Integridad y Sabiduria
Sermones

La pérdida de vista de lo esencial

Pepe Mendoza 8 marzo, 2015

Perder de vista lo esencial es como intentar encender un auto con la llave equivocada: podemos pasar horas, llamar expertos y revisar cada pieza, pero sin la llave correcta nunca arrancará. Esta historia real, ocurrida durante la preparación de una conferencia, ilustra una confusión que atraviesa todas las áreas de la vida cuando abandonamos lo fundamental por lo accesorio.

El pueblo de Israel en el siglo IX antes de Cristo vivió exactamente esto. Bajo el reinado de Acab y la influencia de Jezabel, el culto a Baal se convirtió en religión oficial, y con ese retroceso espiritual vino una descomposición total: una viuda en Sarepta preparaba su última comida antes de morir porque no había solidaridad entre vecinos; el hambre llevó a madres a comer a sus propios hijos; la corrupción política produjo asesinatos entre reyes y familiares. Cuando Elías preguntó al pueblo si seguirían a Jehová o a Baal, nadie respondió una sola palabra. La confusión es como la lluvia: cuando cae, todo se moja.

En medio de esa oscuridad, Dios levantó a Elías y Eliseo, cuyos nombres proclamaban verdades esenciales: "Dios es Jehová" y "Dios es salvación". En Jericó, los habitantes le dijeron a Eliseo que el lugar era bueno, aunque el agua causaba muerte y la tierra era estéril. Esa es nuestra confusión: llamar bueno a lo que destruye, confundir belleza con bondad, deseo con dirección. Solo la palabra de Dios puede purificar las aguas de nuestra vida y devolvernos lo verdaderamente esencial: la relación con Él.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Así que, hermanos, vamos justamente a lo que queremos hablar hoy día: la pérdida de vista de aquello que es esencial. Cuándo es que nosotros caemos en cierta miopía en nuestras vidas y perdemos de vista lo esencial para quedarnos con lo accesorio. Siempre nos gusta el empaque, pero nos olvidamos de lo que está adentro, que es más importante que el empaque propiamente tal.

Para poder ilustrar este tema, yo quisiera empezar con una historia que es una historia real. Sucedió hace un par de semanas, mientras estábamos trabajando arduamente en la preparación de la conferencia de mujeres, que implicaba una gran logística, un gran movimiento de personas, la preparación y el manejo de las listas, y la preparación de las fundas que contenían todos los materiales que las mujeres iban a recibir. Uno de esos días de mucho trabajo llegó a trabajar una mamá con su hijo; llegaron a trabajar, a pasar el día trabajando con nosotros. Yo espero y quiero pedirles anticipadamente que no piensen de quién se trate, ¿ok? ¿Y quién será, quién será? No quiero que lo piensen.

Ellos llegaron a trabajar y realmente pasaron la mañana trabajando con nosotros. Como al mediodía, el hijo dijo: "Mamá, yo ya no puedo estar aquí, disculpa, me tengo que ir a trabajar. ¿Podrías prestarme tu auto para yo poder ir a trabajar?" Y la mamá le dio la llave, y el muchacho salió a trabajar. En un momento yo salgo hacia fuera y el muchacho todavía estaba allí. "¿Qué pasa?", le digo. "El auto no enciende, no enciende." Y como hacemos todos los hombres, que aunque no sepamos de mecánica empezamos a mirar, levantamos la tapa, empezamos a mirar. Yo no sé, sinceramente he mirado muchas veces pero nunca sé qué busco, pero ahí uno trata de ajustar, aprieta algo, aprieta la batería, hace algo, porque de eso se trata, ¿verdad? Bueno, no había forma de resolver.

Él decide llamar a un amigo que tiene, que es un amigo que sabe de fierros, por decirlo de alguna manera. Entonces el amigo viene, llega como de emergencia, y ellos se ponen ahí a mirar qué cosa está pasando con el auto. Yo entro nuevamente a hacer las cosas que estábamos haciendo, y como a las dos horas yo salgo; ellos seguían ahí, el auto no arrancaba. "¿De qué se trata?" "No sabemos. ¿Será el alternador? ¿Serán los pistones? ¿Será la batería? ¿Será el encendido?" Nadie sabe. A las dos horas deciden llamar a un mecánico, porque los varones somos así: nos cuesta decir que nos equivocamos.

Entonces llaman a un mecánico experto. El mecánico llega, se pone a revisar nuevamente. Yo me meto de nuevo adentro, salgo como a las dos horas nuevamente, y el mecánico seguía ahí. "¿De qué se trata?" Nadie sabe. "Mira, casi enciende, pero no enciende. ¿Qué está pasando con el auto?" "No sabemos. Es el computador del auto." Porque cuando tú llegas al computador del auto ya no hay manera de resolver. Entonces se trata del computador del auto. Han pasado cuatro horas.

A las cuatro horas, la mamá que estaba dentro por fin decide salir. Ella sale y ve que el muchacho todavía está allí; el papá también había llegado. El auto no había manera de resolverlo, un auto medio nuevo con todas las cosas en regla. "¿Entonces qué hacemos?" Cuando la mamá se acerca, lo ve, lo mira, mira lo que estaba pasando, y le dice: "Pero, mi hijo, esa no es la llave." Estaba tratando de encender el auto con una llave equivocada. Cuatro horas, dos mecánicos, todos los varones expertos alrededor. Claro, metía la llave, casi encendía, pero no era la llave.

¡Cuán importante es no perder aquello que es esencial en la vida! Lo esencial de la vida no radica en el cielo ni está fuera de nuestra esfera temporal. Sino que cuando hablamos de lo esencial, estamos hablando de aquello que es sustancial y principal en nuestra vida. Usando el mismo ejemplo que acabamos de mencionar, podemos tener muchas llaves, pero solamente una llave encenderá nuestro auto. Yo podría reconocer que existe el principio de que un auto solo se encenderá con una llave; es verdad. Pero yo necesito la llave que tiene el código para encender mi propio auto, y de eso se trata en la búsqueda de lo esencial.

La búsqueda de lo esencial no es un tema teórico, no se trata de un asunto filosófico. Se trata de hacer que nuestra vida se corresponda con el plan original con el cual Dios la ha diseñado. Lamentablemente, nosotros vivimos en una sociedad confundida que ha sustituido la esencia de aquello que constituye la naturaleza de la vida por aquello que es accesorio y secundario. Hemos dejado de buscar lo permanente para quedarnos con lo provisional, con lo temporal; hemos dejado lo invariable por aquello que cambia. Solo una llave encendería el auto de la vida.

Y eso me hace recordar la historia de un muchacho que una vez quiso hacer una declaración en una universidad. Él salió con una camiseta que tenía una enorme letra "K", la letra "K" fosforescente, y caminaba por la universidad. Le preguntaron: "¿Qué es lo que tú estás haciendo? ¿Qué es lo que quieres declarar?" Y él dijo: "Quiero declarar mi confusión." Entonces le dijeron: "Pero muchacho, 'confusión' es con C, no con K." Y él dijo: "Es que tú no sabes lo confundido que estoy." Y eso nos pasa también a nosotros: vivimos confundidos de tal manera que eso es el símbolo de la confusión de nuestro tiempo.

Pero lo que no sabemos es que estar confundido sobre aquello que es esencial es fatal, porque la confusión mezcla las cosas hasta el punto en que uno termina sin reconocer ni distinguir la verdad de la mentira, la vida de la muerte, la luz de la oscuridad. Nosotros encontramos ese espíritu de confusión humana, producto del pecado, a lo largo de todas las páginas de la Escritura.

Setecientos años antes de Cristo, el profeta Isaías decía: "¡Ay de los que llaman al mal bien y al bien mal, que tienen las tinieblas por luz y la luz por tinieblas, que tienen lo amargo por dulce y lo dulce por amargo!" El profeta se lamenta de esta realidad, esta realidad pública de confusión: llamar al mal bien y al bien mal, tener las tinieblas por luz y la luz por tinieblas.

Sin embargo, cuando Isaías hace esta declaración en el capítulo 5 de su libro, él continúa y señala que esta no es solamente una mera ignorancia, sino que se trata de una actitud corrosiva del alma en donde yo rechazo someterme a lo que el Señor ha establecido en Su Palabra y a lo que ha declarado en Su permanente y perfecta soberanía. Él continúa diciendo: "¡Ay de los sabios a sus propios ojos e inteligentes ante sí mismos! ¡Ay de los héroes para beber vino y valientes para mezclar bebidas, que justifican al impío por soborno y quitan al justo su derecho!"

Si hay algo que genera confusión, es el hecho de que nosotros nos hemos vuelto sabios ante nuestros propios ojos. Hemos declarado ante nosotros mismos aquello que es bueno y aquello que es malo. No hemos reconocido que somos criaturas delante de nuestro Dios, y nos hemos vuelto inteligentes ante nosotros mismos.

Yo creo que analizar la confusión en nuestro tiempo es vital, pero analizar la confusión del alma a la luz de la Palabra de Dios es fundamental. Podríamos hacer en este momento un análisis sociológico y estadístico de nuestra realidad, pero yo quisiera que vayamos a la Escritura y podamos encontrar las consecuencias de la pérdida de vista de lo esencial a través de la propia historia bíblica. Hoy analizaremos un gran tiempo de confusión vivido por el pueblo de Dios durante el siglo IX antes de Cristo. Y de ahí sacaremos ejemplos para nuestra vida, para nuestro propio tiempo, y descubriremos algunos principios para recuperar lo esencial también en nuestra propia vida.

Yo quisiera señalar tres características que se manifiestan en nuestra alma cuando hemos perdido de vista lo esencial. Porque, en primer lugar, la confusión de lo esencial es como la lluvia. Así como la lluvia siempre termina mojándolo todo, cuando nosotros estamos confundidos en lo esencial no solamente se afecta mi vida espiritual, sino que se afectan todas las áreas de mi vida. Cuando llueve, todo se moja, dice el dicho popular. De la misma manera, cuando hay confusión, todo se afecta.

Israel y Judá habían caído en un profundo espiral de violencia y destrucción. Ellos se habían apartado del Señor, y al apartarse del Señor se habían apartado de lo esencial. Esta violencia y destrucción era la consecuencia de la pérdida de vista de lo esencial. Ellos se habían quedado con todo aquello que era accesorio, secundario, vacío; al dejar la verdad terminaron aferrándose a las mentiras.

En este período de tiempo del siglo IX antes de Cristo empiezan a suceder una serie de aspectos que yo quisiera mencionar rápidamente, porque no es el pasaje central que quiero compartir con ustedes, pero no puedo dejar de compartirlo porque si no perderíamos el contexto en donde esta historia se realiza.

La primera cosa que se afecta cuando nosotros perdemos de vista lo esencial es nuestra espiritualidad. ¿Cómo se afecta nuestra espiritualidad? Se afecta porque empezamos a retroceder en todo el terreno que nosotros habíamos ganado hasta este momento. Durante el siglo IX y durante toda la historia de Israel, Israel siempre había luchado con el paganismo cananeo imperante. Pero en este tiempo, cuando Israel y Judá han perdido de vista lo esencial, lo que sucede es que el rey Acab, que es el protagonista principal de este tiempo de la historia, sella y oficializa el proceso de retroceso de Israel al antiguo paganismo.

El dios Baal ahora se convierte en el dios de Israel. Acab se casa con una mujer pagana llamada Jezabel, y Jezabel trae consigo todo su paganismo, pero ya no solamente como una práctica oculta, individual y secreta, sino que se convierte en una práctica que es ahora frecuente y legal. El baalismo se convierte en la religión oficial y más influyente de Israel, y el dios Baal se convierte entonces en el centro de Israel.

Baal era conocido como un Dios de la fertilidad y las tormentas. Era un Dios utilitario que respondía a la necesidad de prosperidad a través del aseguramiento divino de los ciclos agrícolas. Era importante este Dios porque era el Dios de la fecundidad, el Dios de la prosperidad terrenal, el Dios que garantizaba que los ciclos agrícolas fueran frecuentes. Por lo tanto, el israelita no solamente pierde de vista a Jehová de los ejércitos, sino que pierde de vista a un Dios soberano para entregarse a un Dios utilitario. Baal se convierte entonces en el Dios de Israel. Hay un retroceso hacia el paganismo que el Señor mismo había declarado que debía erradicarse en la Palestina.

Cuando nosotros perdemos de vista lo esencial, lo primero que sucede es que empezamos a retroceder. Todo lo que habíamos ganado empezamos a perderlo. Todo aquello que el Señor había quitado de nuestra vida lo empezamos a volver a poner en nosotros, porque empezamos nuevamente a creer en las mentiras en vez de en la verdad. Hay un retroceso espiritual. El retroceso espiritual produce también una ausencia de solidaridad, una ausencia de compromiso de unos con otros, una ausencia de responsabilidad comunitaria y mutua.

En estos tiempos son los tiempos en que aparece el profeta Elías, y estos tiempos son tiempos muy complicados, muy violentos y muy destructivos. Pero en la historia aparece, en el capítulo 17 de 1 Reyes, una historia que a mí me conmueve y me parece muy significativa. Cuando el profeta Elías estaba huyendo del rey Acab, el Señor le ordena que primero él iba a ser alimentado por los cuervos. Ustedes conocen la historia: él se iba a esconder en una pequeña corriente de agua, y los cuervos le iban a traer alimento. Cuando el agua del manantial, producto de la ausencia de lluvias, deja de correr, el Señor le ordena que él vaya a Sarepta, y que en Sarepta iba a encontrarse con una persona que lo iba a alimentar.

En 1 Reyes 17, a partir del versículo 10, los que están leyendo conmigo: "Él se levantó y fue a Sarepta. Cuando llegó a la entrada de la ciudad, he aquí que estaba una viuda recogiendo leña, y la llamó y le dijo: Te ruego que me consigas un poco de agua en un vaso para que yo beba." El versículo 11 dice: "Cuando ella iba a conseguirla, la llamó y le dijo: Te ruego que me traigas también un bocado de pan en tu mano." Este es un símbolo básico de solidaridad y de apoyo mutuo.

Hasta este momento solo nos encontramos con una viuda que está recogiendo leña, a quien se le pide un vaso de agua. Ella responde, luego Elías le pide un bocado de pan, y aquí nos encontramos con el dramatismo tremendo de esta historia. El versículo 12 dice: "Pero ella respondió: Vive el Señor tu Dios, que no tengo pan. Solo tengo un puñado de harina en la tinaja y un poco de aceite en la vasija, y estoy recogiendo unos trozos de leña para entrar y prepararlo para mí y para mi hijo, para que comamos y muramos."

Ustedes pueden ver el dramatismo del momento: una mujer en la escala más baja de la sociedad israelita de ese tiempo, que había decidido y reconocido que había llegado el momento final de su vida. No había nadie más a quien recurrir, no había más ayuda que buscar, no había vecino con quien compartir la necesidad, no había un corazón solidario que se apiadara de esta mujer. Ella había recogido lo último que tenía, y esto último que tenía era su último alimento antes de morir.

Cuando nosotros perdemos de vista lo esencial, nuestra vida se pone en juego. El pueblo de Dios que había sido creado para compartir unos con otros, de acuerdo a la abundancia de esta tierra que fluye leche y miel, había sido perdido de vista por los mismos judíos. Había una tremenda ausencia de solidaridad. La historia de esta mujer me conmueve y me hace pensar en qué tipo de sociedad ellos estaban viviendo, para que esta mujer pudiera tomar una decisión de esa magnitud.

Pero no solamente hay un retroceso espiritual, no solamente hay un profundo egoísmo que termina minando nuestra propia alma; también hay una profunda incapacidad para tomar decisiones. En el capítulo 18, todos nosotros conocemos la historia de Elías cuando se enfrenta a los profetas de Baal. Cuando se presenta Elías frente a esos cuatrocientos profetas de Baal, Elías le pregunta al pueblo en el capítulo 18, versículo 21: "Elías se acercó a todo el pueblo y les dijo: ¿Hasta cuándo vacilaréis entre dos opiniones? Si el Señor es Dios, seguidle; y si Baal, seguidle a él. Pero el pueblo no le respondió ni una sola palabra."

Cuando nosotros perdemos de vista lo esencial, no sabemos distinguir entre la verdad y la mentira. Vivimos en el permanente juego de las opiniones; no tenemos un fundamento seguro en el cual afirmarnos, y menos estamos dispuestos a pagar el precio por la verdad que hemos decidido seguir. El pueblo de Israel estaba totalmente confundido.

Pero no solamente eso. Déjenme contarles el resto de la historia, porque ustedes saben la victoria que tuvo el Señor sobre los profetas de Baal. Sin embargo, veinticinco años después de la muerte de Elías, el culto a Baal había prosperado en Israel. Ya no solamente había profetas; ahora había un sumo sacerdote, un precioso templo construido y una multitud que adoraba a Baal. Porque cuando perdemos de vista lo esencial, somos incapaces de decidirnos por la verdad.

Y no solamente eso, sino que entre el pueblo de Dios hay un profundo sentido de extinción, un profundo sentido de pérdida. Cuando el pastor nos hablaba del impacto en el sur global y nosotros escuchamos las noticias que vienen del norte, siempre pareciera que el cristianismo se está extinguiendo, pareciera que el cristianismo no va a pasar de esta generación. Pareciera que la idea de una religión —y ahora usan esta frase peyorativa contra nosotros— de que somos una religión de la Edad de Hierro, que nada tiene que ver con la modernidad del siglo XXI, nos está extinguiendo. Pero no es verdad, porque las puertas del Hades no prevalecerán contra su iglesia.

Esa es nuestra realidad. Sin embargo, cuando perdemos de vista lo esencial, empezamos a sentirnos en soledad, empezamos a sudar frío para hablar de nuestro cristianismo. Eso le pasó al mismísimo Elías: en algún momento se sintió tan solo que tuvo que huir de Jezabel. Pero el Señor se le presenta y le dice con absoluta seguridad: "Siete mil hay en Israel cuyas rodillas no se han doblado ante Baal, y cuya boca nunca lo ha besado." El pueblo de Dios no desaparece jamás.

Pero cuando nosotros empezamos a sentir que hemos perdido de vista lo esencial, empezamos a dudar del poder, la fortaleza y el cuidado del Señor, tal como lo señaló el pastor en el texto del profeta Isaías. Nosotros debemos entender —y por eso les he hecho esta larga exposición del tiempo— que nosotros estamos viviendo esa misma descomposición. Nosotros estamos viviendo un retroceso espiritual: todas aquellas cosas que por dos mil años el cristianismo había ganado en términos de una moral cristiana están siendo revertidas. Todo aquello que significaba el valor de la vida, todo aquello que significaba una moral con un fundamento cristiano, está siendo destruido. Todo lo que es esencial se está perdiendo.

Nosotros estamos viviendo una profunda ausencia de solidaridad y de respeto del uno por el otro. Todos nosotros estamos viviendo un tiempo posmoderno en el cual no sabemos resolver entre la verdad y la mentira. No bastan los foros de discusión, porque esos foros no traen respuestas, ya que no estamos dispuestos a ceder en nuestros argumentos. Todos nosotros estamos sintiendo como si el cristianismo estuviera temblando, cuando en realidad está más firme que nunca. Estos tiempos no son ni mejores ni peores para nuestro Señor, porque nuestro Dios es el mismo ayer, hoy y por los siglos. Estos tiempos no le hacen temblar al Señor, no le tiembla la mano al Señor. El hombre no es más poderoso que antes; el hombre sigue muerto en sus delitos y pecados.

Por lo tanto, esto señala también una amplia descomposición social que nosotros estamos experimentando de diferentes maneras. Nosotros vemos cómo la pérdida de vista de lo esencial produjo en Israel una profunda descomposición social. En 1 Reyes capítulo 6 —no es necesario que lo busquen—, cuando los arameos estaban sitiando la ciudad de Samaria, que era la capital del reino de Israel en ese momento, la necesidad y el hambre eran tan grandes que la historia bíblica simplemente nos lo cuenta, y se los voy a decir de una manera que lo podamos entender.

En los tiempos del rey Salomón, un buen caballo costaba ciento cincuenta ciclos de plata. Para que ustedes tengan una idea: durante el sitio de los arameos, una cabeza de asno muerta para hacer caldo se vendía en ochenta ciclos de plata —una inflación y una crisis económica rampante—. Medio litro de abono de paloma, que se usaba como combustible, llegaba a costar el salario de seis meses de un obrero. ¿Por qué les digo esto? Porque eso está en la Escritura. Porque ese es el testimonio de Dios cuando el pueblo de Dios pierde de vista lo esencial.

El hambre llegó a tal punto que el rey de Israel, que salió a caminar por en medio del pueblo, tuvo que intervenir en la pelea que había entre dos mujeres que estaban discutiendo. ¿Qué discutían? Una de ellas acusaba a la otra de que las dos habían decidido comerse a sus niños pequeños, que ya se habían comido al hijo de la que estaba reclamando, y que la otra se estaba negando a hacer lo mismo.

Esta es la escritura, Segunda de Reyes, el capítulo seis. Perder de vista lo esencial es ir perdiendo nuestra propia humanidad. Lo usamos con el texto de Reyes porque el texto de Reyes puede ser ilustrativo del camino que nosotros podemos seguir.

La crisis era inmensa, la crisis política era tremenda. Era tal el nivel de corrupción que nosotros encontramos en la historia, que el rey Jehú mató al rey Joram para tomar el poder de Israel. Y ya que Joram estaba acompañado del rey Ocozías, que era rey de Judá, también lo mató, también lo eliminó. Ahora, las crisis políticas y las muertes entre reyes era algo común en la época. Sin embargo, ustedes deben saber que la mamá de Ocozías se llamaba Atalía. Cuando Atalía, mamá de Ocozías, se enteró de que su hijo había muerto en batalla, ella tomó una decisión. ¿Cuál fue esa decisión? Ella tomó la decisión de eliminar a todos sus hijos y a todos sus nietos para quedarse ella como reina. Esa es la historia del pueblo de Judá.

La situación era tal que al final de la vida del profeta Eliseo, en Segunda de Reyes el capítulo 13, se nos dice que Israel había quedado tan diezmada como nación que su ejército solamente constaba de 50 jinetes, 10 carros y 10 mil soldados. 50 jinetes, 10 carros y 10 mil soldados. Israel se había descompuesto completamente. Israel y Judá habían perdido de vista lo esencial y habían caído en un espiral de violencia y destrucción.

Yo les acabo de comentar hace un momento que 25 años después que Elías había eliminado a los 450 profetas de Baal, el culto pagano no había muerto sino que se había reproducido. Para el tiempo de Jehú había muchos profetas, había sacerdotes de Baal, había muchos adoradores, se había construido un precioso templo. Ustedes lo pueden leer en Segunda de Reyes el capítulo 10. Y Acab, que tenía muchos años de fallecido, había dejado casadas a todas sus hijas con los herederos, no solamente del reino de Israel sino también del reino de Judá, como si la maldad no pudiera solucionarse.

Cuando el rey Joás asume el reino —y permítanme que les haga esta historia, yo les pido este anticipo de historia porque yo creo que cuando nosotros vemos muchos sucesos en nuestro tiempo pareciera que esos sucesos no tienen relación con aquello que Dios está haciendo, y sí tienen relación— cuando el rey Joás asume el reino, él tenía solamente siete años, y cuando lo asume empieza a verse nuevamente una gran reforma religiosa. Una de las primeras decisiones de esa reforma religiosa era que las ofrendas en dinero que recibieran los sacerdotes del templo de Jehová fueran usadas para reconstruir el templo que, como imaginarán, tenía muchos años de abandono.

La historia nos dice en Segunda de Reyes —son detalles, hermanos, que nosotros no podemos pasar por alto— que 23 años después los sacerdotes no habían usado un solo centavo de esa ofrenda para reparar el templo. 23 años después. Una tremenda descomposición social, una tremenda descomposición política, una tremenda incertidumbre moral, un retroceso espiritual: todo producto de la pérdida de aquello que es esencial. Porque cuando nosotros confundimos lo esencial, esa confusión es como la lluvia, todo queda afectado.

Pero ahora nosotros veamos el proceso de recuperación del Señor. La confusión de lo esencial es como la oscuridad; es verdad, todo lo llena en tinieblas. Pero también, ya que la confusión de lo esencial es como la oscuridad, solo la luz la espanta. Y durante ese tiempo, durante este periodo caótico, aparecieron dos profetas de Dios que son muy conocidos por nosotros. Uno es el profeta Elías y el otro es el profeta Eliseo.

A ellos se les conoce como profetas preclásicos. ¿Qué son profetas preclásicos? Son los profetas que no nos dejaron un libro escrito. Entre los profetas preclásicos están el profeta Moisés, el libertador de Israel, y también el profeta Samuel. Elías y Eliseo no tienen trasfondo conocido. Su ministerio abarca entre los dos un periodo de alrededor de 70 años. Ellos no pertenecen a ningún grupo religioso profesional y se anuncian solamente en nombre de Dios, sin pertenecer a ninguna de las instituciones tutelares de los reinos que estaban corrompidas y sumisas al poder de turno. Estos profetas eran excéntricos en sus formas y sus comportamientos eran dramáticos e inusuales; se comportaban de una manera especial y de una manera sorprendente.

Sin embargo, hay dos cosas que estos profetas nos enseñan sobre el hecho de aprender a recuperar lo esencial en nuestra vida. En primer lugar, está el testimonio que viene a través de sus nombres. Tanto Elías como Eliseo tienen dos nombres que generan un gran impacto en la población de su tiempo. Elías significa "Dios es Jehová". Esa es la traducción literal del nombre de Elías. En un tiempo de tanta incertidumbre, de tantas divinidades, Elías con su propio nombre declaraba quién era Dios: "Él-yah", Dios es Jehová. De tal manera que esta afirmación era telúrica en ese tiempo.

Y yo creo que para nosotros también es esencial declarar una y otra vez quién es nuestro Dios. Nuestro Dios es Jehová. Nuestro Dios es el Dios revelado en las Escrituras. Nuestro Dios es el Padre de nuestro Señor Jesucristo. Nuestro Dios es el Dios que se ha dado a conocer. Y Eliseo tiene un nombre también muy similar: Eliseo significa "Dios es salvación", o "Dios es el que salva". De tal manera que nuestras expectativas no están en ningún otro lugar más que en nuestro Dios que es Salvador. Y esas dos afirmaciones son fundamentales en medio de un terreno confuso que pierde de vista lo esencial.

Yo creo que para recuperar lo esencial en nuestra vida nosotros tenemos que reconocer quién es nuestro Dios, quién es el Dios revelado en la Palabra que se da a conocer de una manera muy clara. En Primera de Reyes el capítulo 17, en la primera aparición de Elías, él da a conocer justamente esta afirmación. Primera de Reyes 17:1 dice: "Entonces Elías tisbita, que era de los moradores de Galaad, dijo a Acab: Vive el Señor Dios de Israel, delante de quien estoy, que ciertamente no habrá rocío ni lluvia en estos años, sino por la palabra de mi boca."

Para Elías, Dios estaba vivo. Para Elías, Dios era el Dios soberano sobre Israel. Para Elías, Dios estaba presente, porque él decía: "Este es el Dios delante de quien yo estoy." Esas afirmaciones son fundamentales. El conocimiento de un Dios que es Señor, que es el Dios de nuestras vidas y un Dios presente, es fundamental para que nosotros recuperemos lo esencial.

Y así como las tinieblas se disipan con la luz, el testimonio de estos dos profetas es fundamental a lo largo de todo su caminar. Hay una frase que se repite constantemente una y otra vez: "Conforme a la palabra que el Señor había hablado." Una y otra vez, en cada una de las manifestaciones de estos profetas, en medio de la oscuridad y de la pérdida de lo esencial, estos profetas iban caminando e iban señalando que ellos vivían, y lo que vivían se cumplía, porque era conforme a aquello que el Señor había hablado.

Esa era la realidad de estos profetas: un tiempo confuso, un tiempo en donde el Señor levanta a dos de sus siervos cuyos nombres representan la presencia de Dios, dos hombres que en su tiempo declaran con precisión que el Señor sigue siendo rey, que el Señor sigue hablando y que su palabra se sigue cumpliendo. Ese es el contexto. Ahora, ¿qué tiene que ver esto con nuestras vidas?

Ahora sí vamos a 2 Reyes capítulo 2. Por favor, ahora sí necesito que ustedes abran en 2 Reyes capítulo 2, y ustedes van a poder descubrir por qué necesitamos una introducción de 40 minutos para un sermón de cinco. 2 Reyes capítulo 2 nos encontramos con Eliseo en Jericó, y dice el verso 19: "Entonces los hombres de la ciudad dijeron a Eliseo: He aquí ahora, el emplazamiento de esta ciudad es bueno, como mi señor ve, pero el agua es mala y la tierra es estéril. Y él dijo: Traedme una vasija nueva y poned sal en ella. Y se la trajeron. Y él salió al manantial de las aguas, echó sal en él y dijo: Así dice el Señor: He purificado estas aguas; de allí no saldrá más muerte ni esterilidad. Y las aguas han quedado purificadas hasta hoy, conforme a la palabra que habló Eliseo."

Hasta el momento, todo lo anterior, toda esa crisis manifiesta en Israel, nos podría hacer pensar erróneamente que todo el mundo puede estar equivocado menos nosotros, que todo el mundo esté en peligro menos nosotros. Sin embargo, ya hemos visto que la confusión es como una enfermedad sumamente contagiosa de la que ninguno de nosotros podrá escapar, si es que somos habitantes temporales de este pequeño planeta azul. La confusión de lo esencial es como una enfermedad contagiosa que nos afecta a todos nosotros.

Ahora, en medio de toda esa tremenda crisis política, social y religiosa, aparecen unos hombres en Jericó que se encuentran con el profeta Eliseo. Al parecer, ellos no estaban pasando por ninguna de las dificultades que se veían alrededor. ¿Qué es Jericó? Necesito aclararlo con ustedes para que nos podamos ubicar. Jericó es conocida como la ciudad de las palmeras. Esta fue la primera ciudad que revisaron los espías israelitas cuando visitaron por primera vez la tierra prometida. Jericó fue la primera ciudad conquistada al entrar justamente a la Palestina. Esta ciudad fue declarada maldita por Josué luego de la victoria, señalando el inicio del juicio de Dios sobre los cananeos. Fue una ciudad que fue destruida por completo y, como símbolo de la entrada del pueblo de Dios a la tierra prometida y del juicio de Dios sobre los cananeos, Josué declaró que esta ciudad no podría ser levantada jamás, y que aquel que intentara hacerlo caería una maldición sobre él.

Los alrededores de Jericó fueron habitados en los tiempos de David, pero nunca la ciudad fue reedificada. Sin embargo, en 1 Reyes capítulo 16, y simplemente para que ustedes estén al tanto de la historia y no solamente de detalles pequeños, en 1 Reyes capítulo 16, en el verso 34, se nos dice: "En su tiempo, Hiel de Bet-el reedificó Jericó, a costa de la vida de Abiram su primogénito puso sus cimientos, y a costa de la vida de su hijo menor Segub levantó sus puertas, conforme a la palabra que el Señor había hablado por Josué hijo de Nun." Durante los tiempos de Acab se reconstruye Jericó, y la reconstrucción de Jericó es justamente la consecuencia directa e inmediata de la crisis espiritual de Israel que se inicia con la institucionalización del culto a Baal por Acab. En un acto de abierto desafío a la palabra de Dios, Hiel de Bet-el reedificó a Jericó.

Ahora, dice el verso 34 que reedificó Jericó a costa de la vida de Abiram su primogénito, puso sus cimientos, y a costa de la vida de su hijo menor Segub levantó sus puertas. La maldición de Josué era que justamente aquel que intentara reedificar Jericó moriría su primogénito y moriría su hijo pequeño. Sin embargo, los estudiosos de las Escrituras nos dicen que las características del texto no nos hablan de la muerte de estos pequeños de una manera sobrenatural, sino que más bien se nos dice que es muy probable que Hiel de Bet-el reedificó Jericó y ofreció a sus hijos en sacrificio siguiendo los ritos de los cultos paganos de ese tiempo. Una completa descomposición, una pérdida de vista notable de aquello que es esencial.

Sin embargo, nosotros nos encontramos nuevamente con 2 Reyes capítulo 2, y aquí nos encontramos con la confusión más notable que nosotros podamos encontrar en la vida de personas particulares. Dice el verso 19 nuevamente del capítulo 2 de 2 Reyes: "He aquí ahora, el emplazamiento de esta ciudad es bueno, como mi señor ve, pero el agua es mala y la tierra es estéril." ¿Cómo algo puede ser bueno si el agua es mala y la tierra es estéril? La palabra "bueno" que se está utilizando allí es la misma palabra que se usa en el Génesis cuando se habla de que Dios vio que todo era bueno, y bueno en gran manera. ¿Cómo es que nosotros podemos ver que estas personas están viendo un emplazamiento y un lugar que ellos consideran bueno, pero el único problema es que la vida humana no puede sobrevivir en ese lugar?

Y justamente de eso se trata la pérdida de vista de lo esencial: cuando nosotros consideramos que algo es placentero, agradable, hermoso, beneficioso, atractivo o favorable, pero al mismo tiempo aquello que es esencial para sostener la vida es absolutamente destructivo y maligno. "Mira, Pepe, ¡cómo me gusta este sitio! El único problema es que si tomo el agua me muero, y que si llueve e intento sembrar algo, nunca crece." Pero nosotros somos de esa manera. Somos como el muchacho que ha confundido las letras: un muchacho universitario que iba con una "c" en lugar de una "c". Y nosotros siempre estamos confundiendo bello y bonito con bueno, pero no necesariamente lo bello es bueno.

Me van a perdonar los jóvenes y me va a perdonar el auditorio, pero a veces nuestros jóvenes confunden la "c" también. Cuando nosotros confundimos caderas con carácter, porque nos equivocamos. Cuando a veces nosotros confundimos deseo con dirección, cuando yo quiero hacer algo y creemos que porque lo quiero hacer ya es correcto. Confundimos sentimientos con seguridad: "Esto me hace sentir bien", y pensamos que porque me hace sentir bien ya puedo estar seguro. Nosotros confundimos vanidad con vitalidad, y nos confundimos como estaban confundidos estos hombres en este lugar. "El emplazamiento de esta ciudad es bueno, como mi señor ve, pero el agua es mala y la tierra es estéril." Nos conformamos con aquello que vemos, pero perdemos de vista aquello que es invisible pero que es esencial.

Sin embargo, Eliseo es guiado por el Señor para sanar esta tierra. Esta sanidad responde al reconocimiento de que los habitantes de la tierra ya no podían hacer nada más por sí mismos. Ellos aceptaron la insalubridad del agua y la esterilidad de la tierra, y estuvieron dispuestos a responder a la iniciativa que el Señor tuviera para con ellos. Dice el verso 20 que Eliseo dijo: "Traedme una vasija nueva y poned sal en ella. Y se la trajeron."

La sal, junto al vino y al aceite, era considerada como uno de los productos esenciales para tener una vida buena. La sal simbolizaba purificación en las manos de Dios y se rociaba en algunos de los sacrificios. La sal representaba lo valioso y lo virtuoso. Un pacto de amistad se sellaba con un regalo de sal. La sal implicaba perpetuidad y lealtad. 2 Crónicas 13:5 dice: "¿No sabéis que el Señor Dios de Israel dio a David el reino sobre Israel para siempre, a él y a sus hijos, con un pacto de sal?" La vitalidad de los cristianos se menciona diciendo que nosotros somos la sal del mundo, y el apóstol Pablo recomienda que sazonemos nuestras palabras con sal para darnos pertinencia.

De la misma manera, entonces, en este momento Eliseo dice: "Traedme una vasija nueva y poned sal en ella." Y él va a la fuente y riega esta sal en el agua. Pero esto solamente era un mover simbólico. La realidad está en el verso 21: "Y él salió al manantial de las aguas, echó sal en él y dijo: Así dice el Señor: He purificado estas aguas; de allí no saldrá más muerte ni esterilidad." El Señor ha hablado y el Señor ha sanado las aguas por el poder de su palabra.

De tal manera que solo el Señor puede, a través de su palabra, devolvernos lo esencial y lo verdadero en medio de tanta confusión. Lo que nos ofrece vida pero es solo muerte, el Señor nos ha dejado preciosas y grandísimas promesas para que por ellas seamos participantes de la naturaleza divina. Pero es importante que nosotros reconozcamos nuestros desvaríos delante de Dios, reconocer que nuestros planes están plagados de aguas que son insalubres y de tierra que es estéril. Debemos dejar de una vez por todas de usar categorías equivocadas para definir nuestra vida. No puede ser bueno lo que produce muerte. No puede ser verdad lo que nace de la mentira. No puede reproducir honor lo que creamos con malicia. No puede hacernos felices lo que se origina en la maldad.

El Señor nos invita a que nosotros podamos recuperar lo esencial, y así como Eliseo recuperó esa tierra por la palabra de Dios, nosotros tenemos que volver a la palabra de Dios para poder recuperar aquello que es esencial en nuestras propias vidas. Debemos pedirle al Señor que nos permita ver las categorías equivocadas que nosotros estamos usando en nuestro corazón.

Y por esa razón es que el Evangelio es tan claro y es tan esencial. El Evangelio no son promesas de triunfo, ni de victoria, ni de prosperidad material. El Evangelio es la cruz de Cristo, porque la cruz de Cristo es la demostración de que lo esencial en mi vida estaba perdido. Yo estoy muerto en mis delitos y pecados, y el Señor quiere recuperar en mí lo esencial: mi relación con Él, en primer lugar, antes que cualquier otra cosa. El Evangelio de Cristo señala nuestra condición. El Dios del cielo no quiere florecer nuestras vidas, no quiere enriquecer nuestros detalles, no quiere desarrollar nuestra estética, no quiere llenarnos de cosas materiales. El Señor de la vida quiere librarnos del infierno y llevarnos a su presencia. Esa es la recuperación de lo esencial. Cuando todo está perdido, como en Israel, nosotros…

Podemos levantarnos y decir: "Dios es mi luz, el Señor es salvación", y solo su Palabra puede devolverle lo esencial a mi propia vida. Hermanos, no descuidemos lo esencial. Busquemos aprender de Dios aquello que es esencial, aquello que es importante, aquello que el Señor no dejará pasar, aquello que en su Palabra es evidencia de lo que el Señor quiere hacer en nuestras vidas.

Vivimos tiempos de confusión, de confusión en todos los niveles, pero debemos aprender a caminar con el Señor y su Palabra, como lo hicieron Elías y Eliseo. El Señor quiere recuperar nuestra tierra, el Señor quiere hacer de nuestra agua agua salubre, el Señor quiere hacer del terreno de mi corazón un terreno productivo. Pero tenemos que reconocer aquello que es importante. Tengo que dejar de una vez por todas de tratar de decir que estoy bien cuando en realidad no estoy bien. Tengo que volver de una vez por todas a aquello que es fundamental y dejar aquello que es secundario. Tengo que volver al fundamento antes de seguir sembrando, y aferrarme a aquello que es invariable en lugar de aquello que va cambiando continuamente.

Leí hace un tiempo atrás el testimonio de un hombre que decía que él había sido un tremendo borracho, y que con sus excesos le había hecho mucho daño a su familia. Pero un día él decidió dejar de estar confundido y fue al Señor para que le diera una vida nueva. Él dejó el alcohol, y cuando lo dejó, los amigos de parranda se burlaban de él. Dice que en una de las conversaciones que tuvo con sus exámigos, ellos se burlaban diciéndole: "Fulano, ¿así que ahora te has hecho cristiano y tu vida ha cambiado? ¡Qué bueno! Pero mira, nosotros queremos pedirte un favor, porque hemos oído que tu Señor es capaz de cambiar el agua en vino. ¡Danos la fórmula, manito, danos la fórmula!"

Y él les dijo: "Miren, muchachos, la verdad es que yo no sé cómo el Señor cambió el agua en vino, yo no lo sé. Pero hay algo que yo sí puedo decirles: que el Señor en mi vida ha cambiado el vino en comida para mis hijos, ha cambiado el vino en dinero para pagar la renta, y ha cambiado el vino en una sonrisa de este tamaño en el rostro de mi esposa."

Nosotros vamos al Señor, el Señor quita la basura y nos devuelve lo esencial. De eso estamos hablando: que el Señor pueda sacar de aquello que no sirve y ponerte aquello que vale la pena, que el Señor pueda cambiar lo que no vale por aquello que es eterno, que el Señor pueda sacar la mentira y establecer en ti la verdad, que el Señor pueda sacarte de tu engaño personal y llevarte a la verdad. Vivimos tiempos confusos, pero nuestro Dios es un Dios que sostiene el universo con las palabras de su poder, y puede sostener tu vida también y hacer de tu vida una vida que verdaderamente valga la pena.

Esta es una producción que llega hasta ustedes gracias a los aportes de individuos y empresas comprometidos con la defensa de la fe. Para más información, preguntas y comentarios, visite nuestra página de internet: www.integridadysabiduria.org. ¡Hasta la próxima, cuando nos reencontremos en su Palabra!

Pepe Mendoza

Pepe Mendoza

José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor, y autor del libro Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024). Ha servido como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en la República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú, donde enseña en el Instituto Integridad & Sabiduría y colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y juntos son padres de su hija Adriana.