La vida cristiana enfrenta una tensión constante: existe un trecho entre lo que confesamos y lo que vivimos. El sermón en Colosenses 3 aborda esta realidad con urgencia, partiendo del contexto histórico de la carta. Pablo escribe a una iglesia que no conoce personalmente, pero lo hace pensando en la decisión radical que Filemón tendría que tomar: perdonar a Onésimo, su esclavo fugitivo que ahora regresaba convertido a Cristo. No era teoría sobre el amor de Dios; era una papa caliente que demandaba acción inmediata.
El punto de partida es claro: si hemos resucitado con Cristo, nuestra vida ya está escondida con Él en Dios. Esto nos obliga a buscar diligentemente la autoridad del Señor y a poner la mira en valores que trascienden lo terrenal. Pero entre esta gloriosa confesión y una vida coherente existe un trecho que no está vacío: está lleno de pecado. Pablo no ofrece un proceso gradual ni terapias; usa palabras directas: mátalos, deséchalos. La fornicación, la impureza, la ira, la maledicencia, todo aquello que daña mi alma y que a través de mí daña a otros debe ser eliminado sin justificaciones.
La solución es revestirse de Cristo. Como en el primer siglo la ropa identificaba la clase social, las vestiduras espirituales revelan nuestra nueva identidad: escogidos, santos, amados. Estas vestiduras son tallas que le quedan a Cristo, no a nosotros; debemos crecer para que nos queden bien, no ajustarlas a nuestra medida. Tierna compasión, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, y sobre todo amor, el cinturón que mantiene unida toda la vestimenta. Solo así nuestros dichos poderosos se convertirán en hechos poderosos.
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Bienvenidos. Como ustedes han visto seguramente en las pantallas, hoy día vamos a estar hablando de "Revestidos de Cristo" en Colosenses, el capítulo 3. Así que vamos a ver nuestras Biblias en Colosenses el capítulo 3, y vamos a hablar acerca de esta figura muy usada por el apóstol Pablo, pero que nosotros con el tiempo quizás hemos perdido de vista en su significado. Un significado bastante potente para nuestro tiempo, pero que debemos devolverle su valor original para poder aplicarlo en nuestras vidas.
Pero antes de entrar, manteniendo nuestras Biblias abiertas en Colosenses 3, permítanme presentarles aquello de lo que vamos a estar hablando en esta mañana. De seguro todos nosotros, a lo largo de esta semana y a lo largo de nuestra vida cristiana, continuamente estamos siendo confrontados con la necesidad de poder tomar decisiones con respecto a lo que es la verdad de Dios y lo que es la realidad del mundo. Lo que el Señor nos ordena hacer y lo que el mundo espera que nosotros hagamos. De una manera u otra nosotros estamos siendo confrontados en nuestro trabajo, en nuestra familia, en nuestros estudios, en nuestra vida particular, en nuestra vida íntima o en nuestra vida diaria, estamos continuamente confrontados con la realidad de poder vivir el Evangelio de tal manera que, a través de una decisión valiente, nosotros estemos dispuestos a pagar el precio de lo que significa ser cristiano en el mundo.
Definitivamente, seguramente usted hoy mismo tuvo que tomar algún tipo de decisión, o está tomando algún tipo de decisión con respecto a su vida y la forma en cómo debe vivirla. De acuerdo a cómo se vive en el mundo, o de acuerdo a cómo el Señor lo establece en su Palabra. Estas son decisiones que nosotros debemos tomar, y por un lado nosotros estamos sujetos a dos cosas que pueden pasar en nuestra vida. Puede pasar, por un lado, que nosotros, a través de la obediencia a la Palabra, aprendamos a vivir lo que significa caminar con el Señor a lo largo de nuestra vida, o simplemente endurecer nuestra conciencia y tratar de justificar las razones por las que en realidad no estamos obedeciendo al Señor.
La única manera de crecer en nuestra vida espiritual no es solamente a través del recibir estudios o crecer en conocimiento teológico, sino en la medida en que nosotros aplicamos la verdad de Dios a nuestra vida. En la medida en que nosotros estamos dispuestos a decir "esto es cierto y lo voy a vivir como el Señor lo dice", ahí es donde pegamos un estirón y empezamos nosotros a crecer.
Esto mismo es lo que sucede alrededor de la carta a los Colosenses. Permítanme hacerles una pequeña introducción histórica de lo que está aquí pasando. El apóstol Pablo nunca había estado en Colosas; él nunca había visitado esta ciudad, él no había fundado esta iglesia. Esta iglesia había sido fundada por un hombre llamado Epafras, que era un discípulo del apóstol Pablo. Epafras había venido con información acerca de la iglesia, y el apóstol Pablo sí tenía conocidos cercanos en esta iglesia. Uno de ellos era un hombre llamado Filemón. Filemón era el dueño de la casa en donde la iglesia celebraba sus servicios, y Arquipo probablemente era su hijo y era el pastor de esta iglesia.
Ahora, cuando Pablo escribe la carta a los Colosenses, él escribe una carta a la iglesia y también le escribe una carta personal a Filemón. Estas dos cartas aparecen en el Nuevo Testamento: la carta a la iglesia de Colosas y la carta particular a Filemón. Lo cierto es que estas dos cartas son enviadas al mismo tiempo. Un hombre llamado Tíquico, que era uno de los asistentes de Pablo, es el portador de la carta a los Colosenses y el portador de la carta personal a Filemón. Lo cierto es que el apóstol Pablo, sin conocer a la iglesia, le escribe a la iglesia, pero seguramente pensando en lo que le iba a decir a Filemón.
Los que conocemos la historia sabemos que lo que Pablo le iba a pedir a Filemón era una demostración de fe tajante, una demostración valiente de lo que significa seguir a Jesucristo. Porque juntamente con Tíquico y las dos cartas, iba otra persona acompañando a Tíquico en su camino a Colosas. Este hombre era un hombre llamado Onésimo. Onésimo era un esclavo fugitivo que había huido de la casa de Filemón unos años antes, había huido y se había escondido en Roma, pero en Roma había conocido al apóstol Pablo, se había convertido al Señor y se había convertido en su colaborador.
Entonces Pablo envía junto con Tíquico a Onésimo, y estas dos cartas. En la carta a Filemón, de manera particular, le está diciendo: "¿Usted está viendo? Ahí cerca tuyo está Onésimo, el esclavo que había huido de ti. Él merece la muerte y merece el más grande castigo, pero como es de Cristo, yo te pido que lo perdones y hagas de él un hermano, como yo lo soy tuyo." Definitivamente esta decisión era radical. Ya no era hablar de la teoría del amor de Dios y de lo que esto significa, sino que al tener a Onésimo presente era como tener una papa caliente en ese momento.
Y finalmente estaba la carta a Filemón. Pablo hubiera podido hacer esto: imagínese dejar a Onésimo en Roma y pedirle a Filemón que perdonara a Onésimo. Él podría haber dicho: "Si tú lo perdonas, yo lo mando de vuelta; si tú no lo perdonas, no te lo devuelvo." Pero no sucede eso, sino que le dice: "Aquí está Onésimo, perdónalo delante de la congregación."
Es así, hermanos, que cuando nosotros nos encontramos con esta realidad, nos encontramos justamente con la realidad de las decisiones que nosotros tenemos que tomar en el nombre del Señor. Y cuando Pablo escribe a los Colosenses, escribe a los Colosenses teniendo en mente la decisión que Filemón tenía que tomar con respecto a Onésimo. Por eso es que cuando él lo escribe en esta carta, señala la grandeza de nuestro Señor Jesucristo: Jesucristo como el Señor de toda la creación, la esfera visible y la esfera invisible. En Jesucristo nosotros tenemos asegurada la reconciliación, la redención para su pueblo; el Señor nos permite participar en su muerte y poder disfrutar de su resurrección, teniendo la oportunidad de poder vivir en una nueva vida.
En realidad, lo que ustedes ven es la posibilidad de que en la vida de la iglesia de Colosas, y especialmente en la vida de la persona de Filemón, se pudiera notar que en la vida cristiana no existe el dicho que dice "entre el dicho y el hecho hay mucho trecho." Justamente lo que el apóstol Pablo intenta es poder hacer que lo que yo digo y lo que yo hago sea una sola realidad. Porque ese es el propósito de la vida cristiana: que entre lo que yo digo y lo que yo hago sea una sola realidad. Y la carta a Filemón es justamente eso: hacer que nuestras creencias, basadas en lo que el Señor ha hecho en la cruz del Calvario por nosotros, sean una experiencia vital en nuestras vidas. Y eso es lo que el apóstol Pablo intenta hacer y describir en Colosenses el capítulo 3: mostrar cómo lograr que entre el dicho y el hecho no haya ningún trecho. Esa es la intención.
Por eso es que permítanme ir avanzando en Colosenses capítulo 3, para poder mostrarles el dicho, poder mostrarles el trecho que impide que el dicho y el hecho sean una sola cosa, y poder mostrarles cuándo el dicho y el hecho son una sola realidad. ¿Qué les parece? Vamos a ir entonces en ese camino.
Vamos a leer los primeros cuatro versículos de Colosenses el capítulo 3. Dice: "Si habéis pues resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra, porque habéis muerto y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, nuestra vida, sea manifestado, entonces vosotros también seréis manifestados con Él en gloria."
Estos cuatro versículos vamos a referirlos como el dicho. Vamos a referirlos como aquella verdad a la cual nosotros nos sostenemos y con la cual nosotros establecemos nuestras convicciones fundamentales. El apóstol Pablo empieza diciendo: "Si habéis pues resucitado con Cristo." Hay un hecho particular en la vida cristiana que es fundamental definir desde el inicio. Todo cristiano es aquel que ha experimentado el poder salvador de la muerte de nuestro Señor Jesucristo, reconociendo que Jesucristo ocupó nuestro lugar en la cruz del Calvario, lo cual es la demostración visible de nuestra condición de pecado, pero al mismo tiempo descubrir que el Señor Jesucristo deja la cruz vacía y deja la tumba vacía, resucitando a través del poder de Dios a una nueva vida. Esa es la nueva vida que el Señor ha depositado en nosotros.
No puede haber comienzo de vida cristiana si es que nosotros no hemos disfrutado del poder del Cristo resucitado y si nosotros no hemos resucitado con Él. Si nosotros no hemos resucitado con Él, todavía estamos en nuestros delitos y pecados. Esa es la primera afirmación. Esta primera afirmación nos define, no nos define como superespirituales, no. Nos define bajo una sola realidad: si he resucitado con Cristo, es porque también he sido crucificado con Él; y si he sido crucificado con Él, es porque he reconocido que mi naturaleza es pecadora y que yo estaba condenado por mis pecados a una condenación eterna, separado de Dios para siempre. Esa es nuestra primera afirmación: nuestro primer dicho es "yo he resucitado con Cristo."
El apóstol Pablo lo dice de otras maneras. En el capítulo 2, en los versículos 12 y 13, él dice: "Habiendo sido sepultados con Él en el bautismo, en el cual también habéis resucitado con Él por la fe en la acción del poder de Dios que le resucitó de entre los muertos. Y cuando estabais muertos en vuestros delitos y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con Él, habiéndonos perdonado todos los delitos, habiendo cancelado el documento de deuda que consistía en decreto contra nosotros y que nos era adverso, y lo ha quitado de en medio, clavándolo en la cruz."
Señor, nosotros no podemos afirmar nada de nuestra vida cristiana si es que antes no hemos pasado por la cruz de Cristo y por la tumba vacía.
Nuestra gran afirmación como cristianos es que hemos resucitado con Cristo. Ahora, esta resurrección con Cristo demanda dos aspectos muy importantes en nuestra vida que el apóstol Pablo dice casi de manera sinónima. La segunda parte del verso uno dice: buscar las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios; y el verso dos dice: poner la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Si nosotros hemos resucitado con Cristo, entonces yo estoy obligado a una búsqueda particular y estoy obligado a poner en mi vida objetivos específicos.
¿Qué es lo que yo tengo que buscar? La palabra "buscar" no tiene que ver con el hecho de poder reconocer algo que se me ha perdido y empiezo a hurgar por diferentes sitios tratando de encontrarlo. Por el contrario, la idea de buscar tiene que ver con un acto dirigente de investigación y profunda reverencia que me lleva a descubrir una sola cosa: dónde está Cristo sentado a la diestra de Dios, con todo poder y con toda autoridad. Mi búsqueda es poder encontrar la autoridad de Dios; donde está la autoridad de Dios, la autoridad de Dios está en Jesucristo nuestro Señor, y Él está sentado a la diestra del Padre con todo poder y toda autoridad.
Yo tengo que buscar el lugar de autoridad del Señor. ¿Saben por qué? Porque si yo he resucitado con Cristo, ahora yo soy ciudadano del reino de los cielos, y en este mundo en el cual nosotros vivimos hay muchas autoridades y hay muchos reinos que están tratando de obligarme a doblegarme ante ellos permanentemente. Esa es mi lucha de decisión. Por lo tanto, si yo he resucitado con Cristo, tengo que empezar a buscar dirigentemente la autoridad del Señor, poder observar al Señor por encima de todos los reinos de este mundo y descubrir que Él tiene poder y autoridad sobre todas las cosas.
De tal forma que esta búsqueda es fundamental: busca las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Y esta búsqueda del sentido de autoridad del Señor me permitirá entender que todos los reinos de este mundo y todos sus intentos de autoridad no son tan grandes ni tan sublimes como la autoridad de nuestro Señor.
En segundo lugar, el apóstol Pablo les dice: pongan la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Poner la mira tiene que ver con el hecho de apuntar, tiene que ver con el hecho de buscar un objetivo específico; y poner la mira tiene que ver con que nosotros le coloquemos toda nuestra atención y toda nuestra reflexión en la búsqueda de valores espirituales que son superiores a los de esta tierra. Nosotros vivimos también sujetos a los objetivos terrenales en los que todo hombre vive, a lo que Salomón llamaba la vida bajo el sol. Pero desde el momento en que nosotros hemos resucitado con Cristo, nosotros estamos en la búsqueda de valores que trascienden a esta vida terrena. Ya no estoy buscando solamente lo que el hombre busca; yo trasciendo a esa búsqueda, porque no estoy buscando solamente lo que se pierde y lo que el tiempo deja pasar, sino que estoy buscando la eternidad en el Señor.
De tal manera que el cristiano se sostiene bajo esta realidad: la realidad de haber resucitado con Cristo, la realidad de buscar celosa y diligentemente la autoridad del Señor, y poner sus objetivos en valores espirituales que trasciendan a lo meramente terrenal. Y esto, ¿por qué lo hacemos? Porque hay una realidad espiritual presente. ¿Cuál es esa realidad espiritual presente? Dice el verso 3: "Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios."
Hermanos, si nosotros hemos resucitado con Cristo, hay una realidad espiritual presente. Mi vida ya no está aquí sujeta a los vaivenes de este mundo. Mi vida ya está escondida con Cristo en Dios. Mi vida ya está segura en los brazos amorosos de mi Señor. Mi vida, lo esencial de lo que yo soy, ya está protegido por el Señor. Yo no estoy esperando ni la muerte ni la segunda venida del Señor para que mi vida esté segura. Mi vida ya está segura porque está escondida, oculta bajo los brazos amorosos de nuestro Señor y en la eternidad. Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? Porque la realidad de mi vida es que está secretamente escondida en los brazos amorosos de mi Dios.
Es verdad que todos nosotros padecemos diferentes cosas; es verdad que nosotros podemos sufrir robo, enfermedades, desempleo, circunstancias difíciles, pero mi vida está escondida con Cristo en Dios. Nadie puede tomar mi vida porque el Señor la tiene en sus manos. Y la realidad presente es que el Señor ha tomado mi vida imperfecta, pecadora y débil, y la ha llevado a su presencia y la tiene oculta en sus brazos.
¿Y qué es lo que ha dejado en su lugar? El verso 4 dice: "Cuando Cristo, nuestra vida..." De tal forma que mi vida débil está escondida en la presencia de Dios, y la vida que yo vivo ahora es la vida del Cristo resucitado. Cristo es ahora mi vida; Cristo es nuestra vida. Esa es mi realidad presente: mi vida está escondida con Cristo en Dios, y mientras estoy aquí, yo estoy viviendo en la vida del Cristo resucitado. Esa es mi realidad presente, y mi realidad futura es que cuando Cristo, nuestra vida, sea manifestado, entonces nosotros también seremos manifestados con Él en gloria. Nuestro futuro está asegurado: seremos semejantes a Él, porque le veremos tal como Él es. Eso es lo que dice el apóstol Juan.
Entonces, hermanos, ¿de qué se trata aquí? De lo que se trata es que estos preciosos dichos nos ubican en una posición extraordinaria. La primera cosa es que yo he resucitado con Cristo. Si pues, todo cristiano nacido de nuevo tiene que expresar afirmativamente: "Sí, he resucitado con Cristo." Si hemos resucitado con Cristo, entonces tenemos que buscar diligentemente e investigar diligentemente, descubriendo dónde está el Señor que gobierna, descubriendo su autoridad y su poder, para no confundirme con los poderes del mundo. Debo también poner la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra, para no equivocarme, para no vivir simplemente conforme a los valores de este mundo, conquistando las cosas que este mundo conquista, alcanzando las metas que este mundo alcanza.
Nosotros trascendemos a esa realidad, y aunque buscamos como humanos muchas de las cosas que el mundo busca de manera positiva, nosotros trascendemos a esa realidad porque estamos poniendo la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. ¿Por qué? Porque mi vida ya no solo depende de esta tierra; mi vida está escondida con Cristo en Dios. Y porque en esta vida yo no estoy viviendo solamente mi vida; no es simplemente que el Señor ahora ha hecho que mi vida explote y yo alcance el potencial de todos aquellos deseos que en el mundo pudiera alcanzar. Mi vida está escondida con Cristo, y la vida que vivo yo ahora es la vida de Cristo resucitado. Por lo tanto, no se trata de mí, ni de mi carrera, ni de mis expectativas, ni del auto nuevo, ni de la casa linda. Se trata de que Cristo viva en nosotros y sea de bendición para otros.
Entonces, este es el gran dicho, hermanos. Quizás nosotros podríamos quedarnos aquí y decir: "Amén, hermanos, ¡qué precioso! ¡Gloria a Dios! ¡Aplausos! Vivamos de esa manera." Pero el apóstol Pablo no es idealista, él es realista. Por eso es que después del dicho él presenta el trecho, el trecho que hace que el dicho no sea un hecho, porque hay un trecho. ¿Aguien entendedor, pocas palabras, verdad? No sé cómo se lo tradujeron a las personas que escucharon esto en otro idioma, pero algo habrán hecho. Pero lo cierto es, hermanos, que nosotros a veces nos quedamos con los dichos gloriosos y potentes, como con los versos del uno al cuatro, pero nos olvidamos del trecho que impide que entre el dicho y el hecho haya una perfecta unidad.
Y el apóstol Pablo continúa su discurso, y del verso 5 al verso 8 él habla del trecho. Él dice: "Por tanto, considerad los miembros de vuestro cuerpo terrenal como muertos a la fornicación, la impureza, las pasiones, los malos deseos y la avaricia, que es idolatría. Pues la ira de Dios vendrá sobre los hijos de desobediencia por causa de estas cosas, en las cuales vosotros también anduvisteis en otro tiempo cuando vivíais en ellas. Pero ahora desechad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, maledicencia, lenguaje obsceno de vuestra boca."
No hay duda, hermanos, que cuando el apóstol Pablo habla de la preciosa realidad espiritual, no está negando esta tremenda realidad terrenal. Por eso es que nosotros tenemos que saber que entre el dicho y el hecho de nuestra vida cristiana, ese profundo trecho no es un trecho vacío. No es algo que simplemente yo voy a llenar con nuevas actividades: antes no asistía a la iglesia y ahora voy a asistir; antes no estudiaba los cursos bíblicos y ahora voy a estudiarlos; antes no leía libros cristianos y ahora los leo. No es eso. En realidad, el trecho que divide nuestras grandes confesiones de fe y una vida que viva de acuerdo a esas confesiones de fe es nuestra vida de pecado. Es la realidad de un pecado que ha sido nuestro estilo de vida hasta el momento en que conocimos a nuestro Señor Jesucristo. Y mientras nosotros no asumamos la responsabilidad de salir del pecado, siempre va a haber entre el dicho y el hecho ese gran trecho de inmundicia en nuestra vida.
Y este trecho de inmundicia el apóstol Pablo lo define con mucha profundidad. Él dice en el verso 6: "Pues la ira de Dios vendrá sobre los hijos de desobediencia por causa de estas cosas." Las cosas que el apóstol Pablo define como pecaminosas son cosas que el Señor desecha por completo; su ira estará sobre esas cosas. El Señor no va a cambiar de opinión acerca del pecado; el Señor no lo va a entender de una manera distinta. El Señor aborrece el pecado y la vida de pecado, y la ira de Dios caerá sobre estas cosas, así lo dice el Señor. Por lo tanto, el gran trecho de pecado en nuestras vidas no podemos justificarlo.
No se lo podemos explicar al Señor: "Si tú supieras, cuando yo era niño me pasaron ciertas cosas que hacen que yo sea de esta manera". Señor, permíteme explicarte porque, en realidad, si yo dejo de mentir en el trabajo me van a ganar las posiciones, no voy a poder vender lo que quiero vender. Y yo quisiera que tú entiendas, yo sé que tú eres comprensivo. Pero lo que Dios llama pecado, Dios lo llama pecado, y lo que Dios aborrece no solamente lo aborrece y desecha por algo que Él rechaza, sino por el daño que nosotros como seres humanos creados a Su imagen y semejanza producimos.
Ahora, es interesante que el texto dice que la ira de Dios vendrá sobre estas cosas, pero dice que vendrá sobre los hijos de desobediencia por causa de estas cosas. Es interesante, hermanos, que nosotros, para usar las palabras "obediencia" y "desobediencia", no las usamos ya para los adultos. No hablamos de un adulto desobediente. La obediencia y la desobediencia llegan hasta los niños y los adolescentes, ¿verdad? Pero en realidad la palabra "obediencia" y "desobediencia" está muy vinculada a nosotros como criaturas creadas a imagen y semejanza de Dios, a quien le debemos obediencia.
La palabra "desobediencia", interesantemente, es la negación a ser persuadido por la verdad. Los hijos de desobediencia son aquellos que se niegan a ser persuadidos por la verdad. Cuando nosotros permitimos este trecho en nuestras vidas con el cual no hemos trabajado, estamos diciendo: "Señor, yo soy un hijo de desobediencia. No soy un hijo tuyo, soy un hijo de desobediencia". Alguien que se niega a ser persuadido por la verdad. Alguien que está continuamente optando por aquello que el Señor ha decretado con absoluta claridad que aborrece, pero que siempre dice: "Pero si tú supieras, pero de aquí, pero de allá, pero tú sabes, Señor, si tú me entendieras, cuando yo era niño, cuando yo era pequeño, tú no sabes lo que me hizo mi papá", etcétera, tratando de justificar lo que Dios ha declarado con absoluta claridad que aborrece.
Y en el versículo 7, el apóstol Pablo dice: "En las cuales vosotros también anduvisteis en otro tiempo, cuando vivíais en ellas". Nosotros anduvimos en esas cosas cuando vivíamos en esas cosas, pero ¿dónde está mi vida ahora? Mi vida está escondida con Cristo en Dios. Si mi vida está escondida con Cristo en Dios, yo ya no puedo vivir esas cosas en mi vida, porque mi vida está con el Señor. Tampoco la puedo vivir en esta tierra, porque tu vida está escondida con Cristo en Dios, y la vida que vives ahora es la vida del Cristo resucitado. ¿Cómo justificas el pecado en tu vida? Entonces, dímelo, hijo de desobediencia, persuádeme de que sí te es lícito vivirlo, o de que te toca aprovechar esas circunstancias en tu vida porque de alguna manera tú eres especial.
El apóstol Pablo habla y dice de manera muy enfática en el versículo 5 y en el versículo 8, y utiliza dos sinónimos para referirse a dos listas de cinco cosas. Porque si ustedes las cuentan, son dos listas de cinco cosas: cinco cosas en el versículo 5 y cinco cosas en el versículo 8. El apóstol Pablo no intenta ser exhaustivo como una lista de pecados completa. Lo que el apóstol Pablo está intentando es dar una relación de aquellas cosas que, en primer lugar, en el versículo 5, nos causan daño a mi alma, y en el versículo 8, cinco cosas que le causan daño al alma de los demás a través de mí. Eso es lo que el apóstol Pablo está definiendo.
No es una lista de pecados exhaustiva como para que tú digas: "Me salvé, porque yo no estoy allí. Ahí no está ninguno de mis pecados". No se trata de eso. Se trata de que el apóstol Pablo está señalando dos grandes ejemplos de lo destructivo que puede ser el pecado en mí, y de lo destructivo que puede ser el pecado cuando yo lo uso en detrimento de otros.
Ahora, ¿cuál es la fórmula que el apóstol Pablo usa en el trecho? La primera parte del versículo 5 dice: "Por tanto, considerad los miembros de vuestro cuerpo terrenal como muertos". Quizás esta es una de las pocas oportunidades en que nosotros tenemos en la Biblia de las Américas una traducción que no es muy buena, porque en once palabras pareciera que el apóstol Pablo nos estuviera haciendo una sugerencia. La Reina Valera del 60 dice, si no me equivoco, "haced morir". Y la Biblia de las Américas dice: "Considerad los miembros de vuestro cuerpo terrenal como muertos". En realidad, en el original, Pablo es muy directo. El apóstol Pablo dice: "Mátalos". El apóstol Pablo utiliza una palabra muy directa y muy específica. Él dice: "Mátalos". *Nekrósate*, dice. *Nekrósate*: mátalos.
Él no está dando la posibilidad de un proceso, no está dando la posibilidad de un curso, una terapia, algo en lo que yo voy a ir progresivamente: pecadotes, pecado, pecadito, pecadillo, casi nada, ya falta poco, voy llegando. No está diciendo nada de eso. Está diciendo: "*Nekrósate*, mátalos". Y en el versículo 8 vuelve con la misma afirmación y dice: "Pero ahora, desechar". Y la palabra "desechar" tiene esa misma intención. Yo desecho lo inservible, excluyo aquello que no vale la pena. Y para aquellos que quisieran encontrar algunos sinónimos que lo expliquen mejor, se los voy a dar: excluir, reprobar, desestimar, no apreciar, renunciar, no admitir, expeler, apartar, menospreciar, arrojar, deponer, poner en su sitio. *Apóthete panta*, dice en el original. Vótalo todo. Deséchalos, exclúyelos, mátalos.
Ahora, cuando nosotros escuchamos palabras como esas, nos damos cuenta de que el trecho, de acuerdo a la realidad del texto, es algo que no puede permanecer en nuestra vida. Es algo que no puedo justificar, porque si lo justifico, estoy negando que Dios está airado contra eso, y estoy negando que yo soy un hijo de obediencia y, por lo tanto, en lo contrario, soy un hijo que se niega a ser persuadido por la verdad.
Y el apóstol Pablo, entonces, está ante dos listas de cinco. La primera lista de cinco tiene que ver con cosas que le hacen daño a mi propia alma. Dios las aborrece, no solamente porque tienen moralina en el alma, sino porque son cosas que destruyen mi alma, nos destruyen como criaturas creadas a imagen y semejanza de Dios: la fornicación, impureza, pasiones malas, deseo y avaricia.
La fornicación es un afán desordenado de mi sexualidad, que me impide alcanzar una correcta intimidad. Yo destruyo mi intimidad con la fornicación. La impureza, el afán desordenado por aquello que no me conviene: yo dejo de ser limpio cuando permito que la suciedad pueble mi alma. Las pasiones son un afán desordenado de nuestras emociones; yo no puedo controlar mis emociones y, por lo tanto, pierdo la posibilidad de descubrir lo que es el verdadero afecto. Los malos deseos son el afán desordenado de mis apetitos; por lo tanto, yo no aprendo el significado de lo que es el dominio propio. La avaricia es el afán desordenado por las posesiones; por lo tanto, yo no entiendo que soy un mayordomo y que el dueño del cielo y la tierra es el Señor.
Ustedes perciben entonces: ¿qué cosas debo eliminar? Debo eliminar cosas que le hacen daño a mi alma y que, por lo tanto, no me permiten vestirme y no me permiten ser como el Señor espera que yo sea.
Y en el versículo ocho, nuevamente cinco cosas: ira, enojo, maldad, maledicencia y lenguaje soez. Cinco cosas que expresan que cuando hay pecado en mi vida yo puedo hacerle daño a los demás. Daño en mi búsqueda de algo bueno, pero daño al fin. ¿Qué es la ira? Es el afán desordenado en la búsqueda de retribución, una venganza violenta y elaborada. Sabemos que en la ira del hombre no opera la justicia de Dios. Puede ser que yo esté buscando justicia, pero no a través de la ira, porque la ira hace daño.
El enojo es el afán desordenado al mostrar molestia; es una queja emocional dañina. Quizás la queja y la molestia que tengo es porque estoy en búsqueda de orden, pero no lo puedo hacer a través del enojo, porque el enojo daña y destruye justamente el orden que estoy buscando. La maldad, que también se traduce como malicia, es el afán desordenado en mis intenciones. La maldad tiene que ver con que yo estoy tratando de conseguir algo haciéndoles daño a los demás, como si la única manera de obtener aquello que estoy buscando fuera quebrantando lo que el Señor ha establecido. Por lo tanto, si yo tengo malicia en mis intenciones, nunca podremos encontrar bienestar; siempre voy a estar causando malestar en lugar de bienestar.
La maledicencia es el afán desordenado acerca de la opinión que yo tengo de los demás. Precisamente, el apóstol Pablo usa la palabra griega *blasfemia*, que es un término que se utiliza para hablar mal de Dios, pero aquí el apóstol Pablo utiliza esa palabra, que tiene que ver con la relación con el Señor, para aplicarla a la relación con los hombres. Cuando yo no sé opinar bien de los demás, eso hace que yo les pierda el respeto. Y por último, el lenguaje soez, que es el afán desordenado al expresarnos de manera indebida o indigna; ahí yo pierdo la posibilidad de hablar con decencia, con delicadeza, con amabilidad, de manera agradable.
Por lo tanto, hermanos, en estas dos listas el apóstol Pablo está demostrando que yo tengo que matar y desechar, de una vez por todas, todo aquello que le hace daño a mi alma y todo aquello que, a través de mi alma, le hace daño a los demás. Eso es la búsqueda, eso es el trecho, eso es lo que yo tengo que hacer para poder eliminar ese trecho que permita que entre el dicho y el hecho no haya ningún vacío.
Por eso es que el apóstol Pablo, más adelante, en los versículos 9 al 14, leemos lo siguiente:
"No mintáis los unos a los otros, puesto que habéis desechado al viejo hombre con sus malos hábitos, y os habéis vestido del nuevo hombre, el cual se va renovando hacia un verdadero conocimiento conforme a la imagen de aquel que los creó, una renovación en la cual no hay distinción entre griego y judío, circunciso e incircunciso, bárbaro, escita, esclavo o libre, sino que Cristo es todo y en todos. Entonces, como escogidos de Dios, santos y amados, revestidos de tierna compasión, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia, soportándonos unos a otros y perdonándonos unos a otros; si alguno tuviera queja contra otro, como Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros. Y sobre todas estas cosas, vestidos de amor, que es el vínculo de la unidad."
Hermanos, el apóstol Pablo acaba de señalar el trecho y la primera afirmación en donde él se refiere a nuestros hechos es: "No nos mintamos los unos a los otros." Si nosotros no hemos eliminado el trecho pecaminoso de nuestra vida, nuestros dichos siempre van a ser una mentira. Mi adoración siempre va a ser una mentira, y vamos a estar mintiéndonos unos a otros elaborando frases altisonantes y elocuentes que no expresan la realidad del trecho que hay en mi vida.
El apóstol Pablo no se está refiriendo a la mentira específicamente como pecado, sino a que en la iglesia nosotros nos estemos mintiendo. Nos mentimos cuando nosotros no hemos matado y no hemos desechado aquellas áreas de mi vida a las cuales el Señor me ha persuadido que tengo que eliminarlas de mi propia existencia. No nos mintamos los unos a los otros. No nos mintamos cuando exponemos en una clase algo que no estamos viviendo, cuando expresamos y leemos cosas en la Palabra de Dios que en realidad no forman parte de mi vida, porque yo tengo abundancia de pecado que todavía no he matado y no he desechado.
El apóstol Pablo dice: "No mintáis los unos a los otros, puesto que habéis desechado al viejo hombre con sus malos hábitos." Desechar al viejo hombre —la palabra "desechar" es desnudar, es quitarle la ropa al viejo hombre. Es interesante que el apóstol Pablo empieza a usar este término de vestimenta para referirse a la realidad del viejo hombre y del nuevo hombre, porque era un término muy importante en su tiempo. Lo primero que quiero decirles es: desechar es desvestir.
Si se supone que nosotros nos hemos desvestido del viejo hombre con sus malos hábitos, la palabra "hábitos" en el original es la palabra *praxis* en griego. La palabra *praxis* en griego es los hechos tal como son, los hechos que no merecen explicación, los hechos que no nacen de la teoría. Las cosas son como son; lo que hiciste es lo que hiciste. Por lo tanto, no se explican, no se justifican, no merecen una interpretación. Son cosas que yo me he quitado, son cosas de las que yo me he desvestido.
Es interesante notar, hermanos, que en nuestro tiempo vestirnos es una cuestión de estilo, algo muy diferente a las vestiduras del primer siglo. De acuerdo a la ley romana, a la gente de diferentes clases sociales se le requería diferentes tipos de ropa. Había tipos de túnicas y ornamentos que solo podían ser usados por los senadores y por las clases políticas. Diferentes atuendos estaban regulados para los solteros y también para los casados. Así, cuando los recipientes de la carta en la iglesia de Colosas leyeron esto del desvestirse y vestirse de un nuevo hombre, ellos estaban entendiendo que lo que el apóstol Pablo les estaba ordenando hacer era vivir bajo una identidad distinta.
Esa es la invitación que el apóstol Pablo estaba haciendo. Justamente desde principios del siglo II, la iglesia cristiana incorporó un rito adicional al bautismo: la gente entraba al agua con sus ropas viejas, y al salir del agua se desnudaba de sus ropas viejas y se le colocaban ropas nuevas, señalando su nueva identidad en Jesucristo. Esto se realizó a partir del siglo II. Esta figura es sumamente provocativa y sumamente importante porque tiene que ver con identidad.
Entonces, no nos mintamos unos a otros, y es que en realidad nos hemos desvestido del viejo hombre con sus hechos. Simplemente con sus hechos, no hay que justificarnos. No te está pidiendo el Señor que tú justifiques si haces esto o lo otro. Te está diciendo que te desvistas, te está diciendo que mates y te está diciendo que deseches. No te está pidiendo explicaciones, simplemente que deseches aquello que el Señor aborrece y que le obedezcas al Señor.
Por eso es que el versículo 10 dice: "Y os habéis vestido del nuevo hombre, el cual se va renovando hacia un verdadero conocimiento conforme a la imagen de aquel que lo creó." Hermanos, aquí hay algunas cosas importantes que aprender con respecto a la vestidura. Dice: "Os habéis vestido del hombre *neon*" —esa es la idea de lo nuevo. A mí me gusta la idea de *neon* porque suena como brillante, suena como iluminado. Pero es interesante notar, hermanos, que nosotros siempre nos vestimos con ropa que nos queda, ¿verdad? Nosotros nos ponemos ropa de acuerdo a nuestra talla; nosotros no vamos buscando tallas más grandes ni tallas más chicas, sino tallas que se acomoden a nosotros mismos.
Déjenme decirles algo con respecto a las vestiduras espirituales: las vestiduras espirituales son tallas que solamente le quedan a Cristo, y por lo tanto yo tengo que vestirme del nuevo hombre con la vestidura que le queda a Cristo, no la que me quede a mí. Yo tengo que crecer en el conocimiento para que esta ropa, que solo le queda a Cristo, me vaya quedando a mí. Yo no tengo que acomodar la vida de Cristo a mi cuerpo. Yo no puedo poner las vestiduras de Cristo y acomodarlas a mi cuerpo, porque en realidad estoy viviendo con la vida de Cristo y por lo tanto la ropa le tiene que quedar a Él. Nosotros somos los que tenemos que crecer para que esa ropa nos quede bien. Por eso dice que esta ropa se va renovando hacia un verdadero conocimiento conforme a la imagen de aquel que lo creó. Son las vestiduras de Cristo.
Hermano, no trates de vestirte de un cristianismo que te quede a ti. No trates de vestirte de un cristianismo que se amolde a tus circunstancias, que se amolde a tu carácter. "Yo soy de mal genio, pues mi cristianismo se tiene que acomodar a mí. Lo que será da, no se gusta; genio y figura hasta la sepultura." Etcétera, etcétera. No. Justamente desvístete de lo viejo y vístete de Cristo. No importa que te quede grande, pero vístete de Cristo. No importa que te quede grande, pero empieza a experimentar la búsqueda de lo que debe ser, porque empieza a entenderse que aquí me falta crecer. Yo necesito crecer para que esta vestidura me quede.
Y no solamente eso, sino que yo debo entender que esta renovación de vestidura es una renovación que no depende de mi pasado religioso, no depende de mi pasado social, no depende de mi pasado racial. Dice el versículo 11: "Una renovación en la cual no hay distinción entre griego y judío, circunciso e incircunciso, bárbaro, escita, esclavo o libre, sino que Cristo es el todo y en todos." No hay distinciones sociales, no hay distinciones raciales. No es que tú tienes pocos estudios o tienes muchos estudios; no es que tú fuiste religioso o no fuiste religioso; no es que tú fuiste esclavo o libre. Se trata de que te revistas de Jesucristo, se trata de que tú adquieras ropas nuevas y que adquieras con valentía la posibilidad de vestirte como el Señor te quiere vestir.
Es interesante que aquí aparece una palabra que no aparece en el resto del Nuevo Testamento, y yo vi que muchos de ustedes estaban preguntándose: "Pepe, por favor, explícanos, ¿verdad? ¿Qué es escita? ¿Quién es un escita?" Yo me di cuenta de que algunos de ustedes estaban pensando: "Pepe, no está diciendo nada de esto." Bueno, un escita —porque dice "bárbaros, escitas"—: los escitas eran la referencia a las personas más primitivas fuera de los contornos del Imperio Romano. El apóstol Pablo se refiere a los bárbaros, que ya eran considerados bárbaros porque eran invisibilizados fuera del Imperio Romano, pero él dice "bárbaros, escitas", como diciendo: aun aquellos que ni siquiera se les podía dar el título de humanos, aun ellos se pueden vestir de Cristo. Aun para ellos también existe la posibilidad en Cristo de vivir de una manera distinta. Porque Cristo es el todo y en todos.
No hay diferencia. No hay razón para que yo pueda poner un argumento que niegue la persuasión que el Señor nos da con respecto a la manera en que nosotros debemos vivir. Cristo es el todo y en todos, de tal manera que tú, tú, tú, si eres cristiano, todos estamos con la misma vestidura. No hay cómo acomodar el cristianismo a tu cuerpo. Vístete con las vestiduras de Cristo, no importa cuán grandes te queden, y eso va a generar en nosotros una nueva identidad.
Dice el pasaje en el versículo 12: "Entonces, como escogidos de Dios, santos y amados…" ¿Se dan cuenta? Ahí hay una nueva identidad, que es la nueva identidad producto de las nuevas vestiduras. Ahora puedo verme como escogido de Dios. No me metí yo en las filas, no estoy disfrazado: he sido seleccionado por el Señor. No solamente estoy aquí de casualidad; soy propiedad del Señor, soy propiedad de Él. Soy santo porque soy suyo, y no solamente he sido escogido y soy de su propiedad, sino que soy amado por el Señor. Esa es mi identidad. Por eso es que me ven con estas ropas, no importa cuán grandes me queden: yo soy escogido, santo y amado.
Entonces el apóstol Pablo continúa y dice: "Revístete." Es interesante, hermanos —y con esto vamos terminando—, que la idea de revestirse tiene que ver con el hecho de ponerte mucha ropa, hasta el punto en que nadie pueda ver quién tú eres. Solo se te puede reconocer a través de la ropa. Tu identidad solo se reconoce a través de la ropa. Revístete, vístete con muchas prendas. Tú ya te has desnudado del viejo hombre con sus harapos; pues ahora vístete de Jesucristo, y vístete mucho. Revístete. Esa es la idea.
La palabra "revístete" en el original incluye también la idea de un detalle en las vestiduras. Yo sé que en este país caribeño difícilmente nos podemos poner muchas cosas; no sabemos lo que significa el invierno. A ver, vamos a salir: entonces la chompita, el otro polito, la casaca, los guantes, el otro guante, las orejeras, la bufanda, el gorro, los lentes. Eso es revestirse. Y justamente, ante la inclemencia del mundo, ante la inclemencia del clima del mundo, si no quieres tener un resfriado espiritual, revístete de Cristo. Revístete de Cristo de una manera tan distinta a lo que tú eras, que vas a vivir de una manera completamente nueva.
Manera distinta. El verso dos se continúa y ahora menciona nuevamente cinco cosas que no son exhaustivas, pero que muestran el cambio radical en nuestro corazón. Dice: revestidos de tierna compasión, de bondad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia, soportándonos unos a otros, perdonándonos unos a otros. Si alguno tiene queja contra otro, como Cristo nos perdonó, así también debemos hacerlo nosotros.
Hermanos, la tierna compasión es un profundo sentido de afecto hacia quienes sufren penalidades o desgracias. La bondad es la disposición íntima hacia lo bueno, lo respetable, lo honesto. La humildad es conformar el comportamiento al ejemplo de humillación de nuestro Señor Jesucristo, poner el bien de los demás por encima del nuestro. La mansedumbre, que es lo opuesto a una presencia poderosa, es alguien que se presenta apacible, sosegado, tranquilo, benigno. La paciencia es la capacidad interna para soportar a los demás en todo tiempo y por largo tiempo.
¿No son estas cosas que nosotros necesitamos en nuestra vida para ser de bendición? Miren la referencia que el Señor hace en Su Palabra: esto es aquello de lo que nosotros debemos revestirnos. Y nos revestimos de esto para soportarnos unos a otros. ¿Por qué? Porque en realidad es posible que no nos gustemos todos, pero debemos tolerarnos mutuamente, porque alguien me está tolerando a mí. No dice "soporta a los demás", sino dice "soporténse mutuamente". También dice "perdónense mutuamente", porque hay genuinas ofensas que debemos perdonar, porque genuinamente nos podemos ofender. Pero el modelo y el nivel de perdón es el que gratuitamente recibimos nosotros en Jesucristo.
Y finalmente, el apóstol Pablo dice en el verso 14: "Y sobre todas estas cosas, vestíos de amor, que es el vínculo de la unidad." En otras versiones dice "el vínculo perfecto", ¿verdad? Pero ¿por qué dice "el vínculo de la unidad"? Porque la palabra "vínculo" es la misma palabra para "cinturón", y ya que estamos hablando de vestiduras, lo único que va a poder mantener sujetas todas las vestiduras que me estoy poniendo —y que me quedan sumamente grandes— será el cinturón del amor. Vístete de amor, porque es el vínculo de la unidad.
¿No dijo nuestro Señor: "En esto conocerán todos que son mis discípulos, si tuvieren amor los unos para con los otros"? Si nos vestimos de Cristo, hermanos, si eliminamos la brecha del pecado, entonces nuestros dichos poderosos tendrán comunicación con nuestros hechos poderosos, y podremos tener esa nueva identidad: escogidos de Dios, santos y amados por el Señor.
José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor, y autor del libro Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024). Ha servido como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en la República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú, donde enseña en el Instituto Integridad & Sabiduría y colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y juntos son padres de su hija Adriana.