Integridad y Sabiduria
Sermones

¿Quién es justo para Dios?

Héctor Salcedo 25 diciembre, 2011

¿Quién es realmente justo delante de Dios? Muchos creen que una vida moralmente decente —no robar, no mentir, cumplir con la familia— los coloca en buena posición ante el Creador. Otros confían en sus prácticas religiosas: asistir al templo, ayunar, diezmar. Pero la parábola de Lucas 18 desafía radicalmente estas suposiciones al presentar a dos hombres que suben al templo a orar, con resultados completamente opuestos.

El fariseo representa lo mejor que la sociedad podía ofrecer: un hombre íntegro, cumplidor de la ley, que ayunaba más de lo requerido y diezmaba de todo lo que ganaba. Su oración, sin embargo, revela el problema: "Dios, te doy gracias porque yo no soy como los demás". El centro de su confianza era él mismo, su comparación era con otros hombres, no con la santidad perfecta de Dios. En contraste, el recaudador de impuestos —considerado el peor pecador de su época, traidor de su pueblo— ni siquiera levantaba los ojos al cielo. Solo golpeaba su pecho diciendo: "Dios, ten piedad de mí, pecador". No tenía nada que ofrecer, ninguna obra que presentar.

El resultado es estremecedor: el despreciado recaudador descendió a su casa justificado; el fariseo ejemplar, no. La justificación no es algo que se gana con esfuerzo moral o religioso; es algo que Dios concede al corazón humilde que reconoce su incapacidad y apela únicamente a la misericordia divina basada en el sacrificio que Él mismo proveyó. El pecado no es razón para alejarse de Dios, sino para acercarse a Él sin nada que ofrecer excepto fe.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

El mensaje de hoy es: ¿quién es justo frente a Dios? Con esta pregunta hay mucha gente que se confunde. Hay mucha gente que entiende que Dios es agradado de diferentes maneras. Las religiones paganas entienden que sus deidades son agradadas, son complacidas con sacrificios humanos. A nosotros nos choca eso, pero son creencias que son más de la antigüedad que de hoy en día. Sin embargo, no me cabe la menor duda de que hay tribus y poblaciones en el planeta que todavía piensan que un sacrificio animal o un sacrificio humano puede complacer a una de sus deidades.

Otras personas tienen relación con sus deidades de un tipo más hinduista, donde el hindú entiende que él alimenta a sus dioses. El hinduista le lleva alimento, le lleva bebida, le lleva comida, le lleva incluso algunos inciensos, tabacos, mirra, a sus deidades. Y las deidades son, entienden ellos, agradadas de esa manera. Otras personas se van más por un pensamiento ético o moral, pensando que Dios, el que exista, es agradado si yo soy un buen hombre, una buena mujer, un hombre que es responsable, honesto, veraz, fiel, o una mujer con todas esas condiciones también.

Muchos han entendido que Dios no es agradado con ninguna de esas cosas místicas ni supersticiosas, sino que Dios debe estar bien conmigo porque yo soy un buen hombre, una buena mujer. Y basan entonces su relación con Dios en que yo estoy haciendo las cosas bien o viviendo de una manera correcta. Muchos entienden que si lo hacen así, también están bien con Dios.

La pregunta que yo quiero responder es: ¿quién es bíblicamente justo delante de Dios? ¿Quién es la persona que Dios considera que está haciendo las cosas bien? No según mi manera de pensar, no según mi percepción, sino bíblicamente. ¿A quién aprueba Dios? ¿A quién le dice Dios "bien hecho"? Esa es la pregunta que yo quisiera responder en el día de hoy.

Increíblemente, a pesar de que la Biblia es clara en la manera como nuestro Dios es agradado y complacido, no todo el que lee la Biblia llega a las mismas conclusiones. Hay personas que leen versículos sacados de contexto y llegan a una verdad que no tiene nada que ver con la doctrina bíblica, y hay de todo tipo de movimientos en ese sentido. O sea que no todo el que toma una Biblia y expone un verso está hablando la verdad bíblica. Algunas personas leen la Biblia y no llegan a la conclusión que yo quisiera presentarles a ustedes hoy: la manera como Dios es agradado por el ser humano, cómo Dios es complacido por el ser humano, cómo Dios acepta a un ser humano, cómo Dios aprueba a un ser humano.

¿Quién es justo frente a Dios? ¿Quién es aprobado por Dios bíblicamente hablando? Yo quiero tomar una enseñanza de Jesús para tratar de responder esta pregunta. ¿Quién es el hombre o la mujer que Dios aprueba? Veamos el texto y tratemos de ir viendo a lo largo de la parábola cómo esa pregunta es respondida.

Lucas 18:9-14: "Refirió también esta parábola a unos que confiaban en sí mismos como justos y despreciaban a los demás. Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo, el otro recaudador de impuestos. El fariseo, puesto en pie, oraba para sí de esta manera: 'Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, estafadores, injustos, adúlteros, ni aun como este recaudador de impuestos. Yo ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todo lo que gano.' Pero el recaudador de impuestos, de pie a cierta distancia, no quería ni siquiera alzar los ojos al cielo, sino que golpeaba su pecho diciendo: 'Dios, ten piedad de mí, pecador.' Os digo que este descendió a su casa justificado, pero aquel no. Porque todo el que se ensalza será humillado, pero el que se humilla será ensalzado."

Jesús enseñaba frecuentemente en parábolas: una historia que contiene normalmente una verdad espiritual. A veces es evidente, otras veces no es tan evidente; hubo parábolas que Jesús tuvo que explicar. Esta tiene la condición de que es muy sencilla de entender. No es una parábola sobre la oración, como algunos han entendido, pensando que el mensaje es la manera como yo oro, que cuando vengo delante de Dios debo venir humillado. Sabemos claramente por el versículo 14, que es la conclusión de la parábola —"Os digo que este descendió a su casa justificado, pero aquel no"—, que no se trata de la oración, sino de la justificación, de cómo Dios considera justo a un hombre o a una mujer. Es una parábola que nos explica quién es la persona que Dios aprueba.

La parábola se dirige, como nos dice el versículo 9, a un grupo de individuos que confiaban en sí mismos como justos y despreciaban a los demás. Esos son los receptores de la parábola. Jesús enseñaba en diferentes grupos y a veces dirigía una enseñanza a un grupo en particular: a veces lo hacía a pecadores, a veces a fariseos. En este caso, aunque ilustra el punto con un fariseo, lo dirige a un grupo de gente que se consideraba justa a sí misma y despreciaba a los demás.

Esa no es una condición extraña en el ser humano. Mucha gente entiende que está bien con Dios. La gente entiende que si vive una vida mínimamente moral, respetando ciertos principios —el derecho ajeno como límite para hacer tal o cual cosa, no robar, no estafar, no mentir, ser fiel en general, cumplir los deberes familiares y ciudadanos—, entonces está bien con Dios. Yo diría que esa es una condición más común de lo que nosotros pensamos. La mayoría de la gente entiende que si vive una vida mínimamente moral y cumple ciertos ritos religiosos, está bien delante de Dios.

Se comparan con otros —"despreciaban a los demás", dice el texto—: "Yo no soy tan malo como aquel, yo no soy tan desconsiderado como el otro." Y desarrollan un sentido de tranquilidad en su conciencia de que ellos están bien con Dios, de que no hay nada más que hacer, de que eso es lo que Dios demanda y requiere de su vida. No es una condición extraña; es una condición muy común. Tenemos expresiones cortas del tipo: "Bueno, yo no robo, yo no mato, yo no hago esto." Y nos hacemos sentir a nosotros mismos tranquilos, justos delante de Dios.

Ese es el caso: si en algún momento has pensado que debes estar bien delante de Dios porque no eres muy malo, porque más o menos eres un hombre moral o una mujer cumplidora, este es un mensaje para ti, que te consideras justa o justo delante de Dios.

Habiendo visto los receptores, ¿cuál es el mensaje de la parábola? Como ya dije, no es sobre la oración; es sobre la justificación. Ese es el término que se usa en el versículo 14 cuando se dice: "Este descendió a su casa justificado, pero aquel no." Es un concepto muy usado por el apóstol Pablo. El escritor que más lo usa en la Biblia es el apóstol Pablo. La carta a los Romanos se entiende como un tratado sobre la justificación, sobre la mecánica de cómo Dios hace que el hombre sea justo delante de Él. Pablo nos explica en el libro de Romanos y llega como a una especie de clímax en un momento dado, donde literalmente nos dice que ningún hombre será justificado por las obras de la ley, sino que el hombre será justificado delante de Dios por gracia a través de la fe.

Este es el mensaje cristiano: que yo no hago nada para agradar a Dios y ser justo delante de Él. Si yo voy a ser justo delante de Dios, es por algo que Él hace en mí, no que yo hago por Él. De hecho, la mayor parte de las veces que la palabra "justificado" aparece en las Escrituras, incluyendo este versículo 14 —"Os digo que este descendió a su casa justificado"—, está en verbo pasivo. Este hombre no se ha justificado a sí mismo; él fue justificado por Dios. Es algo que Dios hace, no algo que yo obtengo o logro. Y es vital que nosotros lo tengamos en cuenta.

Este estado de ser justificado, o ser considerado justo por parte de Dios, implica ser aceptado por Dios, ser considerado por Dios como justo, ser tenido por Dios como alguien que hace lo correcto. Esa es la condición de un hombre o una mujer justificado delante de Dios. En esta parábola no se nos explica el cómo es justificado el hombre, pero sí el quién es justificado, de qué manera me acerco a Dios de forma tal que Él me justifique. El quién es justificado es el meollo de la parábola, más que el qué es la justificación.

No está ni en los receptores ni en esta explicación; está en los personajes, y hay dos personajes. El primero es el fariseo y el otro es el recaudador de impuestos: los dos extremos morales de la sociedad de esa época. El fariseo era considerado el hombre más devoto e íntegro de su época. Nosotros, que hemos estado expuestos a la enseñanza bíblica por algún tiempo, cuando nos mencionan la palabra "fariseo", siempre pensamos en hipócrita. "No seas fariseo." Tenemos términos que asocian al fariseo con la hipocresía, ¿cierto? Pero eso lo sabemos nosotros porque Jesús desenmascaró a los fariseos.

En la época de Jesús, el fariseo era tenido como el hombre más correcto que había, el hombre más íntegro que había, el hombre al que no se le podía señalar nada. Era un hombre que cumplía sus deberes, que cumplía su palabra, que cumplía sus votos religiosos. Si alguien iba a ser salvo por Dios, ese debía ser el fariseo; el fariseo era el maestro de la ley en la época de Jesús. Cuando Jesús comienza a confrontar a los fariseos, esto es algo chocante. De hecho, el resultado de esta parábola es absolutamente chocante.

Porque en los días de Jesús, el fariseo era el hombre que contaba con el favor de Dios. ¿Quién es el fariseo? El que cumple la ley, que cumple sus votos, que cumple su palabra, que paga sus impuestos, que paga sus compromisos, que cumple con Dios. Esto es un hombre bueno, humanamente y socialmente hablando. Pero ese no es el resultado de la parábola.

Este grupo, de hecho —los fariseos—, el nombre "fariseo" significa "los separados". Eso es lo que significa la palabra fariseo. Y en su espíritu inicial era un grupo que quería separarse para Dios. Lamentablemente eso se fue desviando, y esa separación se convirtió en su seguridad. Ellos pusieron su fe en su separación ética y moral, y no en Dios que salva al pecador. Ellos quitaron su foco de Dios como dador de vida y dador de salvación, y lo pusieron en su rectitud ética y moral, y pensaron que eso los hacía justos delante de Dios.

Y esa es la condición de mucha gente hoy en día. La gente piensa que está bien con Dios si es un hombre honesto, si es un hombre veraz, si es un hombre medianamente moral. Esa es la realidad de los fariseos. Ellos habían llegado a un celo por el cumplimiento de la ley que descompusieron la ley de Moisés en 613 mandatos y los trataban de cumplir a la perfección, por lo menos externamente. Jesús les dijo: "Este pueblo de labios me honra" —hablando de los fariseos—, "pero su corazón está lejos de mí." De labios me profesa, pero su corazón —como Dios siempre está más interesado en el corazón que en las obras externas— está lejos de mí.

Pablo era fariseo, según Filipenses 3:5. Un hombre celoso del cumplimiento de la ley, un hombre recto, un hombre humanamente hablando justo delante de Dios. Y a lo largo de la parábola, entonces, Jesús nos sigue hablando de este individuo. Fíjense que ambos suben al templo: uno que no es justificado y otro que no es justificado, o sea, ambos estaban en el templo. El fariseo, puesto en pie —versículo 11—, oraba para sí de esta manera. Oraba para sí, dice Jesús, porque cuando vemos el contenido de su oración, él menciona la palabra "Dios" al principio, pero luego no la vuelve a mencionar. En inglés se ve mejor, porque tiene cinco veces "I, I, I, I, I": yo, yo, yo, yo, yo. El centro de su oración era él.

Él vino primero y se presentó delante de Dios, y lo que presenta delante de Dios es su justicia moral: "Te doy gracias, porque no soy como los demás hombres, los estafadores, injustos, adúlteros, ni aun como este recaudador de impuestos." Moralmente él se veía como justo. Y no creo —porque no está incluido en la parábola— que Jesús nos esté diciendo que él no era sincero. Este era un hombre justo, íntegro, serio y fiel. Jesús nos está diciendo que este era un hombre que a los ojos humanos estaba cumpliendo lo que debía cumplir, estaba viviendo como debía vivir. Era probablemente un hombre ejemplar, un hombre al cual deberíamos seguir. Es claro en la parábola que este hombre es un hombre moralmente intachable.

Obviamente, parte de su justicia moral que él viene a presentar delante de Dios es: "Señor, te doy gracias, porque yo no soy tan malo como el adúltero, ni como el estafador… No soy ninguna de estas cosas." Pero su comparación fue incorrecta. "No soy como los demás hombres, como este recaudador de impuestos." Sí, una de las formas como nosotros nos sentimos mejor con nosotros mismos es cuando nos comparamos, no con quien debemos compararnos —que es Cristo—, sino con el hombre que está al lado de nosotros. Así cualquiera queda bien parado, porque siempre hay alguien peor que tú. Siempre hay alguien más malo, más descarado, más estafador, más mentiroso. Así nuestro nivel de justicia moral se ve muy bien.

Y obviamente, si su punto de comparación era "no soy ni aun como este recaudador de impuestos", si su punto de comparación era el hombre y no Dios, él iba a sentir que estaba bien. Porque no hay que ser muy agudo para darse cuenta de que el mundo anda mal, y eso no es de ahora. Entonces, muchos de nosotros podemos sentirnos que, como no estamos como está la sociedad, no estamos tan mal. Yo debo estar bien delante de Dios. Dios debe considerarme un hombre justo, una mujer justa. Yo no sé cómo es esa gente. ¿Qué es lo que está pasando? Vemos la perdición de esta sociedad y nos sentimos bien, nos sentimos justos a nosotros mismos.

Pero Dios no considera justo al que es culturalmente justo, al que es un poco mejor que el promedio, al que no hace lo que hacen los otros. Cuando Dios compara el grado de justicia de una persona, lo compara con la vida perfecta e intachable de su Hijo Jesús, y no con la moralidad cultural que puede estar rodeándonos. Entonces, no nos dejemos engañar: nuestro nivel de moralidad no debe ser comparado con el de nuestros colegas, compañeros, amigos y familiares, sino con la perfección santa de Dios. Ahí quedamos muy mal parados. Pero esta fue la comparación de este hombre.

Lo primero que él presentó delante de Dios fue su justicia moral: "Yo debo estar bien delante de Dios porque soy un hombre moralmente justo." Lo segundo que él presenta, en el versículo 12, es: "Yo ayuno dos veces por semana, yo doy el diezmo de todo lo que gano." Su justicia religiosa. Este no era solamente un hombre moralmente íntegro; era un hombre religiosamente irreprochable. Él cumplía con todo lo que el templo y la religión le exigían. El equivalente de eso hoy en día sería que este hombre venía a la iglesia los domingos y los miércoles, oraba todos los días en su devocional, leía su Biblia, tenía cierta meditación. Este hombre estaba, religiosamente hablando, haciendo todo lo que se supone debe hacer el ser humano para agradar a Dios.

De hecho, voy más lejos: él estaba haciendo más de lo que la religión le exigía. "Yo ayuno dos veces por semana." En la ley judía había un ayuno obligatorio al año, que era el Día de la Expiación —Yom Kipur—, el día que se ayunaba mandatoriamente para todos los israelitas. Todos los ayunos adicionales eran ayunos por devoción personal, no eran ayunos mandados. Él se está diciendo a sí mismo: "Oye, yo ayuno 104 veces al año" —porque dos veces por semana son 52 semanas, dos por 52: 104 veces al año—, cuando el ayuno ordenado es uno. "Yo doy el diezmo de todo lo que gano." El diezmo era ordenado del producto de la tierra, no de todo lo que tú ganabas. Este hombre está, religiosamente hablando, por encima de lo que la religión le exige.

Fíjense cómo viene este hombre: "Oye, soy un hombre serio, honesto, íntegro. Con la religión, yo pago más de lo que me piden, yo ayuno más de lo que dicen." E incluso era tan virtuoso que le da gracias a Dios. Fíjense lo que dice el versículo 11: "Dios, te doy gracias, porque no soy como los demás." O sea, él entiende que esas virtudes que él tiene vienen de Dios. Y como lo dice el versículo 14, este hombre, con toda su justicia moral, con toda su justicia religiosa, con todo su entender que eso le viene de Dios, no, señores —hoy en este mensaje—, no estaba bien delante de Dios; no era, delante de Dios, un hombre justo. Esto es algo que estremece el corazón del que lo entiende.

Nos deja con una pregunta: ¿cómo agrada uno a Dios entonces? El judío que escuchó esta parábola, literalmente esta parábola lo condena. El judío que lo entendió en su contexto, que veía al fariseo como un santo, decía: "¿Y si el fariseo está condenado, qué de mí?" Si es el hombre que cumple todo lo que debe cumplir un ser humano, si es el hombre que es religiosamente irreprochable, si es un hombre al que vemos orar aquí frente al templo —fíjense cómo dice el versículo 11: "puesto en pie, oraba para sí"—, él oraba en público, un hombre que a todas luces debería ser justo delante de Dios. ¿Podría ser que yo me he confundido de esa manera? Hay gente que yo veo, o yo mismo me considero un hombre justo delante de Dios porque, al final, soy un hombre devoto, soy un hombre entregado, y al final yo me esfuerzo, yo trato de hacer las cosas bien.

Muy bien, esa no es la condición para estar delante de Dios justificado. Y es un problema para el ser humano cuando yo vengo delante de Dios y mis primeras expresiones son: "Señor, gracias porque yo… porque yo… porque yo." La salvación no tiene nada que ver contigo; tiene todo que ver con Dios. Y si mis ojos, en cuanto a mi salvación y el estado eterno de mi alma, se desvían por un minuto hacia el "yo he logrado, he obtenido o he ganado algún tipo de mérito que me da salvación", en ese mismo instante esa declaración me ha condenado. Esa era la condición del fariseo.

Versículo 13: el otro personaje. "Pero el recaudador de impuestos, de pie a cierta distancia, no quería ni siquiera alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: 'Dios, ten misericordia de mí, pecador.'" Algunas traducciones, como la Reina Valera, tienen la palabra "publicano", pero es incorrecto en el original, porque el publicano era otro. El publicano era un gentil, no un judío, contratado por el Imperio Romano para cobrar impuestos, pero él no lo hacía directamente: él contrataba a judíos, él contrataba a recaudadores de impuestos.

Los recaudadores de impuestos eran tenidos como la peor clase, moralmente hablando, de la sociedad judía. Esta era gente de la peor calaña; esta gente había vendido su alma al Imperio Romano, le cobraba impuestos injustos al pueblo, y no solamente le cobraba impuestos injustos como judío: él se quedaba con parte de esos impuestos. Era un hombre ferozmente despreciado en la cultura judía, era el más vil de los pecadores. Varias veces en los evangelios vemos cómo hay una lista de acusaciones contra Jesús: "Es que ese hombre se junta con pecadores y recaudadores de impuestos. Es que ese hombre se junta con prostitutas y recaudadores de impuestos." En la lista de los peores pecadores, el recaudador de impuestos siempre estaba presente.

Esta es el personaje que está en la parábola, que de manera chocante es el que desciende a su casa justificado. Esto está haciendo un giro en la mente del judío: el recaudador de impuestos. Si Jesús quería presentar una persona justificada, no debía poner un recaudador de impuestos, porque humanamente hablando, ese no era el prototipo; era otra persona, o debía ser otra persona.

Pero este hombre viene de pie a cierta distancia, ni siquiera quiere alzar los ojos al cielo. Él no se mira a sí mismo, mira a Dios. Él no mira lo que él puede traer y ofrecer; él mira lo que Dios puede hacer por él. Y su oración es corta, pero potente: "Dios, ten piedad de mí, pecador." La Reina Valera dice: "Dios, sé propicio a mí." En el original, esa palabra "propicio", la palabra "piedad", significa ser propicio. Ser propicio es: favoréceme, sé propicio a mí, favoréceme.

Pero en el contexto judío tenía otra implicación, porque la propiciación, en el contexto judío, era la propiciación del pecado. Dios, en su ira contra el pecado, en su molestia contra el ser humano que peca —que claramente la Palabra nos dice que Dios tiene esa emoción dentro de sí—, Dios, como Dios justo y santo, se aíra contra el pecado. El pecado tiene ese efecto adverso en el corazón de Dios, esa emoción adversa en el corazón de Dios. Y para que Dios libere esa emoción, se nos dice en la Escritura que es necesario un sacrificio.

Todo el sistema judío de sacrificios, de corderos año tras año —a veces cometes un pecado, un sacrificio; cometes otro pecado, un sacrificio—. Una vez al año había que hacer un sacrificio por todo el pueblo; eso se llamaba propiciación. Porque la paga del pecado es muerte. El pecado no es indultado a los ojos de Dios; el pecado, a los ojos de Dios, es pagado.

El indulto que a veces se le da al que está convicto en las leyes humanas es un levantamiento de la pena. Nadie ha pagado una fianza, nadie ha pagado la pena, se le levanta la pena, pero es porque alguien en buena posición actuó con condescendencia hacia esa persona. Pero es injusto. ¿Se dan cuenta de por qué es injusto, verdad? Porque si la ley dice, si la ley establece que ese individuo debe estar diez años en la cárcel y sale al tercer año, eso es injusto, porque lo justo es que él cumpla su pena, como otros, como todos.

Sería injusto de parte de Dios que el ser humano violente su ley y Dios diga: "Los perdono." ¿Se dan cuenta? Es injusto. Si violentamos su ley, alguien tiene que pagar: o lo pago yo, o lo paga otra persona. Y el sistema que Dios diseñó es que en el sistema de sacrificio judío el cordero pagaba el pecado del ser humano. Pero nosotros sabemos ahora, que tenemos el Nuevo Testamento, que todo eso era un símbolo del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, que es Cristo.

Había un sacrificio adelante en la historia, que vendría Dios mismo, hecho carne, y Él cargaría nuestra culpa, vertiría su sangre para que Dios fuese propicio a nosotros, para que Dios pudiese perdonar al ser humano, basado en que la condena fue pagada, no indultada, pagada.

Y de hecho me voy más lejos. En el Antiguo Testamento, muchos de ustedes conocen el Arca del Pacto. El Arca del Pacto era una especie de cofre, de baúl, que contenía tres cosas: contenía la vara de Aarón, contenía una porción de maná y contenía las tablas de la ley de Dios, las tablas de los Diez Mandamientos. Dentro estaban depositadas esas cosas. A lo largo de todo el libro del Éxodo, el Arca del Pacto viajaba delante del pueblo en el desierto, y donde quiera que ellos reposaban, ahí ponían el Arca, armaban el tabernáculo, porque el Arca representaba la presencia misma de Dios.

Cuando Dios veía hacia su pueblo, el centro de su visión era el tabernáculo, donde estaba su ley reposando, una ley que yo había quebrantado y que el pueblo había quebrantado, y Dios sabía que había sido quebrantada. Por arriba, en la tapa del Arca, estaba el propiciatorio. Ahí se vertía la sangre del cordero para el perdón de los pecados. Cuando Dios veía su ley quebrantada, Él no veía su ley quebrantada; Él veía la sangre que se vertía sobre el propiciatorio, y Dios era propicio al pueblo.

Literalmente, lo que Dios ha hecho es que cuando Dios ve su ley quebrantada por cada uno de nosotros, pero ve la sangre vertida por el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, es que Él es propicio, porque ya la sangre fue vertida, y Él puede entonces justamente perdonar al pecador, porque el pecado fue pagado.

Cuando este hombre ora, cuando este recaudador de impuestos ora y dice: "Dios, sé propicio a mí", hay todo un trasfondo cultural. Él está diciéndole a Dios: "Perdóname en base a tu sacrificio. Perdóname en base a lo que tú proveíste." Y esto es antes de la cruz; él no sabe que la cruz viene por ahí, pero sí sabe que cuando Dios perdona, Dios perdona en base a un sacrificio, porque él es judío. Y es una parábola dicha por Jesús, quien sí tenía la cruz en mente cuando dijo esta parábola.

Entonces, la persona justa delante de Dios, diferente a lo que el mundo piensa, no es el que tiene una justicia moral irreprochable y una justicia religiosa impecable. No es el que hace todos los deberes y cumple todo lo que tiene que hacer. Es aquella persona que sabe que no puede presentar delante de Dios ninguna obra perfecta, porque ninguna obra humana es perfecta, por más que nos esforcemos. Y va a donde Dios y apela a Dios: "Ten misericordia de mí, en base al sacrificio que tú proveíste. Yo no tengo nada que presentar, yo no me merezco estar aquí, yo me quedo distante, yo no he levantado mi vista, yo no soy digno de que tú te fijes en mí, pero Señor, provee una vía de misericordia para mí, pecador."

En el original él dice "el pecador", es como si dijera "el peor de los pecadores." Yo, aquella persona que no tiene nada que ofrecer, nada que presentarte. Él no se miró, él no puso su vista en su propia persona. Y es importante que nosotros sepamos que la manera como Dios justifica al hombre nunca tiene que ver con nosotros. No se debe a mi calidad moral, ni a mi calidad ética, ni a mis principios, ni a mis valores, ni a lo bueno que yo he sido. Aunque todo eso es elogiable y es bueno que lo hagamos, esa no es la base de la justificación.

Esa es el fruto de la justificación. Un hombre, una mujer que ha sido justificado por Dios, que ha sido perdonado por Dios, quiere vivir de manera agradecida y comienza a vivir éticamente y moralmente, y a hacer lo que tiene que hacer como un resultado de haber sido aceptado por Dios, no para que Dios lo acepte. Porque sabemos que cualquier obra humana se queda corta ante la perfección de Dios.

Dios no está buscando, hombre y mujer, más o menos buenos, más o menos morales. Dios, para acercarse a Él, requiere perfección: perfección en toda la vida, desde que nací hasta que me morí, perfección de acción y perfección de motivación. Lo que Dios quiere es que cumplamos los Diez Mandamientos, sí, pero Pablo nos dice claramente que la ley no nos fue dada para ser cumplida, porque nadie puede cumplir la ley a la perfección. La ley no fue dada para decirte que puedes salvarte por ti mismo; fue dada para decirte: "Tú no puedes ver a Dios, tú no puedes salvarte por ti mismo, tú necesitas un Salvador." Pablo le llama a la ley "el ayo que nos conduce a Cristo."

El que se pone a estudiar la ley de Dios detalladamente y profundamente, y no queda con un sentido de frustración, no ha entendido la ley. Es frustrante leer la ley de Dios. Cuando entendemos todas las implicaciones, no vamos a lo de "no matarás" —que Jesús dice: "Ustedes oyeron que fue dicho: no adulterarás. ¡Ah, sí, yo no adultero!" Y Jesús dijo: "Sí, pero todo aquel que mira a una mujer y la codicia en su corazón, ya adulteró con ella en su corazón." ¡Ahí! Y "no cometerás homicidio, no; yo no he matado a nadie." Y Jesús dice: "Sí, pero yo os digo que todo aquel que se aíra contra su hermano ya es reo del juicio." ¡Ahí! ¿Se dan cuenta? La ley tiene un mandato externo —"no cometerás homicidio"—, pero hay una intención del corazón que también prohíbe, y contra esos pensamientos nada podemos hacer. Nada podemos hacer.

Y el que entiende la ley de Dios y no queda cabizbajo y desesperanzado de su propia posibilidad de ser salvo, no ha entendido la ley de Dios. ¿Cuánta gente hay confundida con esto? ¿Cuánta gente hoy en día incluso visita iglesias, tiene una vida que externamente es una vida cristiana, y no desciende a su casa justificado, porque nunca ha entendido que Dios me acepta no por algo que yo logro, o hago, o gano? Dios me acepta por una actitud interna de corazón, donde yo entiendo que yo soy indigno, y que Dios es un Dios perfecto, y que si Él me va a aceptar va a salir de su gracia y no de mis esfuerzos. Esa es el corazón del mensaje cristiano.

Dios nos salva por gracia, no por obras, para que nadie se gloríe. No es un pago a mis buenas obras; es un regalo a mi fe. Esa es la vida eterna de Dios. Literalmente Pablo lo dijo así en Romanos 6:23: "Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro." La dádiva, el regalo, el obsequio. Nadie trabaja para que le regalen algo, ¿no? Te lo regalan; el que quiere, te lo regala.

Cuánta gente confundida. Algunas lecciones de esta parábola, y con esto voy concluyendo. Primero: no todo el que cree que está bien con Dios está bien con Dios. No creamos que porque somos individuos más o menos morales, que tenemos ciertos principios éticos —lo cual es muy bueno, se supone que debemos hacer eso también, pero no para salvación—, eso no es la base de nuestra salvación, esa no es la base de nuestra justificación. La base de la justificación es la fe en Cristo, de que su obra redentora paga mis pecados, pecados que tú no podías pagar y yo no podía pagar, a menos que nos fuésemos a la condenación eterna. Hay mucha gente que cree que está bien con Dios y no lo está; ha confundido la base de la justificación, de la misma manera que el fariseo.

Es un hombre moral, un religioso que dice "cumplo con Dios", y está condenado; no descendió a su casa justificado, dice la Palabra. Número dos: parece que yo vivo sobre una base moral, pero que yo sea enfático en esto: ni las virtudes morales ni las virtudes religiosas me hacen justo delante de Dios.

La tercera verdad que está implícita aquí es que mi pecado, tu pecado, no es razón para permanecer lejos de Dios. Cuánta gente yo he conocido que me dice: "No, no, yo no me puedo acercar al Señor ahora, pues yo tengo algunas cosas que arreglar." No te acerques a Dios después de arreglar las cosas; acércate para que Él las arregle. Así es que funciona. Yo no arreglé mi vida para acercarme a Dios. Dios me la arregló cuando yo me acerqué a Él.

Y este recaudador de impuestos vino como estaba. Él seguía recaudando impuestos, probablemente. Quizás luego de la oración él tuvo que decidir qué iba a ser: "¿Voy a seguir siendo recaudador de impuestos? Ahora que hago, Señor, pues yo he recaudado impuestos." Traicionero del pueblo, extorsionador; probablemente cambió de profesión luego de la oración. Pero mi pecado no debe ser un obstáculo para que yo me acerque a Dios.

Hay gente que piensa que Dios no le va a aceptar porque ese pecado que frecuenta, o que tiene, o ese pecado que cometió, es imperdonable. "Así no puedo." Y qué bueno que Jesús puso el ejemplo de una persona que era considerada como el peor de los pecadores, el peor de su época, uno de los peores. Y dice: aun ese, por un acto de fe, es instantáneamente perdonado por Dios.

No solo perdonado, sino justificado, que es diferente; es más que perdonado. La justificación incluye el perdón, pero no lo es todo. Porque el perdón es el perdón de mis pecados; cuando Dios me ha perdonado los pecados, yo no voy a la condenación. Pero cuando Dios me justifica, Dios no solamente me ha perdonado los pecados, sino que me ha atribuido una justicia que no me correspondía, que no era mía, que era de Cristo, y me dice: "Ahora yo te trato a ti no solamente como un pecador al que ya perdoné; ahora te trato como mi hijo, justo y perfecto, y te doy el cielo." Va más allá del perdón.

En este estado de justificación, mi pecado no es razón para permanecer distanciado de ese Dios, que lo que busca de nosotros no son obras, sino humildad de corazón para aceptar mi condición.

Por último, es claro que la justicia de Dios es algo concedido más que ganado. Y como lo decía a lo largo del mensaje, mucha gente está confundida con esto. En Juan 6:29, Jesús respondió y les dijo: "Esta es la obra de Dios: que creáis en el que Él ha enviado." Ellos le preguntaban por las obras: "¿Qué es todo lo que Dios quiere que yo haga para agradarle?" Y Jesús les dice: "No, hay una cosa que Dios quiere que tú hagas para agradarle: que creas, que pongas tu fe, tu confianza, que deposites tu esperanza en aquel que Él ha enviado." Y esto se ve a lo largo de las Escrituras.

En un momento dado, Jesús recibe a un joven rico que le dice: "Señor Jesús, ¿qué es necesario para obtener la vida eterna?" Y Jesús le dice: "¿Qué dice la ley?" Él responde: "Bueno, la ley dice: no adulterarás, no mentirás, no codiciarás, y todo eso yo he cumplido." Muy bien; Jesús no se lo discute y le dice: "Una cosa te hace falta. Vende todo lo que tienes y sígueme." ¿Cómo es el asunto? Él ha cumplido la ley, pero le falta algo. Se ve que la ley no es suficiente. Una cosa era lo que le faltaba: la necesidad de abrazar a Cristo como su esperanza de salvación. "Vende lo que tienes, bota esa confianza que tú tienes en los bienes materiales, y abrázame a mí como aquel que puede darte salvación." Eso es lo único necesario.

Esa es la obra de Dios de Juan 6:29: "Que creáis en el que Él ha enviado." Es la obra de Dios, lo único que hay que hacer para ser salvo. El ladrón en la cruz es un ejemplo: una vida de robo, una vida de extorsión, una vida de mentira, ahí colgado en la cruz. En los últimos minutos de su vida: "Señor Jesús, acuérdate de mí cuando estés en tu reino." Y Jesús le dice: "Hoy, hoy estarás conmigo en el paraíso." Justificado en el acto e inmediatamente, sin más espera, sin más requisito. No es necesario nada más para la justificación. Todo lo demás es un resultado de la justificación, no la base para mi justificación.

Así como se le dio al recaudador de impuestos, así también a este. Entonces, yo quiero estar bien delante de Dios; tú quieres estar bien delante de Dios. No mires hacia ti, no mires lo que tú haces, lo que tú has cumplido, lo bueno que tú eres, lo recto que eres, lo serio que has sido; esas son obras que no te sirven de nada delante de Dios, porque toda obra buena que hacemos, aun las obras buenas, están infectadas por malas motivaciones y malas disposiciones.

Acércate a Dios sin nada que ofrecer, sencillamente apelando a su misericordia, basada en el sacrificio ofrecido en la cruz en tu favor. Y a partir de ahí, Dios hará el resto.

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.