Jesús se presenta como la lámpara que no puede ocultarse, la luz que vino al mundo no para esconderse bajo una mesa sino para ser revelada. Esta luz expone dos realidades simultáneas: el corazón de Dios en su santidad y misericordia, y el corazón del hombre en su pecado. Juan lo expresó claramente: la luz brilló en las tinieblas, pero el hombre amó más las tinieblas que la luz. Amar las tinieblas significa preferir la mentira a la verdad, el pecado a la santidad, las cosas temporales a las eternas. Es pensar que una póliza de seguro nos da más seguridad que las promesas de Dios, o valorar más el éxito a nuestra manera que el propósito que Él ofrece.
Pero Cristo no solo es la luz; también llama a sus seguidores a serlo. Un niño que visitó las catedrales de Europa definió a los santos como "personas a través de quienes brilla la luz". Esa imagen captura nuestra responsabilidad: no somos la fuente, pero debemos reflejar la luz recibida. Una vida cristiana no puede vivirse en privacidad ni exclusivismo.
La segunda parte del texto introduce una verdad paradójica: al que tiene se le dará más, y al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Esto no habla de bienes materiales sino de cómo respondemos a la revelación de Dios. Israel tuvo profetas, milagros y la ley, pero al rechazar ese conocimiento, perdió su posición como nación sacerdotal. El grado de compromiso, esfuerzo y obediencia frente a la verdad escuchada determina cuánto más Dios permite entender de su Palabra. Quien pide recibe, quien busca halla, quien llama encuentra la puerta abierta. Pero la apatía y la desobediencia llevan progresivamente a la oscuridad.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
El día de hoy continuamos entonces en el capítulo 4 de Marcos, y así dice su Palabra: "¿Acaso se trae una lámpara para ponerla debajo de un almud o debajo de la cama? ¿No es para ponerla en el candelero? Porque no hay nada oculto sino para que sea manifestado, ni nada ha estado en secreto sino para que salga a la luz. Si alguno tiene oídos para oír, que oiga." También les decía: "¡Cuidaos de lo que oís! Con la medida con que midáis se os medirá, y aun más se os dará, porque al que tiene se le dará más, pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará."
Padre, te alabamos y bendecimos una vez más por la revelación de Tu Palabra, entregada hace veinte siglos atrás, pero que contiene la revelación de Tu mente, de Tu corazón, de Tu voluntad: la salvación nuestra, nuestra santificación, nuestra guianza, nuestra perseverancia, nuestra luz en la oscuridad. Gracias por darnos tanto en Tu revelación, y más allá de lo que podemos percibir aún. Yo quiero pedirte de esa misma iluminación de Tu Espíritu para cada uno de nosotros, tanto para el que predica como para el que escucha, de tal forma, Dios, que podamos oír la misma cosa a través del mismo Espíritu que mora en nosotros.
Padre, estas palabras en la mente de algunos han tenido una aplicación que probablemente no sea la aplicación del texto. Esta Palabra quizás es entendida por otros de una forma que quizás no corresponda a lo que Tu Espíritu ha mostrado; yo quiero pedirte que Tu Espíritu pueda mostrarnos la misma cosa en esta mañana. Cuida del predicador, Dios, dirígelo, mantenlo en el camino, dale luz, dale gracia, porque como se leía en el Salmo 130, Dios, si fuera por nuestras iniquidades, si fuera por mis iniquidades, ¿quién permanecería? Gracias por Tu gracia, Señor, en Tu nombre, Jesús. Amén.
Bueno, como decíamos, después de tres o cuatro semanas de haber pausado la serie en el libro de Marcos debido a mis viajes ministeriales y mi estancia fuera del país, hoy reiniciamos esa serie que habíamos ya iniciado a principio de año. El texto que leímos es un texto que de alguna manera algunos han tomado de una forma y han aplicado a su vida que quizás, como decíamos en la oración, no haya sido la intención del Espíritu al hablar por medio de Marcos.
Yo quiero desde el inicio separar o dividir el texto en dos porciones, porque creo que la división está clara en la medida en que uno lee el texto. La primera parte o primera porción tiene que ver con una metáfora, una figura del habla, una figura de comparación que Cristo usa, donde habla de una lámpara, de una luz que se supone tiene una función; pero es una metáfora, de manera que esa luz de la lámpara apunta a otra cosa que no es la luz misma de esa lámpara de aceite, como se usaba en la antigüedad. Y la segunda porción o segunda parte está relacionada con un proverbio conocido en aquella época, un proverbio que Cristo usa dándole una aplicación, pero de manera diferente.
Ese proverbio, esa verdad, era conocida entre los judíos. Es un proverbio con una verdad paradójica, paradójica porque se habla de que aquel que no tiene, a ese se le va a quitar, lo cual no tiene sentido, y de que aquel que tiene, a ese se le va a dar más de lo que tiene. Entonces, como que eso es contradictorio a la luz de cómo nosotros pensamos.
De manera que en el día de hoy quiero que exploremos básicamente dos ideas. Una contiene la primera parte, que representa la lámpara o la luz de la lámpara en esa metáfora: una lámpara que se coloca en una casa para que ilumine más, que se supone no debemos esconder. Y en segundo lugar, que exploremos la relación que guarda esta luz con la verdad paradójica del proverbio que Cristo trae inmediatamente después. Con eso en mente, y para darles una idea de en qué dirección vamos, he titulado el mensaje: "La revelación de Dios y la receptividad del hombre." La revelación de Dios corresponde a la primera parte del texto, y la receptividad del hombre corresponde a la segunda parte del texto; ahí ya tienen una idea de hacia dónde me estoy dirigiendo.
Lo que Cristo trajo aquí como enseñanza comienza con una pregunta, y yo quiero repetirla: ¿Acaso se trae una lámpara para ponerla debajo de un almud o debajo de la cama? ¿No es para ponerla en el candelero? En la antigüedad era muy común el uso de las lámparas de aceite, y las lámparas de aceite iluminan mejor cuando no son cubiertas. En vez de ponerles un tubo como hacemos hoy con las lámparas de queroseno, que necesitan de vidrio, las lámparas de aceite aparentemente alumbran mejor si las dejas descubiertas. Esas lámparas frecuentemente eran colocadas en una hendidura en la pared, a cierta altura, de manera que la luz pudiera iluminar mejor la casa y la iluminación pudiera expandirse; o si era una especie de vela o algo parecido, se colocaba en un candelero a cierta altura. Y Cristo habla de que hay una luz que ha sido traída, que ha venido, y que se supone no se ponga debajo de un almud, de un objeto, de un cajón —como dice la traducción de la Nueva Versión Internacional— sino que se ponga en un lugar elevado.
Yo creo que esto tiene lógica dos mil años después. Nosotros, que no vivimos en esa época, podemos ver la lógica de lo que Cristo está tratando de expresar. Lo que quizás no está tan claro es a qué se estaba refiriendo Cristo con esa metáfora, qué es lo que realmente representa la lámpara o la luz a la luz de este pasaje. Bueno, algunos identifican la lámpara o la luz de la lámpara con la persona de Jesús mismo; otros la identifican con las enseñanzas de Jesús; y aun otros identifican la luz o la lámpara con el personaje Jesús y sus enseñanzas conjuntamente. De manera que, independientemente de cómo tomemos la lámpara o la luz, parece haber acuerdo en que esta luz es representativa de la persona de Jesús, de sus enseñanzas, o de ambas cosas a la vez.
Y ciertamente Jesús tenía la particularidad de ser el mensajero y el mensaje, algo que ninguno de nosotros puede ser. De tal forma que su luz probablemente sí es representativa tanto del mensajero como del mensaje, de Jesús como de su verdad y sus enseñanzas. Yo creo que es fácil ver a Jesús como la lámpara o como la luz, porque Él mismo se identificó en su paso por la tierra como la luz del mundo. De tal forma que no tenemos que hacer mucho ejercicio académico para ver a Jesús como la representación de esa lámpara. Y de Él dice Juan el evangelista que la luz brilló en las tinieblas, pero que las tinieblas no la comprendieron, siendo las tinieblas representativas del mundo de pecado, del mundo alejado de la gloria, el mundo del hombre, el mundo de las cosas contaminadas.
La pregunta siguiente podría ser: ¿de qué manera esta luz o esta lámpara trajo luz al mundo? Y yo creo que tanto la enseñanza de Jesús como su vida misma trajeron luz a la humanidad. No hay duda de que sus enseñanzas proveyeron e iluminaron el camino por donde nosotros deberíamos transitar; su verdad puso de manifiesto mi corazón, puso de manifiesto mi pecado. Pero a la vez el personaje Jesús no solamente pone de manifiesto el camino a Dios, sino que también refleja el corazón de Dios. De tal forma que su vida y sus enseñanzas pueden verse como dos poderosos torrentes de luz, trayendo dirección al hombre, poniendo de manifiesto el pecado del hombre en su corazón, pero poniendo también de manifiesto el corazón de Dios: la bondad de Dios, la misericordia, la gracia de Dios, el amor de Dios, y señalándonos el camino hacia Dios.
Es una luz que muchos han tratado de extinguir, y por mucho que han tratado de extinguirla, les ha sido imposible. Dos mil años han pasado, muchos esfuerzos han venido y se han ido tratando de apagar la luz que Cristo encendió, y no han podido lograrlo. Notemos lo que Juan dice en Juan 3:19: que esa luz, cuando vino, iluminó a la humanidad; lamentablemente, el hombre al ver la luz no le dio todo su valor, porque el hombre amó más las tinieblas que la luz.
Hoy en día, nosotros habiendo salido del mundo de las tinieblas y estando ahora iluminados por Cristo, pudiéramos decir: "¡Oja, pero cómo es posible!" Pero antes de decir eso tengo que recordar que anterior a mi conversión yo era tinieblas. No es simplemente que yo estaba en tinieblas: Pablo le dice a los efesios: "Vosotros en otro tiempo erais tinieblas." De tal forma que la tiniebla que yo experimentaba no solamente estaba fuera de mí, a mi alrededor; estaba dentro de mí. "Vosotros erais tinieblas en otro tiempo." Y ese hombre —yo, tú— amamos más el pecado que la luz de Cristo, es verdad. Amamos más en un tiempo nuestra torpeza que Su sabiduría; hubo un momento en que apreciamos más este mundo temporal que el mundo eterno que Cristo vino a ofrecer.
Y ese hombre, viviendo en tinieblas, se acostumbra al mundo de tinieblas. Permítanme esta ilustración: cuando tú entras en un cuarto oscuro y tus ojos se adaptan a la oscuridad, cuando alguien enciende la luz repentinamente hay como un cierto rechazo de la iluminación que molesta tus ojos, que puede ser hasta cierto punto dolorosa la experiencia, dependiendo de la intensidad de la luz del foco que ha sido encendido. Y de esa misma manera, cuando el corazón en tinieblas y en pecado es enfrentado por la luz de Cristo y por Su verdad, hay una reacción en el interior del hombre, inmediata, de cierto rechazo, de cierta molestia, de cierta irritación, que nos ayuda a nosotros a entender nuestra propia reacción en el pasado a la verdad de Dios, o la reacción en el presente de nuestros amigos y familiares cuando queremos hablarles de las cosas de Dios. Porque amamos más las tinieblas que Su luz.
Si pensamos entonces en Jesús como la lámpara, es obvio que Jesús no vino a ser colocado debajo de una mesa; Él vino a ser revelado. Ahora, es cierto que en ocasiones Jesús sanó a alguien y le prohibió a esa persona que fuera a hablar acerca de quién Él era, pero era porque su revelación estaba siendo hecha de manera progresiva y paulatina. Pero la intención final de la persona de Jesús es la revelación a todos los hombres, y de ahí la gran comisión: ir por todo el mundo y hacer discípulos de todas las naciones. Ese era el propósito final, la revelación de Jesús a todos los hombres, de tal forma que una luz que ha sido traída no es para ser escondida sino para ser revelada.
De hecho, en el original el texto no dice que la luz o la lámpara ha sido traída, como dice el texto en español cuando dice "¿acaso se trae una lámpara?", se trae como que alguien la trajo. En realidad está en forma activa y dice: "una lámpara no viene". Por eso algunos han interpretado eso como que esa fraseología apunta a una persona, porque una lámpara no puede venir, pero una persona sí. Que entonces, si el texto dice en el original "una lámpara no viene para ser ocultada", es más lógico entender esa lámpara como la persona de Jesús.
Bueno, Cristo mismo dijo que Él vino para ser revelado. "Yo vine para dar testimonio de la verdad." Escucha Juan 18:37, cómo lo dice, Cristo hablando: "Para esto yo he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad." Y ese testimonio que Él dio fue un testimonio público ante los hombres, y por eso este pasaje es tenido con frecuencia como representativo de la luz que Cristo mismo trajo.
Ahora, las tinieblas, como dijimos, representan el mundo de pecado. En medio de esa tiniebla, Cristo vino a alumbrar; Cristo vino a personificar la verdad a través de la luz de esa verdad. Y cuando Cristo trajo la luz, esa luz hizo, entre otras cosas, dos cosas: presentó la verdad de Dios y expuso el pecado del hombre. Dicho de otra manera, como ya lo mencionamos, expuso mi corazón y expuso el corazón de Dios. La misma verdad, en la medida en que Cristo expone el corazón de Dios, en esa misma medida mi corazón queda expuesto. En la medida en que la verdad expone el corazón de Dios en su santidad y rectitud, en esa misma medida mi corazón queda expuesto.
Nota cómo Juan presenta a Cristo en el primer capítulo del Evangelio que lleva su nombre: "En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en la tiniebla." En Él estaba la vida, pero la vida que estaba en Él era la luz de los hombres, y esa luz brilla en las tinieblas. La luz es representativa, en la Palabra, de todo aquello que es verdad, de todo aquello que es puro, de todo aquello que es santo. Pero esa luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas son representativas, en la Palabra, de todo lo que es simbólico de pecado: representativas de la maldad del hombre, de la mentira. Y Jesús es identificado como esa verdad y esa luz en medio de la mentira y el pecado de ese hombre.
Cuando esa luz entra al mundo y el hombre la percibe con su mente pecadora, es esa mente la que no es capaz de aquilatar el valor, el propósito, la belleza de la verdad que Cristo ha traído. Y de ahí entonces la frase: "el hombre amó más las tinieblas que la luz." Eso es una frase que nosotros hemos oído múltiples veces, es una frase que nosotros podemos decir: "Sí, es verdad, yo entiendo, pastor." Pero a nivel práctico, en el día a día, ¿tú has pensado alguna vez lo que implica, o lo que ha implicado en tu vida en diferentes momentos, amar más las tinieblas que la luz?
Yo quisiera usar algunas ilustraciones de nuestra vida diaria que encuentran vivencia, no solamente cuando uno estaba en el mundo de incredulidad, sino que lamentablemente encuentran vivencia o relevancia aún después de la conversión. Amar más las tinieblas que la luz implica amar más la mentira que la verdad.
Lamentablemente, el efecto de esa mentira en nosotros perdura más allá de nuestra conversión. Es la razón por la que Pedro niega a Jesús tres veces y miente una, y dos, y tres veces. Es la razón por la que Pedro se comporta de manera hipócrita ante los judíos cuando ellos llegaron y ya no se quería juntar con los gentiles. Es la razón por la que muchos de nosotros, después de haber sido convertidos, todavía hemos mentido en ocasiones, porque como dice el refrán —no sé si es una canción, pero usted conoce la frase— "amor viejo no se olvida", y el hombre tiene como un romance con la mentira que no acaba de romper.
Eso es lo que implica amar más las tinieblas que la luz. Amar más las tinieblas que la luz implica que nosotros amamos más el pecado que la santidad. Y una de las maneras como yo he ilustrado esto —creo que lo he mencionado en alguna ocasión aquí, yo sé que lo he mencionado en otras iglesias donde he ido— es imaginémonos que Dios diga en el día de hoy: "Por los próximos 30 días puedes vivir como tú quieras y no te voy a aplicar ninguna consecuencia." Imaginaría lo que pasaría. Lo que nos dice a nosotros es que ciertamente seguimos amando más el pecado que la santidad de Dios, porque si fuera lo contrario, con esa libertad que Dios nos diera por los próximos 30 días, nosotros debiéramos continuar viviendo en la santidad como si no nos hubiesen quitado el peso de las consecuencias.
Pero si Dios nos removiera el peso de las consecuencias y nos diera ocasión por 30 días, yo temo lo que nos pudiera ocurrir a todos nosotros. Es el pecado en nosotros que permanece todavía en los miembros de nuestros cuerpos, que se siente atraído hacia lo pecaminoso. Y es la santidad que Dios cultiva en nosotros que poco a poco va rechazando el pecado. Es el pecado en nosotros que se siente atraído hacia lo pecaminoso, y es la santidad que Cristo cultiva en mí que poco a poco aprende a ir rechazando lo que es el pecado.
Amar más las tinieblas que la luz implica que el hombre amó más la comunión con aquello que era contrario a Dios que la comunión con Dios. Amó más la comunión con la serpiente que le ofrece beneficios que el Dios que le había creado y le había puesto en el jardín del Edén. Amar más las tinieblas que la luz implica que el hombre eligió y tomó lo que el mundo le ofreció antes que lo que Dios le ofreció. Y esa es la razón por la que las bendiciones materiales, o las cosas materiales, siguen teniendo tanta atracción sobre nosotros.
Nosotros tenemos que ver esto no solamente en el contexto de nuestra incredulidad; tenemos que seguirlo viendo posconversión, porque lamentablemente el pecado sigue morando en los miembros de nuestros cuerpos y nos engaña con frecuencia, nos seduce. Amar más las tinieblas que la luz es pensar que Dios nos ofreció compañía permanente y nosotros preferimos la soledad frente a la televisión, frente a la computadora, frente a cualquier otra cosa: la soledad con lo mío, antes que la compañía de Dios lejos de lo mío. Amar más las tinieblas que la luz implica muchas veces que, mientras Dios le ofrece al hombre seguridad, el hombre ha preferido pólizas de seguro. No estoy diciendo que las pólizas de seguro sean pecado; simplemente estoy diciendo que muchas veces las pólizas de seguro nos hacen sentir más seguros que las promesas de Dios. Y amar las tinieblas más que la luz implica eso en mi vida diaria.
Y finalmente, amar las tinieblas más que la luz implica que Dios le ofrece al hombre propósito, sentido y significado, y el hombre prefirió el éxito a su manera. Eso nos da una idea, entonces, de cuán necesaria es la luz de Cristo, de cuán necesaria es esa lámpara que ha sido traída y que no puede ser ocultada, que no puede ser puesta debajo de una mesa, porque yo todavía la necesito en mi vida en alto. Porque hay rincones de tu corazón, de tu mente, y de mi corazón y de mi mente, que están todavía en penumbras o a oscuras, y esa luz necesita seguir penetrando cada rincón, cada clóset de mi vida, para que llegue un momento en que todo haya sido iluminado por su verdad.
Pero yo tengo que alejarme del pecado, porque si no, mis ojos se van adaptando a la oscuridad de mi pecado, la luz me molesta y me alejo más de la luz, la luz me molesta y me alejo más de su luz. Y eso es como ocurre muchas veces nuestro caminar. Cristo es precisamente la persona y personificación de esa luz, de la luz que destruye la mentira, de la luz que destruye el pecado, la luz que pone al descubierto la mentira y el error. Escuche cómo Cristo lo dijo: "Vine a este mundo para juicio: para que los que no ven, vean, y para los que ven, se vuelvan ciegos." En otras palabras: "Yo he traído luz para ciegos; sin embargo, hay gente que ve, gente que cree que ve", como un Pablo en su momento, que creía que era, en cuanto a la ley, irreprensible. "Pero esos que ven, cuando mi luz llegue, van a terminar no viendo; y los que estaban ciegos, cuando mi luz haya arribado, van a poder finalmente ver."
Jesús, sus enseñanzas —una u otra— la lámpara o la vela: estas metáforas representan, como habíamos mencionado, su persona o su verdad. Ahora, antes de abordar la segunda parte, yo tengo que preguntarme la relación de esa luz conmigo. ¿Hay alguna relación? ¿Hay alguna responsabilidad que yo tenga frente a esa luz? Escucha: yo te identifiqué a Cristo como la luz del mundo, pero resulta que Cristo viene y enseña en el Sermón del Monte algo que me ayuda a entender que realmente hay una relación directa, no solamente con su luz, sino con esta metáfora que acababa de explicar.
Marcos me da la metáfora en un contexto particular. Se piensa que Marcos no puso estas enseñanzas parabólicas del capítulo 4 en orden cronológico, sino que las agrupó porque entendía que ellas encajaban dentro de un contexto similar de enseñanza. Pero escucha ahora en el Sermón del Monte cómo Cristo toma el mismo principio de la metáfora y me lo aplica a mi vida. Escucha ahora en Mateo 5:14-15. Mira cómo comienza Cristo en este verso: "Vosotros sois la luz del mundo. Una ciudad situada sobre un monte no se puede ocultar." Escucha ahora: "Ni se enciende una lámpara para ponerla debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en la casa."
Ahora Cristo, en el Sermón del Monte, de manera directa toma la metáfora de la lámpara que no se puede colocar debajo de un almud y la relaciona directamente con nosotros, y nos dice: "Vosotros sois la luz del mundo." Lo que implica ahora es que la luz que yo he recibido de Cristo se supone que yo no la puedo ocultar, que yo no la puedo poner debajo de un almud, que yo no puedo permanecer en mi casa, que yo no puedo encerrarla, porque ese no fue el propósito para el cual Cristo me dio su luz. Cristo se llama a sí mismo la luz del mundo; Él es la fuente de la luz. Pero luego, cuando Él se va, me llama a mí la luz del mundo, no porque yo tenga luz en mí mismo, sino porque yo tengo una responsabilidad, y es reflejar la luz que Él ya trajo.
De hecho, así lo expresó Pablo cuando les escribió a los filipenses en el capítulo 2, versículo 15, y nos llama, por tanto, a nosotros a brillar como luminares en el mundo, en medio de una generación perversa y torcida. Y ese es el mismo llamado: Cristo me dice "vosotros sois la luz del mundo", Pablo me dice "vosotros debéis ser luminares en medio de una generación", a oscuras, en medio de la oscuridad. No somos la fuente, pero tenemos una responsabilidad con la luz recibida.
Quizás esta ilustración que les voy a leer nos puede ayudar a entender cuál es mi rol frente a la luz que Cristo trajo. Es una historia; no puedo comprobar la veracidad de la misma, pero puede ser. La encontré como si fuera una historia real y la leí. Un niño de nueve años de edad se fue con sus padres a Europa en un verano. Una parte de su gira incluyó visitas a las grandes catedrales antiguas del pasado. En su visita, una catedral tras otra, él vio las figuras de los apóstoles y de otros santos de la iglesia en los vitrales de las grandes catedrales, muy típicos de los grandes vitrales con figuras de los apóstoles y de otros santos de la historia de la iglesia, no ángeles ni personas canonizadas por la iglesia de Roma, sino santos en el sentido que la palabra usa: los santos separados que vivieron así para Dios. Él estaba muy impresionado mientras permanecía en esas grandes salas vacías mirando los vitrales hermosos.
Al regresar a su iglesia, su profesor de escuela dominical le preguntó acerca de las grandes iglesias de Europa y lo que más le había gustado. Pensó por un momento y dijo: "Me encantó la sensación de asombro y de majestad de lo que Dios debe ser, viendo los vitrales, viendo la luz a través de los vitrales." Y el profesor le dice: "¿Qué es un santo?" fue la próxima pregunta. Su mente regresó a los vitrales hermosos y enormes, y dijo: "Un santo es una persona a través de quien brilla la luz."
Ahora entiendes tu rol. Yo no soy la fuente de la luz; tú no eres la fuente de la luz. Pero si vamos a vivir vidas verdaderas para Dios, santificadas, yo tengo que ser una persona a través de quien brilla la luz. Como la luz brillaba a través de los vitrales, de esa misma manera Cristo me dice: "Vosotros sois la luz del mundo." Y no tiene sentido que una lámpara se ponga debajo del almud. De tal forma que tu vida no puede ser una vida en privacidad, no puede ser una vida de reclusión, no puede ser una vida de exclusivismo; tiene que ser una vida vivida ante el mundo, tal cual como Pedro nos dice que nosotros debiéramos dejar ver las buenas obras delante de los hombres, para que aquellos en el día de la visitación puedan glorificar a Dios. Tú tienes que vivir una vida como Dios te ha llamado, vivirla delante de los hombres, para que la luz de Cristo pueda brillar a través de ti.
Y esa luz es simbólica de la verdad. Entre los hebreos, el concepto de la luz era altamente apreciado. Los hebreos valoraban la luz como los griegos valoraban la sabiduría y como Roma valoraba el poder. Eso es como pudiéramos ver esas tres culturas. Y escuchen entonces cómo el salmista escribe: "Lámpara es a mis pies tu palabra, y luz para mi camino." De tal forma que la verdad de
Cristo es lámpara para mis pies, es luz para mi camino. Me señala dónde están los obstáculos, la piedra de tropiezo. Me evita que yo tropiece, me señala cuál es el camino real, cuál es la vereda, para que yo sepa por dónde transitar y por dónde no. Y esa luz en la que Cristo quiere ahora que brille a través de nosotros...
Escucha. Con relación a esto que estoy mencionando, Spurgeon lo reflexiona y lo medita en término de nuestra responsabilidad frente a la luz que hemos recibido de Cristo. Spurgeon pregunta: ¿No es más pecaminoso el tener la luz y no actuar consecuentemente, que el estar totalmente en la oscuridad? ¿No es más pecaminoso tener la luz y no actuar de acuerdo a la luz recibida, que estar en la oscuridad completamente? Porque lo que está diciendo es que el que está en la oscuridad completa, en cierta medida, tiene una cierta ignorancia.
Porque la luz es lo que me permite ver la revelación de Dios. Por eso hablamos de revelación y hablamos de iluminación. La iluminación es la capacidad que el Espíritu Santo le da al creyente para entender la revelación. Es como lo decía —si es Luis— él dice: yo no creo en el sol porque lo veo, o porque veo su luz; yo creo en el sol porque viéndolo me permite ver todo lo demás. ¿Entendiste? Yo creo en el sol no simplemente porque yo lo veo, sino porque al ver su luz, la luz que me da me permite ver todo lo demás. Y de esa misma manera pudiéramos decir: yo creo en Dios no simplemente porque lo ha revelado, sino porque a través de la luz que me da yo he podido ver todo lo demás.
Y entonces Spurgeon decía: ¿no es más pecaminoso tener esa luz, haber visto la revelación, y no actuar consecuentemente? ¿Eso no es más pecaminoso que permanecer completamente en la oscuridad? Yo creo que esa primera parte de la enseñanza de Cristo en este texto queda más o menos clara.
Ahora bien, Cristo trae una segunda porción. Y antes de pasar a esa segunda porción, como que cierra la enseñanza y dice: "Porque no hay nada oculto que no sea para ser manifestado, ni nada ha estado en secreto sino para que salga a la luz." Algunos han tomado este pasaje y han pensado que eso tiene que ver con que cuando pecamos, Dios va a traer eso a la luz. Y hay textos que dicen exactamente eso que yo acabo de decir, pero este no es ese texto. Este texto está relacionado al anterior.
Si Cristo es la lámpara, si Cristo es la luz, y Él no vino para hacer oculto sino revelado, lo que Él dice aquí tiene que ver con eso: "Nada hay oculto sino para que sea manifestado." Cristo estaba oculto en un momento dado, no estaba tan claro en el Antiguo Testamento. El Antiguo Testamento es revelado en el Nuevo Testamento, y el Nuevo Testamento estaba oculto en el Antiguo Testamento. Entonces lo que Cristo está diciendo es: no hay nada oculto que no vaya a ser revelado. La revelación mía, la de mi Padre, todo lo que yo he venido a enseñar estaba oculto, pero ha venido a ser revelado. Nada ha estado en secreto —como la revelación de Dios— sino para que salga a la luz.
De manera que Él ha venido ahora a revelar el Antiguo Testamento, a explicar el Antiguo Testamento, a inaugurar la nueva era de la gracia, a completar la revelación. Y a eso es que Él se está refiriendo. Había cosas en el Antiguo Testamento —todavía hoy— que tú las lees y no están tan claras, pero si las quieres entender tienes que ir al Nuevo Testamento para entonces encontrar su revelación de manera retroactiva. Y en ese sentido, tarde o temprano, aquello que no estaba claro iba a ser revelado. Hoy en día incluso hay cosas que nosotros no tenemos muy claras —las cosas que tienen que ver con los tiempos futuros, con la escatología— no están tan claras, pero Cristo afirma aquí que lo que está en secreto en algún momento será revelado, porque no ha estado en secreto en vano, sino que se mantuvo en secreto para ser manifestado en algún momento.
Muchas de las parábolas de Jesús, cuando fueron dichas, no estuvieron tan claras. De hecho, muchas de las parábolas de Jesús —para los que las escucharon fuera de Sus discípulos, que recibieron explicación— tuvieron menos entendimiento del que nosotros tenemos hoy de esas mismas parábolas, porque el resto del consejo de Dios nos ha permitido entenderlas en un mejor contexto. Y de esa forma entonces este texto encuentra su aplicación. Ahora tú puedes entender quizás Juan 16:13, cuando dice que el Espíritu Santo nos guiaría a toda verdad. El Espíritu Santo iba a iluminar esta verdad poco entendida, poco clara. Y en la medida en que el Espíritu Santo viniera e hiciera residencia en la iglesia, en mi corazón, en esa misma medida iba a ir revelando y aclarando todas aquellas verdades individuales que fueron predicadas, pero que ahora pudieran verse en conjunto y decir: "¡Ah, ahora sí está claro!" De manera que no ha habido nada oculto que no fuera para ser manifestado, ni nada se mantuvo en secreto sino para que salga a la luz.
Segunda parte. Ahora yo quiero ver la relación de esta enseñanza paradójica con la luz de Cristo. Cristo me ha hablado de que Él es la luz, que Sus enseñanzas son la luz, pero ahora escucha cómo introduce esta segunda parte: "Si alguno tiene oídos para oír, que oiga." Cristo está diciendo: escucha bien, quizás lo que sigue no está tan claro como lo anterior. Presta atención, está alerta. "Si alguno tiene oídos para oír, que oiga."
Próximo versículo, Marcos 4:24: "También les decía: Cuidados con lo que oís." De manera que antes de que Cristo continuara, ya dos veces había dicho que lo que va a seguir está directamente relacionado con mi capacidad de escuchar. Primero dice: "Si alguno tiene oídos para oír, que oiga." Y antes de continuar, también dice: "Cuidaos de lo que oís." Ahora yo tengo que decir que lo que sigue tiene que ver con oír: "Con la medida con que midáis se os medirá, y aún más se os dará; porque al que tiene se le dará más, pero al que no tiene, aún lo que tiene se le quitará."
Pastor, ¿por qué no está tan claro? Quizás no está tan claro, pero yo sé por lo menos que tiene que ver con oír. Escúchalo otra vez: "Si alguno tiene oídos para oír, que oiga." Vengo ahora, todavía a punto de empezar: "Cuidaos de lo que oís." ¿Y qué es lo que voy a decir? Que "con la medida con que midáis se os medirá, y aún más se os dará; porque al que tiene se le dará más, pero al que no tiene, aún lo que tiene se le quitará."
Esto no tiene que ver con juzgar al hermano. Hay un pasaje distinto que habla de que con la medida con que yo mida se me medirá, pero ese es otro pasaje con otra aplicación, que tiene que ver con el juicio al hermano. Este pasaje no tiene que ver con eso. Este pasaje está relacionado a la luz que Cristo representa —Sus enseñanzas, que también son simbólicas de lámpara— y al hecho de que yo tengo que oír de cierta manera. La primera parte tenía que ver con Su verdad; la segunda parte tiene que ver con cómo yo oigo la verdad, cómo yo percibo la verdad, cómo yo obedezco y aplico la verdad.
"Si alguno tiene oídos, que oiga" —versículo 23—. "Cuidaos de lo que oís" —versículo 24—. Cada vez que Cristo enseñaba había dos reacciones en general a Sus enseñanzas: una de rechazo y otra de aceptación obediente. En general pudiéramos entrar en subdivisiones de esas, pero en general se dieron las dos reacciones. Pero para rechazar Sus enseñanzas o abrazar Sus enseñanzas yo tuve que hacer un juicio. Cuidaos con lo que oís —número uno—. Y número dos, que fue lo primero que dijo: "Si alguno tiene oídos para oír, que oiga." La disposición del oyente a las enseñanzas de Cristo va a determinar lo que sigue después.
"Con la medida con que midáis se os medirá, y aún más se os dará." Cuando nosotros escuchamos —incluyendo este sermón— yo lo estoy midiendo, lo estoy evaluando para poder hacer un juicio: ¿lo creo?, ¿no lo creo?, ¿no lo entiendo?, ¿no lo acepto?, ¿no me cuadra? —diríamos nosotros en nuestro argot—. Pero estamos haciendo un juicio. Y con la medida con que tú midas las enseñanzas de Cristo, con esa misma medida se te va a dar, dice Cristo. El que escucha Sus enseñanzas y las obedece recibirá aún más luz. Lo va a decir de otra manera ahora. Pero el que rechaza Sus enseñanzas, el que hace un juicio, mira Sus enseñanzas y las rechaza, aún eso que él tenía se le va a quitar, aún lo poco que tenía. Y esto es como lo dice inmediatamente después: "Porque al que tiene se le dará más, pero al que no tiene, aún lo que tiene se le quitará."
Cada comentario revisado acerca de esta enseñanza está de acuerdo en que ese es el entendimiento de este pasaje, a la luz de todo el Nuevo Testamento, y sobre todo la manera en cómo aparece en el lenguaje original y la aplicación de este proverbio conocido en Israel en ese tiempo. Tiene que ver con el oír y la respuesta a la luz que Cristo trae, como mensajero y como mensaje que Él también era. Entonces, en la medida en que yo obedezco esa enseñanza, en la medida en que yo acepto, recibo y aplico esa enseñanza, en esa misma medida Dios me da más —no en términos materiales, sino en términos de entendimiento del reino, de la vida espiritual, de la vida de plenitud que Él vino a comprar para nosotros—. Pero si yo rechazo la revelación que tengo, aún esa poca revelación que tenía se me va a quitar.
Y yo quiero que lo veamos entonces a la luz del resto de la Palabra. Yo acabo de decir que todo el mundo tiene un nivel de revelación —un nivel mínimo, pero suficiente para saber que hay un Dios—. Escucha lo que Dios dice en Romanos 1, un texto que usted conoce muy bien, pero yo quiero ver si es cierto que cuando yo rechazo la revelación de Dios se me quita lo que tengo, porque yo debo interpretar la Palabra con la Palabra. Romanos 1:19-20: "Porque lo que se conoce acerca de Dios es evidente dentro de ellos, pues Dios se lo hizo evidente. Porque desde la creación del mundo Sus atributos invisibles, Su eterno poder y divinidad, se han visto con toda claridad, siendo entendidos por medio de lo creado."
Creado de manera que no tiene excusa. Aquí está Dios diciendo que Él ha hecho una revelación en la conciencia del hombre, en el interior del hombre y en la creación, de tal manera que el hombre, al momento de nacer y luego crecer, tenía evidencia de su existencia, de su atributo y su eterno poder y divinidad, que han sido claramente visibles por medio de lo creado. Tan claramente visibles que el hombre no tiene excusa. Él tiene esa revelación, no la puede negar, pero la está rechazando. Él tiene entonces esa revelación general, y si la rechaza, va a terminar sin nada.
¿Qué pasó a ese hombre, y cómo terminó ese hombre cuando rechazó esta luz revelatoria general de Dios? Romanos 1, versículo 22: "Profesando ser sabios, se volvieron necios." Se volvieron, no eran; se volvieron necios. Menos luz: primera reacción ante el rechazo de la luz de Dios. ¿Qué más le pasó? "Cambiaron la gloria del Dios incorruptible por una imagen en forma de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos, de reptiles." Segunda reacción al rechazo de la verdad de Dios: el hombre que conocía los atributos de Dios, su divinidad y eterno poder, que eran claramente visibles, terminó pasando eso a criaturas, a reptiles, a cuadrúpedos, y terminó adorándolos.
Versículo 25: "Porque cambiaron la verdad de Dios por la mentira." La verdad que tenían en la revelación la cambiaron por la mentira, y el efecto fue que adoraron y sirvieron a la criatura en lugar del Creador, que es bendito por los siglos. Amén. Tercera reacción y consecuencia a la revelación inicial de Dios. ¿Te das cuenta de que ciertamente cuando tú rechazas el grado de revelación que Dios te ha dado —en este caso general, en la creación— la poca luz que tienes se te quita? Y ese hombre termina con una mente entenebrida, pasa a ser necio, termina pensando que la criatura, el reptil, el cuadrúpedo, es Dios; se postra delante de él, lo adora, cambia la verdad de Dios por la mentira y sirve a la criatura en vez del Creador, siendo él mismo la corona de la creación.
¿Te das cuenta de que al que rechaza la verdad de Dios lo poco que tiene se le quita? Y Dios entonces responde de una forma todavía más clara en Romanos, mostrando cómo Él se lo quita. Por consiguiente, versículo 24: "Dios los entregó a la impureza en la lujuria de sus corazones, de manera que deshonraron entre sí sus propios cuerpos." Versículo 26: "Por esta razón Dios los entregó a pasiones degradantes." Versículo 28: "Dios los entregó a una mente depravada." Lo que tenían les fue quitado.
Ahora vamos a verlo posteriormente en la evolución de la revelación de Dios y de la historia redentora. Dios encuentra a Abraham, le hace un llamado, le dice que va a ser una nación a partir de él, que en él serían benditas todas las naciones de la tierra. Ya formado el pueblo escogido por Dios, es liderado por Moisés al desierto. El pueblo experimentó los milagros del desierto: maná todos los días. El pueblo recibió los profetas uno tras otro. El pueblo hebreo fue constituido en la nación sacerdotal delante de las naciones. El llamado del Antiguo Testamento era "ven y ve a mi pueblo"; a los judíos no se les estaba diciendo "id y proclamad el evangelio", eso es Nuevo Testamento. Era "venid, como la reina de Saba, venid a ver a mi pueblo." Era la nación sacerdotal. Ellos tenían una revelación de exquisita claridad; la rechazaron.
¿Qué pasó? Escucha, Oseas 4:6: "Por cuanto tú has rechazado el conocimiento —ahí está: mi luz—, yo también te rechazaré para que no seas mi sacerdote." Eso a la nación: lo que tenía le fue quitado. "Has olvidado la ley de tu Dios; yo también me olvidaré de tus hijos." Israel fue rechazado como nación sacerdotal por no haber respondido al grado de iluminación que se le había dado. Como has rechazado el conocimiento de mi ley, que yo soy la luz, la verdad que yo te traje, yo te he rechazado como sacerdote, como nación sacerdotal.
Y luego Pablo en Romanos 11 nos explica el resultado de haber terminado con menos de lo que tenían como nación. Escucha lo que Pablo dice de Israel en Romanos 11:7-10: "Entonces aquello que Israel busca no lo ha alcanzado, pero los que fueron escogidos lo alcanzaron, y los demás fueron endurecidos, tal como está escrito: 'Dios les dio un espíritu de estupor, ojos con que no ven y oídos con que no oyen, hasta el día de hoy.' Y David dice: 'Su banquete se convierta en lazo y en trampa y en piedra de tropiezo y en retribución para ellos; oscurezcan sus ojos para que no puedan ver, y doblen sus espaldas para siempre.'" Lo que tenían —la revelación, la luz que tenían frente a sus ojos— les fue removida, y ahora sus ojos fueron oscurecidos, sus corazones fueron endurecidos hasta el día de hoy, dice el texto.
Por eso ciertamente esta enseñanza, que parece paradójica, encuentra su explicación en esta aplicación. "Cuidado con lo que oís; con la medida con que midáis se os medirá, y aún más se os dará. Porque al que tiene, se le dará más; pero al que no tiene, aún lo que tiene se le quitará." Esa es la enseñanza con la cual Cristo cierra: "Si alguno tiene oídos para oír, oiga." Versículo 23, versículo 24: "Cuidado con lo que oís." No seas ligero a escuchar. Segunda parte, versículo 24: "Con la medida con que midáis se os medirá." ¿Qué quiere decir? El grado de compromiso.
Ahora vamos a traerlo a nuestra vida diaria, porque hablamos de Israel, de qué le pasó a la nación de Israel, pero vamos a traerlo a nuestra vida, porque estamos viviendo en el siglo XXI, bajo la nueva era de la gracia. El grado de compromiso, el esfuerzo que yo exhiba frente a la verdad escuchada, mi grado de entrega ante la revelación que ya conozco —incluyendo lo que estamos hablando hoy— determinará muchas veces cuánto más Dios me permitirá entender de su Palabra y ser bendecido por lo que entiendo de la misma.
Esto es consistente, hermanos, con lo que Cristo mismo, el Señor, dice en otros textos. Escucha el Sermón del Monte otra vez, capítulo 7, versículos 7 y 8: "Pedid y se os dará." ¿Pero qué pasa si yo no pido? No voy a recibir. "Buscad y hallaréis." ¿Pero qué pasa si yo no busco? No encuentro. "Llamad y se os abrirá." ¿Qué ocurre si yo no llamo? Pues se me queda cerrada la puerta. Escucha ahora la promesa: "Porque todo el que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá."
Pero sabes qué, hermano: no todo hijo de Dios nacido de nuevo está buscando; no todo hijo de Dios nacido de nuevo está llamando y tocando la puerta. Y Cristo está haciendo una invitación, tal cual como lo ilustró el domingo pasado, como si Dios viniera al borde y dijera: "Clama a mí, yo te responderé." Cristo está diciendo en el Sermón del Monte: pide, busca, toca; yo te voy a abrir, yo te voy a escuchar, yo te voy a dar. El grado de entrega —de esfuerzo, por falta de una mejor palabra— a la verdad que yo recibo, que yo escucho, la manera como la abrazo, la manera como yo la obedezco, determina muchas veces cuánto más bendición Dios me da en entendimiento de su Palabra, y al entender su Palabra, plenitud de vida. Si pides, recibes; si buscas, hallas; si llamas, se te abre.
Pero si soy apático ante lo que escucho, lo que entendía eventualmente lo perderé. O si soy apático, si desobedezco lo que conozco y permanezco en la desobediencia —aquello que obedecía en un momento dado porque ya lo entendí—, voy a terminar incluso desobedeciendo eso también. Si le doy la espalda a la luz de Dios, comienzo a vivir en penumbra; y en la medida en que me acostumbro y me alejo, ya no será una penumbra, sino una completa oscuridad. Porque el que tiene, se le dará más; pero al que no tiene, aún lo que tiene se le quitará.
Dios espera que el hombre ame su ley: "¡Oh, cuánto amo yo tu ley!" Dios espera que el hombre busque su trono con confianza. "Acercaos a mí y yo me acercaré a vosotros": tú tienes que venir, tú tienes que llamar; el que llama se le abre, el que busca encuentra. Y al mismo tiempo, cuando lees el libro de Proverbios, te percatas de que Dios, juntamente con el llamado que Él me hace a buscar la sabiduría de Él, en ese mismo libro odia la holgazanería, odia la ociosidad, la indulgencia, la mundanidad, la ignorancia; pero junto con eso me llama continuamente a buscar ardiente, continua y fervientemente su sabiduría.
Porque es un Dios dador: dio a su Hijo, y quiere seguir dándome; pero quiere percatarse de que yo valoro y aprecio su revelación. Y en la medida en que yo muestro eso, en esa misma medida Él sigue iluminando mi vida y mis caminos, y guiando mis pasos.