Integridad y Sabiduria
Sermones

Preparándonos para la tierra prometida (parte 1)

Miguel Núñez 18 julio, 2010

Antes de entrar a la tierra prometida, Dios tuvo que sacar a Egipto del corazón de su pueblo. Durante cuatrocientos años habían vivido como esclavos en una nación pagana, y aunque fueron liberados físicamente, sus mentes seguían atadas a lo que habían conocido. Por eso el desierto no fue solo un trayecto geográfico sino un período de transformación donde Dios reveló y arrancó los ídolos escondidos en sus corazones. De los seiscientos mil hombres que salieron de Egipto, solo Caleb y Josué entraron a Canaán; los demás murieron porque nunca pudieron soltar a Egipto.

Lo primero que Dios hizo antes de dar un solo mandamiento fue identificarse: "Yo soy Jehová tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto." Les recordó que la redención precedió a la ley, que la gracia vino primero. La ley no fue dada para ganar la libertad sino para enseñar a un pueblo ya libre cómo vivir para la gloria de Dios. Moisés les diría después que esos estatutos fueron dados "para nuestro bien y para preservarnos la vida."

Pero el pueblo nunca vio la ley así. Y sus ídolos quedaron expuestos a través de sus quejas, sus iras y sus temores. Cuando faltaba comida, añoraban los pepinos de Egipto; cuando llegaba el maná, guardaban para el día siguiente desobedeciendo a Dios. Nuestras iras revelan nuestros dioses, explica el pastor Núñez: la comodidad interrumpida, el carro rayado, el tiempo robado. Un ídolo es cualquier cosa que domina nuestras emociones hasta robarle a Dios el control de nuestro corazón. La pregunta que el sermón deja es directa: ¿qué hay en mi corazón que Dios ha estado tratando de sacar durante estos años de espera?

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Capítulo 20 del libro de Éxodo. Quiero que leamos los primeros seis versículos, el capítulo 20 del libro de Éxodo.

"Y habló Dios todas estas palabras diciendo: Yo soy el Señor tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de servidumbre. No tendrás otros dioses delante de mí. No te harás ídolo ni semejanza alguna de lo que está arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No los adorarás ni los servirás, porque yo, el Señor tu Dios, soy Dios celoso, que castigo la iniquidad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, y muestro mi misericordia a millares a los que me aman y guardan mis mandamientos."

Este es el texto con que Dios inicia el dar de la ley a Moisés y a su pueblo, y es algo que sucedió tempranamente en el tiempo del desierto. No podemos olvidar que este pueblo tenía 400 años de esclavitud en una nación pagana, en una nación sensual, idólatra y carnal. Sacar a ese pueblo un día y pedirle que al otro día se estuviera relacionando con el Dios que es Santo, Santo, Santo, iba a ser sumamente difícil. De manera que Dios tenía que hacer un trabajo en sus corazones, tenía que sacar mucho de ese corazón y de esa mente antes de permitirles, o más bien antes de que ellos pudieran relacionarse apropiadamente con este Dios que se identifica como Jehová.

Nosotros hemos estado en este lugar aquí por ocho años, y pensar que al principio yo había escrito una carta a la hermandad, pidiéndoles que nos permitieran estar aquí por dos años, y van a ser ocho. Gracias por su generosidad y su dádiva para con Dios y para con nosotros. Pero menciono eso simplemente porque entiendo y estoy convencido de que hasta que Dios no termine de hacer el trabajo que él tiene que hacer en el corazón y en la mente de cada uno de nosotros, estaremos de este lado del Jordán. Estamos cerca, pero no hemos cruzado.

De manera que la pregunta que yo quiero que nos hagamos en el día de hoy es: ¿qué estaba en el corazón y en la mente del pueblo judío, cómo Dios lo reveló y cómo Dios lo sacó? Para que cada uno de nosotros pueda hacer un acto de examen y decir: ¿qué hay en mí, qué hay en mi corazón, qué ha estado durante estos años de espera? Porque somos un solo pueblo. Recuerda que Dios nos ve individualmente, y al mismo tiempo no nos ve individualmente. Cuando alguien acá pecó, Dios dice: "Israel ha pecado." De manera que yo tengo que considerar lo que está en mi vida particular como parte del pueblo y decir qué quiere Dios, y qué ha estado tratando de sacar en estos años, qué debiera salir antes de cruzar nuestro Jordán, si pudiéramos decirlo así.

Recordemos algo con relación al pueblo judío, al pueblo israelita en el desierto. Ellos vivieron añorando y deseando cosas, y muchas veces esas añoranzas y esos deseos Dios los provoca a través de circunstancias, de manera que puedan salir afuera y poner en evidencia lo que estaba en el interior. Cuando este pueblo salió e hicieron un censo, con todos, 600 mil hombres además de los mayores de 20 años, y cuando el pueblo iba a entrar e hicieron otro censo 40 años después, seguían siendo 600 mil y pico de hombres. De manera que más o menos esa cantidad de personas murió, o aún más, porque los niños y las mujeres en ese censo no estaban contados. Solamente Caleb y Josué pudieron entrar a la tierra prometida, a la tierra que le fue jurada a Abraham.

La razón fue porque Dios estaba tratando de sacar a Egipto del interior del corazón de esta gente, y cuando no pudo sacar a Egipto de su corazón, los sacó a ellos de este mundo. Tú no puedes llegar a Israel con mentalidad de Egipto. Tú no puedes convertirte en Israel si todavía piensas como Egipto. De manera que el desierto fue ese período transformatorio de cambio e intercambio de generaciones para preparar a un pueblo para poder entrar.

La pregunta es: ¿de qué estaba Dios tratando de limpiarlos a ellos, y de qué está Dios tratando de limpiarnos a nosotros? Porque la realidad es que la gente no cambia; de eso estoy convencido. Me refiero a que una generación repite los mismos errores y pecados de la generación anterior, a eso me refiero cuando digo que la gente no cambia. Lo que cambian son los protagonistas y los tiempos, pero el drama es el mismo. Y eso es lo que nosotros tenemos que ver: de qué manera yo repito ese drama hoy, de tal forma que yo, en relación con Dios, interactuando con su Palabra, pueda limpiarme de estas cosas.

La primera cosa que Dios hace al sacarlos al desierto para comenzar a tratar con ellos es que les da su ley, les da sus Diez Mandamientos. Y esta ley que Dios les dio, cuando él comenzó a hablar, estas son sus primeras palabras. Escucha: "Y habló Dios todas estas palabras diciendo: Yo soy el Señor tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de servidumbre." Todavía Dios no ha dado un solo mandamiento, pero ya les ha dicho muchas cosas.

Lo primero que hace es identificarse. La palabra "Señor", si usted lo nota, por lo menos en la Biblia de las Américas y otras traducciones similares, aparece en mayúscula por completo, no simplemente la primera letra, sino toda la palabra. Eso implica que está traduciendo el nombre Jehová. De manera que lo que Dios les dice es: "Yo soy Yahweh, tu Dios." El Dios autosuficiente, el Dios que no depende de nada ni de nadie, el Dios autoexistente, el Dios que tiene vida en sí mismo, el Dios que es independiente de todo el mundo y de toda su creación, el Dios que no tiene comparación: Yahweh.

"Ahora escucha, pueblo: yo no soy Yahweh, tu panal, yo soy Yahweh, tu Dios." En otras palabras: yo tengo el derecho sobre tu vida, yo tengo el derecho sobre las naciones, yo tengo el derecho sobre todo el universo. Mis pensamientos nunca serán tus pensamientos, mis caminos jamás serán tus caminos. Yo existo en una categoría por sí sola, única. Yo soy Jehová, tu Dios. Y eso era importante porque este pueblo tenía que entender desde el principio que la manera como se iba a relacionar con Él no era como se relacionó con sus dioses, que no eran dioses, eran simplemente ídolos. No te vas a relacionar conmigo de una manera ordinaria, como tenías 400 años relacionándote con ellos. Yo soy un Dios extraordinario en busca de un pueblo extraordinario para establecer una relación extraordinaria. Jehová, Yahweh, tu Dios.

El pueblo tenía que comenzar a entender esa diferencia: el Creador del universo, el Gobernador del cielo y la tierra. Una de las cosas que Dios estaba tratando de hacer al introducir su ley, antes de darle un solo mandamiento, es que cuando les dice "Yo soy Jehová, tu Dios, Yahweh", les está comunicando que ese es el único nombre propio de Dios. Los demás son calificativos. "Señor" es un calificativo, "Adonai" es un calificativo, "El" es un calificativo; de hecho, "El" se ha aplicado a otras cosas también. De manera que Yahweh es un nombre propio, el nombre que está supuesto a ser reverenciado por encima de cualquier otro nombre, el nombre que representa el tercer mandamiento de la ley de Dios.

Tienes que aprender a reverenciarlo antes de comenzar a relacionarte conmigo apropiadamente. Esa es la razón por la que cuando los discípulos vienen donde Cristo y el Señor les enseña a orar, Cristo comienza diciendo: "Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre." Porque si no aprendes a reverenciar y a respetar lo que está detrás del nombre, la esencia que el nombre representa, jamás podrás respetar y valorar los mandamientos que están detrás del nombre y que el nombre representa, y los violarás continuamente.

Una vez Dios identifica a su pueblo, lo marca con su nombre, le impregna su nombre, y luego Dios se toma sumamente en serio la relación y la forma de vida del pueblo sobre el cual se invoca su nombre. La razón es que la manera como ese pueblo viva le da una mala o una buena reputación al nombre de Dios. Y eso fue exactamente lo que ocurrió, exactamente lo que el pueblo hizo, y fue exactamente la acusación de Dios: "Mi nombre ha sido profanado entre las gentes a causa de vosotros. Vosotros lo profanasteis primero; las gentes los vieron y se burlaron del Dios de ustedes porque ustedes no reverenciaron mi nombre." Entonces Dios comienza a instruir al pueblo desde el principio: Yo soy Jehová, tu Dios. Dios quería que el pueblo entendiera que Él no tiene comparación, que es un Dios singular, y de esa misma manera su pueblo debería ser un pueblo singular sin comparación. Él dio al pueblo un estatus especial entre las naciones y les ordenó no mezclarse con ellos ni copiar sus costumbres.

Pero escucha ahora: "Yo soy Jehová, tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de servidumbre." Así es como continúa. Una vez Dios se identifica, lo que hace es recordarles, antes de darle el primer mandamiento, lo que les ha hecho. Como diciéndoles: "Tú no puedes olvidar, a la hora que comiences a ver estos mandamientos y a encontrar cuán difíciles son de cumplir, que yo fui quien te sacó de la esclavitud y de la servidumbre. Yo fui quien te hice libre. Tú eras esclavo, yo te traje a la libertad." De manera que: Yo soy Jehová, tu Dios; yo te he dado redención.

Esa es la palabra usada para hablar de alguien que ha pasado de la esclavitud a la libertad. Yo soy tu Redentor. De manera que Dios les dio redención antes de darles la ley, y la redención está tipificada por el Evangelio. El Evangelio significa buenas nuevas, de manera que Dios le dio al pueblo las buenas nuevas antes de darle la ley. La gracia precedió a la ley, y Dios quiere que ellos entendieran cómo la ley tiene que ser interpretada a la luz de la gracia que Él les había concedido a través de la redención.

Yo soy Jehová, tu Dios. De manera que ellos son libertados, y ya libres, Dios les da la ley. La ley no les fue dada para que se ganaran la libertad; no, la ley les fue dada después de su libertad. La ley le fue dada a personas redimidas para que pudieran vivir para glorificar a su Dios.

Déjame decir esto otra vez: la ley le fue dada a personas ya redimidas de la esclavitud de Egipto. No estoy hablando del pecado todavía, pero estaban redimidas, porque Egipto y toda esta experiencia es la tipificación de lo que pasa con mi salvación. De manera que la ley le fue dada a personas ya redimidas de la esclavitud de Egipto para que, en la libertad del desierto, en relación con su Dios y ayudados por su Dios, ellos pudieran cumplir la ley de Dios.

La ley le fue dada por tres razones. Número uno, para enseñar a un pueblo que había vivido esclavo por 400 años cómo vivir en libertad, pero para la gloria de Dios. Número dos, la ley le fue dada para restringir el pecado en ellos y en medio de ellos. Número tres, la ley le fue dada para revelar el pecado en ellos, y esas tres funciones la ley debía cumplir: revelar el pecado en ellos para llevarlos hasta Cristo. Eso es exactamente lo que Pablo dice en Gálatas: que la ley fue el ayo que los llevó hasta Cristo. Un ayo es como una nodriza; era un esclavo que se te asignaba cuando eras pequeño para que te guiara y fuera contigo a todas partes hasta que alcanzaras la adultez. De esa misma manera, la ley fue ese ayo para llevarnos hasta Cristo. Eso es como debía funcionar.

Pero este pueblo, ahora que estaba en libertad, tenía la ley y tenía que aprender cómo se vive en libertad. Una buena ilustración de cómo estas cosas causan ciertos pensamientos en nosotros: un estudiante estaba escuchando a Martín Lutero explicarle cómo es que Dios nos ha salvado por gracia. Martín Lutero lo decía: no es por obras; las obras no tienen un rol en nuestra salvación, de la misma manera que la ley no fue la que libró al pueblo de Egipto. Es algo completamente por gracia; mi comportamiento no me lo puede ganar, yo no puedo hacer eso. El estudiante lo escucha, le está costando cierta dificultad entenderlo, pero finalmente le dice: "Bueno, pero si mi comportamiento no me lo puede ganar, incluso no me lo puede hacer perder, entonces yo puedo vivir como yo quiera." Y Martín Lutero le responde: "Exactamente. Ahora, ¿qué es lo que tú quieres?"

Porque lo que nosotros queremos revela a quién servimos. Lo que nosotros queremos revela cuál es nuestro Dios, o más bien nuestro ídolo, porque Dios es solamente uno. Lo que nosotros queremos es el mayor revelador, muchas veces, de la cosa que Dios quiere sacar de en medio de nosotros. Dios lo sacó a la libertad, pero ellos no sabían cómo vivir en esa libertad todavía. Y Pedro, reflexionando sobre esta idea en el Nuevo Testamento cuando escribe su primera carta, dice: "Andad como libres, pero no uséis la libertad como pretexto para la maldad, sino empleadla como siervos de Dios." Este pueblo tenía 400 años habiendo sido esclavo de Faraón, había vivido bajo ese yugo y no sabía cómo vivir en libertad.

El pueblo necesitaba aprender a valorar la ley, porque la ley, aunque le servía de límite, iba a ser una de las bendiciones de Dios. Todas las cosas tienen limitaciones en esta vida, y es bueno que el pueblo lo pudiera entender, y la ley era uno de sus límites. Yo lo ilustro de esta manera: cuando tienes un paracaidista, él tiene la libertad de saltar hacia el aire y muchas veces lo vemos caer, lo vemos en caída libre, sin ninguna limitación. Pero llegado el momento, hay algo que lo limita, y es que él tiene que abrir el paracaídas, porque si no lo abre, se va a hacer daño. Y no solamente eso: al momento de saltar, él tenía limitaciones en cuanto a las reglas al brincar, y todo eso es calculado con la ley de la gravedad, que también lo limita. De manera que nos damos cuenta ahora cómo Dios les da su ley, y la ley va a servir de límite; pero ellos van a tener que aprender a usar esos límites, de la misma manera que el paracaidista necesita aprender a usar la ley de la gravedad, necesita aprender a usar las leyes de los vientos, necesita aprender a usar las leyes de su paracaídas. Este pueblo necesitaba aprender a usar las leyes de sus límites, y Dios lo saca para enseñarles.

La palabra "ley" en el hebreo, ustedes la conocen, es torá, y torá significa instrucción. De manera que cuando decimos que Dios le dio su ley al pueblo hebreo, realmente lo que estamos diciendo es que Dios le dio su instrucción, su dirección, cómo andar, cómo caminar de una manera clara, para que aquellos que siendo libres pudieran vivir para la gloria de Dios. Y eso es algo que nosotros todavía necesitamos entender.

La ley se le dio, en tercer lugar, para que ellos pudieran ver el pecado en ellos. La ley es un espejo, dice la Palabra de Dios. Donald Barnhouse tiene una buena ilustración: él dice que, cuando te acercas al espejo, el espejo tiene por diseño la función de enseñarte que tienes sucio en el rostro; pero el espejo no te puede limpiar el sucio. Tú no puedes tomar el espejo de la pared y pasártelo por la cara para que te limpie, porque esa no es su función. Lo que el espejo está supuesto a hacer es ayudarte a ver el sucio, para que ahora tú salgas corriendo al agua y te puedas lavar. Y de esa misma manera, la ley de Dios, como espejo, está supuesta a señalarme el sucio en mi corazón, para que yo salga corriendo al agua viva para que Él me limpie. Y el pueblo tenía que aprender a usar esa ley, porque el pueblo nunca vio la ley como Dios la vio, de la misma manera que raramente —raramente— el pueblo de Dios hoy, a pesar de tener mayor revelación, ve la ley como Dios la ve.

Déjame decirte lo que Moisés le dice al pueblo antes de cruzar el Jordán, uno o dos meses antes de tomar posesión de la Tierra Prometida, mientras Moisés escribía el Deuteronomio. Esto es lo que Moisés le dice acerca de la ley a este pueblo, en Deuteronomio 6:20-24: "Cuando en el futuro tu hijo te pregunte diciendo: '¿Qué significan los testimonios y los estatutos y los decretos que el Señor nuestro Dios os ha mandado?', entonces dirás a tu hijo: 'Éramos esclavos de Faraón en Egipto, y el Señor nos sacó de Egipto con mano fuerte. Además, el Señor hizo grandes y temibles señales y maravillas delante de nuestros ojos contra Egipto, contra Faraón y contra toda su casa, y nos sacó de allí para traernos y darnos la tierra que había jurado dar a nuestros padres. Y el Señor nos mandó que observáramos todos los estatutos y que temiéramos siempre al Señor nuestro Dios, para nuestro bien y para preservarnos la vida como hasta hoy.'"

Moisés comienza diciendo: "Cuando en el futuro..." Si tú revisas el Antiguo Testamento, hay una preocupación continua de parte de Dios de que en el futuro, cuando las generaciones futuras se levanten, jamás olviden la ley. Y lo que dicen las generaciones pasadas es: "Estas palabras que yo te mando hoy estarán sobre los postes de tu casa y en tu frente y en tu mano, y se las repetirás a tus hijos y a los hijos de tus hijos." Para que cuando en el futuro vinieran los profetas, para cuando en el futuro las generaciones que ya se levantaron, alejadas de Su verdad, alejadas de lo que Él hizo, pregunten, tú les puedas decir que el pueblo de Dios guarda continuidad desde el día que Él lo levantó hasta el día en que entre en Su gloria. El pueblo de Dios del futuro no se puede olvidar de la historia del pueblo de Dios en el pasado, porque son un solo pueblo en relación con un solo Dios.

El pasado es revisado continuamente y se les dice: "Recuérdalo," solo a las generaciones futuras. Aun el día de hoy nosotros celebramos en la comunión algo del pasado que Cristo dijo: "No lo olvides hasta que yo regrese." Y tú ves esa preocupación aquí en el texto: "Cuando en el futuro..." Y de verdad, antes de recordarles que esto es para su bien, les dice: "Yo fui el Dios que los sacó de la esclavitud de Faraón. Yo les di redención antes de darles la ley, y se la di para su bien y para preservarlos en vida."

El pueblo nunca vio la ley de Dios de esa manera. Y si somos honestos, la mayoría de nosotros no la vemos de esa manera. La vemos como restrictiva, la vemos como pesada, la vemos como un mal necesario, como algo que, bueno, sí, hay que cumplir. Pero Dios no me la dio para que yo la viera de esa manera, porque Dios entiende que su ley, cuando es apreciada y valorada —y eso era lo que el pueblo tenía que aprender en el desierto antes de llegar a la Tierra Prometida—, cuando es apreciada y valorada, entonces el pueblo puede vivir gozosamente, verdaderamente gozosamente. Porque hasta ese momento lo que el pueblo ha querido hacer es vivir de otra manera, y la realidad es que muchas veces el pueblo se ha sometido a la ley, pero simplemente vive por fría obediencia. Y Dios dice: "No; mi ley, yo se la di para su bien, de manera que el pueblo mío pueda someterse a su ley y, bajo mi ley, vivir gozosamente, agradecidamente, satisfactoriamente, de tal forma que ese pueblo pueda disfrutar de mi ley y de su libertad, porque precisamente la ley se la di para libertarlos."

Es ese entendimiento lo que permite que, si un hombre tiene tres naufragios, si un hombre tiene cinco palizas literalmente, si un hombre tiene tres palizas de azotes de 39 latigazos cada una, si un hombre tiene cárceles y prisiones, si un hombre ha estado en desnudez, si un hombre ha estado en altamar varias veces en naufragios agarrado quizás de un resto del barco, ese hombre, si entiende la ley de Dios como debe entenderla y la orquestación de Dios como Él la orquesta, pueda decir: "Yo todavía puedo experimentar el gozo y la satisfacción del Señor."

¿Qué fue lo que le permitió a ese Pablo disfrutar del gozo y la satisfacción de Dios en las peores condiciones, que tú y yo no podemos hacer todavía? Si somos honestos, yo he reflexionado sobre esto, he reflexionado sobre esto, y la realidad es que he llegado a la conclusión, poniendo mi propia vida a través del análisis, de que la diferencia es obvia: los Pablos logran desterrar todos los ídolos de su corazón, y nosotros todavía estamos luchando con algunos de ellos.

Unido lo puede ocupar todo el espacio de mi corazón donde Dios debe estar, o puede ocupar parte del espacio de mi corazón para Dios. Es exactamente lo mismo. El texto que yo les dije dice: "Yo soy Jehová tu Dios, un Dios celoso." Cuando nosotros pensamos en celo, pensamos en una relación de amores. Pues piénsalo con Dios exactamente de la misma manera, porque Él no lo reveló de otra forma.

Dios le dice al pueblo Israel: "El mayor problema que tengo contigo es que me casé contigo para siempre y con un solo pueblo, y tus amantes" —refiriéndose a sus ídolos— "han sido muchos." Esto lo recordarán en un sermón de hace dos o tres años atrás, cuando yo les mencioné una frase fuerte, pero es como está en el hebreo. Yo no soy experto en idiomas, no lo pretendo ser, nunca lo seré, pero voy a la gente que sabe de los idiomas. D. A. Carson, interpretando este texto, dice que el texto en el original literalmente dice que Dios le dice a Israel: "Debajo de cada árbol abriste tus piernas", refiriéndose a sus ídolos espirituales. Le fue infiel con dioses, y Dios la llamó adúltera, refiriéndose a sus ídolos.

Esa es la razón por la que Dios, inmediatamente después de decirle: "Yo soy Jehová tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de servidumbre", inmediatamente después dice lo siguiente: "No tendrás otros dioses delante de mí." Sí, es el próximo versículo: "No te harás ídolo ni semejanza alguna de lo que está arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No los adorarás ni los servirás, porque yo, el Señor tu Dios, soy Dios celoso, que castigo la iniquidad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, y muestro misericordia a millares a los que me aman y guardan mis mandamientos."

Misericordia a millares, sí, pero ¿de quién? De los que me aman. Y no solamente de los que me aman o dicen que me aman, sino de los que guardan mis mandamientos, y que por tanto, por su obediencia, muestran que verdaderamente me aman. Y yo les muestro misericordia a millares.

Lo primero que Dios tenía que hacer en este pueblo, antes de llevarlo a Israel, era limpiar los ídolos de su corazón. Por eso es que la ley de Dios comienza con este primer mandamiento: "No tendrás ningún otro Dios", porque Dios los había acusado de adulterio, y volvió a acusarlos de adulterio una y otra vez.

Ahora bien, cuando ellos salieron de allí, habían estado acostumbrados a imágenes de plata, de oro, de madera. Esos ídolos eran fáciles de identificar, porque eran imágenes, eran visibles; todo el mundo podía identificarlos. La dificultad está cuando el ídolo no es de madera, no es de oro, no es de plata, no es externo y no es visible. Entonces, ¿qué clase de ídolo es? Es un ídolo invisible que está escondido en mi corazón, y ese ídolo no se ve.

Entonces, ¿qué hacemos? ¿Qué hizo Dios? ¿Por qué esa constancia? Los llevó a través del desierto para mostrar y sacar del corazón los ídolos. Y lo hizo de la misma manera que lo ha hecho en mi vida, y probablemente lo ha estado haciendo en la vida de cada uno de nosotros, porque es el mismo Dios y nosotros somos el mismo pueblo.

Cuando tú revisas esta historia, te das cuenta de que sus añoranzas, sus quejas, sus iras, orquestadas por Dios, pusieron de manifiesto sus dioses. Y Dios lo deja ver de una manera singular. Si hay algo que sale a relucir claramente en este libro, es el lugar que tenía Egipto, y el alimento y la dieta de Egipto, en la mente del pueblo israelita. Increíble, por cuarenta años. Ese es el pueblo que sale de Egipto y se queda pensando y añorando su anterior manera de vivir.

El pueblo no podía apreciar la futura manera de vivir de Jehová en su exclusivismo. Nunca lo pudo asimilar. Y esa es la razón por la que este pueblo israelita quería volver a Egipto. Pero tú no puedes llegar a Israel con mentalidad de Egipto, como dijimos, ni puedes convertirte en Israel queriendo vivir en Egipto. Y lo increíble es que cualquiera hubiese pensado que ellos añoraban volver a Egipto porque allá fueron la clase dominante. Cualquiera creería eso.

No, yo era la clase esclavizada, ella era la clase abusada, esa era la clase que pasó hambre, que pasó trabajo, que no tenían derechos. Y sin embargo, Egipto había ocupado, había pasado a ocupar un lugar tan predominante en su mente, en su corazón, que ellos no se veían sin Egipto. Ah, Egipto, si pudiéramos volver a Egipto. En un momento dado, incluso eligen un líder para volver a Egipto. No podían soñar con la tierra prometida nunca. Nunca en el Pentateuco tú escuchas ninguna palabra de parte del pueblo siendo: "Ah, y cuando lleguemos a la tierra prometida, ah, donde habrá abundancia de leche y miel, ah, donde se acabarán los trabajos." No. Ah, Egipto. ¿Pero qué es lo que tú quieres de Egipto? ¿Pepino? Se lo juro, Dios mío. Eso está revelando dónde estaba su corazón.

Entonces Dios le dice: "Ok, tiene nombre, ¿verdad?" El hambre ha comenzado a revelar, a través de su ira y su queja, dónde está su dios. "Se lo voy a mostrar una vez más. Aquí va el maná. Pero hay una limitante." ¿Cuál es? "Yo les voy a dar maná fresco, cocinado en los cielos, todos los días. No tomes maná para el otro día, que se te daña." Ok. Llegó el maná. Ah, coge el maná. Maná, maná, maná, maná. Y vamos a guardar para el próximo día. Y se pudrió el maná. Mostró Dios cuál era su corazón, su estómago. Y qué ocurre: que el ídolo de su estómago no le permitía obedecer la ley de Dios. Nuestros ídolos del corazón no nos permiten obedecer la ley de Dios.

El pueblo vuelve a quejarse. Dios dice: "Ok." Y ahora es: "Ah, la carne de Egipto." Si tuvieran que buscar... "¿Tú quieres carne? Yo te voy a dar codornices. Carne por treinta días, hasta que te salga por las narices," le dijo Dios. Se lo van a dar por treinta días. El texto dice que cuando comenzaron a llegar las codornices, el pueblo estuvo recogiendo codornices todo el día del primer día, toda la noche y toda la mañana siguiente: treinta y seis horas recogiendo codornices. Dios les había dicho que libraría treinta días de codornices. Su dios estaba siendo puesto en evidencia: su estómago, el Egipto. Y cuando les faltó su dios, su dieta, la ira brotó. Me dice ahí está: nuestras iras revelan nuestros dioses.

Quizás esto nos ayude. Alexander Solzhenitsyn, el famoso escritor ruso que terminó en el campo de concentración, famoso después de su salida, cuando escribe el famoso —bueno, famoso antes y mucho más famoso después— "El archipiélago Gulag," él escribe acerca de... Escribió otro librito, creo que se llamó "Un día en la vida de Iván Denísovich." Iván Denísovich era un prisionero ateo, pero junto con él había un compañero en la celda de prisión, cristiano, de nombre Aliosha. Entonces Iván va donde Aliosha un día y le dice: "Yo no puedo creer que usted crea en ese Dios. Un Dios que te deja pasar hambre, un Dios que no nos da alimento. Es más, si ese Dios es tan real, ¿por qué tú no le pides a ese Dios que nos dé alimento?" Y Aliosha le dice: "No. Yo creo que nosotros los cristianos, lo que debemos orar es que Dios saque de nuestro corazón la escoria de nuestra ira." Y Denísovich se quedó. ¿Qué le dices a una respuesta como esa?

Este hombre había logrado destruir su ídolo del hambre y del estómago. No lo podía dominar. Él reconocía que todavía queda en nosotros un ídolo mayor, que él llama la escoria de nuestra ira. Nuestra ira revela a nuestros dioses. La mía también. ¿Para alguno de nosotros ese dios es la comodidad, y cuando alguien nos interrumpe la comodidad inmediatamente nos irritamos? Que mi dios ha sido tocado. Para algunos de nosotros nuestros dioses son mis cosas. Quizá mi carro. Entonces cuando alguien raya mi carro, me toca mi carro, yo me he irritado porque han rayado mi dios. Mi dios es intocable. Me lo han rayado. Pero para otro de nosotros, mi dios es el tiempo. Entonces cuando alguien me roba el tiempo, nos irritamos porque han tocado eso que ocupa ese lugar tan especial en mi corazón.

Para mí, por mucho tiempo, fue mi preparación académica en la medicina. Yo miro para atrás y veo cosas que yo dije, cosas que yo hice, y ocasionalmente me río, pero más frecuentemente me avergüenzo, y digo: "La escoria de mi corazón." Y esas molestias de ese entonces revelaban cuál era mi dios. Cuando alguien solo oído... Usted lo vivía y usted lo ha dicho en algún momento: cuando usted le pone la mano a algo o a alguien, y ese algo o alguien se irrita mucho, y alguien le pregunta, alguien dice: "¡Uy, que usted ha tocado una vaca sagrada!" ¿De dónde viene eso? Del desierto. Del becerro de oro. Esa era la vaca sagrada de ellos. Le hemos tocado una vaca sagrada y eso los ha agitado. A usted le ha pasado, porque usted ha tenido —y yo también— vacas sagradas. O quizás tenemos todavía. Alguno de nosotros tenemos ganados enteros.

El país, la comida, las imágenes que adoraban: cada una de esas cosas eran vacas sagradas en sus vidas. Un ídolo. Un ídolo es cualquier cosa que logra dominarnos. Entonces domina mis emociones hasta el punto que le roba a Dios el control de mis emociones, y el ídolo queda en posesión de mi mundo emocional, cuando Dios debía estar en control y en posesión de mi mundo emocional. Y eso va a variar. Cuando entonces el ídolo toma control de mi mundo emocional, de manera tal que la alejanza del ídolo va a ir produciendo diferentes emociones: en algunos casos la alejanza del ídolo me produce inseguridad, si mi ídolo era la seguridad; en otros casos la alejanza del ídolo produce tristeza, si el ídolo me producía satisfacción, como en el caso de Egipto; en otros casos la alejanza del ídolo nos va a hacer sentir irritados, si ese ídolo es algo sin lo que yo no puedo vivir, o sin lo que yo he decidido que no quiero vivir. Al final del camino el resultado es el mismo: el ídolo ha quedado en posesión de mi mundo emocional, y no Dios.

El ídolo nos produce reacciones placenteras. Por eso lo conservamos, por eso lo guardamos, por eso lo cuidamos. Y la alejanza del ídolo produce emociones que no honran a Dios. Así es como el ídolo trabaja al pueblo en el desierto. ¿Qué es eso que me importa tanto que es capaz de robarme el gozo de mi salvación? ¿Qué es eso que me importa tanto que es capaz de robarme la paz que trasciende el entendimiento?

Yo decía esta mañana: en la enorme mayoría de las veces es algo que yo recuerdo el día que comenzó. Yo le puedo dar la historia en otra ocasión, pero comenzó un día de manera muy puntual. En la no me fallen las veces, yo vivo con una enorme paz interior. Eso no quiere decir que el mundo está en paz, pero mi esposa lo sabe. Muchas veces la pregunta más frecuente que mi esposa me hace es: "¿Cómo está tu paz?" Pero de vez en cuando algo me roba la paz y eso me desencadena. E inmediatamente yo he comenzado a aprender a hacer un ejercicio. Para mí, les estoy pasando mi evidencia. Yo creo la Palabra. Si la Palabra lo dice, solamente tiene que decirlo una vez. No tiene que repetírmelo para yo creerlo. La Palabra de Dios me dice: "Presenta todas vuestras peticiones y súplicas a vuestro Dios con acción de gracias, y la paz que trasciende el entendimiento lo seguirá."

Entonces, cuando mi paz se va, yo comienzo a hacer este ejercicio y le doy para atrás a la película. Digo: "Miguel, ¿dónde dejaste de ser agradecido?" Y Dios me lo enseña. Porque en ese punto coyuntural se te fue la paz. ¿Dónde me he estado quejando y trayendo peticiones y súplicas sin acción de gracias? Porque lo he hecho más de una vez acerca de eso mismo que te molesta. "Agradécemelo." Y yo voy donde Dios. Y ahora tengo que arrepentirme: tengo que arrepentirme por no haber sido agradecido, tengo que arrepentirme por lo que permití que me robara la paz, tengo que arrepentirme por la ira no santa que experimentamos. Gracias a Dios por Cristo Jesús, que nos perdona. Pero ese es usualmente el ejercicio que yo he ido aprendiendo a hacer.

Agustín lo ilustró en su libro "Confesiones de San Agustín": que cuando era pequeño, cuando sus superiores no le daban lo que él demandaba, lo que él pedía, lo que él exigía, él se indignaba y decidía vengarse con lágrimas. Entonces él dice en esa confesión: "Yo fui descubriendo retrospectivamente dónde estaban también mis ídolos, aun en esa ocasión." Ustedes recuerdan que en una ocasión, no hace mucho tiempo atrás, este templo se quemó. Después tuvimos una noche de confesión. Y en esa noche de confesión hubo diferentes confesiones e idolátricas. No tengo que entrar en el detalle; los que estuvieron ahí las oyeron. Y después, por unos meses, hubo quejas acerca de dónde estábamos, en vez de quizás agradecimiento por el lugar que Dios había provisto.

Bueno, pastor, por favor, ahí dos cosas. Entonces el ídolo, quizás en mi caso —cuando sí lo hice en algún momento, cuando lo hice— pues fue mi caso también. El ídolo que quizás no era necesariamente la facilidad, pero quizás la comodidad de la facilidad, estaba ocupando una porción del corazón donde debía estar Dios completamente. Porque Dios no pudo, ¿verdad?, dar un mejor lugar y una mejor localización. Entonces te das cuenta cómo esas cosas salen a relucir. Por eso decía Matthew Henry: "Todo lo que es amado, temido, servido por encima de Dios; aquello en lo que nos deleitamos y aquello en lo que dependemos, de eso hacemos un dios." Todo lo que es amado, temido, servido por encima de Dios; aquello en lo que nos deleitamos y aquello en lo que dependemos, de eso hacemos un dios. Y Dios dice: "¿Sabes que debes vivir complacido y satisfecho en mí?"

Entonces, no solamente nuestras iras revelan nuestros dioses: nuestros temores revelan nuestros dioses. Si uno de mis temores es la provisión del día de mañana para mí, para mi familia, para mis hijos, yo acabo de revelar mi ídolo. ¿Cuál es tu ídolo? La seguridad, que la he colocado por encima de Dios. Como Dios está aquí, la seguridad está por encima de Dios en el día de mañana. Cuando pienso en esa provisión, me entra el pánico, porque yo he estado sirviendo a la seguridad por encima de mi Dios.

Dios dice: "Si me sirvieras a mí primero, recordarás que yo soy tu provisión y tu seguridad. Por tanto, si me sirvieras primero y no tuvieras el ídolo de la seguridad, no tendrías temor." El temor viene porque yo no estoy siendo servido primero en esa área. Cuando me preocupa tanto la aprobación del hombre, yo he hecho del hombre un ídolo. Cuando ando siempre buscando la aprobación del otro, por eso creo que usted tiene que leer el libro "Cuando Dios es muy pequeño y el hombre es muy grande", porque tenemos esa visión de sentirnos aprobados por el hombre. Claro, el hombre ha sido ídolo por encima de mi Dios. Entonces, nuestros temores revelan nuestros ídolos.

Yo menciono todo eso porque, como he dicho en otras ocasiones, creo que Dios nos quiere usar, está usándonos como iglesia y nos ha ido dando muestra de eso. Creo que Dios nos quiere usar en nuestra nación, creo que Dios quiere usarnos en América Latina, y Él ha comenzado a abrir esas puertas. Algo que cuando se me olvida, mi esposa me recuerda: "Lo pensaste, lo plasmaste y lo escribiste en 1996, antes de venir. Simplemente estás viendo el cumplimiento de algo que Dios puso en tu corazón." Bueno, pastor, ¿y de aquí viene todo eso? No vaya tan rápido.

Es porque si eso es verdad, recuerde que la voluntad de Dios es buena, agradable y perfecta, pero tiene que ser verificada, dice el mismo texto. Entonces, si eso es verdad, la iremos verificando. Pero si eso es verdad, antes de que eso realmente tome forma —full flesh, como dicen en inglés—, antes de que eso ocurra, Dios tiene que hacer algo en el corazón nuestro como pueblo, como iglesia, que lo está haciendo, pero no ha terminado. De manera que Dios nos llevará a ese lugar y nos llevará a la próxima tierra cuando el trabajo que Dios tenga que hacer en cada uno de nosotros de manera individual, lo que Dios haya considerado —porque Él es quien lo determina—, termine.

Recordemos que Dios nos ve individualmente, pero nos ve como pueblo colectivamente. Somos una persona, pero somos un gran pueblo. Y por eso yo les recordaba: cuando Acán peca, Dios nos dice, "Tengo un problema con Israel", porque Acán pecó. Dios dice: "Josué, tengo un problema con usted, porque Israel pecó." En otras palabras, todavía hay un nombre, uno solo, en medio de ustedes que tiene un gran ídolo en el corazón, que es el oro y el manto babilónico, que a pesar de mis instrucciones claras, no fueron bien obedecidas, porque el ídolo en el corazón se lo impidió.

¿Por qué es que cuando Josué se arrodilla y le pregunta a Dios por qué fueron derrotados, Dios le dice: "Párate, no sigas postrado, párate"? En otras palabras: "Esto no es ningún misterio, tú lo sabes. ¿Qué yo te dije? Que si seguían mi ley iban a tener victoria. No la tuvieron; averigua quién violó la ley. Párate, no tienen que seguir orando. Párate, no hablemos de eso, que tú sabes la respuesta." Y así fue: un hombre, una gran derrota, porque Dios nos ve como pueblo.

Y yo tengo que aprender, en esta generación moderna y egocéntrica, a vernos como pueblo. Hermanos, todos colectivamente. Dios sacó a su pueblo para hacer de ellos un pueblo único, tan único que le prohibió juntarse incluso con los de afuera. Dios hizo algo tan especial que le dio al pueblo una religión exclusiva, y cuando le dio esa religión le dice: "Esa religión es tu cultura; no tienes que agregarle nada más. Como te comportas en adoración, así te comportas en todo. No hay diferencia, porque eso es como yo soy." Este va a ser un pueblo único; no va a haber ningún otro pueblo como este.

¿Por qué, Dios? Porque representa a un Dios único, de tal manera que cuando el mundo los vea, vea en ustedes impregnada la imagen del Dios único y singular. Por eso Dios le dio algo tan exclusivo. De ahí el mandato del Nuevo Testamento: "No os unáis en yugo desigual", que todavía procura el mismo principio.

Decía que una de las cosas que aprecié —pero que aparentemente fue apreciada por más de una persona, incluyendo algunos de los líderes que estuvieron en el último "Juntos por el Evangelio"— fue cuando Thabiti hablaba acerca de... no recuerdo el título exacto de su mensaje, pero la última parte decía: "Hermanos, no nos confundamos: la iglesia no es multicultural, nunca lo ha sido el pueblo de Dios. El pueblo de Dios es monocultural, es multiétnico. No es lo mismo multiétnico que multicultural." Y él mismo hacía la pregunta y él mismo la contestaba. Entonces decía: "¿Y qué hacemos con todas estas cosas que traemos de las diferentes culturas?" Shed it off —quítalo, elimínalo—, porque eso no es del pueblo de Dios. El pueblo de Dios es monocultural; tenemos una cultura única y exclusiva para representar al único y exclusivo Dios.

Dios quiere que su pueblo sea especial, hermanos. Y siendo así, llevarlo a la tierra prometida y tener una relación especial que nadie más puede tener con Él. Yo creo que lo que Dios hizo en el pueblo israelita en el desierto tiene mucho que enseñarnos a nosotros, que también estamos en la espera, ya sea de manera individual o de manera colectiva.

Integridad y Sabiduría es una producción que llega hasta ustedes gracias a los aportes de individuos y empresas comprometidos con la defensa de la fe. Para más información, preguntas y comentarios, visite nuestra página de internet: www.integridadysabiduria.org. En esa página encontrará información sobre la producción de este y otros recursos que ponemos a su disposición, como también las formas en las que usted puede contribuir con la producción de programas como estos. Les invitamos nuevamente a visitar nuestra página de internet: www.integridadysabiduria.org. Será hasta la próxima, cuando nos reencontremos con Integridad y Sabiduría.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.