Dios tomó el mensaje más poderoso de la historia —el evangelio— y lo depositó en personas frágiles, sin mucha dignidad aparente. Esta es la paradoja central de 2 Corintios 4: un tesoro de valor incalculable colocado en simples vasos de barro. El propósito es claro: que la extraordinaria grandeza del poder sea de Dios y no de nosotros. La historia bíblica lo confirma: el primer sacerdote construyó un becerro de oro, Moisés no entró a la tierra prometida, Juan el Bautista dudó desde la cárcel, y Pedro negó al mismo Cristo que había confesado como Hijo del Dios viviente.
El apóstol Pablo encarna esta realidad. Fue ignorado en Atenas, apedreado en Listra hasta darlo por muerto, perseguido en ciudad tras ciudad. Y todo por obedecer a Dios predicando el evangelio. Sin embargo, describe su experiencia con frases que revelan el poder sostenedor divino: afligidos pero no agobiados, perplejos pero no desesperados, perseguidos pero no abandonados, derribados pero no destruidos. La debilidad humana aparece siempre junto al poder que impide el colapso total.
Pablo conecta fe y testimonio de manera inseparable: "Creí, por tanto hablé". Cuando no nos atrevemos a testificar, la causa es incredulidad —quizás no creemos que el evangelio tenga poder transformador o que Dios pueda usarnos a nosotros. Una vida cristiana cómoda no es consistente con la cruz. Si alguien murió por nosotros, debiéramos estar dispuestos a sufrir para que otros escuchen. La motivación de Pablo para soportar todo fue el amor, y la meta final siempre fue la gloria de Dios.
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Espero que hayan podido disfrutar la presencia de Dios. Frecuentemente hablamos de disfrutar la adoración, y hay una manera de disfrutarla, pero siempre y cuando disfrutemos su presencia, que es el sentido y su administración, mientras adoramos y reconocemos quién Él es.
Yo quiero invitarte a que abras la Palabra de Dios en la segunda carta a los Corintios, capítulo 4. Vamos a estar leyendo desde el versículo 7 hasta el 15. De esa forma continuamos nuestra serie en esta extraordinaria epístola que a mí me ha ministrado de manera muy personal.
El versículo 7 comienza de esta manera: "Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la extraordinaria grandeza del poder sea de Dios y no de nosotros. Afligidos en todo, pero no agobiados; perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no destruidos. Llevando siempre en el cuerpo por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo. Porque nosotros que vivimos, constantemente estamos siendo entregados a muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo mortal. Así que en nosotros obra la muerte, pero en vosotros la vida. Pero teniendo el mismo espíritu de fe, según lo que está escrito: creí, y por tanto hablé, nosotros también creemos, por lo cual también hablamos, sabiendo que aquel que resucitó al Señor Jesús, a nosotros también nos resucitará con Jesús y nos presentará juntamente con vosotros. Porque todo esto —escucha— es por amor a vosotros, para que la gracia que se está extendiendo por medio de muchos haga que las acciones de gracias abunden para la gloria de Dios."
Padre, nosotros pausamos y te damos gracias otra vez por tu Palabra. Te damos gracias por las verdades extraordinarias que tú has vertido en ella, y en particular para el día de hoy en este texto. Nosotros pedimos que tú uses tu Palabra para cultivar algo en nosotros que quizás no hemos hecho de manera intencional, y quizás no nos hayamos percatado de cuán poco cultivado está eso que esta Palabra podría hoy abonar de una manera especial. Abre tú los labios del predicador en consonancia con la belleza de tu Palabra, en Cristo Jesús.
En el texto que yo acabo de leer, inmediatamente nosotros comenzamos a leerlo, nos encontramos con una gran paradoja. Yo no sé cuántos de nosotros estamos claros en lo que una paradoja es. Pero en esencia, una paradoja es un hecho que parece contrario a la lógica, la lógica humana, al sentido común. Y la realidad es que la revelación de Dios está llena de paradojas.
Una de ellas es, y que vemos en este texto, cómo es posible que hijos de Dios, comprados para ser posesión de Dios, sean justamente los que muchas veces terminan pasando por las vicisitudes más complejas. Peor aún, cuando algunos de esos hijos de Dios han cultivado, se han preocupado por llevar una vida de santidad, como fue el caso de Job y del apóstol Pablo, y que sean ellos precisamente los que necesiten atravesar por las peores circunstancias de la vida. Eso es contrario a toda lógica humana. Y de paradojas como esa está llena la Palabra.
El Señor Jesús no solamente enseñó parabólicamente, pero enseñó también paradójicamente. En una ocasión Él nos dijo que la manera como yo podía ganar mi vida era perdiéndola. Es una paradoja: ¿cómo es que voy a perder algo para poder ganarla? En otra ocasión nos enseñó que si alguien nos maldice, la manera como debiéramos responder es bendiciendo a esa persona. Eso es contrario al sentido común de nosotros los humanos. Otra vez nos enseñó que si yo quería ser exaltado, por así decirlo, que la manera de hacerlo era comenzando por humillarme. De manera que para yo poder ascender en el reino de los cielos, la manera hacia arriba es realmente hacia abajo.
Y de esa misma forma, entonces, cuando tú lees esta carta de Pablo a los Corintios, tú encuentras múltiples afirmaciones paradójicas que llaman la atención, y que yo creo que tienen el propósito expreso precisamente de llamarnos la atención para que nos detengamos y reflexionemos, porque de lo contrario pasaríamos por alto las verdades que Dios quiere comunicarnos.
En esta ocasión nosotros vemos al gran apóstol Pablo, escogido por Dios para ser su instrumento especial de esparcir el Evangelio por una gran parte del orbe humano, como la persona más perseguida, más sufrida, más experimentada en dolores, después de nuestro Señor Jesucristo.
No podemos olvidar que Pablo había sido ignorado en Atenas. Él fue y se paró en el Areópago y trató de hablar y presentar el mensaje a los filósofos estoicos y los epicúreos, y de allí se burlaron. Le dijeron: "Pablo, tú estás loco; cuando tú recobres la cabeza, nosotros te vamos a oír." Pablo estuvo en Berea y allí tuvo que escapar escondido. Pablo había estado en Corinto, en esta ciudad precisamente, y es en este lugar representado por esta iglesia donde se burlan de él y donde se ríen del apóstol Pablo. Cuando estuvo en Filipos cayó en prisión. En Listra lo apedrearon tan gravemente que lo dieron por muerto y lo dejaron tirado en el piso: "No te molestes, que está muerto." Imagina lo que debía haber sido vivir de esta manera. Y luego en Tesalónica fue perseguido, fue expulsado de la ciudad, y de ahí él se fue a Berea.
Lo increíble es que todas y cada una de esas vicisitudes —y simplemente mencioné algunas como ilustraciones— fueron por causa del Evangelio, por estar predicando el mensaje que Dios le encomendó que predicara. En otras palabras, por obedecer a Dios.
Y con esa introducción, entonces, yo quiero que nosotros podamos ver la primera paradoja que encontramos en este pasaje que tenemos de frente, y que está expresada muy claramente en el versículo 7, cuando el apóstol escribe: "Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la extraordinaria grandeza del poder sea de Dios y no de nosotros."
Justamente en el versículo anterior, en el versículo 6, Pablo acababa de decir algo que nos explica cuál es el tesoro al cual él se refiere, que Dios ha colocado en vasos de barro. Porque en ese versículo Pablo dice que Dios ha hecho resplandecer en nuestros corazones para el conocimiento de la gloria en la faz de Cristo. Dios hizo resplandecer la luz del Evangelio en nuestro corazón para la gloria de Dios en la faz de Cristo. Ese es el tesoro. Esto es lo que tiene un valor extraordinario. Es el Evangelio, que es el poder de Dios para salvación para todo aquel que cree, para el judío primeramente y luego para el gentil.
Ese poder extraordinario de Dios, a través del cual Él le quita la ceguera espiritual a los seres humanos, a través del cual Dios llama a alguien que está espiritualmente muerto y lo levanta, lo resucita, ese poder extraordinario, así de grande, Dios ha decidido colocarlo en personas como nosotros, que somos llamados por Pablo vasos de barro. No vasos de mucha gloria, no vasos de mucha dignidad. Dios hizo algo paradójico: Dios tomó el mensaje más poderoso que se conozca en la historia humana y lo puso en personas sin mucha dignidad.
Eso es exactamente lo que Pablo estaba tratando de explicarle a los corintios en su primera carta. Corintios que muchas veces tiraron a Pablo, quizás menospreciándolo por no ser un orador muy pulido, tiraron a Pablo por no ser una persona con una apariencia impresionante. Y Pablo les escribe en 1 Corintios 1:26 y siguientes, y les dice lo siguiente: "Pues considerad, hermanos, vuestro llamamiento: no hubo muchos sabios conforme a la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles." Parece que hubo algunos, pero no muchos. "Sino que Dios ha escogido lo necio del mundo para avergonzar a los sabios, y Dios ha escogido lo débil del mundo para avergonzar a lo que es fuerte. Y lo vil y despreciado del mundo ha escogido Dios, lo que no es, para anular lo que es, para que nadie se jacte delante de Él." Ahí está la frase de propósito: para que nadie se jacte delante de Él. "Mas por obra suya estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual se hizo para nosotros sabiduría de Dios, y justificación, y santificación, y redención, para que" —otra frase de propósito— "tal como está escrito: el que se gloría, que se gloríe en el Señor."
Dios ha hecho a Cristo sabiduría de Dios, justificación, santificación, redención, de tal forma que aquel que quiera gloriarse tenga solamente una cosa en la que se pueda gloriar, y es en el Señor Jesús.
Dios no miró hacia abajo y dijo: "¿Sabes qué? Grecia tiene unos filósofos brillantes. Yo necesito un Platón o un Aristóteles o un Sócrates, de manera que ahí va mi Evangelio para que ellos lo presenten; el mundo les oirá." Dios no miró hacia abajo y dijo: "¿Sabes qué? El Imperio Romano, ellos se han destacado por una gran oratoria. Yo necesito alguno de esos oradores romanos, de manera que yo pueda usar la belleza y la riqueza de su oratoria para predicar mi Evangelio."
Y algunos pudieran entonces decir: "Bueno, pastor, pero recuerde que luego vino el apóstol Pablo, y el apóstol Pablo era un individuo muy preparado." Algunos hablan —no sé cómo hacen la comparación— pero algunos dicen que si pudiéramos comparar la preparación de Pablo con alguien hoy en día, pudiéramos pensar que Pablo tenía la preparación de uno o dos doctorados. No sé cómo se hace eso, pero la realidad es que aun ese gran Pablo en esencia dijo: "Por la gracia de Dios yo soy lo que soy."
Nosotros no podemos olvidar, cuando pensamos en vasos de barro, que el primer sacerdote del pueblo de Dios tuvo la osadía y tuvo a la vez la necedad humana de construir un becerro de oro, de confeccionarlo con sus propias manos. Y luego querer venderle la idea a su hermano Moisés de que en realidad lo que pasó fue que el pueblo le trajo estos pendientes de oro y estos collares y demás, y él lo tiró ahí en el fuego, y del fuego salió un becerro. Como dirían en inglés: "Yeah, right."
Nosotros no podemos olvidar que el más grande de los profetas del Antiguo Testamento, aquel con quien Dios hablaba cara a cara, no pudo entrar a la tierra prometida. El más grande de los profetas que alcanza a estar vivo en la época de Cristo, el introductor del Mesías, estando en la cárcel, le manda a preguntar a Cristo que si realmente era él o si debía esperar a otro. "¿Realmente eres tú?" Crisis de fe. "¿Realmente eres tú el que yo predije? Yo vi el cielo abierto, yo oí la voz del Padre, yo estaba tan seguro. Ahora aquí en la cárcel, aquí detrás de los barrotes, y mi misión como que no son congruentes."
El apóstol que confesó a Cristo, recuerda, en Cesarea de Filipo: "¿Quién dicen los hombres que yo soy?" preguntó Jesús. Y bueno, unos dicen que tú eres Elías, otro que tú eres el profeta, otro dice que tú eres uno de los profetas. "Sí, pero ustedes, ¿quién dicen ustedes que yo soy?" Pedro: "Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente." Y Cristo se voltea a ese Pedro: "Yo te garantizo, bienaventurado eres, Pedro, porque carne ni sangre te reveló esto, sino mi Padre que está en los cielos." Yo me imagino a Pedro, ¿eh? Bueno, ¡míralo! Y este es el hombre que cuando está en el patio, Cristo está siendo entrevistado, le dicen: "Pero tú estabas con el galileo." Y él: "No, yo no conozco al Mesías, al Hijo del Dios viviente, no lo conozco." Pedro, ¿que tú no conoces a quien tú declaraste el Hijo del Dios viviente por revelación divina? "¡Maldita sea, que no lo conozco!"
Nosotros somos vasos de barro, lo queramos admitir o no. Aun el mejor de nosotros es una persona extremadamente frágil y fácil de caer en las garras de Satanás. El mejor representante de la raza humana, Adán, en una sola, en un solo momento, en una sola pregunta, en un solo evento, en una sola intervención, cayó en sus garras. Nosotros somos personas frágiles y la historia del hombre lo ha demostrado.
Nosotros somos personas afectadas por enfermedades. Un día estamos bien, vamos al médico y él revisa los resultados y salimos con una sentencia de muerte que no estábamos esperando. Otras veces nuestras emociones nos afectan. Tú terminas de predicar, tú bajas de aquí, alguien te aprueba y tú te sientes bien, alguien te condena tan severamente y tú te sientes mal. Somos frágiles. Nosotros somos susceptibles a los fracasos. Nos sentimos incapaces de remontar cuando fracasamos, las decepciones nos hieren tan profundamente y nos desmoralizan.
Hombres de la estatura de Charles Spurgeon batallaron contra la depresión. ¿Spurgeon? El príncipe de los predicadores, la lengua de oro de Inglaterra, en un momento dado, batallando con la depresión. Y yo pensé que eso era un problema de gente de poca fe. Yo no pensé que eso era para cristianos maduros. Porque yo no pensaba que éramos vasos de barro, susceptibles a las cosas que el cuerpo caído puede sufrir. Gente como Martín Lutero, en ocasiones, estaba tan atemorizado que no quería atravesar un bosque porque pensaba que los demonios lo estaban persiguiendo. Martín Lutero, que se paró ante lo que fue el Imperio Romano Sacro de aquella época. Y a veces nosotros nos hacemos los fuertes y ponemos una sonrisa y sonreímos y ponemos una frase, la enviamos por Twitter, por Facebook, pero cuando llegamos a la casa y nos vemos en los espejos, nosotros descubrimos de qué estamos hechos tú y yo. Y eso afecta a nuestro servicio.
Pablo en ese versículo 7 nos deja ver la razón por la que Dios tomó el tesoro del satisfacción y lo puso en vasos de barro. Escúchalo: "Para que la extraordinaria grandeza del poder sea de Dios y no de nosotros." Para que quede claro de dónde reside el poder transformador y que no se pueda confundir. En versos anteriores, Pablo llegó a decirnos: "Nosotros no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo." Y continuamente Pablo estaba tratando de clarificar lo que él entendía. Y, sin embargo, eso no evitó que muchos lo acusaran de considerarse mejor o superior o con mayor rango o con mayor autoridad.
Y quizás eso en parte explique por qué Pablo continuamente tiene que estar diciendo: "Por la gracia de Dios soy lo que soy." Ahí les dijo Pablo eso a los corintios, justamente a aquellos que lo acusaban. "Yo soy el peor de los pecadores, yo no merezco ser llamado apóstol. Cristo se me apareció a mí de último, como alguien nacido fuera de tiempo, como a un abortivo." Y aun así, en Corinto, donde él está enviando esta carta, es precisamente donde él encuentra su mayor oposición. Por eso yo decía en el mensaje anterior que quizás no haya un oficio más difícil de ejercer que el pastorado. Vasos de barro que tienen una misión extraordinaria, que en ellos Dios ha puesto el poder extraordinario de Dios con la intención expresa de demostrar que el poder no está en el barro, sino en aquel que forma el barro, que le da forma a ese vaso.
Ahora yo creo que tú notas cómo Pablo describe o compara la fragilidad o debilidad humana con el poder sostenedor de Dios, porque está aquí en sus palabras. Escucha cómo lo dice: Afligidos en todo —es la debilidad humana—, pero no agobiados —ahí está el poder sostenedor de Dios—. Perplejos, pero no desesperados. Perseguidos, pero no abandonados. Derribados, pero no destruidos. Débiles, pero sostenidos. Eso es lo que Pablo está diciendo.
Vamos a tomar cada una de esas frases por separado. Afligidos en todo, pero no agobiados. Ese "en todo" es importante, de manera que Pablo ha estado experimentando aflicción desde todos los ángulos posibles o en todas las experiencias humanas posibles. Y quizás pudiéramos preguntarnos: ¿Qué revela Pablo en sus cartas acerca de sus aflicciones? Bueno, Pablo se sintió afligido, profundamente afligido, por las acusaciones justamente que aparecieron en la iglesia de Corinto. Pablo se sintió triste por el pecado de esta iglesia, las divisiones, que uno de Pablo, otro de Apolos, otro de Pedro, la inmoralidad de esta iglesia.
Al escribir esta segunda carta a los Corintios, capítulo 11, versículo 28, ya habla de la presión cotidiana, de la preocupación por todas las iglesias. La presión cotidiana, diaria, continua de una preocupación que él tenía por todas las iglesias. La carencia económica de algunas de las iglesias, por eso promovió y recogió ofrendas para llevar a aquellos con más necesidades. Incluso, Pablo se sintió tan profundamente afligido cuando sus hermanos hebreos rechazaron el satisfacción, hasta el punto que Pablo llegó a decir: "Si yo pudiera sacarme los ojos, si yo pudiera hacerme anatema, si Dios pudiera maldecirme a mí para bendecirlos a ellos, yo estaría dispuesto." Hasta ahí llegó la profundidad de la aflicción de Pablo. Afligidos en todo, pero no agobiados.
Al escribir a Timoteo le dice: "Timoteo, participa conmigo en las aflicciones por el satisfacción. Timoteo, no te estoy pidiendo que participes conmigo en las aflicciones que yo mismo me creo, que tú mismo te pudieras crear, porque hay aflicciones que nosotros mismos nos creamos. Yo te estoy pidiendo que participes conmigo en las aflicciones típicas, características propias, inherentes con la causa del satisfacción."
Afligidos en todo, pero no agobiados. El texto ahí, en el original, implica "no aplastados", en inglés "not crushed". Es como si me pusieran bajo presión y la presión me fuera doblando, ¿ves?, hacia abajo, hasta que llegó un momento donde yo me paré porque no me pudieron aplastar hasta tirarme al suelo. ¿Y qué lo sostiene ahí? Justamente el poder de Dios, cuando dijo: "Hasta aquí." Afligidos, pero no agobiados. El poder de Dios a través de su gracia.
Perplejos, pero no desesperados. Hubo circunstancias que dejaron a Pablo perplejo, que lo dejaron atónito. Atonizar a Pablo —ya creé un verbo, pero está bien— no era cosa fácil. Pablo estaba atónito. Él se encontró en circunstancias que él como que dijo: "No lo puedo creer." La Biblia amplificada dice lo siguiente: "Inseguros de si encontraríamos una forma de salir de la situación." El capítulo uno habla de cómo Dios permitió en un momento dado una situación en su vida que él pensó, donde él perdió la esperanza de salir con vida. No sé si lo recuerdan.
Pero aun así, aun en circunstancias tan difíciles como esas, Pablo dice: "Aun ahí yo no me desesperé." Y lo único que hace que el individuo no se desespere en circunstancias de este tipo es justamente la gracia sostenedora de Dios. Pablo conocía que cualquiera que fuera la circunstancia en la que él se encontrara era algo que Dios había permitido y que Dios consideraba como parte de su voluntad perfecta. Por tanto, él no iba a desesperar. Podía estar perplejo. Podía decir: "Wow, nunca pensé que Dios llegara hasta ahí." Pero él sabía lo que hacía.
Perseguidos, pero no abandonados. Si hubo una experiencia con la cual Pablo estaba familiarizado fue con la persecución. Si tú lees el libro de los Hechos, solamente el libro de los Hechos, tú te encuentras a Pablo perseguido en el capítulo 9, versículo 29; en 13:50; en 14:5; en 14:19; en 16:22; en 18:12; en 21:36; en 22:22; en 23:10. Es como que Pablo vivía más perseguido que tranquilo.
Tú sabes que hay gente, sobre todo en Estados Unidos, donde el clima cambia tanto. Aquí ustedes saben que es calor y el otro día va a ser calor otra vez. Entonces, uno como que no chequea tanto el clima. Pero allá pudiera cambiar, pudiera nevar o no nevar, dependiendo del tiempo del año. La gente chequea el clima para ver todos los días cómo va a estar la temperatura y ver cómo sale vestido. Yo creo que Pablo podía chequear eso para ver: "¿Dónde me van a perseguir hoy?"
Y Pablo dice: "Perseguido, pero no abandonado." En otras palabras, a Pablo nunca se le ocurrió lo que a muchos de nosotros se nos ha ocurrido en ocasiones: "Yo creo que Dios me abandonó." Dios dice en su Palabra: "Yo nunca te abandonaré ni te dejaré." Dios dice en su Palabra: "Aunque tu padre y tu madre te abandonen, yo nunca te abandonaré." Pero en ocasiones nosotros, en el momento de dificultad, decimos: "Yo creo que Dios me abandonó, que Dios no está conmigo, yo creo que Dios no ayuda a otros y a mí no." A Pablo no le pasó eso.
Perseguido, pero sabiendo que estaba acompañado por el Señor Jesús. Si nosotros no cambiamos el chip de cómo pensamos y no terminamos creyendo lo que la Palabra dice continuamente, vamos a estar sintiendo cosas que no debiéramos sentir. Derribados, pero no destruidos.
Aquí yo voy a usar una ilustración de un deporte que yo creo que debería ser ilegal, de manera que el uso de la ilustración no implica mi disfrute de él, y es el boxeo. Derribado pero no destruido: cuando un boxeador le da un golpe al otro y lo tumba y el árbitro cuenta, es como algo así que Pablo lo está diciendo. Yo he tenido experiencias donde yo me he sentido derribado en la vida, pero no destruido. Yo he logrado pararme otra vez por la gracia sostenedora de nuestro Dios. Como en Listra, le dieron un golpe a ese tipo donde lo dejaron por muerto. Pero sabe qué, volvió y se paró, y sabes qué, volvió a predicar el Evangelio otra vez.
Ahora Pablo comienza a comparar paradójicamente otra vez la muerte con la vida. Los versículos 10 y 11 dicen: "Llevando siempre en el cuerpo por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo." Suena como paradójico: ¿cómo es que yo voy a llevar la muerte y la vida al mismo tiempo en el mismo cuerpo? Bueno, es exactamente lo que él está diciendo. Esa es una expresión bastante extraña: el hecho de que él diga que él siempre en el cuerpo está llevando por todas partes la muerte de Jesús. ¿De qué forma Pablo lleva la muerte de Jesús por todas partes?
Bueno, la palabra traducida como "muerte" no es una palabra que expresa un evento final único y terminado, sino más bien algo que tiene que ver con un evento o algo que va muriendo poco a poco. En medicina se usa esa palabra con frecuencia: necrosis, lo cual ocurre paulatinamente. Esa es la palabra que Pablo usa, y de tal forma que Pablo parece estar diciendo: en la medida en que yo voy avanzando, verdaderamente predicando el Evangelio y voy sufriendo por causa del Evangelio, como que poco a poco yo voy acercándome a mi momento de muerte, y en ese sentido voy llevando conmigo la muerte de Jesús.
De la misma manera que Jesús murió por causa del Evangelio —de hecho la muerte de Jesús es lo que permite escribir el Evangelio— de esa misma manera yo ahora estoy predicando el mismo Evangelio y sufriendo por el mismo mensaje por el que Cristo fue a la cruz. De la misma manera que la muerte de Cristo sirvió para traer vida a muchos, incluyéndome a mí mismo, de esa misma forma mis sufrimientos por causa del Evangelio están trayendo vida a muchos, a favor de los elegidos de Dios.
Y aquí yo quisiera pausar un momento breve y hacer una reflexión con nosotros como parte de la iglesia de Occidente y de la iglesia de nuestro Dios, y decir que una vida cristiana cómoda no es consistente con la cruz. No lo es. Si alguien murió por mí, no es posible que yo no esté dispuesto a sufrir para que otros escuchen y crean. El cristianismo cómodo de Occidente, de escritorio, de oficina y dentro de templos, simplemente no es compatible con la causa radical del Evangelio de Cristo. No lo es.
El cristiano de Occidente con frecuencia lucha con si él va o no a dar el diez por ciento de sus ingresos a la causa de Cristo. El cristiano de la iglesia primitiva no daba el diez por ciento de sus ingresos: daba su vida. Su propia vida, la vida de los suyos si era necesario. La causa de Cristo solo es compatible con un cristianismo radical. Solamente nosotros podemos vivir un cristianismo cómodo, pero es incongruente con la muerte y la causa de Cristo. En la causa de Cristo no hay nada mediocre; todo es radical.
Y usted podrá decirme: "Mi pastor, pero ¿dónde usted ve eso? ¿En qué otras porciones de las Escrituras?" En todas las Escrituras. Pero te voy a elegir una sola: Hebreos 10, capítulo 10, versículo 32 en adelante. "Pero recordad los días pasados, cuando después de haber sido iluminados soportasteis una gran lucha de padecimientos; por una parte, siendo hechos un espectáculo público en oprobios y aflicciones, y por otra, haciéndoos compañeros de los que eran tratados así. Porque tuvisteis compasión de los prisioneros y aceptasteis con gozo el despojo de vuestros bienes, sabiendo que tenéis para vosotros mismos una mejor y más duradera posesión."
¿Tú escuchaste todo lo que está aquí en este texto? Este texto es un mensaje o dos por sí solo. Pero brevemente, Pablo dice a este grupo: "Recuerda los primeros días." Ya han avanzado unos años, la causa de Cristo ha ido avanzando y nos comenzamos a acostumbrar. "Recuerda los primeros días, cuando después de haber sido iluminados" —en otras palabras, cuando después de haber sido salvos— "soportaste" no algunos padecimientos; escucha: "una gran lucha de padecimientos."
Pero el texto continúa explicando un poco más y dice: "¿Y cómo tú llegaste a ser hecho un espectáculo público en oprobios y aflicciones?" En otras palabras, el Imperio Romano, tratando de agravar o de aumentar tu dolor para que desistieras de que este movimiento creciera, lo que hizo fue que te tomó y te hizo pasar vergüenza y oprobio públicamente. Recuerda esos primeros días.
Pero también el texto me dice que algunos de ellos se hicieron compañeros de los que eran así tratados. En otras palabras, algunos de ellos no comenzaron siendo tratados así, pero al ver a algunos de sus hermanos que los estaban tratando así, ellos fueron y les acompañaron en su experiencia. Y luego, entonces, cuando algunos de ellos terminaron en prisión, estos hermanos fueron a las prisiones y les visitaron allí. Y resulta que cuando regresaron a sus casas, encontraron que las casas estaban vacías. "Aceptasteis con gozo el despojo de vuestros bienes." En el contexto de esas visitaciones a las prisiones, llegaste y estaba vacía la casa, y no solamente la encontraste vacía, sino que cuando la encontraste vacía dijiste: "¡Wow! ¡Vaciaron la casa porque abracé el Evangelio! ¡Gloria a Dios!"
Pero escuchaste la razón. Escucha, déjame leerte otra vez el versículo 34: "Porque tuvisteis compasión de los prisioneros y aceptasteis con gozo el despojo de vuestros bienes" —prisioneros, despojo de vuestros bienes— "sabiendo que tenéis para vosotros mismos una mejor y más duradera posesión." La razón por la que a ellos no les preocupaba que la casa estuviera vacía es porque su orientación de la vida no era pasajera y temporal ni terrenal, sino futurista y eterna. Ahí está el meollo.
Si nuestra orientación de la vida, si nuestra orientación de la vida de salvación es temporal, pasajera y terrenal, nosotros vamos a tener muchas dificultades en vivir de esta manera, o vamos a tener múltiples excusas que forman una teología funcional barata para explicar por qué estamos viviendo de una manera y no de la otra. Pero la realidad es que si tu orientación es futurista y eterna, tu vida será de otra manera. Y lo único que es compatible con la causa de Cristo y lo radical de la cruz es una vida tuya y mía igualmente radical.
El versículo 11: "Porque nosotros que vivimos" —oye qué palabra— "constantemente estamos siendo entregados a muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo mortal. Así que en nosotros obra la muerte, pero en vosotros la vida." Otra paradoja: mientras en mí obra la muerte, corintios, en vosotros obra la vida.
Nota cómo Pablo no dice que estamos siendo entregados a muerte de nueve a cinco. No: constantemente. Es como si esa experiencia fuera cotidiana. Es como si lo extraño no fuera el que lo entregaran a muerte, sino el que no lo entregaran a muerte. Que él pudiera proclamar el Evangelio y vivir el Evangelio de una manera que el peligro de muerte sea algo cotidiano es algo impensable para la iglesia de Occidente de nuestros días. Eso es ni pensar. Lo fue en la época de la Reforma, a través. Cuando a Lutero trataron de pararlo para que no llegara a la Dieta de Worms, sus palabras fueron: "Aunque los demonios..." —Lutero pensaba mucho en demonios porque era la época; así se pensaba en aquella época comúnmente— "aunque los demonios sean tantos como las tejas sobre el techo, yo voy para Worms."
Pablo entonces dice en el versículo 11 que también "para que la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo mortal." No solamente yo llevo por dondequiera la muerte de Jesús, de la manera que explicamos, sino que también esto es así para que se manifieste la vida de Jesús en nuestro cuerpo mortal. Pablo está pensando en el presente y está pensando en el futuro.
Cuando él piensa en el presente, ¿de qué forma la vida de Jesús se manifiesta en nuestro cuerpo, en nuestro cuerpo mortal? Él básicamente está pensando en el poder de la resurrección que vive en nosotros, por medio del cual nosotros podemos vivir una vida de victoria y no de derrotados, como él explica a los efesios y explica a los gálatas.
Escucha, Efesios 1:19 y 20: "La extraordinaria grandeza de su poder para con nosotros los que creemos." Hay una extraordinaria grandeza del poder de Dios para con nosotros los que creemos. "Conforme a la eficacia de la fuerza de su poder" —todavía no ha definido cuál poder; ahora va a definirlo— "el cual obró en Cristo cuando le resucitó de entre los muertos y le sentó a su diestra en los lugares celestiales." La extraordinaria grandeza del poder de Dios está con nosotros y es conforme a la eficacia de esa fuerza. ¿Cuál fuerza, Pablo? La fuerza que levantó a Cristo de entre los muertos.
Por tanto, la manera de vivir la vida cristiana como Dios le permitió a Pablo vivirla es mediante el poder de la resurrección, y cuando el poder de la resurrección se manifiesta en nosotros, el poder de la vida de Cristo se manifiesta en nosotros. Por eso Pablo habla de que por todas partes él lleva no solamente la muerte de Cristo, sino que lleva también la vida de Cristo. ¿Me siguen? Díganme que sí, porque no sé cómo repetirlo así.
Pablo continuamente explicó cómo fue posible que él viviera una vida tan extraordinaria. Escucha cómo se lo explica a los gálatas en el capítulo 2, versículo 20.
Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí. Y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí. Pablo explica que el poder para vivir esa vida no es algo que reside en él como Pablo, sino que reside en él porque Cristo vive en él. Y la manera como Cristo vive en él es porque el Espíritu mora en él, y ese Espíritu que mora en él levantó a Cristo de entre los muertos, y ese poder que levantó a Cristo de entre los muertos es el poder que ahora, desde adentro de nosotros, nos permite vivir la clase de vida que él vivió.
Cristo vive en ti, el poder de la resurrección vive en ti. Y hay algo más, y es que es una vida que tú vives por fe. "Y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por fe en el Hijo, por fe en el Hijo." Escucha cómo Pablo continúa, dado todo eso: "Así que en nosotros obra la muerte, pero en vosotros la vida." ¿Cómo que obra la muerte en ti? ¿Sí? Porque dondequiera que yo voy estoy predicando en medio de peligros de muerte, y no sé si voy a salir con vida de cada una de esas circunstancias. De manera que yo llevo la muerte de Cristo por dondequiera, pero en las circunstancias en las que yo me encuentro en peligro de muerte, yo estoy compartiendo el mensaje de vida, el mensaje del evangelio. Y resulta que aquello que en mí obra como muerte, resulta que en ustedes obra la vida.
¿Cómo así? Porque yo predico la palabra en medio de peligros de muerte, y tú, cuando la escuchas y la recibes, resulta que terminas con vida. Es como si Pablo lo pudiera decir de esta manera: mientras yo corro el peligro de la muerte, tú corres el peligro de convertirte. En nosotros obra la muerte, en vosotros obra la vida, porque mientras yo corro el peligro de la muerte predicando, tú corres el peligro de convertirte.
Pablo continúa, versículo 13: "Teniendo el mismo espíritu de fe, según lo que está escrito: Creí, por tanto hablé, nosotros también creemos, por lo cual también hablamos." En esta última parte Pablo comienza a establecer la relación entre la fe o el rol de la fe en la vida del creyente. Nota cómo él ata la vida de fe con la habilidad de hablar, de testificar, de predicar. Escucha otra vez: "Pero teniendo el mismo espíritu de fe, según lo que está escrito: Creí, por tanto hablé." Creí, eso es fe, y por tanto el resultado de mi fe fue que hablé. Y nosotros también creemos, y por lo tanto también hablamos. Creemos y por tanto hablamos, o hablamos porque hemos creído. Es una cita del Salmo 116:10.
Decía Warren Wiersbe en uno de sus libros: nada cierra la boca de un creyente como la incredulidad. En otras palabras, cuando nosotros no nos atrevemos a testificar, cuando nosotros tememos predicar, cuando nosotros tememos expresar nuestra fe en nuestros ambientes sociales, de trabajo, universitarios, colegiales, la causa es incredulidad. Quizás la incredulidad es que no creemos que el evangelio tenga el poder de transformar vidas. Quizás la incredulidad es que nosotros no creemos que Dios pueda usarnos a nosotros como vasos de barro. Quizás la incredulidad es que nosotros no creemos que Dios pueda vencer la resistencia más grande del corazón humano.
Como algunos me han dicho en ocasiones: "Pastor, es que no, ese hombre no es así, es que ese hombre no es fácil, ese hombre que poco a poco, paso a paso..." Porque en el fondo siempre hay un corazón que dice: puede ser que Dios haya creado el universo de la nada, pero con este hombre no puede. Quizás hay una incredulidad de esa naturaleza, quizás hay una combinación de esas cosas, pero Pablo sí lo establece: cuando tú crees, tú hablas. "Creí, por tanto hablé. Nosotros también creemos, por lo cual" —conclusión— "también hablamos." Hay una sola razón por la que hablamos, dice Pablo, y es que hemos creído el mensaje.
Eso no es muy distinto a la experiencia que narra el libro de los Hechos, capítulo 4, versículo 20, acerca de Pedro y de Juan: hombres iletrados que están predicando el evangelio, los encarcelan, los apresan, y luego los sueltan y les dicen que no debieran continuar predicando. Ellos dicen: "Bueno, es que tenemos que obedecer a Dios antes que a los hombres." Y luego le dan la explicación: "Porque nosotros —este es el problema— nosotros no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído." Dejar de decir, de hablar, de testificar, de proclamar. Esto es el hablar. No podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído. Lo que hemos visto y oído nos ha convencido. Esta fe produjo el hablar en nosotros. Ahora, sin fe es imposible vivir esa clase de vida, hablar de esa clase de vida.
Pero Pablo insiste en la necesidad del creyente de poder vivir esa clase de vida, porque Cristo vive en ti, y ahora la vida que vives la vives por fe en el Hijo que me amó. Pero Pablo también tenía su fe anclada en el lugar correcto. Tenía su fe no anclada en el aire, porque el aire no la sostiene, sino su fe anclada en hechos históricos del siglo primero. "Sabiendo que aquel que resucitó al Señor Jesús" —eso es un hecho histórico, pasó— "a nosotros también nos resucitará con Jesús y nos presentará juntamente con vosotros."
Pablo está explicando que él está viviendo una vida de fe anclada en la resurrección. El poder de la resurrección es el poder del Espíritu, y el poder del Espíritu es el que se manifiesta en la vida de Pablo y en la vida de nosotros, de manera que Pablo puede hablar de que en él se manifiesta no solamente la muerte de Cristo, sino también la vida de Cristo. Cristo vive en él, y él vive por fe en ese Cristo depositada en él.
La orientación del pensamiento de Pablo es futurista y eterna. Cristo nos resucitó, Cristo resucitó de entre los muertos, él prometió resurrección. Ahora yo pongo mi fe en ese evento futuro y comienzo a entender que en realidad yo puedo predicar en medio de peligros de muerte. Porque como mi fe está anclada en la resurrección futura, lo peor que me pudiera pasar si me muero predicando el evangelio es lo mejor que me puede acontecer, porque voy a entrar al reino de los cielos. Salir de este mundo es justamente experimentar el mundo venidero.
¿Tú quieres ir al mundo venidero? Sí, pastor. ¿Tú te quieres morir hoy? No, no, no, todavía. Entonces, ¿cuándo tú quisieras morir? Bueno, cuando viva como 187 años, pastor. Salir de este mundo es encontrarte con tu Señor. ¿Tú quieres encontrarte con tu Señor? Sí. Bueno, pues te tienes que morir. No, no, dígale que venga mejor. Nos encontramos ahí porque tenemos una vida orientada hacia lo temporal, hacia lo pasajero, hacia lo terrenal.
Salir de este mundo, salir de un mundo de dolor, de sufrimiento, de lágrimas, de pérdidas, de sinsabores. ¿Tú quieres seguir viviendo de esa manera? ¿Es este mundo tan extraordinariamente atractivo? Porque si es tan atractivo, ven y enséñamelo, porque no lo conozco. Hay días, hay semanas, que mi esposa y yo nos miramos y decimos: "Vamos, Señor, que el Señor Jesús regrese." Ok, yo ya me voy. Por eso, ¿qué es lo que sigue?
Porque todo esto —escucha ahora— esto es extraordinario. Esta es una manera extraordinariamente hermosa de terminar: "Porque todo esto es por amor a vosotros, por amor a vosotros. Para que la gracia que se está extendiendo por medio de muchos, haga que las acciones de gracias abunden para la gloria de Dios." Pablo, tú estás haciendo esto por amor a los corintios. A los corintios, a los corintios les está diciendo eso. ¡Wow!
Estaba leyendo parte de un libro de Jonathan Edwards, no muy conocido, pero se llama Charity and Its Fruits, o Amor y sus frutos. Y el último capítulo es considerado quizás el capítulo más hermoso de todos los capítulos que Edwards escribió. El libro entero es una exposición de 1 Corintios 13, y es algo extraordinario. Yo estaba leyendo el libro y mi esposa estaba ahí en el estudio, y yo le dije: "La verdad que Jonathan Edwards fue un hombre de otro planeta y como de otra galaxia." ¡Qué cosa! La forma extraordinaria como este hombre llegó a ver la virtud del amor.
Y Pablo dice: "Todo esto es por amor a vosotros." Esa es la motivación por la que Pablo está dispuesto a sufrir todo lo que sufrió. La razón, una de las razones por las que nosotros no estamos dispuestos a vivir ese tipo de vida, es porque nos amamos a nosotros demasiado. Y lo segundo es que amamos al otro también demasiado, pero demasiado poco. Nosotros no amamos lo suficiente al Señor Jesús, nosotros no amamos lo suficiente su causa, nosotros no amamos lo suficiente la cruz, nosotros no amamos lo suficiente la salvación que nos ha entregado, nosotros no amamos lo suficiente para dar nuestras vidas en aras del evangelio. Hablamos mucho de ese evangelio, pero no nos sacrificamos lo suficiente por un raro hecho del evangelio, para vivir conforme al evangelio. "Porque todo esto es por amor a vosotros."
Déjame dividir este versículo 15 y final en cuatro porciones. El propósito de este gran esfuerzo. Primero, ya vimos la motivación del amor. Segundo, el propósito de este gran esfuerzo: "Para que la gracia que se está extendiendo por medio de muchos." ¿Cuál gracia? La gracia de la salvación que se está extendiendo por medio de muchos, que se siga extendiendo. Porque como se está extendiendo es por medio de muchos, que esos muchos la sigan haciendo extender. El propósito de este gran esfuerzo es que esa gracia se siga extendiendo. Motivación: el amor. Propósito: que el evangelio, la gracia del evangelio, se siga extendiendo.
El resultado de ese evangelio que se está extendiendo es que las acciones de gracias abunden. Está ahí, tercera parte del versículo 15. Las gracias abunden. Y la meta sea la gloria de Dios.
Déjame leer el versículo 15 otra vez: "Porque todo esto" —ahí está la motivación— "es por amor a vosotros. Para que la gracia que se está extendiendo por medio de muchos" —que eso siga ocurriendo— "haga que las acciones de gracias abunden para la gloria de Dios." El fin último es justamente la gloria de Dios.
La idea final es esta, con esto yo resumo y cierro: el evangelio es un gran oro puesto en vasos de barro, en simples vasos frágiles.
¿Y para qué hizo Dios eso? Para que la extraordinaria grandeza de su poder, que declaró de dónde viene, entonces Él hizo eso para la gloria de Él. Dios permitió y permite que seamos afligidos, pero no hasta el punto de ser aplastados. Dios permite que en ocasiones quedemos perplejos, pero sin llegar a la desesperación. Dios permite que en ocasiones seamos perseguidos, pero sin ser abandonados, y en ocasiones derribados, pero sin ser destruidos. Y Él permite que esas experiencias ocurran para sostenernos en medio de ellas y se vea la gloria de Dios.
Dios permitió que Pablo viviera en peligro continuamente, constantemente es la palabra que luce. Para que a través de la predicación de la Palabra, en medio de peligros, Dios pudiera sostenerlo y que otros, en medio de peligros de muerte, pudieran alcanzar vida para demostrar la gloria de Dios. Dios nos permitió, nos ha permitido, o nos permite que vivamos una vida de fe por medio del poder de la resurrección, que mora en nosotros en la persona del Espíritu, justamente para mostrar la gloria de Dios en la vida de fe.
Dios nos permite que hagamos todo eso, por amor a vosotros, para que el amor de Dios que fluya a través de nosotros haga resaltar la gloria de su amor, para la gloria de Dios. Y que las acciones de gracias abunden en la medida en que nosotros nos sentimos tan agradecidos de ver la gloria de Dios fluyendo, haciendo, transformando, cambiando y empujándonos hacia Él.
La pregunta es si estamos dispuestos a vivir de esa manera. Cuando cantamos la canción del desierto, una de las líneas cantada decía: somos llenados para ser vaciados otra vez. Yo quiero preguntarte, si Cristo bajara ahora y tú lo vieras cara a cara, si tú te atreverías a decirle: Señor, por la vida de fe que vivo y por el poder de la resurrección que mora en mí a través del Espíritu Santo, yo puedo decirte que yo estoy siendo vaciado en aras de tu causa.
Podríamos otra vez decir esto. Cuando pedimos que Dios nos llene, nos dé llenos de su Espíritu, pudiéramos decir: Señor, yo estoy pidiendo que tú nos llenes otra vez, porque ya me vacié, ya me vaciaste, ya me exprimiste en aras de tu causa. Ahora vuelve a llenarme para que me vuelvas a vaciar en aras de tu causa.
Basado en la biografía de este hombre que Dios escogió y formó y capacitó, yo estoy convencido que ninguna otra vida honra la causa radical de la cruz que no sea ese tipo de vida. Si Dios dio a su Hijo, el unigénito, la segunda persona de la Trinidad, y lo hizo un espectáculo público, nosotros que somos simples vasos de barro debiéramos estar dispuestos a ser hechos oprobio y aflicción, espectáculo público en aras del mismo, que la gente vea la gloria de Dios.