Integridad y Sabiduria
Sermones

Parados en la brecha

Miguel Núñez 13 enero, 2013

Dios buscó entre su pueblo a alguien que se parara en la brecha para interceder, pero no lo halló, y el juicio vino. Ezequiel 22:30 revela esta realidad solemne: hubo un momento en que la intercesión de un solo hombre pudo haber marcado la diferencia, como ocurrió con Moisés, cuya oración detuvo la ira divina contra Israel. Pero en tiempos de Ezequiel, nadie apareció. Los profetas habían devorado al pueblo, los sacerdotes no enseñaban a distinguir entre lo sagrado y lo profano, y los príncipes actuaban como lobos. La nación cayó por su propia iniquidad y por la ausencia de intercesores.

Pararse en la brecha exige valor, sacrificio y disposición a ser criticado y rechazado. Requiere discernimiento para entender los tiempos y sabiduría para saber qué hacer, como aquellos hijos de Isacar que David escogió porque conocían la situación y el curso a seguir. Demanda confianza en que Dios escucha la oración del justo y santidad cultivada en la vida diaria. La vida de Elías ilustra este llamado: un hombre sin cuestionamientos, de fe inquebrantable, dispuesto a vivir con sencillez —pan y carne traídos por cuervos— y a cambiar la dirección de su vida abruptamente cuando Dios lo ordenaba.

Estos son simultáneamente los peores y los mejores tiempos. Una generación busca lo que solo el evangelio puede dar, y América Latina aún no ha visto su hora. El llamado es a verse como soldados del ejército de Dios, agentes de cambio, no registradores de la historia sino personas que la impactan para su gloria.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Oído en la conferencia. En primer lugar, hemos hecho una pausa en vista de que este domingo cierra una etapa de la IBI, cierra los primeros 15 años de la IBI y está abriendo los próximos 15 años de la IBI. Yo quería entonces traer un mensaje especial que pudiera ser representativo de esa etapa que estamos cerrando y la etapa que estamos abriendo.

Este es el texto: "Busqué entre ellos a alguien que levantara un muro y se pusiera en pie en la brecha delante de mí, a favor de la tierra, para que yo no la destruyera, pero no lo hallé." Dios habla al pueblo judío en esta ocasión y lo hace a través del profeta Ezequiel, en un momento en que Dios ya se aprestaba para finalmente ejecutar juicio sobre la nación.

Ezequiel se ha ido al exilio, está en Babilonia, y las visiones a través de las cuales estas revelaciones están llegando están ocurriendo en un momento en que Jeremías, que permaneció con el pueblo todavía en Judá, está haciendo sus últimas advertencias antes de que el juicio llegara. Lo interesante es que Dios revela de una forma clara la razón por la que Él entiende que el juicio no podrá ser detenido. Dios ha venido advirtiendo al pueblo a través de otros profetas: Jeremías, que está todavía en Judá, y Ezequiel, quien había sido llevado quizá 10 u 11 años antes a Babilonia. Y Dios está revelando ahora que, por un tiempo, Él estuvo buscando en la nación a alguien que pudiera interceder a favor de la tierra, y que como no apareció nadie, Él ahora se ve en la necesidad de traer su juicio.

Yo no lo creería así si Dios no lo hubiese revelado de esa manera. De hecho, a lo largo del día de ayer trataba de entender, o de ver si todo el mundo entendía este versículo de la misma manera, porque parecería como si Dios estuviera supeditando su acción al hombre. Aunque sabemos que eso no es así, sí hay una interacción entre los planes y propósitos soberanos de Dios que Él determina y la responsabilidad que Dios pone sobre el hombre. La versión de la Biblia conocida como ISV dice con relación a este versículo que es increíble cuánta maldad puede ser detenida muchas veces por la acción de un solo hombre.

Dios andaba en búsqueda de alguien como Abraham, que intercedió a favor de Sodoma. Lo único que, cuando Dios habló con Abraham, Sodoma no tenía espacio ni lugar para ningún intercesor: el juicio había sido decretado. No así en otro momento. En un momento dado, Dios habla a Moisés y dice que va a destruir la nación, va a destruir a todo el pueblo. Moisés se coloca en la brecha, Moisés se coloca entre Dios y el pueblo, habla a Dios con compasión, intercede hasta el punto de que le ofrece su vida a Dios a cambio de la preservación de la vida del pueblo.

Escucha lo que Dios entonces dice acerca de Moisés, en un momento dado, de lo que él hizo y cómo Dios vio su acción. En el Salmo 106:23, Dios dice lo siguiente: "Él —Dios— dijo que los hubiera destruido, de no haberse puesto Moisés, su escogido, en la brecha delante de Él, a fin de apartar su furor para que no los destruyera." Y ahora tú unes lo que Dios dice de Moisés con lo que Dios dice a través de Ezequiel, y ciertamente hay una diferencia. En el caso de Judá no hubo nadie que se parara en la brecha; en el caso del pueblo de Israel en una etapa más temprana, Dios dice que Él estaba dispuesto a haberlo destruido de no haberse puesto Moisés, su escogido, en la brecha delante de Él, a fin de apartar su furor para que no los destruyeran.

Cuando uno lee el texto bíblico inmediatamente antes de Ezequiel 22:30, uno comienza a percatarse de cuál era la condición de la nación en ese momento. Yo creo que es importante que nosotros podamos verlo con claridad, porque creo que hay similitudes entre aquellos tiempos y nuestros tiempos, y a mí me gustaría reflexionar con la IBI hoy para pensar un poco en qué entendemos nosotros que es la responsabilidad colocada sobre esta iglesia en un tiempo como este.

El texto anterior a Ezequiel 22:30 dice de los profetas de Israel lo siguiente: que habían devorado almas y se habían apoderado de las riquezas y de las cosas preciosas. Les habían quitado las riquezas —no materiales— al pueblo, de la misma manera que muchos predicadores del Evangelio de la Prosperidad le han quitado sus posesiones al pueblo de Dios. Y Dios agrega, entonces, en contra de estos profetas, que muchas veces, viendo falsas visiones, se atreven a divinar mentiras diciendo "así dice el Señor", cuando el Señor no lo ha hablado.

Eso es apenas dos versículos antes del 30. De los sacerdotes, Dios dice en el versículo 26 que han violado mi ley y han profanado mis cosas sagradas; entre lo sagrado y lo profano no han hecho diferencia, y entre lo inmundo y lo limpio no han enseñado a distinguir. Hoy no tenemos el sacerdocio de Israel, pero tenemos predicadores, tenemos líderes. Yo creo que pudiera haber, en un gran sector de la población del pueblo de Dios, una acusación similar a muchos de los líderes que no han enseñado al pueblo a hacer la diferenciación entre lo que es sagrado y lo que es profano, entre lo que es inmundo y lo que es limpio.

De los profetas, los sacerdotes, y ahora de los príncipes: los príncipes de la nación son como lobos que desgarran la presa, derramando sangre y destruyendo vidas para obtener ganancias injustas. Los príncipes que acabo de mencionar han contribuido al derramamiento de sangre; los sacerdotes no han sabido enseñar al pueblo acerca de las ordenanzas de Dios; los profetas se han apoderado de las riquezas del pueblo. Y en esas condiciones la nación cayó, cayó por dos razones: número uno, su propia iniquidad, y número dos, la ausencia de alguien que se interpusiera, que se colocara en la brecha como Moisés lo hizo, para ver si Dios podía detener su juicio. Pero no apareció una sola persona. No apareció un Moisés, a quien Dios en el Salmo 106:23 le atribuye la detención de su juicio a la intercesión de ese siervo.

Yo creo que cuando nosotros vemos el panorama nacional e internacional, ciertamente encontramos condiciones similares, cuando nos percatamos de cuáles son las condiciones en las que se encuentra muchas veces el pueblo de Dios hoy, cuando nos percatamos de cuál es la condición en que se encuentra la proclamación y la enseñanza de la Palabra en nuestros días, cuando nos percatamos de la condición en que se encuentra el liderazgo de ese pueblo, y en particular en nuestra región de América Latina.

Dios nunca ha dejado a sus pueblos sin voces proféticas. Y una voz profética no es necesariamente un profeta, pero una voz profética es alguien que advierte al pueblo de Dios acerca de las condiciones actuales y del curso a seguir en este tiempo. En particular, al final de aquel periodo de años, la nación de Judá estaba escuchando ya los últimos de esos profetas: a Jeremías, y a Ezequiel desde Babilonia, quien ya había sido sacado en la primera invasión de Nabucodonosor y había sido llevado allá. Y desde allá, mientras Jeremías persistía y la nación no había terminado de caer, Ezequiel comenzaba a ver visiones que revelaban lo que Dios había estado mostrando a la nación y que la nación no hizo caso.

Pararse en la brecha es una gran responsabilidad, pero es un gran privilegio. Es un privilegio que nosotros no merecemos y es una responsabilidad muy pesada, porque pararse en la brecha es asumir riesgos; pararse en la brecha implica sacrificios; pararse en la brecha implica críticas, implica rechazos, implica experimentar el celo y la envidia de los hombres. No ha habido, a lo largo de la historia de Dios en el Antiguo Testamento, el Nuevo Testamento y en la historia de la Iglesia desde que Cristo murió, un solo tiempo en que los hombres de Dios que se han parado en la brecha a favor de su pueblo no hayan experimentado todas y cada una de esas experiencias, sentimientos o emociones que yo acabo de mencionar.

Y esas cosas pueden ser intimidantes, hasta que tú entiendes que Dios ha revelado que aun mis peores experiencias cooperarán para bien. Y si eso es cierto, entonces yo puedo cobrar ánimo y fortalecerme en el Señor y poder hacer el trabajo del Señor. Yo les decía a mi esposa esta mañana que algo tiene que estar en el aire, porque temprano en la mañana, antes de las 7, tres personas distintas que normalmente no me escriben a esa hora —mucho menos en domingo— me habían enviado el mismo mensaje: "Estoy orando por ti, estoy orando por ti, estoy orando por ti." No era la 7 de la mañana y yo había recibido tres veces el mismo mensaje. Salí entonces a la habitación y le decía a mi esposa: "Ponte a orar, porque algo tiene que estar en el ambiente; yo no sé lo que es, pero hoy." Gracias a Dios que Él mueve a Su pueblo a orar por nosotros.

Pararse en la brecha va a requerir discernimiento, va a requerir entendimiento de Su verdad, de Su Palabra. Recordemos el versículo que muchas veces he usado de 1 Crónicas 12:32, donde se nos dice que de los hijos de Isacar, David escogió un grupo porque eran expertos en discernir los tiempos, con conocimiento de lo que Israel debía hacer. Este grupo de hombres que David escogió tenía dos condiciones: en primer lugar, eran expertos en discernir los tiempos, conocían los tiempos, conocían lo que estaba pasando, conocían la situación en la que ellos se encontraban. Y esa es una de las cosas que creo que el doctor Molo nos va a ayudar a entender: cuáles son nuestros tiempos como iglesia.

Nosotros no podemos ser tan inocentes e ignorar lo que está pasando a nuestro alrededor, ni animarnos como si, porque algo bueno ocurre en un momento en un lugar, todo el pueblo de Dios o la mayor parte del pueblo de Dios está en la misma salud espiritual de aquello que vivimos. Eso es bueno recordarlo cuando tenemos un por su causa y vemos muchas emociones, vemos mucha gente: esa no es necesariamente la realidad de la mayoría del pueblo de Dios.

Pero esta gente no solamente era experta en discernir los tiempos, sino que tenía otra característica, y es que ellos sabían lo que la nación, lo que Israel debía hacer dado este tiempo, dadas estas condiciones, dado el discernimiento que Dios le había dado. En adición a eso, nuestra gente tenía pericia para saber cuál era el curso de acción a tomar, y esa es la razón por la que David los escogió. De los hijos de Isacar había otros que él escogió, pero no tenían la misma habilidad, no tenían el mismo discernimiento, no tenían el mismo valor, no tenían el mismo entendimiento de lo que debía ser hecho. De manera que este es un grupo especial para David en ese momento dado.

Pararse en la brecha va a requerir confianza en Dios. Confianza para creer que Dios nos escucha cuando oramos, y que de la misma manera que Moisés intercedió y fue escuchado e hizo una diferencia, de esa misma manera nuestras oraciones pueden ser escuchadas y hacer una diferencia. Si nosotros no tenemos el convencimiento de que nuestras oraciones, movidas muchas veces por el mismo Dios, pueden ser usadas, escuchadas y respondidas para hacer una diferencia, entonces nosotros no debiéramos estar en la brecha, porque la brecha es precisamente para eso, por lo menos esta brecha de la que está hablando.

Pararse en la brecha va a requerir cultivar la santidad en nuestras vidas, recordando que la oración del justo es poderosa, puede mucho, es eficaz y es esencial. De manera que la oración del que vive una vida en pecado es una oración debilitada, pero la oración del que trata de vivir en santidad delante de Dios, después de haber sido justificado por Dios, es una oración que puede mucho, que revela la palabra de Dios, que es poderosa y eficaz. Yo tengo que creer eso si voy a estar en la brecha.

Pararse en la brecha implica también que yo reconozca algo que el apóstol Pablo ya nos dijo hace dos mil años cuando les escribió a los efesios. En el capítulo 5, el versículo 15 dice que nosotros no podemos ser necios, tenemos que ser sabios porque los tiempos son malos: "Tened cuidado cómo andáis, no como insensatos sino como sabios." Y luego en el versículo 16 y el siguiente dice que nosotros necesitamos reconocer que los tiempos son malos. Estos no son tiempos para dormirnos en nuestras camas y mucho menos para dormirnos en nuestros laureles.

La iglesia de Éfeso fue una iglesia prístina en un momento dado, donde Dios le reconoce, cuando le pasa revista en el libro de Apocalipsis, cómo ellos habían sido de aquellos que en su momento tuvieron la gran capacidad de identificar los falsos y cómo los denunciaron y los expusieron públicamente. Y sin embargo, Dios dice: "Pero yo tengo algo contra ti." Es que tú has perdido tu primer amor. Y yo voy a interpretar eso: en algún momento dado, Éfeso se durmió en sus laureles y, descansando sobre el éxito que había alcanzado, perdió su primer amor. Y hoy nosotros no podemos darnos el lujo de repetir la historia de Éfeso, porque nuestro candelabro también sería quitado.

De manera que tenemos que, como congregación, reconocer la enorme responsabilidad que tenemos, y que si Dios nos bendice, nos agranda y nos hace crecer, es porque Él pretende darnos mayores responsabilidades. Estos son tiempos para tener valor, tiempos de desafíos, tiempos de trabajo arduo, tiempos de entrega, tiempos de compromiso, tiempos de definición y de redefinición. Yo tengo que definir o redefinir mi rol en la vida, mi rol en el cuerpo de Cristo, mi rol en mi matrimonio, mi rol en mi familia, mi rol en mi iglesia. Porque muchas veces los roles ni siquiera están definidos, o están mal definidos, y estos no son tiempos para andar en indefiniciones, porque los días son malos, los días apremian, las condiciones lo requieren, y yo necesito entonces hacer el mejor uso del tiempo. Y no puedo hacerlo si no tengo una clara definición de dónde debo estar y servir.

Estos son tiempos para hombres dispuestos a continuar batallando, a continuar luchando, aun después de ver la amistad traicionada, el honor vendido, la verdad cambiada, la gloria de Dios trivializada y su palabra comercializada. Estos son tiempos para que hombres y mujeres formados por Dios, de carácter, de fuerte fortaleza moral formada en Dios, cuando vean estas cosas ocurrir —una palabra que se vende, un evangelio que se negocia, una gloria que se trivializa, una amistad traicionada, un honor vendido— no se amedrenten, no se desanimen, no echen para atrás. Porque ese es el momento de levantarse y reconocer que esa es la historia del pueblo de Dios a lo largo de los siglos, y no va a cambiar hasta que entremos en gloria. Es el tiempo para brillar como luminares en medio de una generación perversa y torcida.

Y aun después de ver todo esto, nosotros necesitamos ser hombres y mujeres que puedan decir: primero herido por su causa que silenciado por temor; antes pobre que comprado por dinero; antes rechazado por vivir su verdad que popular por traicionarla; quebrantado ante Dios antes que orgulloso; y primero muerto antes que negar su nombre. Nosotros necesitamos esa generación, nosotros necesitamos una iglesia con esa fibra en su corazón, esa fibra de carácter, porque los tiempos son difíciles. Y tenemos la advertencia en la Palabra de que los días empeorarán, y no sabemos si nosotros veremos esos peores días, pero vendrán los días en que, según la definición que conocemos, los hombres serán avaros, amadores de lo bueno, indignos, arrogantes, desobedientes a los padres, y usted conoce toda esa lista.

Yo quisiera usar una vez más —yo sé que la usé en una ocasión, pero la voy a usar otra vez— no es una historia, es una ilustración de esta famosa obra conocida como *A Tale of Two Cities*, un relato de dos ciudades de Charles Dickens. Quizá una de las obras más famosas de la literatura inglesa, está relacionada a la Revolución francesa, sus antecedentes y luego el desarrollo de algunas cosas durante la Revolución. Es una obra de ficción, pero yo la menciono simplemente porque la obra comienza con una frase que es igualmente famosa, y la frase dice lo siguiente: "Es el mejor de los tiempos y el peor de los tiempos."

Yo siento igualmente de esa manera. Yo creo que estamos en el peor de los tiempos y en el mejor de los tiempos. Si usted dijera: ¿cómo es esa paradoja?, ¿cómo es posible? Bueno, yo creo que el peor de los tiempos no tengo que explicarlo, es obvio. Estamos en un momento donde la sociedad no cree en valores absolutos, no cree en un Dios, y quiere a Dios fuera de la sociedad. Estamos en un momento donde llamamos tolerancia a aquello que es simplemente negociar nuestros valores, y ahora hay una intolerancia hacia lo que nosotros creemos, pero a nosotros se nos llama intolerantes mientras todo el mundo puede ser intolerante hacia nosotros. Estamos en tiempos como estos, donde un distinguido predicador muy famoso en los Estados Unidos tuvo que finalmente declinar su invitación hecha por el presidente Obama para la apertura de un evento en particular, porque hacía quince o veinte años él había predicado un sermón en contra de la homosexualidad. Eso comenzó a polarizar las cosas, pero a la vez, tratando de levantar y sostener el estándar cristiano, él tuvo la osadía, creo que por primera vez en la historia, de rechazar al presidente declinando una invitación para hacer la bendición de ese acto. Las líneas han comenzado a ser marcadas en la arena, y yo creo que estamos en tiempos muy difíciles.

Pero a la vez yo creo que estamos en el mejor de los tiempos, porque yo creo que hay una generación que ha experimentado el sexo, las drogas, el placer, la riqueza, que lo ha tenido todo, que sigue buscando, y lo que andan buscando nosotros lo tenemos en la Palabra de Dios. Yo creo que nuestra región, por lo menos, está en el mejor de los tiempos, porque América Latina no ha visto su tiempo. La Arabia vio su tiempo y se fue. Europa vio su tiempo y se fue. Estados Unidos vio su tiempo y prácticamente se ha ido. Pero América Latina no ha visto su tiempo, y yo estoy convencido —puedo estar equivocado porque no soy Dios— pero estoy convencido de que este es el comienzo del tiempo de nuestra región. Creo que es el momento donde Dios ha comenzado a moverse, donde Dios ha comenzado a transformar las estructuras, donde Dios ha comenzado a transformar las iglesias. Y por eso yo creo que estamos en el peor de los tiempos y estamos en el mejor de los tiempos.

La pregunta es si nosotros vamos a saber cómo responder a lo mejor y a lo peor. Si vamos a tener la sabiduría para saber cómo discernir lo peor y hacer uso de lo mejor. Yo creo que estamos justamente ahí. Yo creo que Dios nos ha dado una oportunidad preciosa de poder brillar como luminares en medio de una generación perversa y torcida, como decía Pablo a los filipenses. Y la manera como nosotros hacemos eso es con su verdad, con su poder, para su honor y su gloria. Esa es la manera de hacerlo. No hay otra manera: no lo puedes hacer sin su verdad, no lo puedes hacer sin su poder, y no lo puedes hacer para gloria del hombre. Pero no podemos amedrentarnos.

Hoy bien, esta generación necesita conocer su lugar. Necesita conocer su lugar en su tiempo, necesita conocer su responsabilidad, necesita conocer dónde está la brecha y necesita prepararse para estar en ella. Pero revisando los últimos quince años de una forma que solamente Dios lo podía hacer, y de una forma puramente por gracia, muchos de nosotros nos hemos ido percatando de que Dios ha ido agrupando en esta iglesia a un equipo de personas con diferentes dones, talentos, llamados, preparación, dedicación, experiencias, temperamentos, recursos, relaciones, inclinaciones, pasiones y propósitos. Y una gran cantidad de esa gente estaba en una generación joven. Yo no puedo creer que eso sea simplemente accidental.

Yo no creo que eso es simplemente un accidente del tiempo y una casualidad que toda esa gente, con toda esa cosa que yo he mencionado, se reunieron —valga la redundancia— de manera accidental en un lugar y ahora no saben qué hacer. Yo estoy convencido de que Dios los ha ido agrupando porque tiene un propósito. Quiere definir este propósito, quiere marcar este propósito y quiere usar a ese ejército que Él ha ido agrupando.

Una de las cosas que quisiera decir en esta mañana, una de mis invitaciones, es que cada uno de nosotros necesita verse como un soldado del ejército de Dios que ha sido agrupado, que ha sido traído a un lugar para unirse a fuerzas que Dios quiere usar para impactar su generación. No podemos ser una iglesia, un grupo de personas que simplemente se reúne a cantar; múltiples denominaciones no cristianas hacen lo mismo y levantan sus manos también. No podemos ser una iglesia que simplemente se reúne a oír un mensaje que puede incluso aplaudir, porque muchas iglesias como la de Joel Osteen hacen lo mismo, aplauden y salen también estimulados y animados, y Dios no se ha predicado.

No podemos ser una iglesia que se envuelve en acciones sociales pero se olvida de que el fin detrás de la acción social es el Evangelio: su proclamación, su vivencia y potencialmente la influencia para el reino de los cielos. Y no volvernos una asociación activista más, como muchas otras.

En ese documento del que yo les hablaba —es de Cristiano Lano, 1994— así es como yo definía en ese momento la iglesia, desde el punto de vista del que estoy hablando ahora, porque pudiéramos ofrecer otras definiciones. La iglesia no es un grupo de personas que se congrega en un lugar para adorar y alabar a Dios; cualquier otro movimiento religioso puede hacer lo mismo. No es tampoco un grupo religioso que se reúne para celebrar eventos de una manera cristiana. No. La iglesia es el pueblo de Dios capacitado por el Espíritu Santo que, al vivir una vida digna de su llamado, hace temblar las puertas del infierno. Yo creo que eso es la iglesia.

La iglesia ha sido llamada a moverse hacia adelante por Dios, por su Espíritu, en su poder, para su gloria, para que cuando haga su trabajo las puertas del infierno sean tambaleadas. Como decía uno de los santos del pasado: que tiemble Satanás cuando vea a uno de los santos de Dios de rodillas delante de Él. Yo tengo que verme —si no me he visto aún— y convertirme —si no lo soy— en un soldado a favor de la causa de Cristo.

Esto es exactamente, o de otra manera, como Pablo nos habla cuando escribe a los efesios en el capítulo 3. Pablo comienza diciendo: "Por esta causa." Por esta causa, yo Pablo, prisionero de Cristo por amor de vosotros los gentiles. Por esta causa —¿cuál causa? La causa del Evangelio, la causa del reino— yo me he convertido, yo me veo como un prisionero de Cristo a favor de sus propósitos, al servicio de su ejército. En este caso, con la visión que Dios le había dado a Pablo, por vosotros, gentiles. Y por causa de ustedes, y por causa del Evangelio, yo estoy dispuesto a hacer el sacrificio que sea para que la causa de Cristo pueda triunfar.

Yo tengo que recordar, como soldado entonces de ese ejército, que nosotros estamos en medio de una guerra, literalmente. Estamos en medio de una guerra que no es contra sangre ni carne, sino que la Palabra define: contra principados, contra potestades, contra los poderes de este mundo de tinieblas, contra las huestes espirituales de maldad en las regiones celestiales. Nota cómo este texto define nuestro mundo: contra los poderes de este mundo de tinieblas. Es el mundo que la luz de Cristo ha venido a invadir. Nuestra guerra es contra poderes que dominan esta era, dominan este tiempo y que provienen de huestes —lo que nos habla de la enorme cantidad que son— espirituales, que nosotros no vemos porque luchan en las regiones celestiales.

De esa misma manera, una vez que yo veo la vida cristiana así, yo debo comenzar a ver mi llamado, debo comenzar a ver la vida como una misión. La vida es una misión. Y de esa forma, si la vida es una misión y soy hijo de Cristo, hijo de Dios, entonces yo tengo que verme como un misionero.

Y un misionero —decíamos también al revisar ese documento— no es un héroe. Nosotros hemos hecho de los misioneros unos héroes, pero ellos mismos rehúsan ser llamados de esa manera, porque entienden algo que quizás a ti y a mí no nos ha llegado a entrar: que un héroe es alguien que hace algo que no le toca hacer. Pero cuando nosotros respondemos de la manera más sacrificada posible al llamado de Dios, yo simplemente estoy respondiendo adecuada, apropiada y racionalmente a lo que Él ha hecho ya por mí en la cruz. Yo creo que eso es algo que yo necesito recordar: yo soy un misionero al servicio de la causa de Cristo, y eso sería mi culto racional, dando la vida por el reino.

Esto es un llamado al sacrificio. Porque lo dice a los filipenses: "A vosotros os ha sido concedido el privilegio, no solamente de creer en Él, sino de sufrir por Él." Eso es un llamado, eso es una concesión, es un don, es un regalo, es algo que nos han entregado. Te estamos dando dos privilegios y te los estamos dando al mismo tiempo: uno es que creas en Él, pero cuando llegas a creer en Él, al mismo tiempo te dan un próximo privilegio, y es que tú puedas sufrir por Él. Es un honor poder hacerlo.

Él nos ha llamado, en cierta manera, a volar como las águilas. Isaías 40 nos habla: aquellos que confíen en el Señor no se cansarán, correrán y no se fatigarán, y se remontarán como las águilas. De manera que Él nos está diciendo que ese es su llamado. Y obviamente, si tú lo piensas bien, tiene sentido, porque si Dios me ha llamado a vivir por su causa y me ha llamado a vivir para su gloria, eso no puede ser un llamado pequeño. De manera que el poder remontarnos como las águilas, sustentados por el viento del Señor, tendría todo el sentido del mundo.

La única razón por la que yo menciono esto es porque cuando tú lees un poco acerca de la vida de las águilas, te das cuenta de que son animales muy responsables: cuidan de sus polluelos, los alimentan, les enseñan a volar, permanecen con ellos hasta que están listos para volar. Pero hay algo que las águilas rehúsan hacer, y es volar a la altura de las demás aves del cielo. Ellas no fueron creadas para volar a alturas mediocres; ellas fueron creadas para volar a grandes alturas. Y de esa misma manera, nosotros no fuimos creados para vivir para propósitos humanos, terrenales, pequeños. Fuimos creados para vivir por un propósito que es mucho mayor que nosotros, que tiene una dimensión eterna. Por tanto, yo necesito volar como ellas: por encima de la mediocridad, por encima del promedio, por encima de la mayoría, precisamente porque a mí se me dio un llamado que no está en el promedio, que no está en la mayoría, y que tiene que ver con algo en la mente y el corazón de nuestro Dios.

Yo tengo que remontarme, yo tengo que volar alto. No para mi gloria, no por mi orgullo, no porque yo soy lo que soy, sino por el llamado que he recibido, con ninguna otra razón. Proclamar las virtudes de Aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable es suficientemente alto llamado para yo pensar de esa manera.

En una ocasión yo leía acerca de esta ilustración de alguien que fue donde Hudson Taylor, el gran misionero, a ofrecerse para ir al campo misionero. Pero la persona que fue solamente tenía una pierna y fue con muletas. Y Hudson Taylor le preguntó: "¿Y por qué tú quieres ir al campo misionero con una sola pierna?" Y le dijo: "Señor Taylor, porque los que tienen dos no quieren ir." Y quizás de esa misma manera nosotros pudiéramos decir que muchas veces los que tienen dones y talentos, los que tienen preparación, los que han sido equipados, los que han recibido mucho de Dios, no quieren ir, no quieren hacer, no quieren dar.

Y de esa manera, entonces, quizás algunos de nosotros tenemos que tomar nuestras incapacidades —algunos de nosotros incapacitados físicamente, pero quizás no sea físicamente de manera necesaria, sino en otras áreas o emocionalmente— y quizás tengamos que tomar nuestra discapacidad para entregársela a Cristo, para que Él nos haga capaces y nosotros entonces podamos hacer el trabajo que nos ha encomendado.

Yo quiero pasar hacia la segunda parte de este mensaje con un personaje también del Antiguo Testamento que yo creo que nos puede enseñar mucho: qué tipo de hombre, qué tipo de acción, qué tipo de vida, qué tipo de vivencias nosotros debiéramos estar dispuestos a abrazar en momentos como este. Me estoy refiriendo a la vida del profeta Elías.

Elías es un profeta de origen bastante extraño, porque de él no se nos dice nada, y de repente en el capítulo 17 de 1 Reyes, ahí está Dios hablando con Elías. Es como: ¿de dónde salió? ¿De dónde lo trajeron? ¿Dónde estaba? ¿Dónde nació? ¿De quién era hijo? Nada. Dios está hablando con él en el capítulo 17 del primer libro de Reyes. Si hay algo que tú valoras cuando lees la historia de Elías, es el valor de este hombre.

A Elías le tocó vivir en tiempos donde los reyes hacían lo que ellos querían y lo hacían sin cuestionamiento. La manera era que un rey solamente tenía que expresar el deseo de que la vida de Elías no fuera más, y ya tú podías contar con que mañana Elías estaría enterrado. Y Dios se le aparece a Elías y decide confrontar el poder de Acab y la maldad de Acab a través de un profeta que no tiene ni un cuchillo con qué defenderse.

Y el texto dice en el versículo 1 de 1 Reyes 17: "Entonces Elías tisbita, que era de los moradores de Galaad, dijo a Acab: Vive el Señor Dios de Israel, delante de quien estoy, que ciertamente no habrá rocío ni lluvia en estos años, sino por la palabra de mi boca." Tú te imaginas esto: tú vas donde el rey Acab —no vas donde él diciéndole "Rey, con todo el respeto que usted merece y toda la honra. ¡Viva el rey! ¡Salve el rey! Yo vengo muy atemorizado a traer el mensaje de parte de Jehová."

Eso no es lo que Elías recibe de Dios, sino que el mandato que él recibe es que vaya y desafíe la autoridad del rey Acab, posiblemente uno de los reyes más malvados que Israel haya podido tener, sino el más malvado, el más perverso. Y él va a donde este hombre y le dice: "Vive el Señor." No vive el rey, vive el Señor. "No se Israel, delante de quién estoy." En otras palabras, no es delante de ti que estoy, sino delante del Señor, que ciertamente no habrá rocío ni lluvia en estos años sino por la palabra de mi boca. Yo imagino acá: ¿y quién es este hombre? "Por la palabra de mi boca."

Elías no se está engrandeciendo; Elías simplemente está obedeciendo una orden que Dios le ha dado. Elías está diciendo: "Hoy la sequía va a ser tal que en la mañana no habrá rocío sobre los árboles, sobre las hojas de los árboles. Y no va a ser por un día o dos, ni por meses, sino por años. Y eso va a terminar cuando yo vuelva a hablar otra vez." Qué palabras tan desafiantes. ¿Tenemos nosotros ese tipo de fibra en nuestro carácter? Esta es la primera vez que Elías aparece en la historia, y no va a volver a ver a Acab a partir de ese día hasta que le vuelva a hablar.

Pero llama la atención no solamente el valor de Elías cuando él sale a hablar, sino también lo abrupto del llamado y lo rápido que Elías responde. De manera que, en segundo lugar, quiero que veamos no solamente el valor de este hombre, sino también que tiempos como estos nos deben recordar a nosotros que necesitamos hombres y mujeres dispuestos a cambiar la dirección de sus vidas abruptamente a favor del reino si ese es el llamado. Un día estoy aquí y mañana no estoy. "Mañana" quizá no significa 24 horas, pero en un tiempo relativamente corto Dios me ha trasladado de un lugar a otro porque Dios me ha llamado. Dispuestos a deshacer sus agendas, deshacer sus programas de vida para abrazar otro, simplemente porque es la revelación de Dios en ese momento, eso es lo que Dios ha traído.

Hombres de valor y hombres de compromiso, dispuestos a cambiar la dirección una vez que se les ha revelado la dirección a tomar, y no necesariamente que tengan que sentarse a pensar por un largo tiempo cuán racional o justo pudiera ser esto.

"Mucho estas palabras, y vino a Elías la palabra del Señor diciendo: Sal de aquí y dirígete hacia el oriente y escóndete junto al arroyo de Querit, que está al oriente del Jordán, y beberás del arroyo, y he ordenado a los cuervos que te sustenten allí. Él fue e hizo conforme a la palabra del Señor, pues fue y habitó junto al arroyo de Querit, que está al oriente del Jordán."

Elías acaba de pronunciar una sequía donde se va a secar todo, y Dios le dice: "Vete al arroyo." La sequía produce trastornos de alimentación porque no hay producción, no hay agricultura, y Dios le dice: "Yo te voy a alimentar." Nota la ausencia en Elías de cuestionamiento: "¿Cómo me va a alimentar? ¿Y si se seca el arroyo? Porque no va a llover, Señor, ¿y entonces de qué me vas a alimentar si no va a haber agricultura? Bueno, los cuervos te van a sustentar. ¿Y si no vienen los cuervos, van a traer comida?" Nota la disponibilidad de Elías y nota la fe de Elías.

Pero eso decía que para no hacer la profecía implica tener la confianza de que Dios escucha nuestras oraciones, lo suficiente como para que hagan una diferencia en el momento en que yo estoy en esa brecha. De manera que estamos prestando atención al valor de Elías, estamos prestando atención a la disponibilidad de Elías, a la falta de cuestionamiento de este hombre, a la prontitud de sus respuestas, y estamos prestando atención a la fe inquebrantable de este hombre que, sin cuestionar a Dios, responde inmediatamente a la voz del Señor, a su llamado. Confiando en que bebería del arroyo, confiando en que los cuervos le alimentarían y que le traerían carne en la mañana y en la tarde.

Y así va a ser la dieta de Elías: pan y carne traída por cuervos en la mañana, y pan y carne en la noche traída por cuervos. Mañana, pan y carne traída por cuervos. "¿No te va a cansar de esa dieta, Elías?" No, porque eso es lo que Dios ha dispuesto, y hombres de fe con confianza en Dios entienden que la dieta que Dios dispone es una dieta adecuada para el momento que Dios nos llama a vivir.

En quinto lugar, esto requiere de hombres dispuestos a vivir una vida sencilla, hombres que no requieren de muchas cosas para estar satisfechos, hombres que tienen una justa medida del contentamiento: pan y carne, mañana y tarde, pan y carne, mañana y tarde. Son hombres que han tomado una decisión a favor de la causa y que tienen que estar dispuestos a vivir de forma sencilla, si Dios así lo dispusiera, hasta el punto de reducir su dieta si fuera necesario y considerar esa dieta un manjar porque Dios así lo ha dispuesto.

Te recuerda la historia de Cristo con la mujer samaritana, y cómo los discípulos se fueron a buscar comida, y cómo Cristo se quedó, y cómo ellos regresan. Juan 4 narra la historia, y la primera preocupación de los discípulos al regresar es que su maestro coma. Los discípulos le rogaban diciendo: "Rabí, come." Y escucha a Jesús: "Yo tengo para comer una comida que vosotros no sabéis." Los discípulos entonces se decían entre sí: "¿Le habrá alguien traído de comer?" Jesús les dijo: "Mi comida es hacer la voluntad del que me envió y llevar a cabo su obra."

Para el hombre que ha abrazado la causa de Cristo, como Cristo lo hizo, como Elías lo hizo, como Moisés lo hizo muchas veces, la alimentación toma un plano secundario y el reino de los cielos un plano prioritario. Cuando es necesario, Moisés ayuna por 40 días, Elías ayuna por 40 días, Jesús ayuna por 40 días. Los discípulos regresan, Él está con la mujer samaritana y no está comiendo. Le están rogando: "Maestro, come." Y Él dijo tener una comida que ellos no conocen, y esa comida es hacer la voluntad de Dios. "Ahora mismo, en este momento, yo estoy lleno con eso."

En quinto lugar, estos tiempos requieren de hombres y mujeres que no desesperen cuando Dios decide probar su fe. Llegó un momento donde el arroyo se secó, y tú no escuchas de parte de Elías: "Señor, ¿y ahora qué? ¿Qué hice mal? ¿Dónde te desobedecí? ¿Qué fue lo que pasó? Tú me prometiste que me ibas a dar agua a través del arroyo, ¿me estás castigando? ¿Qué fue, Dios? Dime, cuéntame." No. Elías permanece en silencio. Después de algún tiempo el arroyo se secó porque no había caído lluvia en la tierra; era natural que eso fuera a pasar. Pero Elías tiene su confianza puesta en Dios, e inmediatamente después que el arroyo se seca, Dios se le aparece a Elías y lo llama para que se mueva de lugar.

Con esto, Dios estaba demostrando su fidelidad para con su profeta y dejando claro que la única razón por la que el arroyo había continuado fluyendo durante ese tiempo era para sostener a su profeta. Secado el arroyo, era porque había llegado el fin del llamado de Elías en ese lugar. Elías es llamado a moverse, y ahora Elías puede irse sin haber cuestionado a Dios y habiendo entendido: "Dios me fue fiel y me será fiel, manteniendo un arroyo fluyendo en ausencia de lluvia y haciéndolo hasta que terminó mi tiempo en aquel lugar."

Yo creo que estos son tiempos para que nosotros, los que estamos comprometidos con su causa, podamos claramente depositar nuestra confianza en Dios y saber que podrá haber momentos de precariedad en la nación o alrededor nuestro, pero que si nuestra confianza está en Dios, no tenemos nada que temer, porque Dios no es ignorante de mi necesidad. Quizás la necesidad que tengo es parte de lo que yo necesito para el trabajo que Dios está haciendo. Pero eso requiere entonces que yo pueda verme como un hombre o una mujer comprometido con un gran Dios, dispuesto a librar la batalla con la única arma que Dios nos ha dado, que es su Palabra, dispuesto a librar la batalla de rodillas delante de nuestro Dios, y con una fe inquebrantable en el Dios que ha dado evidencia de que es digno de confianza.

La realidad es que a lo largo de la historia bíblica, a lo largo de la historia de la iglesia, tú ves una y otra vez cómo Dios escoge a un hombre, pero puede ser cualquiera de nosotros. No es un pastor del que estoy hablando; es un hombre, o puede ser más de uno, o todos los que estamos aquí. Pero Dios escoge a una persona y a través de esa persona realiza propósitos que Él ha diseñado en su mente. Frecuentemente la selección de esa persona va de la mano con desafíos particulares para ese llamado. Tú lo ves en la vida de Moisés: Moisés tuvo que enfrentarse a Faraón y todo su ejército con una sola vara. Tú lo ves en la vida de Elías: tuvo que ir y desafiar la autoridad de Acab. Tú lo ves en el joven David, de 15 años, que tiene que ir a pelear contra Goliat.

Dios siempre ha puesto a su pueblo, o a su hijo, o a su hija llamado o llamada, delante de situaciones mayores que él o que ella, dispuestas en tal desproporción que cuando todo se ha dicho y se ha hecho, queda claro quién lo hizo. No son 500 hombres contra Goliat; es un joven con una honda y 4 o 5 piedras en la mano, que tiene 15 años, contra un gigante que tiene a toda la nación amedrentada. Cristo tuvo que enfrentarse a Poncio Pilato. Pablo, al Imperio Romano. Martín Lutero, a todos los líderes de su tiempo, religiosos y no religiosos, políticos, que de nada trataron de impedirle que llegara a la Asamblea de Worms, o la Dieta de Worms. Y Lutero respondió: "Aunque los demonios sean tantos en la Dieta de Worms como los ladrillos en el techo, yo me voy a Worms." Y Dios enfrentó esa situación a través de Lutero.

William Wilberforce luchó contra el Parlamento inglés por 26 años antes de conseguir la abolición de la esclavitud. 26 años.

Y nosotros vemos una y otra vez que el pueblo de Dios se ha abierto paso, y los hombres y mujeres de Dios que han sido llamados siempre han tenido que abrirse paso en medio de la dificultad, en medio de la oposición, porque el reino de las tinieblas no está contento con el desarrollo y expansión del reino de los cielos. Pero a la vez, porque Dios, cuando lo hace de esa manera, pone de manifiesto de una manera clara quién es el que ha venido haciendo el trabajo. No fue la fortaleza de David, su destreza, la que venció a Goliat. No, fue la simpleza de la honda en su mano la que dejó claro que Dios había vencido.

Pero lo que irritó a David es cómo la nación había permitido que ese solo hombre, ese gigante, desafiara, no a un ejército numeroso, sino al ejército del Dios de los cielos. ¿Es posible que un incircunciso pueda ser capaz de desafiar al ejército del Dios de los cielos y que nosotros nos quedemos intimidados, de manos cruzadas? Y David fue movido a la acción por el valor concedido al Dios a quien él servía.

Yo creo que esa es nuestra hora, y quizás ese hombre y esa mujer eres tú, a quien Dios está llamando a ser parte de algo que Él está haciendo: colocarte en la brecha, a interceder, a hacer su trabajo, abrazar tu llamado, abrazar tu propósito, llenarte de valor, llenarte de su Espíritu, llenarte de su sabiduría, entender los tiempos para que puedas conocer lo que se debe hacer y que tú puedas aplicar ese discernimiento a tu vida, a tu familia, a tu matrimonio, a tu iglesia, a la comunidad donde vives, a donde trabajas.

De tal manera que este sea un tiempo de impacto, de tal forma que el día que tú mueras hayas dejado una huella para el Señor, un legado que la próxima generación pueda reconocer y pueda continuar, en la medida en que Dios hace avanzar su reino. Y no simplemente que cuando yo muera hubiese sido igual si hubiese pasado o no por esta tierra. ¿Te imaginas lo triste de esa vida, que pudiéramos pasar por aquí y al final, si yo hubiese venido o no, hubiese dado lo mismo?

Yo no creo que tú quieres ser de ese grupo. Yo no creo que tú quieres ser de esa generación. Yo quiero creer que tú quieres verte como un hijo de Dios, regenerado por su Espíritu, equipado por su Espíritu, para que puedas hacer las obras que Él preparó de antemano, andar en ellas, brillar para la gloria de nuestro Dios en medio de ellas, y ser parte de una generación que está impactando a la próxima, donde tú estás contribuyendo con lo que Dios ha depositado en ti precisamente para que impacte esa generación.

Dios no nos dejó aquí para registrar la historia. Abrimos los periódicos: "Mira cuántos crímenes. Mira, mataron a uno en La Vega. Mira este, ¡qué increíble! Mira, violaron a esta mujer allí en la esquina de aquí." Con eso lo único que estamos haciendo es registrar la historia. Nosotros no fuimos dejados aquí para registrar la historia; nosotros fuimos dejados aquí para impactar la historia. No por nosotros, sino por Dios, por su poder, por sus propósitos. Pero somos los agentes de Dios para impactar esa historia. Ahora tienes que verte como un agente de cambio en las manos de Dios, parado en la brecha a favor de los demás.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.