Integridad y Sabiduria
Sermones

El poderoso gigante

Pepe Mendoza 18 enero, 2015

En medio del sufrimiento más intenso, cuando todo parece derrumbarse, el profeta Jeremías descubrió una verdad transformadora: "El Señor está conmigo como un poderoso gigante". Estas palabras no surgieron en un momento de victoria, sino mientras el profeta era expuesto a la vergüenza pública en un cepo, castigado por proclamar fielmente el mensaje de Dios. Su vida ilustra el proceso doloroso pero necesario mediante el cual Dios forma el carácter de quienes le sirven.

Crecer espiritualmente implica atravesar tres confrontaciones internas. La primera es la lucha entre nuestro reino personal y el reino de Dios. Jeremías confiesa: "Me persuadiste, oh Señor, y quedé persuadido. Fuiste más fuerte que yo y prevaleciste". Hay una tensión inevitable entre lo que pensamos y lo que Dios piensa, y el Señor busca tanto cautivar nuestra alma como sujetar nuestra voluntad. La segunda confrontación surge entre las opiniones del mundo y la Palabra de Dios. El profeta era objeto de burla constante, pero descubrió que callar el mensaje divino era como retener fuego ardiente en sus huesos. La tercera confrontación ocurre entre la seguridad que ofrecen los hombres y la que solo Dios provee. Incluso sus amigos íntimos esperaban su caída, pero él aprendió a encomendar su causa al Señor.

El sermón reconoce con honestidad que aun después de grandes victorias espirituales, el creyente puede sentirse abrumado y frustrado. Jeremías mismo termina maldiciendo el día de su nacimiento. Esto no es contradicción, sino la realidad de corazones frágiles que necesitan la gracia de Dios cada día mientras caminan como viendo al Invisible.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Vamos a Dios en su satisfies. Hoy día, hermanos, estaremos hablando de un tema que yo le he colocado por nombre "El poderoso gigante". El poderoso gigante son las palabras que el profeta Jeremías usó para referirse al Señor cuando, en medio de una situación sumamente difícil, él fue confrontado íntimamente con su realidad y expresó delante del Señor: "El Señor está conmigo como un poderoso gigante". La Biblia de las Américas lo traduce como un campeón temible, como alguien que era más grande que toda su realidad. ¿Cómo es que él llega a poder mencionar y decir estas palabras delante del Señor?

Solamente permítanme mencionarles algo acerca de una breve semblanza del profeta Jeremías. Jeremías vive a mediados del siglo séptimo antes de Cristo y mediados del siglo VI antes de Jesucristo. Él fue un profeta que predicó y profetizó para el reino de Judá, el reino que fue la continuación de David y sus descendientes. Sin embargo, para el tiempo en que Jeremías empezó a predicar, había una profunda crisis generalizada, una gran debilidad política, una tremenda injusticia social, una profunda idolatría que minaba las bases de la misma fe judía.

De esto fue testigo de excepción el profeta Jeremías, quien no solamente testificó llamando la atención del pueblo de Judá, sino que también vivió en carne propia las consecuencias de la desobediencia a Dios de parte del pueblo. Él tuvo que partir también hacia el exilio y tuvo que ver la devastación tremenda a la que Judá fue sometida a producto de su desobediencia al Señor.

El ministerio de Jeremías se expande por 41 años. Es un ministerio sumamente largo. El Señor llama a Jeremías siendo aún muy joven y lo convoca al ministerio, y él vive un periodo primero de, podríamos llamarlo así, de esplendor. Él durante 18 años caminó de la mano del rey Josías, un rey que trató de transformar el reino de Judá generando una serie de reformas religiosas y morales. Sin embargo, la muerte del rey Josías, repentina en el campo de batalla, trajo como consecuencia que inmediatamente Judá cayera en una espiral de devastación y de desobediencia al Señor. De tal manera que los próximos 23 años de ministerio de Jeremías fueron ministerios sumamente duros, sumamente complicados.

Ahora, nosotros de manera popular tenemos la idea de que los profetas son personas carismáticas de ancha base y ancha popularidad. Sin embargo, los profetas de las Escrituras son hombres que se paran contra el viento. Son hombres que el Señor estableció para que naden contra la corriente. Eran gente llamada por el Señor para dar un mensaje que no era del todo agradable para el pueblo, pero que era necesario porque venía de parte del Señor.

El mensaje de Jeremías era opuesto a todo lo que Judá escuchaba de manera oficial en su tiempo. Había muchos profetas carismáticos en ese momento que anunciaban prosperidad y bienestar al pueblo a pesar de su realidad espiritual. Su mensaje, por lo tanto, el mensaje de Jeremías, no era popular; era contradicho a cada paso por otros líderes religiosos y políticos. El mensaje de Jeremías no gozaba del aprecio del liderazgo político y menos del religioso, y él en muchas oportunidades fue expuesto al ridículo público, a la prisión y a la vergüenza social en múltiples oportunidades. No hay duda de que Jeremías fue un valiente en el Señor.

Solamente, a modo de ilustración, permítanme mostrarles dos cosas que suceden justamente antes del texto que nosotros vamos a evaluar. Jeremías capítulo 19: el Señor lo llama y le dice, vas a ir y te vas a comprar una vasija muy costosa, una vasija de un alto precio, y vas a convocar a los ancianos de Israel, tanto a los políticos como a los religiosos. Los vas a llamar y vas a anunciarles las consecuencias de su desobediencia, y lo vas a hacer con palabras sumamente precisas, sumamente llanas, producto de que estas autoridades han endurecido su corazón delante de mí. Y así lo hace Jeremías. El capítulo 19 no puedo compartirlo con ustedes, pero ustedes lo pueden leer después, y está lleno de palabras sumamente duras, de señalamientos sumamente profundos. Y de una manera muy simbólica, cuando Jeremías termina de hablar, él toma la vasija y la rompe contra el piso, y él les dice: "Así será deshecho el reino de Judá, de tal manera que no podrá ser recompuesto". Es el mismo silencio que hay entre ustedes el que hubo en ese momento.

Más adelante, al inicio del capítulo 20, se nos dice que el oficial principal, el sacerdote Pasur, que era el oficial principal de la casa del Señor, oyó lo que Jeremías había profetizado. Y ustedes pueden ver en Jeremías capítulo 20, versículo 2, que Jeremías fue azotado y se le puso en un cepo que estaba a la puerta superior de Benjamín, la cual conducía a la casa del Señor. Este hombre que estaba hablando en nombre de Dios fue tomado por el oficial principal de la casa del Señor, que todavía existía en ese momento, y se le hizo azotar por el mensaje que predicaba, y se le puso en un cepo. Ustedes saben lo que es un cepo: un lugar de madera en donde la persona es expuesta al ridículo, sus manos son sujetadas, su cabeza es sujetada, de tal manera que aunque él no sufre daño, la posición en la que se encuentra es una posición de vergüenza. Y este hombre que estaba señalando el camino de vuelta al Señor fue puesto en el camino hacia el templo de Dios para que pase vergüenza por un día entero.

El pasaje que nosotros vamos a leer a continuación, dicen los estudiosos que fue probablemente la reflexión de Jeremías mientras pasaba vergüenza en ese cepo por causa de su Señor. Vamos a leer entonces Jeremías capítulo 20, del versículo 7 en adelante hasta el versículo 18. Acompáñame por favor, abramos nuestras Biblias, encendamos nuestras Biblias en este pasaje, pongamos nuestros ojos en la Palabra de Dios.

Dice Jeremías capítulo 20 a partir del versículo 7: "Me persuadiste, oh Señor, y quedé persuadido. Fuiste más fuerte que yo y prevaleciste. He sido el hazmerreír cada día, todos se burlan de mí. Porque cada vez que hablo, grito, proclamo violencia, destrucción, pues la palabra del Señor ha venido a ser para mí oprobio y escarnio cada día. Pero si digo: no le recordaré ni hablaré más en su nombre, esto se convierte dentro de mí como fuego ardiente encerrado en mis huesos. Hago esfuerzos por contenerlo y no puedo. Porque he oído las murmuraciones de muchos: ¡Terror por todas partes! Denunciadle, denunciémosle. Todos mis amigos de confianza, esperando mi caída, dicen: Tal vez será persuadido, prevaleceremos contra él y tomaremos de él nuestra venganza. Pero el Señor está conmigo como campeón temible. Por tanto, mis perseguidores tropezarán y no prevalecerán, quedarán muy avergonzados pues no han triunfado, tendrán afrenta perpetua que nunca será olvidada. Oh Señor de los ejércitos, que pruebas al justo, que ves las entrañas y el corazón, vea yo tu venganza sobre ellos, pues a ti he encomendado mi causa. Cantad al Señor, alabad al Señor, porque ha librado el alma del pobre de mano de los malvados".

Y a partir del versículo 14 nosotros nos encontramos con una sorpresa. Él dice: "Maldito el día en que nací, el día en que me dio a luz mi madre no sea bendito. Maldito el hombre que dio la noticia a mi padre diciendo: Te ha nacido un hijo varón, haciéndolo muy feliz. Sea ese hombre como las ciudades que el Señor destruyó sin piedad. Oiga gritos de mañana y alaridos al mediodía, porque no me mató en el vientre para que mi madre hubiera sido mi sepultura y su vientre embarazado para siempre. ¿Por qué salí del vientre para ver pena y aflicción, y que acaben en vergüenza mis días?"

Muchos estudiosos señalan que este pasaje de Jeremías 20 es uno de los pasajes más fuertes de la Escritura. Es uno de los pasajes que señalan el proceso de parto de un hombre común y corriente que se convierte en un siervo de Dios. De un hombre que ha sido llamado por el Señor, pero que pasa por el proceso dramático de poder enfrentarse al Señor y reconocer que el Señor es más grande que él.

¿Dónde estaba la fortaleza de Jeremías? ¿Es que acaso Jeremías era el hombre de acero que no le afectaban ninguna de las cosas que él estaba viendo? ¿Es que acaso el rechazo, el odio, la vergüenza, la incriminación de sus semejantes no lo afectaban? Por supuesto que sí. Pero en estos pensamientos angustiantes, él nos muestra de una manera clara acerca del proceso formador de un carácter que genera una poderosa espiritualidad. Y eso es lo que yo quiero compartir con ustedes.

Nosotros también vivimos tiempos sumamente difíciles, y en el horizonte se observa que los tiempos se volverán más complicados cada día. De tal manera que nosotros tenemos que empezar a percibir nuestra vida espiritual y empezar a descubrir cómo es que nosotros vamos a establecer en nuestra vida un proceso de formación de nuestro carácter que santifique nuestra vida, y que el Señor nos ponga a la altura de las circunstancias que nosotros vamos a enfrentar.

Lamentablemente, en la generación de cristianos actuales, como aquel creyente que alguna vez le preguntaron: "Dígame, ¿es usted creyente?" "Por supuesto". "Y dígame, ¿qué es lo que usted cree?" "Bueno, yo creo lo que Dios dice". "Y dígame, ¿qué es entonces lo que Dios dice?" "Bueno, Dios dice más o menos lo que yo pienso". De tal manera que nuestro Dios, el Dios contemporáneo, se ha convertido en un ser sujeto al tamaño de nuestros pensamientos, de nuestras opiniones y de nuestras ideas. Sin embargo, Jeremías nos muestra que hay un proceso de doblegamiento espiritual ante la grandeza de un Dios sumamente poderoso.

En primer lugar, yo quisiera mostrarles tres ejercicios de nuestra alma con los cuales nosotros tenemos que trabajar si es que nosotros queremos desarrollar nuestro carácter espiritual.

Y ese es el secreto que Jeremías está presentando íntimamente, recordando en el cepo. ¿Por qué él está en el cepo? ¿Por qué él no es un profeta amigo del principal de la casa del Señor? ¿Y por qué él no recibe el aplauso de todo el pueblo? ¿Por qué yo no lo hago? ¿Por qué estoy en este lugar? Y él reconoce que él no está en gozo del favor del pueblo. ¿Por qué él ha decidido obedecer al Señor? ¿Por qué? Porque en primer lugar él ha confrontado de manera interior su propio reino con el reino de Dios. Él ha confrontado de manera personal su mente y la mente de Dios. Él ha sido confrontado de manera personal en la relación entre su voluntad y la voluntad del Señor. De tal manera que él ha descubierto que sus pensamientos no son los pensamientos de Dios, ni sus caminos son los caminos de Dios; por lo tanto, él ha tenido que aprender a sujetarse al Señor.

Dice el primer versículo, la primera parte del verso. Si es tan amable, hermano, por favor. Dice: "Me persuadiste, oh Señor, y quedé persuadido. Fuiste más fuerte que yo y prevaleciste". Los que están leyendo la Reina Valera del 60, dice: "Me sedujiste y fui seducido. Más fuerte fuiste que yo y me venciste".

Hermanos, todos nosotros estamos llamados a vivir un proceso de persuasión de nuestro corazón delante de Dios. ¡Me persuadiste, oh Señor! ¿Qué es la persuasión? La persuasión no es solamente entrega de información, no es solamente lo que yo puedo saber acerca de Dios. La persuasión es un proceso destinado a cambiar mi actitud, mi percepción, mi comportamiento. La persuasión tiene que ver con el hecho de que nuestro Dios está tratando de usar todos los medios existentes para producir un cambio en mis sentimientos, en mi razonamiento, en mi entendimiento de la vida.

Si yo hubiera nacido y desde que nací yo hubiera entendido claramente lo que Dios piensa, y lo que Dios piensa fuera lo que yo pienso, yo no hubiera necesitado ser persuadido. Pero yo requiero ser persuadido porque yo he vivido mi vida ajeno a la vida de Dios. Porque nosotros vivimos una realidad en el mundo y en nuestra cultura que es ajena a la vida de Dios. Por lo tanto, yo requiero ser persuadido. No puede haber persuasión si es que hubiera similitud entre lo que Dios piensa y lo que yo pienso. Sin embargo, hermanos, todos nosotros, si somos sinceros, tenemos que reconocer que muchas veces la realidad directa de nuestro corazón es oponernos a lo que Dios dice. Esa es la realidad de mi alma, y por lo tanto Jeremías dice: "Me persuadiste, oh Señor".

¿Tú has sido persuadido por Dios? ¿Cuáles son aquellas ideas que tú glorificabas antes y que ahora rechazas porque el Señor te ha aclarado las dudas y te ha mostrado que lo que tú pensabas estaba equivocado? ¿Cuánto del ejercicio de tu contacto con la Palabra de Dios ha producido en ti un profundo acto de persuasión del Señor, de tal manera que tu actitud, tus percepciones, tu realidad de la vida, tu entendimiento de las cosas ha cambiado porque el Señor ha producido un cambio diferente en tu corazón? "Me persuadiste, oh Señor, y quedé persuadido".

Pero esta no es solamente un acto de la voluntad, no es solamente algo que tiene que ver con el hecho de un acontecimiento intelectual, sino que el pasaje continúa y dice: "Fuiste más fuerte que yo y prevaleciste". De tal manera que Jeremías reconoce que hubo un período de tirantes con Dios, donde mis pensamientos no se acoplaban a los pensamientos de Dios, y el Señor tuvo que usar todo un proceso de seducción, como lo dice la Reina Valera del 60, pero no en el sentido sensual del término, sino en la búsqueda de Dios de poder cautivar mi alma. El Señor quiere cautivar mi alma, pero el Señor también quiere sujetar mi voluntad. "Fuiste más fuerte que yo y me venciste".

Yo no sé hasta qué punto cada uno de nosotros está permitiéndole al Señor, si lo podemos decir de esa manera, que ejerza todo su poder sobre nuestra vida. Cuántos de nosotros le estamos huyendo al Señor porque estamos percibiendo que la fuerza de su brazo es más poderosa que la fuerza de nuestros propios brazos. Pero nosotros debemos reconocer que si nuestro Dios, el Dios poderoso, gigante, el Rey del universo, el Rey del cielo y la tierra, nuestro poderoso Redentor, está empezando a caminar con nosotros, yo tengo que empezar a sentir tanto la atracción de parte de mi Dios como también su coerción.

El hecho de que el Señor está delante de mí y empieza a reclamarme que yo actúe de alguna manera particular. Yo puedo estar percibiendo la persuasión de Dios como también la presión de un Dios que camina y va más rápido que yo. Puedo percibir el encanto de la belleza del Señor, pero también la tensión de aquel Señor que está diciendo: "Me tienes que vivir de una manera distinta". Nosotros podemos reconocer que queremos caminar con el Señor de manera voluntaria, pero también sabemos que el Señor espera una rendición absoluta de nuestra vida delante de Él. Esa es la tensión de la que no podemos escapar. Y esa es la primera tensión que Jeremías vivió y que lo convirtió en el hombre que él era.

En ambos casos la influencia del Señor sobre el pensamiento y la voluntad se hicieron permanentes, porque dice: "¿Me persuadiste, oh Señor, por un tiempo?" No. "Me persuadiste y yo quedé persuadido". "¿Fuiste más fuerte que yo, pero yo logré soltarme?" No. Dice: "Fuiste más fuerte que yo y prevaleciste y me venciste". Yo quiero que el Señor gane esta batalla. Yo quiero que el Señor gane mi batalla. Yo quiero que el Señor me derrote. Yo quiero que el Señor me convenza. Yo quiero que el Señor me muestre, como lo dice el apóstol Pablo en 1 Corintios capítulo 2: "Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón del hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman".

Esa primera confrontación: el profeta Jeremías reconoce que el Señor la ganó. Si nosotros seguimos leyendo, dice: "He sido el hazmerreír cada día. Todos se burlan de mí. Porque cada vez que hablo, grito, proclamo violencia, destrucción, pues la palabra del Señor ha venido a ser para mí oprobio y escarnio cada día. Pero si digo: No le recordaré, ni hablaré más en su nombre, esto se convierte dentro de mí como fuego ardiente encerrado en mis huesos. Hago esfuerzo por contenerlo y no puedo".

El profeta Jeremías empieza una lucha primera directamente con Dios y su propia realidad personal. Él es persuadido y él es derrotado por el Señor. Pero luego todos nosotros tenemos una segunda confrontación personal que tiene que ver con la confrontación entre las opiniones de los hombres y la Palabra de Dios. Todos nosotros nos enfrentamos a esa realidad: a la realidad evidente de que el mundo vive de espaldas a Dios, y por lo tanto las cosas que nosotros estamos aprendiendo del Señor siempre son un motivo de burla entre aquellos que no creen en Él.

Jeremías lo reconoce de una manera muy clara. Él dice: "¡He sido el hazmerreír cada día! Todos se burlan de mí. Porque cada vez que hablo, grito, proclamo violencia, destrucción, pues la palabra del Señor ha venido a ser para mí oprobio y escarnio cada día". Es evidente que el testimonio público de Jeremías no ha traído una respuesta favorable para su propia persona. Aquellas cosas que el Señor le ha mandado y aquellas cosas que el Señor le ha dicho que diga no son bien aceptadas. Y ni siquiera el hecho de que sean simplemente rechazadas, sino que sean convertidas en un motivo de burla.

Y yo me pregunto cuántos de nosotros hemos sentido en carne propia el costo de obedecer al Señor en un mundo que vive completamente opuesto a lo que el Señor ha establecido. El día de ayer, en las noticias, en los periódicos ingleses, en varios de ellos salía el reportaje de una terapeuta inglesa cristiana que trabaja para el servicio de salud público en Inglaterra, que fue suspendida nueve meses de su trabajo porque una compañera de trabajo de otra religión un día se acercó a su oficina para contarle lo mal que estaba, como sucede en cualquier oficina en donde compartimos los detalles de la vida con personas amigas aunque sean de diferente religión. Y le compartió acerca de lo mal que estaba en su salud y cómo eso iba en detrimento de su trabajo. Y dice que ella estaba escuchándola con atención, y en un momento ella le dijo: "Permíteme orar por ti". Dice que ella le puso la mano en la rodilla y dijo simplemente: "Señor, te pido que le muestres tu voluntad y tú te muestres como el Dios sanador que tú eres. Amén". Y por esa razón fue suspendida nueve meses de su trabajo por mala práctica, mala conducta y discriminación.

Eso todavía no nos pasa a nosotros, pero nos va a pasar. Todavía nosotros somos el hazmerreír de muchos, pero cosas como esas van a pasar. Ustedes están al tanto de la noticia del jefe de bomberos de la ciudad de Atlanta que escribió un libro cristiano en donde tiene ciertos comentarios sobre la opinión que los cristianos tenemos sobre la sexualidad. El jefe de bomberos de la ciudad de Atlanta repartió este libro entre tres de sus subalternos y él fue despedido por el alcalde de Atlanta, producto de que se le consideró que estaba actuando con discriminación.

Somos el hazmerreír de muchos. Hoy me enteré por las noticias que en noviembre el equipo de fútbol el Real Madrid —¿qué tiene que ver el Real Madrid con todo esto, verdad?— el Real Madrid, en el símbolo del Real Madrid tiene una corona y encima de la corona tiene una pequeña crucecita de un milímetro. En noviembre ellos decidieron quitar la cruz de la corona para no ofender a sus seguidores de otro lado del mundo.

"¡He sido el hazmerreír cada día! Todos se burlan de mí. Porque cada vez que hablo, grito, proclamo violencia, destrucción, la palabra del Señor ha venido a ser para mí oprobio y escarnio cada día". Esa es la realidad.

Ahora, ¿qué decisión puedo yo tomar? Tomo la decisión de vivir mi fe privadamente, leer la Palabra de Dios para mí, de tal manera que voy a actuar yo moralmente bien, de tal manera que la gente diga: "¡Qué buena es esta persona!" Y cuando a algunos se les ocurre preguntar: "¿Por qué eres tan bueno?", entonces yo le digo: "Mira, tengo un secreto, pero no te lo puedo contar."

Nosotros vemos el proceso que Jeremías... Si yo... El verso 9 dice que es algo que era natural en el corazón de un hombre. Él está abriendo su corazón, él está sufriendo ante el rechazo profundo que él estaba viviendo. Y el verso 9 dice: "Pero si digo: 'No le recordaré, no hablaré más en su nombre', esto se convierte dentro de mí como fuego ardiente encerrado en mis huesos. Hago esfuerzos por contenerlo y no puedo." No puedo. "No le recordaré, no hablaré más en su nombre." Pero si yo retengo la Palabra de Dios en mi corazón y trato de vivirla privadamente, será como meter algo en mi corazón con una olla a presión que no tiene salida; se convierte en una bomba de tiempo.

Jeremías entiende que lo que el Señor le ha dado es más grande que él mismo. ¿No es el evangelio poder de Dios para salvación a todo aquel que cree? Por lo tanto, nosotros no podemos guardar la Palabra de Dios simplemente en mi corazón reteniéndola, dejando de ser testigos de aquello que el Señor ha hecho en nuestras vidas. Tenemos que transmitirla, tenemos que llevarla.

Uno de los abogados de esta joven cristiana inglesa decía: "Nosotros pasamos la mayor parte del tiempo trabajando y en nuestras oficinas, y ustedes nos están diciendo que yo tengo que dejar mi fe en mi casa. Yo necesito expresarla en todos los lugares en donde yo estoy. Yo necesito compartir de la Palabra del Señor."

Nuevamente aparece para el profeta algo que es más grande que él, más fuerte que él, más convincente y firme que sus propios temores y pensamientos. Él estaba completamente sujeto a la Palabra de Dios, hasta el punto que contenerla sería como una olla de presión que no tardaría en explotar en su propio corazón. Hermano, a veces nosotros simplemente guardamos la Palabra de Dios solo para nosotros, y ese ejercicio es equivocado. Nosotros tenemos que exponer la Palabra de Dios. Tenemos que testificar de la Palabra de Dios. Nosotros tenemos que mostrar aquello que el Señor nos ha entregado. "La Palabra se convierte dentro de mí como un fuego ardiente encerrado en mis huesos. Hago esfuerzos por contenerlo y no puedo."

Sigamos leyendo los versos 10 y 11: "Porque he oído las murmuraciones de muchos: terror por todas partes. Denunciad, denunciémosle. Todos mis amigos de confianza esperando mi caída dicen: 'Tal vez será persuadido, prevaleceremos contra él y tomaremos de él nuestra venganza.' Pero el Señor está conmigo como campeón temible, por tanto mis perseguidores tropezarán y no prevalecerán. Quedarán muy avergonzados, pues no han triunfado; tendrán afrenta perpetua que nunca será olvidada."

La primera confrontación, y la primera parte del proceso para poder crecer en nuestro carácter cristiano, es poder luchar en la batalla íntima entre nuestro reino personal y el reino de Dios. La segunda tiene que ver con el hecho de poder luchar entre aquello que es la opinión de los hombres y lo que es la Palabra de Dios. Y la tercera cosa que Jeremías muestra es la confrontación personal entre la confianza y la seguridad de los hombres y la confianza y la seguridad que solamente Dios provee.

En el verso 10 él dice con mucho dolor que él ha oído las murmuraciones de muchos. Él no está seguro, él sabe que están hablando a sus espaldas, le están diciendo: "Terror por todas partes, vamos a denunciarle, vamos a denunciarle." Pero lo más terrible y lo más doloroso de este pasaje es que, si ustedes se dan cuenta, él dice: "Todos mis amigos de confianza." Todos mis amigos íntimos, todas aquellas personas en las que yo podría descansar están esperando mi caída. De tal manera que él no puede en este momento descansar confianza ni aun con sus amigos íntimos. La palabra "confianza" es la palabra "shalom", de donde viene la palabra "paz". Y él dice: "Ni siquiera mis amigos, que son mi paz, en ellos yo tampoco puedo descansar." Ellos están esperando mi caída. Ellos dicen: "Tal vez será persuadido, prevaleceremos contra él y tomaremos de él nuestra venganza."

"Tal vez será persuadido." ¿De qué será persuadido? De aquello que lo había persuadido ya el Señor. Aquellas cosas que en el mundo nos dan confianza intentan persuadirnos de que lo que el mundo ofrece es mejor en confianza y seguridad de lo que el Señor ofrece. Por lo tanto, vivimos en una permanente antipersuasión. Aquello que el Señor nos dice el domingo tenemos que hacerlo guardar de lunes a viernes, porque de lunes a viernes todo lo que confirmamos el domingo va a ser rechazado permanentemente. Esa es la realidad.

Pero, ¿qué dice el profeta en el verso 11? "Pero el Señor está conmigo como campeón temible, como un poderoso gigante. Pero el Señor está conmigo como campeón temible." Si hay algo, hermanos, en lo cual nosotros podemos estar seguros, es en la presencia del Señor. A cada uno de los siervos del Señor, en diferentes épocas, el Señor le dijo: "No temas, porque yo estoy contigo." En diferentes momentos el Señor promete su presencia, y Él ha prometido a su iglesia que el Señor estará con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. El Señor está con nosotros como un poderoso gigante, de tal manera que esa es la seguridad del profeta.

La seguridad del profeta es: "Por tanto mis perseguidores tropezarán y no prevalecerán. Quedarán muy avergonzados, pues no han triunfado; tendrán afrenta perpetua que nunca será olvidada." El profeta deja su caso en las manos del Señor, porque el Señor está conmigo como un poderoso gigante. El Señor se encarga de mis batallas y de mis propias luchas.

Por eso es que toda esta preocupación de Jeremías, todo este tremendo discurso, termina con esta oración en el verso 12 y el verso 13: "Oh Señor de los ejércitos, que pruebas al justo, que ves las entrañas y el corazón, vea yo tu venganza sobre ellos, pues a ti he encomendado mi causa. Cantad al Señor, alabad al Señor, porque ha librado el alma del pobre de mano de los malvados."

"Señor, tú pruebas al justo, que ves las entrañas y el corazón." ¿Qué hace Jeremías? Jeremías se encomienda al Señor. "Señor, tú conoces mi corazón. Tú, Señor, eres el que me prueba. A ti, Señor, yo he encomendado mi causa; sé tú el que la resuelva." Puede sonar fuerte para nosotros, en pleno siglo 21, escuchar a alguien hablando y diciendo: "Vea yo tu venganza sobre ellos." Pero lo que Jeremías está diciendo es: "Señor, haz tu justicia, porque mi vida te pertenece, y porque a mí lo único que me toca es reconocer que tú conoces mi corazón." Por eso es que yo te canto, porque tú ya has librado mi alma; tú has librado el alma del pobre de mano de los malvados.

Él cierra su discurso reconociendo en la presencia de Dios que es el Señor quien sabe todo, que es el Señor quien tiene control de todas las cosas, que es el poderoso gigante que lo acompaña. Por eso, hermano, ¿cómo es que Jeremías logró todo lo que consiguió? Porque él fue persuadido y derrotado por Dios.

Yo quiero preguntarte: ¿Tú te estás dejando persuadir por el Señor? ¿Estás haciendo lo que te toca para ser persuadido por Dios, o te estás dejando llevar por el statu quo? Permítanme contarlo de esta manera.

Hace un tiempo leí cuál es la distancia que existe, que los ingleses determinaron qué era la distancia que debía haber entre los dos ejes de los trenes. Tenía que haber una distancia de cuatro pies ocho pulgadas y media entre los rieles. Los rieles del tren tienen que tener una distancia de cuatro pies ocho pulgadas y media. Eso es porque yo hablo en metros, por eso me confundo.

Entonces, la pregunta es: ¿por qué tiene que ser cuatro pies ocho pulgadas y media? Bueno, los ingleses responden y dicen: "Porque los tranvías, el eje entre las ruedas de los tranvías son cuatro pies ocho pulgadas y media." La pregunta es: ¿por qué los tranvías tienen entre sus ejes cuatro pies ocho pulgadas y media? Bueno, los ingleses responden y dicen: "Porque las carretas a caballo tienen una distancia entre sus ejes de cuatro pies ocho pulgadas y media." ¿Por qué las carretas de caballo tienen una distancia de cuatro pies ocho pulgadas y media? Entonces se ve que es porque las carreteras antiguas tienen un sendero que es de cuatro pies ocho pulgadas y media. ¿Por qué las carreteras antiguas tienen una distancia de cuatro pies ocho pulgadas y media? Porque esa era la distancia en la que dos caballos podían caminar bien llevando la carga de guerra.

¿Qué tiene que ver las carretas de guerra romana con los rieles de los trenes? Nada. Pero el statu quo siempre prevalece. ¿Por qué hacemos las cosas así? ¿Por qué debe ser así? Porque mi vecino la hace, el otro la hace, porque todos la hacen.

Pero en Cristo es diferente. Porque en Cristo somos nuevas criaturas. Porque el Señor nos dice claramente en su Palabra: "El que esté en Cristo, nueva criatura es. Las cosas viejas pasaron, y he aquí todas son hechas nuevas." De tal manera que yo puedo decir: "Me persuadiste y fui persuadido. Me he sido el hazmerreír de todos. Pero si yo quisiera callarme, tu Palabra es en mí como un fuego ardiente en mis huesos; trato de callarlo y no puedo. Y aunque mis amigos quieren persuadirme, el Señor está conmigo como un poderoso gigante. Y tú, Señor, eres el que pruebas mi corazón y mis entrañas, y a ti he encomendado mi causa. Por eso te canto, porque yo sé que tú harás lo que tú tienes que hacer. Pero tú, Señor, prueba mi carácter ahora."

¡Qué bello, verdad! Amén.

"Pepec, la hiciste, pero tenemos un problema, mano. ¿Qué hacemos con la última parte del texto?" Algunos estudiosos dicen que el copista se equivocó, que esto iba al principio en donde pone su queja, y luego al final ya está la victoria, pero después de que levantas tremenda oración.

El profeta dice: "Maldito el día en que nací; el día en que me dio a luz mi madre no sea bendito." Versículo 18: "¿Por qué salí del vientre para ver pena y aflicción, y que acaben en vergüenza mis días?"

¿Qué hacemos con este texto? ¿Qué hacemos? Pues Jeremías está dando, hermanos, lo que nosotros también somos: la realidad de los vaivenes de nuestro corazón. Eso es lo que hace que nuestro trabajo pastoral sea tan ocupado. Francisco, ¿entendiste? Entendí. La gloria a Dios. Mañana me llama Francisco: "Me pegué, estoy mal, no entendí nada, no entendí."

¿Por qué? Es la realidad de nuestro corazón. Es por un lado tratar de poder ser persuadido por el Señor, caminar con el Señor, pero también entender que soy sumamente frágil. ¿Y qué necesito? Estar con Él todos los días de mi vida. Esa es la locura temporal que produce el sufrimiento y la frustración. Es el hecho de salir hoy día gozoso de la iglesia y luego recibir una cachetada del mundo y volver a reconocer: "¿Qué hago aquí? ¿Por qué hice esto? ¿Por qué estoy aquí?" Y sentir ese sentido de frustración que todos nosotros sentimos y que el profeta también sentía: "¿Maldito el día en qué nací? ¿Por qué salí del vientre para ver pena y aflicción, y que acaben en vergüenza mis días?"

Lo evidente, hermanos, es que a pesar de que nosotros formamos nuestro carácter para caminar con el Señor, lo cierto es que yo nunca voy a encontrar bienestar en este mundo. Todo aquello que el Señor haga por mí y en mi corazón no será para esta tierra, porque en esta tierra siempre encontraré frustración y solamente la gracia de Dios podrá sostenerme.

De tal manera que yo caminaré como viendo al invisible, caminaré con la expectativa del Señor que retorna por segunda vez, caminaré con la seguridad de que cielos nuevos y tierras nuevas se establecerán. Pero mientras tanto, en esta tierra muchas veces terminaré hablando como el profeta Jeremías, que dice: "¿Por qué salí del vientre para ver pena y aflicción? ¿Por qué se acaban en vergüenza mis días?" La corona no la recibiré de los hombres, la recibiré del Señor al final de los días, y por lo tanto esta carrera no acaba aquí sino acaba con Él. Y ese es el testimonio de Jeremías en ese momento: es el propio cansancio de una vida que por más de treinta años está luchando contra la corriente.

Es evidente que el Señor nos permite que podamos abrir nuestro corazón, a pesar de todo lo que sabemos, y podamos decirle al Señor: "Señor, esta es mi frustración, este es mi dolor." Es como la historia —y ahora recuerden— es como la historia de uno, se conoce esta historia: la historia de un muchacho que un día su papá lo manda con una tremenda mochila grande y le dice: "Muchacho, lleva esta cosa hacia esa otra ciudad porque necesito que lleves estos instrumentos y estas herramientas", y eran herramientas pesadas.

El muchacho empieza a caminar con la mochila alegremente, pero en la medida en que el día iba avanzando y el sol se ponía más alto, él sentía que la mochila pesaba más y más, ¿no es cierto? El peso aumentaba en la misma proporción de su cansancio. Él salió contento, iba silbando y va cantando, pero en la medida que iba pasando el tiempo se iba amargando. Ya no eran las maripositas ni los pajaritos que cantaban, sino que ya todo se veía negro. ¡Qué crecido tremendo! Hasta que en un momento él ya no puede más, y con tanto cansancio él agarra y se saca la mochila, la hostiga al suelo y dice: "¡Ojalá me muriese ahora!"

Dicen que en ese instante, ¡oh sorpresa!, se apareció la muerte con la guadaña y todo, y la muerte le dice: "¿Me llamaste?" Y el muchacho le dice: "Sí, ¿podrías ayudarme a ponerme la mochila de nuevo?"

Muchas veces, hermanos, muchas veces nosotros deseamos la muerte, pero con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas Cristo vive en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual murió y se entregó a sí mismo por mí.

Hermanos, caminemos con el Señor y aprendamos que nosotros en el mundo tendremos aflicción, pero confiemos que el Señor ha vencido al mundo. Pero que el mundo no produce en nosotros cinismo, ni tampoco abandono, ni tampoco conformidad, sino como Jeremías, luchemos en nuestro corazón para que el Señor nos persuada, para que el Señor nos haga valer su Palabra por sobre cualquier otra cosa, para que el Señor nos haga reconocer en dónde está nuestra confianza, y para que finalmente, a pesar de todo, depositemos ante Él nuestra causa.

Pepe Mendoza

Pepe Mendoza

José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor, y autor del libro Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024). Ha servido como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en la República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú, donde enseña en el Instituto Integridad & Sabiduría y colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y juntos son padres de su hija Adriana.