Los cristianos han sido trasladados espiritualmente a un reino celestial aunque permanezcan físicamente en este mundo. Esta tensión entre pertenecer a otro lugar y vivir aquí define la experiencia del creyente y explica por qué tantos luchan con insatisfacciones existenciales: intentan vivir una vida eterna con la mente puesta en lo temporal. Primera de Pedro ofrece la clave para navegar esta realidad: una perspectiva eterna que permite perseverar con fidelidad en medio del dolor, las distracciones y las tentaciones.
El apóstol Pedro, transformado radicalmente desde sus días de impulsividad y negación hasta convertirse en un líder dispuesto a sufrir por Cristo, escribe a creyentes dispersos en cinco provincias romanas. Los llama "elegidos" y "expatriados", términos que revelan tanto el estatus privilegiado del creyente como su condición de extranjero en este mundo. Usando el lenguaje de Ezequiel, donde Dios describe cómo encontró a Israel abandonada, ensangrentada, y la transformó en una novia hermosa, el pastor Núñez ilustra la ternura con que Dios nos rescató cuando éramos enemigos suyos, sin atractivo alguno.
La elección divina viene acompañada de responsabilidad: obedecer a Jesucristo. Esta obediencia no nace del miedo al castigo sino del amor cultivado por el Espíritu Santo. Como dijo Jesús: "Si alguno me ama, guardará mi palabra." La obediencia voluntaria produce estabilidad ante las tormentas, gozo genuino y prosperidad según los caminos de Dios. La gracia es el motor que impulsa toda la vida cristiana, desde la regeneración hasta la disciplina, capacitando al creyente para vivir como peregrino en tierra extraña mientras anhela una patria mejor: la celestial.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Bueno, como mencioné, iniciamos una nueva serie en el día de hoy acerca de la Primera Epístola de Pedro. Habíamos concluido una serie acerca de la Segunda Epístola de Pedro y Judas, cuyo tema tenía que ver con los falsos maestros y el espíritu de la apostasía detrás de esa falsa enseñanza. Esta serie es distinta en su temática. No es una serie relacionada en lo más mínimo a enseñanzas de falsos maestros, falsos profetas o apóstoles; es más bien una serie que nos ayuda a ver cómo el cristiano puede y debe tener esperanza en medio de las peores dificultades de este mundo.
Nosotros pudiéramos decir que esta epístola tiene cuatro temas principales, y esto es como un resumen desde el inicio de lo que estaremos viendo en las próximas semanas o meses. Cuatro temas vitales, primordiales: el sufrimiento, la esperanza, las promesas de Dios que nos sostienen de este lado de la eternidad, y número cuatro, el cuidado paternal de Dios que nos llamó a Su presencia. Es una carta breve, cinco capítulos, pero la importancia de la carta es monumental. De hecho, algunos han dicho que la importancia de la carta es desproporcionada con la brevedad de la misma. Martín Lutero decía que Primera de Pedro es una de las obras más significativas y productoras de convicción de todo el Nuevo Testamento.
Es una carta que, en términos de citas y alusiones al Antiguo Testamento, sobrepasa a la carta de los Romanos y sobrepasa a la carta a los Hebreos, lo cual es difícil de concebir cuando tú puedes ver la relación tan estrecha que el libro de Hebreos guarda con el Antiguo Testamento. El autor de la carta es Pedro. La Iglesia Primitiva, de manera uniforme, así lo aceptó. Los padres de la Iglesia —Papías, Clemente, Eusebio— todos atestiguaron que Pedro había escrito esta carta. Se piensa que Pedro la escribió alrededor del año 65 de nuestra era, cuando se encontraba en Roma, donde terminó siendo crucificado. De acuerdo a la tradición, Pedro pidió que fuera crucificado cabeza abajo, porque no se consideraba digno de ser crucificado de la misma manera que su Maestro, y se piensa que dicha crucifixión ocurrió alrededor del año 67.
Algunos han dudado la autoría de esta carta por parte de Pedro, como ha sido cuestionada la autoría de cada libro de toda la biblioteca bíblica. Una de las razones por las que la autoría de Pedro ha sido cuestionada es porque, de acuerdo a los académicos, el lenguaje del griego es altamente pulido, tanto en vocabulario, en gramática como en la semántica. Sin embargo, nosotros pudiéramos decir, por un lado, que al final del camino quien inspira cada palabra que fue escrita es el Espíritu de Dios, de manera que eso sería como una forma sobrenatural de resolver el problema fácilmente. Pero hay una forma más natural de poder pensar en lo que pudo haber pasado, y es que el mismo Pedro testifica en el capítulo 5 de esta carta que él escribe y envía esta carta por medio de Silvano, que es el mismo Silas que acompañó a Pablo en sus viajes misioneros. Silas, Silvano, tenía ciudadanía romana, y algunos especulan que probablemente era un hombre más educado que el mismo Pedro. Si él escribió esta carta a través de un secretario —lo cual era muy común—, entonces quizás eso explica lo sofisticado del lenguaje.
Como en cada serie, elegimos un título para la serie, y luego cada sermón tiene su propio título. El título de esta serie es: "Viviendo con una perspectiva eterna". Es mi convicción, más que opinión, que la mayoría de nuestros problemas como cristianos derivan del hecho de que Dios nos ha dado una vida eterna que pertenece a un reino diferente, pero seguimos viviendo esa vida eterna —que nos fue entregada al momento de nuestra regeneración— con la mirada puesta en este mundo, con expectativas que este mundo no puede llenar, y con insatisfacciones que al final del camino solamente Cristo podrá llenar de aquel lado de la eternidad.
Dios ha puesto en nuestro corazón el sentido de lo eterno, dice Eclesiastés 3:11. Al momento en que tú naciste de nuevo, fuiste trasladado literalmente de un mundo terrenal a un mundo celestial, aunque geográficamente tu localización no cambió. Por eso es una realidad lo que acabo de decir. De hecho, el Señor Jesús, orando en esa oración trinitaria que se encuentra en Juan 17 —una oración del Hijo al Padre, una de las oraciones a la que yo más frecuentemente voy para saturarme un poco más de lo que es esa Trinidad—, en esa oración Cristo le dice al Padre, orando por los discípulos: "Ellos no son del mundo". No, ellos nacieron en este mundo, sí; han estado en este mundo, están en este mundo, pero no son del mundo, como yo tampoco soy del mundo.
Nosotros, desde un punto de vista espiritual, ya no estamos en este mundo, y si eso es verdad, no puedo vivir aquella vida, en aquel mundo, con la mente de este mundo. Y esa es la razón —esa idea de que realmente este no es mi mundo— lo que hace que en algunos de nosotros sintamos con cierta frecuencia el deseo, el anhelo de partir y estar ya del otro lado de la eternidad. Porque yo no deseo estar en este mundo, este mundo no me es atractivo, este mundo no tiene nada que me conquiste. Por tanto, tú escuchas al apóstol Pablo decir que no sabe qué escoger, que se siente constreñido, porque no sabe qué es mejor: si partir o quedarse. Al final del camino él se quiere ir y estar con el Señor, pero él sabe que tiene un llamado, que no se debe ir, y que por causa de vosotros ha decidido permanecer. Ese era el deseo de Pablo, pero la razón está en que Pablo ya no estaba en este mundo; su mente no estaba en este mundo, sus anhelos, sus deseos y sus metas ya no estaban aquí.
Y si nosotros vamos a entender bien el mensaje de esta carta, necesito que reconozcamos tres cosas —más de tres, pero por ahora en esta introducción—: quiénes somos, dónde estamos y para dónde vamos. Yo no soy lo que la gente dice que soy, yo no soy lo que mis logros atestiguan que soy, yo no soy lo que yo siento que soy; yo soy lo que Tú dices que soy. Yo necesito conocer quiénes somos, dónde estamos y para dónde vamos. Y si yo no tengo claras esas tres cosas, con frecuencia voy a vivir con insatisfacciones existenciales.
El Señor inspiró el libro de Hebreos, y el autor de Hebreos —que no conocemos todavía—, en el capítulo 11, en ese salón de la fama de la fe, hace aparecer un número de hombres y mujeres que vivieron una vida completamente diferente porque tuvieron una perspectiva totalmente distinta a la que tú y yo muchas veces tenemos. Escucha cómo Dios habla a través del autor del libro de Hebreos, cómo se refiere a este grupo: "Todos estos murieron en fe, sin haber recibido las promesas, pero habiéndolas visto y aceptado con gusto desde lejos." Sabes qué, no me la tienes que dar ahora; yo las vi, yo las recibo, son mías y las veo con gusto; yo puedo esperar, porque hay una eternidad entera esperándome, yo puedo esperar hasta llegar allá. Esa sería su mentalidad. Pero escucha ahora cómo ellos se veían a sí mismos. Una cosa era cómo Dios los veía; otra cosa, cómo ellos se veían a sí mismos: "confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra." Yo estoy de pasada, soy transeúnte. "Porque los que dicen tales cosas claramente dan a entender que buscan una patria propia." Esta no es.
Con esa frase he dado el contenido de la Primera Epístola de Pedro, y he titulado este mensaje: "Peregrinos en una tierra extraña". Si esta tierra no te resulta tan extraña, si este mundo es más o menos cómodo para ti, si es algo en lo que te sientes bien, hay una enorme probabilidad de que tu mente no esté en la vida venidera. Hay una alta probabilidad de que la meditación sobre la próxima vida no sea tu práctica frecuente, porque cuando la mente está donde debe estar y la meditación sobre lo que me espera es frecuente, pues este mundo no me resulta cómodo, me resulta extraño.
Yo quiero decirte a través de este mensaje que la única manera de permanecer y de perseverar siendo fiel a Dios en este mundo —lleno de dolor, lleno de sufrimiento, lleno de distracciones, lleno de tentaciones, lleno de diversiones— es teniendo una perspectiva eterna, y ese es el título de la serie: "Viviendo con una perspectiva eterna". Dios dice de ese grupo de hombres y mujeres del capítulo 11 del libro de Hebreos que el mundo no era digno de ellos. Esta gente vivió con un grado de compromiso tal que Dios miró sus vidas, miró el mundo, vio la corrupción, vio el deterioro del mundo, pero vio la santificación de esta gente, y dijo: mejor me los llevo, aunque sea a través del sufrimiento, antes que dejarlos en este mundo, porque este mundo no se los merece.
Imagínate que tu epitafio —ese fue el epitafio de Dios para este grupo— sea en el cementerio una lápida que diga: "Aquí yace un hombre, una mujer, de quien el mundo no era digno." ¡Wow! Ahora, lo impresionante es lo que yo quiero que tú y yo hagamos. Así de fiel fue este grupo de gente en el Antiguo Testamento. ¿Sabes qué? Esto es extraordinario. Yo quiero que hagamos la comparación: estos son ellos, el mundo no era digno de ellos. Este eres tú, y este soy yo.
Esta gente de este lado tuvo menos revelación que tú y que yo. A veces tuvieron un libro a la vez y no más, quizás ni el libro, sino la lectura que alguien hizo de ese libro, porque el Antiguo Testamento no estaba compilado, y luego se murieron y vino otro profeta que escribió otro libro. Nosotros tenemos 66 de ellos, compilados, en múltiples versiones y múltiples idiomas. Esta gente fue más fiel y tuvo menos revelación.
Esta gente vivió bajo el pacto de la ley, no bajo el pacto de la gracia. Vivieron bajo un pacto que tenía menos promesas; nosotros vivimos bajo un pacto con mayor promesa, un mejor mediador, mejores garantías y mejor preparación de parte de nosotros para vivir en ese pacto, y ellos fueron más fieles. Esta gente no tuvo la morada permanente del Espíritu de Dios como nosotros la tenemos, y sin embargo, dadas todas esas deficiencias comparadas con el creyente del Nuevo Testamento, esta gente vivió de una manera extraordinaria: recibió las promesas, las creyó, las saludó, confió en ellas, esperó por ellas, y esperando en ellas permanecieron fieles a su Dios. Ellos nos superaron en fidelidad, y la pregunta es: ¿cuál fue, cuál es el secreto detrás de la vida de esta gente?
Primera de Pedro tiene la respuesta. Pedro probablemente escribió para un grupo de personas que estaban siendo perseguidas o estaban a punto de verse en medio de la persecución, y quizás él estaba preparándolos de antemano. Tienes que entender la realidad de los cristianos del primer siglo. En el primer siglo, el cristiano no usaba una cruz colgada del cuello, porque lo próximo que iba a ocurrir era que a ellos les iban a colgar a ellos mismos. La gente de este primer siglo fue apedreada, golpeada, lapidada, asesinada, crucificada, ejecutada.
De hecho, el mismo autor de Hebreos, capítulo 11, dice que algunos fueron aserrados en dos. Se piensa que Isaías se escondió en un tronco hueco y que Manasés lo mandó a serruchar. Si es cierto, Isaías fue cortado en dos. El historiador romano Tácito dice acerca de estos cristianos que, además de ser asesinados, sirvieron como objetos de entretenimiento. Algunos fueron tirados a las bestias salvajes mientras otros se reían y disfrutaban, y otros fueron despedazados por perros también salvajes. Imagínate eso: imagínate en un circo romano, cristianos tirados a bestias y perros salvajes con la intención de que paganos en las gradas pudieran disfrutar del espectáculo. Para esta gente, como dirían en inglés, no hubo rendirse. Otros fueron crucificados, y algunos incluso fueron prendidos en fuego para que iluminaran en la noche cuando la luz del día había caído.
Pero lo que esta gente comía, lo que esta gente pensaba, lo que esta gente digerían, la meditación de esta gente, todo eso importa. El texto clave de esta carta pudiera decirse que es 1 Pedro 1:6-7: "En lo cual os regocijáis grandemente, aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, seáis afligidos por diversas pruebas, para que la prueba de vuestra fe, más preciosa que el oro que perece, aunque probada por fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra en la revelación de Jesucristo."
Déjame decirte algo, hermano: la fe que no es probada no puede ser calificada de genuina todavía. La historia de la iglesia pasada y reciente está ahí para probar lo que yo acabo de decir. En la antigüedad, la manera de probar la genuinidad de un metal, específicamente del oro, era introduciéndolo al fuego y ver cómo toleraba ese fuego. De esa misma manera, la forma como Dios prueba la fe de aquellos que se confiesan cristianos es introduciéndolos en el fuego, mientras Él mantiene la mano en el termostato y los ojos sobre aquellos que son suyos. Muchas veces la fe que parece auténtica hoy desaparece en medio de la dificultad y de la prueba, y muchos son los que han abandonado y siguen abandonando la carrera a mitad de camino, en medio de la tribulación.
Pero eso no es una noticia nueva. Jesús nos preparó para tal cosa. Jesús habló del sembrador que salió tirando semilla en diferentes terrenos, y cada terreno representaba un tipo de cristiano. La semilla fue cayendo en diferentes lugares del terreno y, por implicación, en diferentes tipos de corazones. Los discípulos no entendieron la parábola y vinieron al Señor Jesús: "No entendimos, explícanos la parábola." Tú encuentras el relato de esa parábola en Mateo 13, pero déjame leerte del versículo 20 al 22, la parte que me interesa, porque Jesús habló de esto que yo acabo de decir:
"Y el que fue sembrado en pedregales, este es el que oye la palabra y al momento la recibe con gozo; pero no tiene raíz en sí mismo, sino que es temporal, y cuando viene la aflicción o la persecución por causa de la palabra, luego tropieza. Y el que fue sembrado entre espinos, este es el que oye la palabra, pero el afán de este siglo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra, y se hace infructuosa."
Este es el que dice: "¡Gloria a Dios!", llora en el altar y la gente lo ve. Viene a la iglesia, canta, está en un grupo pequeño, los miércoles está en la iglesia, pertenece al coro, incluso predica en la iglesia, pero no tiene raíz profunda en sí mismo, sino que es solo temporal. Y cuando por causa de la palabra viene la aflicción o la persecución, enseguida tropieza y cae. Esa semilla se marchitó; no era genuina, el fruto no era genuino. La semilla que germinó entre espinos también murió; lo que la ahogó fue la preocupación por las cosas de este mundo, cuando se supone que ya no pertenece a este mundo.
Pero la fe que es pasada por el fuego y permanece en la aflicción es la que al final resulta en alabanza, gloria y honor en la revelación de Jesucristo. Es el cristiano que cuando ha atravesado la prueba termina dándole gracias a Dios, glorificando a Dios, alabando a Dios precisamente no solamente por el fruto de la prueba, sino también por el calor de la prueba.
De nuevo, el título de esta serie es "Viviendo con una perspectiva eterna", y el título de este mensaje es "Peregrino en una tierra extraña". Esa es mi introducción. El sermón comienza ahora. Pongan el rollo entero. Vamos a leer el texto de hoy.
"Pedro, apóstol de Jesucristo, a los expatriados de la dispersión en el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia, elegidos según el previo conocimiento de Dios Padre, por la obra santificadora del Espíritu, para obedecer a Jesucristo y ser rociados con su sangre: que la gracia y la paz os sean multiplicadas." — 1 Pedro 1:1-2.
Desde el inicio, como hemos dicho en otras ocasiones, en las cartas de la antigüedad, y todavía en el primer siglo, lo acostumbrado era que el autor aparecía identificado desde el principio. Es como un email: tú recibes un email, el autor está ahí y la audiencia está ahí también. Está dirigida a mí y viene de parte de Fulano. En esta ocasión viene de parte de Pedro, quien se identifica como apóstol, miembro del primer grupo de los doce.
Pedro tuvo grandes debilidades, y yo creo que es importante que nosotros podamos revisar la vida de Pedro, porque este es el autor de esta carta. Este hombre comenzó de una manera y terminó de otra manera. Este hombre tenía una perspectiva completamente terrenal y terminó con una perspectiva completamente eterna, y es este el hombre que tiene las credenciales, no de un Daniel, no de un José, no de un Noé, no de un Enoc. Este hombre tiene las credenciales de alguien que realmente era muy inestable en un momento de su vida, y luego, fruto de experiencias durante esa vida, adquiere una perspectiva completamente diferente. Y es ahí donde yo quiero que tú puedas enfocarte en el poder que el Espíritu tiene para transformar vidas inestables, vidas inseguras, vidas de doble ánimo, en vidas completamente enfocadas en una sola dirección, como el hombre que está crucificado, que no puede ver para atrás y solamente puede ver hacia adelante.
El nombre de Pedro originalmente era Simón. Su hermano Andrés fue primero discípulo de Juan el Bautista; conoció a Juan el Bautista, y Andrés va y busca a su hermano Pedro. Pero Juan el Bautista estaba formando una congregación para acercarse a otro pastor, y se los envía al Señor Jesucristo. Cristo ve a Pedro y le dice: "Tú eres Simón; de ahora en adelante serás llamado Cefas", en arameo, que significa Pedro en griego, que a su vez significa piedra o roca. Así es como Pedro comienza.
Desde el inicio del grupo, Pedro comienza a ser el vocero del grupo, a ser como el líder del grupo. Pedro tenía una personalidad impulsiva e impetuosa, y por eso algunos han dicho que Pedro hablaba, hablaba, hablaba, hablaba, hasta que encontraba algo que decir. Andrés prácticamente nunca lo oyes hablar; claro, Pedro no lo dejaba. Pero no solamente perteneció al círculo de los doce: Pedro tuvo el privilegio de pertenecer al círculo más íntimo de los tres.
Es importante que nosotros entendamos o recordemos las experiencias de Pedro para ver cómo pudo experimentar lo sublime y llegar a lo ridículo, hasta que Cristo finalmente lo transforma. Pedro estuvo en el monte de la transfiguración. Si hubo alguien que tuvo el privilegio de conocer gente del Antiguo Testamento que vino del más allá, y que junto con ellos estaba el Maestro, fue Pedro. Ese momento fue tan extraordinario que Pedro tuvo la idea y le dijo al Señor: "Vamos a hacer tres tiendas y vamos a quedarnos aquí; no tengo que bajar para allá a lidiar con esos mortales."
Este mismo trío, Pedro, Juan y Jacobo, que dicho sea de paso, con toda probabilidad eran socios en la pesca junto con Andrés, a quienes llamó en principio. Les hizo dos llamados a Pedro: el primero era que le siguiera, y él dejó sus redes; y el segundo fue cuando lo llamó a ser pastor para hacer parte de este grupo de doce.
Ese mismo trío que mencioné, Pedro, Juan y Jacobo, los hijos del trueno, los hijos de Zebedeo, estuvieron con Pedro en el Getsemaní y con el Señor. El Señor se llevó el grupo entero por un momento, donde dejó la mayoría de ellos y se fue más adelante. Ahí quiso orar con Pedro, con Juan y Jacobo de cerca, les pidió que oraran mientras Él fue un poco más allá, y ellos se durmieron y no perseveraron.
Entonces en Cesarea de Filipo, Pedro recibe una revelación directa de parte de Dios, cuando Cristo hace la pregunta: "¿Quién dicen los hombres que yo soy?" Y él dice: "Bueno, uno dice que eres Elías, otro que un profeta. Pero no, ¿quién dicen ustedes que yo soy?" Este es el Pedro que dice: "Tú eres el Cristo, el Mesías, el Hijo del Dios viviente." Yo me imagino el ímpetu de Pedro cuando él dijo esto, cuando estaba recibiendo esta revelación que ni él mismo sabía de dónde venía: "Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente." El Señor dice: "Bendito seas tú, Pedro, porque eso no te lo reveló ni carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos." ¡Wow!
Yo me imagino a Pedro como lleno de gozo por dentro. Y fíjense, eso es Mateo 16:16, y tú llegas al versículo 22, ni siquiera sales del capítulo, y encuentras al Señor Jesucristo reprendiendo a Pedro. Reprendiendo al receptor de esta revelación directa de parte de Dios, porque cuando Cristo anunció que Él tenía que sufrir a manos de las autoridades, los escribas y los fariseos, Pedro le dice que el Señor no lo permita. Y estas son las palabras de Cristo: "Quítate delante de mí, Satanás. Me eres piedra de tropiezo, porque no estás pensando en las cosas de Dios, sino en las de los hombres."
Ahí estaba el problema de la mente de Pedro en ese momento, y ahí está el problema de tu mente y de mi mente muchas veces en nuestras vidas. Es exactamente en esa frase final: porque estás pensando en las cosas de los hombres, estás pensando en las cosas tuyas, estás pensando en las cosas mías, cuando no se está pensando en las cosas de Dios. Y Pedro, así no se puede vivir en el reino de los cielos. En ese momento, Pedro se percata que, lamentablemente triste, estaba siendo usado por Satanás.
Tú has sido usado por Satanás, yo he sido usado por Satanás, sin poder recordarlo necesariamente. Lo único que quiero dejar claro es que en la guerra espiritual en la que tú y yo estamos involucrados, una de las cosas que más necesitamos es mucho discernimiento para que el enemigo no nos utilice. Pedro tenía lo mismo que nosotros frecuentemente tenemos: la mira puesta en esta tierra, en las cosas de los hombres.
Pedro aprendió. Pedro subió los ojos, Pedro aprendió a subirse por encima y ver la vida desde arriba. Y ahora le está escribiendo a estos seguidores de él en diferentes regiones y diferentes provincias para que ellos puedan adoptar una perspectiva diferente, para que no vivan como él vivió en un momento dado, preocupado por el qué dirán los hombres, en vez de preocupado por el qué dirá Dios.
Como un pariente mío, al llegar a la tardecita, ya en la noche temprano, mi sobrino Tomás llega a la casa del grupo Gap, y yo le pregunto: "¿De qué hablaron?" Entonces él comienza a rascarse la cabeza como que no se estaba recordando. "¿De qué hablaron, de qué te enseñaron?" "Bueno, de un programa ahí que no entiendo bien, que se llama incógnito, incógnito... ¿y qué te dijeron de ese programa?" "Bueno, no sé." Gracias a Dios que yo les había explicado algo en la reunión de pastores. Es un programa que te permite entrar a páginas de manera incógnita, de manera que nunca quedará rastro en tu computadora de que tú hayas entrado a dicho lugar. El hombre siempre vive inventando nuevas formas de cómo pecar.
Entonces le digo: "¿Cuál es el significado de eso?" "Bueno, ¿qué hay que agradecer a Dios?" "Bueno, más que eso, Tomás. ¿Qué es?" "Que no importa si no queda registro terrenal de que entraste, si hay un registro celestial de que tú estabas ahí. Si Dios lo sabe, no importa si los hombres lo saben." Y Pedro estaba con la mirada puesta aquí en esta tierra, pero Pedro cambió.
Pedro es el que está en el aposento alto, esto es antes de la crucifixión, pero es el que jura en voz alta: "Maestro, yo nunca te negaré, aunque todos estos te nieguen." Ya os dais cuenta de que con frecuencia Pedro estaba demasiado preocupado con el otro. Todavía después de la resurrección, Pedro está preocupado con el otro: va caminando con el Señor Jesús y ahí viene Juan, el discípulo amado, detrás. Dice: "Señor, Señor, ¿y qué de este?" Preocupado con el otro. El Señor le dijo: "Y si yo quiero que él siga viviendo hasta que yo regrese, ¿a ti qué?" Ese es Pedro.
En ese aposento alto, después de esa declaración "yo nunca te negaré", Pedro estaba seguro, era uno de esos que se considera firme, que es capaz de no caer. El Señor le dice: "Pedro, si no sabes de la copa que yo voy a tomar..."
Pero es un momentito de algo. Pedro, antes de que el gallo cante, tú me vas a negar tres veces. Es solamente increíble la declaración de Jesús. Es increíble cómo pasa después, porque Pedro entra al patio donde están buscando a Jesús y niega a Jesús una vez, niega a Jesús una segunda vez, niega a Jesús una tercera vez, el gallo canta, y entonces Marcos dice: y entonces se acordó de lo que el Señor Jesús le había dicho.
En serio, se hace una hora, cuatro, cinco, seis horas. El Señor Jesús dijo que tú le ibas a negar, tú lo negaste una vez, tú lo negaste una segunda vez, tú lo negaste una tercera vez, y todavía tú no te acuerdas de lo que te dijeron hace unas horas. Escúchame, ese Pedro eres tú, y ese Pedro soy yo. Y cuando el gallo cantó, entonces le hizo como click.
Por eso es que C. S. Lewis decía que cuando somos tentados —en este caso Pedro estaba siendo tentado a negar a Cristo— el diablo no nos llena de odio contra Dios, simplemente nos hace ignorarlo. En ese momento Pedro estaba ignorando lo que Dios le había dicho.
Sin embargo, tú encuentras ese mismo Pedro. Este es el Pedro que estuvo presente cuando resucitaron a la hija de Jairo. Ese mismo Pedro que estuvo —estoy seguro que estuvo presente— en la resurrección de Lázaro, porque Jesús se movió hacia allá cuando resucitó a Lázaro con sus discípulos. Ese es el mismo Pedro que caminó sobre las aguas. El mismo Pedro que vio cómo Cristo reprendió la fiebre de su suegra y la sanó. Pero tuvo innumerables experiencias extraordinarias y mira cómo termina.
Sin embargo, después de la muerte y resurrección de Cristo, tú encuentras un Pedro en el libro de los Hechos que está dispuesto a sufrir la cárcel por la causa de Cristo. Tú encuentras un Pedro capaz de desafiar a las autoridades y decir: nosotros no vamos a dejar de predicar en nombre de Cristo; juzguen ustedes si es correcto honrar a los hombres antes que a Dios, o creerle a los hombres antes que a Dios. Tú encuentras a un Pedro que predica un sermón tan poderoso que en un solo sermón tres mil personas nacen de nuevo. Tú encuentras a un Pedro valiente.
Tú encuentras a un Pedro que se encuentra con Ananías y Safira, y es él quien pronuncia una maldición por una sola cosa, por una sola mentira. Y la mentira tampoco era tan grave: fue que mintieron con relación al precio de la venta de la propiedad; de todas maneras ellos habían donado voluntariamente una parte de la venta. Pero Pedro, por acción del Espíritu de Dios, por esa sola mentira los condena y se mueren.
Es el Pedro que no está dispuesto a negociar ahora. Es el Pedro que oye que algo está pasando en Samaria y le dice algo así como: Dios está haciendo algo con los samaritanos, que habían sido considerados del mundo afuera. Va con Juan a ver qué está pasando, y él se percata de que ciertamente en Samaria el mismo don que se le había dado en Pentecostés ellos lo estaban recibiendo. Y en vista de eso, Pedro, al movimiento, dice: esto es de Dios. Este es el Pedro que reprende a Simón el Mago y lo maldice, porque quería comprar el don del Espíritu con dinero.
Ese es otro Pedro. Ese es el mismo Pedro que por primera vez predica el Evangelio a Cornelio, un gentil. Él y toda su casa se convierten. Él llega a Jerusalén, explica la visión, y de repente ya no hay dos pueblos, sino uno solo; los gentiles no son inmundos. Eso abrió el Evangelio a los gentiles. Pedro abrió el Evangelio a los judíos el día de Pentecostés, abrió el Evangelio a los samaritanos, abrió el Evangelio a los gentiles. De manera que en ese sentido creemos que Pedro recibió las llaves del reino de los cielos, y las llaves no eran otra cosa que el Evangelio. Él abrió el reino con la llave del Evangelio para los tres grupos, y no había más grupos: gentiles, samaritanos y judíos.
Ahora, ¿sabe cuándo Pedro llegó a ser Pedro? El Señor tuvo que enseñarle a Pedro de lo que era capaz, y lo que Pedro era, para que Pedro pudiera llegar a ser el Pedro de Dios. Hasta ese momento Pedro era el Pedro del mundo. Es como la vara de Moisés: anteriormente a que Dios se encontrara con él e hiciera milagros con la vara, el libro de Éxodo la describe como la vara de Moisés, y de ahí en adelante, la vara de Dios.
Este es el Pedro de Dios. Este es un Pedro distinto. Este no es un Pedro tan impulsivo; este es un Pedro más reflexivo ahora. Cuando el Señor Jesús se encuentra con él después de la resurrección y le dice: Pedro, ¿me amas?, le dice: Pedro, ¿me agapas?, ¿me amas incondicionalmente? Y en el pasado Pedro hubiera proclamado: yo te amo como a un amigo, como a mi familia. Pero Pedro no estaba diciendo: yo no quiero amarte más. Yo tengo miedo ahora de decir cosas que no voy a poder cumplir. Pedro, ¿me agapas?, ¿me amas incondicionalmente? Yo te fileo, Señor.
Pedro está siendo cuidadoso. Pedro era el típico, probablemente, el condenador de los demás, pero ahora él sabe que ha sido autocondenado, por así decirlo. Jesús entonces se condesciente, y le dice: Pedro, ¿tú me fileas? Como creo que Pedro entendió: ¿me fileas? Y Pedro también entendió: Señor, tú sabes que yo te agapo, tú sabes que te amo incondicionalmente. Es como que Pedro está diciendo: pero tú sabes que tengo temor ahora. Y el Señor le confiere el cuidado de sus ovejas al negador. Al que mucho se le perdona, mucho amor.
Este es Pedro. Hay un lado de Pedro que a mí me gusta, porque se relaciona mucho —no que estuviera bien— pero se relaciona mucho con nuestra naturaleza humana. El Pedro de la inconsistencia es el Pedro de Pentecostés.
Entonces ese es el autor. Yo creo que es importante conocer y recordar tanto del autor como sea posible cuando está comenzando una serie acerca de una carta o de un libro, porque eso te va a situar desde el punto de vista de la autoría, desde qué perspectiva está él escribiendo. Este es un buen hombre para escribir sobre cómo permanecer fiel en la prueba. Él ha pasado por la prueba, fracasó en la primera prueba, ahora tiene reflexión sobre la experiencia, y ahora dice: yo quiero ayudar a otros.
Y él le va a escribir ahora a los expatriados de la dispersión en el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia, cinco provincias. La Nueva Traducción Viviente y la Nueva Versión Internacional, en vez de expatriados, dicen extranjeros. Son expatriados porque están temporalmente en tierra ajena; salieron, fueron expulsados, salieron corriendo, no están en su patria. Tú tampoco estás en tu patria. Esta no es tu ciudad, este no es tu mundo; esta es una tierra extraña y debiera sentirse extraña para ti.
En estas cinco provincias, que estaban en la parte norte de lo que hoy es Turquía, se fundaron las siete iglesias del libro de Apocalipsis: Éfeso, Pérgamo, Laodicea, Sardis, Filadelfia; todas esas iglesias estaban en estas cinco provincias.
Ahora vimos el autor, ya sabemos quién es la audiencia: son expatriados. Pero tú formas parte de esa audiencia ahora, y formas parte de la manera como Pedro describe la audiencia. Yo quiero que veamos eso: cómo es que Pedro caracteriza a esta audiencia. Escucha cómo él comienza: elegidos. Ahí tú eres parte de la audiencia ya. Ese es tu estatus. Yo quiero hablarte de tu estatus, de tu privilegio, de tu responsabilidad; de mi estatus, de mi privilegio y de mi responsabilidad.
Entonces, ¿cuál es tu estatus —o nuestro estatus—: elegidos? Ahora, yo no creo que nosotros, cuando leemos la palabra elegidos, tenemos una apreciación correcta de lo que esa palabra significa. Porque usualmente cuando eso surge comenzamos a pelearnos acerca de la predestinación, y tiene que ver con eso; pero yo no creo que nosotros entendemos bien. Y yo oro que cuando yo les lea un pasaje del libro de Ezequiel, verdaderamente terminen —como dirían en inglés— en asombro, en ah, de lo que implica haber sido elegido.
Yo no creo que nosotros nos olvidemos cuán especial es haber sido elegido por Dios. Cuando estamos en el mundo caminando sin rumbo, cuando el resto del mundo a mi alrededor —fuera de mis padres o hermanos que estaban ahí— no le importaba mi vida; si me perdía, me perdía. Otros completamente rechazados hasta por sus padres. Cuando éramos enemigos de Dios y en esa condición de abandono —por así decirlo, quizás de autoabandono— Dios... miren, lo digo así porque así es como Ezequiel lo va a describir: como que yo estoy ahí y Él va pasando y me mira: enemigo, autoabandonado, a mi propio deseo, sin rumbo, perdido. Y Él pone sus ojos en mí.
Te voy a leer el texto. Es un texto muy especial; es un texto que habla de la elección de Israel como nación, pero esto es lo que tú tienes que hacer si quieres saborear tu elección: cuando se refiera a Israel, imagínate que eso eres tú. Porque va a hablar de un esposo y va a hablar de una novia, de diferentes maneras. La nación de Israel sería la novia, Dios sería el esposo. Hoy es la iglesia, y nosotros formamos parte de la iglesia.
Escucha cómo Ezequiel describe la elección de Israel. Escucha, escucha la ternura de este esposo, escucha la hermosura que este esposo confiere a la esposa como nación. Primero Israel, Ezequiel 16; en cuanto a tu nacimiento, Israel: el día que naciste no fue cortado tu cordón umbilical, ni fuiste lavada con agua para limpiarte, no fuiste frotada con sal ni envuelta en pañales. Ni un ojo se apiadó de ti para hacerte alguna de estas cosas, para compadecerse de ti, sino que fuiste echada al campo abierto, como aborrecida, el día en que naciste.
Israel, tú eres una nación aborrecida, rechazada, sin que nadie cuidara de ti. Naciste y ni el cordón te cortaron. Él está usando una ilustración: como que te dejaron, naciste, saliste del vientre y ahí te dejaron, ensangrentada.
Escucha ahora. Piensa en ti, porque esto es lo que Dios ha hecho. Cada vez que él dice que hizo algo con Israel, que adornó a Israel de cierta manera, piensa en ti, porque Él te encontró así: abandonado en el mundo. Yo pasé junto a...
Ti, te vi revolcándote en tu sangre. Mientras estabas en tu sangre te dije: "¡Vive!" Sí, te dije, mientras estabas en tu sangre: "¡Vive!" Te hice tan numerosa como la hierba del campo y creciste, te hiciste grande y llegaste a la plenitud de tu hermosura. Se formaron tus pechos y creció tu pelo, pero estabas desnuda y descubierta.
Estás grande, tienes pechos. Sabes qué, estabas desnuda y descubierta. Tú podías tener algunas cosas externamente preciosas cuando Dios te encontró, pero estabas desnuda y descubierta. Entonces pasé junto a ti. Sí, pasé junto a ti, te vi, y he aquí que tu tiempo era tiempo de amor. Estabas soltera. Extendí mi manto sobre ti, cubrí tu desnudez. Este es el novio. Te hice juramento y entré en pacto contigo —declara el Señor Dios— y fuiste mía.
Te lavé con agua, te limpié la sangre y te ungí con aceite. Mira todo lo que se ha hecho por ti. Te vestí con tela bordada y puse en tus pies sandalias. Te envolví con lino fino y te cubrí con seda. Te adornó con adornos, puse brazaletes en tus manos y un collar en tu cuello, puse un anillo en tu nariz como símbolo de pertenencia, pendientes en tus orejas y una hermosa corona en tu cabeza. Estabas adornada con oro y plata, y tu vestido era de lino fino, seda y tela bordada. Comías flor de harina, miel y aceite.
Era hermosa en extremo. ¿Y quién te embelleció? Dios. Y llegaste a la realeza. ¿Y quién te embelleció? Dios. Entonces tu fama se divulgó entre las naciones por tu hermosura, que era perfecta, gracias al esplendor que yo puse en ti —declara el Señor Dios—. Cuando Dios te redimió, Dios puso una hermosura en ti: te lavó con sangre, puso Su Espíritu dentro, comenzó a formar la imagen del más hermoso entre los hijos de los hombres. Dios hizo eso con nuestra gente.
Y por comparación con nosotros, ahora escuche. Mis lágrimas no son de tristeza, son de emoción. Pero este comentario de David Helm acerca de lo que yo acabo de leer pudiera traer otras lágrimas. Hemos acabado de ver que el término "elegido" en todo su esplendor le fue dado a toda la casa de Israel.
Desafortunadamente, la historia muestra que Israel comenzó a presumir de la gracia de Dios, ¿no? Como especial objeto de Su amor, ellos creyeron que siempre tendrían Su bondad. Con el tiempo, su familiaridad con Dios trabajó en contra de ellos. Ellos sintieron que eran merecedores de la buena vida, cuando en realidad sus afectos por Dios ya se habían perdido. Su pecado presuntuoso desafortunadamente pasó a ser el compañero de los elegidos de Dios.
Durante los días de los reyes ellos le dieron la espalda a Dios y rechazaron la gloria que acompaña a la aprobación de Dios. Ya no eran aprobados por Dios. Como resultado, la gran nación fue llevada al exilio; ellos fueron dispersados por Dios. ¿Qué? El Dios que los eligió y los reunió como nación es el Dios que los dispersó.
Yo creo que ese texto de Ezequiel nos da una idea de cuán preciado es el estatus que Dios nos ha dado de elegidos. Ahora que tú conoces el estatus, yo creo que conozcas tu privilegio. Elegido según el previo conocimiento de Dios Padre: eso es un privilegio. Nuestra elección se dio en la eternidad pasada y continuará hasta la eternidad futura.
Cuando yo no tenía nada de hermosura —de hecho, yo ni siquiera tenía existencia, yo ni siquiera tenía posibilidad de venir a este mundo—, Dios, en esa eternidad pasada, me conoció. Cuando me conoció, decidió crearme en el tiempo para amarme en el tiempo y redimirme en el mismo tiempo, y Él hizo eso según el previo conocimiento de Dios Padre.
La palabra traducida como "previo conocimiento" es similar a la palabra traducida en Romanos 8 cuando dice que aquellos que de antemano conoció —*ginōskō*—, eso es una palabra rica. En inglés diríamos que está preñada de significado, porque implica conocer, más orquestar, ordenar, hacer previsión. En otras palabras, en la eternidad pasada Dios me conoció en Su mente y luego ordenó, hizo previsión para que todos los acontecimientos de la historia se movieran en la dirección de que yo naciera donde nací, en la familia que nací, para que bajo ciertas circunstancias que Él también organizó, y trajo gente a mi vida y trajo gente a mi camino, yo pudiera nacer de nuevo y recibir la salvación para la cual Él me conoció. Tú puedes entender lo especial de ese dichoso privilegio.
Escúchame: de la misma manera que Dios ordenó desde la eternidad pasada los eventos de mi salvación, Dios ha ordenado desde la eternidad pasada —ya sea activa o pasivamente— todo cuanto habría de acontecer en mi vida, todo lo que está aconteciendo y todo lo que acontecerá. Ese concepto ni siquiera es exclusivamente cristiano; ese es un concepto de cada religión monoteísta. Los musulmanes creen eso, los judíos creen eso, por lo menos los ortodoxos, porque el concepto de Dios requiere en Su soberanía lo que yo acabo de decir.
El Dios que conoce todo, para quien nada es sorpresa, nada es nuevo, y conociéndolo todo tomó todas las fichas que Él conocía, las puso en su lugar, dejó que los hombres jugaran con ellas y, al final, Él decir: "Pero yo gané. Pero yo triunfo." Y supo el mejor camino para llevarte donde tú estás, donde Dios quiere que estés. El amor divino tenía dicho camino. De manera que la concepción de mi salvación ocurrió junto con la concepción de mi santificación, porque para eso Él orquesta los eventos en mi vida.
Es tu privilegio: tu estatus es elegido. Tu privilegio es haber sido conocido en la eternidad pasada de la manera que yo te acabo de describir. Cuando Dios me conoció allá atrás, conoció mi salvación y mi santificación. Escucha cómo Pedro lo dice: "Según el previo conocimiento de Dios Padre, por la obra santificadora del Espíritu, para obedecer a Jesucristo." Toda la eternidad está involucrada en mi salvación: el conocimiento de Dios Padre —soy elegido—, la obra santificadora del Espíritu, y la obediencia a Jesucristo.
Entonces: el estatus es elegido, el privilegio es haber sido conocido en la eternidad pasada de la manera que yo te describí, y la responsabilidad es mi obediencia a Jesucristo.
¿De qué manera el Espíritu nos santifica? Hemos hablado de algunas de estas cosas recientemente; la manera de refrescarlo, porque lo hablamos desde otro ángulo: Él ilumina nuestro entendimiento para entender la Palabra —no puedo ser santificado sin eso—, Él nos da discernimiento para separar la verdad del error, Él nos da convicción de pecado, Él nos advierte, Él nos frena por medio del dominio propio, Él nos da una nueva manera de ver el mundo y la circunstancia. El Espíritu me abre los ojos para que yo pueda ver el mundo y sus circunstancias, Él transforma mi mente, Él pone en nosotros tanto el querer como el hacer, Él crea en nosotros amor por Dios. Y este es importante: Él nos desengaña cuando nosotros hemos sido traicionados por nuestro propio corazón.
Jonathan Edwards decía —y alguien lo publicó esta semana— que nuestros corazones están tan llenos de pecado que ellos nos traicionan. Eso no lo dijo cualquier hombre; eso lo dijo el mejor teólogo y el mejor académico que Estados Unidos jamás haya producido.
Ahora, ¿para qué es que el Espíritu Santo se involucra en la obra de santificación? Aquí está: "Por la obra santificadora del Espíritu, para obedecer a Jesucristo." ¿Quieres saber para qué Dios envió el Espíritu y lo hizo morar en mí? Para que yo pudiera obedecer al Hijo que murió por mí. La Trinidad entera está involucrada de diferentes maneras: en la elección, el Padre; en la santificación, el Espíritu; en la justificación y en la obediencia, Cristo también.
La obra santificadora del Espíritu es la que hace posible la obediencia. El Espíritu de Dios nos regenera y con la conversión genera nuevos deseos en ti y en mí; esos nuevos deseos van en la dirección de la obediencia. Esa es una manera. La persona regenerada tiene una voluntad que ha sido liberada de la esclavitud del pecado. Cuando Adán y Eva pecaron, esclavizaron la voluntad al pecado. La persona regenerada ha sido liberada de dicha esclavitud, de manera que aunque yo peco, cuando peco no se debe a que mi voluntad esté esclavizada; mi voluntad ha sido hecha libre, completamente libre, y eso es fruto del Espíritu de Dios que me regeneró.
La persona convertida, cuando peca, siente suficiente convicción, dolor, culpa y hasta vergüenza, y es esa sensación combinada de todas esas cosas la que hace que pueda descubrir la magnitud de su pecado, querer arrepentirse, pedir perdón a Dios y ser lavada otra vez. No me diga que Dios te lava una vez y que ya eso es suficiente, porque todas las noches —creo yo— tú te bañas. Todos los días yo tengo que bañarme física y espiritualmente.
La persona convertida por el Espíritu de Dios tiene ahora un corazón de carne, y es ese corazón nuevo de carne el que tiene amor por Dios, y es ese amor por Dios el que la va a mover a obedecer. Escúchenlo: no es el miedo al castigo de Dios lo que te hace obedecer. Dios amenazó al pueblo de Israel no sé cuántas veces. Es el amor por Dios lo que te hace obedecer.
Escúchenlo de los labios de Cristo en el aposento alto, horas antes de morir, Juan 14:23: "Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos con él morada." O sea, pastor, ¿que cuando yo desobedezco es que no estoy amando a Dios? Bueno, yo no lo dije así, pero Cristo sí. Próximo versículo, 14:24: "El que no me ama no guarda mis palabras."
Nuestra desobediencia —mi desobediencia, cuando la he cometido— es un reflejo de mi falta de amor por Dios. Y ahí está el primer mandamiento: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y toda tu fuerza." Con todo, absolutamente todo. Cuando eso no se da, se desobedece.
Juan, en su vejez, llegó a los 90 y tantos años y escribió la primera carta de Juan, una carta más difícil de interpretar. En 1 Juan 2:4 él dice: "El que dice yo he llegado a conocerle y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso y la verdad no está en él." Juan, ¿qué? El que dice que le conoce y no guarda sus mandamientos es un mentiroso, la verdad no está en él. ¿Dice eso que el creyente no peca? Claro que no dice eso. Yo te digo que le metemos que bañar todos los días, espiritualmente.
Lo que sí dice Juan es que la vida del creyente no está caracterizada por el pecado: peca, pero no es su característica. Y es la razón por la que el creyente, hijo de Dios, abandona el camino de la desobediencia. Charles Spurgeon lo decía de esta manera: "La obediencia que no es voluntaria es desobediencia", porque el Señor mira el corazón, y si Él ve que le servimos forzosamente y no porque le amamos, Él rechazará nuestra ofrenda. Es como Caín y Abel, dos ofrendas, una recibida y la otra rechazada.
Yo no creo que Dios rechazó la ofrenda de Caín porque eran vegetales, frutos del campo, en lo más mínimo. De hecho, posteriormente hubo ofrendas que eran del fruto del campo. Dos veces al año había que traer los primeros frutos del campo. Yo creo que Dios rechazó la ofrenda de Caín porque Dios vio el corazón, y vio que Caín trabajaba más como una obligación que como una ofrenda de amor. Y ese amor a Dios es creado y alimentado por la obra santificadora del Espíritu. El amor a Dios es creado y, mejor dicho, en definitiva, alimentado por la obra santificadora del Espíritu.
De vez en cuando me interesa saber lo que el mundo secular piensa, porque el mundo secular tiene gracia común. Escuchen lo que el mundo secular piensa en estos dos diccionarios seculares consultados acerca de la obediencia. Uno dice que la obediencia es una conducta destinada a complacer a otro. De manera que en la obediencia hay un cierto grado de deseo: quien está obedeciendo quiere complacer a otro, y en este caso ese otro es Dios. Yo, tu compadre, no me siento complacido si su hijo continuamente le está obedeciendo a regañadientes.
La segunda definición secular dice que la obediencia es una conducta sumisa con relación a otro. De manera que la obediencia implica someter nuestra voluntad sumisamente —estoy usando términos de diccionarios seculares—. La obediencia implica someter nuestra voluntad sumisamente a la voluntad de la otra persona, de manera tal que esa otra persona resulte complacida. Ese es Dios. Mi obediencia involucra rendir por completo y con actitud sumisa nuestra voluntad a Dios. Implica una acción, implica la satisfacción de otro que es Dios, implica la rendición de la voluntad de una manera humilde.
La rendición de la voluntad no implica perfección al vivir, porque no podemos hacerlo. Lo que sí implica es que la persona que se ha dispuesto a obedecer está dispuesta a hacer el sacrificio que sea, al precio que sea, cuando sea, donde sea y cómo sea, para complacer y obedecer a Dios. Lo diré otra vez. Estas son ideas con las cuales yo luché años enteros para entenderlas y luego hacer un mejor esfuerzo de vivirlas. La obediencia implica no perfección de vida, sino que la persona está dispuesta a hacer el sacrificio que sea necesario, al precio que sea, donde sea, cuando sea y cómo sea, con tal de complacer y obedecer a Dios.
Me quedan unos minutos. Me sabe que se ha extendido; el culpable es el pastor Luis Méndez, que me dijo: "No lo cortes." Sorry, Luis. Algunas bendiciones de la obediencia, algunas, porque eso requeriría quizás un curso de los miércoles, pero algunas.
Número uno: la obediencia te da una vida estable. Mateo 7:24-27: "Por tanto, cualquiera que oye estas palabras mías y las pone en práctica, será semejante a un hombre sabio que edificó su casa sobre la roca, y al venir la tormenta se sostuvo en medio de los vientos y los torrentes de agua." ¿Escuchaste? El que se mantuvo firme en los torrentes de agua —esas son las tempestades de la vida— no es el que escuchó las palabras, ¿no? "El que oyó estas palabras mías y las pone en práctica." Es la práctica la que te da estabilidad de vida, y eso es obediencia. La solidez y estabilidad no estuvo en oír, o conocer, o memorizar la Palabra, o tener un PhD en teología, sino en poner en práctica la Palabra.
Bendición número 2: la obediencia te da gozo de vida. Juan 13:13-17. En Juan 13 aparece el Señor lavando los pies de los discípulos; Él les invita a hacer lo mismo, a obedecer, y les dice lo siguiente en el versículo 17: "Si sabéis estas cosas, seréis felices si las practicáis." Quedarse en el "si sabéis" implicaría que mi felicidad depende de que yo sepa eso que Él hizo. "Seréis felices si lo practicáis": ahí está la obediencia. "Seréis felices si lo practicáis." "Seréis bendecidos." "Seréis bienaventurados." Como si dijera: "Si practicáis lo que estoy enseñando con el ejemplo que estoy modelando." Quizás eso explica una parte de nuestra infelicidad: hay muchas cosas que no estoy poniendo en práctica que el Señor me ha dicho que sí ponga en práctica, y entonces seréis felices.
Obediencia número 3 y última, para ir cerrando. La obediencia hace que mi camino prospere, no en términos económicos, obviamente. Santiago habla en el capítulo 1, versículos 23 al 25, de la ley de la libertad. ¿Te puedes creer eso? Que Santiago no mira la ley como algo restrictivo; la ley es la ley de la libertad. Claro, porque cuando yo permanezco dentro de la ley no soy esclavizado por mis propios pecados; es la violación de la ley la que me esclaviza. Entonces Santiago dice en esa carta, versículo 25: "Porque si alguno es oidor de la Palabra y no hacedor, es un hombre que mira su rostro natural en un espejo, pero después de mirarse a sí mismo, se va e inmediatamente olvida cómo era. Pero el que mira atentamente a la ley perfecta, la ley de la libertad, y permanece en ella, no habiendo sido un oidor olvidadizo sino un hacedor eficaz, este será bienaventurado en lo que hace." Ahí está la prosperidad a la manera de Dios. Es el que lo lleva a la práctica, el que oye la Palabra y la lleva a la práctica, es un bienaventurado, es un bendecido.
En el Señor Pedro quería todo eso para esta gente. Toda esta gente necesita eso. Para estar en medio de la aflicción que está sobre ellos y que viene de camino, ellos necesitaban esa estabilidad, ellos necesitaban gozo, y de alguna manera ellos necesitaban que sus caminos prosperaran a pesar de todo. Pedro lo dice y está en la manera de hacerlo. Y ahora él cierra diciendo que la gracia y la paz les sean multiplicadas. El deseo de Pedro no es simplemente que experimenten gracia, no es simplemente que experimenten paz; Pedro quiere que ambas cosas les sean multiplicadas, que sean abundantes.
La gracia que Pedro está deseando —escúchenme, esto es un concepto vital para que usted pueda entender el resto de la vida cristiana—: la gracia de Dios es la fuerza y el motor para la vida cristiana por completo. La gracia de Dios es el motor detrás de toda la vida cristiana. La gracia de Dios comienza regenerándome el día de mi conversión. La gracia de Dios me hace amar a Dios, y si amo a Dios obedezco a Dios, de manera que la obediencia a Dios es fruto de la gracia de Dios que me hizo amar a Dios. ¿Voy bien? Voy muy rápido. La gracia de Dios me hace amar a Dios. Si amo a Dios, obedezco a Dios. Ahora me devuelvo. Mi obediencia a Dios es el fruto de amar a Dios. Y para amar a Dios yo necesito que la gracia de Dios cultive ese amor en mí.
La gracia de Dios me disciplina. Déjenme desmontar de ustedes un concepto completamente errado, y ojalá que cada uno lo entendiera de la forma en que la mayoría de los hijos de Dios no lo entiende. La disciplina de Dios, por severa que sea, es una muestra de su gracia, tanto como la expresión más excelsa de su amor para contigo. Porque el Señor te disciplina porque te ama y quiere la imagen de Cristo en ti al precio que sea; no te quiere desviado, no te quiere descarriado, no te quiere perdido. De manera que la disciplina de Dios es, simplemente, para con sus hijos otra muestra de su gracia y del compromiso que Él tiene de llevarte hasta la gloria, hasta presentarte sin arrugas y sin mancha, aun si se requiere disciplina severa. De manera que su disciplina debe ser bienvenida por sus hijos.
Hablaba con alguien esta semana y le decía algo así: "Si Dios dispone esto para mí, ¿sabes qué? Debería estar bien, cómodo y agradecido por eso." Porque yo sé que yo me equivoco todo el tiempo, no importa el área: en el cómo, en el cuándo, en el dónde; yo me equivoco. Pero Él quiere paz y gracia, paz. La paz que el hombre experimenta es el resultado, primero, de la reconciliación con Dios. Luego es el resultado de la reconciliación con los hombres. Cuando vivimos sin estar reconciliados no tenemos paz; yo no tengo paz estando irreconciliado. No sé de ti, yo te puedo hablar de mí: no hay nada que a mí me robe más la paz que la irreconciliación.
Pero a veces estamos reconciliados con Dios, nos hemos reconciliado con el hombre y todavía no estamos muy en paz. Lo que yo sé es que la irreconciliación con Dios no te puede dar paz, la irreconciliación con el hombre no te puede dar paz. Pero yo sé también que tú puedes estar reconciliado con ambos y todavía no tener paz, porque la paz también es el resultado de estar enfocado en lo que Dios quiere para mí y no en lo que yo quiero para mi propia vida, dirección o propósito. Cuando yo pierdo esa dimensión —y en mi caminar ha habido momentos en que he perdido esa dimensión, yo no soy diferente a ustedes en el sentido de nuestra humanidad compartida con sus debilidades compartidas—, cuando yo pierdo esa dimensión, yo también experimento falta de paz. La paz, entre otras cosas, también es el resultado de estar enfocado en lo que Dios quiere para mí y no en lo que yo quiero para mi propia vida.
Hermano, todo lo que viene de Dios —no lo que es permitido por Dios, sino todo lo que viene de Dios— es parte de su gracia, y a lo que es permitido por Dios, eventualmente le va a aplicar su gracia para convertirlo en algo bueno para ti. La gracia de Dios es la que nos capacita para vivir como extranjeros y peregrinos en una tierra extraña, y vivir con gozo.
Hasta el punto que el apóstol Pablo dice... Pablo, tú sabes por la dificultad de lo que pasó. Yo no creo que Pablo, después de Jesucristo, no creo que nadie pasara por más vicisitudes que Pablo. Y como hemos mencionado aquí, otra vez él llamó a todas sus vicisitudes "leves y pasajeras". Yo le llamaría "horribles y duraderas". Leves y pasajeras. Y luego dice: "¿Sabes qué? Nada de esas vicisitudes, tribulaciones, vale la pena que sea comparada con la gloria que ha de venir."
Aquello es tan grandioso, tan glorioso, tan extraordinario, tan eterno, que no me hace nada leve y pasajero de este mundo. No lo puedes comparar, no tiene comparación, no tiene forma, no tiene tamaño, no tiene color, no tiene atractivo comparado, si tú supieras, si supieras lo que viene.
El hermano, esto no es tu morada final, este no es tu último destino. Tu mejor vida no es ahora. Si tú tienes ese libro, quémalo, bótalo. Lo mejor de tu existencia está por venir, lo mejor de tu existencia está por venir, y será para siempre, sin fin. El propósito que le dé este mundo a tu vida no podrá satisfacer tu alma. No, no fuiste creado para ese propósito. Fuiste creado para los propósitos de Dios, para que vivas para su gloria. Fuiste creado para una vida extraordinaria, volando alto, de tal forma que la gloria de Dios sea desplegada en y a través de tu vida. Dios sabe lo que tú necesitas para llevarte de donde estás a donde Él quiere que tú estés.
Estamos por cerrar. El predicador se hizo largo, predicó largo, pero voy a cerrar. Voy a cerrar regresando a Hebreos 11. Los peregrinos y extranjeros del Antiguo Testamento, como ellos se consideraban, a escuchar lo que Dios dice de ellos. Porque lo que dice es: "En tales cosas que son peregrinos y extranjeros" —lo que dice en tales cosas— claramente dan a entender que buscan una patria propia.
Y sí, en verdad hubieran estado pensando en aquella patria de donde salieron, como Egipto, habrían tenido la oportunidad de volver. Los que fueron a Babilonia, probablemente había como dos millones de personas en Babilonia. ¿Sabe cuántos regresaron? Cincuenta mil personas. Los otros decidieron quedarse en el exilio. De manera que Dios está diciendo de este grupo que está aquí en Hebreos: "Han tenido la oportunidad de regresar." Si hubiesen estado pensando en esa otra patria, en el mundo —tú puedes regresar al mundo, de ahí te sacaron—, si tú quieres regresar, tienes la oportunidad de regresar.
Pero en realidad, este grupo anhela, anhela una patria mejor, es decir, celestial. Por lo cual Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos, pues ha preparado una ciudad para ellos.