Cuando el Espíritu Santo toma las palabras de un predicador y las aplica al corazón de los oyentes, el resultado es una convicción de pecado tan profunda que el texto describe como una daga que traspasa el interior. Eso fue lo que ocurrió en Pentecostés: la multitud interrumpió a Pedro con una pregunta urgente —"Hermanos, ¿qué haremos?"— porque el Espíritu les había abierto los ojos para ver la gravedad de haber crucificado a quien Dios había hecho Señor y Cristo.
La respuesta de Pedro no fue diplomática ni suavizada: "Arrepentíos". El arrepentimiento genuino no consiste en lágrimas pasajeras ni en vergüenza momentánea, sino en un cambio radical de dirección y de mente. Es dar la vuelta y caminar hacia la cruz, es recibir nuevos lentes para ver la vida de manera completamente distinta. Esta condición para el perdón de pecados solo puede cumplirse cuando el Espíritu ilumina la mente del pecador.
La iglesia primitiva no podía concebir a un creyente que confesara a Cristo como Señor pero rechazara identificarse públicamente con él mediante el bautismo. Para ellos, arrepentimiento y bautismo iban de la mano como expresión natural de una fe genuina. Y la promesa para quienes se arrepienten es extraordinaria: recibir al Espíritu Santo como regalo, quien produce desde dentro todos los cambios que la carne jamás podría lograr.
Pedro exhortó a aquella multitud a ser salvos de una generación perversa y torcida. Ese día, tres mil personas respondieron al llamado. La primera cosecha apostólica demostró que el evangelismo verdadero no rebaja el costo del discipulado, sino que presenta las demandas de Cristo con claridad y confianza en el poder sobrenatural de su palabra.
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Empezamos en Hechos 2. Ahí estamos en nuestra serie; nos quedamos la vez pasada, cubrimos hasta el versículo 36. Yo necesito introducirlo para que recuerden, y para los que no estaban, para que puedan entender de dónde venimos. Nosotros predicamos un sermón la semana pasada que titulamos "Predicando bajo la unción del Espíritu", que en esencia exponía —no terminamos, pero exponía— de qué manera Pedro predicó cuando el Espíritu de Dios vino y literalmente se apoderó de ellos; en este caso se apoderó de Pedro para usarlo como instrumento de predicación. Hoy nosotros vamos a continuar ese mensaje, de manera que esto es "La predicación bajo la unción del Espíritu, segunda parte".
Nosotros dijimos en esa ocasión, entre otras cosas, que la predicación bajo la unción del Espíritu está arraigada en la Palabra de Dios que el mismo Espíritu ha inspirado. Dijimos también que la predicación bajo la unción del Espíritu es cristocéntrica, y vimos de qué manera Pedro enfocó su exposición en la vida, el ministerio, la muerte o crucifixión, resurrección, ascensión y sesión —que es sentarse, como hemos dicho— y la sesión de Cristo a mano derecha del Padre, a la diestra del Padre. Todo su sermón tenía que ver con eso.
Pero Pedro aprovechó la oportunidad para ayudarles a ellos a entender. Inmediatamente después que habló de Cristo sentado a la derecha del Padre, les dijo que ellos eran culpables de haber crucificado a Cristo, y lo hizo con mucho denuedo, que es una de las características que dijimos también está presente en una predicación que el Espíritu ha ungido. Pedro les dice en el versículo 23, refiriéndose a Cristo: "A este clavasteis en una cruz por manos de impíos y le matasteis." Pedro vuelve a decir algo similar, y nota cómo en el versículo 36 él termina esa porción —hasta donde yo llegué de ese texto— diciendo: "Sepa, pues, con certeza" —ahí hay algo, verdad, de intensidad, de cierto sentido de urgencia—, "sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis" —ahí está la acusación otra vez— "Dios le ha hecho Señor y Cristo."
Ese día, el Espíritu de Dios que estaba presente y había sido dado a la iglesia les permitió ver a ellos dos cosas: una, que verdaderamente eran culpables —y lo decimos por la respuesta que ellos daban—, y dos, les permitió entender la gravedad de haber crucificado a alguien que Dios había hecho Señor y Cristo. El Espíritu ya había descendido; en ese momento había dado las manifestaciones de que hablábamos: un viento impetuoso entró, lenguas como de fuego se posaron sobre cada uno de aquellos que estaban presentes, y el Espíritu tomó las palabras de Pedro, inspiradas por el mismo Espíritu, y las aplicó a los oyentes. Y esto es el resultado de la aplicación de la Palabra al corazón de los creyentes.
"Al oír esto, compungidos de corazón, dijeron a Pedro y a los demás apóstoles: Hermanos, ¿qué haremos? Y Pedro les dijo: Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque la promesa es para vosotros y para vuestros hijos y para todos los que están lejos, para tantos como el Señor nuestro Dios llame. Y con muchas otras palabras testificaba solemnemente y les exhortaba diciendo: Sed salvos de esta perversa generación." Entonces los que habían recibido su palabra fueron bautizados, y se añadieron aquel día como tres mil almas.
El texto que yo acabo de leer es corto, relativamente, pero está lleno de enseñanzas. Déjame decirte, a manera de resumen, como si fuera una tabla de contenido, todo lo que este texto contiene. En primer lugar, hay un resultado de la predicación bajo la unción del Espíritu. En segundo lugar, hay una condición para el perdón de pecados que no es llenada a menos que —o hasta que— el Espíritu de Dios ilumina la mente del pecador. En tercer lugar, hay una autoridad para el perdón de los pecados que no es aceptada a menos que el Espíritu de Dios nos dé una nueva forma de pensar. Número cuatro, hay una promesa para los que han recibido del Espíritu y han nacido del agua y del Espíritu. En quinto lugar, hay una exhortación para los que aún permanecen en incredulidad —una incredulidad que solamente el Espíritu puede remover, de ahí la función vital del Espíritu Santo para la iglesia—. Y en número seis, hay una cosecha como consecuencia de la predicación bajo la unción del Espíritu. Imagínate todo lo que Dios puede empaquetar en un texto corto. Por eso le llamamos Dios.
Escucha la respuesta a la predicación de Pedro, cristocéntrica, donde es concluida con "Sepa con certeza toda la casa de Israel que a este, a quien vosotros crucificasteis, Dios ha hecho Señor y Cristo." Inmediatamente después, esto es lo que sigue: "Al oír esto, compungidos de corazón, dijeron a Pedro y a los demás apóstoles: Hermanos, ¿qué haremos?" Pedro presenta la vida de Jesús desde la encarnación hasta la ascensión, los acusa de ser parte de una generación que fue culpable de clavar a Cristo, el Espíritu toma la Palabra, la aplica al corazón de cada uno de ellos, y da la impresión —y no lo sabemos con certidumbre— que esta gente interrumpió el mensaje, interrumpió el sermón. Como que en este momento ustedes me interrumpieran ahora, no me dejaran continuar, y ellos hicieron esta pregunta: "Hermanos, ¿qué haremos?"
Tú puedes ver la acción del Espíritu en la palabra "hermanos". Esta es una audiencia judía; esta audiencia judía ha visto algo, algo ha ocurrido en su mente y corazón ya, para poder llamarle a estos predicadores —convertidos al cristianismo, a quien ellos odiaban en primer lugar— "hermanos". Y ellos están compungidos de corazón. La Nueva Traducción Viviente realmente traduce este texto de una forma que se acerca incluso más al original, porque lo tiene de esta manera: "Las palabras de Pedro traspasaron el corazón de ellos." La idea en el original es como que las palabras de Pedro eran una daga que traspasó el corazón de los que escucharon; implica un cierto dolor agudo y una ansiedad y remordimiento al mismo tiempo.
Imagínate esa idea: yo estoy predicando, predico unas verdades, el Espíritu de Dios las aplica a su mente y a su corazón, y el resultado de eso es que tú sientes como si algo hubiese traspasado tu interior y al mismo tiempo experimentas con eso una ansiedad y un remordimiento intenso. Nosotros no estamos hablando aquí de unas lágrimas que vinieron y se fueron, quizás como las de Judas. No estamos hablando de un sentido de vergüenza que alguien siente por un momento, pero cuando ya todos lo saben, le da tranquilidad. No estamos hablando tampoco de alguien que se arrepiente de algunas cosas en su vida de manera selectiva: "Me arrepiento de esto y me arrepiento de aquello, pero de esta otra cosa continúo sin arrepentirme." No estamos hablando de alguien que simplemente está experimentando cierto temor a las consecuencias. Estamos hablando de un grupo de personas que estaba bajo la convicción del Espíritu, con dolor agudo, con un sentido de ansiedad, con un sentido de remordimiento, con deseo de hacer algo que los saque de allí. Y ellos preguntan: "Hermanos, ¿qué haremos?"
Es la pregunta. Es el resultado de la predicación osada de Pedro: una convicción aguda de pecado. Y yo creo que esto es una excelente enseñanza para la iglesia de hoy en día, porque la iglesia de hoy en día quiere ser tan cuidadosa con el visitante, con el que llega, que no quiere que nadie se ofenda, no quiere que nadie se sienta acusado, no quiere que nadie se sienta aludido, y el resultado al final es que nadie es convicto de pecado y por tanto nadie se convierte.
Michael Green, en su libro *Evangelismo a través de la iglesia local*, hace esta notación: "En el otro extremo, y más comúnmente, es fácil ver un cristianismo pasteurizado. Es posible que en alguna ocasión haya compartido algunos de estos pensamientos. Como la leche que es tratada y embotellada antes de ser servida, vemos un evangelismo que no es definitivo, no le molesta a nadie, no desafía a nadie, no transforma a nadie. Es un evangelismo que no tiene nada que ver con un cambio radical, sino que es un proceso gradual de ósmosis para entrar al sistema eclesiástico. Eso está muy alejado de Jesús, el extremista más radical que el mundo haya visto, que siempre estuvo desafiando a hombres y a mujeres a dejar sus áreas de vida egoístas para seguirle. La iglesia frecuentemente ha domesticado a Jesús y ha debilitado las buenas nuevas."
Ese no es el caso de Pedro. Pedro, bajo la unción del Espíritu, lleno del Espíritu, lleno de denuedo, predica de una manera que hace que estas palabras traspasen el interior de estas personas, y les habla de qué forma ellos pecaron. Y sin embargo, hoy en día algunos no quieren ni siquiera pronunciar la palabra "pecado" porque algunos pudieran ofenderse. Pero resulta que una de las palabras más comunes en toda la Biblia es la palabra "pecado" o el verbo "pecar". En el Nuevo Testamento solamente hay treinta y tres palabras distintas para referirse a lo que es el pecado, y la Biblia de las Américas menciona la traducción "pecado" o "pecar" no menos de seiscientas noventa y cuatro veces. De manera que no escondamos lo que Dios no esconde.
Y aquí hay un buen ejemplo de cómo la predicación debiera ser hecha y cómo produjo los frutos que produjo. Pedro no solamente acusó a la audiencia de haber pecado, sino que los hizo cómplices de la crucifixión de Cristo. Y de ahí entonces que, ante la acción del Espíritu, ellos como que interrumpen a Pedro y le dicen: "Hermanos, ¿qué haremos?"
Esa pregunta se parece a la pregunta del carcelero en Filipos cuando Pablo y Silas llegaron allí. Algunos de ustedes lo recordarán: Pablo y Silas llegaron a Filipos, se encuentran con Lidia, Lidia los invita a la casa y eventualmente siguen ministrando. Hay una joven muchacha que está profetizando, pero tiene un demonio; ellos expulsan el demonio, se arma un alboroto como en dondequiera que Pablo fue. Ellos terminan en la cárcel y en medio de la noche ocurre un terremoto.
El carcelero está listo para clavarse la espada y suicidarse porque piensa que todos se escaparon, y eso era lo que le iba a tocar: lo iban a matar, porque esa era la costumbre. Si los presos que estaban bajo tu custodia escapaban, tú eras responsable y pagabas con tu vida. Justo cuando estaba a punto de clavarse la espada, Pablo le dice: "No, estamos todos aquí, no tienes que hacerte daño." El carcelero inmediatamente le dice a Pablo y a Silas: "Señores, ¿qué tengo que hacer para ser salvo?" Es como la misma pregunta de estos otros hermanos: "Hermanos, ¿qué haremos?"
Una de las cosas que la llenura del Espíritu Santo hace es tomar al predicador —en este caso Pedro— y volverlo osado. El predicador tímido le falta confianza en la Palabra de Dios; el predicador tímido le falta confianza en el Dios que inspiró la Palabra; el predicador tímido le falta confianza en la manera como Dios opera sobrenaturalmente, independientemente de quién él sea. Pedro se sintió confiado en la Palabra que iba a predicar, pero sin la llenura de ese Espíritu, los líderes de la iglesia primitiva jamás hubiesen podido hacer lo que hicieron en el cumplimiento de la Gran Comisión.
Este autor, Robert Gundry, refiriéndose a Pedro en un texto más adelante en Hechos 4, dice lo siguiente: "El Espíritu capacitó a un antiguo pescador para que hablara valientemente, incluso ante la corte suprema." Ahí está Pedro, ahí está su predicación, ahí están los resultados. Yo creo que nosotros tenemos que prestar atención a esas cosas, porque la fe que nosotros seguimos es una fe sobrenatural, proveniente de un Dios completamente sobrenatural, con una Palabra sobrenatural que tiene un poder también sobrenatural. Tenemos que confiar en ella, en lo que es capaz de hacer, obedecer a Dios antes que a los hombres, y eso hizo Pedro.
Entonces esta es la respuesta a la pregunta, y ese es mi segundo punto de enseñanza. Mi segundo punto de enseñanza tiene que ver con esto: aquí hay una condición para el perdón de pecados que Pedro muestra, y está en el versículo 38. "Arrepentíos" es la condición. El texto continúa: "Y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo." Pero ahora mismo yo solamente voy a exponer esa palabra: arrepentimiento. La condición para el perdón de pecados es eso, que yo pueda arrepentirme de los pecados que he cometido, y Pedro llama a esta gente a arrepentirse de lo que hicieron con Cristo en la cruz y de no haber aceptado a Cristo como Señor y Mesías.
Pedro toma —o mejor dicho, el Espíritu de Dios— ilumina la mente de un pescador, Pedro, para luego iluminar la mente de aquellos que estaban en esa ocasión y ellos poder entender las cosas. Pero escucha: cuando esta gente dice "hermanos, ¿qué haremos?", Pedro no les dice: "Bueno, ustedes saben, yo no quiero ofenderlos, ustedes entienden, pero yo… necesito, ustedes me entienden… me siento ofendido con esto, pero ustedes vienen a arrepentirse de la crucifixión de Cristo." No. Les dice: "Arrepentíos."
Y uno pudiera preguntar: ¿de quién aprendió Pedro a predicar de esa manera? Porque él no fue a seminario. Él aprendió de dos personajes anteriores: él aprendió de Juan el Bautista y él aprendió de Cristo. Déjame mostrarte cuándo yo los oí hablar de esta manera. Mateo 3:1-2: "En aquellos días llegó Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea, diciendo: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado." Mateo 3:8: "Por tanto, dad frutos dignos de arrepentimiento." Mateo 11:21, ahora Cristo hablando: "Entonces comenzó a increpar a las ciudades en las que había hecho la mayoría de sus milagros, porque no se habían arrepentido. ¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si los milagros que se hicieron en vosotras hubieran sido hechos en Tiro y en Sidón, hace tiempo que se hubieran arrepentido en cilicio y ceniza."
¿De dónde aprendió Pedro a predicar de esa manera? De sus maestros anteriores. Marcos 1:15, Cristo hablando otra vez: "El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos y creed en el Evangelio." Lucas 5:32: "No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento." Lucas 13:3: "Os digo que no; al contrario, si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente." Eso no es un lenguaje diplomático, pero es veraz.
Hermanos, nosotros no hacemos nada con decirle a alguien que tiene un dolor de cabeza fruto de un tumor cerebral que él tiene una migraña y que lo que necesita es algún medicamento antimigrañoso. Esa sería la acción más inicua que nosotros pudiéramos cometer. De manera que decirle a alguien: "Hermano, tú eres pecador y estás en necesidad de arrepentimiento" es revelar una verdad que él todavía no conoce, o conoce pero no acepta. Es como decirle: "Hermano, tienes un cáncer que te está consumiendo, y hay un cirujano en el cielo que está loco por sanarte." Eso es lo que arrepentirse significa, de manera ilustrada.
La palabra arrepentimiento no implica llorar; la gente puede llorar sin arrepentirse, lo hemos visto mil veces. La palabra arrepentimiento no implica tener vergüenza; la gente puede tener vergüenza sin arrepentirse. La palabra arrepentimiento no implica un cambio de conducta, aunque debe resultar en un cambio de conducta, pero eso no es lo que implica, porque mucha gente que ni siquiera es cristiana puede cambiar, y cambia a lo largo de los años conductualmente. El arrepentimiento es otra cosa.
La palabra en el hebreo es *shuv*, una palabra que implica en primer lugar un cambio de dirección, como dar la vuelta. En el contexto en el que nosotros estamos leyendo el texto, cuando Pedro les dice "arrepentíos", lo que les está diciendo es: "Ustedes iban por este camino; la cruz está aquí atrás. Den la vuelta y caminen hacia la cruz." Eso es lo que Pedro les está diciendo, aplicándolo al contexto. En el Antiguo Testamento, en el hebreo, la palabra arrepentimiento aparece 156 veces. ¿Tú crees que es importante para Dios el arrepentimiento? Raramente voy a una congregación de visita y no uso la palabra; es muy raro, por diseño. Mis tesis están cargadas de esa palabra. ¿De dónde lo aprendí? De mis maestros anteriores, en la Palabra de Dios.
La palabra arrepentimiento en el hebreo implica un cambio de dirección, un volverse a Dios, un dejar el camino por donde yo iba. Pero la palabra en el Nuevo Testamento, que se escribió en griego, es otra palabra: tiene que ver con *metanoeo*, que implica un cambio de mente, cambiar la mente. De manera que antes usted tenía una mente, una idea acerca de Cristo, y ahora usted necesita cambiar su idea, cambiar su mente. Si antes pensaban que Cristo no tenía ningún valor, ahora tú tienes que entender que Cristo es Señor, que Jesús es Señor y Cristo. Eso es lo que implica: que tú has tenido una nueva forma de ver toda la vida, comenzando con la persona de Jesús.
Tú cambias la dirección en que ibas, tú cambias tu forma de pensar, y eso resulta en un cambio de tu estilo de vida de manera natural, deseando tú dicho cambio. No es una cosa forzada; tú deseas ese cambio. Tú estás cambiando porque miras las cosas de forma distinta. Ahora estás cambiando porque tienes nuevos lentes, y aquellas cosas atractivas ya no te parecen atractivas; aquellas cosas que realmente no te atraían son ahora las que tienen poder de atracción sobre ti.
Hemos visto entonces cuál es la condición —como segundo punto de enseñanza— para el perdón de pecados, y es el arrepentimiento: "Arrepentíos."
Punto número tres: el sermón de Pedro también muestra que hay una sola autoridad para el perdón de pecados, y esa autoridad no es aceptada a menos que el Espíritu de Dios dé una nueva forma de pensar. Nótese la necesidad, la obligatoriedad del ministerio del Espíritu Santo. La iglesia, lamentablemente con frecuencia, y el pueblo de Dios en general —para incluir a los judíos de antaño— en general se ha movido de un péndulo a otro: entonces enfatiza el ministerio del Padre pero no dice nada de Cristo o del Espíritu Santo —eso pudieran ser los judíos—; enfatizamos el ministerio de Cristo pero no decimos nada del ministerio del Espíritu Santo. Pero resulta que Cristo dijo: "A vosotros les conviene que yo me vaya, porque de lo contrario no les puedo enviar al Espíritu Santo." Y todo esto que está aquí es obra del Espíritu.
Entonces, hay una autoridad que no es aceptada a menos que el Espíritu de Dios nos dé una nueva forma de pensar. "Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo": esa es la nueva autoridad para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Pero me voy a quedar con "Jesucristo". Primero me quedé con "arrepentíos", ahora me voy a quedar con "Jesucristo", esa es la frase clave.
Pedro llama al arrepentimiento, llama a ser bautizado, y eso hace que algunos piensen que Pedro estaba proclamando que para ser perdonado de pecado yo tendría que arrepentirme, bautizarme, y que después yo puedo nacer de nuevo. Pero ciertamente, si yo tuviera solamente ese texto en el Nuevo Testamento, pudiéramos quizás concluir de esa manera. A la luz de todo lo que el Nuevo Testamento enseña, es claro que yo no necesito bautizarme para el perdón de pecado, pero sí necesito bautizarme para mi vida de obediencia. Lo que me entra al reino de los cielos, lo que me da salvación, es el arrepentimiento de pecados por medio del sacrificio de Cristo en la cruz, su sangre derramada, mi aceptación de su señorío, la entrega de mi vida a cambio del ofrecimiento de su vida para mí. Eso es lo que me da salvación.
Ahora, en el contexto de la iglesia primitiva, probablemente así es como lo entendemos. La razón por la que esas dos palabras están juntas —"arrepentíos" y "bautizados para el perdón de pecado"— es porque para la iglesia primitiva era prácticamente inconcebible que tú dijeras que eres cristiano y no estás bautizado. La iglesia no podía concebir cómo es que un discípulo de Cristo, que llegó a creer, vive en franca desobediencia al señorío de Cristo, que ha confesado a la persona que él llama Señor, que dijo que fueran por el mundo y hagan discípulos bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. La iglesia primitiva entendió que esas dos cosas van de la mano: te arrepientes, recibes salvación, y en el momento apropiado —ese día, el día siguiente, la próxima semana, al mes siguiente, cuando la oportunidad se dé— tú te bautizas, y entonces le das testimonio a la comunidad cristiana de que tú no tienes vergüenza de identificarte públicamente con Cristo, porque ya tu identificación anterior, que era con el mundo, quedó atrás.
Ser bautizado en el nombre de Cristo implica, por un lado, que realmente el perdón de pecado que recibes está basado en la obra de Cristo, la obra de redención de Cristo; y por otro lado, implica que yo he decidido públicamente identificarme con ese nombre y no con el mundo anterior con el que yo me identificaba. Algunos han dicho —hay todo un movimiento hoy que solamente bautiza en el nombre de Jesús, basado en esto— pero hay un texto, Mateo 28, que dice bautizarlos, hacer discípulos y bautizarlos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Esas dos cosas no están en contradicción. Cristo sería el primero en admitir que la obra de redención es trinitaria.
De hecho, si hay algo que aprecio en los últimos cinco a siete años, es de nuevo un interés que ha comenzado a surgir en levantar la imagen del Dios trino, porque con frecuencia lo que nosotros hemos hecho es levantar la imagen de una sola de las personas de ese Dios. No, nuestro Dios es un Dios trino, y ese Dios trino ha estado involucrado en todo, de principio a fin. No hay nada en lo que Él no esté involucrado; Él no puede ser dividido. De manera que esas dos cosas no están en contradicción. Pero la Trinidad también entiende que de ellos, quien fue a la cruz, quien vivió por nosotros, quien murió por nosotros, quien resucitó por nosotros, fue Cristo. Los bautizamos en el nombre de Jesús por lo que Jesús hizo; los bautizamos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo por el involucramiento de la Trinidad en la obra de la redención. No importa: el Padre te elige en la eternidad pasada —eso está claro en la Palabra—, el Hijo te justifica en la cruz, el Espíritu Santo te da vida eterna. Y si uno de ellos falta, no hay salvación.
Entonces, decía que el texto nos muestra, nos enseña, que hay una autoridad para el perdón de pecados que es Jesús. Dios Padre le dio toda autoridad en el cielo y en la tierra; Él es el Juez. Hay una autoridad para el perdón de pecados que está revelada en el texto y que no es aceptada a menos que el Espíritu te abra los ojos y te dé una nueva forma de pensar. Eso es lo que cantamos cuando decimos que la salvación es del Señor, hermano. No es tuya, no es mía, no depende de mis palabras; depende de la acción sobrenatural del Espíritu de Dios.
En cuarto lugar, quiero que veamos la promesa para aquellos que se arrepienten y que nacen del agua y del Espíritu. Escucha, versículo 38 —todavía estamos ahí, en el versículo 38—: "Arrepentíos y bautizaos para el perdón de pecados en el nombre de Cristo, y recibiréis..." Todos están en un solo versículo: "...y recibiréis el don del Espíritu Santo." Nota que el texto no nos dice "y recibiréis dones del Espíritu Santo", aunque eso es cierto, pero esto no es lo que Pedro está comunicando ahora. Pedro dice: "Y recibiréis el don del Espíritu."
En otras palabras, el arrepentimiento —recuerda que Juan el Bautista estaba también bautizando gente para el perdón de pecados— y él dice que después de él vendría uno superior a él, a quien él no sería digno ni siquiera de desatar las sandalias, y profetizó: "Él bautizará con fuego y con el Espíritu Santo", que ya lo vimos. De manera que esta promesa se cumple ahora en Pentecostés, y la gente que se bautizó anteriormente no tuvo esta promesa; por eso es que Juan lo profetiza de esa manera.
Entonces el Espíritu Santo es la promesa hecha por el Padre que tú recibes como fruto del arrepentimiento, y quien va a comenzar a operar desde dentro de ti todos y cada uno de los cambios que tú quieres que ocurran. ¿Cuántas veces en consejería no hemos estado con alguien que nos dice: "Pastor, yo he tratado, mire, yo he orado, yo he pedido, y nada ocurre"? Con frecuencia hay múltiples factores —yo no quiero ser simplista desde el púlpito sin conocer cada caso—, pero con frecuencia es que tú has estado tratando de causar los cambios, y eso no es algo que la carne puede producir. ¿Quién de nosotros puede producir por sí mismo: "A partir de mañana voy a amar la Palabra"? Sí, usted lo puede decir, pero no va a ocurrir, porque la carne no tiene ese poder. Usted puede decir: "A partir de mañana yo voy a amar a Dios mucho más que como lo venía amando", usted lo puede decir, pero no tiene ese poder para lograrlo.
"Entonces, pastor, ¿estoy sin esperanza?" Tú tienes la mejor esperanza del mundo: es que tú vas donde Dios, te lo confiesas, te arrepientes, le dices: "Dios, yo no tengo la capacidad de crear este cambio, pero estoy dispuesto a pagar el precio que sea para que Tú lo hagas." Eso es otra cosa, porque eso es sometimiento a su señorío que ya confesaste, para que haga lo que tú y yo no podemos hacer. Ahora, cuando hagas esto, tienes que entender que no puedes decir esto con la boca y hacer otra cosa con los pies. "Yo estoy dispuesto a pagar el costo que sea", y entonces cuando salgo de mi cuarto de oración y tengo la primera circunstancia que Dios quiere usar para crearme eso que yo estoy pidiendo —desde paciencia hasta amor incondicional—, yo comienzo a quejarme. Dios dice: "No quiere pagar ni el primer pago, ni siquiera el down payment."
El Espíritu es, entonces, el agente de santificación. ¿Sabes eso? Y si tú no caminas en el Espíritu, no te puedes santificar, hermano, porque el Espíritu Santo se nos dio como fruto de la salvación obtenida y para santificación después de esa salvación —o, si quieres ponerlo de una mejor manera, Él me dio la salvación para continuar santificándome—. La Palabra es el instrumento de santificación; el Espíritu es el agente de santificación. Es como el martillo y el carpintero, dependiendo del trabajo que estemos pensando. El Espíritu Santo viene y te da vida para ello.
El Espíritu Santo ilumina el texto. A veces yo estoy tratando de preparar un sermón y estoy, como diríamos, atravancado. Tengo que dejar la Palabra ahí; a veces les he pedido a otros que oren por mí. Estoy ante la Palabra, estoy parado, pero yo reconozco que hay uno que me puede desentrabar, sacarme de la traba, y es el Espíritu de Dios que ilumina la Palabra. Entonces el Espíritu de Dios —que es la promesa que me han dado para aquellos que se arrepienten— es quien me da convicción de pecado, quien me convence y me dice: "Mira, eso que dijiste no solamente estuvo fuera de lugar; eso es pecaminoso, dominado por un corazón pecaminoso. Arrepiéntete." Es quien me deja ver la condición de condenación.
La única razón por la que esta gente dijera "hermanos, ¿qué haremos?" es porque el Espíritu de Dios les abrió los ojos y les dejó ver algo que estaba frente a ellos: la maldad de haber pertenecido a la generación, al grupo que crucificó a Cristo. Por eso experimentaron angustia, dolor y deseo de volverse. El Espíritu Santo es quien nos convence de nuestra necesidad de Cristo.
Hermanos, tú puedes decir hasta el cansancio: "Yo sé que necesito a Cristo, yo necesito a Cristo todos los días." Pero si tú no caminas el día completo de la mano de Cristo, si no dependes de Cristo sino de tu esfuerzo —si solo tu devocional de media hora depende de Cristo—, eso no es el llamado. El llamado es que vivas en Cristo como en realidad ya estás. El Espíritu es quien nos hace mansos y humildes. Pero aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón: Cristo nos dejó el modelo y nos dio el Espíritu para que nos haga mansos y humildes. El Espíritu es quien nos guía a toda verdad.
Imagina: "Recibiréis el don, el regalo." Dios me ha dado el regalo de la tercera Persona de la Trinidad para que Él ayude a crear en mí absolutamente todo lo que yo no puedo. ¿No es eso extraordinario? ¿No es ese un verdadero regalo?
En quinto lugar, Pedro hace una exhortación para los que aún permanecían en incredulidad, que solo el Espíritu es capaz de remover. Es increíble. En buen dominicano y lenguaje coloquial, el Espíritu Santo me sale hasta en la sopa. Él es responsable de cada una de las acciones.
Escucha lo que Pedro les dice para mostrar cuál fue la exhortación: "Y con muchas otras palabras testificaba solemnemente y les exhortaba". En otras palabras, no es el texto completo del sermón de Pedro. Con muchas otras palabras les testificaba solemnemente y les exhortaba diciendo: "Sed salvos de esta perversa generación". ¿Piensa que esta generación es corrupta? Sí. Y la pasada también, y la que viene también. Cuando la Palabra de Dios habla de "esta generación", no se está refiriendo a ese tiempo; está hablando de la humanidad de este lado de la gloria, después de Génesis 3, cuando Adán cayó. Esa es "esta generación", todo el tiempo.
Esta generación: escucha cómo Pedro la llama perversa. Escucha cómo Jesús la llama en Mateo 12:39 y 16:4: "Generación perversa y adúltera". Eso fue a un grupo de personas que estaban siguiendo a Jesús, que querían que les hicieran señales, y Jesús les dice: "Generación perversa y adúltera". Fíjate lo poco diplomático que fue Jesús. Jesús la llama en Mateo 12:45 perversa. Por su parte, Pedro la llama incrédula y perversa en Mateo 17:17, ¡y eso a gente que le estaba escuchando! Yo no sé cómo sobrevivió tres años así y no lo crucificaron antes. Y Pablo exhorta a los filipenses y les dice que esta generación es torcida y perversa.
De manera que cuando tú abras los periódicos esta mañana, mañana, y veas una serie de cosas acerca de corrupción, entiende que, de este lado de la gloria, esa es la generación en la que a los hijos de Dios les ha tocado vivir todo el tiempo. Y es en medio de esa generación que nosotros hemos sido llamados a brillar como luminares. Mientras más densa la oscuridad, mayor es el brillo de la luz. Los primeros discípulos, los discípulos del primer siglo, entendieron cuál fue su función. Y no se amedrentaron por la oscuridad de la generación. Lo que ellos no hicieron fue confiar en metodología, en cosas del hombre y en mercadología, como hacemos hoy.
Michael Green, en su libro Evangelismo en la Iglesia Primitiva, dice: "Estos primeros cristianos no tuvieron una estrategia impresionante, sino que lo que sí fue impresionante fue su convicción, su pasión y su determinación de actuar como embajadores de Cristo". Eso fue impresionante. Ya ellos no tenían metodología, no tenían libros de discipulado ni programas de discipulado; lo que sí fue impresionante fue su pasión, su determinación y su convicción de servir como lo que Cristo los había hecho: embajadores de Cristo, en medio de un mundo completamente rebelde, incrédulo, perverso y torcido.
Yo creo que la Iglesia de hoy en día necesita aprender de esta gente, porque la Iglesia de hoy ha abandonado la centralidad de la Palabra. Cuando tú abandonas la centralidad de la Palabra, has dejado la brújula atrás, y cuando dejas tu brújula atrás, pierdes el norte, pierdes la dirección, no sabes de dónde vienes ni para dónde vas. Cuando esto ocurrió, cuando este desvío de la Iglesia ocurrió, la Iglesia perdió la profundidad de la sabiduría de Dios y comenzó a llenarse de la superficialidad del mensaje del hombre, que no es suficiente para llenar el vacío espiritual del hombre. Por tanto, cuando el cristiano es expuesto a esa predicación que lo deja con hambre, se hace vulnerable a las ofertas del mundo.
Decía alguien que la nueva ortodoxia tiene que ver más con estilo, con lo que está de moda y con metodologías en medio de un síndrome del éxito. Hablamos el miércoles pasado, en el grupo que asistió a la clase, de cómo resistir y no dejarse seducir por ese síndrome. Entonces este autor compara esa nueva ortodoxia con la ortodoxia anterior, que se preocupaba por predicar la Palabra y no por el progreso o el crecimiento. Era una ortodoxia, dice, que le daba la bienvenida a las dificultades, a las pruebas, e incluso a las persecuciones. No creo que esa sea la manera como nosotros pensamos hoy en día, que le demos la bienvenida a las dificultades, a las pruebas y aun a las persecuciones.
El apóstol Pablo dice que se gloriará en las tribulaciones, porque cuando es débil, entonces es fuerte. El apóstol Pablo dice que él quería conocer el poder de la resurrección, pero que también quería conocer los sufrimientos de Cristo, porque se nos ha concedido —o, como dice en Filipenses, a vosotros se les ha concedido— Filipenses 1:29: no solamente creer en Él, sino también sufrir por Él. Lamentablemente, la Iglesia hoy se ha dejado corromper por esa generación que está allá afuera, perversa y torcida, y en eso ha perdido muchas veces su centralidad. La Iglesia no quiere ser especial, no quiere lucir especial, no quiere lucir distinta al mundo.
Hay un deseo vehemente hoy en día en muchas iglesias de no hacer esto tan diferente, para que el que venga no se sienta incómodo. Y así incluso queremos tomar la música y ponerle los ritmos de moda, los ritmos que están de turno, para que cuando tú vengas de afuera puedas sentirte como en tu casa. Pues si yo estaba en mi casa afuera, ¿para qué quieres que yo vuelva a la misma casa ahora? Y esa no es la manera como esta gente hizo iglesia. Se nos olvidan las enseñanzas de Jesús. Escucha lo que Jesús nos advirtió en Juan 15:19: "Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero como no sois del mundo, sino que yo os escogí de en medio del mundo, por eso el mundo os odia". El mundo te odia cuando practicas tu fe cristiana. Entiende: eso se nos advirtió, se nos predijo; así es como iba a ser, no ha sido nunca diferente.
1 Juan 3:13: "Hermanos, no os maravilléis si el mundo os odia". ¿Por qué te maravillas? Más bien pregúntate: ¿por qué le caigo bien al mundo? Porque quizás es porque somos muy parecidos. Yo creo que John Piper lo dice muy bien en esta frase. Dice: "Estamos esclavizados a los placeres de este mundo. De manera que, con toda nuestra forma de hablar acerca de la gloria de Dios —la gloria de Dios, para la gloria de Dios, diseñado para la gloria de Dios—, con todo eso, amamos la televisión, la comida, el dormir, el sexo, el dinero y el elogio de los hombres al igual que el resto del mundo". Si es así, arrepintámonos y fijemos nuestros ojos y nuestros rostros hacia la Palabra de Dios en oración. "Oh Dios, abre nuestros ojos para ver la escena soberana de que en tu presencia hay plenitud de gozo y a tu mano derecha, deleites para siempre".
Pedro llama a esta audiencia a ser salva de la generación perversa y torcida. Eso que yo acababa de describir es la generación perversa y torcida. Y la manera de ser salvo de esa generación perversa y torcida es reconociendo que Dios hizo a Jesús Señor y Cristo, arrepintiéndose para el perdón de pecados en el nombre de Jesús. Eso es como uno es salvo de esa generación perversa y torcida. Lo que Pedro está insinuando en su frase es que, si te quedas perteneciendo a la generación perversa y torcida, te expones al juicio venidero de Dios.
De manera que, en el último sentido, cuando tú le dices a alguien "sé salvo", lo que le estás diciendo es: "Sé salvo de Dios, sé salvo de la ira de Dios". Eso es. La manera como yo me salvo no es corriendo de Satanás, sino corriendo hacia Dios para evitar su ira, porque Él es quien tiene realmente el juicio venidero. Y Pedro les dice entonces: "Sed salvos de eso". Pero ya te expliqué cómo uno es salvo de eso: te arrepientes para el perdón de los pecados. Hay un juicio anunciado por Dios. El apóstol Pablo les escribe a los corintios en su segunda carta y les dice que, por tanto, conociendo el temor —la Biblia King James en su versión en inglés dice "conociendo el terror del Señor"; de hecho, la palabra en el original viene de fobia: conociendo la fobia, tan terrible es el temor del Señor—, persuadimos a los hombres. Siguiendo de ese juicio venidero, tratamos de persuadir a los hombres de su necesidad de salvación.
Eso es lo que Pedro está tratando de hacer, y dice que con muchas palabras continúa exhortándolos a que sean salvos de esa generación perversa e incrédula. Esta gente fue contada —al final vamos a ver un momento— como verdaderos creyentes. Escucha sus características a la luz del resto de la Palabra: están experimentando una nueva mente, una nueva forma de pensar. Ellos tenían ahora, a partir de ese momento, una perspectiva del mundo y de la vida totalmente diferente; por eso dieron su vida por no negar esto, y fueron quemados muchos de ellos, y otros fueron echados a las fieras.
Esta gente tuvo nuevos afectos: cosas que antes no les interesaban ahora les atraían; cosas que antes les atraían ya no les atraían, les desagradaban. Las cosas que antes les agradaban dejaron de valorarlas, y comenzaron a valorar personas que antes no valoraban, y la primera persona que valoraron, que antes no valoraban, era Jesús. Esta gente comenzó a preocuparse por cosas por las cuales antes no tenía preocupación. Hasta ese momento esta gente no le preocupaba su salvación; a partir de ese momento les comenzó a preocupar tanto su salvación que prácticamente interrumpen a Pedro y dicen: "Varones hermanos, ¿qué haremos?". Estas personas dejaron de preocuparse por cosas que antes les preocupaban: cosas del mundo.
Y finalmente, mi último punto es que en este texto hay una cosecha como consecuencia de la predicación osada bajo la unción del Espíritu. Versículo 41: "Entonces los que habían recibido su palabra fueron bautizados, y se añadieron aquel día como tres mil almas". ¡Wow! ¿Qué evento evangelístico más extraordinario: tres mil personas? Aquí no cabemos entre mil personas, ¡y ese día fueron tres mil!
Al mismo tiempo recibieron salvación. El evangelismo verdadero, esto es lo que Pedro ha hecho, está centrado en la persona de Jesús y su obra redentora en favor de los hombres. Pedro predicó eso. El evangelismo verdadero procura explicar a la persona su necesidad de salvación, su condición de pecador y su condenación. Y el evangelismo verdadero, eso es lo que Pedro hizo, desafía al inconverso para renunciar a sí mismo y entregar su vida al Señor Jesucristo. Cristo nunca rebajó el costo que tiene entrar a la vida cristiana.
En la medida en que traigo este mensaje a cierre, escucha estas palabras de los labios de Cristo para que puedas entender por qué Pedro está predicando como está predicando. Lucas 9:57-61: "Y mientras ellos iban por el camino, uno le dijo: 'Te seguiré a dondequiera que vayas'", una promesa. "Y Jesús le dijo: 'Las zorras tienen madrigueras y las aves del cielo nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza.'" Le está hablando de un costo.
"A otro dijo: 'Sígueme.' Pero él le dijo: 'Señor, permíteme que vaya primero a enterrar a mi padre.'" Lo que implicaba en el contexto: mi padre está viejo, está avanzando en edad, déjame terminar su negocio, quizá pase un año, pero cuando yo lo entierre, yo te sigo. Jesús le dijo: "Deja que los muertos entierren a sus muertos, pero tú ve y anuncia por todas partes el reino de Dios." También otro dijo a Él, a Jesús: "Te seguiré, Señor, pero primero permíteme despedirme de los de mi casa." Pero Jesús le dijo: "Nadie que después de poner la mano en el arado mira atrás, es apto para el reino de Dios."
Pedro aprendió a predicar de este Maestro. Este Maestro habló claro: el reino de Dios tiene un costo. Pero sabes qué, hermano, si no pagas el costo, pagarás uno mayor. Si no pagas el costo de ser un discípulo comprometido y obediente a Cristo —en esta vida tiene un costo—, pero si el costo que no pagas es el de entregar tu vida y te quedas en tu condición de incredulidad, en la vida venidera tendrás un costo eterno mucho mayor.
Lo que Cristo hizo es lo que Pedro hace: él presenta claramente las demandas que la vida cristiana exige. Y la primera demanda que la vida cristiana hace es la necesidad de arrepentimiento: "Arrepentíos y sed bautizados." Esa es la primera demanda, no una sugerencia; es un imperativo. Arrepiéntete, que el reino de los cielos se ha acercado.
Que Dios nos ayude a recobrar la verticalidad de la plomada en esta tarea tan vital, que es la tarea de evangelizar y de ayudar a los evangelizados en su proceso de santificación, y a entender las verdades de la Palabra para que ellos puedan contribuir a evangelizar a otros de la manera apropiada.
Desde el primer mensaje apostólico vimos la primera cosecha apostólica. Prontamente —no la próxima semana, sino que la próxima semana vamos a ver a esta gente que se convirtió— yo acabo de decir que tienen una nueva forma de ver la vida, una nueva forma de ver el mundo, nuevos afectos, nuevas preocupaciones, y aquellas cosas que antes les preocupaban ya no les preocupan. El texto de la próxima semana nos va a mostrar cómo se ve una gente que experimenta todo eso que acabo de decir. Pero después habrá un segundo sermón apostólico de parte de Pedro, y ahí tendremos nuevas enseñanzas.
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