el mismo versículo 15: "Nosotros somos testigos de esa resurrección."

"A quien ustedes clavaron fue el Santo, el Justo, el Autor de la vida." Al centurión, al pie de la cruz, al final, viendo cómo Jesús murió, viendo cómo habló deliberadamente, dijo: "Este fue un hombre justo." Uno de los demonios que Cristo expulsó, dice Marcos capítulo 1, versículos 23 al 24, que llamó a Jesús el Santo de Dios. Estos son los calificativos que Pedro está usando. Ustedes clavaron al Santo y al Justo; el centurión lo reconoce como justo, este demonio lo reconoce como santo, y luego Juan el Evangelista, que escribió el Evangelio, dice que en Cristo estaba la vida. Ahora Pedro presenta estos tres calificativos juntos para ayudarles a entender e identificar a quien fue que ellos tuvieron el atrevimiento de clavar.

Pedro enfatiza claramente de quién era la responsabilidad de haberlo clavado: "Ustedes lo entregaron." Al mismo tiempo, Pedro presenta de quién era la responsabilidad del milagro que acababa de ocurrir, porque resulta que el milagro que acaba de ocurrir lo hizo la misma persona que ustedes clavaron: el Justo, el Santo, el Autor de la vida. Y después que Pedro se encarga, por así decirlo, de presentar a Jesús de esa manera, entonces Pedro presenta como el clímax de su sermón el versículo 16.

El versículo 16 es el clímax del sermón: "Y por la fe en su nombre —es el nombre de Jesús— lo que ha fortalecido a este hombre a quien veis y conocéis, y la fe que viene por medio de Él le ha dado esta perfecta sanidad en presencia de todos vosotros." Pedro podía haberlo dejado ahí y hubiera terminado su sermón perfectamente bien. Pero lo que él hace es, antes de explicar quién es el responsable del milagro, quiere que ellos entiendan que el responsable del milagro es a quien ellos clavaron. Pero él quiere identificar, y definir, y caracterizar —quizás es una mejor palabra— a quien fue que ellos clavaron: al Santo, al Justo, al Autor de la vida. A ese que Dios glorificó, ese es el que ahora está sentado a la diestra del Padre con toda autoridad en el cielo, en la tierra y por debajo de la tierra. Y es en su nombre que este hombre ha sido fortalecido.

Eso es el clímax del sermón. Eso es lo que Pedro está tratando de hacer: él está construyendo la reputación del nombre de Jesús. Y tú y yo no podemos hacer algo menos. Ahora, ese nombre, por así decirlo, no solamente es el responsable de la sanidad. Pedro dice que es por medio de ese nombre también que viene la salvación. ¿Por qué? Porque Pedro lo presenta así. Escucha: "Y la fe que viene por medio de Él le ha dado esta perfecta sanidad." Él es el Autor de la vida, el Autor del milagro, pero Él es también el Autor de la salvación.

En Romanos 10, Pablo, hablando de cómo es que la fe llega al hombre inconverso, dice que la fe viene por el oír, y el oír por la Palabra de Dios. Y alguien pudiera decir: "Pastor, pero usted no dijo que era por Cristo." Sí, lo que pasa es que la fe viene por el oír, y el oír por la Palabra, y la Palabra tiene que presentar a Cristo. Eso es lo que Pedro está haciendo: Pedro está presentando a Cristo. Nosotros predicamos en su nombre para dar a conocer su nombre, para la gloria de su nombre, para la expansión del reino que lleva su nombre, para el reconocimiento de la autoridad de aquel que ha sido glorificado por el Padre, a quien Dios Padre le dio un nombre que es sobre todo nombre. Es en el nombre de Jesús que nosotros predicamos, para la gloria de Jesús, para la expansión del reino que lleva su nombre.

Jesús dijo claramente: "El Espíritu va a venir", y llegó en Pentecostés —apenas había ocurrido unos días antes—, pero cuando Él venga, "tomará de lo mío y me va a glorificar a mí." Pedro no olvidó esa enseñanza. Por eso le dijo: "No salgas de Jerusalén" —Hechos 1:8— "hasta que el poder descienda." Recuerda: fue a tomar de lo mío y a glorificarme a mí. Cuando el predicador honra el nombre de Cristo con su vida y en su mensaje, es el gozo del Espíritu de Dios glorificar al Hijo y endosar la Palabra.

Cuando el expositor honra el nombre de Cristo con su vida —y yo comencé con su vida, porque es muy fácil hablar teológicamente; solamente hay que aprenderse los textos y leer algunos comentarios, quizás— pero con su vida y en la predicación, es el gozo del Espíritu glorificar al Hijo a través del expositor. Y frecuentemente la manera como eso ocurre es dando salvación a los inconversos. No es la única manera, pero frecuentemente la manera como el Espíritu se goza en la predicación de la Palabra es trayendo salvación en el nombre de Cristo a los inconversos. Pero es por medio de la fe en su nombre.

Y como estamos en los 500 años de la Reforma, nosotros vamos a aprovechar a lo largo de este año para ir introduciendo, o refrescando, o recordando puntos de enseñanza de la Reforma, para que nosotros podamos también tener una conexión con el pasado. Quisiera aprovechar dos minutos para recordarnos que los reformadores nos enseñaron que la fe que salva —hablando de la salvación en el nombre de Jesús— tiene tres componentes. Uno es lo que ellos llamaron *notitia*, que tiene que ver con conocimiento: yo sé que Jesús vino a salvar al mundo del pecado. Yo necesito saber eso. Bueno, Satanás lo sabe también. La fe salvadora necesita también *assensus*, que tiene que ver con asentir: yo necesito asentir que Jesús derramó sangre para el perdón de los pecadores. Satanás también diría: "Sí, Él derramó sangre para salvar a los pecadores." De manera que hasta ahí, cuando tengo esos dos componentes de tres de la fe, no califico; como dijera alguien en algún momento, no hago más que un demonio.

Yo necesito el tercer elemento, que es *fiducia*, que es confianza en la persona de Jesús, en el nombre de Jesús. Eso es lo que los demonios no tienen, y eso es lo que los incrédulos no tienen. Pero eso es lo que me salva: es la confianza en la persona de Jesús. La doctrina no me salva; la doctrina me informa. Jesús me salva cuando yo pongo mi confianza en Él.

Ahora bien, con relación a este milagro y este sermón: cuando esto ocurre, Pedro y Juan no estaban en una campaña de sanación como hoy se hace y se anuncia. Eso no existió en el contexto de la iglesia primitiva. Ellos iban al templo a la hora de la oración, con toda probabilidad porque donde iban a encontrar más gente; y con toda probabilidad, dada la actividad evangelística de esos días, iban a predicar a ese grupo de gente y podían orar con ellos. ¿Por qué no iban a aprovechar que la gente se estaba juntando a esa hora para predicarle? Y en ese contexto de ir a predicar, resulta que Dios decidió dar sanidad a este hombre, y quizás salvación también ese día, y entonces inmediatamente después se produce una predicación.

Lo que nosotros vemos en el libro de los Hechos es a Dios haciendo señales y prodigios para autentificar, como hemos dicho tantas veces, el mensaje y al mensajero. Y eso es lo que está ocurriendo. Eso que nosotros vemos hoy, de que tal día habrá un día de milagro —de lo que hemos hablado tantas veces—, eso es tan antibíblico como cualquier otra cosa. "Ven y no te quedes sin tu milagro." ¿Cómo es posible que tú pienses que puedes programar a Dios? Es como que yo te diga: "Ven y no te quedes sin tu hamburguesa." Por Dios, estas intervenciones de Dios ocurrían de manera inesperada. Pedro no sabía que iba a pasar eso cuando se levantó, cuando iba al templo; no tenía la menor idea de que este cojo se iba a sanar. Esto es una decisión soberana del cielo, en el momento que Dios lo determine.

No hay campañas de sanación en la historia de la iglesia anterior a nuestros tiempos. Nuestro Dios no es programable. Si tú no sabías eso, o conoces a alguien que no lo sabe, o conoces a alguien que hace esa programación de milagros, llámalo y dile: "Mira, yo escuché, y piénsalo bien: Dios no es programable." Hoy en día el énfasis de mucho ministerio no está en la presentación del Evangelio, sino en el ofrecimiento de un milagro. Y eso trae gente con comezón de oído, pero no complace a Dios.

Seguimos. Pedro trata de explicar a su audiencia lo que ocasionó que ellos rechazaran a Cristo. Pedro no excusa la atrocidad que ellos cometieron; él solo explica: "Ustedes declararon a un hombre santo, justo, Autor de la vida, a quien Dios había glorificado." Eso es horrible, eso es monstruoso; esa es la palabra con la cual nosotros pudiéramos calificar la cruz. Pero quiere que ellos entiendan, teológicamente —si tú quieres, espiritualmente— qué fue lo que pasó. El versículo 19: "Y ahora, hermanos, yo sé que por ignorancia lo hiciste, como también vuestros gobernantes." Lo clavaron porque eran ignorantes.

Tú puedes ver eso en diferentes porciones de la Biblia. Pablo les escribe a los corintios y les dice exactamente lo mismo con otras palabras, en la primera carta, capítulo 2, versículo 8. Pablo dice que él habla de una sabiduría que es la sabiduría de Dios, y luego dice ese versículo 8: "La sabiduría que ninguno de los gobernantes de este siglo ha entendido, porque si la hubieran entendido no habrían crucificado al Señor de gloria." La misma cosa: los gobernantes de este siglo, Pilato, Herodes, el pueblo, condenaron y clavaron a Jesús porque nosotros hablamos de una sabiduría que ninguno de ellos entendió. Si la hubieran entendido, no lo hubieran hecho.

Y si todavía tú necesitas verlo mucho más claramente: cuando Jesús mismo está siendo crucificado, ya crucificado, Él dice: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen." No saben lo que están haciendo; son unos ignorantes. No saben que han clavado a Dios encarnado. Alguien pudiera decir: "Pero, ¿no sabían que estaban clavando a un hombre?" Sí, y sabían que estaban clavando a un hombre justo.

Desde el punto de vista físico, ellos habían hecho lo que habían hecho, pero desde el punto de vista espiritual no tenían la menor idea de lo que habían hecho. Incluso no tenían ni siquiera la menor idea de lo que el mismo Pablo en su momento, Pedro en otro momento, estaban predicando. Y muchas veces nosotros mismos, antes de venir a Cristo, no teníamos la menor idea de qué era lo que estaban hablando. Decíamos que el que predicaba predicaba demasiado enredado, porque eso es lo que Pablo está tratando de ayudarle a entender: que hay cosas que el cielo entiende que ustedes no entienden.

Eso es lo que Pablo le dice a los corintios en esa primera carta, en el capítulo dos, versículo 14. Escucha, dice que el hombre natural, o el hombre que no conoce a Dios, no acepta las cosas del Espíritu de Dios, porque para él son necedad y no las puede entender, porque se disciernen espiritualmente. Pablo no dice que son difíciles de entender, sino que no las puede entender porque se disciernen espiritualmente. Entonces, si yo soy un incrédulo y estoy sentado escuchando el mensaje y no tengo el Espíritu, yo no puedo entender el contenido espiritual detrás de lo que me están enseñando. Yo puedo entender gramaticalmente, sintácticamente, la sintaxis la puedo entender, lo que me dijeron. Lo que yo no entiendo es cómo es que este hombre clavado es Dios hecho hombre y que derramó sangre para el perdón del pecado. Ahí, a mí, eso me parece una necedad.

Y eso es lo que Pablo y Pedro están diciendo: por eso, porque ustedes lo clavaron, cuando hicieron eso lo hicieron en ignorancia. Pero la ignorancia no me exonera de culpa, y nosotros lo podemos ver en la misma palabra de Pedro en un momento. Ahora, cuando yo escucho el Evangelio —como estamos explicando, incluso hoy en día de diferentes maneras—, estamos explicando el Evangelio a través de una historia. Estamos explicando qué fue lo que significó la crucifixión de Cristo y su resurrección. Cuando yo escucho el Evangelio, aumenta mi responsabilidad. Ahora yo no puedo reclamar tanta ignorancia como aquel que nunca ha escuchado el Evangelio.

Ahora Pedro también le ayuda a entender: "Ok, es verdad que usted era un ignorante, pero déjame decirte que no fue que aquí atrás, en el Antiguo Testamento, no se había hablado de eso." Yo quiero que ustedes entiendan eso. No es que Pedro diga: "Lo que pasa es que nadie nos habló de eso." No, eso estaba aquí atrás. Mira cómo Pedro se lo dice en el versículo 18: "Pero Dios ha cumplido así lo que anunció de antemano por boca de todos los profetas" —no de alguno de los profetas, sino por todos los profetas— "que su Cristo debería padecer." De manera que su ignorancia hay que calificarla: es una ignorancia verdadera porque todavía tienen el velo y Dios no lo ha levantado, como le dice Pablo a los corintios también: "hasta el día de hoy tenían el velo." Pero no es por falta de revelación. Isaías 52 y 53 habla de la crucifixión de Cristo en detalle y de su propósito, y este es solo uno de los profetas.

La realidad es que todo evento, como hemos dicho otras veces, tiene dos lecturas. Hay una lectura terrenal y hay una lectura celestial. La lectura terrenal es como las cosas lucen aquí abajo, y la lectura celestial es como las cosas lucen desde arriba. Entonces, del punto de vista terrenal, clavaron a un hombre acusado de delito, se buscaron falsos testigos para que lo acusaran. El único hombre veraz en todo el universo termina clavado y acusado por falsos testigos: ese es el caso de la crucifixión. Pero desde el punto de vista de los cielos, ellos no podían entender lo que habían hecho, pero fueron culpables de haberlo entregado.

Entonces, ahí están las dos lecturas otra vez. Por un lado, terrenalmente, ellos fueron los culpables. Pero desde arriba, escucha lo que Pedro dice, para que entiendan que esto tampoco tomó de sorpresa a Dios: que Dios anunció de antemano por boca de todos los profetas que su Cristo debería padecer. Ahí están las dobles lecturas otra vez: Dios anunció lo que iba a pasar, pero tú eres culpable. Tú eres culpable, tú vas a ser instrumento de esta maldad, y Yo estoy aquí arriba orquestando lo que está ocurriendo. Pedro le ayuda a ver, le da esas dos lecturas al mismo tiempo. Yo creo que a nosotros nos ayudaría en gran manera, cuando estamos estudiando la Palabra, ver si podemos identificar esas dos lecturas con frecuencia.

Pedro los confronta con la realidad de su pecado y, al mismo tiempo, les habla de las bendiciones de arrepentirse. Lo bueno de lo que hace Pedro es que este sermón presenta las malas nuevas y las buenas nuevas: "Ustedes son culpables, pero no tienen que quedarse así bajo la culpabilidad." Eso es importante. El versículo 19 dice: "Arrepentíos y convertíos para que vuestros pecados sean borrados, a fin de que tiempos de refrigerio vengan de la presencia del Señor." Nota cómo Pedro no tuvo miedo de llamar a la gente al arrepentimiento y a la conversión. Pero no les dice: "Miren, ustedes necesitan invitar a Cristo a su corazón", porque el Soberano Señor no necesita invitación; Él puede entrar cuando quiera. Tu problema es falta de arrepentimiento, y Pedro los invita a arrepentirse y a la conversión. Él no se amedrentó en decirlo. Aquí hay dos palabras que los predicadores de hoy en día ocultan: pecado y arrepentimiento. Pedro no hace eso.

Ahora yo necesito entender también algunas cosas con relación al arrepentimiento. Aquí hay dos lecturas otra vez: el arrepentimiento es un regalo de Dios, y sin que Dios regale arrepentimiento no hay arrepentimiento. Pero, por otro lado, el arrepentimiento es la respuesta de mi corazón al ministerio de convicción producida por el ministerio del Espíritu Santo. El arrepentimiento es un regalo de Dios desde arriba; del punto de vista terrenal, es una respuesta que yo doy a la convicción que el Espíritu Santo trae sobre mi corazón. Y ese arrepentimiento puede ser real o puede ser ficticio.

Una y otra vez lo hemos visto: el apóstol Pablo habla de esos dos arrepentimientos, el real y el ficticio, caracterizados por dos tipos de tristezas distintas: una tristeza que viene de Dios, que es la que lleva al arrepentimiento, y una tristeza que viene del mundo, que lleva a la muerte. Escucha cómo él se lo explica a los corintios. Lo bueno de la Palabra es que la Palabra explica la Palabra, la Palabra interpreta la Palabra. Pablo les explica a los corintios en su segunda carta, capítulo siete, versículos 8 al 10: "Porque si bien os causé tristeza con mi carta, no me pesa, aun cuando me pesó; pues veo que esa carta os causó tristeza, aunque sólo por poco tiempo. Pero ahora me regocijo, no de que fuisteis entristecidos, sino de que fuisteis entristecidos para arrepentimiento; porque fuisteis entristecidos conforme a la voluntad de Dios, para que no sufrierais pérdida alguna de nuestra parte. Porque la tristeza que es conforme a la voluntad de Dios produce un arrepentimiento que conduce a la salvación, sin dejar pesar; pero la tristeza del mundo produce muerte."

La tristeza del mundo es la que produce un cierto amargo de las consecuencias que he tenido, que me llevan a ciertos cambios de conducta, a decir ciertas cosas y a confesar ciertas cosas, y por eso lleva a la muerte, porque en realidad se queda corto del verdadero arrepentimiento. El verdadero arrepentimiento no busca ni mide qué es lo que necesita confesar, sino que busca qué es lo que no puede dejar oculto. El verdadero arrepentimiento trae un gozo a la vida de la persona. El verdadero arrepentimiento cuesta; el remordimiento no cuesta tanto, porque es medido: yo llego hasta aquí, yo llego hasta allí, yo digo esto pero no admito aquello. Y cuando yo me arrepiento, las cosas quedan terminadas ahí, cerradas en un baúl; no tengo que volverlas a visitar. Si me toca perdonar, perdono, y no vuelvo a visitar eso. Si me toca pedir perdón, pido perdón, y ya no vuelvo a visitar eso.

Cuando el hijo pródigo viene donde el padre, no calculó hasta dónde él realmente tenía que pedirle perdón al padre para que el padre lo recibiera. Él dijo: "Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; no soy digno de llamarme hijo tuyo; ponme como a uno de tus jornaleros." Yo ni siquiera merezco tu apellido. Ese es un arrepentimiento verdadero. El hijo pródigo no calculó, no está calculando; no es un remordimiento. "Yo tengo que ir hasta donde tenga que ir, hasta las últimas consecuencias." El arrepentimiento que viene de Dios experimenta dolor —no mal sabor, sino dolor— por haber violado el estándar de Dios, por haber manchado Su nombre, por haber dañado a otros, por las consecuencias cosechadas. Tengo que pedir perdón, pido perdón; y si tengo que perdonar, perdono; y si es así, no vuelvo a hablar de eso. Cuando yo tengo que visitar de nuevo ese asunto otra vez, yo no he terminado mi arrepentimiento, o quizás no lo he ni siquiera comenzado, porque regreso una y otra vez a las mismas cosas.

Pero Pedro los llama al arrepentimiento y a la conversión para que sus pecados sean borrados y para que tiempos de refrigerio vengan de parte de Dios. Pedro no solamente les habla de que necesitan que sus pecados sean borrados mediante el arrepentimiento, sino que les habla de la bendición que resulta, porque hay tiempos de refrigerio de parte de Dios. Escúchalo, versículo 19: "Por tanto, arrepentíos y convertíos, para que vuestros pecados sean borrados, a fin de que tiempos de refrigerio vengan de la presencia del Señor; y Él envíe a Jesús, el Cristo designado de antemano para vosotros."

Aquí hay una alusión tangencial a algo que es muy futuro. Escuchaste: "Arrepiéntanse para que tiempos de refrigerio vengan y Dios envíe a Jesús" — esa segunda venida, designado de antemano para vosotros. Aquí hay un llamamiento, y la mayoría de los estudiosos concuerda: hay un llamamiento al arrepentimiento nacional de la nación, con el entendimiento de que dicho arrepentimiento nacional potencialmente podría traer al Mesías.

Regreso. Y Dios sabía que eso no iba a ocurrir en ese momento. El arrepentimiento nacional no ocurrió, pero para aquellos de nosotros que creemos de la manera que creemos, Romanos 11:25-26 profetiza el arrepentimiento nacional de Israel en un futuro inmediatamente antes de la venida del Señor. De manera que muchos de los estudiosos entienden que esto es una alusión a ese tiempo, y así lo creemos nosotros también.

Pero Pedro está con esta audiencia judía y, por tanto, él está hablando de cosas que a los judíos les debe interesar. Y entonces él comienza a decir en la parte final de su sermón que el cielo debe recibir a este Jesús hasta el día de la restauración de todas las cosas. El tiempo futuro: Jesús va a estar en el cielo, el cielo lo va a recibir hasta el día de la restauración, el día que Él regrese. Acerca de lo cual Dios habló por boca de sus santos profetas desde tiempos antiguos. Otra vez haciendo alusión: Dios ha revelado esto, esto es culminación de cosas ya reveladas. El pago inicial se hizo; esto es lo que faltaba.

Y entonces él comienza de manera muy específica a mostrar de qué manera Dios habló de forma clara en el pasado. Escucha: "Moisés dijo", versículo 22: "El Señor Dios os levantará un profeta como yo de entre vuestros hermanos; a Él prestaréis atención en todo cuanto os diga. Y sucederá que todo el que no preste atención a ese profeta será totalmente destruido de entre el pueblo." Dios anunció por medio de Moisés, a quien ellos veneraban, que llegaría el día cuando Él iba a levantar un profeta como Moisés, pero sería un profeta especial, porque si el pueblo no prestaba atención a ese profeta que Dios iba a levantar, esa persona sería totalmente destruida de entre el pueblo.

Moisés sacó al pueblo de Israel de Egipto; Jesús nos saca de nuestra condición de esclavitud de pecado. Moisés condujo al pueblo a la tierra prometida; Jesús nos lleva a la verdadera tierra prometida. Moisés literalmente le dio redención de la esclavitud al pueblo; Jesús nos da redención de la esclavitud espiritual y nos lleva a libertad, tal como Moisés lo estaba haciendo. Moisés no pudo entrar a la tierra prometida, en espera del verdadero Moisés que sí nos entraría a la tierra prometida, y Moisés lo profetizó claramente en Deuteronomio 18:18-19: "Un profeta como tú levantaré de entre sus hermanos, y pondré mis palabras en su boca, y Él les hablará todo lo que yo les mandé. Y sucederá que a cualquiera que no oiga mis palabras que Él ha de hablar en mi nombre, yo mismo le pediré cuenta."

Y eso es justamente lo que Pedro está diciendo. Pedro está refiriéndose a este pasaje de Deuteronomio, diciendo: "Si ustedes leen Deuteronomio y encuentran este pasaje, este Jesús a quien vosotros crucificasteis es a quien Dios levantó, Él es a quien Dios puso palabras en Él", tal como Jesús testificó que Él solamente hablaba lo que el Padre le había dado. Y de Él es que Moisés dijo: "Ahora yo estoy repitiendo que si no prestan atención, serán destruidos."

Pero no fue el único que habló. Así mismo, todos los profetas que han hablado desde Samuel y sus sucesores en adelante también anunciaron estos días. El Antiguo Testamento entero apuntaba a Cristo, el Nuevo Testamento entero gira alrededor de Cristo, la Biblia entera es cristocéntrica. Y entonces, ¡ellos debieron haber sido el pueblo más bendecido! Ellos recibieron todos los profetas; a ellos fueron enviados. Ellos recibieron a Dios encarnado; a ellos fue Cristo enviado, a las ovejas perdidas de Israel.

Y eso es lo que Pedro les está como enrostrando, trayendo a colación o poniendo delante de su rostro, cuando les dice: "Vosotros sois los hijos de los profetas y del pacto que Dios hizo con vuestros padres, al decir a Abraham: 'Y en tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra.' Para vosotros en primer lugar, Dios, habiendo resucitado a su Siervo, le ha enviado para que os bendiga, a fin de apartar a cada uno de vosotros de vuestras iniquidades." ¿Qué es lo que Pedro está diciendo, amados? Ustedes, en primer lugar, eran la primera audiencia de Dios. Ustedes son los hijos de los profetas, ustedes son sus descendientes, ustedes debieron haber sido los primeros en reconocer esto. Lo que se estaba haciendo fue para su bendición.

¿Y cómo es esto? Que Dios, incluso después que ustedes clavan al Hijo, lo resucita, y Pedro allí está diciendo que resucitó a su Siervo y que se lo ha enviado otra vez, para que os bendiga, a fin de apartar a cada uno de vosotros de vuestras iniquidades. Verdaderamente que Dios es paciente: "Tú clavas a mi Hijo y yo lo envío otra vez para que, en primer lugar…" Y así comenzó la predicación del Nuevo Testamento: el evangelio es poder de Dios para salvación, a los judíos primeramente y luego a todo aquel que crea en Él, al gentil también. ¡Wow!

Y uno mira hacia atrás y dice: "¿Pero cómo es posible? ¿Cómo es que esa gente era tan pecaminosa?" La verdad es que se ha hablado. Alguien ya me decía que era duro, pastor. Nosotros, ¿cómo responde el pueblo de Dios hoy en día? El pueblo de Dios que muchas veces escucha la predicación de la Palabra, Palabra que no está siendo predicada a otros, no obedece la Palabra que escucha. Es más, no solamente la Palabra que escucha: el pueblo de Dios muchas veces no vive la Palabra de la que dice "¡Gloria a Dios, aleluya, predique, pastor!" A veces esa Palabra al otro día está siendo desobedecida.

Piensa por un momento: el pueblo que recibió el pacto de la gracia, los ojos abiertos de su gracia, el pueblo que recibió la bendición del derramamiento de la sangre de Jesús, no valora sus sacrificios. ¿Y cómo lo sabemos? Porque tú escuchas a Pablo, que sí realmente valoró sus sacrificios, y dice: "Es que el amor de Cristo me constriñe, el amor de Cristo me constriñe, no me deja ninguna otra alternativa que no sea predicar el evangelio. ¡Ay de mí si no predico el evangelio!", decía Pablo.

De mano, nuestros pecados clavaron a Cristo en la cruz. ¿Sí o no? ¿Estamos de acuerdo? Y muchas veces, estando de acuerdo en que mis pecados clavaron a Cristo en la cruz, yo vuelvo y los cometo. Es como si yo volviera a dar un martillazo en otro clavo. Yo simplemente estoy tratando de establecer la continuidad entre la condición del corazón en la antigüedad y la nuestra. El pueblo que ha sido perdonado con frecuencia no perdona. Cien años a partir de ahora, alguien pudiera mirar para atrás y pudiera decirle al pastor futuro: "Pastor, habrá que dar duros." Y el pastor dirá: "Sí, de verdad."

Vamos a hablar de nosotros ahora. El pueblo que ha recibido la misericordia de Cristo y que predica su gracia y su misericordia, no practica la misericordia, no tiene la paciencia de Cristo. El pueblo que recibió al Mesías manso y humilde, frecuentemente es orgulloso. En resumen: no somos muy diferentes del pueblo de ayer. ¡Arrepentíos! ¡Arrepentíos! Pastor incluido. La característica número uno del cristiano es su vida de arrepentimiento.

Y si hay alguien que no ha entregado su vida a Cristo, entonces mi llamado es: arrepentíos y convertíos, para que tiempos de refrigerio puedan venir a tu vida, a tu familia, a tu comunidad; tiempos de refrigerio de parte de Dios. Yo no sé si el Espíritu de Dios te habló en esta mañana, pero si el Espíritu de Dios te habló, yo creo que sería un buen tiempo de que podamos orar y pedirle perdón a nuestro Dios, y luego cantar de una manera que podamos salir de aquí animados. Porque escuché la mala noticia y escuché la buena noticia: la mala noticia es que todavía hay mucho pecado remanente en nosotros, y la buena noticia es que Dios, aun después que clavaron a su Hijo, lo resucita, igual y solo, un día para que Cristo pueda perdonar a aquellos que le clavaron. De manera que Él puede darte perdón en esta mañana.

Esta es una producción que llega hasta ustedes gracias a los aportes de individuos y empresas comprometidos con la defensa de la fe. Para más información, preguntas y comentarios, visite nuestra página de internet: www.integridadsabiduria.org. En esta página encontrará información sobre la producción de este y otros recursos que ponemos a su disposición, como también las formas en las que usted puede contribuir con la producción de programas como estos. Les invitamos nuevamente a visitar nuestra página de internet: www.integridadsabiduria.org. Será hasta la próxima, cuando nos reencontremos en su Palabra.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.