Integridad y Sabiduria
Sermones

La parábola del sembrador y el corazón del hombre

Miguel Núñez 24 marzo, 2013

La parábola del sembrador revela cómo avanza el reino de Dios cuando la palabra es predicada, y por qué el predicador no debería sorprenderse ante las diferentes respuestas del corazón humano. Jesús mismo advirtió que tres de cada cuatro terrenos serían infructíferos: el camino endurecido donde Satanás arrebata la semilla antes de que penetre, el pedregoso donde brota gozo inicial pero sin raíz profunda que resista la aflicción, y el espinoso donde las preocupaciones del mundo y el engaño de las riquezas ahogan lo sembrado. Solo un terreno produce fruto genuino.

Esta parábola funciona como columna vertebral para entender todas las demás, porque toca el corazón mismo de la evangelización. El sembrador no determina la condición del suelo antes de lanzar la semilla; simplemente la esparce donde caiga. De igual manera, quien predica no tiene la responsabilidad de juzgar corazones, sino de sembrar fielmente. Esto debería liberar al creyente tanto del desánimo como del legalismo condenatorio hacia quienes no responden.

Hay una diferencia crucial entre quienes están "adentro" y "afuera": los de adentro, como los discípulos que se acercaron a preguntar, sienten hambre de más verdad después de escuchar. Los de afuera oyen algo interesante pero no regresan buscando más. La pregunta que cada oyente debe hacerse no es cuánto sabe de esta parábola, sino cuál es la condición real de su propio terreno, sabiendo que el Dios que transforma corazones de piedra en carne puede también cambiar cualquier suelo.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Leamos en manos para mí en su Palabra. Marcos capítulo 4. Vamos a leer un texto extenso, pero es una parábola con una explicación, de manera que no lo podríamos hacer de otra manera. Vamos a leer del versículo 1 al versículo 20. La parábola del sembrador y el corazón del hombre es el título que yo le he dado a este mensaje.

Comenzó a enseñar de nuevo junto al mar, y se llegó a él una multitud tan grande que tuvo que subirse a una barca que estaba en el mar, y se sentó, y toda la multitud estaba en tierra a la orilla del mar. Les enseñaba muchas cosas en parábolas y les decía en su enseñanza: "Oíd. He aquí el sembrador salió a sembrar, y aconteció que al sembrar una parte de la semilla cayó junto al camino, y vinieron las aves y se la comieron. Otra parte cayó en un pedregal donde no tenía mucha tierra, y enseguida brotó por no tener profundidad de tierra. Pero cuando salió el sol se quemó, y por no tener raíz se secó. Otra parte cayó entre espinos, y los espinos crecieron y la ahogaron, y no dio fruto. Y otras semillas cayeron en buena tierra y, creciendo y desarrollándose, dieron fruto y produjeron unas a 30, otras a 60 y otras a 100 por uno." Y él decía: "El que tiene oídos para oír, que oiga."

Cuando se quedó solo, sus seguidores junto con los doce le preguntaban sobre las parábolas. Y les decía: "A vosotros os ha sido dado el misterio del reino de Dios, pero los que están afuera reciben todo en parábolas, para que viendo vean pero no perciban, y oyendo oigan pero no entiendan, no sea que se conviertan y sean perdonados." Y les dijo: "¿No entendéis esta parábola? ¿Cómo, pues, podréis comprender todas las parábolas?"

"El sembrador siembra la palabra. Y esto que está junto al camino donde se siembra la palabra son aquellos que en cuanto la oyen, al instante viene Satanás y se lleva la palabra que se ha sembrado en ellos. Y de manera similar, estos en quienes se sembró la semilla en pedregales son los que al oír la palabra enseguida la reciben con gozo, pero no tienen raíz profunda en sí mismos, sino que solo son temporales. Entonces, cuando viene la aflicción o la persecución por causa de la palabra, enseguida tropiezan y caen. Otros son aquellos en los que se sembró la semilla entre los espinos; estos son los que han oído la palabra, pero las preocupaciones del mundo y el engaño de las riquezas y los deseos de las demás cosas entran y ahogan la palabra, y se vuelve estéril. Y estos son aquellos en quienes se sembró la semilla en tierra buena, los cuales oyen la palabra, la aceptan y dan fruto, unos a 30, otros a 60 y otros a 100 por uno."

Bueno, yo creo que hay pocas personas, o quizás nadie en este lugar, que no haya oído esta palabra, no la haya leído, no haya oído un sermón acerca de la misma. De manera que es un pasaje conocido, bien trillado y, como hemos dicho en otras ocasiones, tan conocido que muchas veces al comenzar a leerlo pensamos: "Bueno, ya yo conozco este texto", y lo leemos rápidamente, superficialmente. O en un sermón podríamos tener la tendencia incluso a perder el interés o la atención en vista de la familiaridad que tenemos con el texto. Sin embargo, es mi oración, una vez más, que de la misma manera que Dios me ayudó a ver cosas en el texto a lo largo de la semana y en el día de ayer, de esa misma manera usted pueda ser iluminado y pueda ver cosas y aprender cosas que no había visto ni considerado anteriormente.

Este texto que yo acabo de leer está en el capítulo 4 de Marcos, y ese capítulo junto con el capítulo 13 son dos capítulos importantes en este evangelio, porque como habíamos dicho, Marcos tiene un evangelio que es más narrativo de las acciones de Jesús y menos explícito en cuanto a las enseñanzas de Jesús. Este capítulo 4 y el capítulo 13 son los dos capítulos donde Marcos dedica tiempo a hablar de las enseñanzas de Jesús. En todos los demás capítulos, Marcos se dedica a narrar acontecimientos, a narrar eventos reales de la vida de Jesús, pero es solamente en el capítulo 4 y en el capítulo 13 donde Marcos se detiene a darnos detalles de las enseñanzas del Maestro para su audiencia.

Cuando uno lee esta parábola con cierto detenimiento, hay cosas que, si la lees más de una vez, como hemos dicho en otros textos, comienzan a saltar a la vista. Una de esas cosas surge cuando usted hace la pregunta: ¿cuál sería una palabra clave en este texto? Y esa palabra yo diría que es la palabra "oír" y sus derivados, que aparecen nueve veces en apenas veinte versículos. Y no solamente aparece con esa frecuencia, sino que la enseñanza de Jesús comienza con esa palabra, "oíd", y termina con una frase que hace alusión a la misma acción: "El que tenga oídos que oiga." De manera que esas dos expresiones son como dos portalibros, y en medio de ellas está la enseñanza que Jesús trajo para nosotros, la misma que trajo hace dos mil años para los que estuvieron en su presencia.

De la misma manera que traté de escoger una palabra clave del texto, traté de ver si había un versículo clave también, porque muchas veces esa palabra clave y ese versículo clave como que nos abren el entendimiento al resto de la parábola o de la enseñanza. Yo diría que el versículo clave de este texto es el versículo 13. Escucha lo que dice otra vez: "¿No entendéis esta parábola? ¿Cómo, pues, podréis comprender todas las parábolas?" En palabras de Jesús, mi imposibilidad de entender esta parábola me imposibilita para entender todas las demás parábolas. Y a la inversa, si yo puedo entender esta parábola, me va a facilitar entender todas las demás parábolas que Jesús usara, pronunciara o con las cuales enseñara.

Para aquellos de ustedes que están menos familiarizados con el estudio de las peculiaridades del texto bíblico, quiero simplemente recordar que una parábola es una historia, es una historia imaginaria construida y diseñada con elementos de la vida diaria, como era la siembra en aquella ocasión. La gente de Palestina frecuentemente eran agricultores en aquel momento, pescadores, gente sencilla. De manera que eso es la parábola: una historia diseñada, creada, ficticia, pero a partir de elementos de la vida diaria, de manera que cuando el que escucha la oye puede relacionarse fácilmente con la historia y puede verlo en su mente. La historia de la parábola en sí es sencilla; lo que es difícil de ver es la enseñanza espiritual detrás de ella. Esta historia de la semilla en los diferentes terrenos, vista como una simple historia, es muy sencilla de entender; la dificultad está en comprender el significado espiritual que está detrás.

Un comentarista, en su comentario acerca del Evangelio de Marcos, dice que una parábola es como un cuadro. Me gustó esta forma como él describe esto. Es como un cuadro, y cuando tú lo ves, llama la atención. Entonces tú comienzas a ver el cuadro; te ha llamado la atención ese cuadro. Pero él dice que en la medida en que tú continúas viéndolo detenidamente, el cuadro como que se convierte en un espejo donde nosotros nos vemos a nosotros mismos. Y si tú continúas observando ese espejo, lo que se ha convertido en espejo, y lo haces por fe creyendo que Dios va a continuar iluminándote, ese espejo se convierte como en una ventana a través de la cual tú ves a Dios y su verdad. Es un cuadro que nos llama la atención —esa es la historia a simple vista—, pero de repente, si continúas observando y reflexionando, tú comienzas a verte a ti mismo en la historia. Y si tú continúas ahí pidiendo a Dios iluminación, de repente es como una ventana, y a través de esa historia tú puedes ver a Dios y puedes ver la verdad de Dios también.

Cada vez que Cristo usó una parábola, Él no estaba enseñando simplemente una verdad cualquiera; Él estaba enseñando una verdad acerca del reino de los cielos. No era otro principio espiritual más: es una verdad directamente relacionada con el reino de los cielos que Él estaba inaugurando, cuyo velo Él estaba quitando, y lo estaba quitando a través de parábolas. Hasta el punto de que en el versículo 11, cuando los discípulos vienen y le preguntan: "Maestro, dinos de las parábolas, porque como que no estamos entendiendo", Cristo les dice: "A vosotros os ha sido dado el misterio del reino de Dios." Las parábolas revelan misterios del reino de Dios; esta es la respuesta de Cristo. "Dinos de las parábolas", versículo 10; respuesta, versículo 11: "A vosotros os ha sido dado el misterio del reino de Dios, pero los que están afuera reciben todo en parábolas."

Mateo tiene una versión de este texto, una versión muy similar pero con algunos detalles extras. En la versión de Mateo, en el capítulo 13, versículos 10 y 11, esto es como está escrito: "Acercándose los discípulos, le dijeron: '¿Por qué les hablas en parábolas?'" Maestro, ¿por qué está hablando de esa forma, de una forma difícil de entender? Nosotros mismos, que estamos cerca, no podemos entender el significado. "Y respondiendo Él dijo: 'Porque a vosotros os ha sido concedido conocer los misterios del reino de los cielos.'" ¿Por qué les hablo en parábolas? Porque las parábolas contienen verdades del reino de Dios que a vosotros os ha sido dado conocer, pero a ellos no se les ha concedido.

Dicho de otra manera, las parábolas, al ser explicadas, toman el velo que cubría esa verdad del reino de los cielos, lo remueven, y ahora yo puedo ver el misterio. En el Nuevo Testamento, un misterio no es algo imposible de entender, pero sí es algo imposible de entender si Dios no me lo revela. Es algo que requiere la revelación de Dios. Es algo que había estado oculto en el Antiguo Testamento y que ahora en el Nuevo Testamento es revelado, pero es revelado sobrenaturalmente por Dios. De manera que, si tú te quedas con la primera parte de la historia que yo leí, hasta el versículo 9, tú y yo, aun dos mil años después y aun después de tener todo el Nuevo Testamento, probablemente no tendríamos idea de qué fue lo que Cristo quiso enseñar en esa ocasión.

Pero cuando tú lees la segunda parte del texto leído, donde Cristo explica la parábola, como que de repente, entonces: "Ah, pero es fácil, ahora es fácil", después que Dios ha revelado su contenido, pero no antes. Y esta es una parábola importante, porque tiene que ver con la evangelización, con la última enseñanza y ordenanza de Jesús: ir por todo el mundo y hacer discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. La gran comisión. Esta parábola está directamente relacionada a la gran comisión.

Cuando nosotros vamos a predicar la palabra al mundo, nos encontramos con diferentes tipos de respuestas en ese mundo, de parte del corazón de los hombres. Y cuando nosotros veamos esas diferentes respuestas que ocurren, no debiéramos desanimarnos, desalentarnos ni sorprendernos, porque ya Cristo nos explicó cómo el reino de los cielos avanza y cómo luce ante los ojos de los hombres la predicación y el avance de ese reino. De manera que no debiéramos resultar sorprendidos cuando, ante la predicación de la palabra, nos encontramos en ocasiones —o con frecuencia— una respuesta indiferente de parte del hombre. O cuando nos encontremos con una respuesta temporal y tengamos que decir: "Pero mira, hace un tiempo también iba, y mira, de repente está en el mundo otra vez." O cuando nos encontremos con una respuesta ambivalente de alguien que tiene como un pie en el mundo y un pie en el reino de los cielos.

Por eso no debiera sorprendernos. Pero también la parábola, bien entendida, debiera ayudarnos en otras cosas. Nos debiera evitar el ser legalistas, el sentirnos con un sentido de justicia propia, o self-righteousness, como dicen en inglés. Cuando nosotros veamos a las personas no responder, no debiéramos terminar condenándolas, porque si tú notaste, cuando el sembrador salió a sembrar, él no comenzó a determinar el tipo de suelo primero antes de esparcir la semilla, sino que la esparció indiscriminadamente donde cayera, cayera. Porque él entendía que no era su responsabilidad determinar la condición del suelo, de la misma manera que no es mi responsabilidad determinar la condición del corazón que escucha esta mañana. Mi responsabilidad es esparcir la semilla donde caiga, cae, y el resto es trabajo de Dios. Miremos cómo ese sentido legalista e inquisidor nosotros pudiéramos perderlo al reconocer cuál es nuestra posición.

Nosotros necesitamos discernimiento. Esta parábola nos da discernimiento. Discernimiento y juicio no son la misma cosa; son primos hermanos, pero no tienen el mismo significado. La actitud de juicio —o mejor dicho, la disposición al juicio— el corazón juiciador legalista tiene una actitud condenatoria, tiene una actitud de desdén, tiene una actitud de sarcasmo, de cierto cinismo hacia aquellos que rechazan la palabra. Pero tú no ves eso en Cristo. Tú ves la predicación abierta a las multitudes, conociéndolas Él, sabiendo que en esas multitudes había terreno de diferente tipo.

Por otro lado, el discernimiento puede ver el pecado o el corazón del hombre, puede ver la dureza del corazón del hombre, y le duele ver esa dureza. No es ingenuo. Cuando tú disciermes espiritualmente, tú no tienes ingenuidad; tú sabes lo que tienes de frente. Pero tú no tienes que condenarlo, porque ese no es tu rol. Tu rol es la predicación de la palabra, que es viva y eficaz, más cortante que cualquier espada de doble filo, y esa palabra es usada por Dios para penetrar el interior del hombre, penetrar en el corazón, separar el tuétano de los huesos, como dice Hebreos 4:12, y el resto de todo ese trabajo depende de Dios y no de nosotros.

Actuar sorprendido cuando la palabra es predicada y muchos responden de manera fría es no haber creído las advertencias hechas por Cristo en múltiples lugares, y en esta ocasión, en esta parábola. Ya Él nos dijo, Él nos ilustró claramente cómo la evangelización iba a proceder. Entonces, el sorprendernos es no haberle creído su revelación. Y aquí comienza —o continúa— la importancia de esta parábola: es una revelación de cómo ha de proceder la gran comisión en la medida en que la palabra es predicada.

En el texto leído hay dos grupos: uno está adentro y otro está afuera. El texto mismo está dividido en dos: en la primera porción, Cristo cuenta la historia; en la segunda porción, Cristo explica la historia. Si nos limitamos a la primera parte, es imposible de entender. Si seguimos a la segunda parte, donde Cristo explica la historia, ahora se hace fácil de entender. Algunos han dicho que Cristo inventó las parábolas. La realidad es que Cristo no inventó las parábolas; aun el Antiguo Testamento tiene un par de ellas, y fuera de la historia bíblica hay historias similares. Pero lo que sí es cierto es que nadie usó las parábolas con la maestría, con el expertise, ni con la frecuencia con que Cristo lo hizo, ni antes ni después de su tiempo.

Para revelar verdades espirituales con historias sencillas, para revelar misterios y, a la vez, en una misma acción que revelaba misterios para unos, ponía un velo sobre esos misterios para otros. Una misma historia con dos acciones a un tiempo. Eso nos da una idea general acerca de las parábolas y una idea general de la parábola del sembrador con la cual estamos lidiando. Eso fue como una introducción para poder entender los particulares de la historia.

El texto que leímos comienza diciendo que Jesús estaba junto al mar. Esta no es la primera vez que vemos en Marcos a Jesús junto al mar, y tampoco es la primera vez que la multitud es tan grande que Cristo tiene que subirse a una barca. En una ocasión anterior, Cristo pidió la barca expresamente para que la gente no lo apretara. En esta ocasión las condiciones eran similares. Se nos dice que la multitud es tan grande que Él tuvo que subirse a una barca, como para retirarse en el agua, hablar desde el agua, y entonces la multitud podía acercarse quizás hasta la orilla del mar y estar de esa manera en contacto con Él. Ese es el escenario: grandes multitudes otra vez, un gran magnetismo de parte de Cristo, una gran popularidad durante este segundo año. Donde quiera que iba había grandes cantidades de personas, y en esta ocasión Marcos se presta a darnos algunas ideas de sus enseñanzas.

Esta parábola comienza con una palabra: "¡Oíd!" Es como si Jesús hubiese dicho: "Presten atención, ponme asunto", diríamos en buen dominicano. Escucha bien, agudiza tu entendimiento, agudiza tu oído, porque yo quiero hablarte de algo que tiene que ver con la predicación de mi palabra. Y Él comienza a hablar de un sembrador que reparte semilla indiscriminadamente, y eso era como ocurría en la antigua edad. Salía un sembrador con un recipiente, una especie de bolsa, pudiéramos decir, con muchas semillas; metía su mano en la bolsa y las tiraba. Eso era como él sembraba, y luego regresaba para ver el fruto de su siembra.

En la medida en que hace eso, las semillas van cayendo en diferentes tipos de terrenos, diferentes tipos de tierra. Una mejor, una peor. Pero Cristo está ayudándonos a entender, a través de la parábola, que la responsabilidad del sembrador no es la determinación de la calidad del terreno —por lo menos a la luz de esta historia— sino que eso ya depende de Dios, como lo vamos a seguir viendo. Pero sí tiene una responsabilidad de ir y predicar la palabra, porque la fe viene por el oír, y el oír por la palabra de Dios, y de eso es que la parábola quiere hablar.

Entonces, en la historia hay cuatro tipos de terrenos. Cristo describe los terrenos y luego explica cómo esos diferentes terrenos se relacionan con el corazón del hombre y con tipos de personas. Yo quisiera detenerme ahí un minuto simplemente y decir que cada uno de nosotros debiera preguntarse de aquí en adelante: ¿Cuál es el terreno de mi corazón? ¿Cuál es la condición, cuál es el estatus en que mi corazón se encuentra? ¿Cuál es la condición de mi corazón cuando esa palabra ha sido plantada en mí? ¿Cuál es su fructificación? De tal forma que nosotros podamos ver su aplicación también en términos personales en el día de hoy.

Entonces, déjame recordarte los cuatro tipos de terreno. Una parte de la semilla cayó junto al camino, y vinieron las aves y se la comieron. Los caminos eran lugares, trechos, senderos, donde la gente transitaba, y en la medida en que la gente transitaba, ese terreno se había ido poniendo duro. De tal forma que esta semilla está cayendo en un terreno duro que ha sido pisado y, por tanto, al ser duro, la semilla no pudo penetrar, y antes de que pudiera ver fruto, las aves del cielo se llevaron la semilla, porque se alimentan de semillas. De tal forma que hay un grupo que escuchó la palabra, pero la palabra fue llevada rápidamente.

Otra parte cayó en un pedregal donde no tenía mucha tierra, y en seguida brotó por no tener profundidad de tierra; pero cuando salió el sol se quemó, y por no tener raíz se secó. Esta otra semilla cayó en una tierra que tenía quizás una capa delgada de tierra arriba, y debajo había un pedregal, un terreno rocoso. Entonces la semilla pudo penetrar e hizo un poquito de raíz, pero al no tener tampoco tierra suficiente, lo que se encontró debajo fue ese pedregal, no pudo seguir profundizando, el sol salió y se quemó.

El tercer tipo de terreno: otra parte cayó entre espinos, y los espinos crecieron y la ahogaron, y no dio fruto.

Estas semillas cayeron entre arbustos, quizás un poco ásperos, espinos, quizá el tipo de lo que nosotros llamamos, para aquellos que crecieron en mi generación, cadillos: una especie de hierba mala pero con ciertas espinillas que se te pegaban en los pantalones. Quizás algo como eso. Y esa hierba mala es bien tupida y ahoga la semilla, de manera que esa semilla no pudo dar ningún fruto.

Pero hay un cuarto tipo de terreno descrito ahora en el versículo 8, y dice de ese terreno que otras semillas cayeron en buena tierra y, creciendo y desarrollándose, dieron fruto y produjeron unas a 30, otras a 60 y otras a 100 por uno. Ese es el último terreno que es mencionado, que es descrito, y es el único que da fruto. Yo creo que llama poderosamente la atención conocer que tres de los cuatro terrenos fueron infructíferos. El predicador necesita prestar atención a eso, porque él va a salir a sembrar la palabra. Tres de cada cuatro terrenos distintos descritos fueron infructíferos.

Ahora, pensando en la historia y en el primer siglo, él podría pensar: "Pero eso es como extraño, ¿cómo es que el sembrador, antes de sembrar, no se percata de qué tipo de terreno tiene y se pone a desperdiciar la semilla en terreno que no sabe si es bueno o es malo?" Y nosotros pensamos así porque nosotros tendemos a arar el terreno primero y luego sembrar. En el primer siglo la gente no lo hacía de esa manera, sino que la semilla era esparcida y luego de esparcir la semilla el terreno era arado, con la intención de que parte de la tierra cubriera la semilla y entonces la semilla pudiera crecer. Cuando él araba la tierra es que se percataba: en ocasiones, "ups, esta tierra era muy superficial porque abajo había piedra, había rocas"; pero más adelante se percataba: "esta es tierra buena."

De esa misma manera, cuando tú vas a predicar la palabra, tienes que entender que hay diferentes corazones y terrenos donde la palabra va a ser sembrada, y no tienes la capacidad de determinar la condición de ese terreno donde la semilla caerá, pero tampoco es tu responsabilidad. Por tanto, tú siembras la semilla indiscriminadamente, de manera que Dios pueda hacer el resto del trabajo. Tres de cuatro terrenos no son fructíferos.

Y Cristo dice que de esta parábola depende que tú entiendas todas las demás parábolas. De manera que esta parábola es como una columna vertebral en las enseñanzas de parábolas, y por eso queremos tomar el tiempo de poder entender esta parábola bien. "¡Oíd!" Y luego el cierre: "El que tiene oídos para oír, que oiga." Esta palabra "oíd" y sus derivados aparecen nueve veces en apenas veinte versículos. Él abre y cierra con la misma expresión.

Entonces los discípulos que escucharon toda la historia, y que conocen cómo se hace agricultura, están un poquito extrañados porque no entendieron. Y más aún porque sabían que en otras ocasiones el Maestro había hablado en parábolas, y ellos como que se habían quedado sin entender, pero que luego se les había explicado, mientras que los demás que no escuchaban la explicación se quedaban en el misterio. Entonces ellos vienen a Jesús: "¿Por qué les hablas en parábolas?" Mateo 13:11, que es el texto paralelo, dice: "A vosotros ha sido dado el misterio del reino de Dios, pero los que están afuera reciben todo en parábolas, para que viendo vean pero no perciban, y oyendo oigan pero no entiendan, no sea que se conviertan y sean perdonados."

Eso revela que, desde el punto de vista de esta historia, hay dos grupos, como ya señalamos: los de adentro y los de afuera. Ahora, desde un punto de vista predestinario, sería fácil decir: "Bueno, los de adentro son los elegidos y los de afuera son los no elegidos." Pero Cristo no está enseñando predestinación aquí. Creemos en ella, pero esto no es de lo que está enseñando; este no es un texto para hablar de predestinación. Cristo está hablando de algo que tú y yo vemos cuando predicamos la palabra, y que debiera servirnos de aprendizaje a la hora de hacer evangelización.

De manera que la enseñanza de esta parábola es la respuesta del corazón del hombre a la predicación de la palabra. Para entender por qué el hombre responde de esa manera, visto desde este ángulo, el resto de la historia —que sería la soberanía de Dios en el escuchar, en el entender, en el elegir— esos son otros textos, es otra historia. De eso la palabra también habla, pero Él no está hablando de eso aquí. Nos está dando una idea desde aquí abajo: a la hora de predicar la palabra, cómo lucen las cosas y cómo yo la debo entender desde este ángulo.

En la historia, entonces, los de adentro son los apóstoles y los demás discípulos que vinieron con Él, porque eso es lo que el texto dice: los discípulos que estaban con los doce —había más de doce— vinieron y se acercaron y le preguntaron por qué les hablaba en parábolas. Y Él les dice: "A ustedes se les ha dado a conocer el misterio del reino de Dios." Pero a los que están afuera; entonces, obviamente, en el contexto de Marcos, los de adentro son los apóstoles y los discípulos que vinieron a hablar con Él, y los de afuera son los que no han venido a preguntarle nada, a pesar de que no entendieron nada.

Con los doce estaba Judas, y Judas no era de los elegidos, pero estaba adentro. En el contexto de lo que Cristo está enseñando, Judas está adentro. Judas escuchó la explicación de esta parábola y de cada parábola que Cristo explicó cuando sus discípulos se acercaron y dijeron: "Maestro, nos quedamos en la luna, explícanos, aterrizanos." De manera que eso es importante que yo lo pueda entender, porque desde este pasaje los de adentro son aquellos que escuchan la predicación de la palabra y se sienten motivados por la verdad inicial que escucharon, y por tanto continúan viniendo donde el Maestro para entender más, para conocer más, para preguntar más. No simplemente se quedaron en el contexto del sermón que se predicó, sino que el sermón que se predicó hoy —incluyendo este mismo— los provocó tanto que querían saber más y siguieron buscando.

Entonces van donde el Maestro, van donde el Espíritu de Dios, el Espíritu Santo, y le preguntan. De manera que una verdad revelada produce interés para ir a buscar otras verdades todavía no reveladas. Es una experiencia, es una primera experiencia que motiva una segunda experiencia. Pero hay algunos que tienen una primera experiencia al escuchar la palabra de Dios —positiva la experiencia—, pero ahí se quedan. Ellos no tienen una experiencia creciente y se quedan afuera, porque ahí está.

Entonces los de adentro vienen y preguntan, como los apóstoles, y esto es significativo. Los de afuera están afuera; escucharon algo que les llamó la atención, que pudo ser interesante: "Yo aprendí algo de ese sermón." Pero no hay suficiente motivación para seguir indagando, buscando, escudriñando, ir donde el Maestro otra vez: "Yo quiero saber más." Y es bueno ver, entonces, en el contexto de los Evangelios, cómo Judas era de los de adentro en ese momento y termina afuera, y la mujer samaritana que estaba afuera termina adentro. Porque la mujer samaritana que estaba afuera comenzó a conversar con Jesús, pero mantiene el diálogo con Él hasta el punto en que ella va y busca gente de su pueblo y los trae a Jesús: "Vengan, ustedes tienen que venir a oír a este hombre que me ha revelado cosas de mi vida." Ella quiere regresar, ella quiere más. Ella está adentro, ya del lado de aquellos que se acercan y continúan preguntando. Pero Judas estaba adentro ese día y termina afuera.

Entonces, aquellos que no manifiestan un deseo por conocer Su palabra, conocer Su misterio, su falta de deseo hace que Cristo les hable en parábolas y los deje en su no deseo. Esto es parte de un juicio de Dios. Yo no puedo olvidar lo que acababa de acontecer antes de que Él enseñara esta parábola, lo que predicamos en el capítulo 3 la semana pasada. Recordemos que Cristo está en una casa y sus familiares vienen porque ni sus hermanos creían en Él; querían llevárselo porque pensaban que había perdido la cabeza. Y los escribas piensan que está endemoniado y que hace milagros por el poder de Satanás. En ese contexto Cristo dice: "Aquí viene la parábola."

De tal forma que a aquellos que están blasfemando contra el Espíritu, aquellos que han rechazado vehementemente Su revelación, Su encarnación, aquellos que han rechazado la verdad hecha viva, hecha persona, a esos Él les va a hablar en parábolas. Y eso es parte de Su juicio. No es que Dios no quiere que ellos escuchen ni que entiendan; lo que ocurre es que como ellos no querían entender, ahora les va a hablar de una manera que confunda sus corazones y no entiendan. Eso es lo que querían, pues los va a complacer. Esto es una cita del profeta Isaías, Isaías 6:9. Dios inaugura el oficio de profeta para Isaías y le dice: "Isaías, te voy a enviar a un pueblo, te lo voy a poner a predicar, pero quiero que sepas que viendo no verán y oyendo no escucharán." Y esta es la cita de Isaías.

Observemos la peculiaridad del texto. Hay una semilla; la semilla es la palabra de Dios, versículo 14. La semilla tiene similitudes con la palabra: la semilla tiene que ser sembrada, la palabra también. Cuando yo escucho la palabra, yo no me puedo quedar simplemente con el sermón: "¡Qué interesante! ¡Qué bueno! Sí, qué claro." No, eso no me va a ayudar en nada. Yo tengo que irme a la casa y cultivar lo escuchado, de la misma manera que la semilla necesita ser cultivada. Nota que en la historia la semilla eventualmente comienza a echar raíces; toma tiempo. Bueno, de esa misma forma, yo no puedo determinar si alguien se convirtió hoy en un inicio, y a la semana no ver muchas cosas y decir: "No sé qué clase de conversión es esa, porque mira, tiene una semana y no ha hecho ningún cambio." Yo tengo que darle tiempo, igual que la semilla, que toma tiempo, pero tiene que haber frutos.

Eventualmente tiene que haber frutos. La evidencia de que la semilla está creciendo es la fructificación. La ausencia de frutos es la evidencia de muerte de parte de la semilla. Entonces, si la semilla no ha dado frutos, si esa semilla que se sembró no ha dado frutos, la semilla no ha germinado. Si la semilla no ha germinado, eso implicaría que no ha habido transformación de vida. Si no ha habido transformación de vida, eso es lo que llamamos santificación, y si no ha habido santificación en el tiempo, pues no ha habido justificación, aunque es el acto por medio del cual Dios me declara justo. Y si no ha habido justificación, no ha habido salvación.

¿Te das cuenta por qué esta parábola, el entendimiento de esta parábola, es esencial para entender todas las demás parábolas? La semilla es la palabra, el sembrador es el predicador. En ese caso, Cristo; en nuestro caso, todos los predicadores fieles de la palabra son sembradores. Aun el que no tiene el título de pastor, cuando está exponiendo la palabra a alguien, está sembrando, está sembrando una semilla. Y de nuevo, el predicador debe recordar al hacer eso que no determina la condición del terreno o del corazón; él simplemente predica indiscriminadamente.

Ahora, Cristo está separado con los discípulos, se le han venido y ellos quieren la explicación, porque solamente había mencionado los tipos de terreno y algunas generalidades acerca de la siembra. Pero volviendo ahora a las comparaciones entre el terreno y el corazón del hombre, esto es lo que nosotros vemos.

En el versículo 15 se nos dice que hay una semilla que cae junto al camino. Dijimos que ese terreno es un terreno apisonado por los hombres, un terreno duro, y ahora Cristo dice que esa gente, o ese terreno, representa a aquellos en quienes la semilla cayó, pero rápidamente Satanás la arrancó y se la llevó. Satanás se representó en la historia por las aves del cielo. La versión de Mateo nos dice que el terreno duro llamado "junto al camino", donde cayó esta semilla, representa aquellos en quienes cayó la palabra, pero no la entienden. Como no la entendieron, Satanás se la lleva rápidamente de su memoria, porque no tuvo efecto.

La pregunta sería cómo ocurre eso, porque eso no ocurre a través de posesiones demoníacas, para no caer en la locura de nuestros días. Ocurre a través de tentaciones que Satanás le coloca al individuo delante, oportunidades en la vida. Algunos estudios han revelado que muchos de los adolescentes que estuvieron en iglesia —son estudios que se han hecho en Estados Unidos, porque nuestro país no hace muchos estudios, pero sobre todo de este tipo— cuando llegan a la universidad, jamás se vuelven a ver dentro del reino de los cielos o jamás continúan practicando su fe. Y obviamente la conclusión es que la mayoría, probablemente, no tenían una fe genuina.

Pero ¿qué es lo que ocurre en la universidad que saca a jóvenes del camino donde estaban hacia el mundo? Pudiéramos de nuevo decir su falta de conversión, pero el año anterior también tenían una falta de conversión y estaban en el camino. ¿Qué lo hizo? Son nuevas oportunidades que la universidad les brinda. En la medida en que yo creo que tengo mayores libertades, y en mi libertad tengo mayores tentaciones, las tentaciones comienzan entonces a robarme. El poco de palabra que había quedado en mi mente, que yo recordaba, las nuevas oportunidades comienzan a llevármela, al punto que llega un momento en que yo no la recuerdo siquiera. Ese es el primer tipo de terreno.

Segundo tipo de terreno: Cristo habla de aquellos que cayeron en un terreno pedregoso, con una capita de tierra por encima. Representa a un grupo de personas que reciben la palabra de Dios con gozo. De manera que esto los pone, como dicen en inglés, *excited*, se pone excitado, contento, en un sermón, en ocasiones, y dicen: "¡Gloria a Dios! ¡Amén! ¡Aleluya, predíqueme pastor!" Pero Cristo dice que lamentablemente esa palabra muchas veces fue recibida con gozo, pero no necesariamente con arrepentimiento, y eso es lo que hace que cuando llega la aflicción o llega la persecución, ellos se salgan del camino, se salgan de la verdad que venían profesando.

En medio de la aflicción se resienten con Dios: "Ya no entiendo a Dios, porque ahora que yo soy su hijo, ¿cómo es que me pasan estas cosas? Cuando yo estaba en el mundo, nada de eso me pasaba. Ahora que yo estoy en el reino, mira todo lo que me pasa." Dios nunca prometió que sus hijos serían eximidos de dificultades. Lo que le pasa al incrédulo nos pasa a nosotros: los mismos accidentes, los mismos homicidios, las mismas enfermedades. Lo que le pasa al incrédulo nos pasa a nosotros también. Ahí está la historia para comprobar.

Y en otros casos son las persecuciones. Yo creo que Cristo permite una y otra precisamente para ir revelando la calidad del terreno, y yo debo saber eso como sembrador. La aflicción por un lado y la persecución por otro. ¿Cómo lo hace la persecución? Bueno, la persecución comienza a demandarme un precio, comienza a cobrarme. En buen dominicano, cuando me pasan factura y yo veo el costo del discipulado, yo digo: "Ah no, ni tanto huele la flor", y yo abandono el discipulado. Cuando llegó el momento de la persecución, Judas dijo: "¿Perseguido yo? ¿No es mejor que lo venda? ¿Vendido él antes que perseguido yo?" Y lo hizo por treinta monedas de plata. A Judas le iban a pasar factura y él pagó la suya: treinta monedas de plata, y así lo entregó.

Tercer grupo de personas: representado por la semilla que cayó entre espinos. Cristo dice que las preocupaciones del mundo, el engaño de las riquezas y los deseos de las demás cosas entran y ahogan la palabra, y se vuelve estéril. Entonces, este grupo de personas escucha la palabra, quizás hasta se emociona con la palabra. Han visto con un ojo, por ilustrarlo de esa manera, el reino de los cielos, y el reino de los cielos tiene muchas cosas atractivas, hermanos. El problema es que luego, con el rabito del otro ojo, como decimos nosotros, él se quedó viendo el reino de los hombres, y ahora resulta que aquel tiene mucho brillo; esa atracción le llama la atención y lo pone contento, por así decirlo.

Pero aquí hay todo un mundo de glamour y de ofertas y de oportunidades que lo llenan a él de preocupaciones y lo engañan con las riquezas del mundo y el deseo de todas las demás cosas que el mundo tiene, y ahogan la palabra hasta el punto en que él termina en el mundo. Demas, compañero de Pablo, podría ser clasificado dentro de ese grupo. Pablo dice que Demas lo abandonó y se fue al mundo: "Demas me abandonó y se fue al mundo." Vemos que ahí venía, pero lo siguió viendo.

Y finalmente hay un cuarto grupo. "Y otros son aquellos" —versículo 20— "en que se sembró la semilla en tierra buena, los cuales oyen la palabra" —palabra clave: *oyen*; la fe viene por el oír— "la aceptan y dan fruto, unos a treinta, otros a sesenta y otros a ciento por uno." Yo creo que de una forma sencilla me atrevería a decir que el predicador debe esperar que la mayoría de las personas que escuchan su predicación no van a fructificar: tres de cuatro.

No quiero decir ahora, para no ser mal entendido, que tres de cuatro personas de las que están aquí sentadas no van a fructificar, porque ya una iglesia representa un grupo selectivo, hasta cierto punto, de personas que ya han sido muchas veces regeneradas, y no podemos aplicar las estadísticas de esa manera. Pero de aquellos que me han oído predicar —y eso vale para cualquier predicador, en la televisión, en los viajes que hago, las veces que he estado— probablemente tres de cuatro, la gran mayoría, no terminen fructificando. Muchos son los llamados, pocos los escogidos. Angosto es el sendero que lleva al reino de los cielos. De maneras diferentes, Cristo reveló la misma cosa.

Ahora, aun dentro de los de buena tierra, Cristo nos da algo más de enseñanza que yo debo saber, porque me va a evitar ser legalista en unos casos, y me va a evitar tener un sentido de autojusticia, de sentirme más justo que otros. Porque Él revela que aun dentro de aquellos que dan buenos frutos, unos lo dan al treinta por uno, pero son genuinos; otros lo dan al sesenta por uno y son genuinos y son hijos también; y otros lo dan al ciento por uno y son hijos también. Entonces, ¿cuál es la razón del treinta, el sesenta y el ciento por uno?

Bueno, yo creo que hay varias razones por las que la fructificación puede ser diferente, y quizás Dios tenga otras más que yo no conozco y que no me ha revelado. Pero la razón número uno, yo diría que tiene que ver con la medida de la gracia de Dios dada a cada persona, y hay aval bíblico para eso. Te voy a mencionar dos textos rápidamente. Romanos 12:3 dice que nosotros no debiéramos pensar acerca de nosotros mismos más alto de lo que debiéramos, sino que simplemente debiéramos hacerlo según la medida de fe que se nos ha dado. A cada uno de nosotros se nos ha dado una medida de fe, y conforme a esa medida que se nos ha entregado, así yo debiera pensar de mí. Ese es el punto número uno.

Y el texto número dos, Efesios 4:7, habla de que nosotros deberíamos servir con nuestros dones y talentos de acuerdo a la medida del don que se nos ha dado. Yo he ejercido un liderazgo igual que otros líderes en la iglesia aquí, pero hay personas capacitadas por Dios con más liderazgo que yo; ellos recibieron una medida de ese don superior. Está bien. Eso es parte de la soberanía de Dios. Yo debo gozarme con eso y aplaudir eso, porque eso es parte de cómo Dios lo hace. Entonces, hay una primera razón que tiene que ver con la medida de la gracia que Dios da a cada uno de nosotros.

Hay una segunda razón que tiene que ver con una gradación de obediencia, porque si hay algo que la Palabra de Dios hace es que mantiene en tensión todo el tiempo, en todo el testamento, Antiguo Testamento, la línea que divide la responsabilidad del hombre y la soberanía de Dios, y nunca la separa ni nunca las divorcia. Las mantiene en tensión, recordándome todo el tiempo que yo tengo una responsabilidad.

Por eso es lo que hace que Cristo, más adelante en el versículo 25 de Marcos 4, que yo no leí, no llegue ahí, diga: "Al que tiene se le dará más, pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará." Al que tiene se le dará más de acuerdo a su obediencia, de acuerdo a su diligencia, de acuerdo a su entrega, de acuerdo a su rendición. Pero hay otros que su negligencia, su vaganza pudiéramos decir, hará que ese poquito que tienen se les va a quitar. Ese poco de luz que los fariseos y los escribas tenían cierta luz, pero terminaron sin nada, precisamente porque al no escudriñar las Escrituras correctamente, eso que tenían les fue quitado.

De esa misma manera, Pablo está animando a Timoteo; en un momento dado le está diciendo: "Aviva en ti el don que Dios ha puesto en ti, tienes que avivarlo, no seas negligente." Hay una medida de obediencia que Dios quiere de nosotros, y en la medida en que yo obedezco, en la medida en que yo me acerco más a Cristo, escudriño más, le pregunto más, quiero saber más, en esa medida Él se complace en revelarme más.

Y razón número tres: las circunstancias de la vida, circunstancias que también fueron parte del plan soberano de Dios, y que van desde el legado espiritual que alguien recibe de sus antepasados, el tipo de enseñanza a la que es expuesto a lo largo de su vida, y el lugar donde Dios le coloque. Siempre viene a mi mente, cuando hablo de estas cosas, el pastor John MacArthur: es la sexta generación consecutiva de pastores en su familia, de manera que el hijo, el padre, el abuelo, el bisabuelo, el tatarabuelo y el siguiente, que yo no sé cómo se llama, todos eran pastores. El legado espiritual de esa familia es monumental. El legado espiritual de los descendientes de Jonathan Edwards es monumental: once hijos, los once creyentes, etcétera, etcétera. El legado espiritual hace muchas veces también que unos produzcan al treinta, al sesenta, al cien por uno.

Y sabrá Dios cuántas otras razones tiene en Su mente que yo no conozco, que también determinan la productividad. Pero eso hace que yo, primero, no sea legalista al juzgar a aquellos que quizás están dando al treinta por uno, siempre y cuando estén dando lo mejor de sí. Y en segundo lugar, hace que yo recuerde que como todo eso depende de la soberanía de Dios, yo no tengo razón para enorgullecerme si estoy en el sesenta por uno o en el ochenta por uno con relación a otros; simplemente puedo dar gracias por la medida de gracia y de fe que Dios me dio. Más nada.

¿Me entendían? ¿Cuál es la condición de mi corazón? ¿Qué terreno tengo yo? ¿La semilla que ha caído en mi terreno a lo largo de los años, o aun esta mañana, dónde cayó? Yo no sé cuál es tu respuesta, pero si piensas: "Bueno, yo creo que tengo un terreno rocoso, ¿qué hago?", pídele a Dios que lo cambie. Porque el Dios que puede convertir un corazón de piedra en uno de carne es el Dios que puede cambiar un terreno rocoso en uno fértil. Pero tienes que clamar a Él, porque de Él depende.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.