El perdón de Dios no depende de nuestros méritos, ni de quién interceda por nosotros, ni de cuán "reparables" seamos. Lucas 7 presenta una secuencia de historias que revelan el carácter compasivo de Dios antes de llegar al encuentro entre Jesús y la mujer pecadora. Un centurión romano, bien posicionado socialmente, envía ancianos a interceder por él, quienes aseguran que es "digno" de recibir el favor de Jesús. Pero el propio centurión reconoce la verdad: "No soy digno de que entres bajo mi techo". Kilómetros más adelante, una viuda indigente pierde a su único hijo y nadie intercede por ella, pero Jesús la ve, tiene compasión y actúa. Ciegos, cojos, leprosos y sordos —todos "dañados completamente" según los estándares humanos— reciben sanidad. El mensaje es claro: Dios no necesita intermediarios ni condiciones favorables para mostrar misericordia.
La mujer que unge los pies de Jesús llega con lo único valioso que tiene: un perfume costoso, probablemente usado en su vida de pecado. No intenta ser útil; quiere ser agradecida. El fariseo Simón la juzga en silencio, pero Jesús voltea la situación: ella ha mostrado más amor que el anfitrión religioso. "A quien mucho se le perdona, mucho ama". El texto guarda tres secretos: el nombre de la mujer, la naturaleza exacta de su pecado y qué hizo después. Lo importante no es que nosotros lo sepamos, sino que Dios lo sabe. Y sus palabras finales resuenan como invitación permanente: "Tu fe te ha salvado, vete en paz".
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En su Babel. Hoy día estaremos tocando un tema que tiene como título: "Perdonado completamente". Y para esto vamos a usar un texto, uno de los textos más preciosos, más emotivos que nosotros encontramos en las Escrituras, que es el texto de Lucas, el capítulo 7, a partir del verso 36.
"Uno de los fariseos le pedía que comiera con él, y entrando en la casa del fariseo se sentó a la mesa. Y había en la ciudad una mujer que era pecadora. Y cuando se enteró de que Jesús estaba sentado a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume, y poniéndose detrás de Él, a sus pies, llorando, comenzó a regar sus pies con lágrimas y los secaba con los cabellos de su cabeza, besaba sus pies y los ungía con el perfume. Pero al ver esto el fariseo que le había invitado dijo para sí: 'Si este fuera un profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, que es una pecadora.' Y respondiendo, Jesús le dijo: 'Simón, tengo algo que decirte.' Y él dijo: 'Dime.' 'Cierto prestamista tenía dos deudores: uno le debía 500 denarios y el otro 50. Y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó generosamente a los dos. ¿Cuál de ellos entonces le amará más?' Simón respondió y dijo: 'Supongo que aquel a quien le perdonó más.' Y Jesús le dijo: 'Has juzgado correctamente.' Y volviendo hacia la mujer le dijo: 'Simón, ¿ves esta mujer? Yo entré a tu casa y no me diste agua para los pies, pero ella ha regado mis pies con sus lágrimas y los ha secado con sus cabellos. No me diste beso, pero ella, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies. No ungiste mi cabeza con aceite, pero ella ungió mis pies con perfume. Por lo cual te digo que sus pecados, que son muchos, han sido perdonados, porque amó mucho; pero aquel a quien poco se le perdona, poco ama.' Y a ella le dijo: 'Tus pecados han sido perdonados.' Los que estaban sentados a la mesa con Él comenzaron a decir entre sí: '¿Quién es este que hasta perdona pecados?' Pero Jesús dijo a la mujer: 'Tu fe te ha salvado; vete en paz.'"
Precioso texto que por su propio contenido nos deja sin palabras, y seguramente nos muestra claramente el profundo amor de Dios. Y cuando nosotros hablamos justamente del perdón, siempre nos conmueven situaciones como estas. No conocemos a esta mujer, pero al ver este suceso podemos entender por qué es que aparece en la Escritura.
Todos nosotros, de una manera u otra, enfrentamos el perdón, tanto para entregarlo como también para recibirlo. Y en nuestra condición de pecadores es definitivo que, de una manera u otra, en diferentes momentos de nuestra vida, tenemos que enfrentarnos a la posibilidad de dar perdón o de recibir perdón. En estos días yo he estado reflexionando un poco, ya que hoy estamos a nueve, y en unos días más mi familia y yo cumplimos seis años desde que llegamos al país. Y siempre es bueno hacer una reflexión de todo lo que ha acontecido desde nuestra llegada, cuando uno llega con el diario limpio, con el cuaderno sin ningún rayón, sin ninguna tacha, sin ninguna enmendadura, y donde uno puede evaluar cómo ha ido la vida reconociendo los grandes sucesos, los sucesos memorables y los sucesos olvidables.
Aquellas cosas por las cuales le damos gracias a Dios y aquellas cosas por las cuales tenemos que pedirle perdón al Señor. Definitivamente, durante este tiempo no solamente ha habido situaciones por las cuales uno se encuentra completamente satisfecho, sino también que hay otras situaciones que uno tiene que poner delante del Señor y pedirle: "Señor, dame una nueva oportunidad." Hay cosas que requieren atención, hay cosas que requieren mejoría y hay cosas que simplemente son una expresión de gratitud para con el Señor. Y todos en nuestra vida pasamos por esas mismas situaciones, y aun reconocemos, como dice la Escritura, que el que sabe hacer lo bueno y no lo hace, también ha pecado; por lo tanto, hay situaciones en nuestra vida en las que no solamente le pedimos perdón a Dios por la acción, sino también por la omisión.
La manifestación de la gracia del Señor es necesaria en nuestras vidas en todo nuestro caminar cristiano. Y por eso es que este pasaje es tan importante, tan revelador. Pero yo quisiera que, antes de poder interpretarlo, podamos entender el rumbo que Lucas, guiado por el Espíritu Santo, está tomando para llegar a este pasaje. Este pasaje es la consumación de una serie de ideas que el evangelista está poniendo juntas para tratar de darnos una enseñanza con respecto al carácter de nuestro Dios, a la forma en que el Señor opera en medio del establecimiento de su gracia para con nosotros.
A veces consideramos la Escritura como una serie de viñetas que están separadas unas de otras y que no tienen relación. Sin embargo, la estructura de los Evangelios y la estructura de toda la Escritura tiene que ver con sucesos encadenados que nos ayudan a descubrir cómo es el Señor. Por eso es que yo quisiera invitarlos a que vayamos a la primera parte de Lucas, el capítulo 7, para que ustedes me acompañen pudiendo ver este pasaje. Porque la pregunta que nosotros nos haríamos es: ¿cómo puedo llegar a obtener un perdón de Dios tan completo como el que aparece aquí en la Escritura?
Es el momento glorioso en que el Señor le dice a esta mujer: "Tus pecados han sido perdonados." ¿Cómo poder obtener esa paz grandiosa de parte del Señor cuando, en el último versículo de este capítulo, le dicen: "Tu fe te ha salvado; vete en paz"? ¿Acaso se trata de que yo tenga que merecerlo? ¿Se trata de que de alguna manera yo tengo que obtener la gracia de Dios a través de algo que yo tenga que hacer, de llamar la atención del Señor de alguna forma, para poder obtener esa gracia que estoy esperando de su parte? ¿Se tratará de algún tipo de posibilidad en la medida en que yo no estoy dañado completamente y todavía tengo un poquito de restauración? Porque a veces nos dicen: "¡Oye, este tipo ya no tiene arreglo, lo ha intentado todo, ya no hay solución!" ¿Se tratará entonces de que lo merezca por un lado, y que por otro lado yo tenga todavía algo que el Señor ve que se puede mejorar en mí, y por lo tanto me da una nueva oportunidad? ¿O es que ya no merezco una nueva oportunidad porque ya me dañé completamente?
¿Cómo puedo llegar al final de este capítulo sintiendo que lo que he leído no es solamente la historia de una mujer de hace dos mil años atrás, sino que se trata de mi propia historia?
En primer lugar, entonces, veamos si tiene que ver con algún merecimiento. Del verso 1 hasta el verso 15 nos encontramos con dos historias. Dos historias que aparentemente no están relacionadas cronológicamente; Lucas no tenía la intención de mostrarnos dos historias relacionadas en el tiempo. La primera sucede en Capernaum, que era una ciudad que el Señor visitaba muy continuamente, y la segunda sucede a 40 kilómetros de distancia, en una ciudad que se llama Naín. Dos ciudades separadas una de la otra, pero dos historias narradas una a continuación de la otra, para que el Señor nos muestre algo importante.
En la primera historia aparece como protagonista un centurión romano, asentado en Capernaum. Aparentemente era un hombre de buen corazón, un hombre que había conocido al Señor de alguna manera; no era un prosélito, pero era un hombre temeroso de Dios, un hombre que amaba profundamente a aquellos que le servían. Tanto así que él estaba sumamente preocupado porque su siervo había caído enfermo. Al enterarse de que Jesús estaba de camino a la ciudad, él le pide a los ancianos, a los encargados de la sinagoga de Capernaum, que por favor vayan a Jesús para poder interceder por él. Y nosotros encontramos estas palabras en el pasaje:
"Al oír hablar de Jesús, el centurión envió a Él unos ancianos de los judíos, pidiendo que viniera y salvara a su siervo. Cuando ellos llegaron a Jesús, le rogaron con insistencia diciendo: 'El centurión es digno de que le concedas esto, porque él ama a nuestro pueblo y fue él quien nos edificó la sinagoga.'" (Lucas 7:3-5)
Como ustedes pueden ver, en primer lugar era un hombre bueno, era un hombre con buena reputación, era un hombre que temía al Señor. Él mismo había pedido esta gracia de parte de Jesús enviando a estos ancianos, y evidentemente los ancianos lo consideraban merecedor de ella. Dice el final del verso 4: "El centurión es digno de que le concedas esto, porque él ama a nuestro pueblo y fue él quien nos edificó la sinagoga." Por un lado, la reputación de este hombre era tan buena que se dice que ama, y es verdad: este hombre ama porque está intercediendo por un siervo, es un hombre de buenos sentimientos. Al mismo tiempo es un hombre generoso, él les ha construido la sinagoga; es un benefactor, y es un benefactor de la religión judía. ¿Acaso eso lo hace merecedor de la gracia de Dios? ¿Ese es el camino para obtener aquello que el Señor tiene para con nosotros?
El texto continúa, y este hombre, que fue presentado por los ancianos de Israel, ahora se presenta a sí mismo. Dice el verso 6: "Jesús iba con ellos, pero cuando ya no estaba lejos de la casa, el centurión envió a unos amigos diciéndole: 'Señor, no te molestes más, porque no soy digno de que entres bajo mi techo. Por eso ni siquiera me consideré digno de ir a ti; tan solo di la palabra y mi siervo será sanado.'"
Aquí entonces el texto se contradice. Por un lado, los ancianos de la ciudad, los ancianos de los judíos, le dicen a Jesús que el centurión es digno de que le conceda esto. Pero el centurión, conociendo la realidad de su corazón delante del Señor, antes de que Jesús siquiera llegue a la puerta de su casa, él dice: "Señor, no te molestes más, porque yo no soy digno. Yo no soy digno de que entres bajo mi techo, por eso ni siquiera me consideré digno de ir a ti. Di la palabra y el milagro será hecho."
Ahora bien, en esta enseñanza descubrimos que la gracia de Dios no es producto del merecimiento humano. No es producto de que yo tenga un carácter compasivo, no se trata de que yo sea generoso, no se trata de que yo camine con el Señor. El Señor no es deudor de nadie, el Señor no le debe nada a nadie. El Señor es soberano y conoce la realidad de nuestro corazón, y este hombre supo reconocerla delante del Señor: "No soy digno de que entres bajo mi techo, por eso ni siquiera yo fui a ti, porque no me considero digno de ti." Sin embargo, el Señor obró de manera milagrosa y el siervo fue sanado.
Esa es la primera consideración que nosotros debemos tener. El texto de la Escritura nos muestra que no se trata de merecimientos personales.
La segunda historia aparece a partir del versículo 11. Acompáñenme por favor con la lectura. "Aconteció poco después que Jesús fue a una ciudad llamada Naín, y sus discípulos iban con él acompañados por una gran multitud. Y cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, he aquí sacaban fuera un muerto, hijo único de su madre, y ella era viuda, y un grupo numeroso de la ciudad estaba con ella. Al verla, el Señor tuvo compasión de ella y le dijo: No llores. Y acercándose, tocó el féretro, y los que lo llevaban se detuvieron. Y Jesús dijo: Joven, a ti te digo, levántate. El que había muerto se incorporó y comenzó a hablar, y Jesús se lo entregó a su madre."
Acá nos encontramos con otra historia: la historia de una viuda. Quienes conocemos un poco la cultura y la economía de los tiempos de Jesús y de los tiempos bíblicos, sabemos que una persona considerada viuda caía en la última escala del nivel social y económico de la cultura de ese tiempo. Una viuda era considerada como una mujer indigente y desvalida. Pero en este caso, esta viuda no solamente había perdido a su marido, sino que se nos dice que había perdido a su único hijo. Por lo tanto, su posición era una posición de pérdida total.
Por un lado nos encontramos con el centurión, que está probablemente en Capernaum en lo más alto de la jerarquía social: un hombre que podía decirles a los ancianos: "Oye, vayan a ver a Jesús de mi parte", y los ancianos van corriendo obedeciéndole al centurión. Y por el otro lado, en el otro extremo, nos encontramos a esta viuda, pobre, probablemente indigente, que acababa de perder a su único sustento y, probablemente, su única relación de amor, que era su único hijo.
Ahora bien, ellos están en la puerta de esta ciudad que se llama Naín. En esta puerta se encuentra Jesús, que iba entrando a la ciudad caminando con una gran multitud de discípulos, probablemente llena de gloria y de curiosidad, tratando de ver al Maestro. Y por el otro lado hay una procesión fúnebre que también está rodeada de mucha gente. Lo interesante de esta historia es que cuando estos dos grupos se entrecruzan, nadie intercede por esta mujer. Nadie le dijo a Jesús: "Jesús, mira, esta viuda merece que tú le sanes al hijo, que le levantes al hijo, que hagas algo por ella, porque mira la situación en la que se encuentra." Lo más probable era que estas dos multitudes se entrecruzaran y se esquivaran mutuamente para seguir cada una su camino.
No había ancianos allí que pidieran por ella, no había personas que declararan lo justa que era esta mujer, lo buena y bondadosa que ella era, las muchas cosas que había hecho o lo mucho que estaba sufriendo con la pérdida de su hijo. No había quien intercediera. Pero Jesús estaba atento. Jesús sí lo vio, por eso dice el versículo 13: "Al verla, el Señor tuvo compasión de ella." No necesitó intercesores humanos, no necesitó merecimientos personales. Jesús simplemente tuvo compasión de ella, y lo primero que le dijo fue: "No llores más."
Lo que nosotros debemos saber en cuanto a la cultura hebrea es que el llanto era sumamente importante. A veces en una procesión fúnebre no solamente lloraban los deudos, sino que se contrataba gente para que llorara con fuerza, para que demostrara el dolor público ante la pérdida de esa persona. Por lo tanto, esta no era una procesión silenciosa; era una procesión donde la gente lloraba abiertamente, e incluso gente se prestaba a este acto del lamento público, porque era parte de la cultura lamentarse fuertemente por la pérdida de una persona.
Y Jesús la detiene y le dice: "No llores más." ¿Por qué? Porque el Señor estaba haciéndose cargo de la situación. El Señor tuvo compasión de ella. La palabra "compasión" tiene que ver con ese sentimiento que sale del interior. La palabra hebrea para compasión, y la palabra griega, es una palabra muy pictórica, muy simbólica, porque habla del movimiento de las vísceras: ese sentimiento íntimo que surge desde lo más profundo de nuestro ser. Y Jesús tuvo compasión de ella, y dice el versículo 14 que acercándose, tocó el féretro.
O sea, cuando Jesús se acercó, estaba caminando y la procesión fúnebre también estaba caminando. Mientras caminaban, Jesús dejó a la multitud de sus seguidores y se acercó a esta mujer, que probablemente iba delante de la procesión fúnebre. Mientras la procesión fúnebre iba caminando, él le dijo: "No llores." Luego detuvo la procesión fúnebre y tocó el féretro. Nuevamente, es importante que nosotros sepamos que en el tiempo de los judíos el hecho de que un judío toque un lugar donde está un muerto es declararlo a él inmundo. Pero Jesús no tuvo consideración con eso. Él tocó el féretro, detuvo la procesión fúnebre y, sin decir palabra a los demás, le dijo al joven: "Joven, a ti te digo, levántate." ¿Y qué hizo después? Jesús tomó a este muchacho y se lo entregó a su madre, se lo devolvió a su madre.
No encontramos palabras de gratitud. No conocemos el nombre de esta viuda, no sabemos de dónde venía, no sabemos de su contexto ni de su reputación. Pero lo que sí sabemos es que Jesús lo sabía, y eso es lo importante. Porque no se trata de que nosotros sepamos; se trata de que el Señor sabe, y ahí radica la seguridad de nuestro corazón. No se trata de merecimiento. No se trata de que yo lo merezca. No se trata de que alguien interceda por mí. Cuántas personas a veces me dicen a mí, por mi calidad de pastor: "Pastor, ore usted por mí, porque usted está más cerca del Señor." Y eso no es verdad. El Señor no hace acepción de personas, y eso es lo que vamos a seguir viendo alrededor del texto.
El centurión estaba en el lugar más alto y mucha gente podía interceder por él; él tenía la reputación para que intercedieran por él. Pero eso no le importaba a Jesús, porque Jesús lo hizo con el centurión y lo hizo con esta viuda. Por lo tanto, yo aquí reconozco el carácter de mi Dios. ¿Acaso se trata entonces de algún tipo de posibilidad de que yo no esté tan dañado? O sea, al final: "Yo estoy tan dañado, yo creo que el Señor ya no quiere nada conmigo, nada, nada conmigo."
La historia sigue avanzando y se dice que los discípulos de Juan el Bautista oyeron y vieron lo que Jesús estaba haciendo. Juan el Bautista, como ustedes saben, cuando Jesús empieza su ministerio público, Juan el Bautista cae preso. Él estaba en prisión y los discípulos de Juan le van a contar lo que Jesús está haciendo. Y Juan le manda a preguntar a Jesús, en el versículo 19: "Y llamando Juan a dos de sus discípulos, los envió al Señor, diciendo: ¿Eres tú el que ha de venir, o esperamos otro?" ¿Eres tú el que ha de venir o esperamos otro? ¿Será el Señor el que va a hacer estas cosas? Juan no lo dice solamente en un sentido de duda, sino en un sentido de confirmación: ¿Eres tú el Mesías? ¿Eres tú el que debemos esperar? ¿Eres tú el Señor?
Y nuevamente Jesús no responde directamente con palabras. Porque, si ustedes se dan cuenta, en estos dos milagros no encontramos muchas palabras de Jesús; encontramos los actos de Jesús. Encontramos a Jesús conociendo el corazón de las personas. Encontramos a Jesús obrando directamente: cuando los ancianos le hablaron del centurión, Jesús fue con ellos; cuando vio a la mujer, Jesús fue donde estaba la mujer. Y Jesús obró de manera majestuosa, obró de manera majestuosa. Y se nos dice en el versículo 21: "En esa misma hora curó a muchos de enfermedades y aflicciones y malos espíritus, y a muchos ciegos les dio la vista." Y respondiendo Él les dijo: "Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos reciben la vista, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos son resucitados."
¿Cuál es la declaración de Jesús para Juan el Bautista? ¿Soy o no soy el Mesías? Pues, para que sepas que soy el Mesías, yo hago que lo imposible se haga posible; yo hago que lo imposible se vuelva una realidad. En el tiempo de Jesús no había medicina para los ciegos, no había medicina para los cojos, no había oportunidades para los leprosos, no había recuperación para los sordos. Todas estas personas estaban dañadas completamente, y el milagro de Dios radica en que el Señor no requiere ni de merecimiento humano, ni de intercesión humana, ni de posibilidades humanas, porque nuestro Dios es más grande que todas esas cosas. Así obra nuestro Señor; esa es la realidad de la intervención de Dios.
Entonces, ¿para recibir la gracia de Dios yo necesito de intercesores? ¿Necesito de méritos? No. Necesito que el Señor me vea, y el Señor nos ve a todos nosotros en este momento como un rayo X, de una manera abierta. Aun los suspiros de nuestro corazón le son conocidos. Nuestros pensamientos, antes de que lleguen a nuestra mente, Él ya lo sabe todo. Los cabellos de nuestra cabeza están contados. El Señor nos depositó en el vientre de nuestra madre, y nuestras lágrimas las guarda dentro de un frasco. Todo eso lo dice la Escritura.
Por lo tanto, en la medida en que vamos avanzando en el texto, nos damos cuenta de que ese final glorioso de esta mujer es ir entendiendo el carácter de Dios, y no solo lo que esta mujer hizo, sino descubrir quién es Dios para nosotros. Pero el pasaje, en el versículo 22, no acaba donde se los he leído, sino que también dice: "Y a los pobres se les anuncia el Evangelio." La palabra "pobre" en este pasaje no tiene solamente el sentido de una persona que tiene pocos recursos; la palabra "pobre" en este pasaje tiene que ver con alguien que es un mendigo, un indigente, una persona que no tiene ni siquiera los recursos propios para poder subsistir. Ese es el pobre al que se le anuncian buenas noticias. Ese es el carácter de Dios. Yo no lo merezco, yo no lo tengo, no tengo quien interceda por mí, no tengo los recursos, quizás no tengo la reputación; yo soy un indigente delante de Dios. Pero a mí se me han anunciado buenas noticias. Hay la posibilidad de un nuevo comienzo, hay una nueva oportunidad para mí. Ese es el regalo de Dios.
Pero es importante que, si nosotros seguimos leyendo, en el versículo 23 dice: "Y bienaventurado el que no se escandaliza de mí." ¿Qué significa este pasaje? ¿Qué es lo que Jesús está queriendo decir? Señor, ya nos acabas de demostrar que tú eres capaz de hacer cosas maravillosas sin que lo merezcamos; que tú eres capaz de estar atento a nuestra necesidad con absoluta compasión; que tú eres capaz de hacer de lo imposible algo posible; que tú eres capaz de darle buenas noticias a un indigente. ¿Qué quiere decir entonces cuando el Señor dice: "Bienaventurado el que no se escandaliza de mí"? Lo que el Señor está diciendo es que nosotros nos cuidemos de no tropezar con el Señor que se presenta delante de nuestras vidas. Que nosotros no nos tropecemos con el Señor cuando Él se manifiesta como Él es, no como nosotros quisiéramos que Él sea. Que el Señor se manifiesta como Él quiere manifestarse, no como yo espero que Él se manifieste. Que el Señor va a hacer las cosas en el momento en que lo crea conveniente, no en el momento en que yo lo crea conveniente. Cuidado no vaya a ser que nosotros tropecemos con Él.
Y eso es lo que Él viene contando más adelante. Dice la segunda parte del versículo 24: "¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? Mas ¿qué salisteis a ver? ¿Un hombre vestido con ropas finas? Mirad, los que visten con esplendor y viven en deleites están en los palacios de los reyes. ¿Pero qué salisteis a ver? ¿Un profeta? Sí, os digo, y uno que es más que un profeta." Entonces la realidad es: ¿qué es lo que nosotros esperamos ver de parte del Señor? A veces lo que nos detiene para la obtención de su gracia y su misericordia no tiene que ver con lo que el Señor quiere hacer en nosotros, sino con las expectativas equivocadas que nosotros tenemos con respecto a la intervención del Señor en nuestras vidas.
Dice los versículos 29 y 30, como confirmación práctica de esta realidad: "Cuando todo el pueblo y los recaudadores de impuestos le oyeron, reconocieron la justicia de Dios siendo bautizados con el bautismo de Juan. Pero los fariseos y los intérpretes de la ley rechazaron los propósitos de Dios para con ellos al no ser bautizados por Juan." ¿Qué es lo que los recaudadores de impuestos reconocieron? Reconocieron la justicia de Dios. Reconocieron aquello que el Señor considera válido, verdadero y justo, y actuaron de acuerdo a lo que el Señor les planteaba, porque Dios es soberano. Sin embargo, los hombres religiosos de su tiempo, los fariseos y los intérpretes de la ley, rechazaron los propósitos de Dios para con ellos; rechazaron lo que Dios decía con respecto a ellos; no aceptaron lo que Dios públicamente declara en su Palabra con respecto a nuestra realidad.
Nuestra primera realidad es que estamos separados de Dios. "No hay justo, ni aun uno. No hay quien entienda, no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno. Todos se desviaron y se hicieron inútiles." Esa es nuestra realidad. Por lo tanto, ese es el punto de partida para obtener la gracia de Dios: el reconocimiento de que no soy nada, no tengo nada, pero Él lo tiene todo y es compasivo para conmigo. Ese es el punto de partida, y por eso el Señor cuenta esta historia.
A partir del versículo 31: "¿A qué, pues, compararé los hombres de esta generación, y a qué son semejantes? Son semejantes a los muchachos que se sientan en la plaza y se llaman unos a otros y dicen: Os tocamos la flauta y no bailasteis; entonamos endechas y no llorasteis." ¿Qué es lo que está diciendo el Señor? Nosotros vivimos con un permanente sentido de insatisfacción. Y cuando el Señor nos dice: "Oye, vamos a hacer las cosas de esta manera", nosotros queremos hacerla de otra. Es como los niños que están en la plaza: "Vamos a bailar, que toque la flauta." "Ah no, no, a mí no me gusta bailar." ¿Conocen eso? Muchachito. "Ah no, yo no bailo, no." "Bueno, entonces vamos a jugar al entierro. Karen, tú eres el muerto." "Eh, Karen, acá."
Ya, todos llorando, vamos a llorar, vamos a entrar a la Karen. No, a mí no me gusta eso tampoco, yo no lloro tampoco. Bueno, entonces bailamos, no tampoco, bailo yo. Entonces lloramos, no tampoco lloro yo. Entonces, ¿qué quiere? No sé, ¿qué quiero?
¿Cuántos de nosotros somos espiritualmente así? ¿Cuántos de nosotros recibimos de parte de Dios su palabra y su mensaje, y no estamos dispuestos a actuar de acuerdo a lo que el Señor está diciendo que nosotros hagamos? El Señor nos pone música y no bailamos; el Señor nos pone una situación triste y no lloramos. Simplemente nos equivocamos y perdemos de vista la oportunidad que el Señor nos está presentando, y nos perdemos la posibilidad de poder ver al Señor obrando en nuestras vidas, porque estamos esperando lo que no sabemos que queremos.
Cuando en realidad el Señor se pone delante de nosotros y nos dice: "Aquí estoy, tengo compasión de ti, pero esto es lo que yo voy a hacer por ti. Lo tomas o lo dejas." Si hoy escuchas su voz, no endurezcas tu corazón. Esa es la realidad, por eso es que las opiniones son tan diversas.
Dice el versículo 33 y 34: "Porque vino Juan el Bautista, que no come pan ni bebe vino, y vosotros decís: 'Demonio tiene.' Vino el Hijo del Hombre, que come y bebe, y decís: 'Mirad, un hombre glotón y bebedor de vino, amigo de recaudadores de impuestos y de pecadores.'" ¿Qué es lo que queremos? ¿Cómo es lo que queremos? ¿Depende de nosotros? No. Desde el versículo 1 nos está diciendo el Señor que no depende de nosotros, pero sí depende de nuestra actitud para con el Señor.
Dice el versículo 35: "La sabiduría es justificada por todos sus hijos." ¿Qué significa este versículo, justamente antes de encontrar el pasaje del cual nosotros leímos en un primer momento? Lo voy a decir de una manera muy sencilla. La sabiduría es justificada por sus hijos significa básicamente lo siguiente: yo nunca conoceré qué tan sabroso es un sancocho solo por la opinión de los demás; solo lo sabré cuando lo pruebe. La sabiduría es justificada por los hijos tiene que ver con el hecho de que yo no podré reconocer la gracia de Dios solamente por la opinión de los demás, a favor o en contra. La única manera de reconocer la gracia de Dios es experimentándola en mi propia vida.
Por eso es que eso antecede a este pasaje, y ahí nosotros entonces nos encontramos con esta preciosa historia de esta mujer que llega a la casa de este fariseo en un momento de una cena pública. Permítanme contarles algo también que tiene que ver con la cultura de ese tiempo, para que podamos entender lo que aquí está pasando. Cuando un personaje llegaba a la casa de alguien en uno de los pueblos de la Palestina antigua donde el Señor vivía, la cena era entregada a los invitados. Los invitados tenían una mesa rasante del suelo, ellos se recostaban con su cuerpo inclinado, se servían mutuamente y tenían largas conversaciones.
Ahora, algo que estaba permitido y que en nuestra sociedad contemporánea no hacemos de esa manera era que los vecinos y el pueblo que no estaba invitado podían participar de esa cena, pero en silencio y sin probar nada. Lo que podían hacer era ponerse en las ventanas y escuchar todo lo que estaba pasando, o entrar al salón del comedor, pegarse a las paredes y observar todo lo que acontecía. Por eso es que esta mujer pudo participar de esta reunión, por eso es que ella pudo entrar.
Ahora, ella estaba seguramente junto con otras personas que también estaban allí. Nosotros ya sabemos lo que ella hizo, ¿verdad? Pero el versículo 39 nos cuenta acerca de la actitud del dueño de casa: "Pero al ver esto, el fariseo que le había invitado dijo para sí: 'Si este fuera un profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, que es una pecadora.'"
Por supuesto, ustedes saben que siendo Jesús el invitado principal, lo más probable es que Jesús estaba recostado así y Simón estaba recostado así, dándole la cara al Maestro mientras los dos compartían la cena. Y al estar recostado de esa manera, lo más seguro es que él tenía delante a esta mujer haciendo todo lo que ella estaba haciendo en ese momento. Por lo tanto, él no sabía cómo remediar la situación. Pero lo interesante es que él no discute la condición de la mujer, sino que ante la condición de la mujer él discute con respecto a la identidad del mismo Señor: "Si este hombre fuera un profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, que es una pecadora."
Ahora, Jesús sabía quién era esa mujer. Sí, sabía. Claro que sabía. Jesús no tenía duda de los pecados de esta mujer; probablemente no tenía ninguna duda de ninguno de ellos. Dice que era una mujer pecadora. No sabemos a qué clase de pecado se refiere, aunque los estudiosos señalan que se trataba probablemente de una prostituta.
Ahora vayamos a la historia que le cuenta Jesús a Simón, porque ahora lo llama por su nombre, el nombre del dueño de la casa: "Simón." Pero antes de contarla, yo quiero que ustedes se la imaginen. Imagínense a Jesús recostado así, la mujer llorando amargamente, llorando fuertemente, moviendo sus cabellos, secándole los pies, y Simón al otro lado tratando de mirar al Maestro sin desviar la mirada hacia esta mujer. Y Jesús le dice: "Simón, tengo algo que decirte." Y él dice: "Dime."
Y mientras Jesús está contando la historia, esta mujer está moviéndose a su alrededor. Jesús no le dice: "A ver, mujer, detente un momento, que le voy a contar una historia a Simón." Sino que él sigue contando la historia. Entonces le dice: "Cierto prestamista tenía dos deudores: uno le debía 500 denarios y el otro 50. Y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó generosamente a los dos. ¿Cuál de ellos entonces le amará más?"
Esta es una historia ficticia, ¿verdad? Porque no hay prestamista que perdone las deudas en el mundo de los seres humanos. Uno le debía 500 denarios, que era el salario de 20 meses de trabajo, y el otro debía 50 denarios, que era el salario de dos meses de trabajo. Ni el que tenía 50 ni el que tenía 500 podía pagarlo. Y el prestamista —¡oh, sorpresa! ¡Milagro único en la vida!— perdonó generosamente a los dos. Esto es un milagro, es una imposibilidad; pero es algo que sucederá en el reino de los cielos, que el dueño de la plata nos perdone las deudas que nosotros le tenemos a Él. Es algo que solamente ocurre en el reino de los cielos, no en el reino de los hombres.
"¿Cuál de ellos entonces le amará más?" Y Simón le responde: "Supongo que aquel a quien le perdonó más." Y Jesús le dice: "Has juzgado correctamente."
Y hermano, yo quiero reflexionar con ustedes acerca del perdón de Dios para con nuestras vidas. El perdón de Dios para con nuestras vidas no ocurrió solamente el día de nuestra conversión, sino que ha ido ocurriendo cada día de nuestra vida, de tal manera que mientras más tiempo pase, más yo le amo, porque Él me sigue perdonando generosamente. Porque yo sigo acumulando deudas con Él, pero Él con todo me sigue perdonando, y eso hace que yo le ame cada vez más.
De tal manera que yo hice un ejercicio: yo le entregué mi vida al Señor el martes primero de julio de mil novecientos ochenta. De tal manera que del primero de julio de mil novecientos ochenta hasta hoy, domingo nueve de noviembre de dos mil catorce, yo puedo contar 34 años, cuatro meses, ocho días; mil setecientas noventa y dos semanas; trescientas un mil ciento setenta y seis horas en que el Señor ha sido bueno conmigo, en que el Señor ha perdonado mis pecados uno tras otro, en que el Señor me ha dado una nueva oportunidad cada día. De tal manera que yo puedo cantar con el salmista: "Bueno es dar gracias al Señor y cantar alabanzas a tu nombre, oh Altísimo; anunciar por dos mil quinientas cuarenta y nueve mañanas tu bondad y tu fidelidad." Cada noche, de tal manera que podemos cantar de la fidelidad de Dios y del amor de Dios que se multiplica sobre nosotros cada día.
"¿Cuál de ellos entonces le amará más? Aquel a quien le perdonó más." Y yo puedo reconocer su amor y su perdón para conmigo, sin merecerlo, sin que nadie interceda por mí, sin que haya nada que yo pueda presentarle a Él que haga que el Señor sienta la necesidad de perdonarme mejor o de perdonarme más. Porque yo estaba completamente imposibilitado, pero el Señor es el Dios de las posibilidades.
Y cuando esta mujer se presenta, más allá de lo que ella hace, ella no hace nada especial. Ella no crea un rito religioso, ella no establece un nuevo paradigma de gratitud delante del Señor. Ella hace lo que pudo hacer. Ella dijo: "El Señor está en casa." Y tomó una decisión: "Yo sé que la gente sabe quién soy, pero el Señor también sabe quién soy. Me voy a ir a la casa de Simón y me voy a plantar allí." Y ella no llevó aceite, porque cuando uno unge, unge con aceite. Pero ella no tenía aceite en casa. ¿Qué es lo que ella tenía? Perfume. Perfume carísimo que probablemente ella usaba para seducir a sus clientes. Era lo único valioso que tenía. Pues eso que era valioso lo trajo a los pies del Maestro, y eso que era valioso lo derramó en la presencia del Señor.
Y debido a que el Señor estaba recostado es que ella no puede acercarse a la cabeza de Jesús. No es que los pies simbolizan algo de actitud de humildad; no. Jesús estaba recostado, ella estaba sobre la pared, ella no podía acercarse hasta la cabeza del Señor, y por lo tanto derrama el perfume donde tenía al Señor más cerca, que era a sus pies.
Y cuando el Señor le dice a Simón en el versículo 44: "Y volviéndose hacia la mujer, le dijo a Simón: '¿Ves esta mujer?'" El Señor sabía que ya Simón había observado a esta mujer. Pero lo que le está diciendo es: "Tú ya la viste tal como ella es; ahora vas a verla como yo la veo. Y ella es mejor que tú, porque tú no lavaste mis pies cuando yo llegué, tú no me diste un beso cuando yo llegué, tú no ungiste mi cabeza con aceite cuando yo llegué." Que son las tres muestras básicas de hospitalidad en Israel. "Pero esta mujer no ha dejado de limpiar mis pies con sus lágrimas, no ha dejado de besar mis pies y secarlos con sus cabellos, y no ha dejado de ungirme con el perfume. Ella es mejor que tú, porque a quien más se le perdona, más ama."
Esa es la realidad de este pasaje. Esta mujer llega delante del Señor y se presenta con lo que tiene, y descubre en ella que el perdón de Dios ha sido latente, y por lo tanto quiere manifestarlo con lo que ella tiene, no con lo que ella debe. Ella no intenta hacerle útil al Señor. No dice: "Maestro, tienes los pies sucios, vamos a lavártelos, voy a lavarlos con mis lágrimas." No. Ella no quiere ser útil, ella quiere ser agradecida. Ella no tiene vergüenza; ahora quiere ser agradecida. No le importa lo que digan los demás, ella quiere ser agradecida.
Y lo interesante de este pasaje, hermano, es que hay tres cosas que no sabemos de este texto, tres cosas que quedan veladas en esta historia y que nos hubieran servido muchísimo para poder interpretarlo, quizás de la manera que a nosotros nos gusta interpretar las vidas. Lo primero que yo no sé es cómo se llama ella. Su nombre no aparece. El nombre de Simón sí aparece, ¿pero por qué no aparece el de ella? ¿Saben por qué? Porque el Señor guarda la privacidad de esta mujer, porque lo importante es que el Señor la conozca, no que nosotros la conozcamos para luego cuchichear de lo que esa persona tiene o no tiene. Eso es lo primero: yo no sé su nombre.
Lo segundo es que yo no conozco su pecado. Yo no sé cuál es su pecado en realidad. Los estudiosos dicen que probablemente se trataba de una prostituta, y tienen sus razones técnicas para decirlo. Sin embargo, yo no lo sé. Y lo tercero que yo no sé es qué hizo ella después con su vida. Pero son tres cosas que el Señor sí sabe, que yo no necesito saber.
Lo que el Señor afirma con mucha propiedad, y lo afirma de manera pública en el versículo 48, es: "Y a ella le dijo: 'Tus pecados han sido perdonados.'" Los que tú sabes y yo sé, son perdonados. Y lo hizo de manera pública, de tal manera que los que estaban sentados a la mesa —dice el versículo 49— comenzaron a decir entre sí: "¿Quién es este que hasta perdona pecados?"
A mí me encanta cómo el Señor pudo detenerse para ver con compasión a esta mujer, y cómo el Señor ignora completamente a los que no merecen atención. ¿Se dieron cuenta? ¿Se dieron cuenta? El Señor, cuando quiere ignorar, ignora. A palabras recias, oídos sordos. Los que estaban sentados a la mesa, los invitados, comenzaron a decir entre sí: "¿Quién es este que perdona pecados?"
Entre sí. "¿Quién es este que hasta perdona pecados?" Pero Jesús ya estaba mirando solamente a esta mujer. Jesús probablemente se había levantado de la mesa y estaba dándole la espalda a todos sus invitados, y le dijo a la mujer: "Tus pecados te son perdonados." Y cuando todos estaban cuchicheando ahí, Jesús le dijo a la mujer: "Tu fe te ha salvado, vete en paz. Vete en paz."
Y hermanos, solo el Señor conoce la realidad de nuestras vidas, y solo el Señor conoce la profundidad de nuestra condición, y solo el Señor conoce la maldad de nuestro corazón, y también la bondad de nuestro corazón. Pero a través de este capítulo completo, lo que yo entiendo es que el Señor es soberano sobre mi vida, que no se trata de merecimientos ni de intercesiones. Se trata del Señor que tiene compasión de mí. Se trata de que yo muestre con todo mi corazón, con lo que yo tenga, mi gratitud para con Él, porque Él sabe lo que está recibiendo de mi mano.
Yo no tengo que acomodarme al corazón y al espíritu de nadie. El Señor, que conoce la opinión de Simón con respecto a la mujer y escuchó la opinión de los hombres en la mesa, el Señor siempre ignoró todo para decirle a esta mujer: "Mujer, tu fe te ha salvado, vete en paz." Yo no sé cómo ella usó esta gracia de Dios en su vida. Yo no sé los cambios que ella dio. Yo supongo que ella dio cambios significativos, que lo que ella hizo fue un cambio absoluto de su corazón, fue un momento memorable en que su vida tuvo un antes y un después. Pero yo no lo sé. Lo importante es que el Señor lo sabe.
Y cuando nosotros estamos ante la realidad de Dios, yo quiero invitarles a que cuidemos nuestra actitud para con Él. Porque de estas lecciones podemos ver el milagro sobre el siervo del centurión, podemos ver al hijo resucitado de aquella mujer viuda, podemos ver que los ciegos ven, que los cojos andan, que los muertos son levantados, que los leprosos son sanados, que los sordos oyen. Pero cuidado de no hallar tropiezo con Él. Esa es la lección para nuestras vidas: que nos cuidemos de que cuando el Señor voltee y me observe a mí, yo tenga la actitud correcta para con Él.
Que cuando el Señor voltee y me diga: "Te toca a ti, ahora es contigo", yo pueda tener la actitud correcta de sometimiento a Él, permitiendo que Él haga lo que tiene que hacer en mi vida, en el momento en que lo quiere hacer, como Él lo quiere hacer, de la forma en que lo quiere hacer. Pero que Él lo haga en mi corazón, porque yo lo necesito.
Hermanos, esta es una oportunidad, y es solamente una reflexión, para que nosotros podamos descubrir el permanente perdón de Dios y la permanente manifestación de la gracia de Dios en nuestra vida. Pero que esta sea una oportunidad también para decirle al Señor: "Señor, haz conmigo como Tú quieras. Señor, aquí estoy yo. Permíteme mostrarte mi gratitud de diferentes formas, pero mostrarte mi gratitud para contigo. Y Señor, yo a Ti te pido que me permitas estar allí en el momento indicado, cuando Tú quieras obrar en mi corazón."
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José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor, y autor del libro Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024). Ha servido como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en la República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú, donde enseña en el Instituto Integridad & Sabiduría y colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y juntos son padres de su hija Adriana.