Integridad y Sabiduria
Sermones

Sabiduría para la vida (parte 1)

Héctor Salcedo 3 abril, 2016

La vida nos concede un solo intento para encontrar la felicidad, y sería devastador llegar al final descubriendo que la desperdiciamos persiguiendo lo que nunca pudo satisfacernos. El libro de Eclesiastés es precisamente el testimonio de alguien que tuvo acceso a todo lo que este mundo puede ofrecer —riqueza, sabiduría, placer, poder— y que dedicó su vida a investigar exhaustivamente qué hay de provecho en toda la actividad humana. Su conclusión inicial es desalentadora: vanidad de vanidades, todo es vanidad. Debajo del sol, sin considerar a Dios, nada llena el vacío del alma.

La expresión "debajo del sol", repetida casi treinta veces en el libro, delimita el análisis: es la vida evaluada sin tomar en cuenta lo trascendente. Y cuando se examina así, todo resulta vapor, humo que se disipa. Como ilustra el pastor Héctor Salcedo, es como hacer una fila interminable para recibir al final solo una paletita. El rico insensato de Lucas 12 cometió ese error: acumuló bienes creyendo que satisfarían su alma, y Jesús lo llamó necio porque no pensó en lo que permanece.

Sin embargo, Dios puso eternidad en nuestros corazones, un hambre espiritual que nada terrenal puede saciar. Esa inquietud debería conducirnos hacia arriba, hacia Cristo, el pan de vida. La conclusión del predicador tras toda su búsqueda es clara: teme a Dios y guarda sus mandamientos. No hace falta recorrer el mismo camino de vacío para llegar a esa verdad; podemos aprender de quien ya lo transitó y encontrar a tiempo el alimento que realmente satisface.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Hay cinco libros, como muchos saben: Job, Salmos, Proverbios, Eclesiastés y Cantar de los Cantares, que no son libros históricos o proféticos como la mayoría de los que encontramos en el Antiguo Testamento, sino que tratan cómo se vive la vida realmente, y nos entregan muchas instrucciones para vivir una vida en sabiduría. Obviamente, la fuente de la sabiduría es Dios; la fuente de la sabiduría de este libro es de Dios. Y precisamente con eso en mente, como una muy breve introducción a mi introducción, pues vamos ubicando el libro de Eclesiastés, que está inmediatamente después del libro de Proverbios, y ahí encontramos los doce capítulos que tiene el libro de Eclesiastés.

Antes de leer, yo voy a hacer un sermón panorámico de lo que es el libro, de lo que el libro plantea, y los dos sermones siguientes van a ser similares, tratando de capturar la idea central que el autor quiere comunicar. Hablando un poco de lo que es el libro, el libro nos habla en sentido general del propósito de la vida. Yo quisiera comenzar en ese punto en particular. De hecho, cantábamos unos minutos atrás: "Tú nos creaste con un propósito", y el libro de Eclesiastés precisamente lo que hace es estudiar el propósito de la vida del hombre. Esa es la búsqueda que el autor de Eclesiastés hace.

Llevándonos un poco a nuestro mundo, en lo que es la búsqueda de propósito y la búsqueda de significado, tenemos un ejemplo en la gran nación norteamericana, donde uno de sus documentos más importantes, su Declaración de Independencia, habla de tres derechos que son naturales a todo ser humano. La Declaración de Independencia habla de que el ser humano tiene derecho a la vida, derecho a la libertad y derecho a buscar la felicidad. De hecho, hay una película que se llama "En busca de la felicidad", de reciente producción. Ese es uno de los derechos fundamentales de la nación norteamericana, que ellos entienden es innato a todo ser humano.

Es interesante que cuando ellos hablan del derecho a buscar la felicidad, no hablan del derecho a la felicidad, sino a buscar la felicidad. Todo el mundo debería tener ese derecho, y en esa carrera es que está todo ser humano. Todo lo que el ser humano hace, todo lo que nosotros hacemos, de una u otra manera procura que encontremos felicidad, plenitud en la vida, satisfacción. ¿No es detrás de eso que estamos todos? No todos lo hacemos de la misma manera, no todos usamos los mismos medios para buscar esa felicidad o para buscar esa plenitud y esa satisfacción, pero todos estamos dedicados a eso.

El problema con la vida humana y la búsqueda de la felicidad es que solamente tenemos un tiro, una vida para buscar la felicidad. ¡Qué frustrante sería que yo pase toda mi vida, mi única vida, y desperdicie mi único tiro buscando la satisfacción y la felicidad en cosas que al final de la vida no me la proveen! Y ahora, ¿qué hacemos si al final de nuestra existencia, de nuestros días, no nos queda más tiempo para hacer un nuevo intento en la búsqueda de la felicidad y nos hemos dado cuenta de que nos hemos equivocado? ¡Wow! Llegaríamos a la desesperanza, llegaríamos a la frustración, a la depresión.

¿No sería útil que alguien nos ayude en esa tarea? ¿Que alguien nos diga, con cierta experiencia, con cierto conocimiento y sabiduría, dónde está realmente la fuente de satisfacción, de propósito y de felicidad en la vida? Eso es precisamente la reflexión que hace el autor de Eclesiastés. Él hace un recorrido por toda la oferta que el mundo tiene, por todos los medios que el mundo ofrece para proveernos supuestamente felicidad y satisfacción, y llega a una serie de conclusiones. Él contó con todos los medios y todas las posibilidades que un ser humano puede tener para perseguir la felicidad en este lado de la gloria, aquí en la tierra, y nos da sus conclusiones.

Yo quiero saber eso porque yo no quiero desperdiciar mi vida. Yo no quiero desperdiciar el tiro que se me ha dado. Yo no quiero llegar al final de mi existencia y darme cuenta: "¡Wow, me equivoqué!", pero ya no me queda tiempo. Por lo tanto, son palabras sobrias las que vamos a compartir en el día de hoy y en estos días.

Entonces yo quisiera precisamente que fuéramos al libro de Eclesiastés y hablemos hoy, primero, de esta búsqueda de la felicidad, de la plenitud, de la satisfacción de este autor: cuáles son las características de esta búsqueda que él presenta en su libro. Los doce capítulos en su totalidad son precisamente la presentación de su búsqueda y lo que él encontró, buscando el propósito y el significado de la vida, y nos lo presenta de una manera relativamente ordenada. Digo "relativamente" porque una de las controversias que el libro tiene es precisamente que el libro es un poco desorganizado cuando uno lo lee aparentemente. Pero eso es precisamente parte del propósito del autor: escribir el libro de la manera que la vida es aquí en la tierra. La vida aquí en la tierra no tiene mucho sentido, y el libro da esa sensación de que va de un lugar a otro, de una forma a otra. Eso es parte del mensaje mismo del libro.

Pero yo quisiera primero ver esta búsqueda y los cuatro aspectos principales que entiendo que la búsqueda presenta a lo largo del libro. Lo primero es que es una búsqueda a la que el autor de Eclesiastés se dedicó. Quiero enfatizar ciertas cosas. Es una búsqueda a la que el autor de Eclesiastés se dedicó. Comencemos hablando de Eclesiastés como nombre: el título del libro significa "predicador", simplemente predicador, una persona que convoca una asamblea para predicarle, para enseñarle. Fíjense que en el versículo 1, capítulo 1, versículo 1, dice: "Palabras del Predicador, hijo de David, rey en Jerusalén. Vanidad de vanidades, dice el Predicador; vanidad de vanidades, todo es vanidad."

El título "Eclesiastés" significa precisamente eso: predicador, alguien que convoca una asamblea para enseñarnos, alguien que acumula palabras, que las aglutina, con el fin de instruir. Desde ya el libro, desde su entrada, desde su primer versículo, el objetivo del libro es instruir al oyente. Se nos está predicando con cuidado, como nos dice de hecho el capítulo 12, versículo 10, ya casi concluyendo, donde se dice lo siguiente: que el Predicador trató de encontrar palabras agradables y describir correctamente palabras de verdad. O sea, es un libro escrito con cuidado, un libro escrito tratando de expresarse bien, tratando de comunicar un mensaje. Y desde ahí nosotros sabemos entonces que el libro está dedicado a la instrucción y a predicar, a dejarnos un mensaje cuidadoso.

El autor del libro, el predicador, se entiende que fue Salomón. Hay algunas controversias, pero nosotros entendemos que fue Salomón. El capítulo 1, versículo 1, dice: "Palabras del predicador, hijo de David, rey en Jerusalén." El versículo 1:12 dice: "Yo el predicador he sido rey sobre Israel en Jerusalén." La descripción de todo el libro, todo lo que el libro relata, coincide con la descripción de la vida de Salomón en Primera de Reyes.

Y luego en el 12:9 se nos dice también, hablando del predicador o del autor, lo siguiente: que el predicador, además de ser sabio, enseñó también sabiduría al pueblo, y ponderó e investigó y compuso muchos proverbios. Eso es algo que se ajusta a Salomón. Y es importante la autoridad de Salomón porque él tiene la autoridad, humanamente hablando, para hablarnos de esta búsqueda de propósito en la vida. Salomón tuvo acceso a todo lo que un ser humano puede tener en este mundo, absolutamente todo lo que el ser humano, humanamente hablando, puede desear, Salomón lo dispuso en abundancia. Salomón tuvo acceso a todos los medios que este mundo puede ofrecernos, y es desde esa perspectiva que él nos habla, y por eso la autoridad de Salomón es importante.

Una tercera cosa que vemos en esta búsqueda, a la que el autor de Eclesiastés se dedicó, es que fue una búsqueda intensa. Él se lo tomó en serio. Esto no fue un experimento de un día, esto no fue algo que él hizo caprichosamente. Esto fue posiblemente un recorrido, una recopilación que él hizo al final de sus días. Miren cómo dice el capítulo 1, versículo 13: "Y apliqué mi corazón a buscar e investigar con sabiduría todo lo que se ha hecho bajo el cielo." La expresión en el original indica una entrega a una investigación exhaustiva: apliqué mi corazón intensamente a buscar con sabiduría todo lo que se había hecho debajo del sol.

Todo lo que el ser humano hace, toda la actividad humana, todo lo que el hombre persigue, yo lo sometía al escrutinio de la sabiduría. Aquí se sabría en qué consistía, para qué servía, qué utilidad tenía esta búsqueda y esta actividad humana. O sea que su búsqueda fue intensa y extensa en todo lo que el ser humano puede hacer aquí en esta tierra. El versículo 1:17 también dice: "Y apliqué mi corazón a conocer la sabiduría, y a conocer la locura y la insensatez; me di cuenta de que esto también es correr tras el viento." Ahí comienza su búsqueda: él comenzó buscando la sabiduría como la respuesta al propósito de la vida, la filosofía como la respuesta al propósito de la vida.

En el 7:25 también nos habla de la misma búsqueda, dice: "Dirigí mi corazón a conocer, a investigar y a buscar la sabiduría y la razón." Fíjense cómo a lo largo del libro este hombre nos está diciendo que está dedicándose a estudiar lo que el hombre hace, la actividad humana, para ver si hay propósito y sentido en lo que el hombre está haciendo. O sea que esta búsqueda, a la que el autor de Eclesiastés se dedicó, fue una búsqueda intensa que le tomó posiblemente una buena parte de su vida.

Se entiende que durante una parte de la vida que él describió aquí, Salomón se desvió del Señor. Nosotros sabemos que él permaneció, más adelante, aferrado a Dios, porque su conclusión, de hecho, es que el final de todo el discurso es que temamos a Dios y sigamos Sus mandamientos. Después de haber analizado todo, él llega a la conclusión de que Dios es en donde podemos encontrar la plenitud y la satisfacción que el hombre está buscando.

Pero lo primero que vemos en esta búsqueda de este autor de Eclesiastés es que fue un hombre que se dedicó intensa y extensamente a investigar todo lo que el ser humano hacía o hace aquí en la tierra. El segundo aspecto de esta búsqueda es que es una búsqueda necesaria y obligada para todo ser humano. Nosotros tenemos que preguntarnos por qué hacemos las cosas, por qué hacemos lo que hacemos cada día.

La pregunta que abre el libro —fíjense en el capítulo 1, versículo 3— él abre el libro, por así decirlo, con esta pregunta: "¿Qué provecho recibe el hombre de todo el trabajo con que se afana bajo el sol?" Esa misma pregunta la repite en 3:9 y la repite en 5:15. ¿Cuál es el provecho de toda la actividad humana? Fíjense que dice "qué provecho": la implicación es cuál es la ganancia, qué queda, cuál es el beneficio que me queda de todo el trabajo. Y no se refiere a la profesión, a la carrera profesional que nosotros hacemos; se refiere a toda la actividad humana, a todo lo que el hombre hace. ¿Cuál es el beneficio que al final le queda de toda la actividad que se hace bajo el sol?

Y esa expresión es importante: "bajo el sol." Porque a lo largo del libro él va a repetir 27 o 29 veces "bajo el sol, bajo el sol, bajo el sol." El análisis que Salomón está haciendo de la vida humana es debajo del sol, sin tomar en cuenta a Dios, por así decirlo. ¿Cuál es la conclusión a la que el ser humano llega si se dedica a sus actividades diarias sin tomar en cuenta a Dios? Eso es lo que él está analizando. Y ya de ahí hay un principio de sabiduría implícito, y es que, hermanos, la vida humana tiene dos aspectos a considerar: hay un aspecto puramente humano y terrenal, pero hay un aspecto de la vida que se debe leer desde el cielo, desde Dios, considerando a Dios. Si dejamos a Dios fuera de la ecuación de nuestra vida, si dejamos a Dios fuera de la circunstancia de nuestra vida, vamos a tener un resultado parcial de nuestra vida.

Y entonces esa es su pregunta inicial: ¿qué provecho, cuál es el beneficio, qué queda de toda la actividad humana, de todo lo que uno hace en la vida? La pregunta es: ¿habrá valido la pena? ¿Vale la pena toda la actividad humana, todo el trabajar, todo el dedicarse, desgastar relaciones humanas, casarnos, tener hijos, acumular riqueza, desarrollarnos profesionalmente, tener una causa humana, el beneficio de la raza humana, contribuir con la tecnología, contribuir con la filosofía? O sencillamente otro que prefiere una vida más sencilla: tener un buen rato con los amigos, vivir una vida tranquila y sosegada. ¿Vale la pena todo eso que el ser humano hace? Esa es la pregunta que el predicador plantea.

Y es bueno saber nosotros desde el principio, como decía, si realmente va a valer la pena, porque cuando lleguemos al final y nos demos cuenta de que no ha valido la pena, habríamos perdido la vida. Imagínense que ustedes están haciendo una fila para recibir un obsequio: estamos haciendo una fila extremadamente larga y al final de la fila le van a entregar una paletita. Usted ve que hay 56 personas delante de usted que están recibiendo una paletita y uno dice: "Bueno, no," y usted se retira de la fila, porque el premio al final no vale la pena la fila. Yo me salgo de la formación porque no vale la pena la fila.

Es más o menos así. Esa es la pregunta que yo quiero que nosotros nos hagamos a lo largo del estudio de este libro: ¿realmente vale la pena la fila en la vida humana? De todo lo que el ser humano hace, ¿para al final recibir qué? ¿Qué es lo que me van a dar al final? Eso es lo que el autor está haciendo. El propósito de este libro es llevarnos a la reflexión, a la meditación de qué estamos haciendo con nuestra vida. "¿Qué provecho recibe el hombre de todo el trabajo con que se afana bajo el sol?"

En 7:2, de hecho, él llega al extremo de decir lo siguiente: "Mejor es ir a la casa del luto que ir a la casa del banquete, porque aquello es el fin de todo hombre, y al que vive lo hará reflexionar en su corazón." Salomón indica que es mejor, es más conveniente para el ser humano, ir a la casa del luto, a un velorio, que ir a la casa del placer o de un banquete. ¿Cuál es la razón? ¿Por qué es mejor estar en una casa de luto, en un velorio, que estar en una casa de fiesta, en un banquete? Porque esto —el luto, la muerte— es el fin de todo hombre, y esto te va a hacer reflexionar si tú estás entregando tu vida a las causas correctas. Y es mejor reflexionar a tiempo que darte cuenta después de que perdiste tu vida en un banquete, en una fiesta, en la que al final de la fila lo que te dieron fue una paletita y no valió la pena.

Quizás el autor nos dice que es mejor reflexionar con dolor que festejar sin dolor, porque esto te lleva a la reflexión, te lleva a entregar tu vida a las causas correctas. Es la misma idea que Jesús expresa en Lucas 12:20. Ahí está la parábola del rico insensato: un hombre que se enriqueció enormemente, que acumuló tanto grano, tanta producción agrícola, que tuvo que derribar los graneros que tenía y construir graneros nuevos para almacenar todo el grano. Y al final del proceso se dice a sí mismo: "Alma mía, descansa, regocíjate, porque tienes bienes para muchos años." Y el Señor Jesús en la parábola dice: "Necio, esta misma noche te reclaman el alma, y ahora, ¿para quién será lo que has provisto? Así es el que acumula solo para sí y no es rico para con Dios."

En otras palabras, Jesús le dice a ese rico: le dedicaste tu vida a algo que no permanece, la desperdiciaste, la botaste. Tanto el predicador de Eclesiastés como Jesús hacen el mismo énfasis: pensemos, reflexionemos a qué le estamos dedicando la vida. Esa es una capacidad exclusivamente humana; ningún otro ser vivo, ningún otro animal tiene esa capacidad. No somos animales, pero ninguna otra criatura tiene esa capacidad.

Solo el ser humano puede pensar en este sentido de trascendencia y de propósito. No hay ningún chimpancé pensando y meditando cuál es el propósito de su vida, ni un perro, ni un delfín, que son de lo más inteligente. El propósito de la vida del delfín no lo piensan, no meditan en eso. Solo el ser humano tiene esa capacidad. De hecho, el capítulo 3, versículo 11, el autor nos dice que Dios ha puesto la eternidad en nuestros corazones: "Él ha hecho todo apropiado a su tiempo; también ha puesto la eternidad en sus corazones." Dios ha puesto el sentido de trascendencia en nuestros corazones.

El ser humano sabe que hay algo más que esta vida temporal y pasajera. Hay una conciencia en nosotros innata que nos indica que hay algo más. Esa es la razón, posiblemente, por la que todas las culturas y todas las civilizaciones a lo largo de la historia desarrollan un sentido de lo divino, no siempre bien conducido, pero tienen un sentido de lo divino, de lo trascendente. Casi toda cultura entiende que sus difuntos tienen otra existencia más allá. Algo innato, algo puesto por Dios: el alma humana sabe que hay algo más que esta mera existencia.

Podemos pensar por encima del sol, no por debajo del sol, como Salomón estaba analizando la vida, y como muchos de nosotros estamos dedicados a nuestra vida como si lo único que existe es lo que hay aquí debajo del sol y no hay algo más por encima del sol. Hay un Dios trascendente, eterno, que pide cuentas. Hay un Dios trascendente y eterno que puede llenar el corazón con aquello que nada de lo que está aquí puede llenar. Y ese sentido de trascendencia nos conduce a una búsqueda en la vida, que es parte de lo que el autor de Eclesiastés nos está presentando. Sería absurdo no usar y no reconocer esa capacidad de pensar en lo trascendente.

Esta es una búsqueda obligada para todos nosotros. Tenemos que preguntarnos qué estamos haciendo con nuestra vida. La tragedia del rico insensato —usted sabe cuál fue— es que no pensó. Llega al final de su vida y Cristo le dice: "Necio, ¿no sabes que hoy te reclaman el alma? ¿Para quién será lo que has provisto?" No pensaste. Dedicaste tu vida a lo temporal, a lo transitorio, y no te diste cuenta de que eso se acaba, de que eso se termina, de que eso se queda aquí. Vivió para él aquí, para él ahora, para lo material, para lo temporal, y Jesús lo llama necio por no reconocer lo obvio.

William MacDonald, en su comentario —un comentarista que nosotros usamos mucho—, dice sobre este texto: "La vida frágil del hombre está llena de trabajo y de actividad, pero cuando se llega al punto de haber dicho y hecho todo lo necesario, se encuentra en una rutina, en una rueda fastidiosa que no avanza. Le preguntas por qué trabaja y responde: 'Para ganar dinero, claro.' Pero ¿por qué quiere dinero? Para comprar comida. ¿Y por qué quiere comida? Para mantenerse fuerte. Sí, pero ¿por qué quiere fuerza? Para poder trabajar. Y ahí está en el mismo punto en que comenzó."

Vive en una desesperación silenciosa. Viendo a una mujer que lloraba, un creyente le preguntó si podía ayudarle en algo, y ella respondió: "Solo es que estoy cansada y aburrida. Mi marido trabaja mucho, pero no gana tanto como yo quisiera. Por eso empecé a trabajar también. Madrugamos mucho, preparo el desayuno de nuestros cuatro pequeños, preparo sus comidas y tomo el autobús para ir al trabajo. Entonces vuelvo a casa donde me encuentro con más trabajo, con pocas horas de sueño, y vuelta a empezar, un día igual que el anterior. Creo que lo que me ocurre es que simplemente estoy asqueada de esta rutina interminable." Y un autor agregaba: "La realidad básica de la experiencia humana no es que es una tragedia, es que es aburrimiento."

No es que sea predominantemente dolorosa la existencia humana, es que no tiene sentido debajo del sol, cuando no se ve a Dios, cuando no hay propósitos trascendentes que le den incentivo a lo intrascendente. Nos perdemos en la pregunta: ¿qué es lo que busco? Llenar un hambre, un apetito, un deseo. Consumo lo que quiero, se me calma el apetito, y ya. ¿Y qué queda? ¿Cuál es el beneficio? ¿Dónde está la trascendencia en eso? Quedamos insatisfechos. Y esta búsqueda es una búsqueda que todos nosotros tenemos que hacer; tenemos que preguntarnos para qué estamos viviendo, a qué le estamos dedicando nuestra vida, para que no lleguemos al final y nos demos cuenta: "Ups, se lo dediqué a los propósitos equivocados."

Esta fue, entonces, una búsqueda a la que el autor de Eclesiastés se dedicó intensamente. Es una búsqueda necesaria para todos nosotros, pero también, lamentablemente, es una búsqueda dolorosa y confusa. Está descrito aquí en el libro de Eclesiastés: humanamente hablando, es una búsqueda que produce dolor y produce confusión. Fíjense que en el versículo 13 del capítulo 1 él dice lo siguiente: "Apliqué mi corazón a buscar e investigar con sabiduría todo lo que se hace bajo el cielo. ¡Tarea dolorosa dada por Dios a los hijos de los hombres para ser afligidos con ella!"

¿Por qué es una tarea dolorosa buscar propósito y sentido a la vida debajo del sol? Porque cuando tú no encuentras las respuestas apropiadas, lo que viene es la confusión, la desesperanza y la depresión. De hecho, filósofos muy conocidos y muy admirados, sobre todo los existencialistas, llegaron a la conclusión de que la vida no tiene sentido. Recuerdo que el pastor hacía referencia a Jean-Paul Sartre, que escribió un libro titulado *La náusea*, su obra maestra, donde él llega a la conclusión de que la existencia humana es vacía y sin sentido. Y coincide justamente con otro gran filósofo, Albert Camus, en su obra *El extranjero*, donde llegan a la misma conclusión: la vida humana no tiene ningún sentido. Esa búsqueda es dolorosa, desesperante; y concluyen que, si la vida es así de angustiante, deberíamos suicidarnos. Esa es la conclusión a la que llega Sartre y a la que llega Camus.

En el caso del libro de Eclesiastés, hay una búsqueda intensa y extensa del significado de la vida, y los resultados son frustrantes. Son frustrantes porque él está tratando de explicar la vida debajo del sol sin Dios, y ve que todo lo que el hombre hace aquí en la tierra sin considerar a Dios en su vida lo deja vacío. Usa la expresión "vanidad" en más de treinta ocasiones: vanidad, vanidad, vanidad, vanidad, vanidad de vanidades.

Así comienza el libro en el capítulo 1, versículo 2: "Vanidad de vanidades, dice el Predicador, vanidad de vanidades, todo es vanidad." Y como si fuera el cierre del libro, en el capítulo 12, versículo 8: "Vanidad de vanidades, dice el Predicador, todo es vanidad." En el original hebreo, *jébel* significa sin sentido, vacío, es humo; no queda nada, es vapor. Eso es lo que dice debajo del sol: la vida humana analizada sin Dios es vapor, se va, se esfuma, no queda nada con sustancia.

Y esto de "vanidad de vanidades", ¿qué quiere decir con eso? Bueno, esto es un superlativo. Usted lo habrá oído cuando uno dice "Rey de reyes y Señor de señores", o cuando uno dice "el más amado de las batallas". "Vanidad de vanidades" quiere expresar el superlativo: que la vida humana debajo del sol es la mayor de las vanidades, algo que te deja vacío cuando tú lo analizas, cuando tú estudias. ¿Qué te queda al final de la vida? Nada.

Fíjense que en el capítulo 1, versículo 2, dice: "Todo es vanidad." Todo. Increíble lo absoluto de su afirmación: todo vanidad, nada llena, nada suple ni llena el hambre que el alma humana tiene; nada lo suple debajo del sol. Increíble lo absoluto de su afirmación. Pablo, en Romanos 8:20, habla de que la creación fue sometida a vanidad por parte de Dios, parte de la maldición del género humano después de la caída: es que la creación no supliría ni llenaría el alma humana; todo es vano.

Aunque no voy a entrar en detalle, porque la palabra "vanidad" tiene algunas acepciones que debo tratar y lo haré en un próximo sermón, solamente quiero mencionar que cuando él dice que todo es vano, que todo es vacío, que todo es pasajero, hay tres usos que se le da a la palabra vanidad en el libro de Eclesiastés, a la palabra *jébel* en el original hebreo. Uno es temporal y fugaz: la vida es temporal y fugaz, es como un vapor, como un humo. Lo otro es que es sin sentido, sin importancia; aún las cosas que te pueden durar toda la vida, al final no tienen mucho sentido, no le dan mucho valor al alma. Y número tres: cuando dice que es vano, también hay muchas cosas en la vida que son enigmáticas, que no entendemos, que no podemos explicar.

Entonces, ya sea porque es algo pasajero, ya sea porque es algo sin sentido, o ya sea porque es algo que uno no entiende —por qué las cosas en la vida ocurren como ocurren—, esta vida debajo del sol resulta vana, vacía; no llena el alma humana. Y por eso es una búsqueda dolorosa y confusa.

Entonces, vimos que es una búsqueda a la que el autor de Eclesiastés se dedicó intensamente. Es una búsqueda que yo entiendo le corresponde a todo ser humano hacer, dada la capacidad que Dios nos ha dado de pensar en lo trascendente. Creo que todos nosotros deberíamos seriamente preguntarnos a tiempo qué estamos haciendo con nuestra vida. Y número tres: es una búsqueda debajo del sol que resulta dolorosa y confusa, porque la vida humana no provee las respuestas apropiadas para el deseo de trascendencia que nosotros tenemos.

Y número cuatro, por último: es una búsqueda que tiene el potencial de ser redentora; puede ser redentora. Dios, como dice Eclesiastés 3:11, ha puesto la eternidad en nuestros corazones. Eso es un sentido de trascendencia puesto por Dios. El alma humana grita: "¡Hay algo más, hay algo más!" Tenemos ese sentido innato de que hay algo más de lo que vemos y de lo que sentimos con nuestros sentidos, algo que nos trasciende, algo que trasciende el tiempo. Y la filosofía ha tratado de razonarlo, la ciencia ha tratado de encontrarlo, pero no dan con ello, porque ni la filosofía humana ni la ciencia humana encuentra a Dios como debe ser encontrado, sino que se encuentra a través de la fe.

Y las realidades, como dice el pastor John MacArthur, son estas: Dios hizo al ser humano para Sus propósitos eternos, y luego de la caída, nada puede hacer que ese hombre sienta satisfacción completa; nada que no sea Dios. Es la realidad. Agustín —una cita muy conocida—, el famoso teólogo Agustín del siglo IV, escribió: "Nos has creado para Ti, oh Señor, y nuestros corazones están inquietos hasta que descansen en Ti." El ser humano está inquieto en su búsqueda. Como no sabe lo que le llena, prueba y prueba y prueba y prueba, y la búsqueda siguiente lo deja igual de vacío, y prueba con otra cosa. Siempre hay una esperanza de que lo próximo que este mundo ofrece me va a llenar, me va a llenar, me va a llenar, pero nunca llena completamente; y se le acaba la vida, y al final se da cuenta de que la dedicó a los propósitos equivocados, pero ya no hay tiempo.

C. S. Lewis decía: "Si nos encontramos con el deseo de que nada en este mundo nos puede satisfacer, la explicación más probable es que fuimos hechos para otro mundo." Oigan esto: si nos damos cuenta de que nada aquí nos llena, tiene que haber algo que nos llene que no está aquí. Y ese es el mensaje del Evangelio. Juan 10:10: "Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia." El mensaje del Evangelio es la respuesta a la búsqueda del Predicador de Eclesiastés, porque es un mensaje que viene de arriba del sol y que satisface el sentido de trascendencia que el ser humano tiene, y otorga respuestas apropiadas a ese apetito espiritual que nadie en este mundo terrenal nos puede dar.

En otras palabras, hermanos, la vanidad y el sinsentido de este mundo deberían ser una indicación suficiente de que estamos hambrientos por un alimento diferente. Y ese alimento es el Pan de Vida; es Cristo, es Dios hecho hombre en la persona de Su Hijo, que abrió la puerta, el acceso al trono de Dios, de donde venimos, quien nos creó con ese sentido de trascendencia y con la capacidad para relacionarnos con Él. Después de la caída y después de nuestro pecado, nos hemos perdido en la búsqueda de satisfacción debajo del sol, pero el Evangelio nos dice que hay algo por encima del sol que puede satisfacer el alma humana.

De la misma forma que el hambre física nos lleva a buscar comida, el hambre espiritual nos debería llevar a buscar comida espiritual. No hay manera, hermanos, no hay manera de que la comida física, temporal, de este mundo satisfaga un hambre espiritual y eterna. Ese fue uno de los errores del rico insensato. El rico insensato, en Lucas 12:18-19, se dice a sí mismo: "Alma, descansa, que tienes muchos bienes." Pero es que los bienes nunca satisfacen el alma. Es un error pensar que los bienes de este mundo terrenal y temporal pueden llenar un vacío, una necesidad que es espiritual y trasciende el tiempo.

De la misma forma, entonces, que el hambre física me debe llevar a buscar comida física, el hambre espiritual me debería llevar a buscar comida espiritual. Y la única comida espiritual que llena es Cristo. ¿Hasta cuándo, hermanos, nosotros seguiremos comiendo la comida chatarra que este mundo nos ofrece, que no solamente no nos quita el hambre, sino que nos enferma el corazón, genera grasa espiritual, es cancerígena para el alma, la consume, la corroe, la entretiene, le suple por un tiempo un sentido de necesidad, pero no perdura en satisfacer el hambre que nosotros tenemos?

Esa búsqueda, hermanos, esa búsqueda de satisfacción que el libro de Eclesiastés describe, puede ser redentora si la entendemos como eso: como algo que Dios puso para que le busquemos y que encontremos en Él, a tiempo, antes de desperdiciar la vida. Es mi oración que nosotros podamos, a lo largo de esta breve serie, seguir reflexionando en estas cosas, seguir extrayendo sabiduría de este libro que fue escrito, yo diría, de manera muy dolorosa, pero para la instrucción de nosotros, para que podamos llegar a su misma conclusión.

El capítulo 12, y cuando llega al final del libro, posiblemente alguien que puso esta nota de edición al libro dice: "La conclusión, cuando todo se ha oído, todo lo que se ha dicho, todo lo que se ha oído, es esta: teme a Dios y guarda Sus mandamientos, porque esto concierne a toda persona, porque Dios traerá toda obra a juicio, junto con todo lo oculto, sea bueno o sea malo." Es la conclusión de esta reflexión que el autor de Eclesiastés hace: después de toda mi búsqueda intensa y extensa en toda la actividad humana, yo he llegado a la conclusión de que hay que temer a Dios.

Teme a Dios. Ven a Cristo. ¿Qué buscas? ¿Vas a esperar desperdiciar la vida para darte cuenta de que la dedicaste a los propósitos equivocados, que tiraste y desperdiciaste el único tiro que se te proveyó en la vida, para generar al final frustración y desesperanza? No. Este hombre lo pasó todo, lo vivió todo, como vamos a ver más adelante en los próximos sermones, y nos cuenta de primera mano cuál fue su experiencia. Seamos humildes, reconozcamos que no tenemos que transcurrir el mismo camino para llegar a la misma conclusión.

Que el Señor use estas reflexiones no solamente para el que no está en el Señor, no está en Cristo y necesita venir a Él, sino también para nosotros, los creyentes, que ya hemos venido al Señor, para buscar nuestro alimento espiritual, pero que todavía las cosas debajo del sol nos cautivan demasiado, les creemos demasiado sus promesas, ponemos demasiadas esperanzas en que pueden proveer parte de nuestra satisfacción, aunque sabemos que no toda. Ese es un mensaje no solamente para el que no está en el Señor y no está en Cristo y necesita venir a Él; es un mensaje para el creyente también, que está poniendo demasiada esperanza en las cosas de este mundo que al final no dejan nada. No queda nada, no queda nada. Así que es un mensaje para todos.

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Héctor Salcedo

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.