El gozo del cristiano no depende de las circunstancias porque nunca fueron ellas quienes lo produjeron. Es un fruto del Espíritu, cultivado en la relación con Dios, y por eso Pablo puede experimentarlo tanto dentro como fuera de la cárcel. Cuando las dificultades roban el gozo, el problema no está en la situación sino en haber perdido de vista la bondad y soberanía de Dios sobre todas las cosas. La frase "regocijaos en el Señor" no es un hábito paulino sin contenido: es la única manera posible de hacerlo, porque Él es la fuente, el objeto y la meta del gozo.
La alegría de la carne es diferente: está atada al bienestar personal y dura lo que dura la satisfacción del impulso. El gozo del Señor, en cambio, descansa únicamente en la obra redentora de Cristo. Cuando Adán abrazó la mentira en el huerto, lo primero que experimentó fue temor y vergüenza. De la misma manera, cada vez que abrazamos mentiras sobre nuestra identidad, nuestro valor o lo que necesitamos para estar bien, competimos con el gozo que Dios nos ha provisto en su verdad.
El pastor Núñez recuerda a un paciente diabético, ciego, en diálisis y con una pierna amputada, que le dijo con paz: "La próxima vez que vuelva a ver, lo primero que veré es el rostro de mi Señor". También menciona cómo los apóstoles salieron del concilio regocijándose de haber sido considerados dignos de sufrir por el nombre de Cristo. La perspectiva lo cambia todo. Por eso Hebreos dice que Jesús soportó la cruz "por el gozo puesto delante de él". Perder el gozo es perder la fortaleza para correr la carrera.
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Vamos a ser llamados a vivir en su Palabra. Recordemos que la semana pasada nosotros concluimos el capítulo 2, donde Pablo nos hablaba y nos presentaba a Timoteo como un gran hijo, alguien que le había servido a él como un hijo le sirve a un padre, y de quien Pablo nos dijo que no tenía ningún otro como él, alguien que era de su mismo sentir, de su mismo corazón, y que estaba interesado en el bienestar de los filipenses. Y que le estaba esperando para ver cómo iban las cosas con él, que estaba en prisión, para enviar a Timoteo a Filipos, para que Timoteo pudiera ministrarle una vez más.
Pero Pablo nos presentó también a una segunda persona; nos introdujo a otro colaborador, un compañero de milicia como él le llama, Epafrodito, que arriesgó su vida por la causa del Señor y a quien Pablo estaba enviando de regreso a la iglesia de Filipos para que ellos pudieran verle ya sanado, porque había estado a punto de muerte, y que eso les pudiera servir de consolación. Y a la vez, Pablo pudiera escuchar nuevas noticias de la iglesia y ser consolado él mismo. Con eso nosotros concluimos el capítulo 2, y lo que haré entonces es leer los primeros tres versículos del capítulo 3 y pausar una vez más para orar.
"Por lo demás, hermanos míos, regocijaos en el Señor. A mí no me es molesto escribiros otra vez lo mismo, y para vosotros es motivo de seguridad. Guardaos de los perros, guardaos de los malos obreros, guardaos de la falsa circuncisión; porque nosotros somos la verdadera circuncisión, que adoramos en el Espíritu de Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús, no poniendo la confianza en la carne."
Hoy iniciamos este capítulo 3 de la carta a los filipenses, un capítulo que algunos consideran uno de los grandes capítulos de las cartas de Pablo. Y lo dicen de esa manera porque en este capítulo Pablo nos va a dar su testimonio; nos va a hablar de aquello a lo que él estuvo dispuesto a renunciar, y de aquello que abrazaba ahora y que le ha dado una nueva visión de lo que dejó atrás. Pablo nos va a hablar también de su nueva ambición santa —para usar un término que alguien ha usado recientemente en uno de sus libros, y que John MacArthur ha usado de hecho en uno de sus libros también— para hablar de la posibilidad de poder abrazar con una ambición santa aquello a lo que la Palabra de Dios nos llama. Y a la vez, Pablo nos deja ver en este mismo capítulo cuál es la motivación para correr bien la carrera y terminar bien la carrera que Dios ha marcado delante de él.
Pero antes de llegar allí, Pablo retoma una vez más lo que es el tema del gozo. Él comienza a hablarnos nuevamente en el primer versículo de este capítulo acerca de ese gozo, para luego pasar en los próximos versículos a hablarnos de algo que en la superficie no parece tener ninguna conexión con el tema del gozo, pero que más adelante vamos a ver de qué manera pudiéramos encontrar esa conexión. Y para entender la conexión entre estos tres versículos que yo leí, no podemos olvidar que la palabra "gozo" es vital, es capital en el entendimiento de la carta a los filipenses. Gozo, o sus diferentes formas, aparece no menos de dieciséis veces en esta carta, en apenas cuatro capítulos.
Yo creo que la razón, en parte, es que Pablo no solamente está hablando del gozo, sino que lo está experimentando en las peores circunstancias, dentro de la cárcel. Está experimentando el gozo, y eso es quizás parte de la razón. Pero creo que la otra razón es que él está consciente de la importancia que el gozo del Señor juega en la vida cristiana. Y quizás está consciente también de que muchos no lo han experimentado, y otros que lo experimentaron en el pasado, por diversas razones, lo han perdido. Y como él ha tenido la oportunidad de experimentar el gozo del Señor fuera de la cárcel y experimentarlo dentro de la cárcel, y la situación con relación a la cárcel —dentro o fuera— no hizo variar su gozo, yo creo que Pablo nos está tratando de transmitir algo que nosotros debiéramos conocer para poder experimentarlo y poder vivir una vida similar a la que Pablo pudo vivir, rendida a los propósitos de Dios.
¿Has pensado lo difícil que es obedecer sin gozo? La obediencia divorciada del gozo frecuentemente nos lleva a un legalismo, y el legalismo tarde o temprano nos sofoca y sofoca la vida de otros. Pero en otros casos, cuando no nos lleva al legalismo, nos lleva a la desobediencia, porque ciertamente tú solamente puedes obedecer sin gozo hasta un límite; te vas a cansar, te vas a estresar, vas a perder tu motivación para vivir una vida rendida a los mandamientos y propósitos de Dios. Y Pablo nos está exhortando no solamente a tratar de encontrar el gozo, sino a experimentarlo en las peores circunstancias, como a él le tocó vivir.
La Palabra de Dios nos recuerda en el libro de Nehemías que el gozo del Señor es nuestra fortaleza. Implica entonces que cuando ese gozo estaba ausente, ¿dónde estaba mi fortaleza? Yo comienzo a experimentar la debilidad que antes no tenía cuando el gozo estaba en mí. El gozo del Señor es nuestra fortaleza para correr la vida cristiana, nuestra fortaleza para obedecer aquello que Dios nos ha pedido obedecer; el gozo del Señor es nuestra fortaleza para la koinonía que se supone que el pueblo de Dios debe disfrutar, es la fortaleza para los momentos de dificultad en que nosotros vamos a vivir, ya sea el día de hoy o el día de mañana.
Yo creo que vale la pena entonces, al escuchar a Pablo decirnos "regocijaos en el Señor", preguntarnos qué significa eso. ¿Cómo me regocijo en el Señor? ¿Cómo es esa experiencia? ¿Qué es ese gozo? ¿Cómo lo puedo describir? ¿Cuál es su fuente? ¿De dónde viene? ¿Cómo lo obtengo? ¿Cómo lo pierdo? Y obviamente todo eso no está en este pasaje solamente, pero el pasaje nos ayuda a reflexionar en el resto de lo que la Palabra de Dios tiene que decirnos con relación a ese gozo.
Pero Pablo nos deja ver algo más. Él no dice simplemente "regocijémonos", sino que dice "regocijaos en el Señor". Esa es una frase bien paulina y clave para entender el resto de lo que Pablo quizás está tratando de comunicar. Y para eso no dice otra cosa al final del versículo 1, cuando él dice: "A mí no me es molesto escribiros otra vez lo mismo." ¿De qué estás hablando, Pablo? ¿Del gozo otra vez? "Yo les estoy escribiendo de la misma cosa, pero eso de lo que les escribo otra vez es para vosotros motivo de seguridad y de estabilidad."
Creo que vale la pena comenzar a reflexionar un poco acerca de lo que es el gozo, porque quizás yo tengo una idea de lo que es el gozo pero quizás no lo he experimentado, y por eso no sé qué es lo que se siente cuando experimento el gozo del Señor. Quizás he confundido en ocasiones lo que pudiera ser una alegría en la carne con lo que es el gozo del Señor del que habla la Palabra de Dios. Nosotros no tenemos una definición palabra por palabra en la Palabra de Dios de lo que es el gozo, pero yo quiero sugerir en esta mañana que el gozo del cristiano es un deleite interior en toda la bondad de Dios en la persona de Jesús y a través de la persona de Jesús, y que es capaz de ser experimentado en cualquiera de las circunstancias.
Cuando nosotros comenzamos a perder de vista la bondad y la benevolencia de Dios para con nosotros, en ese momento las circunstancias que comenzamos a vivir nos parecen injustas, o nos parecen enormes, o nos parecen inmerecidas. Quizás nos parecen dificultades que son mayores que las que cualquier otro creyente o individuo pudiera estar afrontando. "Nadie me entiende, nadie ha pasado por esta circunstancia." En ese momento, si tú eres creyente, lo más probable es que hayas perdido de vista toda la benevolencia y bondad de Dios para contigo, aun en ese momento en el que estás sintiendo como estás sintiendo.
Lo primero que yo necesito entender es que yo no puedo un día levantarme y decir: "A partir de hoy voy a vivir con una actitud positiva y entonces voy a comenzar a experimentar el gozo." No, no. Yo no soy la fuente del gozo, ni las circunstancias tampoco son la fuente del gozo. Las circunstancias nunca me han producido gozo, y por tanto las circunstancias no debieran quitarme el gozo, porque nunca me lo dieron. La Palabra de Dios claramente nos dice en Gálatas 5:22-23 que el gozo es parte de ese fruto del Espíritu. Es el fruto del Espíritu, es algo que Dios cultiva en mí producto de una relación. Si ese es el caso, las circunstancias que yo vivo no debieran afectar mi gozo, y yo creo que Pablo está ahí para testificar que él pudo vivir de esa manera.
Muchas veces cuando yo experimento una cierta alegría cuando las cosas van bien, eso no necesariamente es el gozo del Señor; frecuentemente es el gozo de mi carne, que disfruta que las cosas van como yo las he planificado. Pero resulta que Dios me ha revelado que todas las cosas cooperan para bien; por tanto, desde la perspectiva divina, siempre todas las cosas van bien, porque van conforme a lo que es su propósito, para el cual Él diseñó la circunstancia en la que yo me encuentro.
¿Vas entendiendo un poco mejor entonces lo que es el gozo? Es un deleite, es una paz interior que resulta de una relación con Dios, y por tanto, mientras más cercana es mi relación, mientras mejor es mi relación, pues mayor, mejor y más intenso será el gozo que yo puedo experimentar en el correr de la vida cristiana. Como es un fruto del Espíritu, entonces tiene sentido que Pablo me llame a regocijarme en el Señor; no hay ninguna otra manera como yo puedo hacerlo, porque yo no puedo regocijarme en el sentido bíblico fuera del Señor, ya que es un fruto del Señor. Y por tanto, cuando el gozo se me está escapando, yo tengo que preguntarme en ese momento de mi vida dónde estoy con relación a Dios.
La frase "en el Señor", decía esta mañana, no es simplemente un hábito que Pablo tenía de usar ciertas frases típicas, como nosotros tenemos frases que son muy nuestras.
No hay contenido, hay propósito, hay significado detrás de esta frase: 9 veces en cuatro capítulos, en una carta sumamente corta, Pablo usa la frase "en el Señor". Eso no es accidental. En 1:9 y en 2:24, Pablo nos llama a confiar en el Señor. En 2:9 me habla de esperar en el Señor. Yo no puedo esperar de ninguna otra manera que no sea en el Señor; cuando espero fuera del Señor, me desespero.
En 2:29, le habla de que la iglesia de Filipos debiera recibir a Epafrodito en el Señor. Te imaginas lo que es recibir a alguien, dar la bienvenida a alguien en el Señor. En 4:1, nos anima a estar firmes en el Señor; no puedo estar firme si no es en el Señor. En 4:2, Pablo le pide a Evodia y a Síntique que vivan en armonía en el Señor. En 4:10, Pablo habla de que debiéramos regocijarnos en el Señor, y en 4:4, que es el texto de hoy, Pablo le dice a los filipenses: "Regocijémonos en el Señor."
Tiene sentido, porque el gozo es fruto del Espíritu y, por tanto, no hay otra manera de hacerlo. Él es la fuente del gozo. El Señor es la fuente del gozo. Él es el objeto del gozo, Él es la meta del gozo, Él es el origen y el final. ¿Te das cuenta de la importancia que tiene, entonces, para la vida cristiana la experiencia del gozo?
Nehemías tenía razón: en un momento de dificultad, donde están construyendo las murallas, donde se sienten amenazados, Nehemías dice: "El gozo del Señor es nuestra fortaleza." Y siempre que yo haya permanecido con la mirada puesta en Jesús, probablemente yo pueda mantener el gozo, amigos. La pérdida del gozo con frecuencia es el resultado de la distracción. Venía mirando a Jesús, venía mirando a Jesús y lo que Él ha hecho por mí, su benevolencia, su bondad, su fidelidad, y de repente algo pasó que me hizo desviar la mirada, y yo comienzo inmediatamente a perder el gozo que había sido mantenido y cultivado como fruto de tener una vida centrada en Dios.
El gozo del Señor no depende, no es causado, no es producido por una circunstancia. Es el fruto de haber entendido, abrazado y vivido una verdad que tiene que ver con la soberanía de Dios en el control de todas las circunstancias, incluyendo las que yo estoy viviendo y que me han robado el gozo. Las circunstancias en las que yo estoy, que me han robado el gozo, tienen desde la perspectiva divina el propósito, no solamente de cooperar para bien, sino de producirme incluso gozo. Yo voy a mostrar la Palabra de Dios, por lo menos una o dos veces; las demás están ahí para revisión posterior.
De manera que no importa en qué circunstancia yo me encuentre: si yo puedo recordar que yo no estoy ahí por accidente, sino por orquestación divina, y que no importa en qué dirección las circunstancias vayan, están cooperando para bien, entonces yo podré mantener el gozo que el Espíritu de Dios está cultivando en mí. Mucho del gozo tiene que ver, en primer lugar, con la relación que guardo con Dios, la cercanía, la calidad de la relación; pero también tiene que ver con una perspectiva de vida.
Si yo miro la vida, examino la vida, valoro la vida desde aquí abajo, con frecuencia voy a encontrar razones para perder el gozo, amigos. Pero cuando yo la miro desde arriba, como Dios la ve, si pudiera mover el tapiz, en vez de verlo siempre por detrás, si pudiera darle la vuelta y verlo por delante, yo pudiera ver la hermosura de lo que Dios está produciendo y no perder mi gozo al solamente poder ver la maraña de hilos cosidos por detrás, que es lo que nosotros vemos en la vida natural.
Pablo está en la cárcel y está gozoso. Pablo está fuera de la cárcel y está gozoso. Pablo está naufragando y está gozoso. Pablo está siendo perseguido y está gozoso; está tranquilo y está gozoso. ¿Qué es lo que este hombre come? No, ¿qué es lo que este hombre conoce? ¿Qué es lo que este hombre vive? ¿Qué es lo que este hombre ha abrazado? ¿Qué es lo que ha entendido, que yo no he entendido? ¿Qué es lo que él ha tenido? ¿A qué es lo que ha renunciado, que le ha permitido vivir este gozo? Porque muchas veces parte de la problemática está en que yo no he renunciado a cosas que continuamente compiten con el gozo del Señor; cosas que todavía producen en mí un gozo propio y que ahora están compitiendo con el gozo del Señor. Como Pablo renunció a todo eso, no tenía competencia. Él tenía una sola fuente de gozo: el Señor.
Recuerda: en el libro de los Hechos, los apóstoles están evangelizando, la iglesia está creciendo, personas están convirtiéndose, el Señor está agregando nuevos creyentes a la iglesia, y de repente un día nos encontramos en el capítulo 5 con que los apóstoles son apresados. Los están interrogando, los están examinando, y Gamaliel viene y aconseja al concilio que tengan cuidado con lo que van a hacer con estos hombres, porque en el pasado ha habido movimientos similares que vinieron y se fueron y ya nadie se acuerda de ellos. Pero si esto es de Dios, pudieran encontrarse luchando contra Dios. Eso es el versículo 40 de ese texto.
Y el versículo 41, escucha ahora. Recuerda que yo te había dicho que en ocasiones nosotros estamos en circunstancias que nos han robado el gozo, y que si nosotros pudiéramos mirar la vida desde la perspectiva de Dios, pudiéramos ver que esas circunstancias están controladas por Dios, están cooperando para bien y debieran ser productoras de gozo en vez de habérnoslo robado. Escuchen lo que ocurre en el versículo 41: "Ellos", los apóstoles —perdón, el concilio aceptó su consejo, el de Gamaliel—, "y después de llamar a los apóstoles, los azotaron y les ordenaron que no hablaran en el nombre de Jesús, y los soltaron."
Yo no sé si usted y yo, después de haber sido azotados, encontraríamos alguna razón para llenarnos de gozo. Esas circunstancias serían suficientes para robarnos el gozo. Pero escucha su reacción: "Ellos, pues, salieron de la presencia del concilio, regocijándose de que hubieran sido tenidos por dignos de padecer afrenta por su nombre." ¡Qué rara es esa reacción! Te imaginas: ellos salen de la presencia del concilio, Pedro viene dando saltos, Juan también, y diciéndose el uno al otro: "Hermano, ¿no te sientes tan gozoso? ¡Nos consideraron dignos de sufrir afrenta por el nombre!" ¡Wow! Es increíble.
Y, de manera que, ¿cuánto tienes que valorar ese nombre? ¿Cuánto tienes que valorar esa causa? ¿Cuánto tienes que haber renunciado a tu propia causa, a tu propio nombre, para poder decir: "¡Esto es fantástico!"? Si los sometemos a un psicoanalista moderno, dirán que están locos, que son masoquistas. ¡No! Ellos conocen algo, están experimentando algo, tienen una cercanía con Dios y tienen una perspectiva de lo que está ocurriendo que tú y yo, muchas veces, no tenemos.
"Regocijémonos en el Señor." Esa es la frase clave. Bueno, ¿de qué otra manera lo puedo hacer? No podemos hacerlo de otra manera, pero podemos intentarlo en la carne, en el mundo; sin embargo, esa cosa se ve muy diferente. El gozo en la carne está atado a mi bienestar: puedes separar esas dos palabras, "mi bienestar". Siempre que yo esté bien, estaré alegre. Ese gozo es pasajero, pero no tiene nada que ver con Dios; tiene que ver conmigo, con cómo me siento, cómo estoy. El gozo del Señor es el resultado de haber entendido, de haber comenzado a vivir la soberanía de Dios en mi vida, y ese gozo es santo. Son muy distintos.
El gozo del mundo confía en las obras de la carne, pero el gozo del Señor, el gozo del cristiano que proviene de Dios, descansa única y exclusivamente en la obra redentora de Cristo: la cruz y su resurrección tres días después. No hay nada más en lo que pueda descansar, en lo que pueda tener confianza, que no sea en la obra de Cristo en la cruz.
Para cuando van a la lista: "Regocijémonos en el Señor" es un imperativo. Y recordemos, como en otras ocasiones hemos hablado, que yo nunca tengo un imperativo, una orden de parte de Dios, sin que Dios previamente me haya dado el indicativo, esto es, aquello que Él ha hecho previamente y que me capacita para yo poder cumplir su imperativo. Si no me capacita, luego Dios me ordena. Y el indicativo de eso que Dios me está pidiendo —"Regocijémonos en el Señor"— es lo que Dios ha hecho previamente en mí, que ahora me capacita para yo poder responder: su obra en la cruz, mi regeneración y la morada del Espíritu en mí. Eso lo hizo independientemente de mí, y ahora, capacitado por Él y a través de Pablo, Él me dice: "Regocíjate en mí, en el Señor." Ahora yo puedo hacerlo.
Pero recuerda: la alegría de la carne, el gozo de la carne, tiene que ver con la satisfacción de los impulsos de la carne y dura hasta que dure la satisfacción del impulso. Me voy a ver si lo puedo ilustrar. Suponte que tú tengas un año sin comer carne y que te guste mucho el filete. Hoy tienes mucha hambre y alguien te invita a comer un filete. Cuando tienes un año que no lo has probado, esa es tu comida favorita y tienes mucha hambre. Te sientas a la mesa, comienzas a disfrutarlo, y como tenías tanta hambre, comes y comes y comes, y ya después: "Ay, me siento tan mal, estoy tan lleno." Se te fue el gozo. El gozo de disfrutar el filete de la carne se te fue así, reemplazado por un malestar, porque el impulso de la necesidad de la carne ha sido satisfecho y ha sido sobre-satisfecho, y ahora ese gozo ha sido reemplazado por un malestar.
¿Te das cuenta de lo efímero, lo temporal, lo pendiente de mis impulsos que es ese gozo? Ese gozo no tiene nada que ver con el gozo en el Señor. El gozo del Señor es el deleite en la benevolencia y la bondad de Dios para conmigo, recordada en todo momento y, por tanto, disfrutada en cualquier circunstancia. Yo soy capaz de disfrutar el gozo del Señor. Él es la meta del gozo, Él es el objeto del gozo. Y de esa misma manera, cualquier pecado con el que yo no haya lidiado, que pueda separarme, distanciarme en mi relación con Dios, disminuir la calidad de mi relación con Dios, es capaz de disminuir la intensidad, la calidad y la frecuencia con la que yo experimento el gozo en el Señor.
Cómo puedes recordar —si tú puedes recordar las cosas, algunas de las cosas, ni siquiera todas— que Dios ha hecho en nuestro favor: no me adicionar de dos o tres. Si tú pudieras, continuamente, en cada circunstancia en la que te encuentres, donde el gozo no está, si tú pudieras recordar, que me da fresca como la primera vez que lo experimentaste, que Cristo pagó por tus pecados una vez y para siempre, que el Hijo fue a la cruz y propició la ira del Padre que le hacías despedado por años, por cientos de años. Ya vino y murió en mi lugar, y aquello que a Él le quitó la vida me dio la vida a mí. Y luego, después de morir, resucitó al tercer día, y su resurrección está garantizando mi resurrección.
Que cuando se levantó de entre los muertos me dio la vida eterna, me tomó, me puso en manos del Padre, y ahora nadie me puede arrebatar de su mano. Y por consiguiente, ni la muerte, ni la vida, ni lo presente, ni lo por venir, ni poderes, ni lo alto, ni lo bajo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios en Cristo Jesús, por el resto de la eternidad. En un portador de luces, eso debiera ser suficiente para poder renovar tu fortaleza.
Recuerdo la historia del soldado en Vietnam que fue asignado a limpiar letrinas por un tiempo. Él ya lo estaba haciendo; era cristiano antes de ir a la guerra, y él comenzó a dudar de Dios, porque por dos años había tenido personas entrar a su celda y decirle, prácticamente cada día, qué es lo que estás creyendo: son mentiras. "¿Tú crees en un Dios que te tiene aquí en esta celda limpiando letrinas? ¿Cómo es posible? No puede ser. Ustedes los cristianos no son racionales." Y con el paso del tiempo su fe comenzó a debilitarse, y debilitarse, y debilitarse.
Un día, cuando él estaba ya a punto de renunciar a su fe, entró a limpiar la letrina que ya le tocaba asear, y encontró un raso de papel sucio —usted sabe de qué—. ¿Qué estaba escrito en inglés? Él tenía dos años que no había visto nada en inglés. Y aun así, sucio como estaba, se lo puso en el bolsillo. Cuando llegó a su celda lo trató de limpiarlo, y en la noche, estando en medio de la mayor crisis de fe que él había podido experimentar, ya a punto de renunciar a su fe, sacó el papel, sacó una linternita pequeña que había conseguido —no recuerdo cómo—, y ahí comenzó a leer.
Y esto fue lo que leyó: "Ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios en Cristo Jesús." Y su fe fue restaurada al instante. Ni la letrina nos puede separar del amor de Dios. Luego regresó cada día y se encontraba con otro pedazo de papel del libro de Romanos, porque un oficial —bien intencionado— había entregado una Biblia a un misionero. El oficial dijo que no la quería; el misionero le dijo: "Quédate con ella con el compromiso de que vas a leer cada página antes de usarla para limpiarte." El misionero le dijo: "Léela primero." Y ese hombre, a punto de perder su fe, coleccionó el libro de Romanos entero.
¿Tú crees que Dios estaba en control? ¿Tú crees que Dios es soberano? ¿Tú crees que Dios cuida de nosotros en medio de las letrinas? Sí. Por eso tienes que regocijarte en el Señor. "En las letrinas no me puedo regocijar; no hay gozo en las letrinas, en la guerra, en Vietnam, en una celda." No hay gozo en esos lugares, pero en el Señor yo puedo. Tu gozo tiene que estar en Cristo, en la verdad.
¿Sabes cuál es el problema muchas veces? Que la verdad que yo había abrazado —igual que Adán—: Adán había abrazado una verdad inicialmente, pero cuando le fue presentada la mentira, él desabrazó la verdad y abrazó la mentira. Y el día que abrazó la mentira, ese mismo día perdió el gozo en el Señor.
Ahora, Satanás sabe que tú y yo conocemos esta historia, y él no va a venir a decirnos: "Si haces tal cosa serás como Dios." Tú conoces esa historia, yo también. Pero él le hizo una oferta a Adán de mejoría que no tenía nada que ver con Dios: "Tú puedes mejorar independientemente de Dios." Y a ti y a mí no nos habla de ser como Dios, pero dice: "Si tú tienes ese trabajo y esos ingresos, tú puedes ser mejor. Si tú tuvieras esa mujer o ese hombre, estarías mejor. Si estuvieras en aquel lugar y no en este, estarías mejor. Si lo hicieras de esta manera y no de la correcta, estarías mejor. Si tuvieras este cuerpo, lo serías mejor. Si tuvieras menos arrugas, estarías mejor." Y cada verdad que yo había comprado acerca de que mi valor está en Cristo, en sus propósitos, en su significado, la desabrazo para abrazar esta otra basura que el enemigo me ha vendido.
Y ahora yo tengo una competencia monumental con el gozo del Señor, porque he abrazado una mentira que me está robando el gozo que Dios, como fuente de gozo, me había provisto por medio de su verdad.
Cuando Adán abrazó esa mentira, ¿cuál es su próxima experiencia? El temor y la vergüenza. La mayoría de las veces —quizás todas— cuando tú y yo experimentamos temor y vergüenza, hay alguna mentira que estamos abrazando en ese momento, porque ninguna verdad de Dios ha sido diseñada para producirle a su hijo ni temor ni vergüenza. La verdad de Dios ha sido diseñada para liberar a su hijo del temor y de la vergüenza. Abrazamos mentiras, tú lo haces y yo lo hago, pero tenemos que irlas conociendo y desenmascarando, porque eso no nos da estabilidad, nos quita el gozo, y cuando el gozo se va, yo experimento inestabilidad.
Escucha al apóstol Pablo una vez más, capítulo 3, versículo 1: "A mí no me es molesto escribiros otra vez lo mismo acerca del gozo, y para vosotros es motivo de seguridad." Esto del gozo que yo estoy repitiendo, dice Pablo, a vosotros les trae seguridad y estabilidad; les impide la inestabilidad, porque es tu fortaleza en las peores circunstancias.
Bueno, ¿cómo me ayuda? ¿Cómo estabiliza? ¿Cómo me da seguridad? En el dolor, no lo elimina necesariamente, ni lo disminuye necesariamente, pero lo llena de propósito y significado. Y por tanto, ahora yo puedo navegar en el dolor con una experiencia que está plena de significado y propósito. En la pérdida, no va a reemplazar necesariamente la pérdida, pero en medio de ella yo puedo reflexionar que he ganado más en Cristo que la pérdida que he tenido. Y por tanto, mi gozo debiera aumentar y no disminuir.
En la persecución, yo puedo hacer lo que los apóstoles hicieron: mirar y decir, "¡No puedo creer que alguien pecador como yo, indigno, haya sido considerado digno de sufrir por el nombre de Cristo! ¡Wow, gloria a Dios!" Pablo nos dijo más temprano en esta carta: "A vosotros se les ha concedido el privilegio, no solamente de creer —y ahí estamos nosotros yendo: ¡eh, eh, eh!—, no solamente de creer, sino de sufrir por Él." Es un privilegio poder sufrir por Él. Los apóstoles lo mostraron en el capítulo 5 de los Hechos: salieron regociándose de haber sido considerados dignos de sufrir afrenta a causa del nombre. La próxima vergüenza que tú y yo pasemos a causa del nombre no debiera ser sino motivo de regocijo, como lo fue para los apóstoles.
¿De qué manera el gozo me va a ayudar en medio de la enfermedad? Te ayuda a visualizar una vez más que la tribulación presente —esa que es pasajera— no es digna de ser comparada con la gloria que ha de ser revelada. Es pequeña.
Yo entré, siendo médico, a una habitación a ver a un paciente diabético que ya estaba ciego, en diálisis, con una pierna amputada y una infección severa en la otra pierna. Como yo soy diabético, médico y anciano de una iglesia, pensé que este sería un buen candidato para que yo fuera a ministrarle. Cuando salí de esa habitación, yo fui el que salió ministrado, porque resultó que ese paciente era cristiano. Cuando yo comencé a entrevistarlo, él me detuvo muy tempranamente y me dijo: "¿Doctor? Cuénteme. Estoy de acuerdo; esto es para mayor gozo. Y la próxima vez que yo vuelva a ver, lo primero que voy a ver es el rostro de mi Señor." ¡Wow! ¡Qué perspectiva! ¡Qué fe praticada! Ciego, en diálisis, amputado y en riesgo de perder la otra pierna. ¡Increíble! La perspectiva de vida con la que tú y yo vivimos.
Cristo, la segunda persona de la Trinidad, cuando tuvo que encarnarse y sufrir, mantuvo su gozo. Tú recuerda cómo la Palabra de Dios nos dice que lo hizo, porque la manera como Él lo hizo debiera ser la manera como tú y yo debiéramos hacerlo. "Puestos los ojos en Jesús, autor y consumador de la fe." ¿Cómo lo hizo? "Quien por el gozo puesto delante de Él soportó la cruz, menospreciando la vergüenza, y se ha sentado a la diestra del trono de Dios." ¿Cómo lo hizo? Por el gozo puesto delante de Él. Por la promesa hecha por el Padre puesta delante de Él. Sin perder la visión, sin perder la concentración de eso que el Padre le había ofrecido: el gozo puesto delante.
Cuando perdemos el gozo —yo he estado ahí; yo soy igual, tengo la misma humanidad que ustedes; yo sé que me ha ocurrido—, yo he sido distraído. Y la culpa no está sobre quién me distrajo, sino en que yo me distraje. Yo he cambiado los ojos, yo he volteado los ojos hacia la distracción, y he perdido la dimensión de la cruz y he perdido la dimensión del gozo puesto delante de mí. Y eso ha causado que mi gozo haya disminuido.
Porque quité mis ojos de la fuente del gozo. Nota este cambio brusco en esta carta de que Pablo nos habla: "Por lo demás, hermanos, me os ruego, regocijaos en el Señor. A mí no me es molesto escribiros otra vez lo mismo, y para vosotros es motivo de seguridad." ¡Bum! ¡Cuidado de los perros! ¿Qué es esto? ¡Cuidado de los malos obreros! ¡Cuidado de la falsa circuncisión! Porque nosotros somos la verdadera circuncisión, que adoramos en el espíritu de Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús, no poniendo la confianza en la carne.
Ese cambio tan brusco de Pablo ha dado origen a especulaciones. Alguno ha pensado que Filipenses 2 al 21 perteneció a otra carta, probablemente paulina, pero otra carta que después fue injertada aquí. Sin embargo, la mayoría no está de acuerdo con esta posición. Otros han pensado que Pablo en aquella época no tenía que seguir ningún patrón específico al escribir; él tenía completa libertad, nosotros también, sobre todo en una carta que tiene un estilo personal, y simplemente decidió hacerlo. Otros han pensado que quizás era una inspiración repentina del Espíritu que él sintió y, de inmediato, pasó a escribirla.
Pero más recientemente, producto de cierto hallazgo arqueológico, aparentemente la manera como el versículo 1 está escrito corresponde a lo que ha sido llamado en inglés la *epistolary recitation formula*, o la fórmula epistolar de la vacilación. Es algo que aparentemente ha sido encontrado como muy común en cartas de esa época, en años recientes, y que representa una cláusula intermedia de transición para pasar abruptamente de un tema a otro. No es típica solo de Pablo, sino que en múltiples cartas, en papiros de esa época, ha podido ser encontrada esta fórmula de transición, donde el autor pasa a un tema que pudiera parecer completamente diferente. Es como que Pablo estuviera diciendo: "El volveros a escribir de la misma cosa no es para mí motivo de vacilación ni motivo de dudas." El autor vacila un momento, dice lo que quería decir, completa la idea y pasa al otro tema.
Pero yo creo que hay una relación todavía entre estos a los que él llama perros judaizantes, aquellos que, llamándose en ocasiones cristianos, insistían en la necesidad de las obras de la carne, la circuncisión, para alcanzar salvación. Los judíos en aquel entonces llamaban a los gentiles perros como una forma despectiva, y aparentemente lo que Pablo está diciendo es que el calificativo que ustedes guardan para ellos realmente les cabe a ustedes y no a ellos. Y no eran perros como la mascota que nosotros tenemos hoy en día; los perros eran básicamente perros salvajes, perros de la calle, y a esos es a los que Pablo se está refiriendo. Él les llama también malos obreros y también los llama de la falsa circuncisión; de hecho, literalmente, ahí dice "mutiladores", aquellos de la mutilación, que mutilan la carne y esperan que entonces tú puedas tener salvación vía las obras de la carne.
Y yo creo que hay cierta relación aquí: la forma más rápida de perder el gozo en el Señor, o el gozo del Señor, es comenzando a confiar en las obras de la carne. Si lo que es la obra del evangelio de Cristo, que por definición es buenas nuevas, debe producir gozo, de hecho el ángel que viene a los pastores anunciando la venida del Señor, recuerda sus palabras: "Mas el ángel les dijo: No temáis, que aquí os traigo buenas nuevas de gran gozo, que serán para todo el pueblo. ¿Cuáles son las buenas nuevas de gran gozo que traigo? Porque os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor." Él es la fuente del gozo que ha llegado.
Si tú pierdes de vista el mensaje de la cruz, de buenas nuevas que produce gozo, del perdón de tus pecados de una vez y para siempre, y comienzas a confiar ahora, para el perdón de tus pecados, para mantener tu salvación, en las obras de la ley, puedes contar que muy pronto tendrás una experiencia de gozo que se habrá ido, porque has abrazado una mala enseñanza, has abrazado una mentira. Eso es una gran verdad. Y si después de que Cristo murió en la cruz, rasgando el velo de arriba abajo y declarando "consumado es", todavía tú insistes en confiar en las obras de la carne, mereces el peor calificativo, y yo también si yo insistiera en eso, porque es como pisotear la obra de Cristo en la cruz.
Y por eso, quizás Pablo le dice a estos judaizantes: ustedes son los perros, ustedes son los que merecen ese calificativo, no los gentiles. Entonces Pablo termina esta porción de la carta diciendo: "Porque nosotros somos la verdadera circuncisión, que adoramos en el espíritu de Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús, no poniendo la confianza en la carne." Es como si Pablo estuviera diciendo: ¿No saben qué? Ustedes los judíos han llegado a ser gentiles, y los gentiles han llegado a ser judíos. Nosotros somos —él se está identificando con el grupo de gentiles, porque es el apóstol a los gentiles— la verdadera circuncisión, que no es la de la carne, sino la del corazón.
Y Pablo ya había dicho eso; en Romanos, donde tenemos toda la enseñanza, leemos en Romanos 2:28-29: "No es judío el que lo es exteriormente, ni la circuncisión es la externa en la carne; sino que es judío el que lo es interiormente, y la circuncisión es la del corazón, en el espíritu, no en la letra; la alabanza del cual no procede de los hombres, sino de Dios." La circuncisión que trae salvación no la trae un bisturí; es por el Espíritu de Dios, que remueve el velo de mis ojos, que cambia mi corazón de piedra en corazón de carne, que regenera mi alma. Y ahora yo puedo adorar a Dios en el espíritu; eso es exactamente lo que Pablo dice aquí: nosotros somos la verdadera circuncisión que adoramos en el espíritu de Dios, que nos guía por su Espíritu a través de su verdad.
Y no nos gloriamos en nada más que no sea en Cristo Jesús, no poniendo la confianza en la carne. Nosotros hemos llegado a entender el mensaje de la cruz, la necesidad del mensaje de la cruz, y nos hemos gloriado en Cristo, mostrando Dios que lo necio de Dios es más sabio que la sabiduría de los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que la fortaleza de los hombres. Y ahora podemos adorar en el espíritu, gloriarnos en Cristo Jesús y no poner ninguna confianza en las obras de la ley o de la carne.
La forma más rápida de perder el gozo es comenzando a confiar en las obras de la carne. Nunca han producido gozo, y por tanto nunca debiéramos confiar en ellas para el gozo. Y sin embargo, con cuánta frecuencia lo que hacemos en la carne nos trae cierta alegría, nos sentimos bien, y con cuánta frecuencia, poco tiempo después, ese bienestar que sentí se fue, porque correspondía a una obra de la carne y no a una obra del Espíritu en mí, en relación con Dios y con las verdades que Él revela.
¿Entienden ahora mejor por qué el apóstol Pablo considera la experiencia del gozo tan vital, tan necesaria para correr esta carrera? ¿Entienden mejor por qué en Nehemías se nos dice que el gozo del Señor es nuestra fortaleza? Nuestra debilidad, muchas veces emocional y espiritual, se debe a que hemos permitido que cosas y circunstancias nos robaran el gozo que en un momento dado nos hizo estar fuertes delante de Dios. Yo he estado ahí, y tú también has estado ahí. Pero trabajemos para que mañana ni tú ni yo estemos ahí.