Integridad y Sabiduria
Sermones

Preparándonos para la tierra prometida (parte 2)

Miguel Núñez 25 julio, 2010

La iglesia de Cristo no puede ser empujada por el mercado, la tecnología, la relevancia cultural ni las personalidades del momento. Estas fuerzas, aunque presentes y a veces útiles, se convierten en ídolos cuando determinan la dirección del pueblo de Dios. La diferencia entre el esclavo hebreo que quería regresar a Egipto y Moisés, el heredero del trono que prefirió el desierto, radica en dónde tenían puesta la mirada: unos buscaban recompensas temporales, el otro tenía los ojos en Dios mismo. De esa gente que vivió como extranjera en este mundo, el autor de Hebreos dice algo extraordinario: el mundo no era digno de ellos.

Ser monocultural como iglesia no significa adoptar una cultura étnica particular, sino cultivar los valores y distintivos que Dios ha dado a su pueblo para no ser asimilados por el mundo. El pueblo judío ha permanecido intacto por 3,500 años porque preservó sus distintivos; mientras tanto, inmigrantes europeos en Estados Unidos perdieron su identidad en apenas 200 años. La iglesia corre el mismo riesgo cuando permite que la cultura la absorba en lugar de transformarla.

¿Qué hacer entonces cuando no hay acuerdo entre hermanos? La Palabra no guarda silencio: llama a la humildad, a considerar al otro como superior, a no ser piedra de tropiezo. Pablo dijo que si la carne le era ocasión de caída a un hermano, no comería carne jamás. Esa disposición —de escucharnos, entendernos y amarnos— es lo que forma una verdadera monocultura del reino, donde la única lealtad es la gloria de Dios.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Vamos a abrir la Palabra de Dios nuevamente en el mismo pasaje de la semana anterior, Éxodo 20, capítulo 1. Yo quiero volver a visitar ese pasaje, quiero volverme a conectar ahí. Y en la medida en que hago eso, quisiera a lo largo del mensaje poder responder una pregunta que no la voy a mencionar ahora, sino más adelante.

Al final de uno de los mensajes de la semana pasada, uno de nuestros jóvenes de cierta madurez me abordó de una forma muy genuina. Me decía: "Pastor, esto que usted hablaba de que la iglesia debe ser monocultural, ¿cómo es eso?" Porque, para usar una sola ilustración, me decía —y con razón—: "Por ejemplo, la música, que es un elemento cultural, ¿no puede ser que haya un solo ritmo de música para la iglesia?" Ciertamente, es una pregunta compleja, es una pregunta complicada. Pero eso es lo que yo señalé al servicio, hablando de que la iglesia era multiétnica —era una frase de debate—, pero no multicultural, y que debiéramos ser monoculturales. Yo pensé que si esa pregunta estaba en la mente de este joven, uno de nuestros jóvenes serios, debió haber estado en la mente de media congregación o más. Por tanto, yo quisiera predicar para contestar esa pregunta.

Lo que quiero hacer ahora es apelar a Isaías 1:18, donde dice: "Venid, y también —qué hermosa invitación a ustedes— venid y razonemos juntos." Yo sé que usted no va a estar hablando ahora, pero yo sé que, en la medida en que me escucha, puede ir razonando. Recuerde que nosotros como cuerpo de Cristo necesitamos razonar juntos, porque si somos un cuerpo, estamos en esto juntos y no separados. Y nuestra mayor fortaleza es precisamente afirmarnos en un solo sentir y de un solo corazón. No era que ese sea el ánimo de Isaías 1:18; es otro contexto el que Dios usa, pero yo quiero usar esa frase para transmitirle mi ánimo en esta mañana, y en muchos de los otros tiempos que hemos estado juntos también.

Con eso en mente, yo quiero leer el texto de Éxodo 20, del 1 al 6: "Y habló Dios todas estas palabras diciendo: Yo soy el Señor tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de servidumbre. No tendrás otros dioses delante de mí. No te harás ídolo ni semejanza alguna de lo que está arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No los adorarás ni los servirás, porque yo, el Señor tu Dios, soy Dios celoso, que castigo la iniquidad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, y muestro misericordia a millares de los que me aman y guardan mis mandamientos."

Padre, gracias te damos por tu Palabra. Mira que hemos hecho una invitación a tu pueblo a venir y razonar juntos, pero si tú no estás en medio de nuestro razonamiento, razonaremos en vano, vanamente. No lo permitas, oh Dios. Sé con nosotros, guíanos, glorifícate en nuestro razonamiento, y haznos entender lo que tú quieres decirnos. Usa este texto y cada texto de tu Palabra que vayamos a usar para esclarecer nuestro entendimiento. Al final, cuando todo se haya dicho y hecho, que tu nombre haya sido exaltado en medio de la asamblea de tu pueblo, y todo su pueblo y su gente dice: amén.

Bueno, esas palabras que yo leí fueron las mismas palabras que leí la semana anterior, y quiero darle continuación a esto. Estas palabras fueron pronunciadas por Dios mismo; están escritas aquí para nosotros, pero fueron habladas por Dios, y fueron habladas muy específicamente para el pueblo. Miren que en cierta medida el pueblo escuchó a Dios decir esto que yo acabo de leer. Increíble. Hoy nosotros leemos esto y decimos "Palabra de Dios", pero vuelve a aquel tiempo: muchas veces la gente oía su voz cuando hablaba. Bueno, estas fueron las palabras que Moisés escuchó.

Dios le dice al pueblo, a través de Moisés, y lo primero que comienza a decirles es: "Yo soy el Señor tu Dios, que te saqué de la tierra de servidumbre." Yo me detenía un poco más acerca de esas primeras palabras, en vista de que cuando Dios comienza a hablar no solamente le recuerda lo que ha hecho por el pueblo, sino que al mismo tiempo le recuerda al pueblo cuál era la condición en la que tú te encontrabas cuando yo te rescaté. Era una condición de servidumbre, y a pesar de eso, como vimos la semana pasada, muchos eran los que querían regresar a Egipto. Muchos querían regresar a Egipto, a su dieta anterior, a sus pepinos, a sus cebollas y demás.

Yo me preguntaba cuál era la diferencia entre esta gente que quería regresar y, por ejemplo, un José. Escuché estas palabras del autor de Hebreos: "Por la fe, José, al morir, mencionó el éxodo de los hijos de Israel y dio instrucciones acerca de sus huesos." Lo que José instruyó fue que cuando ustedes salgan de aquí, no me dejen aquí en Egipto. José no quería ni siquiera estar en Egipto aun después de muerto. ¿Cuál es la diferencia entre José, que estando muerto no quería ni siquiera permanecer en Egipto —a pesar de que cuando José estaba vivo y dio las instrucciones el pueblo no vivía en servidumbre, vivía en libertad con el favor de Dios, viendo la vida de José y experimentando la vida de José—, y el pueblo que vivió en servidumbre y dice: "Regresemos a Egipto"? ¿Cuál fue la diferencia?

Es interesante, porque el pueblo prefería la esclavitud de Egipto a la libertad de Jehová; el pueblo aparentemente prefería servir a Faraón que servir a Dios; el pueblo, por lo que da a conocer la Palabra, prefería la ciudad del hombre a la ciudad de Dios. ¿Cuál fue la diferencia entre ellos y José? ¿Cuál fue la diferencia entre ellos y Moisés?

Déjame leerte lo que Hebreos 11:24 dice de Moisés: "Por la fe, Moisés, cuando ya era grande, rehusó ser llamado hijo de la hija de Faraón, escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios que gozar los placeres temporales del pecado, considerando como mayores riquezas el oprobio de Cristo que los tesoros de Egipto, porque tenía la mirada puesta en la recompensa." Moisés no solamente no era parte de la servidumbre cuando vivió en Egipto; él era el príncipe, él era el hijo de la hija de Faraón. Faraón no tenía hijos varones, de manera que él era el heredero del trono. ¿Cuál es la diferencia entre el esclavo que quiere regresar a su esclavitud y el heredero del trono que quiere salir de Egipto?

En ese momento, Egipto era la cultura dominante, la cultura sofisticada; era la Grecia de lo que fue Grecia en su momento, lo que ha sido la cultura occidental en su momento. Moisés prefirió el desierto, donde no había nación ni había cultura, a la nación y la cultura de Egipto, a pesar de que él era el heredero del trono. El texto de Hebreos nos da una idea de la diferencia entre Moisés —y probablemente José, por implicación— y esta otra gente que quería regresar: el texto dice que Moisés no estaba interesado en los placeres temporales de este mundo, y que cuando él abandonó el trono lo hizo porque tenía la mirada puesta en la recompensa.

Y la recompensa de Moisés, como la Palabra revela, era Dios mismo. De manera que ahí nosotros vemos la diferencia entre estos grupos de personas: que unos tenían la mirada puesta aquí abajo y otros tenían la mirada puesta arriba. Que unos querían la recompensa en el aquí y el ahora, y el otro estaba dispuesto a esperar la recompensa eterna hasta el día futuro. Cuando tú tienes la mirada puesta en las cosas de aquí abajo, las cosas que tienen que ver con este mundo temporal, pasajero y efímero, no te importan tanto. Las puedes tener y las puedes dejar. Cuando tu mirada está puesta allá arriba, en el reino de los cielos, en Dios que es tu recompensa, tu dificultad está cuando tienes que dejar algo que tiene que ver con tu recompensa eterna, por la cual todavía estás esperando. Esta gente no recibió ni siquiera su recompensa aquí abajo, y sin embargo no tuvieron problemas con eso. Ellos no eran ciudadanos de este mundo.

Fue Agustín quien ayudó a recordárnoslo en su gran obra, una de las más grandes obras de la historia de occidente: La ciudad de Dios. El contraste entre la ciudad del hombre —"De Civitate Terrena", la ciudad del hombre— y la ciudad de Dios, "De Civitate Dei". Agustín hablaba de dos amores: cómo unos amaban una y otros amaban la otra. Y esta gente, según el autor del libro de Hebreos, ellos sabían que estaban buscando otra patria, otra nación. Esta no era su ciudad; Egipto no lo era.

Bueno, y si las recompensas no son ahora, no importa, porque la ciudad que yo busco no tiene recompensas temporales; tiene recompensas eternas. Y el autor del libro de Hebreos, de hecho Dios mismo, escribe algo que cada vez que yo vuelvo a leer, de vez en cuando se me olvida y tengo que regresar a releerlo, porque es como que mi corazón se calienta una vez más. Hablaba con mi hermano el otro día y le leía este texto. Si tú sabes qué es lo que a mí más me llama la atención: que Dios dice de esas personas, de los cuales, según el versículo 38, "el mundo no era digno." Dios se los llevó porque el mundo no era digno de que ellos siguieran viviendo en él.

Miren que a esta gente las cosas que tenían que ver con aquí abajo no los movían. Las podían tener, las podían disfrutar y las podían dejar. Y entonces vivieron de una manera que Dios dice: "Esta gente, con esa forma de vivir, con esos valores, el mundo no es digno de que continúen aquí abajo. Me los llevo." Esa era la gente a la que Agustín se refería cuando hablaba de la ciudad de Dios.

En esa ciudad hay una sola lealtad. Hay una sola razón para ser ciudadano de la ciudad de Dios, y es la gloria de Dios. El problema de la ciudad de los hombres es que las lealtades están divididas, las de todo el mundo, incluyendo quien les habla, que se descuida la mirada por un segundo. Entonces tenemos que ser animados a vivir aquí abajo siendo ciudadanos de otra nación, con un amor no por esto sino por aquello, y con una sola lealtad, que es la gloria de Dios. Cuando vivimos de esa manera, como ciudadanos de otro lugar, nuestro sentido de agradecimiento es mucho mayor.

James McDonald, el pastor de la iglesia donde iba nuestro hermano Héctor y su esposa Charvela, hasta hace poco en Chicago, escribió un libro. Estoy esperando que lo traduzcan al español para que lo pudiéramos comprar, regalárselo a todo el mundo, lo pudiéramos regalar y leerlo antes de cruzar el Jordán, nuestro Jordán. Porque el libro se llama *Lord, Change My Attitude*. "Señor, cambia mi actitud." Entonces él tiene cinco actitudes comunes del ser humano que deben ser reemplazadas por cinco actitudes de la Palabra de Dios.

Cuando habla de la actitud crítica para ser reemplazada por la actitud de gratitud, él dice que nuestra gratitud determina la altitud a la que volamos. Nuestra gratitud determina la altitud a la que volamos. De tal forma que la próxima vez que veas a tu hermano quejarse, el hermano está volando bajito. Levanta el vuelo, hermano, levanta el vuelo. Y que cuando yo lo haga, tú vengas y me digas: "Pastor, está perdiendo altura, está comenzando a volar más bajito; de hecho, rasante está volando. ¡Levanta ese vuelo, pastor!" Estamos en esto juntos, hermanos. No estamos en esto para herirnos, para dividirnos, para acusarnos. Estamos en esto para levantar el vuelo juntos y vivir para la gloria de nuestro Dios.

De manera que tú y yo necesitamos mantener eso en la mente. Dios nos dejó aquí en la ciudad del hombre, pero con la mente de la ciudad de Dios, de tal manera que el hombre de la ciudad de Dios cambia la ciudad del hombre, no al revés. Cuando Cristo nos dice: "Vosotros sois la sal y la luz del mundo", Él estaba diciendo: "Vosotros, que tenéis la sal y la luz de la ciudad de Dios, penetrad en la oscuridad de la ciudad del hombre, cambiadla, transformadla." Sean ustedes la influencia y aquellos que promueven los cambios en la ciudad del hombre, no al revés, que la ciudad del hombre poco a poco se parezca más a la ciudad de Dios. Ese es tu llamado, es mi llamado.

Dios nos está diciendo de alguna manera: "Hermanos, hijos, no se contenten con el avivamiento." Yo leía recientemente de Archie Parrish, él desea, cuando el avivamiento transforma las culturas, el avivamiento de Dios transforma las culturas, entonces tú tienes reformación, la reforma. La idea del avivamiento es algo que tú y yo experimentamos aquí dentro del pueblo de Dios, pero quedarnos con eso es egoísta. Nosotros tenemos que dejar ese avivamiento salir, de tal manera que lo que Dios hace aquí adentro comience a transformar lo que está afuera. Y entonces la cultura transformada, a eso es lo que se llama reforma, lo que ocurrió en el siglo XVI cuando el movimiento reformado barrió a Europa.

La iglesia de hoy necesita ser muy sabia, necesita discernir con mucho cuidado, necesita hilar fino. Porque estamos viviendo, hermanos, tiempos muy turbulentos para ti, para mí, muy confusos para ti, para mí. A veces siento que estoy en una cuerda floja, y estamos en una cuerda floja. Y si tú no me ayudas, voy a perder el balance, y si yo no te ayudo, vas a perder el balance. Pero eso es precisamente lo que tenemos que pedirle a Dios, que nos ayude a caminar con cuidado, porque nosotros estamos viviendo cambios demasiado rápidos y demasiado numerosos alrededor de la cultura que nos rodea.

D. A. Carson, uno de los mejores académicos de nuestros días, escribió un libro que se llama *Christ and Culture Revisited*, "Cristo y cultura revisitada", porque está respondiendo a un autor anterior de nombre Niebuhr, que escribió con el mismo título. Entonces lo está revisitando. Y aquí él tiene algunas observaciones que yo considero extraordinarias. Él dice: uno de los problemas con la cultura hoy, con relación a la iglesia, es el siguiente, escuchen. La cultura hoy en día no solo se está alejando de Cristo, sino que frecuentemente es abiertamente hostil. En otras palabras, la cultura de Europa en el siglo XVII, impactada e impregnada por el movimiento reformado, no le era tan peligrosa a la iglesia de los siglos XVII y XVIII en Europa, como lo es hoy en día en un posmodernismo cultural, porque ya aquellos valores habían calado en la cultura. Pero esta cultura de nuestros días se aleja cada vez más de Cristo y frecuentemente es hostil a Cristo.

Yo creo que una de las mejores cosas que Carson nos ayuda a entender en ese libro es lo siguiente: él dice que cuando la fe cristiana es aceptada hoy en día, es aceptada siempre y cuando tú la dejes dentro de la esfera de lo privado. Es tu cosa, pero cuando tú la dejas salir a la esfera de lo público, es considerada inmediatamente intolerante. Yo creo que es una excelente observación. Él concluye esa parte de su libro diciendo: "Todo lo que está despegado de la centralidad de Dios es pecaminoso. De hecho, es horrorosamente pecaminoso." De esa manera, desde un punto de vista cristiano, toda posición cultural que no cante con gozo y obediencia "Jesús es Señor" cae bajo el mismo veredicto.

En ese sentido, esto es interesante: todas las culturas, incluyendo la dominicana, de este lado de la gloria, son pecaminosas. Claro, negarles eso implicaría que las inspiró Dios y las vive Dios. De una manera u otra, para que sean santas, todas, desde este lado de la gloria hasta que entremos en gloria, todas las culturas han sido y serán pecaminosas en todos los siglos. La pregunta es de qué manera. Porque la única forma de que no lo sean es vivir en la ciudad de Dios con un hombre que sea el hombre de Dios. Y todavía no tenemos al hombre completamente redimido de Dios, ni tenemos la ciudad de Dios aquí abajo. Podemos tener la mente de ese hombre, pero todavía no la tenemos plenamente. Esto nos ayuda a entender un poco la dificultad que vamos teniendo, sobre todo cuando la cultura se va alejando de Cristo, como Carson decía.

Entonces, ¿qué es una cultura? Porque yo puedo muy fácilmente cerrar y decir: "A la gloria, que se vaya esa cultura a arruinarse", y ya se acabó, y dejar a la gente sintiéndose provista con eso. Pero no es tan fácil. Déjenme explicarlo. ¿Qué es una cultura? Les voy a dar una definición sociológica, antropológica, secular, del mundo que la ha estudiado. Lo hago así a propósito, porque esto no es el mundo cristiano definiendo lo que es una cultura. De hecho, esta gente son de la academia más conocida: Kroeber y Kluckhohn, que escribieron un libro que se llama *Una crítica de conceptos y definiciones*, donde está mi definición.

"Una cultura es un grupo de patrones, explícitos e implícitos, de conductas y para conductas, adquiridos y transmitidos." Eso es lo que hay en la cultura. Es interesante: transmitidos mediante símbolos. Mediante símbolos, ya sean libros, películas, símbolos que tienen su valor detrás, que luego tú los compras y luego los actúas, y por eso se dice "de conductas y para conductas." Es interesante, bueno, triste, pero así es. Cuando nosotros conocemos, por ejemplo, el mundo cristiano que vivía en las catacumbas, entras a las catacumbas y encuentras un pececito, es un símbolo. Un pececito escrito. Y ese pez, ¿qué significa? Vamos a estudiarlo, pero el pez no es simplemente un pez: el pez tiene un significado que inspiró al dibujante a ponerlo y a plasmarlo de esa manera. Lo mismo con la estatua de Alejandro Magno, la grandeza del hombre en su tiempo, donde las figuras eran gigantes.

Nosotros entendemos, tanto en el mundo cristiano como en el secular, que lo que yo pienso, siento y soy sale a reducirse en mi mundo exterior en símbolos y conductas. Eso es verdad para el cristiano, sin lugar a dudas. De manera que lo que nosotros pintamos, cómo lucimos, lo que creamos, cómo vestimos... Suponga que yo viniera a esta iglesia todos los domingos en un esmoquin, de verdad, hasta aquí, y que yo entrara de esa manera. ¿No les dice algo de mí? Sí o no. "Pastor, ¡qué raro!" Sí, claro. Porque no importa lo que yo sea, lo que yo pienso y pongo afuera, lo que yo pienso adentro, por bueno que sea, también está diciendo algo; es parte de uno.

Se llega a una casa y todo en la casa está impecablemente en su orden, y luego se llega a mi oficina, por ejemplo, mira mi escritorio, donde todo está mal puesto. Y aquella casa le dice una cosa, y este escritorio le dice otra de mi persona, que no tiene que ser malo. Simplemente le dice algo: que el orden, por ejemplo, de las cosas a mí no me vale mucho. Pero le dice algo.

En la Palabra de Dios nosotros vemos cómo intentaron cambiar a las personas, y los pueblos lo hicieron exactamente igual, con un trato de cambiar a las personas. Daniel y sus compañeros, ¿cómo los cambiamos? "Hacerlos como nosotros. ¿Y cómo lo hacemos? Dale nuestra comida, dale nuestra bebida, ayúdale a hablar como nosotros hablamos." Y si conocemos más de la historia y cómo esas cosas ocurrían: ayúdale a vestirse como nos vestimos, a comer como comemos. "Si hace las cosas como nosotros las hacemos, con el tiempo habrá cambiado." Daniel dice: "A mí no me van a babilonizar. De la comida del rey no quiero. De la bebida del rey, yo sé que nosotros tomamos vino, de hecho en las bodas se tomaba mucho, pero el vino del rey no quiero. A mí no me van a babilonizar, porque yo no quiero ser como él."

Llegó Antíoco IV. Antíoco IV ocupa el área de Palestina y decide helenizar, volver griegos a los judíos. Hizo lo mismo que trataron de hacer con Daniel: cambiarle la comida, cambiarle la ropa, cambiarle su forma de hablar. "Vamos a darle el idioma griego, que hable como nosotros, que haga las cosas como nosotros; con el tiempo ellos serán griegos." Pero los macabeos dijeron: "Nosotros no. Nosotros tenemos una cultura." Y no es la monocultura de la que estoy hablando, ni remotamente estoy hablando de eso. Pero nosotros tenemos una cultura, y eso no lo vamos a cambiar.

3.500 años después de que Dios habilitó su cultura, el pueblo judío está intacto en su nación. Te he hablado de los jebuseos, te he hablado de los heteos. 3.500 años después, una de las razones por la que el pueblo judío se ha mantenido —humanamente hablando, porque la parte real es la mano soberana de Dios— es que humanamente hablando, 3.500 años no han variado su cultura. ¿Sabes qué les pasó a los alemanes, franceses, irlandeses, italianos que llegaron a Estados Unidos? En 200 años fueron asimilados por la cultura, perdieron sus distintivos, no existen como tales.

¿Sabes lo que dicen los estudiosos de la iglesia hoy en día? La iglesia está perdiendo sus distintivos porque está siendo asimilada por las culturas, y en menos años, porque eso no tomó 200 años, sino menos tiempo. Lo que no pasó con la cultura hebrea. Porque tú tienes que mantener los distintivos que Dios te da como pueblo si no quieres ser asimilado y perder tu distinción.

Vengan, vamos y razonemos juntos, hermanos. ¿Qué hacemos entonces cuando la influencia que viene de culturas que tienen sus creyentes allá... no digo que no, propongo que pensemos en las culturas orientales donde hay un suicidio cada 40 segundos. ¿Tiene eso algo que ver con que tú digas: "Sabes qué, quizá yo no quiero esa influencia"? ¿Qué hacemos con influencias que vienen, por ejemplo, de Estados Unidos, donde en el año 1990 —viviendo yo allá todavía, en el 90, 92, 93— el grupo Barna, que investiga la iglesia, nos reportó que el 85% de las iglesias en Estados Unidos estaban estancadas o muriendo?

¿Qué hacemos cuando una cultura ha sido abandonada por la gracia de Dios? ¿Queremos esas influencias? Bueno, y si aparece alguien que Dios está usando allá, claro. Dios usó a Isaías desnudo por tres años. ¿Copiamos la desnudez de Isaías? ¿Le gustaría a usted que yo estuviese aquí desnudo predicando hoy? No, porque eso tuvo un contexto, en una cultura que Dios estaba también enjuiciando. ¿Quisiera usted que, si mi esposa no me lo permite, yo mañana venga y le presente mi nueva novia, una prostituta? Bueno, ¿pero por qué no? El varón profeta —Oseas— lo hizo. Sí, pero tiene un contexto de juicio, y Dios lo usó de esa forma disfuncional porque era parte del juicio del pueblo y de la ilustración de ese juicio. ¿No era el modelo de Dios, pues no?

Manos, vengan, vamos y razonemos juntos. Esa fue la razón por la que Dios le dice al pueblo en el Antiguo Testamento: "¿Sabes qué? No te juntes con ellos." De hecho, cuando entras a la tierra prometida, tienes que eliminarlos a todos. Estoy hablando de la historia, no lo hice de memoria; déjame leerte qué pasó a la muerte de José.

"Manasés no tomó posesión de Bet-seán y sus aldeas, y los cananeos persistían en habitar en aquella tierra. Tampoco Efraín expulsó a los cananeos. Zabulón no expulsó a los habitantes de Kitrón ni a los habitantes de Naalal. Aser no expulsó a los habitantes de Aco. Así que los de Aser habitaron entre los cananeos, los habitantes de aquella tierra, porque no los expulsaron. Neftalí no expulsó a los habitantes de Bet-semes", etcétera, etcétera.

Como ellos no expulsaron a los pueblos aledaños, como Dios les había instruido, ellos fueron asimilados por esos pueblos aledaños. Y Dios entonces los juzgó. En 2 Corintios 6:17, Dios nos dice: "Salid de en medio de ellos." Notad que no es lo inmundo. No dice: "Yo te he sacado de Egipto, salid de en medio de ellos, te he sacado de la servidumbre, es para que seas mi pueblo; salid de en medio de ellos, no toquéis lo inmundo."

¿Te das cuenta cómo Dios nos lleva? Ahorita hablábamos, verdad, de que las cosas externas dicen algo de nosotros. No hay adiós también. No es cierto, hermano, no le compre la idea a la cultura que los tiene: "No tiene nada que ver, lo eterno tiene todo que ver." Escucha lo que dice Pedro en su primera carta. Dime si tiene o no que ver, de acuerdo al veredicto de Dios.

1 Pedro 3:3-4 dice: "Que vuestro adorno no sea externo: peinados ostentosos, joyas de oro, vestidos lujosos; sino que sea el interno, con el adorno incorruptible de un espíritu tierno y sereno, lo cual es de grande estima delante de Dios."

Pedro, ¿y cuál es el problema con las joyas de oro, con los peinados ostentosos, con los vestidos lujosos? Sabes qué, hermano, que el contexto en el que estamos predicando no solamente es que eso es vanidad; esta es una iglesia pobre, hermano. Y para ese contexto eso les es ofensivo. "No te preocupes de eso; cultiva tu yo interior, que tengas un espíritu tierno, un espíritu sereno; eso es lo que a Dios le importa. Olvídate de lo externo."

Voy a dejar que usted haga el ejercicio. Usted se va a su casa esta tarde, busca Isaías 3:18, y va a encontrar 21 cosas externas que Dios dice: "Cuando yo venga y les juzgue, se las voy a quitar todas." 21, externas, todas. ¿Por qué? Porque se presentaban para la gloria del hombre y no para la gloria de Dios.

¿Se da cuenta por qué yo hablaba, al final de cada mensaje, de que nosotros necesitamos, de acuerdo a lo que David nos decía, hacer un pueblo monocultural? Tenemos que descubrir aquí, dentro del pueblo —no dentro de la IBI, por Dios, no dentro de estas cuatro paredes, esto es muy limitado— dentro del pueblo de Dios, tenemos que descubrir qué es lo que agrada a Su fiel corazón que encontramos. Tratar de preservar mejor nuestros distintivos para no ser asimilados y perdernos en el tiempo, sino persistir en el tiempo, de tal manera que nosotros tengamos los valores y las formas expresivas externas que Dios nos ha inspirado. Y de ahí era que David decía que debíamos ser monoculturales.

Aprecié mucho la pregunta que me hizo este joven; la aprecié porque nos fuerza a pensar. Y toda pregunta, ¿o no merece una respuesta? ¿No merece ser oída, ser escuchada, sobre todo cuando es hecha con respeto, lo cual él hizo? Pero eso me hizo salir de aquí y pasar toda la semana pensando. Si este joven nuestro tiene esa inquietud, yo estoy seguro de que hay media iglesia o más que tiene la misma inquietud. Es mi obligación, es mi deber —habiendo oído la pregunta, habiendo traído el tema, siendo uno de los pastores de la iglesia— es nuestro deber pastoral poder informar a la iglesia y hablar de los asuntos que nos preocupan y que nos atañen día a día.

Cada carta del Nuevo Testamento es una carta enviada a una iglesia que está pasando por alguna dificultad o algún tema en particular que necesita ser respondido. De manera que no debemos tener ninguna sensibilidad cuando una enseñanza es para responder un tema del momento; todas las cartas del Nuevo Testamento son así. "Dile a Fulana y Fulana que dejen de pelear", en Filipenses. ¿Qué es eso? "Que yo soy diácono, dejen eso." Todas las cartas son personales, por asuntos personales que estaban pasando. Porque eso es lo que el pastor tiene que hacer; como se dice en inglés, speak to the issues: hablar de los asuntos que atañen a su iglesia. Eso es ser sensible y oler la oveja. Lo que queremos es que nos importe.

Vamos a seguir razonando juntos, porque eso es algo que es importante para todos nosotros. Y eso es algo que Dios nos dice. Dios mismo lo dice al pueblo en Isaías 1:18: "Venid ahora, y razonemos juntos." ¿Qué es esto de monocultural?

Bueno, decía que la iglesia está viviendo en momentos muy difíciles, y sobre todo en los últimos 40 a 50 años. La década de 1960 es considerada la bisagra sobre la cual la civilización cambió de rumbo. La civilización venía en una dirección, llegó la década de 1960, y giró. Cambió de rumbo y jamás ha vuelto a estar ni cerca del rumbo por donde venía. Eso es tan ampliamente aceptado.

Bueno, el cuadro, el eslogan cultural de 1960 fue: "Cuestiona la autoridad." ¿Han visto la consecuencia de 50 años de rebelión en la sociedad, en las familias, los hijos, los ciudadanos, las ovejas? ¿Dónde nació eso, en el seno de nuestra sociedad? No puede tener nuestros valores. Ahora tenemos un posmodernismo que es agresivo.

Manos, yo no estoy aquí —Dios me es testigo— porque a mí me guste lo controversial, el debate. Si hay algo que me gusta, se lo he dicho, es la paz. Eso sería lo más fácil para mí. Pero no podemos, hermanos. Cuando tú tienes algo que está dañando al pueblo y a la verdad de Dios... El movimiento posmoderno es un movimiento que, como valor, tiene muchos valores, pero como valor central tiene el cuestionamiento de absolutamente todo lo establecido en todas las esferas del ser humano, desde lo social hasta lo religioso. La reinterpretación de todo lo que se ha escrito y hecho, y la reescritura de toda la historia, de todas las historias, incluyendo la del pueblo de Dios. Por eso Brian McLaren está en eso, reescribiendo la historia del pueblo de Dios y reinterpretando todo lo que esto quiere decir. Entonces ese movimiento es muy peligroso y es muy agresivo.

Entonces, cuando este joven me hace la pregunta, mi primera respuesta fue más o menos como esta: la iglesia no puede ser movida por las cosas que ahora mismo mueven a la iglesia en general. En inglés hay una palabra que voy a traducir y explicar: driven. La iglesia ha sido market driven, ha sido empujada —motivada, que es la traducción de driven— por el mercado. La iglesia no puede ser motivada por el mercado. La iglesia ha sido culture driven, ha sido manejada, motivada, impulsada por la cultura, no importa si es la dominicana, no importa si es la de mi familia. La iglesia no puede ser motivada por eso.

La iglesia ha sido motivada —lo iré ilustrando a lo largo de la historia de los últimos 40 a 50 años, porque esto no es tan sencillo como parece en la superficie— en un momento dado, y todavía a niveles académicos, por la relevancia. Entonces tenemos 40 a 50 años hablando, quizás más, de que la iglesia tiene que ser relevante.

Entonces, sí incluye académicos. Olvidémonos ahora de lo que pasa, porque lo que comienza en el círculo académico eventualmente se discute alrededor de la mesa de cocina, de comedor y de desayuno. En el círculo académico tenemos 40 a 50 años diciendo que la iglesia tiene que ser relevante. Entonces, en aras de la relevancia, para dar un par de ilustraciones, la iglesia comenzó a adquirir la psicología y su enseñanza como buena y válida en ciertas áreas, porque era necesario hacer esa aclaración donde ya Dios había hablado. No es que no tenga cosas que decirnos de sus observaciones, así que pueden ser buenas y válidas, pero donde Dios ya ha hablado, ese es el veredicto. Comenzamos a reemplazar en los círculos académicos lo que era la teología por la psicología, porque la relevancia implica que la iglesia de hoy tiene que ser atractiva e interesante para el hombre de hoy.

En aras de ser relevantes, nosotros comenzamos a comparar los seminarios con las universidades y comenzamos a hacer cambios, incluso de nombres, y en los seminarios los departamentos de teología pasaron a llamarse departamento de religión. Teología es el estudio de Dios; religión es el estudio de la respuesta que el hombre le da a la existencia de un Dios. Quisimos ser como las universidades y comenzamos a cambiar de nombres: ya no "este seminario", sino "universidad". Por eso, por mucho tiempo, se ha resistido ese movimiento. Porque el instituto tiene 150 años de historia; comenzamos a hacer nuestra propia investigación y descubrimos algunas cosas: el instituto permanece íntimamente relacionado a la vida de iglesia, mientras que el seminario y la universidad son totalmente independientes de cualquier iglesia, entre otras diferencias.

En aras de la relevancia, nosotros entonces comenzamos a predicar sermones de 20 a 25 minutos, porque eso es más o menos cuánto dura la atención del hombre moderno. Y sacrificamos en el altar de la relevancia la verdad de Dios. Ahí es donde entra el texto con el que yo inicié: "No tendrás ningún otro Dios delante de mí y ningún otro ídolo." Eso es un ídolo. La relevancia es uno de nuestros grandes ídolos hoy en día, y hemos cometido adulterio espiritual contra Dios con el ídolo de la relevancia. La relevancia no puede motivar la iglesia.

De la misma manera, el mercado no puede impulsar ni motivar la iglesia. Y cuando el mercado hace eso, nos volvemos locos mercadeando la iglesia. Yo recuerdo la revista de cristianismo y veía en Estados Unidos grandes títulos: *How to Market the Church*. Queremos mercadear la iglesia, y pensamos incluso que las iglesias grandes tenían su tamaño de acuerdo a la habilidad con que habían sido mercadeadas. Ese es otro ídolo, y sacrificamos entonces el poder de Dios en ese altar.

La tecnología con el último avance tecnológico no puede motivar la iglesia. No es que no la usemos, es que no puede motivarla ni impulsarla. Porque si nosotros conocemos la realidad, la tecnología no es lo que logra la transformación del hombre. Los púlpitos han querido la aprobación del hombre, y eso ha motivado a los púlpitos, y no puede ser. Las corrientes del momento, como el posmodernismo del que hablábamos y todas las demás que han venido y vendrán, no pueden ser lo que motiva a la iglesia a trabajar o a hacer las cosas de una manera determinada. Las grandes personalidades del momento, no importa si son cristianas o no, no pueden impulsar ni motivar a la iglesia, porque ellas no son el estándar. La moda del momento no puede ser lo que motive a la iglesia.

Yo te hablaba de cómo el mercado hace sus cosas, pero mira cuál es la diferencia: el mercado mercadea sus productos para darlos a conocer y venderlos. La iglesia, ¿saben por qué no puede hacer eso? Porque la iglesia no anuncia sus productos, ella no tiene ninguno. La iglesia anuncia el Evangelio de Dios. Entonces, el Evangelio de Dios cambia vidas, y las vidas cambiadas salen a trabajar y a vivir en la sociedad, y ellas son las vallas anunciadoras de la iglesia. ¿Se acuerdan cuando teníamos aquellas campañas de "Regreso a la Cruz" con esas vallas? Bueno, esas vallas de la iglesia son las vidas cambiadas por el Evangelio anunciado.

¿Te das cuenta por qué la iglesia no puede ser movida por el mercado? La universidad no puede ser el punto de referencia de la iglesia. Usted va a la universidad primariamente a estudiar el conocimiento y la sabiduría del hombre, que tiene cosas que aportar; yo no voy a decir que no. Yo fui a la universidad y, si tuviera que volver, volvería. Pero uno no viene a la iglesia a descubrir el conocimiento y la sabiduría del hombre, sino la sabiduría de Dios. La tecnología no puede motivar a la iglesia. Si está disponible, la usamos, pero déjame darte una ilustración de por qué sabemos que la tecnología no hace a la iglesia más efectiva: la iglesia más efectiva de todos los siglos no sabía lo que era un micrófono, no tenía luz eléctrica, y se predica un mensaje y se convierten 3,000 personas. Aquí no cabemos 3,000 esta mañana, pero un solo mensaje convirtió a 3,000, porque Dios no dijo: "Esperad en Jerusalén y recibiréis tecnología." No. "Recibiréis poder, poder del Espíritu Santo."

La tecnología no ha aumentado el número de conversos. Ellos fueron contados antes de la fundación del mundo. No importa si usted es calvinista o arminiano; en ambas teologías fueron contados antes de la fundación del mundo. Entonces, la tecnología no es que no la alcancemos, pero tiene que estar al servicio de la gloria de Cristo, porque Cristo reclama su señorío sobre la tecnología. No hay una pulgada cuadrada del universo que Cristo no reclame como suya.

La iglesia no puede, por ejemplo, adoptar tecnología simplemente porque está disponible, o porque todo el mundo la tiene, o porque todo el mundo lo hace, o porque ya es normal, o porque "me están quedando atrás." Porque cuando esa es la motivación, eso se llama celos, envidia, competitividad, inseguridad y, sin ser burlón, en algunos casos, simple imitación. Y nada de eso puede motivar a la iglesia. Las personalidades del momento no pueden motivarla, ni sus modelos excepcionales, como hicieron con Josías y Pedro. Pedro no era el modelo; hubo que llamarlo hipócrita en un momento dado. Entonces Pedro no era el modelo. ¿Y cuál es el modelo? La Palabra de Dios.

Voy a mencionar esto, y no lo hago en términos jocosos ni burlones; simplemente vengan y razonemos juntos, hermanos. Estamos hablando como iglesia, como cuerpo. El que algo esté "chulo" no debe llevar a la iglesia a su consumo. Y no estoy diciendo que la palabra "chulo" sea pecaminosa, ni que usted no la pueda usar, ni que algo no pueda estar de esa manera, pero no puede determinar que la iglesia lo consuma. Porque la palabra "chulo" es humana, es un concepto humano, relativo, pasajero, cultural, personal y terrenal. Y cuando tú miras a Dios, resulta que la Palabra de Dios no es humana sino divina; no es relativa sino absoluta; no es pasajera sino eterna; no es cultural sino universal; no es personal sino general; y no es terrenal sino celestial. Entonces te das cuenta de que ese parámetro tampoco puede servir.

Como iglesia estoy hablando: el que algo me guste tampoco puede ser criterio, porque no se trata de mí. Recuerda que tantas veces te lo he dicho, y tú mismo estás de acuerdo conmigo: no se trata de mí. Entonces el que algo me guste no puede ser un criterio tampoco. Y entonces, bueno, uno habla con Dios, adora a Dios, le pregunta: en el contexto, en el momento histórico en el que yo vivo, con la edad que yo tengo, donde tú me has puesto a ministrar, donde tú me has puesto a vivir, ¿es esto algo que te glorifica? ¿Esta inspiración que viene a mí, este deseo, es algo de lo que yo puedo testificar con toda certidumbre que Dios me ha movido a adoptar, este patrón de vida, de estilo? Entonces, algo que yo en la intimidad de mi corazón he buscado. ¿Te das cuenta a qué nos estamos refiriendo cuando hablamos de algo que debe ser monocultural? Tengo que manejarme por principios bíblicos, y la Palabra de Dios es donde descansan esos principios bíblicos.

"Bueno, pastor, pero ¿qué hacemos? Todo eso, todo eso, pero todavía somos humanos, ¿verdad?" Usted tiene razón, y probablemente va a haber ocasiones en las que no estemos de acuerdo. Usted tiene razón, toda la razón. ¿Y entonces qué hacemos? Volvemos a la Palabra para que sea la Palabra la que nos diga. Y entonces, en los casos donde no tenemos acuerdo, ¿qué hacemos? La Palabra no es silente. No, la Palabra sí dice, y dice con claridad, porque Dios sabe que somos humanos, somos diferentes, venimos de trasfondos diferentes y tenemos gustos diferentes.

Lo que la Palabra sí dice, hermanos, cuando comienza a lidiar con estas cosas, es: usted debe ser humilde, sumiso el uno al otro, considere al otro como superior a sí mismo. Ahí es donde la monocultura comienza a ayudarnos, porque tan pronto yo comienzo a introducir todos estos elementos, yo comienzo a alinearme en una dirección. "No les seáis piedra de tropiezo a ningún hermano." ¿Recuerdan las palabras de Pablo? "Si la carne me es piedra de tropiezo, no comeré carne jamás. No me hablen de eso; hay otra cosa que yo puedo comer." No seas piedra de tropiezo, no entristezcas el corazón de tu hermano, le dice Pablo en Romanos 14, creo. No seas crítico, no tengas una actitud de queja, no seas divisivo, no tengas una actitud rebelde. "Bienaventurados los reconciliadores, los pacificadores." Sé agradecido, honra a tus autoridades.

Y finalmente, en Hebreos 13:17: "Obedeced a vuestros pastores y sujetaos a ellos, porque ellos velan por vuestras almas como quienes han de dar cuenta." Escucha ahora: cuando te sujetas así, permíteles que lo hagan con alegría y no quejándose, porque eso no sería provechoso para vosotros. Ahí es donde la Palabra nos ayuda a venir a formar una monocultura donde la humildad, la sumisión, la pacificación, la no crítica, la no división, y donde cada uno de nosotros está dispuesto a abandonar lo que tenga que abandonar para llenar estos requisitos.

Y al final, entonces, cada Isaías, cada Oseas, tendrá que en su momento histórico, cultural, lugar y audiencia a la que Dios lo ha llamado a ministrar, buscar la voz de Dios y entonces liderar en dirección de la visión dada. Porque en este momento histórico, en esta localización geográfica, dada a las personas que a ti te he llamado a influenciar, esto es lo que yo te he pedido que hagas como líder, o líderes, de mi pueblo.

Y se enmarca en que yo no cambio, pero ahora este es mi llamado. Cuando yo le dije a Isaías: "Desnúdate", si Isaías hubiera dicho: "Pero yo siempre he estado vestido"... Sí, pero en este momento coyuntural esto es parte de lo que yo quiero mostrar. Habrá un Isaías, no más, y habrá un Oseas, no más, con sus formas raras y extrañas. Y, Isaías, o sea, es parte de mi juicio. Pero eso no lo podemos usar como norma, porque a un pueblo al que yo le he mandado muchos profetas bien vestidos, bien cubiertos, y a muchos profetas que tuvieron una sola esposa y no eran prostitutas, sino que eran fieles.

¿Te das cuenta de cómo nosotros necesitamos venirnos y razonar juntos? No somos tú allá y yo aquí; somos un pueblo unido, más como un solo lado, que quiere glorificar a su Dios. Tenemos que entendernos, tenemos que escucharnos y tenemos que amarnos. Y cuando tenemos esa disposición, las cosas serán muy diferentes.

Integridad y Sabiduría es una producción que llega hasta ustedes gracias a los aportes de individuos y empresas comprometidos con la defensa de la fe. Para más información, preguntas y comentarios, visite nuestra página de internet: www.integridadysabiduria.org. En esta página encontrará información sobre la producción de este y otros recursos que ponemos a su disposición, como también las formas en las que usted puede contribuir con la producción de programas como estos. Les invitamos nuevamente a visitar nuestra página de internet: www.integridadysabiduria.org. Será hasta la próxima, cuando nos reencontremos con Integridad y Sabiduría.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.