Integridad y Sabiduria
Sermones

Predicación bajo la unción del Espíritu Santo (parte 1)

Miguel Núñez 7 mayo, 2017

El Pedro que negó a Cristo tres veces ante una simple sirvienta no es el mismo Pedro que se pone de pie el día de Pentecostés y ordena a una multitud hostil: "Sea esto de vuestro conocimiento y prestad atención a mis palabras." La diferencia no es cuestión de temperamento ni de entrenamiento, sino de la llenura del Espíritu Santo. Aquella negación sirvió para vaciar a Pedro de todo su orgullo; ahora, vacío de sí mismo, está lleno del Espíritu de Cristo.

La predicación bajo esa unción exhibe tres marcas visibles. Primero, coraje: apenas cincuenta días después de la crucifixión, en medio de una comunidad todavía hostil, Pedro acusa directamente a sus oyentes de haber clavado en una cruz al enviado de Dios. Segundo, arraigo en la Escritura: desde el inicio Pedro ancla su mensaje en el profeta Joel y en los Salmos 16 y 110, no en sueños ni visiones propias. Tercero, un contenido enteramente cristocéntrico: la vida de Jesús confirmada por milagros, su crucifixión —permitida por Dios pero ejecutada por manos impías—, su sepultura sin corrupción, su resurrección victoriosa sobre la muerte, su ascensión y su sesión a la diestra del Padre.

El clímax del sermón resuena con autoridad: "Sepa con certeza toda la casa de Israel que a este Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo." El nombre que satisface toda rodilla no es simplemente "Jesús," sino el nombre Yahvé conferido por el Padre al Hijo obediente. Este es el Dios que satisface, el Mesías esperado, el Señor exaltado hasta lo sumo.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Sur fale, para vivir en su cabal.

Bueno, estamos en medio de esta serie sobre el libro de los Hechos. Para aquellos que nos visitan hoy, o que quizás están encendiendo sus televisores o sus computadoras más bien en el extranjero y quizás no sabían dónde estamos: esta serie sobre el libro de los Hechos se titula "Hasta los confines de la tierra." En uno de los mensajes pasados, y prácticamente después de uno de los mensajes recientes sobre esta serie, una de nuestras jóvenes se me acercó y me dijo: "¡Qué bueno es este libro de los Hechos!" A lo cual yo respondí: "Bueno, es uno de mis libros favoritos."

Hay múltiples razones por las cuales uno pudiera pensar que este libro pudiera ser el favorito de algunos predicadores, o de muchos predicadores. Pero en verdad, a mí me sirve de inspiración. Me sirve de inspiración poder ver la transformación de vida de estos discípulos que en un momento dado abandonaron a Jesús y que no mostraron ni fe ni coraje. Pero al mismo tiempo me llama la atención justamente que, como fruto de esa transformación, estos hombres mostraron un valor y un coraje ante la oposición y en el ardor de la predicación, que a todo predicador verdaderamente debiera servirle de estímulo: la transformación de los discípulos y el denuedo de los seguidores de Jesús.

En un momento nosotros vamos a leer un texto de Pedro: el primer sermón apostólico, el primer sermón que Pedro predica. En toda su vida, posiblemente no hay nada registrado antes de que Cristo ascendiera que fuera un sermón de Pedro. Comentando sobre ese sermón, sobre su contenido y lo que de él se desprende, Juan Crisóstomo, el gran predicador del final del siglo IV y principio del siglo V, llamado "la lengua de oro" de su época, hace algunos comentarios. Refiriéndose al pasaje, dice que Pedro se levanta y predica ese sermón apostólico. Pero que cuando tú miras eso y lo comparas con aquella ocasión cuando esta joven —y recuerden lo que los evangelios describen: era una sirvienta— vino a Pedro y le dijo: "Tú también estabas con Jesús el Nazareno," y Pedro respondió: "Yo no conozco a este hombre," y siendo cuestionado una segunda vez comenzó a maldecir y a jurar, tú miras a ese hombre, dice Crisóstomo, y te asombra que una persona que haya caminado con Cristo de manera tan cercana pueda hacer tal cosa.

Pero ahora, después del día de Pentecostés, Crisóstomo dice que vemos su denuedo y su gran libertad al predicar. Predicadores de 1.600 años atrás ya habían hecho la observación y habían sido movidos por lo que vieron: que el Espíritu Santo fue capaz de realizar en la vida de estos hombres, pasándolos de temerosos a valientes, de intimidados a intimidantes, de hombres ignorantes a sabios, de inmaduros a sensatos y reflexivos, de indiscretos a prudentes. Eso solo debe ser un estímulo para ti en la medida en que tú continúas caminando con Cristo y en la medida en que tú buscas que el Señor te vacíe para que luego pueda llenarte, a ti y a mí, de su Santo Espíritu. Todo eso fue la labor del Espíritu Santo. Para eso fue dado el Espíritu: para transformar hombres y mujeres que fueran capaces de llevar a cabo la gran comisión que Cristo anunció al principio del libro de los Hechos.

En el mensaje anterior —y ahí conecto entonces con el texto que vamos a leer— nosotros vimos cómo llegó el Espíritu y se manifestó por medio de un viento impetuoso, aparecieron como lenguas de fuego que se posaron sobre las cabezas de los que allí estaban presentes, y cada uno de ellos comenzó a hablar en el lenguaje de otros que estaban también presentes. Y algunos hombres incrédulos pensaron que lo que estaba ocurriendo era que estos hombres estaban borrachos. ¿Lo recuerdan? Esta es la continuación de eso que acabamos de resumir.

Hechos 2, a partir del versículo 14, y esto es lo que dice:

"Entonces Pedro, poniéndose en pie con los once, alzó la voz y les declaró: 'Varones judíos y todos los que vivís en Jerusalén, sea esto de vuestro conocimiento y prestad atención a mis palabras. Porque estos no están borrachos como vosotros suponéis, pues apenas es la hora tercera. Sino que esto es lo que fue dicho por medio del profeta Joel: Y sucederá en los últimos días, dice Dios, que derramaré de mi Espíritu sobre toda carne; y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán, vuestros jóvenes verán visiones y vuestros ancianos soñarán sueños. Y aun sobre mis siervos y sobre mis siervas derramaré de mi Espíritu en esos días, y profetizarán. Y mostraré prodigios arriba en el cielo y señales abajo en la tierra: sangre, fuego y columna de humo. El sol se convertirá en tinieblas y la luna en sangre, antes de que venga el día grande y glorioso del Señor. Y sucederá que todo aquel que invoque el nombre del Señor será salvo.'

Varones israelitas, escuchad estas palabras: Jesús el Nazareno, varón confirmado por Dios entre vosotros con milagros, prodigios y señales que Dios hizo en medio vuestro a través de él, tal como vosotros mismos sabéis. A este, entregado por el plan predeterminado y el previo conocimiento de Dios, clavasteis vosotros en una cruz por manos de impíos y le matasteis. A quien Dios resucitó, poniendo fin a la agonía de la muerte, puesto que no era posible que él quedara bajo el dominio de ella. Porque David dice de él: 'Veía siempre al Señor en mi presencia, pues está a mi diestra para que yo no sea conmovido. Por lo cual mi corazón se alegró y mi lengua se regocijó, y aun hasta mi carne descansará en esperanza; pues Tú no abandonarás mi alma en el Hades, ni permitirás que tu Santo vea corrupción. Me has hecho conocer los caminos de la vida; me llenarás de gozo con tu presencia.'

Hermanos, os puedo decir confiadamente que el patriarca David murió y fue sepultado, y su sepulcro está entre nosotros hasta el día de hoy. Pero siendo profeta, y sabiendo que Dios le había jurado sentar a uno de sus descendientes en su trono, miró hacia el futuro y habló de la resurrección de Cristo, que no fue abandonado en el Hades ni su carne sufrió corrupción. A este Jesús, Dios lo resucitó, de lo cual todos nosotros somos testigos. Así que, exaltado a la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís. Porque David no ascendió a los cielos, pero él mismo dice: 'Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies.' Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo.'"

Y Pedro no ha terminado. Imagínate al Pedro que está predicando. Tú analizas este texto de Pedro, que es simplemente como la mitad de lo que ahí está registrado, y en esencia hay como dos puntos que yo pudiera mencionar de entrada: un punto pneumatológico, que tiene que ver con el ministerio del Espíritu Santo y la manifestación en esta ocasión, y un punto cristológico, que tiene que ver con el ministerio de Jesús. Y todo lo demás que yo puedo decir son derivaciones de esos dos.

Dejando de lado la introducción que yo hice, yo he titulado este mensaje "Predicando bajo la unción del Espíritu Santo," y eso es algo que se ve a lo largo de todo el libro de los Hechos. Los hombres que predicaron y que están registrados aquí estaban bajo una unción especial, como podemos ver en sus palabras. Este es el primero de quince sermones en este libro: ocho de Pedro, cinco de Pablo, uno de Jacobo y uno de Esteban mientras lo apedreaban. En cada uno de esos mensajes uno puede discernir en las palabras del predicador tres elementos reconocidos en la oratoria desde la época de Aristóteles.

Y yo no quiero que al mencionar estos nombres tú pienses que estoy siendo muy técnico; concéntrate bien en la explicación, porque nosotros vamos a poder ver en el mensaje de Pedro esos tres elementos. Aristóteles hablaba de que en la oratoria de un orador se podría distinguir el logos —y el logos es simplemente "palabra"—, con lo cual él estaba haciendo referencia al contenido del mensaje. En el caso de Pedro, el logos, o el contenido de su mensaje, fue enteramente bíblico y enteramente cristocéntrico.

El segundo elemento de la oratoria al que Aristóteles se refería, y que sigue siendo reconocido, es el ethos —de donde viene la palabra "ética"—, que tiene que ver con el carácter. En esencia, lo que este filósofo decía es que cuando alguien habla de una u otra manera, el carácter del orador —en este caso el carácter del predicador— sale a relucir. Y sin lugar a dudas, el carácter de Pedro sale a relucir en lo que él tiene que decir. Y finalmente, el tercer componente es el pathos, o la pasión con la que el orador habla, que se hace manifiesta a través de sus palabras. Cuando tú analizas este mensaje y los quince sermones que aparecen en el libro de los Hechos, puedes encontrar estos tres elementos en cada uno de ellos.

De manera que ahora yo quiero que tú pienses en Pedro: no en el Pedro que negó al Señor, no en el Pedro temeroso, no pulido, intimidado, sino el Pedro que está lleno del Espíritu del Señor, el Pedro que está predicando bajo la unción del Espíritu, que es el título de mi mensaje. Entonces yo quiero decirte, o sugerir, que el predicador bajo la unción del Espíritu exhibe coraje y valentía. De nuevo, como tú puedes ver en las palabras de Pedro, hay un ethos, hay un carácter en Pedro que Pedro no tenía antes. Hay algo nuevo que es el fruto del Espíritu de Dios morando en Pedro. Apenas habían pasado cincuenta días desde que el Señor Jesucristo había sido crucificado y resucitado, y la comunidad todavía era hostil a estos hombres. En medio de esa hostilidad, Pedro comienza a predicar de la manera en que lo hiciera.

Escucha otra vez los primeros dos versículos del texto que yo leí: "Entonces Pedro, poniéndose en pie con los once, alzó la voz y les declaró: 'Varones judíos y todos los que vivís en Jerusalén, sea esto de vuestro conocimiento y prestad atención a mis palabras.'" Este es el Pedro que no va a callar.

Porque esto no está muy lejos de lo que vosotros suponéis, pues apenas es la hora tercera del día. Se levantaron los once, pero Pedro usa dos imperativos para referirse a varones judíos y a gente no judía pero que habitaba en Jerusalén. Pedro los llama a enfocarse y a reflexionar, y estos son los dos imperativos: "sea de vuestro conocimiento". En buen español dominicano diríamos "que se sepa", y luego dice "prestar atención". Esta es una forma de Pedro de decir: si están hablando, hay un silencio, porque lo que yo tengo que decir es importante y tú tienes que oírlo.

Este es el nuevo Pedro, es el Pedro que predica bajo la unción del Espíritu. Este es el Pedro que exhibe un nuevo carácter, es el Pedro que tiene una nueva pasión. Este es el defensor de este grupo: "apenas son las nueve de la mañana". En su día contaban a partir de las seis de la mañana, de manera que Pedro está diciendo las nueve de la mañana en nuestra cultura, en nuestro tiempo, dos mil años atrás. La gente no estaba tomando y bebiendo alcohol desde temprano en la mañana. Ustedes están asumiendo algo debido a la maldad de vuestros corazones.

Y tú puedes ver que Pedro no teme a la multitud, la multitud hostil, la multitud incrédula. La razón es que el hombre bajo la unción del Espíritu no teme a los hombres sino a Dios. El hombre bajo la unción del Espíritu no teme a las consecuencias de glorificar a Dios, sino a la consecuencia de dejar deshonrar a su Dios. El hombre bajo la unción del Espíritu no presta atención al costo, sino a la gloria de su Dios.

La negación de Pedro con relación a Jesús, tres veces, sirvió esa experiencia para vaciar a Pedro de todo el orgullo con el que él habló la noche anterior a la crucifixión, cuando dijo: "Señor, que todos estos compañeros, todos los que hemos caminado juntos, aunque ellos todos te abandonen, yo nunca te dejaré." "No, Pedro, pero me negarás tres veces." Este otro Pedro, este es Pedro bajo la unción del Espíritu.

Número dos: la predicación bajo la unción del Espíritu está arraigada en la Palabra que fue inspirada por el mismo Espíritu. El Espíritu de Dios le fue dado a la iglesia el día de Pentecostés. Es el mismo Espíritu que inspiró todo lo que aquí está escrito. De manera que si el Espíritu va a ungir una predicación, debe ser una predicación basada en un texto que Él inspiró y dio a la iglesia.

Y tú puedes ver eso en el mensaje de Pedro. Pedro comienza en los versículos del 16 al 18 a hacer referencia al profeta Joel. Desde el inicio, Pedro ancla su predicación en el texto de la Palabra. Y entonces tú lees en el versículo 17: "Y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán, vuestros jóvenes verán visiones y vuestros ancianos soñarán sueños." Eso está en Joel, doscientos años atrás se profetizó que llegaría el día cuando esto ocurriría, y Pedro comienza justamente ahí. ¿Dónde? En la Palabra. Pedro no comienza con un sueño, él no comienza con una visión que él tuvo; Pedro comienza con la Palabra de Dios.

Y luego, un poco más adelante en los versículos 19 y 20, la profecía de Joel menciona algunas cosas como estas: "Y mostraré prodigios arriba en el cielo y señales abajo en la tierra, sangre, fuego y columnas de humo. El sol se convertirá en tinieblas y la luna en sangre, antes que venga el día grande y glorioso del Señor." En realidad, el texto de Joel dice "antes que venga el día grande y terrible del Señor."

Aquellos que no creen que habrá un milenio literal en el futuro, llamados amilenialistas, entienden que el día de Pentecostés se cumplió la profecía completa de Joel, tanto lo que el texto expresa acerca de que los jóvenes y ancianos y demás profetizarían, como que las señales cataclísmicas de que habla el texto representan más bien cosas de índole espiritual y no fenómenos de la naturaleza como algo real. Otros opinan que parte de eso probablemente ocurrió el día que Cristo fue crucificado, cuando el cielo se oscureció. Los que sí creemos que habrá un milenio literal en el futuro entendemos que esas señales están aún por verse, y que concluirán o coincidirán con las señales de que habla el libro de Apocalipsis, donde grandes cosas ocurrirán, y que esa es la razón por la que Joel habla del día grande y terrible del Señor.

Y él dice entonces: "Todo aquel que invoque el nombre del Señor será salvo", parte del temor que la gente tendrá justamente de las señales que verán; pero si en ese momento la gente invoca el nombre del Señor, será salvo. Pedro hace alusión al texto de Joel, él está anclando su predicación en la Palabra. Pedro hace alusión al Salmo 16, Pedro hace alusión al Salmo 110, de manera que tú puedes ver que ciertamente la predicación bajo la unción del Espíritu Santo es una predicación que está llena de la Palabra: no llena de cuentos, no llena de chistes, no llena de anécdotas, no llena de emociones, no llena de promesas falsas como ocurre muchas veces en los púlpitos de hoy.

Está llena de la Palabra inspirada por Dios, y eso es lo que tú ves en este texto de Pedro, y lo seguirás viendo a lo largo de toda la exposición del libro de los Hechos. Como dice el pastor Kent Hughes en uno de sus comentarios: "Pedro estaba lleno del Espíritu, lleno de las Escrituras, lleno de Cristo." Y de esa misma manera, la predicación bajo la unción del Espíritu está llena del Espíritu, llena de las Escrituras y llena de Cristo.

La predicación bajo la unción del Espíritu exige coraje, de nuevo, valor. La predicación bajo la unción del Espíritu está llena de la Palabra. Y en tercer lugar, la predicación bajo la unción del Espíritu es una predicación cristocéntrica. Todo el resto del mensaje tiene que ver con ese punto, porque la gran mayoría de lo que Pedro tiene que decir está centrado en la persona de Jesús.

Escucha cómo Pedro comienza en el versículo 21: "Y sucederá que todo aquel que invoque el nombre del Señor será salvo." Pedro comienza a revelar cómo la gente puede ser salva, y lo desdoblaremos en un momento. "Varones israelitas, escuchad estas palabras." Nota la fuerza de Pedro al hablar: "Escuchad estas palabras." "Jesús el Nazareno, varón confirmado por Dios entre vosotros con milagros, prodigios y señales que Dios hizo en medio vuestro a través de Él, tal como vosotros mismos sabéis. A este, entregado por el plan predeterminado y el previo conocimiento de Dios, clavasteis vosotros en una cruz por manos de impíos y le matasteis." En otras palabras, fuisteis vosotros, junto con los impíos. "A quien Dios resucitó, poniendo fin a la agonía de la muerte, puesto que no era posible que Él quedara bajo el dominio de ella."

Pedro comienza señalando, porque esto es lo que él quiere: eso es lo que va a ocurrir la semana que viene cuando revisemos ese texto. Lo que va a ocurrir es justamente esto: todo el que invoque el nombre del Señor será salvo. Aquí va a haber cientos de personas que, al escuchar a Pedro, van a quedar tan convictos de pecado que van a invocar el nombre del Señor y serán salvos. Y es ahí donde Pedro comienza, pero comienza mostrando cómo se salva uno.

Invocar el nombre del Señor implica depositar mi confianza absoluta en Cristo como Señor y Salvador; depositar mi confianza, creer que Cristo fue el enviado de Dios para mostrarnos al Padre, para mostrarnos el camino, para decirme la verdad y para llevarme a la presencia del Padre y, a través de Él, encontrar la vida. Cuando Pedro comienza a presentar a Cristo, es porque detrás de ese nombre del Señor hay muchas cosas. Pedro entonces comienza y le habla de la vida de Jesús en el versículo 22.

Jesús el Nazareno: esto es un Cristo céntrico. "Varón confirmado por Dios entre vosotros con milagros, prodigios y señales que Dios hizo en medio vuestro a través de Él, como vosotros mismos sabéis." En otras palabras, cuando yo hablo de señales y prodigios que confirmaron a Jesús, esto no es hipotético ni una suposición; esto es una realidad. Vosotros lo sabéis, vosotros lo visteis, vosotros sois testigos.

Este es el propósito del milagro: confirmar el mensaje y confirmar al mensajero. Cristo hizo múltiples de esos milagros que le confirmaron, y vosotros los visteis y aun así le rechazasteis. Incluso el Señor Jesús apeló a dichas obras para que la gente pudiera prestar atención y creer en Él. En Juan 10:38 dice: "Aunque a mí no me creáis, aunque no creáis mis enseñanzas, aunque no creáis lo que yo he estado enseñando desde el principio, creed las obras. Esto es lo que yo estoy haciendo; si no queréis creer mis palabras, mirad mis milagros, creed las obras, para que sepáis y entendáis que el Padre está en mí y yo en el Padre." En otras palabras: si ustedes quieren ignorar mis enseñanzas, les voy a dar otra oportunidad de creer: miren las obras, y por las obras que hago podrán saber que el Padre está en mí y yo en el Padre. No hay diferencia entre ellos.

Eso es exactamente lo que Nicodemo pudo apreciar en un momento dado. Cuando viene donde Jesús, Nicodemo, un maestro de la ley, miembro del Sanedrín, le dice: "Maestro, nadie puede hacer las cosas que tú haces si Dios no está con él." ¡Bingo, Nicodemo! En inglés diríamos: "You got it right." Eso es lo que estaba proclamando Jesús, y ahora Pedro estaba proclamando la misma cosa: Él fue confirmado por medio de señales y prodigios.

Y ahí tú puedes ver la fortaleza del carácter de Pedro. El éthos del que hablamos, tú puedes verlo claramente. Aquí sale la pasión de Pedro, el pathos. "Ustedes lo clavaron", y él fue clavado por medio de manos sin ley, pero las manos sin ley les pertenecen a ustedes; los impíos son ustedes. Tú puedes ver la pasión, tú puedes ver el carácter y tú puedes ver la referencia de Pedro. Tú puedes ver las Escrituras como ya hemos mencionado, de manera que Pedro, a la hora de presentar su mensaje, comienza con la vida y el ministerio de Jesús, pero no se detiene ahí.

Pedro les habló también de la crucifixión de Cristo. La vida, la habló, y habló de la crucifixión de Cristo. Versículo 23: "A este, entregado por el plan predeterminado y el previo conocimiento de Dios, clavasteis en una cruz por manos de impíos y le matasteis." ¿Notaste la fuerza de las palabras de Pedro? Ustedes tomaron al enviado de Dios, al Mesías que ustedes esperaban, la segunda persona de la Trinidad, quien fuera confirmado por la primera persona de la Trinidad, y ustedes fueron tan malvados que le matasteis. Y no solamente le quitasteis la vida, lo hicisteis de la forma más cruel y lo tratasteis como un vil ladrón, como un villano. Lo matasteis en una cruz, la peor forma de muerte y el peor castigo reservado para los peores criminales. Estas palabras fueron duras de oír, pero produjeron el resultado que Dios esperaba: 3.000 nuevos creyentes. Lo vamos a ver la semana que viene.

¿Notaste cómo Pedro habla de la crucifixión? Pero antes de hacer ese señalamiento, recuerda: todo evento, todo evento, incluyendo lo que está pasando ahora mismo aquí, tiene dos lecturas. Hay una lectura horizontal, que es lo que nosotros apreciamos, lo que podemos ver, que abarca las obras que nosotros podemos contemplar con los ojos, lo que podemos oír, lo que podemos razonar. Y hay una lectura vertical, que tiene que ver con Dios, con lo que realmente está pasando. Aquí, Dios sabe quién está recibiendo el mensaje y quién está rechazando el mensaje. Dios sabe quién vino aquí con una motivación y quién vino con otra motivación. Dios sabe si el pastor está predicando para gloria de Su nombre o para la gloria del nombre del pastor. Dios conoce. Esa es otra lectura que solamente Dios tiene.

Con relación a la cruz, entonces, ese evento tuvo dos lecturas, literalmente. Hay una lectura horizontal: ustedes lo clavaron, ustedes lo mataron. Los judíos se lo entregaron a los romanos porque no tenían el poder legal para quitarle la vida, y los romanos, intimidados por los judíos, permitieron que fuera crucificado. Los judíos y los romanos fueron culpables de la cruz. Esa es la lectura horizontal, terrenal, si tú quieres. Pero hay una lectura vertical, y es especial. Ese evento está en el versículo 23: "A este, entregado por el plan predeterminado y el previo conocimiento de Dios, a este ustedes clavaron." El versículo 23 nos da las dos lecturas: la horizontal —ustedes lo clavaron, ustedes son culpables— y la vertical —Dios fue orquestando la historia hasta llegar al momento en que ustedes actuarían malvadamente, y Dios lo permitiría porque en la acción más inicua que alguien pudiera concebir, Dios tenía un plan de salvación para la humanidad.

Por eso, la aprobación de un hecho de parte de Dios no implica el veredicto de Dios de que algo es moralmente bueno, pero sí tiene siempre el diseño de Dios. La cruz fue moralmente condenable. No ha habido un peor día en toda la humanidad en que el hombre haya podido hacer algo más malvado que la cruz. Ahí está el permiso de Dios, pero no implicó la aprobación de Dios de que eso era moralmente bueno. Sin embargo, la cruz tuvo el diseño de Dios. Versículo 23: "A este, entregado por el plan predeterminado y el previo conocimiento de Dios." La palabra traducida ahí como "previo conocimiento" no es simplemente que Dios miró hacia el futuro y como que dijo: "¡Oh, van a crucificar a mi Hijo en el futuro!" No. Dios orquestó la historia desde la eternidad pasada para que concluyera y alcanzara su clímax en la cruz, en el Calvario, en el Gólgota, ese día, de la manera que ocurrió. No puso el pecado en el corazón del hombre, no empujó al hombre a que ocurriera; simplemente usó el pecado del hombre para llevar a cabo Su propósito más glorioso.

La cruz tuvo el diseño de Dios. El mensaje de Pedro abordó no solamente la vida de Jesús y la crucifixión de Jesús, sino que abordó también la sepultura de Jesús. Versículo 27: "Pues Tú no abandonarás mi alma en el Hades, ni permitirás que Tu Santo vea corrupción." Salmo 16. David, profetizando, viendo hacia el futuro, sin saber exactamente de qué estaba hablando. A veces nosotros tenemos la impresión errónea y pensamos que cuando un profeta hablaba en el Antiguo Testamento y profetizaba, él entendía completamente de lo que estaba hablando. No. El profeta no solamente no entendía todo lo que él estaba hablando; el profeta no tenía idea de si eso iba a ocurrir en un mes, en un año, en cien años o dos mil años después.

Ocurre como cuando nosotros vemos el firmamento sin tener entrenamiento específico y vemos a Venus y vemos a Marte ahí como planetas: nosotros no tenemos idea de qué distancia están, ni sabemos cuál está más lejos ni cuál está más cerca. De esa misma manera, los profetas veían estas visiones y tenían estas inspiraciones, y veían como si fuera a través de un telescopio del tiempo, por así decirlo, pero no tenían idea de cuándo era que esto iba a ocurrir, y muchas veces ni siquiera tenían idea de cómo iba a ocurrir. Aquí está David hablando de que Su Santo, ese mayor que él, ese no es David, no vería corrupción en la tumba.

Versículo 29: "Hermanos, del patriarca David os puedo decir", eso es Pedro hablando, "confiadamente, que murió y fue sepultado, y su sepulcro está entre nosotros hasta el día de hoy." En otras palabras, Pedro va a comenzar a comparar lo que pasó con David con lo que pasó con Cristo. Yo estoy diciendo que con relación a Cristo, Su cuerpo no vio corrupción; eso es la resurrección. De David, ahí está diciendo, nosotros sabemos que él fue sepultado y su sepulcro está entre nosotros; los huesos de él están ahí, sus restos están ahí.

Versículo 30: "Pero siendo profeta, pudiendo ver hacia el futuro y sabiendo que Dios le había jurado sentar a uno de sus descendientes en su trono, miró hacia el futuro y habló de la resurrección de Cristo, que no fue abandonado en el Hades ni su carne sufrió corrupción." Todo el que es enterrado, la carne sufre corrupción, se descompone. No en el caso de Cristo. Pero David, siendo profeta, pudo ver el futuro y pudo ver que la carne del Santo —que él realmente no sabía quién sería, pero de alguien que vendría enviado de Dios— no vería corrupción, y profetizó de esa manera. Profetizó de una manera general; ahora ellos ven el cumplimiento.

De esa misma forma, nosotros estamos viendo hacia el futuro, y muchas cosas que nos parecen confusas y sobre las cuales discutimos, llegado el momento, llegada la generación que tendrá que vivirlas, ellos dirán: "¿Y por qué no lo vieron? Si era tan fácil, si estaba tan claro." Está claro en el momento de la llegada del evento; no está claro en el momento de la profecía.

Y así, Pedro nos está presentando a Cristo en un mensaje claramente cristocéntrico. La vida de Jesús, confirmada por señales y prodigios. La crucifixión de Jesús: "Vosotros lo clavasteis", pero obedeció a un plan predeterminado de Dios, porque Él orquestó todo desde el principio de la eternidad; nunca ha sido tomado por sorpresa, nunca se sorprende, siempre tiene un plan A y no hay plan B en la mente de Dios. El plan predeterminado. Pero Pedro les habló de la sepultura de Jesús, que no vio corrupción, y les habla también claramente de la resurrección de Jesús. Versículo 24: "A quien Dios resucitó, poniendo fin a la agonía de la muerte, puesto que no era posible que Él quedara bajo el dominio de ella." Esa idea está en el versículo 24, de la resurrección, y está en el versículo 31 otra vez.

Pero ¿notaste lo que dice el texto? Dios Padre le resucitó. En otras palabras, Dios Hijo no es quien se resucita a sí mismo. Aquí hay todo un plan diseñado de tal manera que Dios Padre, por medio del poder de Su Espíritu, levantó al Hijo, de la misma manera que nosotros seremos levantados en el futuro. Y entonces el texto nos dice que eso ocurrió porque era imposible que la muerte venciera a Dios. Aquí hay dos poderes encontrados: el poder de la muerte y el poder de Dios. La muerte puede vencerte a ti y a mí, pero no a Dios. Por tanto, Cristo fue levantado el tercer día.

La iglesia primitiva se levantó, se expandió, se fortaleció con un mensaje basado en la vida, muerte y resurrección de Cristo. Sin la resurrección, dice Pablo, tú y yo todavía estaríamos en nuestros pecados. Por tanto, la predicación de la resurrección es vital. Es vital para la vida de esperanza. Es vital para que yo pueda entender que mis promesas están garantizadas. Es vital para que yo pueda entender que el poder de la muerte no pudo vencer al poder de Dios cuando Cristo fue al sepulcro.

Y como Pedro tiene un sermón —este es el sermón que inaugura la nueva era de la gracia—, imagínate que Dios hizo que esto quedara en la historia. Les estoy dando dos períodos: la era de la ley y la era de la gracia. Y que ahora Dios le diga a Pedro, por así decirlo: "Pedro, te voy a dar el privilegio de que cuando yo inaugure el día de la gracia, tú tengas el sermón de predicación. Tú vas a inaugurar esa era." ¿De qué cosa tiene que ver la era de la gracia con el personaje Jesús? Pedro está predicando de Su vida, Su cruz, Su muerte, Su sepultura, Su resurrección. Pero no lo dejéis ahí, porque ahí no es donde termina. Cristo no termina simplemente en la resurrección. Pedro le habla también de la ascensión de Jesús. Versículo 33.

Así que, exaltado a la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís. Jesús, al ser exaltado por el Padre, el Padre lo resucita, el Padre lo hace ascender, como vimos ya en un segundo mensaje, creo, de esta serie, y luego el Padre lo sienta a su diestra y le confiere la posición de mayor autoridad sobre toda la creación. Los apóstoles que están aquí, Pedro mismo, fueron testigos de la ascensión de Jesús a los cielos; lo vimos en un mensaje anterior, una ascensión que ocurrió cuarenta días después de la resurrección y diez días antes de Pentecostés, de manera que Pedro está predicando diez días después de que él vio a Cristo ascender a los cielos, y ahora se está refiriendo a la exaltación de Cristo por parte del Padre.

Pedro incluso habla no solamente del ascenso de Cristo a la diestra de Dios, sino de la sesión —con ese término—, que tiene que ver con el sentarse a la diestra. Lo dice el texto que leímos: "Siéntate a mi diestra." Pero lo extiende todavía más, en el versículo 34. Escucha: otra vez David hablando proféticamente sin entender bien lo que estaba diciendo, porque David no había ascendido a los cielos, pero él mismo dice: "Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies." Eso es una cita del Salmo 110:1, el salmo más citado en todo el Nuevo Testamento.

Lo que el salmo dice literalmente en el hebreo es: "Dijo Yahvé a Adonai." Traducido entre nosotros: "Dijo el Señor" —con mayúsculas— para significar que ahí está Yahvé. Cuando usted ve en la Biblia de las Américas la palabra "SEÑOR" toda en mayúsculas, eso está sustituyendo la palabra Jehová. Y luego entonces dice "el Señor a mi señor" —con esa mayúscula y el resto en minúscula— para traducir Adonai: "Dijo Yahvé, el Padre, a Adonai: Siéntate a mi diestra." Y David estaba profetizando y no sabía del todo. Él sabía una cosa: Dios prometió que uno de mis descendientes se sentaría en el trono eternamente. "Yo no sé quién es; no podría ser un hombre si se va a sentar eternamente." Aquí está el hombre: Dios encarnado, Dios crucificado, Dios resucitado, Dios ascendido y Dios sentado, y Yahvé diciéndole a Adonai: "Siéntate a mi diestra, toma toda autoridad sobre el cielo y la tierra; tú has cumplido mi encomienda, tú eres mi Hijo amado en quien tengo complacencia."

Y Pedro, lleno del Espíritu de Dios, con otros caracteres, lleno de pasión, termina esta primera parte. Yo estoy terminando, pero él no terminó; ahí es que Pedro coge fuerza ahora. La semana que viene tienes que estar aquí, porque ahí es donde Pedro coge fuerza. Pedro está calentando el brazo simplemente. "Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel" —este es el Pedro que negó al Señor, que habla de esa manera—. No, ese no es el Pedro. Aquel Pedro estaba vacío de Cristo y estaba lleno de Pedro; este es el Pedro que está vacío de Pedro y lleno del Espíritu de Cristo. Es otro Pedro; no es el mismo Pedro.

"Sepa, pues, con certeza" —ahí hay fuerza, aun en la certeza—, "toda la casa de Israel", no algunos, "que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis" —ahí está la acusación otra vez—, "Dios le ha hecho Señor y Cristo." A este, a este que ustedes crucificaron, hoy es Señor. Kyrios, en el idioma griego, era una palabra que en el hebreo era usada solamente para Jehová, para hablar de ese Dios exaltado, y en el griego entre los gentiles era usada para referirse al César, de manera que esta es la palabra adecuada para que ellos entiendan de quién se está hablando: el que está sentado a la diestra del Padre es alguien igual a Jehová, porque es el Kyrios, es el Señor tanto para los judíos como para los gentiles. Este es el César del universo.

"Y Dios le hizo Señor y Cristo." La palabra Cristo es, básicamente, Mesías en nuestro idioma; significa el Ungido, y el pueblo de Dios esperaba por el Mesías. Y Pedro está diciendo: el Mesías que ustedes esperaban no es simplemente un mesías, es Señor, y para ellos eso debía haber significado: es Dios. Recuerda que uno de los principios de interpretación de la Palabra es que la Palabra debe interpretar a la Palabra, de manera que cuando Dios Padre sienta al Hijo a su diestra, tal cual el Salmo 110 dice que ocurriría, se cumple todo lo profetizado.

Pablo, habiendo estado en el tercer cielo, entendió todavía mejor que nosotros qué fue lo que realmente ocurrió, y él nos explica cómo se da, y por qué, y cuándo se da esa sesión, el sentarse a la diestra del Padre. Cuando se lo explica a los filipenses, se escucha en Filipenses 2, un texto muy conocido, a partir del versículo 6: "Cristo, aunque existía en forma de Dios" —morfé, tenía la forma misma de Dios, era Dios—, "no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres; y hallándose en forma de hombre, se humilló a sí mismo" —nadie lo humilló, él se humilló a sí mismo—, "haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual..." —y aquí está la conclusión.

"Por tanto, esta es la razón por la que ocurrió lo que ocurrió: por lo cual Dios le exaltó hasta lo sumo y le confirió el nombre que es sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en el cielo y en la tierra, y toda lengua confiese que Él es Señor." La razón es que Jesús se humilló a sí mismo. La primera humillación es cuando Él se hace hombre, que Dios tome la forma de hombre teniendo la forma de Dios. El número dos, que habiendo tomado la forma de hombre, luego entonces se convierta en siervo de esos hombres. El número tres, que habiéndose convertido en siervo, haya estado dispuesto a morir por los hombres. Y el número cuatro, que no solamente haya estado dispuesto a morir por los hombres, sino a morir en una cruz como un vil pecador, como un gran villano. Habiendo hecho eso, por lo cual, por tanto, en conclusión, Dios le exaltó hasta lo sumo, para poner pasaje con pasaje: Yahvé el Señor le dijo a Adonai el Señor: "Siéntate a mi diestra", y le confirió un nombre que es sobre todo nombre.

La obediencia de Jesús se ha dividido en dos: la obediencia activa, mediante la cual Él cumplió la ley, todo lo que le tocaba bajo la ley, y la obediencia pasiva, a través de la cual Jesús no hizo nada y se dejó crucificar para morir en tu lugar y en el mío. Su obediencia perfecta a los propósitos de Dios, y su obediencia perfecta por amor a su Padre y a su Dios, hizo que Él cumpliera la misión como la cumplió, hizo que Dios Padre le exaltara y le diera un nombre que es sobre todo nombre.

Ahora escucha algo que probablemente va a ser nuevo para ti. Stephen Wellum es un profesor de teología cristiana en el Southern Baptist Theological Seminary; él es una autoridad en teología y hermenéutica. Él nos dice que el nombre "Jesús" no es el nombre que está sobre todo nombre; es el nombre Yahvé, que Dios Padre le confirió a Jesús como fruto de haberse humillado, de haber servido a sus propósitos, de haber muerto en la cruz por nosotros, de haber sido sentado a su diestra y de haberle conferido todo poder y autoridad. Parte de la explicación está en un texto del Antiguo Testamento, donde Yahvé, en Isaías 45:23, dice que toda rodilla se doblará y toda lengua jurará y se exaltará ante Yahvé.

Ahora eso es lo que Pablo toma y nos dice: "Dios le confirió un nombre que es sobre todo nombre, para que cuando dicho nombre se pronuncia" —es el nombre que no tiene par, no tiene igual; el nombre Jesús muchos hombres lo tienen, pero Yahvé es un nombre sin comparación—, "cuando ese nombre se pronuncia, toda lengua confiese, toda rodilla se doble, y de esa manera confiese que Jesús es Señor, para la gloria del Padre." Tiene todo el sentido de la Palabra. Por eso Yahvé, en la persona de Jesús, tiene toda autoridad, todo dominio, hasta que Él someta a todos sus enemigos.

Y pensar que ese es el comienzo de la labor profética y de predicación del pastor Pedro. ¿Te imaginas? Pedro inaugura su ministerio de predicación con ese mensaje. Pero como yo le decía a alguien que me preguntaba la semana pasada, hablando de cosas similares: cuando tú oyes a un predicador, al que sea, y el sermón trae convicción y demás, recuerda una cosa: no hay nada del predicador ahí; eso es todo el Espíritu de Dios haciendo su obra. Esto es todo llenura. Cristo en Pedro, su esperanza de gloria; Cristo en ti y en mí, mi esperanza de gloria. La llenura del Espíritu en un hombre sometido al Espíritu.

Y ahora nosotros vemos cómo Jesús hizo exactamente lo mismo. Jesús no vivió su vida como Dios, aunque lo era; Él tuvo la naturaleza divina, pero primordialmente Jesús vino a representarnos como hombre. Todo lo que hizo lo hizo por la llenura del Espíritu de Dios hecho hombre, no en el poder de la segunda Persona de la Trinidad, sino en el poder del Espíritu que lo llenó para llevar a cabo lo que un hombre debía llevar a cabo. Cuando eso se cumplió, Dios Padre le confirió un nombre sobre todo nombre y le dijo: "Ahora te puedes sentar a mi diestra." Y lo honró de esa manera. Es el Dios a quien tú sirves, es el Dios que te salvó, es tu Señor, tu Mesías, tu Redentor.

Esta es una producción que llega hasta ustedes gracias a los aportes de individuos y empresas comprometidos con la defensa de la fe. Para más información, preguntas y comentarios, visite nuestra página de internet: www.integridadysabiduria.org. ¡Hasta la próxima, cuando nos reencontremos en su Palabra!

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.