Integridad y Sabiduria
Sermones

Resurrección e incredulidad

Miguel Núñez 20 abril, 2014

La resurrección de Cristo venció al pecado y a la muerte, pero esa victoria no significa que nuestras luchas, temores e incredulidad hayan desaparecido. El mensaje triunfal de la tumba vacía debe ir más allá del emocionalismo y calar profundamente en nuestras mentes y corazones para transformar nuestra manera de vivir. Marcos 16 revela las experiencias humanas de quienes rodearon aquel evento: respeto, preocupación, asombro, temor, tristeza e incredulidad, expresiones que permanecen con nosotros hoy.

Las mujeres que fueron al sepulcro venían preocupadas por una piedra que no sabían quién removería, pero al llegar, el obstáculo ya no estaba. De la misma manera, vivimos cargados por piedras futuras sin considerar que el mismo Dios que removió aquella puede remover las nuestras o dejarlas cuando tienen un propósito. Los discípulos, por su parte, se negaron a creer el testimonio de las mujeres, de los dos que iban a Emaús, e incluso las palabras que Jesús mismo les había dicho. Tendemos a no creer lo que no entendemos ni controlamos, y al final solo creemos en nosotros mismos.

Jesús trató con misericordia las debilidades de sus discípulos, pero también los reprendió por su incredulidad y dureza de corazón. El mismo poder que levantó a Cristo de entre los muertos mora ahora en quienes han creído en él. Vivir conscientes de esa realidad debilitaría nuestros temores, transformaría nuestras debilidades y nos llevaría a amar a Cristo mucho más profundamente.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Contemplaremos el capítulo 16, versículos del 1 al 14. Hoy es el día en que la iglesia de Occidente celebra de manera tradicional la resurrección de Cristo. Es un hecho conmemorado durante estas 24 horas donde quiera que la iglesia de Cristo se reúna, y es conmemorado, es recordado, porque un día como hoy Cristo venció al último y el peor de nuestros enemigos: la muerte. El viernes venció el pecado; el domingo venció la muerte.

Ese domingo en la mañana temprano, Cristo tomó la historia redentora, y aquello que comenzó en el Génesis con un deterioro del plan de Dios —un aparente deterioro, pues Dios estaba llevando a cabo su obra— Él comenzó a darle marcha atrás. Porque Dios había colocado a Adán en el jardín y le había dicho: "De todo árbol puedes comer, pero del árbol del bien y del mal no puedes comer, porque el día que comas ciertamente morirás." Y Adán comió, y Eva comió, y desde entonces ha reinado la muerte. La muerte reinó junto con el pecado hasta que se encontró con el cuerpo de Jesús, y ese viernes y ese domingo Él derrotó ambas cosas. Y ahora, por su muerte y su resurrección, nosotros tenemos promesas que son ciertas, que nos dan el ánimo para esperar hasta que nos encontremos con Él, y hoy el Rey reina con autoridad desde los cielos.

Ciertamente este es un día y este es un mensaje triunfalista. No hay ningún otro evento en la historia del hombre que pudiera ser visto con mayor aire o tinte de triunfo que este. Pero la realidad es que este mensaje, ya sea aquí o vía el internet, está siendo escuchado por diferentes personas en diferentes estadios de su peregrinar por la tierra. Unos ya hemos creído, y para esos el mensaje de la resurrección es completo, cabal y absoluto. Otros no han creído, y para esos el mensaje de la resurrección necesita ser visto desde otro ángulo para poder abrazar primero el mensaje de la cruz y luego la esperanza de la resurrección. Otros han creído, pero esa realidad aún no ha ocurrido del todo en ellos.

Es la razón por la que, reflexionando sobre esto —y siendo este el año número 16 de la historia de nuestra iglesia, habiendo predicado cada año un mensaje sobre la resurrección— me puse a pensar, a meditar un poco, de qué manera nosotros digerimos una historia conocida, enseñada, predicada, quizás desde un ángulo distinto. Porque en ocasiones, o con mucha frecuencia, el mensaje de la resurrección es un mensaje triunfalista —que lo es—, pero se queda en el emocionalismo del triunfo y no acaba de calar profundamente en el interior de nuestras mentes y corazones, y entonces no hace su trabajo. El hecho de la resurrección del domingo no dice que mi lucha contra el pecado ha cesado. El hecho de que Cristo venció el pecado y la muerte no dice que nuestros temores han desaparecido, ni que la incredulidad del hombre se ha desvanecido por completo.

Es la razón por la que yo quisiera entrar y ver este texto, y ver en él todas las expresiones humanas que están ahí, y verlas a la luz de la resurrección. En primer lugar, porque eso fue como ocurrió ese día, en aquella ocasión, y debemos exponer lo que el texto enseña. Y en segundo lugar, porque esas expresiones humanas permanecen con nosotros en el día de hoy.

Padre, gracias por tu luz en tu Palabra, que ilumina la oscuridad en nuestras mentes. Te pedimos que Tú desciendas sobre nosotros de manera especial, ayudándonos a ver cosas que no habíamos visto, a considerar otras desde un ángulo, desde una dimensión o con una profundidad de la que no nos habíamos percatado. Ayúdanos a llevarnos un mensaje de triunfo, pero un mensaje real que lidie y trate con nuestra realidad humana mientras esperamos en Él, aquí en el ahora, por el más allá. En Cristo Jesús, amén.

Este es un evento crucial, obviamente, en la vida del Señor Jesucristo y en la historia redentora, al ser el punto cumbre. Este fin de semana representó el clímax de toda la historia redentora, de aquello que comenzó en la mente de Dios desde antes de la fundación del mundo, y tuvo su punto culminante ese fin de semana que hoy nosotros celebramos. El Evangelio contiene un relato de la pasión, muerte y resurrección del Señor Jesucristo. Pero de los cuatro evangelistas, Marcos contiene el relato más breve de esta historia.

Es más o menos universalmente aceptado hoy, en términos académicos, que el Evangelio de Marcos termina en el versículo 8 y no en el versículo 20 como nuestras Biblias lo tienen. En todos los manuscritos del griego anteriores al siglo IV, en ninguno de ellos aparece Marcos 16:9-20 como está en nuestras Biblias. Estos versículos permanecen allí no simplemente por la tradición, sino porque tú puedes reconstruir cada una de esas verdades a partir de los otros evangelios. Y por tanto se han quedado allí como verdades ancladas en otros evangelios, que hoy en día nos ayudan a ver lo que la tradición pensó durante mucho tiempo.

Menciono eso no simplemente con fines de conocimiento e ilustración del pueblo de Dios, sino porque yo quisiera exponer mi texto de esa misma manera. Yo quiero leer solamente, en principio, los versículos del 1 al 8, donde Marcos realmente terminó, y luego leer la segunda parte del texto que los otros evangelios avalan, y ver entonces todo lo que Dios tiene para nosotros. Pero de antemano yo quiero mencionar que, como decía, hay expresiones humanas de diferentes géneros: hay expresiones de respeto, de preocupación, de asombro y de temor; hay expresiones de esperanza, de tristeza, de incredulidad y de reprensión de parte de nuestro Señor y su Cristo, en todo lo que ahí está expresado.

No hay duda de que esas expresiones humanas y debilidades humanas debieran todas desaparecer si yo entendiera y viviera por completo el mensaje de la resurrección. Sin embargo, no se acaban de ir, no acaban de desaparecer, lo cual nos dice que hay mucho todavía por entender, por abrazar y por vivir. Y con eso yo quiero leer entonces los primeros ocho versículos del Evangelio de Marcos, capítulo 16:

"Pasado el día de reposo, María Magdalena, María la madre de Jacobo y Salomé compraron especies aromáticas para ir a ungirle. Y muy de mañana, el primer día de la semana, llegaron al sepulcro cuando el sol ya había salido, y se decían unas a otras: '¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro?' Cuando levantaron los ojos, vieron que la piedra, aunque era sumamente grande, había sido removida. Y entrando en el sepulcro, vieron a un joven sentado al lado derecho, vestido con ropaje blanco, y ellas se asustaron. Pero él les dijo: 'No os asustéis; buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado. Ha resucitado, no está aquí; mirad el lugar donde le pusieron. Pero id, decid a sus discípulos y a Pedro que Él va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis, tal como os dijo.' Y saliendo ellas, huyeron del sepulcro, porque un gran temor y espanto se había apoderado de ellas, y no dijeron nada a nadie, porque tenían miedo." Ahí termina Marcos.

En los mejores manuscritos no hay apariciones del Señor Jesús después de su muerte en Marcos; estas van en los otros evangelios. Veamos esta primera parte y veamos qué tiene Dios para con nosotros. Yo decía que hay expresiones humanas diversas, y la primera que yo quiero mencionar son las expresiones de respeto en el texto.

Nosotros sabemos que Cristo muere el viernes, el viernes que nosotros llamamos hoy Viernes Santo: un día de dolor, un día de angustia, un día de desesperación, un día de confusión. Piensa por un momento, ponte en los zapatos, en las sandalias, de aquellos que caminaron con Jesús: el Mesías, aquel que iba a restaurar y a traer el reino a Israel, ahora crucificado en un madero, clavado en un madero, cuando la ley dice maldito es todo aquel que muere en un madero. ¿Realmente era este el Mesías? ¿Ciertamente Dios no hubiese permitido que el Mesías terminara clavado en un madero maldito? Entonces, si este no era el Mesías, ¿quién era? ¿Quién era Jesús? Alguien de quien el mismo Nicodemo, en un momento dado, dice: "Tú tienes que ser un enviado de Dios, que nadie puede hacer las cosas que tú haces si Dios no está con él." Un enviado de Dios clavado, maldito por la ley. Pero así fue; ahí estaba el Mesías.

Ese día, viernes, José de Arimatea y Nicodemo, dos miembros del concilio que no habían estado de acuerdo con el juicio ni con la manera como se estaba llevando a cabo, deciden ir a pedir el cuerpo de Jesús y darle una sepultura honrosa, tal como Juan lo describe en el capítulo 19, versículos 38 al 40. "Después de estas cosas, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque en secreto por miedo a los judíos, pidió permiso a Pilato para llevarse el cuerpo de Jesús." José de Arimatea era discípulo de Jesús, aunque en secreto, por miedo a los judíos. Nosotros no hubiésemos pensado nunca que pudiesen haber discípulos de esa naturaleza. Pero ese discípulo en secreto es el que, en su momento, hace público su discipulado: él va donde Pilato para llevarse el cuerpo de Jesús. Cuando tú tocabas un cuerpo muerto quedabas inmundo; este hombre está pidiendo un cuerpo muerto, y Pilato concedió el permiso.

"Entonces él vino y se llevó el cuerpo de Jesús. También Nicodemo, el que antes había venido a Jesús de noche, vino trayendo una mezcla de mirra y áloe, como cien libras." Entonces tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en telas de lino con las especies aromáticas, como es costumbre sepultar entre los judíos.

Estos hombres pudieron, de cierta manera, violentar la ley: piden un cuerpo muerto y le dan una sepultura honrosa a alguien que merecía una sepultura deshonrosa, a un muerto clavado en un madero maldito por la ley. No fue echado a una fosa común, como acostumbraba hacerse con los crucificados, sino que, en su lugar, envolvieron el cuerpo en ropaje o en telas de lino y le colocaron cien libras de mirra y de áloe —eso es mucha mirra y mucho áloe— para sepultarlo. De esta manera, estos dos hombres dejaron ver su discipulado: lo dejaron ver cuando se identificaron con un Jesús muerto, cuando arriesgaron su nombre, su reputación y quizás aun sus vidas al pedir este cuerpo, el cuerpo de alguien que tanto las autoridades religiosas como las romanas decidieron juzgar y condenar.

Y mostraron las marcas del discipulado cuando se sobrepusieron a todo temor e hicieron esta identificación en un momento cuando Jesús ya no tenía vida. Hubiese sido mucho más comprensible identificarse con el Maestro cuando Él tenía vida, cuando Él podía hacer despliegue de poder, o identificarse con el Maestro cuando yo podía tener algún provecho que sacarle. Pero ahora, cuando Él estaba muerto, identificarme con Él… ellos lo hicieron.

Y ahí llegó entonces el final del día viernes, comienzo del día de reposo: al caer la tarde, comienzo de la noche, y durante las próximas veinticuatro horas, el sábado, nadie haría nada; todo el mundo estaba recogido en su casa. Yo me imagino que ese día de reposo fue el día de la culpa. El viernes, el día del dolor, de la angustia, la ansiedad, el desconcierto. El sábado, yo me imagino las expresiones y los pensamientos: "Lo abandonamos, lo abandonamos desde Getsemaní. Lo negué tres veces, dije en su cara: 'No le conozco, no le conozco, no le conozco.' Yo no puedo tener amigos, porque si negué a este, ¿a quién puedo yo valorar como amigo? No merezco el perdón."

Yo no creo que nadie pudo dormir ese viernes en la noche, y dudo que lo hubiesen podido hacer el sábado en la noche. Para amanecer el domingo debieron haber estado exhaustos. El sábado transcurre sin nada en particular —es día de reposo, todo el mundo está recogido en su casa— y al amanecer del domingo nos encontramos con tres mujeres que van camino al sepulcro.

María, la madre de Jacobo el menor —a quien Marcos identifica en el capítulo anterior, en 15:40, como una de las mujeres que estaba en el Gólgota viendo a Jesús en la cruz de lejos, identificándose con Él—; está también María Magdalena, de quien Lucas nos dice que habían salido siete demonios; y está María, la madre de los hijos de Zebedeo, o hijos del trueno. Ellas tres se aproximan muy temprano y vienen a traer lo mismo que Nicodemo había comprado: especias aromáticas, para ir a honrar el cuerpo del Señor Jesús.

Para hebreos o judíos que no creen en altares a los muertos, que no creen en hablarle a los muertos, el que esta gente quisiera honrar y prestar un último acto de respeto a un cuerpo sin vida, yo creo que es significativo. Si bien es cierto que el cuerpo sin vida, en cierta manera, perdió el sentido, perdió la gloria de Dios que portaba de otra manera, yo creo que nuestra generación minimalista —donde hemos reducido todo a su mínima expresión— le ha quitado el significado y el respeto que ese cuerpo debe tener a la hora de sepultarlo. Después de todo, fue creado por nuestro Dios; después de todo, fue el portador de la imagen de Dios; para aquellos de nosotros que somos creyentes, sirvió de templo del Espíritu Santo durante un tiempo; y después de todo, el final del camino es ese cuerpo en descomposición que Dios pretende levantar de los sepulcros y volverlo a la gloria, como hizo con Jesús, cuyo cuerpo retuvo aun sus heridas.

Yo no estoy tratando de glorificar la memoria del cuerpo, pero estoy tratando de levantar un poco el respeto hacia lo que es ese cuerpo y hacia ese acto final de aquellos que mueren. Para que, al dejar el Espíritu el cuerpo, no veamos esto y lo tratemos como basura y lo dispongamos de él como disponemos de la basura. Yo creo que nosotros necesitamos mantener un respeto reverente a aquello que es trascendente, y si Cristo pretende abrir los sepulcros y levantar a los muertos, ciertamente ese cuerpo trasciende nuestra existencia y debía ser tratado de esa manera: no glorificarlo ahora, no santificarlo, no horarle, no hacerle altares; simplemente prestar respeto a aquello que fue morada y templo del Espíritu de Dios y que será levantado en el día postrero. Eso está ahí.

En segundo lugar, yo quiero que veamos la preocupación humana. Escucha lo que dice el texto: las mujeres van de madrugada muy temprano, y esto es lo que les preocupa: "¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro?" ¿Quién va a remover la piedra? Una piedra tan grande, tan pesada. Los discípulos no van a hacerlo porque ya no están con nosotras, y donde están, quién sabe; están escondidos, están huyendo todavía. Pero cuando levantaron los ojos, vieron que la piedra, aunque era sumamente grande, había sido removida.

Las mujeres vienen al sepulcro preocupadas porque hay una piedra que va a representar un obstáculo, y cuando ya llegan, el obstáculo no está. ¿Cuántas veces nosotros, a pesar de la resurrección, a pesar de este relato, vivimos preocupados y cargados por piedras que son futuras en nuestras vidas, que nosotros no sabemos quién las va a remover, pero venimos cargados, y no se nos ocurre pensar que el mismo Dios que en un momento removió la piedra es el mismo Dios que puede remover nuestras piedras? Y que cuando la piedra tiene un propósito y permanece allí, ese es el mismo Dios que la dejó allí entendiendo el propósito de esa piedra.

Las mujeres se encuentran la piedra removida. Dios la removió, pero no la removió para que pusieran especias aromáticas sobre el cuerpo, porque ya el cuerpo no estaba; la tumba estaba vacía. Sino para que ellas pudieran ver la evidencia de que las palabras de Jesús, profetizadas por Él, habían sido hechas realidad ese día: Él había vencido la muerte y el pecado. Y de esa misma manera, nosotros entonces podemos poner nuestra confianza en Aquel que hizo ambas cosas. Nosotros debiéramos, a la luz de la resurrección y de este relato, vivir vidas un poco más descansadas y confiadas en nuestro Dios, dejar a cada día su propio afán, y dejar de preocuparnos por las piedras del mañana, que Dios ya ha pensado cómo dejarlas o cómo removerlas.

Mi preocupación, a la luz de la resurrección —según una de las reflexiones para hoy, a partir de esta piedra removida—: la piedra no estaba, el obstáculo desapareció, el cuerpo tampoco estaba. De manera que la razón por la que ellas venían al sepulcro tampoco estaba. Ya no puedo hacer nada de lo que yo venía a hacer, de lo que yo había planificado, porque Dios cambió mis planes. La tumba estaba vacía y no voy a poner especias sobre un sepulcro vacío.

Entonces, en ese lugar, yo quiero que veamos las expresiones de asombro y de temor. Imagínate: cuando tú llegas al sepulcro, Pilato había dado órdenes a sus soldados de que aseguraran la piedra de la forma más segura posible, y la piedra ya había sido removida. La encuentran, no está. Entran dentro, entran al sepulcro, y tampoco está el cuerpo. Y lo único que ven es un joven sentado al lado derecho, vestido con ropaje blanco. Y el texto dice que ellas se asustaron.

Hay un aire de misterio aquí: la piedra grande no está, el cuerpo tampoco está, y ahora hay un ángel aquí —un joven, pero con imagen de ángel, según lo dicen los otros Evangelios—, con un ropaje blanco, que comienza a hablar. Y lo primero que el texto nos señala es que ellas se asustaron. Esa es la primera reacción de todo ser humano que ha tenido un encuentro, ya sea con Dios o con un enviado de Dios, en la historia bíblica: su primera reacción es una de asombro. A nosotros nos asusta, nos atemoriza el encuentro con lo divino, el encuentro con lo sagrado, el encuentro con aquello que trasciende nuestra existencia.

Y el ángel hizo exactamente lo que hizo cada enviado de Dios con el temor de aquellos que lo experimentaron. Escucha, versículo 6: "No os asustéis. Buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado. Ha resucitado, no está aquí. Mirad el lugar donde le pusieron." Y el texto paralelo de Lucas en 24:5 dice: "¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?" Es otra forma de decir: "¿Por qué no han creído sus palabras? ¿Por qué lo buscan entre aquellos que yacen sin vida, cuando Él ya está vivo?" La tumba estaba vacía.

Ahora, la tumba no es la prueba de la resurrección. Tú no puedes probar la resurrección; la única manera de probarla es habiendo estado allí, habiendo visto lo que pasó, cómo Cristo se salió del lienzo, y poder decir: "Aquí está la prueba." Pero la tumba vacía es la evidencia de que las palabras que Cristo había hablado eran certísimas. La evidencia, no la prueba. Y eso las llenó de asombro, de temor reverente, quizá de cierta confusión. Sería posible: "Bueno, resucitó a Lázaro, pero a Lázaro lo resucitó él; él estaba muerto. ¿Será cierto?"

Ese era el momento para haberle preguntado a este joven, con ropa blanca: "¿Y tú quién eres? ¿Y tú cómo sabes? ¿Y qué quieres decir con esto de que buscamos al que vive entre los muertos? ¿Y tú qué hiciste con él? Bueno, él va a Galilea, pero ¿dónde está ahora?" Pero ninguna de esas preguntas se les ocurrió, porque cuando estamos llenos de asombro y de temor no pensamos con claridad, y muchas veces hacemos preguntas que no necesitan respuesta.

Y en medio de esa confusión, en medio de ese misterio, en medio de esas preguntas, de ese asombro, de ese temor del que nos habla Marcos, llega la promesa de esperanza. Escucha las palabras del ángel: "Pero no está. Id y decid a sus discípulos, y a Pedro, sobre todo a Pedro, que él va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis, tal como os dijo." No es solamente que no está; es que lo van a ver. Y no es solamente que lo van a ver; es que lo van a ver en Galilea. Y no es solamente que lo van a ver en Galilea, sino que él se los dijo.

Y aquí él se lo va a decir a los discípulos que le abandonaron, a los discípulos que no estuvieron al pie de la cruz como estuvieron estas mujeres. "Ve y diles a los discípulos que tampoco vinieron el domingo temprano a colocar especies aromáticas sobre mi cuerpo. Ve y diles a los discípulos que tampoco le pidieron a Pilato el cuerpo para darme una sepultura honrosa." Yo quiero que vayas y se lo digas a ellos, a esos discípulos infieles, y que les digas que mi fidelidad se encuentra con ellos en Galilea, que su infidelidad no canceló mi fidelidad.

Y escucha algo más: "Ve y dile a Pedro, a Pedro el que me negó tres veces." Yo quiero que Pedro lo sepa, que voy a hablar con él y nos vamos a encontrar en Galilea. Ahí está la esperanza: en medio de la duda, en medio de la confusión, en medio de la sombra, en medio del temor.

Para nosotros también aplica esto. Nosotros ni siquiera necesitamos una tumba vacía para atemorizarnos; ni siquiera necesitamos la aparición de un ángel, de un ser extraño que no conocemos, para atemorizarnos. Yo tengo que aprender a ver mis temores a la luz de la resurrección. Porque si bien es cierto que esos temores son humanos y son naturales, no es menos cierto que a la luz del mensaje de la resurrección deberían comenzar a desaparecer de mi vida, debilitarse y eventualmente desaparecer, por la realidad del mensaje de la resurrección: que el último enemigo ha sido vencido, que es la muerte.

Piensa en una persona como Lázaro. ¿Cómo atemorizas a una persona como Lázaro? "Te voy a quitar la vida." "Yo sé; yo he estado ahí, yo pasé por eso." Y de esa misma manera, ¿cómo atemorizas a alguien que tiene una promesa certísima de que si pierde la vida en este mundo tendrá vida en el mundo venidero, y que el morir es ganancia? La única razón por la que nosotros seguimos con temores de este lado de la gloria, de este lado de la eternidad acerca de la muerte, es porque todavía no hemos acabado de interiorizar el mensaje de la resurrección, o porque el mensaje de la resurrección todavía no es parte de nosotros, porque todavía no tenemos salvación y no podemos reclamar las promesas que aún no nos han sido dadas, que son dadas en Cristo Jesús.

Piensen en eso por un momento. El mensaje de la resurrección bien entendido es un mensaje que debe hacer grandes cosas en nuestras vidas, y esa es la razón por la que yo quería hacer el mensaje de hoy un tanto reflexivo, y no simplemente quedarme en el triunfalismo emocional de la resurrección.

Con la experiencia de tristeza y dolor, como era de esperarse, ellos se estaban lamentando y llorando. Eso es parte de aquella porción que no está en Marcos, pero que tú puedes reconstruir a partir de los sucesos relatados en los demás evangelios. Esa era la experiencia natural, eso era lo esperado. Yo no me imagino a los discípulos en ningún otro estado de ánimo, ni en la noche del viernes, ni todo el día sábado, ni el domingo en la mañana, que no fuera llorando y lamentándose: la traición, la negación, el haber dejado solo y en su peor momento a su mejor amigo, a su líder, a su maestro, la confusión de si era el Mesías o no era, como ya mencionamos.

A la hora que más nos necesitó, ahí no estábamos. No me imagino a Pedro de otra manera, quizás dándose golpes, pensando: "¿Cómo pude negarlo de esa manera, y no una vez sino tres veces? Me lo advirtió, me dijo que lo haría antes de que el gallo cantara, y que lo haría tres veces, y aún así no me percaté. En Getsemaní nos dijo: 'Velad y orad para que no entréis en tentación', y tampoco velé, ni oré, ni me percaté de la predicción. Y ahí está: lo negué." No me imagino a Pedro de ninguna otra manera. Pero su infidelidad no canceló la fidelidad de Dios.

El texto de Marcos dice que las mujeres salieron y no dijeron nada a nadie porque tenían miedo. No nos dice qué clase de miedo, pero yo creo que es un temor reverente: aquí hay un ángel, aquí hay una tumba vacía, aquí hay una piedra movida. ¿Qué está pasando? No entiendo. ¿Es real? ¿Es parte de lo que hizo Pilato? ¿Lo hizo Dios? Pero eventualmente ellas se hablaron.

Quiero leer ahora el resto de la porción, de los versículos 9 al 16, que no fue parte del texto original de Marcos, según se entiende hoy, pero que recoge las mismas historias que tú puedes ver en los demás evangelios:

"Después de haber resucitado muy temprano el primer día de la semana, Jesús se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado fuera siete demonios —Lucas habla de eso—. Y ella fue y se lo comunicó a los que habían estado con él, que estaban lamentándose y llorando. Cuando ellos oyeron que él estaba vivo y que ella lo había visto, se negaron a creerlo. Después de esto se apareció en forma distinta a dos de ellos cuando iban de camino al campo, camino a Emaús —Lucas 24 habla de eso—. Y estos fueron y se lo comunicaron a los demás, pero ellos tampoco les creyeron. Después se apareció a los once mismos cuando estaban sentados a la mesa —Pablo habló de eso en 1 Corintios 15—, y los reprendió por su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que le habían visto resucitado."

Aquí hay una aparición a María Magdalena, aquí hay una aparición a dos discípulos que iban camino a Emaús, y aquí hay una aparición a los once cuando Tomás ya estaba presente. María Magdalena es el primer testigo ocular. Llega temprano con las otras dos mujeres, pero al reconstruir el relato de todos los evangelios parece que ella llega primero al sepulcro, y ella es el primer testigo ocular, y ella recibe la primera aparición. Ella había estado poseída por siete demonios, y quizás movida por su liberación y salvación es lo que la hace estar, el día de la crucifixión, allí en el Gólgota, viendo desde lejos el martirio de su Señor Jesús. Y es ella la que temprano en la mañana del domingo quiere ir a honrar ese cuerpo que ha sido crucificado, y le va a poner especies aromáticas. Quizás ella le amó tanto porque Jesús le perdonó tanto.

Lucas 7:47 dice que Jesús dijo: "Porque aquel a quien poco se le perdona, poco ama." Y lo opuesto tú lo puedes inferir fácilmente: por tanto, aquel a quien mucho se le perdona, mucho ama. Ahora piensa por un momento, y no quiero pasar a esta mesa de la resurrección sin reflexionar en esto: "Aquel a quien mucho se le perdona, mucho ama." Aquí no hay una sola persona a la que no se le haya perdonado mucho, ¿cierto? Pero ¿cuántos sabemos que le amamos mucho? "Si me amáis, guardad mis mandamientos." Aquí hay una ecuación que tenemos que resolver: a quien mucho se le perdona, mucho ama. Todos estamos de acuerdo en que se nos ha perdonado mucho, pero no amamos tanto. ¿Cuál es la razón?

Cristo no está equivocado, absolutamente que no, imposible. Mi convicción es que nosotros estamos convencidos de cuánto se nos ha perdonado en términos numéricos —cuántas veces hemos pecado—, pero no tenemos una idea clara de las implicaciones del pecado ni de lo horripilante que el pecado es para nuestro Dios. Si nosotros tuviéramos mejor idea del peso del pecado, de lo pecaminoso del pecado, como decía Pablo, no me cabe la menor duda de que amaríamos a Jesús mucho más.

Y A. C. Riley lo dice de esta manera: "Un pobre concepto del pecado siempre producirá un pobre concepto de la salvación." Se me ha perdonado muchos pecados numéricamente, pero yo no tengo idea de cuán horrendo es el pecado. Y estoy aquí esta mañana para decirte que si nosotros supiéramos mejor lo que verdaderamente le costó a Cristo ir a la cruz y absorber, por así decir, sobre sus espaldas todos nuestros pecados, lo amaríamos incomparablemente más. Dios, con la autoridad absoluta en el universo para habernos perdonado para siempre, decidió —para no violentar su ley moral perfecta y santa— clavar a su propio Hijo y dejarlo torturar como fue torturado, simplemente porque Él decidió tomar mis pecados sobre sus hombros en sustitución.

Si tú quieres saber lo odioso, lo aborrecible que es el pecado, piensa que un Dios infinitamente misericordioso manda gente al infierno por el resto de la eternidad simplemente por el pecado.

Es el pecado que hace que Isaías diga en un momento dado: "Yo soy un hombre de labios impuros, ¡ay de mí, estoy arruinado! Yo habito en medio de un pueblo de labios impuros." Es el peso del pecado que estremeció a Pablo en un momento dado, y se siente frustrado y dice: "Yo no entiendo, no me entiendo a mí mismo. Lo que no quiero hacer, eso hago, y lo que quiero hacer, no hago. ¡Pobre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?" Si eso es cómo reaccionamos ante el pecado nuestro y del otro, no en el sentido condenatorio, sino en el sentido de: "¡Wow, esto sí pesa!" A veces lo aplaudimos.

El primer miércoles del próximo mes yo quiero hablarles —los estoy invitando para que puedan escuchar—, yo quiero meditar sobre eso, pero el pecado es horripilante. Esta mujer, María Magdalena, de quien habían salido siete demonios, amó mucho. Estaba ahí al pie de la cruz, estaba ahí el día de la resurrección, fue la primera testigo ocular, ella vio a este joven en vestidura blanca. Y todo esto nos lleva a nuestra sexta observación: las suspensiones de incredulidad.

Los discípulos oyeron lo que las mujeres dijeron, y el texto —el texto de Marcos— dice que ellos se negaron a creerles. Su problema no fue simplemente que no creyeron las palabras de las mujeres, porque había incluso un condicionamiento cultural en esa época. Josefo dice que en aquella ocasión el testimonio de las mujeres no era considerado confiable porque eran muy emocionales. Pero esa no fue su falta número uno. Su falta número uno fue que ellos tampoco creyeron las palabras de Jesús cuando les anunció tres veces que Él moriría y resucitaría al tercer día, y ellos ni siquiera estaban esperando la resurrección.

Tenemos que pausar y preguntar: ¿qué es lo que hace al hombre caído tan incrédulo? Pudiéramos decir simplemente: "Bueno, es el pecado en él", y ciertamente lo es. Pero dilucidando un poco más, la realidad es que nosotros tendemos a no creer lo que no entendemos. La resurrección no es entendible; es creíble, pero no es entendible. Y como no la entiendo, no la creo.

Si ese domingo en la mañana las mujeres hubieran llegado donde estaban los discípulos y les hubieran dicho: "Hermanos, no lo pueden creer, nos encontramos con Jesús, Él ha resucitado, y ha dicho que a partir de mañana lunes Él va a instaurar el reino sobre Israel", hubieran dicho: "¡Eh, aleluya, gloria a Dios, yo sabía! ¡Te lo dije, Pedro, ahí está!" Porque eso era lo que ellos esperaban. Nosotros creemos lo que nos conviene, y a veces en medio del pecado decimos: "Estoy en paz." ¿En paz con quién? Con lo que yo creo, pero no con Dios.

Por otro lado, nosotros tendemos a cuestionar todo lo que no controlamos. Lo que yo controlo, yo manejo; lo que yo manejo, yo entiendo; lo que yo entiendo, yo puedo creer. Lo que yo no controlo, no lo manejo; lo que no manejo, no lo entiendo; lo que no entiendo, lo cuestiono. Porque al fin del camino solo creemos en nosotros mismos, esa es la realidad. Pudiéramos decir: "No, pastores son así." Pero cada vez que nosotros hacemos las cosas a nuestra manera, en nuestro tiempo, a nuestra forma, y no esperamos por Dios para que Él lo haga, yo estoy dando evidencia de que al fin del camino yo creo en mí más que en Dios.

Ellos se negaron a creerles —una forma enfática—, se rehusaron a creer. Pero no solamente a las mujeres. Los dos discípulos que iban camino a Emaús —Lucas 24 tiene los detalles del encuentro— es un encuentro interesante. Jesús se les aparece a estos dos discípulos que van por el camino hablando, hablando acerca de lo que había pasado. Jesús se les aparece y tienen sus ojos velados para que no le reconocieran. Jesús se hace que Él no sabe absolutamente nada. Él dice: "¿Qué están hablando?" Y uno de ellos le dice: "¿Pero tú eres el único forastero que ha estado en Jerusalén últimamente? El único que no sabía lo que había pasado era Él." Pero ellos están como desconcertados. Él dice: "No, no, cuéntame." "Bueno, pues mira, este Jesús de Nazaret, que era un profeta poderoso en palabras... No me digas... Sí, pero la autoridad religiosa nos lo condenó, lo enjuiciaron, lo llevaron a la cruz, y ahora algunas de nuestras mujeres y algunos de nosotros dicen que lo vieron resucitado." Y están como: "No entendemos."

Y las palabras de Jesús —pues era Él el resucitado— escúchenlas: "¡Oh, insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! ¿No era necesario que el Cristo padeciera todas estas cosas y entrara en su gloria?" Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les explicó lo referente a Él en todas las Escrituras. Su problema no fue simplemente que no creyeron a las mujeres. Su problema no fue simplemente que no creyeron a los dos discípulos en Emaús. Es que tampoco creyeron a Moisés, tampoco creyeron a todos los profetas, y tampoco creyeron al último de los profetas, al Hijo de Dios, cuando vino y les advirtió que Él moriría de esa manera.

Jesús confrontó la incredulidad con cierto aire de frustración: "¡Insensatos, tardos de corazón!" Lo mismo hizo cuando le trajeron a un hombre poseído que ellos no pudieron liberar. Esta es la respuesta de Jesús en Marcos 9:19: "¡Oh generación incrédula! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo tendré que soportaros?" Ese es el diario de misericordia frustrado con la generación, con cierto aire de frustración. Es la incredulidad que siempre requiere mayores evidencias.

Tomás no creyó a Moisés, no creyó a los profetas, no creyó a Jesús, no creyó a María Magdalena y las mujeres, no creyó a los dos discípulos que iban camino a Emaús. Luego los diez le dan un reporte porque no estaba en esa aparición, y tampoco les creyó a los diez. Tomás necesita mejor evidencia: "Yo necesito un cuerpo resucitado con heridas donde yo pueda poner mi dedo." Y Jesús —¡ese Jesús!— le concede su deseo. Se le aparece y le dice: "Tomás, mira mis llagas, mis manos y mis pies." "¡Dios mío y Señor mío!", dice Tomás.

Así somos nosotros. Cuando no entendemos, no creemos. Cuando no puedo controlar algo, no lo creo. Mi corazón es incurable. Jesús los llama insensatos de corazón, tardos de corazón, insensatos de mente. Creemos lo que nos conviene, rechazamos lo que yo decido que no debe ser. Mi incredulidad, a la luz de la resurrección, debería ser curada por ella. Pero yo tengo que entender, o tengo que aceptar, tengo que abrazar y luego vivir el mensaje de la resurrección para que mi incredulidad pueda comenzar a desvanecerse.

Número 7 y último: la expresión de reprensión de parte de Jesús. Versículo 14: "Después se apareció a los once —y estaba Tomás—, a los once mismos, cuando estaban sentados a la mesa, y les reprochó su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que le habían visto resucitado." Claro que Jesús quiere celebrar su resurrección. O sea, hay alguien que quiere celebrarla, sabiendo lo que el mensaje de resurrección puede implicar para nosotros, y es Jesús. Pero no se limita a lidiar con su pecado de incredulidad. Claro que Jesús quiere que ellos puedan vivir de otra manera, motivados por la resurrección. Pero no se limita a lidiar con su pecado de falta de fe, ni con la dureza de su corazón.

Escucha: Jesús trata con mis debilidades humanas en su misericordia, pero no puede dejarlas ahí, porque cuando las dejas ahí, se abarata la gracia. Jesús entiende mis debilidades humanas en su misericordia, pero las reprende en su santidad. Las perdona en su gracia, las reprende en su santidad. Por eso es que no quería simplemente traer un mensaje triunfalista emocional, sino un mensaje reflexivo a la luz de la resurrección, acerca de nuestras debilidades humanas y reales, pero humanas y pecaminosas a la vez. Expresiones de preocupación, de asombro, de temor, de tristeza, de incredulidad: muy reales, pero muy pecaminosas.

Entonces, cuando yo escucho el mensaje de la resurrección y lo que Dios es capaz de hacer, y cómo Dios ha cumplido cada una de sus promesas, yo necesito ir donde mi Dios a hablar con Él, sinceramente con Él, y lidiar con mis debilidades humanas a la luz de la resurrección. Eso es lo que Pablo está tratando de ayudarme a ver. Pablo dice que él quería conocer el poder de su resurrección junto con el poder de su padecimiento; él quería participar en sus padecimientos, porque muchas veces en la debilidad de mi carne es donde yo experimento el poder de su ser.

Y el poder que levantó a Cristo de entre los muertos es el poder del Espíritu de Dios, y ese poder ahora vive en mí, de tal manera que Dios quiere y espera que yo viva una vida completamente diferente por el poder que hoy mora en mí, que es el mismo poder que levantó a Cristo de entre los muertos. ¿Te imaginas lo que eso haría en nuestras vidas, el poder vivir esa realidad? ¿Te imaginas cómo transformaría nuestras debilidades, cómo cambiaría nuestro caminar, cómo cambiaría nuestra apreciación sobre la cruz, cómo valoraríamos eso, lo que esa esperanza de vida puesta delante de nosotros haría, cómo debilitaría nuestros temores?

¿Te imaginas si yo puedo vivir continuamente recordando que el mismo poder que levantó a Cristo de entre los muertos mora dentro de mí hoy en día? ¿Te imaginas cómo amaríamos nosotros al Señor Jesucristo, mucho más allá de nuestra naturaleza humana, por el poder de la resurrección que hoy mora en mí? ¿No quieres vivir así? Hermano, ¿no quieres vivir así? Tú puedes vivir así. Tienes que caminar con Dios de cerca, en su Palabra, bajo su autoridad, rindiéndote a Él, por ese mismo poder; un poder tan a favor nuestro que Dios lo usa para poner en mí tanto el querer como el hacer. ¿Te imaginas? Lo tenemos todo.

"Por medio de aquel que es poderoso para hacer todo mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que obra en nosotros", que es el poder de su Espíritu. Efesios 3:20.

A él sea la gloria en la iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones, por los siglos de los siglos. Amén, dice el apóstol Pablo en Efesios 3:21. Mucho más allá de lo que tu mente puede pensar o imaginar está el poder que mora en ti, si has creído en Cristo, si le has entregado tu vida y Él es tu Señor y tu Salvador. Tú puedes hacer, tú puedes ver a Dios obrar mucho más allá de lo que tu imaginación jamás pudiera llegar a pensar.

Para que cuando todo sea dicho y hecho, tú mismo puedas asombrarte de la obra de Dios en ti y a través de ti, y puedas repetir lo que Pablo dice: "A Él sea la gloria en la iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones, por los siglos de los siglos. Amén." Y que nosotros podamos repetir: así es, amén, amén, amén. ¡Gloria a Dios, aleluya, Maranata! ¡Ven pronto, Señor Jesús! Mientras llegas, yo vivo en el poder de la resurrección para la gloria de tu nombre y la fama de tu nombre.

Esta es una producción de Integridad y Sabiduría, posible gracias a los aportes de individuos y empresas comprometidos con la defensa de la fe. Para más información, preguntas y comentarios, visite nuestra página de internet: www.integridadysabiduria.org. En esta página encontrará información sobre la producción de este y otros recursos que ponemos a su disposición, como también las formas en las que usted puede contribuir con la producción de programas como estos.

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Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.