La prudencia es una de las virtudes más importantes que encontramos en la Escritura, y sin embargo la hemos relegado al vocabulario de nuestras abuelas. No se trata de un concepto anticuado, sino de la habilidad práctica que convierte la sabiduría en acción efectiva. El libro de Proverbios la presenta como compañera inseparable de la sabiduría, ese puente necesario entre lo que decimos creer y lo que realmente vivimos. La historia del doctor Ignaz Semmelweis ilustra esta realidad: a mediados del siglo XIX, sin conocer la existencia de los gérmenes, este médico austriaco observó que las mujeres morían en las maternidades atendidas por estudiantes que venían de disecar cadáveres. Su propuesta de lavarse las manos fue rechazada, él fue declarado loco y murió golpeado en un manicomio. Años después, Louis Pasteur le dio la razón. Semmelweis actuó con prudencia: observó lo que tenía delante y respondió según el conocimiento disponible.
El simple todo lo cree, pero el prudente mira bien sus pasos. La simpleza no es una virtud sino una carencia: es la vida superficial que acepta todo sin examinarlo. La prudencia, en cambio, es la sensibilidad para saber cuándo aplicar lo que se conoce. No es algo que Dios entrega milagrosamente; se aprende con el tiempo y la práctica. Quien camina prudentemente puede prever el mal y esconderse antes de que lo alcance, mientras que el simple sigue adelante y paga las consecuencias.
La prudencia también nos protege de hacerle daño a otros. En las muchas palabras la transgresión es inevitable, dice Proverbios, por eso el prudente refrena sus labios. No se trata de no tener opinión, sino de reservarla para el momento adecuado. El lento para la ira tiene gran prudencia; el que estalla al instante revela su necedad. Un monje del siglo IV llamado Pablo bajó del monte a aprender las Escrituras, pero cuando el obispo leyó apenas dos versículos, Pablo lo detuvo: volvería cuando hubiera aplicado eso en su vida. La prudencia es exactamente eso: examinar nuestros caminos a la luz de las verdades que hemos recibido.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Vamos, hermanos, para mi vida en su totalidad. La prudencia: una virtud olvidada, pero al mismo tiempo tan, tan necesaria. Yo creo que este es uno de los términos que nosotros como cristianos deberíamos volver a traer a nuestra mente y refrescarlo de tiempo en tiempo, ya que es uno de los términos más importantes que nosotros encontramos en la Escritura, pero que nosotros, debido a diferentes factores, hemos ido olvidando.
Permítanme presentarles la idea a través de una historia. Yo creo que esta historia será significativa para poder marcar el rumbo de aquello que yo quiero compartir con ustedes en esta mañana. Hacia mediados del siglo XIX, los hospitales europeos se veían enfrentados a un terrible drama que era sumamente doloroso. Debido al avance de la ciencia, una de las mayores preocupaciones era atender a las mujeres parturientas, a las mujeres que estaban por dar a luz. Y para eso se crearon lo que ahora nosotros conocemos como las maternidades.
Las maternidades eran básicamente lugares en donde mujeres de escasos recursos podían ir para poder dar a luz de una manera más segura. Las personas de clase media y de clase alta podían dar a luz en sus casas, pero debido a las condiciones de vida se prefería crear estas maternidades. Sin embargo, algo significativo y también paradójico sucedió. En lugar de reducirse la tasa de mortalidad materna, la tasa de mortalidad materna se aumentó en determinadas maternidades.
Los números eran realmente tenebrosos: entre el 10 y el 35% de las madres saludables que llegaban a dar a luz en determinadas maternidades morían, sin causas conocidas hasta ese momento. Se trataron de lucubrar diferentes teorías al respecto. Una de las teorías tenía que ver con que las mujeres votaban ciertos vapores que se echaban en el aire, que se conocían con el nombre de miasmas. Estos miasmas se transmitían por el aire de una mujer a otra y por eso es que ellas fallecían. La verdad es que la ciencia no estaba tan desarrollada en ese momento como para descubrir la causa exacta de lo que allí estaba sucediendo.
Sin embargo, un doctor austriaco de nombre Ignaz Semmelweis, que trabajaba en el hospital maternal de Viena, estaba sorprendido con lo que estaba sucediendo. En Viena estaba pasando algo más terrible todavía. Las mujeres de clases bajas se estaban enterando de que muchas morían en la maternidad y, por lo tanto, ellas rechazaban llegar a la maternidad. Muchas de ellas demoraban tanto el momento del parto que estaban dando a luz en las calles. ¿Por qué? Porque no dejaban que las llevaran a la maternidad, porque pensaban que se iban a morir.
Sin embargo, Semmelweis hizo algo que es sumamente interesante. Él no tenía en sus manos las herramientas científicas que nosotros tenemos ahora, pero actuó con cierto sentido común. Él empezó a investigar y a analizar las razones por las que las mujeres estaban muriendo, y llegó a la conclusión de que las mujeres que preferían dar a luz en la calle tenían una tasa de mortalidad menor que la tasa de mortalidad en la maternidad. Mientras analizaba estas cosas, él empezó a ver cómo se desarrollaba el proceso de parto.
Lo cierto es que esa maternidad había sido colocada en un edificio donde estudiantes de medicina eran educados. En el sótano de la maternidad había una morgue, de tal manera que los estudiantes podían disecar cadáveres mientras estudiaban y luego subían varios pisos y participaban de los partos. O sea, esa era la labor común de todos los días: ellos estaban trabajando con los cadáveres y luego subían y participaban en los partos.
Uno de esos días, Semmelweis se da cuenta de que uno de sus amigos, que era profesor de medicina de estos estudiantes, mientras trabajaba en un cuerpo, fue cortado accidentalmente por un estudiante con un escalpelo. Lo que pasó fue que a las pocas semanas este hombre murió, y murió de la misma manera en que morían las madres después del parto. Entonces, él empezó a relacionar los dos acontecimientos y llegó a la conclusión de que tenía que haber un proceso mediante el cual se separara lo que los estudiantes hacían en la morgue de lo que hacían en el parto. Su idea monumental fue que debían lavarse las manos.
Esa fue la idea monumental que él tuvo. Él no sabía exactamente las razones; él simplemente quería separar un proceso de otro. En el año 1858, cuando tenía 40 años, él escribe un libro con sus conclusiones. Él solo detalla los procesos, pero no sabe exactamente qué estaba pasando ni por qué sucedía. Lamentablemente, el libro no cayó bien en la comunidad médica; fue absolutamente rechazado, porque no podían entender cómo se culpaba de la muerte a los médicos cuando los médicos eran los encargados de salvar las vidas. Además, los médicos eran considerados caballeros, y no se les podía decir que fueran a lavarse las manos, por favor.
Esto fue tan lejos que en pocos años Semmelweis fue expulsado del hospital donde él trabajaba. Y no solamente fue expulsado, sino que ante sus reclamos —que él consideraba un proceso válido, demostrado a través de la reducción de la tasa de mortalidad materna en la maternidad donde él trabajaba— llegó a ser considerado incluso como un lunático enajenado. Cuando tenía 47 años, su esposa hizo que lo pusieran en un manicomio. Lamentablemente, Semmelweis murió a los 14 días de haber sido internado, producto de los golpes que recibió en el nosocomio.
Solo unos pocos años después, Luis Pasteur descubrió el secreto de los gérmenes y revitalizó las ideas de Semmelweis, quien fue reivindicado en la profesión médica. Porque realmente, aunque él no tuvo el conocimiento del proceso completo, el sentido común que usó para determinar cómo evitar el mal lo llevó a poder hacer algo que en su tiempo era imposible de determinar. ¿Qué es lo que él usó? ¿Qué es lo que él hizo? Básicamente, lo que él hizo fue actuar con prudencia.
Actuar con prudencia le ayudó a observar lo que tenía delante y a responder de tal manera que iba a perseguir lo que era bueno y a rechazar lo que era malo. Él analizó, desde el punto de vista del conocimiento que tenía, qué era lo que podía emprender y qué era lo que no podía emprender. Ahora bien, este sentido de prudencia es de lo que nosotros queremos hablar en esta mañana.
Nosotros hemos descubierto, quizás con mucho pesar, que muchas de las personas que vienen a nuestra consejería, que vienen en busca de respuestas a los dilemas de su vida, en un gran porcentaje están allí simplemente porque están actuando imprudentemente. No están actuando con sabiduría y no están organizando sus vidas de tal manera que los principios que dicen creer los estén aplicando en su existencia de una manera cuidadosa y dinámica, de tal forma que puedan distinguir lo que es bueno de lo que es malo y caminar hacia lo bueno.
La prudencia en la Escritura es un elemento profundamente importante, de tal forma que el libro de Proverbios está lleno de enseñanzas acerca de la vida y el andar prudentemente. Tanto así que en el capítulo 8 se dice que la prudencia es la compañera de la sabiduría. Esta prudencia se muestra a lo largo, especialmente del libro de Proverbios, como un elemento esencial en la vida espiritual de todo creyente.
Pero permítanme primero definir la prudencia, porque yo creo que es un término que hemos olvidado, un término que hemos dejado para que lo use solamente la abuelita. "Mi abuelita, por favor, hijito, sé prudente." O sea, lo sentimos como un término anticuado. Sin embargo, es un término reclamado en la Escritura, tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento, que requiere de nuestra total atención.
Empecemos y vamos a verlo en sus raíces brevemente, muy rápidamente. Primero, mirémoslo desde el punto de vista del español, que es el idioma que nosotros manejamos. El diccionario de la Real Academia Española lo define como una de las virtudes que consiste en discernir y distinguir lo que es bueno o malo para seguirlo o para huir de ello. O sea, tiene que ver con la virtud que consiste en discernir o distinguir lo que es bueno o malo para seguirlo o huir de ello.
Y hay una primera característica que es importante reconocer. Cuando nosotros hablamos de la prudencia, hablamos de ella como una virtud activa. Es una virtud activa que corresponde al hecho de poder generar un puente entre aquello que yo digo creer, con base en mi conocimiento, y la aplicación en medio de la realidad que tengo delante. Es distinguir aquello que es bueno o malo, como lo distingo a través de la revelación de Dios. Yo no puedo ser prudente si soy ignorante; yo necesito una base de conocimiento. Pero muchas veces esa base de conocimiento no es suficiente, porque la sabiduría sin el puente de la prudencia no es efectiva.
Mucha gente nos dice: "Sí, yo sé." Pero, ¿por qué no lo hiciste? ¿Por qué eres imprudente? ¿Por qué no sabes generar el espacio para aplicar la verdad en tu propia vida? Y eso sucede muy a menudo. Por lo tanto, estamos hablando de la prudencia como una virtud práctica.
La palabra hebrea es una palabra interesante, porque habla más bien de una sutileza, de una agudeza, de un ingenio particular muy sensitivo. Tiene que ver con el hecho de que el sabio, con todo su conocimiento, tiene la sensibilidad para saber cuándo aplicar ese conocimiento. Y ustedes saben que un sabio es justamente la persona que sabe en qué momento aplicar el conocimiento. Todos están discutiendo un gran problema y el sabio dice: "Pero si tienen que hacer esto." Y entonces todos responden: "¡Claro! ¡Verdad, doctor, funciona!"
Entonces la palabra hebrea lo que hace es convertir la sabiduría en algo efectivo. La prudencia es convertir la sabiduría en efectividad, es generar el espacio de efectividad de la sabiduría. Y yo creo que eso es algo que todos nosotros necesitamos. Yo lo sé, yo lo conozco, pero no sé cómo aplicarlo. Y cuando lo tengo que aplicar, se me pasa la oportunidad porque no lo aplico cuando es debido, sino que cuando meto la pata, ahí me doy cuenta de lo que debí haber hecho. ¿A cuántos nos pasa eso? A muchos, ¿verdad? Esa es nuestra realidad.
De ahí entonces que la idea de prudencia sea fundamental, porque tiene que ver con la sabiduría puesta en práctica. Es lo que genera en nosotros la moderación para que yo pueda aplicar la sabiduría. Es generarme el espacio para que yo pueda pensar y pueda reflexionar en lo que yo debo hacer, y lo haga. No se trata, como algunos piensan —muchos de ustedes seguramente oran por ser prudentes—: "Señor, dame prudencia." Pero de acuerdo a la Escritura, la prudencia es una habilidad que yo tengo que aprender. No es algo que el Señor me va a entregar milagrosamente. Si yo voy a 250 kilómetros por hora por la carretera y se cruza el gatito, yo no puedo pedir prudencia en ese momento, porque yo ya soy imprudente en mi actuar.
Yo tengo que ejercitar mi corazón para poder encontrar en él la moderación que me permita vivir con prudencia. Por eso es que vemos que la prudencia en el libro de Proverbios habla siempre de que se aprende con la madurez del tiempo. Es una habilidad que el Señor entrega con el tiempo en la medida en que se practica, y por eso los pueblos orientales hablaban de los sabios como personas encanecidas por la edad, que han alcanzado prudencia producto del ejercicio de la sabiduría en sus propias vidas.
Entonces de eso se trata: que nosotros caminemos y aprendamos a vivir en prudencia. ¿Por qué? Vamos a abrir nuestras Biblias en el libro de Proverbios y vamos a revisar diversos pasajes. El libro de Proverbios no es un libro fácil de predicar. Yo estoy seguro de que ustedes no han escuchado muchas prédicas de Proverbios, porque son tantos pensamientos cortos que es difícil desarrollarlos. Pero debido a la importancia del tema, no podemos dejar de hacerlo. Tenemos que volver a hacer una iglesia prudente.
Voy a verla ahora en dos sentidos fundamentales, muy claros y muy directos, y voy a tratar de ser muy breve también. El primero tiene que ver con la prudencia como una herramienta para evitar hacernos daño a nosotros mismos. Y el segundo, la prudencia como una herramienta para no hacerle daño a los demás. ¿Qué les parece? La prudencia como herramienta para evitar hacernos daño a nosotros mismos, y la prudencia como herramienta para evitar hacerle daño a los demás.
En el capítulo 1, en el versículo 4, dentro de los ofrecimientos de los maestros de sabiduría a sus estudiantes que están aplicándose al conocimiento de los Proverbios como instrumento de sabiduría, una de las ofertas es: para dar a los simples prudencia. La prudencia entonces no es una virtud encarnada en nosotros; es algo que nosotros tenemos que recibir producto de nuestra simpleza. Y cuando nosotros hablamos de simpleza, tenemos que revertir el concepto cultural que tenemos en la actualidad con respecto a este término y volver al concepto escritural.
Para nosotros la idea de simpleza hoy en día tiene un criterio positivo: "Yo tengo una vida simple", ¿verdad? Lo entendemos de manera positiva. Pero en la Escritura la idea de simpleza no tiene que ver con algo positivo, sino con un concepto negativo. La simpleza es una vida carente, una vida que no tiene lo suficiente para ser vivida correctamente. Cuando la Escritura habla de una persona simple, en muchos casos se refiere a los jóvenes que todavía tienen que aprender muchas cosas en la vida, pero en general se refiere a todas las personas que no tienen más que un dedo de profundidad en toda su vida.
Es una vida que requiere profundidad. Y si nosotros lo queremos hablar desde nuestra vida cristiana, el Señor nos invita en Su Palabra —y lo hemos escuchado continuamente en el Nuevo Testamento de boca del apóstol Pablo— a que nuestra vida tiene que alcanzar la longitud, la anchura, las dimensiones de la persona de nuestro Señor Jesucristo. Por lo tanto, tenemos que vencer la simpleza, porque la simpleza es falta de preparación. La simpleza tiene que ver con la tosquedad de un material que todavía no ha sido pulido. Es algo simple, algo que tiene la posibilidad de convertirse en algo fino, pero que todavía no ha sido pulido, que está en ignorancia, que está desalineado, desorganizado, porque todavía no tiene la pulcritud en el pensar y en el actuar. Es alguien que tiene los conocimientos pero todavía no los ha ordenado en su corazón como para poder vivirlos de manera apropiada en su propia existencia. Es una persona superficial.
Por eso es que en el capítulo 8, en los versículos 4 y 5, se nos dice que el simple tiene que aprender prudencia. El simple tiene que aprender. Nosotros tenemos que aprender prudencia; la prudencia se aprende. ¿Y cómo es que se aprende la prudencia?
Vamos a ir al capítulo 14 y vamos a ver dos textos muy brevemente, simplemente para poder ir encontrando las enseñanzas del Señor con respecto a esta idea. Proverbios 14:15 dice: "El simple todo lo cree, pero el prudente mira bien sus pasos." Seguramente algunos de ustedes están leyendo la palabra "avisado", ¿verdad? ¿Cuántos están leyendo la palabra "avisado"? Eso significa que ustedes están leyendo la Reina Valera del 60. Nuestra recomendación siempre, hermanos, es que nosotros vayamos hacia las versiones más actualizadas. Como iglesia nosotros estamos usando la Biblia de las Américas, porque hay una gran diferencia entre la Reina Valera del 60, que tiene 52 años de existencia, y la Biblia de las Américas, que está mucho más actualizada en términos de revisión de las versiones originales. Nuestra recomendación es que podamos actualizarnos en nuestro uso de la Biblia. Yo sé que la Reina Valera del 60 viene en colores bonitos, formatos, cuero, cositas, pinturitas. Y la Biblia de las Américas no viene así, pero es importante que nosotros nos actualicemos en nuestras versiones, de tal modo que podamos revisar traducciones que están más al día con respecto al estudio de los idiomas originales.
Así que dice nuevamente Proverbios 14:15: "El simple todo lo cree, pero el prudente mira bien sus pasos." Hay un problema con la simpleza. El problema no es solamente ignorancia, sino que el simple tiene la porosidad de aceptar todo lo que está a su alrededor sin examinarlo y sin juzgarlo. Es aceptar todo sin pruebas ni examen. El simple todo lo cree; el simple no se ha tomado el tiempo para establecer cuáles son los principios que van a regir su propia vida. Y esa simpleza es la que la prudencia quiere tornar en sabiduría.
Ahora bien, no dice: "El simple todo lo cree, pero el prudente solo cree la Biblia." Así debería ser, ¿no, pastor? Porque si hubiera la comparación correcta, diría: "El simple todo lo cree, pero el prudente solo cree la Biblia." Pero no nos dice eso este pasaje. Dice: "El simple todo lo cree, pero el prudente mira bien sus pasos." ¿Cómo hago entonces la analogía? La analogía radica en que el prudente lo que hace es reconocer aquello que sabe y lo aplica a su propio caminar. Él entiende lo que sabe, no cuando lo repite, sino cuando lo vive. Eso me hace prudente. Yo mido con cuidado los pasos que estoy dando en relación a aquello que digo creer.
Por lo tanto, yo me voy volviendo prudente en la medida en que voy examinando todas las prédicas de los domingos, todas las clases en las que participo, todas las conferencias a las que asisto, todos los libros que leo, todos los videos de YouTube que examino, todos los blogs que leo, todos los tuits que recibo, todos los mensajes de Facebook que me llegan, y me pregunto: ¿Me sirvió esto para dar este paso y este paso? El simple todo lo cree; el prudente no es que crea otra cosa, sino que lo aplica en su vida.
Por eso es que en el capítulo 14, en el versículo 8, dice —miren ustedes qué excelentes palabras—: "La sabiduría del prudente está en entender su camino; mas la necedad de los necios es engaño." La sabiduría del prudente, ¿dónde está? En que entiende su camino. Nosotros tenemos que percibir, que comprender, que la prudencia es ese elemento que nos hace falta para que de una vez por todas podamos percibir que existe una relación directa entre lo que creo y aprendo con lo que yo estoy viviendo. La sabiduría del prudente radica en entender su propio camino.
¿Cuál es el gran problema de la iglesia? El gran problema de la iglesia es que tiene un gran abismo entre lo que cree y lo que practica. El gran drama de nuestras vidas como cristianos no es que sepamos poco, sino que lo poco o lo mucho que sabemos no tiene relación con cada paso que yo doy. La sabiduría del prudente está en entender su camino, porque la Palabra de Dios tiene esa intención: mostrarnos el camino en que debemos andar. La vida que glorifica al Señor no es solamente la vida que repite o transmite verdades espirituales con sus labios, sino la que expresa las verdades espirituales en cada pisada que da. Cada pisada que da suena: "¡Gloria a Dios, bendito sea el nombre del Señor, alabado sea el Señor Dios Todopoderoso!", porque en su caminar está expresando que las verdades de Dios están siendo aplicadas en su vida.
Esa es la idea de prudencia: generar el espacio para que yo pueda percibir el obrar de Dios en mi vida.
Vamos a abrir nuestras biblias en el capítulo 22 de Proverbios y vamos a poner nuestras manos también en el capítulo 27 de Proverbios. Vamos a estar en el 22:3 y en el 27:12, porque son dos pasajes que son casi idénticos. Simplemente son casi idénticos. 22:3 dice: "El prudente ve el mal y se esconde; los simples siguen adelante y son castigados." Y el 27:12 dice: "El hombre prudente ve el mal y se esconde; los simples siguen adelante y pagan las consecuencias."
Ustedes entienden. Tenemos el segundo principio para vivir en prudencia. El primero es que la verdad que digo creer tiene que encontrar el espacio para aplicarla. Tengo que mirar mis caminos, tengo que entender hacia dónde voy a la luz de la verdad que digo creer. Y lo segundo tiene que ver con que el prudente prevé el mal. El prudente prevé el mal.
¿Qué es esto de "prevé"? Cuando uno actúa en prudencia y está tratando de aplicar los principios escriturales en su propia vida, lo que hace es que nosotros estemos caminando con tal cuidado que podemos distinguir cuidadosamente, que podemos considerar, que podemos hacer visible el mal con anticipación. Si hay algo que los creyentes de la iglesia del siglo XXI necesitan es aprender a actuar con prudencia para poder prever el mal con anticipación. Porque nosotros somos campeones para tropezar en la misma piedra y luego saber que estuvo mal.
Yo conozco muchos creyentes con corazones genuinos que continuamente tropiezan y reconocen sinceramente: "Me equivoqué, no debí haberlo hecho." Pero es que eso no es ser prudente. Recibimos el perdón de Dios, sí, pero el Señor nos da herramientas de anticipación, en sabiduría, entendiendo mi camino, que me permiten prever el mal. El prudente ve el mal y se esconde.
Una característica de nuestra superficialidad, una característica de mi superficialidad, es justamente no ser capaz de prever el mal hasta que el mal afecta mi vida. Dice que los simples siguen adelante. Los simples siguen adelante, y acá hay dos variaciones de un mismo texto idéntico: o son castigados, o pagan las consecuencias. Pero nadie deja de sufrir el mal. O son castigados o pagan las consecuencias. De tal forma, hermanos, que la prudencia viene a ser justamente este elemento necesario en mi vida.
Esta habilidad que yo debo buscar en mi existencia, mediante la cual yo soy capaz de utilizar la verdad de Dios examinando mis caminos, para que yo sea capaz de anticipar el mal y pueda esconderme, como dice la Escritura. Para todos aquellos que están apuntando —que yo sé que son muchos; mejor no pregunto de nuevo—, para todos aquellos que están apuntando, escriban por favor esta definición de prudencia: "Prudencia es lo que el necio hace al final, pero el sabio lo hace al principio." Ahí está la distinción entre necio y sabio.
Porque muchas veces nosotros como cristianos actuamos en nuestra vida necia y simplemente por nuestra ignorancia, por nuestra incapacidad de analizar nuestros caminos. Pero el Señor, en Su misericordia, nos permite volvernos y nos permite aprender. Pero nos permite aprender a golpes cuando el Señor quiere que aprendamos en sabiduría también. La prudencia es lo que el necio hace al final, pero el sabio lo hace al principio. Entonces el Señor quiere, a través de la prudencia, que evitemos hacernos daño a nosotros mismos, pero que también aprendamos a no hacerle daño a los demás.
Proverbios capítulo 12, por favor, rápidamente. Capítulo 12, el verso 23. Proverbios 12:23. La Reina Valera 1960 traduce "prudencia" como "cordura", como "inteligencia", como "entendimiento", como "avisado". Pero todos esos términos tienen que ver con conceptos intelectuales. O sea, yo soy entendido, soy inteligente; tiene que ver con los conceptos intelectuales. Pero la prudencia no tiene que ver con los conceptos intelectuales, sino con la aplicación de los conceptos intelectuales. Por eso no basta solamente con decir "entendido" o "de acuerdo". Tiene que decir "prudente", porque el prudente no es solamente el que lo sabe, sino el que lo aplica. Esa es la diferencia.
Proverbios 12:23 dice: "El hombre prudente oculta su conocimiento, pero el corazón de los necios proclama su necedad." Vamos a ver qué hay ahí con ese pasaje. Y vamos al capítulo 17, marcando ahí con nuestras manos, con nuestra libreta de notas, con los lapiceros de colores que estamos usando. Vamos al capítulo 17, el verso 28. 17:28 dice: "Aun el necio, cuando calla, es tenido por sabio; cuando cierra los labios, por prudente."
Nosotros queremos hablar ahora de que la prudencia es una herramienta para evitarnos hacerle daño a los demás. Y aquí hay un principio fundamental en cuanto a la característica del prudente. Dice el hombre prudente, en el 12:23, que oculta su conocimiento. ¿Cómo es que un hombre prudente va a ocultar su conocimiento? ¿Pero si tiene conocimiento, que lo exprese, verdad? Pero en realidad ustedes tienen que entender que el hombre prudente tiene una característica que ha ido aprendiendo con el tiempo: que la sabiduría se aplica en el momento indicado. Es la sensibilidad para saber cuándo debe utilizarla.
Por eso es que la idea de ocultar el conocimiento no tiene que ver con no expresarlo, sino que tiene que ver con el hecho de reservarlo para darlo en el momento indicado. Nosotros estamos acostumbrados a hablar de todos los temas, de todos los tópicos y de todas las cosas, y a veces eso se convierte en un gran problema en nuestras vidas. Somos opinólogos de todas las cosas. Sin embargo, el hombre prudente es un hombre reservado. El hombre prudente oculta su conocimiento preparándose para entregarlo en el momento oportuno.
No solamente eso, sino que de una manera casi sarcástica el 17:28 dice: "Aun el necio, cuando calla, es tenido por sabio; y cuando cierra los labios, por prudente." Por lo tanto, hermanos, ser prudente es la posibilidad de entender que yo no tengo que andar parloteando siempre por ahí, sino que yo tengo que aprender a descubrir la sabiduría como la aplicación en el momento oportuno, en donde yo puedo manifestar aquello que tengo que decir. Porque aun el necio, cuando calla, es tenido por prudente, de tal forma que el silencio se convierte en una manifestación de la sabiduría. ¿Por qué hemos aprendido a través del libro de Santiago que nosotros debemos ser tardos para hablar? ¿Por qué?
Vamos al capítulo 10, el verso 19. Capítulo 10:19 dice: "En las muchas palabras la transgresión es inevitable, mas el que refrena sus labios es prudente." En las muchas palabras la transgresión no es posible, ¡no!, la transgresión es inevitable. ¿Qué significa inevitable? Que no se puede evitar. Yo, hermanos, nosotros somos latinoamericanos, caribeños, nos gusta hablar, nos gusta dar nuestra opinión, nos gusta hablar de todos los temas, la gente tiene que saber lo que pienso; soy un río de palabras. Pues vas a tenerle que poner un dique a tu río, porque de acuerdo a la Escritura, el hombre prudente, que sabe que en las muchas palabras la transgresión es inevitable, refrena sus labios. Porque aquí se está usando la misma palabra para frenar al caballo: yo tengo que frenar mis labios porque yo me desboco. No les suena bonita la palabra, me desboco, me voy de boca, y cuando me voy de boca la transgresión es inevitable.
Hermanos, ¿saben cuál es uno de los mayores problemas en porcentaje que nosotros como pastores enfrentamos en la iglesia? "Él me dijo, yo le dije, él fue, ahí me dijo, yo no sé por qué me dijo, él por qué se mete, ¿por qué estos opinan?, y el otro por qué habla, y este opinó lo que no debía..." En las muchas palabras la transgresión es inevitable. Pero el prudente... hermanos, ese es el sentido de la prudencia.
El capítulo 11, el verso 12 dice: "El que menosprecia a su prójimo carece de entendimiento, pero el hombre prudente guarda silencio." El Señor considera a una persona como carente de entendimiento cuando menosprecia a su prójimo, cuando le desprecia, cuando le desestima, cuando le tiene en poco, cuando le falta el respeto. No es que el prudente no tenga opinión, sino que se la reserva para sí mismo y busca entregar su opinión en el momento adecuado. Ser prudente, entonces, tiene que ver con guardar silencio para aplicar aquello que tenga que decir en concordancia con mi caminar, porque yo no ando examinando los pasos de los otros, sino que ando examinando mi propio camino.
Porque hermanos, para saber lo que tiene que hacer el otro, somos campeones, nadie nos gana. Yo sé exactamente lo que Ricardo tiene que hacer en su vida, estoy completamente claro en eso. Pero ¿qué pasa con respecto a mi vida? Allí es donde tienes que fijar tus ojos, y tienes que cuidarte de no menospreciar a tu prójimo, porque el que menosprecia al prójimo carece de entendimiento, pero el hombre prudente guarda silencio.
Yo, de adolescente, aprendí una frase que siempre ha llamado mucho mi atención. Un filósofo francés decía: "No es de caballeros referirse a los demás considerando solo sus bajezas." No es de caballeros referirse a los demás considerando solo sus bajezas. Y a veces, hermanos, nuestro vocabulario está lleno de menosprecio hacia nuestro prójimo.
Revísense: nosotros menospreciamos a nuestro prójimo muy continuamente, muy fácilmente, y la Biblia dice que una persona que menosprecia a su prójimo carece de entendimiento. En cambio, el prudente guarda silencio. Y no solamente guarda silencio en términos de lo que nosotros podemos hacerle a otra persona, sino que en el capítulo 12, en el versículo 16, dice: "El enojo del necio se conoce al instante, mas el prudente oculta la deshonra." El enojo del necio se conoce al instante, mas el prudente oculta la deshonra.
Un necio salta en cuanto le hacen la cosita, y le sale todo lo que tiene adentro. Ustedes saben que ese es una virtud contemporánea aceptada y reclamada, porque tú dices: "Yo soy transparente, a mí me aceptan como yo soy, y cuando grito sabes que te quiero; no soy un hipócrita, por eso grito y me enojo." Ese es un principio cultural contemporáneo que se opone a los principios de la Escritura. En la Escritura eso no dice eso; el enojo del necio se conoce al instante, mas el prudente oculta la deshonra. Oculta la deshonra, oculta la infamia en su propia contra; es capaz de tomar una papa caliente en su contra hasta enfriarla y poder reconocer qué es exactamente lo que ha pasado en su vida. Eso es lo que hace un prudente: el prudente oculta la deshonra.
¡Cuántas veces nos hacemos tanto daño porque tenemos el enojo del necio! Porque no tenemos algo que en la Escritura, en el capítulo 14, en el versículo 29, hay una ilustración que es muy pictórica y que lamentablemente no aparece en el español. Proverbios 14:29: "El lento para la ira tiene gran prudencia, pero el que es irascible enaltece la necedad." Tú quieres saber quién es un gran prudente: el lento para la ira. En cambio, el que es irascible enaltece la necedad. Y aquí es interesante que la palabra hebrea del lento para la ira literalmente sugiere que tiene la nariz larga, y el irascible es alguien que tiene la nariz corta.
¿Cómo se expresa esta realidad? Se expresa de manera muy sencilla: el lento para la ira es alguien que tiene la nariz larga, o sea, tiene que tomar una bocanada de aire. Calma, tómate tu tiempo. En cambio, el irascible, no. "¿Qué te pasa?" El lento para la ira, dice, tiene gran prudencia, pero el que es irascible enaltece la necedad.
Si nosotros queremos gran prudencia, tenemos que empezar a aplicar nuestra vida de tal manera que todo esto que estamos aprendiendo aquí, todo aquello que el Señor nos está entregando de una manera tan abundante, podamos meditarlo de tal forma que yo pueda, de una vez por todas, tomarlo y poder descubrir cuál es el impacto que eso que estoy aprendiendo tiene en cada uno de los pasos que yo doy, porque eso me va a ayudar a ser prudente. Me va a ayudar a que yo genere los espacios de moderación en mi vida para dejar de estar mirando a los demás y empezar a tener cuidado de mis propios caminos. Me va a ayudar a poder evitar hacerle daño a los demás con palabras sin valor. Me va a ayudar a refrenar mis palabras, a tener control sobre mí mismo.
Me va a ayudar también a que cuando yo sea herido —porque en el mundo vamos a ser heridos más de una vez, aun por los que más queremos— pueda, como hombre prudente, ocultar la deshonra, y que yo sea capaz de guardar silencio. Y pueda ser un hombre y una mujer reconocido porque mis palabras no son muchas, pero cuando las digo son importantes. Que yo no tengo que opinar sobre todos los aspectos de la vida, pero lo que opino es porque lo sé, es porque lo he vivido, y porque te lo digo con amor, porque representa aquello que tiene importancia para tu vida como la tiene en la mía.
En un tiempo en donde vivimos tal revolución de palabras, tal desenfreno personal, nosotros tenemos que volver a encontrar en la prudencia una herramienta para nuestras vidas. Pero recuerden: nosotros no vamos a orar por prudencia como si fuera un milagro en nuestra vida. El Señor ha determinado en su Palabra que la prudencia es una habilidad que yo tengo que conquistar en mi existencia cuando yo soy capaz de aplicar los principios de Dios en mi propia vida. De eso se trata.
Y uno de nuestros grandes dilemas, como ya lo mencioné como iglesia, es que nosotros no hemos llegado todavía a encontrar el espacio de moderación que permita que yo camine en mi vida y pueda actuar de acuerdo a lo que digo creer en cada espacio de mi existencia. Si hay algo que nos liberaría a los pastores de tanta atención, sería justamente eso: que aprendamos a caminar en prudencia. Si aprendemos a caminar en prudencia, nuestra vida en cada paso que dé va a darle gloria al Señor. Gloria al Señor. Gloria por su misericordia, gloria por su sabiduría, y gloria porque estamos viviendo vidas que son de acuerdo a aquello que Él ha enseñado.
Vidas que sean realmente sólidas, vidas que realmente expresen aquello que dicen creer, vidas en que haya un equilibrio entre las palabras que salen de la boca y las palabras que se expresan con los actos. Aprendamos a vivir en prudencia y dejemos la simpleza para empezar a caminar en prudencia de hombres y mujeres sabios que en todo lo que hacen glorifiquen al Señor en su existencia.
Hermanos, cuidemos nuestras vidas y en cada uno de estos detalles que vamos aprendiendo vayamos y fijémoslos en nuestro corazón, porque yo he contado esta historia antes, pero se las voy a contar de nuevo. En el siglo IV hubo un monje que se llamaba Pablo, igual que el famoso apóstol, pero que no era el Pablo de Tarso. Este monje era un hombre que realmente estaba buscando al Señor y, en medio del pecado en que se vivía en la iglesia imperial en ese tiempo, él decidió, como muchos otros hombres, irse a vivir a un lugar alejado para tratar de vivir su fe.
Un día él se da cuenta de que, como un hombre iletrado, él no podía vivir la fe, pues no conocía la Escritura. Por eso él baja del monte donde vive —donde se le reconocía como un hombre santo— y va a visitar al obispo de la ciudad que quedaba abajo de esa cumbre. El obispo lo recibe sorprendido y, conociendo su reputación, le dice: "Pablo, ¿qué haces aquí?" Y ese Pablo responde: "Bueno, yo he venido a aprender de ti." Y el obispo le dice: "¿Tú aprender de mí? Si yo soy el que tengo que aprender de ti." Y él dice: "Mi problema es que yo no conozco las Escrituras y he venido para que tú me enseñes."
Entonces en ese mismo momento se sientan, el obispo abre las Escrituras y empieza a leer un capítulo cualquiera de la Biblia. Él empieza a leer y cuando va por el segundo versículo, Pablo le dice: "Basta." Y el obispo le dice: "¿Qué pasa, Pablo? ¿Te ofendí? ¿Qué te he hecho? ¿Algo te ha dañado? ¿Algo ha cambiado? ¿Necesitas algo?" "No, basta. Me vuelvo al monte." "Pero, ¿cómo que te vuelves al monte?" "Sí, me vuelvo al monte, porque ahora voy a aplicar lo que me has enseñado, y cuando lo aprenda volveré para que me enseñes el resto."
¿Cuánto nosotros escuchamos diariamente? ¡Y cómo nos gusta escuchar! Pero ¿cuánto es lo que nos aplicamos? La prudencia tiene que ver con examinar nuestros caminos a la luz de las verdades que el Señor ha depositado en nuestro corazón. Aprendamos hoy a hacer como ese monje: tomemos lo que hemos recibido, bajemos al monte de nuestra vida cotidiana y apliquémoslo, para que cuando volvamos podamos recibir aún más de lo que el Señor tiene para nosotros.
José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor, y autor del libro Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024). Ha servido como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en la República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú, donde enseña en el Instituto Integridad & Sabiduría y colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y juntos son padres de su hija Adriana.