Integridad y Sabiduria
Sermones

Qué hacer cuando no sé qué hacer

Joan Veloz 16 junio, 2019

Hay momentos en la vida donde las circunstancias exigen que actuemos, pero no tenemos idea de qué hacer. Frases como "ya no sabemos qué más intentar" o "lo he probado todo y nada funciona" expresan esa desesperación que atraviesa culturas, niveles económicos y trasfondos distintos. En Marcos 5, dos personas radicalmente diferentes se encuentran al pie de Cristo unidos por el mismo hilo: el dolor y el sufrimiento. Jairo, un oficial reconocido de la sinagoga, y una mujer anónima que llevaba doce años sangrando, sin dinero, sin opciones y declarada inmunda por la ley.

Ambos llegan de rodillas, no con demandas orgullosas sino buscando misericordia. La mujer había gastado todo en médicos que solo empeoraron su condición. Jairo arriesgó su reputación postrándose ante un maestro controversial. Cuando no sabemos qué hacer, al menos sabemos dónde ir: al trono de la gracia. Pero acercarse requiere vencer el miedo. Esta mujer tuvo que abrirse paso entre la multitud sabiendo que si la descubrían, la vergüenza sería enorme. Sin embargo, desde la periferia nada ocurre. Las multitudes oprimían a Jesús, pero solo quien lo tocó con fe recibió sanidad.

Mientras Jesús se detenía a buscar a la mujer, la hija de Jairo moría. Parecía un retraso cruel, pero Cristo nunca está de prisa. Él desarrolla nuestra fe en la espera. Cuando finalmente llegó a la casa y levantó a la niña, Jairo entendió que mientras Jesús esté presente, hay esperanza —de sanar un sangrado de doce años o de levantarse de entre los muertos.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Vamos a leer a partir del versículo 21 en Marcos 5. No vamos a leer hasta el final del capítulo todavía.

Aquellos de nosotros que hemos estado en consejería, en diferentes momentos, hemos oído frases distintas pero que expresan un mismo sentido. Y alguna de esas frases probablemente alguno de ustedes la habrá dicho o pensado. A veces hemos escuchado algo como esto: "Paz, estoy aquí —o estamos aquí— a causa de la situación de nuestro matrimonio y ya no sabemos qué hacer." Hemos oído eso varias veces.

En ocasiones hemos oído a alguien decir: "Mi cónyuge, mi esposo —usualmente es la esposa quien frecuentemente va a consejería cuando va sola— mi esposo no quiere cambiar, ¿qué hago? Mi esposo está dañando a mis hijos. No sé qué hacer, cómo manejo yo esa situación." O algo como esto: "Ustedes son el quinto consejero que hemos visitado y nadie nos ha podido ayudar. De hecho, yo no creo que esto vaya a resultar tampoco." O: "Yo no creo que yo pueda resignarme simplemente a ser infeliz. Eso no es justo." O quizás algo como: "No puedo más. Lo he probado todo y nada funciona. ¿Qué hago?"

Yo creo que la mayoría de nosotros —no sé si todos, pero por lo menos la mayoría— en algún momento de nuestras vidas hemos estado en alguna circunstancia donde no hemos sabido qué hacer. Y sin embargo, la circunstancia misma requiere que yo haga algo. Y esa es la razón por la que yo he querido titular este mensaje: ¿Qué hacer cuando yo no sé qué hacer? ¿Cuántos de nosotros hemos estado ahí alguna vez? Levantemos la mano. La gran mayoría, sino todos, hemos estado ahí.

Bueno, las historias que vamos a estar leyendo se entrelazan y tienen que ver con dos personas; tienen que ver, de hecho, con dos mujeres. Y las historias se entretejen de una manera muy peculiar. Estas personas que se acercan a Cristo para hablar de sus circunstancias no tienen mucho en común; de hecho, prácticamente no tienen nada en común, excepto que ambas están desesperanzadas.

Nosotros hemos podido observar —y yo creo que probablemente otros también— que ciertamente los seres humanos diferimos en términos de culturas, en términos de niveles de educación, en términos de estatus económicos, si pudiéramos decir; pero hay algo que nos reúne al pie de la cruz, independientemente del grupo al que pertenezcamos. Y eso es el dolor y el sufrimiento. En esta historia, estas dos personas difieren enormemente la una de la otra, pero se encuentran al pie de Cristo debido al dolor y al sufrimiento.

Con eso, entonces, quiero comenzar a leer a partir del versículo 21 en Marcos 5.

"Cuando Jesús pasó otra vez en la barca al otro lado" —recordemos que acababa de liberar a Legión y lo habían expulsado del área; los cerdos se habían tirado por un precipicio al mar y ya no lo querían allí, entonces Jesús se monta otra vez en su barca junto con los discípulos—. "Entonces pasó otra vez en la barca al otro lado, y se reunió una gran multitud alrededor de él, así que él se quedó junto al mar." Ahora están en el lado judío otra vez; ha dejado Decápolis, el lado gentil del lago. "Y vino uno de los oficiales de la sinagoga llamado Jairo, y al verle se postró a sus pies y le rogaba con insistencia diciendo: 'Mi hijita está al borde de la muerte; te ruego que vengas y pongas las manos sobre ella para que se sane y viva.' Jesús fue con él, y una gran multitud le seguía y le oprimía."

"Y una mujer que había tenido flujo de sangre por doce años, y había sufrido mucho a manos de muchos médicos, y había gastado todo lo que tenía, y siempre había empeorado en lugar de mejorar —cuando oyó hablar de Jesús— se llegó a él por detrás entre la multitud y tocó su manto. Porque decía: 'Si tan solo toco sus ropas, sanaré.' Al instante la fuente de su sangre se secó, y sintió en su cuerpo que estaba curada de su aflicción. Y en seguida Jesús, dándose cuenta de que algo había salido de él, volviéndose entre la gente, dijo: '¿Quién ha tocado mi ropa?' Y sus discípulos le dijeron: '¿Ves la multitud que te oprime, y dices: quién me ha tocado?' Pero él miraba a su alrededor para ver a la mujer que le había tocado. Entonces la mujer, temerosa y temblando, dándose cuenta de lo que le había sucedido, vino y se postró delante de él y le dijo toda la verdad. Y Jesús le dijo: 'Hija, tu fe te ha sanado; vete en paz y queda sana de tu aflicción.'"

"Mientras estaba todavía hablando, vinieron de casa del oficial de la sinagoga diciendo: 'Tu hija ha muerto. ¿Para qué molestas aún al Maestro?' Pero Jesús, oyendo lo que se hablaba, dijo al oficial de la sinagoga: 'No temas, cree solamente.' Y no permitió que nadie fuera con él, sino solo Pedro, Jacobo y Juan, el hermano de Jacobo. Fueron a la casa del oficial de la sinagoga; Jesús vio el alboroto, y a los que lloraban y se lamentaban mucho. Y entrando, les dijo: '¿Por qué hacéis alboroto y lloráis? La niña no ha muerto, sino que está dormida.' Y se burlaban de él. Pero él, echando fuera a todos, tomó consigo al padre y a la madre de la niña y a los que estaban con él, y entró donde estaba la niña. Y tomando la niña por la mano, le dijo: 'Talita cum', que traducido significa: 'Niña, a ti te digo, levántate.' Al instante la niña se levantó y comenzó a caminar, pues tenía doce años; y al momento se quedaron completamente atónitos. Entonces les dio órdenes estrictas de que nadie se enterara de esto, y dijo que le dieran de comer a la niña."

La hija de Jairo tiene doce años; la mujer que se acerca a Jesús lleva doce años de sangrado. Esta mujer comenzó a sangrar en el mismo año en que nació esta niña que hoy ha muerto. Ninguno de los dos sabía qué hacer. Jairo no sabía qué hacer en el momento en que su niña está al borde de la muerte. Y esta mujer había intentado e hizo todo lo que ella sabía y podía hacer, pero ya gastó su dinero, había visto a todos los médicos posibles —dice el texto— y nadie la había podido ayudar en doce años; de manera tal que ahora, sin médicos, sin dinero, sin opciones, ella tampoco sabía qué hacer.

Ellos vienen a Jesús como un último recurso. Posiblemente la hija de Jairo iba a morir, y de hecho murió. Y esta mujer, si no hubiese sido atendida, doce años de sangrado es altamente significativo; quizás en algún momento pudo haber muerto también de una anemia que no había podido resolver durante todo ese tiempo. Y ahora nosotros tenemos a dos personas —el padre de una niña al borde de la muerte y una mujer debilitada por un sangrado de doce años— al pie de Cristo, con trasfondos totalmente distintos.

Este hombre es un oficial de la sinagoga; es reconocido, tiene una cierta reputación. Si es el oficial de la sinagoga —o cabeza de la sinagoga, como dice el original— obviamente él tiene algún reconocimiento en la sociedad. Esta mujer no tiene ninguno. Y el oficial de la sinagoga, a pesar de su reconocimiento, a pesar de su trasfondo judío, resulta que cuando llega a Jesús se postra ante sus pies. De pronto ya no le importó el qué dirán; de pronto ya no le importó que podía perder su posición, su remuneración, su empleo. Está de rodillas delante de Jesús.

Y esta mujer que viene a Cristo, ella no llega de pie; pero cuando Cristo pregunta quién ha tocado, cuando el texto dice que ella le dijo toda la verdad, el texto primero dice que ella se arrodilló y luego le contó toda la verdad. De manera que uno llega de rodillas y la otra se va de rodillas. Pero ambos han doblado sus rodillas delante del Señor. Y una de las cosas penosas de nuestra humanidad es que frecuentemente se requieren circunstancias extremas, orquestadas por Dios, para doblar nuestro ego orgulloso y poder rendirnos delante de Él.

La posición de rodillas es una posición de rendición; eso es lo que significa: "Me rindo." El mismo Cristo termina de rodillas en Getsemaní, y es en ese lugar que rinde toda su voluntad. Este hombre comienza de rodillas; esta mujer termina de rodillas. En un momento de debilidad y de vulnerabilidad, Dios los ha llevado hasta ahí para darles un encuentro con el Señor Jesús. Quizá no lo hubiesen entendido de ninguna otra manera.

Ahora llama la atención que ninguno de los dos vino demandando un milagro; ambos vinieron en busca de misericordia, de gracia. Ninguno de los dos vino con un corazón orgulloso, demandante ni cuestionador, sino todo lo contrario.

Ahora bien, es interesante: tú tienes que tratar de ponerte en los zapatos de Jairo, que es el que primero llega. Jairo tiene una hija al borde de la muerte. Su postura de rodillas —siendo él un judío de reconocida posición delante de un hombre que no tenía la mejor reputación en ese momento, que acababa de ser expulsado del otro lado del lago— habla de su condición de desesperación. Y viene a ese Maestro y le pide ansiosamente que venga: "Te ruego —dice el texto— que vengas, que pongas las manos sobre mi hija para que sane y viva."

El Señor Jesús lo oye, escucha, y dice que partió con él. De manera que ya van camino a la casa de Jairo. Jairo está ahora —no creo que esté tranquilo, porque sabe que su hija está gravemente enferma y no sabe si va a estar viva cuando lleguen— pero tiene cierta complacencia de que Jesús ha accedido y ya va camino a su casa junto con él.

Pero de repente hay una mujer que toca a Jesús, y a Jesús se le ocurre detener la marcha hacia la casa de Jairo —donde hay una niña que se muere— para preguntar: "¿Quién me ha tocado?" Tú imagínate, si tú fueras Jairo, ¿qué pensarías? Algo como esto: "No puedo creer que el Maestro se está deteniendo a preguntar quién ha tocado, cuando aquí hay una multitud que —dice el texto— lo oprimía. ¿Cómo se le ocurre perder tiempo? Mi hija se está muriendo. ¿Qué importa quién te tocó? Todo el mundo te está tocando. No, no, no: ¿quién me tocó? ¿Qué hizo? ¿Qué poder salió de mí?"

Cuando Jesús pregunta a sus propios discípulos, le dicen todos: "Todos te oprimen, ¿y tú preguntas quién te tocó?" Es como: ¿qué pregunta más estúpida es esa? Pero sobre todo en el contexto de la prisa, de la gravedad, de lo que está ocurriendo a unos kilómetros quizás de distancia, y que Él no le está prestando la urgencia que la situación aparentemente requería. Yo creo que si Jairo no hizo un arranque de ira en ese momento, era probablemente porque no quería arriesgar su milagro. El texto no dice nada, pero me imagino que Jairo se quedó que había.

Ahora recuerda: tú eres Jairo. La mujer ha tocado a Jesús, Jesús se detiene y comienza a preguntar. Me imagino a Jesús con toda su calma: "¿Quién me ha tocado?" "Maestro, todos te oprimen, ¿y tú preguntas quién te ha tocado?" Y mientras Jesús está en ese ejercicio, vienen de la casa del oficial y le dicen: "Tu hija ha muerto. ¿Para qué molestas al Maestro ya?" Imagínese eso. Y peor aún: la gravedad de mi hija es una molestia. Yo no sé si podían haber palabras más insensibles para Jairo que esas.

Yo trato de ponerme en sus zapatos y sentir sus emociones. Tú me estás diciendo que quizás esta detención aquí es parte de la razón por la que mi hija ahora ya no podrá tener la oportunidad de sanar. Esta mujer tiene doce años —si eso fuera la realidad, porque en ese momento no lo sabía— sangrando. ¿Qué importa? Ella no iba a morir hoy ni mañana. Ella puede sangrar doce días más. ¿Y ahora qué hago? Me imagino a Jairo en su interior pensando: ¿ya para qué? En buen dominicano: ¿ya para qué? Y quizás airado con Él.

Hasta ahora hemos aprendido algunas cosas antes de continuar. La primera es que cuando yo no sé qué hacer, por lo menos sé a dónde ir: al trono de la gracia, tienes que ir al Maestro. Yo creo que eso ya lo aprendimos. En segundo lugar, cuando tú vayas, no puedes ir airado a demandar un milagro, una intervención; no puedes ir con espíritu orgulloso y cuestionador. Tienes que ir de rodillas, ya sea físicamente, pero más importante, espiritualmente, de rodillas y rendido. Como vino Jairo, como vino esta mujer. Recuerda que nuestras rodillas al doblarse representan nuestra rendición y voluntad, y por tanto esa es la manera de decirle al Señor: "Que se haga tu voluntad", como Cristo en Getsemaní, "y no la mía."

En tercer lugar, yo creo que hemos aprendido —o vamos a terminar de aprender— que cuando tú estés orando y pidiendo a Dios algo, y Dios parezca entretenido, no te vayas, es que Él sabe lo que está haciendo. Dios nunca está de prisa. Cuando a Cristo le informaron que Lázaro estaba enfermo, se tomó dos días más para ir. Y luego comenzó a caminar en dirección hacia Lázaro y llegó al cuarto día con toda su calma; Él sabe lo que está haciendo. Cuando Jairo llegó con toda la ansiedad que tenía —"mi hija se muere"—, con toda su compasión Él accedió. Pero Él tampoco estaba de prisa, y se detuvo a hablar con una mujer.

La multitud puede oprimirlo, y en este caso las multitudes de la tierra pueden llenar el planeta, pero Él tiene al individuo en mente. Las multitudes me pueden oprimir, pero por acá hay una mujer que me ha tocado, y aquí hay un hombre con una hija enferma. En medio de las multitudes yo los tengo pendiente de manera individual, y voy a actuar de manera individual en cada uno de esos casos.

Ahora vamos a regresar a Jairo, pero como Cristo está entretenido con la mujer, nos vamos a detener a hablar un poquito de ella para luego regresar a Jairo. Su historia no es nada fácil; es una historia más triste de lo que nosotros nos percatamos. Si esta mujer estaba sangrando, esto implica que era inmunda de acuerdo a la ley. Cuando una mujer estaba menstruando permanecía inmunda por siete días, pero si su sangrado continuaba, como en este caso, ella era inmunda continuamente. No solamente ella era inmunda: era inmunda todo lo que ella tocaba, de manera que si se sentaba en una silla, cuando se paraba, la silla quedaba declarada inmunda; si ella se había acostado en una cama, la cama quedaba declarada inmunda; si tú la tocabas, la persona que la había tocado quedaba declarada inmunda.

Y Cristo. Ahora nosotros lo tenemos en medio de inmundicias. Legión: un hombre poseído era considerado inmundo, el espíritu inmundo; Cristo va ahí e interactúa con la inmundicia de Legión. Ahora Cristo está interactuando con la inmundicia de esta mujer que está sangrando, y la hija de Jairo está muerta; si tú tocas un cadáver quedas declarado inmundo. Y pronto Él va a lidiar con la inmundicia de la niña. Cristo, en medio de la inmundicia del pecado, para limpiar a los inmundos. Hay una enseñanza en eso: Él vino para limpiar la inmundicia de mi vida.

Doce años aislada: no podía estar casada; el lecho era declarado inmundo, la cama también, la casa también. De manera que esta es una mujer triste, sola, con toda probabilidad deprimida, sin recursos, que lo gastó todo. Quizás se sintió engañada en ocasiones, como muchos se han sentido engañados por esos predicadores de sanación y de "proclámalo y recíbelo", cuando alguien le ha declarado que está sano o sana y ella o él se ha ido a casa creyendo tal declaración, para luego encontrar que no había sanado en lo más mínimo.

Yo recuerdo —ya lo he contado en otras ocasiones, pero no todos lo oyeron— que recién llegado al país, llegué a una funeraria y me encontré con el panorama de una madre llorando a su hijo. Cuando entró alguien a darle el pésame y la vio, lo primero que dijo fue: "¡Mentirosa, mentirosa! Delante de todo el mundo tú declaraste a mi hijo sano, y míralo ahí en un ataúd." Sabrá Dios cuántos de esos hombres le dijeron a esta mujer: "Para el día de mañana sanarás, para la próxima semana habrás sanado; tómate esto, tómate aquello." Y esta mujer seguía sangrando y permanecía inmunda y permanecía en aislamiento, probablemente abandonada, temerosa. Y si la gente se enterara —toda esta multitud por medio de la cual me estoy abriendo paso—, si supieran que yo estaba así, habría sido declarada inmunda por completo. ¿Te imaginas que se enteraran de mi condición? ¿Te imaginas el temor que debió haberla invadido?

Yo no creo que aquí en esta multitud haya alguien exactamente como ella, dados los avances de la ciencia hoy en día. Pero sí es posible que entre nosotros, aun esta mañana, haya alguien que esté drenado, cansado, triste, por una condición o una situación en su matrimonio, en su familia, en su vida personal, que le da vergüenza compartir y que ha llevado en silencio por mucho tiempo. Quizás ha preferido el silencio antes que tomar los riesgos que esta mujer se tomó. Quizás es un hijo con problemas de sexualidad, quizás es un problema de adicción a la pornografía, al alcohol, a la cocaína, a las drogas, o una infidelidad, o cualquiera de esas cosas; algo que ha producido dolor, ansiedad, temor, pero que por encima de todo eso hay un miedo al riesgo, a la censura, a un "¿qué pasará?", que ha mantenido a esa persona —que quizás está aquí— en silencio, como mantuvo a esta mujer en silencio.

Y esa persona llegó aquí en el día de hoy pensando: "No sé qué hacer, ¿qué hago?" La realidad es que detrás de esa frase siempre hay mucho temor, y el temor nos paraliza, y cuando somos paralizados no sabemos qué hacer. Escuchen lo que el texto dice: esta mujer había sufrido mucho a manos de muchos médicos y había gastado todo lo que tenía sin provecho alguno, sino que al contrario había empeorado. De tal manera que: mientras he gastado todo, mi condición ha empeorado; mientras ya no me queda más nadie a quien visitar, mi condición sigue empeorando. No es simplemente que está igual, no es que había mejorado algo; estoy peor, no me queda médico, no me queda curandero, quizás no me queda espiritista por visitar. ¿Te imaginas la desilusión? Mientras este flujo permanece, quizás las noches que se acostó pensando "mañana quizás amanecerá seca", para levantarse mojada otra vez.

Cuántas personas quizás se aprovecharon de su condición, como esos televangelistas que se están aprovechando de la condición del corazón humano y le han quitado a muchas de las ovejas todo lo que tenían. Que hoy está en sus manos y ellas permanecen pobres; hemos hablado con un grupo de ellas, y ellos con sus arcas llenas, producto de una manipulación semejante, con nuevas promesas y nuevas desilusiones, menos dinero, menos recursos, menos esperanzas.

No hemos visto eso más de una vez en el salón de consejería. De manera que las historias no son iguales; las situaciones tienen similitudes. Esta mujer estaba muy probablemente rechazada por amigos, por familiares. Alguien tenía que conocer esto. Sus familiares probablemente la habían ignorado por 12 años sin que nadie se enterara, y probablemente fruto de esa soledad, ella no podía compartir con nadie. De hecho, no podía ir al templo: ella era inmunda, y toda persona inmunda tenía prohibición de entrar al templo. Ella no había ido al templo por 12 años. Ella no había podido ofrecer un sacrificio por 12 años por sus pecados.

Ella estaba cargada, y el texto no nos da los detalles, pero yo me imagino que después de 12 años sangrando y yendo donde alguien y pagando dinero y esperanzada en sanar y no sanar, es posible que hubiera acumulado en su corazón sentimientos de odio, de resentimiento, de rechazo hacia otras personas. Y eso es normal; no es bueno, no es santo, pero es normal para nuestra humanidad. Y quizás eso era parte de la condición que ella estaba cargando: gente que quizá no tuvo compasión con ella. La misma ley de Moisés no lucía compasiva, aunque eso no es exactamente como teológicamente la vemos, pero prácticamente esta mujer no le quedaban opciones.

Y quizás si ella hubiese tenido dinero y opciones no viene a Jesús. Hubiese gastado su dinero primero y hubiese agotado sus otras opciones. Pero ahora Jesús es el último recurso. Y yo creo que aun entre cristianos, muchas veces el trono de la gracia es el último recurso. En ocasiones hemos hecho esa pregunta a algunos creyentes y les hemos dicho: "Te hago una pregunta que parece tonta, ¿has orado por eso?" "¿Orado? No." "¿Por qué?" Y yo creo que la respuesta la tengo: me quedaban otras opciones, me quedaba sabiduría humana que emplearía, y yo pensaba que lo podía resolver. O, aunque no se diga —aunque creo que lo he oído también varias veces—: "Es que yo sabía lo que Dios me iba a decir, y yo quería hacer otra cosa."

Yo creo que a esta mujer le quedaban opciones antes, pero ya no le quedan, con el agravante de que está cansada y ya tiene que haberse venido de rodillas al suelo después de 12 años de sangramiento. Y lo peor de todo es que, cuando tú llegas a ese punto muchas veces, incluso llega un momento en que tú no quieres venir —en el caso de los aconsejados— ni siquiera a una nueva consejería. "¿Estás cansado o cansada? Esto no va a funcionar. ¿Para qué?" Eso sí lo he oído muchas veces: "Yo vine para acá, pero yo no quería venir. ¿Para qué? Ya lo he movido todo, he acudido a todo, nada ha funcionado." Y yo me imagino que esta mujer pensaba: "¿Para qué voy a ir donde otro hombre más? ¿Para qué? Ya yo he estado donde tantos; ninguno me ha ayudado."

De manera que ahora tú tienes una mujer cansada, una mujer triste, rechazada, atemorizada, con 12 años de debilidad y que mucha gente piensa que es inmunda. Y ahora ya tiene que abrirse paso en medio de la multitud. Eso no es fácil. Tú tienes una condición de inmundicia que, si alguien te toca, queda inmundo, y tú tienes que abrirte paso en medio de la multitud.

No sé cómo pasó exactamente, pero yo trataba de ponerme en sus zapatos. Y me imagino que ella no estaba detrás de Jesús; yo me imagino que ella estaba adelante de Jesús. Jesús viene caminando y ella tiene a Jesús de frente, y ella está pensando qué va a hacer cuando ella se vaya acercando. Eso es como yo me la imagino. Y quizás ella estaba tratando de pensar, viendo a Jesús cuando Él se acerca: "Yo le voy a decir algo." Como a veces decimos nosotros: "Yo creo que soy del Señor para que le diga algo." Y me imagino que Jesús se acercó y en su miedo ya lo dejó pasar.

Y yo recuerdo —no hace mucho, uno o dos meses antes de nosotros mudarnos, quizás tres— alguien me dijo exactamente: "Alguien fue a la oficina. Aconséjeme, pastor. El domingo o el miércoles yo lo vi, y usted venía caminando hacia mí, y yo me dije: 'Cuando él llegue a mí yo le voy a decir algo de esto.' Y usted llegó y no me atreví; me asusté y lo dejé pasar." Pensando en eso, pensé que quizás fue exactamente algo como esto lo que le pasó a esta mujer.

Yo creo que entre nosotros hay personas que a veces decimos: "Tengo que hablar con alguien; voy a hablar con el pastor tal," y lo vemos acercarse y lo dejamos pasar. "Voy a hablar con mi amiga, y cuando ella venga a la iglesia esta noche hablo con ella." Y ella viene a la iglesia y le saludas, pero te atemorizas y la dejas regresar a la casa, y nunca hablas con ella. Y hacemos eso con Dios también: "Tengo que acercarme, tengo que arrepentirme," pero no nos acercamos y no nos arrepentimos.

Pero el problema es que cuando algo va a pasar con Dios es estando cerca. Nada pasa de lejos; nada pasa en la periferia. Si la hija de Jairo se va a levantar en esa cama, Cristo va a tener que acercarse; o Jairo tuvo que acercarse. Si Pedro va a caminar sobre las aguas, él va a tener que hablarle a Jesús y pedirle y rogarle a Jesús, y caminaría sobre las aguas. Y de esa misma manera, hermano, si tú quieres que cosas pasen en tu vida, tú vas a tener que acercarte. "Acercaos a mí y yo me acercaré a vosotros." Y si no te acercas, en la periferia nada va a ocurrir; nunca ocurrirá nada en la periferia.

¿Y cuándo será la próxima vez? Porque la próxima vez nunca llega. Tú tienes que abrirte paso en medio de la multitud. La iglesia ha crecido; la vida ha crecido. Sí. Pero sabes que no somos más que las multitudes que siguieron a Jesús. Y hubo gente que se acercó, y gente que se subió a un árbol y esperó que Jesús pasara. Y Jesús, como le dijo a Zaqueo: "Ven, baja; voy a acercarme." Si alguien quiere salvación en su vida, va a tener que acercarse. De lejos, vía telescopio, nadie se salva. Y de esa misma manera nosotros vemos que esta mujer tuvo que abrirse paso, sobreponerse a su miedo: al miedo de ser descubierta, al miedo de ser rechazada, al miedo a la vergüenza, al miedo de que Jesús le dijera: "¿Cómo te atreves a tocarme? ¿Tú no sabes que la ley declara que tú eres inmunda? ¿Y tú vienes por detrás y te aprovechas?" Ella ya no sabe; no conoce bien a Jesús como para saber cómo la va a recibir. "¿Y te atreves a venir por detrás y a tocarme el manto?" Pero ya había oído de Jesús, es lo que dice el texto, y aparentemente lo que había oído había sido bueno. Y por tanto ella pensó: "Si solamente tocaré su manto, sanaré."

Entre lo que había oído estaba esta costumbre: los hombres solían tener una especie de —me lo explico— una pieza de vestir de tela que iba por encima del resto de la ropa. Era cuadrada y era colocada de una manera que tenía cuatro esquinas, y en cada esquina tenía borlas. Y esas borlas, cuando eran tocadas, la gente creía que el poder de alguien para sanar salía por esas borlas, por esas esquinas. Y aunque el texto no lo dice, asumimos que eso es lo que ella estaba tratando de tocar. De hecho, en Marcos 6, cuando avancemos, veremos que hay gente que está tratando de tocar a Jesús para sanar; esa era la idea. Y esta mujer se ha acercado a Él para tocarlo y sanar, y tuvo que vencer el miedo para eso. Pero ya lo hizo y se acercó.

Una vez más, antes de yo salir de esa área: si no te acercas, nada va a pasar en tu vida. Y lamentablemente, hermanos, nosotros a veces, los que estamos en la iglesia, pensamos que si nos acercamos a la iglesia, o nos involucramos en un ministerio, o tocamos un instrumento, o enseño en la escuela dominical, o predico un sermón, ya estamos cerca. No. Yo puedo estar muy cerca de la iglesia y no estar cerca de Dios. Pastores pueden estar muy cerca de su púlpito y no muy cerca de Dios. La clave es estar cerca de Dios, no de la iglesia. Aunque cuando me acerco a Dios también tengo a la iglesia cerca, porque es el cuerpo de Cristo; pero lo que está al revés no ocurre. Entonces esta mujer ha venido y se ha acercado a Jesús; no sabe qué hacer, pero ya sabe que tiene que ir.

Yo creo que esa es una de las enseñanzas más simples, más obvias, mejor conocidas, pero frecuentemente menos practicadas: que cuando yo no sé qué hacer, estoy ahí por diseño de Dios para acercarme a Él, porque eso es lo que necesito hacer.

Hay un texto del Antiguo Testamento que a mí me llama la atención y que me ministra poderosamente cada vez que lo leo. Es un solo versículo, pero es un momento donde la nación de Israel está siendo asediada y amenazada con ser invadida por los amonitas y por los moabitas. El ejército en contra de ellos es monumental; las defensas que ellos pueden montar son bien pequeñas, bien reducidas. No tienen el tamaño ni la fuerza para poder responder. Y en medio de eso, el pueblo escucha lo que hace: va a donde Dios. Y 2 Crónicas 20:12 nos dice que estas fueron sus palabras:

"No tenemos fuerza alguna delante de esta gran multitud."

Ahí hay un reconocimiento de su insuficiencia, de su incapacidad, de su imposibilidad. "No tenemos fuerza alguna delante de esta gran multitud que viene contra nosotros." Escucha la frase ahora: "Y no sabemos qué hacer." Pero ahora están en la presencia de Dios. "Estamos aquí porque hay una enorme multitud; no tenemos la fuerza contra ella; somos pequeños; no sabemos qué hacer." Punto. "Pero nuestros ojos están vueltos hacia Ti."

"Dios, yo no sé qué hacer, pero mis ojos están en Ti." Y si pudiéramos oír a Dios hablar en ese momento, probablemente escucharíamos algo como esto: "¿Qué más necesitas? Si tus ojos están en mí, yo estoy en ti; tú me tienes. Si me tienes, no te falta nada más, y no tienes que hacer nada más. Yo hago por ti. Mío eres; te he llamado por tu nombre desde la eternidad. De hecho, la debilidad y la multitud que viene contra ti fue permitida por mí para empujarte a mí."

El pueblo confesó su debilidad y su incapacidad. Es nuestro orgullo, nuestro conocimiento, nuestra experiencia: "Yo he lidiado con esto otras veces", "No, yo sé cómo hacer esto", "Es fácil, no voy a molestar a Dios con eso, yo le llevo a Dios otras cosas". Y entonces Dios tiene que orquestar eso precisamente porque Él quiere comunión conmigo. Él quiere que yo experimente su gloria, Él quiere que yo experimente su poder, Él quiere que yo experimente su toque, Él quiere que yo experimente cosas que yo no he experimentado, Él quiere que yo desarrolle mi fe.

Doce años de desilusiones, por muchos médicos. "Cuando tú me toques y sanes, tú vas a poner tu fe exclusivamente en mí. Cuando yo deje morir a tu hija, Jairo, y luego la levante, tú vas a poner tu fe solamente en mí. Pero yo tengo que llevarte ahí, yo tengo que crear situaciones donde la única solución sea fe en mí." El pueblo judío: "Yo tengo que permitir que esta multitud enorme se reúna contra vosotros." Y el pueblo se horrorizó, y el pueblo ayunó, y el pueblo esperó en Dios. Y ahora Dios dice: "Okay, sus corazones están vueltos hacia mí, ahora es mi tiempo. Tú puedes relajar."

La mujer sigue buscando, sigue buscando. Ella quería sanar. Pero escucha, escucha algunas cosas que tú y yo tenemos que aprender de nuestras situaciones, porque no estamos sangrando como esta mujer, pero tenemos otras situaciones. En primer lugar, ella quería sanar. Ella tenía doce años buscando la sanación. Y usted dirá: "Pero, ¿es obvio?" No, no es obvio. Hay mucha gente que no quiere sanar, literalmente hay mucha gente que no quiere sanar.

En Juan 5 hay un paralítico que Cristo se acerca a él, y la primera pregunta de Jesús es: "¿Tú quieres sanar?" Es una pregunta que parece tonta: "Claro que yo quiero." O sea, no, no, no. Mucha gente no quiere sanar, porque su ausencia de sanación es la justificación a todo lo que yo tengo que decir y a todas mis acusaciones contra otros. "Si sano, me quedo sin nada, no puedo acusar a nadie." Ella, esta mujer, quería sanar.

Ella ya se acercó. Ella tomó responsabilidad por su vida, y esto es lo primero que yo tengo que hacer cuando tengo un problema: yo tengo que dejar de culpar y tomar responsabilidad por mi vida. Yo tengo que dejar de mirar la paja en el ojo ajeno y tengo que mirar la viga en el mío. Yo he dicho esto múltiples veces en el último año o dos, en mis consejerías matrimoniales. Son mucho más cortas y mucho más efectivas, y quizás esta es una lección colectiva: deja de apuntar el dedo.

Nunca tiene que ver con la otra persona, tiene que ver con uno mismo. Eso es como la vida está escrita siempre. Nunca me dice: "Si te perdonan, luego tú perdonas." Nunca me dice: "Cuando te dejen de abofetear, tú pon la otra mejilla." Nunca me dice: "Cuando el otro reconozca su falta, tú reconoce la tuya." Nunca me dice: "Cuando el otro comience a cambiar, entonces tú comienza a cambiar." Nunca me dice a mí: "Llena el rol de esposo cuando tu esposa se someta." "Ama a tu esposa incondicionalmente, eso sí, cuando ella se someta." No, nada de eso. El otro no figura en los mandamientos que Dios me da a mí.

Esta mujer tomó responsabilidad por su vida. Quizás de otro tipo, pero tomó responsabilidad por su vida. Abrió paso en medio de la multitud, venció el miedo, se acercó a Jesús, tocó a Jesús. Ella quería sanar y encontró sanación.

Cuando no queremos sanar es porque mi falta de sanación me produce ganancias secundarias. No quiero cruzar a nadie porque esa no es la motivación, pero lo sabemos de medicina y en consejería. La esposa que no quiere que sus dolencias se vayan porque sus dolencias son la excusa siempre para no ir a acompañar a su esposo cuando ya no quiere ir y estar donde él va a estar. Entonces siempre tengo una dolencia que me excusa. El esposo lo hace de otra manera. No son las únicas que funcionan de esa manera.

Pero esta mujer en la historia actuó, y Cristo la sanó. Ella ha tocado el manto. Cristo la llama. Ella no quería hablar; claro que no quieres hablar, porque no quieres contar, en medio de una multitud, cómo pasaste por entre la gente y tocaste a alguien y que ahora todo el mundo lo sepa. No, claro que no quieres. Entonces está en silencio. Pero yo me imagino a Cristo con sus ojos penetrantes dándole la vuelta a la multitud, y cuando esos ojos llegaron a los de ella... wow. Ella se arrodilla.

Entonces la mujer, temerosa y temblando, dándose cuenta de lo que le había sucedido, vino, se postró delante de Él y le dijo toda la verdad. Poder había salido de Cristo; el poder que salió la tocó. Al instante, su fuente de sangrado se secó. Alguna sensación sintió ella, y temerosa y temblando, dándose cuenta de lo que le había sucedido, se postró delante de Él. El temor es humano; lo que no podemos permitir es que nos paralice. Y temblando se acercó. Escucha esa combinación: temblando, temerosa, se postró y le dijo toda la verdad. De rodillas, le dijo la verdad, se arrodilló.

Cristo entonces le dice: "Tu fe te ha sanado." Pero nota el orden, la cronología. El poder ha salido de Él; Cristo aún no ha pronunciado, no ha sellado la sanación. Todavía, cuando Él dice "Vete en paz, tu fe te ha sanado", Él está esperando que ella venga y confiese y le diga la verdad. Y eso es algo que tenemos que recordar, porque a veces en nosotros quisiéramos obtener lo de Jesús —la sanación, la mejoría de mi condición— diciendo la mitad de la verdad, o diciendo algo de verdad mezclado con algo de mentira. Pero no. Yo tengo que decir la verdad, solamente la verdad y nada más que la verdad.

Yo puedo decir verdad con mentira. Yo puedo decir la mitad de la verdad sin mentir, pero no es toda la verdad. De ahí la fórmula: decir toda la verdad, nada más que la verdad, para que no le agregues, y solamente la verdad. Aquí ella hubiera querido irse en silencio para mantener la privacidad, mantener la confidencialidad, para no pasar vergüenza. Y saben qué, hermanos: muchos de nosotros hemos tenido una intervención de Dios en nuestras vidas, en nuestras familias, y vamos al trono de la gracia en silencio, le damos gracias a Dios y no hablamos de lo que Dios ha obrado en mí, porque nos da vergüenza.

Cristo sabe de la posibilidad de la vergüenza de esta mujer. Pero cuando actuamos de esa manera, estamos dejando ver que todavía mi vergüenza me importa más que la gloria de Dios. Si Dios ha obrado, Dios quiere que otros sepan de su obra, y esa es la manera como Él se glorifica: cuando yo cuento mi testimonio. Yo necesito entender eso. "Pastor, pero me da miedo." Ya estamos, hervimos temblorosa. "Pastor, pero a mí ya me tiemblan las manos." Ya estamos temblorosos. "Pero es que ustedes no entienden, me sudan los pies." Sí, yo estoy seguro que te sudan los pies; estamos hervidos también, húmedos, pero no de sangre. Pero cuando tiene que ver con la gloria de Dios, yo tengo que dejar mi miedo, mi temor, mi sudor, mi vergüenza en el altar de la cruz, y venir y acercarme y darle gloria por lo que Él ha hecho.

¿Qué hacer cuando no sé qué hacer? Yo voy y pongo mis ojos en Él, y espero en Él, y hablo con Él, y confío en Él, y permito que el honor y ahí en paciencia... Yo estoy a la espera, como Jairo. Está en medio de todo esto que está pasando. Yo no sé cuánto tiempo tomó, pero tomó un momento. Por lo menos Jairo está en medio de todo esto, con una noticia de que su hija se murió, y el Maestro le está diciendo que no tema, que Él va a ir con él. Pero él sabe que se murió, y ahora tiene que esperar a que Él lidie con esta mujer y este sangrado, y los que están alrededor oprimiéndole. Y él ahí esperando. Sí, así es como Dios obra. Dios me está enseñando que hay un periodo de espera en medio del cual Él desarrolla mi fe.

Esta mujer quería, en cierto sentido —por razones que ya expliqué— recibir la sanación e irse sin dar gracias. Pero no, no, no, no. "Tú recibiste la sanación, déjanos saber." Yo no quiero que sea como los leprosos que se fueron y nueve no regresaron. Yo quiero que aprendas a darle gloria a Dios, a recibir y a dar con gratitud. "Tu fe te ha sanado, vete en paz y queda sana de tu aflicción."

Ese es el momento: el poder ha salido, algo ha secado su fuente, pero aún no sé si esto es ya una sanación completa, y es ahora en el versículo 34 cuando Jesús dice: "Vete en paz y queda sana de tu aflicción." La palabra usada por Jesús —"tu fe te ha sanado"— en el contexto hebreo-griego podía implicar también "salvado", y posiblemente eso no solamente secó su fuente, sino que al decir toda la verdad —no sabemos todo lo que dijo ahí— quizá hay una actitud de arrepentimiento y de salvación de parte de Jesús hacia ella.

En este caso de la historia sabemos que decir toda la verdad tenía que ver con la enfermedad. En nuestro caso tiene que ver con otras cosas. Yo tengo que apoderarme de la verdad.

Dios no trabaja en el corazón que no se ha podido entregar por completo de su parte y que ha dejado de usar al otro como una excusa para su pecado, porque eso es excusar el pecado, y es una mentira. Pero cuando lo hacemos de otra manera, entonces Dios puede decir: "No temas, crees solamente." Tememos a perder el nombre, a perder la reputación. "Bueno, yo soy anciano, pastor de la iglesia, y yo no puedo admitir eso." Bueno, pues entonces Dios no puede obrar de esa manera. Es el temor lo que no nos deja confiar.

Confiemos en Dios y Él se encargará del resto. "Hija, tu fe te ha sanado", le dice a esta mujer. Y a Jairo le dijo: "No temas, crees solamente." Dios sabe que el mayor enemigo de nuestra fe es el temor. "No temas, crees solamente." En ocasiones, Cristo no hizo muchos milagros en ciertas regiones, dicen los evangelios, por la incredulidad de ellos. Quizás en ocasiones Dios no ha obrado tan grandemente en nuestras vidas por nuestra incredulidad. Dios está por mí, Dios está a mi favor.

Ahora Cristo deja a esta mujer, la deja sana, la ha proclamado sana: "Tu fe te ha sanado, sana de tu aflicción." Sigue caminando hacia donde está Jairo, donde ahora se encuentra un alboroto. Era común en esa época encontrarse con tal alboroto; la gente incluso contrataba lloronas, lo cual ocurría en nuestro país también. Jesús pregunta por qué tienen ese alboroto, manda a salir a todo el mundo de la casa y se queda con el padre, la madre, Pedro, Juan y Jacobo. Los otros discípulos se quedaron fuera también.

Pedro, Juan y Jacobo van a tener la oportunidad de ver algo que otros no estaban viendo. Y saben algo: cuando lo vieron cerca de Jesús, tú no puedes ver nada ni experimentar nada lejos de Jesús. Si tú vas a experimentar algo, va a ser cerca de Jesús. Si Juan y Jacobo van a experimentar el poder de la resurrección, va a tener que ser cerca de Él. Desde la periferia no pueden verlo.

El Señor se acerca y le dice a esta niña: "Talita cum." ¡Oh, cuánto yo debería por estar ahí! "Niña, a ti te digo, levántate." Mientras tanto, hay un grupo que se está burlando. Cuando Él dijo "está durmiendo", era un eufemismo: estaba muerta. Pero lo que les estaba diciendo era: "Yo la voy a levantar otra vez, de manera que para estos fines está durmiendo." "Niña, levántate."

Imagínate al padre y a la madre. La madre que había estado con ella cuando murió; Jairo, que venía con la noticia de que ya había muerto; y ver a esta niña levantarse en la cama, abrir los ojos. Y Él les dice que le den algo de comer, y su hija pararse de ahí a comer. ¡Wow! ¿Te imaginas la fe en el corazón de Jairo que una experiencia como esa despertó? ¿Te imaginas la cantidad de enseñanza que ese día produjo?

Cuando no sé qué hacer, ya sé a quién acudir. Cuando el Maestro parece entretenido, no es así; espera, Él sabe lo que está haciendo. Cuando tú le hablas al Maestro y le informas algo en lo que Él está interviniendo en ese momento, Él lo sabía de antemano. Cuando estoy en una circunstancia difícil y en desesperación, Dios la ha orquestado para acercarme a Él; eso es parte de su trabajo en mí. Cuando finalmente tengo que doblar la rodilla, es porque Dios ha reconocido que es tiempo de que yo me rinda.

¿Te imaginas toda esa enseñanza? Cuando todas las esperanzas han sido perdidas, no te preocupes: mientras que hay Jesús, hay esperanza. Sanar de un sangrado, levantarse de los muertos, porque Jesús está presente y está muy cerca. Yo no puedo conseguir nada estando lejos; yo tengo que acercarme hasta tocar. Yo tengo que tocar su mano; bueno, en este caso tocamos su trono, el trono de la gracia.

Este es una producción que llega hasta ustedes gracias a los aportes de individuos y empresas comprometidos con la defensa de la fe. Para más información, preguntas y comentarios, visite nuestra página de internet: www.integridadyavidez.org. En dicha página encontrará información sobre la producción de este y otros recursos que ponemos a su disposición, como también las formas en las que usted puede contribuir con la producción de programas como estos. Les invitamos nuevamente a visitar nuestra página de internet: www.integridadyavidez.org. Hasta la próxima, cuando nos reencontremos en su Palabra.

Joan Veloz

Joan Veloz

Joan Veloz conoció la gracia de Dios en 2005 en la IBI, es pastor de la Iglesia Bautista Internacional y Vicepresidente de Integridad & Sabiduria. Es abogado con maestrías en Gerencia y Productividad, Estudios Teológicos (MATS) y Divinidad (MDiv) y un Doctorado en Ministerio, todos completados en el Southern Baptist Theological Seminary. Está casado con Michelle Suzaña y tienen tres hijos: Daniella, Camila y Miguel Andrés.