Integridad y Sabiduria
Sermones

Resurrección en tiempo de confusión

Miguel Núñez 12 abril, 2020

La confusión que ha invadido al mundo en medio de esta pandemia tiene una raíz más profunda de lo que muchos reconocen: la incredulidad en un Dios que gobierna desde los cielos, que no ha sido sorprendido por este virus, y que persigue propósitos específicos a través de él. Mayor confianza en el Dios soberano significa menor confusión, porque la confianza remueve las dudas, los temores y la angustia. Abraham ofrece el ejemplo supremo: cuando Dios le pidió sacrificar a su hijo, comenzó los preparativos sin confusión ni preguntas, entendiendo que si Dios pedía algo, tenía un plan detrás de la petición.

El primer domingo de resurrección también estuvo marcado por la confusión. Las mujeres llegaron perplejas a la tumba vacía; los discípulos, aterrorizados, pensaron que veían un fantasma cuando Cristo se les apareció. Jesús les había anunciado al menos tres veces que moriría y resucitaría, pero no le creyeron. Su fe era insegura, inmadura, incapaz de comprender las cosas espirituales. Sin embargo, algo transformó esa fe débil: la venida del Espíritu Santo, el mismo poder que levantó a Cristo de entre los muertos.

Ese poder ahora mora en cada creyente. Pablo lo declara en Romanos 8: no hemos recibido un espíritu de esclavitud para volver al temor. Si la muerte, nuestro peor enemigo, fue conquistada, ¿por qué vivir aterrorizado por un virus? El temor es real, pero irracional cuando tu peor amenaza ya fue vencida. Este tiempo de pandemia es una invitación a reflexionar, a examinar el corazón, y a vivir cada día en el poder de la resurrección.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Nuestro siguiente servicio será realizado sin público presente. Damos gracias al Señor por la oportunidad que nos da de estar unidos como iglesia, en oración y adoración, aún desde nuestros hogares en la intimidad familiar. Recordemos que la iglesia no es un edificio; somos cada uno de nosotros en quienes mora la presencia del Espíritu Santo. Es nuestra oración que el Señor siga obrando en nuestras vidas en medio de estos tiempos como los que estamos viviendo.

Yo meditaba sobre esta mañana, en el día de ayer, lo que sería esta mañana, y pensaba que esta era la primera ocasión que a mí me iba a tocar —y creo que a nosotros los pastores en general— predicar a un auditorio vacío en un domingo de resurrección. Esto es como una contradicción, porque normalmente los edificios de las iglesias o los templos, dependiendo de cómo cada quien los llame, me entienden, tienden a llenarse en fechas como estas, precisamente por lo increíble del evento que nosotros recordamos en días como estos. Yo creo que una ocurrencia de este tipo —que un domingo de resurrección, donde usualmente las iglesias están llenas, hoy estén vacías— tiene un significado mucho mayor de lo que quizás lo estén teniendo para mucha gente. Yo creo que solamente el tiempo nos dirá; el tiempo es el gran revelador de aquello que Dios estaba haciendo, quiere hacer, va a hacer, pero yo creo que tenemos que esperar.

Yo también diría que este es el primer domingo de resurrección que a mí me toca predicarle a una población que está en medio de una confusión colectiva. No recuerdo, en mis años en que he predicado y enseñado, haber tenido la ocasión, en un domingo de resurrección, de predicarle a una población que se encuentra confundida, que se encuentra desmoralizada de manera colectiva y global. Yo creo que esta es mi primera experiencia de ese tipo.

Nosotros estamos, como todos sabemos, en medio de una pandemia, en medio de una pandemia de un virus cuyo comportamiento y efectos sobre la salud humana todavía no son del todo conocidos. Yo creo que estamos aprendiendo, pero prácticamente todos los días —y puedo decirlo en mi calidad de médico— yo recibo información nueva, mucha, y con frecuencia incluso información cambiante acerca de cosas que pensábamos que conocíamos acerca de este virus. La información es mucha; la información es compleja en la gran mayoría de los casos para la población, y lamentablemente, como mencioné el domingo pasado, la información también es muchas veces de mala calidad, y todo eso contribuye al estado de ansiedad, de confusión y de pánico en que la población vive. Yo creo que debemos estar conscientes de esto, y lo hemos dicho ya, pero es bueno seguirnos situando en el contexto en el que predicamos: que el mundo ya se encuentra en confusión debido a este coronavirus.

Sin embargo, mientras reflexionaba sobre esto, yo creo que estos son días de reflexión más que de mensajes que inyectan ánimo, estímulo y pasión. No digo que no debiéramos tener eso, pero yo creo que eso es algo que debe venir después de haber reflexionado. Es como cuando tú quieres tomar un impulso: antes de hacerlo, te devuelves un poco, reflexionas y piensas cómo vas a tomar ese impulso. Entonces, para mí estas semanas han sido de profunda reflexión personal, y al final del camino, yo creo que la confusión se debe mayormente a una incredulidad.

Incredulidad en un Dios que gobierna desde los cielos. Incredulidad en un Dios que no ha sido sorprendido por esta pandemia; de hecho, es una pandemia que Él la tenía programada para un tiempo como este. Incredulidad en un Dios que está persiguiendo propósitos específicos a través de esto que nosotros estamos pasando. De hecho, el pastor Piper, que escribió un libro corto recientemente llamado *El coronavirus y Cristo*, habla en su libro —y tiene un pequeño video— acerca del mensaje de que Dios está llamando al mundo entero al arrepentimiento, y finalmente se están oyendo voces de ese tipo, como que la reflexión ha comenzado a calar en una dirección donde no fue inicialmente donde comenzó.

Dios está persiguiendo propósitos; yo puedo verlo incluso en mi propio ministerio y vida: a nivel personal, a nivel matrimonial, a nivel eclesiástico, a nivel de naciones y quizás a nivel global. No hay duda de que Dios está haciendo —como se diría en inglés— a *zillion* de cosas, un número inmenso de cosas en medio de todo esto. Pero lo cierto es que aquellos que confían en Dios de manera incuestionable, hermano, no están en confusión. Eso no quiere decir que yo entienda lo que Dios está haciendo; eso tampoco quiere decir que yo pueda predecir lo que Dios va a hacer. Pero aquellos que confían en Dios de manera incuestionable están tranquilos, porque como bien dice la Palabra, Él mantiene en perfecta paz, guarda en perfecta paz a aquellos que en Él confían.

Aquellos que confían en Dios completamente, absolutamente, sin cuestionamiento, Dios garantiza guardarlos en paz en medio de algo que ellos no conocen y que necesitan esperar para ver los propósitos de Dios. Dicho de otra manera: mayor confianza en el Dios soberano del cielo y la tierra, menor la confusión que yo experimento. Y la forma como eso ocurre es que mi confianza en Dios remueve mis dudas, remueve mis temores, remueve mis interrogantes, remueve mi preocupación y angustia.

Y si alguien me preguntara: "Pastor, ¿usted me pudiera dar un ejemplo en la Biblia de donde usted ve eso?", hay más de un ejemplo, pero quizás con uno solo basta. Dios se le aparece a Abraham y le pide que sacrifique a su hijo, y Abraham comienza la preparación para el sacrificio. Y como él confió en Dios, él comienza dicha preparación sin confusión, sin preguntas, sin dudas, sin temor, sin angustia, totalmente entendiendo que si el Dios que le había dado vida a su hijo le había pedido que le entregara dicha vida, Dios tenía un plan en la petición. Abraham llegó a entender eso con mucho menos revelación que nosotros; apenas en el libro del Génesis, ¿cuánto conocía Abraham de lo que nosotros conocemos hoy en toda la Biblia? Muy poco. Y sin embargo, Abraham confió en ese Dios, sabiendo cosas que fueron reveladas mucho más posteriormente en libros como Lamentaciones.

Es esclarecedor lo que Dios dice después de la destrucción de Jerusalén en Lamentaciones 3:37-39, y leo de la Nueva Versión Internacional: "¿Quién puede anunciar algo y hacerlo realidad sin que el Señor dé la orden?" Eso es en todos los ámbitos. Este fin de semana, creo que fue el sábado, cinco volcanes distintos entraron en erupción: el Krakatoa definitivamente en Indonesia con una gran explosión, luego otro en Guatemala, y así sucesivamente. ¿Quién puede hacer que esa realidad ocurra sin que Dios dé la orden? "¿No es acaso por mandato del Altísimo", dice el versículo 38, "que acontece lo bueno y lo malo?" ¿No es acaso ese mismo Dios que ordena, que permite en un caso y que activamente ordena, el que hace que lo bueno y lo malo pudieran ocurrir?

Jeremías estaba viviendo en un tiempo particular —y todo esto es como introducción, como una manera de situarnos en el contexto que estamos viviendo—, pero a Jeremías le tocó vivir en el contexto de esas palabras. Él sabía que la destrucción de Jerusalén guardaba una relación directa con el pecado del pueblo, y es por eso que después de pronunciar estas palabras, cuando dice "¿No es acaso por mandato del Altísimo que acontece lo bueno y lo malo?", Jeremías dice lo siguiente, un versículo más adelante: "¿Por qué habría de quejarse en vida quien es castigado por sus pecados? Hagamos un examen de conciencia y volvamos al camino del Señor." Jeremías estaba consciente: no nos podemos mover hacia adelante sin primero volver hacia atrás, hacer un examen de conciencia y volver al Señor.

Daniel estuvo consciente de esto que Jeremías entendió. Nehemías estuvo consciente de esto que Jeremías entendió, porque cuando estaban en Babilonia en el exilio —inmediatamente después del tiempo en que Jeremías había servido a Dios como profeta, mientras Jeremías probablemente se quedó en Jerusalén y ellos se fueron al exilio, cada uno en tiempos distintos—, antes de ver la restauración del remanente de regreso a Jerusalén, ellos oraron y dijeron: "Oh Señor, yo y mi pueblo hemos pecado contra ti." Ahí están: Daniel reflexionando en Babilonia en un tiempo distinto al de Nehemías, y Nehemías reflexionando también en Babilonia pero en otro tiempo más adelante, ambos pensando de la misma manera que Jeremías pensó.

Y aquí estamos nosotros en medio de esta pandemia: un millón 792,768 casos hasta hace aproximadamente una hora, 109,785 muertos, con una mortalidad global que ha ido aumentando poco a poco, probablemente en la medida en que países menos capacitados han podido responder a la pandemia, andando por un 6% aproximadamente. Es obvio que no todo el mundo ha sido afectado por este virus debido a un pecado particular; es obvio que hermanos cristianos que quizás vivían en vida de santidad han sido afectados y quizás han perdido su propia vida. Pero también es obvio que nosotros vivimos en un planeta caído donde las consecuencias ocurren, pero que Dios las maneja con la intención de usarlas como su megáfono —como decía C. S. Lewis— para que el hombre pueda finalmente prestar atención a sus llamados.

Y Dios ha querido, está queriendo llamar al mundo al arrepentimiento, como dice Piper, y de manera particular a su iglesia, como el mismo Piper cita en su libro hablando de 1 Pedro, cuando dice que es tiempo de que el juicio comience y que comience por la casa de Dios, y dentro de la iglesia en particular al liderazgo de la iglesia que dirige al pueblo de Dios. Todo esto en medio de situaciones duras, difíciles y penosas.

Pacientes muriendo, en ocasiones no solo en países del tercer mundo, sino en países del primer mundo, en pasillos, sin la posibilidad de obtener oxígeno por la cantidad de pacientes que llegaron. Y como expresaba dolorosamente la hija del presidente del Banco de Santander: "Nosotros tuvimos dinero y mi papá murió como fruto del coronavirus, necesitando algo que es gratis: aire." Nosotros no podemos escuchar esas frases, no podemos alegrarnos, no podemos decir: "¡Ah, ahora lo aprenden!" Tenemos que dolernos y reconocer que lo mejor de este mundo no se compra, que lo mejor de este mundo no tiene precio, que lo mejor de este mundo es obtenido por gracia, por medio de la fe en Cristo Jesús.

Lamentablemente, el ser humano ha preferido comprar aquello que le puede beneficiar, ya sea por dinero o por obra, pero la sangre del Unigénito de Dios no tiene precio. Hace apenas dos días celebrábamos e hicimos una producción especial para recordar la muerte del Hijo de Dios, la muerte para salvación de hombres, de vidas humanas. Para salvarlos —si pudiéramos usar la ilustración— del peor virus que pudiera infectar a la raza humana y que le ha infectado de manera absoluta desde Adán hasta nuestros días: el virus del pecado. Y para redimir incluso toda la creación, porque en ese proceso estamos. No es simplemente que Dios va a atraer salvación a personas individuales; no, Dios está en el proceso de redimir toda la corrupción y todo el deterioro en que la creación cayó a la entrada del pecado. La creación gime con dolores de parto hasta el día de la redención, dice el apóstol Pablo.

Pablo, en su libro, dice que esta pandemia pone de manifiesto lo horrendo que es el pecado, y que la única razón por la que estamos pasando por estas calamidades es porque un día una pareja se le ocurrió desafiar la ley de Dios. Hace mucho tiempo atrás, esa pareja no tenía conocimiento de las pandemias que vendrían sobre el mundo ni de los millones de personas que morirían. Pero al final del camino, ellos son responsables —al desafiar la ley de Dios— de todo el desastre que vino detrás. Sin embargo, desde entonces, creyentes y no creyentes, sobre todo aquellos sobre quienes se invoca su nombre, han desafiado su ley, profanado su nombre, manchado su causa, trivializado la cruz y disfrutado de aquello que llevó a Cristo a la cruz: su propio pecado. Por eso algunos estábamos diciendo: Dios está purificando su iglesia; Dios está llamando al mundo a la salvación.

Esto es lo que me perdonen si he citado a Piper varias veces, pero me llamó la atención su libro y quise darle una ojeada el día de ayer. Una de las cosas que él dice es que esta pandemia nos deja ver el horror moral del ser humano, y lo dice porque el coronavirus es una consecuencia natural y un reflejo de la descomposición espiritual y moral en que cayó el mundo cuando Adán cayó. En otras palabras, no necesariamente Piper está diciendo que esta pandemia afecta solamente a aquellos que han estado viviendo con una descomposición moral. Pero el mundo cayó en una descomposición moral de la cual nosotros no nos percatamos hasta que grandes consecuencias ocurren, y entonces como que caemos en cuenta de que verdaderamente vivimos en un mundo de decadencia, de corrupción, de deterioro. Y cuando esas cosas se nos lanzan a los ojos, entonces entendemos que aquello que ocurrió en la caída fue tan horrendo que estas son sus consecuencias, que estamos ante la realidad del horror del pecado.

El coronavirus mata gente en ocasiones, pero no es ni cerca nuestra mayor amenaza. Esto es como Cristo lo dijo en Mateo 10:28: "Y no temáis a los que matan el cuerpo" —ese es el coronavirus, o los seres humanos, pero le estoy aplicando— "pero no pueden matar el alma. Más bien, temed a aquel que puede hacer perecer tanto el alma como el cuerpo en el infierno." La razón por la que Cristo vino en un fin de semana como este es precisamente por esa realidad, porque hay alguien que puede hacer perecer el cuerpo y el alma como fruto del virus del pecado que nos infectó y que nos corrompió de tal manera que solamente la sangre del Unigénito de Dios, derramada en un madero en un viernes como este que acaba de pasar —como llamamos Viernes Santo— y luego la resurrección tres días después del mismo Cristo, puede librarnos de tal mortalidad.

Como médico, cuántas veces —yo creo que a diario— me he encontrado con personas en las clínicas y fuera de las clínicas aterradas por el coronavirus. Me he encontrado pacientes, me he encontrado familiares, he hablado con médicos que han sido afectados, y todo el mundo parece experimentar la misma sensación de pánico. Pero no me he encontrado con ningún cristiano que esté experimentando terror por la posibilidad de que él o su familiar pueda morir sin conocer a Cristo; alguna preocupación en ocasiones, pero terror, no. Cristo dice: "No temas a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; más bien teme al que puede hacer perecer el alma y el cuerpo en el infierno."

Cada vez que estoy frente a uno de estos pacientes, hoy en día me pregunto: si Dios me ayuda a sanar a este paciente y un año, o diez, o quince, o veinte años después él muere y pasa a la condenación eterna, ¿realmente yo le ayudé en gran manera? Y esto nos ayuda a reflexionar acerca de la importancia de este fin de semana. El mundo está en confusión, pero está en confusión porque no está analizando cuál es su mayor amenaza, no está comprendiendo lo que Dios está haciendo y, otra vez, no cree que Él lo está haciendo.

Bueno, esa confusión ha caracterizado a la humanidad. El primer domingo de resurrección fue caracterizado por confusión, y la razón primaria de la confusión de ese primer domingo es la misma razón de la confusión hoy en día: la incredulidad. Comenzamos hablando de eso: la incredulidad en un Dios que está en control desde el cielo y está en control de la tierra, de todos los eventos, que sabe lo que está haciendo, que tiene un propósito, que está persiguiendo metas y destinos específicos. Esta incredulidad en ese Dios fue la misma incredulidad que invadió a aquellos que ese primer domingo fueron a buscar al Señor Jesús en una tumba donde Él no se encontraba.

La Palabra de Dios nos habla de que ese primer domingo —dice Marcos 16:1— que fue María Magdalena, y fue Salomé, y fue María la madre de Jacobo, que fueron las tres mujeres. Si fueron juntas, se juntaron allí en aquel lugar; van buscando al Señor, y cuando encontraron la tumba vacía, escucha lo que los textos de los evangelios dicen: se llenaron de confusión. El Señor les había anunciado por lo menos tres veces que Él iba a morir, que iba a padecer, que iba a resucitar al tercer día, y sabes que no le creyeron. Había una incredulidad que generó luego la confusión, porque esto es lo que ocurre.

Juan 20 nos dice cómo es que estaban pensando en su incredulidad. Se le aparece —en sus mismos pasos— se le aparece María Magdalena. Imagina que el Señor le haga la primera aparición a una mujer que había sido liberada de su pecado. "Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?" Ella, pensando que era el hortelano, está frente a Cristo y piensa que es el que cuida el huerto, el hortelano, y le dice: "Señor, si tú le has llevado, dime dónde le has puesto y yo me lo llevaré." En su confusión, María Magdalena —y probablemente las otras mujeres— no pudo recordar las palabras de Cristo de que tres días después Él iba a resucitar, porque ninguno de ellos creyó lo anunciado, como hoy tampoco muchos creemos en el control de ese Dios soberano sobre lo que le está ocurriendo al mundo. La confusión se había apoderado de ellos.

Escucha cómo Lucas 24, donde vamos a pasar la mayor parte del tiempo que nos queda, revela esta confusión en estos discípulos: "Y aconteció que estando ellas perplejas" —eso no es una palabra sencilla ni cotidiana; perplejas: ellas no tienen ni idea, no se les ocurrió considerar si esto fue de lo que nos habló—. Ciertamente aquí no hay cuerpo; de hecho, los lienzos estaban tal cual habían sido colocados. De acuerdo a los estudiosos del lenguaje original, nos dejan conocer que aparentemente, tal cual Cristo fue envuelto, así Él como que se salió de ellos y así mismo quedaron intactos. Estaban perplejas por esto. "De pronto se pusieron junto a ellas dos varones con vestiduras resplandecientes, y estando ellas aterrorizadas, perplejas, e inclinados sus rostros a tierra, ellos les dijeron: '¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?'" En otras palabras, eso es ilógico: ustedes recibieron la información de parte de Él. "No está aquí, sino que ha resucitado."

Escucha lo que los ángeles hacen: "Acordaos de cómo os habló cuando estaba aún en Galilea, diciendo que el Hijo del Hombre debía ser entregado en manos de hombres pecadores" —y eso pasó— "y ser crucificado" —y eso pasó— "y al tercer día resucitar" —y eso ha pasado.

Entonces, ellas se acordaron de sus palabras y, regresando del sepulcro, anunciaron todas estas cosas a los once y a todos los demás. Te das cuenta de la importancia, y hemos estado diciendo eso en el último tiempo: de volver a recordar lo aprendido. Ellos sabían estas palabras, pero en su incredulidad se confundieron. Eso es uno de los problemas: la confusión frecuentemente está directamente relacionada a cierta incredulidad, y con frecuencia también la incredulidad está relacionada a esto.

Y regresaron del sepulcro y anunciaron estas cosas a los once y a todos los demás. Después de aparecérseles a estas mujeres, en algún lugar no específico, el Señor se le aparece a Simón Pedro, en ese mismo día en que lo había negado. Un poco más tarde, el Señor se les aparece a dos discípulos que van camino a Emaús. Ellos van hablando de los acontecimientos del fin de semana, Jesús se les aparece y ellos no le reconocen. Eran discípulos de Jesús, de manera que debieron haberle reconocido, pero no lo reconocieron.

Jesús se hace como que no sabe nada y comienza a conversar con ellos. Ellos cuestionan a Jesús y le dicen: "¿Eres tú el único que no sabe lo que ha ocurrido este fin de semana?", siendo Jesús, verdad, quien verdaderamente sabía lo que había ocurrido. Esos dos discípulos, así lo hicieron: bueno, le invitaron a que siguiera con ellos, para que pasara la noche. Jesús accede momentáneamente, sigue con ellos, llega la hora de la cena, se sienta con ellos, y al momento de partir el pan, ahí, frente a sus ojos, desaparece. Y ellos hicieron lo mismo que hicieron las mujeres: corrieron a los once apóstoles a dar la noticia.

Primero se le aparece a María Magdalena, luego se le aparece a Pedro, luego se le aparece a estos dos discípulos que iban camino a Emaús. Y estos discípulos contaron que Jesús desapareció frente a ellos. Y levantándose en esa misma hora, levantándose de la mesa, ahí cuando Jesús desaparece, ellos no podían quedarse quietos. Se levantaron y en esa misma hora regresaron a Jerusalén. Estaban en Emaús y volvieron a Jerusalén, y allá se habían reunido los once y los que estaban con ellos.

Decían: "Es verdad que el Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón." Y ellos contaban sus experiencias en el camino y cómo le habían reconocido en el partir del pan. Mientras ellos relataban estas cosas, Jesús se puso en medio de ellos; se les apareció a los once. Ellos están contando la experiencia de esos dos discípulos que iban camino a Emaús, llegan, están hablando con los once, y de repente Jesús, sin que las puertas se abrieran, aparece en medio de ellos.

Y uno diría, ¿qué piensas que ocurrió? ¿Que ellos saltaron de júbilo, gritaron "¡Gloria a Dios, aleluya! ¡Esto es lo que creíamos, esto es lo que esperábamos, lo has cumplido!"? No. Fíjate: ellos, aterrorizados y asustados —ahí está la confusión—, pensaron que veían un espíritu. Yo voy a sufrir, lo anunció, lo hizo. Yo voy a ser crucificado, ocurrió. Al tercer día voy a resucitar, ocurrió. María Magdalena lo vio, Pedro lo vio, los dos discípulos camino a Emaús lo vieron. Jesús se aparece y su primera conclusión es: "Esto es un espíritu, esto es un fantasma." La incredulidad genera confusión, y eso es donde estamos: en medio de esta pandemia, la incredulidad en la soberanía de Dios está generando confusión.

Y Él les dijo: "¿Por qué estáis turbados? ¿Y por qué surgen dudas en vuestro corazón?" Es como si Jesús hubiese dicho: "Yo no entiendo; yo lo anuncié una vez, dos veces, tres veces. Ahora se los anuncié a través de estos otros discípulos, ¿y todavía tienen duda? ¿Por qué surgen estas dudas?" La inseguridad y la confusión fue la primera reacción de los discípulos al verle resucitado. Tres palabras describe Lucas en Lucas 24: aterrorizados, asustados y turbados. Su fe era una fe insegura.

Si hubo algo que marcó la fe de los discípulos fue su inseguridad y la confusión. Como ya les leí en Lucas 24:37, estaban aterrorizados. La pregunta es: ¿qué es lo que aterroriza al ser humano? Porque no es simplemente la aparición de Cristo lo que nos aterroriza. Honestamente, yo no he visto a Cristo, y ninguno de nosotros ha dicho haberlo visto; no ha habido nadie en esta iglesia que hable de que Cristo se le ha aparecido. De manera que no es eso lo único que aterroriza al hombre. He visto a mucha gente con mucho temor, sobre todo cuando su vida corre peligro.

Lo que aterroriza al hombre, por un lado, es todo lo que él no puede explicar. Él prefiere la ciencia, porque la ciencia le ayuda a explicar las cosas; aunque muchas veces tenemos que corregir a la misma ciencia, como que la ciencia le da cierta seguridad, en esa explicación que le ofrece. Pero explicar a Dios no es cosa fácil. Dios es en cierto modo misterioso. Es como el famoso teólogo que llamaba a Dios el "Misterium Tremendum", como un misterio tremendo. Por eso los milagros de Jesús, con frecuencia, debieron haber llenado a los discípulos y a los que observaban de gozo; pero, sabes, con frecuencia cuando lees los evangelios, los milagros de Jesús llenaron a la gente de temor. Milagros que debieran llenarte de gozo los llenaron de terror y de pánico, porque no podían explicarlos.

Lo que ocurre es que aquella cosa que yo no puedo explicar, tampoco la puedo controlar. La cosa que yo controlo, pues yo la puedo explicar. Entonces, al hombre lo llena de pánico lo que no puede explicar y lo que no puede controlar. Esta pandemia en la que nosotros estamos: no la podemos explicar, no entendemos cómo se está esparciendo tan rápidamente, no entendemos todavía perfectamente bien cómo se inició, mucho menos la hemos podido controlar, y mucho menos podemos comprender el daño que está causando. Y eso ha llenado al hombre de terror. Lo que el hombre no puede entender, no puede explicar, no puede controlar, lo llena de pánico, a menos que él entienda que, aunque no puede explicar, entender ni controlar esas cosas, él conoce a un Dios que sí puede hacer todas esas cosas. Y puede confiar de manera que sea guardado por ese Dios en perfecta paz, porque en Él ha confiado, como dice Isaías 26:3.

Ahora, yo creo que Dios tiene menos problemas con nuestros temores que los problemas que tiene, por así decirlo, con nuestras dudas. Pienso de esa manera porque Dios sabe que nosotros somos polvo, y al polvo volveremos; somos criaturas indefensas, criaturas muy limitadas, que podemos ser amenazados en cualquier momento por múltiples cosas. En ese sentido, no creo que Dios tenga tantos problemas con nuestros temores. Sí creo que Dios tiene problemas con mis dudas después de que Él ha revelado. Porque en esencia, mis temores hablan de mí, hablan de mis carencias, hablan de mi carácter, y en un sentido Dios no debe tener problemas con eso, conociendo que soy criatura y sobre todo que soy caído.

Pero mis dudas, una vez que Dios ha revelado cosas como su control soberano —mis dudas sobre una resurrección que ha sido anunciada dos, tres veces—, yo creo que eso sí le genera un problema, porque mis dudas sobre su revelación proyectan una sombra sobre su carácter. Ya no es el mío el que está en juego: es el carácter de Dios. Dios no tiene problemas con mis temores. Él sabe, y más de trescientas veces —alguien ha hecho los cálculos en la Palabra de Dios— se nos dice "no temas". La primera vez que Dios pronuncia esa palabra de manera revelada, se la pronuncia a Abraham: "Yo soy un escudo para ti; nada puede llegarte sin que pase por mi escudo. Yo te tengo cubierto por delante, por detrás, por arriba, por abajo, por todos lados. Yo soy tu escudo, Abraham." Ahí está Dios, tratando de revelarme las cosas que debieran hacer desaparecer mis temores.

Pero la fe de los discípulos fue una fe insegura. Si Cristo caminó sobre las aguas, aunque pareciera Cristo, decían: "Ese no es Cristo, es un fantasma." Había una inseguridad en su fe. De hecho, Cristo caminó sobre las aguas en medio de la tormenta, o permitió dos tormentas: en una se les apareció y en otra estuvo presente con ellos. La primera vez que Cristo calmó la tormenta, ellos se llenaron de confusión y de dudas, y se hicieron la pregunta: "¿Quién es este, que hasta los vientos le obedecen?" La segunda experiencia de tormenta, cuando Cristo se les aparece caminando sobre las aguas, entonces ellos se arrodillaron y le dijeron: "Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios."

En otras palabras, la primera vez estaban llenos de incredulidad. La confusión de "¿quién es este, que hasta los vientos le obedecen?" respondía a una incredulidad. Ahora que han entendido que este es el Hijo de Dios, ya no están confundidos acerca de quién es Él ni de cómo los vientos le obedecen, porque ya entienden que verdaderamente este es el Hijo de Dios. La fe de los discípulos fue insuficiente, y eso los llenó de dudas.

Lucas 24:38 nos dice que Jesús cuestionó a los discípulos cuando se les apareció en ese lugar, con las puertas cerradas: "¿Por qué surgen dudas en vuestro corazón?" Es como que el corazón quizás quería creer, pero la mente, que no podía explicar esta aparición, porque no habían creído del todo, no se atrevía a creer. Y los primeros días después de la resurrección, la experiencia emocional más común relatada en los evangelios es confusión, pánico, terror y temor.

Escucha Mateo 28:16-17. Cristo ya está a punto de ascender, se está despidiendo, ha estado cuarenta días con ellos, se va. Dice que los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había señalado. Cuando le vieron, le adoraron, mas algunos dudaron, todavía. No solamente resucita, se pasa cuarenta días hablando con ellos acerca del reino de Dios, y cuando Él va a ascender, ya como que un grupo está convencido, le adoran, pero todavía hay otros que dudaron.

Es como que la duda, la incertidumbre, es la característica número uno de la criatura: lo que yo no entiendo, lo que yo no explico, lo que yo no controlo, yo lo dudo. Tú puedes ser médico, tú puedes ser infectólogo, tú me puedes decir que estas cosas funcionan así o no funcionan así, pero sabes que yo tengo mi propia opinión.

Marcos 16:11 y 14: cuando ellos oyeron que Él estaba vivo y que ella lo había visto —María Magdalena—, se negaron a creerlo. No fue que ellos como que tuvieron cierta duda; no, no, ellos se negaron: "Yo no voy a creer eso, eso no es verdad." Después de haber sido anunciado, se apareció en forma distinta a dos de ellos cuando iban camino al campo —esos eran los que iban a Emaús—, y cuando fueron y se lo comunicaron a los demás, pero ellos tampoco le creyeron. Después se les apareció a los once cuando estaban sentados a la mesa, y los reprendió por su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que le habían visto resucitado.

Dos cosas: incredulidad y dureza de corazón. Incredulidad con relación a la resurrección. En el caso que nosotros estamos viviendo hoy, incredulidad en el Dios que controla mi vida, que controla mi enfermedad, si la padezco o no la padezco, el curso de la misma, la duración de la misma, si muero o no muero de ella. Eso causa confusión, pánico, y nos hace dudar.

Yo creo que nosotros dudamos de alguien cuando no le conocemos bien, y la realidad es que la mayoría de los hijos de Dios no necesariamente han hecho el mejor esfuerzo para estar en su Palabra, donde Dios mejor se revela. No le conocen bien. Si no le conozco bien, no puedo creer bien, no puedo confiar bien. Hay algunas personas a lo largo de mi vida en quienes yo he llegado a confiar, y en cada uno de los casos ha sido después de conocerles bien. Si no hay suficiente exposición a su Palabra, no le voy a conocer bien y no puedo confiar bien.

Por otro lado, nosotros vivimos en una generación que está caracterizada por cierta superficialidad, y esa superficialidad se traduce en todos los ámbitos de la vida, incluyendo mis relaciones. Entonces hay una cierta superficialidad en mis relaciones con mis amigos, hay una cierta superficialidad en mis relaciones con mis esposas —hablando de manera general—, hay una cierta superficialidad en mi relación con Dios. Y en esa superficialidad no puedo llegar a conocer bien a nadie, incluyendo a Dios, y eso no me permite confiar, y por tanto me lleno más de dudas ante las circunstancias difíciles.

Dudamos también porque otros nos han fallado; entonces dudamos de todos los hombres, y esa experiencia nos afecta tanto que llegamos a dudar de Dios. Por eso es que Dios en un momento dado dice a través del salmista: "Tú pensaste que yo era tal como tú." O sea, si los hombres te fallan, si tú le has fallado a otro —porque le hemos fallado a otros—, entonces esa experiencia te ha marcado, y consciente o subconscientemente también dudas de Dios, porque piensas que Yo soy como tú.

Nosotros dudamos también con frecuencia porque hemos hecho promesas que no hemos cumplido, y pensamos: "Bueno, Dios ha hecho promesas, pero… a lo mejor no las cumple, a lo mejor cambió de mente, cambió de plan, cambió de opinión." Estamos tan acostumbrados a fallar y a que otros nos fallen, que con frecuencia cuando pensamos en que Dios ha prometido, en que Dios va a actuar, en que Dios está por mí y no contra mí, surgen dudas. Aparecen circunstancias tan adversas en ocasiones en mi vida, que yo llego a pensar: "No puede ser que Dios esté por mí." Cuando en realidad muchas veces la misma adversidad de la circunstancia es la que está diciendo que Dios está por mí, porque es en la adversidad donde Dios quiere visitarnos. Y todo eso le da color a nuestra fe.

Los discípulos experimentaron incredulidad ante la resurrección precisamente porque estaban pensando que Cristo era tal como ellos también eran. Había otra razón para dudar de la resurrección, a pesar de que Cristo lo había dicho y lo había anunciado: es que ellos tenían expectativas, y las expectativas que tenían se vieron frustradas. Ellos esperaban a un Mesías que iba a instaurar un reino político, que les iba a poner en la cúspide de lo que sería el gobierno de las naciones y hacerlos cabeza y no cola, como dice el libro de Deuteronomio.

Llegar al viernes con toda tu esperanza —sabes que las cosas como que no van luciendo bien, pero todavía no ha terminado— y encontrarte con que el súper mega gran Mesías, por usar palabras coloquiales, ese que venía a conquistar el mundo y a establecerlos como nación y hacerlos cabeza, encontrar a ese hombre desangrándose, herido, clavado… ¡qué desilusión, qué decepción! "Sí, él dijo que iba a resucitar, pero yo no voy a poner mi esperanza en eso, ¿no? Porque yo puse mi esperanza en que no se iba a dejar vencer, y mira, en un madero." Maldito de hecho, eso es lo que dice el Antiguo Testamento: maldito todo aquel que muere en un madero. "Yo pensaba que estaba el bendito de Dios, el Hijo de Dios, el unigénito de Dios, el Mesías esperado, y así, en un madero."

Entonces, como no entiendo a Dios, como no puedo controlar la experiencia del madero, como no puedo controlar lo que le está pasando a mi Mesías, como no lo puedo explicar, me lleno de dudas, de incredulidad. Pero en el fondo la incredulidad está en la revelación de Dios, en el carácter de Dios, porque yo quisiera creerle a Dios siempre y cuando yo pueda entender lo que Dios está haciendo. Hay cosas que están reveladas en la Palabra que todavía no entendemos, y como no las entendemos, preferimos no creerlas. Pero no las entiendas o no: eso es como es, porque eso es como Dios lo ha revelado.

De manera que la fe de los discípulos era insegura, era insuficiente, era inmadura, siempre dependiente de señales; querían siempre una señal. Jesús condescendió a la inmadurez de su fe en su gracia y en su misericordia; Jesús podía entender su debilidad. Y cuando Tomás dice que no va a creer a menos que Jesús le haga una aparición especial, eso es orgullo.

Ustedes pudieron haberlo visto, pero yo no estaba. Como yo no estaba, a menos que en alguna aparición tan igual a la como la hizo ante ustedes, yo no voy a creer. Y Jesús condescende y se les aparece a Tomás. "Mirad mis manos y mis pies, que soy yo mismo. Palpadme y ved, porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo." Eso es Lucas 24, todavía, en el versículo 39. Y cuando dijo esto, le mostró las manos y los pies. Como esto todavía no lo creían a causa de la alegría y de que estaban asombrados —ahora es como que cae una alegría, como que la misma alegría les impedía creer—, les dijo: "¿Tenéis algo aquí de comer?" Entonces le presentaron parte de un pescado asado, y lo tomó y comió delante de ellos.

Es como si dijera: "¿Ustedes quieren creer verdaderamente que soy yo? Soy yo, no es un espíritu. Denme comida; me la voy a comer delante de ustedes para que finalmente puedan llegar a creer lo que hasta ahora no habían creído. Mis manos, mis pies traspasados, todavía no les convencen. Denme algo de comer."

Ahora, esa fe inmadura la voy a caracterizar rápidamente. Fue eventualmente transformada, que es donde yo quiero aterrizar el sermón. Anci Clarence Dixon fue pastor de la Iglesia del Instituto Moody del año 1906 al 1911. Él predicó un famoso sermón en el Metropolitan Tabernacle, la iglesia donde Spurgeon predicó por muchos años. En ese sermón, lo tituló "Una fe creciente", y ahí habló de cuatro señales de una fe débil.

Lo primero que él menciona es que una fe débil siempre demanda señales y evidencias. Como Tomás: tenía una fe débil. "No, yo necesito evidencias y yo necesito señales. Yo necesito poner mis dedos en las llagas; ni siquiera verlas, porque quién sabe si eso es una especie de fantasma con llagas. Yo necesito tocarlas." Si es una fe débil, necesita algo más de lo que ya Dios ha revelado para creer. Las tres veces que Jesús anunció antes de morir que iba a resucitar no fueron suficientes. El relato de las mujeres no fue suficiente. El de los dos discípulos de Emaús no fue suficiente. El de los diez discípulos que estaban ahí en otra ocasión, pero Tomás tampoco estaba, no fue suficiente. Él necesitaba una señal.

Característica número dos de una fe débil: es una fe que para ser llevada a Dios siempre tiene que ocurrir algo extraordinario. Puede ser algo global como esta pandemia, pero puede ser un hijo que se enferma, un accidente de tránsito, algo que me toca a mí mismo. En esas circunstancias grandes y severas, esa fe es llevada a Dios, es empujada hacia Dios, y ahora el creyente comienza a acercarse de una forma que no lo había hecho por meses o por años. Es una fe débil; es una fe que cree, pero hay que empujarla para creer.

Una tercera señal de una fe débil, según ese predicador, es una fe que le dicta a Dios lo que debe hacer. Le dice a Dios sus sugerencias. Cristo, con una fe inquebrantable, dijo: "Señor, si es posible que esta copa pase de mí, pero que se haga tu voluntad y no la mía." Ahí no hay ningún dictado de nada: "Lo que tú quieres." No es el caso de Juan y Jacobo, que le dicen al Señor —mandan a su mamá primero y le dicen—: "Mamá, tú puedes hablar con el Señor, a ver si cuando Él venga en el reino de los cielos nos da la posición a la mano derecha y a la mano izquierda." Y la mamá intercedió, pero no se la concedió. Entonces fueron ellos mismos en otra ocasión, personalmente, a pedir la misma cosa. Como Pedro, cuando en Samaria no lo quisieron recibir y él dijo: "Señor, ¿quieres que hagamos venir fuego del cielo?" Esa fe débil siempre está sugiriéndole a Dios, a su manera, de qué forma Él pudiera obrar, porque ellos tuvieron una idea que quizás Él no había pensado, como quemar esas villas de Samaria.

Una cuarta señal de una fe inmadura: es una fe impaciente, que no sabe esperar. Sara no supo esperar al hijo de la promesa y le hizo una propuesta a Abraham, que resultó ser honesta. La fe débil e inmadura es una fe que no sabe esperar.

Yo agregaría que una fe débil es una fe que no cree lo que oye sino lo que quisiera oír. Los discípulos oyeron: "Yo voy a padecer, yo voy a morir y yo voy a resucitar." Y saben qué, ni siquiera tenían que esperar mucho: tres días. Jesús les dijo: "Si ustedes quieren ver la realidad de eso, yo no estoy haciéndoles esperar dos mil años. Les estoy anunciando que les voy a dar menos de 72 horas —contadas en la manera como ustedes contaban el tiempo—, tres días, para que comprueben lo que les estoy diciendo." Una fe débil es una fe que no cree lo que oye de parte de Dios; en este caso, lo que se lee en la Palabra. Los discípulos lo oyeron, pero esa fe débil cree lo que quiere oír.

Por eso, en Lucas 24:44, cuando Jesús se les apareció a los dos discípulos camino a Emaús, Él dice: "Esto es lo que yo os decía cuando todavía estaba con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo que sobre mí estaba escrito en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos." Lo que estaba escrito. Lo que pasó ya había sido revelado. No solamente Él lo reveló; es que estaba revelado en el Antiguo Testamento, que se supone que ellos conocían. Y aun así no lo creyeron, porque no querían creer lo que estaban leyendo y lo que les habían enseñado, sino lo que querían creer: que Él venía como otro tipo de Mesías.

La fe de los discípulos no solamente era insegura e insuficiente; era inmadura, era incapaz. Era una fe incapaz de comprender las cosas espirituales. Lucas 24:45: "Entonces les abrió la mente para que comprendieran las Escrituras." Les abrió la mente solamente para que aquello que estaba ya claro —¿qué más explicación se requiere para entender?— "Yo voy a padecer a manos de las autoridades, me van a crucificar y al tercer día voy a resucitar." ¿Es eso realmente tan complejo? El problema es que las implicaciones espirituales de esas cosas son tan extraordinarias que, a menos que haya una iluminación espiritual y una apertura del entendimiento, también espiritual, yo no puedo llegar a entenderlas.

Gran parte de nuestro problema radica en que nosotros no conocemos lo que Dios está entretejiendo. Si no lo conocemos, mucho menos lo estamos entendiendo. Sin embargo, tenemos que admitir que no conociendo lo que Dios está entretejiendo, frecuentemente lo juzgamos. Lo juzgamos de injusto. Juzgamos lo que Dios está entretejiendo sin conocerlo, sin conocer el fruto de lo que Él está tramando ni hacia dónde nos quiere llevar. Y sin entendimiento, sí tenemos juicio hacia lo que Él está haciendo.

Por eso es que en los últimos quizás dos años, uno de mis versículos preferidos está en Jeremías 33:3: "Clama a mí y yo te revelaré cosas que tú no conoces, que tú no has visto." Dios revela, me habla, me enseña, me deja ver en Su Palabra, pero también en las circunstancias alrededor. Cristo se quejó en un momento dado de que ellos podían predecir el tiempo cuando veían venir las nubes, cuando veían ciertas señales en los cielos. Nosotros hoy tenemos precisión para predecir, con cierta exactitud, cuándo va a salir el sol, cuándo se va a anublar. Y Él los reprende: "Sin embargo, ustedes no pueden ni siquiera determinar las señales de los tiempos." En otras palabras, están tan densos espiritualmente, tan en oscuridad, que no pueden discernir eso.

Y cuando Él aparece después de la resurrección y camina con los discípulos hacia Emaús, no les habla de cosas nuevas. Lo que hizo fue hablarles de lo mismo que Él ya había hablado. "Así está escrito que el Cristo padecería, resucitaría de entre los muertos, y que en Su nombre se predicaría el arrepentimiento para el perdón de los pecados a todas las naciones, comenzando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas." Lucas 24:47-48. Encima de todo, ustedes son testigos. Va a venir gente como nosotros, que básicamente no estuvo allí. Va a venir gente que nunca va a haber sido testigo de lo que ocurrió, y va a creer. "Bienaventurados los que creen sin haber visto." Pero ustedes vieron y oyeron mis palabras, y no creyeron.

Ahora, para aterrizar el mensaje: la fe de los discípulos, antes de la resurrección y durante los primeros días después de ella, como ya les mostré, era una fe insegura, insuficiente, inmadura e incapaz. Pero algo la hizo cambiar. Algo la hizo cambiar, que también fue anunciado, y está en Lucas 24:49: "Y he aquí, yo enviaré sobre vosotros la promesa de mi Padre; pero vosotros permaneced en la ciudad hasta que seáis investidos con poder de lo alto." El Espíritu Santo fue anunciado de que vendría de parte del Padre, y ellos necesitaban esperar a que eso llegara.

Sus vidas entonces pasaron de ser ordinarias a extraordinarias. Su fe dejó todas estas características. Su fe finalmente se fortaleció de otra manera. Su fe perdió su inseguridad, lo que les permitió morir como mártires. Esa fe insegura, incapaz e inmadura se volvió una fe tan robusta que luego murieron como mártires. Sus dudas terminaron, y ahora ellos desafiaban la autoridad y decían: "Tenemos que obedecer a Dios antes que a los hombres." Su fe fue suficiente para afrontar la soledad, la persecución y las cárceles. Su fe maduró hasta el punto en que ya no necesitaban señales para creer. Habían sido estabilizados. Se convirtió en una fe estable, segura, llena de gozo, suficiente para la vida, suficiente para su trabajo, capaz de resistir y de esperar hasta que Él volviera: 100 años, 200, 500, 1.000, 2.000. No importa; la fe fue transformada por la experiencia del Espíritu.

Ahora bien, ¿por qué esto es vital? Porque todo lo que yo tenía que decir estaba apuntando, literalmente, a ese final.

Resulta que el Espíritu que se ha anunciado ahí en Mateo y Lucas 24, hacia el final de esa sesión, ese Espíritu, dice Romanos 8, dice Pablo, es el Espíritu que levantó a Cristo de entre los muertos. En Romanos 8, Pablo estaba hablando al principio de la lucha que nosotros tenemos con el pecado. Y entonces me está diciendo a mí ahora que yo necesito luchar contra esa carne, no puedo tener una mente puesta en la carne, y que Dios ha tomado el poder que levantó a Cristo de entre los muertos y lo colocó dentro de mí.

Imagínate eso. Yo quiero que tú le des rienda suelta a tu imaginación, porque esto es un poder extraordinario. El poder que levantó a Cristo de entre los muertos es el poder del Espíritu, la tercera persona de la Trinidad. Ese es el poder que a mí me levantó de entre los muertos cuando estaba muerto en delitos y pecados. Y Dios ha dicho que la lucha tuya contra la carne es tan extraordinaria que Él necesita poner dentro de ti un poder extraordinario para poder vencerla.

Escucha ahora a Pablo en Romanos 8: "Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, los tales son hijos de Dios." Versículo 14, versículo 15: "Pues no habéis recibido un espíritu de esclavitud para volver otra vez al temor." ¿Ok? Mi Hijo conquistó el pecado, mi Hijo conquistó la muerte. Después de eso, Él es levantado por el poder del Espíritu. Ese Espíritu es colocado dentro de ti, y no ha sido colocado dentro de ti para que tú vuelvas al temor. ¿De dónde viene tu temor? Tu peor enemigo, tu peor amenaza, fue conquistada: es la muerte. No importa si es por un accidente de tránsito o por un coronavirus, esa muerte fue conquistada, y ese poder vive en ti.

Y ese Espíritu que tiene ese poder guía a todos los hijos de Dios. No puedes volver al temor, nos dice Pablo en Romanos 8. Y aquí está la enseñanza: la vida que nosotros vivimos necesita ser vivida en el poder de la resurrección. ¿Cuál es el poder de la resurrección? El poder del Espíritu. Yo no puedo vivir una vida triunfante en el poder de la carne; eso no existe. Sino en el poder de la resurrección.

La resurrección no guarda relación solamente con la vida venidera. Esa es la razón por la que nos resulta quizás un poco extraña la expresión de que yo tengo que vivir la resurrección. Nos resulta extraña porque yo siempre pienso en la resurrección como que eso es para la próxima vida. Y lamentablemente, no es así, porque la postura de Pablo en el contexto de esa lucha con la carne me está diciendo precisamente que Dios ha puesto el Espíritu de Dios, que levantó a Cristo de entre los muertos, para que yo pueda vencerla.

Déjame leerte a Ray Stedman, el gran pastor muy conocido que pastoreó en California y murió en el año 1992, por 40 años en la iglesia Peninsula Bible Church. Este es un texto extraordinario acerca de la carne, para que tú entiendas la necesidad de que el poder que levantó a Cristo de entre los muertos viva dentro de nosotros. Luego te leeré otro texto, ya concluido, de Eugene Peterson, que nos va a ayudar a entender cómo es que este poder de la resurrección necesita ser vivido día a día.

Esto es lo que Ray Stedman dice: "La carne es abiertamente arrogante, tuya y mía, autoritaria, jactanciosa, lujuriosa, cínica y orgullosa. Así la vemos descrita en Efesios 5." En otras palabras, no se inventó esa descripción. "Pero cuando es llevada contra una esquina por el poder del Espíritu, puede asumir un porte de rectitud y comportarse como piadosa, siendo la carne religiosa, escrupulosa en la moral, celosa por el trabajo en la iglesia e indignada por lo mal hecho, tornándose abiertamente evangélica."

¿Tú vas a creer eso? La carne es rebelde, pero en un momento dado, cuando es empujada hacia un rincón por el poder del Espíritu, de repente ella como que cobra otra apariencia y se vuelve evangélica. Es escrupulosa en la moral; incluso se aíra cuando algo está mal hecho, cuando alguien hace algo mal. La rectitud de la carne es siempre una rectitud falsa, está centrada en el yo y, por lo tanto, no será más que autojusticia.

La carne se puede memorizar la Escritura. La carne puede impartir clases en la Escuela Dominical. La carne puede distribuir tratados, dar grandes sumas de dinero, ofrecer un testimonio conmovedor. Tú puedes ver eso: la carne puede pararse aquí y dar un testimonio que pone a llorar a la gente, dar una clase bíblica, cantar solos o predicar un sermón. Puede incluso pedir excusas de cierta manera y arrepentirse hasta cierto grado, o sufrir con aire de mártir. Pero hay algo que la carne nunca podrá hacer.

Hará todo lo posible por sobrevivir, pero no cederá terreno. Nunca se entregará ni cambiará, nunca se rendirá. Es resbalosa y evasiva, y cuando se ve acorralada simplemente adopta otro disfraz y se aparece de otra forma, pero sigue siendo la misma vieja, fatal y malvada carne. Y lo siguiente es, como dice en inglés, *scary*, aterrador: cuando se ve acorralada, prefiere destrozar tu vida antes que rendirse. ¿Cuántos lo han visto? Se ve acorralada y prefiere destrozar tu vida antes que rendirse: destruye tu vida, tu carrera, tu profesión, tu familia, tu iglesia. Él termina con la pregunta: ¿has podido comprobar la veracidad de esto?

Esa es la carne que tiene que ser vencida por el poder que levantó a Cristo de entre los muertos. Y a menos que Dios ponga ese poder dentro de nosotros, yo no podré vivir la vida cristiana. Esa es la razón de la morada del Espíritu en nosotros. Por tanto, la resurrección y el poder de la resurrección guardan una relación directa con mi vida en el día a día.

Aquí entonces me cito al final a Eugene Peterson. Eugene Peterson fue uno de los grandes hombres de la fe cristiana de los últimos años; murió en el año 2018, un autor muy prolífico. Él escribió un libro que se llamó *Living the Resurrection*, o *Viviendo la resurrección*. Y en ese libro él nos hace la siguiente pregunta: ¿cómo nosotros vivimos la resurrección? Quizás algo que ni te había entrado en tu mente, porque la resurrección siempre es como para la próxima vida. No entendemos eso bien, porque nosotros no pensamos en cómo es que la resurrección guarda una relación conmigo aquí mientras yo estoy vivo.

Y esto es lo que él dice: "Es algo curioso, pero no infrecuente, que los cristianos comienzan bien y gradualmente van empeorando. En vez de progresar como un peregrino de un grado de fortaleza a otro grado de fortaleza, tendemos a regresar. Piensen en algunos cristianos que ustedes admiran. ¿No son muchas veces frecuentemente nuevos conversos? ¿No es eso motivador? Ahora piensen en algunos cristianos que te aburren hasta la muerte. ¿No han sido ellos cristianos por 40 o 50 años? Ellos están gastados, no solamente en el cuerpo, sino también en todo lo demás. Claro, hay excepciones. Perdemos vitalidad. Nos volvemos embotados. Continuamos llevando a cabo actividades que honran a Cristo y que afirman a Cristo, pero nuestros corazones ya como que no están en esas cosas."

"La regresión es claramente dramática, pero no es súbita. Nosotros comenzamos con vida, vida, vida y más vida. Cuando comenzamos, Dios es prioritario; está presente en todo lo que hacemos. Pero luego nos sentimos contentos e inocentemente vamos a nuestros trabajos, e inocentemente nuestros pies se enredan en las cuerdas del Seol, en esas sogas de la muerte. Es tan casual al principio que raramente lo notamos. Pero luego una cuerda se adhiere a nosotros y no sabemos ni siquiera cómo; se adhiere a un tobillo con un doble nudo. Luego ocurre otro, y otro. Y antes de darnos cuenta, estamos regresando. Estamos amarrados. Llegamos a hacer menos. Perdemos la espontaneidad y la exuberancia de la vida de la resurrección."

"Y de manera interesante, esto frecuentemente ocurre al mismo tiempo que estamos siendo exitosos ante los ojos de nuestros compañeros, asociados, empleadores o congregaciones. Pero la vida se me está escapando. Dios y la vida se han desconectado."

Lo que yo les estoy diciendo es que yo tengo el poder de la resurrección que vive en mí, y sin embargo, con el paso del tiempo voy como acostumbrándome a la vida cristiana y me voy acostumbrando a la vida de pecado. Me voy embotando, y mientras al principio yo tenía vida, vida, vida, vida y más vida, ahora de repente esa vida se me ha ido escapando. Llega un momento donde Dios y la vida se han divorciado, y yo llego a ser menos. Y la razón por la que ha ocurrido es porque no has estado viviendo tu vida en el día a día en el poder de la resurrección, que es otra forma de decir la llenura del Espíritu.

Y ahora, en medio de esta pandemia, ¿dónde estamos? Hay varias cosas que yo quiero que tú recuerdes ahora al cerrar. Si ponemos todo lo que yo he dicho juntos: número uno, Dios no te dio un espíritu para que vuelvas al temor; lo acabamos de leer de Romanos 8. Número dos, tu temor es real, pero es irracional, porque cuando tu peor enemigo es la muerte, aun si este coronavirus la causa, ya Cristo la conquistó. Número tres, si mueres de él, cuando tú entres en gloria ya no habrá más virus, pero habrá vida y vida eterna. Número cuatro: si estás atemorizado por este virus, por esta pandemia, a pesar del poder de la resurrección que vive en ti, has olvidado las más de 300 veces que Dios te dice en su Palabra: no temas, no temas, no temas, no temas.

En este caso, primero los Corintios 15 nos recuerda que Cristo conquistó el pecado y la muerte. Y si después de la resurrección vives todavía atemorizado por este coronavirus, Cristo podría bajar y decir: "Oh hombre de poca fe." El autor de Hebreos podría venir y decir: "Sin fe es imposible agradar a Dios." Si estás atemorizado en medio de esta pandemia, te has dejado engañar y realmente piensas que el coronavirus reina. No: Dios reina. Dios determina, Dios decide, Dios decide el curso de tu vida, Dios decide la enfermedad y decide también la salud.

Realmente, el temor es de la carne, y si la carne te domina, no le hace falta al poder del Espíritu manifestarse completamente en ti. Lo que necesitas es que puedas morir al yo, porque la vida del yo y la vida del Espíritu que viven en ti no son compatibles. El Espíritu mora en su plenitud, mejor dicho, manifiesta la plenitud de su poder cuando tú has hecho morir al yo, de manera que el yo no se oponga a los propósitos del Espíritu. La vida plena del Espíritu de Dios no será nunca posible junto a la vida del yo.

Yo creo que este es un excelente tiempo de reflexión que Dios nos ha dado al cerrar actividades de iglesias y no de iglesias, para retirarme al interior de mi ser —no al interior de mi hogar, sino al interior de mi ser— y poder analizar toda la situación de las cosas que están ocurriendo a la luz de la revelación de Dios. Por eso, en este fin de semana, yo quería ver la pandemia a la luz de la resurrección, a la luz del poder de la resurrección que levantó a Cristo de entre los muertos. Así como se supone que ese Espíritu debiera transformar completamente la manera como tú vives tu vida cristiana, debiera transformar completamente —como transformó a los discípulos— y cambiar su fe, de una fe inestable e inmadura, incapaz, a una fe robusta que los hizo capaces de sostenerse aun en medio del martirio, alabando y glorificando a nuestro Dios.

Que este domingo de resurrección, en medio de la crisis que vivimos, sea como ningún otro, donde Dios haya podido revelar cosas que hasta ahora no habías visto y te haya ayudado a creer cosas que hasta este día no habías creído, de manera que puedas estar cimentado en la fe que Cristo ha querido cultivar en ti.

Gracias por participar en este servicio de adoración desde tu hogar, en medio de circunstancias que nos impiden congregarnos todos juntos en un mismo lugar. Oramos para que pronto podamos volver a hacerlo y, mientras tanto, recordemos que donde quiera que estemos seguimos siendo la iglesia de Jesucristo. Mantengámonos vigilantes en oración, confiando y esperando en nuestro soberano Dios, quien controla todas las cosas y cuida de su pueblo.

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Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.