Integridad y Sabiduria
Sermones

El perdonado que no perdona

Héctor Salcedo 10 febrero, 2019

El perdón no es opcional para el cristiano: es la esencia misma del evangelio. La buena nueva consiste precisamente en que Dios nos ha propuesto una manera de ser salvos a través de su perdón en Cristo. Por eso, cuando Pedro pregunta cuántas veces debe perdonar a quien peca contra él y sugiere siete veces como límite generoso, la respuesta de Jesús resulta desconcertante: setenta veces siete, es decir, indefinidamente.

Para explicar por qué, Jesús cuenta la parábola de un rey que perdona a su siervo una deuda imposible de pagar: diez mil talentos, el equivalente a contratar diez mil soldados durante diecisiete años. Esa cifra representa lo que cada ser humano le debe a Dios por su pecado, una deuda que ni tú ni yo podemos calcular ni saldar. El siervo suplica paciencia y el rey, en un acto de compasión sobrecogedora, le perdona todo. Pero ese mismo siervo, al salir, encuentra a un compañero que le debe apenas cien denarios y lo ahoga exigiéndole el pago. La comparación entre ambas deudas es matemáticamente despreciable, virtualmente cero.

Cuando el rey se entera, su reacción es fulminante: "Siervo malvado". La falta de perdón es maldad delante de Dios porque menosprecia la gracia que nos salva. No deberías tú haberte compadecido de tu consiervo, así como yo me compadecí de ti. Esa pregunta no requiere respuesta; desarma todo argumento. Si hemos recibido una absolución del tamaño que recibimos, extender perdón a otros no es generosidad excepcional sino la única respuesta coherente. Una vida de perdón es, en sí misma, la proclamación más elocuente del evangelio de reconciliación.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

¡Fuimos llamados, hermanos, para vivir en su Palabra! Quisiera que abramos nuestras Biblias, o encendamos nuestras Biblias en el capítulo 18 de Mateo. Vamos a leer un versículo y a usarlo de introducción al mensaje, y luego entrar en el cuerpo del mensaje un poco más adelante. Vamos a leer el versículo 21 de Mateo 18. Nos dice así la Palabra: "Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces pecará mi hermano contra mí que yo haya de perdonarlo? ¿Hasta siete veces?"

Esa pregunta, yo sé que es una pregunta muy conocida por la mayoría de nosotros. Como dice el pasaje, es el momento en que Pedro le pregunta al Señor Jesús cuál es el límite del perdón, el número de veces que una persona debe perdonar a otra. Y así como la pregunta es famosa, también la respuesta es famosa, porque contiene la enseñanza de Jesús: que no siete veces, sino setenta veces siete. Y yo diría que es uno de los pasajes más conocidos de la Biblia, uno de los versículos más famosos de la Escritura.

Todo el mundo sabe —es una expresión muy dominicana— todo el mundo sabe que el perdón es un aspecto central en el cristianismo. El perdón de Dios por nosotros y el perdón de nosotros hacia otros es central en todas las enseñanzas de Jesús. Yo diría que si hay una enseñanza en la que se basa todo el mensaje cristiano, es el perdón. Esa es la buena nueva. La buena nueva es que Dios nos ha propuesto una manera en la que podamos ser salvos, y es su perdón a través de Cristo. Ese es el Evangelio. Y por tanto, entonces nosotros que hemos sido perdonados, hemos sido enviados al mundo también a tener una actitud constante de perdón hacia aquellos que están a nuestro alrededor.

Pero los discípulos, a pesar de que habían escuchado a Jesús enseñar acerca del perdón en múltiples ocasiones, ellos no tenían todas las cosas claras. Había cosas con respecto al perdón que todavía no les cuadraba mucho, les eran confusas, sobre todo por el ambiente en el que ellos se desenvolvían, como vamos a ver un poco más adelante. Y de hecho, esta pregunta que acabamos de leer en el versículo 21, donde Pedro pregunta: "¿Cuántas veces yo debo perdonar a mi hermano que peca contra mí?", es una de las lagunas que ellos tenían: ¿cuál es el límite del perdón? ¿Cuántas veces nosotros debemos perdonar? Y aunque Pedro es el que hace la pregunta, seguramente sería algo que estaba en la mente de todos. Pero como típicamente ocurría, Pedro hablaba primero y los otros decían: "Sí, yo también tenía esa pregunta en la cabeza".

Y la razón por la que Pedro pregunta esto aquí, en este pasaje en particular, es porque algunos versículos antes, si se fijan en el versículo 15, solamente subiendo unos versículos en su Biblia, se van a dar cuenta de la siguiente enseñanza. Jesús había dicho en el versículo 15: "Y si tu hermano peca, ve y repréndelo a solas; si te escucha, has ganado un hermano. Pero si no te escucha, lleva contigo a uno o a dos más, para que toda palabra sea confirmada por boca de dos o tres testigos. Y si rehúsa escucharlos, dilo a la iglesia".

Jesús está hablando ahí del proceso que nosotros la iglesia debemos seguir con un hermano que está en pecado reiterado y que está a la vista de algunos, a lo que el que ve debe ir en amor y decirle: "Hermano, estamos viendo esto", y confrontar y reprenderlo, es la expresión. Y si el hermano se arrepiente, dice: "Ganado un hermano". Evidentemente lo que está diciendo es: perdónalo y sigue caminando con él. Si no te escucha, ve con otros que lo puedan persuadir de su error, y si se arrepiente, pues gloria a Dios, hemos ganado un hermano, perdónelo.

Entonces, al final de ese pasaje, Pedro atinadamente, lógicamente, pregunta en el versículo 21, y vuelvo y leo: "Señor, ¿cuántas veces pecará mi hermano contra mí para que yo haya de perdonarlo? ¿Hasta siete veces?" Por eso es que pregunta eso ahí. O sea, este tema de confrontar al hermano y que él se arrepienta y yo lo perdone, ¿hasta cuándo nosotros vamos a durar en este proceso? ¿Hasta siete veces?

Y Pedro en ese momento usa el número siete por ninguna razón particular. En esa época los rabinos judíos entendían que una ofensa o un hermano podía ser perdonado, cuando era perdonado hasta tres veces, a lo más, no más de ahí. Y la razón que ellos decían y alegaban para decir que, digamos, el máximo número de perdón otorgado a alguien era tres, era porque en el libro de Amós, capítulo uno, Dios dice en cuatro ocasiones la siguiente expresión. Dice en Amós 1:3: "Así dice el Señor: Por tres transgresiones de Damasco, y por cuatro, no revocaré su castigo". Luego en el versículo 9 dice: "Por tres transgresiones de Tiro, y por cuatro, no revocaré su castigo". Y luego en el versículo 11: "Por tres transgresiones de Edom, y por cuatro, no revocaré su castigo".

Dios está indicando ahí que Él estaba procediendo a juzgar estas ciudades después de su tercera falta. Era una expresión literaria de decir que no les iba a dar oportunidad de fallar otra vez. Y ellos decían: "Bueno, si Dios perdona máximo tres veces, ¿cómo nosotros vamos a usar? ¿Perdonar más de tres veces?" O sea, que los rabinos entendían que a lo máximo que ellos podían perdonar eran unas tres ocasiones. Obviamente no vamos a entrar en ese detalle, pero Dios no estaba diciendo que Él tiene un límite al perdón. Si fuera así, ninguno estuviera más aquí, porque Dios no me ha perdonado tres, ni cuatro, ni cinco, ni cien, ni doscientas veces, o sea, incontables veces, incontables veces.

Pero Pedro, que era un hijo de su cultura y de su entendimiento religioso —bueno, los rabinos dicen que es tres máximo, tres, bueno, es mucho— Pedro pensaba que se la estaba comiendo cuando dijo siete. "¿Hasta siete veces, Señor, debo perdonar a mi hermano?" Y la sorprendente e impactante respuesta de Jesús a Pedro y a los discípulos está en el versículo siguiente, versículo 22: "No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete".

Esto es desconcertante. Eso culturalmente inaceptable, digamos, carnalmente muy difícil. Porque, ¿cómo un ser humano caído puede extender el perdón de manera indefinida? La idea aquí no es setenta veces siete; de hecho, en el original lo que dice es setenta y siete veces. Y Jesús no está indicando que en el número 78 tú ya digas: "Ya terminé con este individuo, setenta y ocho veces no te voy a perdonar, setenta y siete sí, pero setenta y ocho no". Eso no es lo que le está diciendo. Él está diciendo: indefinidamente. ¿Cuántas veces debo perdonar a mi hermano que peca contra mí? La respuesta de Jesús: indefinidamente, indefinidamente.

En Lucas 17, que hay un pasaje paralelo, en el versículo 3 dice lo siguiente: "Si tu hermano peca, repréndelo; y si se arrepiente, perdónalo. Y si peca contra ti siete veces al día, y vuelve a ti siete veces diciendo: 'Me arrepiento', perdónalo". ¡Wow! Qué actitud en la que nosotros estamos llamados a mostrar contra los que fallan contra nosotros, contra los que nos ofenden, contra los que nos hieren, contra los que pecan contra nosotros: una actitud de gracia y de misericordia indefinida.

Esto es algo chocante. Porque, ¿cómo así que no debemos tener un límite para los que reiteradamente nos ofenden y nos hieren? Eso no procede, eso como que no es justo. Porque yo tendría que perdonar a una persona, sea quien sea, que de manera reiterada hace cosas contra mí. ¿Por qué, Jesús, yo tengo que perdonar indefinidamente a los que me ofenden?

Y Jesús entonces expone la parábola que vamos a estudiar a continuación. Y la respuesta a la pregunta "¿por qué yo tengo que perdonar a aquellos que de manera reiterada me ofenden y me agreden?", la respuesta de Jesús, de manera resumida: porque Dios ha hecho lo mismo contigo. Porque tú y yo ofendemos de manera reiterada y repetitiva a Cristo, a Dios, y reiteradamente el Señor nos extiende su perdón y su gracia. Y esa es la respuesta que nosotros encontramos en la parábola.

O sea, esta parábola tiene el objetivo de ilustrar, o más bien de explicarle a Pedro, por qué es que nosotros tenemos que perdonar. ¿Y qué ocurre cuando nosotros no perdonamos? ¿Qué ocurre cuando nosotros retenemos el perdón que hemos recibido? Que le negamos el perdón a otros cuando Dios no nos ha negado el suyo a nosotros.

Y en el versículo 23 comenzamos entonces a leer la parábola, que es el grueso de mi mensaje: explicar y aplicar esta parábola que encontramos aquí. Nos dice así el versículo 23 de Mateo 18: "Por eso el reino de los cielos puede compararse a cierto rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Y al comenzar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos. Pero no teniendo él con qué pagar, su señor ordenó que lo vendieran junto con su mujer e hijos y todo cuanto poseía, y así pagar la deuda. Entonces el siervo cayó postrado ante él diciendo: 'Ten paciencia conmigo y te lo pagaré'. Y el señor de aquel siervo tuvo compasión, y lo soltó, y le perdonó la deuda. Pero al salir aquel siervo, encontró a uno de sus consiervos que le debía cien denarios, y echándole mano lo ahogaba diciendo: '¡Paga lo que debes!' Entonces su consiervo, cayendo a sus pies, le suplicaba diciendo: 'Ten paciencia conmigo y te pagaré'. Sin embargo, él no quiso, sino que fue y lo echó en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Así que cuando vieron sus consiervos lo que había pasado, se entristecieron mucho, y fueron y contaron a su señor todo lo que había sucedido. Entonces, llamándolo su señor, le dijo: '¡Siervo malvado! Te perdoné toda aquella deuda porque me suplicaste. ¿No debías tú también haberte compadecido de tu consiervo, así como yo me compadecí de ti?' Y enfurecido su señor, lo entregó a los verdugos hasta que pagara todo lo que debía. Así también mi Padre celestial hará con vosotros, si no perdonáis de corazón cada uno a su hermano".

Esta parábola se explica casi por sí misma. Requiere poca explicación. Yo simplemente voy a profundizar en algunos detalles para dimensionar apropiadamente los detalles de esta parábola.

Para que hay tres escenas claramente: una primera escena donde vemos al rey perdonando, una segunda escena donde vemos al siervo no perdonando, el siervo rencoroso, y una tercera escena donde vemos al rey juzgando al siervo rencoroso. Son las tres escenas que vemos aquí y es la forma como voy a exponer la parábola haciendo uso de estas escenas.

La primera escena entonces, la escena del rey que perdona, la escena del perdón del rey. Jesús comienza diciendo: "El reino de los cielos puede compararse a cierto rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos." Cuando Cristo habla del reino de los cielos es así, lo que está diciendo es cómo es que Dios permite que las cosas funcionen. ¿Cómo es que realmente ocurren las cosas del punto de vista de Dios? Déjenme decirles cómo es que opera Dios en este asunto del perdón. El reino de los cielos, en lo concerniente al perdón, déjenme explicarles cómo es que funciona. El reino de los cielos puede compararse, déjenme decirles cómo es que funciona esto.

A un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos, y esto así hace uso de una costumbre de la época o algo que era normal en la época. El imperio romano de hecho tenía su imperio dividido en provincias, en ciudades y en poblaciones. Y cada ciudad, cada población tenía un gobernador arriba, un gobernador que era siervo del rey, del emperador. Cada cierto tiempo, este gobernador que era siervo del emperador se le llamaba a rendir cuentas, porque había impuestos y tributos que se pagaban en estas ciudades. Y eso es lo que vemos aquí, un rey que llama a su siervo, a su gobernador, a pedir cuentas.

Entonces, por lo visto, en este caso, le fue presentado un siervo que le debía diez mil talentos. Por lo visto, este gobernador, este siervo, había cobrado dinero, impuestos, tributos y no lo tenía. Pura coincidencia, si hay alguna similitud, pero no lo tenía. Sí había robado el dinero de los impuestos, sí había robado el dinero que le correspondía cobrar. Y la cantidad que se nos dice aquí es una cantidad exorbitante. Jesús usa, dice que le debía diez mil talentos. Diez mil era el número más grande del idioma griego, el diez mil era el número más grande que tenía nombre, y talento era la unidad monetaria más grande, como los dos mil pesos de nosotros, que no hay moneda más grande en República Dominicana que los dos mil pesos. Un talento era la moneda más grande que había en la época y diez mil era el número más grande. ¿A qué creen ustedes que Cristo está apuntando? Esta deuda era exorbitante.

Pero si le ponemos valor para que tengan una idea a lo que Cristo está apuntando, si le ponemos valor, un talento, él debía diez mil, pero un talento equivalía a seis mil denarios, y un denario era equivalente al pago de un trabajador por un día o de un soldado por un día. Por lo tanto, una deuda de diez mil talentos, esa cantidad de dinero representaba que yo podía tener diez mil soldados contratados por diecisiete años. Esa era la cantidad que Jesús está hablando aquí. O sea, el monto que pagaría diez mil soldados por diecisiete años de servicio. Si lo llevamos eso a pesos y le ponemos un salario a cada soldado de quince mil pesos, nos da un monto de treinta mil millones de pesos, como seiscientos quince millones de dólares a hoy, todos los cuartos del mundo. Todo el imperio romano en toda Palestina recaudaba novecientos talentos por año, y este le debía diez mil talentos. No voy a seguir profundizando. La idea es: este individuo le debe al rey una deuda impagable.

No había manera de que él pudiera pagar. Él era insolvente frente a la deuda que había adquirido frente a su rey. Y ojo, él sabía eso y él cae postrado ante el rey. Él sabía que no tenía con qué pagar y le apela a la paciencia y a la misericordia del rey, porque él sabe que no tiene con qué pagar. A pesar de eso, lo que dispone es que lo vendan junto con sus posesiones y sus hijos, que era lo que la ley establecía en la época. Aunque eso no representaba nada comparado con la deuda, pero era lo que la ley establecía. Y ante el clamor del siervo, el rey de manera sorprendente, el versículo 27 nos dice: "Y aquel señor tuvo compasión y lo soltó y le perdonó."

Un rey típico en esa situación hubiese condenado a este individuo a lo peor que puede acontecerle a una persona. Pero este no era un rey típico. Recuerden que este rey representa a Dios en la parábola. Dios no es un rey típico. Y Dios no nos trata conforme a nuestros pecados ni conforme a nuestras iniquidades. Si Dios nos pasara factura, hermanos, todos nosotros tendríamos sobre nosotros... De hecho, todos nosotros tenemos sobre nosotros una deuda que es impagable frente a Dios. Absolutamente impagable.

Nuestros pecados son más de lo que nosotros pensamos y son peores de lo que nosotros pensamos. Nosotros no tenemos una visión divina de nuestros pecados. Nosotros tenemos una visión humana y es muy conveniente para nosotros. Nosotros no vemos nuestros pecados tan rojos, tan oscuros, tan profundos, como realmente son. Por lo tanto, la deuda que nosotros hemos adquirido con Dios ni tú ni yo la podemos calcular de manera precisa. Es como este número que Cristo dio. Lo máximo que alguien le puede deber a otra persona, esto es lo que tú le debes a Dios. Es eso lo que este siervo le debía a su rey.

Y como les digo, sorpresivamente y de manera chocante, este rey no le exige la deuda al siervo, sino que le concede el perdón total y absoluto, la total absolución de la deuda, ante el simple ruego de un siervo. ¿Y no es así que nosotros venimos al Señor? ¿No es eso lo que se nos requiere? ¿No es por gracia que somos salvos por medio de la fe, y esto no es de vosotros, sino que es don de Dios, para que nadie se gloríe? ¿No es así que nosotros venimos a la fe? ¿No es ante el simple ruego que Dios nos concede gracia, nos concede misericordia, frente a una deuda impagable?

Y entonces, ¿qué pasó con la deuda? ¿Y quién pagó ese dinero? En la parábola no se nos dice, pero nosotros sabemos que en la realidad, quien pagó tu deuda y mi deuda fue Cristo en la cruz. Esa deuda no quedó abierta. Dios recibió su pago, pero no de nosotros, de su Hijo Jesús. Porque el castigo por nuestra paz cayó sobre él, dice Isaías 53. Y por sus heridas nosotros fuimos sanados, fuimos perdonados. La deuda que ni tú ni yo podíamos pagar, el Hijo que sí era solvente, moralmente frente a Dios, sacó de su riqueza y pagó la deuda que tú y yo teníamos.

Esa es la escena del perdón concedido por el rey, pero hay una segunda escena que comienza en el versículo 28. La escena del siervo que no perdona, el siervo rencoroso. Dice: "Pero al salir aquel siervo, encontró a uno de sus consiervos que le debía cien denarios, y echándole mano, lo ahogaba diciendo: Paga lo que debes. Entonces su consiervo, cayendo a sus pies, le suplicaba diciendo: Ten paciencia conmigo y te pagaré. Sin embargo, él no quiso, sino que fue y lo echó en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Así que cuando vieron sus consiervos lo que había pasado, se entristecieron mucho y fueron y contaron a su señor todo lo que había sucedido."

El siervo que había recibido el perdón del rey, ahora sale de la presencia del rey con un alivio impresionante. Imagínense lo que es eso, señores. Imagínense lo que es deber todo lo cual todo el mundo y que a ti te digan: "Oye, olvídate de eso." De hecho, por ahí dice una expresión que leí en algún momento, dice que el rico nunca va a experimentar el placer de pagar el último pagaré. Hay un sentido de cumplimiento, de satisfacción, cuando lo que debo o lo pagué o me lo perdonaron. Impresionante. En este caso, si este individuo le daba mente al hecho de que su deuda era impagable y de que sencillamente ante su ruego el Señor se había compadecido de él, lo había perdonado, él debía sentir un alivio extraordinario.

Y dice que sale de ahí, ve a su consiervo que le debía cien denarios. Cien denarios, como ya dije, un denario era el equivalente al pago de un día de un soldado. O sea, que le debían cien días de salario. A él se le perdonaron diecisiete años de diez mil soldados. A él le debían cien días de un soldado, ¡y el barbarazo! Dice que echándole mano... Recuérdense que estos son, aquí están representados aquellos que retienen el perdón cuando han recibido perdón de parte de Dios. Todos somos unos barbarazos si hemos estado en esta situación de retener el perdón cuando hemos recibido perdón de parte de Dios.

Echándole mano lo ahogaba. Este individuo que le debía esta pequeña cantidad de dinero, la comparación, hermanos, entre una cantidad y otra no vale ni la pena hacerla. De hecho, si tú lo tratas de hacer matemáticamente, el porcentaje que te da es lo que nosotros decimos matemáticamente despreciable, virtualmente cero. ¿Cuánto representa esto de la otra deuda? Casi cero, nada, eso no tiene sentido que lo comparemos. Ese es el punto de Jesús, que lo que el otro le debía, que lo que tú le debes a Dios, no tiene comparación con lo que te deben a ti. No es comparable, no es en absoluto comparable lo que te han hecho a ti frente a lo que tú y yo le hemos hecho a Dios con nuestro pecado hacia él.

Entonces, esta comparación recalca lo absurdo de la falta de perdón en el cristiano. Recalca lo injusto, yo diría, de la falta del perdón del cristiano. Fíjense algo, el versículo 30 dice literalmente que cuando él recibió el ruego de su consiervo, el mismo ruego, dicho sea de paso, que él le dice a Dios: "Ten paciencia conmigo y te lo pagaré." Exactamente, Jesús toma las mismas palabras que él empleó hacia Dios: "Ten paciencia conmigo y te lo pagaré." Ahora el siervo le dice: "Ten paciencia conmigo y te lo pagaré", y dice que sin embargo, el versículo 30, él no quiso. Su decisión fue: no te lo voy a perdonar.

Y eso es la falta de perdón, una decisión. Así como el perdonar es una decisión, la falta de perdón es una decisión que yo tomo, una decisión de mi voluntad, que no te voy a perdonar. Yo no estoy entrando aquí en las complejidades emocionales de sentir que yo quiero perdonar a alguien.

Así sabemos que eso es complicado cuando hemos sido heridos, cuando hemos sido ofendidos, agredidos, humillados. Sabemos que a veces nuestro corazón no quiere perdonar, ciertamente. Eso tiene sentido, que no queramos perdonar. Lo que pasa es que aquí la lógica de Cristo no es si tú te sientes o no te sientes con el deseo de perdonar; es que como tú has sido perdonado, tú no puedes retener el perdón, porque sería un eco incorrecto. El perdón que tú pides para ti es el mismo perdón que se te pide que tengas con otros. Olvídate de cómo tú te sientes; sencillamente, otorga y da lo que tú has recibido por medio de Cristo.

Pero él no quiso, dice la expresión. Él no quiso, él decidió: "Este me la paga, este me la paga, yo le voy a cobrar." ¿Y cómo se ve eso en otras vidas prácticas? Tiene muchas manifestaciones ese deseo de "yo te voy a cobrar." A veces es un deseo de ocasionarle mal al otro, literalmente. Yo quiero que le vaya mal, y no lo digo así, no oro así, pero es mi intención, y cuando le va algo mal, yo adentro como que tengo una especie de gozo perverso. A veces lo que he decidido es: "Yo a esa persona ni le hablo." A veces toma la forma de una irritabilidad hacia esa persona constante, que yo no quiero, yo no puedo tratarla bien, porque hay un rencor y una amargura dentro de mí que no me permite tratarla bien. A veces lo que se manifiesta es una ruptura completa de la relación.

A veces hay matrimonios en esta condición, a veces hay relaciones de hijos y padres en esta condición, relaciones de hermanos en esta condición, donde yo prefiero la ruptura a la reconciliación. "Yo me siento mejor así." ¡Ay, gracias, Señor, que tú no preferiste la ruptura! Dios prefirió la reconciliación. Y sí, la reconciliación de nosotros con Dios le costó su Hijo. Sí es costosa la reconciliación, sí requiere un precio, hay un dolor, sí, pero la reconciliación siempre es superior a la ruptura.

Y este individuo en el versículo 28 dice que ahogaba a su deudor. Eso revela un poco la intensidad emocional del rencor y del resentimiento, y cómo hacemos al otro nuestro deudor perpetuo. Y obviamente, el versículo 31 nos dice que los consiervos se entristecieron mucho. Otra traducción dice "se enfurecieron mucho," porque la falta de perdón y de reconciliación afecta a los que están a nuestro alrededor.

Algunos podrán pensar: "Bueno, ¿y si la persona no viene y me pide perdón? ¿Y si la persona no tiene ningún tipo de señal de arrepentimiento, qué hago?" La Palabra dice: perdónalo en tu corazón. Eso fue lo que Cristo hizo en la cruz: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen." Pero esa gente no le estaba pidiendo perdón a Cristo. ¿Y por qué Cristo pide que lo perdonen? Porque es una decisión que yo tomo de liberar al deudor. ¿Por qué? Porque yo he sido liberado también por Dios en mi pecado.

La tercera escena entonces —la segunda escena era el rencor del siervo— la tercera escena: la primera era el perdón del rey, el rencor del siervo, y ahora viene la tercera escena, el juicio al siervo rencoroso, versículo 32. "Entonces, llamándolo su señor" —cuando se entera de lo que ha pasado— "llamándolo su señor, le dijo: 'Siervo malvado, te perdoné toda aquella deuda porque me suplicaste. ¿No debías tú también haberte compadecido de tu consiervo, así como yo me compadecí de ti?' Y enfurecido, su señor lo entregó a los verdugos hasta que pagara todo lo que debía."

Y aquí ahora, de manera chocante: "Así también mi Padre celestial hará con vosotros, si no perdonáis de corazón cada uno a su hermano."

Versículo 32: entonces el señor, el rey, se entera de la falta de perdón, de la falta de misericordia del siervo que él ha perdonado, y le dice: "Ven acá, ven acá." Y tiene una conversación distinta ahora con el siervo rencoroso. La expresión, la primera expresión que el rey tiene con el siervo rencoroso, es chocante: "Siervo malvado." ¿Por qué es chocante? Porque es lo que Dios piensa cuando nosotros no perdonamos. La falta de perdón es una maldad delante de Dios.

"Siervo malvado." Acuérdense que estamos... Cristo está diciendo: "Déjeme decirle cómo funciona el reino de Dios en cuanto a esto del perdón, y qué es lo que Dios piensa con respecto a este tema del perdón y la falta de perdón." ¿Qué piensa Dios de la persona que no perdona de corazón a su hermano? "Siervo malvado."

Y eso para mí me debe llevar a la reflexión cuando yo soy tentado a retener las faltas y las ofensas y las heridas que contra mí se producen, que contra mí se hacen. Cristo no minimiza en ningún momento el dolor de una falta o de una agresión o de una ofensa. Él no lo minimiza, ni yo tampoco quiero hacerlo. Lo cierto es, hermanos, que en este mundo caído lleno de pecadores, ninguno nos vamos a ir invictos. Aquí todos vamos a perder algo, y mucho, de alguna manera. Y va a haber dolor, y va a haber complicaciones del alma, y va a haber dificultades, y va a haber problemas con la gente.

¿O alguien puede levantar la mano y decir que no ha tenido problema con la gente? Bueno, quizás levanta la mano un niño de un año allí, pero no está en el nursery, no lo va a hacer. Pero un niño de un año dirá quizás: "Bueno, yo tenía un pequeño problema con mi papá." Todos, hermanos, todos, hermanos, venimos teniendo relaciones, y las relaciones que tenemos, con las múltiples relaciones que tenemos, vamos acumulando heridas, acumulando dolores, acumulando rencores y resentimiento y amargura, y nos vamos agriando. Porque todo el mundo nos debe: porque tú me debes un saludo, porque tú me debes un respeto, porque tú me debes una consideración, porque tú me debes, porque tú me debes, porque tú me debes. Todo el mundo es nuestro deudor. Somos agrios.

¿Usted ha invitado a alguien más agrio que alguien a quien se le debe, que quiere cobrar? ¿A usted le ha llamado una oficina de cobro compulsivo? El cobrador es agrio, ¿o no? El cobrador es agrio. Y cuando yo tengo una actitud de cobro hacia los demás, yo me agrio contra los demás.

Aquí Dios le dice: "Siervo malvado." Y en el versículo 33, entonces Dios hace una pregunta penetrante al siervo, penetrante. Dios le dice: "¿No debías tú haberte compadecido de tu consiervo, así como yo me compadecí de ti?" ¡Ay, ay, ay! Esa pregunta no hay que responderla. Eso desarmó al siervo malvado, eso desarmó al siervo rencoroso. Su respuesta inmediata debió ser: "Claro, mi Señor, claro, mi Señor, que si yo he recibido una absolución y un indulto del tamaño que lo recibí de parte tuya, claro que yo debía extender el perdón y la gracia y la misericordia a aquellos que me la pedían, de la misma manera que yo te la pedía a ti."

Fíjense que la expresión que usa el consiervo para pedir perdón es la misma que usa el primer siervo cuando va frente al rey, y Cristo hizo así la parábola. Porque es lo que nosotros hacemos: es que yo voy a donde Dios y le pido perdón al final del día o al principio del día: "Señor, perdóname por esto, por esto, por esto, por esto," y nosotros pensamos que Dios nos va a perdonar ciertamente, y correctamente lo pensamos bien, porque es un Dios de gracia y de misericordia, por eso Dios perdona. Entonces ahora, cuando nosotros nos volteamos a nuestros hermanos habiendo recibido el perdón de Dios, y alguien necesita nuestro perdón, y nosotros decimos: "No, a ti no, no. Por eso no, no. No de esa manera, no. Tú tienes que arrodillarte más bajito. Tú tienes que sufrir un chin para que yo te conceda la libertad, la liberación de tu deuda conmigo. No va a ser tan fácil."

De hecho, la falta de perdón es más malvada en un creyente, dice MacArthur, porque la negativa de perdonar a otro es un menosprecio de la gracia que lo salva, porque Dios tiene conmigo la misma gracia que se me requiere que tenga con otros.

Entonces Jesús sigue diciendo en el versículo 34: "Entonces el rey, enfurecido..." Dios es el rey. Está enfurecido contra los que no perdonan. Así que Dios va a lidiar con esto. Y el rey se dispone entonces a lidiar con la falta de perdón de este siervo rencoroso. Y nos dice el versículo 34: "Y lo entregó a los verdugos hasta que pagara todo lo que debía."

¿A qué se refiere esta expresión? ¿A qué se refiere esta expresión? Algunos han dicho que se refiere a que el que no perdona, Dios lo va a condenar al infierno, literalmente. Algunos entienden que eso es lo que significa, porque la descripción de que se le entrega a los verdugos para que pague toda su deuda es un sufrimiento infernal lo que se está describiendo.

Pero nosotros entendemos que esa no es la mejor interpretación o no es la interpretación adecuada, porque aquí Jesús le está hablando a sus discípulos. Es una pregunta de Pedro que genera toda esta explicación. ¿Y Jesús le está diciendo que se van al infierno a los discípulos de Jesús? Son sus ovejas, Él las ama. Este no es el trato que Dios le va a dar a sus hijos. Si somos hijos, somos coherederos con Cristo, estamos seguros en sus manos. Pero esta actitud es algo que enfurece a nuestro Señor y ofende su carácter.

Algunos dicen: "Bueno, pues tiene que ser un cristiano que pierde su salvación, o sea, que Dios le va a quitar la salvación porque él no perdonó, y por lo tanto sencillamente se va al infierno ahora." Pero no puede ser eso tampoco, porque la salvación no es por obras, para que nadie se gloríe.

Entonces, ¿a qué se refiere esto? Se refiere al trato disciplinario de Dios con aquellos hijos que deciden no perdonar, que deciden no perdonar a otros. Cuando yo mantengo una actitud de falta de perdón y en resentimiento y rencor y amargura en mi corazón hacia los demás, lo que este último texto me dice, este versículo 34, versículo 35, me dice: Dios va a tratar conmigo, me va a disciplinar duramente, por lo visto, por la forma, por la expresión que usa. Me va a disciplinar duramente.

Y quizás uno pudiera decir: "¿Cómo que Dios va a disciplinar duramente a sus hijos?" Sí, Dios es un Dios de gracia y de verdad.

Y muchas veces la verdad requiere atención a ciertos aspectos de nuestra vida que no pueden seguir así, que tienen que ser confrontados, que Dios tiene que producir dolor para que haya cambio, que Dios tiene que podarnos, según los términos de Juan 15, que él es el viñador y él poda para que demos más frutos. A veces sentimos como que Dios nos está podando, que Dios está cortando partes de nosotros dolorosamente, pero dice la Biblia que amorosamente. Dolorosamente, pero amorosamente. Y yo creo que todos los que hemos tenido hijos aquí sabemos que esa combinación es posible. Es posible producir dolor en una persona amando a esa persona, porque cuando tenemos que disciplinar a nuestros hijos por cosas que ellos necesitan ser disciplinados, nos duele y les duele a ellos, pero es un acto de amor, dice la Biblia.

Entonces Dios va a tratar con nuestra falta de perdón y con nuestros rencores de manera amorosa. Él no lo va a dejar pasar por alto y a veces va a ser duro con nosotros, porque ¿cómo va a ser que nosotros no nos compadezcamos cuando nosotros hemos recibido tal compasión de parte de él? Esa es la razón por la que el Padre Nuestro, todos conocen la oración de Mateo 6 que es conocida como el Padre Nuestro, en el centro de esa oración breve pero muy significativa, en el centro dice: "Padre, perdónanos nuestras deudas, como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores." ¿Se recuerdan esa parte? Perdona nuestros pecados, como también nosotros hemos perdonado a otros que han pecado contra nosotros.

De la oración del Padre Nuestro en Mateo 6, Cristo termina la oración y luego en los versículos 14-15, fíjense lo que Cristo agrega. Ya no es parte de la oración, o sea, él termina la oración del Padre Nuestro y agrega lo siguiente: "Porque si perdonáis a los hombres sus transgresiones, también vuestro Padre celestial os perdonará a vosotros." Ya está claro, ¿verdad? Pero por si quedó algo que no está claro: "Pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre celestial perdonará vuestras transgresiones." Lo dice en el Padre Nuestro, lo dice abajo de manera positiva y de manera negativa, para que no quede duda que la actitud esperada de Dios en el corazón de todo creyente es que extienda el perdón a aquellos que han transgredido o han pecado contra nosotros. Eso está clarísimo; de lo contrario, Dios lidiará con esa actitud.

El pastor John MacArthur añade, dice: "Estoy convencido de que multitudes de cristianos sufren de estrés, depresión, desánimo, problemas de relaciones y toda clase de otras penalidades porque se niegan a perdonar. El perdón de todo corazón pone en libertad inmediata a la persona y lo libera de sus verdugos." Y ese proceso glorifica a Dios.

Algunas enseñanzas, simplemente a manera de resumen de lo que hemos visto. Algunas aplicaciones a nuestras vidas, sé que ya ha habido algunas, yo sé, pero en primer lugar, esta parábola nos deja ver claramente que ni tú ni yo le podemos pagar a Dios nuestro pecado. Nosotros somos hermanos insolventes, espiritualmente hablando. Somos insolventes morales. Ni tú ni yo tenemos los millones morales que Dios necesita para considerar. La gracia es un regalo, no es un pago. No importa lo bueno, ejemplar, respetuoso, cumplidor, responsable que tú creas y yo crea que hemos sido, nos quedamos muy cortos con respecto a la perfección de Dios. Todo ser humano frente a Dios es un deudor que le debe todos los millones del mundo. El que piensa diferente está fuera del reino de los cielos, literalmente.

Si yo voy a ser parte del reino de los cielos, lo primero que yo tengo que entender es que yo estoy aquí por la gracia y la misericordia de Dios, no por mi propia rectitud, no por mi propia justicia. Por eso fue que Cristo vino. Como ni tú ni yo tenemos la justicia que es necesaria, Cristo tuvo que venir y morir por nosotros para él pagar lo que yo debía. Y eso es lo primero que vemos aquí: mi deuda es impagable, mi única esperanza es que yo recurra al Rey bondadoso y que él me perdone en base a lo que Cristo hizo en la cruz. Es la única esperanza de todo ser humano.

La segunda cosa, hermanos, que podemos estar seguros de esta parábola, es que si yo recurro de esa manera, si yo vengo a él en arrepentimiento y sumisión y le pido perdón al Señor, yo sé que yo no puedo pagar lo que yo le debo. Él tiene suficiente gracia y suficiente misericordia de sobra para saldar mi deuda y tu deuda y tu deuda y tu deuda. No hay deuda grande para la misericordia y la gracia de Dios.

En tercer lugar, hermanos, una vez perdonado, perdona. Extiende la gracia que tú mismo le pediste al Señor. El perdón que tú recibiste, extiéndelo. Dios te ha dado misericordia, extiéndela. Hay ocasiones en que esto es difícil, sí, porque hay faltas que se cometen contra nosotros que muchas veces son graves, que son dolorosas, que son profundas, sí. Recuerda, nunca son mayores que la que tú le infligiste al Señor. Y segundo, perdonar es una decisión que cuando tú la tomas, la gracia de Dios obra, te impulsa, te impulsa a sentir correctamente. Pero si tú esperas el sentimiento antes de tomar la decisión, nunca va a llegar porque nuestro corazón caído no va a dejar que suceda.

Y por último, si tú te rehúsas a perdonar cualquier falta que se haya cometido contra ti, grande o pequeña, Dios va a tratar contigo, Dios va a tratar conmigo. Él no va a dejar eso impune, él no va a dejar eso debajo de la alfombra. Si tú eres su hijo y yo soy su hijo, él va a lidiar amorosamente pero duramente conmigo, para que yo finalmente entienda que si yo he recibido gracia yo tengo que extenderla a otros.

Esa es la mejor manera de predicar el evangelio, hermanos. Una vida de perdón es por sí sola la proclamación de la reconciliación que hemos tenido en Cristo. ¡Qué fácil se hace cuando yo sé perdonar y alguien me ve y alguien es testigo de eso! Yo decir: eso hizo Dios conmigo. ¡Qué fácil! ¡Qué puente tan sencillo es cuando yo tengo una vida de gracia, de misericordia, poderla ilustrar a otros, el mensaje que yo digo predicar! Pero a veces entre nosotros lo que se ve es otro mensaje, por la testarudez de nuestros corazones y la dureza de nuestros corazones, a extender lo que hemos recibido.

Que el Señor sea con nosotros, hermanos, y nos lleve a ser una comunidad que ame como Dios ama y perdone como Dios perdona.

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.