Integridad y Sabiduria
Sermones

El peligro de la auto-justicia - pastor Héctor Salcedo

Héctor Salcedo 4 septiembre, 2016

La justificación ante Dios no depende de lo que hacemos, sino de reconocer que nada de lo que hacemos alcanza. Esta es la verdad central que Jesús expone en la parábola del fariseo y el recaudador de impuestos en Lucas 18. Dos hombres suben al templo a orar: uno es moralmente intachable, cumplidor meticuloso de la ley, que ayuna más de lo requerido y diezma de todo lo que gana; el otro es un traidor a su pueblo, colaborador del imperio romano, despreciado al punto de que la gente cambiaba de acera para no cruzarse con él. A ojos humanos, la respuesta sobre quién es acepto ante Dios parece obvia. Pero Jesús invierte todo: el recaudador descendió a su casa justificado, el fariseo no.

El problema del fariseo no fue su obediencia, sino su confianza en ella. Su oración era un inventario de logros: "no soy como los demás hombres, estafadores, injustos, adúlteros". Se comparó con otros pecadores y salió bien parado, pero Dios no evalúa con curva. La autojusticia se convierte en el mayor obstáculo para recibir gracia, porque quien se cree sano no busca médico.

El recaudador, en cambio, ni siquiera alzaba los ojos al cielo. Solo golpeaba su pecho diciendo: "Dios, ten piedad de mí, pecador". Esa postura de indignidad es precisamente la que abre la puerta a la justificación: Dios perdona los pecados y además acredita la justicia perfecta de Cristo a favor del que viene humillado. La noticia no es que somos malos; la noticia es que Cristo es perfecto, y su perfección más que compensa nuestra pobreza espiritual.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

¡Contra! ¡Es domingo! Bendiciones, hermanos. Tenemos el privilegio, como siempre decimos, de exponer la Palabra de Dios en este día. Y quisiera que fueran conmigo al Evangelio de Lucas en su capítulo 18. Vamos a leer ahí algunos versículos y a reflexionarlos juntos. Lucas capítulo 18, desde el versículo 9:

"Refirió también esta parábola a unos que confiaban en sí mismos como justos y despreciaban a los demás. Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo y el otro recaudador de impuestos. El fariseo, puesto en pie, oraba para sí de esta manera: 'Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: estafadores, injustos, adúlteros, ni aun como este recaudador de impuestos. Yo ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todo lo que gano.' Pero el recaudador de impuestos, de pie y a cierta distancia, no quería ni siquiera alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: 'Dios, ten piedad de mí, pecador.' Os digo que este descendió a su casa justificado, pero aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, pero el que se humilla será enaltecido."

Como se pudieron dar cuenta, esa es una parábola de unas cuarenta aproximadamente parábolas que encontramos en los Evangelios. Es una herramienta literaria que Jesús usó muchísimo para enseñar diferentes verdades. Y la parábola, como recurso literario y recurso de exposición didáctico, es una historia corta, breve, que usa elementos de la vida cotidiana, de la vida diaria, para presentar una verdad espiritual. El autor James Montgomery Boice la llamaba "una historia terrenal con implicaciones espirituales", y eso es efectivamente lo que vemos en cada parábola de Jesús. En cada una de estas historias cortas, breves, usando elementos de la vida cotidiana en las que Jesús enseñó, eso es lo que vemos: elementos terrenales pero con un objetivo de enseñar una verdad espiritual.

A mí personalmente me gustan mucho las parábolas porque permiten de una manera rápida exponer una verdad. Son fáciles de recordar, son simples pero profundas a la vez. Y como vamos a ver, esta parábola de Lucas 18 no es la excepción: es una parábola sencilla pero a la vez que tiene una profunda verdad dentro de sí.

Y yo quisiera precisamente que comenzáramos a estudiarla y que nos preguntáramos: ¿de qué tema, de qué es que trata esta parábola? ¿A qué se refiere? ¿A qué es que apunta? Usualmente los elementos de la parábola, los recursos que se usan para contar una parábola, apuntan todos a una verdad central. ¿Cuál es la verdad central? O más bien, ¿cuál es el tema de esta parábola?

Algunos piensan que es la oración, porque comienza el versículo 10 diciendo: "Dos hombres subieron al templo a orar." Y bueno, algunos dicen que se trata de la oración, de la postura correcta de la oración, cómo yo me acerco a Dios para orar. Pero cuando uno la ve más profundamente y en detalle, uno se da cuenta que al inicio de la parábola nos dice Lucas esto: "Refirió" —refiriendo a Jesús— "refirió también esta parábola a unos que confiaban en sí mismos como justos y despreciaban a los demás." Luego, al final de la parábola, el versículo 14, Jesús dice: "Os digo que este" —el recaudador de impuestos— "descendió a su casa justificado, pero aquel no." O sea, el versículo 9 nos dice que era dirigida a gente que se consideraba a sí misma como justa, y ahora el versículo 14 nos dice que el recaudador fue a su casa justificado, pero el fariseo no.

Por lo tanto, el tema de la parábola, en la entrada y la salida, es la justificación de una persona delante de Dios. En otras palabras, cómo es aceptada una persona delante de Dios, cómo el ser humano es o no aceptado delante de Dios. Ese es el tema: la justificación.

Yo quisiera profundizar un poco en este concepto de la justificación por varias razones. En primer lugar, es el tema de la parábola, pero la parábola no lo explica, no se expande en el tema de la justificación. Sencillamente se dice que el recaudador descendió a su casa justificado, sí, pero qué es eso no lo dice, y tendríamos que profundizar. Pero en segundo lugar, la razón por la que quiero ahondar en esto es porque, aunque es un concepto tan importante, me he percatado que es un concepto que algunos de nosotros ignoramos o desconocemos en las implicaciones que tiene. Pero en tercer lugar, es un concepto tan vital para la fe cristiana que yo prefiero redundar y yo pecar de sobremodo que dejarlo de explicar.

Martín Lutero decía que la justificación es el asunto sobre el cual la iglesia se mantiene o se cae. Toda la discusión de la Reforma Protestante en el año mil quinientos, mil seiscientos, giró en torno a cómo es justificado el hombre frente a Dios, cómo es que Dios acepta a una persona. La doctrina, la tradición católica dice que es sobre la base de las obras: el hombre se gana, obtiene la aceptación de parte de Dios en base a su caridad, a su bondad, a su integridad, a sus buenas obras. La Reforma decía no, las obras no me hacen acepto delante de Dios porque mis mejores obras no sirven delante de la santidad de un Dios absolutamente santo. La redención y la aceptación de Dios se da solo por fe, y esa era la gran controversia de la Reforma Protestante: cómo es el hombre justificado frente a Dios.

Juan Calvino, que fue uno de los reformadores principales, decía que la justificación es la bisagra principal de la religión cristiana. Y ciertamente, cuando nosotros entendemos lo que implica, lo que significa la justificación, lo que es la aceptación de Dios de nosotros, nos damos cuenta que verdaderamente aquí está un asunto tremendamente importante.

Yo quisiera entonces usar la definición que usa Wayne Grudem en su libro de teología sistemática y profundizar un poco en este tema de la justificación, para luego entonces seguir con la parábola en los otros componentes que la parábola tiene y nos presenta. Wayne Grudem dice, basado en la Biblia, que la justificación es el acto por medio del cual Dios nos declara justos ante sus ojos, basado por un lado en el perdón de los pecados gracias a la cruz de Cristo, y por otro lado al atribuirnos la justicia de la vida de Cristo en nuestro favor. Esos son los componentes de la definición que Wayne Grudem usa para definir la justificación.

Por lo tanto, es un acto en el que Dios me declara justo ante sus ojos, basado no en lo que yo hago, en lo que yo logro, en el esfuerzo que yo hago. No. Basado por un lado en que la cruz de Cristo perdona mis pecados, y en que por otro lado la justicia, la vida justa de Cristo, me es atribuida a mi favor, me es acreditada a mi favor.

Yo quisiera buscar algunos textos para sustentar esta definición. En primer lugar, Romanos 8:33. Oigan lo que nos dice el apóstol Pablo a la iglesia de los romanos en ese momento: "¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica." Dios es el que justifica al hombre; el hombre no se justifica a sí mismo, Dios es el que justifica. Romanos 8:1: "Por consiguiente, no hay ahora condenación para los que están en Cristo Jesús." ¿Por qué no hay condenación para nosotros? Bueno, porque nuestros pecados han sido pagados en la cruz del Calvario.

Colosenses 2:13, Pablo lo dice mucho más claramente. A veces este pasaje hasta redunda, se van a dar cuenta en algunos conceptos. Dice: "Y cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en la incircuncisión de vuestra carne, Dios os dio vida juntamente con Él, habiéndonos perdonado todos los delitos, habiendo cancelado el documento de deuda que consistía en decretos contra nosotros y que nos era adverso, y lo ha quitado de en medio clavándolo en la cruz."

El ser humano nace, según este pasaje, con un documento que le es adverso. La realidad nuestra, la realidad de nuestra condición caída de pecado, hace que el pecado me acuse, porque Dios es justo y Él tiene que condenar al pecador. Si Dios no condena al pecador, no sería justo; sería un Dios indulgente. Entonces este texto nos dice que la cruz de Cristo ha quitado de en medio el documento que me era adverso, que me acusaba como pecador, y lo ha clavado en la cruz. Literalmente eso es lo que dice el pasaje.

Pero fíjense lo siguiente: yo estoy aquí en el presente. En mi pasado y en mi condición yo soy pecador. La cruz de Cristo me perdona mis pecados, me limpia mis pecados, correcto. Literalmente la Palabra dice que sin derramamiento de sangre no hay remisión de pecado. Dios en su justicia ha determinado que el pecado humano sea pagado con la vida, con sangre. Por tanto, el pecado es pagado en la cruz del Calvario, y de eso cantamos constantemente.

Ahora bien, todavía yo no soy justo. Todavía yo no soy un hombre o una mujer que me merezco el cielo, que me he ganado la salvación. Yo no he hecho buenas obras que me acrediten como un ser humano perfecto. Yo no solamente necesito mis pecados perdonados; yo necesito un récord impecable de justicia y de rectitud y de buenas obras, correcto. Ese récord yo no lo tengo. Por lo tanto, cuando a mí se me perdonan los pecados, hay algo más que yo necesito: yo necesito una vida recta, una vida justa. Y como yo no lo tengo, Dios tiene que, a través de su Hijo, proveer esa vida recta para mí. Y por tanto, Él toma la vida recta de Jesús y me la imputa, me la acredita a mí.

Y eso es la justificación. La justificación tiene dos caras. Esas dos caras son: por un lado, el perdón de los pecados, y por otro lado, la justicia de Cristo a mi favor. ¿Dónde vemos eso? Lo vemos en múltiples pasajes, pero ya en este texto que está en Romanos 5, donde habla precisamente de ambas cosas.

Romanos 5:18: "Así pues, tal como por una transgresión resultó la condenación de todos los hombres..." ¿A qué se está refiriendo Pablo ahí? Al pecado de Adán, al pecado original. Dios consideró pecadores a todos los seres humanos porque Adán nos representaba, y eso es lo que dice el texto: por una transgresión resultó la condenación de todos los hombres. "Así también, por un acto de justicia resultó la justificación de vida para todos los hombres."

Alguien pudiera decir: "No, Pastor, pero a mí no me parece justo que Dios considere que yo soy pecador porque Adán pecó. ¿Cómo que Dios me considera pecador? ¿Me imputó el pecado de Adán porque él lo cometió y yo ahora soy considerado pecador?" Bueno, cuando yo critique u observe la imputación del pecado de Adán, recordemos que de la misma manera Dios ha usado el mismo proceso para justificarnos. Así como el pecado de Adán nos fue imputado, ahora, para bien, para vida, la justicia de Cristo nos es imputada, regalada para salvación. Y eso es lo que dice: "Así también, por un acto de justicia resultó la justificación de vida para todos los hombres."

Oigan más en detalle: "Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno los muchos serán constituidos justos." O sea que Dios me perdona, y además de que me perdona, Él me regala la justicia de Cristo, acreditada a mi favor. Delante de Dios, cuando yo vengo a Él en arrepentimiento y humillación reconociendo mi condición, Dios me hace justo. Lo que implica: me perdona los pecados que yo he cometido y me acredita la justicia necesaria para yo estar en su presencia.

Dios me ve como que yo soy su Hijo Jesús. ¡Increíble! Y me trata como tal: me llama su hijo, me hace heredero, me promete la gloria, me promete a mí lo mismo que a su Hijo Jesús. Y obviamente guardando la diferencia, porque Jesús es nuestro Señor, pero en términos espirituales Dios nos ve a través de la justicia de Jesús. Es como que Jesús nos ha vestido de su rectitud. ¿No cantábamos eso? ¿No cantábamos "vestido de su rectitud"? A eso nos referimos. Eso es la justificación: Dios me considera justo cuando yo vengo a Él humilde, y Él me reconoce. Entonces me perdona los pecados y a la vez me acredita a mi favor la justicia de Cristo.

2 Corintios 5:21: "Al que no conoció pecado, Dios le hizo pecado por nosotros." Jesús se llevó mi pecado. Oigan lo que dice después: "Para que nosotros fuéramos hechos justicia de Dios en Él." Para que la justicia de Cristo sea mía. ¡Qué glorioso intercambio! Y vista así, hermanos, la justificación es el regalo más extraordinario que un ser humano puede recibir. No hay nada que se le compare.

No nos confundamos: el mayor problema del ser humano no son los problemas económicos, no la criminalidad, no la autoestima. El mayor problema del ser humano, la mayor dificultad, la fuente de todos sus dilemas, es su separación de Dios, la separación de su Creador. Todos los problemas humanos emanan de ese problema fundamental; son síntomas de una causa, y la causa es la irreconciliación, el abismo que hay entre el Dios Creador y las criaturas.

Todo ser humano, hermanos, nace enemistado con Dios. Es la realidad. La Palabra una y otra vez nos habla de esto. Fruto de nuestro pecado, estamos enemistados con Dios. Hay una inclinación natural en nosotros al mal, al egoísmo, al orgullo, a la mentira, al materialismo, al disfrute ilícito de los placeres que Dios nos ha regalado. Y sencillamente tenemos también un deseo de gobernar nuestras vidas según nuestro propio criterio. Toda esa inclinación hace que nosotros nazcamos enemistados con Dios. Así nacemos y así vivimos, y ese es el pecado en nosotros. Y ese pecado nos condena; bajo justa condena estamos.

Esa es la razón por la que nosotros, al acercarnos a Dios, necesitamos ser justificados. Yo no me acerco a Dios a mano pelada. En un sentido sí lo hago, porque no puedo traer nada, pero yo no le tengo nada que dar a Dios. Todo lo contrario. Esa es la razón por la que la justificación para nosotros es absolutamente necesaria.

¿Puede haber algo más importante que el que Dios me considere? ¿No sienten que puede haber algo más importante que eso? No hay un asunto más trascendente, más urgente que ese, porque al final no sabemos cuándo vamos a enfrentar a nuestro Creador. ¿Qué le voy a decir? ¿Cómo se justificará? ¿Cómo te justificas delante de Dios?

Entonces, habiendo explicado en qué consiste la justificación, consiste en este acto por medio del cual Dios nos declara justos ante sus ojos, basado en el perdón de los pecados por el sacrificio de Jesús en la cruz y en la justicia de Cristo que es atribuida a nuestro favor. Pero es un acto en el que Dios nos declara justos; no lo somos, no somos justos, pero Dios nos declara justos. Nos acepta en su familia sin tener un pedigrí. Eso es lo que Dios hace, y ahora como estamos en su familia, Él comienza a hacer una obra de transformación en nosotros, de santificación. La santificación de nuestras vidas prosigue a la justificación; es una consecuencia de la justificación. De que Dios nos aceptó, nos hizo sus hijos, nos hizo justos, de la justicia de su Hijo. Ahora Él comienza a trabajar en nosotros para producir frutos de santidad en nosotros. Pero la santidad no me justifica, sino que la justificación procede, y ahora la santificación en nuestras vidas.

Habiendo explicado entonces en qué consiste la justificación, esta parábola precisamente se trata de quién es el que la recibe, quién la recibe. Aquí hay dos personajes claramente identificados: por un lado está el fariseo, versículo 11-12, y por otro lado el recaudador. Son los dos extremos de la sociedad en ese momento, dos extremos morales.

¿Quién era el fariseo? El fariseo era un hombre intachable en su época. Era una secta muy exclusiva de personas; en ese momento eran unos tres mil, alrededor de tres mil en la época de Jesús. Era gente que observaba la ley al pie de la letra, incluso más allá del pie de la letra. Ellos habían descompuesto la ley de Dios en 613 mandatos para ser rigurosos en el cumplimiento de la ley y que no se les escapara nada. Gente íntegra, honesta, intachable, ejemplar. Los líderes de la sociedad eran fariseos. Nicodemo era fariseo, el que aparece en Juan 3. Pablo era fariseo. Era gente que no tenía cola que pisarle.

Algo curioso, y es que ese deseo de cumplir la ley al pie de la letra, para que vean qué tan meticulosos eran los fariseos: hoy en día quizás un equivalente podrían ser los judíos ortodoxos, que a veces andan con unos flecos aquí en su patilla, con un sombrero y ropa calurosa, como una especie de protesta y sacrificio. Recuerdo que en una oportunidad mi esposa y yo tuvimos el privilegio de ir a Israel y nos quedamos en un hotel. En el hotel tuvimos un sábado, un día de reposo, y había un ascensor que el día sábado se detenía en todos los pisos. Y nosotros preguntamos que por qué era eso, porque uno se montaba, o sea, me montaba yo solo, y el ascensor se paraba en todos los pisos. Y si uno venía del piso 8, 7, 6, 5, 4... Bueno, lo que pasa es que como es sábado, el judío ortodoxo que se monte en ese ascensor no puede pulsar el botón, porque eso sería trabajo, sería una violación a su entendimiento de lo que es el día de reposo. Así de riguroso era el cumplimiento de la ley. Uno lo puede considerar legalista, pero lo cierto es que a los ojos de la época este era un hombre intachable.

Y él viene delante de Dios, y en el versículo 11 dice que puesto en pie oraba para sí de esta manera: "Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: estafadores, injustos, adúlteros." Es un hombre honesto, no es un estafador, no es injusto, es un hombre que trata bien al otro, es justo en todos sus tratos. "Y no soy adúltero, soy fiel a mi pacto matrimonial." Era un hombre moralmente intachable. "No soy ni aun como este recaudador de impuestos." Y luego de esa justicia moral que vemos ahí, toda su moral, vemos ahora la justicia religiosa, versículo 12: "Yo ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todo lo que gano." Era un hombre que era moralmente íntegro y religiosamente impecable. Un santo, diríamos nosotros, a los ojos humanos. Ese ayuno era más de lo que la ley requería; la ley en ese momento requería un ayuno por año. Él dice: "Yo ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todo lo que gano." La ley no requería que se diezmara de todo lo que se ganaba, sino de unas porciones. O sea, que este es un hombre, a los ojos humanos, impecable.

Por otro lado, en la otra esquina, tenemos al recaudador. El versículo 13 dice que había un recaudador de impuestos, de pie a cierta distancia; no quería ni siquiera alzar los ojos al cielo. ¿Quién es este hombre? Bueno, este hombre es un despreciado de la sociedad. Este hombre ha acordado con el imperio romano ser un recaudador de impuestos para el imperio romano; por lo tanto, se considera un traidor a su patria. Aparte de que todo recaudador de impuestos ha sido históricamente despreciado en todas las civilizaciones, incluyendo la nuestra, bueno, este era particularmente despreciado porque él recaudaba impuestos para el beneficio del imperio romano, que subyugaba y esclavizaba al pueblo judío. Además de eso, la fama y la práctica común del recaudador era que él se quedaba... él cobraba más de lo que debía, y el imperio romano se lo permitía. Si tú eres capaz de cobrar más de lo que te decimos, no hay problema, coge tu parte. Por lo tanto, era un hombre visceralmente despreciado en la sociedad judía, al punto que si un recaudador iba por esta acera, la gente se cambiaba de camino para no cruzárselo, para no toparse con él. Al punto de que muchas ocasiones Jesús fue acusado de comer con prostitutas y recaudadores de impuestos. O sea, estaban en lo peor, moralmente hablando, de la sociedad. Y este individuo, entonces, de este individuo es que nos habla esta parábola.

Tenemos el fariseo, el bueno; tenemos el recaudador, el malo, que diríamos nosotros. Una mirada simple, humana, a esta parábola. ¿Qué diríamos nosotros de estos dos individuos? ¿Quién es acepto delante de Dios? ¿Quién complace a Dios? ¿A quién Dios lo va a acoger en su santo seno en caso de que fallezcan? ¿Qué diríamos nosotros humanamente hablando? Si nosotros... porque tenemos una mala fama de lo fariseo, ya sabemos la respuesta. Pero no era así en ese momento. Si hacías esa pregunta, decían: "No, el fariseo es un hombre de Dios, es un hombre serio, es un hombre honesto, un hombre pulcro, es ese líder de la comunidad, de la sociedad. El recaudador de impuestos... es casi herejía decir que es un hombre acepto delante de Dios. ¡Imposible!"

Y es humano pensar eso. Nosotros tenemos esta idea fija en la mente de que el hombre llega a Dios por sus méritos personales, por sus acreditaciones morales, por lo bien que se porta, por lo pulcramente que se desempeña en su trabajo, en su familia, en su iglesia, en su comunidad. La idea más común en cuanto a la salvación y la aceptación del ser humano por parte de Dios es que nosotros nos ganamos la salvación, que Dios nos acepta por lo que nosotros hacemos y logramos delante de Él. Y por eso la gente hace promesas, la gente hace sacrificios, la gente da ofrendas para que Dios los acepte, para que Dios los justifique, por así decir, para estar a frío con Dios. Esa es la manera natural en la que el ser humano se comporta.

Y es increíble cómo con mucha frecuencia en mi propio oficio yo me encuentro con personas que tienen tiempo en el Evangelio y que todavía yo les pregunto: "Cuéntame, ¿cómo viniste al Señor? ¿Cómo conociste a Cristo? ¿Y cómo tú entiendes el Evangelio?" Y a veces como que: "Bueno, ¿a qué tú te refieres?" Y bueno, yo le digo: "Bueno, imagínate que tú llegas a la presencia de Dios y te preguntan: '¿Por qué te debo dejar entrar aquí?' ¿Qué tú le respondes?" "Bueno, yo le diría, pastor, que mi vida ha cambiado mucho." ¿Ese es tu argumento frente a Dios de por qué dejarte entrar a su presencia? "Pastor, yo tengo años haciendo un esfuerzo por dejar una serie de cosas que yo sé que no son del agrado de Dios." Bueno, yo... Pastor, desde que se pone el "yo" en esa respuesta, todo lo que siga está equivocado. "Yo, tú le vas a decir a Dios: yo hice, yo no hice, yo me porté." ¿Tú le vas a decir a Dios lo que le decía el fariseo? "Yo no soy como los demás hombres: estafadores, injustos, adúlteros. Yo ayuno dos veces por semana." ¿Tú crees que esas obras tienen la categoría, la calidad que Dios requiere para aceptar una persona en su presencia?

Estamos equivocados con relación a cómo el hombre se acerca a Dios, cómo una persona es aceptada delante de Dios. Hermanos, no es por obras, dice la Palabra, para que nadie se gloríe. Y vamos a profundizar un poco en esto para que nos demos cuenta de que la Biblia es categórica en que las obras humanas no me califican, no me hacen meritorio de un buen trato de parte de Dios. Romanos 3:28: "Porque concluimos que el hombre es justificado por la fe aparte de las obras de la ley." Romanos 5:1: "Por tanto, habiendo sido justificados por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo." Gálatas 2:16: "Sin embargo, sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino mediante la fe en Cristo Jesús, también nosotros hemos creído en Cristo Jesús, para que seamos justificados por la fe en Cristo y no por las obras de la ley, puesto que por las obras de la ley nadie será justificado." Gálatas 3:11: "Y que nadie es justificado ante Dios por la ley es evidente, porque el justo vivirá por la fe." Gálatas 5:4: "De Cristo os habéis separado, vosotros que procuráis ser justificados por la ley; de la gracia habéis caído."

¿Cómo es esto entonces? ¿Cómo es que el hombre es justificado delante de Dios? La justificación, sabemos, es la declaración de Dios de que una persona es justa. Sus pecados son perdonados, la justicia de Cristo le es imputada, le es regalada. ¿Y cómo Dios hace eso? ¿Cómo llega eso a mí? Yo lo quiero, yo lo quiero, hermanos. Estos textos dicen: por la fe, por la fe, por la fe, por la fe en Cristo Jesús. No con fe, sino solo por fe, solo por la fe en Cristo Jesús, en su sacrificio redentor en mi favor, reconociendo mi condición de pecador, reconociendo mi indignidad delante de Dios.

Ser justo para Dios. Increíble, esa es la única manera en la que es posible. Es tres glorioso intercambio donde yo le doy a Cristo, a Dios, mi fe, y él me da la justicia de Cristo y el perdón de pecados. No hay otra manera de producir ese intercambio.

De hecho, si tú y yo nos proponemos ganarnos la salvación, nuestra naturaleza no nos lo permite. Ni siquiera que nos lo propongamos con todo lo que tenemos, con todo lo que queremos: "Me voy a ganar la salvación, me voy a portar de una manera tal que Dios tenga que voltear su mirada cósmica a mi persona y decir: ¡Wow, qué hombre! ¡Qué mujer!" La naturaleza misma no lo permite. El ser humano no solamente hace lo malo, hermanos, de manera natural y deportiva, sino que el ser humano no hace lo bueno que debe hacer. Pero sucede que a veces hacemos lo bueno que debemos hacer por las motivaciones incorrectas, o lo hacemos a medias. Toda nuestra existencia, todo nuestro accionar se queda corto de la gloria de Dios. Todo. No hay manera en la que el hombre sea justificado por lo que hace, por la manera en que vive.

Y entonces, la sorprendente conclusión de esta parábola es que precisamente el versículo 14 dice que descendió este, descendió a su casa justificado, más el fariseo no. ¡Qué! Eso es un escándalo para la comunidad judía. Eso no se puede. Eso no puede ser. "Eso tú... un momento, tú acabas de decir que el recaudador de impuestos fue justificado, fue acepto delante de Dios, ¿y no el fariseo?" Sí, eso es lo que acabo de decir. Quizás algunos pensaron: "Este hombre está loco, es una herejía, esto no puede ser." No es la observancia de la ley lo que me salva, sino la gracia de Dios, la gracia inmerecida. Y escándalo en el sentido de que Dios justifica al impío. Hermano, ¡qué gloriosa verdad! ¡Qué buena noticia es eso! Yo estoy feliz de que Dios justifica al impío. ¡Aplausos de mi alma! Yo lo soy, y tú lo eres, y esa condición no la cambio yo, la cambia Dios cuando me justifica.

Pero, ¿cuál fue el problema del fariseo? ¿Por qué nos dice que el fariseo no fue justificado y el recaudador sí fue justificado? ¿Cuál fue el problema? Bueno, nosotros lo vemos en su oración. Su oración agradece lo que él es y lo que no es, agradece todo lo que él hace, pero no agradece, no pide perdón, no confiesa nada. Se considera que él está ahí por justo derecho. Él tenía fe, tenía fe, pero en el lugar equivocado y en la persona equivocada. Tenía fe en sus obras y en su persona, cuando la debía tener en las obras de Cristo y en la persona de Cristo.

Definitivamente, hermanos, yo acuerdo con muchos de que la salvación es por obras. Sí, pero no las nuestras, las de Cristo. Las mías no sirven. Las de Cristo son las requeridas y suficientes para que yo obtenga la justificación de parte de Dios. El problema de este hombre fue que se consideró bueno, se consideró justo. Y uno de sus problemas, yo creo que parte de esa bondad, esa percepción de autojusticia peligrosa, provino de que él se comparó. Claro, él se comparó con el adúltero, con el injusto, con el defraudador y con el recaudador, que era un traicionero, era un mentiroso, un ladrón.

Hermanos, si nosotros pensamos que nuestra justicia delante de Dios o nuestra aceptación delante de Dios depende de una comparación relativa que yo haga comparándome con otros pecadores, nosotros siempre vamos a quedar bien. Siempre hay uno más malo que yo. Siempre tendremos algo en qué apuntarnos y decir: "Bueno, yo no soy tan malo como aquel."

Yo recuerdo una vez, y esto puede producir risa, pero no lo hago como chiste. En una ocasión yo estaba oyendo un programa de radio y llama una persona y le dice: "Fulano..." Yo estaba en un segmento como que hablan de problemas de parejas, y este radio, y gente llama al programa a quejarse de su esposo. Y le dice: "Fulano, ¿tú sabes lo que es eso? Que yo tengo veinte años casado con mi esposa y yo tuve una relación fuera del matrimonio." "Pro, fulano, fue una vez." O sea, "por una vez, después de veinte años aquí fajado, aquí dando la provisión y todo lo que..." Ya le dice: "Por una vez, ya." Y eso se cae abajo de risa, la gente riéndose. Dice: "Más claro..." Porque él tiene en su mente que él no es tan malo como los que tienen eso como algo normal.

Cuando nuestra justicia, nuestra autojusticia, es relativa al ambiente en el que nos desenvolvemos, nosotros siempre vamos a quedar bien. Pero hermanos, Dios no va a tirar ninguna curva moral. Cuando Dios evalúa al ser humano, lo evalúa de manera independiente. Entonces, ¿lo que es una curva? Verdad, una curva. Para los que no se beneficiaron nunca en la universidad de una curva: en la universidad, cuando todo el mundo se parte en un examen, tal, todo el mundo partido, y estamos preocupados, está todo el mundo preocupado. "No, no, porque ese examen fue una piedra, fue un peñón." Todo el término que nosotros utilizamos: "Un peñón, una piedra, ese profesor es un barbarazo, no sé qué, no sé cuánto, puso cosas que no dio, nada." Pero después alguien llama y dice: "Fulano, hablé con el profesor, van a tirar una curva." El tirar una curva es que al que mejorcito le fue lo ponen como cien, y todo lo demás lo ubican con respecto a esa verdad. Entonces todo el mundo sube de nota. Eso es en la academia, en la universidad, en los colegios.

En el plano espiritual no ocurre así. Dios no tendrá por inocente al culpable. Y Dios es un Dios justo, y él lo ha dicho, y él ha provisto una manera en la que esa situación puede ser remediada, en la que mi naturaleza pecadora e inclinada al mal sea redimida y sea cubierta por la rectitud de aquel que no ha cometido pecado. Dios ha provisto un camino. Esa es la buena noticia del Evangelio. El Evangelio es que Cristo ha hecho un camino, y por eso dice en Juan 14: "Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre si no es por mí." Porque yo solo he pagado el precio requerido para la redención de los pecados. Yo solo. Ven a través de mí. Mal haremos cuando criticamos que hay un único camino. Voy, hay un camino que es Cristo para yo obtener la aceptación de parte de nuestro Señor.

El problema del fariseo fue que se vio a sí mismo como justo. Y el yo verme a mí mismo como justo me coloca en un peligro espiritual. El título de mi mensaje, de hecho, es "El peligro de la autojusticia." Cuando yo me evalúo y me autojustifico y pienso que estoy bien frente a Dios, eso me aleja de la gracia que me puede redimir.

Es la posición del recaudador que lo hace un receptor de la gracia. Dice que el recaudador, puesto en pie a cierta distancia, no quería ni siquiera alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: "Ten piedad de mí, pecador." Una condición de humillación, de un sentimiento de indignidad, porque frente al Dios santo ningún ser humano puede ser justificado por sus obras. Todos somos indignos frente a la naturaleza santa de Dios. Y cuando yo me considero justo a mí mismo, o yo estoy sobreestimando mi justicia, o estoy subestimando la santidad de Dios. Y este fue el peligro en el que incurrió el fariseo. El fariseo se vio a sí mismo como justo, y eso lo alejó de la gracia redentora que el recaudador sí accedió a ella.

Increíblemente, el recaudador no se acerca, ni siquiera alza los ojos, se golpea el pecho diciendo: "Ten piedad de mí, pecador." Increíblemente, esta oración corta fue extremadamente potente. "Dios, ten piedad de mí, el pecador," dice en el original. Y Cristo dice inmediatamente: "Este descendió a su casa justificado." Por su disposición de corazón, de arrepentimiento, de indignidad, de humillación, al Dios de toda gracia, el Dios que justifica al impío. A ese Dios ese recaudador recurrió. No se pensó más que los demás. De hecho, esa construcción de "ten piedad de mí, el pecador" denota que "yo soy el pecador, a mí no me importa lo que hagan los otros, yo soy el pecador, el mayor de los pecadores." Y esa es la actitud con la que Dios se complace.

Literalmente, el Salmo 51:17 dice: "Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás, oh Dios." Luego viene Jesús un poco más adelante, en Mateo 5:3, y dice: "Bienaventurados los que lloran, porque de ellos es el reino de los cielos." ¿Que lloran qué? Que lloran su pecado, que lloran su condición, que lloran su necesidad de Dios, que saben que sin Dios no podrían tener acceso a nada.

Y la palabra que utiliza este recaudador, "Dios, ten piedad, ten piedad," la palabra que utiliza es la palabra propiciación. Hay otras traducciones que dicen: "Dios, sé propicio a mí, pecador." Eso la Reina Valera lo tiene así: "Sé propicio." Recuerda el propiciatorio del Viejo Testamento. El propiciatorio era el lugar arriba del arca del pacto donde se vertía sangre para que Dios perdonara los pecados.

Y esto se lo digo brevemente. En el Viejo Testamento había todo un sistema de sacrificios. Todavía Jesús no había llegado, no había habido sacrificio por los pecados del pueblo. Por lo tanto, Dios instauró un sistema de sacrificios a través del cual la gente ofrecía sacrificios para el perdón de sus pecados. Eso es el Viejo Testamento. Nosotros sabemos por el Nuevo Testamento que esos sacrificios de animales simplemente cubrieron el pecado, pero no lo quitaron por completo, porque un animal no puede pagar mi culpa. Ese sacrificio del Viejo Testamento era un símbolo del sacrificio perfecto que vendría a ser Jesús en la cruz del Calvario. Esa es la razón por la que Juan el Bautista, cuando ve a Jesús, lo primero que dice es: "He ahí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo." Ese es el sacrificio que será sacrificado, ese es el Cordero que será sacrificado por el perdón de nuestros pecados.

Pero en el Viejo Testamento lo que se hacía era un sacrificio de animales. Entonces había un lugar que se llamaba el Lugar Santísimo, y en ese Lugar Santísimo había un arca del pacto. Era un cofre donde adentro estaba la ley de Dios, una vara de Aarón y una porción de maná, nos dice la Escritura. En ese cofre que estaba la ley, arriba había un lugar que se llamaba propiciatorio. Y una vez al año se hacía un sacrificio de un cordero de un año, perfecto, y la sangre del cordero se vertía sobre el propiciatorio, arriba del cofre. Y abajo del cofre estaba la ley, simbolizando que Dios, cuando viera la ley depositada en el cofre, la veía a través de la sangre, y tenía misericordia, y su ira era satisfecha.

Propiciada. Hay dos cosas que ocurren con un sacrificio, con el sacrificio de Cristo. De hecho, una cosa es lo que yo experimento al sentirme perdonado: eso es expiación, mi culpa aliviada. Porque yo veo a Cristo clavado en la cruz y me siento perdonado, porque Cristo satisfizo las demandas de la ley y yo me acogí a su sacrificio, y Él me perdona, y eso alivia mi culpa.

Pero en Dios pasa otra cosa. Mientras nosotros nos sentimos culpables con el pecado, Dios se siente airado con el pecado, justamente airado. La ira de Dios es la indignación santa contra el pecado. Es lo mismo que yo siento cuando veo una injusticia. Cuando yo veo una injusticia yo me siento irritado con esa injusticia, y eso es correcto. Dios, como Dios santo, se indigna contra nuestro pecado y Él se aíra contra nuestro pecado.

¿Y esa ira cómo se aplaca? Bueno, en el plano humano, cuando usted ve que se comete una injusticia y después al criminal lo aprehenden y lo juzgan y lo apresan, usted dice: "Descansamos", ¿verdad? Hay un sentido de alivio humano cuando la justicia es ejercida. De la misma manera, cuando Dios ve que hay un sacrificio por el pecado, su ira es propiciada, es aplacada.

Y en este texto, cuando el recaudador de impuestos dice: "Dios, ten piedad de mi pecado", es: "Dios, sé propicio. Dios, haz propiciación por mí para que tu ira contra mí se aplaque". Y eso está anunciando el sacrificio de Jesús. El mismo Jesús que cuenta esta parábola, Él sabe que Él será el cordero que propiciará la ira de Dios más adelante.

Por lo tanto, hermanos, la posición de autojusticia, de creerme que yo me lo gano, que Dios me debe, que Dios me acepta por mis méritos, por mis logros, por mi desempeño, es absolutamente mundana, no bíblica. Hay una condición para venir a Dios y ser justificados por Dios: es venir humillados, arrepentidos, sintiéndonos indignos de nuestra propia condición.

Y parecería que este mensaje nos va a dejar a nosotros salir cabizbajo, pero el mensaje tiene otro propósito totalmente diferente. Porque esa condición de indignidad y de pecado es remediada por Jesús. Es que la noticia no es que tú eres malo; la noticia es que Cristo es perfecto, es el bueno. La noticia es que la perfección de Cristo más que compensa mi pobreza espiritual. Por lo tanto, no tengo de qué avergonzarme. Jesús dijo, de hecho le dijo a sus discípulos: "Yo no me avergüenzo de llamarlos hermanos". ¡Increíble! Y ahora no hay condenación para los que están en Cristo Jesús.

Nuestra canción es entonces: "Ten piedad de mí, Señor, pecador". Cuando cantemos esta última canción, yo creo que estas líneas deberían tener un mayor significado para cada uno de nosotros. Es mi oración que cada uno de nosotros piense, aun aquellos que tenemos tiempo en la iglesia: ¿en base a qué tú entiendes que Dios te acepta? ¿En base a qué tú entiendes que Dios te muestra su favor? ¿Es porque tú te portas bien? Eso es muy bueno, pero eso no es lo que justifica al hombre frente a Dios. Es la condición de humillación y de arrepentimiento y de indignidad frente a Dios lo que me hace justificable, lo que me justifica.

Y eso fue lo que pasó y lo que ilustró Cristo con esta corta pero profunda parábola. Lo que les dije: son historias cortas pero profundas. Cuando Él expuso esta parábola. Así que vamos a orar.

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.