Integridad y Sabiduria
Sermones

Sabiduría para la vida (parte 3)

Héctor Salcedo 17 abril, 2016

La vida bajo el sol no ofrece lo que promete. Salomón lo probó todo —placer, riqueza, sabiduría, poder— y su veredicto fue claro: vanidad, como lo que queda después de que explota una burbuja de jabón. Nada. Ante este diagnóstico, el mundo ha respondido de dos maneras: algunos renuncian a la vida cayendo en desesperanza o suicidio; otros se desenfrenan buscando exprimir cada gota de placer antes de morir. Pero Eclesiastés no recomienda ni lo uno ni lo otro. Su conclusión, expresada casi con impaciencia al final del libro, es simple: teme a Dios y guarda sus mandamientos, porque esto es todo para el hombre.

¿Cómo luce en la práctica una vida que teme a Dios? Primero, es una vida agradecida que disfruta las bondades sencillas —la comida, el trabajo, la esposa— reconociéndolas como dones divinos. La gratitud transforma lo que tengo en suficiente. Segundo, es una vida confiada en la soberanía de Dios. Como el niño que juega tranquilo en medio de la turbulencia porque sabe que su padre es el piloto, quien conoce a Dios puede descansar aunque no entienda sus caminos. Tercero, es una vida sobria, consciente de que Dios traerá toda obra a juicio, incluyendo lo oculto.

A los jóvenes que piensan que tienen todo el tiempo del mundo para acercarse a Dios, el llamado es urgente: el mundo no satisface como promete, Dios sí lo hace, y nadie tiene garantizado el mañana.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Estamos en Eclesiastés, un libro que ya nos ha dado mucho. Con este sermón de hoy, este mensaje de hoy sería el tercer mensaje que predicamos de este fascinante libro —para muchos confuso, controversial—, pero cuyo mensaje, cuando uno lo lee y lo reflexiona, es claro para el que lo lee y lo reflexiona.

El libro de Eclesiastés, yo le voy a pedir que lo ubiquen porque vamos a estar, como la semana pasada, yendo de un lugar a otro en el mismo libro. Está después de Proverbios; están ahí los doce capítulos del libro de Eclesiastés. Un libro, como ya dijimos, cuyo título mismo es simplemente "predicador"; eso es lo que significa la palabra Eclesiastés: el predicador. El autor es Salomón, el rey Salomón, hijo de David. Probablemente lo escribe al final de su vida, luego de haber experimentado todas las cosas que este mundo le puede ofrecer a un ser humano. Él nos deja este reporte de cuál fue su experiencia viviendo la vida como hombre sabio, como hombre reflexivo. Creo que nos deja un reporte bastante agudo de lo que es la vida debajo del sol, que es la expresión que usa para referirse a su reporte: la vida debajo del sol, o sea, la vida que nosotros vivimos aquí sin considerar a Dios.

En el primer sermón, nosotros vimos la búsqueda. A lo largo del libro, Salomón nos dice que él está buscando satisfacción y plenitud en las cosas de este mundo, en la vida debajo del sol. Él se pregunta: ¿qué provecho recibe el hombre de todo el trabajo con que se afana bajo el sol? En otras palabras, ¿cuál es el beneficio final que el ser humano recibe de toda la vida, de todos los afanes de la vida, de todo lo que hace, de todas las inversiones que hace? Ese fue el primer sermón: esa búsqueda de satisfacción, de propósito, de significado. Salomón se dedicó a eso, lo hizo de una manera intensa, lo hizo de una manera extensa, pero fue también para él una búsqueda frustrante, porque realmente él no encontró aquí nada que satisfaciera su alma, nada que le diera respuesta a sus inquietudes más profundas, a las preguntas trascendentes que él tenía. Y eso lo frustró, eso lo dejó un poco perdido. Pero a pesar de eso, nosotros sabemos al final del libro que él encontró el camino de salida a esa frustración, y es venir a Dios.

En el segundo sermón, nosotros vimos esa insatisfacción reportada por él. Él decía que el mundo es insatisfactorio porque, primero, todo lo que uno provee y experimenta aquí es vacío, es sin propósito, es sin sentido. Las cosas son muy efímeras, muy fugaces: disfruto un momento de risa y de vanidad, e inmediatamente pasa; disfruto un momento de placer, e inmediatamente pasa. Las cosas son fugaces, se nos van. Es como tener —no sé si ustedes recuerdan esas burbujas de jabón o de espuma que nosotros hacíamos de niños, que los niños todavía hacen— el significado de la palabra "vanidad" en Eclesiastés es lo que queda después de que una burbuja explota. Eso es lo que nos indica la palabra vanidad: no hay nada. La vida es vanidad, dice, porque todo es vacío, todo es efímero. Pero además de eso, es doloroso, incomprensible, temporal.

Entonces: primer sermón, la búsqueda; segundo sermón, que encontró nada —vanidad, cosas incomprensibles, cosas dolorosas—. Y la pregunta en este sermón que yo quisiera responder, especialmente a los jóvenes, es: ¿qué hacemos? ¿Qué nos recomienda el autor de Eclesiastés? Porque si la vida es vacía, fugaz, sin sentido en muchas de las cosas que experimentamos; si es dolorosa, si es frustrante, si es corta, porque la muerte viene ahí, ¿cuál es la recomendación que nos da el libro de Eclesiastés?

Nosotros sabemos que el mundo ha respondido de dos maneras distintas a esa insatisfacción que reporta Salomón. Por un lado, hay algunos que han respondido a ese sinsentido de la vida con que, bueno, si la vida no tiene sentido, si la vida es absurda, si no vale la pena vivirla, si además de que todo es vacío también sufrimos y es incierta, entonces, ¿para qué prolongar esta agonía? Sencillamente, renunciemos a la vida. Y ese tipo de pensamiento ha conducido a muchos a la desesperanza, a la tristeza, a la depresión y hasta el suicidio. Pensar que la vida no tiene sentido, que no vale la pena vivirla, que aquí nada es nada, que ni tanto huele la flor, como decimos nosotros, y que encima de todo eso la muerte nos espera, ¿por qué no renunciar a la vida? Para los que saben un poquito de filosofía, en ese grupo están los existencialistas, que indican que la vida no tiene sentido precisamente, y que por lo tanto la pregunta para el ser humano es: ¿cómo es tu suicidio, o no? Eso lo plantea Albert Camus, que es un autor francés, en su libro, su ensayo, "El mito de Sísifo". Él se pregunta eso: bueno, el hombre, ¿para qué está vivo si la vida no tiene sentido? Esa es una forma de responder: los que renuncian a la vida.

La otra forma como el mundo ha respondido es: bueno, como la vida no tiene sentido y nada es nada, vamos a disfrutar todo lo que podamos, vamos a sacarle el jugo —aunque sea poco— a esta naranja, y vamos a darnos a la buena vida. Esos son los hedonistas: unos que renuncian, y otros que se desenfrenan. Porque total, la vida es corta, mañana nos morimos —no sabemos cuándo—; mientras vida yo tenga, yo quiero experimentar la mayor cantidad de placer en el menor tiempo posible, porque de eso se trata.

Ambos grupos están aquí, dicho de una manera u otra, en Eclesiastés. Pero el libro de Eclesiastés no recomienda ni la renuncia ni el desenfreno; recomienda otra cosa totalmente diferente. ¿Qué recomienda el libro de Eclesiastés ante el despropósito de la vida? Entonces, Eclesiastés, ¿qué tú me dices si tú me estás reportando que nada es nada, que nada tiene un propósito eterno, que nada dura, que nada permanece?

Cuando uno lee Eclesiastés y se percata, hay un mensaje muy claro. Primero, el mensaje es: no busques debajo del sol la satisfacción, porque no la vas a encontrar. Aquí en esta tierra no hay plenitud, no hay satisfacción completa, nunca. Siempre hay algo que aflige, que duele, que genera incertidumbre, que genera frustración. Nada tiene el poder de satisfacer el alma humana: ni la filosofía, ni el poder, ni la riqueza, ni los placeres del cuerpo como la comida o la comodidad, ni las risas o la vanidad, ni el reconocimiento humano, ni el aplauso de los hombres, ni la sensualidad, ni siquiera tu labor, lo que tú haces, lo que tú logras, tu imperio personal. Nada de eso te logra llenar. Todas esas cosas que yo mencioné son las búsquedas que Salomón dice que hizo, y nada tiene ese poder de llenarte. Y de hecho él agrega: yo lo he probado todo y te digo, nada llena, nada llena.

Entonces, no busques debajo del sol; busca arriba del sol. Esa es la recomendación: busca arriba del sol, ahí tú puedes encontrar la satisfacción y la plenitud que el hombre necesita y anda buscando. Los últimos dos versículos del libro, el capítulo 12, versículo 13, el autor dice la conclusión: "Cuando todo se ha oído, esto es el fin: teme a Dios y guarda sus mandamientos, porque esto concierne a toda persona."

La conclusión es esta: en el original, esa frase —"la conclusión, cuando todo se ha oído, esto es el fin"— expresa como una impaciencia del autor, como decir: oye, ya yo te he dicho mucho, déjame decirte cuál es el punto. El punto es lo que yo te he querido decir, lo importante, lo que tú tienes que sacar de todo este bla bla bla, en un sentido, es que al hombre lo que le tiene que importar es temer a Dios y someterse a Él. Ese es el asunto importante: temer a Dios y someterse a Él. Esa es la recomendación final de Salomón, esa es la respuesta ante la vanidad de la vida. Oye, sométete a Dios, témele a Él. Esa es la idea completa de todo el libro, prácticamente. Esa es la conclusión a la que él arriba.

Fíjense que no es nueva. En seis ocasiones, al menos, este hombre habla del temor a Dios como una actitud en la vida, a lo largo de la vida. Vamos a ver un par de versículos nada más. Eclesiastés 3:14 dice: "Sé que todo lo que Dios hace será perpetuo, y no hay nada que añadirle ni nada que quitarle; Dios ha obrado así para que delante de Él teman los hombres." Eclesiastés 5:7: "Porque en los muchos sueños y en las muchas palabras hay vanidad; tú, sin embargo, teme a Dios." Y Eclesiastés 7:18: "Bueno es que retengas esto sin soltar aquello de tu mano, porque el que teme a Dios se sale con todo." En seis ocasiones: teme a Dios, teme a Dios, teme a Dios.

¿Y qué significa temer a Dios? ¿Qué implica eso? Bueno, ese es el mensaje central de todo el libro de Proverbios. Proverbios comienza en 1:7 diciendo que el principio de la sabiduría es el temor del Señor. En otras palabras, ahí comienza alguien a ser sabio. Lo mínimo que una persona necesita para ser sabia, lo primero que necesita para ser sabia, es temer a Dios. Y en la cultura hebrea, temer a Dios es simplemente reconocerle, someterse a Él, honrarle y obedecerle; es vivir una vida sometido a Dios. Como criatura, reconocer al Creador. Lo lógico es que si tú quieres ser sabio en la vida, lo primero que tú necesitas hacer como criatura es reconocer a tu Creador. Ese es el mensaje del libro de Eclesiastés.

Fíjense que él dice en el mismo versículo que les dije: "Teme a Dios y guarda sus mandamientos", y agrega: "porque esto concierne a toda persona." ¿Cómo así? ¿Qué significa eso? Es una expresión que ha sido traducida de diferentes maneras. Así lo traduce la Reina Valera y la Biblia de las Américas: "porque esto concierne a toda persona." Miren cómo lo dice la Reina Valera: "porque esto es el todo del hombre." La Nueva Versión Internacional dice: "porque esto es todo para el hombre." Esa es la que más me gusta; recoge mejor el original. Porque en el original lo que quiere decir es: esto es lo más importante que el hombre debe tener en cuenta. Punto. Esto es lo más importante en la vida: que el hombre se someta a su Creador.

Y cuando nos dice que nos sometamos a nuestro Creador, fíjense que lo dice con un sentido de urgencia. Porque en el versículo 1 del capítulo 12, poquito más atrás, dice: "Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud, antes de que vengan los días malos y se acerquen los años en que digas: no tengo en ellos placer." Y el versículo 6 del capítulo 12: "Acuérdate de Él antes que se rompa el hilo de plata." O sea, dos veces en el capítulo 12, acercándose la conclusión: oye, acuérdate de tu Creador temprano, temprano, hazlo joven, en los días de tu juventud.

Qué típico para el ser humano es pensar que tiene todo el tiempo del mundo para acercarse a Dios. Los jóvenes, eso es muy típico. Hablar con jóvenes que dicen: no, pero yo no me puedo acercar a Dios ahora, porque imagínate, yo tengo toda mi vida por delante. Y entonces, precisamente de eso se trata: que le entregues tu vida. Pero hay un concepto en la juventud de que entregar mi vida a Dios joven implica tronchar mi disfrute y la capacidad de gozarme en la vida. Hay muchas cosas que yo quiero experimentar, hay muchas cosas de las que yo quiero disfrutar, y acercarme a Dios implicaría tronchar mi carrera del deleite, mi carrera del placer. Y evidentemente esa idea es una idea equivocada.

Hay tres errores que la juventud comete cuando piensa que acercarse a Dios temprano troncha su carrera del deleite, del disfrute y del gozo. En primer lugar, el primer error que se comete es que el mundo no es tan satisfactorio como el ser humano joven piensa. Porque ya los mayores —quizá yo estoy en el rango inferior de los mayores— sabemos y hemos experimentado que la flor no huele tan bien como dicen que huele. Las cosas brillan de lejos, pero cuando tú te acercas les ves sus imperfecciones. Este autor, en la gracia y en la misericordia de Dios, recorrió todo lo que la vida ofrece y nos reporta —él lo vivió en grande y por mucho— todo lo que la vida ofrece, y nos dice: no hay nada que buscar aquí, no le dediquen su vida a la búsqueda del deleite, a la búsqueda del placer, por lo menos en los términos que el mundo lo presenta. Esa es la primera premisa equivocada cuando el joven piensa: no, no, no, que yo quiero disfrutar mi vida. Imagínate, no puede ser así. El mundo no es tan satisfactorio como dice que es.

La segunda premisa equivocada es que Dios no produce gozo, que Dios es el aguafiestas cósmico que impide mi disfrute en la vida. Totalmente equivocado. Si hay un lugar donde el hombre encuentra su gozo es en su Creador. Pero creemos lo contrario; pensamos que acercarse a Dios no produce gozo. Hermanos, al contrario: Dios lo amplifica. El gozo en Dios es prolongado y profundo, y es incondicional porque no depende de lo que pase a mi alrededor, sino de mi relación con Él. Segunda premisa equivocada.

Los jóvenes cometen este error: piensan que el mundo satisface —no lo hace—, piensan que Dios no satisface —sí lo hace—. Y número tres, tercera premisa: ¿y quién te ha dicho que tú tienes todo el tiempo del mundo? Tú sabes con certeza que no lo sabes. Entonces, pensar que yo tengo el tiempo para arreglar mis cuentas con Dios más adelante puede ser el error fatal de la vida. Esa hora es hoy: que yo necesito reconciliar mi vida con Dios a través de Cristo, venir a Él y decirle: Señor, yo te necesito. Yo tengo pocos años y lo poco que yo he experimentado ya es una buena indicación de que el mundo no satisface. Pero Tú has dicho en Tu Palabra que sí hay satisfacción en la vida. Yo me acerco a Ti, me arrepiento de mi condición de pecado y te pido que me perdones.

Entonces, jóvenes, acuérdense de su Creador en los días de su juventud, antes de que lleguen los días malos. Ahora, y no crean estas premisas: que el mundo satisface, que Dios no satisface y que yo tengo todo el tiempo del mundo. Son premisas equivocadas, erradas. La recomendación, entonces, de Salomón en ese "teme a Dios y obedece sus mandamientos" es la respuesta para la búsqueda del hombre de encontrar satisfacción y plenitud en la vida.

Ahora bien, en la práctica, ¿cómo se ve una vida que teme a Dios y se somete a Dios? ¿Cómo se ve eso? Yo creo que hay tres aspectos que salen a relucir a lo largo del libro de Eclesiastés, que están claros en cuanto a una persona que teme a Dios y se somete a Él. Y lo primero que podemos ver, llevando esto a nivel práctico, es que una persona que teme a Dios y se somete a Él es una persona que vive de manera gozosa y agradecida por la bondad de Dios.

Fíjense lo que dicen una multitud de versículos de cómo el autor de Eclesiastés hace su llamado a disfrutar de la vida. En el 2:24, el autor nos dice: "No hay nada mejor para el hombre que comer y beber y decirse que su trabajo es bueno. Esto también yo he visto que es de la mano de Dios, porque ¿quién comerá y quién se alegrará sin él, sin Dios?" Fíjense el 3:12 y 13: "Sé que no hay nada mejor para ellos que regocijarse y hacer el bien en su vida; además, que todo hombre que coma y beba y vea lo bueno en todo su trabajo, eso es don de Dios." El versículo 22 del mismo capítulo dice: "Y he visto que no hay nada mejor para el hombre que gozarse en sus obras, porque esa es su suerte."

El 5:18 dice: "Otra vez, he aquí yo he visto que es bueno y conveniente comer y beber y gozarse uno de todo el trabajo con que se afana bajo el sol, en los contados días de la vida que Dios le ha dado, porque esa es su recompensa." El 8:15 también dice básicamente lo mismo: "Por tanto, yo alabé el gozo, porque no hay nada bueno para el hombre bajo el sol sino comer, beber y divertirse, y eso le acompañará en sus afanes en los días de su vida que Dios le ha dado."

Una y otra vez estas recomendaciones. Muchos han entendido que Salomón está diciendo: "Vive de que nada es nada, dale para allá la vida, come, bebe, satisfácete." Pero fíjense que en cada versículo que leímos —y hay otros que no leímos, como el 9:8 y el 11:9, que dicen básicamente lo mismo— él habla de estas cosas buenas que Dios ha dado, que Dios ha provisto: Dios ha dado días, Dios ha dado bendiciones, son cosas que Dios ha dado. Este es un corazón que reconoce que aún en esta vida insatisfactoria, falta de sentido y falta de plenitud que tenemos aquí en la tierra, Dios es bondadoso con el hombre, y él entonces encuentra razones para disfrutar las cosas que Dios le ha dado.

Me llama la atención —y yo sé que a ustedes les va a llamar la atención también— el 9:9, porque fíjense que en la mayoría de los versículos hay tres cosas que él dice que disfrutemos: la comida, la bebida y el trabajo, o el fruto de nuestro trabajo. En todos los versículos que leímos. Pero hay uno diferente: 9:9. "Goza de la vida con la mujer que amas todos los días de tu vida fugaz que él te ha dado bajo el sol, todos los días de tu vanidad, porque esta es tu parte en la vida." Salomón —o sea, tú me estás diciendo que disfrute de la vida con la mujer— él, que produjo o tuvo mil mujeres, se dio cuenta de que mil no eran necesarias. Disfruta con la mujer que amas de tu vida. Increíble. Dios, cosas buenas de Dios, que recibimos de la mano de Dios, que Dios las da.

La vida del creyente, la vida del que teme a Dios, es una vida que se vive en gratitud y en contentamiento. Fíjense también que no se trata de las grandes cosas de la vida. Él no dice: "Cuando tú tengas un palacio, alégrate; cuando tú tengas una acumulación de recursos, exalta tu corazón y agradece." Él dice: "Come y bebe, dale gracias a Dios por las cosas que él te ha dado, con la mujer que te ha dado." Son cosas a las que todos tenemos acceso; son las cosas simples de la vida las que nos permiten gozarnos en las bendiciones de Dios.

Y nosotros vivimos tan pendientes, con esta expectativa de que yo necesito algo más para sentirme lleno, pleno, para yo ser agradecido. ¿Quién ha dicho eso? Vivimos en la ansiedad del tener más: quiero más y mejores cosas, y pensamos que con más y mejores cosas es que finalmente va a llegar el contentamiento a mi corazón. No es así. Y les pasa como esta historia que yo creo que compartí en una ocasión, y quizás algunos de ustedes la conocen, de este pescador que vive en una comunidad muy pequeña, alejada de la ciudad, alejada de los afanes. Todos los días sale a pescar, pesca un par de pescados, los trae a la orilla, los cocina, los come con su familia, disfruta un tiempo con ellos; luego sale a una bodega, comparte con sus amigos, tocan guitarra —romántico, bohemio— el hombre. Pero el hombre está pasando su vida y le está pasando bien, lo está disfrutando, digamos, en el sentido humano, hablando humanamente.

Y llega un gran empresario que quiere apartarse de la vida de la ciudad, del bullicio de los negocios, y se recoge ahí en una pequeña taberna, en un pequeño hotelito, y se reúne con este pescador. Le dice: "Oh, pero este lugar tiene un gran potencial." Le dice al pescador sencillo: "Mira, aquí hay oportunidad de desarrollar una marina, una marina pesquera, una marina mercante. ¿Tú no has pensado en desarrollar esto empresarialmente? Imagínate que compras un barco, dos barcos, tres barcos, y el día de mañana tienes una empresa que exporta a todo el mundo los pescados que se producen aquí." Y le pregunta el hombre al final: "Pero para ¿qué quieres todo eso?" "Imagínate que tú tengas todos esos recursos; al final de tu vida puedes sentarte, disfrutar, descansar y estar tranquilo." Dice el pescador: "Pues eso es lo que yo estoy haciendo ahora."

Entonces nosotros no nos percatamos de que muchas veces ya tenemos suficiente para estar contentos. De hecho, me encantó esta definición que leí recientemente en las redes sociales: "La gratitud transforma lo que tengo en suficiente." Eso, creo, es una expresión poderosa. La gratitud —el contentamiento— transforma lo que tengo en suficiente. No tengo que vivir con la ansiedad del tener más y mejores cosas. Dios ha provisto cosas sencillas en la vida por las cuales yo debo dar gracias, estar contento y celebrar eso que tengo. El que teme a Dios vive así; está pendiente de las bendiciones, de las bondades de Dios en su vida. Pequeñas a veces, diversas, pero están presentes. Abramos nuestros ojos, porque el que teme a Dios ve su mano bondadosa en la vida. Esta es la primera característica del que teme a Dios y se somete a él: vive la vida de manera gozosa y agradecida por la bondad de Dios.

Pero hay otra cosa que sale a la vista a lo largo del libro de Eclesiastés, y es que una persona que teme a Dios y se somete a él vive de manera confiada en su soberanía. Si hay algo evidente en este autor de Eclesiastés, es que él cree que Dios es soberano. La soberanía de Dios es una doctrina, es un atributo de Dios que implica que él tiene el derecho y el poder de hacer con su creación —incluyéndonos a nosotros— lo que le parezca. Ese derecho siempre se ha ejercido por su inmenso poder, pero siempre está enmarcado por sus atributos de bondad.

Fíjense que Dios tiene el derecho y el poder. Si yo tengo el derecho y no el poder, soy un iluso: "Yo tengo el derecho de hacer eso", y viene alguien y me dice que sí, pero en la realidad yo no me atrevo —no soy soberano para nada. El que tiene el derecho y no tiene el poder es un iluso. El que tiene el poder y no el derecho es un tirano. Pero nuestro Dios tiene el derecho, porque es Creador, y el poder, porque es Dios, de hacer lo que le parezca.

La soberanía de Dios nos dice que Dios está en control de todo cuanto acontece. Y a pesar de los sinsabores de la vida que este autor de Eclesiastés encontró —las cosas que él experimentó, las incertidumbres y los dolores— él dice: "Dios tiene algo, él tiene un plan, algo que yo no entiendo, pero él tiene un plan." Y él reposó, hasta cierto punto, en ese mensaje. Fíjense el 3:11, hablando de nosotros, cómo lo dice: "Él ha hecho todo apropiado a su tiempo." Dios ha hecho todo apropiado a su tiempo. Quizás no es el tiempo que a mí me gusta, no es el tiempo que yo hubiese escogido, pero dice este autor: Dios hace todo apropiado, hermoso —dicen nuestras traducciones—, todo hermoso a su tiempo. Y al final del versículo dice: "Sin embargo, el hombre no descubre la obra que Dios ha hecho desde el principio hasta el fin." Dios lo ha hecho hermoso, pero yo no entiendo lo que está haciendo. Hay una obra que está haciendo, él le está haciendo algo.

Fíjense el 7:14, cómo lo pone: "En el día de la prosperidad alégrate, y en el día de la adversidad considera: Dios ha hecho tanto lo uno como lo otro, para que el hombre no descubra nada de lo que sucederá después de él." La prosperidad, la adversidad, dos realidades, dos circunstancias distintas, ambas ordenadas por Dios; él hace lo uno y hace lo otro, él es soberano. En ningún caso Salomón indica que él sabe lo que Dios está haciendo; de hecho, él dice: "Yo no sé lo que Dios está haciendo." "Yo no descubro la obra de Dios", dice en el 3:11, y aquí dice: "Para que el hombre no descubra nada que suceda después de él." O sea, Dios hace esas cosas para que no sepamos qué viene después. El hombre se cree soberano, pero no lo es.

De hecho, más adelante, no solamente eso: Dios crea circunstancias y nosotros no conocemos su plan. El 2:26 nos indica lo siguiente: "Porque a la persona que le agrada a Dios, él le da sabiduría, conocimiento y gozo." Dios le da sabiduría, conocimiento y gozo. En el 5:19, Dios igualmente da "a todo hombre a quien Dios ha dado riquezas y bienes, y lo ha capacitado también para comer de ellos." O sea, Dios da sabiduría, gozo, conocimiento, riquezas, bienes; da la capacidad para disfrutar de esas cosas. En el 5:18 también se nos dice que Dios nos da días contados, lo mismo que dicen el 2:3 y el 6:12: que Dios tiene los días contados.

Y en el versículo 11:9, y en el versículo que leímos hoy, 12:14, se nos dice que Dios juzgará todo, porque Dios traerá toda obra a juicio, junto con todo lo oculto, sea bueno o sea malo. Es decir, que Dios da sabiduría, conocimiento, gozo, dinero, riquezas, días y vida, y al final, todo lo que tú hagas con todo eso, Dios te va a juzgar y te va a sacar cuentas por todo eso. Él es soberano, él hace lo que él le parece; obviamente no es una voluntad caprichosa ni arbitraria, los propósitos de Dios siempre están dirigidos por un objetivo último, noble y glorioso.

Entonces, hermano, el hombre no es el jefe supremo ni el arquitecto de su destino; eso es lo que nosotros pensamos. Dios es el arquitecto del destino, de nuestro destino. De hecho, explícitamente lo dice, y a mí me encanta este breve poema, porque hay un poema en el original de 9:11. Miren lo que dice, hablando del éxito en la vida, las fórmulas del éxito, en esta época de muchos expositores motivacionales que te dicen que tú haces lo que tú quieres, y todo lo que tú te propones lo logras; quieres llegar a la luna y llegas a la luna, si te da la gana de tener la luna, ¿ven?

Eclesiastés 9:11: "No es de los ligeros la carrera, ni de los valientes la batalla, y tampoco de los sabios el pan, ni de los entendidos las riquezas, ni de los hábiles el favor, sino que el tiempo y la suerte le llegan a todos." Al final, eso es lo que determina. No es que tú sabes más, que tú eres más bueno, que tú eres más bonito, que tú tienes más preparación; nada. Eso puede tener una influencia dentro de los propósitos de Dios, pero nada de eso garantiza, no son una fórmula del éxito. El hombre no construye su futuro, no construye su éxito; Dios lo da, Dios lo provee, Dios lo permite. Y tú puedes tener todos los elementos que el mundo dice que necesitas para ser exitoso y no serlo.

De hecho, el mismo Eclesiastés dice, en un momento, que yo he visto siervos a caballo y reyes a pie; gente que debería estar a caballo está a pie, y gente que debería estar a pie está a caballo. Yo he visto gente así, muy capaz, que la vida no le fue mejor, y siempre decimos: "algo tendrá." Algo es, porque nosotros pensábamos que el avance en la vida es una fórmula matemática. Señores, Dios en su soberanía orquesta, propone y dispone lo que pasa, y nosotros podemos vivir confiados en esa soberanía.

Claro, esto a algunos les intimida y les preocupa, porque dicen: "el pastor acaba de decir que Dios hace lo que él quiera y yo no tengo ningún control ni ningún conocimiento de lo que Dios va a hacer." Ciertamente, la soberanía de Dios hace a Dios impredecible, pero su amor lo hace confiable. Entonces nosotros podemos confiar en él, y aunque la vida no esté tomando el curso que a mí me parece, y aunque los acontecimientos y mis circunstancias me den una información totalmente contraria a lo que yo quisiera escuchar, si yo temo a Dios y me someto a él, yo estoy en sus manos.

Ojalá nos pase como el niño que está en medio de una turbulencia en un avión. El avión se sacude y se mueve, sube y baja, y en esos momentos decimos que esa es la mejor estrategia evangelizadora: si pones a la gente en un avión y lo zarandeas, todo el mundo se vuelve cristiano. El avión sube y baja, y el niño está jugando con una maquinita, con un iPod, con un celular. El señor que está al lado ve que este niño tiene un carnet que dice "Fulanito de tal" porque está viajando solo. Hay un señor adulto al lado que está temblando y le dice: "pero, hijo, ¿qué te pasa? ¿Tú no tienes miedo?" Y el niño lo mira y le dice: "mi papá es el piloto."

Confiado en él, confiado en Dios. Si yo sé quién es el piloto, y yo conozco al piloto, y yo confío en el piloto, la turbulencia puede arreciar y yo estoy tranquilo. El asunto es que a veces no conocemos al piloto. Como le pasaba al que estaba al lado del niño: él no sabía quién era el piloto, no conocía la capacidad del piloto, ni conocía las intenciones del piloto, y tenía terror de que quisiera estrellar el avión. Pero todas esas dudas con respecto a Dios están disipadas. Yo no tengo esas dudas; yo no tengo dudas de su capacidad ni de su motivación, y yo no tengo duda de mi relación con él si yo he venido a él a través de Cristo.

De hecho, él me ha dado muchos versículos, pero uno en especial que me dice claramente que esté tranquilo en medio de las turbulencias de la vida: Romanos 8:28, "Y sabemos que los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a su propósito." Yo puedo estar tranquilo y reposar en su amor, en su bondad y en su gracia para mi vida, aunque yo no pueda predecir su próximo paso. Porque en su soberanía lo ha dispuesto, y una vez más lo digo: su amor lo hace confiable.

Y si todavía ese versículo no me queda claro, tengo que leer un poquito más abajo, en Romanos 8:31-32, donde Pablo dice: "¿Qué diremos a esto? Si Dios está por nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no eximió a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos concederá también con él todas las cosas?" Hermano, esto no es un cheque al portador de que Dios me va a dar prosperidad y bendición material. Lo que me está diciendo es que no importa cuál sea la turbulencia en la que tú te encuentres, la intención de Dios con tu vida ya fue expresada en la cruz.

Si tú dudas del amor de Dios por tu vida, del cuidado de Dios por tu vida, piensa en Cristo muriendo por ti en la cruz. Porque ese es el testimonio más claro y alto que Dios puede dar, diciendo: "Yo te amo, yo morí por ti, y te he dado salvación eterna." Cuando las dudas vengan, cuando tú no sepas qué está pasando en medio del vuelo, cuando la turbulencia arrecie y te preguntes qué es lo que pasa, piensa en que el piloto te ama profundamente, profundamente. Y él es soberano.

El que teme a Dios vive agradecido, gozoso, disfrutando las bondades de Dios en su vida. Pero el que teme a Dios también, según lo leído, vive confiado en la soberanía impredecible de Dios, confiado en él. Y un tercer aspecto del que teme a Dios y se somete a él es que vive de una manera sobria en vista de la inminente justicia de Dios.

Hermano, Dios es justo y Dios no tendrá por inocente al culpable. El versículo 9 del capítulo 11, perdón, nos dice esto; y quiero leer primero el 12:14: "Porque Dios traerá toda obra a juicio, junto con todo lo oculto, sea bueno o sea malo." También habla 11:9 del juicio. Lo que esto implica es que, ciertamente, aunque Dios nos ha dicho que podemos disfrutar de las cosas de la vida, y hay cosas buenas en la vida que nosotros podemos disfrutar —estamos llamados a disfrutar—, tiene que ser dentro de los parámetros que Dios ha establecido para esas cosas.

Fíjense cómo en 11:9, ahora sí lo quiero leer, Salomón le dice al joven: "Alégrate, joven, en tu mocedad, y tome placer tu corazón en los días de tu juventud." Déjelo hasta ahí. Joven, alégrate en tu mocedad, en tu ligereza, en la vida, en que no tienes cargas, que no tienes problemas; alégrate, alégrate. "Tome placer tu corazón en los días de tu juventud." O sea, disfruta de la vida. Si lo leo hasta ahí, yo pienso: bueno, es una licencia para darme a la vida con todo lo que yo pueda y buscar el máximo placer que yo pueda. Y si sigues leyendo, dice: "Sigue los impulsos de tu corazón y el gusto de tus ojos." Déjenlo ahí.

Gracias a Dios que nosotros no enseñamos la Biblia de manera temática, sino de manera expositiva y en su contexto, porque si yo lo dejo ahí, imagínese usted qué le diría yo a los jóvenes: que Dios te da la licencia, que no te preocupes. Pero continúa: "Mas debes saber que por todas estas cosas Dios te traerá a juicio." Ah, bueno. O sea, sí, hay cosas buenas en la vida que Dios dice: "Disfruta, joven, disfruta lo que a ti te guste; disfruta." Pero recuerda que el gusto de tus ojos puede llevarte a convertir eso bueno en pecado, a convertirlo en un ídolo. Entonces, tú puedes disfrutar del gusto de tus ojos y de las cosas que inquietan en tu corazón, pero con discernimiento según la Palabra de Dios.

Somételo a Dios, ese gusto de tus ojos, ese interés de tu corazón, somételo a Dios. Y hermanos, prácticamente todo pecado es una distorsión de los dones y las dádivas de Dios. Casi todo pecado en nuestra vida es una distorsión, una corrupción de un don, un regalo dado por Dios. La intimidad sexual fue dada por Dios al ser humano para ser disfrutada dentro del contexto del matrimonio, pero lamentablemente —no ahora, sino desde siempre— ha sido corrompida por la fornicación, el adulterio y la gratificación propia; pero es un regalo de Dios que tomamos y corrompemos. Los bienes materiales, dados por Dios para ser disfrutados, compartidos y agradecidos, se convierten en nuestros ídolos y nos convertimos en materialistas. El crecimiento profesional, el avance en la sociedad, dado por Dios, se convierte en motivo de orgullo, de pretensión y de arrogancia, como si nosotros nos hubiéramos hecho a nosotros mismos. La libertad que Dios nos ha dado la convertimos en autosuficiencia y la volvemos rebelión contra Dios; la libertad, algo bueno, y lo corrompemos.

Nosotros corrompemos nuestros matrimonios, nuestras relaciones familiares, nuestros dones personales, producto de nuestras inclinaciones pecaminosas; distorsionamos y corrompemos todas esas cosas que deberían ser un motivo de gratitud y las transformamos en un motivo de pecado. Recuerden al rey Midas, que todo lo que tocaba lo convertía en oro; el ser humano es así, pero en sentido inverso: todo lo que toca lo convierte en pecado. Así somos nosotros.

Y de hecho, en el capítulo 7, versículo 20, esto es un versículo que parece sacado del Nuevo Testamento. Dice: "Ciertamente no hay hombre justo en la tierra que haga el bien y nunca peque." No hay hombre justo en la tierra que haga el bien y nunca peque. Esa es el equivalente a Romanos 3:23, porque todos hemos sido destituidos de la gloria de Dios. Esa es la condición de nuestro corazón: pecador, caído, falible; tocamos todo y todo lo corrompemos. Y lo que es bueno lo convertimos en un ídolo, y se convierte para nosotros en una ocasión para caer.

Entonces, al mundo dice: "Tus inclinaciones, mantenlas a raya, porque Dios te va a juzgar." Eventualmente, todos seremos juzgados. Fíjense cómo lo dice, fíjense cómo lo dice. Capítulo 12, versículo 13 dice: "La conclusión, cuando todo se ha oído, es esta: teme a Dios y guarda sus mandamientos." Escuchen esto, porque esto concierne a toda persona: "Porque Dios traerá a juicio toda obra, junto con todo lo oculto, sea bueno o sea malo." Toda persona dará cuentas a Dios por toda obra, incluyendo todo lo oculto. Increíble: toda persona, toda obra, todo lo oculto.

Dios va a sacar cuentas a todos nosotros. Eso es obvio, y la persona que teme a Dios vive con sobriedad en la vida. Dios traerá a juicio también los designios del corazón, las intenciones. Oigan cómo lo dice más claramente en 1 Corintios 4:5: "Por tanto, no juzguéis antes de tiempo, sino esperen hasta que el Señor venga, el cual sacará a la luz las cosas ocultas en las tinieblas y también pondrá de manifiesto los designios de los corazones." La cosa oculta de que habla Eclesiastés 12:13, "todo lo oculto", coincide exactamente con esa palabra.

Dios me juzgará por todo lo que yo haga y por qué yo lo hice. Dios me juzgará por lo que yo no he hecho y por qué yo no lo hice. Dios me juzgará por lo que yo debía haber hecho y no hice, y por qué no hice lo que debía haber hecho. Eso es abrumador; es algo que no nos cabe en la cabeza. ¿Cómo es posible eso? Nosotros no podemos explicar cómo es posible porque no somos Dios. Dios es infinito, y Dios dice que lo traerá todo a juicio. Mateo 12:36 indica incluso lo siguiente: "Y yo os digo que de toda palabra vana que hablen los hombres darán cuenta de ella en el día del juicio." Toda palabra que yo haya dicho y que no haya sido para edificación, para construcción, para bendición, para instruir, para enseñar, para exhortar, para consolar —propósitos buenos de la palabra— Dios la juzgará.

Eso es abrumador, y esa realidad nos llama a vivir una vida de sobriedad, una vida que teme a Dios. Pero obviamente, hermanos, los que estamos en Cristo no recibiremos condenación. Romanos 8:1 claramente dice: "Por consiguiente, ahora no hay condenación para los que están en Cristo Jesús." Entonces aquí tengo que hacer una diferenciación. Todos seremos juzgados, porque 2 Corintios 5:10 habla del juicio a los creyentes. Todos seremos juzgados, pero los creyentes no seremos juzgados para condenación. En el juicio final yo daré cuenta por todo, pero no para ser condenado; yo estoy seguro en Cristo.

Entonces, a mí no me produce miedo el juicio. No me produce miedo, pero sí me produce sobriedad, porque tendré que dar explicaciones. Serán expuestas mis motivaciones y mis actos malos, pero como estoy en Cristo no seré condenado; sin embargo, me serán retenidas recompensas. El otro grupo, hermanos, el otro grupo que no está en Cristo, que no ha venido al Señor, que no se ha arrepentido de su condición de pecado —ya sea porque la ignora o porque no cree realmente que él es tan malo como Dios dice que es—, por cualquier motivo se resiste a rendir su vida y decirle: "Señor, perdóname, yo me arrepiento." Para ese grupo habrá un juicio para condenación. Tengamos eso en cuenta en la vida, a medida que caminamos todos nosotros.

Dios traerá a juicio todas las obras, incluyendo todo lo oculto. Y hay una manera de escapar de ese juicio para condenación, y es a través de Cristo, viniendo a Él. Pero en el caso del cristiano, como no seremos juzgados para condenación, podría parecer que ese juicio tampoco es una cosa del otro mundo. Pero no pensemos de esa manera. Dios dice que hay recompensas que Él retendrá, que no me entregará, porque yo salgo mal en ese juicio. Hay cosas que Él no me va a dar.

Yo razonaba acerca de las recompensas de Dios de la manera siguiente. Usted tiene gente en su vida que regala bien; de fulano se dice que regala bien. Entonces uno siempre quiere invitar a fulano al cumpleaños, a la actividad, porque fulano siempre se aparece con algo exquisito. Nadie se quiere perder el regalo de fulano. Bueno, Dios, que fue el Creador de todo lo que existe, el Creador de los placeres, Él le llama a eso que nos va a dar al final del tiempo, en el juicio final, "recompensa". No hay ningún teólogo que haya podido decir exactamente qué es lo que Dios nos va a dar. Se habla de coronas, pero ¿qué representan? ¿Una posición en el reino de los cielos, un estado especial? No sabemos exactamente, pero Dios le llama recompensa.

Entonces, señores, lo que Dios llama recompensa debe ser una cosa extraordinaria, porque Dios regala bien. Dios regala muy bien. Yo no quiero perder nada del regalo de Dios. Yo vivo mi vida con sobriedad no porque vaya a ser condenado, sino porque quiero obtener el máximo provecho de mis recompensas. La recompensa prometida por mi Padre, por mi Señor, por el que me ama. Él me dice: "Yo te recompensaré. Vive para mí, yo te recompensaré. Nada quedará escondido; todo lo que se haya hecho para su gloria, en su honra, por su causa, en beneficio de su pueblo, Dios lo recompensará."

Y por eso Pablo dice: "Tu trabajo no es en vano, tu trabajo no es en vano." No es en vano, hermanos. El trabajo de una madre dedicada a sus hijos de manera persistente y abnegada no es en vano. El trabajo de un padre dedicado a su familia, a su esposa, no es en vano. El trabajo de una mujer y esposa dedicada a su familia no es en vano. El esfuerzo de un joven soltero de mantenerse puro para Dios no es en vano. El trabajo de un profesional de exaltar a Dios por encima de todo no es en vano. Todo lo que hacemos para la gloria de Dios, para la exaltación de su reino, para la expansión de su reino, no es en vano, hermanos.

Hay recompensas, y seremos juzgados, y se nos pedirá cuenta: ¿por qué no hiciste?, ¿por qué no procuraste?, ¿por qué no buscaste?, ¿por qué no perseguiste las buenas cosas? Yo quiero tener razones en ese momento. Yo quiero tener un buen testimonio para presentarle a mi Señor. Por lo tanto, el juicio final lleva nuestra vida a una vida de sobriedad, y eso está presente a lo largo del libro de Eclesiastés.

Esta es la recomendación del hombre que se pasó la vida buscando sentido, buscando propósito, y al final dijo: "La conclusión es: sométete a Dios. Sométete a Dios. Disfruta de su bondad sobre tu vida. Confía en su soberanía. Y recuerda vivir de manera sobria, porque serás juzgado." Esta es su recomendación para nosotros: sométete a Dios, obedece sus mandamientos, porque esto es todo para el hombre.

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Héctor Salcedo

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.