Integridad y Sabiduria
Sermones

El reino de los cielos en parábolas

Miguel Núñez 12 mayo, 2013

El reino de los cielos crece de maneras que escapan a nuestro control y comprensión, y esa verdad debería liberar al creyente de cargas que nunca le correspondieron. Las dos parábolas de Marcos 4 —la semilla que germina por sí sola y la semilla de mostaza— revelan cómo Dios ha diseñado la expansión de su reino: hay una participación humana clara, alguien debe salir a sembrar, pero el poder de germinación no está en el sembrador sino en la semilla misma, que es la palabra de Dios.

El sembrador planta, se acuesta, se levanta, y un día descubre que la semilla brotó sin que él supiera cómo. La tierra produce fruto automáticamente, dice el texto. Pablo pasó apenas tres semanas en Tesalónica y tuvo que irse, pero esa iglesia llegó a ser ejemplo para toda Macedonia y Acaya. Cuando se despidió de los ancianos de Éfeso, no los encomendó a un programa ni a un método, sino "a Dios y a la palabra de su gracia". Esa palabra tiene poder intrínseco: es martillo que despedaza la roca, fuego que consume, espada que penetra hasta dividir el alma del espíritu.

La semilla de mostaza ilustra la misma realidad desde otro ángulo: el reino comenzó en un pesebre de Belén, no en Roma ni en Atenas, con gente que no era ni sabia ni poderosa. Y sin embargo creció hasta derribar imperios. El rol del creyente es sencillo: sembrar y confiar. No le corresponde juzgar lo que no ve, controlar lo que no entiende, ni desesperar por lo que parece pequeño. La siega vendrá cuando el fruto esté maduro, pero eso está en manos de Dios.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Marcos 4:26-34.

Decía también: "El reino de Dios es como un hombre que echa semilla en la tierra. Se acuesta y se levanta, de noche y de día, la semilla brota y crece. ¿Cómo? Él no lo sabe. La tierra produce fruto por sí misma: primero la hoja, luego la espiga, y después el grano maduro en la espiga. Y cuando el fruto lo permite, él enseguida mete la hoz, porque ha llegado el tiempo de la siega."

También decía: "¿A qué compararemos el reino de Dios, o con qué parábola lo describiremos? Es como un grano de mostaza, el cual, cuando se siembra en la tierra, aunque es más pequeño que todas las semillas que hay en la tierra, sin embargo, cuando es sembrado, crece y llega a ser más grande que todas las hortalizas, y echa grandes ramas, tanto que las aves del cielo pueden anidar bajo su sombra."

Con muchas parábolas como esta les hablaba la palabra, según podían oírla. Y sin parábolas no les hablaba, sino que lo explicaba todo en privado a sus propios discípulos.

El texto que yo acabo de leer es un texto relativamente sencillo en estructura: dos parábolas que tienen que ver con el reino de los cielos, y en cada una de ellas hay una semilla, una semilla que representa la Palabra de Dios. Es una semilla que nos ilustra de qué manera se da el crecimiento del reino de los cielos. Yo creo que el entendimiento de estas parábolas es vital para aquellos de nosotros que estamos involucrados en sembrar la Palabra en el corazón de los hombres. Cristo nos está ilustrando, en cierta manera, lo que ha estado ocurriendo desde el momento en que Él comenzó a predicar el reino de Dios, desde el momento en que Él lo inauguró, que ha estado ocurriendo y que se supone que continúa ocurriendo hasta su llegada.

Pero antes de yo entrar en materia propiamente dicha, me voy a devolver unos minutos, pocos minutos, pero me voy a devolver a recordarles algunas cosas de la parábola del sembrador, porque esta parábola de la semilla sembrada que germina es una continuación en gran medida de la parábola del sembrador que está en este mismo capítulo. De hecho, esta parábola no tiene explicación y no hay que explicarla. La explicación está supeditada al entendimiento de la parábola del sembrador.

Cuando hablamos de esa parábola, ustedes recordarán que Cristo hablaba de un sembrador que había comenzado a esparcir la semilla, y la semilla había ido cayendo en diferentes tipos de terrenos. La semilla representaba la Palabra de Dios, y el terreno representaba el corazón de los hombres. La condición del terreno hablaba de la condición del corazón que recibía la Palabra, y en esa ocasión hablamos de cuatro tipos de terrenos.

Había un terreno, o mejor dicho, una semilla que cayó junto al camino, y ese terreno era un terreno endurecido por el pasar de las personas sobre él. Por tanto, en ese terreno endurecido la semilla no pudo prosperar, y muy pronto Satanás, dice la explicación de Cristo, vino y se llevó lo que había sido sembrado en esos corazones. La versión de Mateo dice que esa semilla que cayó en ese tipo de terreno representa a aquellas personas que no entienden lo que escuchan.

Había un segundo grupo de personas representado por la semilla que caía en medio de pedregales o entre pedregales. Y por consiguiente, esa semilla no pudo prosperar, pero se habla de que esas personas oían la Palabra, la recibían, incluso la recibían con gozo. Pero poco tiempo después, a pesar de ese gozo inicial, se quedaban ahí en la superficie, en la parte primera o superficial del entendimiento, no prosperaban, y por tanto, en vista de la ausencia de raíces profundas, pues con el tiempo esas plantas morían rápidamente. Cuando llegaba la aflicción, cuando llegaba la persecución, abandonaban el camino, y algunos incluso quedaban resentidos con Dios.

En tercer lugar se nos habla de un grupo que está relacionado a la semilla que cae entre espinos. Y dice Cristo que se corresponde a aquellas personas que reciben la Palabra, pero entonces tienen una serie de preocupaciones relativas al mundo, a las cosas que el mundo ofrece, el engaño del mundo, los deseos materialistas del mundo, y esas cosas ahogan la semilla. Por tanto, esa semilla tampoco podía prosperar.

De manera que en la parábola tres de cada cuatro semillas no prosperaban. Nosotros sabemos qué ocurre con esas semillas que no prosperaron, que germinaron inicialmente pero no continuaron su desarrollo. Pero había una semilla que caía en terreno fértil, y esa semilla que caía en terreno fértil producía el treinta, el sesenta y el ciento por uno.

La realidad es que la parábola no representa una ecuación matemática de que cada tres de cuatro personas que escuchan la Palabra no van a responder, pero sí yo creo que es una ilustración de que la mayoría de las personas que escuchan el satisfaga evangelio, las buenas nuevas de Jesucristo, no responden apropiadamente. En el tiempo no perduran, no continúan en el camino, y muestran entonces la condición de su corazón, la condición del corazón donde cayó la semilla sembrada.

La pregunta que tenemos que hacernos entonces, si usted quiere, es: ¿qué ocurre con la semilla que cayó en terreno fértil? Bueno, produce el treinta por uno, el sesenta por uno, el ciento por uno, sí yo sé. Pero ¿qué relación guarda eso con lo que es el resto de la evangelización del mundo, lo que es el crecimiento del reino de los cielos? Y yo creo que es importante que nosotros podamos ver esa segunda parte, porque de lo contrario nosotros pudiéramos perder la motivación incluso para evangelizar.

Si pensamos que tres de cuatro en la parábola, la mayoría en la realidad que escucha la Palabra, no responde apropiadamente, el sembrador pudiera terminar razonando que no vale la pena esforzarse, que la gente no valora lo que se hace por ellos, que la gente no valora la Palabra de Dios, no valora la revelación de Dios. Y muchos se han desalentado a lo largo del camino, y otros no han abandonado el camino del sembradío, han continuado sembrando, pero lo han continuado haciendo con cierto escepticismo, a veces con actitudes sarcásticas, a veces con dudas continuas acerca del corazón del hombre, porque han tenido expectativas irreales.

Pero yo creo que con la parábola del sembrador y estas dos parábolas que están en el texto que yo leí hoy, nosotros deberíamos entender completamente cómo Cristo entendió y cómo Cristo quiso que yo entendiera el crecimiento del reino de los cielos, la expansión de su plan de evangelización, de tal forma que yo pudiera permanecer tranquilo mientras yo realizo mi trabajo. Y esa es la razón por la que yo he titulado este mensaje: "El reino de los cielos en parábolas." Y eso es exactamente lo que Cristo está tratando de hacer: de enseñarles acerca del reino de los cielos en parábolas.

El texto que yo leí hoy tiene una primera parábola del versículo 26 al 29, una segunda parábola del versículo 30 al 32, y una conclusión en el versículo 33 y 34. La primera de las dos parábolas ha sido llamada de diferentes maneras; yo le he llamado la parábola de la semilla que germina por sí sola. Y la segunda es una parábola ya conocida con un nombre que todo el mundo ha usado a lo largo de los años, y es la parábola de la semilla de mostaza. Ambas tienen que ver con una semilla, y ambas tienen que ver con el reino de los cielos y su crecimiento.

La primera es exclusiva de Marcos. Juan no tiene parábolas, y Lucas y Mateo no dicen absolutamente nada de esa parábola, de manera que se hace un texto importante porque yo no lo encuentro en ningún otro lugar. En esta parábola yo creo que puedo entender un poco más qué ocurre con la semilla que cae en terreno fértil, que va a ir produciendo diferentes tipos de fruto, por así decirlo.

¿Qué pasa con la semilla que germinó? Con las otras tres ya sabemos, pero ¿qué pasa con esta semilla? Y es por eso que yo creo que esta parábola, al igual que muchos creen, le da continuación a la parábola del sembrador. Están en el mismo capítulo, en el mismo tiempo, en el mismo grupo de enseñanza que Cristo le dio a los discípulos.

Escuchen la parábola ahora una vez más: "El reino de Dios es como un hombre que echa semilla en la tierra, y se acuesta y se levanta. De noche y de día" —en otras palabras, los días van pasando; se acuesta y se levanta de noche y de día, pasan días; se acuesta y se levanta de noche y de día— "y la semilla brota y crece. ¿Cómo? Él no lo sabe. La tierra produce fruto por sí misma: primero la hoja, luego la espiga, y después el grano maduro en la espiga."

La frase inicial es "el reino de Dios es como." Eso es un símil, es una figura de comparación, es una figura del habla donde la palabra "como" es utilizada para comparar una cosa con otra. El reino de Dios es como una semilla que es plantada por un hombre, dice el texto; es plantada en la tierra. Él planta la semilla, se acuesta, se levanta, se acuesta, se levanta. Pero un día se acostó y se levantó, y vio la tierra, y se dio cuenta de que la semilla estaba brotando.

En ese momento él pudiera detenerse y decir: "Yo sembré esa semilla hace días, no hice más nada, y la semilla brotó. ¿Cómo? ¿Cómo pasó eso? ¿Cómo ocurre eso?" El texto dice: él no lo sabe. Él no tenía idea, después que sembró la semilla, de lo que estaba ocurriendo debajo de la tierra. Él no tenía idea del proceso de germinación de la semilla. Él no lo vio, no lo controló, no pudo hacer absolutamente nada, pero un día la semilla brota.

Algunos han pensado que ese hombre que salió a sembrar la semilla era simplemente Cristo en la parábola, pero la mayoría está de acuerdo en que esa no puede ser la ilustración de la parábola, porque el texto me habla en primer lugar de un hombre; ni siquiera le da nombre, ni siquiera le llama un sembrador, un hombre cualquiera.

Y en segundo lugar, dice que ese hombre que sembró la semilla no sabe nada de cómo la semilla germinó, pero Cristo sí sabe cómo es que eso ocurre. De manera que no, esto se está refiriendo a que él que plantó la semilla predicó la palabra, ya sea desde un púlpito, ya sea de uno a uno, alguien que en un momento dado plantó una semilla en el corazón de una persona. Tenemos que preguntarnos entonces: ¿qué quería Cristo enseñarnos con relación al reino de los cielos y esa parábola? Y en segundo lugar, ¿qué él quisiera que yo aprendiera acerca de la historia de la redención?

Y cuando tú revisas los diferentes comentarios que se han hecho y análisis y predicaciones sobre este texto, hay múltiples enseñanzas, aplicaciones que han sido obtenidas, algunas más extrañas que otras. Pero yo creo que hay algunas que son evidentes. Hay algunas que son obvias si tú lees el texto más de una vez, incluso sin tener que irte a recursos sofisticados. Yo creo que está claramente visible en la historia.

En primer lugar, yo creo que queda claro que en el proceso de redención, de la evangelización, hay una participación del ser humano. Un hombre salió a plantar semilla y plantó una semilla un día. Está la participación del hombre. Dios ha diseñado el proceso de redención para que el hombre participe activamente de él. Dios puede hacerlo solo, pero eso no es como lo ha diseñado. Aquellos de nosotros que creemos en la doctrina de la elección, claramente enseñada en la Palabra, y creemos en la soberanía de Dios, tenemos que recordar de vez en cuando que la soberanía de Dios no excluye la responsabilidad del hombre, incluyendo en el proceso de elección, salvación, santificación y crecimiento. Dios ha diseñado ese proceso dirigido por Él para que ocurra a través de instrumentos humanos, y nosotros vemos eso todo el tiempo. Alguien tiene que salir a plantar la semilla. Dios provee la semilla, pero alguien tiene que ir, y ese alguien es uno de nosotros.

Esta enseñanza es compatible con lo que Pablo enseña en el libro de Romanos cuando él dice en el capítulo 10, a partir del versículo 13: "Porque todo aquel que invoque el nombre del Señor será salvo". Es una gran verdad. ¿Cómo puede invocar a aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no son enviados? Tal como está escrito: "¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian el evangelio del bien!"

La manera como el texto termina enfatiza algo que yo quiero puntualizar. El texto termina diciendo: "¡Cuán hermosos son los pies de aquellos que anuncian el evangelio del bien!" Hay una referencia a un anunciador, y esa referencia al anunciador dice que sus pies son hermosos. Y entonces Pablo en el versículo 15 dice: "¿Cómo predicarán si no son enviados?" Ahí está tu responsabilidad y la mía. Alguien tiene que ir y alguien tiene que enviar. Pero alguien tiene que ir. Ahí está la participación del ser humano. En la parábola hay un hombre que siembra una semilla. Alguien tiene que hacer ese trabajo; Dios no lo va a hacer por nosotros. Yo creo que eso está claro, yo creo que es obvio.

En segundo lugar, yo creo que es evidente también en la parábola que el poder de germinar de la semilla no está en el sembrador. Es independiente del individuo que plantó la semilla, y Cristo hace eso muy claro, deja ver eso muy claro. Él planta una semilla, pero de ahí en adelante él tiene que confiar en algo que no está en sus manos. Él tiene que confiar en una semilla que representa la Palabra de Dios, que tiene en sí misma el poder de germinación, y que va a ser un trabajo que él no va a ver en muchas ocasiones.

Yo quisiera enfatizar eso porque creo que a muchos cristianos no solamente les falta confianza en Dios como persona, les falta confianza en la Palabra de Dios y el efecto de la misma. Esa preocupación después de sembrar la Palabra que le queda a muchos es completamente ajena al Nuevo Testamento. Yo quiero ilustrar eso de una o dos maneras.

Cuando tú revisas el Nuevo Testamento, si hay algo que a mí me llama la atención es que una de las mejores iglesias, para mí la mejor descrita —pero yo no soy la última autoridad— pero una de las mejores iglesias, por lo menos descrita en el Nuevo Testamento, es la iglesia, o fue, la iglesia de Tesalónica. En mi opinión, sin lugar a dudas. La manera como Pablo habla de esta iglesia, la manera como Pablo le escribe a esta iglesia es extraordinaria. Y ustedes me dirán: "¿Y para dónde usted va con todo eso?" Bueno, dame un momentito.

Pero es que en el primer capítulo yo quiero dar una idea de lo que Pablo dice de esta gente. No puedo decir todo, pero te voy a leer dos versículos que te van a dar una idea de por qué yo acabo de decir lo que acabo de decir. En el primer capítulo de Primera Tesalonicenses, versículos 7 y 8, nosotros leemos las siguientes palabras: "De manera que llegasteis a ser un ejemplo para todos los creyentes en Macedonia y en Acaya, porque saliendo de vosotros la palabra del Señor ha resonado no sólo en Macedonia y Acaya, sino que también por todas partes vuestra fe en Dios se ha divulgado". Escucha ahora: "De modo que nosotros no tenemos necesidad de hablar nada". La fe está creciendo en ustedes y ustedes están esparciendo a través de Macedonia y Acaya, y la fe en Dios que ustedes tienen es tan genuina que honestamente, tesalonicenses, yo no tengo nada que decirles. Y a lo largo de las cartas a Tesalónica tú encuentras a Pablo diciéndoles cosas como esta: "Amaos unos a los otros como ya lo estáis haciendo", tal y tal otra cosa "como ya lo estáis haciendo". En otras palabras: yo no les estoy diciendo nada que ya ustedes no estén haciendo.

Ahora, la razón por la que yo estoy trayendo esa iglesia a colación es porque no sé cuántos de ustedes saben el tiempo que Pablo pasó en aquel lugar. Si no lo saben, ¿alguien quisiera adivinar? Pablo pasó en Éfeso dos o tres años; eso nos puede dar una idea. Y en Tesalónica, tres semanas, y se fue y no pudo regresar. Ahí dejó la semilla sembrada, y la semilla sembrada tiene un poder de germinación en sí sola. ¿Quién hizo crecer la semilla que Pablo sembró en tres semanas? Dios. Mi rol es sembrar; de ahí en adelante, el rol es de Dios. La tierra produce fruto por sí sola, dice el texto.

Si hubo un misionero que tuvo confianza en la Palabra de Dios y su efecto, fue el apóstol Pablo. Si hay algo que nosotros sabemos es que yo puedo tener, yo debo tener esa confianza en la Palabra. La Palabra de Dios es descrita como el martillo que despedaza la roca. La Palabra sola, no quien la predica. La Palabra tiene ese poder. Es como el fuego que consume aquello donde es colocada. La Palabra de Dios es definida como una espada más cortante que cualquier espada de doble filo, que penetra el alma, divide el alma del espíritu, los tuétanos de los huesos, discierne los pensamientos del corazón. No el predicador: la Palabra.

Y cuando Pablo entonces quiere despedirse de los ancianos de la iglesia de Éfeso y no puede llegar hasta Éfeso porque no tiene el tiempo, él los manda llamar, los manda a buscar a Mileto, y se reúne con ellos en Mileto. Y ahí él tiene una conversación que iba a ser con toda probabilidad la última conversación que él tendría con ellos, porque una de las cosas que les dice es: "Probablemente jamás me vuelvan a ver". Y ellos se entristecieron mucho por esa realidad. Pero a mí me llama poderosamente la atención que en esa despedida, en Hechos 20, versículo 32, cómo Pablo termina despidiéndolos. Escucha: "Ahora que me voy, ahora que ya no los voy a ver más, os encomiendo a Dios y a la palabra de su gracia". Los encomiendo a Dios y a la palabra de su gracia. Es como si Dios fuera una cosa, un ser, una persona, y la Palabra fuera otra persona. Pero es exactamente de esa manera como Pablo quiere que se vea, no porque la Palabra es una persona independiente, sino porque la Palabra predicada, sembrada entre ellos, y que ellos continuarían predicando, tiene un poder tal que Pablo los puede encomendar a la Palabra. "Os encomiendo a Dios y a la Palabra". La Palabra tiene un poder intrínseco, y ese poder intrínseco hace que yo no tenga que preocuparme. Yo necesito confiar más, preocuparme menos. Una vez la Palabra ha sido sembrada, el sembrador hizo su trabajo. La plantó, se fue a dormir, durmió toda la noche, volvió al día otro día y otro día, y un día él se despertó y ya la semilla estaba germinando. Y el texto dice que la tierra produce fruto por sí sola.

Felipe un día, descrito en el capítulo 8 de los Hechos, se encuentra con un eunuco que no entiende la Palabra de Dios. El eunuco está leyendo un texto del Antiguo Testamento. Felipe le dice: "¿Entiendes lo que significa?" "No sé, era un texto de Isaías", dice él. Felipe se lo explica, él cree, lo bautizan, Felipe desaparece, y el eunuco sigue para Etiopía, donde no había un solo creyente. Y ahora, ¿qué iba a pasar con el eunuco? Felipe podía encomendarlo a la palabra de su gracia, que germinaría y tendría su efecto, y un día se verían los resultados de esa Palabra.

Es la razón por la que Dios dice a través de Isaías 55:11: "Así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía sin haber realizado" —escucha— "sin haber realizado lo que deseo, y logrado el propósito para el cual la envié". Esta Palabra, cuando sale, sale con un propósito, y Dios afirma, promete, que no regresará a Él sin que la Palabra realice el deseo de su corazón y haya logrado el propósito para el cual la envió. Yo necesito confiar más en la Palabra sembrada y poder descansar en lo que Dios hace mientras yo me acuesto y me despierto, me acuesto y me despierto. Y un día yo digo: "¡Guau, mira! Hace diez años fue que él o ella recibió al Señor, y miren en lo que se ha convertido". La palabra sembrada ha germinado. La tierra tiene nutrientes que Dios puso ahí, y el hombre que sale a sembrar lo único que hizo fue colocar la semilla. Yo creo que esa enseñanza es más o menos clara en la Palabra.

En tercer lugar, la tercera enseñanza de esa primera parábola de Marcos 4:26 en adelante: el sembrador necesita ser paciente, aun cuando él no ve lo que está ocurriendo después que él siembra la semilla. Es algo que no es visible a sus ojos, pero el hecho de que él no lo vea no dice que no está ocurriendo. El hecho de que él no lo vea no dice que la palabra no esté germinando. La semilla tiene un proceso de germinación que yo no controlo. Nosotros sembramos, pero es Dios que da el crecimiento.

Pablo se lo explica a los corintios de otra manera en su primera carta, capítulo 3, versículo 6: "Yo planté, Apolos regó, pero Dios ha dado el crecimiento." Alguien pudiera decir: "Bueno, por ahí estaba Apolos haciendo algo más que sembrar." Eso es parte del mismo proceso de sembrar. Cuando tú siembras, todo agricultor que siembra pone la semilla y luego riega el terreno. Bueno, ya él terminó, y el resto Dios ha dado el crecimiento.

En otras palabras, Pablo quería que los corintios pudieran entender que el proceso de crecimiento está sobre los hombros de Dios. Es la razón por la que Cristo continuaba —realmente estuvo predicándole a las multitudes— y continuaba para la próxima multitud, y continuaba para la próxima multitud. Eventualmente se sembrarían iglesias, iglesias locales que crecerían y ayudarían a continuar haciendo el trabajo. Pero todo el tiempo Cristo estaba consciente de que la palabra que él había plantado, la palabra que había salido de su boca, no regresaría jamás vacía sin realizar el propósito para el cual él la había enviado.

Yo creo que para aquellos de nosotros que estamos sembrando la semilla, entender esto es vital, es sumamente importante. Porque, de repente, yo voy a evitar tomarme atribuciones que son de Dios y no mías. En segundo lugar, yo creo que es importante porque yo voy a poder relajarme en la medida en que yo puedo confiar en el poder de la palabra sembrada. Y en tercer lugar, yo creo que es importante para que el sembrador no juzgue lo que no ve, lo que no conoce, lo que no controla, lo que no entiende.

Nicodemo acaba de oír en un momento dado que hay que nacer de nuevo para entrar al Reino de los Cielos, y él le dice a Cristo: "¿Y eso cómo ocurre?" Y Cristo le dice: "Bueno, el problema es que lo que te tengo que explicar es como el viento, que viene y se va, y tú no sabes ni de dónde vino y para dónde fue." Te das cuenta: yo no lo veo, yo no lo controlo, yo no lo entiendo, yo no lo conozco. Y Cristo está tratando de explicarme eso. Él está tratando de explicarme cómo es que ocurre la evangelización y la expansión, cómo ha estado ocurriendo desde el momento en que él apareció en Israel.

El versículo 28 tiene una frase clave: "La tierra produce fruto por sí misma." La palabra en el original, traducida como "por sí misma," es una palabra de donde viene nuestra palabra "automático." La tierra produce fruto automáticamente; esa sería la manera de verlo en la lengua vernácula, en la lengua del día a día. La tierra produce fruto automáticamente por un proceso diseñado en el cual Dios ha puesto ingredientes en la tierra y ha puesto un poder de germinación en la palabra. Y cuando esa semilla crece, como lo vamos a ver en la próxima parábola, es extraordinario el crecimiento, y ocurre a partir de algo extremadamente pequeño.

Entonces, hemos visto tres enseñanzas de esa primera parábola. Yo quiero ver una última. En cuarto lugar, el sembrador necesita entender que Dios ha diseñado el proceso de crecimiento del Reino de Dios en orden, y que no va a ocurrir de otra manera, porque ese es el orden señalado. El versículo 28: "La tierra produce fruto por sí misma, primero la hoja, luego la espiga, y después el grano maduro en la espiga."

Algunos de nosotros plantamos la semilla y quisiéramos recoger el grano a la semana. Quisiéramos decir: "No, ya no veo cambios en ese individuo." A la semana yo quiero ver el grano maduro, yo quisiera segarlo ya. Y Cristo dice: "No, porque no es así. Esto es un proceso, no es un evento. Es un proceso donde primero tú vas a ver ¿qué cosa? Tú vas a ver la hoja. Luego va a salir la espiga, y en la espiga eventualmente tú verás un grano, y ese grano incluso tiene que madurar. Cuando eso ocurra, entonces hemos terminado el proceso."

En cierta manera, Cristo ha anunciado algo parecido al principio del libro de los Hechos, antes de ascender a los cielos, cuando les dijo a los discípulos: "Me seréis testigos en Jerusalén, en Judea, en Samaria, y hasta los confines de la tierra." Cuando tú llegas al capítulo 8 del libro de los Hechos, exactamente como ocurre, ocurre una persecución y los que estaban en Jerusalén salieron corriendo y fueron predicando la palabra de Dios. Y fueron llegando, dice el texto, a Judea, a Samaria, y eventualmente Pablo comienza a ir hasta los confines de la tierra. Es en ese orden. No podemos alterar el orden; el orden de los hechos es inalterable.

Y lo ves incluso en la vida de Pablo, lo ves en la plantación de la iglesia, lo ves en la evangelización que Pablo quería hacer de una forma clara. Pablo está viajando, Pablo es un evangelista por excelencia, está plantando iglesias. En un momento dado él quería ir a Asia y el Espíritu Santo se le aparece, Dios se le aparece, o le habla por medio del Espíritu Santo, y le dice: "No." "Ok, pues me voy a Bitinia." Y el Espíritu de Cristo, dice el texto de hecho, le aparece y le dice: "No." "Pero me acabas de dar el mandato de evangelizar hasta los confines de la tierra. Yo quiero ir a Asia a evangelizar y quiero ir a Bitinia a evangelizar, ¿y ahora tú me dices que no? ¿Y a Bitinia no?" "Pues no, ese no es el tiempo ahora." "¿Y para dónde voy?" "Para Macedonia." Y se le aparece un varón macedonio en una visión, y Pablo es enviado a Macedonia. Ahí se planta la iglesia de los filipenses, que tuvo un rol importante en la vida de Pablo. Pablo eventualmente va a Bitinia y evangeliza, pero en el momento que quería hacerlo no era el orden programado en la agenda de Dios. Primero la hoja, luego la espiga, luego el grano maduro. Estas cosas tienen un orden, un orden.

Y entonces, cuando el fruto lo permite, porque ya está maduro, está la conclusión de la primera parábola. Pero luego al final hay una conclusión de ambas parábolas: "Cuando el fruto lo permite, él enseguida mete la hoz, porque ha llegado el tiempo de la siega." La hoz era un instrumento, o es un instrumento curvo muy afilado con el que se corta la hierba o se corta el fruto. Ese es el instrumento para la siega. Era allá el momento en que tú quieres cosechar lo que tú has sembrado. Entonces él dice que cuando el fruto lo permite, porque ya no tiene mayor desarrollo, entonces la hoz necesita ser metida, necesita ser usada.

Muchos piensan que esto es una alusión, y es muy posible, a una referencia o a un texto del profeta Joel, cuando hablaba del tiempo de la siega, al tiempo del juicio final. El reino ahora sí lo está creciendo, poco a poco se está expandiendo, y cuando llegue el tiempo final, vendrá el juicio, y la hoz es símbolo de ese tiempo final. Mira cómo lo dice Joel: "Mete la hoz, que la mies está madura. Venid, pisad, que el lagar está lleno, las tinajas rebosan, porque grande es su maldad." El lagar es el lugar donde se llevaban las uvas y se pisaban, donde se llevaban para exprimir, o sea, llevaban las aceitunas y se pisaban para hacer aceite. El lagar está lleno, está repleto. Y en la figura de Joel, él está hablando de que la mies está madura, la maldad es grande. Mete la hoz para que tú termines segando lo que se ha venido sembrando. Muchos piensan que eso es exactamente lo que Marcos está haciendo: está usando parte de las palabras de Joel para decir que el reino ahora sí crecerá, se expandirá de la manera que él estaba describiendo, y llegará un momento entonces, cuando el fruto lo permita, que la siega vendrá. Y quizás eso es exactamente lo que estamos viendo.

Yo creo que eso es importante que lo veamos, porque algunos de nosotros, y ahí me incluyo a mí en ocasiones, yo veo la sociedad, lo que está pasando en este tiempo moderno, yo veo lo que está ocurriendo en la iglesia, yo veo el evangelio de la prosperidad, la herejía. Hay una tendencia en nosotros a desanimarnos, a desalentarnos, a decir: "¡Qué increíble! Y todo este esfuerzo quizás valga la pena, no valga la pena." Y yo tengo que recordarme que las puertas del Hades no prevalecerán contra la iglesia. Y yo tengo que recordarme que la semilla está germinando, la vea yo o no la vea yo. Yo tengo que recordarme que el programa del reino de los cielos continúa progresando de manera inalterable, que cada evento que está ocurriendo está on time, está a tiempo, que cada cosa que está ocurriendo está on schedule, está en el momento que debía ocurrir, y que yo no tengo razón para desesperar.

Yo puedo seguir sembrando y debo seguir sembrando, que Dios está haciendo su trabajo. Y la siega vendrá cuando el grano esté maduro y lo permita. Pero yo no sé cuál es ese tiempo, y tampoco me toca a mí tomar la hoz; eso es Dios que lo hace. Yo tengo un solo rol. Eso simplifica mi vida, eso me quita toneladas de peso de mis hombros. Yo no tengo que andar con este peso acerca del destino de la humanidad, porque yo no decido eso. Yo tengo una sola responsabilidad: es salir a sembrar la palabra de Dios y dejarla que ella germine sola. ¿No entiendes? Sigamos sembrando.

Parábola número 2. El versículo 30 también decía: "¿A qué compararemos el reino de Dios? ¿O con qué parábola lo describiremos?" ¿Te das cuenta por qué las parábolas son extraordinarias para describir el reino de Dios? Porque el reino de Dios no es una cosa que yo puedo definir, como "esta es la definición del reino de Dios, el reino de Dios es..." El reino de Dios se compara, y comparándolo yo lo voy entendiendo en términos comparativos. Y Cristo dice entonces: "¿O con qué parábola lo describiremos?" O sea, la parábola va a hacer una descripción, pero no me va a dar una definición. Es como un grano de mostaza, es como ahí otro símil, una palabra de una figura de comparación.

"Es como un grano de mostaza, el cual cuando se siembra en la tierra, aunque es más pequeño que todas las semillas que hay en la tierra, sin embargo, cuando es sembrado crece y llega a ser más grande que todas las hortalizas, y echa grandes ramas, tanto que las aves del cielo pueden anidar bajo su sombra." Cristo usa una segunda parábola para describirnos algo acerca del reino de los cielos, y resulta que él escogió la semilla de mostaza como ilustración, la cual él dice que es la más pequeña de las semillas. Y eso ha sido criticado por aquellos que quisieran quitarle valor a la palabra de Dios, porque la realidad es que la semilla de mostaza no es la más pequeña de todas las semillas. Sin embargo, nosotros conocemos ahora por la historia del primer siglo que Cristo simplemente hizo uso de algo proverbial. Esto es un proverbio, un refrán en medio del pueblo conocido, y él está usando la misma figura de ilustración que el pueblo usa, un refrán del pueblo, para hablarle del reino de los cielos.

La semilla de mostaza, la más pequeña de todas las semillas, es sembrada y sin embargo, cuando crece, entonces crece de un tamaño enorme con relación a las hortalizas. No es que la semilla de mostaza produce el árbol de caoba más grande de todo el mundo, no. Entre las hortalizas es la más grande. El árbol de mostaza o de la semilla de mostaza crece unos nueve, diez metros y se hace frondoso, se ensancha, a pesar de que la semilla es quizá más pequeña que un grano de arroz. Y a partir de esa semilla pequeña resulta que ese árbol comenzó a crecer y llegó a alcanzar un tamaño tal que permitía incluso que las aves vinieran y pudieran hacer sus nidos en él.

Cristo dice: "¿Entendiste eso? Tú has visto la mostaza. Así el reino de los cielos, que comenzó en Belén, en un pesebre en Belén." ¿Y algo bueno puede salir de Belén? Una aldea desconocida de Israel. No comenzó en Atenas, la capital del imperio de Grecia. No comenzó en Roma. No comenzó ni siquiera en Jerusalén. Y es verdad que comenzó en Belén, pero tampoco fue que comenzó en una mansión de Belén. Comenzó en un pesebre rodeado de algunos animales. Y resulta que de ahí comenzó a crecer, y las primeras personas que lo recibieron no fueron los reyes, no fueron los príncipes, no fueron los poderosos.

De hecho, Pablo le escribió a los corintios y les está tratando de explicar esa realidad. En la Primera a los Corintios, capítulo uno, versículos 26 al 29: "Pues considerad, hermanos, vuestro llamamiento: no hay muchos sabios conforme a la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles, sino que Dios ha escogido lo necio del mundo para avergonzar a los sabios, y Dios ha escogido lo débil del mundo para avergonzar lo que es fuerte. Y lo vil y despreciado del mundo ha escogido Dios, lo que no es, para anular lo que es, para que nadie se jacte delante de Dios."

Y desde un pesebre el reino comienza a crecer. Y eventualmente nosotros vemos que, a pesar de que en principio no había ni sabio ni poderoso, ni reyes ni príncipes en el reino, de repente en el mismo libro de los Hechos y en parte en los Evangelios tú comienzas a ver que escribas y estudiosos comienzan a creer. Y tú comienzas a ver que miembros del Sanedrín como Nicodemo comienzan a creer. Y alguien pudiera decir: "Pero eso es uno en setenta, y no hay esperanza. Un solo miembro del Sanedrín de setenta, ¿qué va a poder hacer Nicodemo en el Sanedrín? Él solo no lo va a poder cambiar."

Esa es la actitud que Cristo quiere que nosotros evitemos cuando pensemos en la semilla sembrada en la tierra, que crece sola y que eventualmente va a hacer su trabajo hasta que llegue el tiempo de la siega. Y de repente hay un rico como Zaqueo que cree, y hay un José de Arimatea, rico también, que también cree. Y hay una mujer de negocios que se llama Lidia que abraza el reino de los cielos. Y de repente hay alguien que es identificado como un excelentísimo Teófilo que se interesa en el reino de los cielos, y quizás terminó siendo un gran creyente para dedicarle los libros de Lucas. Y de repente hubo un Constantino, un emperador de nombre Constantino, y otro Justiniano que parece que llegaron a creer. La semilla del pesebre fue creciendo, se fue extendiendo hasta el punto de derribar el imperio cinco siglos después. La semilla de mostaza.

Tú tienes que entender también que esa semilla, cuando es plantada, toda semilla cuando es plantada tiene un proceso doble de germinación. Como todo lo que Dios, o sea, sé que te dice igual, increíble. Si tú lo quieres ver, toma una habichuela, consigue un jarrito pequeño como le llamamos nosotros, y en algo de tierra pon la habichuelita. Y cuando comienza a germinar, sácala y verás que hay una germinación hacia abajo y hay una germinación hacia arriba al mismo tiempo. Tiene que germinar hacia abajo para que eche raíces y se soporte, pero tiene que germinar hacia arriba para que eche el tronco y eventualmente los frutos.

Bueno, el reino de los cielos ha crecido exactamente de esa manera. En el primer siglo no había ni siquiera una Biblia impresa. Hoy nosotros tenemos millones de Biblias en cientos y miles de lenguajes diferentes traducidas. En el primer siglo no había un solo método de evangelizar o discipular a nadie. Pero poco tiempo después había entre mil creyentes, y después tres mil hombres, y después cinco mil, y el resto es historia. Hoy tenemos cientos, miles, no de métodos, no, de institutos, de colegios, universidades, seminarios, iglesias, instituciones paraeclesiásticas. El reino de los cielos ha crecido hacia abajo en fortaleza, pero ha crecido hacia arriba en extensión.

Y hace diez años África tenía un cuatro o cinco por ciento de cristianos. Hoy se calcula un sesenta por ciento de cristianos. Lo vea yo o no lo vea, lo admita o no lo admita, la realidad es que el reino de los cielos y el programa del reino de los cielos avanza en el tiempo que Dios ha programado. Nada lo ha alterado, nada lo va a hacer más lento, nada lo va a hacer más rápido, nada lo va a detener. Mi rol es uno solo, es simple: siembra la palabra. El resto está bajo Su control soberano. Tú no tienes que verlo, tú tienes que confiar. No puedes juzgar lo que no ves, no puedes juzgar lo que no entiendes, lo que no conoces, lo que no controlas. Tú lo único que puedes hacer es salir a sembrar. De manera que esa otra parábola me da a mí una idea de cómo yo debo pensar y cómo debo esperar.

La conclusión de ambas parábolas aparece en los versículos 33 y 34: "Con muchas parábolas como estas les hablaba la palabra según podían oírla." Paren, hay un momentito. Según podían oírla. Esto es una enseñanza que aparece de diferente manera a lo largo del Nuevo Testamento. Pablo les dice a los corintios: "Ustedes son unos niños, ustedes son unos carnales. Yo quisiera darles carne, pero no puedo. Tengo que darles leche. Cuando estuve con ustedes," dice Pablo, "les di leche." Y ahora que les está escribiendo la carta, "todavía tengo que seguirles dando leche," eso después de año y medio, porque no podían oírla.

El autor del libro de Hebreos dice algo similar. Él está dando de Melquisedec, aquel sacerdote del Dios Altísimo, quién habrá en Jerusalén, del diezmo. Dice: "En cuanto a este Melquisedec, yo tengo mucho más que decirles, pero no puedo, porque ustedes no están acostumbrados a la palabra sólida, sino a la leche." Y entonces él continúa hablando en el libro de Hebreos, y todo el libro de Hebreos dice el autor que es leche para ellos porque no pueden comer otra cosa. Sin embargo, los teólogos hoy en día dicen que Hebreos compite con Romanos en cuanto al libro más pesado teológicamente en el Nuevo Testamento. Y Pablo dice que es leche, o el autor de Hebreos. Algunos piensan que Pablo, otros que no.

Entonces Cristo dice aquí: "Con muchas parábolas como estas les hablaba la palabra según podían oírla." Él tenía que medir su audiencia, saber lo que podían digerir o no digerir. Y a la vez también, conociendo el corazón incrédulo de los hombres, predicar una cosa o no predicar otra. "Y sin parábolas no les hablaba, sino que les explicaba todo en privado a sus propios discípulos." Cristo hablaba en parábolas. Aquí está la multitud, y los discípulos ahora venían en privado: "Maestro, ¿qué fue lo que tú enseñaste? No entendimos nada." "¿Qué no entendieron? En la parábola del sembrador les dice: ¿No entendieron? Si no entienden esta parábola, ¿cómo van a entender el resto de las parábolas?"

Bueno, entonces la parábola tenía una función doble: revelaba y escondía. Y la parábola era usada como bendición o enseñanza, y era usada como juicio para aquellos que no entendían. Pero no entendían por una indisposición incluso de su corazón, de no querer entender. La parábola actuaba como instrumento de juicio para ellos.

Cuando nosotros leemos los Evangelios, los Evangelios no registran todo lo que Jesús dijo o hizo o enseñó, en ninguna manera. Pero de lo que está aquí, el treinta y cinco por ciento del contenido son parábolas, de manera que eran comunes. La parábola tiene la particularidad de que me deja en la reflexión. Yo tengo que irme a mi casa a pensar qué fue lo que dijo Jesús, qué quiso decir Jesús cuando habló de la semilla de mostaza. ¿Qué quiere decir eso? La parábola, para aquellos de nosotros que ya tenemos toda la Biblia, entonces me lleva a otros pasajes, porque como la Palabra interpreta la Palabra, yo tengo que ir a otros pasajes a ver. De manera que la parábola motiva la investigación de las Escrituras, motiva la reflexión.

Y cuando el reino de los cielos y lo que Cristo enseñó del reino de los cielos, por lo menos lo registrado en el Evangelio, frecuentemente lo hizo a través de parábolas. En Marcos 4 nosotros vemos la parábola del sembrador, la parábola de la lámpara que no se esconde que la vimos, la parábola de la medida, la parábola de la semilla que germina por sí sola que la acabo de describir, y ahora esta parábola de la semilla de la mostaza. Tú tienes uno, dos, tres, cuatro, cinco parábolas en un capítulo, todas acerca del reino de los cielos.

Pero cuando te vas a Mateo 13, donde tú encuentras un grupo de parábolas todas relativas al reino de los cielos, tú encuentras algunas de esas que yo mencioné. Encuentras también la parábola del trigo y la cizaña, la parábola de la levadura, la parábola del tesoro escondido, la parábola de la perla de gran precio, la parábola de la red barredera, y la parábola del dueño de la casa, todas relativas al reino de los cielos. De manera que si tú y yo queremos aprender acerca del reino de los cielos, tú y yo tenemos que aprender a discernir las parábolas, y sobre todo estas parábolas.

Yo creo que ahora tenemos claras, pienso yo, las enseñanzas acerca de esta parábola que habla de una semilla que germina sola, la expansión del reino, el rol de Dios, el rol del hombre, la responsabilidad del hombre, la responsabilidad de Dios. Y esta parábola de la semilla de la mostaza, de un reino que comienza en un pesebre y tiene el tamaño que tiene hoy en día y se sigue extendiendo.

Pero yo quiero, al cerrar, dejarte en esencia con una pregunta de reflexión. Recuerda que tienes que confiar. Si tienes que ir todo el día diciendo "yo confío," tienes que confiar en el poder de la Palabra que siembras. Pero esa es mi reflexión.

Dijimos al principio, como primera enseñanza de la primera parábola de Marcos 4 que yo expuse hoy, que algo que queda claro es que en el proceso de crecimiento del reino de Dios hay una participación del ser humano, del hombre. Un hombre salió a sembrar y plantó una semilla en un campo. Esta es mi pregunta entonces, y es una sola, te la voy a hacer de dos maneras pero es la misma pregunta: ¿qué tú estás haciendo para sembrar esa semilla? Porque hay una participación del ser humano en el proceso de crecimiento del reino de Dios. Dicho de otra manera: ¿cuál es tu participación en el proceso de esparcir esa semilla?

Déjame hacerte la misma pregunta en el contexto local de IBA: ¿cuál va a ser tu participación en Misión Antioquía? Misión Antioquía es exactamente acerca del crecimiento del reino de los cielos, literalmente hablando. A partir del contexto local de IBA, nuestra responsabilidad —otros tendrán que hacer lo mismo en sus contextos locales—, a partir de IBA, ¿cómo nosotros vamos a contribuir a hacer crecer el reino de los cielos? Entendiendo, a través de esta parábola y múltiples otros pasajes, que yo tengo una responsabilidad humana en la que yo tengo que participar, para luego entonces confiar en el resto del trabajo que Dios hace. Porque esta Palabra tiene un poder intrínseco que yo no manejo, yo no manipulo, yo no controlo, yo no determino, pero que lo tiene.

Yo quisiera dejarte ir hoy con esa pregunta. Y a la vez, a medida que cantamos esta última canción, que tú puedas pensar de qué manera yo voy a decirle a Dios que yo confío. Yo voy a pedir al grupo de adoración que se pueda ir acercando. Con todo lo que tú oíste hoy, cuando tú leas, reflexiona, medita al cantar acerca de qué forma, de qué manera tú entiendes que le puedes decir a Dios: yo voy a confiar en tu Palabra, en lo que tú haces, en tu control. Yo tengo que confiar incluso mis debilidades y mis insuficiencias, mis deficiencias, mis carencias en este proceso.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.