Integridad y Sabiduria
Sermones

El pueblo de Dios en tiempos de pandemia

Miguel Núñez 22 marzo, 2020

La pandemia actual presenta una oportunidad única para que el pueblo de Dios se examine con honestidad. Predicar solo consolación en medio de esta crisis sería desperdiciar un momento propicio para el arrepentimiento y la santificación. La iglesia protestante en las últimas décadas ha abrazado enseñanzas no bíblicas, ha exhibido falta de integridad financiera con el evangelio de la prosperidad, y ha visto salir a la luz inmoralidad entre sus líderes. Dios no ha pasado por alto ninguna de estas cosas. El pastor Núñez señala que mientras trece mil personas han muerto del coronavirus en noventa días, en el mismo período millón y medio de niños han muerto de hambre y catorce millones han sido abortados. La diferencia, quizás, es que el virus puede afectarnos a nosotros y a nuestros hijos, mientras las otras tragedias permanecen distantes.

El ejemplo de Josafat en 2 Crónicas 20 ilumina cómo debe responder el pueblo de Dios ante amenazas abrumadoras. Frente a un ejército invasor, el rey reconoció su impotencia: "No sabemos qué hacer, pero nuestros ojos están vueltos hacia ti." Proclamó ayuno, buscó al Señor en comunidad y apeló al honor del nombre de Dios. De manera similar, 2 Crónicas 7:14 establece un orden que no puede invertirse: humillarse, orar, buscar el rostro de Dios y volverse de los malos caminos. Solo entonces viene la sanidad. Este tiempo de aislamiento y cuarentena es propicio para la introspección, para revisar nuestras vidas, matrimonios, relaciones y pasiones. El mayor peligro de la humanidad no es un virus microscópico, sino un pecado del corazón que se ha vuelto viral y envía cincuenta mil personas diarias a una eternidad sin haber oído el evangelio.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

El título de mi mensaje en esta mañana, para los que nos ven por las redes, es "El pueblo de Dios en tiempos de pandemia". Yo tengo un par de versículos que quisiera compartir con ustedes más adelante, pero dada la circunstancia que estamos viviendo, yo creo que se hace necesario poder introducir algunas cosas que quisiéramos mencionar en el día de hoy. Quisiera que pudieras considerar esto, no primariamente o exclusivamente como un sermón, sino como una especie de reflexión comunitaria con aquella comunidad que está viéndonos, que nos está escuchando. De manera que ciertamente es un mensaje, ciertamente es un sermón, pero yo quisiera que pudieras al mismo tiempo ver o saber que estás escuchando de manera reflexiva. No creo que este sea el último de los sermones en medio de esta crisis que va a prolongarse por semanas. Yo creo que vamos a requerir de varias semanas para seguir hablando de parte de Dios acerca de circunstancias como la que nos encontramos de frente hoy.

Para mí, yo decía en estos días que quizás este sea uno de los mensajes más difíciles de componer, porque nosotros pudiéramos irnos en direcciones distintas y desbalanceadas. Hay muchas emociones encontradas, y por un lado la tendencia, la inclinación, lo que suena natural es que básicamente prediquemos un mensaje de consolación. Y lo que me ayudó a balancear lo que yo quisiera compartir es la misma Palabra. Habiendo en tiempos de calamidades del pueblo de Dios en el pasado, ¿qué dijo Dios a través de sus profetas? ¿Qué hizo? ¿Cómo lo hizo? ¿En qué orden trajo los mensajes?

De manera que nosotros pudiéramos predicar un mensaje solamente de consolación, y en un sentido eso podría ser apropiado, pero yo creo que perderíamos una preciosa oportunidad de compartir algunas de las grandes verdades que Dios ha dejado plasmadas en su Palabra acerca de cosas que Él hace en momentos de tribulación. Este ha sido el caso en momentos de guerra, por ejemplo, en momentos de hambrunas. Dios ha llevado a cabo un mayor número de conversiones a lugares donde quizás nunca antes la Palabra hubiese llegado si no hubiese sido por esas circunstancias que se estaban dando.

Por otro lado, hubo momentos, múltiples momentos, en que Dios trajo calamidades sobre su propio pueblo, prácticamente sobre su propio pueblo, con la intención de limpiarlos y de santificarlos, solamente con esa intención. Y esos momentos de dolor produjeron beneficios extraordinarios en su pueblo. De manera que, no sé para otros predicadores, pero para mí este es uno de los mensajes más difíciles de componer, no por la complejidad del mismo, sino por el balance que requería. Y por eso yo vengo esta mañana con cierto temor y temblor.

No hay duda de que nosotros requerimos un mensaje de consolación, pero yo creo que nosotros también requerimos un mensaje de esperanza y de arrepentimiento al mismo tiempo. Ambos mensajes, el de consolación y de arrepentimiento, fueron predicados por los profetas de Dios, usualmente en el orden invertido: el arrepentimiento y luego consolación. Es como si no pudiera traer consolación sin antes traer confrontación, o como si no pudiera mostrar bendición sin antes traer sanación. De manera que estuve debatiéndome de qué traer a ustedes en el día de hoy.

Conociendo el estado de la iglesia en Occidente, para algunos de nosotros que viajamos, algunos de nosotros recibimos cartas, participamos en conversaciones internacionales incluso. Creo que traer un mensaje de esperanza a la iglesia sin al mismo tiempo traer un mensaje de arrepentimiento, hasta cierto punto —quiero decir esto con temor y temblor— es hasta cierto punto hipócrita de parte de aquellos de nosotros que conocemos la situación interna, por lo menos los que viajamos.

Nosotros sabemos que la iglesia protestante en los últimos veinte, treinta años ha abrazado una serie de enseñanzas no bíblicas y de enseñanzas heréticas que han sido predicadas desde púlpitos que tienen el nombre de Dios. Dios no ha pasado por alto dichas enseñanzas, como tampoco ha pasado por alto dichos predicadores y sus seguidores. Nosotros tampoco podemos olvidar la falta de integridad financiera que muchos de los líderes de Dios han exhibido en medio de este evangelio de la prosperidad, del cual hemos hablado tantas veces. Y yo no creo que Dios haya pasado por alto ninguno de esos mensajes ni ninguno de esos manejos.

Tampoco es un secreto para muchos de nosotros la falta de integridad moral que ha salido a la luz, para no hablar de aquello que no ha salido a la luz pero que Dios ha visto, que ha sido ocultado del mundo pero que Dios ha podido ver. Yo no creo que Dios se ha olvidado de ninguna de esas circunstancias. Por eso yo creo que es un mensaje complejo de predicar. Creo que requiere una dosis de llamado de atención y requiere una dosis de consolación al mismo tiempo.

Y ya para iniciar, donde nos encontramos hoy podemos recordar que en enero de este año el mundo despertó a la realidad de que en China se había comenzado a producir un brote producido por una epidemia de un nuevo coronavirus, que comenzó a causar múltiples infecciones de múltiples personas y la muerte de muchos otros. Al día de hoy, unas trescientas ocho mil personas y tantas han sido reportadas como infectadas, y de esos unos trece mil han muerto ya, con una mortalidad estimada entre un tres y cuatro por ciento, aunque para el final de la epidemia probablemente sea más como de un uno a un dos por ciento, como hemos dicho en otros mensajes que hemos ido grabando y conversaciones.

El número de casos ha sido tan numeroso y tan rápido que ha obligado a tomar medidas extremas pero necesarias, tratando de contener el avance de esta epidemia. La realidad es que las pandemias han estado con nosotros desde todo el tiempo. De hecho, en el siglo dos hubo una pandemia que se estimó terminó con la vida de treinta a cincuenta millones de personas. La famosa plaga bubónica, en los años de mil trescientos a mil cuatrocientos, en apenas seis o siete años terminó con un total aproximado —dependiendo de la fuente que le des— de doscientos millones de habitantes que perdieron la vida. Eso es impresionante en un mundo que no tenía todavía la población que nosotros tenemos hoy.

Yo no traigo esto con un interés médico en este momento, sino para que podamos entender que las plagas, las pestilencias han azotado la humanidad por siglos y no han respetado ni raza, ni situación económica, ni estatus social, ni sexo, ni edad, ni cualquiera otra clasificación que nosotros podamos usar. En los tiempos del Antiguo Testamento, antes de Cristo, les llamaban pestilencias. Muchas de ellas traídas por Dios mismo, muchas de ellas traídas sobre el pueblo de Dios. Y ese pueblo, tanto pueblo hebreo como luego el pueblo cristiano, siempre se encontró en medio de dichas pestilencias. Nunca fue inmune a las dificultades que estaban llegando a sus vidas o a su alrededor.

De manera que nosotros tenemos que recordar que ese pueblo cristiano siempre ha jugado una especie de punta de lanza en las circunstancias de mayor peligro, precisamente porque hay un grupo pequeño, que sea por ahí un grupo de la iglesia, que ha entendido bien el segundo mandamiento de la ley de Dios, y es que amarás a tu prójimo como a ti mismo.

Pero no podemos olvidar que en los tiempos del Antiguo Testamento, al cual estamos haciendo referencia hoy de manera particular, Dios en ocasiones usó a profetas para ayudarles a ellos a entender, y a su pueblo por igual, que alguna de estas circunstancias calamitosas que estaban ocurriendo eran el fruto de su mano obrando con un propósito en particular.

Escucha lo que Dios dice a través del profeta Amós. Pero antes de entender el mensaje de Amós necesitas entender la circunstancia en la que se encontraba el pueblo de Dios, el pueblo hebreo, para que puedas entender lo que Dios comienza a hacer. Había un gran optimismo nacional en ese momento. Había una prosperidad financiera en el pueblo de Dios. Esto trajo un aumento de la avaricia. Eso produjo una cierta hipocresía religiosa y un sentido falso de seguridad. Así estaba el pueblo de Dios. El pueblo estaba creyendo en Dios pero viviendo de espaldas a Dios. De hecho, Dios dice en Oseas capítulo cuatro, versículo uno al principio: "Te has olvidado de mí, por tanto yo me olvidaré de tus hijos."

Escucha cómo la Nueva Traducción Viviente habla de cosas que Dios hizo en ese momento, anunciadas por este profeta, debido a circunstancias que se encontraban dentro de su pueblo. Escucha, capítulo cuatro, versículo seis: "Yo hice que pasaran hambre en cada ciudad y que hubiera hambruna en cada pueblo." ¿Notaste? ¿Notaste el "hice"? "Yo hice." "Pero aún así ustedes no se volvieron a mí," dice el Señor. "Yo detuve la lluvia cuando sus cosechas más la necesitaban. Envié la lluvia sobre una ciudad pero la retuve en otra. Llovió en un campo mientras otros se marchitaban. La gente deambulaba de ciudad en ciudad buscando agua, pero nunca había suficiente. Pero aún así ustedes no se volvieron a mí," dice el Señor.

"Les mandé plagas como las que envié sobre Egipto." Hace tiempo Egipto fue visitado con plagas; el pueblo de Dios fue visitado con plagas. "Maté a sus jóvenes en la guerra y me llevé lejos a todos sus caballos. El olor de la muerte llenó el aire. Pero aún así ustedes no se volvieron a mí," dice el Señor.

El pueblo se había vuelto tan insensible, se había acostumbrado tanto a vivir de espaldas a Dios, que sus estilos de vida eran similares al estilo de vida de aquellos que no le conocían. Lo que ocurrió fue que con el tiempo el pecado hizo lo que siempre hace: adormeció su conciencia, convenció la mente mediante la racionalización y terminó esclavizando su voluntad.

Hoy nosotros nos encontramos frente a un enemigo microscópico, numeroso, silente, que en pocas semanas ha puesto al mundo cabeza hacia abajo. Y pensar que nosotros apenas estamos al inicio de la pandemia.

Si te la imaginas como una montaña, apenas estamos al principio de la falda de la montaña, y sin embargo el mundo ya ha comenzado a sufrir sus consecuencias. Pero ese no es el único problema mundial. Es cierto que es sumamente penoso que en los últimos 90 días hayan muerto 13 mil personas de un virus. Pero si queremos tener una panorámica mundial balanceada, no podemos olvidar que en el mismo período de tiempo entre 15 y 16 mil niños han muerto de hambre cada día, lo cual implicaría 1.5 millones de personas en los mismos 90 días que han muerto 13 mil personas del coronavirus. Toda una generación. En el mismo tiempo, unos 13 o 14 millones de niños han sido abortados. Algo extraordinario en tres meses.

Algunos me han respondido por la red y me han dicho que esas comparaciones no son justas. Y yo creo que la única diferencia que yo veo es que el coronavirus puede afectarme a mí y a mis hijos, pero la hambruna no me ha afectado y probablemente tampoco lo haga.

Pero ni los niños muertos de hambre, ni los niños abortados, ni las otras estadísticas mencionadas, ni los desaciertos del pueblo de Dios que mencioné, nada de eso ha sido pasado por alto por Dios. Si Él se hiciera de la vista gorda ante todos estos males, yo no creo que sería un Dios digno de ser adorado. Y frecuentemente Dios ha propiciado, permitido, en ocasiones enviado directamente calamidades para llamar al incrédulo a conocerle y para llamar al pueblo de Dios a santificarse. Yo creo que si nos dedicáramos a predicar solamente consolación en un tiempo como este, es posible que dejemos de lado una de las mejores oportunidades para llamar al pueblo de Dios a la reflexión, al arrepentimiento y a la santificación.

Ciertamente los males del mundo son muchos, son grandes, son numerosos, son abrumadores. De hecho, son tan grandes que nosotros no sabemos qué hacer. Hoy en día tampoco sabemos qué hacer con la epidemia. La comunidad médica está asombrada, no sabe exactamente cómo manejarla. Los gobiernos están abrumados. La población está en pánico frente a un enemigo silente, microscópico.

Ante la enorme amenaza que el mundo enfrenta, yo pensé en un par de versículos que se encuentran separados pero en el mismo libro, el segundo libro de Crónicas, que quizás nos pudieran ayudar a traer un poco de perspectiva en términos de cuál pudiera ser nuestra reacción en momentos como estos. Y el primero de estos versículos se encuentra en 2 Crónicas 20:12.

Tengo que dar un poco de contexto y por eso voy a leer algunos versículos extras. Resulta que los moabitas, los amonitas y los meunitas habían hecho un pacto de ir contra Israel, contra el rey de Israel, Josafat. Josafat recibe noticia de que esta gran armada viene a invadirlos y escucha lo que el versículo 3 dice del capítulo 20: "Y Josafat tuvo miedo, y se dispuso a buscar al Señor, y proclamó ayuno en toda Judá. Y se reunió Judá para buscar ayuda del Señor. Aun de todas las ciudades de Judá vinieron para buscar al Señor."

Josafat tuvo miedo. Pero en vez de correr, Josafat fue y buscó refugio en el Señor. El temor de Josafat pudiéramos decir que es similar al pánico que quizás cristianos y no cristianos experimentan hoy ante esta otra invasión. El ejército que Josafat vio era visible, tenía miles de soldados. El ejército que está contra nosotros es invisible y tiene trillones de trillones de invasores.

Ahora nota lo que Josafat hizo con su temor: se dispuso a buscar al Señor y proclamó ayuno en toda Judá. Una de las cosas buenas que las dificultades hacen es que nos empujan a buscar de Aquel que controla la tribulación, Aquel que está en control de cada molécula del universo y de cada microbio que está a mi alrededor y que pudiera invadirme.

Pero nota que Josafat no solamente se propuso a buscar al Señor, sino también que se propuso ayunar. Y con toda probabilidad, si Josafat no se ve frente a tal invasión, ni hubiese propuesto buscar de Dios de la manera como lo hizo, ni tampoco hubiese proclamado un ayuno. No sé si notaste que Josafat no hizo eso de manera individual como líder. Josafat proclamó eso en toda Judá. Porque cuando las circunstancias nos afectan, cuando el pueblo de Dios va a reaccionar y a buscar de Dios, no se supone que hagamos eso de manera individual, sino que hagamos eso de manera comunitaria, porque el trabajo que Dios está haciendo no es solamente a través de la comunidad, sino que es también en la comunidad completa de su pueblo.

El versículo 5 del capítulo 20 dice: "Entonces Josafat se puso de pie en la asamblea de Judá y de Jerusalén, en la casa del Señor, delante del atrio nuevo." Fue al templo. "Oh Dios, Señor, Dios de nuestros padres, ¿no eres tú Dios en los cielos?" Aquí viene la invasión, pero sabes que Tú eres el Dios que está por encima de esa invasión. "¿Y no gobiernas tú sobre todos los reinos de las naciones?" ¿No gobiernas tú sobre los moabitas y los amonitas y los meunitas? ¿No gobiernas tú sobre ellos? "En tu mano hay poder y fortaleza, y no hay quien pueda resistirte."

Josafat tiene la invasión de frente, pero él comienza reconociendo al Dios de los cielos, la grandeza de Dios, la soberanía de Dios, el poder de Dios, y el hecho de que nadie puede resistir los propósitos de Dios.

Escucha cómo él sigue ahora en el versículo 9 de ese segundo de Crónicas: "Si viene mal sobre nosotros, espada, juicio, pestilencia o hambre, nos presentaremos delante de esta casa y delante de ti, porque tu nombre está en esta casa." Tu honor, tu gloria está invertida en esta casa, en este templo. Nosotros tendríamos que decir: en tu iglesia. "Y clamaremos a ti en nuestra angustia." Y escucha ahora de dónde viene la consolación: "Y tú oirás y nos salvarás."

Si viene espada, eso es guerra. Si viene juicio, ¿de dónde va a venir el juicio? De parte tuya. De manera que si viene una guerra, yo voy a ir a ti. Si viene un juicio de parte tuya, es a ti también donde yo tengo que ir. Pero si viene una pestilencia, ¿qué es eso? Una pandemia, una epidemia. Si viene una pestilencia, es a ti donde vamos a correr. Si viene una hambruna como fruto de las condiciones económicas posteriores, es a ti donde vamos a ir. Nos vamos a parar en este templo, en esta casa, y nos vamos a parar delante de ti. Y no vamos a hacer eso porque nos lo merezcamos, porque nosotros hemos orado y no puede ser que Tú no nos respondas. No. Porque tu nombre está sobre esta casa, porque la iglesia de Cristo tiene el nombre de Cristo sobre ella, de tal manera que si Dios va a hacer algo, por su iglesia lo va a hacer por el honor de su propio nombre.

Y Josafat entiende eso. Es como que Josafat está diciendo: nosotros conocemos que nosotros somos el pueblo de Jehová, y los pueblos que están afuera, que nos están observando, están observando cómo nosotros vamos a reaccionar ante la tribulación. Y nosotros venimos delante de ti reconociendo, o pidiendo, que hagas algo por tu nombre. Y eso es algo que nosotros necesitamos recordar.

Finalmente, estas son las palabras de Josafat. Aquí era donde yo quería llegar. Este es mi versículo de esta parte de mi mensaje, versículo 12. Aquí viene la invasión, es numerosa, y Josafat dice en medio de su oración: "Oh Dios nuestro, ¿no los juzgarás? Vienen contra el pueblo sobre el cual se invoca tu nombre. ¿No lo vas a hacer algo? ¿No los vas a juzgar? Porque no tenemos fuerza alguna delante de esta gran multitud que viene contra nosotros. No podemos. Somos impotentes. No sabemos qué hacer."

Pero confesamos, confesamos nuestra fragilidad, nuestra debilidad. Confesamos incluso hasta nuestro temor. Pero te vamos a decir algo, Dios. En medio del ayuno que ya estaban proclamando, probablemente vestido de cilicio, probablemente cubierto en polvo y ceniza como ellos acostumbraban hacer, como una forma externa de expresar lo que supuestamente estaba ocurriendo internamente, una actitud de cierto recogimiento y de humillación: "No sabemos qué hacer." Pero este "pero" es vital, porque el "pero" introduce el contraste y la solución: "Pero nuestros ojos están vueltos hacia ti."

Un gran ejército visible, intimidante, que los incapacitó, para el cual ellos no tenían fortaleza, los intimidó. Y Josafat dice: pero hemos hecho una cosa. Hemos decidido no llenarnos de temor. No nos vamos a llenar de temor. Nos vamos a llenar de ti. Nuestros ojos están vueltos a ti. Nuestra invasión es microscópica, pero tiene la capacidad de destruir más vidas que el ejército que venía contra Josafat.

El pueblo hebreo no tenía fuerza para enfrentarse, de la misma manera que si tuvieras todas las naciones poderosas del mundo con todos sus recursos, ellas no tienen fuerza para hacerle frente a esta pandemia, como las semanas han ido mostrando. El ejército de Josafat no sabía qué hacer. La comunidad internacional no sabe qué hacer. Josafat y toda Judá pudo haberse llenado de pánico, pudo haberse alejado de Dios.

El pueblo de Dios, pequeño en el Antiguo Testamento frecuentemente, tuvo que enfrentarse a enemigos numerosos. En ocasiones lo hizo huyendo y no enfrentándose, y no les fue bien. Pero en otras ocasiones supieron acudir a Dios y encontrar la victoria en Dios. Y eso es justamente lo que ocurrió con Josafat. Dios le dio la victoria en contra de esta invasión.

La expresión "nuestros ojos están vueltos a ti," en cierta manera lo que implica es que nosotros estamos confiando en ti, en tu poder, en tu fidelidad para con los tuyos, en tu amor para con nosotros. Como cantamos hace un rato, nosotros reconocemos que Tú puedes hacer lo que nosotros no podemos hacer. En ti confiamos, oh Dios. Dios escuchó la oración de Josafat. Dios escuchó la actitud de humillación de Josafat, y Dios quiso salvarlos.

La pregunta entonces para nosotros, si la expresión es "tenemos nuestros ojos vueltos a ti", ¿cómo hacemos eso? Ante la circunstancia que nosotros estamos viviendo en el día de hoy, ¿cómo nosotros volvemos nuestros ojos a Dios? Si ciertamente los hijos de Dios han estado andando por caminos muchas veces de oscuridad, de falsedad, de doble moral y de todo tipo de iniquidad, ¿cómo volvemos al camino de la luz?

Yo quisiera sugerir que hay otro versículo, también en el segundo libro de Crónicas, capítulo 7, versículo 14, que tengo que aclarar antes de exponer, porque no quisiera que se me malentienda. Yo tengo muy claro el hecho de que ese versículo le fue dado a la nación de Israel en un momento particular, con una promesa particular que se iba a cumplir de esa manera porque Dios así lo había decretado para ellos, y que no necesariamente ese versículo aplica a cada nación que pudiera llenar los mismos requisitos. Sin embargo, si esta es la Palabra de Dios, y la Palabra de Dios no cambia y es eterna, las verdades detrás del versículo necesariamente, mandatoriamente, obligatoriamente tienen que tener aplicación para nuestros días, o si no, no hubiese valido la pena dejarlas ahí. De hecho, a nosotros se nos dice en el Nuevo Testamento que las cosas que fueron registradas en el Antiguo Testamento se dejaron para nuestra enseñanza, de manera que en ese versículo tiene que haber enseñanza para nosotros.

Yo quiero leer el versículo de 2 Crónicas 7:14, también en contexto, comenzando en el 12 hasta el 14: "Y el Señor se apareció a Salomón de noche y le dijo: He oído tu oración y he escogido para mí este lugar como casa de sacrificio." Dios le va a hablar a Salomón por segunda vez; ya se le había aparecido en otra ocasión de noche, años atrás, y le había hablado al principio de su reinado. Ahora Dios se le aparece y le dice: "¿Sabes qué, Salomón? Tú oraste, yo la oí, y esta aparición de ahora es la respuesta a aquella oración."

Y Dios dice: "Escúchame, Salomón: si yo cierro los cielos para que no haya lluvia, si yo mando la langosta a devorar la tierra, o si envío la pestilencia entre mi pueblo" —ahí está la pestilencia, la pandemia, la epidemia— "si yo hiciera eso, déjame decirte algo, Salomón: dado el pacto de fidelidad jurado a Abraham e Isaac y Jacob" —eso es que estoy haciendo la aclaración de que esto tiene mucho que ver con Israel, pero que hay verdades con aplicación para nuestros días— "si yo hiciera todo eso y resulta que mi pueblo entiende que yo soy aquel que realmente controla todas estas circunstancias, si ese pueblo se humilla, el pueblo sobre el cual se invoca mi nombre, y ese pueblo además de humillarse, ora y busca mi rostro y se devuelve, se vuelve de sus malos caminos, entonces, Salomón, no antes, entonces yo oiré desde los cielos, perdonaré su pecado y sanaré la tierra." ¿Notaste el orden? Me buscan, se arrepienten, yo escucho y yo sano. Ahí está la promesa. La confrontación primero, se arrepienten, y luego yo sano.

Era la segunda vez que yo le hablaba a Salomón. En esta ocasión: "Salomón, si yo decidí enviar calamidades sobre mi pueblo, incluyendo pestilencias, mi pueblo tiene una forma de cómo puede responder." De nuevo, la nación de Israel; Dios no le ha hecho promesas a naciones enteras hoy. Pero una vez más, yo quiero decirte que aquí, detrás de estas palabras, hay principios extremadamente valiosos para la iglesia de hoy en día. Déjame leer el texto: "Si se satisface mi ira y mi pueblo, sobre el cual es invocado mi nombre, y ahora buscan mi rostro y se vuelven de sus malos caminos, entonces yo oiré desde los cielos, perdonaré su pecado y sanaré la tierra."

En primer lugar, Dios se dirige a un pueblo particular en esa ocasión, y a ese pueblo en particular lo identifica de manera particular: es un pueblo sobre el cual se invoca mi nombre, es un pueblo que Él ha escogido. Y la razón por la que Dios está diciendo "un pueblo sobre el cual se invoca mi nombre" no es solamente por el pacto que Dios ha hecho con ellos, sino por el hecho de que muchas de las cosas que Dios iba a hacer, que Dios había hecho precisamente con ellos, tenían que ver primariamente porque sobre ellos se invocaba el nombre de Dios. En otras palabras, Dios había invertido la integridad de su nombre sobre ese pueblo.

Bueno, hoy, si fuéramos a señalar un pueblo sobre el cual se invoca el nombre de Dios, en quien Dios ha invertido su nombre, no es una nación, es una iglesia: la iglesia de Cristo. Y una de las razones por las que la iglesia de Cristo necesita caminar en integridad de corazón es precisamente porque cuando no lo hace, compromete la integridad del nombre de Dios ante el mundo que lo desconoce. Dios no se va a dirigir al pueblo, a la sociedad que no conoce a Dios; no se va a dirigir a la sociedad sobre la cual no se invoca su nombre, porque si esas personas fueran a orar, necesitarían comenzar orando por pedirle a Dios arrepentimiento para conversión, y de ahí en adelante entonces poder pedir en nombre de Cristo y a través de Cristo. Pero cuando Dios se identifica con un pueblo, con una persona sobre el cual Él ha invertido la integridad de su nombre, Él espera que tú y yo le honremos de la misma manera.

En ocasiones, como ya lo dije, Dios va a hacer algo por nosotros primariamente por amor de su nombre. David entendió eso. El Salmo 23, que yo te he citado en otras ocasiones, donde David escribe: "Él restaura mi alma, me guía por senderos de justicia por amor de su nombre." David sabe, David conoce su caminar, David sabe que no ha andado bien en más de una ocasión, y él dice: "Sin embargo, aun así, Dios ha restaurado mi alma, y la única razón que yo encuentro por la que Él ha hecho eso es por amor de su nombre. Él ha puesto su nombre sobre mí."

El pueblo del Antiguo Testamento, con menos revelación, llegó a entender verdades que nosotros como iglesia necesitamos entender. Escucha lo que ocurre en otro momento dado, más tempranamente, cuando Josué —Josué, perdón— cuando Josué estaba en la campaña de conquistar la tierra prometida. El pueblo hebreo venía ganando una batalla tras otra, una batalla tras otra. Hay una orden de entrar a Jericó, de no tocar nada de lo que había, en otras palabras: "Tú vas a entrar ahí, tú vas a destruir ese pueblo, pero no puedes poner la mano a nada, no te quedes con nada, no te lleves nada." El corazón avaro de Acán salió a relucir, y él tomó un lingote de oro, él tomó un manto babilónico. Próxima batalla: perdida. Próxima batalla: derrota. No puedes ganar en pecado.

Josué sabe que el pueblo está en problema. Josué sabe que él no tiene ahora como un lugar donde pararse para orar, porque ¿cómo le voy a pedir a Dios que nos ayude cuando Dios nos dijo que no tomáramos nada de ahí y Acán ha pecado? De hecho, el texto dice, y creo que Dios le dice a Josué: "Israel ha pecado; uno de ustedes pecó, el pueblo entero pecó."

Ahora, ¿por qué yo estoy enfatizando este hecho? Por la manera como Josué pidió en medio de ese pecado. Josué 7:9, Josué hablando con Dios: "Porque los cananeos y todos los habitantes de la tierra se enterarán de ello y nos rodearán." Se enterarán de que tú no estás con nosotros porque hemos caído en pecado. Borrarán nuestro nombre de la tierra. Ahora escucha, esto es fascinante: "¿Y qué harás tú por tu gran nombre?" ¡Ajá! Dios, los cananeos y los habitantes de la tierra van a venir y van a borrar nuestro nombre de la tierra. La verdad es que si borran nuestro nombre de la tierra, se fue tu nombre, porque el único pueblo sobre el cual tú has invertido tu nombre somos nosotros. Mi pregunta es: Dios, ¿qué tú vas a hacer por tu gran nombre?

Dios ha invertido su nombre sobre la iglesia. Y como mencioné, la iglesia de nuestros días, y quizás a lo largo de la historia, sus líderes han cometido diferentes tipos de pecados, han abrazado doctrinas falsas, han predicado, han podido ser acusados de mal manejo financiero, han sido acusados —y lo hemos visto internacionalmente incluso— de inmoralidad sexual de todo tipo. Y nosotros tendríamos que ir donde Dios en humillación y decirle: "Señor, sabes que ciertamente hemos pecado, pero ¿qué harás tú para limpiar tu nombre sobre nosotros?"

La iglesia dejó caer el nombre de Dios desde los púlpitos en la predicación, los estilos de vida de sus líderes y de ovejas, en la liviandad de la adoración. La santidad del nombre de Dios ha sido dejada caer. Y es mi impresión —es solo una impresión, ni siquiera estoy diciendo es mi opinión, mucho menos mi convicción, una impresión— que Dios está haciendo algo en el mundo, no solamente a nivel de sociedades, sino a nivel de su propio pueblo. Yo no quiero sonar, quizás yo sea la nota disonante verán en estos momentos, pero la Biblia está ahí para ayudar a entender y a tener cierto discernimiento.

Hoy yo —mejor dicho, ayer— meditaba a lo largo del día cómo hoy estarían múltiples templos cerrados, y ciertamente Dios nos ha permitido por lo menos proclamar la verdad. Pero vino a mi mente el mensaje de uno de los profetas, el profeta Malaquías, en un momento dado cuando el pueblo había dejado caer el nombre de Dios, también lo había comprometido, y Dios dice en Malaquías 1:10: "¡Ah, si apareciera alguien que cerrara las puertas del templo!" ¿Por qué, Dios? "Que no estoy complacido con lo que ocurre adentro." Yo no sé si estas dos circunstancias, la de aquel entonces y esta, son paralelas; simplemente menciono que el texto vino a mi mente. Y yo creo que es un buen momento para meditar.

Y si vamos a reflexionar, yo creo que pensar en las verdades detrás de 2 Crónicas 7:14 es un buen punto de comienzo. Porque es ahí donde Dios comienza hablando acerca de cuál pudiera ser nuestra actitud ante circunstancias calamitosas. Vimos el ejemplo de Josafat, cómo lo hizo: él proclamó ayuno. Es una de las maneras como el pueblo hebreo supo humillarse en la antigüedad. Y Dios dice en 2 Crónicas 7:14: "Si se humilla mi pueblo..." ¿Pensamos por arrepentirnos de nuestro orgullo? ¿Nos arrepentimos de pretender ser algo que no soy, de proclamar una cosa que no vivo? ¿Nos arrepentimos de afirmar con nuestros labios lo que realmente mi corazón no siente?

Nos arrepentimos incluso de vivir a veces con una máscara frente al mundo que oculta mi verdadero yo. Y tiempo de aislamiento, tiempo de cuarentena, yo creo que son tiempos excelentes, propicios para la introspección, para la reflexión, para la humillación delante de Dios. Para tomar verdades que mi corazón conoce, pero que mi razón ha querido desconocer en su negación y ha logrado incluso ocultar frente al mundo, pero que Dios ha podido ver todo el tiempo.

Y a través entonces de circunstancias dolorosas, Dios comienza a destruir nuestro orgullo. Y la manera como lo hace, si nosotros no pensamos de esta manera, vamos a pasar por alto este tiempo precioso. La manera como lo hace es que Dios comienza a enseñarnos cuán frágiles, cuán vulnerables nosotros somos. ¿Qué tan indefensos somos ante un solo virus microscópico capaz de hacer más daño que muchas armadas de muchos países? ¿Cuánto temor experimentamos? Yo podía experimentar temor hipánico y es parte de nuestra naturaleza caída, y no voy a decir que nunca lo haya experimentado. Pero cuánto temor hipánico nosotros pudiéramos experimentar ante un enemigo que en esencia va a terminar eliminando una o dos vidas de cada cien, y aun así llenarnos de temor.

La realidad es que el orgullo es fácilmente intimidable. Yo no sé si tú lo has visto así en tu vida; yo lo he visto así en la medida en que recuerdo, mirando hacia atrás, a mi mayor nivel de orgullo, mayor nivel de intimidación, por razones que quizá pueda explicar un poquito más adelante. Y es que lo único que le da seguridad al orgullo es sentirse en control de su circunstancia, de lo que está a su alrededor. Y cuando nosotros sentimos que estamos perdiendo ese control, nosotros no sabemos qué hacer, entramos en ansiedad. Y es la razón por la que hemos visto filas en los supermercados, no solamente en esta nación, en Estados Unidos por igual, y vaciando los estantes. Hasta el punto que ni papel sanitario hemos podido encontrar, ni papel higiénico en algunos de los supermercados según se ha reportado. Es como que el temor ha acelerado los intestinos.

"Si se humilla mi pueblo, sobre el cual es invocado mi nombre..." Y primero nos llama a la humildad para luego él poder escuchar la oración. La característica número uno del orgullo no es la oración; de ahí que me humillo y luego oro. La característica número uno del orgullo es su control, su manipulación, su maquinación, su autoprotección, su justificación, su autodependencia, su independencia, en vez de hacer las cosas o pensar las cosas comunitariamente.

Y las pandemias son excelentes para retirarnos, revisar, hacer introspección, orar y pedir. Primero, no tanto que Dios se lleve el virus tan rápido como él pueda, sino que no lo retire sin que la circunstancia haya producido en nosotros el fruto que él quiso ver en primer lugar. Para luego nosotros entonces comenzar a pedir por nuestra condición interior, para orar por la condición de los líderes del pueblo, no solamente cristianos, sino de los líderes que él ha puesto sobre nosotros en las naciones y que también no han caminado bien, para orar por ovejas desviadas, para orar por gente que aún no le conoce, que necesita entrar al reino de los cielos.

Piensa por un momento, cada día, hablando de personas que aún no le conocen, que estos tiempos propician el poder compartir las buenas nuevas. Piensa por un momento que cada veinticuatro horas aproximadamente cincuenta mil personas entran a un infierno eterno sin nunca haber oído el Evangelio. Eso no cuenta el número de personas que oyó el Evangelio y nunca respondió a él. Cincuenta mil personas al día entran a una eternidad nunca habiendo oído el Evangelio. El mayor peligro de la humanidad no es un virus microscópico; es un pecado del corazón que se ha vuelto viral y ha afectado el mundo entero.

Y Dios nos llama entonces, en 2 Crónicas 7:14, a que nos humillemos, como hablamos, y ahí oremos. Déjame decirte lo que decía alguien acerca de la oración: la oración es una ofrenda de nuestros deseos a Dios. ¿Cuáles son las cosas que nosotros anhelamos? ¿Qué queremos? ¿Qué es de diferente tipo? Piensa en cosas que han sido tus deseos. ¿Tú se los ofreces a Dios por cosas agradables a su voluntad? Nosotros hacemos un intercambio en el nombre de Cristo con una confesión de nuestros pecados y un reconocimiento agradecido de sus misericordias. Pensamos en aquellas cosas que deseamos, las que más deseamos, las intercambiamos por cosas que son agradables a su voluntad, hacemos eso en nombre de Cristo, acompañado de arrepentimiento de pecado, y reconocemos su gran misericordia.

Y Bavink lo ponía de esta otra manera hablando de la oración, y él escribió mucho acerca de la salvación: la oración es totalmente dependiente de la fe; virtualmente la oración no tiene existencia aparte de la fe y no logra nada a menos que la fe sea su compañero inseparable. La oración no logra absolutamente nada si su compañero inseparable no es la fe. De hecho, Santiago dice lo mismo. Yo creo que Bavink solamente estaba interpretando lo que Santiago dice en el capítulo 1. Escucha, comenzando en el versículo 6: "Aquel que vaya a pedir, que pida con fe, sin dudar. Porque el que duda es semejante a la ola del mar impulsada por el viento, echada de una parte a otra. No piense pues ese hombre que recibirá cosa alguna del Señor." ¿Qué? El que pida, que pida con fe. Porque si duda, es la falta de fe, que no piense el hombre que va a recibir nada del Señor. Eso es lo que Bavink está diciendo exactamente con otras palabras: que la oración tiene que ir acompañada de la fe, y es dependiente de la fe, y no tiene existencia aparte de la fe, y no logra nada a menos que la fe sea su compañero inseparable.

Estos son tiempos para cultivar la fe, para cultivar la confianza en Dios, para cultivar aquello que literalmente energiza mi oración. Estos son tiempos para poner la fe y la confianza en el Dios que controla los microbios. Dichos microbios fueron creados por Dios antes de que el mundo cayera en pecado y en condenación, claro, para mantener el equilibrio del ecosistema. Pero lamentablemente, después de la caída, todos se volvieron adversos. Nosotros nos volvimos adversos contra el mismo hombre. Los animales se volvieron adversos contra nosotros. Los microbios se volvieron adversos contra los seres humanos y aun contra los animales. Todo está en rencilla, si pudiéramos decir. Pero el Creador los trajo.

2 Crónicas nos recuerda: "Si se humilla mi pueblo, sobre el cual es invocado mi nombre..." Y hablamos de eso ya. Y ahora hablamos de esto: "...y oran, y buscan mi rostro." Y la pregunta sería: ¿cómo buscamos el rostro de Dios? ¿Buscamos el rostro de Dios solamente en las dificultades? No. El salmista nos dice en el Salmo 105:4 que debiéramos buscar el rostro de Dios continuamente. La búsqueda del rostro de Dios no es otra cosa que la búsqueda de la presencia de Dios. Nuestra condición de criatura tiende a ocultar el carácter del Creador. Y nuestros deseos tienden a ocultar o a opacar los deseos del Creador. Cuando tú estás buscando el rostro de Dios, lo que estás tratando de hacer es justamente no ocultar al Creador y no permitir que tus deseos carnales, humanos, caídos, puedan ocultar, empañar los deseos que el Creador ha puesto en ti desde el momento que tú naciste de nuevo.

El deseo del Señor es ser mi compañero, manifiesto en todas las circunstancias. Lo que a mí me da tranquilidad no es ni siquiera la oración; es el sentido de la presencia de Dios en o después de haber orado. Nuestra solución, nuestra búsqueda no debe ser necesariamente la solución de un problema en medio de una pandemia, sino nuestra búsqueda de aquel que controla las pandemias.

Y decía hace un momento que el mayor problema del hombre no son ni siquiera las pandemias que han venido y se han ido, sino justamente la presencia de otro mal que lleva a cincuenta mil personas por día a una condenación eterna, dieciocho millones de personas al año. ¡Wow! Eso es un problema mayor, mucho mayor, no solamente en términos de números, sino en términos de la eternidad. Este coronavirus no va a durar para siempre; no importa cuánto dure, él se va a ir.

El salmista, ya te mencioné, en el Salmo 105:4 dice que el Señor nos insta a buscar su rostro continuamente; eso lo estoy parafraseando ahora. El Señor desea ser nuestro compañero constante en cada experiencia de la vida; él quiere que lo conozcamos de principio a fin. Realmente es un comentario del Salmo 105:4.

Y finalmente el Señor dice en este texto, 2 Crónicas 7:14: "...y se vuelven de sus malos caminos, entonces yo oiré desde los cielos, perdonaré su pecado y sanaré su tierra." La manera de nosotros hacer eso es: hacemos introspección, revisamos nuestras vidas, revisamos nuestras vidas matrimoniales, nuestra vida con los hijos, revisamos nuestras relaciones interpersonales, revisamos nuestra relación con Dios, revisamos nuestra lectura de la Palabra, revisamos qué cosas han constituido nuestras pasiones, revisamos qué cosas están sentadas en el trono de mi corazón, revisamos la Palabra.

Cuando tú revisas la Palabra en el Antiguo Testamento y en el Nuevo Testamento, déjame darte una vista muy rápida, panorámicamente: continuamente los profetas del Antiguo Testamento hicieron un llamado al pueblo de Dios, sobre el cual invocaba su nombre, a regresar a sus caminos. Aquí tú pudieras decir: "Bueno, pero no estamos en ese tiempo." No estamos en ese tiempo, pero en el Nuevo Testamento tú encuentras a Pablo instándonos a desvestirnos del viejo hombre —eso es algo que ya ocurrió en el momento de mi conversión— y a vestirnos del nuevo hombre. Tú encuentras a Pablo, cuando les dice a los corintios, salid de en medio de ellos, de la cultura secular, pagana, pecaminosa en medio de la cual ellos se encontraban. Tú encuentras a Santiago, en su epístola, diciendo: "Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros."

El llamado es continuo, es el mismo. Te encuentras a Pablo escribiendo a los gálatas y les dice: no abandonen el verdadero Evangelio, que no hay otro Evangelio. Tú encuentras a Juan escribiendo a la iglesia de Éfeso en el libro de Apocalipsis, diciendo: tú has abandonado tu primer amor, regresa. El mismo Juan le escribe a la iglesia de Laodicea y le dice: no confíes en tu riqueza, tú crees que eres rica, en realidad eres pobre y miserable. Tú encuentras a Pedro escribiendo a aquellos que han sido esparcidos a que permanezcan fieles en medio del fuego de la prueba que ha venido sobre ellos, en su primera carta. Pedro escribe una segunda carta y lo encuentras entonces exhortándolos a que no les crean a estos falsos maestros. Judas hace la misma cosa.

Si tú puedes ver una y otra vez que hay un llamado continuo a regresar, al arrepentimiento, a no abandonar a Dios, a buscar a Dios, a buscar su rostro, a humillarnos. Si la iglesia de hoy se humillara, buscara el rostro de Dios, orara y se volviera de sus malos caminos, alguien pudiera decir: bueno, entonces tenemos la garantía de que la tierra, la nación donde está la iglesia, va a ser sanada. No. Esta es la parte de este texto que tenemos que recordar: que esto fue algo muy específico para la nación de Israel. No tenemos la garantía, pero si nosotros quisiéramos ver la mano de Dios sobre nosotros, no hay duda de que no hay otra forma de hacerlo que no sea llevando a cabo la misma fórmula.

La Biblia nos afirma, vamos a tomar esos cuatro principios y ahí voy cerrando. Si se humilla mi pueblo, ¿qué dice Dios en el Nuevo Testamento? Yo me opongo —el Antiguo también— yo me opongo al orgulloso. Entonces ya encontré la aplicación: si se humilla mi pueblo, bueno, si no lo hago, Dios se opone a ti.

Segundo: y orare. Dios dice en el Nuevo Testamento, Santiago específicamente dice: no tenéis porque no pedís, no tenéis porque no oráis. O sea que si mi pueblo no está orando, y eso es una enorme deficiencia en el pueblo de Dios hoy, no va a tener lo que el pueblo mío me está pidiendo tener.

¿Qué más me dice el texto? Me dice que yo debo buscar su rostro. ¿No? Santiago me dice: acercaos a Dios y Él se acercará a vosotros. Si les está diciendo a ellos: acercaos a Dios, es porque no estaban cerca de Dios. He ahí el principio.

Y luego dice: si se vuelven de sus malos caminos. Y eso es arrepentimiento. O sea, lo que Pedro les dice cuando predica uno de sus famosos primeros sermones en el libro de los Hechos: arrepentíos y convertíos para que tiempos de refrigerio vengan a vosotros. ¿Tú quieres tiempos de refrigerio? Y Pedro en ese momento le estaba hablando a la nación judía: tú necesitas arrepentirte. En este caso, convertirnos; en el caso nuestro, si ya estamos convertidos, arrepentirnos para que tiempos de refrigerio vengan sobre nosotros.

Tú encuentras los cuatro principios de 2 Crónicas 7:14 esparcidos a todo lo largo del Nuevo Testamento como una fórmula de buscar el favor de Dios. Y entonces, si Dios no sana la tierra porque no es una promesa para una nación en particular hoy, yo estoy convencido de que Dios visitaría por lo menos su iglesia y haría cosas que nosotros estamos en necesidad, como iglesia, de tener.

Como dije al principio, este es un mensaje difícil de traer en esta hora porque requiere una dosis, por así decirlo, de llamado de atención, y al mismo tiempo requiere una dosis de cierta consolación. Y la consolación está en el hecho de que, si Dios no sana una nación, sin duda Dios visitaría tu iglesia, mi iglesia, su iglesia, quizás global, si esa iglesia responde adecuadamente.

Como lo hizo Josafat, creyendo en la integridad del nombre de Dios, que dice: nos vamos a parar delante de ti porque tu nombre está sobre esta casa, está sobre nosotros. O como lo hizo Josué, cuando estaba convencido de que ellos habían pecado, le dice: ¿pero qué vas a hacer tú? Este pueblo quiere erradicar nuestro nombre sobre la tierra. O que lo entendamos: tiene razón para que tú lo permitas, pero ¿qué vas a hacer tú por tu gran nombre? Y Dios escuchó a Josué y le volvió a dar la victoria.

Hermano, aquí quiero dejarte con esta reflexión para el día de hoy: que tú puedas compartirla con otros, y que nosotros como iglesia podamos buscar a Dios en este tiempo, y que sea un tiempo extremadamente provechoso de intimidad con el Señor en medio de las pandemias.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.