La muerte pública de una famosa cantante tras años de adicción declarada plantea una pregunta incómoda: ¿por qué saber que algo nos destruye no basta para cambiarlo? Esa insensibilidad ante la propia ruina es precisamente lo que el pecado produce en el alma. Romanos 3 lo describe sin rodeos: no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios, la senda de paz no han conocido. El pecado no niega a Dios; simplemente lo empequeñece hasta volverlo irrelevante, como un ídolo de yeso que no habla ni demanda nada.
El profeta Joel enfrentó esta misma parálisis espiritual en Judá. Una plaga devastadora de langostas había arrasado los campos, pero el pueblo respondía con indiferencia. No había idolatría abierta ni reyes impíos; había algo peor: una desconexión entre la crisis y el corazón. Los ritos continuaban, los cultos se celebraban, pero sin ofrendas genuinas porque la tierra estaba seca, y con ella, la alegría de los hijos de los hombres.
Joel llama al pueblo a despertar: reconocer la situación, ponerle nombre al problema, asumir la propiedad personal en lugar de culpar a otros. Luego, clamar al Señor con la misma intensidad del drama vivido. Toquen la trompeta, convoquen asamblea, que nadie quede fuera, ni los recién casados ni los niños de pecho. Porque cuando el pueblo busca a Dios con pasión genuina, Él promete restaurar lo que la langosta devoró, compensar los años perdidos y hacer que nunca jamás su pueblo sea avergonzado.
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¡Vamos a ganar! Los van a vivir en su balada. Seguramente todos ustedes están al tanto de una noticia que, hace poco más de una semana, estuvo en los periódicos y en la televisión alrededor del mundo: fue la muerte de una cantante norteamericana muy conocida, ¿verdad? Todos ustedes están al tanto de su fallecimiento; sin embargo, su muerte no nos sorprende. Ella, a pesar de su talento, a pesar de los premios ganados, a pesar de los discos vendidos en una larga carrera, nosotros sabíamos por muchos años que ella estaba viviendo un terrible problema con drogas. Lo sabíamos todos.
Ella, en el año 2002, realizó una entrevista que fue la más vista en todos los Estados Unidos en todas las épocas. Millones de personas encendieron su televisor para escuchar a esta artista declarar que tenía problemas con drogas; sin embargo, nada sucedió, nada cambió. Esto sucedió en el año 2002, y para el año 2009 nuevamente batió los récords de rating al entregar otra entrevista en donde declaró que nada había cambiado, que ella seguía consumiendo y su vida seguía debilitándose a la vista y paciencia del mundo entero.
Ahora, la pregunta que yo me hago, y seguramente ustedes se han hecho, es: ¿por qué una situación tan destructiva y tan pública no se remedió a tiempo? ¿Por qué el hecho de saber y poder declarar "yo tengo problemas con drogas, estoy consumiendo, mi familia se está destruyendo, mi carrera se está destruyendo" no afectaba su alma, no generaba un cambio? ¿Por qué una situación tan destructiva y pública se tomó aparentemente de una forma tan ligera? Esa es la historia no solamente de esta artista de una manera tan dramática, sino que también podríamos decir que es la historia de nuestras vidas. Esta historia prefigura la realidad del pecado en todas sus dimensiones. Muchos podrán negar la existencia del pecado, muchos podrán declarar su propia bondad, pero eso es lo que el pecado es, básicamente.
El apóstol Pablo, en un pasaje que seguramente ustedes conocen muy bien, en Romanos capítulo 3, prefigura justamente esta realidad. ¿Cuál es esta realidad? La realidad de insensibilidad ante la presencia de Dios, que se prefigura en una insensibilidad ante mi propia realidad. Soy incapaz de poder percibir lo que yo soy en realidad, y a pesar de que puedo saber lo que en mi vida está pasando, soy incapaz de poder detenerme, soy incapaz de cambiar los patrones que están afectando y destruyendo mi propia vida. Tomo mi vida a la ligera hasta el punto de la muerte.
El apóstol Pablo dice en Romanos 3, a partir del versículo 9, el pasaje que ustedes conocen a plenitud, pero leámoslo de una manera distinta. Siempre lo leemos en torno al evangelismo, siempre es para decírselo a alguien que no conoce al Señor, pero ahora yo quisiera que lo leamos diciéndolo a nosotros mismos:
"¿Entonces, qué? ¿Somos nosotros mejores que ellos? De ninguna manera, porque ya hemos denunciado que tanto judíos como griegos están todos bajo pecado. Como está escrito: no hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno. Sepulcro abierto es su garganta; con su lengua engañan. Veneno de serpientes hay bajo sus labios; su boca está llena de maldición y amargura. Sus pies son veloces para derramar sangre; destrucción y miseria hay en sus caminos, y la senda de paz no conocieron. No hay temor de Dios delante de sus ojos."
El pecado básicamente destruye nuestra sensibilidad. No es que digamos "no hay Dios"; no hablamos de ateísmo. No es que digamos "no hay Dios", sino "Dios no me afecta". Dios se empequeñece, el nombre de Dios se empequeñece hasta el punto de ponerlo en mi mano. Es la razón de la idolatría. La idolatría es la capacidad del pecado del hombre de poder convertir a Dios en una figura de yeso y poder colocarlo en un lugar sin que hable ni diga nada. El pecado tiene la capacidad de alejarnos de Dios, pero también de alejarnos de nosotros mismos. Somos incapaces de hacer lo bueno, somos incapaces de entenderlo, y somos muy capaces de hacernos daño y de destruirnos.
El versículo 17 dice: "La senda de paz no conocieron." Nosotros no estamos pasando por la gravedad de las circunstancias de la artista de la que hablábamos hace un momento, pero por nuestra condición de separación de Dios, indefectiblemente estamos encaminados hacia nuestra propia destrucción, si es que el Señor, a través de su redención y su presencia en nuestras vidas, no nos detiene. Lo que el pecado hace es quitarnos la posibilidad de encontrar dirección para nuestra vida.
Y eso se los digo porque muchas veces venimos a la casa de Dios y estamos pasando por situaciones que nunca terminan de solucionarse: situaciones de pecado, situaciones de problemas personales y familiares que llevamos enfrentando por largos tiempos, y aunque venimos a la casa de Dios por mucho tiempo, no terminamos de solucionarlos. Es como si declaráramos públicamente lo que nos pasa, pero somos incapaces de ser sensibles ante esa realidad hasta el punto de buscar una solución definitiva para el problema de nuestra alma. El pecado produce indiferencia, y la indiferencia mata, y eso es algo con lo cual nosotros tenemos que luchar.
El pecado, definido por el apóstol Pablo en Romanos 3, es básicamente ese sentido espiritual de indiferencia ante la realidad de la santidad de Dios y ante la realidad de nuestro propio pecado, de tal manera que Dios no me afecta y tampoco mi situación de destrucción y muerte llega a afectarme. Y eso es algo con lo cual nosotros debemos luchar todos los días de nuestra vida, en nuestra búsqueda por encontrar al Señor Dios de la verdad, de tal manera que yo abra mi corazón delante de Dios y le pueda decir quién soy, y el Señor pueda hablarle a mi corazón y decirme cómo debo vivir. Esa es nuestra lucha y nuestra búsqueda personal.
Ahora bien, este sentido de indiferencia, esta falta de sensibilidad espiritual, nosotros tenemos que vencerla. Por eso yo quisiera que abramos nuestras Biblias en el libro del profeta Joel, en el Antiguo Testamento. El profeta Joel seguramente no es un profeta muy conocido para ustedes; sin embargo, es conocido por un aspecto especial de su profecía, por una sección de estos tres capítulos que él escribió: es el derramamiento del Espíritu Santo. "Y en los postreros días, dice el Señor, derramaré mi Espíritu sobre toda carne." Quizás esa es la sección más conocida de todo el libro de Joel. Sin embargo, el profeta Joel tiene un gran discurso que es el discurso en contra de la indiferencia del pueblo de Dios, y de eso es lo que nosotros queremos hablar en esta mañana: cómo luchar contra la indiferencia del pueblo de Dios.
Permítanme ponerlos un poco en contexto para poder entrar directamente al mensaje. El profeta Joel es un profeta muy particular. Probablemente, aunque no tenemos una fecha ni una descripción exacta de cuándo el libro fue escrito, fue escrito unos 900 años antes de Cristo y directamente para el pueblo de Judá. La profecía de Joel no narra ningún pecado en particular: no habla de la desobediencia de los reyes, no habla de la intromisión de la idolatría, no habla de dioses extraños delante de Israel. Básicamente, el profeta Joel entra en escena con un mensaje que viene de Dios, producto de la indiferencia de Judá, como resultado de una gran devastación, una catástrofe natural que había ocurrido en su tiempo.
En el momento en que Joel escribe, una tremenda plaga de langostas había destruido el reino entero de Judá. Esta plaga, que causa una destrucción letal sobre el terreno en que se presenta, había afectado a toda la nación. No era necesario en ese momento describir las características de la devastación porque todos la estaban viviendo. Las langostas, en una determinada época del año y producto de determinados movimientos químicos que los científicos no saben todavía clarificar con certeza, empiezan a reproducirse de manera sistemática y abundante hasta el punto de crear enjambres de cientos de miles y hasta millones de insectos que se empiezan a mover por un territorio comiéndose todo lo que encuentran en el camino. Una langosta llega a comer cada día su propio peso, y si el viento es favorable pueden recorrer durante un día una superficie de 500 kilómetros, o sea, 500 kilómetros con cientos de millones de insectos comiéndose todo.
Hay historias que cuentan que en Palestina, especialmente en Jerusalén, en el año 1915 hubo una tremenda plaga de langostas que destruyó casi toda Palestina. Se cuentan historias de que si las langostas encontraban un niño pequeño en el camino eran capaces también de devorarlo. Esta era la crisis que Judá estaba viviendo en ese momento: una crisis natural, un desastre que para un pueblo agrícola era de suma gravedad porque estaba destruyendo su modo de vida. Sin embargo, aparentemente esta devastación no estaba causando en el pueblo de Dios ese sentido de pasión y sensibilidad espiritual que los llevara a buscar al Señor ante la terrible realidad que ellos estaban experimentando.
Por eso es que Joel aparece, y Joel aparece justamente para devolverle la sensibilidad a Judá con respecto a su necesidad. Yo no sé qué tipo de situaciones tú estás enfrentando, pero todos nosotros enfrentamos situaciones difíciles de una manera u otra.
El gran problema no es poder clarificarla. Yo he conocido personas que me describen sus problemas de pe a pa, con puntos y detalles; me lo describen químicamente, físicamente, sociológicamente, psicológicamente y emocionalmente, pero no por eso significa que son capaces de tener una solución para sus dilemas. Hay personas que pueden contarnos el problema y lo pueden contar abiertamente, como esta artista, pero eso no significa que quieran enfrentar una solución.
Muchos de nosotros venimos a la casa de Dios con todas nuestras necesidades, con nuestros matrimonios quebrados, con nuestras vidas quebradas, con nuestras economías quebradas, con nuestras relaciones quebradas, y con todo podemos seguir alabando al Señor y escuchando tangencialmente la Palabra de Dios, pero sin que nos afecte personalmente. Ese es el gran dilema de nuestra alma, y ese es el gran sufrimiento que yo he escuchado en muchos de ustedes, que están queriendo acomodar un paso más en su vida espiritual. Pero mientras no perciban sensibilidad ante la realidad de lo que están enfrentando hoy, nunca podrán percibir lo que el Señor quiere para ustedes mañana.
El Señor nunca pondrá un puente entre mi realidad y la vida futura. El Señor no quiere que yo salte al cielo; el Señor quiere que yo atraviese el valle de sombra de muerte, porque Él estará conmigo. Así lo ha prometido el Señor: quiere que yo atraviese, pero quiere que sea sensible ante esa realidad. ¿Cómo puede uno recuperar la sensibilidad ante el drama de mi vida? Eso es lo que Joel establece.
En el capítulo 1 de Joel, en los primeros tres versículos, él dice: "Palabra del Señor que vino a Joel, hijo de Petuel. Oíd esto, ancianos, y prestad oído, habitantes todos de la tierra. ¿Ha acontecido cosa semejante en vuestros días, o en los días de vuestros padres? Contadla a vuestros hijos, y vuestros hijos a sus hijos, y sus hijos a la siguiente generación."
La primera cosa que Joel hace es declarar que hay una situación, y esa situación tiene que ser tomada en consideración. Nosotros tendemos, cuando tenemos situaciones difíciles, a querer ponerlas en el lateral de nuestra vida. Yo voy hacia allá, tengo todos estos problemas, pero los voy a poner en el lateral; no los voy a enfrentar, voy a tratar de caminar con ellos. Sin embargo, Joel dice: "Señores, Judá, vamos a recuperar la sensibilidad espiritual." ¿Ha acontecido cosa semejante en vuestros días o en los días de vuestros padres? La situación que ustedes están viviendo es una situación extraordinaria, y por lo tanto, de manera extraordinaria nosotros tenemos que considerarla.
Yo no sé si ustedes conocen el MMCT. Ricardo, ¿tú conoces el MMCT? A nosotros nos encanta usar el MMCT. ¿Qué es el MMCT? Mal de muchos, consuelo de tontos. A nosotros nos encanta la moral estadística: "Oh, no, mira, yo tengo este problema, pero si quiera el problema que tiene fulano, ¡ese no tiene punto de comparación con el mío!" Nos encanta degradar nuestra situación a partir de lo que les pasa a los demás.
Pero la única manera de poder recuperar nuestra sensibilidad es cuando asumimos que el problema que estamos pasando, por más que yo me consuele sabiendo que fulano también lo tiene, es mío. Es mío, es mi historia, y es una historia que va a dañar mi vida, la vida de los míos y la gloria de Dios. Por eso es que el Señor dice: "Oíd esto, ancianos, y prestad oído, habitantes todos de la tierra." Tiene que haber un reconocimiento de una situación que era dramática: los campos estaban destruidos, e Israel no tenía la sensibilidad para poder enfrentarlo de manera espiritual.
Por lo tanto, lo primero es reconocer y poder ver lo que nos negamos a ver. ¿Qué es lo que nosotros nos negamos a ver en nuestra vida? ¿Qué es lo que realmente nos está afectando, pero que nosotros nos negamos a verlo de manera efectiva? Eso que nosotros nos negamos a ver es una situación personal, y por eso es que en el versículo 4 del capítulo 1 Joel dice: "Lo que dejó la oruga, lo comió la langosta; lo que dejó la langosta, lo comió el pulgón; lo que dejó el pulgón, lo comió el saltón."
¿Qué es esto? Está hablando de las diferentes variedades de langostas que habían venido y habían arrasado con Judá. Era necesario que los judíos tomasen posesión de una realidad, de un problema, y que le pusieran nombre. ¿Cuál es el nombre de tu problema? ¿Cómo se llama tu problema? Se llama infidelidad, se llama desobediencia, se llama ociosidad, se llama ingenuidad, se llama soborno, se llama angustia, ansiedad. ¿Podrías definir tu problema delante de Dios? ¿Cómo se llama?
Lo que hace Joel es hablar con claridad sobre algo que el pueblo de Dios no quería hablar, y lo tuvo que decir públicamente: "Señores, hemos sido presas de una terrible destrucción, y esa terrible destrucción solo tiene un nombre: una plaga de langostas." Y en el versículo 6 del capítulo 1 dice: "Porque una nación ha subido contra mi tierra, poderosa e innumerable; sus dientes son dientes de león, y tiene colmillos de leona. Ha hecho de mi viña una desolación, y astillas de mi higuera; del todo la ha desnudado y derribado; sus ramas se han vuelto blancas."
Porque una nación ha subido, y ustedes ven allí todos los adjetivos posesivos: "ha subido contra mi tierra"; el versículo 7 dice "ha hecho de mi viña una desolación y astillas de mi higuera." Cuando nosotros queremos recobrar y quitar de nuestra vida la indiferencia espiritual, lo primero que tengo que hacer es reconocer la situación. Hay una situación en mi propia vida que necesita ser resuelta. ¿Cuál es el nombre de esa situación? Ponle nombre, quita de tu vida el MMCT; no lo apliques a ti. Tiene que ver contigo; no importa si él lo enfrenta mejor o ella lo enfrenta peor, no importa quién está delante tuyo: lo importante es que reconozcas que es un problema que tú tienes que solucionar delante de Dios.
Pero también, lo tercero que nosotros debemos aceptar es que debemos cambiarle de nota a nuestras canciones. Tenemos que pasar del "a mí", de echarle la culpa a los demás, a aceptar mi responsabilidad. Dejemos de cantar en "la" y empecemos a cantar en "mí". O sea, yo le quito la culpa a los demás —"si supieras lo que me hicieron, ellos me hicieron esto, es producto de ellos o de ellas o de cualquiera"— y tengo que empezar a cantarle al Señor mi propia responsabilidad, reconociendo lo que yo mismo he hecho. Es mi vida, es mi guerra, es mi tierra.
Y esto tiene un profundo componente de respuesta espiritual. ¿Por qué? Porque cuando nosotros enfrentamos situaciones con indiferencia, esas situaciones afectan definitivamente nuestra relación con Dios. En el versículo 9 del capítulo 1 dice: "Han sido cortadas la ofrenda de cereal y la libación de la casa del Señor; están de duelo los sacerdotes, los ministros del Señor."
¿Qué son la ofrenda de cereal y la libación? Los sacerdotes cada mañana y cada tarde se acercaban al Señor con lo que se llamaban las ofrendas de gratitud delante de Dios; eran ofrendas en donde el pueblo de Dios traía de los frutos de la tierra para ofrecerlos delante del Señor. Esas ofrendas ya no existían porque la tierra estaba devastada. Ahora, si nosotros queremos ejemplificar esa realidad con la realidad de nuestras propias vidas, debemos darnos cuenta de que cuando hay indiferencia ante una situación de nuestra vida que no le da gloria a Dios, cuando nosotros traemos la ofrenda ante el altar, no tenemos más que ofrecer palabras, porque en realidad no hay nada en nuestras manos que ofrecer delante de Dios, porque nuestra vida está quebrada.
Y por lo tanto, bien dice el Señor en Su Palabra: "Si traes tu ofrenda al altar y allí te acuerdas de que tienes algo contra tu hermano"— ¿qué dice? ¿"Ofrece tu ofrenda al altar y dile: Señor, Tú sabes lo que este tipo me ha estado haciendo"? No dice eso, ¿verdad? Dice: "Deja tu ofrenda, reconcíliate con tu hermano, y luego vuelve al altar." Lo que hace el Señor es hacernos saber que no podemos ser indiferentes ante nuestra realidad. Tener sensibilidad y recobrar nuestra sensibilidad espiritual es lo que Joel quería hacer con el pueblo: darle cuenta de cuál era esa realidad y que ellos aceptasen la responsabilidad de esa realidad.
En el versículo 10 del capítulo 1 dice: "El campo está asolado, la tierra está de duelo, porque el grano está arruinado, el mosto se seca y el aceite virgen se pierde. Avergonzaos, labradores; gemid, viñadores, por el trigo y la cebada, porque la cosecha del campo se ha perdido. La vid se seca y se marchita la higuera; también el granado, la palmera y el manzano; todos los árboles del campo se secan. Ciertamente se seca la alegría de los hijos de los hombres."
Lo que está tratando de hacer Joel es, en el nombre de Dios, decirle al pueblo indiferente: "Despierta y observa aquello que te está sucediendo, y asume la responsabilidad de las circunstancias por las que estás pasando en tu propia vida." Él le está hablando a los labradores y les dice: "Labradores, avergonzaos." La idea de avergonzarse aplicada a un labrador que ha pasado por una plaga suena un tanto extraña, y eso tiene que ver un poco con la palabra con la que se traduce "vergüenza". Esta palabra es más bien una palabra poética que tiene que ver con el hecho de empalidecer, de secarse. Si ustedes observan, la palabra "secarse" aparece en el versículo 10 —"el mosto se seca"—, en el versículo 12 —"la vid se seca"—, y al final del versículo 12 dice: "Todos los árboles del campo se secan; ciertamente se seca la alegría de los hijos de los hombres." La idea de "avergonzaos" tiene que ver con el hecho de poder reconocer lo que está sucediendo y sus posibles consecuencias.
La alegría se seca ante una situación a la cual no estás asumiendo toda la responsabilidad que tú deberías asumir con ella, porque eres un indiferente labrador. Viñadores, giman, no hay mosto, no hay vides; ustedes deberían estar gimiendo porque se está secando la alegría de los hijos de los hombres. El versículo 16 del capítulo 1 dice: "No ha sido suprimido el alimento de delante de nuestros ojos, y la alegría y el regocijo de la casa de nuestro Dios."
O sea, esa circunstancia no resuelta, no enfrentada, que nosotros asumimos con indiferencia, definitivamente afecta la casa de Dios y afecta nuestra relación con Dios, porque yo no puedo venir con ofrendas de gratitud delante de Dios —que Él no va a aceptar— mientras yo tengo una situación irresoluta en mi propia vida. Eso lo dijo Jesucristo de manera tajante. Y por otro lado, una actitud de indiferencia ante una situación irresoluta en mi propia vida traerá como consecuencia que yo me vaya secando espiritualmente y que vaya perdiendo la alegría y el gozo de mi propia vida. Y eso es también algo que muchos de nosotros enfrentamos, producto de que yo no puedo experimentar el gozo del Señor que es mi fortaleza, mientras todavía la fortaleza del Señor no haga trizas ese pecado que está acabando conmigo.
La indiferencia, hermanos, es un mal que nosotros debemos enfrentar. Por eso es que nosotros, ante la indiferencia, tenemos que reconocer la situación que nos afecta; tenemos que reconocer la situación que nos afecta. Pero no solamente basta reconocerla, porque por ejemplo este profeta reconocía su dificultad, sino que también tenemos que asumir la propiedad de ese problema que nos está afectando: soy yo, ese problema está en mí, es un problema que yo he creado, es algo que tiene que ver conmigo. Y ese algo que tiene que ver conmigo me está afectando, y por lo tanto yo tengo que reconocer hacia dónde ese problema está afectando mi vida y la vida de los que me rodean.
¿A qué punto este problema está secando la alegría de mi esposa, está secando la alegría de mi esposo, está secando la alegría de mis hijos, está secando mi propia alegría? ¿Y en qué medida, cuando yo estoy seco de alegría, no puedo venir con gozo a la casa de mi Dios? Como dice: "La alegría y el regocijo se han apartado de la casa de nuestro Dios."
Entonces, ¿qué debemos hacer? ¿Qué es lo que Joel plantea en el nombre de Dios? Joel plantea en el nombre del Señor que debemos buscar al Señor a la altura y en la medida del drama que en nuestra vida estamos viviendo; que debemos buscar al Señor a la altura del drama que en nuestra vida estamos viviendo. El versículo 8 del capítulo 1 dice: "Laméntate como virgen ceñida de silicio por el esposo de su juventud." Los estudiosos dicen y hablan de la novia que, vestida y preparada para la boda, no pudo celebrar la boda porque perdió al esposo el día de la ceremonia: "Laméntate como virgen ceñida de silicio por el esposo de su juventud." ¿Hasta qué punto nosotros hemos perdido sensibilidad sobre el drama de la situación que estamos viviendo?
El versículo 13 del capítulo 1 dice: "Ceñíos de silicio y lamentaos, sacerdotes; gemid, ministros del altar; venid, pasad la noche ceñidos de silicio, ministros de mi Dios, porque sin ofrenda de cereal y sin libación ha quedado la casa de vuestro Dios. Promulgad ayuno, convocad asamblea, congregad a los ancianos y a todos los habitantes de la tierra en la casa del Señor vuestro Dios, y clamad al Señor."
El profeta Joel está luchando contra la indiferencia de Israel. En Israel no había ídolos en ese momento; no había Baal ni había dioses ajenos a los cuales el Señor se opusiera; no habían reyes impíos que estaban destruyendo con su deshonestidad al pueblo de Judá. Joel no lo señala; sin embargo, había una tremenda crisis nacional producto de la indiferencia del pueblo de Dios. El pueblo de Dios estaba sufriendo en ese momento, pero al parecer los ritos seguían iguales, los cultos se celebraban igual: "No hay ofrenda de libación, no hay... bueno, no hay; pues claro, hagamos lo que se pueda hacer." Había un total sentido de indiferencia, y si hay algo que el Señor deplora, es la indiferencia. El Señor no responde ante la indiferencia ni ante la distensión del alma.
Nosotros no encontramos a Bartimeo el ciego clamando: "Jesús, hijo de David, ten misericordia de mí," como para que el Señor pase indiferente delante de él. El Señor detuvo a la multitud y escuchó a Bartimeo, que clamaba a pesar de que todo el mundo le decía que se callara. El Señor estuvo atento a pesar de que todo el mundo lo apretaba. Cuando una mujer dijo: "Si tan solo tocaré el borde de su manto, yo voy a ser sana," había pasión en su corazón; no era indiferente. No estaba allí en la multitud en un rincón diciendo: "Ah, yo, pobre enferma, ahí va el Señor... también moriré con mi enfermedad, pero por lo menos lo vi de lejos." No: "Si tan solo tocar el manto, si tan solo tocar el manto." Entendemos esa realidad.
No puede el Señor tener una multitud indiferente a su alrededor. Por eso es que les dice a los sacerdotes: "Señores sacerdotes, ¿qué están haciendo ustedes? Cíñanse de silicio, laméntense, giman, ministros del altar; vengan, pasad la noche ceñidos de silicio, ministros de mi Dios, porque no habrá ofrendas de gratitud." Porque mientras en el pueblo haya indiferencia ante la realidad de su pecado y de sus crisis personales, nunca habrá verdadera ofrenda de gratitud delante de Dios. Ustedes podrán tocar el arpa, tocar la trompeta, quemar todos los corderos que quieran, pero, señores, no seamos indiferentes; respondamos con compasión ante el problema que nosotros estamos viviendo.
Miren lo que dice el versículo 14: "Promulgad ayuno, convocad asamblea, congregad a los ancianos y a todos los habitantes de la tierra en la casa de Dios, y clamen al Señor, y clamen al Señor." Pongamos a todos delante del Señor y clamemos al Señor. El capítulo 2, versículo 15, dice: "Toca trompeta en Sión, promulgad ayuno, convocad asamblea, reunid al pueblo, santificad la asamblea, congregad a los ancianos, reunid a los pequeños y a los niños de pecho; salga el novio de su aposento y la novia de su alcoba. Entre el pórtico y el altar lloren los sacerdotes, ministros del Señor, y digan: Perdona, oh Señor, a tu pueblo, y no entregues tu heredad al oprobio, a la burla entre las naciones; ¿por qué han de decir entre los pueblos: Dónde está su Dios?"
Hermanos, este sentido de indiferencia era lo que estaba destruyendo a Judá. No era la plaga de langostas; era en realidad su indiferencia ante la realidad de crisis que ellos estaban viviendo. Ellos no estaban respondiendo con pasión, con la misma pasión con la que se estaban destruyendo; no estaban respondiendo con la misma pasión para buscar al Señor y buscar la solución a sus dilemas delante de la presencia del Señor.
Toquen la trompeta en Sión. Era el llamado a la guerra, era cuando se tocaba el shofar, el cuerno que sonaba con angustia para llamar al pueblo a la batalla. "Toquen la trompeta, promulguen ayuno, convoquen asamblea, reúnan al pueblo, santifiquen la asamblea, congreguen a los ancianos." Y es interesante que al final del versículo 16 dice: "Reúnan a los pequeños y a los niños de pecho." O sea, que ni aun los niños pueden estar fuera de esta dificultad. Aun los niños de pecho: madre, si estás alimentando a tu bebé, tráelo, vamos a clamar al Señor, vamos a clamar al Señor juntos, todos juntos.
Y dice al final del versículo 16: "Salga el novio de su aposento." Estás de luna de miel, no hay tiempo para luna de miel. Primero solo sonaba el problema: vengan de acá, vengan de acá. "Salga el novio de su aposento y la novia de su alcoba, que clamen los sacerdotes y que digan: perdona, oh Señor, a tu pueblo." ¿Por qué? Final del versículo 17: "¿Por qué han de decir entre los pueblos: dónde está tu Dios?" ¿Te has dado cuenta de que cuando tú vives una situación dramática en tu vida que tardas años en solucionar, la gente está preguntándose dónde está el Dios del que tanto hablas? ¿Dónde está el Dios que tanto proclamas? ¿Dónde está tu Dios? ¿Dónde está, dónde está, cuando en realidad yo estoy viendo una vida de pecado y dificultad en tu vida que no terminas de resolver?
Y eso es lo que Joel está llamando al pueblo de Dios a despertar: toquen, ayunen, clamen, salgan, inviten, suene el cuerno, llamen a la asamblea, no dejen a nadie afuera. Vamos a clamar al Señor, vamos a clamar al Señor a la altura de nuestra necesidad. Porque el más grave pecado del pueblo de Dios es su indiferencia ante la realidad de sus propias circunstancias: cuando no clamamos al Señor a la altura del drama que está viviendo nuestra propia vida, cuando no estoy dispuesto a pedirle al Señor porque tengo miedo, porque soy indiferente, porque simplemente el llanto no lo siento en mi corazón. Y no sentirlo en mi corazón es justamente el pecado que obstruye mi relación con Dios y la claridad sobre la realidad de mi propia alma. Eso es lo que Joel está tratando de despertar en su pueblo.
Ahora bien, no basta solamente con clamar, es que este clamor representa todo aquello que nosotros tenemos que hacer. A veces nos golpeamos tanto el pecho, pero nunca le damos el nocaut al pecado. O sea, golpearme el pecho no le causa el nocaut en la quijada al pecado; el pecado no cae. Me golpeo el pecho, me golpeo el pecho, pero el pecado sigue. Lo que existe, hermano, es que cuando yo despierto mi sensibilidad espiritual ante la realidad de mi propia vida y mis propias circunstancias, cuando yo empiezo a clamar al Señor sobre la base de las demandas de las circunstancias que yo estoy viviendo, pues el Señor promete venir a mí.
El capítulo 2, versículo 12, el Señor dice —miren lo que dice el Señor—: "Aun ahora, declara el Señor, volveos a mí de todo corazón, con ayuno, con llanto y lamento. Rasgad vuestro corazón y no vuestros vestidos. Volveos ahora al Señor vuestro Dios, porque Él es compasivo y clemente, lento para la ira, abundante en misericordia, y se arrepiente de infligir el mal. ¿Quién sabe si volverá y se apiadará y dejará tras sí bendición, es decir, ofrenda de cereal y libación para el Señor vuestro Dios?"
"Volveos a mí de todo corazón." El llamado, déjenme decirlo hermano, es a volver al Señor de todo corazón. Pero volver al Señor de todo corazón desde mi realidad, no dejando de pasar por mi realidad, sino atravesando mi realidad y viendo al Señor interviniendo en mi vida. Esto va a producir ofrenda de gratitud a mi Dios; voy a poder ofrecerle verdadera ofrenda de gratitud al Señor.
Y por eso yo les invito a que vuelvan a leer conmigo, porque yo creo que las palabras de Joel no necesitan mayor explicación. Simplemente queremos pedirle al Señor que nos conceda el privilegio de sensibilizar nuestro corazón. Señor, te pedimos que sensibilices nuestro corazón ante nuestra propia realidad al momento de leer tu Palabra, y que nos enfoquemos, Señor, en la necesidad de poder usar la misma medida de pasión conforme a la realidad de nuestras propias circunstancias, que nuestros dilemas, Señor, no sean tratados con indiferencia, sino que los tratemos, Señor, con la fuerza de alguien que clama buscando la liberación de Dios.
"Toca trompeta en Sión, promulga ayuno, convoca asamblea, reúne al pueblo, santifica la asamblea, congrega a los ancianos, reúne a los pequeños y a los niños de pecho, salga el novio de su aposento y la novia de su alcoba. Entre el pórtico y el altar lloren los sacerdotes, ministros del Señor, y digan: perdona, oh Señor, a tu pueblo, y no entregues su heredad al oprobio, a la burla entre las naciones. ¿Por qué han de decir entre los pueblos: dónde está su Dios?" Versículo 18: "Entonces el Señor se llenará de celo por su tierra y tendrá piedad de su pueblo."
"El Señor responderá y dirá a su pueblo: He aquí, yo os enviaré grano, mosto y aceite, y os saciaréis de ello, y nunca más os entregaré al oprobio entre las naciones. Al ejército del norte lo alejaré de vosotros y lo echaré a una tierra árida y desolada, su vanguardia hacia el mar oriental y su retaguardia hacia el mar occidental, y ascenderá su hedor y subirá su fetidez, porque ha hecho cosas, ha hecho cosas terribles. No temas, oh tierra, regocíjate y alégrate, porque el Señor ha hecho grandes cosas. No temáis, bestias del campo, porque los pastos del desierto han reverdecido, porque el árbol ha dado su fruto, la higuera y la vid han producido en abundancia."
"Hijos de Sión, regocijaos y alegraos en el Señor vuestro Dios, porque Él os ha dado la lluvia temprana para vuestra vindicación y ha hecho descender para vosotros la lluvia, la lluvia temprana y la tardía, como en el principio. Y las eras se llenarán de grano y las tinajas rebosarán de mosto y aceite. Entonces os compensaré por los años que ha comido la langosta, el pulgón, el saltón y la oruga, mi gran ejército que envié contra vosotros. Tendréis mucho que comer, y os saciaréis, y alabaréis el nombre del Señor vuestro Dios, que ha obrado maravillosamente con vosotros, y nunca jamás será avergonzado mi pueblo. Y sabréis que Yo estoy en medio de Israel, y que Yo soy el Señor vuestro Dios, y no hay otro. Nunca jamás será avergonzado mi pueblo."
Hermanos, esa es la promesa de un Dios vindicador cuando su pueblo se dispone a buscarle con compasión en medio de sus dificultades. Ese es el llamado de Dios a través de Joel, dicho hace dos mil novecientos años para nosotros en el día de hoy, para que dejemos la indiferencia y busquemos al Señor a la altura de nuestras necesidades. Que no seamos opacados por nuestra realidad, que no tratemos de ocultarnos delante de nadie, sino que abramos nuestro corazón delante de Dios, porque nosotros tenemos un Dios compasivo y clemente, lento para la ira y abundante en misericordia, un Dios que quiere que nosotros descubramos que Él está en medio nuestro y que está dispuesto a darnos lo que le pedimos cuando lo pedimos con pasión.
José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor, y autor del libro Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024). Ha servido como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en la República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú, donde enseña en el Instituto Integridad & Sabiduría y colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y juntos son padres de su hija Adriana.