Miguel Núñez • 3 diciembre, 2017
Gracias a Dios que tolera la maldad en el mundo. Esta afirmación, que puede sonar desconcertante, encuentra su razón en la paciencia divina: si Dios eliminara instantáneamente toda maldad —asesinos, violadores, mentirosos, consumidores de pornografía, gobernantes corruptos—, ninguno de nosotros quedaría en pie. Como escribió Pablo, la bondad de Dios es para guiarnos al arrepentimiento, y Pedro explicó que Dios es paciente, no queriendo que nadie perezca. Esta verdad enmarca el mensaje de Esteban ante el Sanedrín, donde recorre la larga historia de transgresiones del pueblo hebreo que Dios toleró una y otra vez hasta culminar en la crucifixión de su propio Hijo.
Esteban confrontó las tres "vacas sagradas" de los judíos: la tierra, la ley y el templo. Les mostró que la tierra no era tan importante como creían, pues Dios se apareció a Abraham en Mesopotamia y a Moisés en el desierto, fuera de la tierra prometida. En cuanto a la ley, los acusó de ser ellos mismos los verdaderos violadores, jactándose de ella mientras la quebrantaban. Y sobre el templo, les recordó que el Altísimo no habita en casas hechas por manos humanas. El problema nunca fue el templo en sí, sino los ídolos levantados en sus corazones mientras iban a adorar.
Las acusaciones de Esteban fueron directas: duros de cerviz, incircuncisos de corazón, resistiendo siempre al Espíritu Santo, traidores y asesinos. Mientras lo apedreaban, él vio los cielos abiertos y a Jesús de pie a la diestra del Padre —no sentado como juez, sino de pie como abogado defensor. Con su último aliento, imitando a Cristo, pidió que no les tomaran en cuenta aquel pecado. Un cristiano con la imagen de Cristo bien formada es un pecador perdonado que ha aprendido a perdonar.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Hoy vamos a ganar las mañanas para vivir en su plenitud. Yo quiero invitarte a que abramos la Palabra de Dios en el capítulo 7 del libro de los Hechos, capítulo 7, versículo 44. Hoy vamos a estar leyendo la tercera parte de este mensaje de Esteban al Sanedrín, y es un mensaje que nos ayuda a culminar una serie de cosas que estaban siendo reveladas del pueblo Israel, desde su elección en Abraham.
Con eso, yo quiero contarte otra experiencia más que sí tiene que ver con este mensaje. Hace, no recuerdo, tres semanas atrás, quizás, estaba mi esposa y yo almorzando con otra pareja de aquí de la iglesia, y el esposo me preguntó, me dice: "Pastor, ¿por qué usted cree que Dios permite la maldad en el mundo?" Yo había escuchado la respuesta de alguien muy conocido, pero quería saber qué era lo que yo pensaba. Y de entrada, yo dije: "Gracias a Dios que la permite." Y quizás algo de ustedes está abriendo los ojos así como dos pesetas, decimos nosotros. Pero yo espero, a manera de introducción a mi mensaje, poder convencerte de que gracias a Dios que la permite.
Imagínate por un momento que yo dijera: "A partir de cinco minutos contando desde este momento, toda la maldad de este mundo va a desaparecer, y voy a comenzar desde la más extrema hasta la más pequeña." Todos los asesinos desaparecen. Algunos de nosotros estamos diciendo: "Muy bien." Todos los violadores dejan de existir. Todos los traficantes de drogas, todos los que usan drogas, todos los involucrados en el negocio de la pornografía y de la prostitución, dejaron de existir en cinco minutos. Todos los que han consumido pornografía en los últimos siete días dejaron de existir. Todos los alcohólicos y todos los que se emborracharon anoche dejaron de existir.
Todos los abortistas y todos los que han cometido abortos dejaron de existir. Todos los adictos a la pornografía y los que la han visto, como dijimos, dejaron de existir. Todos los dictadores, qué bueno, pastor. Y todos los gobernantes corruptos de este mundo, y ministros, y embajadores que se ayudan de ello, dejaron de existir. En cinco minutos hay un montón de naciones sin gobernantes. Todos los que hayan mentido en los últimos 30 días dejaron de existir. Ya, pastor, ya, ya, ya, ya, se nota que nos estamos acercando ahora.
Bien. Dijo Pablo, mencionamos la semana pasada en Romanos 2:4: "¿O tienes en poco la riqueza de su bondad, tolerancia y paciencia, ignorando que la bondad de Dios te guía al arrepentimiento?" Desprecias la paciencia de Dios, que tolera la maldad para el beneficio de los hombres. Nosotros no estaríamos aquí si Dios hubiese hecho eso hace años atrás. La Nueva Traducción Viviente dice ese mismo texto de esta manera: "¿No te das cuenta de lo bondadoso, tolerante y paciente que es Dios contigo? ¿Acaso eso no significa nada para ti? ¿No ves que la bondad de Dios es para guiarte a que te arrepientas y abandones tu pecado?"
Dios revela en su misma Palabra la razón por la que tolera la maldad. Cuando Pedro escribe a sus seguidores en su primera carta, en 1 Pedro 3:9, él dice lo siguiente: "El Señor no se tarda en cumplir su promesa, según algunos entienden la tardanza, sino que es paciente para con vosotros, no queriendo que nadie perezca, sino que todos vengan al arrepentimiento." Yo menciono esto a manera de introducción porque cuando tú revisas la historia que Esteban relata en este mensaje, te percatas de cuán larga es la lista de transgresiones del pueblo hebreo, y cómo Dios en su bondad toleró, una y otra vez, dicha maldad, que culminó en la crucifixión de su propio Hijo.
Te das cuenta de nuevo, como dijimos la semana pasada, que no es cierto que el Dios del Antiguo Testamento es un Dios sanguinario. El Dios del Antiguo Testamento es altamente paciente, bondadoso, misericordioso, de una manera inconcebible. Yo menciono esto porque el título de mi mensaje en la mañana de hoy se parece al de la semana pasada, pero no es exactamente igual: "La providencia de Dios obra a través del pecado del hombre." La semana pasada y la anterior hablamos de que la providencia de Dios obra a través de su fidelidad, y es cierto, pero la fidelidad de Dios es tal que ella obra a través del pecado del hombre. Por eso es que cuando nosotros somos infieles, Él permanece fiel a sus propósitos.
Dios toma en cuenta, a la hora de planificar desde la eternidad pasada, tu pecado y el mío y el de todos los demás, y los ordena de una forma tal que terminan en la culminación de los propósitos de Él para contigo en Cristo Jesús. Y de eso es que Esteban ha estado hablando al pueblo judío: de esa larga lista de pecados que culminó en la crucifixión, y cómo ellos continuaban todavía en la misma tesitura.
Para los judíos, ellos habían erigido en su mente tres vacas sagradas: la tierra, la ley y el templo. Y Esteban comenzó a revisar esas vacas sagradas. De cierta manera les dice: "¿Sabes que la tierra no es tan importante como ustedes piensan?" Cuando Dios se le apareció a Abraham, no lo hizo en la tierra prometida, lo hizo en Mesopotamia, una tierra completamente gentil y pagana. Cuando Dios se le apareció a Moisés, no lo hizo en la tierra prometida; se le apareció en el desierto, fuera de la tierra. Cuando los patriarcas, los grandes patriarcas, Abraham, Isaac y Jacob, vivieron en la tierra prometida, no construyeron nada fijo, vivían en tiendas movibles. Y el autor de Hebreos nos dice por qué: porque esperaban por una ciudad mejor. La tierra no es tan importante como ustedes han hecho creer.
En cuanto a la ley, Esteban los acusó de violarla. "El problema de ustedes, miembros del Sanedrín, es que debiendo ser ejemplos de virtud, me acusan de violar la ley, cuando en realidad los verdaderos violadores son ustedes." Y es algo que el apóstol Pablo trae a relucir en Romanos 2:1: "Por lo cual no tienes excusa, oh hombre, quienquiera que seas tú que juzgas, pues al juzgar a otro, a ti mismo te condenas, porque tú que juzgas practicas las mismas cosas." Eso es exactamente lo que Esteban estaba diciéndole al Sanedrín sin decirlo en esas palabras.
"Ustedes me acusan a mí de cometer violación contra la ley, de blasfemar la ley. Ustedes son los blasfemadores. Ustedes son los descendientes de aquellos padres que también hicieron la misma cosa." Y Pablo le dice al pueblo judío en Romanos 2:23: "Tú que te jactas de la ley, ¿acaso no deshonras a Dios violando la ley?" Es una pregunta que Pablo plantea en Romanos 2:23. Y peor todavía, al final Esteban dice: "Ustedes son peores que ellos. Ellos fueron malvados; ustedes son peores. Porque ustedes terminaron crucificando a aquel de quien los profetas hablaban, aquel que era el fin de la ley, como explica Pablo en Romanos 10:4. Ustedes lo clavaron a un madero, a aquel que podía liberarlos de la condena que la ley hace sobre ustedes."
Es increíble cómo nosotros tendemos a cometer el pecado que frecuentemente condenamos. Nosotros tendemos a cometer el mismo pecado que frecuentemente condenamos. Nosotros tenemos lentes selectivos que magnifican el pecado del otro y lentes empañados que minimizan el pecado nuestro. El pecado que nosotros racionalizamos o justificamos en nosotros, ese mismo pecado lo condenamos en otro. El pecado que nosotros justificamos y racionalizamos en nosotros es frecuentemente el mismo pecado que condenamos en otros. Por eso el Señor nos enseñó: "Antes de tratar de quitar la paja del ojo del prójimo, quita la viga que está en el tuyo."
Entonces, ellos habían hecho un ídolo de la tierra prometida, un ídolo de la ley, y ahora la tercera vaca sagrada era el templo. Y Esteban les va a hablar de ese templo. Déjame leerte; aquí comienza nuestro texto hoy en el versículo 44. No lo voy a leer hasta el 60, sino que lo vamos a ir dividiendo para una comprensión mucho mejor de lo que está aquí.
Versículo 44 en adelante: "Nuestros padres tuvieron el tabernáculo del testimonio en el desierto, tal como le había ordenado que lo hiciera aquel que habló a Moisés, conforme al modelo que había visto. A su vez, habiéndolo recibido, nuestros padres lo introdujeron con Josué al tomar posesión de las naciones que Dios arrojó desde delante de nuestros padres, hasta los días de David. Y David halló gracia delante de Dios y pidió el favor de hallar una morada para el Dios de Jacob, pero fue Salomón quien le edificó una casa. Sin embargo, el Altísimo no habita en casas hechas por manos de hombres, como dice el profeta: El cielo es mi trono y la tierra el estrado de mis pies. ¿Qué casa me edificaréis?, dice el Señor. ¿O cuál es el lugar de mi reposo? ¿No fue mi mano la que hizo todas estas cosas?"
Lo que Esteban está diciendo es: "Yo conozco la historia del tabernáculo y del templo, yo conozco lo que ha pasado." El tabernáculo comenzó en el desierto como una estructura móvil, fácil de montar y desmontar. Eso fue así. Cuarenta años pasaron y el tabernáculo entró a la tierra prometida con Josué. De hecho, el tabernáculo fue puesto en Silo, no en Jerusalén, y estuvo allí por muchos años hasta que David lo trajo a Jerusalén. Yo sé que el tabernáculo no fue dejado en el desierto.
Yo también sé que David, el gran héroe de ustedes, ha sido y sigue siendo el gran héroe del pueblo de Israel. Uno de los mejores hoteles en Jerusalén tiene ese nombre. De haber sido este gran héroe, pues déjame decirte: el gran héroe no fabricó el templo. Él le pidió a Dios que le dejara fabricarlo y Dios le dijo: "No, no, no, tú eres un hombre de guerra y has derramado mucha sangre." 1 Crónicas 28:3: "Tú no vas a fabricarlo."
Esteban recuerda que el templo iba a ser fabricado no por David, sino por Salomón, su hijo. De manera que Esteban parece insinuar a ellos que el templo tampoco es tan importante como ellos habían hecho creer, por razones que vamos a ver un poquito más adelante. No había ninguna razón para que ellos se ofendieran, si eran del templo, por algo que Esteban les recuerda en los versículos 48 al 50: que el Altísimo no vive en casas hechas por manos de hombres.
Simbólicamente Dios moraba ahí, pero Dios reveló a través del mismo constructor Salomón del templo: "Oye, yo no habito, no hay nada que me pueda contener. El universo entero no me contiene." De manera que el templo no tiene la importancia que ustedes le han dado, o la mala importancia que ustedes le han dado. Dios dice a través de uno de los profetas: "El cielo es mi trono y la tierra es el estrado de mis pies." Sin embargo, ustedes han hecho del templo algo que ustedes ni siquiera respetan.
Dios usó el tabernáculo, que es ahí donde comienza la historia del templo. Lo usó como lugar importante, incluso como lugar de revelación. Moisés iba y hablaba con Dios cara a cara, como dice Dios mismo, como Dios no ha hecho con ningún otro profeta. Lo hizo así en el tabernáculo. Luego, Dios usó el templo como lugar de adoración, un lugar importante donde la gente podía y debía ir a ofrecer sacrificios a Dios. Pero si hubo un momento de época de oro del templo, no fue cuando era templo, sino cuando era apenas un tabernáculo en el desierto.
Si hubo una época de oro, fue en la época de Moisés, donde Dios bajaba con frecuencia, descendía, la gloria de Dios envolvía el tabernáculo, había revelación de parte de Dios y Moisés traía la revelación al pueblo. No fue cuando Salomón lo edificó con toda esta pompa y toda esta gloria a la que ustedes están acostumbrados.
Ahora bien, Esteban no está argumentando en contra del templo. Esteban estaba argumentando en contra del uso que ellos habían hecho del templo y del orgullo que ellos tenían acerca del templo. Pero Esteban conocía, aunque no terminó con esa acción, muy bien la historia del pueblo judío. Cuando Dios, en un momento dado, a través de Jeremías, le dice al pueblo: "Ve al pueblo y dile que no estén confiando en palabras engañosas" —Jeremías 7:4—, lo que estaba ocurriendo era que la gente salía de su casa para el templo, y cuando iba llegando y lo veía, entonces hacían delante de todo el mundo lo que nosotros llamamos en nuestro país un show: "¡El templo del Señor, el templo del Señor!"
Mientras tanto, les dice Jeremías en ese texto del capítulo 7: oprimen a la viuda, oprimen al extranjero, oprimen al huérfano, hacen injusticia en contra de su prójimo y adoran dioses ajenos. ¿De qué templo, de qué Señor están hablando? Esa sería la idea. Con la condición del corazón que tienen, Jeremías vive la caída de Jerusalén. Dios, como acto de justicia, los envía al exilio por setenta años en Babilonia.
Ellos regresan de Babilonia, y uno esperaría que regresarían con una mejor idea de cuál debe ser el uso del templo, que debieron haber regresado más humildes, más centrados en Dios. Pero sabes que no. Los profetas del postexilio —Zacarías es uno de ellos, Malaquías es otro de ellos, Hageo es otro de ellos; son los tres profetas del postexilio— hablan del uso que ellos dieron al templo.
Escucha a Malaquías, escucha a Dios a través de Malaquías, refiriéndose al pueblo que ya vino del exilio de setenta años y que está ahora usando el templo. Malaquías 1 —Malaquías entero, en cierta medida— habla de la corrupción de la adoración en Israel. Y en el versículo 10, Dios dice: "¡Oh, si hubiera entre vosotros quien cerrara las puertas del templo, para que no encendierais mi altar en vano! No me complazco en vosotros, dice el Señor de los ejércitos, ni de vuestra mano aceptaré ofrenda."
Todos los días el templo abierto, todos los días ofrenda, y Dios dice: "¡Oh!" Como si dijera: "¡Si se levantara alguien, uno solo, que fuera y cerrara el templo!" Te imaginas que Dios dijera: "¡Así se levantara uno en la iglesia, uno solo, y cerraran todas las puertas, para que jamás subiera nada aquí adentro!" Eso es lo que Dios está diciendo del pueblo.
Escucha la razón. En el mismo libro de Malaquías, capítulo 1, versículo 6, se lo voy a leer de la Nueva Traducción Viviente para que lo puedan digerir más rápido y fácilmente. El Señor de los ejércitos celestiales dice a los sacerdotes: "Un hijo honra a su padre, y un sirviente respeta a su señor. Si yo soy su padre y su señor, ¿dónde están el honor y el respeto que merezco? Ustedes han tratado mi nombre con desprecio." No obstante, preguntan: "¿De qué manera hemos tratado tu nombre con desprecio?"
¿Tú estás oyendo esto? O sea, Dios le dice al pueblo: "Ustedes han tratado mi nombre sin respeto", y el pueblo dice: "¿De qué manera?" Es como que el pueblo dijera: "Yo no sabía que tú te quejabas." Entonces Dios les muestra: "Mostraron su desprecio al ofrecer sacrificios contaminados sobre mi altar." Entonces preguntan: "¿Y cómo hemos nosotros contaminado tus sacrificios?" ¿De verdad el pueblo no sabe? Lo contaminaron al decir que el altar del Señor no merece respeto.
"Cuando ofrecen animales ciegos como sacrificio, ¿acaso no está mal? ¿Y no está mal también ofrecer animales lisiados y enfermos? Intenten dar este tipo de regalos al gobernador y vean qué contento se pone, dice el Señor de los ejércitos celestiales. Adelante, supliquen a Dios que sea misericordioso con ustedes, pero cuando llevan esa clase de ofrendas a Él, ¿por qué debería tratarlos bien?" Este es el pueblo que ahora tiene descendientes que son miembros del Sanedrín, que están todavía con "el templo del Señor, el templo del Señor, el templo del Señor". Y Esteban está ayudando a entenderles: ustedes, descendientes de aquella generación, siguen hablando del mismo templo en las mismas condiciones.
"Bueno, pastor, ¡qué bueno que eso no se aplica a nosotros, que no traemos sacrificio ni nada de eso!" Aquí no. Nosotros tenemos ofrendas y tenemos formas de adorar a Dios y tenemos un corazón con que ofrendamos y con el que adoramos a Dios. Y muchas veces nosotros, aunque no tengamos ese tipo de sacrificio, venimos al "templo del Señor, al templo del Señor, a la casa del Señor", pero el corazón no está con el Señor. Leí a Piper esta semana, en uno de sus tweets creo, donde dice: "Dios nos juzgará más por lo que hay en nuestros corazones que por nuestras acciones." Definitivamente. Porque el Señor no mira como el hombre ve; el hombre mira lo externo, Dios mira el corazón.
Los fariseos hubieran pasado con colores si el examen hubiera sido de acciones. Ellos diezmaban todo: se encontraban diez limones y diezmaban uno. Ellos ayunaban dos veces por semana mínimo, oraban varias veces al día, memorizaron la Torá de principio a fin como no hubiera otro. Entonces, de esa misma manera viene la aplicación, todos comenzando conmigo. Yo me hice estas preguntas y yo tengo que preguntarme: ¿Cómo está mi corazón? ¿Cómo están mis relaciones, las más cercanas, las más intermedias? Mis relaciones todas: las familiares, las no familiares, las de negocios, las que no son de negocios. ¿Cómo están mis relaciones?
¿Cómo está tu adoración? ¿Está tu adoración a la altura de tu corazón y de tus relaciones? "Pastor, ¿y cómo me mido en eso?" Porque los dos mandamientos más importantes, la ley de Dios que Cristo dio, fue: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, toda tu mente, toda tu alma y toda tu fuerza, y a tu prójimo como a ti mismo." Estas son mis relaciones. ¿Cómo está tu ofrendar para Dios? No digo que no ofrenden, pastor, sino: ¿cómo está? Comparado con los ingresos y los gastos que hacen.
Hay un gran debate todavía hoy sobre si el diezmo es para hoy o no. Vamos a olvidarnos del diezmo por un momento. Suponte que Dios diga: "Mira, yo no voy a pensar en ese diez por ciento. Vamos a analizar tus gastos, tus ingresos y tus ofrendas, y los vamos a comparar; por eso te voy a juzgar." Ahí no, déjame el diez por ciento, que es más fácil.
¿Cómo está tu relación con Dios? Esteban estaba diciéndole al pueblo: "Ustedes me acusan de violar la ley, de blasfemar contra la ley, contra Moisés —que era básicamente sinónimo para ellos—, de blasfemar contra el templo y contra Dios, que para ellos también era sinónimo. Ustedes son el problema." En realidad el templo no era el problema, sino los ídolos que ellos habían erigido, levantado en sus corazones, para ir al templo. Los ídolos de los pueblos paganos eran visibles, en altares. El pueblo de Dios no tenía ídolos de ese tipo; nosotros no tenemos ídolos de ese tipo, pero los levantamos en nuestros corazones.
Aquellas cosas que compiten con Dios, aquellos deseos que compiten con lo que debemos ofrendar a nuestro Dios. De manera que el templo no era el problema, la ley no era el problema. Violar la ley —escúchame con cuidado, no me vayas a tirar piedras como a Esteban— violar la ley no era tanto el problema, porque Dios sabe que yo no podía obedecer la ley; por eso me dio a Cristo. La ley no tenía la función de salvarlos. El problema del pueblo judío era que se ufanaban de la ley, se gloriaban en la ley, acusaban a todo el mundo de violarla mientras ellos vivían en franca violación. Ese era el problema con la ley.
Y la Tierra Prometida tampoco era el problema. La Tierra Prometida fue Dios quien se la dio; fue una bendición. El problema fue que llegaron a la Tierra Prometida y allí Dios los hizo una gran nación, pudiéramos decir en cierto sentido que no ha habido sobre la tierra, anterior al tiempo de Cristo.
Ninguna nación más grande que Israel —no hablando de poderío militar— sino que no ha habido ninguna nación a la que el Dios verdadero, único, sabio, eterno e infinito se le haya manifestado como se le manifestó a la nación de Israel. Ninguna nación conoció a Dios de esa manera. Pero conocer a Dios y luego no obedecer al Dios que conozco es peor que ser un pagano y no conocer.
De manera que lo que Esteban le había estado diciendo a este pueblo es justamente: "Ustedes son unos hipócritas, ustedes son unos rebeldes, ustedes son unos incrédulos." Lo más extraordinario de todo eso es que, después de esa larga lista de la cual yo mencioné algunos pocos, Dios seguía siendo fiel a su pueblo. El Dios sanguinario del que habla la gente, del cual nos acusan a nosotros, seguía siendo fiel a su pueblo en medio de su pecado.
Entonces lo que Esteban hace es que, al terminar de revisar esa historia, concluye, y eso está en los versículos del 51 al 53: "Vosotros que sois duros de cerviz, incircuncisos de corazón y de oídos, resistís siempre al Espíritu Santo; como hicieron vuestros padres, así también hacéis vosotros. ¿A cuál de los profetas no persiguieron vuestros padres? Ellos mataron a los que antes habían anunciado la venida del Justo, del cual ahora vosotros os habéis hecho traidores y asesinos. Vosotros que recibisteis la ley por disposición de ángeles y sin embargo no la guardasteis."
Aquí hay cinco acusaciones de parte de Esteban. Imagínate que tú eres Esteban: ahí está el Sanedrín, setenta personas más el sumo sacerdote, y tú les dices, después de revisar esa historia: "Entonces les hago su problema. Es que sois duros de cerviz." Esta es una expresión que Dios usó para ellos en el desierto, cuando el pueblo edificó un becerro de oro, y Dios dice que ese pueblo es duro de cerviz —Éxodo 32:9; 33:5—. Es una expresión que habla de un animal de carga —un caballo, un camello, un mulo— que es lo suficientemente terco para no llevar el yugo de su amo.
Uno de los diccionarios consultados dice que la terquedad es como ser duro de cerviz: alguien que no cede su posición de una manera perversa o de una manera irracional. No tiene razón, pero no cede. O no cede porque perversamente está planificando malas cosas. Esa es la acusación de duro de cerviz.
Es más, no solamente duros de cerviz, sino también incircuncisos de corazón y de oídos. Para el pueblo judío la circuncisión era prácticamente sinónimo de salvación. "¿Tú eres judío? ¿Tú eres circuncidado? ¿Tú vas para el cielo?" ¿Es así o no? Ustedes pueden tener esa circuncisión en la carne, pero esa no es la que te lleva al cielo. El corazón de ustedes es incircunciso.
En este tiempo había dos grupos de personas, no había más, desde este punto de vista: los circuncidados y los incircuncisos. En la mente judía, los circuncidados eran judíos o gentiles convertidos al judaísmo; esos irían al cielo. Los incircuncisos eran paganos. Esteban les dice: "A pesar de tu circuncisión en la carne, tu estilo de vida es como el del pagano. No hay diferencia entre tú y un pagano."
Y Pablo, en Romanos 2 —les recomiendo que lean Romanos 2 esta tarde, mañana, esta noche, porque tiene el contexto de lo que estaba pasando en el judaísmo de sus días—, en el versículo 25 dice: "Pues ciertamente la circuncisión es de valor si tú practicas la ley. Pero si eres transgresor de la ley, tu circuncisión se ha vuelto incircuncisión." ¿Quién ha practicado la ley a cabalidad sino Cristo? De manera que, en ese sentido, la circuncisión no les sirvió a nadie para salvación.
Y para continuar ahí, en Romanos 2:28-29 dice: "Porque no es judío el que lo es exteriormente, ni la circuncisión es la externa en la carne." La circuncisión era un símbolo que apuntaba a una realidad mayor. Pablo dice: "No es la externa en la carne, sino que es judío el que lo es interiormente, y la circuncisión es la del corazón, por el Espíritu y no por la letra." No es por la letra del mandamiento que tú eres salvo; es por el Espíritu que ha circuncidado tu corazón. Y cuando se va a la ley y a la circuncisión, básicamente les llamó paganos.
Siempre ha habido, lamentablemente, una falta de santidad en el pueblo de Dios, que yo no sé si a ti te carga, pero a mí me ha cargado por años. Nosotros no tenemos circuncisión, pero cada uno de nosotros pudiera tener algunas cosas que nos hacen sentir como a ellos les hacía sentir la circuncisión. Para algunos es: "No, yo no falto a mi devocional." Sí, eso es importante, pero ¿qué hago con un devocional diario si no tengo un corazón devoto a Dios?
Sinclair Ferguson publicó recientemente —ya hace unos meses— un libro que se llama *Devoted to God*. Es un libro de santificación. En esencia, lo que le está diciendo a la santificación es: devoción a Dios. Y él dice en sus primeras páginas que la devoción implica un apartarse. Tiene que ver con un corazón que ha dejado todo a un lado, un corazón devoto a Dios. Justamente para no contaminar esa devoción: mi devocional no me salva, porque es la devoción interna a Dios como evidencia de mi nuevo nacimiento y de mi salvación lo que realmente vale.
Entonces mi devoción tiene que ver con tener pasión por Dios, tener pasión por su Palabra, querer conocer su voluntad. No es más que eso. Yo creo que todos nosotros quisiéramos conocer la voluntad de Dios. De hecho, si hubiera un ateo aquí, yo creo que la pediría. Un día quiero conocer su voluntad. Pero la pregunta es si yo quiero conocerla para hacerla. "A ustedes, pastor, ya soy otra cosa." No, yo sé que es otra cosa. Por eso muchas veces yo no la conozco, porque Dios no me la va a revelar para que yo la desobedezca; voy a estar peor incluso.
Devoción tiene que ver con el abandonar todo lo demás, dice Sinclair Ferguson. Yo creo que un corazón santo es un corazón devoto a Dios y un corazón que ha abandonado todos sus ídolos. Y los ídolos comienzan con frecuencia en la casa, con los hijos, y de ahí se siguen extendiendo: lo que tengo, mis finanzas, mis datos, mi posición, mi preparación, mi nombre, mi título, el sentido de importancia que tenemos.
De eso es que Esteban les habla cuando les dice: "Son incircuncisos de corazón" y añade: "Resistís siempre al Espíritu Santo." El Señor enseñó que el Espíritu nos fue dado para convencer al mundo de justicia, de pecado y de juicio. Pero la obra del Espíritu no comenzó en el Nuevo Testamento. Se nos dio de una manera en el Nuevo Testamento que antes no se había dado, aunque no está completamente clara cuál es la diferenciación entre cómo operó antes y cómo opera ahora; tenemos ideas, no es que no las tengamos, pero no está completamente claro.
Quizás esto nos ayude a pensar en esta ocasión, cuando Dios dice a través del profeta Isaías 63: "Mas ellos se rebelaron y contristaron su Santo Espíritu." Ahí está el Espíritu Santo obrando en el Antiguo Testamento. Dice que el pueblo de los antepasados del Sanedrín con el que Esteban estaba hablando se rebeló y contristó su Santo Espíritu. Y el Espíritu —ahora escucha lo que sigue— "por lo cual él se volvió su enemigo y peleó contra ellos."
Si Satanás me dice: "Soy tu enemigo" —que lo es— y viene y se me aparece y me habla y me amenaza, probablemente yo me amedrente. Pero sabes qué, yo tengo a alguien al que acudir. No tengo que salir corriendo solo, sino correr hacia el que le derrotó cuando dejó la tumba vacía, y puedo decirle: "Ven ahora, ven, ven, estoy con mi Papá, ven ahora." Pero si Dios dice: "Estoy contra ti", ¿a dónde vas a correr?
Esto era en el Antiguo Testamento, pero en el Nuevo Testamento Dios dice: "Yo me opongo al orgulloso." Es lo mismo: yo me opongo, me meto en el medio, en su camino, no lo dejo avanzar. Dios se convirtió en su enemigo y peleó contra ellos. Y el orgulloso es el que confía en sí mismo; ellos confiaban en la ley, nosotros confiamos en nuestro entendimiento, en nuestra experiencia.
El Espíritu de Dios se nos dio —y hablaba esta semana con varios de distintas cosas acerca de esto— para morar en el interior de nosotros y entrenarnos desde el interior. Hasta el punto en que Dios dice que Él pone el querer y el hacer. Imagínate que yo quisiera jugar béisbol de nuevo y quisiera contratar un coach, un entrenador, y hubiera alguien que me dijera: "Mira, te voy a entrenar, pero yo tengo la habilidad de meterme dentro de ti y voy a tirar bolas contigo desde adentro." No puede haber mejor entrenador que ese. Michael Jordan no me ganaría después de eso. Lo increíble es que el Entrenador que yo tengo adentro es el Espíritu de Dios.
Y encima de tener el poder de Dios, yo le decía a esa gente esta semana: yo no conozco nada más fácil que la vida cristiana. ¿Y por qué? Porque Dios pone en ti el querer y el hacer. Dime en qué nación del mundo, en qué compañía, hay alguien que te pide hacer algo y a la vez te dice: "Mira, yo tengo esta habilidad de poner en ti tanto el querer como el hacer." Búscame una compañía, búscame un jefe, búscame un presidente, un vicepresidente, excepto el Presidente del universo.
Dios nos guía. Si tú eres hijo de Dios, Dios te guía todo el tiempo. Pero después de guiarnos, nosotros decidimos ir en la dirección de nuestra intuición, en la dirección de nuestros deseos, en la dirección de nuestras metas, en la dirección de lo que yo persigo, o aún peor, en la dirección de mi corazón rebelde. Romanos 8 dice que una de las evidencias de que eres cristiano es que el Espíritu Santo te guía. Y yo sé que yo sé que yo sé que eso es así, porque esta es su función: guiarme, poniendo en mí el querer y el hacer.
Entonces estaba la discusión, resiste todo el tiempo, siempre resisten al Espíritu Santo, desde años inmemoriales, allá atrás. Y como si esta acusación fuera poca, por eso ustedes son traidores y asesinos. A veces cuando yo he dicho algunas cosas en televisión, en programas, recientemente acerca de este falso profeta que nos visitó, y la gente ha dicho que es muy duro, yo nunca he dicho cosa ni cerca de eso. De hecho, yo nunca he dicho cosa ni cerca de la que Jesús se atrevió a decir, justamente porque no soy él, pero él fue mucho más duro de lo que cualquiera de nosotros pudiera ser cuando tiene que ver con falsas enseñanzas.
Y les dice: ustedes son traidores y asesinos. ¿Por qué? Porque ustedes son peores que sus antepasados. Sus antepasados mataron a los profetas, ¿verdad? Pero ellos simplemente anunciaban al Justo, al Cristo, al Mesías. Pero ese Justo, ese Mesías vino, hizo obras, hizo milagros, predicó, enseñó. No encontraron falta con él, se lo llevaron a Pilato, se lo llevaron a Herodes, no pudieron encontrar falta con él, tuvieron que buscar testigos falsos para crucificarlo. Ustedes son peores: traidores, asesinos.
Versículo 52. Ahora esto es increíble. Oye lo que estaba haciendo: "Dime, ¿a cuál de los profetas no persiguieron vuestros padres?" Es como que estaba diciendo: dime uno, uno, uno solo, porque no dice la mayoría, dice: "Dime, ¿a cuál de los profetas vuestros padres no persiguieron?" Ellos mataron a los que antes habían anunciado la venida del Justo, del cual ahora vosotros habéis sido traidores y asesinos. Esa es la idea: ellos mataron a los anunciadores y ustedes mataron al anunciado.
La NTV dice, del versículo 52: "Menciona un profeta a quien sus antepasados no hayan perseguido. Hasta mataron a los que predijeron la venida del Justo, el Mesías, y ahora ustedes lo han traicionado y asesinado."
Si tú revisas la historia y te vas atrás al libro del Génesis, José, el hijo preferido, dejó todo pero Dios tenía un plan con José. Sus hermanos lo vendieron para que se fuera a Egipto, y quizás lo mataban; lo vendieron como esclavo, lo persiguieron. Si vas al Éxodo, el pueblo rechazó a Moisés, se quería regresar a Egipto, e incluso en un momento dado querían elegir a otro líder. En el tiempo de Saúl, el pueblo fue a Samuel el profeta y le dijo: "Mira, esto de tener un rey allá arriba gobernando, eso no nos resulta. Danos un rey aquí abajo; nosotros queremos ser como las demás naciones." Rechazaron a Dios, Samuel se entristeció y Dios le habló a Samuel y le dijo: "No te entristezcas, que no es a ti que te están rechazando, sino a mí."
De manera que rechazaron a José, rechazaron a Moisés, rechazaron a Dios. En tiempo de Isaías, lo agarraron y lo aserraron en dos con un tronco hueco; la tradición dice que lo hicieron con un tronco hueco y que ellos fueron y cortaron. En tiempo de Cristo lo clavaron, y ahora van por el mismo camino con Esteban.
Ahora, Esteban es verdad que está siendo muy duro, pero también está imitando a Cristo. Cuando Cristo viene, escucha lo que Cristo dice acerca de esta misma cosa de la que Esteban está hablando, entre otras cosas. Mateo 23, a partir del versículo 29: "¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Porque edificáis los sepulcros de los profetas que ellos mataron, y adornáis los monumentos de los justos, y decís: si nosotros hubiéramos vivido en los días de nuestros padres, no hubiéramos sido sus cómplices en derramar la sangre de los profetas."
"Así que dais testimonio en contra de vosotros mismos de que sois hijos de los que asesinaron a los profetas. ¡Llenad, pues, la medida de la culpa de vuestros padres! ¡Serpientes, camada de víboras! ¿Cómo escaparéis del juicio del infierno?" Yo nunca hablaría de una cosa similar. No me atrevo.
"Por tanto, mirad, yo envío profetas, sabios y escribas; de ellos, a unos los mataréis y crucificaréis, y a otros los azotaréis en vuestras sinagogas y los perseguiréis de ciudad en ciudad, para que recaiga sobre vosotros la culpa de toda la sangre justa derramada sobre la tierra, desde la sangre del justo Abel hasta la sangre de Zacarías, hijo de Berequías, a quien asesinasteis entre el templo y el altar."
Esta gente fue tan bárbara que a Zacarías lo persiguieron hasta entrar al terreno del templo. Recuerden que el templo tenía el lugar santo y el lugar santísimo, pero afuera había un altar de bronce; entre el altar de bronce y el templo, ahí lo asesinaron. Y Jesucristo dice: "La culpa de toda la sangre justa derramada, desde Abel en el Génesis hasta Zacarías, estará sobre ustedes."
En otras palabras, Dios simplemente está siendo paciente, deteniendo su justicia, esperando por el arrepentimiento del hombre. Ahora, tú sabes, ¿por qué yo dije gracias a Dios que Él tolera la maldad? La manera como la maldad persigue a la maldad en unos y persigue a la maldad en otros es justamente a través de falsos testimonios, como estaban haciendo con Esteban.
Y finalmente, Esteban les dice: ustedes no guardan la ley. Revisada y concluida la historia, concluida la acusación, escucha ahora en el versículo 54 la reacción del Sanedrín. "Al oír esto, ellos se sintieron profundamente ofendidos y crujieron los dientes contra él." Es la expresión externa de la condición interna. Es la revelación en el rostro de lo que hay en el corazón.
Ese mensaje de Esteban debió haber traído arrepentimiento, pero no lo hizo. Lo que hizo fue que endureció el corazón. Es verdad que el mensaje era fuerte, sí, pero es que el calor derrite la cera y el mismo calor que derrite la cera endurece el ladrillo. De manera que el mismo mensaje que a uno le trae arrepentimiento y convicción, ese mismo mensaje le endurece el corazón a otros. Por eso el autor de Hebreos nos dice: "Si hoy oís su voz, no endurezcáis vuestros corazones." Si oís su voz, tú sabes que es su voz, y el corazón es tuyo: no lo endurezcas.
Algunos de nosotros hemos tenido o tenemos corazones de ladrillo, de barro, expuestos al mensaje, que se han endurecido. Y otros, de cera, expuestos al calor, se han derretido. Si hoy oís su voz, no endurezcáis vuestros corazones. Eso es lo que debió ocurrir, pero no: ellos crujían los dientes.
Ahora nota el contraste, cómo Dios lo introduce con la palabra "pero". Recuerden que los "peros" son importantes. Versículo 55: "Pero Esteban…" En otras palabras, de un lado está la actitud de odio, de ira, de furia contra Esteban; pero Esteban. Ya tú sabes que lo que viene no es igual a lo anterior: es un contraste.
"Lleno del Espíritu Santo, fijó los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios y a Jesús de pie a la diestra de Dios, y dijo: He aquí, veo los cielos abiertos y al Hijo del Hombre de pie a la diestra de Dios." Esteban habló como habló porque estaba lleno del Espíritu. Dios, en un momento de gracia, abrió los cielos. Evidentemente esto estaba pasando dentro de la sinagoga, porque no lo estaban apedreando todavía, sino interrogando; eso fue dentro de la sinagoga. De alguna forma sobrenatural, Dios permitió que cuando él subió los ojos hacia arriba, su mirada pudiera penetrar el techo y los cielos, y pudiera ver cosas que de otra manera jamás hubiese podido ver.
Y para sorpresa suya, él vio dos cosas: vio la gloria de Dios y vio a Jesús de pie a la diestra del Padre. En el contexto bíblico, la gloria de Dios implicaba lo que emana de Dios mismo, de manera que lo que él vio no se nos describe, pero algo extraordinario él vio. Y al lado de esa gloria, la persona a quien ellos habían crucificado hace tres o cuatro años, aunque algunos piensan que quizás fue hace unos siete u ocho años.
Pero él no ve a Jesús sentado a la diestra del Padre, como se nos dice normalmente que Jesús está sentado a la diestra del Padre. Todo esto es simbolismo para comunicarnos una idea, porque obviamente no hay una silla al lado de Dios, a mano derecha, donde Jesús está sentado. La diestra de Dios es la posición de autoridad, y en un momento dado Cristo es representado como sentado en el trono a la diestra, porque todo juicio le fue dado a Él. Ese es el simbolismo de Cristo como juez: todos compareceremos ante el tribunal de Cristo; esa sería su posición.
Cuando tú entras a un juzgado, hay dos entes que están de pie mientras el resto está sentado: el fiscal y el abogado defensor. De manera que, si tú quieres, en este caso el fiscal es el Sanedrín, que trae la acusación, y de repente Esteban ve que hay otro de pie. O sea, el Juez se ha parado. El que podía tener su sentencia está de pie, y no es el juez acusador, no es el fiscal; el surcado es esta gente. ¿Quién puede ser su abogado defensor? Él está a la diestra del Padre, listo para recibirlo, listo para defenderlo. "Yo no me he avergonzado delante de los hombres, Él no se avergonzará de mí delante de mi Padre." ¡Gloria a Dios! Mi abogado defensor está ahí para defender mi causa.
Esa es la idea detrás de este pasaje; no puede ser la imaginería, no puede ser mejor. Por eso dice Romanos 8: "No hay condenación para aquellos que están en Cristo Jesús." ¿Cómo puede haber condenación si el Juez es mi abogado defensor? ¿Quién me va a condenar?
"Entonces ellos gritaron a gran voz y tapándose los oídos, arremetieron a una contra él, y echándolo fuera de la ciudad comenzaron a apedrearlo." Su ira se manifestó de cuatro maneras. Gritaron a gran voz; no se nos dice lo que dijeron, pero quizás ni se podrían reproducir las palabras. Me imagino que lo maldijeron; quizás subieron mucho el volumen para ahogar lo que él les estaba diciendo y no oírlo.
Y como eso parece que no fue suficiente, se taparon los oídos. En otras palabras: "No queremos oír una palabra más de parte de Dios." Ellos no lo dijeron así, pero ustedes van a hablar de parte de Dios, y lo que Dios está diciendo ahora no lo quiero oír. Y si eso fuera poco, arremetieron contra Esteban, probablemente lo golpearon como golpearon al Cristo en sus cusis, y luego lo echaron fuera, como echaron al Cristo. La famosa escena de Cristo cargando la cruz es para fuera de la ciudad, porque el pecador en su contexto no podía dejarse en la ciudad, ya que contaminaba la ciudad.
Y mientras todo esto está pasando, los testigos se pusieron sus mantos a los pies de un joven llamado Saulo. Eso está ahí como dejado caer. Entonces, ¿quién es Saulo? ¿Quién luego se convirtió en Pablo? ¿A quien Dios encontró persiguiendo cristianos camino a Damasco? De manera que había testigos, y decidieron tomar sus mantos y fueron a donde Saulo y se los pusieron a los pies. Saulo participó de esto. Yo no creo que él se haya olvidado nunca más de lo que pasó en ese día.
Y mientras apedreaban a Esteban, él invocaba al Señor y decía: "Señor Jesús, recibe mi espíritu." Y cayendo de rodillas clamó en alta voz: "Señor, no les tomes en cuenta este pecado." Habiendo dicho esto, durmió. La primera piedra realmente causó quizás una laceración de la piel; quizás le dio en el pecho, quizás le dio en el abdomen o en la pierna. Pero luego cayeron sobre la cabeza. Y mientras él perdía su último aliento, usó ese último aliento de vida para perdonar a esa gente.
Lo único que hizo fue lo que Cristo hizo. En la cruz, Cristo dice: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu", y Esteban dice: "Señor Jesús, recibe mi espíritu." En la cruz, Cristo dice: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen", y en el apedreamiento Esteban dice: "Señor, no les tomes en cuenta este pecado."
El cristiano con la imagen de Cristo bien formada es un hombre perdonado que ha aprendido a perdonar. En nuestro nombre, sin pecado, él es simplemente un pecador perdonado que ha aprendido a perdonar pecadores. Un hombre con la imagen de Cristo bien formada es un hombre que con frecuencia ha aprendido a no juzgar. Es un hombre juzgado que con frecuencia no juzga. Es un hombre condenado que ha aprendido a no condenar.
Un cristiano con la imagen de Cristo bien formada es un hombre que ha aprendido —escucha— que los pecados visibles de los demás frecuentemente son menores que los pecados invisibles del resto. Que los pecados visibles de algunos muchas veces son menores que los pecados escondidos de otros. Y un hombre con la imagen bien formada de Cristo es un hombre que ha aprendido que las reglas del reino de los cielos son las reglas de la reconciliación, y no las reglas de tener la razón. Son las reglas de la reconciliación, y no las de tener la razón. Cristo colgó de una cruz teniendo la razón, y perdonó a aquellos que no tenían razón para hacer lo que hicieron. Es más, ni siquiera tenían razón para pensar lo que estaban pensando. Y Él se entregó, pues Esteban sabía quién le defendía durante el juicio, porque el Señor estaba parado de pie a la diestra del Padre.
La anotación final dice que Saulo —ya en el capítulo ocho, versículo uno— estaba de completo acuerdo con ellos en su muerte. Pablo no olvidó este momento. Pablo dio su voto, Pablo dio su aprobación para que la iglesia perdiera a su primer mártir, apedreando a un hombre que simplemente recitó la historia tratando de producir arrepentimiento en ellos, y ellos se endurecieron.
Yo no sé cómo Dios te ha hablado, pero piensa por un momento si hay personas en tu memoria —y sé honesto— que te ofendieron, que te hirieron, quizás con razón, quizás sin razón, y que tú no has podido perdonar hasta ahora. Porque este texto termina invitándome a tener una actitud frente a mi agresor totalmente distinta a la que nosotros usualmente tenemos. Piensa ahora, al cerrar, si quizás estoy escondiendo pecado en lo que estoy involucrado aún, más grande de lo que otros han cometido, con la diferencia de que los de ellos se han visto y los míos no. Quizás yo uso mucho la ley cuando mido al otro, pero la escondo y digo que la ley pasó cuando me voy a medir a mí mismo. O quizás le doy importancia a venir a la iglesia, pero vengo con mi corazón lleno de ídolos. O quizás es una combinación de esas cosas.
"Si hoy oís su voz, no endurezcáis vuestros corazones." Una última vez: si hoy oís su voz, no endurezcáis vuestros corazones.
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