El perdón que Cristo modela desde la cruz no espera arrepentimiento previo ni condiciones favorables. Mientras le escupían, se burlaban y lo crucificaban, Jesús pronunció palabras que desafían toda lógica humana: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen". No aguardó disculpas de quienes lo torturaban; extendió el perdón de manera absoluta, completa, incondicional. Esa misma clase de perdón es la que Dios espera de sus hijos.
Perdonar absolutamente significa estar consciente de que alguien nos ha herido profundamente y aun así elegir soltar esa ofensa. No es un sentimiento que llega espontáneamente, sino un acto de la voluntad. Es negarse a castigar, a contar a otros lo que nos hicieron, a hacer sentir culpable a quien nos ofendió. La falta de perdón produce amargura, y la amargura entristece al Espíritu Santo y envenena el alma. Una anciana estuvo una semana postrada, sin comer ni beber, mientras su familia permanecía dividida por el odio. Solo cuando todos se perdonaron mutuamente, ella pidió alimento y murió en paz dos días después.
El pastor Zoilo Núñez comparte su propia historia: en los primeros años de matrimonio, su indiferencia hirió tanto a su esposa que ella quiso regresar a su país. Él le pidió perdón con lágrimas, y ese perdón otorgado les permitió cumplir más de cuatro décadas juntos. Perdonar no borra el recuerdo, pero sí la carga. El perdón es el atributo de los valientes, y quien no perdona permanece encadenado. Si hay alguien en tu lista de ofensas, o si tú encabezas la lista de otro, este es el momento de buscar reconciliación.
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Quisiera, como hago cada domingo cuando doy los anuncios, dar un saludo a mis hermanos que están en toda América Latina, y en particular a nuestro pastor que está en Cabo. Que el Señor te bendiga, pastor. Que el Señor bendiga a todos nuestros hermanos y que el Señor bendiga a Moisés, que está entre nosotros hoy. Ha venido a visitarnos. Yo te bendigo, amado, eres como un hijo.
El tema que el Señor ha puesto en mi corazón es el perdón absoluto: una ordenanza indispensable para restaurar relaciones quebrantadas. Es un tema que ha quebrantado mi corazón muchas veces. Es un tema que muchos podrán estar diciendo en este momento: "Se ha hablado tanto del perdón". Sin embargo, mi pregunta es: ¿se practica realmente el perdón que Cristo manda en la Palabra de Dios, que debemos darnos los unos a los otros, así como Cristo nos perdonó a nosotros? Cuántas familias fraccionadas, cuántas familias divididas, cuántos resentimientos, cuántos dedos acusadores. Tú, en vez de decir yo.
Oh amados, leamos la Palabra de Dios y recordemos solamente en brevedad. En Lucas 23 vamos a comenzar en el verso 32, aunque el 34 es el que nos interesa. Y dice la Palabra: "Y llevaban también a otros dos, que eran malhechores, para ser muertos con él. Y cuando llegaron al lugar llamado de la Calavera, le crucificaron allí, y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda". Y Jesús decía, es el verso que nos interesa: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen".
Le habían flagelado, le habían escupido, le habían azotado, se burlaron tantas veces de él, le habían escarnecido de tantas maneras, le habían crucificado. Y ahí estaba, con unos clavos en una cruz, y mirando aquel espectáculo, como dice Lucas, aquel espectáculo mientras todos decían: "Baja de ti mismo, si eres el Cristo, si eres el Hijo de Dios". Los malhechores se burlaban de él. Sin embargo, él decía: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen". No esperó él en ningún momento que se arrepintieran aquellos que le habían crucificado. Él les extendió el perdón sin esperar que aquellos primero le pidieran perdón a él.
Este énfasis que quiero hacer en esta porción de la Palabra de Dios y esta introducción es porque yo quiero ahora que tú te mires a ti mismo, tu vida pasada, en condiciones adversas que todos las hemos tenido. Cuando pasas por algunas pruebas: traición, abandono de tu esposo o tu esposa, eres rechazado por hijos, amigos, cuando eres engañado, cuando se burlan de ti, cuando te han asesinado un hijo, te han violado a un familiar cercano o a ti mismo, a ti misma, te han hecho un mal de cualquier clase, cuando no esperabas el maltrato de un hermano en la fe, aquí en la iglesia, en la familia de Dios, o este testimonio de un hermano te ha hecho mal, ¿cuál ha sido tu reacción? ¿Maldijiste? ¿Odiaste o trataste de destruir a la persona que te hizo mal?
El tema de hoy es crucial. Es crucial para toda persona en su relación con los demás. Pero en particular quiero hablar a la familia de la iglesia. Quiero hablarles en un doble sentido: ustedes tienen familia, la familia sanguínea, pero quiero hablarles también a la familia de Dios, que es la iglesia, los hermanos, los hijos de Dios. Por cierto, tribútenle un aplauso a él.
Permitamos que el Espíritu Santo use la Palabra de Dios a manera de un bisturí y haga una cirugía en cada uno, que revele cada quien lo que hay en lo profundo de su corazón, en el rincón más hondo del alma, en beneficio suyo, de su familia, de la iglesia, para que siendo libres de la falta de perdón nos descarguemos del peso de las amarguras y demos gloria a Jesús y al Padre Eterno que lo envió por nosotros.
El doctor James Kennedy, en un libro del cual él prologó, del doctor Kendall, que habla del perdón justamente, hace la siguiente pregunta. Yo quiero hacérselas: ¿Está usted, querido hermano, querida hermana, perdonando completamente, absolutamente, totalmente, incondicionalmente, enteramente, plenamente? Si es así, es como Jesús perdonó al pecador, y él no espera menos de nosotros. Además, él hace de ello el fundamento de nuestra vida de oración, porque dice él en su Palabra: "Si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas". Mateo 6:15.
Quiero que escuchen bien esto. Les he contado un testimonio, una oportunidad donde una hermana de la iglesia a la que pertenecíamos, en la cual yo era el copastor, me decía un domingo en la mañana: "Zoilo, Magdalena, ¿pueden ustedes visitar a mi abuelita?" "¿Qué le pasa a tu abuelita?" "Mi abuelita tiene una semana postrada, no come, no bebe, está muy enferma. Dicen los médicos que es una anciana y no saben cómo está viva. Se pasa todo el tiempo con la mirada fija hacia arriba." Le dije: "¿Qué le ocurre?" Y dijo: "No sé, pero yo sé que en mi familia hay problemas de odio, hay problemas de divisiones. Nadie se perdonó la luz al otro, el hermano a la hermana, hasta nuestra propia abuela. Sus hijos, mis tías, se tienen odio."
Esa tarde fuimos a visitarle. Nos dimos cuenta en realidad de que esto era cierto y le hablábamos acerca del perdón. En el momento en que hablábamos del perdón llegó el hijo que hacía tiempo no visitaba su hogar, su mamá. En el instante que el hijo llega, ese es el único momento en el cual la señora vuelve el rostro un tanto. Y después de hablarle del perdón, todos se perdonaron. Los unos se perdonaron sus faltas. "Mamá", le decían las hijas, "perdón". Los hermanos los unos a los otros: "Perdonémonos, perdóname". Esa misma tarde la señora pidió de comer, pidió de tomar. Dos días después murió.
¿Qué habrá querido el Señor enseñar con esta gran lección? ¿Habrá querido que esta familia se reconciliara? Yo les dejo el pensamiento a ustedes, mas yo creo que el Señor así lo permitió. En el momento en que hubo la reconciliación de la familia, todo volvió a la normalidad y la señora murió dos días después.
Amados hermanos, nosotros con mucha frecuencia somos llamados y nos gusta señalar con el dedo. Por cierto, el doctor Kendall en una oportunidad, un hermano le hizo algo que no le había gustado. Era pastor y le cuenta a un amigo aquella ofensa que le habían hecho. Y el amigo, después de escucharlo, y el doctor Kendall esperando que aquel amigo se pusiera de su parte, en lugar de ello el amigo le contesta, le dice: "Tienes que perdonarlos, tienes que perdonarlos absolutamente. Hasta que los perdones totalmente estarás encadenado, lleno de amarguras. Libéralos y tú serás liberado."
Llevamos un inmenso peso sobre nosotros en el corazón y le agradamos de tal manera a Dios, y hacemos de la cruz de Cristo como si fuera algo que hemos oído hablar de ello pero que no nos manda perdonar. La falta de perdón produce amargura, quiero reiterarlo, enferma el alma. Amar es un mandato. La paz interior se pierde cuando hay amarguras. El perdón sale de una persona que tiene una relación con Dios. El perdón sale de una persona que tiene conciencia de lo que dice la Palabra de Dios acerca de las relaciones, no solamente con la familia sanguínea o la familia de Dios, con todo el mundo: en el trabajo, con tu jefe, con tu amigo, con tu vecino. ¿Qué relaciones tienes? ¿Qué dicen de ti? ¿Algún vecino te ha hecho algo malo y cuántas veces has podido perdonarlo?
¿Qué es perdón? ¿Qué se entiende por perdón absoluto? Perdón absoluto es estar consciente de que alguien nos ha hecho algo y aun así yo lo perdono. Consciente de que me han hecho algo que me ha hecho mucho daño, pero aun así yo escojo perdonar. Es escoger no guardar las ofensas. Primera de Corintios 13 dice que el amor no guarda rencor. El perdón es una elección, no es un sentimiento, es un acto de nuestra voluntad. Así como amar también. Vivimos confundidos. El perdonar es una elección.
Ahí me preguntaba en la última clase que dimos el miércoles pasado, que quería perdonar pero no sabía cómo hacerlo. Yo le dije: perdonar de manera absoluta es negarse a castigar. Es la esencia del perdón. No estoy hablando de la disciplina, es un tema que ya hemos escuchado muchas veces y sobre el cual podríamos predicar otro día, de la disciplina y aun de la disciplina en la iglesia.
Es no contarle a los demás lo que se te ha hecho. ¿Cuántas veces le has contado a una persona lo que te hizo tu esposo, lo que te hizo tu hermano, alguien, y al momento lo sabe toda la iglesia, lo sabe todo el mundo? Porque mira, ten muy en cuenta con quién tú hablas, porque a la gente le fascina el chisme, le fascina enterarse de la vida de los demás.
Es ser misericordioso, es obrar con gracia, así como Dios obró con nosotros, con gracia. En Mateo 5:7 se nos habla de que bienaventurados son los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Mas la Palabra de Dios también nos habla de cuánta gracia Dios nos mostró y nos dio en Cristo Jesús.
El perdón es una condición interna, debe tener lugar en el corazón. Mateo 12:34 dice: "De la abundancia del corazón habla la boca." Muchas veces la reconciliación no es posible, porque yo voy a tratar de reconciliarme con la persona a quien yo le quiero pedir perdón y le pido perdón, mas la persona no quiere perdonarme. La Palabra de Dios en ese caso te dice: "En cuanto dependa de ti, está en paz con todos." Romanos 12:18: busca la paz.
Hay quienes creen, y ahí están teólogos, lo he oído, que piensan que para perdonar hay que esperar que la persona que te ha ofendido primero se arrepienta y te pida perdón. Yo pregunto: cuando Jesucristo estaba crucificado en la cruz del Calvario, ya lo dije pero lo repito, ¿él esperó a que aquellos que le habían crucificado le dijeran "perdónanos por haberte crucificado" para decir "yo los perdono"? No fue eso lo que hizo. Allí estaba sangrante, allí estaba muriendo, allí estaba angustiado, el Padre le había abandonado, allí estaba que ya no podía respirar, allí estaba crucificado por nosotros, por causa tuya, por causa mía, para nuestra justificación. Allí estaba y sin embargo se seguían burlando de él, pero él pronunció esas palabras: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen."
¡Cuán diferente a nosotros que señalamos tanto! Mira el dedo. Yo te estoy invitando a que bajes ese dedo y dejes este. No eres tú, soy yo. Siempre la culpa es del otro. No, no mires la paja en el ojo ajeno, mira el tronco que tienes en tu ojo. Es absolutamente indispensable el perdón.
Yo decía que es una condición interna. Con esto no quiero decir que la persona que tú perdonas, inmediatamente le has perdonado y le invitas: "Vamos a celebrar ahora, nos vamos al cine." No se trata de eso. Se trata de que lo borres de tu lista de aquellos que debieras tú encabezar posiblemente, de personas no perdonadas, porque muchas veces nosotros mismos no nos perdonamos a nosotros mismos.
Esa ausencia de amargura es fundamental. La amargura es una enfermedad interior. Dice la Palabra de Dios en Efesios 4:30 que entristece al Espíritu Santo; encabeza la lista de las cosas que entristecen al Espíritu Santo. Si quieren lo pueden buscar: Efesios 4:30. La amargura me ayudará a quitarla de mí cuando yo he perdonado, cuando yo he recibido perdón, cuando no tengo esa carga. Me ayudará que cada día yo me parezca más a lo que el Padre busca: que en nosotros se forme el rostro, la imagen de su Hijo, de su Cristo, y que puedan decir de ti: "Ese es un cristiano, ese es un hijo de Dios, una hija de Dios".
La amargura hace mucho daño, y muchas veces estamos amargados, y estamos amargados aun en contra del propio Dios. Le culpamos a Él y guardamos resentimiento contra Él, porque a veces creemos que es Dios quien ha permitido cosas malas en nuestras vidas. Le hacemos culpable de nuestras heridas. Tal es el caso de una señora hace varios años, que su hijo de apenas meses muere y maldecía a Dios: "Dios, ¿por qué hiciste esto?" Y no quería que le hablaran de Dios; así culpaba a Dios. Cuando en verdad debía decir como decía Job: "Bendito sea el nombre de Jehová". Esa es la actitud del cristiano, es la actitud que nosotros debemos asumir.
No nos perdonamos a veces ni siquiera nosotros mismos. Muchas veces nos estamos nosotros acusando, recordando nuestra culpabilidad. Muchas veces en la propia iglesia no podemos tener comunión con otro hermano. Me parece mentira que a veces hay personas que asisten a la iglesia, familias que asisten a la iglesia, padres que vienen con sus hijos, que vienen con sus esposas, que se sientan juntos, que viven en el mismo hogar, que duermen en la misma cama, que comen en la misma mesa, y sin embargo están fraccionados, están divididos, recordándose el uno al otro: "Tú... yo... no, tú fuiste tú... no fui yo, fuiste tú... no yo, no fuiste tú". No hay perdón, no hay perdón.
Eso me hace recordar a mí, el que soy. He llegado yo de Francia, mi esposa y yo. Algunos solo han escuchado, pero recuerdo que ella salió embarazada de nuestro hijo Luis. Yo había regresado a Gozo de 1974, estábamos juntos viviendo en casa de mi madre. No tenía trabajo, pasaba un mes, pasaba dos y aún no tenía trabajo. Mi mente se fue, me olvidé, aún me olvidé de ella. Y un día, sentado en la galería de mi casa, se acerca, me dice: "Zoilo, ¿puedes llevarme a un centro de comunicaciones?" No había celulares, no había centros por doquier como ahora, solamente en la Treinta de Marzo. Yo: "¿Qué quieres hacer allá?" "Quiero hablar con mi mamá." "¿Para qué quieres hablar con tu mamá?" "Quiero hablar con ella." "Pero aquí hay un teléfono, tú puedes hablar con ella de aquí." "Y es que no, Zoilo, yo quiero decirle cosas que no quiero que nadie sepa. Yo quiero decirle a mi mamá que yo me regreso a mi país."
Y yo tanto que cuando lo recuerdo, a pesar de que cumplimos 43 años de casados el junio pasado, aún lloro. Pero le pedí perdón: "Perdóname, mi amor. Tú de aquí no te vas. Perdóname mi indiferencia, perdóname todo el daño que te he hecho, perdóname". Y aún mi hijo, tú que estabas en su vientre: "Perdóname, mi amor". Por eso cumplimos 43 años de casados, porque ella me perdonó y yo cambié de actitud. Esto está perdonado. Cuando lo recuerdo, no lo recuerdo, y yo, cuando ella lo recuerda, no lo recuerda para mal. Ni siquiera quiere recordarlo, no le interesa. Ya pasó.
En Efesios 4:31-32 nos dice la Palabra. Habló a la familia de la fe: "Sea quitada de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritos, maledicencia, así como toda malicia. Sed más bien amables unos con otros, misericordiosos, perdonándonos unos a otros, así como también Dios os perdonó en Cristo". ¿Lo estás haciendo, hermano? Mira tu familia, mira a tu alrededor. Somos todos familia los que somos hijos de Dios, los nacidos de nuevo. Estamos todos reconciliados.
Colosenses 3:12-13 agrega también: "Entonces, como escogidos de Dios, santos y amados, revestíos de tierna compasión, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia, soportándonos unos a otros y perdonándonos unos a otros. Si alguno tiene queja contra otro, como Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros".
¿Cómo podemos saber que hemos sido perdonados absolutamente? Les invito a que lean en su casa de nuevo la historia de José, el hijo de Jacob, y vayan a Génesis 45, y recuerden aquel encuentro de José con sus hermanos. Le odiaban, le habían echado en un pozo, lo vendieron a los egipcios. José llegó a ser la mano derecha de Faraón, y cuando sus hermanos llegaron, no le reconocieron, mas él les reconoció. Cuando se reveló a ellos, les hizo saber quién era él. Sus hermanos... él no los condenó, no les guardó rencor, no les hizo sentir culpables. No hubo venganza de su parte; más bien les dijo que era obra de Dios para ayudar a su pueblo por aquella gran hambruna que vendría. Les invito a que vuelvan a esa historia.
El día que nos veamos, ¿quién de nosotros...? Quiero que levanten la mano: ¿quién de nosotros se sabe el Padre Nuestro? Levanten su mano. Yo creo que todos sabemos el Padre Nuestro. Podemos leerlo en Mateo 6:9. Los discípulos le habían pedido: "Enséñanos a orar". Y eso es en el verso 9. Pasando un poco más la historia, un poco más avanzada ya, dice: "Vosotros, pues, orad de esta manera: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino, hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo. Danos hoy el pan nuestro de cada día, y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal".
Mahatma Gandhi, aquel apóstol nacional y religioso de la India, dijo una gran verdad que se puede repetir en cualquier lugar. Dijo Mahatma Gandhi: "Los débiles nunca perdonan. El perdón es el atributo de los fuertes".
En el Padre Nuestro alabamos a Dios: "Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre". Deseamos que su reino sea establecido: "Venga tu reino". Le pedimos que nos dé el pan de cada día. Afirmamos que hemos perdonado a nuestros deudores. ¿Cierto, hermano, que has perdonado a quienes te han ofendido? Lo vemos a ellos realmente. Pero inmediatamente después de que Cristo termina la oración, dice, y le agrega, dice de esta manera: "Porque si perdonáis a los hombres sus transgresiones —verso 14—, también vuestro Padre celestial os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras transgresiones".
Entonces el perdón mío está sujeto a que yo perdone. Es una relación vertical y horizontal. Así como Cristo perdonó en la cruz, se espera que todos nosotros lo hagamos por igual. Yo te invito, hermano, que medites en esto. Yo te invito a que medites en esto, porque si no perdonamos, no seremos perdonados. Es una indiferencia, es obrar con indiferencia a la obra de Cristo en la cruz del Calvario. Es obrar con indiferencia a aquella crucifixión en la que Cristo perdonó a todos aquellos que le habían llevado a la cruz: el Santo, el Hijo de Dios, el Dios hecho hombre. A todos les sobrevino todo tipo de milagros; sin embargo, muchos de ellos eran los que decían: "¡Crucifícale, crucifícale!" Al verlo en aquel madero, porque era maldición para ellos.
Una aplicación oportuna que quiero hacer en este momento. No sé si han oído la leyenda de la luciérnaga y la serpiente. Algunos posiblemente sí; quiero contarla. Los celos, hermanos, los celos. ¡Ay, los celos! Cuánto daño producen: enemistades, contiendas. Una luciérnaga nota que una serpiente viene persiguiéndola. La luciérnaga hembra tiene una luz y esa luz se ve, parpadea. La serpiente va persiguiéndola y la luciérnaga sigue corriendo, sigue hacia adelante. La serpiente no pierde las fuerzas y avanza, y avanza, y avanza, hasta que ya la luciérnaga no podía más.
Y se detiene y le dice: "Antes de que me devores, ¿te puedo hacer tres preguntas?" La serpiente le contesta: "No acostumbro a permitirle hacer preguntas a aquellos a quienes voy a devorar, pero a ti te las voy a permitir". La luciérnaga en la leyenda le pregunta: "¿Yo formo parte de tu dieta habitual?" "No", le contesta la serpiente. "¿Yo te he hecho algún mal?" Segunda pregunta. "No". Tercera y última pregunta: "Entonces, ¿por qué me quieres devorar?" La serpiente le contesta: "Porque no soporto verte brillar". Puntos suspensivos.
¿Ya ha pasado? ¿Usted lo ha hecho con otros, en la iglesia o fuera de la iglesia? Pida perdón. Pida perdón a quien usted le haya hecho ese daño y pídale perdón a Dios. "Porque no soporto verte brillar".
El arte de perdonar. Perdonar es un arte, hermano. Si no lo sabían, perdonar es un arte también. Es un arte. Tengo algunas notas que quisiera compartirles acerca del arte de perdonar. Es un arte porque la Palabra de Dios nos manda a perdonar, en primer lugar. Es un arte porque en definitiva nosotros tenemos que entender que la Palabra de Dios en Primera de Corintios 13 nos habla del amor de Dios. La cita que dimos nosotros acerca de Efesios y de Colosenses nos habla de que nosotros debemos los unos a los otros perdonarnos, soportarnos, pedirnos perdón; que debemos los unos a los otros ser agradecidos.
El arte de perdonar, hermanos, va a implicar siempre que usted busque a la persona que le ha ofendido o a quien usted ha ofendido, y con humildad, y hasta humillándose si es necesario, usted pida perdón y usted perdone. Hermanos, el arte de perdonar es no guardar una lista en la que aparezca el nombre de alguien; y si aparece un nombre, que tampoco el suyo aparezca. El arte de perdonar ve las buenas acciones y ve las malas acciones, pero escoge borrar las malas acciones.
Según Primera de Corintios 13, se puede dar, se puede amar con ese amor de Dios, siempre que haya perdón en nosotros, estemos libres del perdón. Satanás se alegra de la debilidad que tenemos de no perdonar, se burla, se ríe, cuando hay división en una familia, en las separaciones entre amigos, entre esposos. Recuerde lo que ya le he dicho: el amor es una elección, un acto de la voluntad. El perdón también.
Guardar una lista de maldades no es lo que debemos hacer. Perdonar, igual que el amor, es un acto de nuestra voluntad. Rompa su lista y aprenda a amarse a usted mismo. A veces nosotros mismos no nos amamos. "Ama a tu prójimo como a ti mismo", dice la Palabra de Dios. Oh, entonces yo tengo que amarme. Claro, algunos están dispuestos a perdonar, admiten que Dios nos perdona, pero son incapaces de perdonarse a sí mismos. Viven arrastrando su culpabilidad. Perdonarnos a nosotros mismos es un proceso diario.
¿Por qué no podemos perdonarnos a nosotros mismos? Puede que estemos airados con nosotros mismos. Déjate el pasado, o sea, aparte del pasado de una vez y para siempre. Déjaselo a Dios y que la sangre de Cristo haga lo que ya hizo en la cruz: quitar nuestra culpa y satisfacer el sentido de justicia de Dios, de una vez y para siempre.
La pregunta es, y al amigo hermano que me formuló la cuestión del miércoles pasado, aquí está: quiero perdonar, pero no sabía cómo. Bueno, te voy a enseñar al hermano en este momento cómo perdonar absolutamente. No olvides esa palabra: absolutamente.
Número uno: no comentes lo que te han hecho. Recuerda, a la gente le gusta mucho hablar y en poco tiempo muchos sabrán de tu vida entera. Sea amable con quienes te han herido. En la conversación, habla de tal manera que no le hagas sentir culpable a quien te hizo el mal. No les recuerdes sus ofensas. Ayúdale a superar el sentimiento de culpa que pudiera tener. No los atemorices, no le digas: "Me hiciste esto, le diré a todos lo que tú eres".
A propósito, tres pastores se juntaron un día y estaban orando y confesando sus debilidades. Y uno decía: "Mi problema es que yo no resisto ver la televisión, veo pornografía". El otro decía: "Bueno, mi problema es que yo no oro, es que yo soy un hombre que guardo rencor". Y el tercero no decía cuál era su pecado, y los otros le preguntaron: "¿Y cuál es el tuyo?" Y les decía: "El mío, el mío es que estoy loco por salir ya de aquí para contarle a todos lo que son ustedes".
Te pregunto: ¿has orado alguna vez por alguien que te ha hecho mal? En una oportunidad, a mí me tocó varias oportunidades visitarlo en la clínica. Le habían operado. Su propia oficina, tirar el brazo y orar. Mucho daño me habían hecho, mucho daño. Pero ya yo era cristiano y había elegido perdonar.
A propósito, si alguno de ustedes tiene algo contra mí o contra cualquiera de nosotros o contra cualquier hermano, ve rápido, raudo, no esperes, hazlo ya. Acércate, habla con el hermano. Dice la Palabra: si te acuerdas que un hermano tiene algo contra ti, él tiene algo contra ti y tú vas a ofrendar, deja tu ofrenda, reconcíliate con tu hermano y ven, entonces salta al frente.
Actitudes que agradan a Dios. También, cuando alguien dice: "No puedo dejar de sentir su culpa". Saben, hay personas que dicen: "Es que yo no puedo dejar de sentir su culpa, lo que él me hizo, lo que ella me hizo. Él tiene que saber el daño que me hizo, él tiene que saber lo que es haberme abandonado". Sin embargo, vuelve a Cristo y da el ejemplo. Y estando los discípulos en el aposento alto, pasa la pared, llega en medio de ellos y simplemente les dice: "Paz a vosotros". No les increpa, no les condena, no les critica por haberlo abandonado. No le echa la culpa a Pedro: "Pedro, ¿por qué me negaste?" Simplemente dijo, ya resucitado: "Paz a vosotros".
Y el Padre quiere formar en nosotros la imagen del Hijo. Si eres un hijo, una hija de Dios, yo te estoy pidiendo ya: comienza a perdonar absolutamente y verás los resultados. Que nadie tenga contra ti una lista de tus ofensas. Si las recuerdas, ve a la persona, restituye. Y si eres tú mismo que encabezas la lista, odios que encabezas tu lista, porque según tú las heridas que te han provocado, Él ha permitido que se te haya causado, como el hijo que perdiste, ve de rodillas, pide perdón.
Recuerde que el perdón absoluto es para toda la vida. No es para hoy, no es para mañana. No vaya a ocurrir en usted lo que le pasó a alguien. Una oportunidad yo estaba dando unas clases de Biblia, de la Palabra, a un grupo de personas y hablábamos del perdón. Y una hermana se para y muy alegre, eufórica, me dice: "Hermano Saulo, ya aprendí a perdonar". Digo: "Qué bueno, cuánto me alegro, fulanita, ya aprendí a perdonar". Y hace la historia de la persona a quien había perdonado y lo que le había hecho. Digo: "Qué bueno, es algo malo". Me dice: "Eso sí, que no la quiero volver a ver jamás".
Eso es malo, eso no es perdonar. Es malo, usted no ha perdonado. Yo lo siento, pero usted no ha perdonado. Perdonar es no guardar rencor. No es como dicen algunos, no es olvidar. No me disco duro en su cerebro todavía. Hay cosas que están ahí, están grabadas, pero usted ha decidido no ponerse a rememorar, a recordar, a traer de nuevo al presente lo que ya es parte del pasado, lo que ya usted perdonó. Lo que es del pasado, déjelo en el pasado. Usted perdonó, déjelo en el pasado.
Dios le perdonó. Él sabe de sus ofensas, Él sabe de sus pecados, pero Él ha decidido perdonarle a pesar de nuestros pecados. Y aun así fue capaz de desprenderse de su Hijo y le envía a venir a esta tierra, el Hijo de Dios. Pueden leer el Salmo 40. El Padre dice que estaba cansado de holocaustos, de ofrendas, de sacrificios, y el Hijo le dice: "Heme aquí, Padre, el hacer tu voluntad me agrada". Y viene y desciende, y es el momento que en el descenso se encarna en el vientre de aquella mujer virgen, de aquella mujer pura, de aquella mujer elegida de Dios, lleno de gracia y de verdad. Desciende del cielo a entregar su vida por todos nosotros.
Hermanos, Jesucristo fue capaz de perdonar al extremo. Él no vino a perdonar a gente buena, Él no vino a buscar a los sanos. ¿Quién estaba sano del pecado? Podían haber muchos enfermos de enfermedades físicas, mas del pecado todos estábamos dañados. Mas Cristo vino y se dejó crucificar. Quiero reiterarles: se dejó crucificar, porque a eso había venido, a entregar su vida por nosotros para reconciliarnos con Dios y que su justicia no pudiera ser aplicada a nosotros.
Y concluyendo, una nota final: cuando usted perdona absolutamente, usted agrada a Dios. ¿Cuál será la actitud suya, hermano, hermana, en este día en que el Señor nos ha permitido el privilegio inmerecido de dirigirme a ustedes? ¿Cuál será tu actitud si hay falta de perdón en ti? ¿Cuál será tu actitud si al salir de este lugar criticas el mensaje y el predicador? Tu sabrás lo que has de hacer. Si es tu caso, busca la Palabra de Dios y reflexiona sobre todo lo que dice en relación con el contenido de este sermón.
Un pastor y evangelista decía: "Prefiero que no me hables porque te digo la verdad y no que me aplaudas porque te he dicho una mentira". Si quieres tener una familia que agrade a Dios, busca perdonar a todos. Si quieres ser parte de la familia de Dios y que tu vida en tu casa con los tuyos y tu vida en la iglesia con los hijos de Dios, en tu familia y en su familia, tienes que perdonar de manera absoluta.
Vuelve a reflexionar sobre la pasión de Cristo. Lee en voz alta, abre tu Biblia en tu casa y lee en voz alta Lucas 23:34. Lee en voz alta y escúchale a Jesús decir por todos los que le crucificaron: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen". Y es como si Dios te estuviera hablando audiblemente. Recuerdan al pastor Miguel cuando decía: "Nunca se ha escuchado a Dios hablar audiblemente". Pues lee la Palabra de Dios en voz alta, es Dios que está hablando.
Por eso te invito, que el Señor nos dé a nosotros la valentía. Como decía Gandhi: el perdonar es de los valientes, no perdonar es solo de los débiles. Hombre, el perdonar no te hace menos hombre. El perdonar a tu esposa cuando te falta no te hace menos hombre. El pedir perdón a un hijo cuando tú le has faltado, cuando tú no has sido el padre que debes ser, no te hace menos padre. Simplemente eso te enaltece. Pídele perdón a quien tengas que pedir perdón, reconcíliate con quien tengas que reconciliarte. Y agradarás a Dios con tu obrar.
Que el Señor te bendiga, que el Señor les guarde.
Es abogado de profesión, realizó estudios doctorales en la Universidad Paris II (Panthéon-Sorbonne). Llamado por Dios en 1983, después de años de incredulidad, ha servido como pastor por más de veinticinco años en enseñanza, predicación, discipulado y consejería. Actualmente vela espiritualmente por el cuerpo de diáconos, Vida en Familia y el Ministerio de Discipulado Matrimonial (MDM). Casado desde 1973 con Magdalena Enez, con quien tiene tres hijos y seis nietos.