La iglesia de Tesalónica llegó a ser un modelo para otras congregaciones, y la clave de su transformación se encuentra en un detalle aparentemente sencillo: recibieron la palabra predicada no como palabra de hombres, sino como lo que realmente es, la palabra de Dios. Mientras otras iglesias como Corinto o Galacia no recibieron los mismos elogios de Pablo, los tesalonicenses se distinguieron por la manera en que acogieron el mensaje del evangelio.
La gratitud ocupa un lugar central en este texto. Pablo da gracias sin cesar por lo que Dios está haciendo en los tesalonicenses, incluso en su ausencia. Esta capacidad de gozarse por la obra de Dios en otros, cuando uno no ha sido el instrumento de esa obra, es una de las mejores expresiones de madurez cristiana. La gratitud genuina tiene dos dimensiones: vertical hacia Dios, que se experimenta independientemente de las circunstancias, y horizontal hacia los demás, que requiere vencer celos, envidias y egocentrismo.
El problema surge cuando recibimos la Escritura como un buen consejo en lugar de recibirla como palabra autoritativa e incuestionable. Si la palabra prohíbe el matrimonio con un incrédulo y lo consideramos, si manda pagar impuestos y no lo hacemos, revelamos que no la hemos recibido por lo que es. La palabra de Dios es inspirada, inerrante, infalible e infinitamente poderosa para abrir ojos, ablandar corazones y quebrar voluntades. Por eso Pablo podía estar tranquilo lejos de Tesalónica: la palabra hace su obra en los que creen.
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En esta mañana nosotros tenemos un texto bien corto, es un versículo. La primera carta a los tesalonicenses, en el segundo capítulo, vamos a estar leyendo el versículo 13. Es un versículo que yo creo que es importante para nosotros poder entender algunas cosas que hemos venido diciendo acerca de la iglesia de Tesalónica. Es una iglesia que, como nosotros hemos venido viendo, fue bendecida de una manera extraordinaria. Es una iglesia que Pablo nos presenta ahora en esta carta como un modelo, un modelo que fue imitado por otras iglesias.
Pablo destaca en ella su obra de fe, su trabajo de amor y su firmeza en la esperanza de nuestro Señor, que son el versículo 3. Y hay algo que yo mencioné desde el primer día: esta iglesia recibe elogios, recibe aplausos de parte del apóstol, de una manera que nosotros todos, como iglesias, quisiéramos recibir y ver en nuestros miembros y en nuestras congregaciones en general. Pero ciertamente, cuando uno abre incluso el mismo Nuevo Testamento, uno no encuentra las mismas palabras acerca de otras iglesias como las encuentra en esta carta. Uno no encuentra esos elogios en la carta a los corintios, uno no encuentra esos elogios en la carta a los gálatas, y uno tiene que preguntarse entonces cuál fue y cuál sigue siendo la diferencia.
¿Cuál es la diferencia hoy en día entre iglesias y hermanos que de una u otra forma están oyendo la predicación de la misma Palabra y que sin embargo están respondiendo a la Palabra de manera distinta? Porque unos van, parece ser, santificándose un poco más rápido que otros. Ciertamente la respuesta final Dios la tiene en Su mente y en Su corazón, pero la Palabra nos deja ver algunos detalles, algunas pinceladas de algunas de las razones por las cuales cosas como esas ocurren. Yo creo que parte de la respuesta a cómo y por qué esta iglesia en Tesalónica llegó a ser la iglesia que llegó a ser está en este versículo que vamos a leer, el versículo 13 del capítulo 2 de la primera carta a los tesalonicenses.
Escucha con detenimiento: "Por esto también nosotros sin cesar damos gracias a Dios, de que cuando recibisteis la palabra de Dios que oísteis de nosotros, la aceptasteis no como palabra de hombres, sino como lo que realmente es, la palabra de Dios, la cual también hace su obra en vosotros los que creéis."
Piensa, reflexiona, medita un poco sobre esto que acabamos de leer. Escucha una vez más cómo el verso comienza: "Por esto también nosotros sin cesar damos gracias a Dios." Yo quiero detenerme en la introducción del verso, porque esta no es la primera vez que el apóstol Pablo está dando gracias por algo que está pasando en los tesalonicenses o que ha pasado. Esta es una actitud continua en los labios de Pablo, pero sobre todo en esta carta hay una expresión de gratitud por algo que él está viendo o que ha escuchado que ha estado aconteciendo en ellos. Y nota cómo lo dice: sin cesar, continuamente.
De alguna forma, cada vez que Pablo pensaba en los tesalonicenses y los traía a su memoria para orar por ellos, una de las cosas por las cuales él iba a dar gracias era precisamente por algo que está a punto de decirnos y que todavía no hemos visto. Pero yo quería parar ahí un momento y reflexionar acerca de esa actitud de gratitud que caracterizó la vida de este hombre, porque yo creo que es una actitud digna de emular, digna de imitar, y es un llamado que Dios nos ha hecho a poder vivir una vida de gratitud y no simplemente a dar gracias en algunas ocasiones.
La gratitud, decía alguien, es el reconocimiento placentero de los beneficios o bendiciones recibidos debido a las acciones de otro. Y Pablo expresa esa gratitud en estas palabras hacia Dios. Es una de las mejores formas de adoración. De hecho, en el Antiguo Testamento no hay una real diferencia entre las palabras que expresan gratitud y las palabras que expresan alabanza, de tal manera que la forma de expresar gratitud en el Antiguo Testamento era una forma de alabar a Dios y constituía parte de lo que es la adoración, y lo debe constituir en nosotros como parte de esa adoración ofrecida a nuestro Dios.
Cuando llegamos al Nuevo Testamento, Pablo es quien más usa palabras para expresar gratitud de múltiples formas. Decíamos que él saluda a cada una de las iglesias en cada una de esas cartas, con la excepción de la carta a los gálatas, expresando gracias a Dios. De tal forma que nosotros podemos ver que ciertamente este hombre no simplemente enseñó acerca de la necesidad y de lo digno que es vivir una vida que continuamente le da gracias a Dios, sino que lo exhibió en su vida y lo exhibió en sus cartas.
Yo creo que nosotros tenemos razones para expresar esa gratitud, y esa gratitud es el fruto de reflexionar acerca de lo que Dios proveyó. Todo lo que somos, todo lo que tenemos es algo que ha venido de nuestro Dios. Nosotros dependemos continuamente de nuestro Dios; aún mi próxima respiración depende de que Dios desee mantenerme con vida. De tal manera que yo no puedo olvidar nunca cuán dependiente es mi vida de la acción continua y sostenedora de nuestro Dios. Nuestra condición de libertad que disfrutamos del pecado, y aún la condición que disfrutamos como nación para poder tener servicios de adoración libremente sin que seamos perseguidos, depende de algo que Dios ha hecho por nosotros y por la nación. Y nos ha dado libertad de la condenación eterna, y lo ha hecho justamente a través de la sangre derramada por Su Hijo, que le costó Su vida, y a Dios Su muerte por mi vida.
Si reflexionamos sobre esas verdades y no terminamos de presentar gratitud, si estas que son pocas no nos mueven a tener una vida de gratitud, no sé entonces qué lo hará. Pero la realidad es que la ingratitud, la disposición opuesta, es lo más natural al ser humano. El pecado que mora en nosotros es ingrato. ¿Está de acuerdo con eso? El pecado que mora en nosotros es ingrato, y en principio ese pecado es ingrato hacia Dios y es ingrato hacia los hombres.
Pero en la medida en que uno lee la Palabra, lee a otros autores, vive la vida y va envejeciendo, uno va aprendiendo otras cosas. Una de las cosas que en mi propia vida he ido pudiendo ver y aprendiendo es que aún después de haber nacido de nuevo, la ingratitud hacia Dios comienza a irse primero. Pero hay un período, quizá mejor dicho, un espacio de tiempo en el que mi ingratitud hacia Dios ha disminuido, pero persiste la ingratitud hacia los hombres. Eso es algo que no vemos en el caso del apóstol Pablo y mucho menos en el caso de la persona de Jesús.
Y cuando eso permanece, a veces recibimos cosas de otros, y cuando otros entonces nos cuestionan acerca de nuestra actitud de ingratitud, oímos expresiones como esta, y algunos de ustedes las han oído de sus propios hijos, o quizás las han dicho ustedes mismos: "¿Él hizo eso? ¿Por qué? Porque quiso." En otras palabras: "Yo no le debo ninguna gratitud porque eso lo hizo porque quiso; eso es su problema. Yo no se lo pedí." ¿Han oído expresiones como esa, o soy simplemente yo el que las ha oído? Lo que ocurre es que lo que se da por obligación o se reclama como derecho, estas son nuestras frases con las que justificamos nuestra ingratitud.
Pero la verdad es que cuando tú miras la Palabra, la gratitud que sale de estas páginas tiene dos dimensiones: tiene una dimensión vertical y tiene una dimensión horizontal. Horizontalmente podríamos decir que la gratitud es un sentido de gozo experimentado por los beneficios traídos a tu vida por otras personas, un sentido de gozo por bendiciones que otras personas han traído a tu vida. Verticalmente, hablando hacia Dios, pudiéramos definir la gratitud como un sentido de plenitud experimentado después de haber conocido la bondad de Dios en Cristo Jesús para con nosotros, y que se experimenta independientemente de las circunstancias.
Verticalmente es un sentido de plenitud, no es simplemente un gozo; es un sentido de satisfacción que tú experimentas después de conocer la bondad, la benevolencia, la riqueza de Dios en Cristo Jesús hacia nosotros, y que es experimentado independientemente de las circunstancias. El apóstol Pablo podía estar en una cárcel y él sentía gratitud hacia Dios. Podía estar en un naufragio, haberlo perdido todo, y él tenía gratitud hacia Dios. Eso expresa un trabajo de Dios en su corazón.
La ausencia de esa gratitud en nosotros, muchas veces hermano, se debe a una falta de reconocimiento de lo que Dios ha hecho por nosotros, en nosotros, lo que está haciendo, no simplemente lo que ya hizo, que es suficiente, sino lo que está activamente haciendo en nosotros, lo que está haciendo a través de nosotros, y aún más, lo que está haciendo en otros y a través de otros. Porque lo que sale de Pablo aquí en esta primera parte del versículo es una expresión de gratitud por otros, por algo que está ocurriendo en los tesalonicenses, algo que está ocurriendo en ellos en su ausencia, algo que él no está moviendo en ese momento, algo de lo que él no está participando.
Y el sentir gratitud con gozo por lo que Dios hace en el otro, y por lo que Dios hace a través de ese otro, cuando nosotros no hemos sido el instrumento de eso que está ocurriendo, es una de las mejores expresiones de madurez cristiana. Lo voy a decir eso otra vez.
Poder sentir gozo y gratitud por algo que Dios está haciendo en el otro, y está haciendo a través de otro cuando yo no he sido el instrumento de eso, es una de las mejores expresiones de madurez en Cristo. Y uno puede ver eso en las cartas de Pablo. Es muy fácil sentir gratitud hacia Dios cuando Él está haciendo algo en otros cuando yo he sido el instrumento de eso que está pasando, pero cuando eso no tiene nada que ver conmigo, cuando está ocurriendo en mi ausencia, cuando Dios está haciendo a través de personas que Él ha decidido usar de manera que quizás no me ha elegido a mí, el sentido de gratitud comienza a distorsionarse.
Pablo comienza dando gracias por algo que ha escuchado, porque no ha podido regresar a Tesalónica, algo que ha escuchado que ha ocurrido en los tesalonicenses en su ausencia. ¿Sabes por qué él podía hacer eso? ¿Saben por qué él podía experimentar el gozo de eso que estaba pasando? No es simplemente porque él los amaba, lo cual es cierto, pero él entendía perfectamente bien que esas personas por las que Cristo dio su sangre le pertenecen a Dios, le pertenecen a Dios igualmente que yo le pertenezco a Él. Ellos son parte de una misma causa, igual que yo, y yo necesito regocijarme en esa parte de la causa de Cristo que está alejada de mí ahora, pero que tiene que ver con la gloria de nuestro Dios.
Cristo controla ese proceso de crecimiento en los tesalonicenses y en nosotros, y no tenemos nosotros el control de ese proceso de crecimiento, de tal manera que yo tengo que expresar mi gratitud hacia el Señor y en el Señor por la obra que Él está haciendo. Puesto en términos cotidianos y nuestros: si tuviéramos que enterarnos de que Dios comienza a usar otra iglesia en nuestra ciudad de una manera más significativa que lo que ha usado la nuestra, nosotros necesitamos regocijarnos en eso, darle gracias a Dios por eso, y ciertamente experimentar, expresar y orar dando gracias por la gracia de Dios por lo que está haciendo en los hermanos de la iglesia hermana. Tú puedes gozarte con algo como eso, tú debes gozarte con algo como eso, tú debes querer incluso que algo como eso pudiera pasar si es la voluntad de Dios.
Y escucha: Pablo por eso también dice que nosotros sin cesar damos gracias a Dios, sin cesar, en todo tiempo. En los Salmos, nada más, tú encuentras nada más y nada menos que treinta y cinco referencias a la acción de gracias. Quizás una de las decisiones que tú puedes tomar esta mañana es que a partir de hoy, cada vez que ores, la acción de gracias va a ser una de las primeras cosas que vas a hacer. Pablo da gracias unas dieciocho veces en sus cartas, y en otras diez instruye a que demos gracias, y en la Biblia, si se considera como un todo, hay no menos de ciento cuarenta referencias a la gratitud.
Usualmente nosotros, o sea, no es fácil, no es natural dar gracias cuando las cosas van bien. Conseguimos un trabajo: "Gracias, Señor." No conseguimos el trabajo: "No entiendo." Estamos buscando una pareja para casarnos, no aparece la pareja para casarnos: "Gracias, Señor" por lo que… no, no aparece la pareja y decimos: "Señor, no entiendo." Esto es esperado. Pero si pudiéramos dar gracias a Dios por lo que nos está evitando, por los sinsabores que no sabemos que nos está evitando… Escucha al autor de la carta a los efesios: "Dando siempre gracias por todo en el nombre de nuestro Señor Jesucristo a Dios el Padre." Gracias por todo: por el trabajo que conseguí y por el trabajo que no pude conseguir, por el esposo futuro que pude conseguir y por el que no pude conseguir.
Y cuando la hermana en Cristo consigue uno que yo no lo pude conseguir, también te va a tocar dar gracias a Dios por lo que Dios le dio y le bendijo. Tengo que aprender a dar gracias a Dios por lo que hace en otros. Tengo que salir un poco de mí mismo, tengo que ver evidencia de gracia en el otro, y no solamente reconocerla como quien dice "sé que Dios trabajó en él", sino gozarme genuinamente en lo que Dios está haciendo en ese otro.
Y eso es lo que Pablo está haciendo: se está gozando con lo que está pasando en los tesalonicenses. De esa forma tú comienzas a entender que la gratitud no es simplemente una expresión oral. Es fácil de decir; si yo voy y digo "gracias a Dios", o a veces alguien nos ha corrido y yo digo: "yo soy agradecido". No, no es una expresión oral. La gratitud no es simplemente una doctrina bíblica, aunque lo es. No es simplemente una enseñanza que está en la Palabra. No es simplemente un hábito, aunque debiera ser. No es simplemente una forma más de orar, aunque ciertamente lo es. Es un estilo de vida. La gratitud, o vivir con gratitud, es el sello del trabajo de Dios en nosotros; es el sello de las cosas que llegan de último en el trabajo que el Espíritu Santo hace en nosotros.
Y una cosa que ocurre, hermanos —lo puedo decir por lo suyo, la lectura de otros autores, pero también mi propia vida—, cada una de nuestras vidas es en cierta manera un libro que tú debes aprender a leer hacia atrás para que puedas ir creciendo acerca de lo que Dios ha hecho en tu propia vida. Pero lo que ocurre frecuentemente es que nuestras actitudes de queja suben y bajan de manera proporcional a como la gratitud crece o disminuye en mi corazón. Cuando hay poca gratitud, hay mucho espíritu de queja. Cuando hay mucha gratitud, entonces el peso de la gratitud en mi corazón comienza a aplastar las quejas que abundaban en el corazón.
Y esto tú lo puedes ver en la vida del apóstol Pablo. Yo lo traigo a colación simplemente porque una vez más —y no por primera vez— no hemos salido del capítulo dos de la primera carta a los tesalonicenses, y Pablo está dando gracias a Dios de nuevo por algo que tú y yo vamos a ver en un momento. Pero quería reflexionar sobre esto: la actitud de gratitud como estilo de vida —no en un momento dado, sino como estilo de vida— es un indicador de que nosotros finalmente entendimos lo que Cristo hizo por nosotros. La actitud de gratitud hacia los demás es otro indicador, pero es un indicador también de un trabajo de Dios un poco distinto: es un indicador de que mis celos, envidias y egocentrismos han comenzado a desaparecer, de tal manera que me permito —o mejor dicho, me es permitido— regocijarme por lo que Dios está haciendo en el otro, con quien ya no tengo celos, envidias ni egocentrismo que me esté impidiendo hacerlo. Y como había dicho en general: la gratitud es una marca de madurez en Cristo.
Escucha el texto como sigue: "Por esto también nosotros sin cesar…" No puedes pasar por alto los absolutismos de la Palabra. "Sin cesar": hay una intensidad en lo que Pablo está diciendo. "Yo hago esto: damos gracias a Dios." Escucha lo que sigue —estamos tratando de ir desempacando el versículo una porción a la vez—: "…damos gracias a Dios, en primer lugar, de que cuando recibisteis la palabra de Dios que oísteis de nosotros…" Vamos a parar en un momento.
"Cuando recibisteis la palabra que oísteis de nosotros": nosotros pudiéramos decir hoy en día, viendo hacia atrás: "Señor, toda la gloria y gracias a Ti, que en un momento dado enviaste a Pablo, a Silas, a Timoteo a predicar la Palabra, y que yo la escuché de parte de sus labios." Pero lo podemos decir también de pastores contemporáneos, de misioneros contemporáneos, de líderes del día de hoy: "Toda la gloria y gracias a Dios porque el hermano tal o la hermana tal, en esta circunstancia, estaba ahí para poder hablar la Palabra de vida." De la cual cantábamos: "Tú tienes palabras de vida eterna."
Entonces los tesalonicenses en un momento dado eran incrédulos, pero había un equipo misionero —de Pablo, de Silas, de Timoteo— que decidió ir y hablar la Palabra. Y a ellos hablar la Palabra, y a ellos escuchar la Palabra que oyeron de ellos, porque Pablo y su equipo entendía: "¿Cómo invocarán a aquel en quien no han creído, y cómo creerán en aquel de quien no han oído, y cómo irán sin haber quien les predique, y cómo predicarán si no son enviados?" Romanos 10:14-15. ¿Cómo escucharán si no hay alguien que les hable? Y aquí nosotros vemos que este equipo entendió cabalmente cuál era su responsabilidad, y fue y predicó la Palabra en medio de oposición.
No fue que ellos fueron a Tesalónica porque Tesalónica disfrutaba del mejor clima, el mejor ambiente, el mejor ambiente espiritual. Predicaron la Palabra en medio de la oposición, en medio de carencias, y en medio de costumbres judías y paganas que tenían cientos de años de arraigo y que eran difíciles de desarraigar. Pero había una confianza en el mensaje que ellos llevaban. Y a veces nosotros no vamos como ellos. Si fueron a compartir la Palabra de vida eterna, que solamente esa Palabra puede sacar a una persona, a una ciudad o a una nación de su condición de mortalidad.
No vamos quizás porque nos falta agradecimiento por lo que Cristo ha hecho por mí, de manera que todavía yo no tengo esa sensación que Pablo tuvo para poder decir: "El amor de Cristo me constriñe, me empuja, me lleva, me fuerza." O a veces no vamos porque no tenemos suficiente conocimiento de la Palabra, y eso puede ser una razón para quedarme, pero no puedo quedarme sin estudiarla para luego ir. Sino que muchas veces nos quedamos en el conocimiento y entonces seguimos por quince años usando la excusa de que no tengo suficiente conocimiento y por tanto no puedo ir. A veces nos falta fe en el poder de la Palabra —me he dado cuenta como pastor— y que las calles son duras porque la gente no la conoce; sientes un casi ateísmo práctico. Me falta fe en el poder de la Palabra. A veces nos falta coraje, valor para hacer lo que esta gente hizo en medio de la oposición. Y todas esas son circunstancias que a veces nos impiden ir, pero no a este equipo.
Este equipo fue, y Pablo no puede perder la transición de lo que está diciendo: "Damos gracias a Dios, sin cesar, continuamente." Pero le está diciendo que le están dando gracias a ese Dios porque "cuando recibisteis la Palabra que oísteis de nosotros". Cada palabra fue inspirada por Dios; por eso hablamos y creemos la inspiración verbal, cada palabra. La Palabra que oísteis de nosotros implica un mensaje que fue llevado. Yo tengo que preguntarme un poco acerca de quién lo llevó, pero tengo que preguntarme también en respuesta a qué. Bueno, en respuesta al entendimiento de que ellos no pueden creer en alguien que no han oído, y por tanto alguien tiene que ir, y ¿cómo van a ir si no hay alguien que los envíe?
Bueno, había oposición. Este equipo que llegó a Tesalónica —tú recuerdas lo que dijimos el primer día— venía de Filipos, donde habían estado en la cárcel, donde los habían castigado con varas. Y decidieron: "Bueno, si en Filipos no nos quieren, nos vamos." Entonces terminaron en Tesalónica. Pero resulta que en Tesalónica también los persiguieron. Apenas pudieron estar tres días de reposo en Tesalónica predicando en las sinagogas. Algunos piensan, como dijimos, que se quedó un poco más de tiempo predicando en otros lugares; otros piensan que no, que apenas tuvo tres semanas en Tesalónica.
Y entonces: "Bueno, pues ya, regresemos; tanto aquí como allá nadie nos quiere, a ningún lado, y esto da mucho trabajo." No; vamos para Berea. Y en Berea fueron un poco más nobles que los de Tesalónica, porque comenzaron a escucharlos. Pero entonces gente de Tesalónica bajó a Berea y los persiguieron. Y Pablo dice: "Bueno, pues regresemos a Antioquía." No, todavía queda Atenas. "Vamos para Atenas." Y en Atenas se burlaron de él. "Entonces, bueno, pues ya vamos a Antioquía." No, todavía queda Corinto. Entonces llegan a Corinto, y cuando llega a Corinto Pablo dice que rehusó predicar ninguna otra cosa que no fuera Cristo y este crucificado. Y allí en Corinto, en medio del paganismo y de la inmoralidad de aquella región, Pablo planta una iglesia.
¿Por qué? Porque: "¿Cómo invocarán a aquel en quien no han creído, y cómo creerán en aquel de quien no han oído, y cómo irán sin haber quien les predique, y cómo predicarán si no son enviados?" Tenemos que irnos preparando para enviar más, para invertir más en el envío, para enviar gente como este equipo que llegó a Tesalónica.
Y "la Palabra que oísteis de nosotros": eso nos dice que la oyeron. No nos deja en el aire sin respuesta, aunque podemos indagar un poco más a la luz del Nuevo Testamento y tener a veces una idea clara, y otras veces una idea somera y aproximada, de qué fue lo que oyeron. La realidad es que la Palabra que ellos oyeron de este equipo la oyeron vía enseñanza y predicación. Yo puedo preguntarme entonces, cuando escudriño el Nuevo Testamento y encuentro las palabras usadas para predicación y para enseñanza: ¿cuáles son las palabras más comunes? ¿Y qué es lo que enseñan y predican? Porque con toda probabilidad eso fue lo que oyeron, lo que Pablo y su equipo solían predicar, lo que los apóstoles, lo que Cristo solía predicar y lo que solían enseñar.
Y la realidad es esta: que cuando tú revisas el Nuevo Testamento, hay predominantemente cuatro palabras que son usadas en el contexto de la predicación. Cuando se habla de que alguien estaba predicando o proclamando, usualmente es una de estas palabras. O enseñando, que dicho sea es una de ellas. Entonces cuando tú escudriñas un poco más, te das cuenta de que en casi todas las apariciones de esa palabra lo que se está proclamando es el Evangelio, o Jesús mismo. Ah, ok. Entonces le dices: un cheque. La Palabra que ellos oyeron de nosotros quizás tenía que ver con el Evangelio o con Jesús mismo. Pero resulta que hay otras palabras que son usadas en el mismo contexto de proclamar, y la próxima palabra es "evangelizo", y eso en el contexto tiene que ver con la proclamación de las buenas noticias.
Buenas nuevas de quien es Jesucristo. O sea, que en el primer caso es la proclamación del Evangelio o la persona de Jesús, y en el segundo caso es la proclamación de las buenas nuevas del mismo Jesús. Pero hay otra palabra, hay otra palabra que aparece en el Nuevo Testamento para expresar lo que es proclamación, evangelización, predicación, y es *martyreo*, de donde viene nuestra palabra "mártires". Eso tiene que ver con dar un testimonio. "Y me serán testigos" —Hechos 1:8— darán testimonio, serán mártires, como verdaderamente lo fueron. Dar testimonio de alguien. Pero resulta que ese alguien es la persona de Jesús.
O está la palabra *didaskō*, que tiene que ver con enseñanza, y generalmente se refiere a lo que Jesús enseñó: "Sed discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a obedecer todo lo que os he mandado." De manera que ahora yo tengo una mejor idea de qué fue lo que ellos oyeron, probablemente del apóstol Pablo. Si leemos 1 y 2 Timoteo, bueno, oyeron la proclamación de las buenas nuevas de Jesucristo, oyeron de Jesús mismo, oyeron acerca de la necesidad de obedecer lo que Jesús les había enseñado a ellos previamente. Eso fue lo que enseñó, eso fue lo que escucharon.
Pablo está dando gracias por eso. Escucha el texto cómo continúa, todavía en el mismo versículo: "Por esto también nosotros sin cesar damos gracias a Dios." Se comienza a revelar una primera parte de por qué les están dando gracias siempre. "Cuando recibisteis la palabra de Dios que oísteis de nosotros." Hablamos de qué fue lo que oyeron. "La aceptasteis." Esto es motivo de gratitud. "La aceptasteis no como palabra de hombres, sino como lo que realmente es: la palabra de Dios." Cuando tú oíste algo que salió de nuestros labios, al escucharlo, la receptividad que tuvieron no fue la de hombres que pensaron que lo que escuchaban era enseñanza de hombres, sino que había una actitud de corazón en ustedes que al escucharlo entendieron que no se trataba de una palabra de hombres, sino lo que la palabra realmente es: la palabra de Dios.
Ahí está la clave de la transformación de los tesalonicenses. Literalmente, si el Señor Jesucristo se apareciera aquí esta mañana —asumiendo que ustedes estén convencidos de quién es Él— y se parara aquí al lado mío y dijera: "Salgan en este momento de la iglesia", supóngase que yo diga lo contrario. Yo esperaría que si usted está convencido de que es su Cristo, que usted no me haga caso a mí y preste atención a lo que Cristo acaba de decir, ¿cierto? Y yo creo que si usted está convencido de que es Cristo el que está hablando, no creo que quedaría una sola persona aquí dentro. ¿Por qué? Porque usted la ha recibido como lo que es: la palabra de Dios, y no la palabra de un hombre.
¿Tienen una idea ahora de nuestra lucha a veces con la Biblia, el texto, la enseñanza? Porque no la acabamos de obedecer. Mucho depende de cómo yo la he recibido. Estas no son palabras mías. Ellos no recibieron esto como enseñanza de hombre. ¿Interesante, no? No recibieron esto como eso. "Eso tiene sentido, eso tiene esa sabiduría, su bueno pelo, muchacho." No, la recibieron como lo que realmente es: la palabra de Dios.
Si tú reflexionas sobre incrédulos y creyentes, y luego lo traes un poquito más cerca sobre tu propio caminar, vas a descubrir que muchas veces lo que has leído en la Biblia, a pesar de que tú afirmas que es la palabra de Dios, no la has recibido como la palabra de Dios. Un ejemplo sencillo, fácil de ver —que como ese hay múltiples, pero uno sencillo fácil de ver—: si la palabra de Dios prohíbe el matrimonio entre un creyente y un inconverso, ¿qué hacemos en consejería continuamente con personas que están considerando comenzar unos amores con un inconverso? Porque esa palabra no la han recibido como si fuera lo que verdaderamente es: la palabra de Dios. Si tenemos una instrucción en la palabra que dice que paguemos nuestros impuestos y no lo hacemos, sabemos por qué no lo estamos haciendo: porque esa instrucción yo no la he recibido como si fuera la palabra de Dios; la he recibido como algo sabio, algo conveniente, que me evita problemas, que me evita ir a la cárcel.
Cuando a veces escuchamos, por ejemplo en consejería, en conversaciones sociales: "Pastor, la voluntad de Dios no es fácil, es pesado, es difícil de cumplir", yo estoy escuchando a alguien que realmente no ha recibido esto como la palabra de Dios. Porque si hay algo que yo sé, es que esto que es palabra de Dios, esto mismo explica ampliamente que esa palabra es justa, que es buena, que es agradable. Eso yo lo sé. Incluso esta palabra testifica de ella misma que no es pesada, que no es gravosa, que no es difícil. Escucha, escucha a Dios, porque al final, si me escuchas a mí, la estás recibiendo como palabra de hombre.
1 Juan 5:3: "Este es el amor de Dios: que guardemos sus mandamientos, y sus mandamientos no son gravosos." Cuando yo los violo, yo recibo consecuencias gravosas. Sus mandamientos no son gravosos; son buenos, me traen bendición, me guardan, me protegen, me guían. "El Antiguo Testamento era diferente, no era fácil, o sea, Dios no era fácil en el Antiguo Testamento. El Dios nice, santo, misericordioso del Nuevo Testamento tuvo dos periodos: estaba en etapa de santificación, un periodo de crueldad y un periodo de bonanza." ¡Escuchado! Dios en Deuteronomio 31 dice: "Este mandamiento que yo te ordeno hoy no es muy difícil para ti, ni está fuera de tu alcance." ¡Mentira! Dios no. "Que sea todo hombre mentiroso y Dios veraz." Cuando pensamos que la palabra es injusta, pesada, gravosa, estamos recibiendo esa palabra como palabra de hombres. Porque hay mandamientos de hombres pesados, injustos y gravosos; hay mandamientos de gobiernos pesados y gravosos. Es en ese mismo nivel que la estamos poniendo.
La palabra de Dios, dice Santiago, es la ley de la libertad. Me libra de las consecuencias de mi pecado, me libra de mí mismo. No podemos recibir la palabra como un buen consejo simplemente. Cuando yo recibo la palabra de Dios como un buen consejo, mira qué ocurre: yo la sigo, pero cuando llego a un punto en que eso compromete mi interés y me choco, digo: "No, lo que realmente… realmente Dios no dijo eso." Y comenzamos a oír esa voz, a veces la nuestra, incluso que dice: "¿Con qué Dios ha dicho? No, no fue eso lo que Dios dijo. Eso de casarse con un inconverso, no, realmente eso no es lo que Dios estaba diciendo." "Yo conozco un caso, pastor, que se casó con un inconverso y se convirtió después." Porque nos encanta las excepciones para violar la regla.
¿Te das cuenta de cómo no recibimos la palabra de Dios por lo que es? "Mucha gente, pastor, yo conozco a mucha gente que realmente no lo ha hecho así y le ha ido bien. De hecho, esa gente dice que no le ha ido tan mal." ¿Bueno, pregunta a Dios? A veces así es nuestra manera. Otra vez, en nuestro corazón egoísta, interesado, materialista, cuando escucha el mandato de Dios y comienza a ejecutarlo, muchas veces no lo ha recibido verdaderamente como palabra de Dios, por las reacciones que luego tenemos ante la misma obediencia. Yo lo he ilustrado ahora con la misma palabra.
Déjame decir eso otra vez para luego ilustrarlo. Yo leí algo en la palabra, lo comienzo a obedecer, y a veces hay cosas que ocurren que ahora ponen de manifiesto que mi gratitud en la obediencia de la palabra que yo creía que era la palabra de Dios, en realidad yo no la estaba recibiendo como tal. Escucha esta ilustración; mejores ilustraciones salen de la misma palabra. Cristo hablando, Mateo 20:15. Hay una parábola: cuenta una parábola de unos trabajadores. Él contrata a uno en la tercera hora del día y le dice: "Te voy a dar un denario." Ese es el mandamiento. Contrata a otro en la sexta hora del día, le dice: "Te voy a dar un denario." Contrata a otros en la novena hora del día, les dice: "Te voy a dar un denario." Contrata a otros en la undécima hora del día, les dice: "Te voy a dar un denario." Todos, al oír el mandato, dijeron: "Sí, sí, sí. ¿Cómo no? ¡Claro que sí!" Al mandato comienzan a obedecer, comienzan a trabajar.
El día se acaba, y cuando llegaron los que fueron contratados primero, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Y al recibirlo, murmuraban contra el amo de la hacienda, diciendo: "Estos últimos han trabajado solo una hora, pero los has hecho iguales a nosotros, que hemos soportado el peso y el calor abrasador del día." Pero respondiendo a él, que ilustra a Dios, dijo a uno de ellos: "Amigo, no te hago ninguna injusticia. No me digas que soy injusto, no me digas que este mandamiento es injusto. Amigo, ¿acaso no conviniste conmigo en un denario? Toma lo que es tuyo y vete, porque yo quiero darle a este último lo mismo que a ti. ¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo que es mío? ¿O es tu ojo malo porque yo soy bueno?"
¿Dónde está el problema? En la gracia extendida a otros. "Te di lo que no le di a usted de la tercera hora." Ahí está el problema. No, Él dice: "Ahí no está el problema, porque yo di lo convenido, y yo puedo también hacer lo que yo quiero con lo que es mío. El problema está en tu ojo malo, porque yo soy bueno." ¿Te das cuenta de que necesitamos recibir la palabra de Dios por lo que es, como es? Y eso va a tener el efecto que tuvo en los tesalonicenses. Al final del día, esta gente estaba llena de ingratitud. Nuestro corazón rebelde muchas veces se opone a recibir esa palabra como esta gente lo recibió, y no ha querido entonces hacer lo que se supone que debemos hacer. Nuestra condición a veces toma esta palabra como un consejo, como si lo diera un Aristóteles, un Platón, un Sócrates, o un Mahoma, como uno de ellos.
Entonces, cuando Pablo dice que ustedes recibieron la palabra de Dios no como la palabra de hombres, sino como lo que es, la palabra de Dios, yo tengo que preguntar hoy: ¿cómo es la palabra de Dios? Yo tengo que desempacar el versículo. No puedo quedarme solo en "la palabra de Dios, sí", sino preguntarme cómo es la palabra de Dios, para saber cómo fue que ellos la recibieron. Quizá yo no tenía todo el entendimiento teológico.
Pero ellos tuvieron todo el beneficio de la teoría detrás, porque el corazón estaba dispuesto. O sea, una diferencia entre yo conocer toda la teoría desmenuzada y tener un corazón que ha recibido la palabra de una manera sencilla, pero que tiene el impacto de la teoría detrás, simplemente porque yo recibí la palabra por lo que es.
Entonces, ¿cómo es la palabra para yo entender cómo tengo que recibirla en el día de hoy? Bueno, en primer lugar, yo tengo que recibir la palabra como algo que ha sido inspirado por Dios. Esa es la palabra que aparece en 2 Timoteo 3:16: "Toda escritura", todo el Antiguo y Nuevo Testamento, "ha sido inspirada por Dios", exhalada. Salió del interior de Dios, y si la fuente es Dios, entonces tengo que entender que esa palabra que ha salido de Él necesita el mismo respeto, honor y honra que Dios mismo. Para decirlo en las palabras de Martín Lutero: cuando la Biblia habla, Dios habla. Y yo lo diría de otra manera: cuando la Biblia habla, Dios habla y el hombre calla. La palabra de Dios no es la palabra de hombres; yo tengo que recibirla de esa manera.
Yo tengo que recibirla, si la voy a recibir por lo que es. Déjame decirte cómo más yo tengo que recibirla: yo tengo que recibirla como necesaria. Adán perdió el camino a Dios, y solamente la palabra me da, me provee la brújula espiritual para yo encontrar el camino. Solamente la palabra me da la luz para alumbrar el camino. Solamente la palabra me presenta la verdad que está en el camino, y por eso cuando Cristo vino dijo: "Yo soy el camino, la verdad y la vida." Tienes que recibir la palabra como necesaria para tu alma, para tu vida, como tú te alimentas tres veces al día porque consideras el alimento necesario.
Si la vas a recibir como lo que es, como la palabra de Dios, una de sus características es que la palabra es necesaria. Si salió de Dios, si fue inspirada por Dios, tienes que recibirla como inerrante: no contiene errores en aquellas cosas que afirma. Hay cosas de las que la palabra no habla, y no podemos hacer que la palabra hable porque no habla de eso; pero en las cosas que afirma, la palabra no contiene errores. No importa si el campo es de ciencia, si el campo es de historia o de conducta: si la palabra habló, esa es la última palabra. Yo tengo que recibirla como infalible.
Una diferencia que los teólogos han dado entre inerrante e infalible: inerrante tiene que ver con la ausencia de errores en lo que afirma; infalible tiene que ver con que la palabra no me puede engañar, no me puede dirigir en una dirección que es falsa. La palabra no me puede prometer una cosa que no me va a dar posteriormente. Y por tanto, si la voy a recibir como lo que es, la recibo como una palabra inspirada por Dios, por tanto inerrante e infalible. La recibo también como una palabra autoritativa, y por tanto incuestionable.
Escucha lo que el apóstol Pablo entendió: "Al contrario, ¿quién eres tú, hombre, que le contestas a Dios? ¿Dirá el objeto moldeado al que lo moldea: por qué me hiciste así?" No tenemos el derecho, no tenemos la autoridad, no tenemos el entendimiento, no tenemos el conocimiento para entender a Dios. Si Dios te dijera: "Yo sé que tú no me entiendes; si me entendieras, fuera Dios o yo fuera hombre, por eso no me entiendes." Pero no te he pedido que me entiendas siempre; entiende lo que yo te he revelado, y lo otro, que me creas. Que reciba la palabra por lo que verdaderamente es: autoritativa e incuestionable.
Tanto así que escucha las palabras de Cristo en Juan 12:48: "El que me rechaza y no recibe mis palabras tiene quien lo juzga." ¿Quién lo va a juzgar? "La palabra que he hablado, esa lo juzgará en el día final." ¡Vaya! "Yo he hablado mi palabra; no la reciben. Tú tienes quien te juzgue." ¿Quién, Señor? "La palabra que he hablado: ella lo va a juzgar en el día final." ¿Te das cuenta del poder de la palabra? El poder de la palabra que fue hablada al principio y por la cual el universo se originó tiene el poder de enjuiciar al hombre.
Tanto así que cuando Cristo habló de la parábola del rico y Lázaro, está el rico en el infierno pidiéndole al padre Abraham que por favor le envíe algún mensajero a sus hermanos para que alguien les advierta allá abajo en la tierra de cómo es el infierno y así no tengan que sufrir la misma suerte. Y el padre Abraham le dice: "No. Ellos tienen a Moisés y los profetas." Aquí se estaba refiriendo a que Moisés había muerto, los profetas se habían muerto, Cristo era el último de ellos. "Ellos tienen las Escrituras, y si ellos no escuchan las Escrituras, no van a escuchar aun si alguien se levanta de entre los muertos."
Ese es el poder de la palabra. Si no escuchan el poder que está en esta palabra —abrir los ojos, ablandar el corazón, quebrar la voluntad, traer luz donde hay oscuridad, perdonar pecado—, si no escuchan eso, no van a escuchar a nadie más. Y como hemos escuchado otra vez: uno se levantó de entre los muertos, Cristo Jesús, y no la escucharon.
Si voy a recibir la palabra de Dios por lo que es, yo tengo que recibirla como infinitamente sabia. "¡Oh profundidad de las riquezas y de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos!" Romanos 11:33. Inescrutables sus caminos: no trate de descifrarlos. Insondables sus juicios: no trate de encontrarles el fondo. No hay criatura en el cielo o en la tierra que pueda agotar la infinitud de la sabiduría de Dios. Ni los ángeles la alcanzan; son criaturas, no son Dios.
Entonces, si acepto la palabra de Dios por lo que es, tengo que aceptarla como una palabra inspirada, necesaria, inerrante, infalible, autoritativa, incuestionable, infinitamente sabia e infinitamente poderosa. Escucha lo que alguien decía: "Penetra a nuestros pensamientos, mueve nuestros corazones, despierta nuestra conciencia y conquista nuestras voluntades." Penetra a nuestros pensamientos, mueve nuestros corazones, despierta nuestra conciencia y conquista nuestra voluntad.
¿Sabes qué ocurre cuando yo no creo en el poder de la palabra para hacer todo eso? Comenzamos a usar estrategias de hombres, técnicas de mercadeo, manipulaciones de la emoción humana para hacer lo que no creemos que la palabra puede hacer. El apóstol Pablo rehusó apoyarse en la oratoria humana, en la sabiduría humana, justamente para que el poder de lo predicado no descansara en el hombre sino en Dios. Y solo esa palabra, de la que cantamos que tiene vida eterna, solamente esa palabra puede dar vida a gente que estaba muerta. Solamente esa palabra puede abrir los ojos, quitar el velo del hombre, ablandar el corazón, quebrar la voluntad, renovar la mente. Esa palabra puede hacer todo eso.
Por eso Abraham dijo: "No, no necesitamos enviar a nadie desde aquí hasta allá, porque ellos tienen la palabra. Y si no escuchan la palabra, que tiene todo el poder de hacer todo eso —abrir los ojos, ablandar el corazón, quebrar la voluntad, traer luz donde hay oscuridad, perdonar pecado—, si no escuchan eso, no van a escuchar a nadie más."
Por eso Pablo está gozoso, está gozoso por la receptividad de la palabra de parte de los tesalonicenses. Y ahora nosotros podemos decir: "¡Eureka! ¡Lo hemos encontrado!" Por eso ellos llegaron a ser lo que llegaron a ser: una iglesia que fue un ejemplo para las iglesias de Acaya y de Macedonia, una iglesia de la que Pablo desea decir: "Yo doy gracias a Dios por vuestra obra de fe, por vuestra labor de amor, por vuestra esperanza en Cristo Jesús."
Y como Pablo, porque recibieron la palabra de Dios por lo que es y no como palabra de hombres, ¿entiendes eso? En el corto tiempo que Pablo estuvo allí —tres semanas, o quizás seis meses— no tuvo mucho tiempo y tuvo que irse lamentablemente. Y cuando él se fue, yo comentaba con el equipo de los diáconos esta mañana algo que siempre me llama la atención y me trae convicción: cuán pendiente estaba Pablo de aquellos de quienes se había alejado. Pero lo que he llegado a apreciar también, al reflexionar un poco más, es que realmente no era una preocupación como nosotros nos preocupamos; no era algo ansioso, era algo afectivo. Lo vamos a ver en el próximo mensaje cuando lleguemos ahí: algo afectivo en su corazón por esta gente que él había llegado a amar tanto.
Pero Pablo tenía confianza, y nosotros vamos a ver esa confianza de Pablo en esto que se había plantado. En más de una ocasión, y tú lo puedes ver aquí, porque no hemos terminado el versículo todavía. Yo tengo que ir cerrando, pero no hemos terminado el versículo. Escucha cómo es que cierra el versículo, porque en el cierre es que tú encuentras la confianza expresada en esto que él se gozaba.
Escucha: "Por esto también nosotros sin cesar damos gracias a Dios, de que cuando recibisteis la palabra de Dios que oísteis de nosotros, la aceptasteis no como palabra de hombres, sino como lo que realmente es: la palabra de Dios." Ya había llegado hasta ahí. Ahora escucha el cierre: "la cual también hace su obra en vosotros los que creéis."
Pablo está lejos y está tranquilo. ¿Por qué está tranquilo? Porque él llevó la palabra, predicó la palabra, enseñó la palabra, y la palabra hace su obra en vosotros los que creéis. ¿Y cómo la hace? Por el Espíritu que mora en nosotros, que ilumina la palabra, que nos abre el entendimiento. Eso es exactamente lo que Pablo les dice a los ancianos de Éfeso cuando se despide, cuando les dice: "Ya no me van a volver a ver." Los encomienda a Dios y a la palabra de su gracia. Escucha cómo cierra: "la que es poderosa para edificaros."
Él está tranquilo. Él está pendiente, como va a expresarlo, por la manera como los ama. "Más de una vez quise ir a vosotros, y una vez, porque ustedes son mi gozo y mi gloria." Se paraba por esta gente, pero está tranquilo. ¿Por qué? Porque la palabra hace su obra en vosotros los que creéis.
A distancia, tú has oído la palabra, no solamente hoy sino otras veces. ¿Cómo la has recibido? ¿En tu obediencia? En una reflexión de cómo esa palabra ha sido recibida, como lo estábamos expresando más tempranamente en nuestra oración, que en un día como hoy, quizás en un mes como este que es el primer mes del año, tú puedas pausar, reflexionar, meditar y decir: "Verdaderamente, ¿cómo es que yo he recibido esta palabra?" Ya habiendo creído, ya habiendo nacido de nuevo.
De nuevo, porque mi resistencia con frecuencia obedece a que a veces yo no la he recibido realmente con todas esas características que hemos estado revisando hoy. Quizás más como un consejo sabio, bueno, algo que no puede evitar algunas consecuencias, pero no la he recibido como la palabra interpretativa, incuestionable, que ha salido de Dios y que te va a vindicar. La palabra que da vida, la palabra que abre los ojos.
Es posible que habiendo predicado, ojos hayan sido abiertos de personas que hasta hoy los tenían cerrados. Quizás corazones han sido ablandados por una obra que ocurrió mientras la palabra se predicaba, o quizás grandes áreas de oscuridad en creyentes han sido iluminadas. Ese es el poder de la palabra. Por eso la predicamos, por eso la entregamos, por eso confiamos.
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