Si la obediencia a Dios garantizara una vida libre de problemas, el apóstol Pablo tendría que haber sido el hombre más próspero de su época. Fue escogido para expandir el evangelio como ningún otro, visitó el tercer cielo y recibió revelaciones que no le era permitido repetir. Sin embargo, fue también el más cuestionado, el más rechazado, el más golpeado. Esta es una de las grandes paradojas del ministerio: parece existir una relación directa entre ser usado por Dios y ser azotado por la vida. Lo mismo ocurrió con Moisés, con los profetas, con Cristo mismo.
En 2 Corintios 6, Pablo presenta sus credenciales ministeriales, pero no enlista títulos ni logros. Enlista aflicciones, cárceles, azotes, ayunos forzados, noches sin dormir. Recibió treinta y nueve latigazos en cinco ocasiones, fue apedreado, naufragó tres veces. Y después de cada golpe, continuó predicando exactamente lo mismo que le había llevado al sufrimiento anterior. Esa perseverancia, dice el pastor Núñez, es la marca distintiva del verdadero maestro: el falso abandona cuando encuentra oposición; el genuino permanece porque lo sostiene el llamado de Dios.
Pablo vivió una serie de paradojas que solo se entienden mirando por encima del sol: era tenido por impostor, pero era veraz; por desconocido, pero ampliamente conocido en los cielos; por pobre, pero enriqueciendo a muchos; por moribundo, pero lleno de vida. No poseía nada terrenalmente, pero lo poseía todo eternamente. Lo que convenció a Tomás no fueron las predicaciones de Cristo sino sus heridas. La pregunta que queda es si estamos dispuestos a usar nuestras propias heridas para hablar bien del evangelio.
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¡Vamos, hermanos, por mi vida en su Palabra! Quiero invitarles a que abran la Palabra de Dios, en la segunda carta de Pablo a los Corintios, capítulo 6, para dar continuación a nuestra serie. En unos minutos estaremos leyendo del versículo 3 al versículo 10, segunda de Corintios, capítulo 6.
Cuando leamos el texto, verás que esta lista de circunstancias y vicisitudes que Pablo presenta es la segunda de tres listas que él hace a lo largo de esta epístola. El hombre que fue escogido por Dios para expandir el Evangelio durante el primer siglo de una manera como ninguna otra persona lo ha hecho desde entonces, es la persona que más frecuentemente se encontró en dificultades. Y eso es una paradoja. Parecería que a mayor la bendición, mayor el número de padecimientos. Y es la razón por la que yo he titulado este mensaje: "Las paradojas del ministerio".
A lo largo de los años, lamentablemente, la manera como el cristiano ha llegado a pensar es que si nosotros hacemos las cosas de una manera que complazca a Dios, entonces ese ministerio o ese ministro estará libre de problemas. Y esta es la forma como, a través de los siglos —ni siquiera simplemente años, sino siglos—, el cristiano ha pensado. La obediencia siempre será recompensada con bendiciones y prosperidad, y la aparición de circunstancias adversas en la vida del cristiano o de un ministerio implica obligatoriamente que Dios le está juzgando. Y nada está más lejos de la verdad que eso que yo acabo de decir.
Esa fue la forma de pensar de los amigos de Job. Salomón se frustró en un momento dado cuando vio que los malvados prosperaban y los justos parecían sufrir. En los tiempos de Jesús, un grupo, un puñado de oidores, vino donde Él y le dijeron: "Este hombre nació ciego; queremos saber quién pecó, él o sus padres." Y Jesús les instruyó y les dijo: "Ni él ni sus padres pecaron; este hombre nació ciego para que las obras de Dios se manifiesten en él." Tú puedes ver que desde los días de Job —y Job se considera que existió en los días del Génesis— hasta los días de Jesús y hasta nuestros propios días, el hombre no se ha podido deshacer de esa teología malinformada.
Cuando nosotros pensamos de esa manera, estamos ignorando el registro bíblico por completo. Tú abres el libro del Génesis y apenas llegas al capítulo 4 y te encuentras con que el justo Abel adoró a Dios de una manera que Dios fue honrado y complacido, y él es quien pierde la vida a manos del malvado Caín. Job, todavía en el Génesis —aunque su libro está mucho más adelante—, fue un hombre intachable, un hombre justo, y él termina perdiendo sus diez hijos. El Señor Jesucristo, el único hombre que vivió sin haber pecado, el justo de los justos, termina rechazado, termina desacreditado, termina olvidado y crucificado en una cruz.
De esa misma manera, avanza rápidamente al libro de Hebreos y llega al capítulo 11, y hay una larga lista de hombres y mujeres que pertenecen al salón de la fama de la fe, como el capítulo 11 de Hebreos es considerado. De ellos dice Dios lo siguiente: que experimentaron vituperios y azotes, y hasta cadenas e impresiones; fueron apedreados, aserrados, tentados, muertos a espada; anduvieron de aquí para allá cubiertos con pieles de ovejas y cabras, destituidos, afligidos, maltratados, hombres de los cuales el mundo no era digno.
No puedes olvidar que tú y yo habitamos en territorio apache —este es un territorio enemigo—, y cuando uno de nosotros emprende el ministerio, las fuerzas de las tinieblas tratarán de impedir su avance, tratando de evitar la expansión del Evangelio y tratando de deshonrar el nombre de nuestro Dios. Nosotros tenemos que recordar que el trabajar para Dios no es garantía de bendición a la manera como el mundo entiende las bendiciones, pero sí es bendición de la manera como el cielo entiende las bendiciones. Abel adoró a Dios, honró a Dios, y perdió su vida por honrar a Dios correctamente. Job era intachable y perdió sus diez hijos. Y escucha ahora: Dios es Dios, y perdió a su Hijo. De este lado de la eternidad, así es como la vida es.
La única garantía que nosotros tenemos de este lado de la gloria es que todas las cosas cooperan para bien de aquellos que aman a Dios. Pero el bien para el cual ellas cooperan, de acuerdo a Romanos 8:28-29, es para la formación de la imagen de Cristo en nosotros. De tal forma que Dios orquesta las circunstancias de la vida de una manera que concluyan en formar una mejor imagen de Cristo en mí y en ti.
Personas como el apóstol Pablo no tuvieron ese problema. ¿Cuál problema, pastor? La idea de que si caminamos bien con Dios, recibiremos bendiciones todo el tiempo y ningún mal. Y si nosotros no ajustamos el lente a través del cual vemos y analizamos la vida, estaremos continuamente siendo decepcionados, defraudados y nos sentiremos entristecidos. El apóstol Pablo no sufrió de ese mal. ¿Sabes por qué? Por algo que les escribió al final del libro de Romanos, capítulo 11, que nosotros tenemos que taladrar en nuestra mente y en nuestro corazón hasta que forme parte de nuestro ADN: "¡Oh, profundidad de las riquezas, de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¿Cuán insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos?"
Esa es la introducción al texto de hoy. Porque en el texto de hoy tú vas a encontrar al hombre que visitó el tercer cielo, otra vez siendo cuestionado, otra vez en necesidad de defender su ministerio, otra vez presentando como parte de sus credenciales la larga lista de sinsabores y vicisitudes por las cuales él atravesó. El nombre más cuestionado fue el del apóstol Pablo. Yo creo que si tengo que pensar en algún otro más cuestionado que él, tendría que pensar en el Señor Jesucristo. No hay otro: la segunda persona de la Trinidad, el Hijo de Dios, Dios encarnado. Y con eso quiero que oremos y luego leamos el texto.
Padre, gracias por la Palabra que tú nos has dado, que nos ilustra cómo la vida es debajo del sol después que nuestros progenitores cayeron, y nos muestra cómo Dios obra en ese mundo cuando sostiene a sus hijos en medio de las peores circunstancias para poner de manifiesto la gloria de tu nombre. Dios, ayúdanos a vivir por la fama de tu nombre. Ilumina nuestra mente, ilumina tu Palabra, exalta tu gloria y ayúdanos a vernos en este texto. En el nombre del Apóstol y Autor de la fe, Cristo Jesús, amén, amén.
Segunda de Corintios, capítulo 6, versículo 3:
"No dándonos en nada motivo de tropiezo, para que el ministerio no sea desacreditado, sino que en todo nos recomendamos nosotros mismos como ministros de Dios: en mucha perseverancia, en aflicciones, en privaciones, en angustias, en azotes, en cárceles, en tumultos, en trabajos, en desvelos, en ayunos; en pureza, en conocimiento, en paciencia, en bondad, en el Espíritu Santo, en amor sincero, en la palabra de verdad, en el poder de Dios, por armas de justicia para la derecha y para la izquierda; en honra y en deshonra, en mala fama y en buena fama; como impostores, pero veraces; como desconocidos, pero bien conocidos; como moribundos, y he aquí vivimos; como castigados, pero no condenados a muerte; como entristecidos, mas siempre gozosos; como pobres, pero enriqueciendo a muchos; como no teniendo nada, aunque poseyéndolo todo."
Al comienzo de este capítulo, el apóstol Pablo se describía a sí mismo y a sus colaboradores como colaboradores con Dios, como embajadores de Cristo a través de quienes Dios rogaba a los hombres que se reconciliaran con Dios. Y ellos se vieron continuamente de esa manera. Mencionábamos cómo la vida de Pablo se fusionó de tal forma con la causa de Cristo que tú no podías distinguir a uno del otro, hasta el punto de que Pablo llegó a hablar de "mi Evangelio." Y así debiera ser, idealmente, con cada uno de nosotros.
Es esa identificación tan estrecha con el Evangelio y con la causa de su Señor la que lleva a Pablo a escribir las próximas palabras, las palabras con las que comienza el texto de hoy, las palabras que aparecen en el versículo 3. Escúchalas otra vez: "No dándonos en nada motivo de tropiezo" —aquí viene— "para que el ministerio no sea desacreditado." Lo primero que el apóstol Pablo hace es presentarnos la razón o la motivación por la cual él supo atravesar tribulaciones, abusos y rechazos de una manera gozosa, justamente porque él sabía lo que estaba en juego.
Pablo nunca se iba a tomar el más mínimo riesgo de vivir de una manera que pudiera ser piedra de tropiezo para alguien que pudiera luego desacreditar el Evangelio. Él no iba a hacer eso porque él se había fusionado con dicho Evangelio. Pablo quería tener una conciencia limpia delante de Dios y una conciencia limpia delante de los hombres. Por eso rehusó tomar salario de parte de las iglesias o ayuda financiera, para que alguno no llegara potencialmente a pensar que él se estaba aprovechando de dichas iglesias.
Cuando les escribió a los corintios en un momento dado, refiriéndose al hecho de si era lícito o conveniente comer comida sacrificada a los ídolos —y los corintios estaban teniendo dificultad con eso—, Pablo dice: "Yo no debo ser piedra de tropiezo para nadie, y en cuanto a mí respecta, si es necesario, yo no comer carne jamás en toda mi vida, con tal de que no sea piedra de tropiezo para alguno." Cuando salió a ministrar con Timoteo, siendo este de origen medio gentil y no teniendo necesidad de circuncidarse, lo hizo circuncidar para evitar que los judíos pudieran usar eso como una causa, como una queja, como un obstáculo para la evangelización.
Aquí tú tienes a un hombre que verdaderamente se hizo al judío como judío y al gentil como gentil, y al mismo tiempo trató de no incurrir en pecado al vivir la vida cristiana. Este es el hombre que ahora, en el versículo 3, le dice a los corintios: "Nos recomendamos a nosotros mismos como ministros de Dios." Es una frase un tanto extraña.
Porque no se supone que nos recomendemos a nosotros mismos, pero resulta que entre los corintios aparentemente solo estaban apareciendo acusadores y no había nadie que estaba saliendo en defensa de Pablo. Pablo dice entonces: "Nosotros nos presentamos ante vosotros como verdaderos ministros de Dios. Ya que usted no defiende mi ministerio, yo lo voy a defender." Sin embargo, para defenderlo, ustedes necesitan prestar atención a las credenciales que yo voy a poner sobre la mesa, que hablan de la integridad y de lo genuino de mi ministerio.
Y él comienza ahora entonces en el versículo 3 a introducir dicha defensa. Escucha cómo él comienza a introducirla. Dice: "No dando nosotros en nada motivo de tropiezos." Esa es un doble negativo, un gran énfasis. "No", primer negativo; "nada", segundo negativo. No dando nosotros, primero, en nada, segundo, motivo de tropiezo. Un verdadero colaborador de Dios, como Pablo se veía, no querrá ser piedra de tropiezo en lo más mínimo y estará dispuesto a soportarlo todo y a callarlo todo si es necesario.
Habiendo presentado entonces la motivación para ministrar como él ministra, se recomienda, o no se recomienda, junto con sus compañeros. "Nos recomendamos a nosotros mismos como ministros de Dios." Y luego comienza a presentar las recomendaciones, las autorrecomendaciones en favor de su ministerio. Nota que cuando él comienza a hablar de su ministerio, en vez de presentar logros, en vez de presentar alcances, en vez de presentar un gran currículo o un gran pedigrí como dirían en otros lenguajes, lo que Pablo hace es presentar una lista de vicisitudes como credenciales de lo genuino de su apostolado.
Y él encabeza esa lista de dificultades con esta palabra, o esta frase: "en mucha perseverancia." La perseverancia es una marca distintiva del verdadero creyente y, en este caso, del verdadero maestro. El falso maestro, cuando encuentra oposición, cuando encuentra dificultad, tiende a abandonar su posición y a irse en búsqueda del próximo rebaño que escucha sus falsas enseñanzas, para ver si él puede sacar beneficio de otro grupo de ovejas. Pero no el verdadero maestro. El verdadero maestro permanece en su posición, y lo que lo sostiene en dicha posición es el llamado de Dios.
El ministerio está lleno de sinsabores y decepciones, no importa dónde se haga ni quién lo haga; esa es la realidad. Sinsabores que son suficientes para empujar a cualquiera del camino, y sin embargo, cuando tú tienes un llamado de Dios, tú permaneces en el camino justamente porque Dios te hace perseverar. No hay nada más poderoso que el llamado de Dios. La vida puede derrumbarte, la vida puede debilitarte, tú te levantas otra vez por el poder de su amor y continúas caminando hacia la meta.
Satanás pudo quitarle la vida a los diez hijos de Job, pero no pudo quitarle la confianza en su Dios. "Dios va a aparecer algún día y Él me va a escuchar y me va a responder", así decía Job. De esa misma manera, el Imperio Romano pudo haberle quitado la libertad a Pablo para caminar, para predicar, pero no pudo quitarle su fe en dicho Dios. Los hijos de Dios mencionados en Hebreos 11 murieron perseguidos y fueron maltratados, a más no poder, pero ninguno de ellos perdió la esperanza en las promesas que ellos vieron desde lejos y las saludaron como buenas y válidas, y murieron sin haberlas recibido pero como si las hubiesen recibido, justamente porque creyeron en la promesa que Dios les había hecho.
Y por eso es que Pablo, cuando comienza a hablar de credenciales en favor de su ministerio como una autorrecomendación, lo primero que menciona es "en perseverancia". Mi ministerio tiene un sello de genuinidad porque, a pesar de sus rechazos, corintios, y de otros también, y de otras dificultades, yo he permanecido predicando la misma palabra, predicando para la misma gloria del mismo Dios.
En perseverancia. Y ahora nos da un triple, un trío de palabras, y menciona varios tríos; este es el primero de ellos. Escúchenlo: "en aflicciones, en privaciones, en angustias." Aflicciones, privaciones y angustias. La primera palabra, "aflicciones", en el original implica algo así como una compresión o una opresión interna. Aquellos de nosotros que estamos siguiendo más de cerca y tratando de decir algo en medio de la revolución moral, la ola está tan aplastante que hay momentos en que tú sientes esa opresión interna. Pablo está diciendo: en las circunstancias en las que yo me he encontrado, muchas han sido las ocasiones cuando yo me he sentido internamente oprimido.
La segunda palabra: "en privaciones", con carencias de necesidades reales, necesidades necesarias para continuar subsistiendo; hemos sufrido dichas privaciones. Y "en angustias" es una palabra que en el original implica estar como en un espacio estrecho, no en términos físicos, sino encontrarte en una situación donde prácticamente tú determinas que no tienes posibilidades de salir con vida. Como bien testificaba Pablo en el capítulo uno, cuando decía que llegó un momento donde él mismo perdió toda esperanza de salir con vida.
Si tú quieres saber cuáles son las credenciales de mi ministerio, yo quiero decirte que yo he estado en aflicciones, en privaciones, en angustias, y después he continuado haciendo exactamente la misma cosa que me llevó a las mismas aflicciones, a las mismas privaciones y a las mismas angustias. Él supo estar oprimido, él supo estar en una situación prácticamente sin posibilidad de salir, supo sufrir privaciones, y a pesar de eso, Pablo persistió predicando la misma palabra. Ahora escucha quién es la persona que está en estas situaciones: el enviado de Dios, el ungido por Dios, el bendecido por Dios, el hombre que visitó el tercer cielo, que tuvo revelaciones que él mismo no pudo repetir porque no le era permitido repetirlas.
Y como si fuera poco, Pablo pasa al segundo trío de palabras: "en azotes, en cárceles, en tumultos." Tomemos esa primera palabra, "en azotes", porque en esta misma carta, si tú haces un avance rápido al capítulo 11, en el versículo 23, Pablo dice que él recibió un sinnúmero de azotes, para luego decirnos un versículo más adelante que él recibió 39 latigazos cinco veces —si lo multiplicas, son 195 latigazos—, que fue apaleado tres veces. Este es el hombre que, pareciera, es el apóstol más usado y el apóstol más abusado. Eso es otra paradoja.
Lo que yo he observado en el registro bíblico y en el registro de la historia de la iglesia es que parece haber una relación directa entre ser usado por Dios y ser rechazado y azotado por la vida. Déjame decir eso otra vez: parece haber una relación directa entre ser usado por Dios y ser azotado por la vida. Por lo menos eso fue cierto en la vida de Moisés, en la vida de José, en la vida de los profetas del Antiguo Testamento, en la vida de Cristo, en la vida de Pablo, en la vida de los demás apóstoles, en la vida de John Wycliffe, en la vida de Jan Hus —quemado en la hoguera unos cien años antes de Lutero—, en la vida de Martín Lutero y muchos otros.
En el caso de Pablo: "Cinco veces he recibido de los judíos 39 azotes, tres veces he sido golpeado con varas, una vez fui apedreado." Pero no se vendió, pero no desistió, pero no abandonó la fe, pero no dejó de predicar. En perseverancia, corintios, eso que estoy describiendo es parte de mis credenciales a favor de lo genuino de mi ministerio.
Y luego él pasa y dice "en cárceles." En 2 Corintios 11:23, Pablo dice que había estado en cárcel en más de una ocasión. Usted conoce que ese era el lugar preferido de Pablo para ir de vacaciones: las cárceles, no hoteles, no resorts; en cárceles. Lo increíble es que en las cárceles en las que estuvo, en ningún momento Pablo se quejó ni maldijo del Imperio Romano, ni de sus carceleros, ni de su Dios, ni de sus compatriotas. Ese es un hombre que entendió perfectamente bien que el Dios soberano sobre el cielo y la tierra controla las circunstancias de tu vida y de la mía día a día, y que no importa dónde te encuentres, estás en un lugar que Dios en su soberanía ha decretado y te ha colocado para formar su imagen y para glorificar su nombre. Esa es la realidad.
Y Pablo ahora completa ese segundo trío de palabras y dice "en tumultos." Yo no sé si tú has leído el libro de los Hechos —de hecho, estoy pensando quizás hacer la próxima serie sobre ese libro—, pero el libro de los Hechos es extraordinario, porque cada vez que tú encuentras a Pablo en una gran ciudad, Pablo está en un lío, en una bronca como dicen en otros lugares. Él estuvo en líos, por así decirlo, en Antioquía de Pisidia, Hechos 13:50; en Iconio, 14:5-6; en Listra, 14:19; en Filipos, 16:22; en Tesalónica, 17:5-9; en Berea, 17:13; en Corinto, 18:12-17; en Éfeso, capítulo 19:21 al 23:13; y en Jerusalén, capítulo 21:27-36.
Yo creo que Pablo estaba más en líos que en reposo. "Pastor, pero ese sería el ungido de Dios." Precisamente; en territorio apache, siendo el más capacitado. Él fue el que visitó el tercer cielo, justamente el mejor capacitado para el dolor y el sufrimiento de esta vida.
Escucha ahora el próximo trío de palabras, capítulo 6, versículo 5, segunda parte: "en trabajos, en desvelos, en ayunos." En trabajos, trabajo y labor manual. Pablo habló más de una vez de que él trabajaba arduamente de día y de noche, con mis propias manos, para no tener que recibir o ser carga para las iglesias. En desvelos, me imagino que la cárcel no era el mejor lugar para dormir bien. No creo que había cama en esa época en las cárceles, no creo que había almohadas. Pasó un día y una noche, dice él, en lo profundo del mar; naufragó tres veces; en una de ellas le tocó dormir en el mar. No creo que en alta mar, agarrado quizás de un pedazo de madera, sea un buen lugar para quedarse dormido. En ayunos, no creo que estos eran los ayunos de oración para dedicarse a tener comunión con Dios más íntimamente; si están dentro de la lista de dificultades, son otra cosa.
Obviamente, estos son ayunos forzados: en las cárceles, en lugares donde le estaban persiguiendo, siendo perseguido, donde no podía parar a comer, donde no había quizás alimento. Y Pablo dice: yo he perseverado en ayunos, en trabajos, en tumultos, en vigilias y en desvelos, en cárceles, en todo tipo de situaciones donde otros abandonarían la carrera. Yo he permanecido fiel a mi Dios. Corintios, como diría en inglés, ¿de qué quieres? ¿Lo entiendes, corintios? ¿Qué esto es parte de lo que marca el sello genuino de un ministerio: la perseverancia, la fidelidad a su Dios, independientemente de las circunstancias?
Y luego él pasa, entonces, de tríos al próximo trío, o a cuartetos, perdón. Ahora nos da un par de cuartetos en palabras también: en pureza, en conocimiento, en paciencia, en bondad, en pureza, en sinceridad, en transparencia, en veracidad, en integridad. He hablado, corintios. He vivido lo que he predicado. Lo que he predicado en un sitio, lo he predicado en el otro, y lo que he predicado en todos los lugares, lo he vivido en todos los lugares.
Pablo, posiblemente, fue el ministro más malentendido a lo largo de su ministerio. Y lo mismo podemos decir de Cristo, y lo mismo podemos decir de Moisés en su tiempo. Moisés estaba siguiendo la voz de Dios y el pueblo no podía entender por qué Moisés los había sacado al desierto. Jesús estaba siguiendo la voz de Dios y el pueblo no podía entender por qué Jesús no implantaba su reino de una vez y para siempre. Pablo estaba siguiendo la voz de Dios y los corintios no podían entender por qué Pablo no hacía ministerio como ellos entendían el ministerio. Y lamentablemente, las expectativas de los seguidores de Moisés, las expectativas de los seguidores de Cristo, las expectativas de los seguidores de Pablo, chocaron con la voluntad soberana de Dios en la vida de cada uno de ellos.
En conocimiento, dice Pablo: probablemente hace referencia al conocimiento de Dios que él tenía, que le permitió ministrar en cercanía a su Dios, en intimidad, en comunión, que le permitió creer en ese Dios y no tener las dudas que tuvo incluso un Juan el Bautista. Cuando estando en la cárcel mandó a preguntar a Jesús si Él era realmente el Mesías, o si debían esperar a otro, porque como que no le cuadraba mucho a Juan el Bautista que él fuera el introductor del Mesías y estuviera preso. Pablo no tuvo esa dificultad, gracias a Dios.
En paciencia, que es parte del fruto del Espíritu y es parte del ministro genuino: en paciencia. Si hay algo que el ministro de la Palabra necesita, es paciencia; paciencia para tolerar la rebeldía y la inmadurez de los corintios, y lo mismo para poder continuar predicando en el nombre de Cristo sin desanimarnos a lo largo de los días. La paciencia es una de las marcas distintivas del maestro genuino verdadero de la Palabra. Es una de las marcas distintivas del líder de Dios. Caracterizó a Moisés por cuarenta años en el desierto. Caracterizó a Isaías, quien predicó por cincuenta años sin nunca ver frutos, y peor aún, el día que Isaías fue llamado al ministerio, Dios le anunció que iba a estar predicando, iba a estar enseñando, porque nadie le iba a hacer caso. Y luego Isaías permanece fiel por cincuenta años sin frutos. Yo creo que yo me muero. La paciencia caracterizó a Cristo, que fue negado por su colaborador más cercano.
En bondad, corintios. Una de las marcas distintivas de que soy un maestro genuino verdadero es la bondad con la que estoy respondiendo. Es la bondad con la que trato a mis adversarios. Es el silencio que me ha caracterizado en otras ocasiones, y luego la manera como he sabido llorar incluso por ellos. El Espíritu de Dios me ha capacitado de una manera que me ha permitido responder en bondad, y eso caracteriza a un verdadero discípulo de Cristo. Caracterizó a Esteban cuando estaba siendo apedreado. Caracterizó a Jesús cuando estaba siendo crucificado. Caracterizó a Pablo. Por eso es que lo enlista como una de sus virtudes a favor de su ministerio.
Pablo no está enlistando cuánto yo sé, cuánto yo he logrado, cuántos doctorados yo tengo. Nada de eso. Él está ilustrando, está mostrando obras que solamente Dios puede hacer en la vida de una persona. Y eso es en la dirección en la que él se dirige ahora cuando presenta el primer cuarteto de palabras. Escucha cómo él lo dice: en el Espíritu Santo —esa no se iba a quedar—, en amor sincero, en la palabra de verdad, en el poder de Dios. El primer cuarteto de palabras comienza con Dios y termina con Dios. Escúchalo: en el Espíritu Santo, y termina con en el poder de Dios.
Es el poder de Dios que da la capacidad para creer como Pablo creyó, para permanecer como Pablo permaneció, para poder sufrir las vicisitudes y los rechazos y los abusos, y responder en bondad. Pablo fue perseguido por los judíos, pero siguió amando a los judíos. Increíble. Pablo fue azotado por sus carceleros, pero predicó el Evangelio a sus carceleros. Cristo fue crucificado por sus enemigos, pero le pidió al Padre que los perdonara. En el poder del Espíritu, en el poder de Dios.
En la palabra de verdad, dice Pablo en este cuarteto, que tiene que ver con el Evangelio: en la palabra de verdad. Cuando escribió a estos corintios en la primera carta, en el capítulo 9, versículo 16, les dice: «¡Ay de mí, si yo no predico el Evangelio!» ¡Ay de mí, ay de las consecuencias! Dios me ha dado su poder, ha hecho descansar, ha hecho reposar su gracia y su poder sobre mí, y si yo dejo de predicar el Evangelio —porque para eso hizo su gracia reposar sobre mí—, Él dejará de hacer reposar su gracia sobre mí. ¡Ay de mí, si yo no predico el Evangelio! En el poder de la palabra de verdad, para llevar a cabo la tarea encomendada.
Y ahora, en el versículo 7, segunda parte: por armas de justicia para la derecha y para la izquierda. No está muy claro lo que Pablo quiso significar con estas armas de justicia, pero nosotros sabemos que Pablo usaba con frecuencia metáforas y comparaciones con la milicia de sus días. Así habla de una armadura del cristiano; habla en otras ocasiones de que nuestras armas no son carnales, sino poderosas para destruir fortalezas y para destruir todo pensamiento altivo que se levanta en contra del conocimiento de Dios —capítulo 10 de esta segunda carta—. Quizás Pablo está pensando en eso cuando dice: con armas, o por armas de justicia para la derecha y para la izquierda. En otras palabras, nosotros tenemos armas poderosas, pero son de justicia. Pablo no tenía ninguna confianza en la sabiduría humana, en estrategias humanas, en la retórica del hombre. Su única confianza estaba en Dios, en el poder de la fe y en la confianza en el poder de la Palabra que él predicaba.
Por armas de justicia para la derecha y para la izquierda. Y a partir de esta frase, Pablo menciona cómo algunos pensaban de él de una manera y otros pensaban de él de otra manera completamente opuesta. Ahora hay una serie de antítesis: de cómo un grupo de personas llegó a pensar acerca de él, y otro grupo de personas llegó a pensar completamente lo opuesto del mismo Pablo. Y eso es algo que se ve en la historia bíblica: se ve en la vida de Moisés, se ve en la vida de Cristo, se ve en la vida de Pablo. Escucha cómo él comienza el versículo 8, ayudándonos a entender esta parte: en honra y en deshonra, en mala fama y en buena fama.
Pablo era tenido en alta estima por muchos, y sin embargo era tenido en deshonra por otros. Algunos le habían dado una buena fama a Pablo, justamente por sus habilidades al enseñar, por su pensamiento teológico, por el amor con el que él sentía por sus ovejas, hasta el punto de llorar por ellas. Y otros le habían dado una mala fama, hasta el punto de llamarlo un farsante. La pregunta es: ¿qué hace que un grupo de personas le dé una buena fama a Pablo y otro grupo de personas le dé una mala fama? No puedes olvidar que Cristo predicó un mensaje en más de una ocasión, y los evangelistas registran que las multitudes se asombraban y a veces decían que enseñaba como uno que tiene autoridad. E inmediatamente después venían los fariseos y los escribas, que escucharon el mismo mensaje, y hablaban de otra manera.
Quizás el pasaje que mejor lo describe es el pasaje de Juan 7:12, donde dice lo siguiente: «Y había mucha murmuración entre la gente acerca de Él. Unos decían: "Él es bueno." Otros decían: "No, no, no; al contrario, extravía a la gente."» Unos escuchaban a Jesús y decían: «¡Wow, ese es un hombre bueno!» Y otro decía: «No, en el lenguaje que manejamos, no lo recibo. Es todo lo contrario. Él extravía a la gente.» No podemos olvidar que lo que somos determina lo que vemos. Los fariseos vieron en Cristo a un traidor, un blasfemo, y lo crucificaron. Cristo vio en los fariseos a personas dignas de perdón, y le pidió al Padre que los perdonara junto con sus crucificadores. En mala fama, en buena fama: así vivió Pablo, así murió Pablo, así vivió Cristo, así murió Cristo.
Y ahora, en el resto del texto, Pablo establece una serie de comparaciones que comienzan con un «como» y terminan con un «pero»: como… pero, como… pero. Ahí es donde se establecen las antítesis. Esto nos da una buena idea de cómo mucha gente pensó acerca de él, y lo que Pablo concluyó después de escuchar el veredicto de esa gente que hablaba así de él. Escucha, entonces, desde el versículo 8, segunda parte, hasta el versículo 10, final: «¿Como impostores?» Eso era lo que algunos pensaban. «Pero veraces», dice Pablo. «¿Alguien piensa que eso es lo que yo soy? Pero yo sé que soy veraz. ¿Como desconocidos? Pero bien conocidos. ¿Como moribundos? Pero he aquí vivimos.»
¿Cómo castigados, pero no condenados a muerte? ¿Cómo entristecidos, pero más siempre gozosos? ¿Cómo pobres, pero enriqueciendo a muchos? ¿Cómo no teniendo nada, pero poseyéndolo todo? ¿Y qué clase de hombre es este? ¿Dónde fue que lo entrenaron? ¿Qué fue lo que le enseñaron? Y Pablo dice: "Yo sé que para algunos, para muchos, yo soy un impostor. Yo y mis compañeros, mis hermanos, somos unos impostores. Pero para Dios somos veraces, y mi conciencia atestigua que yo he sido veraz a la causa de Cristo." Para algunos, Cristo se hacía pasar por Dios y era también un impostor. Para Dios: "Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él escuchen."
Todos los eventos de la tierra tienen dos lecturas. Recuerden eso. Una debajo del sol y otra por encima del sol. La lectura con relación a Pablo: impostor aquí abajo; por arriba, un hombre veraz. Desconocido, pero bien conocido. Pablo dice: en la sociedad circular, entre los doctos, entre los sabios, entre los intelectuales, entre aquellos que saben mucho, desconocido. Pero en los cielos, ampliamente conocido. Desconocido por el mundo, conocido por las iglesias. Desconocido para el hombre incrédulo, conocido para los hijos verdaderos de Dios.
Y ahora él dice algo más: como moribundos, pero llenos de vida. Claro, moribundos, porque después que tú recibes 39 latigazos, quedas como moribundo. Y si te los dan cinco veces, has quedado cinco veces como moribundo. Y si te apedrean, como ocurrió en Listra, y te dan por muerto, pues quedaste como moribundo. Y Pablo dice: "Ahí, medio moribundo, pero lleno de vida." ¿Qué hombre es este? Moribundo por fuera, lleno de vida por dentro. Viendo las cosas por debajo del sol, pero creyendo las que están por encima del sol. Por debajo del sol, en nuestro cuerpo externo, este cuerpo va decayendo; pero nuestro hombre interior se va renovando, aun en los latigazos y en las pedradas.
Y Pablo dice: "Como castigados, pero no condenados a muerte." En otras palabras: "Yo sé que me han castigado, yo sé que me han lacerado, yo sé que me han apaleado. Pero saben que todavía no me han podido quitar la vida. Dios no me ha mandado a buscar. Por tanto, lo único que han podido hacer es castigarme, pero me han dejado con vida, y mientras me dejen con vida, yo seguiré predicando el Evangelio." Moribundos, pero llenos de vida. Como él lo entendió: "Yo soy un hombre inmortal hasta que Dios me llame. Como Dios no me ha llamado, la sentencia de muerte todavía no me la han proclamado; yo sigo con vida." Y eso le daba esperanza, haciendo de él un hombre extraordinario. El hecho de estar moribundo, pero de que no le quitaron la vida, lo llenaba de esperanza: "Yo estoy lleno de vida todavía."
Como entristecidos, pero siempre gozosos; no dice "pero gozosos", sino "siempre gozosos". Es como yo quiero que me entiendan en lo que estoy hablando. Los corintios, con su manera de tratarle y de rechazarle, claro que le habían entristecido; lloró por ellos, dice que escribió esta carta con lágrimas. Pero gozoso, porque todavía pensaba que había gente en Corinto que había creído, que tenía salvación y que la recibió por medio de su Evangelio, como él le llamó. Pablo se entristeció cuando los judíos rechazaron el Evangelio; estaba dispuesto a darles sus ojos si fuera posible. Pero gozoso, porque algunos de los judíos habían llegado a creer, incluyendo a él mismo. Se entristeció cuando sus propios seguidores en Corinto levantaron las calumnias que levantaron. Pero nunca dejó de creer, nunca pensó en dejar el ministerio, nunca abandonó la carrera; y mientras los judíos le rechazaban, muchos gentiles le recibieron. Mientras el mundo lo tenía por desconocido, muchas congregaciones lo tenían por conocido. Mientras unos lo entristecían, otros lo alegraban, y de ahí entonces es como Pablo mantenía el balance.
Como pobres, enriqueciendo a muchos. Claro, como pobre: un hombre que vivía viajando de un lugar a otro no podía tener ni una casa. ¿Qué iba a tener? Cada vez que entraba a una cárcel lo desposeían de todo, de manera que era verdaderamente, materialmente, terrenalmente pobre. Él dice: "Pero en mi pobreza terrenal resulta que aquello que me ha hecho pobre terrenalmente ha enriquecido a muchos celestialmente." Y en realidad lo que aquí abajo la gente tiene son ofrenda de dos centavos. Por tanto, ciertamente estoy gozoso de ser pobre terrenalmente para ser rico eternamente, y yo sigo predicando el Evangelio. Y eso es distintivo, dice, para los corintios: tienen que entender que esto representa parte de mis credenciales a favor de mi ministerio. Y es que no me importa hacerme pobre de este lado de la gloria, siempre y cuando mi pobreza de este lado contribuya a la riqueza de aquel lado en muchos.
Y finalmente: como no teniendo nada, pero poseyéndolo todo. No tengo nada aquí, pero tengo todo allá. Si no tienes a Cristo, no posees nada. Si lo tienes, lo posees todo. Y es esta paradoja la que el apóstol Pablo vivió, la que el apóstol Pablo nos presenta como parte de su defensa, y la que yo necesito llegar a entender. Porque en el territorio en el que vivimos, las cosas usualmente no salen como yo las quiero y las deseo, y por tanto, si yo no estoy dispuesto a aceptar lo que Dios orquesta y cómo Dios ordena mi camino, viviré yendo de decepción en decepción.
Esto es lo que Pablo dice. El impostor era un hombre veraz. El desconocido entre los hombres, conocido en los cielos. El moribundo tenía más vida que todos. El castigado, aquel que había sido castigado hasta ese momento, no lo habían podido sentenciar a muerte. El entristecido, más gozoso que aquellos que le causaban la tristeza. El pobre era más rico que los ricos, y el que no poseía nada en realidad poseía más que todos.
Entiende la vida por encima del sol. Entiende la vida ministerial. Entiende el ministerio. Entiende cómo son las cosas del lado de la gloria. Entiende cuál es el lente que necesitas para enfocar la vida. Entiende cómo necesitas confiar en Dios. Necesitas confiar en Dios en la abundancia y en la escasez. Necesitas confiar en Dios cuando las cosas van bien y cuando las cosas van mal. Necesitas confiar en Él y no concluir que cuando las cosas van bien Dios te está bendiciendo, y cuando las cosas van mal Dios te está juzgando. Necesitas entender que los hombres más bendecidos, más ungidos de parte de Dios, han sido muchas veces los hombres más maltratados aquí en la tierra, comenzando con Su propio Hijo.
Necesitas entender que justamente es el dolor, es la tristeza, son las heridas de esos hijos que Dios ha bendecido de manera especial, las que se constituyen en el testimonio más poderoso a favor de la causa de Cristo. No puedes olvidar que lo que convenció a Tomás no fueron las predicaciones de Cristo, sino las heridas de Cristo: "No puedo creer, no puedo creer, a menos que ponga mi dedo en la llaga." La pregunta es si estoy dispuesto a usar mis heridas para hablar bien del Evangelio. Si estoy dispuesto a dejarme herir para que Dios se glorifique en mí. Si estoy dispuesto a ser debilitado para que el poder de Dios repose sobre mí, y que yo pueda testificar que ciertamente Su poder se perfecciona en la debilidad. Si estoy dispuesto a dejarme debilitar hasta el punto de poder decir: "Oh Señor, yo te necesito en cada momento."
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