Integridad y Sabiduria
Sermones

La santidad implica separación

Miguel Núñez 12 junio, 2016

La santificación requiere separación. Este principio recorre toda la Escritura, desde que Dios llamó a Abraham a salir de su tierra donde adoraba dioses paganos, hasta el exilio en Babilonia que curó la idolatría de Israel. El pueblo de Dios siempre ha tenido una tendencia a querer imitar las formas del mundo que lo rodea, y esa tensión persiste hoy en la iglesia.

En 2 Corintios 6, Pablo confronta a los corintios con una prohibición directa: no estar unidos en yugo desigual con los incrédulos. El contexto inmediato tiene que ver con la permisividad de aquella iglesia hacia personas que, llamándose hermanos, vivían en inmoralidad, embriaguez e idolatría. Pablo lanza cinco preguntas retóricas que no admiten otra respuesta: ¿qué comunión tiene la luz con las tinieblas? ¿Qué armonía Cristo con Belial? ¿Qué tiene en común un creyente con un incrédulo? La aplicación se extiende al matrimonio entre creyentes e incrédulos, a las asociaciones de negocios donde los valores chocan, y también a las formas contemporáneas de contaminación como la pornografía.

La motivación para apartarse del pecado no son principalmente sus consecuencias, sino las promesas de Dios. Somos templo del Dios vivo, él habita en nosotros, somos sus hijos e hijas. Por tanto, dice Pablo, limpiémonos de toda inmundicia, perfeccionando la santidad en el temor de Dios. Sean santos, porque yo soy santo: no es una sugerencia, sino un imperativo que honra quiénes somos y a quién pertenecemos.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Con estas promesas, trabajemos en nuestra regeneración. Entonces debemos aplicarnos en lo que nos corresponde.

Les invito a que abra la Palabra de Dios, la segunda epístola del apóstol Pablo a los corintios, el capítulo 6. Estaremos leyendo desde el versículo 14 hasta el 7:1, 2 Corintios 6:14 hasta el capítulo 7, versículo 1, inclusive.

En el día de hoy estamos retomando nuestra serie, que habíamos interrumpido hace un par de domingos atrás para hablar de dos temas que consideramos de importancia antes y después del evento Por Su Causa 2016. Un primer mensaje habló acerca de cómo vivir el evangelio en la vida diaria, y un segundo mensaje de cómo celebrar ese evangelio entre nosotros, usando como modelo esa iglesia que iniciaba y que Lucas describe en los primeros dos capítulos del libro de los Hechos. Pero ahora yo quiero retomar esta serie y quiero que vayamos a esta carta, dirigiéndonos a partir del versículo 14 del capítulo 6 de la segunda epístola a los corintios.

"No estéis unidos en yugo desigual con los incrédulos. Pues, ¿qué asociación tiene la justicia con la iniquidad, o qué comunión la luz con las tinieblas? ¿O qué armonía tiene Cristo con Belial, o qué tiene en común un creyente con un incrédulo? ¿O qué acuerdo tiene el templo de Dios con los ídolos? Porque nosotros somos el templo del Dios vivo, como Dios dijo: 'Habitaré en ellos y andaré entre ellos, y seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Por tanto, salid de en medio de ellos y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo, y yo os recibiré. Y yo seré para vosotros Padre, y vosotros seréis para mí hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso.' Por tanto, amados, teniendo estas promesas, limpiémonos de toda inmundicia de la carne y del espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios."

Cuando nosotros leemos ese pasaje, hay algunas frases que inmediatamente llaman la atención. De manera negativa se nos dice en 6:14: "No estéis unidos en yugo desigual con los incrédulos." De esa misma forma negativa se nos dice en 6:17: "No toquéis lo inmundo." Pero de forma positiva se nos dice también en 6:17, al principio del versículo: "Salid de en medio de ellos y apartaos, dice el Señor." Y en 7:1 se nos dice: "Limpiémonos de toda inmundicia de la carne y del espíritu."

Por tanto, las frases con imperativos negativos, como las frases con imperativos positivos, nos llaman a la misma cosa, nos señalan la misma cosa. Y eso es la necesidad del creyente de vivir una vida apartada completamente de la práctica del pecado que tan fácilmente nos contamina. De ahí que yo haya titulado este mensaje: "La santificación requiere separación."

Cuando nosotros revisamos el registro bíblico desde el primer libro de la Biblia hasta el último, hay un énfasis de parte de Dios, de diferentes maneras, acerca de la necesidad que el creyente tiene de apartarse de la impiedad del mundo pagano, de las formas mundanas y de los estilos mundanos del mundo que nos rodea. Sin embargo, al mismo tiempo, cuando revisas ese mismo registro de manera paralela, tú encuentras una debilidad, o quizás un deseo, de parte del pueblo de Dios continuamente de querer evitar imitar al pueblo que vive a su lado pero que no tiene a Dios como su Dios.

Llegó el momento incluso donde Israel se sintió tan incómodo con el hecho de que ellos no tenían un rey como las demás naciones, que rechazaron a Dios como rey y le pidieron que les diera un rey como las demás naciones tenían. Porque tener a Dios por rey, cuando el resto tenía otra forma de gobierno, a ellos no los dejaba tranquilos. Y eso ha hecho que el cristiano, el pueblo de Dios, cargue grandes consecuencias al vivir en íntima comunión con aquellos que no tienen ninguna relación con el Dios que nosotros decimos adorar. Eso fue cierto del pueblo de Israel y eso sigue siendo cierto de la iglesia del Señor hoy en día.

Lamentablemente, esta sigue siendo la lucha en la vida de muchos de ustedes que asisten a esta iglesia, donde escuchan la predicación de la Palabra semana tras semana. El pueblo de Dios ha tenido una resistencia a someterse a su voz y una tendencia a obedecer la voz de la carne y la voz del enemigo, que comenzó en el jardín del Edén cuando Adán calló la voz de Dios e hizo caso a la voz de la serpiente, y desde entonces esa inclinación no ha cesado.

Pero si tú abres esta Palabra y la escudriñas con cuidado, tú encontrarás que apenas en el capítulo 12 del primer libro de la Biblia tú encuentras a Dios separando a un hombre para Él. Y la primera instrucción que ese hombre recibe es: "Vete de tu tierra y de tu parentela a la tierra que yo te mostraré. Vete del lugar de la población donde tú has crecido, porque allá, en otro lugar donde yo te estoy llevando, yo haré mi obra en ti y a través de ti." Y nosotros leemos eso y no nos preguntamos: ¿por qué Dios lo separó? Pero Josué 24:3 nos dice que su padre habitaba del otro lado del Jordán adorando dioses paganos como los demás. Dios lo separó de donde él había crecido, del paganismo donde él había sido formado.

Pues anteriormente el pueblo judío, que crece a partir de Abraham, se multiplica en Egipto y se convierte en una gran nación. Dios tiene el deseo de interactuar, de relacionarse íntimamente con ese pueblo, y lo que hace es encontrar a otro hombre de nombre Moisés, que tenía cuarenta años en el desierto, y lo llama a regresar a Egipto para que sacara a su pueblo de donde también se había multiplicado el paganismo y la idolatría, al relacionarse con ese pueblo en medio del desierto, de tal forma que su pueblo le sirviera.

Y si tú sigues avanzando en el registro histórico, encuentras que cuarenta años después de haber estado el pueblo en el desierto deambulando, Josué toma la dirección del pueblo. Moisés ha sido enterrado por Dios, y una de las primeras cosas que Dios le dice a Josué es que, cuando conquiste la tierra, se cuide de que ninguna de las tribus que estaban habitando en aquel lugar permaneciera en su lugar, porque no quería a su pueblo habitando junto con las tribus paganas de la tierra prometida. Precisamente porque temía que ocurriría lo que terminó ocurriendo: que los hombres del pueblo hebreo se casaron con mujeres de los pueblos paganos y terminaron adorando a otros dioses, hasta al punto de que aun Salomón, el hijo de David, que acumuló mil mujeres, terminó postrado delante de dioses ajenos.

La idolatría fue la plaga del pueblo judío desde el primer momento, y continuó de esa manera hasta que Dios finalmente envía al pueblo a Babilonia, lo deja allí por setenta años, y lo regresa. Y ese exilio curó para siempre la idolatría de Israel, por lo menos la idolatría conocida hasta ese momento.

En el texto de hoy nosotros tenemos un llamado a la separación del creyente del incrédulo y sus formas de vida. Ciertamente, la santificación requiere separación. De hecho, la palabra "santo" en el lenguaje original tiene dos acepciones: la primera tiene que ver con separación, "separado", y la segunda con pureza, que es la que viene a nuestra mente una y otra vez. Pero la razón por la que Dios llama a su pueblo "santo", aun cuando ese pueblo muchas veces no ha estado viviendo en santidad, es precisamente porque ese pueblo ha sido apartado para Dios, separado. La misma palabra "iglesia" viene de un vocablo compuesto: "ekklesia", "ek" —fuera—, "kaleo" —llamar—. Nosotros hemos sido llamados fuera.

En el texto que tenemos hoy por delante vemos ese llamado, pero yo quiero primero hablar de lo que Pablo no está tratando de comunicarnos, para que podamos entender mejor lo que sí está tratando de enseñarnos. Porque si tú tomas este texto por separado y no tomas en consideración ninguna otra revelación de Dios, parecería que nosotros no pudiéramos tener ninguna relación con ningún incrédulo, y entonces tendríamos que preguntarnos: ¿quién ha de evangelizar a aquel que no conoce a Dios?

El apóstol Pablo había instruido a estos corintios en su primera carta acerca de algunas cosas que nos van a ayudar a entender lo que Pablo no quiere decir con este texto que ya leí. Escucha la instrucción en la primera carta a los corintios, a esta misma iglesia, capítulo 5, versículos 9 al 11: "En mi carta os escribí que no anduvierais en compañía de personas inmorales; no me refería a la gente inmoral de este mundo, o a los avaros y estafadores, o a los idólatras, porque entonces tendríais que salir del mundo. Sino que en efecto os escribí que no anduvierais en compañía de ninguno que, llamándose hermano, es una persona inmoral, o avaro, o idólatra, o difamador, o borracho, o estafador; con ese ni siquiera comáis."

De manera que el texto que tenemos por delante no es un llamado a que no tengas ninguna interacción con ningún incrédulo, porque tendrías que salir de este mundo, y para eso tendríamos que esperar hasta cruzar el umbral de la eternidad. El texto no nos llama a evitar el contacto absoluto con el incrédulo. Eso es lo que el texto no quiere decir. Pasemos a ver ahora qué es lo que el texto está enseñando.

En el texto que nosotros tenemos por delante encontramos, primero, una prohibición en el versículo 14. Segundo, tenemos cinco preguntas que afirman e ilustran la prohibición. Tercero, tenemos una explicación de lo que nosotros somos y que, por tanto, lo que somos es la justificación para el llamado a la separación. Número cuatro, Pablo nos muestra las promesas de Dios. Y número cinco, en base a las promesas de Dios, nos enseña cómo estas promesas son la motivación para la separación, no las consecuencias del pecado, sino las promesas que Dios me ha hecho.

Comenzamos a ver la prohibición, versículo 14: "No estéis unidos en yugo desigual con los incrédulos." Antes de que nosotros tratemos de aplicar el texto hoy, tenemos que ver cuál fue la intención del autor cuando escribió esto a los corintios, porque su intención primaria no fue la de los matrimonios, ya que no está hablando de matrimonio. De hecho, la segunda carta a los corintios no tiene nada que ver con el matrimonio, como sí tiene que ver la primera carta en el capítulo siete.

Pero para explicar parte del trasfondo y el contexto, yo quiero mencionarte dos prácticas, dos enseñanzas del Antiguo Testamento, para que tú puedas ir entendiendo mejor qué es lo que probablemente estaba en la mente de Pablo. En Levítico 19:19, Dios hizo lo siguiente: "Mis estatutos guardaréis. No ayuntarás, ni tratarás de cruzar o de aparear, dos clases distintas de tu ganado. No sembrarás tu campo con dos clases de semilla, ni te pondrás un vestido con mezcla de dos clases de material." Y en Deuteronomio 22, Dios dice: "No ararás con buey y asno juntos." Más raro todavía, hasta que tú comienzas a entender que realmente estas no eran más que metáforas vividas de algo que Dios estaba tratando de enseñar al pueblo desde muy temprano: la necesidad de separar aquellas cosas que realmente no son similares.

Y si tú piensas que esto es algo alejado de tu experiencia, yo quiero mostrarte por lo menos una metáfora vivida más que tú conoces perfectamente bien y con la que te puedes relacionar. Dios llamó a Oseas a casarse con una prostituta, a llevársela a su casa; esta luego le fue infiel, para ilustrar la infidelidad del pueblo judío para con Él. Hace lo mismo con Ezequiel cuando lo manda a no llorar a su esposa y a acostarse de lado por meses cuando su esposa murió. No tengo el tiempo para entrar en este tipo de ilustraciones hoy, simplemente para decirte que Dios desde muy temprano comenzó a usar figuras del habla, metáforas vividas, para enseñar al pueblo de Dios.

Y ahora esa es la enseñanza al pueblo que hoy está delante de nosotros: "No estéis unidos en yugo desigual con los incrédulos." En el contexto inmediato, si tú conoces lo que estaba pasando en la iglesia de Corinto, tú descubres que esto tenía todo que ver con la inmoralidad y la permisividad de los corintios con personas que estaban viviendo y comulgando con ellos, teniendo cultos entre ellos, mientras todo el tiempo se llamaban hermanos y todo el tiempo practicaban cosas que solamente los paganos hacen. Había uno de ellos que vivía con la mujer de su padre. Había algunos que iban a la mesa del Señor, y ese día la iglesia de Corinto tenía la cena del Señor junto con una cena común, y algunos se emborrachaban y otros comían tanto que no dejaban comida para los demás.

Es a esos que Pablo está diciendo: "Os escribí que no anduvierais en compañía de ninguno que, llamándose hermano, es una persona inmoral, o avaro, o idólatra, o difamador, o borracho, o estafador; con ese ni siquiera comáis." Con eso no puedes continuar, no puedes tener a esa gente en medio de vosotros. Y ahora Pablo les está diciendo: tú no puedes seguir en yugo desigual, no te puedes unir en yugo desigual con esta gente, con esta práctica, y pretender que todos ustedes pertenecen a la familia de Dios. Esa es la intención original, el contexto, el trasfondo, cuando juntas las dos epístolas a los corintios, de lo que puedes extraer de esto.

Sin embargo, Pablo luego nos permite —la Palabra nos permite— aplicar esa prohibición de manera más amplia. Pero todavía no es el tiempo. Yo quiero simplemente, con lo que ya compartimos, ver las cinco preguntas que siguen en el texto, porque esas cinco preguntas ilustran por qué Pablo está diciendo: "No os unáis en yugo desigual."

Primera pregunta: ¿Qué asociación tienen la justicia y la iniquidad? La justicia, el carácter moral, la santidad —"righteousness" en inglés—, ¿cuál es la relación, corintios, que existe entre el carácter de Cristo imputado, dado a ti como persona al día que naciste de nuevo, y la iniquidad en medio de la cual tú continúas habitando? Esas dos cosas ni se parecen y no pueden coexistir. La coexistencia de la iniquidad y la santidad, o la justicia personal, son incompatibles; por definición es una contradicción. Corintios, ¿qué asociación tiene la justicia con la iniquidad? Respuesta: ninguna. Sal de allí, sal de esa práctica.

Segunda pregunta: ¿O qué comunión tiene la luz con las tinieblas? Respuesta: ninguna. ¿Cuál es la comunión que tienen las tinieblas —que siempre han representado el pecado, a Satanás mismo, el mundo de la oscuridad— con la luz que representa a Cristo? Pedro nos dice en su primera carta, en 2:9, que nosotros fuimos sacados de las tinieblas y traídos a su luz admirable. Ahora que estoy en su luz, explícame, corintio, ¿de qué forma tú crees que esa luz a la que yo fui traído puede tener comunión con la iniquidad, la oscuridad y las tinieblas que permanecen entre vosotros como iglesia, como comunidad? No hay ninguna. ¿Cómo es que estando en la luz ahora quiere regresar a las tinieblas? ¿Cómo es que siendo luz las tinieblas no te molestan? ¿No ves el choque?

Tercera pregunta: ¿Y qué armonía tiene Cristo con Belial? La palabra traducida como "armonía" en el original tiene que ver con sinfonía: es como dos voces que están tratando de sonar armónicamente, o pudiera también ser usada en el contexto de dos personas que están trabajando con un mismo fin. Y Pablo está preguntando…

Preguntando, Corintio, explícame de qué forma tú ves que Cristo y Belial —que es la palabra griega para Satanás; la forma hebrea "Belial" tenía que ver con algo que era inservible, pero que con el tiempo pasó a significar a Satanás— explícame cómo es que tú entiendes que puede haber armonía entre Belial y Cristo. ¿Tú ves alguna correlación posible para vivir al lado de esta forma pagana sin ser molestados? No, no podemos intentar armonizar las formas del mundo con las formas del reino de los cielos. No podemos; son como el agua y el aceite.

Próxima pregunta, Corintios. Realmente la pregunta es esta: todas las anteriores, las tres anteriores, eran simplemente la forma de Pablo de llegar a la cuarta pregunta. Esa es la pregunta: ¿qué tienen en común un creyente con un incrédulo? El creyente le pertenece a Cristo, no a Belial. El creyente habita en la luz, no en la oscuridad. El creyente ha recibido la justicia de Cristo, no la iniquidad. Las tres preguntas eran para llegar a la cuarta: explícame de qué manera tú entiendes que el creyente y el incrédulo tienen algo en común. No habitan en el mismo reino, no tienen el mismo Dios, no tienen el mismo amo, no responden a lo mismo, no tienen los mismos intereses, no tienen los mismos valores. ¡Oh, Corintios, no lo veis!

Quinta y última pregunta: ¿qué acuerdo tiene el templo de Dios con los ídolos? Tú eres el templo de Dios, y siendo el templo de Dios, algunos de ustedes todavía practican, forman parte y participan de fiestas idolátricas. Quizás Pablo tenía en mente —no lo sabemos— aquella ocasión cuando Manasés entró al templo de Dios. Segunda de Reyes capítulo 21 describe esto en los primeros versículos: en el templo de Dios, Manasés trajo ídolos construidos por manos humanas, los trajo al templo de Dios y ofreció sacrificio a ellos. Por eso Pablo dice: ¿hay algún acuerdo del templo de Dios con los ídolos? ¿Cómo es que después de que el Espíritu Santo ha venido a morar en ti podríamos participar de fiestas a los ídolos, o a un carnaval en nuestros días, o a unas fiestas patronales en nuestro país? Probablemente Pablo tenía todo eso en mente.

Y algunos de nosotros, muchos de nosotros, pudiéramos decir: "Bueno, yo no tengo esas prácticas, de manera que yo no creo que este texto se aplica a nosotros." Y eso es precisamente la razón por la que nosotros hacemos exposición y luego aplicación, porque cada epístola que fue escrita en el Nuevo Testamento tenía un contexto y una intención en el momento para la localidad en la que estaba, o la iglesia que estaba recibiendo la epístola, pero tiene una aplicación para todas las generaciones.

Entonces, ahora lo que yo quiero hacer antes de continuar es poder aplicar un poco lo que hemos visto hasta ahora, porque ciertamente hay aplicaciones. Piensa, por un lado, cuando Pablo dice "no estéis unidos en yugo desigual" y tienes el trasfondo del Antiguo Testamento de un buey y un asno que no debían estar juntos a la misma yunta o al mismo yugo. De manera metafórica, hablando de parte de Israel, ¿cuál sería el yugo, la yunta más cercana que un creyente pudiera disfrutar hoy? Pues obviamente el matrimonio.

El matrimonio de un creyente con un incrédulo es una imposibilidad a la luz de la Palabra de Dios, porque no tienen los mismos valores, porque no tienen los mismos gustos, no tienen la misma preferencia, porque aún a la hora de la intimidad habrá choques entre uno y el otro, porque uno está en el reino de la luz y el otro está en el reino de las tinieblas, porque uno responde a Belial y el otro responde a Cristo, porque uno está en la luz a la que fue atraído y el otro todavía permanece en esa oscuridad de la mente. Y Pablo dice, la Palabra de Dios nos enseña, cómo Dios prohibió incluso al pueblo de Dios contraer matrimonios con pueblos paganos para que la seducción no atrajera a su pueblo y lo alejara de Él. No hay comunión posible, no hay un acuerdo entre esos dos.

Ahora, si esa pareja entró al matrimonio como incrédulos y luego uno se convierte, Pablo instruye —Dios instruye por medio de Pablo— en Primera de Corintios 7 que se quede como están, que no se separen. Pero eso es diferente. Si yo estoy en estado de soltería y voy a iniciar una relación, no debo entrar en ese yugo.

Por otro lado, hay un peligro enorme —y este escenario ha sido debatido de atrás para adelante y de adelante para atrás múltiples veces— pero hay un peligro enorme de entrar en yugo desigual en los negocios, porque a la hora de manejar integralmente la oficina, a la hora de manejar integralmente las finanzas, a la hora de pagar impuestos, a la hora de honrar al César o no honrar al César, de honrar a Cristo por encima del César, a la hora de tener que hacer eso, el incrédulo y el creyente se van a encontrar en una asociación en disputa, si realmente el creyente levanta los valores del reino. Y es por eso que se hace tan difícil, sino imposible, entrar en yugo desigual cuando tiene que ver con los negocios. Eso no dice que yo no pueda comprarle a un incrédulo, o que no pueda venderle a un incrédulo; yo no estoy en yugo desigual en esos casos.

Pero la historia ha demostrado —te puedes hacer este ejercicio esta tarde— que cuando usted toma un guante blanco y lo pone en el lodo, el lodo no se vuelve guante, sino que es el guante el que se vuelve lodoso. Y lamentablemente, la historia está ahí para probar que lo mismo ha ocurrido con el pueblo de Dios. Los corintios llegaron a participar de la inmoralidad sexual llamándose cristianos, de formas idolátricas de celebración en estas festividades.

Y algunos de nosotros pudiéramos decir: "Bueno, yo nunca he hecho algo como eso." Pero como el texto tiene aplicación, yo quiero preguntarte: estoy convencido hasta el tuétano —no de mis conjeturas— que en el contexto de hoy Pablo haría una pregunta similar y diría: ¿qué comunión tiene el creyente con el ídolo pornográfico del internet? ¿Qué asociación hay entre la luz del hijo de Dios y la oscuridad de esa pornografía que está frente a tus ojos? ¿Cuál es la comunión, la relación entre estas imágenes pecaminosas de violencia y sexualidad, llegando hasta la pornografía, y lo que es la santidad, la mansedumbre, la luz de Cristo en aquel que es su hijo? ¿Qué tienen en común el templo de Dios y ese ídolo pornográfico frente a tus ojos? Respuesta: nada.

Vimos la prohibición, vimos las cinco preguntas que apoyan la prohibición. Tercer punto: lo que nosotros somos. El versículo 16, segunda parte: porque nosotros somos el templo del Dios vivo.

En el Antiguo Testamento, Dios mandó construir un tabernáculo porque deseaba morar en medio de su pueblo, y simbólicamente ahí moraba con ellos. Y luego se construye el templo de Israel, y simbólicamente otra vez Dios estaba ahí morando con ellos; era el lugar de residencia de Dios, hasta el punto de que cuando Salomón inauguró el templo, el templo se llenó de aquella nube densa y los levitas y sacerdotes tuvieron que salir del templo, dejarlo completamente, porque la nube era tan densa, la presencia de Dios era tan densa, que no podían soportarla.

Esa fue la solución de Dios a la caída del hombre, porque en el principio Adán y Eva habitaban en el jardín, y el jardín era el templo de Dios, era el trono de Dios, era el lugar de adoración continuo a Dios. Pero cuando ellos son expulsados del jardín, entonces había que encontrar una manera, una forma de Dios de habitar en medio de ellos, y Dios pensó en el tabernáculo, Dios pensó en el templo de Israel. Y una vez que el tiempo del templo terminó, Dios nos envió a su Hijo, y ahora su Hijo, en quien residía la plenitud de la divinidad, se llamó a sí mismo el templo de Dios cuando, en conversación con los fariseos, les dijo: "Destruid este templo y en tres días lo reedificaré", refiriéndose a su muerte y resurrección.

El tabernáculo, el templo, es su ascensión, y Él y el Padre nos envían al Espíritu, y el Espíritu viene y mora en el interior del creyente. Y Pablo nos dice en la primera carta a los Corintios: "Vosotros sois el templo del Espíritu, vosotros sois el templo." Eso es exactamente lo que el texto de hoy nos dice: porque nosotros somos el templo del Dios vivo. En Apocalipsis encontramos que los hijos de Dios habitaremos con Cristo, con Él en medio nuestro, y aquel lugar será nuestro templo. Dios ha tenido un afán continuo de habitar con su pueblo, y hoy en día habita en nosotros por medio de su Espíritu.

La pregunta sería a la iglesia del Dios vivo: ¿qué comunión tiene el Espíritu que vive en ti con la iniquidad que celebras, que aplaudes, que ves, que disfrutas? ¿Qué comunión tiene? Pablo pudiera —quizás, digo yo— hacer decir: porque no dejas de preguntarte qué tiene de malo, y comienzas de preguntarte qué tiene de santo. Cuando tú preguntas qué tiene de malo, en esencia lo que estás preguntando es cómo se parece esto a Satanás; pero cuando preguntas qué tiene de santo, estás preguntando cómo se parece esto al carácter de Cristo. Y esa respuesta es distinta y lleva a conductas diferentes también. Es inconcebible que siendo el templo del Dios vivo nosotros practiquemos y vivamos en condescendencia, contaminando el templo de Dios.

Cuarto: la promesa de Dios. El versículo 16 al final: "Habitaré en ellos y andaré entre ellos, y seré su Dios y ellos serán mi pueblo." Versículo 18: "Y yo seré para vosotros Padre, y vosotros seréis para mí hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso."

El Señor dijo: yo habitaré, yo seré, yo andaré. Y el Señor hoy habita entre nosotros, está vivo entre nosotros, se mueve entre nosotros, es nuestro Dios y nosotros somos su pueblo. Dios ha cumplido su palabra, Dios ha sido fiel, Dios ha mostrado su fidelidad a pesar de la infidelidad de su pueblo. Esa es la promesa: "Y vosotros seréis para mí un hijo, y vosotros seréis para mí una hija, y yo seré su Dios, y yo seré vuestro Padre."

Es la promesa: tú pasas a ser hijo de Dios el día que entregas tu vida a Cristo, el día que le recibes, no por voluntad de la carne, no por voluntad de varón, sino por voluntad de Dios. Hasta ese momento eras criatura de Dios, pero en ese momento pasas a ser hijo de Dios, y Dios cumplió su promesa. Eres tan hijo de Dios que Cristo te llama hermano.

Hechos 2:1 me dice que Él ni siquiera se avergüenza de llamarme hermano. Y soy tan hermano de Cristo que Hebreos 8:17 me dice que voy a ser coheredero con mi hermano. Claro, porque los hijos y los hermanos heredan todo lo que los padres tienen, y si yo soy su hermano, soy coheredero con Él. Y si eso es cierto, solo que para lo que está diciendo, dadas las promesas de Dios, ¿cómo es que me voy a comportar de otra manera?

Escucha la motivación para la separación del pecado. El versículo 17 del capítulo 6 y el versículo 1 del capítulo 7 dicen: "Por tanto, salid de en medio de ellos y apartaos, dice el Señor." Ya hay un "por tanto", y ese "por tanto" tiene todo que ver con lo que acaba de ser dicho. ¿Qué es lo que acaba de ser dicho? Nosotros somos el templo de Dios. Por tanto, salid de en medio de ellos y apartaos. La motivación es que soy el templo de Dios. La primera motivación para yo apartarme es que somos el templo de Dios, somos el pueblo de Dios, somos hijos e hijas de Dios. Por eso debiéramos salir de la inmoralidad, de la inmundicia y de todo estilo de vida y práctica pecaminosa que deshonra a mi Dios.

Por lo que somos, 1 Pedro 2:9 nos dice que nosotros somos linaje escogido, nación santa, real sacerdocio, pueblo adquirido para posesión de Dios. Todo eso es lo que yo soy. Por tanto, salid de en medio de ellos, de la inmoralidad de sus prácticas. Y versículo 17: "No toquéis lo inmundo, y yo os recibiré." Has tocado lo inmundo, te has alejado de mí. Ahora, ¿quieres regresar? Yo estoy dispuesto a recibirte, yo os recibiré. Pero no toquéis lo inmundo. Tienes que regresar sin aquello que abrazaste, sin las prácticas que elegiste, sin las prácticas pecaminosas en las que has estado. Desásate de ellas y regresa, y yo os recibiré.

Eso es importante enfatizarlo hoy en día, porque en ocasiones el énfasis está desproporcionado hacia la gracia, de tal manera que todo lo que suena prohibitivo suena a ley o a legalismo. Y Michael Horton nos recuerda que tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento ha habido gracia y ley. Porque gracia es todo lo que nos bendice, todo lo que nos perdona, todo lo que nos da, todo lo que nos sana, todo lo que nos promete; todo es su gracia, y de eso hay tanto en un testamento como en el otro. Y ley es todo lo que nos prohíbe, todo lo que nos limita, todo lo que nos ordena, todo lo que nos disciplina, y de eso hay tanto en un testamento como en el otro. Y Dios dice: "Yo os recibiré, pero no toquéis lo inmundo."

Versículo 1 del capítulo 7. Hay un segundo "por tanto"; uno viene a través del otro. "Por tanto, amados, teniendo estas promesas, limpiémonos de toda inmundicia de la carne y del espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios." Nota cómo la motivación para la santificación no son las consecuencias del pecado, las cuales también son una motivación, pero Pablo está yendo más allá; está presentando un cuadro todavía mucho más alto, de mayor entendimiento. No está diciendo, corintios, que la motivación para la santificación son las consecuencias del pecado. Está diciendo que la motivación son las promesas de Dios.

"Por tanto, amados..." —y aunque el lenguaje pueda sonar extraño, Pablo quiere ayudarles a entender; yo hablo de esta manera porque los amo, ustedes son amados para mí— "teniendo estas promesas": ¿cuáles promesas? La promesa de que Él andará con nosotros, de que Él estará con nosotros, de que Él será mi Dios y que yo seré su pueblo, de que yo seré su hijo, de que yo seré su hija. "Teniendo estas promesas, limpiémonos de toda inmundicia de la carne y del espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios."

"Limpiémonos" es algo que a mí me toca hacer. Desde la perspectiva divina, la santificación es algo que Dios hace; desde la perspectiva humana, Dios enfatiza mi nivel de responsabilidad. Y una de las cosas que yo necesito hacer es exponerme a los medios de gracia. Yo necesito leer la Palabra, estudiar la Palabra, escudriñar la Palabra, permitir que la Palabra me redirija, que la Palabra me convenza de pecado; eso es un medio de gracia, y yo tengo que hacer eso. Yo tengo que orar, experimentar comunión con Dios; a mí me toca hacer eso y experimentar esa intimidad en la oración con mi Dios. Yo tengo que venir y reunirme con el pueblo de Dios, y orar con el pueblo de Dios, y adorar con el pueblo de Dios, porque todas esas son medios de gracia que Dios usa para mi santificación.

Dadas sus promesas, limpiémonos; nos toca a nosotros hacer ese esfuerzo, y Dios nos va a capacitar justamente para que hagamos aquello que nos toca hacer. Él nos capacita, y yo actúo. El permanecer rodeado de las prácticas pecaminosas o incurrir en las prácticas pecaminosas no es compatible con lo que ya Dios me ha hecho y me ha prometido.

Mira cómo Pablo entonces dice: "Perfeccionando la santidad en el temor de Dios." La perfección de la santidad de este lado de la gloria no es algo que nosotros vamos a alcanzar, pero no deja de ser la meta. La formación completa de la imagen de Cristo nunca va a ocurrir de este lado de la eternidad, pero no deja de ser la meta. Y Pablo está diciendo: "Perfeccionando", en otras palabras, muévete en la dirección de la perfección de la santidad todo el tiempo que estés vivo, para la gloria de tu Dios. Honra el hecho de que tú eres el templo de Dios justamente moviéndote en la dirección de la perfección de esa santidad.

¿Y por qué lo vas a hacer? Por las promesas de Dios. Eso es, en este contexto por lo menos, lo que Pablo nos está presentando como motivación: las promesas de Dios, que siguen siendo el motor, la energía donde nosotros debiéramos anclarnos para favorecer nuestra santificación.

¿Te das cuenta de lo que Pablo ha hecho con los corintios? Pablo primero hizo, en toda la parte que termina en el versículo 3 del capítulo 6, defender su ministerio, defender su apostolado. Habiendo defendido su apostolado, Pablo indirectamente pasa a hablarles de sus estilos de vida. Es como si dijera: "Ya establecí la autoridad para decir estas cosas; ahora yo quiero hablar de tu estilo de vida, y yo quiero confrontar áreas específicas." Y yo quiero hablar de cómo la iglesia de Corinto ha permitido esta comunión entre luz y tinieblas, en este contexto, entre iniquidad y justicia, entre creyentes e incrédulos que, llamándose hermanos, andan en estas prácticas. Esta es una iglesia que continuamente practicó el pecado de diversas maneras: exhibió celos, envidia, orgullo, división, favoritismo, inmoralidad, embriaguez, glotonería. Y Pablo está luchando con ellos y está ayudándoles a ver que ninguna de esas cosas se explica ni se justifica en la vida de un cristiano, justamente por lo que él es y por la promesa de Dios, aparte de las consecuencias que esas cosas han traído y siempre traen al hijo de Dios.

Dios registró la historia de su pueblo no simplemente como testimonio del mal caminar de porciones de su pueblo en el pasado, sino como advertencia para nosotros hoy en día de lo que nosotros no debiéramos hacer. De forma distinta según las generaciones, pero por las mismas razones que Dios llamó la atención en el pasado son las mismas razones por las que Dios nos llama la atención en el presente.

"Sed santos porque yo soy santo." No una sugerencia, no una recomendación; un imperativo. Es un mandato. Pero, ¿la razón cuál es? Nota que Dios no dice: "Sed santos porque si no te castigo." Eso puede ser verdad, pero no es lo que Él dice. Dice: "Sed santos porque yo soy santo." Y entonces: "Tú eres mi hijo, yo soy tu padre, y donde tú vas tú mal representas a tu padre, no honras a tu padre." En la cruz, mi Hijo pagó por tus pecados, pero cuando vives en comunión con el pecado, deshonras mi cruz, deshonras la cruz de mi Hijo, deshonras el nombre de mi Hijo, deshonras el sacrificio de mi Hijo, deshonras la gracia de mi Hijo, deshonras el amor de mi Hijo. Y como mi Hijo y yo somos uno, deshonras mi amor, mi gracia, mi misericordia, mi propio Hijo, mi propio sacrificio.

No, corintios. No, amados. No, Miguel. No puedes olvidar a quién sirves, ni a quién perteneces, ni quién eres, porque Él merece ser honrado.

Esta es una producción que llega hasta ustedes gracias a los aportes de individuos y empresas comprometidos con la defensa de la fe. Para más información, preguntas y comentarios, visite nuestra página de internet: www.integridadsabiduria.org. Hasta la próxima, cuando nos reencontremos en su Palabra.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.