Integridad y Sabiduria
Sermones

Sanando mis relaciones (parte 1)

Héctor Salcedo 19 enero, 2014

Los seres humanos fuimos creados para vivir en relación. La soledad desnutre el alma tanto como un cáncer consume el cuerpo, y sin embargo, pocas cosas resultan tan difíciles como mantener relaciones sanas. A veces pensamos que si no fuera por la gente, el mundo sería una delicia, olvidando que el mundo es gente, y que nosotros también somos parte de esa gente complicada que irrita a otros.

La carta a Filemón revela cómo el evangelio transforma nuestra manera de relacionarnos. Pablo, preso en Roma, enfermo y agobiado por los problemas de múltiples iglesias, decide invertir tiempo y esfuerzo en reconciliar a un esclavo fugitivo con su amo. Onésimo había robado a Filemón y huido mil quinientos kilómetros para esconderse en la multitud romana. En nuestra lógica, Pablo pudo haberle dicho que dejara eso en el pasado, que Cristo ya lo había perdonado. Pero no lo hizo. Lo envió de regreso a buscar reconciliación, mostrando cuánto importan las relaciones para Dios.

Cristo en nosotros debería despertar un interés genuino por involucrarnos en la vida de otros, abrir nuestros ojos a sus virtudes en lugar de enfocarnos solo en sus defectos, y llevarnos a ver las relaciones como fuente de gozo. Pablo no le ordena a Filemón que perdone; le ruega, basándose en el amor y no en su autoridad apostólica. Le pide que reciba a Onésimo ya no como esclavo sino como hermano amado. La iglesia no es un auditorio donde miramos hacia el frente ignorando a quien tenemos al lado; es una familia donde somos conocidos y conocemos a otros, donde el proceso de interacción nos transforma a la imagen de Cristo.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Primos, hermanos, para vivir en su Palabra. Quería introducir de la siguiente manera. Nosotros los seres humanos somos seres relacionales. Nosotros dependemos de nuestras relaciones humanas para alimento del alma, para nuestro alimento emocional. De hecho, la soledad puede ser tan fatal como un cáncer. La soledad desnutre emocionalmente a una persona y eventualmente la puede hasta enfermar.

Las relaciones humanas no son solamente algo bueno, algo que deseamos, sino que es algo necesario para nosotros. Pero la realidad es que es común que no tengamos buenas relaciones, que constantemente estemos luchando para tener relaciones sanas y edificantes con los demás. A veces con nuestros padres, a veces con nuestros hermanos, a veces con nuestros hijos o con nuestros esposos y esposas, a veces con nuestros jefes, hermanos de la iglesia. Si hay algo difícil en la vida humana, es relacionarse bien con los demás.

De hecho, hay algunas ideas que andan por ahí donde a veces pensamos, verdad, con cierto pesar, y decimos: "Oye, la verdad es que la gente es difícil. Es complicado." Otros dicen: "Mira, si no fuera por la gente, el mundo sería una delicia." El asunto es que el mundo es gente. Eso es lo que lo compone. Y necesitamos relaciones y estar en contacto con gente mucho más de lo que nosotros nos imaginamos.

La Palabra de Dios es un manual de relaciones humanas. Es un libro que contiene principio tras principio de cómo nosotros podemos tener una vida de relaciones con los demás, donde esas relaciones sean sanas, edificantes, constructivas y beneficiosas para nosotros. A veces no sabemos muy bien cómo responder, pero la Palabra de Dios tiene esa respuesta. De hecho, si nosotros seguimos los principios divinos para las relaciones, ellas se van a transformar en una fuente de gozo y de satisfacción para nosotros.

Pero si nosotros ignoramos los principios que la Palabra de Dios tiene para relacionarnos con nuestros cónyuges, con nuestros amigos, con nuestros hijos, con nuestros padres, con todo lo que nos rodea, nosotros vamos a exponernos al maltrato, la traición, al abuso y a la insatisfacción en medio de nuestras relaciones. Es increíble que Jesús definió bien temprano que la marca distintiva de un discípulo de Él no era el conocimiento teológico, aunque eso es bueno. La marca distintiva de un hijo de Dios, de un seguidor de Jesús, no es su compromiso con las actividades religiosas, como la venida a la iglesia y demás, aunque eso es bueno e importante.

Lo que distingue a una persona, a un seguidor de Jesús, es el amor que esa persona tiene hacia los demás. En Juan 13:35, así lo dice Jesús: "En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor los unos por los otros." Eso es lo que me distingue. Eso es lo que habla de mi madurez espiritual: mi capacidad y la calidad de mis relaciones.

El apóstol Pablo no solamente era un gran teólogo, era un experto relacional. Yo no quisiera, por lo menos en mi propia vida, ser una persona que responda a cualquier inquietud teológica y no sepa perdonar a un hermano. Sería triste que yo tenga un conocimiento profundo de la Palabra de Dios, pero no sepa olvidar una ofensa, no sepa contribuir a que una pareja se reconcilie, no sepa desarrollar una amistad, no sepa ser leal a aquellos que están alrededor mío. La teología se nos ha dado para algo: para adorar a Dios y relacionarnos con Él, pero también para amar al otro como a nosotros mismos.

En otras palabras, cuando Cristo viene a nuestras vidas, eso debe tener un efecto en la forma como yo me relaciono con los demás. Y yo quisiera entonces que en el día de hoy nosotros fuéramos a la carta a Filemón. Es una carta que Pablo le escribe a su amigo Filemón, estando él preso en Roma, con el deseo de que Filemón y Onésimo —que era un esclavo de Filemón que ahora está con Pablo— se reconcilien. Ellos tenían problemas porque Onésimo había huido de Filemón, porque le robó, y como esclavo huyó a Roma para esconderse en la multitud.

Pero ahí se encuentra con Pablo. Y yo me imagino que cuando alguien entraba en presencia o en contacto con Pablo, no sé cuánto tiempo le tomaba hablar de Jesús, pero era algo así como: "Filemón, mucho gusto", y Pablo respondía: "Jesús. Jesús es lo que tú necesitas." Y Onésimo se convierte. Pablo se entera entonces de que Onésimo había salido hace un tiempo desde la casa de Filemón en Colosas, que está a 1.500 kilómetros de distancia. Es increíble. En vez de decirle a Onésimo que dejara eso así, que ya estaba muy lejos, que lo dejara en el pasado, que Cristo perdonó eso, Pablo manda a Onésimo 1.500 kilómetros de distancia a que se reconcilie y busque el perdón de Filemón. Esto nos habla de la importancia que para Pablo, y para Dios, tienen las relaciones y la forma como yo me vinculo con los demás.

Yo quisiera entonces que fuéramos a la carta a Filemón, y viéramos cinco formas, cinco cambios que se supone deben ocurrir en mi forma de relacionarme con los demás cuando yo vengo a Cristo. Eso no debe quedar igual; eso debe ser alterado, como toda nuestra vida cuando venimos a Cristo, debe ser alterado para bien. Y hay al menos cinco maneras en las cuales nuestras relaciones deben cambiar cuando Cristo se hace presente en nuestras vidas.

Vamos a Filemón, entonces. Filemón está después de Tito: están Primera y Segunda de Timoteo, Tito, y llegamos a Filemón, antes de Hebreos. Hay una sola página, un solo capítulo, 25 versículos, una carta corta pero importante, porque habla de este aspecto de la vida humana: las relaciones con los demás. Y Pablo, como les dije, es un experto relacional al cual debemos escuchar. Yo la voy a leer completa, y nos va a servir para el sermón de hoy y para un próximo sermón.

Dice así: "Pablo, prisionero de Cristo Jesús, y el hermano Timoteo, a Filemón, nuestro amado hermano y colaborador, y a la hermana Apia, y a Arquipo, nuestro compañero de milicia, y a la iglesia que está en tu casa. Gracia a vosotros y paz de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo. Doy gracias a mi Dios siempre, haciendo mención de ti en mis oraciones, porque oigo de tu amor y de la fe que tienes hacia el Señor Jesús y hacia todos los santos, y ruego que la comunión de tu fe llegue a ser eficaz por el conocimiento de todo lo bueno que hay en vosotros mediante Cristo.

"Pues he llegado a tener mucho gozo y consuelo en tu amor, porque los corazones de los santos han sido confortados por ti, hermano. Por lo cual, aunque tengo mucha libertad en Cristo para mandarte a hacer lo que conviene, no obstante, por causa del amor que te tengo, te ruego, siendo como soy, Pablo, anciano y ahora también prisionero de Cristo: te ruego por mi hijo Onésimo, a quien engendré en mis prisiones, el cual en otro tiempo te era inútil, pero ahora nos es útil a ti y a mí. Y te lo he vuelto a enviar en persona, es decir, como si fuera mi propio corazón, a quien hubiera querido retener conmigo para que me sirviera en lugar tuyo en mis prisiones por el Evangelio, pero no quise hacer nada sin tu consentimiento, para que tu bondad no fuera como por obligación, sino por tu propia voluntad.

"Porque quizás por eso se apartó de ti por algún tiempo, para que lo volvieras a recibir para siempre, ya no como esclavo, sino como más que un esclavo: como un hermano amado, especialmente para mí, pero cuánto más para ti, tanto en la carne como en el Señor. Si me tienes por compañero, acéptalo como me aceptarías a mí. Y si te ha perjudicado en alguna forma o te debe algo, cárgalo a mi cuenta. Yo, Pablo, escribo esto con mi propia mano: yo lo pagaré. Por no decirte que aun tú mismo te me debes a mí. Sí, hermano, permíteme disfrutar este beneficio de ti en el Señor; recrea mi corazón en Cristo. Te escribo confiado en tu obediencia, sabiendo que harás aun más de lo que te digo. Y al mismo tiempo prepárame también alojamiento, pues espero que por vuestras oraciones os seré concedido ir a vosotros. Saluda a Epafras, mi compañero de prisión en Cristo Jesús, también a Marcos, Aristarco, Demas y Lucas, mis colaboradores. La gracia del Señor Jesucristo sea con vuestro espíritu."

¡Qué tremenda carta! En apenas 25 versículos, Pablo expone tan claramente lo que debe ser nuestra diligencia en procurar relaciones sanas, su diligencia en procurar la reconciliación de una relación que se había roto. En un sentido no había una necesidad humana de reconciliar, porque Onésimo y Filemón quizás no volverían a verse en la vida, pero Pablo entiende que el Evangelio en nosotros debería resolver ese tipo de cosas en nuestras relaciones.

Como les dije, aquí hay al menos cinco cosas, cinco cambios que deben darse en la forma como yo me relaciono con los demás cuando vengo a Cristo. El primero que vemos es que Cristo en mí debe producir un nuevo interés y un nuevo deber de involucrarme en la vida de los demás. Si hay algo a lo que nosotros le huimos, hermanos, es a meternos en la vida de los demás. Usualmente no nos gusta vernos en problemas entre gente. Hay un refrán por ahí que dice que en el lío de marido y mujer nadie se mete, ¿verdad? Por lo menos nadie debería meterse, porque puede salir lastimado.

Pero en realidad, como yo les decía al principio, las relaciones humanas son más importantes de lo que muchos de nosotros creen. Tienen más valor del que nosotros les atribuimos. Y una vida sana de relaciones humanas va a implicar que a mí me interesa tu vida y a ti te interesa mi vida. Me interesa corregir lo que está mal en tu vida, y me interesa no solamente corregir, sino también estimular lo que está bien en tu vida. Nosotros fuimos creados para vivir en comunidad, en conexión los unos con los otros.

Y eso es más cierto todavía en la vida de la iglesia. Nosotros fuimos creados —una vez más lo repito— para vivir en comunión y en relación los unos con los otros. En nuestro pecado y en nuestro egoísmo nos hemos ido aislando con el tiempo. En la vida de ciudad, donde tenemos hoy en día, por ejemplo, Santo Domingo, una ciudad de mediano tamaño con 3.5 quizás millones de personas, es difícil encontrar relaciones humanas íntimas y cercanas con tanta gente. Pero de alguna manera debe haber en mí un interés de involucrarme y relacionarme en la vida de aquellos que están a mi alrededor.

En nuestra lógica, nosotros quizás no le hubiésemos dicho a Onésimo que tenía que volver a reconciliarse con Filemón. ¿Qué le hubiésemos dicho a un hombre que está a 1.500 kilómetros de distancia? Hoy en día, 1.500 kilómetros de distancia es un avión, quizás tres horas y media de vuelo, cuatro horas de vuelo. En esa época era un trauma. Viajar 1.500 kilómetros de distancia no era cualquier cosa. Había que prepararse para ese viaje económicamente y físicamente, y los peligros que se encontraban en el camino eran innumerables.

Increíblemente, Pablo está preso en Roma. Imagínense los problemas que Pablo tiene encima. Pablo está preso; ese es uno de los pequeños problemas personales que él tenía en ese momento. No sabemos si estaba en arresto domiciliario —porque estuvo en un tiempo en arresto domiciliario donde le permitían recibir gente— o si estaba tras las rejas. Pero cualquiera que fuese el caso, él estaba arrestado, preso, esperando juicio. Estaba recibiendo información de todas las iglesias a las cuales él ministraba: a Corinto, a Tesalónica, a Colosas, a los gálatas. Constantemente venían noticias de problemas y dificultades doctrinales y relacionales de las diferentes iglesias. Aparte de eso, Pablo era un hombre enfermo, que padecía de diversas afecciones físicas. Algunos dicen que su aguijón en la carne, según 2 Corintios 12, era una enfermedad física. No lo sabemos con certeza, pero era un hombre con problemas físicos.

Entonces, aquí vemos a este hombre preso, enfermo, agobiado por muchísimos problemas, cuando llega un esclavo que viene de 1.500 kilómetros de distancia y le cuenta que tiene una relación rota con Filemón, y Pablo decide escribir una carta exclusivamente para reconciliar esa situación. ¿Se dan cuenta de su diligencia en involucrarse en la vida de los demás? ¿Se dan cuenta de que Pablo está muy interesado en que la vida de los demás refleje la gloria de Cristo, en que mis relaciones deben ser diferentes ahora que yo estoy en el Señor?

Y esta no es la primera vez que Pablo lo hace. Si nos vamos a Filipenses 4, leemos otra gestión de Pablo. En el versículo 2 leemos: "Ruego a Evodia y a Síntique que vivan en armonía en el Señor." Y sigue diciendo: "En verdad, fiel compañero —a quien le está hablando—, te ruego que ayudes a estas mujeres que han compartido conmigo las luchas del Evangelio." Estas mujeres estaban en conflicto, estaban en problemas, estaban resentidas la una con la otra, y Pablo les dice: "Por favor, vivan en armonía," y le escribe a su compañero: "Ayuda a estas mujeres a que se reconcilien." Ese es el interés de Pablo en involucrarse en la vida de los demás.

¿Cuál es la razón por la que yo quiero, o prefiero, mantenerme al margen de la vida de los demás? En muchas ocasiones es miedo: miedo a que involucrarme implique un rechazo. Me imagino que tengo estas dos personas que están en problemas —como Onésimo y Filemón, o puede ser un tío mío o lo que sea— y no quiero estar en el medio para que mi relación con Fulano y mi relación con Zutano no se afecte. Es miedo, por eso. A veces es egoísmo: simplemente, tú sabes lo que requiere meterse en la vida de alguien para corregirle, para estimularle, para exhortarle, para decirle que se arregle con Fulano y meterse en los líos de otra persona. Pero el amor no es egoísta, dice la Palabra. El amor busca el bien del otro. Entonces, muchas veces por miedo o por egoísmo nosotros preferimos mantenernos al margen.

Esa es la idea incorrecta de que nadie tiene derecho a meterse en mi vida. Si yo soy familia y amigo tuyo, yo tengo el derecho y el deber de meterme en tu vida. Si veo que estás haciendo algo que te va a afectar, en mi caso no tengo opción: soy uno de los pastores. Si ignoro eso, yo puedo entregar mi pastorado, porque por definición el pastor se ocupa de la vida de los que están bajo su cuidado. Pero en un sentido, todos somos pastores en diferentes escenarios de nuestra vida: los esposos de las esposas, los padres de los hijos, los hijos de los hermanos. Así como Dios le preguntó a Caín: "¿Dónde está tu hermano?", y Caín le respondió: "¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?", Dios espera que los hermanos velen los unos por los otros. Y en la iglesia, cuántas veces vemos exhortaciones a que velemos los unos por los otros, a que nos estimulemos —como dice Hebreos 10:24-25— a las buenas obras, los unos por los otros.

Nuestras vidas están diseñadas —nosotros estamos diseñados— para estar involucrados los unos con los otros. Lo primero que la presencia del Señor Jesucristo debería producir en nosotros es despertar en mí un interés renovado, un deber de involucrarme en la vida de aquellos que me importan. Esa es la esencia del Evangelio. De hecho, en el Evangelio Cristo deja su gloria para meterse en nuestras vidas, para involucrarse con nosotros y reconciliarnos con Dios. Pónganlo así: Dios es Filemón, nosotros somos Onésimo, y Cristo es Pablo. Lo mismo que Pablo hace por Onésimo intercediendo ante Filemón es lo mismo que Cristo ha hecho por nosotros intercediendo ante el Padre. Esta carta ilustra, de hecho, el Evangelio claramente.

Eso es lo primero que debe verse en mis relaciones una vez yo vengo a Cristo: un interés por involucrarme en la vida de los demás. Pero hay algo más que está presente en este libro que acabamos de leer: la presencia de Cristo en mí debería abrir mis ojos a las virtudes y las contribuciones de los demás. Fíjense cómo Pablo, al escribir la carta, comienza en el versículo 1 y dice: "Pablo, prisionero de Cristo Jesús, y el hermano Timoteo, a Filemón, nuestro amado hermano." Si lo hubiese dejado así, perfecto, habría estado bien y Filemón no se hubiera sentido mal. Pero añade: "a nuestro amado hermano Filemón y colaborador." Versículo 5: "porque oigo de tu amor y de la fe que tienes hacia el Señor Jesús y hacia todos los santos." Pablo estimula a Filemón, le afirma en las virtudes que tiene, en lo bueno que Filemón exhibe, en el amor que tiene por los santos y la fe en Jesús.

Versículo 7: "He tenido mucho gozo y consuelo en tu amor, porque los corazones de los santos han sido confortados por ti, hermano." Pablo constantemente está exhortando, estimulando y diciéndole a Filemón las cosas buenas que Filemón tiene. Versículo 11: "el cual en otro tiempo te era inútil, pero ahora nos es útil a ti y a mí," refiriéndose a Onésimo. Onésimo significa "útil." Entonces, ¿se dan cuenta? El original tiene un juego de palabras donde le dice: "Filemón, él no era onésimo —es decir, útil— para ti antes; ahora él es realmente Onésimo." Le es útil a ti y a mí. Pablo habla de la utilidad de Onésimo, pero sigue más adelante, en el versículo 21: "Te escribo confiado en tu obediencia, sabiendo que harás aún más de lo que te digo," afirmando una vez más a Filemón. Y para concluir, en el versículo 24, Pablo habla de Marcos, Aristarco, Demas y Lucas: "mis colaboradores."

Hermanos, es muy frecuente que nosotros, en nuestras relaciones con los demás, estemos más enfocados en los defectos, los pecados y las debilidades del otro que en sus virtudes y en las cosas buenas que la persona tiene. Es más común que prime en una casa, en un hogar, la crítica que el estímulo, la queja que el gozo por lo que tenemos. Nuestro pecado en nosotros nos lleva a fijarnos en nuestras virtudes y en los defectos de los demás. Fíjense en esa ecuación. Pero el efecto de Cristo en nosotros debería hacer lo contrario: debería llevarnos a fijarnos más en nuestros defectos y más en las virtudes de los demás, para balancear la cosa.

La calidad de mis relaciones va a depender mucho de que yo pueda apreciar al otro, de que yo pueda valorar al otro. El otro tiene defectos, y tú también, y yo también. Si el otro es problemático, tú crees que tú eres fácil. Porque como decíamos en la introducción, a veces decimos: "La gente es un problema," y tú: "No, no, yo sé que tengo mis cosas," decimos, ¿verdad? Pero es una razón para no entrar en el tema y cambiamos la conversación. No: nosotros tenemos problemas, la gente es problemática, y yo soy gente. Yo estoy dentro de aquellos que tienen problemas. Yo soy irritante para mucha gente. A veces soy irritante para mi esposa, a veces soy irritante para mis hijos, para mis padres, para mis hermanos, para mis compañeros de trabajo. Tengo entonces que balancear eso. Tengo que darme cuenta de que yo tengo mis cosas y que el otro no tiene solamente cosas malas, sino también cosas buenas.

Filemón, en esta carta, no es alguien a quien Pablo le diga: "Oye, suelta ese rencor, Filemón. ¿Cómo va a ser? Tú conociendo al Señor." No. Filemón es un colaborador. Filemón es aquel cuyas acciones alegran el corazón de Pablo. Filemón ahora tiene a Onésimo —útil— que le es útil a él y útil a Pablo. Pablo está constantemente lleno de exhortación, estímulo y afirmación para los demás. Yo me pregunto si nuestras relaciones cambiarían si nosotros estuviéramos más pendientes, no solamente de ver las virtudes de los demás, sino de decirlas y afirmarlas. Estoy seguro de que eso cambiaría sustancialmente la reacción del otro cuando yo tengo que decir una crítica.

Cuando uno lee esta carta, hermanos, uno la lee y dice: "Oye, pero es muy bonita, ¿verdad? Parece una carta de estímulo, parece una carta de felicitación."

Pero lo que Pablo le está pidiendo a Filemón es que perdone a un esclavo que le robó y que huyó, y la pena, legalmente hablando, parece que era la pena capital en esa época. O sea, no es cuestión sencilla lo que Pablo le está pidiendo aquí a Filemón. No es cualquier falta que le está pidiendo Pablo a Filemón que olvide, que ignore y que pase por alto. Esto es un asunto serio.

Y a pesar de lo serio del asunto, Pablo habla con Filemón de manera estimulante, lo exhorta, lo reconoce, lo afirma y le dice: "Te ruego por mi hijo Onésimo." Como si Pablo se lo debiera, le pide, le ruega por su hijo Onésimo. Esos son dos aspectos, hermanos, que deberían cambiar en nosotros cuando Cristo se hace presente. En primer lugar, un nuevo interés y un sentido de deber de involucrarme en la vida de aquellos que están a mi alrededor. Número dos, relacionarme con ellos estando más atento a sus virtudes, a sus cosas buenas, a las cosas que nos bendicen de los demás, y estando atento a nuestros propios defectos.

Pero número tres, no se queda ahí. Cristo en nosotros nos hace ver las relaciones humanas de una manera fresca. Nos hace ver las relaciones humanas como una fuente de gozo. Y la verdad es que con frecuencia yo mismo no veo las relaciones que Dios me ha regalado como una fuente de gozo, porque la gente es complicada. Pero hay gozo en las relaciones cuando yo aprendo a relacionarme. Hay gozo en las relaciones cuando yo aprendo a amar. Hay gozo en las relaciones cuando yo me veo a mí mismo también como uno que causa problemas. Hay gozo en las relaciones.

En el versículo 7, Pablo le dice: "Pues se ha llegado a tener mucho gozo y consuelo en tu amor." Pablo, un hombre, escribió eso de otro hombre: "Tengo mucho gozo en tu amor, Filemón." Pero a nuestros ojos prejuiciados enseguida les parece raro. En el versículo 20 le dice: "Sí, hermano, permíteme disfrutar este beneficio de ti en el Señor. Recrea mi corazón en Cristo." Así veía Pablo en sus relaciones humanas, en sus hermanos, una fuente de gozo, en su cárcel, en su aprisionamiento. Nosotros usualmente no vemos las relaciones así.

Pero Cristo, en una ocasión, viene y le preguntan en Mateo 22:36: "Señor, ¿cuál es el más grande mandamiento de la ley?" ¿Qué es lo más importante que la ley dice —la ley en ese momento, considerado el Pentateuco, los cinco primeros libros de la Biblia—? En otras palabras: "Señor Jesús, resúmenos lo que Dios quiere, lo más importante para Dios." Y esta fue la respuesta de Jesús: "Y él le dijo: 'Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el grande y el primer mandamiento. Y el segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas.'"

¿Cómo así que el primero es similar al segundo? ¿Que el primer mandamiento de amar a Dios es similar al segundo de amar al prójimo? Bueno, en el amor son similares. El primer mandamiento trata de amar a Dios; el segundo mandamiento trata de amar al prójimo como a nosotros mismos. En otras palabras, la voluntad de Dios para mí y para ti, en resumidas cuentas, es que le amemos a Él por encima de todo y que amemos al prójimo como si fuéramos nosotros mismos. Eso es lo que Dios quiere para mí.

En otras palabras, la vida, hermano, se trata de relaciones con otras personas. La vida no se trata de acumular dinero, no se trata de escalar en la escalera social, no se trata de hacer nada. El éxito político y todas esas cosas pueden ser buenas cosas, pero no pueden convertirse en lo prioritario de nuestra vida. La vida se trata de cultivar una relación con Dios de manera profunda, y de cultivar relaciones con los demás, amar a los demás como a nosotros mismos. Muchos todavía buscan gozo en otras cosas. El gozo profundo del ser humano, hermano, proviene de las relaciones. El gozo profundo es una relación con Dios, que solamente la podemos tener en Cristo y por medio de Cristo, y una relación con los demás. Ahí está nuestro gozo.

Salomón, el gran sabio, cuando escribió Eclesiastés —que, como ustedes saben, es un libro sobre lo que es la vida—, tiene el siguiente versículo en Eclesiastés 2:10: "Y todo cuanto mis ojos deseaban, nada les negué. Todo lo que yo quise, nada me negué, ni privé a mi corazón de ningún placer, porque mi corazón gozaba de todo mi trabajo, y esta fue la recompensa de toda mi labor." En otras palabras, Salomón hizo todo lo que quiso, logró todo lo que se propuso, por lo menos mentalmente y humanamente hablando. Dice: todo lo que mis ojos veían y querían, yo lo tenía; todo placer que yo quise disfrutar, yo lo experimenté.

Y miren su conclusión en el versículo 11: "Consideré luego todas las obras que mis manos habían hecho y el trabajo en que me había empeñado, y he aquí, todo era vanidad y correr tras el viento y sin provecho bajo el sol." Qué redundante: vanidad, correr tras el viento y sin provecho bajo el sol. No queda nada de toda esa búsqueda incesante de gozo en otras cosas que no son Dios. Como yo decía hace un tiempo en nuestra iglesia: ¿usted le ha caído atrás al viento? Corra tras una brisa para que usted vea si lo va a lograr. Le voy a correr atrás a ese viento que va por ahí, a ver si lo agarra. Con todo y que lo agarra, viene y me dice: "Lo agarré." Agarre el viento, lo capturé en una especie de cápsula. No. La figura significa que no tiene sentido la búsqueda humana de gozo en cosas fuera de Dios. Es como seguir el viento, es como correrle atrás a la brisa: no vamos a agarrar nada, no vamos a encontrar nada que agarrar en este mundo.

El gozo proviene de Dios y de lo que Él dice. Y esa es la conclusión de Salomón en Eclesiastés 12: "Esto es el todo, este es el resumen: teme a Dios y guarda sus mandamientos." Y su mandamiento es entonces que le amemos y que amemos a los demás. Entonces, hermanos, las relaciones deben ser para nosotros, ahora en Cristo, una fuente de gozo. Yo te voy a ver en el hermano que a veces me irrita, en el hijo que a veces me irrita, en la esposa que a veces me irrita, como una fuente de bendición. Y sí, es irritante algunas cosas, pero yo también lo soy en otras.

Y ese es el tercer aspecto en el cual deberíamos cambiar nuestra manera de ver las relaciones cuando venimos a Cristo. Primero, Cristo me da un nuevo interés y un nuevo deber de involucrarme con los demás. Número dos, Cristo en mí abre mis ojos a las virtudes de los demás; debería hacerlo. Número tres, Cristo me da un nuevo sabor a mis relaciones; mis relaciones me pueden dar gozo. Número cuatro, Cristo en mí me lleva a relacionarme con los demás —o me debería llevar a relacionarme con los demás— no en base a mi posición o a mi derecho, sino en base al amor.

Miren cómo lo dice Pablo en los versículos 8 y 9, luego en el 13 y 14, y luego en el 17. Le dice a Filemón: "Por lo cual, aunque tengo mucha libertad en Cristo para mandarte a hacer lo que conviene, no obstante, por causa del amor que te tengo, te ruego —siendo como soy Pablo, anciano y ahora también prisionero de Cristo Jesús— te ruego por mi hijo Onésimo, a quien he engendrado en mis prisiones." Fíjense en el versículo 14: "Pero no quisiera hacer nada sin tu consentimiento." Pablo hablando a Filemón: "No quisiera hacer nada sin tu permiso, Filemón, para que tu bondad —o sea, si tú me dejas a Onésimo conmigo— para que esa bondad no sea por obligación sino por tu propia voluntad." Y en el versículo 17: "Si me tienes, pues, por compañero, acéptalo como me aceptarías a mí."

Entonces, ¿qué es lo que vemos aquí en Pablo? Vemos que Pablo le pide a Filemón que haga algo sumamente difícil, pero se lo pide, no se lo ordena. Lo que primaba en la forma como Pablo se relacionaba con los demás era su amor hacia el otro, no su posición frente al otro. Y es muy común que nosotros queramos que nuestros hijos nos obedezcan porque yo soy el papá y él tiene que someterse, que nuestras esposas se sometan a nosotros porque yo soy la cabeza del hogar, que los jefes quieran que sus empleados se sometan a ellos porque yo soy el jefe. Pero, ¿qué tal si nosotros, en lugar de hacer uso de nuestra posición, hacemos uso del amor? Y hacemos uso de la gracia con el otro, y le explicamos al otro por qué tiene que hacer esto o aquello, de tal manera que su obediencia no sea como obligado sino por voluntad propia.

Hermano, yo quiero ser obedecido en cualquier aspecto en que me desenvuelva, no por miedo y no porque yo soy el jefe, o el pastor, o el papá, o el esposo. Yo quiero ser obedecido por amor. Yo quiero que el otro se mueva por amor hacia mí: "No, yo lo voy a hacer porque lo amo, yo amo a este muchacho, lo amo, y así yo lo voy a hacer. Yo sé que es incómodo, pero si él lo está diciendo, él sabe por qué lo dice y sabe que lo dice por mi bien, y yo lo voy a hacer." Eso es lo que yo quiero que mi hijo piense, que mi esposa piense, que algunos de ustedes, hermanos, que a veces reciben un consejo, también piensen.

Y a nosotros, entonces, los que queremos ser obedecidos, nos corresponde hacer una tarea de paciencia y dedicación para estimular la obediencia en el otro, para motivar la obediencia en el otro. Sale totalmente diferente cuando nosotros aprendemos a pedir más que a mandar las cosas; totalmente diferente. Eso puede cambiar radicalmente la forma como yo me relaciono con los demás, y eso aplica desde padre a hijo, de esposo a esposa, de jefe a sus subalternos, gente que trabaja con nosotros, que nos ayuda en los diferentes ambientes, gente con la cual queremos lograr cosas. Hermanos, estimulémoslos, exhortémoslos, y cuando lo hagamos recordemos lo bueno que esa persona es, lo eficiente que es, y si falló en algo señalémoslo pero en el contexto del estímulo y de la exhortación. Y que eso sea una realidad también en la iglesia, hermanos.

Aquí no es nuestra iglesia en vivo, sino en la iglesia general. A veces somos muy tajantes en la forma como juzgamos a los demás. A veces vemos que alguien hizo, pensó o actuó de una manera que no procedía, y tenemos un deber: si un hermano peca, vamos y lo decimos, pero sin antes desarrollar esa relación de afecto o de amor para que esa corrección caiga en ese contexto. Y eso es lo que yo veo aquí en Pablo: su relación con los demás estaba más basada en el amor que en el derecho o en la posición.

En algunas ocasiones, el pecado en la gente y en nosotros demandará que seamos firmes, pero aun la firmeza debe estar bañada de gracia y de amor hacia los demás.

Por último, una quinta manera en la que la realidad de Cristo en nuestras vidas debe cambiar la forma como yo me relaciono es entender lo siguiente: Cristo en mí me otorga una nueva familia, me regala una nueva familia. Miren lo que dice el versículo 10: "Te ruego por mi hijo Onésimo, a quien he engendrado en mis prisiones." Miren lo que dice el versículo 12: "Te lo he vuelto a enviar en persona, es decir, como si fuera mi propio corazón." O sea, Pablo tenía un afecto tal por Onésimo, por su hijo Onésimo como le llama, que era como si él mismo estuviera allí donde él fue enviado.

Miren cómo entonces, en los versículos 15 y 16, le dice a Filemón: "Porque quizás por esto se apartó de ti algún tiempo, para que lo recibieras para siempre; no ya como esclavo, sino más que esclavo, como un hermano amado." En ese momento, decirle eso a un amo dueño de esclavos era totalmente radical. Lo que Pablo está diciendo es que la familia de la fe es una familia. Nosotros somos una familia.

A Jesús, en una ocasión, van y le interrumpen —en Mateo 12— mientras está enseñando, y le dicen que le buscan su madre y sus hermanos. Y Él pregunta: "¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?" Y les responde lo siguiente: "Cualquiera que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre." Mi familia verdadera es la familia de la fe. Claro que hay vínculos familiares aquí que debemos cuidar, cultivar y dedicarnos a ellos, vínculos sanguíneos; pero la familia de la fe tiene un lugar en el plan de Dios que iguala a la familia sanguínea.

Para Pablo, Onésimo es su hijo, y le dice a Filemón: "Es tu hermano amado en Cristo. Trátalo así, trátalo como tal." Y en iglesias como la nuestra, hermanos, este es un verdadero reto, un reto tan significativo que pudiera desalentarnos. Pero yo quiero tomarlo de otra manera: dado el tamaño del reto de que nosotros nos sintamos como una familia, dado ese tamaño, que nos dediquemos profundamente, de manera creativa, relacionándonos los unos con los otros.

Hermanos, esto no es un auditorio, esto es una iglesia. ¿Cuál es la diferencia? Cuando usted va al teatro nacional y se sienta al lado de una persona que llegó cinco minutos antes que usted, presentó su boleto y lo sentaron ahí al lado, eso es un auditorio: la atención está en lo que va a pasar al frente. Aquí la atención está en lo que va a pasar al frente y en lo que está pasando en la vida de quien está a mi lado, porque somos una familia.

Y yo sé que es difícil, y no quiero que nos sintamos como que hemos cometido el pecado imperdonable cuando no tenemos una actitud de comunión y de cercanía con los demás, porque es normal que cuando yo llego a un lugar y no conozco a nadie, me proteja un poco, me aísle, no sé si el otro quiere que yo lo salude. ¿Verdad? No queremos molestar. Lo que pasa es que si él no quiere ser molestado, no debería venir a la iglesia, porque aquí somos una familia. Y cuando tú llegas a una casa donde se va a celebrar la cena familiar, hay un primo con el que no hablas mucho, pero está ahí: "¡Fulano, qué hay!" Hay que saludarlo. Ahora, si tú no te quieres encontrar con el primo, tú no vas, porque el primo va a estar ahí, porque es familia.

Eso puede tener sus cosas buenas y malas, pero yo creo que tiene más buenas que malas. Desde el punto de vista espiritual son todas buenas; desde el punto de vista personal, sí hay incomodidades, a veces somos tímidos y no queremos hacerlo. Pero yo quiero proponer que hagamos un esfuerzo, hermano, por llegar a la iglesia y ser efectivos en expresar amor y gracia a los demás. Puede ser que la persona que esté a nuestro lado quizás no conoce al Señor, que está visitando la iglesia por primera, segunda o tercera vez, no lo sé. En un sentido estricto no es un hermano mío, pero ¿cómo vamos a mostrar el amor de Cristo si no lo saludamos?

Aquello que dice Jesús en Juan 13:35: "En esto conocerán que sois mis discípulos, en que os améis unos a los otros." Entonces tiene que haber una intención en la familia de la iglesia para hacer sentir esto más como una familia que como un auditorio; debería haber una intención.

Como segunda recomendación, cuando la iglesia hace una reunión completa, yo oro y le pido al Señor que nos dé, de manera creativa, la intención en cada uno de saludar por lo menos a un par de personas que tengan a nuestro lado, y en la medida en que salimos o entramos, que podamos ser efectivos. Pero también, en una iglesia de nuestro tamaño, es necesario integrarse a un grupo más pequeño en el cual uno sea conocido y conozca a otros.

Nuestra iglesia sabe que aquí, con el número de personas presentes en este salón, es muy difícil tener relaciones de manera personal con cada una de ellas. Pero la iglesia ha creado una serie de mecanismos de grupos pequeños. Las parejas casadas pueden integrarse a un grupo pequeño si lo desean: van a la mesa de información, llenan un formulario y se integran. Es voluntario; usted va —ojalá vaya siempre—, pero si no puede ir un día, no va. Se da dos veces al mes, una reunión con doce o trece parejas, donde usted es conocido y lo conocen a usted, donde la gente se interesa por su vida y se involucra en ella.

Están los grupos de jóvenes: aquí tenemos grupos de preadolescentes, de 12 a 14; de adolescentes, de 14 a 18; de universitarios, de 18 a 24; y de profesionales, de 24 en adelante. Cada grupo tiene una reunión aquí y tienen grupos pequeños también. El ministerio que yo dirijo aquí tiene ocho grupos pequeños que se reúnen en diferentes casas, y una vez al mes nos reunimos aquí en la iglesia. Los grupos de ministerios —por ejemplo, Sin Muros— tienen grupos que van a las cárceles, que van a diferentes sitios a servir; ese grupo también se constituye como una iglesia, como el grupo al cual yo respondo. Y así sucesivamente.

Yo le propongo que sean diligentes en tratar de integrarse a un ministerio donde comencemos a sentir que estamos en una familia. La indiferencia hacia conectarme e integrarme en la familia de la fe es una evidencia de mi inmadurez espiritual, se los debo decir. Y a veces tenemos que vencer esa tentación al aislamiento, vencerla y comenzar a ver las relaciones como fuentes de gozo, como ese escenario donde Dios nos cambia. No: "Yo no voy a conectarme porque la gente es un problema" —eso fue lo que dijimos en la introducción, eso es lo que estamos tratando de cambiar—. Pero no vamos a ser cambiados si no nos conectamos con los demás, porque es en el proceso de interacción donde aflora lo malo de mí y es nivelado, y donde aflora lo malo del otro y es nivelado. Es en ese proceso —doloroso, pero beneficioso, muy beneficioso y necesario para nuestro crecimiento.

Hermanos, Cristo en nosotros debería notarse entre nosotros y en la forma como yo me relaciono a todos los niveles. Resumiendo: Cristo en mí me da un nuevo interés de involucrarme en la vida de los demás. Cristo en mí abre mis ojos —o debería abrir mis ojos— a las virtudes de los demás. Cristo en mí me lleva a ver en mis relaciones una fuente de gozo. Cristo en mí debería llevarme a relacionarme con los demás en base a la gracia y no en base al derecho o la posición. Y Cristo en mí me otorga una nueva familia, a la que yo me debo, a la que yo observo y que me observa a mí, para crecer todos juntos a la imagen de Cristo.

Esta es una producción que llega hasta ustedes gracias a los aportes de individuos y empresas comprometidos con la defensa de la fe. Para más información, preguntas y comentarios, visite nuestra página de internet: www.integridadysabiduria.org. En dicha página encontrará información sobre la producción de este y otros recursos que ponemos a su disposición, como también las formas en las que usted puede contribuir con la producción de programas como estos. Les invitamos nuevamente a visitar nuestra página de internet: www.integridadysabiduria.org. Hasta la próxima, cuando nos reencontremos en Su Palabra.

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.