Integridad y Sabiduria
Sermones

El poder de su resurrección

Miguel Núñez 13 mayo, 2012

La salvación completa del creyente se resume en tres versículos de Filipenses 3: el versículo 9 habla de la justificación, el 10 de la santificación, y el 11 de la glorificación. Pablo, después de treinta años de conocer a Cristo, todavía anhela conocerlo más íntimamente, experimentar el poder de su resurrección y participar en sus padecimientos. Este anhelo revela algo crucial: la vida cristiana fue diseñada para ser vivida sobrenaturalmente, a través de un poder sobrenatural.

El poder que levantó a Cristo de entre los muertos es el mismo que mora en cada creyente, pero ese poder se manifiesta de una manera específica: en medio de la aflicción. Los deseos de la carne no se vencen con el poder de la carne. La lujuria es más poderosa que el deseo de detenerla, la ira consume más que la voluntad de controlarla, pero cuando estas luchas se ponen bajo el poder de la resurrección, se debilitan. El problema es que muchos hijos de Dios evitan el compromiso, rehusan la vulnerabilidad de la amistad íntima, y esquivan el dolor de la consejería, perdiendo así las oportunidades donde ese poder podría visitarlos.

Pablo escribe que estaba afligido pero no agobiado, perplejo pero no desesperado, perseguido pero no abandonado. ¿Cómo podía mantener tal gozo? Porque la tribulación debilita la carne y el poder de la resurrección completa el trabajo, destruyendo el orgullo, el resentimiento y la autosuficiencia, mientras forma la imagen de Cristo. Esta vida fue destinada para atravesar dificultades, y el mismo poder que un día levantará nuestros cuerpos en gloria ya está disponible hoy para transformarnos.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Filipenses 3 es otra vez el libro de la Palabra que vamos a estar leyendo, y es básicamente el mismo texto que vimos la semana pasada, para continuar expandiendo aquello que comenzamos la semana anterior. Cubrimos hasta el versículo 8, de ahí del 3 al 11, pero cubrimos hasta el 8. Hoy vamos a volver a leer el 3 al 11, pero para cubrir los versículos del 9 al 11 y terminar con la exposición de ese texto.

Así dice la Palabra: "Porque nosotros somos la verdadera circuncisión, que adoramos en el Espíritu de Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús, no poniendo la confianza en la carne. Aunque yo mismo podría confiar también en la carne. Si algún otro cree tener motivo para confiar en la carne, yo mucho más: circuncidado al octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo; en cuanto al celo, perseguidor de la iglesia; en cuanto a la justicia de la ley, hallado irreprensible. Pero todo lo que para mí era ganancia, lo he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y aún más, yo estimo como pérdida todas las cosas en vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús mi Señor, por quien lo he perdido todo y lo considero como basura, a fin de ganar a Cristo."

Y aquí viene nuestro texto hoy: "Y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia derivada de la ley, sino la que es por la fe en Cristo, la justicia que procede de Dios sobre la base de la fe, y conocerle a él, y el poder de su resurrección, y la participación en sus padecimientos, llegando a ser como él en su muerte, a fin de llegar a la resurrección de entre los muertos."

Padre, gracias por un texto que aparentemente parece corto en estos últimos versículos, pero tan repleto de contenido. Yo te pido, Dios, que tú ayudes a tu siervo a desempacar lo que tú inspiraste en ese texto. Abre nuestro entendimiento, abre nuestro corazón y permítenos, Dios, permítenos a través de tu Espíritu poder entender esto de una manera que cambie nuestra forma de vivir de manera radical y a partir de hoy. Te lo pedimos en Cristo Jesús.

Como mencioné la semana anterior, comenzamos a exponer este texto y lo hicimos, pero parcialmente, solamente porque no teníamos el tiempo para cubrir o decir todo lo que entiendo el apóstol Pablo dejó plasmado aquí. En los primeros versículos nosotros leímos algo significativo acerca del testimonio, del legado de este hombre que venía caminando conforme a la justicia de la ley, conforme a lo que había aprendido en el judaísmo, y que lo venía haciendo, del punto de vista humano, de una manera extraordinaria. Pero eso mismo lo había llenado de satisfacción y lo había llevado a creer que ciertamente, en sí mismo, por medio del cumplimiento de la ley, él podía alcanzar, cultivar una rectitud moral suficiente para un día presentarse delante de Dios.

Si toda la humanidad se fuera a presentar delante de Dios, hay un grupo que se estará presentando conforme a su propia rectitud moral, y otro grupo que lo estará haciendo de otra manera que Pablo todavía no conocía, que Pablo no entendía y que, por tanto, él no podía abrazar. Él solamente había abrazado el camino de las obras de la ley, lo cual lo pondría a él en ese grupo en particular que se presentará delante de Dios confiando en sus propios méritos, en sus propios logros.

Pero Pablo un día es interceptado por el Señor Jesucristo camino a Damasco, persiguiendo a la iglesia, y ese día Dios abrió su entendimiento y finalmente él pudo entender que lo que él venía haciendo, el cumplimiento de las obras de la ley de una manera que según él fuera irreprensible, eso no podía pasar el escrutinio de la ley de Dios, el escrutinio de la justicia de Dios. Pablo confiesa en Romanos 6 y 7 que el pecado que moraba en él lo engañó, y al engañarlo lo mató. En realidad estaba muerto, pero lo que él quiso decir con esto es que él creía que estaba vivo, y en realidad, al el pecado engañarlo, no le permitió ver su condición. Y cuando él despertó a la realidad de lo que estaba pasando, él se encontró muerto espiritualmente, todo debido a la realidad del pecado que oscureció su mente. Y sin embargo, hasta ese momento Pablo creía que había cumplido con la ley de manera irreprensible. En cuanto a la ley, irreprensible.

Y al final del camino él se encuentra con que su orgullo y autojusticia, tratando de cumplir no la ley de un dios pagano sino la ley de Jehová, lo había alejado aún más de Dios que a muchos otros. Porque cada vez que tú entiendes que tú mismo, tu propia moralidad o rectitud, realmente pueden calificar para entrar al reino de los cielos, en ese mismo momento tú comienzas a ser alejado, o tú mismo te has alejado más que cualquier otro que estuviese dispuesto a confiar en Dios y no en sí mismo para entrar.

Cuando Pablo entiende esta realidad de que él necesita a Cristo, y él encuentra a Cristo, en ese momento Pablo exclama lo que nosotros leemos en el versículo 8: "Y aún más, yo estimo como pérdida todas las cosas en vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús mi Señor, por quien lo he perdido todo y lo considero como basura, a fin de ganar a Cristo."

Lo que Pablo ha hecho es que él ha puesto, si me permiten la ilustración, en una balanza de este lado ha puesto todos sus logros, todo su esfuerzo, todo lo que le ha podido conseguir por medio de lo que era la obediencia a la ley. Y de repente entonces, al conocer a Cristo de este otro lado, él vio cómo la balanza se inclinó radicalmente en la dirección de Cristo y todo lo que Cristo tiene que ofrecer. Y entonces él dice: la realidad es que esto que yo había ganado, que había puesto de este lado de la balanza, para mí eso ahora yo lo considero basura. Es skýbalon, que es la palabra en el original, que significa estiércol, excremento. Eso es comparado con el incomparable, al lado del incomparable valor de conocer a Cristo. Y luego él termina el verso diciendo: "y de ganar a Cristo."

Lo que Pablo hace ahora, a partir del versículo 9, en 10 y 11, que es nuestro texto hoy, él explica lo que implica ganar a Cristo y conocer a Cristo. Pablo entendió que él no podía tener o incluir a Cristo como parte de su vida, y mucho menos tenerlo como la meta de su vida, mientras él estuviera tratando de alcanzar la presencia de Dios por medio de sus obras. Pero una vez él entendió lo que hasta ese momento no había podido hacer, entonces él dice: no, no, no, yo prefiero dejar todo eso atrás, dejarlo a un lado, y mi meta ahora es conocer a Cristo y ganar a Cristo. Y ahora él explica en los próximos versículos todo lo que eso implica.

La realidad es que en esos tres versículos Pablo explica toda mi salvación de principio a fin, literalmente. Por eso yo decía que este texto parece corto, el texto que tenemos que exponer hoy parece extremadamente corto, pero está repleto de contenido. El versículo 9 habla de mi justificación. El versículo 10 habla de mi santificación. El versículo 11 habla de mi glorificación. Y esa es toda mi salvación de principio a fin, desde el momento en que entro al reino de los cielos hasta el momento en que soy glorificado en la presencia de Dios.

Si tú eres incrédulo y no eres parte del reino de los cielos, tú necesitas ver este mensaje; yo te voy a explicar por qué. Pero si tú eres creyente con muchos años en la fe, tú necesitas escuchar este mensaje; yo te voy a explicar por qué. Porque para comenzar, la justificación mal entendida, como la tenía Pablo en un momento dado, me lleva al infierno. Y para el infierno iba él, tratando de seguir la ley de Dios. Visto desde aquí abajo, eso es como se veía. No pasó de esa manera porque Cristo lo interceptó.

La santificación mal entendida me lleva a una de dos cosas: o a obedecer por razones erróneas o equivocadas, o me deja drenado y desmotivado. Y ahí es donde están muchos de los hijos de Dios hoy en día, tratando de santificarse pero drenados y desmotivados, en esfuerzos que han resultado en ningún resultado, que han terminado sin frutos. Y la glorificación, si yo no la entiendo correctamente, me deja sin esperanza. Y correr una vida, correr una carrera, correr un maratón, llegar hasta el final y llegar bien sin ninguna esperanza, no es algo que es fácil de hacer.

De manera que estas frases, "ganar a Cristo" y "conocer a Cristo", esas dos frases que pudieran ser como dos portales, yo quiero explicarlas de la mejor manera posible. Y por eso pedía la intervención del Espíritu de Dios para que nosotros podamos entender aquí de la mejor manera lo que Pablo está tratando de comunicar.

Escucha el versículo 9 otra vez, porque ese es mi comienzo, el comienzo de mi salvación, lo que teológicamente llamamos mi justificación: "Ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia derivada de la ley, sino la que es por la fe en Cristo, la justicia que procede de Dios sobre la base de la fe." Yo acabo de describir completamente la justificación. Yo no puedo ser salvo si no soy justificado primero. La pregunta es: ¿cómo soy yo justificado?

Y lo primero que yo quisiera volver a aclarar, algo que hemos hecho en múltiples ocasiones, es el significado de esa palabra traducida como justicia. Realmente es la palabra que en inglés es conocida, para que los que hablan el idioma lo puedan ver mejor, como righteousness: rectitud moral. De tal forma que yo pudiera volver a leer el mismo versículo de esta manera. Esto es lo que Pablo está diciendo: "Ser hallado en él, no teniendo mi propia rectitud moral derivada de la ley, sino la que es por la fe en Cristo, la rectitud moral que procede de Dios sobre la base de la fe."

Volviendo a mi ilustración anterior, cuando nos presentamos delante de Dios, suponiendo que podamos ir todo un grupo, toda la humanidad, van a haber dos grupos de personas y no más. Va a haber un grupo de personas que se va a presentar delante de Dios contando con su propia justicia, que ante el cuestionamiento de Dios, si pudiéramos decirlo así, realmente estarían diciendo: "Bueno, Señor, yo no maté a nadie, yo no robé a nadie, yo no cometí adulterio," y contando con esa rectitud que yo aparentemente cultivé, querré entrar al reino de los cielos. Y un segundo grupo de personas que estaremos allí diciendo: yo no tengo en mí mismo ninguna rectitud que sea capaz de entrar a tu reino de los cielos.

Pero yo he venido por los méritos de Cristo, contando con su rectitud cargada a mi vida. Eso es todo lo que yo tengo.

Dios, el primer día, cuando uno viene a Cristo con convicción de pecado y arrepentimiento, y Dios te perdona, cuando Dios te perdona, dos cosas ocurren. Una, Dios te declara justo; Dios ha removido la pena que pesaba sobre ti. Y la otra es que Dios carga a tu cuenta, te imputa —sería la palabra teológica— la rectitud moral de Cristo, la santidad de Cristo, a tu vida. De tal manera que ahora tú serías tratado como si tú hubieses vivido la vida de Cristo, como si tú hubieses cumplido la ley por completo. Y eso se adquiere por medio de la fe.

Pablo no había entendido eso. Su ceguera espiritual lo había llevado a creer que él podía cumplir con la ley. Él había llegado a creer que él podía desarrollar rectitud moral suficiente como para poder llegar al reino de los cielos contando con sus propios esfuerzos, lo mismo que los escribas y los fariseos estaban haciendo. Hasta que un día el Señor Jesús les dice a los apóstoles, los discípulos: "Si vuestra justicia, rectitud moral, no es superior a la de los escribas y fariseos, no podrán entrar al reino de los cielos."

Pablo descubre camino a Damasco que la razón primordial por la que tú y yo no podemos entrar al reino por medio del cumplimiento de la ley es porque todos mis pensamientos, todas mis intenciones, todas mis acciones están permeadas por el pecado y por tanto teñidas de pecado. Y de esa manera yo no puedo pasar el escrutinio de la justicia de Dios. Pablo pierde la esperanza en la ley para su justificación y adquiere una nueva esperanza en Cristo por la fe para su salvación.

Y eso es algo que es vital, porque de lo contrario la justicia que él venía cultivando por medio de la ley lo iba a dejar fuera, y él no lo sabía. Y yo creo que muchos hoy tampoco lo saben: están fuera pero piensan estar dentro. Hermanos, la ley no se me dio para llevarme al reino de los cielos. La ley refleja el carácter de Dios como un espejo refleja mi imagen. Lo que la ley hace es, por un lado, reflejar el carácter de Dios y revelar el carácter pecaminoso mío. Es interesante que mientras refleja el carácter santo de Dios, revela el carácter pecaminoso mío, y la incapacidad que yo tengo de poder cumplirla, y la necesidad entonces de un Redentor.

La ley nunca tuvo la intención de darme vida. Si se hubiera dado una ley capaz de impartir vida, entonces la justicia o la rectitud moral ciertamente hubiera dependido de la ley. Pero la ley no fue capaz de impartir vida, y por tanto la rectitud moral o la justicia nunca era dependiente de la ley, sino que "el justo por la fe vivirá", siempre fue dependiente de la fe. Habacuc 2:4 declara esa verdad que yo acabo de pronunciar. Pablo no la conocía a pesar de que era experto en el Antiguo Testamento.

Entonces, el día que yo vengo a Cristo, el día que yo vengo y genuinamente con convicción me arrepiento de mis pecados y Él me perdona en base a la obra de la cruz, ese día hay dos cosas que ocurren. Por un lado, Dios me declara justo sin serlo; me ha descargado de mi pecado, de mi acusación, y eso es parte de mi justificación. Pero por otro lado, eso simplemente me deja en un terreno neutral. Yo todavía no tengo santidad suficiente para entrar, y por eso hay otra parte que necesita ocurrir, y es la imputación, o el hecho de que Cristo carga a mi cuenta, a mi vida, como si yo gané su santidad cuando en efecto yo no la gané. Y entonces soy visto como justo sin serlo.

Y Pablo dice: "Yo quiero ser hallado de esa manera. Yo quiero ser hallado en Cristo, no teniendo mi propia rectitud derivada de la ley, porque la ley no lo puede hacer, sino la que es por la fe en Cristo, la justicia que procede de Dios sobre la base de la fe." Esa es la justicia que yo quiero tener. Ahí es donde yo me quiero hallar. Y ¿qué no había conocido eso? Ese versículo que yo acabo de leer representa toda la controversia del movimiento de la Reforma del siglo XVI.

La Iglesia de Roma insistía, e insiste hoy, en que la justificación, en otras palabras, la rectitud moral para entrar al reino de los cielos, ocurre en el momento del bautismo, donde a la criatura se le imparte una rectitud moral que le capacita para en los días futuros hacer obras que luego Dios, al revisarlas, las encontrará dignas de méritos, y que entonces Dios se encuentra obligado a otorgar esa salvación por esas obras meritorias que el pecador ha llegado a hacer. De tal manera que la justificación o rectitud moral, de acuerdo a la teología de Roma, es algo intrínseco: el pecador la tiene, la posee, la ha cultivado a partir de su nacimiento.

A lo cual los reformadores, y Lutero en primer lugar, respondieron: "No, la rectitud moral que nosotros tenemos y que nos salva es extrínseca. Es algo que Cristo nos da, que Cristo nos otorga por medio de la fe. No procede de nosotros, sino que procede de Dios." Y ese es exactamente lo que el versículo 9 nos está diciendo: "Yo quiero ser hallado en Él, no teniendo mi propia justicia derivada de la ley, sino la que es por la fe en Cristo, la justicia que procede de Dios sobre la base de la fe." ¿Entendieron a ello?

El comienzo del versículo 9 es mi justificación, primera parte de mi salvación. Pero mi salvación no se ha terminado, es el comienzo. Se supone que mi justificación debe continuar con mi santificación. Y eso es lo que dice el versículo 10. El versículo 10 contiene la clave de cómo se produce mi santificación, y la razón por la cual la santificación no está ocurriendo como debiera ocurrir en muchos de los hijos de Dios. Por eso yo decía: si tú eres creyente y tienes muchos años en la fe, quizás tú necesites escuchar este mensaje también.

Escucha lo que dice el versículo 10. Pablo, lo que quiere no solamente es ser hallado en Él, sino que él quiere conocerle a Él. ¿Y qué más? Y conocer el poder de su resurrección, y la participación en sus padecimientos, llegando a ser como Él en su muerte. Pablo tiene treinta años desde que Jesús lo interceptó en Damasco. Estas palabras fueron escritas tres décadas después de que él haya sido interceptado en Damasco. De manera que cuando Pablo dice "yo quiero llegar a conocer a Cristo," no es que se está refiriendo a que no lo conoce; tiene tres décadas conociéndolo.

Pablo tampoco se está refiriendo a que él quiere más información acerca de Cristo, como el que quiere más conocimiento histórico de un hecho para conocer mejor la historia. Él no se está refiriendo a eso. Él se está refiriendo a algo que en el contexto hebreo era sumamente conocido. Ustedes recuerdan cómo el texto de los evangelios dice que José no conoció a María hasta que ella dio a luz a Jesús. En otras palabras, José no tuvo relaciones sexuales con María hasta que ella había dado a luz a Jesús.

Cuando Pablo está usando esta palabra "yo quiero conocer a Cristo" treinta años después, lo que está diciendo es: "Yo quiero tener una relación más íntima con Jesús, fruto de una mejor experiencia con Jesús de la que yo he tenido en treinta años." Pablo está consciente de que este cuerpo caído le impide tener la experiencia completa de intimidad. Pablo está consciente de que este cuerpo caído no le permite conocer a Jesús de la forma en que él quiere conocerlo. Y él está diciendo: "Yo le he conocido por treinta años, pero todavía hay mucho más."

Y de esa misma forma, muchos de nosotros tenemos años en el reino, pero nos falta mucho conocimiento íntimo de Jesús. Y no lo podemos tener si no tenemos más frecuentemente más y mejores experiencias de vida con Él. Yo necesito depender de Él día a día, minuto a minuto, si yo quiero llegar a conocer el poder de su resurrección. Conocer el poder de su resurrección depende de la intimidad con que yo llego a conocerlo a través de una experiencia personal de intimidad.

Yo no puedo tener el gozo de la vida cristiana de que habla Pablo en Filipenses si no conozco el poder de su resurrección. Y yo no puedo conocer el poder de su resurrección y no experimentar gozo. Esas dos cosas son mutuamente excluyentes. En otras palabras, si tengo el poder de la resurrección, obligatoriamente yo voy a tener el gozo de la vida cristiana. Si no tengo el gozo, eso excluye el poder de la resurrección. Si no tengo el poder de la resurrección, eso excluye el gozo.

Y si somos honestos, tú puedes preguntarte ahora: ¿Tengo yo el gozo del Señor, definido como el deleite de toda la benevolencia? Recuerda ese sermón: de toda la benevolencia de Cristo que yo puedo experimentar en cualquier circunstancia. Si no lo tienes, tú necesitas conocer el poder de la resurrección en tu vida.

Yo pasé de la muerte a la vida por medio del poder de la resurrección. Literalmente hablando, yo paso de la imagen del hombre a la imagen de Cristo por medio del poder de la resurrección. Lo que Cristo ha hecho en mi vida, lo que Cristo necesita hacer en mi vida, requiere el poder que a Él lo levantó de entre los muertos. De hecho, el apóstol Pablo, cuando les escribe a los corintios en su segunda carta, capítulo 4, versículo 6, dice: "Pues Dios, que dijo que de las tinieblas resplandeciera la luz..." ¿Qué es eso? ¿Qué evento es ese? El Dios que dijo de las tinieblas que resplandezca la luz: creación. El Dios que tenía el poder de la creación cuando habló, es el que ha resplandecido en nuestros corazones para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Cristo. El mismo poder de creación cuando Dios habló, es el mismo poder puesto en acción cuando me levantó de entre los muertos y me dio vida para siempre, reflejando la gloria de Cristo Jesús.

Hermanos, los deseos de la carne no se vencen con el poder de la carne. Y he ahí la desmotivación de tantos hijos de Dios en su santificación. Las pasiones del hombre viejo no se vencen con el poder del hombre viejo. Las debilidades de mi carne no se vencen con el poder de la carne, porque la carne es débil. Dios me ha dado una vida sobrenatural que necesita, por diseño, ser vivida a través del poder sobrenatural. Y ese poder lo llama el poder de su resurrección.

Ese poder no es un evento histórico exclusivamente, aunque es historia, algo que pasó en el pasado. Es un principio dinámico, activo en la vida del creyente, que se supone da vida a la nueva vida a través de ese poder. Déjame ayudarte a entender eso, porque hay una sola cosa que puede debilitar mi carne, y es el poder de su resurrección. Por eso estamos hablando de santificación.

Déjame ilustrártelo con dos o tres cosas. La lujuria que domina la vida de mucha gente hoy en día es más poderosa que el deseo que tú tienes de detenerla. Quizás Agustín ha sido el más honesto de todos cuando escribió en su libro Confesiones que él solía orar a Dios: "Detén mi lujuria, o quítame la lujuria, pero no todavía." Esa lujuria, más poderosa que el deseo de detenerla. Pero cuando tú pones esa lujuria al lado del poder de su resurrección, ella es débil. La ira...

La ira que consume a muchos de los hijos de Dios es más poderosa que el deseo de no querer herir al otro. Pero cuando tú pones esa ira bajo el poder de su resurrección, esa ira se debilita. La pérdida de un ser querido, de un hijo, de alguien, de tu esposo, de tu esposa, el dolor puede ser inmenso, tan tremendo, tan grande, tan fuerte, que pudiera acostarte en una cama. Pero cuando el poder de la resurrección te visita en esa cama, el poder que levantó a Cristo del sepulcro te levanta de la cama.

Mi vida ha sido diseñada, mi vida en Cristo ha sido diseñada para que sea vivida en y a través del poder de la resurrección. De lo contrario, yo no voy a tener una vida abundante en el Espíritu, sino que al contrario voy a tener una vida que va a negar todo el tiempo el poder de la resurrección. Y en la medida entonces en que ese poder de la resurrección se manifiesta en mi vida, como vamos a seguir explicando, en esa misma medida yo soy conformado, voy siendo conformado a la imagen de Cristo. Y eso es exactamente lo que este texto está tratando de enseñarnos.

Yo creo que la pregunta es, muchos pudieran estar pensando, sintiendo: "Pastor, yo quisiera tener ese poder, yo quisiera poderlo experimentar". Si tú eres cristiano, tú lo tienes; lo que pasa es que no lo estás experimentando, porque ese poder tiene que ver con la morada del Espíritu en mí. Entonces, ¿cómo lo experimento? ¿Cómo lo llego a conocer? ¿Cómo puedo conocerlo mejor, como Pablo dice?

Bueno, la próxima línea nos da la respuesta, y de hecho toda la mayoría, prácticamente todos los teólogos consultados opinan de la misma manera. Escucha a Pablo, versículo 10: "¿Qué es lo que quiero conocer de Él? El poder de su resurrección y la participación en sus padecimientos, llegando a ser como Él en su muerte". La manera como yo puedo experimentar el poder de la resurrección en mi vida es dándole la bienvenida a los padecimientos de Cristo en mi vida, de tal manera que cuando Él me visita en medio de la aflicción, esa visitación conforma su imagen en mí y a la vez me permite conocer el poder de la resurrección.

El apóstol Pablo habla exactamente de eso. Escucha, escribiéndole a los corintios una vez más, capítulo 1, ahora segunda carta, Pablo les dice en el versículo 8: "Porque no queremos que ignoréis, hermanos, acerca de nuestra aflicción sufrida en Asia, porque fuimos abrumados sobremanera, más allá de nuestras fuerzas, de modo que hasta perdimos la esperanza de salir con vida. De hecho, dentro de nosotros mismos ya teníamos la sentencia de muerte".

Pablo, por favor, espérame. ¿Tú no eres el apóstol? Tú has sido designado para la defensa del Evangelio. ¿Cómo es que Dios te deja llegar a un punto donde ya tú pierdes la esperanza de salir con vida? Escucha lo que Pablo dice: "A fin de que no confiáramos en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos". Dios permitió que la aflicción se hiciera grande en mí, donde ya yo perdía la esperanza incluso de salir con vida, para que el poder que resucita a los muertos me visitara en esa aflicción y yo aprendiera a no confiar en mí, sino en Él. En esa visitación, Pablo conoció más íntimamente a Cristo, conoció el poder de su resurrección de una forma más íntima, y a la vez fue conformado a la imagen del Hijo. ¿Me entiendes?

Hughes dice que el poder de su resurrección y la participación en sus padecimientos son dos principios que se interpretan mutuamente. ¿Qué es lo que él quiere decir? Tú no puedes experimentar el poder de su resurrección sin padecer por Él, y cuando Dios me visita en la aflicción, su visitación me capacita para soportar y conquistar lo que estoy padeciendo. Hermanos, yo doy testimonio de que algunos de los momentos más difíciles de mi vida fueron donde la koinonía con el Señor ha sido más dulce en toda mi vida, hasta el punto que hubo días en que yo deseaba que no terminara la aflicción.

El apóstol Pablo les escribe todavía a los corintios en la segunda carta, capítulo 4. Dice: "Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la extraordinaria grandeza del poder sea de Dios y no de nosotros". Les está hablando ahora de un poder extraordinario, la extraordinaria grandeza del poder sea de Dios y no de nosotros. ¿Cómo se va a manifestar ese poder en mi vida? ¿Cómo es que ese poder realmente va a hacer que yo voy a tener experiencia con ese poder?

Escucha a Pablo en el próximo versículo: "Por eso nosotros estamos afligidos en todo, pero no agobiados; perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no destruidos; llevando siempre en el cuerpo por todas partes la muerte de Jesús" —¿qué es eso? Padecimiento— "para que también la vida de Jesús" —¿qué es eso? Su poder— "se manifieste en nuestro cuerpo". ¿Te das cuenta?

Uno lee estas palabras y no sé por qué, no entiendo al apóstol Pablo. Yo no entiendo cómo Pablo puede haber pasado por todas estas dificultades y escribir palabras como estas: que él estaba afligido pero no agobiado, él estaba perplejo pero no desesperado, perseguido pero no abandonado, derribado pero no destruido. ¿Cómo es que este hombre puede mantener este gozo, esta estima de la vida cristiana tan alta? Porque eso lo hace el poder de la resurrección visitando a Pablo en los momentos de la dificultad. No antes, no después, y no sin ella. Tú no puedes escribir estas palabras separado del poder de la resurrección.

Muchos de los hijos de Dios no han tenido esa experiencia porque no han sido afligidos de tal manera que el poder pueda hacerse evidente. Y mira lo que Pablo dice: "Llevando siempre en el cuerpo por todas partes la muerte de Jesús" —los padecimientos— "para que también la vida de Jesús" —¿qué es eso? El poder de su resurrección— "se manifieste en nuestro cuerpo". Eso que se manifiesta no es otra cosa que su poder.

Pero lamentablemente, nosotros muchas veces hemos rechazado las oportunidades de poder experimentar justamente eso a lo que Pablo se está refiriendo. Y cuando nosotros rechazamos esa oportunidad para experimentar ese poder, nosotros estamos rechazando la formación de la imagen de Cristo.

Escucha lo que Pablo escribe a los romanos en el capítulo 5, versículos 3 y 4: "Y no solo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones". Yo te dije que nosotros necesitamos darle la bienvenida a los padecimientos de la vida cristiana, porque fue diseñada con un propósito, con un doble propósito: uno, que experimentes el poder de su resurrección, y dos, que se conforme la imagen de Cristo en nosotros. Sabiendo, dice Pablo entonces, que la tribulación —eso que no queremos— produce paciencia, y la paciencia, carácter probado. Esa es la imagen de Cristo formándose en mí en medio de la tribulación. ¿Y por qué Pablo lo hace? Porque le da la bienvenida a los padecimientos de Cristo, en lo cual él se gloría de acuerdo a este texto.

Todos los teólogos, o todos los consultados, están de acuerdo en que la interpretación correcta del versículo 10 de Filipenses es esta.

El texto que yo leí en su momento es esto: "Conozcas el poder de su resurrección, al participar de sus padecimientos." Y así se va dando tu santificación, porque entonces nos está dando en muchos casos... Déjame ilustrártelo con algunas cosas, una cosa sencilla de la vida real.

Nosotros a veces evitamos comprometernos porque no queremos la disciplina que conlleva el compromiso, y ahí desechas, desechas una oportunidad para que el poder de la resurrección te visite en medio del compromiso que tienes que llenar, que no lo puedes hacer en tu propia fuerza. En otras ocasiones nosotros rehusamos tener amigos íntimos, sobre todo los hombres, porque la intimidad me vuelve vulnerable, y tener amigos íntimos conlleva el riesgo de ser herido, y yo prefiero no ser herido. Y Dios dice: "Pues entonces pierdes la oportunidad, otra oportunidad más donde el poder de la resurrección te pudo haber visitado en medio de tu herida."

Otras veces rehusamos ir a consejería porque no queremos el dolor, la dificultad que conlleva ir al cuarto de consejería. Y Dios dice: "Pues entonces pierdes una oportunidad extraordinaria de poder visitarte con el poder de la resurrección, para que tú puedas ver lo que yo podré escapar de hacer en este hombre y en esta mujer y en ese matrimonio, de tal manera que ahora el matrimonio refleje la gloria para la cual yo los uní en el primer lugar." Pero nosotros preferimos evitar una y otra vez las experiencias dolorosas.

Y nosotros no podemos olvidar: nosotros sufrimos para ser conformados a su imagen, nosotros padecemos para experimentar su poder, nosotros somos afligidos para conocerle más íntimamente. Y siendo así, declarando la Palabra eso, muchas veces muchos de los hijos de Dios preferirían no ser conformados a su imagen si eso va a tener que hacerse a través del dolor y la dificultad. Todavía otros preferirían o elegirían no experimentar su poder si para experimentarlo necesito vivir la aflicción. Y todavía otro grupo preferiría no conocer a Cristo más íntimamente si para llegar a hacerlo yo necesito pasar por la tribulación.

¡A Pablo que quiera él conocer a Cristo más íntimamente! ¡A Pablo que desea él conocer el poder de la resurrección! "Yo prefiero continuar viviendo el poder de la carne si yo necesito pasar por la tribulación." La realidad es, hermano, que esta vida te va a hacer pasar por la tribulación. La pregunta es: ¿en el poder de quién tú vas a pasar, de la carne o de Cristo? Pregunta al incrédulo si él está exento de la tribulación. Pregúntate a ti mismo si cuando tú has rehusado gloriarte en la tribulación, si eso ha apartado la tribulación en tu vida. Hermano, nosotros vivimos en negación. Esta vida cristiana fue diseñada no solamente para ser vivida en el poder de la resurrección; fue diseñada para atravesar por medio de la tribulación y las dificultades. Es de esa manera, por diseño.

Nosotros visitamos ya un texto y prediqué sobre ese texto en un sermón anterior: Filipenses 1:29, donde se nos dice que a vosotros se os ha concedido por amor a Cristo no solamente creer en él, sino también padecer por él. Se nos ha concedido. Dios ha dicho: "Te voy a dar el privilegio de que sufras por mí." ¿Cómo es eso el privilegio? Porque el día que aprendas a sufrir por mí, tú vas a experimentar dos cosas que todavía no has experimentado: uno, el poder de la resurrección; y dos, lo que implica tenerme a mí como aquel que te está tallando y formándote a la imagen de Cristo en la aflicción, por medio del poder de la resurrección. Y entonces experimentarás el gozo que quisieras haber tenido toda la vida.

A ti y a mí se nos concedió un privilegio: sufrir por Cristo. ¿Cómo que un privilegio? Te lo acabo de explicar. ¿Tú no crees un privilegio ser conformado a la imagen de Cristo? ¿Tú no crees un privilegio poder experimentar el poder de la resurrección en tu vida? ¿Tú crees que es poca cosa levantar a alguien de entre los muertos? El mismo Dios que de las tinieblas dijo "sea la luz" es el Dios que te levantó de la mortandad espiritual en la que tú estabas e hizo brillar la luz en la oscuridad de tu corazón. Y requirió poder de resurrección para darte salvación. Yo no sé por qué vivimos en esa negación.

Pablo se lo dijo a los filipenses, Pablo se lo dijo a los tesalonicenses, Pablo se lo dijo a los corintios, Pablo se lo dijo a los romanos, Pablo se lo dijo a todo el mundo con diferentes palabras, diferentes formas. En ninguno de los casos la información estaba oscura; la información estaba sumamente clara.

Escucha cómo se lo dice a los tesalonicenses. Primera de Tesalonicenses, capítulo 3, del 3 al 4: "A fin de que nadie se inquiete por causa de estas aflicciones." Hermano, no se alboroten. Eso es, en buen lenguaje de la calle: no se alboroten, no estén ansiosos en vista de estas aflicciones. Pablo, ¿y por qué tú nos dices eso? "Porque vosotros mismos sabéis que para esto hemos sido destinados." Ahí está el diseño de la vida cristiana. "Vosotros sabéis que para esto habéis sido destinados, porque en verdad cuando estábamos con vosotros predecíamos que habíamos de sufrir aflicción, y así ha acontecido, como sabéis."

Vosotros sabéis que para esto fuimos destinados. Vosotros sabéis cuál es el diseño de esta vida. Y vosotros sabéis también cuál es el poder que ha de hacerse presente, manifiesto, en medio de esa tribulación. Vosotros lo sabéis. ¿A qué se debe la inquietud? Que nadie os inquiete.

Lo que Pablo está describiendo es el proceso de santificación del creyente. ¿Cómo es que se da esa santificación en la aflicción? Escúchame: en medio de la aflicción tu carne comienza a ser debilitada por la misma aflicción. El poder de la resurrección comienza a hacerse presente. Y cuando ese poder de la resurrección comienza a trabajar en una carne debilitada ya por la aflicción, el poder de la resurrección comienza a destruir tu orgullo que te ha llevado donde estás, tu falta de perdón que te ha llevado donde estás, tu autosuficiencia, tu resentimiento, la ira que experimentas que te ha llevado donde estás. Es la aflicción que me debilita la carne, y el poder de la resurrección que viene y completa el trabajo destruyendo todo eso que era parte de mi carne, y comenzando a construir una nueva imagen: la imagen del hombre nuevo.

Pero nosotros, en medio de la aflicción, comenzamos a manejar la aflicción por nuestra propia fuerza conforme a nuestros propios diseños. El orgullo permanece, la ira continúa y en muchos casos se aumenta, el resentimiento se duplica, y todas esas cosas continúan dominando mi vida cristiana. Mientras tanto, yo estoy negando la presencia del poder de la resurrección en mí.

Nosotros tenemos maestrías y doctorados en cómo evitar el dolor. Pablo dice: "Yo me glorío en la tribulación." Yo tengo una maestría y un doctorado, si se puede decir, en darle la bienvenida al dolor. Porque cuando le doy la bienvenida al dolor, le doy la bienvenida al poder de la resurrección en mí. Y cuando le doy la bienvenida al poder de la resurrección, le doy la bienvenida a la imagen de Cristo en mí. Y para eso yo fui predestinado. Para eso es que todas las cosas cooperan para bien para aquellos que aman a Dios y son llamados conforme a su propósito. Si tú sigues leyendo: para que se forme la imagen de Cristo en mí. Y es de esa manera que se forma. La tribulación va eliminando los bordes ásperos de mi personalidad, de mi carácter, de mi carne, las pasiones, los deseos, la debilidad de esa carne.

Versículo 9: justificación. Versículo 10: santificación. Versículo 11: glorificación. "A fin de llegar a la resurrección de entre los muertos." Esa es la glorificación. A fin... Todo esto es a fin de llegar a la resurrección de entre los muertos. Pablo me toma en el momento de mi inconversión y me lleva a ser justificado; ahora soy salvo. Me pasa por la santificación y luego me lleva a la glorificación. Entre los versículos me explica toda mi salvación, de tal manera que ahora el mismo poder que levantó a Cristo de entre los muertos un día va a levantar mi cuerpo de entre los muertos.

Si tú eres cristiano, anoche cuando tú te acostaste en tu cama, tú tenías más certidumbre al acostarte de que un día ese cuerpo se iba a levantar en la resurrección, que de que hoy se iba a levantar de la cama. Cuando tú te acostaste anoche, tú tenías más certidumbre de que un día ese cuerpo se iba a levantar en la resurrección que la certidumbre que tú tenías al acostarte de que tu cuerpo se iba a levantar al otro día de la cama. Porque tú no sabías si morías esa noche o si te enfermabas y tu cuerpo no iba a poder levantarse. Pero sí certidumbre tenías de que el día de la resurrección tu cuerpo se levantaría en gloria. Que aquello que fue sembrado en corrupción será levantado en gloria. Que aquello que fue enterrado en mortalidad será levantado en inmortalidad. Que aquello que fue enterrado en debilidad será levantado por medio de su poder. Y esa es nuestra esperanza.

¿Te imaginas a Cristo domingo en la mañana, cinco de la mañana, ahí en la tumba todavía? No sé qué hora era. El Espíritu de Dios le levanta de entre los muertos. ¿Pablo, te imaginas? Cinco de la mañana, cinco y media, seis, y de repente se abren los ojos, se mueve un brazo, después el otro brazo, después las piernas, y de repente se descubre de entre los lienzos. Y como evidencia deja el lienzo sobre la roca y la piedra removida. Ese poder es el que mora en ti si tú eres creyente. ¿Te imaginas lo que es vivir una vida empobrecida con ese poder presente en tu vida? ¿Te imaginas cómo eso hace lucir a Dios?

Ese es el poder que, cuando se haga presente en el cuerpo mío que ha sido enterrado, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la trompeta final —pues la trompeta sonará y los muertos resucitarán incorruptibles— y nosotros seremos transformados para siempre, por toda la eternidad, para reinar con Cristo. Cuando eso ocurra y millones de individuos tengan la misma experiencia, tú y yo vamos a conocer lo que es el poder de la resurrección: millones de personas siendo levantadas a la vez para encontrarnos con el Señor.

Pablo dice: "Yo tengo treinta años viviendo ese poder, viviendo la aflicción. Yo necesito más."

Quiero conocer más, todavía no es suficiente. Y tú, quieras, antes de cerrar déjame recordarte algunas cosas con relación a la resurrección.

Mi muerte no va a tener la última palabra; mi resurrección tiene la última palabra cuando Cristo la haga efectiva en el día final. La muerte murió cuando Cristo resucitó. La muerte murió cuando Cristo resucitó. La resurrección de Cristo mató la muerte, le quitó su poder. El domingo en la mañana, no más poder.

Tú has abrazado una fe que es la única religión del mundo que tiene una tumba vacía. Las demás tumbas están llenas de huesos muertos. Tú no sirves a un Cristo que vivió y hoy está muerto; tú sirves a un Cristo que murió y hoy está vivo. ¿Es esto Cristo? ¿Es esto Señor? Es el poder que vive en ti.

Y cuando Cristo resucitó, recuerda que era cien por ciento hombre, cien por ciento Dios. Cuando Cristo resucitó, no solamente resucitó el Dios en Él, resucitó el hombre en Él, y por tanto tú y yo como hombres resucitaremos también.

Escucha cómo Pablo vivió. Segunda de Corintios 4:14: "Sabiendo que aquel que resucitó al Señor Jesús, a nosotros también nos resucitará con Jesús y nos presentará juntamente con vosotros." El versículo 16: "Por tanto, por esa realidad, por esa promesa, no desfallecemos; antes bien, aunque nuestro hombre exterior va decayendo, sin embargo nuestro hombre interior se renueva de día en día."

El hombre exterior se arruga, el hombre exterior se envejece, decae, pero el hombre interior, por medio del poder de resurrección que vive en mí, se va renovando. Todo lo opuesto de lo que ocurre en el exterior está ocurriendo en mi interior. De gloria en gloria Dios me va acercando a su imagen; de gloria en gloria, a través de la tribulación, siendo visitado por su poder en medio de la dificultad, en medio del dolor, formando la imagen de Cristo en mí.

¿Tú quieres conocer el poder de la resurrección? Es posible que después de todo esto algunos se estén pensando: tiene que haber otra manera. No, no la hay. Y si no la deseas, ¿por qué es la única manera? Entonces pienso que crees que tú sabes y conoces y eres más sabio que el Dios de la creación, que ha determinado que esta es la única manera.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.