Integridad y Sabiduria
Sermones

Un recordatorio oportuno

Joan Veloz 10 noviembre, 2019

Antes de entrar a la tierra prometida, el pueblo de Israel necesitaba recordar quiénes eran y a quién pertenecían. Deuteronomio 7 presenta ese recordatorio oportuno: son un pueblo santo, apartado para Dios, no por mérito propio sino por pura gracia. No había nada en ellos que los hiciera merecedores del favor divino; eran el más pequeño de todos los pueblos, esclavizados por cuatrocientos años, errantes por cuarenta más. Pero Dios los escogió porque así le plugo, porque los amó y guardó el juramento hecho a sus padres.

La santidad no es opcional para quienes pertenecen a Dios. La historia de Nadab y Abiú lo ilustra con claridad: estos sacerdotes perdieron la vida instantáneamente por acercarse a Dios de una manera que Él no había ordenado. Cuando Aarón buscó explicaciones, Moisés respondió con las palabras del Señor: "Como santo seré tratado por los que se acercan a mí". Y Aarón guardó silencio. Uno de los peores pecados de la iglesia hoy es no tratar a Dios como santo, pensar que podemos acercarnos a Él con manos sucias.

El amor de Dios es la razón por la cual su pueblo puede sostenerse. Un amor que no cambia, que persiste incluso cuando fallamos. Pedro lo negó tres veces con maldiciones, pero después de la resurrección, Cristo no lo confrontó sino que le dijo: "Apacienta mis ovejas". Ese amor inmutable nos capacita para guardar sus mandamientos, no como carga sino como expresión de amor. Quien ama a Dios reconoce su autoridad y es empujado a obedecerle, no por temor sino porque sabe que lo que Él pide es lo mejor.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Yo quiero invitarte a que me acompañes al libro de Deuteronomio, capítulo 7. Estaremos viendo en el día de hoy los versos del 6 al 11. Yo he titulado el mensaje de hoy de la manera siguiente: "Un recordatorio oportuno". Y es mi deseo que a medida que vamos caminando en estos pasajes, podamos ver cómo Dios permite y encomienda al pueblo de Israel a entrar a la tierra prometida. Pero antes de eso les recuerda quiénes son ellos para Dios y les recuerda el llamado que ellos debían cumplir, que es el mismo llamado que debemos cumplir nosotros.

Así que te invito a que me acompañes a Deuteronomio 7, versículos 6 al 11: "Porque tú eres pueblo santo para el Señor tu Dios; el Señor tu Dios te ha escogido para ser pueblo suyo entre todos los pueblos que están sobre la faz de la tierra. El Señor no puso su amor en ustedes ni os escogió por ser vosotros más numerosos que otros pueblos, pues erais el más pequeño de todos los pueblos, mas porque el Señor os amó y guardó el juramento que hizo a vuestros padres. El Señor os sacó con mano fuerte y os redimió de casa de servidumbre, de la mano del faraón, rey de Egipto. Reconoce, pues, que el Señor tu Dios es Dios, el Dios fiel, que guarda su pacto y su misericordia hasta mil generaciones con aquellos que le aman y guardan sus mandamientos. Pero al que le odia le da el pago en su misma cara, destruyéndolo, y no se tarda en castigar al que le odia; en su misma cara le dará el pago. Guarda, por tanto, el mandamiento y los estatutos y los decretos que yo te mando hoy para cumplirlos."

El texto del cual nosotros nos alimentamos el día de hoy nos presenta quiénes somos para Dios, pero al mismo tiempo nos muestra lo que el Señor demanda de nosotros. En estos textos también podemos ver cómo Dios muestra qué significa que Él guarda sus pactos y su misericordia con aquellos que le aman y guardan sus mandamientos.

Pero antes de entrar en el texto, es bueno que conozcamos un poco el contexto en el cual Dios, a través de su siervo Moisés, está dando estas palabras al pueblo. Luego de pasar cuarenta años deambulando en el desierto, es hora de que el pueblo de Israel pueda entrar a la tierra prometida. Pero antes de ellos entrar a la tierra prometida, Dios quiere darles instrucciones claras. Y este libro de Deuteronomio es un libro que marca una transición entre lo que era el antiguo pueblo de Israel que salió de Egipto y el pueblo que ahora va a entrar a la tierra prometida. Es por eso que muchos han entendido y han llamado a este libro de Deuteronomio como el libro de transición, porque este marca una transición de una generación a otra.

Números 26:64-65 nos dice que de la generación que salió de Egipto solamente Josué y Caleb iban a entrar a la tierra prometida. Es decir que las personas a las que Moisés les está hablando ahora es un grupo de personas totalmente diferente al que recibió la ley al salir de Egipto. Este libro marca una transición en que ahora ellos iban a tener una nueva posición y pasarían de deambular en el desierto a tener una tierra nueva, un lugar propio. Pero también marca una transición en el sentido de que ahora su estilo de vida cambiaría: de tener tiendas y morar en el desierto de un lugar a otro, ahora ellos iban a tener una casa, tierra donde fundar sus casas, tierra donde sembrar. En vez de comer simplemente el maná que caía del cielo que Dios proveía para ellos, ahora ellos iban a poder disfrutar del fruto de la tierra en el lugar donde Dios los llevaría.

Pero conquistar una nueva tierra no es decir: "Bueno, amigo, aquí llegué yo, vamos arriba." No, eso no es así. Para ellos entrar y conquistar la tierra prometida, ellos debían confiar en Dios, en que Dios les daría la tierra, pero ellos debían ser obedientes y cumplir los mandatos de Dios. Veamos en el versículo 1 del capítulo 7 que Dios se compromete a hacer su parte. Moisés le dice al pueblo de Israel que Dios los va a llevar a la tierra prometida, los entrará y Él expulsará a todos los que están allí. Siete naciones más poderosas que ustedes, más grandes que ustedes; el Señor se encargará de ellos, pero ustedes tienen que hacer su parte.

Y vemos en el versículo 2 que dice que el pueblo de Israel tenía que derrotar a esas personas. Dios iba a utilizar al pueblo para derrotar a esas personas y ellos tenían que exterminar esas naciones. Esa era el mandato. Si leemos el versículo 2, vemos claramente que el mandato de Dios al pueblo de Israel era: exterminen esas naciones que estaban allí. Hombres, mujeres, niños, todos debían ser exterminados.

Y al escuchar esto, muchos de nosotros pensamos: "¡Wow! Pero qué violento, qué agresivo era el Dios del Antiguo Testamento. ¿Cómo un Dios bueno, un Dios misericordioso podía decretar algo como esto?" Pero debido a que Dios es bueno, debido a que Dios es misericordioso, Él tenía que decretar algo como esto. ¿Por qué? Porque Dios no toma al culpable por inocente, y las naciones que poseían esa tierra eran naciones perversas. Según los estudiosos, esas siete naciones que moraban en la tierra que iba a ser la tierra prometida para el pueblo eran naciones depravadas, perversas, y vivían de una manera de espaldas a la santidad de Dios. Y lo que Dios está haciendo aquí es utilizando al pueblo de Israel para pasar juicio a esas naciones.

Ningún tipo de acuerdo estaba permitido. No podían hacer alianzas con estas personas, no podían mostrar misericordia y, mucho menos, podían permitir que sus hijos se mezclaran con los hijos de esas naciones. Cualquier tipo de relación entre los israelitas y cualquier morador de esas naciones estaba totalmente prohibido. Todo aquello que pudiera alejar a los hijos de Israel de una comunión correcta con Dios, de adorarle a Él y solo a Él como el Dios verdadero, estaba prohibido.

Dios conoce el corazón del hombre. Él sabe que si nosotros le damos una brechita así de finita, así a Satanás, él terminará entrando. Y esa es la realidad para el pueblo de Israel, pero también es la realidad para nosotros. Dios sabe que si prestas tu oído a Satanás, te verás tentado a entregarle el corazón. Y si tú tienes duda de eso, yo te invito a que leas Génesis 3, cuando los mejores de nosotros condenaron toda la creación por prestar sus oídos al enemigo.

Esto era algo que Dios no podía permitir. No podía permitir que su pueblo, que era suyo, compartiera tierra con una nación de idólatras que adoraban imágenes creadas por sus manos, que habían cambiado la adoración verdadera por una adoración banal y trivial. Dios quería que su pueblo no se viera tentado a adorar otros dioses. Dios quería que su pueblo le adorase solamente a Él y que estuviera consagrado solamente para Él.

Y en el versículo 6, que es nuestro verso del día de hoy, el primer verso de nuestro texto de hoy, dice el porqué. Dice: "Porque tú eres pueblo santo para el Señor tu Dios." Eso era el pueblo de Israel, y eso somos nosotros que hemos creído en Cristo: un pueblo santo para Dios, un pueblo consagrado a vivir de una manera santa como nuestro Dios es santo.

Levítico 11:44 dice: "Porque yo soy el Señor tu Dios; por tanto, conságrense y sean santos, porque yo soy santo." Cuando estudiamos las Escrituras, vemos un claro interés de parte de Dios en recordarle a su pueblo el concepto de la santidad, el concepto de que si ellos quieren acercarse a Él, si ellos quieren ser su pueblo, ellos debían vivir de una manera santa, apartados del pecado y de todo aquello que pudiera desviar su corazón.

Y en el peregrinar por el desierto, en esos cuarenta años que el pueblo estuvo peregrinando en el desierto, nosotros vimos esta verdad marcada en muchas ocasiones. Cuando algunos hermanos del pueblo de Israel ofendieron la santidad de Dios, perdieron sus vidas. Muchos de los que estamos aquí podemos recordar la historia de Nadab y Abiú, los hijos de Aarón. Estos hombres eran sacerdotes del pueblo de Israel. Y como sacerdotes eran los únicos a los que se les tenía permitido entrar al lugar santísimo donde moraba la presencia de Dios. Pero como Dios es santo, Él había determinado la forma como el hombre, como el sacerdote podía acercarse a Él, la forma como los sacerdotes ofrecerían sacrificios, la forma como el hombre usaría los inciensos. Y aquel que violaba cualquiera de sus mandatos, las consecuencias eran funestas.

Y nosotros leemos en Levítico 10 que Nadab y Abiú, los sacerdotes ungidos, se acercaron, tomaron sus respectivos incensarios, y después de poner fuego en ellos y echar incienso sobre él, ofrecieron delante del Señor fuego extraño que Él no les había ordenado. Y de la presencia del Señor salió fuego que los consumió. Inmediatamente estos hombres perdieron su vida por acercarse a Dios de una manera a la cual Dios no había permitido.

Y al enterarse de esto, Aarón, su padre, sacerdote desde el comienzo del peregrinar del pueblo, sale corriendo y probablemente con lágrimas en sus ojos sale a buscar a Moisés. "¿Pero por qué? Mis hijos..." Probablemente estaba llorando con el corazón quebrantado. Sus hijos han sido exterminados, fulminados. Y probablemente llegó a Moisés y le dijo: "Ellos eran sacerdotes y te servían, Dios. Yo te sirvo. ¿Por qué tú me tratas de esta manera?" A lo que Moisés respondió en el versículo 3: "Esto es lo que el Señor dijo: Como santo seré tratado por los que se acercan a mí, y en presencia de todo el pueblo seré honrado." Y Aarón guardó silencio. Después de escuchar las palabras de Moisés, Aarón no tuvo nada que decir. Dios es santo y como santo debe ser tratado.

Hermanos, uno de los peores pecados de la iglesia de hoy es no tratar a Dios como santo. Es pensar que Dios es igual que nosotros. Es pensar que nosotros podemos acercarnos al Señor con manos sucias. Hermanos, Dios es santo y Él demanda de nosotros una vida santa.

Cuando hablamos de santidad, muchos lo toman a la ligera, y otros comienzan a decir: "No, es que ustedes son unos legalistas, que la santidad es legalismo." Pero el Salmo 24:3-4 dice: "¿Quién subirá al monte del Señor? ¿Y quién estará en su lugar santo? El limpio de manos y puro de corazón."

"No, pastor, eso era en el tiempo del Antiguo Testamento. Solo estamos ahora en la gracia, estamos en la época de la gracia. Esto era antes". Primera de Pedro 1:14-16: "Como hijos obedientes, no se conformen a los deseos que antes tenían en su ignorancia, sino que así como aquel que los llamó es santo, así también sean ustedes santos en toda su manera de vivir, porque escrito está: Sean santos, porque yo soy santo". Primera de Pedro 2:9: "Pero ustedes son ahora un linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido para posesión de Dios". Hebreos 12:14: "Buscad la paz con todos y la santidad, sin la cual nadie verá a Dios". Esto no es Antiguo Testamento. Esto es un llamado de parte de Dios a recordar quiénes somos y cómo debemos vivir.

Hermano, la razón por la cual yo hago evitar, negarme, visitar ciertos lugares, renunciar a escuchar ciertos tipos de música, jóvenes... Ustedes saben la música que se escucha en el día de hoy, el contenido de las letras. El llamado es ser santo. Y por la santidad de Dios debemos evitar ese tipo de cosas. Cortar relaciones, yo tengo que estar dispuesto a cortar relaciones. Yo tengo que estar dispuesto, incluso por la santidad de Dios, estar dispuesto y simbólicamente hablando, hasta estar dispuestos a sacar uno de mis ojos, a cortar uno de mis miembros, porque el Señor a quien yo sirvo dice que yo soy santo porque él es santo. Y yo debo vivir acorde a lo que él dice que yo soy.

Y sigue diciendo el verso 6: "El Señor tu Dios te ha escogido para ser pueblo suyo entre todos los pueblos que están sobre la faz de la tierra". Dios nos ha escogido para que seamos suyos. Ahora, si tú te pones a pensar, esta carta que hemos leído, este libro que hemos leído de Deuteronomio, fue escrito para el pueblo de Israel. ¿Qué hizo el pueblo de Israel para ser un pueblo escogido por Dios? ¿Qué hicimos nosotros para que el Señor nos haya escogido? ¿Qué hicimos nosotros para que Dios nos haya injertado dentro de la promesa que les hizo a los suyos? Hermano, la respuesta a eso es simple: por pura gracia. Porque así a él le ha placido.

Miren cómo lo dice el apóstol Pablo en Efesios 1:4-5: "Según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, él nos escogió antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos y sin mancha delante de él. Nos predestinó para la adopción como hijos para sí mediante Jesucristo, conforme al beneplácito de su voluntad". "Pastor, ¿cómo es?". Porque quiso. Porque así le plugo. Dios escogió un pueblo según su soberana voluntad. No porque ese pueblo sea mejor que otros, no porque nosotros seamos mejor que otros, sino porque así lo había determinado.

Y Moisés quería que el pueblo estuviera claro de esta verdad antes de entrar a la tierra prometida. Ustedes no son merecedores de la gracia de Dios. Ustedes no merecen el favor de Dios. Dios no les debe nada a ustedes. Esta tierra que ustedes están poseyendo ahora, él se las está dando por su gracia. Y ustedes son su pueblo porque él así lo ha determinado. Y como somos suyos, él les dice a los suyos cómo vivir y qué hacer. Y ese concepto de que nosotros somos propiedad de Dios es algo que nosotros tenemos que entender. Nosotros somos propiedad de Dios. Y como propiedad, él tiene autoridad de decirle a su criatura cómo vivir y cómo actuar.

Dice el verso 7: "El Señor no puso su amor en ustedes ni los escogió por ser ustedes más numerosos que otros pueblos, pues eran el más pequeño de todos los pueblos". Moisés está presentando que no había nada natural en el pueblo de Israel que le hiciera ganar el favor de Dios. Y por lo tanto, él infiere, como habíamos dicho, que Dios lo ha escogido por su soberana voluntad. Este pueblo aquí, a quien Moisés le estaba hablando, era un pueblo pequeño, un pueblo que duró cuatrocientos años esclavizado, que tenía cuarenta años en el desierto, un pueblo que fue oprimido, con poca gente, con poco valor. Pero a ese, Dios dice: "Determiné: tú eres mío. Y como tú eres mío, tú debes vivir conforme a mi voluntad. Sin tú merecerlo y sin tú hacer nada para ganarlo". Y eso lo ha hecho con nosotros.

Hermano, nosotros no somos muy diferentes al pueblo de Israel. Nosotros somos una generación, un grupito de personas diminutas, sin valor en sí mismo, perversas y malas. Y si aquí se levanta algún valiente que dice: "No, pastor Percy, yo soy un hombre bueno", yo quiero motivarle a que medite la Escritura. Si aquí se levanta un hombre vigoroso que diga: "No, pastor Percy, yo soy un hombre de bien, yo soy un hombre íntegro, yo amo a mi esposa y soy fiel a mi esposa. Nunca le he sido infiel. Mis hijos están sometidos a mi autoridad, yo pago mis impuestos, yo soy un hombre íntegro. ¿Pero cómo que yo soy un hombre malo? ¿Cómo que yo no merezco el favor de Dios?". Y hay muchos aquí que no lo dicen pero lo piensan. Y la verdad es que la Escritura tiene un mensaje totalmente contrario a eso.

La Escritura dice claramente que nosotros no somos merecedores del favor de Dios porque nosotros somos malos. Miren lo que dice Romanos 3:10: "Como está escrito: No hay justo, ni aun uno. No hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se han desviado, a una se hicieron inútiles. No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno". Y Pablo no nos está refiriendo aquí a un grupo de personas en específico. Él está refiriendo a la humanidad completa.

Hermano, cuando tú te sientes merecedor del favor de Dios, recuerda quién tú eres: tú eres polvo. No permitas que crezca en tu corazón un sentido de grandeza que te haga pensar que Dios te debe algo. Si Dios te debe algo, tú sabes lo que es: es ira. Tus obras, lo que se han ganado es la ira de Dios, pero él ha decidido no derramar esa ira sobre ti, sino derramarla sobre su Hijo Jesús para que hoy tú puedas ser un pueblo santo y apartado para él.

El pastor R.C. Sproul, y un paréntesis si es aquí bueno señalar, el pastor R.C. Sproul tiene una serie titulada "La santidad de Dios", que para mí es uno de los mejores tratados acerca de este concepto, la santidad de Dios, que yo he leído o escuchado. Así que si tú estás aquí y quieres conocer más acerca de qué significa que Dios es santo y que nos llama a la santidad, yo quiero motivarte a estudiar lo que R.C. Sproul comparte en su tratado sobre la santidad de Dios.

Pero acerca de esto, acerca del concepto que tenemos de merecer la gracia de Dios, él dice: "Ninguna persona en el universo merece la gracia de Dios. Si piensas que la mereces, si tienes en tu cabeza la idea de que la gracia de Dios es algo que Dios está obligado a darte, mejor sácala de tu cerebro, porque ya no lo estarás pensando más en gracia, ya que la definición de gracia es algo que Dios no está obligado a dar".

Este es un misterio en el tema de la elección. Nos preguntamos: ¿por qué Dios no le da a todo el mundo la misma gracia? ¿Por qué Dios no es redentor igual para todo el mundo? Pero la pregunta correcta que deberíamos hacernos es: ¿por qué a mí? ¿Por qué me sacó de la oscuridad a la luz? En vez de cuestionar a Dios con el tema de la elección, por qué ha escogido un pueblo para sí, ¿por qué no sorprenderte de que él te haya elegido a ti? Sorpréndete de que tú seas uno de los suyos. Al igual que con la nación de Israel, hermano, no hay nada en nosotros que merezca la gracia de Dios.

Entonces, ¿por qué él persiste en amarnos? ¿Por qué él persiste en decir que somos su pueblo? Versículo ocho: "Mas porque el Señor los amó y guardó el juramento que hizo a sus padres, el Señor los sacó con mano fuerte y los redimió de casa de servidumbre, de mano de Faraón, rey de Egipto". El amor es la razón por la cual nosotros estamos aquí en el día de hoy. La razón por la cual nosotros podemos ser todavía considerados su pueblo es porque el Señor nos amó. Y porque su amor no cambia.

Muchos lamentablemente han entendido mal y malinterpretado el concepto del amor de Dios. Y lo tratan como un mero sentimiento, lo minimizan a la condición del hombre y piensan que el amor de Dios es como yo lo siento, que él me ama acorde a como yo amo. Pero eso es trivializar el amor de Dios. A.W. Pink, hablando sobre este atributo del amor de Dios, decía: "Muchos hoy en día hablan del amor de Dios, pero son ajenos por completo al Dios de amor. El amor divino es considerado comúnmente como una especie de debilidad afectuosa, una cierta indulgencia cariñosa. Su amor es reducido a un mero sentimiento enfermizo copiado de las emociones humanas". Minimizamos el amor de Dios, trivializamos el amor de Dios, lo limitamos a lo que nosotros creemos que es.

Pero también hay otro grupo que quizá lo hace un poquito peor, y es aquel que entiende que el amor de Dios es manifestado cuando Dios actúa conforme a lo que yo creo que es correcto. Si mi situación económica está bien, si mi familia está bien, si hay salud, si mi relación está bien también, Dios me ama. Y a eso, a esa idea limitada de amor, el pastor John Piper responde. Dice: "Si el amor de Dios por sus hijos se midiera por nuestra salud, riqueza y comodidad en esta vida, Dios odiaba al apóstol Pablo". Porque si hay un hombre que sufrió y, en buen dominicano, cogió lucha en este mundo, fue el apóstol Pablo. Pero sabemos que Dios lo amó y que fue su siervo.

Limitar el amor de Dios a sentimientos o a nuestra comodidad es el peor error que podemos cometer. Limitadamente podemos decir que el amor de Dios consiste en el hecho de que él ha mostrado su bondad y su gracia a pecadores como nosotros, dándose a sí mismo para que nosotros podamos ser librados de él mismo y ahora podamos relacionarnos con él y gozarnos con él. En eso consiste su amor. Es un amor donde él se entrega para que nosotros podamos tener una relación con él y gozarnos en él.

Y lo bueno de ese amor y lo sabroso de ese amor es que ese amor no cambia. Ese amor es inmutable. Nosotros como creyentes no hicimos nada para ganarlo, por lo cual no podemos hacer nada para perderlo. Porque Dios ha decidido voluntariamente verter sobre nosotros su amor y su gracia.

Y un ejemplo de esto lo encontramos en Juan, capítulo 13, versículo 1. Un texto que yo disfruto y que decía en el primer servicio que es un texto de mis favoritos por la enseñanza que tiene relacionada al amor. Miren lo que dice Juan 13:1: "Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que su hora había llegado para pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin."

Cristo está a punto de sufrir su hora más oscura, Él está a punto de ser entregado. Y dice el texto que leímos que a los que estaban en el mundo, que el Padre le había dado, Él los iba a amar, y los iba a amar hasta el fin. Luego de Él ser crucificado y resucitar, a aquellos que estaban con Él, Él los iba a seguir amando. Al Pedro que le negó tres veces, al Pedro que le negó con maldición —"maldita sea, yo no lo conozco"— a ese Él lo iba a seguir amando después de resucitar. Incluso vemos que cuando Él resucita, lo primero que hace cuando ve a las mujeres es: "Díganle a los once y a Pedro que Él resucitó." Cuando Él se encuentra con Pedro, Él no confronta a Pedro. Su amor por Pedro no cambia. Él dice: "Pedro, ¿me amas? Apacienta mis ovejas."

Al discípulo que nunca le creyó probablemente, al discípulo que dijo: "Hasta que yo no ponga mis dedos en las llagas, yo no creeré que resucitó." Cuando Él resucita, Él no lo confronta: "¡Incrédulo!" Él no se aparta, Él no lo aparta, Él le sigue mostrando su amor. A los que lo abandonaron cuando fue apresado, Él les sigue mostrando su amor, porque el amor de Dios no cambia. Y esa es la razón por la cual nosotros podemos leer Romanos 8:38, y decir con Arnos, cuando podemos decir: "Señor, nada nos puede separar de tu perfecto amor", porque su amor es inmutable, su amor no cambia.

Dios muestra su amor, pero también muestra que es un Dios fiel a sus pactos. La elección de la nación de Israel, de ser una nación santa apartada para Él, se basó en la fidelidad de Dios a sus promesas, a la promesa que le hizo a Abraham en Génesis 12:1, cuando le dijo: "Abraham, de ti voy a hacer una gran nación, y va a ser tan numerosa como las estrellas en el cielo." Y como Él se había comprometido con Abraham, Él iba a preservar a este pueblo. Y mientras estas familias se unían en el desierto y se convertían en una nación caminando hacia la tierra prometida, Dios estaba guardando su pacto.

Y este es un recordatorio que el pueblo de Israel necesitaba escuchar. Este era un recordatorio oportuno que ellos necesitaban entender fresco en su mente. Antes de entrar a la tierra prometida, antes de enfrentarse a las tentaciones, a estas siete poderosas naciones, ellos debían recordar que son un pueblo santo para Dios, que Dios les había amado, que había mostrado su amor, que Dios estaba por ellos. Ellos debían recordar lo que Dios hizo, y debían recordar cómo Dios destruyó el ejército de Faraón sin la necesidad de un hombre. Ellos debían recordar cómo Dios proveyó para ellos por cuarenta años en el desierto, cómo les dio abrigo.

Lo que Dios demanda de ellos era algo grande. Es por eso que Moisés quería recordarles verdades que les dieran esperanza, verdades que les permitieran creer que si Dios había sido fiel en el pasado, sería fiel ahora en el presente. Y es por eso, hermanos, que recordar lo que el Señor ha hecho nos permite afrontar con confianza y esperar pacientemente lo que Él hará.

Piensa por un minuto lo que el Señor ha hecho en tu vida. Piensa dónde estarías tú hoy si el Señor no te hubiera alcanzado. Piensa en los momentos donde Él te ha mostrado su fidelidad hacia ti. Ese recuerdo y ese pensamiento nos permite confiar en el Señor. Todos los que estamos aquí tenemos nuestro Egipto. Todos los que estamos aquí tenemos un lugar donde el Señor nos sacó. Un lugar donde estábamos aterrados, heridos, vacíos, persiguiendo otros placeres que nos iban a llevar a la muerte. Es importante que nosotros podamos recordar eso para poder afrontar con confianza lo que Él nos pide.

Y dice el verso 9: "Por eso, por lo que yo te vengo diciendo, reconoce pues que el Señor tu Dios es Dios, el Dios fiel que guarda su pacto, su misericordia, hasta mil generaciones con aquellos que le aman y guardan sus mandamientos." Reconozcan, pueblo, ¿quién es Dios? El reconocer es un sinónimo de aceptar. Y yo reconozco antes de que actúo. Para yo actuar, yo tengo que reconocer. Yo voy al médico cuando yo reconozco que estoy enfermo. Yo voy al mecánico cuando reconozco que mi carro tiene un problema. Yo hago dieta cuando veo una foto y me veo y digo: "No, pero es que hay que hacer algo aquí."

Es por eso que Moisés exhorta al pueblo: reconozcan, acepten en su corazón que el Dios que sirven es el Dios verdadero. Es el Dios Santo, Él es el Juez de todos los hombres, y no hay otro como Él, que Él está sentado en su trono y Él hace lo que le place. Reconoce que Él es el Dios fiel.

Miren, es, a mis hermanos, una verdad que nosotros tenemos que pensar y meditar sobre ella: hasta que nosotros no conozcamos a Dios, no vamos a poder obedecer sus mandamientos. Hasta que yo no conozco a Dios, yo no podré obedecer sus mandamientos. El conocimiento de Dios es lo que me permite actuar de acuerdo a su voluntad. Es lo que me permite estar de pie en medio de la prueba. Es lo que me da esperanza en medio de los momentos de agonía.

En Lamentaciones 3 nosotros nos encontramos a un Jeremías destruido, un Jeremías drenado, deprimido, deseoso de morir. Incluso, si alguno de los que está aquí en algún momento se siente deprimido, yo le motivo a reflexionar en Lamentaciones 3. Porque en Lamentaciones 3 encontramos a un Jeremías destruido y encontramos la verdad que le dio libertad. Y nosotros leemos en Lamentaciones 3, versículo 21 al 23, Jeremías en medio de su agonía, miren lo que él traía a su corazón. Dice el verso 21: "Esto traigo a mi corazón, por esto tengo esperanza: que las misericordias del Señor jamás terminan, pues nunca fallan sus bondades, son nuevas cada mañana. ¡Grande es tu fidelidad!"

Hermanos, el conocimiento de Dios nos permite afrontar con confianza lo que Él demanda de nosotros. El Dios a quien nosotros servimos, el Dios por quien nosotros vivimos, no es un Dios que muestra su fidelidad aquí y allá. No es que Él hoy es fiel y mañana esa fidelidad cambia. No, Él es fiel y es fiel en todo momento. Eso es parte de su naturaleza y parte de quién Él es. Y como Él es fiel, Él guarda su pacto y su misericordia hasta mil generaciones.

Dios está dispuesto a guardar su pacto hasta con mil generaciones. Y con esta declaración, Moisés está recordando el segundo mandamiento. Moisés está recordando las palabras dadas al pueblo de Israel al salir de la tierra prometida, en Éxodo 20, que dice así: "No te harás ningún ídolo. Yo soy Dios celoso que castigo la iniquidad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen. Y muestro misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos."

Dios ha hecho un pacto donde Él se ha comprometido a mostrar misericordia, a mostrar su gracia con su pueblo, con aquellos que guardan y obedecen sus mandamientos, con aquellos que le aman. Pero ¿qué pasa con aquel que no lo obedece? ¿Qué pasa con aquel que le ha dado la espalda a Dios?

Versículo 10: "Pero al que le odia le da el pago en su misma cara, destruyéndolos, y no se tarda en castigar al que lo odia. En su misma cara le dará el pago." Hermanos, con Dios no hay término medio. O lo amo o lo odio. Pero no hay término medio. Todo aquel que se opone a lo que Dios ha revelado, odia a Dios.

John Wesley, hablando de este texto, él decía: "Los que lo odian no son solo aquellos que lo odian directamente, sino los que odian y se oponen a su pueblo, los que deliberadamente persisten en la violación de los mandamientos de Dios." Ellos recibirán su recompensa a la vista de todos, a su debido tiempo ellos recibirán su recompensa.

Muchas veces nosotros pensamos que Dios debería actuar conforme nosotros entendemos. Y muchas veces nosotros vemos a Dios como un Dios blando. Y más ahora donde estamos, en este tiempo de política, muchas veces nosotros nos frustramos. Y hemos hablado, y muchos de los que estamos aquí han manifestado su descontento en cuanto al tema de la corrupción, al tema de la inmoralidad. Y muchos se preguntan: "¿Pero cómo Dios permite eso? ¿Dónde está Dios? ¿Cómo Dios permite que esta gente blasfeme su nombre?" Hermanos, Dios a esa gente le dará su recompensa en su debido momento.

Asaf, en el Salmo 73, sintió indignación similar a esa. Él se preguntaba lo mismo: "Señor, ¿cómo es que el impío prospera? ¿Cómo es que esta gente ni gripe les da?" Yo sé que ustedes tienen a alguna gente en su mente que no es buena, que es mala, que ni se enferma. ¿Pero cómo es posible eso? Asaf se vivió indignado. Y luego de meditar con el Señor y reflexionar, él pudo concluir que Dios dará su castigo a esa gente a su debido tiempo.

Hermanos, los que obran perversamente, es decir, todos aquellos que no han creído en Cristo y que le han dicho que no a lo que Dios ha provisto a través de Cristo, recibirán su justo castigo. El infierno es algo real. Y aunque nosotros no queremos hablar mucho del infierno, el infierno fue creado por Dios. Y allí recibirán su castigo todos aquellos que han ignorado la gracia de Dios.

Y amigos, si aquí hay un amigo que nos visita en el día de hoy que no ha aceptado a Cristo, que está de espaldas a Dios, yo oro en el nombre de Jesús que tú no endurezcas tu corazón y que tú puedas venir a Cristo, que tú puedas correr a Él, reconociendo la gracia que Él ha ofrecido, reconociendo el perdón que Él nos ha dado. Aquellos que le odian recibirán su castigo.

Pero a los que le recibieron, aquellos que son su pueblo santo, aquellos que han sido escogidos por Él, aquellos a quienes Dios les ha mostrado —decidimos estar en— su misericordia, nos dice el verso 11: "Guarda, por tanto, guarda por tanto el mandamiento y los estatutos y los decretos que yo te mando hoy para cumplirlos."

Por lo dicho anteriormente, fue lo que lo dice a él: por lo que yo vengo diciendo, que ustedes son un pueblo santo, apartado, escogido, que han visto la misericordia de Dios, que pueden testificar de su gracia. Tú hoy guarda y obedece los mandamientos establecidos por Dios.

Y aquí debemos hacernos una pregunta justa. ¿Puede un pecador guardar completamente los mandamientos y la ley de Dios? No. Absolutamente no. Y la historia del pueblo de Israel posterior a la entrada a la tierra prometida nos mostró eso. Nos mostró que por más que trataban de cumplir la ley, violentaban otras. Y la Palabra de Dios es clara: que violar un ápice de la ley es violar la ley completa.

Es por eso que el apóstol Pablo nos explica cuál es el propósito de la ley. Y vemos en Gálatas 3:23 que el apóstol Pablo dice lo siguiente: "Antes de venir la fe, estábamos encerrados bajo la ley, confinados para la fe que había de ser revelada. De manera que la ley ha venido a ser nuestra guía para conducirnos a Cristo, a fin de que seamos justificados por la fe."

Al conocer los mandamientos de Dios, conocer su ley, usted sabe qué produce hacia nosotros: temor, pavor, nos paraliza, porque sabemos que no podemos cumplirla, porque sabemos que no podemos llenar el estándar de Dios. Y usted sabe lo que hace la ley: nos conduce a Cristo, nos lleva a Cristo, porque solamente a través de Él podemos cumplir la ley de Dios y cumplir sus mandamientos.

La nación de Israel que iba a entrar a la tierra prometida necesitaba a Cristo. Los sacrificios que ellos hacían eran esperando al Cordero Santo, era algo simbólico que apuntaba a Cristo. Para ellos poder guardar los mandamientos, ellos necesitaban poner su confianza en uno que había de venir, y a través de quien ellos podían cumplir los mandamientos de Dios.

La nación de Israel para salvarse necesitaba mirar hacia adelante. Nosotros para salvarnos necesitábamos mirar atrás. Ellos debían tener fe en algo que iba a pasar. Nosotros tenemos fe en algo que pasó. ¿Y qué fue eso que pasó? Que Dios encarnó en la persona de Jesús, vivió una vida perfecta, se clavó en una cruz, resucitó de entre los muertos, para que aquellos que Él ha escogido puedan recibir sus misericordias, puedan tener vida eterna y ser llamados hijos de Dios. Esa verdad nosotros necesitamos.

Ahora viene otra segunda pregunta. ¿Puede un pecador redimido ahora por la sangre de Cristo guardar completamente los mandamientos y la ley de Dios? Absolutamente sí. Pero a través de Cristo. Cristo nos capacita para nosotros guardar sus mandamientos, y Cristo y Dios muestran su amor para nosotros a través de qué: a través de que guardemos sus mandamientos. Miren cómo lo dice Primera de Juan 5:3: "Porque este es el amor de Dios, que guardemos sus mandamientos, y sus mandamientos no son gravosos."

El amor de Dios se manifiesta hacia nosotros en invitarnos, en capacitarnos a guardar sus mandamientos. Porque Dios me ama, Él me dice: como yo te amo, yo creo que tú guardes ese mandamiento. La muestra de mi amor hacia ti es esta ley que te cuida, que te guarda, que guarda tu corazón y que te permite honrarme.

Hermano, recuerda esto: al único que le conviene guardar los mandamientos de Dios es a mí. Dios no necesita que nosotros guardemos sus mandamientos, Él es completo en sí mismo. Pero porque Él nos ama y porque somos su pueblo, nos dice: lo mejor para ti es que tú me obedezcas, lo mejor para ti es que tú hagas lo que yo te pido, y lo que yo te pido no es algo gravoso, no es algo difícil, no es algo complicado. Porque tú sabes que, como tú eres mío, yo te he dado mi Espíritu para que Él pueda guiarte a toda verdad y te permita cumplir mis mandamientos.

Debido a la presencia del Espíritu Santo en nosotros, guardar los mandamientos de Dios no supone ser algo difícil. Ahora, usted se preguntará: pero pastor, es complicado a veces. ¿Por qué tan difícil? ¿Por qué están tan pesados? Está tan difícil y pesado porque nosotros estamos llenos de otra cosa y no de Dios. A veces se nos hace tan difícil guardar la ley de Dios, se nos hace tan difícil caminar en santidad, porque estamos llenos del mundo y no de Dios. Y si queremos guardar sus mandamientos, debemos estar llenos del Espíritu Santo.

Dice el apóstol Pablo en Efesios 5:17-18: "Así pues, no sean necios, sino entiendan cuál es la voluntad del Señor. Y no se embriaguen con vino, en el cual hay disolución, sino sean llenos del Espíritu Santo." Aquellos que son personas que están embriagadas se dejan conducir por el alcohol y son guiadas por la embriaguez. De la misma manera, aquellos que están llenos del Espíritu Santo deben ser guiados a toda verdad por el Espíritu Santo. El Espíritu Santo me capacita para yo cumplir los mandamientos de Dios, y Él pone en mí su amor, ese amor por Dios que me motiva y que me empuja a hacer sus mandamientos.

Padres, si están aquí tus hijos, no te obedecen porque te temen, ellos te obedecen porque te aman. Y porque saben que lo que tú les pides que hagan es lo mejor para ellos, o así debería ser. De la misma manera, cuando amamos a Dios, el obedecerle fluye de manera natural. Y eso es exactamente lo que Cristo dice en Juan 14:15: "Si me amáis, guardad mis mandamientos." Donde hay amor apenas hay necesidad de una orden, donde hay amor apenas hay necesidad de una instrucción.

Hermanos, lo que caracteriza principalmente la vida de un creyente no es simplemente el evento que ocurrió el día de su conversión. Es su deseo continuo de agradar a Dios y de guardar sus mandamientos. Y ese deseo y ese amor por Dios se muestra en el reconocimiento de que Él tiene autoridad sobre mí. En el reconocimiento de que, como Él es mi autoridad, lo que Él dice yo tengo que hacerlo.

Cuando yo amo a Dios, yo reconozco que Él es mi autoridad. Yo reconozco que lo que Él me pide tiene una relación directa con quien Él es. Porque lo que Él me pide está ayudando, está empujando a formar la imagen de Cristo, la imagen de Dios mismo en mi vida. Cuando yo amo a Dios, ese reconocimiento de entender que Él es mi autoridad, de entender que sus mandamientos están entrelazados con Él mismo, pero también ese reconocimiento me lleva a la práctica. No simplemente se queda en un amor de deseo, de sentimiento. Cuando yo amo genuinamente a Dios, yo soy empujado a actuar. No me quedo: "Ay, es que yo quería hacerlo, es que yo tengo el deseo." No, se visualiza de manera práctica.

Hermano, si queremos obedecer a Dios, necesitamos amarle. Y para amarle, necesitamos conocerle. Y para conocerle, necesitamos a Cristo.

Amados, estas palabras que Moisés trae, o que Dios trae a través de Moisés para el pueblo de Israel, es un recordatorio oportuno para nosotros hoy. Es algo que nosotros debemos recordar en los tiempos que estamos viviendo. Recordar que Dios nos ha dado el privilegio de ser parte de su familia, que Él nos ha escogido para que seamos suyos, que somos su pueblo, un pueblo que está llamado a vivir de una manera santa, apartado de todo aquello que pueda distorsionar la adoración verdadera que solo Dios merece.

Hermano, que esa gracia que Dios ha vertido sobre nosotros en Cristo Jesús nos permita vivir acorde a lo que somos. No acorde a lo que nosotros creemos que somos, no acorde a lo que el mundo dice que somos, sino acorde a lo que tú y yo somos: sus hijos, un pueblo amado, un pueblo escogido, un pueblo apartado para Dios, para vivir de una manera santa, amando a nuestro Dios y guardando sus mandamientos.

Que el Señor nos ayude a honrarle y que el Señor nos ayude a reconocer su santidad y a reconocer el llamado que Él nos ha hecho de ser santos como Él es santo.

Joan Veloz

Joan Veloz

Joan Veloz conoció la gracia de Dios en 2005 en la IBI, es pastor de la Iglesia Bautista Internacional y Vicepresidente de Integridad & Sabiduria. Es abogado con maestrías en Gerencia y Productividad, Estudios Teológicos (MATS) y Divinidad (MDiv) y un Doctorado en Ministerio, todos completados en el Southern Baptist Theological Seminary. Está casado con Michelle Suzaña y tienen tres hijos: Daniella, Camila y Miguel Andrés.