Integridad y Sabiduria
Sermones

La resurrección de la esperanza

Héctor Salcedo 21 abril, 2019

El domingo de resurrección, dos discípulos desconocidos caminaban hacia Emaús con el rostro cargado de tristeza. Habían enterrado a su maestro, al profeta poderoso en obra y palabra que pensaban sería el redentor de Israel. Pero ya habían pasado tres días y nada había ocurrido. Incluso el testimonio de las mujeres que reportaron la tumba vacía les pareció un disparate. Su esperanza yacía sepultada junto con el cuerpo de Jesús.

Entonces un extraño se les acercó en el camino y comenzó a caminar con ellos. Sus ojos estaban velados para no reconocerlo. Cuando les preguntó de qué hablaban, ellos respondieron con impaciencia: ¿eres el único en Jerusalén que no sabe lo que ha pasado? El extraño los confrontó con firmeza pero sin hostilidad: insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho. Y durante las dos horas de caminata, comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les explicó todo lo referente a él en las Escrituras. El Mesías tenía que sufrir; era necesario que padeciera para entrar en su gloria.

Cuando llegaron a Emaús y el extraño partió el pan, sus ojos fueron abiertos y lo reconocieron: era Jesús resucitado. Él desapareció, pero ellos quedaron transformados. Ya no había tristeza sino fuego: ¿no ardía nuestro corazón mientras nos abría las Escrituras? Esa misma noche, en la oscuridad y por caminos peligrosos, regresaron corriendo los diez kilómetros a Jerusalén para anunciar que el Señor había resucitado. Si Cristo venció la muerte, ¿qué problema puede oponérsele?

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

¡Fuimos, hermanos, para mi vida en su Palabra! Bueno, como oraba, hoy es un día muy especial por lo que pasó hace dos mil años. Este es quizás el día cumbre de nuestro calendario, de nuestra fe. Porque lo que Cristo dijo, el hecho de que Jesús resucitara, todo es cierto entonces. Todo es cierto, sus promesas entonces son ciertas, puedo confiar en Él porque Él está vivo. Y si Él venció la muerte, ¿qué se le puede oponer? ¿Qué le puede hacer frente a nuestro Señor? Así que hoy es un día de gozo, de regocijo, de alegría para nosotros y de afirmar nuestra fe en lo que nosotros creemos.

Si tú fueras —o te dieran la oportunidad— de ser testigo de algún evento de la historia bíblica, ¿cuál sería ese? ¿Qué te dijeran: si tú puedes retroceder en la historia e ir a algún punto de la historia bíblica, adónde irías? Quizás te gustaría ser testigo del momento inicial de la creación, donde Dios dice: "¡Hágase la luz!", y todos los elementos —la materia, la energía, el espacio, el tiempo— inician en un momento dado. O quizás te gustaría ir al arca de Noé, donde todos los animales en fila, en pareja, están entrando al arca uno por uno y ninguno se sale de su caril, todos entran según la orden de Dios.

O quizás a algunos les gustaría ir al Éxodo y ver lo que pasó: no solamente las diez plagas de Egipto, sino ver el mar abierto, ver a Dios alimentando al pueblo con maná todos los días, ver una nube que los cubría durante el día del sol y ver una columna de fuego que los calentaba y los dirigía de noche. Quizás otros quisieran estar cuando Moisés estuvo ahí viendo a Dios escribir las tablas de los diez mandamientos, y cuando Dios le permite a Moisés ver sus espaldas; dice que toda la gloria de Dios pasó por delante de Moisés, y Moisés pudo divisar —si podemos así decirlo— las espaldas de Dios.

Hay algunos que quizás quisieran estar ahí donde se produjo la batalla de Jericó, y donde al grito del pueblo las murallas de Jericó cayeron hacia afuera —dice el texto bíblico—, dando una muestra de que no fueron los judíos quienes las tumbaron, sino que Dios las tumbó hacia afuera. Son eventos que llaman nuestra atención, que capturan nuestra curiosidad; son cosas extraordinarias. Algunos quisieran ver la pelea de David y Goliat. Lamentablemente, yo no sé si podremos conocer a Goliat porque no creo que esté en el cielo, pero yo quisiera —hubiera querido— ver a Goliat, y a veces digo que cada vez que vemos una persona alta, mis hijos me preguntan: "¿Goliat era más grande que ese?" Y siempre decimos: "Sí, un poco más grande, un poco más grande."

Quizás quisiéramos ver la gloria del Templo de Salomón. O a Jesús caminar entre nosotros, caminar entre el pueblo, verlo multiplicar los panes y los peces, verlo sanar enfermos, ver a Jesús enfrentarse a los demonios y los demonios huir de su presencia, o verlo caminar sobre las aguas, o verlo compartir y enseñar. ¿Qué no daría yo por escuchar un sermón de Jesús? El Sermón del Monte, verlo predicar. Quizás solo mencionarlo ya lo desanima a uno de estar aquí, o me llena a mí, pensando que Jesús pudiera estar predicando en un momento dado.

Bueno, todo eso sería una buena cosa y sería bueno verlo, pero el evento cumbre de la historia bíblica es la resurrección. Es ver a nuestro Señor levantado, después de haberlo colgado en una cruz y verlo muerto, y ahora verlo levantado, y saber que el hecho de que Él se haya levantado implica que el pecado fue pagado, que la muerte fue vencida, y que yo, por lo tanto —Él vive y yo viviré—. Eso es algo que cuando uno lo piensa y uno ve al Señor... a mí me gustaría, por encima de todo lo demás de todo lo mencionado, ver a Cristo resucitado. Verlo caminar, verlo hablar, verlo enseñar.

Y eso es precisamente lo que les ocurre a dos discípulos sencillos que van camino a una pequeña aldea saliendo de Jerusalén, en Lucas 24. Vemos que ellos se encuentran con Jesús resucitado, y vamos entonces a estudiar ese texto porque entiendo que tiene algunas enseñanzas para nosotros. Lucas 24: un momento de encuentro con el Cristo resucitado; un pasaje que comienza con una nota triste, con una nota deprimente, típica de la desilusión y del fracaso, de un entierro, de un familiar o de un ser querido, pero que termina con una nota gozosa y entusiasta, como aquello que siempre les ocurrió a los que se expusieron a la resurrección del Señor.

Entonces vamos a leer en Lucas 24, y he titulado mi mensaje: "La resurrección de la esperanza", porque esto es lo que ocurre precisamente en este pasaje. El capítulo 24, comenzando en el versículo 13, nos dice así:

"Y he aquí, aquel mismo día, dos de ellos iban a una aldea llamada Emaús, que estaba como a once kilómetros de Jerusalén, y conversaban entre sí acerca de todas estas cosas que habían acontecido. Y sucedió que mientras conversaban y discutían, Jesús mismo se acercó y caminaba con ellos, pero los ojos de ellos estaban velados para que no le reconocieran. Y él les dijo: '¿Qué discusiones son estas que tenéis entre vosotros mientras vais andando?' Y ellos se detuvieron con semblante triste."

Ahí está la nota de tristeza, de desilusión, de fracaso a la que hacía yo referencia. Es el estado emocional de gente que acaba de enterrar a un ser querido y, más que un ser querido, acaban de enterrar —por así decirlo— a su maestro, a su líder, a su esperanza, porque en Jesús estaba la esperanza del pueblo —de una parte del pueblo de Israel— de que iba a ser el redentor de Israel.

Pero veamos algunas cosas en estos primeros versículos de este pasaje. Cuando dice "aquel mismo día", que es como comienza el versículo 13, hace referencia al versículo 1 del capítulo 24, donde se nos dice que era el primer día de la semana; al rayar el alba, las mujeres vinieron al sepulcro. Estamos hablando de que este día, cuando estos discípulos tienen el encuentro con Jesús, es el día de la resurrección. El día cuando las mujeres fueron, al rayar el alba —o sea, de madrugada—, al sepulcro, y el reporte según ellas es que no encontraron al Señor. O sea que estamos hablando del domingo de resurrección; un día como hoy, hace unos dos mil y tantos años atrás, se da precisamente esto.

Y nos sigue diciendo el pasaje que dos de ellos iban a una aldea llamada Emaús. ¿Quiénes son estos dos discípulos? No tenemos los detalles. El versículo 18 dice —que no lo leímos, pero lo vamos a ver— que uno de ellos se llamaba Cleofas. Realmente no tenemos ninguna referencia a ningún Cleofas en el pasado en la Escritura; por lo tanto podemos concluir que quizás eran dos discípulos desconocidos, que no eran de los once, porque no había ninguno de los once apóstoles que se llamara Cleofas. En este caso, ellos pertenecían a un grupo de individuos que seguían al Señor y lo siguieron hasta su misma muerte, porque incluso esta gente estaba ahí cuando las mujeres vienen y reportan que no encontraron a nadie en el sepulcro, y que dos ángeles se les aparecieron y les dijeron que el Señor había resucitado.

Por lo tanto, estos dos no eran de los doce, de los once; eran dos discípulos que estaban siguiendo a Jesús al momento de su muerte. Y ellos, como les digo, escucharon el reporte de las mujeres de que el Señor había resucitado, pero el versículo 11 dice que cuando las mujeres vinieron y dieron su reporte, el versículo 11 dice que ellos entendieron estas cosas como disparates y no las creyeron. ¿Recuerdan que ese texto estaba ahí? Que literalmente el testimonio de las mujeres, cuando vinieron del sepulcro, los discípulos que escucharon el testimonio dijeron: "Esos son disparates", y no las creyeron.

Entonces había un escepticismo en los mismos discípulos de esos días, en los apóstoles mismos, en los discípulos que estaban ahí, el círculo íntimo del Señor: no creyeron el testimonio de las mujeres. Entonces estos discípulos que iban caminando hacia Emaús no tenían gran ánimo ni gran entusiasmo; de hecho, ellos iban saliendo de Jerusalén porque en Jerusalén no había más nada que hacer. "Aquí no hay nada que buscar, el Señor murió, el Señor lo enterramos, nos vamos de aquí, ya terminó la fiesta de la Pascua y no ha ocurrido nada."

Y estaban caminando hacia una aldea que se llama Emaús. Es una aldea aparentemente pequeña, porque no se tiene referencia de Emaús en ninguna otra parte de la Escritura. De hecho, históricamente hay algunas hipótesis de cuáles pueden ser las ruinas de Emaús, pero no se tiene claro. Eso no es lo importante; la Biblia nos dice aquí que estaba a once kilómetros de Jerusalén, lo que implica que era una caminata de como dos horas y media aproximadamente de Jerusalén hasta Emaús.

Y estos individuos, mientras iban caminando, el versículo 14 nos dice que "conversaban entre sí acerca de todas estas cosas que habían acontecido." Todas estas cosas. La verdad es que esa semana fue un terremoto, digamos, un torbellino que pasó en Jerusalén; había muchas cosas que habían pasado en torno a la persona de Jesús. Comenzó el Domingo de Ramos, cuando el Señor Jesús va entrando en el pollino y todo el pueblo —o una gran parte del pueblo— sale a recibirlo; dice que tendían sus mantos y sus ramas como recibiendo, por así decirlo, a un rey. "¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!", decía la gente. Ese fue el Domingo de Ramos.

Pero luego el lunes el Señor le hace una visita al templo y termina sacando a la fuerza a los cambistas, porque lo que se suponía que era la casa de oración de Dios, ellos lo habían convertido en una cueva de ladrones, y el Señor Jesús los confronta. Luego el martes y el miércoles, el Señor Jesús está enseñando y de hecho confrontando a los líderes del pueblo, a los líderes religiosos. Todo eso pasó esa semana. Había un complot contra Jesús, cuando Judas entonces se alía con los líderes judíos religiosos y lo vende literalmente, en la noche del jueves entonces.

Jesús es apresado con un contingente de gente, con un pelotón de guardias, unos romanos pero sí de la guardia judía del templo. Lo llevan ante Caifás, lo llevan al otro, donde Pilato, no llevan ante Herodes, todo una madrugada. Lo crucifican el día viernes con otros dos criminales alrededor, digamos, al lado de él. Todo eso pasa esa semana y al final del día viernes, el Señor, antes de las seis de la tarde, es desmontado de la cruz y puesto en una tumba que le prestaron.

La verdad que muchas cosas pasaron en una semana, y esta gente estaba hablando de esto. Yo me imagino que algunos de los comentarios que ellos hacían eran: ¿Cómo fue esto posible? ¿Cómo nosotros pudimos poner nuestra confianza en este individuo? Al final terminó muerto, al final los líderes judíos se impusieron como siempre lo han hecho, como siempre han querido. Cualquier luz de esperanza, ellos la matan, se quieren quedar en el poder, no quieren salir de ahí. Toda una serie de comentarios alrededor de lo que había pasado.

En el versículo 15 y 16 se nos dice que entonces, mientras ellos conversaban y discutían —esa palabra en el original es bien intensa—, había intensidad en su conversación: ¿cómo va a ser?, todo no puede ser, es increíble que esto haya pasado. Mientras ellos discutían, Jesús mismo se acercó y caminaba con ellos. ¡Qué extraño! ¡Qué aparición más inesperada, por así decirlo! Dos individuos, de ningún tipo de importancia, ni siquiera conocemos sus nombres —uno se llamaba Cleofas, pero el otro no sabemos quién era—, van camino hacia una pequeña ciudad llamada Emaús, de la que no tenemos ni siquiera ruinas. Y el Señor Jesús resucitado, el Rey de reyes, el Señor de señores, se aparece a estos individuos y comienza a hablar con ellos.

Y camina con ellos, los acompaña. Era común esto, era común que la gente en el camino se acompañara. La gente caminaba, era una cultura del caminar, nadie tenía carro individual. No había que ser tan mal, pero la gente caminaba, la gente se juntaba en las orillas y en los caminos y hablaba unos con otros. Por lo tanto, no les llamó la atención que un desconocido se les acercara y hablara con ellos. Pero nos dice el versículo 16 que sus ojos estaban velados para que no le reconocieran.

No fue que no lo reconocieron porque no tenían la capacidad de hacerlo. Literalmente el texto dice que sus ojos estaban velados. Un poco más adelante, en el versículo 31, se nos dice que sus ojos fueron abiertos y lo reconocieron. Por lo tanto, esto fue una acción de Dios: velar sus ojos con un propósito. Cristo tenía un propósito al no dejarse reconocer, porque había algo que Él quería hacer en el corazón de esos discípulos que requería que ellos no lo reconocieran por el momento.

Dicho sea de paso, en ninguna de las apariciones de Jesús —de las once apariciones de Jesús que hay en el Nuevo Testamento—, la única donde hay una aparición en la que se sabe que es un ser celestial y que es el Señor, es la de Pablo. Jesús se le aparece a Pablo y Pablo literalmente le pregunta quién era el Señor. O sea, Pablo tenía claro que un ser celestial poderoso se le había aparecido. En todas las demás apariciones de Jesús resucitado en los Evangelios, las diez restantes, en ninguna Cristo es reconocido a la primera mirada. En todas había duda. Incluso cuando se le aparece a María Magdalena, ella lo confunde con el jardinero: "Yo pensaba que tú eres el hortelano." "María." "Señor, Raboni", le dice. Ella no lo reconoció inmediatamente.

No sabemos exactamente por qué, pero sabemos que Jesús parecía humano, si lo confundió con un jardinero: parecía humano. Si esto los confunden como un extraño que está caminando con ellos, era humano. O sea, Él tenía un cuerpo humano. Evidentemente también tenía las marcas de sus cicatrices, porque en varias ocasiones —por lo menos en una ocasión— le dice a Tomás: "Mete tus manos en mis heridas, aquí en mi costado." Él tenía el cuerpo con el que murió, lo tenía. Entonces era humano, tenía el cuerpo. ¿Por qué no lo reconocían entonces? Múltiples cosas podemos decir. En este caso, sus ojos estaban velados para que no le reconocieran.

Por lo visto, luego de la resurrección del Señor, el Señor era reconocido por aquellos que Él quería. Había alguna condición espiritual que eso parece ser así. Pero lo que llama la atención, hermanos, es que aquí no hay nada al azar. En los actos de Dios, en las acciones de Dios, no hay nada al azar. Dios vela sus ojos con un propósito, luego Dios desvela sus ojos con un propósito. Esto no es accidental, esto no es por si acaso. Esto está cuadrado, diseñado para que así suceda, y así es que Dios trabaja siempre. Dios no deja nada al azar en nuestras vidas, absolutamente nada al azar.

En el versículo 17, entonces, comienza el intercambio con este extraño que ellos no saben quién es, y les pregunta lo siguiente: "¿Qué discusiones son estas que tenéis entre vosotros mientras vais caminando?" Y ellos se detuvieron, con semblante triste, con aflicción, con decepción —esa es la palabra que aparece en ese momento—. Les responde, en el versículo 18, el que se llama Cleofas, y le dijo: "¿Eres tú el único visitante en Jerusalén que no sabe las cosas que en ella han acontecido?" ¿Y ustedes no notan ahí un poquito de impaciencia? Oye, me provoca acá, ¿tú dónde has estado todo este tiempo? ¿Cómo es eso? O sea, ¿tú no sabes lo que pasó? Todo el mundo está hablando de eso. Fue todo un huracán que pasó la semana pasada, que culminó precisamente en la crucifixión del Señor y el entierro del Señor Jesús.

"¿Eres tú el único visitante?" Sus rostros cargados de tristeza es lo que significa la palabra "semblante triste": indica el estado de desesperanza, de decepción, de confusión, de incredulidad en el que se encontraban estos discípulos. En el versículo 18, entonces, ellos le dicen a Jesús qué están hablando. Porque el Señor le dice: "¿Qué cosa? ¿De qué cosa ustedes están hablando?" Versículo 18, respondiendo uno de ellos, llamado Cleofas, le dijo: "¿Eres tú el único visitante de Jerusalén que no sabe las cosas que en ella han acontecido en estos días?" Entonces Él le dijo: "¿Qué cosas?" Y ellos le dijeron: "Las referentes a Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obra y en palabra delante de Dios y de todo el pueblo."

Un paréntesis: ponga atención ahora a su cristología, a su entendimiento de lo que era Jesús para ellos, y a lo que ellos esperaban que Jesús hiciera, porque Jesús trabaja con esa teología y con ese entendimiento para devolverles la esperanza. Ellos comienzan a decir, entonces, en el versículo 18: "Las referentes a Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obra y en palabra delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo los principales sacerdotes y nuestros gobernantes le entregaron a sentencia de muerte y le crucificaron. Pero nosotros esperábamos que Él era el que iba a redimir a Israel. Y además de todo esto, este es el tercer día desde que estas cosas acontecieron. Y también algunas mujeres de entre nosotros nos asombraron, pues cuando fueron de madrugada al sepulcro, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que también habían visto una aparición de ángeles que decían que Él vivía. Algunos de los que estaban con nosotros fueron al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero a Él no le vieron."

Esa es su cristología, eso es lo que ellos entienden acerca de Jesús. Y obviamente, en la descripción, uno se da cuenta de que, a pesar de que ellos entendían que Jesús era un gran profeta, lo vieron obrar. Un gran profeta, en palabra y en obra, delante de Dios y de todo el pueblo. O sea, sus milagros eran conocidos, eran innegables. ¿Cuánta gente recordará la multiplicación de los panes y los peces, si se nos dice que solamente los hombres alimentados fueron cinco mil, sin contar mujeres y niños? ¿Quién no recordará la resurrección de Lázaro? Lo trataban entre ellos todavía. O sea, el muerto que tenía más de tres días muerto estaba entre ellos, entre los judíos. Eran milagros innegables. O el ciego de nacimiento que pedía a la orilla del camino, que mucha gente lo conocía. O las resurrecciones, o las vueltas a la vida que Jesús también hizo entre ellos. Y los enfermos que Cristo sanó y las enseñanzas que dio. Nadie podía negar que Jesús era un profeta poderoso en palabra y poderoso en obra. Todo indicaba que este era el Mesías.

De ahí que en el versículo 21 ellos dicen: "Nosotros esperábamos que era el que iba a redimir a Israel." O sea, era tan grande Jesús, era tan portentoso su ministerio, que nosotros esperábamos que este era el Mesías. Fíjense: en pasado, "esperábamos". Pero ya no lo esperamos, ya no lo esperamos, porque lo mataron el viernes, y además este es el tercer día que estas cosas ocurrieron y no ha pasado nada. Quizás haciendo referencia a que al tercer día resucitaría —Cristo habló del tercer día en múltiples ocasiones—, pero este es el tercer día y no ha pasado nada.

¡Pero qué incrédulos! Como que este es el tercer día y no ha pasado nada, y ustedes recibieron un testimonio de las mujeres que dijeron que Él vivía. Pero el versículo 11 dice que lo consideraron como disparates, porque cuando uno no concuerda con una cosa, no ve lo que es evidente, no ve a Dios actuar. Estamos cerrados en nuestro entendimiento y nuestra comprensión de las cosas que Dios hace, porque queremos que Dios actúe como nosotros actuaríamos. Si Él resucitó, ¿por qué se le ocurre aparecer a escondidas ante una mujer ahí, en vez de presentarse en la plaza pública? Es resucitado, ¡vamos todos para allá! Pero Dios no actúa como nosotros, Dios actúa distinto a nosotros. Los caminos de Dios pueden ser misteriosos para nosotros, pero son sabios. Son lo que finalmente resulta en el logro de Sus propósitos. Nosotros esperábamos que Él iba a redimir a Israel, pero eso no fue así.

Así, de hecho, ya no lo consideramos así. Lo esperábamos, pero ya no es así; ya hace tres días que estas cosas pasaron. Lo que las mujeres dijeron, eso es un disparate. Ellos no le dijeron eso al extraño, pero ellos lo consideraban un disparate. De hecho, si ustedes se fijan en la descripción que ellos hacen de Jesús —poderoso en palabra y poderoso en obra—, un individuo que pensábamos, o un profeta que pensábamos que iba a ser el redentor.

Esa descripción se parece mucho a la descripción que Pablo hace en Primera de Corintios 15, comenzando en el versículo 1, que se considera uno de los primeros credos de la iglesia. Pablo dice, Primera de Corintios 15: "Ahora os hago saber, hermanos, el evangelio que os prediqué." ¿Cuál es el evangelio? Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras. Los discípulos de Emaús nada más tenían la primera parte: que Cristo murió. Y Pablo sigue diciendo que fue sepultado —los discípulos de Emaús tenían eso en su historia—, que fue sepultado, y ahora Pablo agrega: y que resucitó al tercer día, según las Escrituras.

Dos eventos —perdón, un evento con dos lecturas distintas—: una humana y una divina. Los discípulos de Emaús veían simplemente un hombre que murió y que lo enterraron. Pablo veía un hombre que murió por nuestros pecados, que fue sepultado y resucitó al tercer día según las Escrituras. La misma historia con dos interpretaciones distintas. ¿Cuánto daría yo por tener una perspectiva divina de la vida siempre? Ver a Dios presente siempre, ver a Dios actuar siempre y tener presente que Dios trabaja de maneras distintas a como nosotros pensamos que Él trabaja.

Y en esas condiciones, con una perspectiva totalmente humana de lo que había pasado, ellos estaban desesperanzados, confundidos y agobiados, decepcionados de que el profeta poderoso no era el redentor que ellos estaban esperando. Pero eso no se queda ahí, hermanos, porque en el versículo 25 Jesús comienza a hablar, y yo diría que arrancó el hombre. Jesús comienza a hablar en el versículo 25.

Fíjense que, de manera interesante, Jesús los hace hablar a ellos de lo que ellos sienten, de lo que ellos están experimentando. ¿De qué ustedes están hablando? ¿Acaso no sabía Él de lo que ellos estaban hablando? Jesús no lo hace para información de Él; es para que aquellos verbalicen sus frustraciones, es para que ellos verbalicen sus dolores, sus decepciones. Es como una sesión de consejería personal, y Jesús los quería llevar exactamente al punto donde ellos iban a estar dispuestos a recibir ese fuego de esperanza que Cristo les traía con la enseñanza que estaba a punto de compartir con ellos.

En el versículo 25, entonces, Jesús les dijo: "¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! ¿No era necesario que el Cristo padeciera todas estas cosas y entrara en su gloria?" Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les explicó lo referente a Él en todas las Escrituras.

¿Qué paciencia, Señor? ¿Qué paciencia tuvo Jesús con estos discípulos? En ese momento, cuando Jesús les aparece, se da cuenta —Él lo sabía— de que ellos estaban luchando con incredulidad, con confusión y con desánimo. Jesús los confronta, pero los estudiosos del lenguaje original indican que esta confrontación de "insensatos y tardos de corazón" no es hostil, no es agria; es una confrontación amorosa, pero es una confrontación. Él usa dos palabras para confrontarlos: insensatos y tardos de corazón.

La primera palabra, la Nueva Traducción Viviente la traduce como "necios"; la Nueva Versión Internacional la traduce como "torpes". Un sinónimo podría ser "despistados": ustedes no se están dando cuenta de lo que está pasando aquí. Pero les agrega, además de decirles que despistados son, "tardos de corazón", y eso ya es más profundo, porque esa es la razón por la que ellos son despistados. Ellos no están entendiendo ni captando lo que está pasando con Jesús; no están entendiendo lo que pasó con su Mesías, porque son tardos de corazón: tienen una indisposición a creer lo que ha pasado.

Es como cuando Dios hace hacia nosotros algunas cosas que no nos gustan, que no nos cuadran: "A mí no me cuadra eso. Yo no sé por qué no me cuadra." Pero si tú te abres a que te cuadre, quizás entiendes lo que está pasando. Ellos estaban indispuestos espiritualmente a entender que el Mesías tenía también que sufrir. Quizás en su orgullo, en su arrogancia, ellos no concebían que su Mesías tuviese que sufrir. ¿Cómo va a ser que el camino a transitar de mi Mesías sea uno de sufrimiento, de derrota y muerte? Eso no puede ser. En su teología eso no cabía; el sufrimiento y la aflicción no cabían en su teología, en su manera de entender al Mesías y su ministerio.

Y no les cuadraba y no lo entendían; entonces eran despistados porque eran tardos de corazón, estaban indispuestos espiritualmente a entender esto. Fíjense que Cristo les dice: "Insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho." O sea, los profetas han hablado de esto; lo que pasa es que hay una parte que ustedes no han leído o no quieren entender. Sí lo habían leído, pero no la querían entender. Ellos habían leído la Biblia y la habían entendido selectivamente: los pasajes que les gustaban los abrazaban; los pasajes que no les gustaban, "a eso no lo entiendo", o le buscaban una explicación extraña.

Al punto de que los pasajes que tenían que ver con el sufrimiento del Mesías en el Antiguo Testamento los subdividieron en un segundo Mesías o un segundo personaje: uno que era el sufriente y otro que era el victorioso, entre otras interpretaciones. Israel incluso, a veces, asociaba que Israel era ese personaje que sufría —Israel como pueblo— y que el Mesías glorioso era el otro. No eran dos personajes, pero nunca conjugaron en un solo personaje las dos realidades: que el Mesías venía a sufrir y a ser glorificado.

Jesús les hace la pregunta en el versículo 26: "¿No era necesario que el Cristo padeciera todas estas cosas y entrara en su gloria?" ¿Era necesario o no era necesario? Y yo, de hecho, no voy a hacer un análisis histórico de esa pregunta, sino actual. Conociendo la condición del corazón humano, tú —mira para adentro, mira tu condición, mira tus pecados, mira tus orgullos, tus envidias, tu enfoque egoísta de la vida, tus mentiras, tus robos, tus lujurias, tus deseos desenfrenados, los nuestros— preguntémonos: ¿no era necesario que el Mesías padeciera por nosotros? ¿No era necesario que viniese alguien que cargara nuestra culpa y la pagara frente a Dios? Claro que era necesario.

Los judíos, en el caso de ellos, tenían desde el inicio de los tiempos sacrificios de cordero, sacrificio de cordero, sacrificio de cordero. ¿Y por qué eran necesarios los sacrificios y la sangre vertida y la sangre vertida? Porque Dios había dicho que la paga del pecado es muerte. El Mesías tenía que sufrir; era necesario que sufriera. Si no hay muerte del Mesías, no hay redención de pecado. Era algo claro que estaba en las Escrituras, pero ellos no lo entendieron porque eran tardos de corazón; porque había un aspecto de la Palabra que ellos no querían entender, no querían aceptar que eso era así. Había una resistencia espiritual a entender que Dios trabajaba incluso por medio del sufrimiento del Mesías.

Al punto de que en Marcos 8, Jesús tiene una discusión con Pedro, uno de sus discípulos más cercanos. En el versículo 31 de Marcos 8 se nos dice: "Y comenzó a enseñarles que el Hijo del Hombre debía padecer muchas cosas y ser rechazado por los ancianos, los principales sacerdotes y los escribas, y ser muerto, y después de tres días resucitar." Y esto lo decía claramente. Y Pedro le tomó aparte y comenzó a reprenderle: "No digas eso, no hables de eso. Como que no te va a pasar, que no te acontezca." Y Jesús le dice en el versículo 33, volviéndose y mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro públicamente y le dijo: "¡Quítate de delante de mí, Satanás!, porque no tienes en mente las cosas de Dios, sino las cosas de los hombres." Tú no estás pensando como Dios piensa: si el Hijo de Dios puede sufrir, el Mesías tiene que sufrir.

Esa es la disposición de corazón que lleva a no entender ciertas cosas: "No, no digas eso." Pero Él lo está diciendo; Él es el Mesías y les está diciendo: "Me va a pasar esto." Y esta indisposición los llevó a ser torpes y despistados; no entendían una parte de las Escrituras. Entonces Jesús, con una paciencia muy típica de Él y muy diferente a la nuestra, desde el versículo 27 se nos dice: "Y comenzando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo referente a Él en todas las Escrituras."

Jesús entró en una clase bíblica con estos discípulos. Duró posiblemente un par de horas, porque Él comienza a caminar con ellos saliendo de Jerusalén y llegan a Emaús; eran dos horas y pico, con Jesús deshilachando, deshilachando los pasajes, enseñándoles lo que las Escrituras decían acerca de Él. Y lamentablemente —aunque me cuido en decir "lamentablemente", porque el Señor decidió no revelárnoslo— no sabemos qué fue exactamente lo que Jesús les enseñó. Solamente se nos dice que les enseñó todo lo referente a Él en todas las Escrituras. Él mismo había dicho que las Escrituras dan testimonio de Él, en Juan 5:39. Y nosotros sabemos que no podemos entender el Antiguo Testamento a menos que entendamos el personaje de Jesús. Jesús es el eslabón perdido del Antiguo Testamento y de toda la Biblia, de hecho.

Entendemos la Biblia cuando entendemos el personaje de Jesús, su ministerio. En el Antiguo Testamento vemos a Jesús de múltiples formas, pero lo vemos al menos de tres maneras distintas. Por un lado lo vemos profetizado; hay muchas profecías, más de 300, acerca de Jesús. Por otro lado lo vemos tipificado, o sea, había cosas que se hacían en el Antiguo Testamento que apuntaban a Jesús, como el Cordero de la Pascua que se sacrificaba, apuntando al Mesías Redentor. Y vemos a Jesús profetizado, tipificado y presente; vemos incluso a Jesús, la segunda persona de la Trinidad, haciéndose presente en diversos momentos del Antiguo Testamento. Jesús está a lo largo de la Palabra y sobre todo en el Antiguo Testamento de diferentes formas.

Aunque no tenemos una lección detallada, yo quisiera simplemente ilustrarlo, presentarle algunas de las verdades contenidas en el Antiguo Testamento que hablan de Jesús, para que tengan una idea de cuál pudo haber sido esta clase, esta instrucción bíblica de estos discípulos. Por ejemplo, en Génesis 3:15, la primera vez que vemos el Evangelio en la Biblia, se nos habla de que la simiente de la mujer pisoteará la cabeza de Satanás, haciendo alusión a que la simiente de la mujer, uno nacido de mujer, vencería a Satanás. Y es lo que se conoce como el Protoevangelio, la primera alusión al Evangelio en todas las Escrituras.

En el libro de Éxodo encontramos la historia del Cordero de la Pascua, y Cristo es nuestra Pascua, nos dice Pablo en 1 Corintios 5:7. En el Levítico leemos acerca de los sumos sacerdotes que hacen sacrificios por la gente, pero Cristo, nos dice el libro de Hebreos, es nuestro sumo sacerdote. En Deuteronomio, Moisés profetizó que un profeta vendría que sería más grande que él mismo; ese profeta es Jesús.

En el libro de Josué, Josué se encontró en un momento dado, antes de entrar en batalla, con un personaje, un hombre vestido para la batalla con una espada en mano. Y Josué le pregunta: "¿Estás con nosotros o contra nosotros?" Y el personaje le dice: "No, ¿estás conmigo o con quién? Yo soy el capitán de los ejércitos del Señor." Cristo, haciéndose presente en el Antiguo Testamento. En el libro de Jueces, los jueces eran personajes que liberaban al pueblo de la opresión y de la explotación, haciendo alusión a que algún día vendría uno que nos liberaría del pecado para siempre.

Booz, el pariente que redimió la herencia de Rut, es una imagen de Cristo cuando Él también nos redime a nosotros y nos compra con su sangre. David, el ungido del Señor, describe a Jesús en múltiples salmos, pero Jesús también es descrito como Hijo de David. El libro de los Reyes habla de la gloria de Dios que llena el templo, y Crónicas describe al rey venidero glorioso; ambos se refieren a Jesús, el Rey de reyes. Esdras presenta a Jesús como el Señor de nuestros padres.

Job dice: "Yo sé que mi Redentor vive." Mucho antes de que Jesús viniera, él sabía que había un Redentor que ponía la mano en Dios y ponía la mano en el hombre y lo redimía. Ester es una imagen de Cristo intercediendo por el pueblo. Cristo aparece una y otra vez en el libro de los Salmos, incluso cuando David lo describe como el buen pastor. Isaías detalla el nacimiento glorioso, aunque humilde a la vez, de nuestro Señor Jesús. Isaías 53 describe los dolores que nuestro Señor aguantaría por nosotros: "El castigo por nuestra paz", dice Isaías 53, "cayó sobre Él, y por sus heridas fuimos nosotros sanados."

Jeremías lo revela como el que está familiarizado con nuestros dolores, y lo describe como la esperanza de su pueblo. Amós nos dice que Jesús es el Juez de todas las naciones. Jonás: Jesús dice que de la misma manera que Jonás estuvo en el vientre del pez tres días y tres noches, así también estará el Hijo del Hombre en el sepulcro. Sofonías habla de Jesús como el Rey de Israel. Zacarías es el profeta que habla de Jesús montado en un pollino: "He aquí que tu rey viene montado en un pollino." Eso fue Zacarías quien lo dijo, y Malaquías lo llama el Sol de Justicia.

¿Alguien duda de que Jesús está en toda la Biblia? Y no hemos hablado de muchísimas otras cosas: del sacrificio de Isaac por parte de Abraham, de los sacrificios y las varias ofrendas que había instituidas en el templo, haciendo alusión a que el Mesías vendría y se sacrificaría por nosotros y sufriría por nosotros lo que nosotros ahora no tenemos que sufrir producto de nuestro pecado.

Entonces, lo que nosotros tenemos que ver es eso. Y los discípulos, estos dos discípulos de Emaús, en la medida en que Jesús iba enseñando, eso era como: "¡Wow, wow, sí, sí!" Yo me imagino que Cleofas le dijo al otro: "¡Te lo dije!" Quizás había un intercambio: "¡Wow, claro, eso está clarísimo ahí, evidente!" Jesús escogió un camino más largo pero más provechoso para su fe. Si Jesús hubiese dicho desde el principio "Aquí estoy yo" y ellos caen, pues, súper emocionados y se van, se quedan medio vacíos, ¿verdad?

Pero Jesús escogió un camino de construcción de su fe, de profundización de su conocimiento, de que ellos entendieran cómo Dios trabaja y cómo Dios arma sus planes. Esta gente se fue emocionada pero instruida; se fue hacia arriba pero edificada. Y cuando Dios trabaja en nuestras vidas, hermanos, Dios trabaja no solamente en sacarnos de nuestros problemas, de nuestros dolores y de nuestras decepciones; Dios trabaja en formar nuestra fe, en formar nuestra manera de pensar acerca de las realidades de la vida. Dios quiere emoción pero quiere instrucción; Dios quiere que mi emoción no sobrepase mi instrucción, sino que mi instrucción sostenga mi emoción. Y eso es lo que hace con estos discípulos.

¿Y cuál fue el resultado entonces? El resultado de toda esta enseñanza fue esperanza. Desde el versículo 28, miren lo que comenzamos a leer: "Se acercaron a la aldea donde iban, y Él hizo como que iba más lejos. Y ellos le instaron diciendo: 'Quédate con nosotros, porque está atardeciendo y el día ya ha declinado.' Y entró a quedarse con ellos. Y sucedió que al sentarse a la mesa con ellos, tomó el pan, lo bendijo, partiéndolo les dio. Entonces les fueron abiertos los ojos y le reconocieron, pero Él desapareció de la presencia de ellos."

"Y se dijeron el uno al otro: '¿No ardía nuestro corazón dentro de nosotros mientras nos hablaba en el camino, cuando nos abría las Escrituras?' Y levantándose en esa misma hora, regresaron a Jerusalén y hallaron reunidos a los once y a los que estaban con ellos, que decían: 'Es verdad que el Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón.' Y ellos contaban sus experiencias en el camino y cómo le habían reconocido en el partimiento del pan."

Esta parte final del relato es muy diferente a los versículos iniciales, donde ellos venían cabizbajo, quizá caminando despacito: "¿Qué pasó? ¿Qué mataron a nuestro Señor? Ahí pensábamos que Él iba a ser el Redentor de Israel y no pasó nada. Hace tres días, hace tres días que pasó esto, pero no vemos que nada ha ocurrido." Ahora esta es gente animada. Estaban llegando al sitio adonde iban ya, después de dos horas y media, diez kilómetros de caminata, y ellos están invitando al extraño: "Quédate con nosotros." Obviamente estaban animados con lo que estaban escuchando; yo estaban entusiasmados con el relato, con la enseñanza: "Quédate con nosotros." Una persona decepcionada y deprimida no está invitando a otro a que se quede en su casa; lo que quiere es estar sola. Esta gente estaba animada: "Venga, partamos, vamos a ir hablando."

Incluso el versículo 32 dice que, antes de reconocerlo, sus corazones ardían. Cuando escuchaban las Escrituras siendo explicadas, había un entusiasmo, un ánimo nuevo, una esperanza. Ellos comenzaron a ver a Cristo como debían verlo, y cuando yo comienzo a ver a Cristo como debo verlo, todo cambia. Cuando yo comienzo a ver a Cristo como lo que es y lo que ha hecho y lo que ha ocurrido, todo cambia. Y había un fuego ahora en ellos; estaban emocionados: "¡Wow, sí, el Señor tenía que sufrir! ¡Claro que Él tenía que pagar por nosotros en la cruz! ¡Claro que esto tenía que ocurrir, esto era así!" Y todo eso fue infundiendo ardor, fuego, ánimo, brillo en ellos.

Y ese brillo lo vemos también cuando dice que ellos ven al Señor, el Señor desaparece, y ¿qué es lo que dice el versículo inmediatamente posterior, el 33? "Y levantándose en esa misma hora..." Señor, ya oscuro, de noche, los caminos peligrosos. Pero el Señor resucitó, ¿qué importa? Vamos a recorrer diez kilómetros para atrás; vamos a decirle a esta gente que el Señor resucitó. Yo me imagino que ahí van hablando en una conversación totalmente diferente de vuelta: "¡Wow, increíble! ¡Cleofas, no lo puedo creer! ¡Cleofas, tú no viste eso! ¡Eso estaba clarísimo!"

"¿Cómo fue que nosotros pudimos ser tan torpes? ¿Cómo tuvimos tanta indisposición espiritual? ¿Cómo no vimos a Dios? ¿Cómo no fuimos más reflexivos? ¿Cómo no tuvimos más confianza en las palabras que Jesús nos había dicho?" Y queda claro que mi sentido de derrota a lo largo de mi vida va a depender de lo que yo crea de Dios, de lo que yo crea que Él ha hecho, de dónde yo crea que Él está, hermanos.

¿Cómo no habría de ser así si el Señor resucitó? ¿Cuál es tu problema? ¿Cuál es tu problema? Dime un problema que tú tengas. "No, es que yo tengo problema económico." Cristo resucitó. Eso significa: confía en Él, espera en Él. No estoy diciendo que eso va a mejorar tu condición de inmediato; lo que eso dice es: tranquilo, confía en Él, espera en Él. Si Cristo resucitó, mi camino cristiano, mi caminar de santidad tiene sentido, porque Él me va a recompensar. Y si Cristo resucitó, el que tiene un camino de perdición y de desvío espiritual, ¡ojo!, vas a tener que poner en claro tus cuentas con Él, porque Él resucitó. La frase "Cristo resucitó", "Jesús resucitó", tiene aplicación a múltiples realidades de nuestra vida.

¿Si Cristo resucitó, cuál es el problema? ¿Qué tenemos nosotros? Y quiero terminar precisamente con eso, hermano. El hecho de que, si en nuestra vida no hay ardor, no hay fuego en nuestro corazón por las verdades del Evangelio, el problema no está en el fuego del Evangelio sino en la leña del corazón. Está mojada con las cosas de este mundo. No está lo suficientemente ávida de Dios.

Y te pregunto: ¿Qué es más característico en tu caminar cristiano? ¿Qué caracteriza tu caminar cristiano si alguien lo ve desde afuera? ¿Un sentido de desilusión, de apatía y de derrota, como el típico del que viene de un entierro, como lo tenían estos discípulos? ¿O tu caminar se caracteriza por el gozo, la victoria, la esperanza y la gloriosa anticipación de que Él vendrá? Todo depende de cómo tú veas la resurrección y cómo tú veas a tu Señor.

Es mi oración que, así como los ojos de ellos fueron abiertos, los nuestros hoy sean abiertos a una realidad gloriosa. Cristo ha resucitado y Él ganó una vez y para siempre. Ya no hay más batallas, no hay más guerras; Él ganó una vez y para siempre. Por eso la Biblia dice que por medio de Cristo nosotros somos más que vencedores.

Esta es una producción que llega hasta ustedes gracias a los aportes de individuos y empresas comprometidos con la defensa de la fe. Para más información, preguntas y comentarios, visite nuestra página de internet www.integridadysabiduria.org. En esta página encontrará información sobre la producción de este y otros recursos que ponemos a su disposición, como también las formas en las que usted puede contribuir con la producción de programas como estos. Les invitamos nuevamente a visitar nuestra página de internet www.integridadysabiduria.org. Será hasta la próxima, cuando nos reencontremos en Su Palabra.

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.