La reconciliación entre personas no es una opción para el cristiano, sino una obligación que refleja el corazón mismo del evangelio. La carta de Pablo a Filemón muestra cómo el apóstol se empeña en restaurar la relación rota entre un amo y su esclavo fugitivo, Onésimo. Pablo pudo haber dicho que la distancia de mil quinientos kilómetros hacía innecesario el encuentro, pero en cambio envió a Onésimo de vuelta a dar la cara. Esta es la misma enseñanza de Jesús: si al presentar tu ofrenda recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja la ofrenda y reconcíliate primero. Dios se agrada más de la reconciliación que de los actos religiosos.
La reconciliación exige humildad de ambas partes. El ofensor debe aceptar su falta sin minimizarla ni esconderla tras justificaciones. El ofendido también necesita humildad para reconocer que él mismo es un gran deudor ante Dios. Pablo le recuerda sutilmente a Filemón que le debe su propia vida espiritual. Mientras no nos veamos como deudores perdonados, no seremos libres para perdonar a otros.
A veces se necesita un mediador dispuesto, como Pablo en esta carta, que procure la paz entre partes en conflicto. Y se requiere valorar la relación por encima de la pérdida material. Pablo ofrece pagar de su bolsillo cualquier deuda de Onésimo, mostrando que las personas valen más que el dinero. Este gesto refleja lo que Cristo hizo por nosotros: tomó nuestra deuda y la cargó a su cuenta. Así como hemos sido reconciliados con Dios, estamos llamados a reconciliarnos unos con otros.
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¡Vamos a estar en Su Palabra! Yo quisiera traerles un mensaje que es la continuación del mensaje de Filemón que dimos hace un par de semanas. Este mensaje tiene otro tema; va en una dirección distinta. Pero compartía con el grupo anterior, y también lo hice con el grupo de adoración, que nosotros los predicadores, cuando preparamos un mensaje, el Señor nos va hablando primero a nosotros y nos va instruyendo a nosotros para poder compartir luego lo que Él nos comparte. Y muchas veces en la preparación uno tiene una apreciación de la importancia de un mensaje, y en la medida que preparaba este, les puedo confesar que fui adquiriendo una apreciación de la tremenda importancia de la verdad que vamos a compartir —o las verdades que vamos a compartir— en esta mañana.
Yo no sé si será un buen sermón, pero es un sermón importante. No porque lo predico yo, sino porque creo que tiene tanto que ver con el corazón de Dios, que por eso es importante. Estará basada precisamente en Filemón, que vamos a leer en unos minutos, pero quiero solamente recordar algunas de las cosas que dijimos en la introducción del primer mensaje sobre esta corta pero significativa carta de Pablo a Filemón, a su colaborador y amigo Filemón.
Decíamos en esa ocasión que las relaciones humanas son vitales para nosotros, no solamente buenas, no solamente deseables, sino algo que realmente necesitamos para nuestra salud emocional y para nuestra salud psicológica. No todos le dan un gran valor a las relaciones humanas, pero la Palabra de Dios claramente indica que Dios nos quiere relacionados con Él y relacionados íntimamente con otras personas. La Palabra de Dios es un manual extraordinario sobre relaciones humanas y relaciones con Dios también. Dios nos conoce a la perfección, y Él sabe lo que nosotros necesitamos y Él sabe cómo nosotros podemos relacionarnos con los demás de una manera sana y edificante.
Cuando seguimos Sus principios somos bendecidos y beneficiados de nuestras relaciones. Cuando no seguimos Sus principios, las relaciones nuestras con los demás se tornan conflictivas, difíciles, drenantes, en algunas ocasiones complicadas; en pocas palabras. El apóstol Pablo, que era además de un gran teólogo un gran experto relacional, escribe esta carta, y la carta tiene mucho que decir precisamente sobre la forma como nosotros nos relacionamos.
Si me preguntaran cuál es el tema de la carta de Filemón específicamente, yo diría que la carta de Filemón en pocas palabras nos dice que venir a Cristo y estar en Cristo —o más bien, tener a Cristo en nuestras vidas— implica que la manera como yo me relaciono con los demás debe ser diferente a la manera como yo me relaciono si no tengo a Cristo. En otras palabras, el Evangelio debe cambiar la manera como yo me relaciono con los demás. De ahí que Jesús decía en Juan 13:35 que la manera como conocerán que somos Sus discípulos es si nos amamos los unos a los otros. No muchos sabios han dicho en la historia que debemos amar a nuestros enemigos y orar por los que nos maldicen; eso lo dice Dios, Jesús. La forma de relacionarse con los demás debe ser profunda y radicalmente cambiada cuando venimos al Señor.
En aquella ocasión, en ese primer sermón, quisiera recordar brevemente las verdades que estudiamos y que vimos, para luego entonces continuar con nuestro mensaje del día de hoy. Decíamos que Cristo en mí me debe dar un nuevo interés por el otro, por la vida del otro. Yo debo estar interesado en involucrarme con el otro, de conectarme con él, de tener una vida de intimidad, de cercanía, de amistad, de comunión con los demás. Número dos: decíamos que Cristo en mí debería abrir mis ojos a las virtudes de los demás. Nosotros somos muy dados a ver lo negativo en el otro, lo pecaminoso en el otro, lo que me molesta del otro, pero usualmente tenemos ojos cerrados para lo bueno, lo virtuoso y lo que nos bendice de los demás.
Número tres: decíamos que Cristo en mí debería llevarme a ver mis relaciones como una fuente de gozo en mi vida. Eso lo vemos en Filemón claramente, como Pablo le decía a Filemón que él recibía gozo de oír de lo que Filemón estaba haciendo en favor de los santos, y de cómo la reconciliación entre Filemón y Onésimo recrearía su corazón en el Señor. Las relaciones, si las tenemos conforme a la Palabra de Dios, serían una fuente de gozo para nosotros. Número cuatro: que mis relaciones deberían tener como base el amor y no el derecho o la posición. Pablo en ningún momento deja saber que él es un apóstol y que como apóstol Filemón le debe su obediencia; no, él apela al amor que hay entre ellos para hablar con Filemón y pedirle lo que le tiene que pedir.
Por último, decíamos que Cristo en mí me otorgó una nueva familia. Pablo llama a Onésimo su hijo; Pablo le dice a Filemón que ahora Onésimo no es esclavo sino su amado hermano en Cristo. Por lo tanto, cuando yo vengo a la familia de Dios, yo no vengo a un club social, yo no vengo a un grupo de interés, yo vengo a una familia, donde estamos supuestos a compartir nuestras vidas, donde estamos supuestos a crecer juntos, y en esa interacción es que la imagen de Cristo se va a ir formando en mí.
Definitivamente, si Cristo está en mí, estos deberían ser principios que estén presentes en la manera como yo me relaciono. Ahora bien, por bien que yo viva estas cosas que acabo de decir, voy a tener problemas en mis relaciones. Producto del pecado presente en mi corazón todavía, y producto del pecado presente en los demás, aun viviendo todas estas cosas que acabamos de citar y de describir, las relaciones muchas veces van a ser conflictivas y problemáticas. Los orgullos de la gente van a chocar, las preferencias van a chocar. Hay gente que es más sensible que otra, y eso ya es irritante para algunos. Y así sucesivamente; mientras vivamos en este mundo, las relaciones van a ser complejas y van a requerir toda nuestra inversión para ser buenas.
Ahora, ¿qué hace un creyente cuando una relación con otra persona es afectada, es dañada, se rompe? El creyente, el hijo de Dios, se reconcilia. Ese es el gran mensaje que yo quiero traer en esta mañana con relación a esta carta de Filemón. El hijo de Dios no es dejado a que tome la decisión de si él se quiere reconciliar o no; el hijo de Dios debe reconciliarse con aquella persona cuya relación ha sido afectada, sea él el ofensor o sea él el ofendido. Y lo que yo quisiera entonces ver en el texto es qué información nosotros podemos obtener de esta carta en relación a qué es la reconciliación y cómo reconciliarnos con los demás.
Recuerden que Pablo está en Roma, preso. Onésimo se ha fugado y ha huido de su jefe o de su amo Filemón. Y cuando Pablo conoce a Onésimo, Pablo quiere que Onésimo y Filemón vuelvan otra vez a tener una relación, y no solamente que vuelvan a tener la misma relación, sino que tengan ahora una mejor relación. Pablo está en la tarea de reconciliar a estos dos hombres. Y en ese proceso nosotros vamos a aprender cómo podemos reconciliar las relaciones que por alguna razón se rompen entre nosotros o con los demás.
Vamos a leer la carta entera; son apenas 25 versículos, y luego vamos a reflexionar sobre ella.
Filemón, capítulo 1, versículo 1: "Pablo, prisionero de Cristo Jesús, y el hermano Timoteo, a Filemón, amado hermano y colaborador, y a la hermana Apia y a Arquipo, nuestro compañero de milicia, y a la iglesia que está en tu casa: gracia a vosotros y paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo. Doy gracias a mi Dios siempre, haciendo mención de ti en mis oraciones, porque oigo de tu amor y de la fe que tienes hacia el Señor Jesús y hacia todos los santos, para que la comunión de tu fe llegue a ser eficaz por el conocimiento de todo lo bueno que hay en vosotros mediante Cristo. Pues he llegado a tener mucho gozo y consuelo en tu amor, porque los corazones de los santos han sido confortados por ti, hermano. Por lo cual, aunque tengo mucha libertad en Cristo para mandarte hacer lo que conviene, no obstante, por causa del amor que te tengo, te ruego, siendo como soy Pablo, anciano y ahora también prisionero de Cristo Jesús, te ruego por mi hijo Onésimo, a quien he engendrado en mis prisiones, el cual en otro tiempo te era inútil, pero ahora a ti y a mí nos es útil. Y te lo he vuelto a enviar en persona, es decir, como si fuera mi propio corazón, a quien hubiera querido retener conmigo para que me sirviera en lugar tuyo en mis prisiones por el Evangelio, pero no quisiera hacer nada sin tu consentimiento, para que tu bondad no fuera como por obligación sino por voluntad propia. Porque quizás por esto se apartó de ti por algún tiempo, para que lo volvieras a recibir para siempre, no ya como esclavo, sino como más que un esclavo: como un hermano amado, especialmente para mí; por cuanto más para ti, tanto en la carne como en el Señor. Si me tienes, pues, por compañero, acéptalo como me aceptarías a mí. Y si te ha perjudicado en alguna forma o te debe algo, cárgalo a mi cuenta. Yo, Pablo, escribo esto con mi propia mano: yo lo pagaré; por no decirte que aun tú mismo me te debes a mí. Sí, hermano, permíteme disfrutar este beneficio de ti en el Señor; recrea mi corazón en Cristo. Te escribo confiado en tu obediencia, sabiendo que harás aun más de lo que te digo. Y al mismo tiempo, prepárame también alojamiento, pues espero que por vuestras oraciones os seré concedido. Te saluda Epafras, mi compañero de prisión en Cristo Jesús; también Marcos, Aristarco, Demas y Lucas, mis colaboradores. La gracia del Señor Jesucristo sea con vuestro espíritu."
Una hermosa carta, una carta que deja la sensación inmediata del deseo de reconciliar una relación.
Y yo creo que lo primero que aprendemos, y es lo que se hizo mención hace un momentito en la carta, es la reconciliación entre personas en conflicto, ya sea que yo esté involucrado en un conflicto, o que otro cristiano esté involucrado en un conflicto. La reconciliación no es una opción para el cristiano, sino una obligación. Yo no puedo sencillamente ver una relación rota o dañada con otra persona y hacerme de la vista gorda e ignorar esa realidad. Yo no tengo ese permiso; la palabra de Dios no me lo permite.
No es posible que yo sencillamente prefiera ignorar a la persona, evitar a la persona, evadir a esa persona, procurar no encontrarme con esa persona cuando yo sé que hay algo que resolver entre nosotros. Y obviamente, cuando hay un conflicto o una relación rota, hay dos partes involucradas: hay un ofensor y hay un ofendido. Y yo creo que esta carta le habla a ambos.
Si lo analizamos desde el punto de vista del ofensor, que es Onésimo, que está con Pablo, ¿qué es lo que sucede, qué es lo que ocurre y qué es lo que Pablo le manda a Onésimo? Recuerden que Pablo está en Roma, a 1.500 kilómetros de distancia de Colosas, donde está Filemón. Pablo pudo perfectamente decirle a Onésimo: "Onésimo, yo sé que tú tienes este problema con Filemón, pero en realidad estamos a 1.500 kilómetros de distancia. Es muy poco probable que tú te vayas a encontrar con Filemón en tu vida. Tú puedes aquí sencillamente hacer tu vida en Roma, pídele perdón al Señor por tu conflicto con Filemón y vive tu vida."
Es muy trabajoso, muy difícil, muy complicado; de hecho tengo muchos problemas para meterme en eso. Entonces, déjese eso así y pídele perdón al Señor. Sin embargo, a pesar del trabajo que representaba, a pesar de las dificultades que representaba reconciliar a esta gente, Pablo nos dice en los versículos 12 y 13 lo siguiente: que él envió a Onésimo, y te lo he vuelto a enviar en persona, es decir, como si fuera mi propio corazón, a quien hubiera querido retener conmigo para que me sirviera en lugar tuyo en mis prisiones por el Evangelio. Yo hubiese querido que él se quedara, pero no era posible. La palabra de Dios no me permite dejar a Onésimo y a Filemón sin reconciliarse.
"Onésimo, tú tienes que ir a dar la cara, a buscar la reconciliación con aquella persona que tú has dañado, que tú has ofendido, a quien tú has herido, a quien tú has traicionado. Tú tienes que darle la cara." Pablo está aplicando lo que ya Jesús había enseñado en Mateo 5:23, cuando dice literalmente la palabra de Dios: "Por tanto, si estás presentando tu ofrenda en el altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti…" Venimos a una actividad religiosa, venimos a adorar, venimos a honrar a Dios en la iglesia, y me acuerdo de que mi hermano tiene algo contra mí porque le ofendí, porque le traicioné, porque mentí, porque hablé contra él, por cualquier razón. Y he aquí lo que dice: deja tu ofrenda allí delante del altar, no la presentes; ve, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda.
En otras palabras, Dios es más honrado y más complacido cuando yo me reconcilio que cuando yo le ofrezco una ofrenda. Dios está más interesado en mi vida de amor y afecto hacia los demás que en mis devociones religiosas. Es una hipocresía venir a adorar al Dios de la reconciliación cuando yo no estoy dispuesto a reconciliarme con aquellos que yo he dañado. Dios dice: no lo hagas; no me agrada tu ofrenda, es un acto hipócrita. Reconcíliate primero y luego ven y presenta tu ofrenda.
Y no se queda ahí. El versículo 25 sigue diciendo: reconcíliate pronto con tu adversario. Ya no se habla del hermano; ahora se habla del adversario. Reconcíliate pronto con tu adversario mientras vas con él por el camino, no sea que tu adversario te entregue al juez, y el juez al alguacil, y seas echado en la cárcel. ¿Qué es lo que está diciendo este texto? Aun con aquellos con los que tú no tienes mucha cercanía, mantén una buena relación, sino por amor, por asuntos prácticos, porque él va a actuar en contra de ti si tú no te reconcilias con él primero. O sea, ya sea por amor, ya sea por puro pragmatismo, reconcíliate, resuelve ese problema. Si tú eres el ofensor, tú tienes el deber de ir y exponer tu arrepentimiento y tu deseo de reconciliar esas relaciones. Y eso fue lo que Pablo hizo con Onésimo: "Onésimo, no importa el trabajo que te dé, lo difícil que sea, lo problemático que parezca; ve y dale la cara a Filemón."
Pero ¿qué pasa si yo soy el ofendido? ¿Qué nos dice la carta al ofendido? Es usual que nosotros pensemos que son los ofensores los que tienen que venir a pedir perdón. De hecho, muchas veces cuando estamos resentidos contra alguien, cuando estamos heridos contra alguien, pensamos: ¿el que tiene que venir? Pues yo no le hice nada. Él fue el que me… o ella fue la que me… Yo no tengo nada que decirle; que venga él, que venga ella. Y me siento a esperar. Sucede que la relación está rota, la relación sufre, porque yo estoy a la espera de que el ofensor tome la iniciativa.
Sucede, hermanos, que vivimos en un mundo donde con frecuencia los ofensores o no se dan cuenta o no quieren reconocer la ofensa cometida. ¿Y qué voy yo a hacer, qué debo yo hacer como creyente, como hijo de Dios? ¿Sentarme a esperar que la solución venga del cielo, caiga del cielo? Según la palabra, Mateo 18:15 dice: "Si tu hermano peca contra ti, ve y repréndelo a solas; y si te escucha, has ganado a un hermano." Aun siendo tú el ofendido, si esa relación ha sufrido y se ha dañado, aun así yo tengo el deber de ir y reconciliarme con mi hermano, o con la persona con la cual esa relación se ha roto. No es así como pensamos usualmente, pero sin duda alguna, sin duda alguna, este es un principio de la palabra.
Si hay alguien que puede darnos ejemplo a nosotros de cómo el ofendido se movió para resolver un conflicto, es Dios mismo. ¿Qué usted cree que Cristo hizo, que Dios hizo, cuando vino a la cruz y se entregó por nosotros? ¿Quién era el ofendido? Dios. ¿Quiénes éramos los ofensores? Nosotros. Y Dios tomó la iniciativa, siendo Él el ofendido, de reconciliar una relación que nosotros los ofensores no queríamos resolver, no queríamos reconciliar.
Y 2 Corintios 5 es exactamente eso lo que dice: "Y todo esto procede de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por medio de Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; a saber, que Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo, no tomando en cuenta a los hombres sus transgresiones, y nos ha encomendado a nosotros la palabra de la reconciliación. Por tanto, somos embajadores de Cristo, como si Dios rogara por medio de nosotros; en nombre de Cristo os rogamos: reconciliaos con Dios. Al que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él."
Dios nos ha reconciliado. Él tomó la iniciativa siendo Él el ofendido. Pero muchas veces nosotros estamos más interesados en el resentimiento que sentimos y en cómo nos sentimos con el otro, que en ganar a un hermano. Nos movemos más por el resentimiento que por el amor al otro. No queremos restablecer una relación con aquel que nos ha dañado. Todo el peso de la responsabilidad se lo ponemos al otro. ¿Y dónde está aquello de ganar a un hermano para el Señor? ¿Dónde está aquello de hacerle ver su falta y hacerle ver su ofensa para que él pueda arrepentirse?
El no deseo de reconciliarme habla en contra del mensaje que nosotros proclamamos. Yo le digo al mundo: reconcíliate con Dios. Pero yo no estoy dispuesto a reconciliarme, a veces, con aquellos que me ofenden a mí. Esa práctica empaña el mensaje que yo estoy llamado a proclamar. Tiene que haber una disposición en mí, ya sea yo el ofensor o ya sea yo el ofendido, a restablecer la relación que se ha roto.
Si hay algo de que hermanos nosotros podemos proclamar a viva voz, es que hemos conocido y hemos sido beneficiados por el acto reconciliador más extraordinario conocido, que fue la cruz de Cristo. ¿Cómo, siendo yo un receptor de la gracia de Dios que se ha reconciliado conmigo, no puedo ser también un canal de esa gracia de Dios en la reconciliación con los demás? Contradice una cosa a la otra.
Eso es lo primero que nosotros vemos en esta carta. La reconciliación, hermanos, con las relaciones rotas. Si hay relaciones que no funcionan, resentimientos y demás, en un cristiano no es una opción, es una obligación. Y con tristeza puedo decir que en mi propia vida, en algunas ocasiones, y en la vida de los demás, veo mucha indiferencia cuando las relaciones con los demás no están funcionando bien. Sencillamente no nos interesa trabajar, emplear energía, emplear esfuerzo, emplear tiempo en reconstruir y reparar una relación. Sí, es difícil, sí, es trabajoso, pero es un deber de la palabra. Es un reflejo vivo de lo que nosotros somos: agentes de reconciliación.
Hubiera sido muy fácil para Onésimo quedarse en Roma. Y muchos de nosotros nos hemos quedado en Roma, olvidándonos de las relaciones que tenemos que reparar y reconstruir, ignorándolo, tapando eso y tratando de que la vida tenga otro color y otras actividades, olvidando que yo tengo algo que reparar. La palabra no me da esa opción. Yo tengo que buscar la reconciliación.
Lo segundo que yo aprendo en esta carta sobre la reconciliación, hermanos, es que, si me propongo buscarla, yo tengo que tener una actitud de humildad frente al otro. Eso parece obvio, eso parece evidentemente claro; sí, pero no es tan sencillo de vivir y de aplicar en la vida. Y humildad se requiere, hermanos, para ambos en el conflicto.
Se requiere humildad para el que ofende y se requiere humildad en el que ha sido ofendido. Otorgar el perdón requiere humildad y pedir perdón requiere humildad. Pero es muy frecuente que no haya humildad ni en uno ni en otro, y que usualmente el ofendido espera humildad del que ofendió. Pero vamos a ver si yo no sé, a mí no me convence ese perdón, esa petición de perdón.
Claramente en este texto, el versículo 11, lo primero que vemos es que la humildad de Onésimo aflora, se nota en su deseo de aceptar que falló. Esa es la primera evidencia del que ofende: el que ofende tiene que aceptar que falló, que dañó al otro. Miren cómo lo dice el versículo 11 y el versículo 18. Dice: "el cual en otro tiempo te era inútil, pero ahora nos es útil a ti y a mí." Pablo está hablando, lea Filemón, de que ciertamente Onésimo había sido un inútil en el pasado, no había servido a los propósitos de Filemón, no había sido el mejor esclavo, el mejor empleado. En el versículo 18, Pablo dice: "si te ha perjudicado en alguna forma, o te debe algo, cárgalo a mi cuenta", recordándole a Filemón que puede ser que Onésimo le haya dañado.
Uno se pudiera preguntar: ¿por qué Pablo no habló en términos más claros? ¿Por qué esta forma como de esconderlo? Muchos dicen que cuando esta carta sale de la cárcel, tiene que salir bajo la supervisión de los romanos, y los romanos, si leían que Onésimo era un esclavo que huía, iban entonces a apresarlo, y Pablo no quería eso. Pablo manda a Onésimo a reconciliarse con Filemón, pero lo habla en unos términos como de una falta personal, pero no de un esclavo que huye. Pero claramente en estos dos pasajes es lo que vemos: Onésimo, a través de Pablo, reconociendo que él falló, que él dañó a Filemón.
El hermano, se encontraría una de las mayores dificultades, y en nuestra propia vida, una de las mayores dificultades que nosotros tenemos. Esa es que esas palabras de "yo te fallé, yo te dañé, mi actitud te hirió" son difíciles de decir. Muy difíciles. Muchas veces salen breves y acompañadas de una fila de palabras de justificación: "Sí, pero es que lo que pasa es que tú no entiendes la posición en la que yo estaba en ese momento. Yo no podía hacer otra cosa, pero sí, de verdad." Y como que al final se añade "y yo te fallé, ok", como una condescendencia. Como aquel jugador de baloncesto que entiende que la pelota le corresponde, pero el otro reclama la pelota: "Está bien, es tu pelota, esa." Y el otro dice: "No, así no. No la quiero así." Así muchas veces se da en un proceso de reconciliación: el que falla no dice claramente "yo fallé, yo te herí, yo te dañé, yo te ofendí." Y como no lo dice, el otro siente que no es genuino y no hay una reconciliación de hermanos.
¿Y qué es lo que pasa en un corazón que ha fallado y que no quiere aceptar su fallo? Orgullo. Mientras más grande el orgullo, más breves son las palabras del reconocimiento del fallo. Y se esconden porque: "Tú entiendes, tú te pones en mi posición, tú entiendes lo que yo hice, yo no lo hice con esa intención." Y comenzamos: "Fallé, te herí, te dañé." ¿Por qué cuesta tanto decirlo? Por nuestro orgullo, por nuestros corazones arrogantes. Hermanos, el que falla tiene que aceptarlo, tiene que aceptarlo con claridad, no con una condescendencia como que "sí, está bien, o que yo te fallé." No: "Te fallé y te dañé, y eso fue significativo."
Y a veces se dicen las palabras, pero entonces se minimiza el daño. "Sí, yo te fallé, pero tampoco es una cosa que tú sabes, pero dejémoslo ahí." A veces se reconoce el fallo, pero se minimiza el daño: "Tú sabes que todos somos pecadores, todo el mundo hace esas cosas." Ya reconoce que te equivocaste, que fallaste, que heriste, y que estás en deuda con el otro. Eso sería sanador en un proceso de reconciliación. Se necesita humildad de parte del que falló para aceptar su fallo, confesarlo y pedir perdón, pero se necesita humildad de parte de ambos para aceptar que se necesitan.
Nosotros con mucha facilidad, cuando somos ofendidos, quisiéramos que un viento se llevara al ofendido. Que hubiese de alguna manera la forma de que esa persona saliera de nuestra vida. Queremos ignorarla, queremos pasar a otros capítulos. Es raro ese capítulo, como decimos. Entendemos que no lo necesitamos. Hay matrimonios, hermanos, que viven el esposo por un lado y la esposa por otro lado. Padre e hijo, y a veces en iglesias, en relaciones de amistad, se producen rupturas emocionales y se producen unas separaciones donde pueden vivir juntos pero están separados. Entienden que el uno no necesita del otro.
Por eso vemos a Pablo diciendo en el versículo 11, a Filemón: "Oye, te va a ser útil Onésimo, te va a ser útil." Si nosotros fuéramos humildes y reconociéramos que esa relación que se rompió yo la quisiera de vuelta, que "yo necesito a este hermano, yo necesito a mi pareja, a mis hijos, yo lo necesito." Pero el orgullo, una vez más, ya se hace presente. Y usualmente, como creemos que no lo necesitamos, no nos reconciliamos ni procuramos restablecer la relación.
Una última manera en la que necesitamos la humildad es la siguiente: al que ha sido ofendido, fíjense que le habla al ofensor primero, que tiene que aceptar su fallo. Luego, que ambos tienen que entender que se necesitan. Pero ahora, el ofendido tiene que aceptar que él también es un deudor. Pablo en el versículo 19 le dice, como quien no quiere la cosa, a Filemón: "Yo, Pablo, escribo esto con mi propia mano, yo lo pagaré; por no decirte que aun tú mismo te me debes a mí." Filemón, recuerda que tú conociste a Cristo por mí, por mí. Tú me debes tu vida. Se la debe a Cristo, pero Pablo como instrumento de Cristo, por eso Pablo dice: "Me la debes a mí."
Hermano, la falta que tú tienes que perdonarle al otro es mucho más pequeña que las faltas y los pecados que Cristo te ha perdonado a ti. Mientras nosotros no nos veamos a nosotros mismos como deudores, no vamos a ser liberados para perdonar a otros. "A mí me deben. Me deben una excusa, me deben pedir perdón, me deben reparar el daño causado." Sí, pero tú también debes mucho. Tú has sido grandemente perdonado. La gracia que Dios ha tenido contigo es más grande que la gracia que se te pide a ti que tengas con los demás. Qué sano sería, qué liberador sería para perdonar, que nosotros nos viéramos a nosotros mismos como deudores de Cristo.
Increíblemente, en Mateo 18, en un momento dado, Jesús es abordado por Pedro. Pedro le pregunta: "Señor, ¿y cuántas veces yo tengo que perdonar a un hermano? ¿Hasta siete veces?" Pedro creía que estaba siendo el hombre más magnánimo del mundo. "Hasta siete veces", y Jesús le responde: "No hasta siete, sino hasta setenta veces siete." Y entonces le cuenta una parábola ahí mismo, inmediatamente: la parábola de dos siervos. Un siervo que le debía a su señor una gran cantidad de dinero, y otro siervo que le debía al primer siervo una pequeña cantidad de dinero. Jesús dice que el primer siervo, que debía la gran cantidad, fue donde su señor y le pidió misericordia y le explicó que no podía pagarle. Y el señor tuvo misericordia de su siervo y se lo perdonó. Pero sucede que cuando salió a la calle comenzó a cobrarle al que le debía a él una pequeña cantidad, con mucha insistencia. Y cuando el señor se enteró de que el siervo que había sido perdonado no había perdonado la pequeña deuda que tenían con él, el señor se ocupó de encerrar al primer siervo en la cárcel.
Hermanos, ¿qué nos dice el Padre Nuestro? "Padre nuestro... perdona nuestras ofensas como nosotros también perdonamos a los que nos ofenden." El perdón cristiano es una extensión del perdón que yo he recibido. Yo perdono porque yo he sido perdonado, y es un acto hasta de justicia que yo extienda lo mismo que se me ha extendido a mí. Pablo le recuerda entonces a Filemón: "Recuerda que tú te me debes a mí. Véte tú mismo como un deudor para que puedas ser liberado, para poder otorgar el perdón que yo estoy pidiendo que otorgues."
Y en Colosenses 3, miren cómo lo dice, versículo 13: "soportándoos unos a otros y perdonándoos unos a otros. Si alguno tiene queja contra otro, como Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros de la misma forma." Lo primero que aprendemos, o lo segundo que aprendemos de la reconciliación en este texto, es: primero, que la reconciliación no es una opción para mí, es una obligación. Número dos, que la reconciliación requiere humildad del que falla y de aquel al que le fallan, del ofensor y del ofendido, para poder lograr la reconciliación.
Número tres, también lo vemos en la carta: la reconciliación, hermanos, requiere muchas veces de un mediador dispuesto. Con frecuencia, ya sea producto del orgullo personal, del nivel de resentimiento que tenemos, o simplemente de falta de sabiduría para no saber cómo entrarle, ni por dónde comenzar, ni qué decir en un proceso de reconciliación, necesitamos de alguien que venga en nuestra ayuda. Esta enseñanza de que necesitamos un mediador dispuesto, de que la reconciliación muchas veces necesita un mediador dispuesto, le habla al que tiene una relación irreconciliada y que quizás no sabe por dónde empezar: debería buscar el consejo y la guianza de una persona que pueda ayudarle a reconciliar.
Pero también nos habla a nosotros como comunidad cristiana, como familia de la fe, a estar atentos a relaciones que necesitan ser reconciliadas y que por negligencia, indiferencia u orgullo de los involucrados no hay una reconciliación. Nosotros deberíamos estar procurando sanar esas relaciones constantemente. Esto no era algo aislado; esta carta no es algo aislado en la vida de Pablo. Vemos a Pablo escribiéndole a Filemón que se reconcilie con Onésimo. Vemos a Pablo en Filipenses 4 escribiéndole a Síntique y Evodia, dos mujeres que eran colaboradoras de Pablo en el evangelio y estaban peleadas, estaban resentidas una con la otra. Y en el versículo 2, perdón, versículo 2, Pablo les dice que vivan en armonía.
Y no solamente eso, sino que más adelante en Segunda de Corintios, Pablo le escribe a la iglesia de Corintios sobre un hermano que no querían perdonar. Y él les dice: "Vosotros más bien deberíais perdonarlo y consolarlo." Les pide, les ruega que reafirmen su amor por él. Pablo está empeñado constantemente en reconciliar gente, en poner paz en medio del conflicto, de la diferencia y del resentimiento. Él está haciendo lo que se supone que debemos hacer todos los hijos de Dios.
En Mateo 5:9 se nos dice lo siguiente: "Bienaventurados los que procuran la paz, pues ellos serán llamados hijos de Dios." El que procura la paz no es —de hecho, la Reina Valera 1995 habla de los pacificadores— simplemente una persona que no se mete con nadie, que no tiene problema con nadie, que trata de evitar el conflicto todo lo posible. Ese no es el tipo de persona que se describe aquí. El pacificador es el que persigue, el que procura con diligencia la paz entre partes conflictivas.
Yo estoy haciendo eso, de hecho. Mi primera labor como creyente es que el hombre se reconcilie con Dios. Yo estoy buscando la paz entre partes que están en conflicto. Pero, ¿qué pasa si ese conflicto no es espiritual, sino humano? Es lo mismo. Yo estoy buscando la paz entre partes en conflicto. Esa es la razón de ser. Yo soy hijo de Dios, hijo de aquel que ha condescendido, que ha ignorado la falta que hemos cometido, que se hizo hombre, vino en forma de hombre, a sacrificarse por nosotros y nos reconcilió.
Entonces, ese papel de mediación: si tú no sabes por dónde arrancar y tienes unas relaciones irreconciliadas, busca consejo, busca ayuda, pide opinión, ora por eso. No lo ignores, no lo engavetes. Esto es una obligación, y si no sabes cómo hacerlo, tienes que buscar la manera de hacerlo con alguien que te guíe. Porque si nosotros, que estamos aquí, somos testigos de relaciones irreconciliadas —de un Filemón con un Onésimo, o de una Síntique con una Evodia— y hay gente que no se habla, que uno entra por aquí y otro por allá, uno se sienta por aquí y otro se sienta por allá, hay posiblemente relaciones así aquí.
Yo no estoy hablando de nada en concreto. Lo que pasa es que en un grupo como este, si no las hay, hay un problema: o no nos estamos relacionando en absoluto, o hemos llegado a la estatura del varón perfecto, que es Cristo Jesús. Tiene que haber conflictos, problemas y gente que no se cae bien aquí. ¿Qué vamos a hacer? Los cristianos nos reconciliamos y nos amamos como hemos sido amados nosotros por Dios.
Número cuatro. Hermano, punto vital. Esto es una obligación, requiere actitud de humildad, requiere un mediador dispuesto. Pero también la reconciliación requiere que yo valore más la relación que la pérdida. La reconciliación requiere que yo valore más la relación personal que la pérdida material que me produjo esa persona con la que yo no me hablo, o no me trato, o no busco. El versículo 15 y 16 habla fuertemente de esto que estoy diciendo. El versículo 15 dice lo siguiente: "Porque quizás por esto se apartó de ti por algún tiempo, para que lo volvieras a recibir para siempre, no ya como esclavo, sino como más que un esclavo, como hermano amado, especialmente para mí, pero cuánto más para ti, tanto en la carne como en el Señor."
Y más abajo, en el versículo 18, Pablo dice lo siguiente: "Y si te ha perjudicado en alguna forma o te debe algo, cárgalo a mi cuenta." Hermano, yo no sé cómo usted lee eso, pero yo veo a un Pablo explicándole a Filemón que deje de ver a Onésimo como el esclavo que se fue y le produjo una pérdida económica, y que lo vea como un hermano amado en Cristo. Pablo así coloca la relación muy por encima de la pérdida económica.
Y hermanos, las relaciones personales valen más que el dinero. Es preferible mantener un amigo y conservar un hermano que quedarme con el dinero. Y quiero decirlo enfáticamente, porque he visto tristemente cómo nosotros hemos actuado así: el que nos daña económicamente mejor se va del país, es un renegado para mí, y con mucha facilidad rompemos relaciones y nos alejamos de gente, porque sencillamente esa persona, quizás fue irresponsable, quizás hizo algo que nos perjudicó económicamente, a veces con intención, a veces sin intención. La cuestión es que cuando tocan esa tecla del dinero, como que toda relación palidece, como si eso fuera lo más importante. Ignoramos que una relación personal tiene un valor.
Sí, ciertamente hay gente que se equivoca y falla e incumple su palabra en lo económico. Y quizás en ese pecado en particular yo no puedo ser señalado, tú no puedes ser señalado; pero podemos ser señalados según una caterva de otros pecados. Unos fallan de una manera y otros fallan de otra manera. Sucede, y ¿qué es lo que se va a hacer? El cristiano se reconcilia, el cristiano se reconcilia y trata de reconciliar, y si es posible, absorber la pérdida para recuperar la relación. Es así. Pablo lo dice claramente.
Pablo le dice a un hombre rico que es Filemón, que podría tener la excusa —y de hecho Pablo se anticipa—, porque quizás Filemón va a salir con: "Bueno, Pablo, tú no sabes lo que Onésimo me ha hecho. Tú no sabes el dinero que me ha costado. Primero se va y deja de trabajar para mí, tengo que contratar un sustituto; además de eso, contraté gente para que lo buscara. El dinero que yo he perdido, Pablo, tú no te lo imaginas." Y este hombre rico, en cuya casa se congregaba la iglesia de Colosas —o una de las iglesias de Colosas—, tenía esclavos, tenía siervos. Y Pablo, preso en Roma, se anticipa y le dice: "Si te debe algo, yo te lo pago."
Y dicen los estudiosos —y esto es algo interesante— que cuando iban por el versículo 18, alguien le estaba escribiendo la carta a Pablo, como era usual en esa época, que otra persona escribiera la carta. En el versículo 19, Pablo hizo así, le dijo: "Pásame la pluma", y dice: "Yo, Pablo, escribo esto con mi propia mano: yo lo pagaré." Y dicen los estudiosos que eso es un contrato con Filemón, de que él le va a honrar la deuda que Onésimo tenga con él. Fíjense cómo Pablo dice: es más importante la relación que la posesión. No importa lo que yo pierda; yo estoy preso, yo no sé cómo te lo voy a pagar, pero yo te lo voy a pagar, Filemón. Si ese es tu problema, yo te lo voy a pagar.
Yo quiero pensar que Filemón le dijo: "No, ¿cómo va a ser, Pablo? Yo lo voy a perdonar." Y probablemente la carta subsistió porque Filemón perdonó a Onésimo; de lo contrario, esa carta habría sido botada a la basura. Y hubo una reconciliación entre estos hermanos. Pero un aspecto vital de una reconciliación, hermanos, es que nosotros estemos dispuestos a valorar la relación por encima de la pérdida. Tenemos que pensar que muchas veces perdiendo ganamos. A veces, perdiendo lo económico, ganamos la persona y reflejamos a Cristo. Porque ¿quién, si no Cristo, se despojó de su gloria y se hizo pobre para que nosotros fuésemos enriquecidos? ¿No fue eso lo que hizo Cristo por nosotros? ¿No es una buena manera de ilustrar ese principio, de decirle a otro: "Yo ignoro tu pérdida, te perdono y estoy dispuesto a extenderte la mano y a tener una relación contigo, como Cristo hizo conmigo"? Eso es lo que el Evangelio es.
Como decía, no se trata de algo político, pero yo creo que este principio puede resumirse en: primero la gente. Primero la gente. Ahora bien, es posible que algunos —porque somos pecadores, ¿verdad?— hayan escuchado este mensaje hoy y estén pensando: "Ah, fulano me tiene que absolver, eso es lo que él tiene que hacer", o: "Claro, eso fue lo que Cristo hizo por nosotros." Si te apoyas en eso para no hacer nada, creo que sería pecado en ti. Ciertamente el otro tiene el deber de considerar eso, pero tú tienes el deber de intentar restituir el daño producido.
El versículo 18 y 19 es lo que dice, ya lo leí, pero lo vuelvo a repetir: "Y si te ha perjudicado en alguna forma o te debe algo, cárgalo a mi cuenta. Yo, Pablo, escribo esto con mi propia mano: yo lo pagaré." Es posible que Filemón perdone la deuda, pero eso es si Filemón quiere. Lo que la ley manda, y lo que la justicia incluso demanda, es que en el ofensor haya un deseo de reponer y reparar el daño producido.
Ese es un concepto nada nuevo. El concepto de restitución está en toda la Biblia: está en Levítico, está en Números, está en Éxodo. Vemos un hermoso ejemplo en la vida de Zaqueo, que muchos de ustedes conocen. A Zaqueo lo vemos en Lucas 19, cuando conoce al Señor Jesucristo y Jesús viene a su casa. Miren el pronunciamiento de Zaqueo. Dice, en el versículo 8 de Lucas 19: "Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: 'Aquí, Señor, la mitad de mis bienes daré a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo restituiré cuadruplicado.'" Un cambio de corazón que produce un deseo de reparar el daño.
A veces esa reparación es económica, a veces es emocional, a veces es de reputación. Pero debe haber una intención de reparación y restitución en el ofensor. Y si yo no tengo el dinero para reparar, debe ordenarse una actitud de humildad y decir: "Yo entiendo, yo sé que te hice un daño económico, yo lo entiendo, perdóname por eso. Si tuviera los recursos te lo repararía; no puedo, quizás, pero perdóname." Reconocer la falta y el deseo de reparar debe estar presente en aquel que ofende.
Y Pablo, en este caso, de manera hermosa le dice a Filemón: "Si te debe algo, póngalo a mi cuenta." Es inevitable ver esta actitud de Pablo y no pensar en el paralelo que tiene con el Evangelio de Jesucristo. Ya lo vimos, pero quiero reiterarlo. Hay un enorme paralelo en estas cosas. Martín Lutero escribió lo siguiente sobre este texto: "Aquí vemos cómo Pablo se presenta a sí mismo por el pobre Onésimo."
Pablo intercede con todos sus medios por la causa de Onésimo ante su amo. De esta manera, Pablo se presenta como si él fuera Onésimo, y como si él mismo hubiese hecho el mal a Filemón. De esa misma forma hizo Cristo por nosotros ante Dios Padre, de la misma forma que Pablo lo hace por Onésimo ante Filemón. Como yo lo veo, todos somos Onésimos de Dios. Somos personas que necesitamos a un mediador que es Cristo, para que interceda a nuestro favor frente al Padre.
Eso fue lo que Jesús hizo al venir a esta tierra. Jesús le dijo al Padre: "Padre, pongo en mi cuenta su falta, su pecado, su deuda; cárgalo a mi cuenta." Y ese saldo, hermanos, es la razón por la que el evangelio es por fe por medio de Cristo, porque Él fue quien pagó la deuda que teníamos con Dios. Nosotros somos como Onésimo. Onésimo no hubiese podido pagar, probablemente, la deuda que tenía con Filemón. De hecho, si le aplicábamos la ley a este caso, Onésimo debía morir, porque el robo a un amo por parte de un esclavo se pagaba con la pena capital. Onésimo no podía pagar, y Pablo se mete en el medio.
De esa misma forma, nosotros no podíamos pagarle a Dios, y no lo podremos hacer por más buenas obras, buenas actitudes y buenas acciones que hagamos por el resto de nuestra vida. Lo único que tenemos a nuestra mano es apelar a Cristo y pensar en Él como aquel que paga mi deuda.
Es en ese contexto, hermanos, de restitución que vemos un paralelo con Cristo. Pero volviendo al tema de la restitución: cuando hay una ofensa, cuando hay una herida —esto estaba presente, como se dice en Números, en Levítico, en Éxodo—, la restitución es el deseo de reparar el daño cometido, y es lo que le muestra a la persona ofendida que yo estoy verdaderamente deseoso de reparar lo que hice. Es como un bálsamo al resentimiento: lo aplaca, lo disminuye, porque el otro está reconociendo su falta y el daño que cometió. Eso es muchas veces lo que termina de convencer a un corazón resentido de que debe perdonar, cuando ve al otro dolido por el daño causado.
Yo creo que estos cinco aspectos, hermanos, son vitales para que nosotros tengamos relaciones saludables, relaciones que puedan sanar si es que se rompen o están enfermas. La reconciliación es una obligación para cada uno de nosotros. La reconciliación requiere humildad de ambas partes: del ofensor, en aceptar su falta, verbalizarla y comunicarla; y del ofendido, en extender el perdón. La reconciliación a veces requiere que busquemos un mediador o que mediemos en favor de alguien. La reconciliación requiere valorar la relación personal por encima de la pérdida material, y la reconciliación requerirá restitución cuando corresponde.
Hermanos, nosotros —algunos de nosotros, muchos— tenemos relaciones no reconciliadas. Como les decía hace un momento, eso no sería problema si en nosotros hubiese una actitud diligente de resolver eso. Lo que sí preocupa, lo que te debe preocupar, es quizás la indiferencia ante esa situación, el no desear procurar esa reconciliación, la intención de quedarte en Roma como lo hubiese hecho Onésimo y olvidarse de Filemón. "Yo quizás no me tengo que ver con Filemón jamás, no tengo ninguna relación con él que me vincule a él, yo puedo hacer mi vida aquí." Y así nosotros pensamos muchas veces que podemos hacer la vida separados de gente con la que ya fallamos o que falló contra nosotros, y no da mucho trabajo, es muy problemático.
A veces, cuando estamos tratando de reconciliar, corremos el riesgo, hermano, de quedarnos sin pito y sin flauta. ¿Por qué? Porque no se logra la reconciliación —ahí el pito—, y no se logra y rompemos la amistad con los involucrados —ahí la flauta—. Nos metimos en el medio de un problema, no se resolvió, y ahora nos ven con recelo y con resentimiento. Pero el riesgo vale la pena. Además, el que una relación no se reconcilie no es responsabilidad nuestra, sino de los involucrados. Nuestra responsabilidad es procurarlo. Acuérdense que somos llamados pacificadores; nuestra responsabilidad es procurar en nuestras relaciones la paz con todos, y en las relaciones de los demás también la armonía entre todos.
Hermanos, si hay alguna actitud de indiferencia, de dejadez, de negligencia, de falta de interés tuyo en cuanto a reconciliar relaciones tuyas o de otros, pidámosle perdón al Señor. Esto es algo que está muy en el corazón de Dios. Hay padres e hijos que no se hablan, hay hijos que no le hablan a sus padres o padres que no le hablan a sus hijos. Hay hermanos que no se tratan, que no se hablan. Hay hermanos a veces que están fuera de lugar con su familia, uno con su familia, otro con su familia; gente que no se habla, que no se junta, que no se reúne. Hay cónyuges que viven bajo el mismo techo pero no tienen una vida común, no comparten sus emociones, no comparten sus sentimientos ni sus intereses. Hay amigos que hace años que no se ven porque uno se equivocó y el otro no lo perdonó, y sencillamente ha pasado el tiempo. Hay hermanos de la iglesia que han pecado el uno contra el otro y permanecen distanciados.
Hermanos, eso no puede seguir, eso no puede prolongarse indefinidamente. Eso ofende a Dios, y resiente mi corazón, y me llena de amargura, y me enfría, y me encalla emocionalmente, y me lleva a un estado de no disfrute de mi relación con Dios. Eso tiene que ser sacado al frente, expuesto, sanado, perdonado y restablecido para la gloria de Dios.
Así que vamos a orar. Oremos también, hermanos, porque de trasfondo en todo lo que hemos dicho es posible que aquí haya algunos cuya relación con Dios está irreconciliada todavía. Esa es la primera relación que debemos reconciliar, la más importante; de esa incluso depende mi capacidad para reconciliarme con los demás. Qué tan cercana sea mi relación con Dios me capacitará para yo también tener relaciones cercanas con los demás.
Así que si hay algunos de nosotros que nunca le hemos pedido perdón al Señor, recuerden algo: no se trata de un perdón por la mentira de ayer, no se trata de un perdón por algún testimonio falso que dio, o un sentimiento de orgullo que sentía ayer. Hermanos, hay un arrepentimiento que tiene que venir a nuestras vidas que es: "Padre, me arrepiento porque soy pecador en todas las áreas de mi vida. Yo me he dado cuenta de que yo vivo en pecado, yo vivo en orgullo, yo vivo en envidia, yo vivo en materialismo, yo vivo idolatrando cosas que no debía idolatrar." Yo vivo en un mundo de pecado, y mucha gente cree que es un pecadito aquí, un pecadito allá; pero nosotros somos pecadores desde adentro. Tiene que venir entonces un arrepentimiento por el curso de la vida completa, y luego de ese arrepentimiento, que me da un nuevo nacimiento, yo entonces le pido perdón por la mentira de ayer o por el orgullo de mañana, o lo que sea. Pero tiene que haber un arrepentimiento profundo por todo lo que somos y por todo lo que ha sido nuestra vida delante del Señor. Esa es la primera relación a reconciliar, y su sublime gracia nos cubrirá.
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Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas y financieras, además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.