Cuando alguien que nunca ha visto un avión real sostiene una avioneta de juguete y cree que volará, basta que un jumbo 747 pase rugiendo sobre su cabeza para que entienda, sin necesidad de explicaciones, lo que es verdaderamente un avión. Esa imagen ilustra lo que sucede cuando un ser humano se encuentra con la santidad de Dios: no hace falta definirla, el encuentro mismo lo transforma todo. Pedro, después de una noche entera sin pescar nada, obedece a Jesús y echa las redes una vez más. La pesca es tan abundante que dos barcas comienzan a hundirse. Pero Pedro no celebra; cae de rodillas y suplica: "Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador." Él reconoce que lo que acaba de presenciar no es humano, es divino, y esa cercanía con lo santo expone su indignidad.
La misma reacción aparece en Isaías cuando ve al Señor en su trono y exclama "¡Ay de mí, que soy muerto!", y en Moisés cuando cubre su rostro ante la zarza ardiente. El único atributo de Dios que la Escritura repite tres veces es su santidad: Santo, Santo, Santo. Esa santidad no ha cambiado entre el Antiguo y el Nuevo Testamento; Hebreos advierte que nuestro Dios sigue siendo fuego consumidor.
Sin embargo, Jesús le dice a Pedro: "No temas." Hay provisión para el pecado: el Cordero de Dios. Y junto con el perdón viene un propósito: "Desde ahora serás pescador de hombres." Dios nos hace santos no para darnos corona, bata y arpa, sino para que anunciemos sus virtudes a un mundo que hoy tiembla de miedo, enfrenta la muerte y busca respuestas. Nosotros tenemos el mensaje de esperanza; es tiempo de proclamarlo.
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¡Bien! Qué alegría estar nuevamente aquí delante de ustedes, ver los rostros enmascarados, pero estoy viendo rostros desde aquí arriba. Y a los que no estoy viendo por la red, reciban desde acá, a nombre de la Iglesia Bautista Internacional, también un abrazo virtual, pero abrazo al fin.
Hermanos, en el día de hoy yo voy a querer nuevamente orar dentro de un momento, porque hemos estado orando por un milagro. Y hoy vamos a pedir por ese milagro, pero antes de poder hablar de ese milagro que vamos a pedir hoy, yo quisiera ponerles un ejemplo para que pudieran entender cuál es la tarea que yo no puedo hacer en este día. Yo creo que ningún ser humano puede hacer, que solamente Dios puede hacer, y por eso es que vamos a pedir ese milagro todos juntos en esta mañana.
Imagínense, mis queridos hermanos, que ustedes nunca han sabido lo que es un avión. No saben lo que es un avión. Les regalan una avioneta de juguete, pequeña. Y resulta que usted está muy contento con esa avioneta. Alguien le dice: "Mira, eso es algo que es un avión, y los aviones vuelan". Y usted dice: "¿Cómo está eso? ¿Dónde vuelan los aviones?" "En el aeropuerto tú puedes ir, lo puedes ver volando". Pero la persona no está entendiendo el porqué de la pregunta. No ha visto que es una avioneta de juguete. Usted no sabe que lo que usted tiene es una avioneta de juguete. Y usted está muy entusiasmado porque ese avioncito que usted tiene en las manos, usted cree que va a volar.
Y usted se aparece en el aeropuerto, entra por algún sitio, llega al final de la pista, y usted pone su avioneta o la tiene en las manos, esperando que vuele. Y de buenas a primeras, cuando usted mira frente a usted, viene tremendo jumbo, 747, las cuatro turbinas prendidas, rugiendo encima de usted. Y usted ve ese tremendo aparato que viene sobre usted. Y usted se asusta, se impresiona. Dice: "¿Qué va a pasar ahora?" Y justo, viendo usted que viene arriba de usted, creyendo que lo va a chocar, ese avión sube. Pasa sobre usted. Y usted ve el tren de aterrizaje, lo ve rugiendo, pasando sobre usted. Le sopla el calor. Es algo impresionante lo que usted acaba de mirar ahora mismo. Usted se acaba de dar cuenta de lo que es un avión. Nadie tuvo que definírselo. Usted se dio cuenta de lo que es un avión.
En la mañana de hoy, nosotros queremos hablar de la santidad de Dios. Pero queremos destacar un solo propósito de esa santidad. "Santidad con propósito" es el tema o el título del mensaje de hoy. Y no hay forma de que yo pueda explicar esto. Yo lo que prefiero es que veamos todos, y al igual que esa historia de la avioneta, ese Dios pase por encima de nosotros, de nuestras cabezas, en esta mañana, y ruja sobre nosotros. Que nosotros podamos escuchar directamente su voz y que quedemos impresionados por quién Él es y por su santidad. Entonces nosotros encontremos propósito para nuestras vidas en estos momentos que estamos viviendo.
Vamos a tomar un momento de oración. Señor, Padre Celestial, nosotros en esta mañana queremos rogarte por un milagro. Que de alguna manera tu presencia manifiesta y especial en este sitio ruja sobre nosotros. Que nosotros podamos quedar asombrados de quién tú eres, de tu grandeza, de tu santidad. Y siendo asombrados por ti, ayúdanos, Padre, de alguna manera a ser transformados de tal manera que hoy pueda ser un antes y un después en nuestras vidas. Que podamos vivir con el propósito que tú nos has señalado, con gozo, con alegría, con sencillez de corazón, pero asombrados por tu poder. No sé de nuevo, Señor, nunca perder esa capacidad de asombro, entendiendo quién tú eres. Estas cosas te las rogamos por Cristo Jesús. Amén.
Bueno, primero déjenme empezar con algo un poquito técnico. No es el fuerte del mensaje. Ya dijimos que estamos buscando un asombro por parte de Dios. Pero es justo definir un poco, por lo menos las palabras etimológicamente, cuando se habla de santidad, de qué se está hablando. Las palabras que se usan en los idiomas originales implican pureza, o sea, que no hay mezcla alguna con otra cosa. Consagrado, separado, que se separa algo para el uso exclusivo de Dios. Es algo religiosamente recto en oposición a lo que es torcido. Es una cualidad moral de ser justo, piadoso y misericordioso. Y estas características yo espero que, leyendo la Palabra de Dios en esta mañana, Dios muestre que eso es Él. Y que nosotros entonces podamos ver de qué manera podemos ser santos y con qué darle propósito a eso en nuestras vidas.
Debo pedirles un favor adicional en esta mañana. Utilicemos la imaginación. Utilicemos la imaginación para ir al lago de Genesaret. Ahí, al lago, en esa orillita de un lago, vamos a estar junto con Pedro. Vamos a ir a Lucas capítulo 5, y vamos a estar viendo desde el versículo 1 al 11 las cosas que acontecieron una mañana en ese lago. Si tú quieres, hermano, imagínate sentado a la orilla del lago contemplando la escena, mirando lo que está pasando. Si quieres te puedes poner en una barquita cerquita de ahí, si quieres puedes sentarte a la orilla con tus pies en el agua, pero imagínate a la orilla del lago y mira lo que está aconteciendo que nos relata el Evangelio de Lucas.
Dice: "Aconteció que estando Jesús junto al lago de Genesaret, el gentío se agolpaba sobre él para oír la palabra de Dios. Y vio dos barcas que estaban cerca de la orilla del lago; los pescadores, habiendo descendido de ellas, lavaban sus redes. Y entrando en una de aquellas barcas, la cual era de Simón, le rogó que la apartase de tierra un poco; y sentándose, enseñaba desde la barca a la multitud. Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar. Respondiendo Simón, le dijo: Maestro, toda la noche hemos estado trabajando, y nada hemos pescado".
Los que han pescado alguna vez saben que los peces por lo regular salen en la noche y es cuando uno los puede pescar. No es que es imposible pescar un pez durante el día, pero principalmente es en la noche. Y estos hombres se habían pasado una noche entera trabajando y no habían pescado cosa alguna.
Dice: "Toda la noche hemos estado trabajando, y nada hemos pescado; mas en tu palabra echaré la red. Y habiéndolo hecho, encerraron gran cantidad de peces, y su red se rompía. Entonces hicieron señas a los compañeros que estaban en la otra barca, para que viniesen a ayudarles; y vinieron, y llenaron ambas barcas, de tal manera que se hundían. Viendo esto Simón Pedro, cayó de rodillas ante Jesús, diciendo: Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador. Porque por la pesca que habían hecho, el temor se había apoderado de él y de todos los que estaban con él, y asimismo de Jacobo y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón".
Aquí está sucediendo algo extraño. Aquí está pasando algo bueno, algo maravilloso. Los peces han llenado las redes, y los botecitos no eran muy pequeños en aquella época, eran de cierto tamaño. No eran barcos como ahora, pero tampoco eran muy chiquiticos. Y ellos han pescado, se han llenado las redes de golpe y porrazo, y cuando han llenado las dos barcas se están hundiendo.
Pedro suma dos más dos y dice: "¿Qué está sucediendo ahora? Esto no es humano. Esto no es humano". Y él llega a una conclusión, aparentemente por lo que está diciendo ahí, porque él se postra, cae de rodillas, le dice: "Apártate de mí, Señor", y ese es un título que solamente se le aplica a Dios. Él dice: "Esto es divino, esto no es humano". Pero sin embargo, siendo algo bueno, él lo asocia con su pecaminosidad. Dice: "Apártate de mí, porque soy hombre pecador". Tú eres demasiado grande, sublime. Esto que está sucediendo es algo que escapa mi entendimiento. Solamente lo puede hacer Dios. ¡Ay, mi madre! Apártate de mí, que soy hombre pecador.
¿Qué historias conocía Pedro? ¿Qué información tenía Pedro que lo llevó a reaccionar de esa manera? Yo propongo que vayamos a varios textos de las Escrituras en el día de hoy y podamos ver qué información pudiera tener Pedro que lo llevó a esa conclusión. Y que nosotros miráramos cómo solamente ver quién es el Dios que está delante de nosotros, y por lo regular a los hombres les da temor. Es algo increíble. Tengo miedo. Es algo demasiado alto, un ser demasiado poderoso el que está aquí. Puro, recto, separado de mí. Hay una gran distancia y yo estoy cerca de Él. Yo, que no soy digno de estar cerca de Él. Apártate de mí, que soy hombre pecador. Tengo miedo.
En Isaías capítulo 6, de los versículos 1 al 7, vemos la misma experiencia que pasó el profeta Isaías. Dice: "En el año que murió el rey Uzías, vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo. Por encima de él había serafines; cada uno tenía seis alas: con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies, y con dos volaban. Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, satisfecho, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria".
Ustedes han oído anteriormente que el único atributo de Dios que se repite tres veces es la santidad. La Biblia no menciona que Dios es amor, amor, amor, o justicia, justicia, justicia. Sin embargo, sí dice que es Santo, Santo, Santo. Esa era la forma en que los judíos tenían para poder poner un superlativo: repetirlo tres veces. Y lo único que se destaca de Dios de manera superlativa, por lo menos en la Biblia, es el atributo de su santidad.
Cuando él ve esto, dice: "Los quiciales de las puertas se estremecieron con la voz del que clamaba, y la casa se llenó de humo. Entonces dije: ¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos". Tengo miedo. Otra vez la misma experiencia. ¡Ay de mí! Estoy mirando a Dios. Soy hombre muerto. ¿Por qué? Porque soy pecador, y vamos a ver eso más adelante.
Discivoló hacia mí uno de los serafines, teniendo en su mano un carbón encendido tomado del altar con unas tenazas, y tocando con él sobre mi boca dijo: "He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado."
Para nosotros entender esa parte de que era inmundo de labios, nosotros estamos hablando de un hombre que era considerado en Israel como uno de los hombres más justos de su época. Por muchos años yo entendía que quizás Isaías decía malas palabras, porque decía que era inmundo de labios. Quizás por mi propia condición. Yo recuerdo cuando era inconverso que yo, de cada diez palabras que decía, once eran malas palabras. La décima que decía mala, la estaba pensando. Y por lo pronto, recién convertido, entendía esto. Sin embargo, aquí hay una verdad más profunda. No es que él decía malas palabras, que tenía un lenguaje grosero.
Dice Isaías 29:13, quizás nos puede dar una idea de qué estaba pasando por la mente de Isaías en ese momento. Dice Isaías 29:13: "Dice, pues, el Señor: Porque este pueblo se acerca a mí con su boca, y con sus labios me honra, pero su corazón está lejos de mí, y su temor de mí no es más que un mandamiento de hombres que les ha sido enseñado. Por tanto, he aquí que nuevamente excitaré yo la admiración de este pueblo con un prodigio grande y espantoso; porque perecerá la sabiduría de sus sabios, y se desvanecerá la inteligencia de sus entendidos."
Aquí hay algo que está diciendo el Señor que trasciende la parte intelectual: la sabiduría, la inteligencia, el entendimiento, la verbalización de un conocimiento. Dice: eso es algo que les han enseñado, pero su corazón está lejos de mí. Dicen algo con la boca, pero su corazón realmente no va acorde con lo que profesan. Hay pecado. De hecho, en el oriente, por lo regular, ese proceso de limpieza de la boca, de labios, era algo muy común, porque para los sacerdotes o ministros religiosos, antes de poder servir delante de Dios, se limpiaban la boca como símbolo de limpieza espiritual.
Entonces, probablemente lo que está diciendo aquí Isaías es: "¡Ay de mí, que soy pecador! No he sido purificado para estar en este momento. Es un Dios trascendente que está acá. Yo no estoy a la altura. Hay mucha distancia. ¡Ay de mí, que soy hombre pecador, y que habito también en medio de pecadores!"
Y fíjense que la solución a eso no fue que el Señor lo consoló diciendo: "No, no, Isaías, no te pongas así, la verdad, no." El Señor acepta esa declaración y Él provee una solución. Aparece un carbón encendido que lo toma un querubín con una tenaza. Es interesante el detalle: ni el ángel se atrevió a poner en las manos el carbón. Lo toma con una tenaza, toca a Isaías, y entonces es quitada su culpa y limpio su pecado. Fíjense que era un problema de culpa y de pecado, aun del hombre considerado como uno de los más rectos en Israel.
Tenemos entonces el caso de Isaías, que se parece mucho al de Pedro. Y la experiencia de Moisés, ¿cómo sería? Vamos a Éxodo capítulo 3, a partir del versículo 1. Vamos a estar leyendo. Miren lo que acontece con Moisés en el desierto. Dice: "Apacentando Moisés las ovejas de Jetro su suegro, sacerdote de Madián, llevó las ovejas a través del desierto y llegó hasta Horeb, monte de Dios. Y se le apareció el Ángel de Jehová en una llama de fuego, en medio de una zarza. Y él miró, y vio que la zarza ardía en fuego, y la zarza no se consumía. Entonces Moisés dijo: Iré yo ahora y veré esta grande visión, por qué causa la zarza no se quema." La zarza es un árbol, un arbusto. "Viendo Jehová que él iba a ver, lo llamó Dios de en medio de la zarza, y dijo: ¡Moisés, Moisés! Y él respondió: Heme aquí. Y dijo: No te acerques; quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es."
La tierra no cambió de configuración. Seguía siendo tierra, pero en este caso en particular, Dios había separado esa porción de terreno con esta zarza para un uso exclusivo de Dios, para una misión que Él tenía. "Y dijo el Señor: Yo soy el Dios de tu padre, Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob. Entonces Moisés cubrió su rostro, porque tuvo miedo de mirar a Dios."
La misma experiencia. Fíjense que Moisés no le tuvo miedo al fuego. Moisés no le tuvo miedo a esa experiencia tan extraña que él estaba mirando. Lo que tuvo temor fue cuando una voz, ese Ser que está ahí, se le revela como el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. Nuevamente, Moisés se impacta igual que Isaías, igual que Pedro. Cubre su rostro porque tiene miedo.
Pero eso no se queda ahí. El pueblo y Moisés tuvieron una experiencia similar también. Si ustedes van y me acompañan a Éxodo 19, nosotros tenemos una experiencia similar. Leemos a partir del versículo 5. Ahí está el Señor revelándose en el monte Sinaí, en el desierto. Dice el versículo 5: "Ahora, pues, dice el Señor, si diereis oído a mi voz" —hablándole al pueblo y a Moisés— "y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra. Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes y gente santa. Estas son las palabras que dirás a los hijos de Israel."
"Yo quiero que ustedes sean un reino especial de sacerdotes, de intermediarios entre Dios y los hombres, que puedan servir delante de mi presencia, y que sean un grupo de personas santas, separados del uso común del mundo, separados del mundo, de todo lo que el mundo significa en cuanto a filosofía, deseos, pensamientos, valores, y ustedes sean un pueblo diferente, que ustedes sean un pueblo santo."
"Y Jehová dijo a Moisés: Ve al pueblo, y santifícalos, purifícalos hoy y mañana; laven sus vestidos" —vean otra vez la misma figura del lavado— "y estén preparados para el día tercero, porque al tercer día Jehová descenderá a ojos de todo el pueblo sobre el monte de Sinaí. Y señalarás término al pueblo en derredor, diciendo: Guardaos, no subáis al monte ni toquéis sus límites; cualquiera que tocare el monte, de seguro morirá. No lo tocará mano, porque será apedreado o asaeteado; sea animal o sea hombre, no vivirá. Cuando suene largamente la bocina, subirán al monte." Y descendió Moisés del monte al pueblo, y santificó al pueblo, los purificó, y lavaron sus vestidos.
Y dice a partir del versículo 16: "Aconteció que al tercer día, cuando vino la mañana, vinieron truenos y relámpagos, y espesa nube sobre el monte, y sonido de bocina muy fuerte; y se estremeció todo el pueblo que estaba en el campamento. Y Moisés sacó del campamento al pueblo para recibir a Dios, y se detuvieron al pie del monte. Todo el monte Sinaí humeaba, porque Jehová había descendido sobre él en fuego; y el humo subía como el humo de un horno, y todo el monte se estremecía en gran manera. El sonido de la bocina iba aumentando en extremo; Moisés hablaba, y Dios le respondía con voz tronante."
Y ese es el versículo 21: "Y Jehová dijo a Moisés: Desciende, ordena al pueblo que no traspase los límites para ver a Jehová, porque caerá multitud de ellos. Y también que se santifiquen, que se purifiquen los sacerdotes que se acercan a Jehová, para que Jehová no haga en ellos estrago. Moisés dijo a Jehová: El pueblo no podrá subir al monte Sinaí, porque tú nos has mandado diciendo: Señala límites al monte y santifícalo, sepáralo. Y Jehová le dijo: Ve, desciende, y subirás tú y Aarón contigo; mas los sacerdotes y el pueblo no traspasen el límite para subir a Jehová, no sea que haga en ellos estrago."
Un monte entero humeando, truenos, relámpagos, un sonido de trompeta en aumento ensordecedor, y la advertencia: si te acercas, te mato. Date temor. Y dice el Señor: "Yo lo que quiero es que ustedes sean un pueblo santo, una nación de sacerdotes, pueblo escogido por mí."
El pueblo, Moisés, Isaías y Pedro estaban impactados cuando veían la presencia de Dios. Por eso Pedro, que es muy probable, casi seguro, que sabía todas estas historias como buen israelita, cuando ve lo que ha acontecido dice: "Esto no es humano, esto es divino, esto trasciende. ¡Ay de mí, que soy un hombre pecador!"
Usted dirá: "Hermano, yo creo que utilizó trampa hoy, porque usted ha buscado textos del Antiguo Testamento, y la verdad es que ahora en el Nuevo Testamento nosotros tenemos un Dios de amor." Bueno, vamos al Nuevo Testamento entonces. Ese es un argumento que usan muchas personas, pero de verdad, la Biblia muestra el mismo Dios de amor en el Antiguo que en el Nuevo, y el mismo Dios santo que es en el Viejo también lo es en el Nuevo. Nuestro Dios es el mismo por todas las edades; no hay cambio ni variación alguna en Él. Pero vamos, está bien, vamos al Nuevo Testamento.
Hebreos 12, a partir del versículo 14, dice lo siguiente: "Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor. Mirad bien, miren bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados; no sea que haya algún fornicario, o profano, como Esaú, que por una sola comida vendió su primogenitura. Porque ya sabéis que aun después, deseando heredar la bendición, fue desechado, y no hubo oportunidad para el arrepentimiento, aunque la procuró con lágrimas."
"Porque no os habéis acercado al monte que se podía palpar" —¿recuerdan Éxodo 19 que acabamos de leer?— Dice: "no os habéis acercado al monte que se podía palpar, y que ardía en fuego, a la oscuridad, a las tinieblas y a la tempestad, al sonido de la trompeta, y a la voz que hablaba, la cual los que la oyeron rogaron que no se les hablase más, porque no podían soportar lo que se ordenaba: Si aun una bestia tocare el monte, será apedreada, o pasada con dardo. Y tan terrible era lo que se veía, que Moisés dijo: Estoy espantado y temblando."
Sino que os habéis acercado al monte de Sion, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, a la compañía de muchos millares de ángeles, a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos, a Dios el juez de todos, a los espíritus de los justos hechos perfectos, a Jesús el mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel. Mirad que no desechéis al que habla, porque si no escaparon aquellos que desecharon al que los amonestaba en la tierra, mucho menos nosotros si desecháramos al que amonesta desde los cielos.
El versículo 28: "Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud, y mediante ella, mediante esa gratitud, sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia". Y da la razón: porque nuestro Dios es fuego consumidor. Eso está en el Nuevo Testamento. La experiencia que en el Nuevo Testamento es más profunda, si se quiere, que la del Antiguo Testamento. En el Antiguo Testamento dice este texto que era un monte que se tocaba. Pero ahora nosotros tenemos acceso a la Jerusalén celestial, a la misma presencia de Dios, a los espíritus de los justos hechos perfectos. Dice: nosotros no estamos ante la imagen de las cosas, nosotros estamos delante de la cosa misma, delante del ser mismo. Por lo tanto, nosotros tenemos que tener más temor todavía que el que tenían aquellos judíos. ¿Por qué? Porque nuestro Dios es fuego consumidor. Tenemos que ser agradecidos y con esa gratitud servirle a Dios, pero nunca perder el sentido de asombro que causa su presencia, sabiendo delante de quién estamos.
Mi hermano, yo me imagino, y espero que haya podido ver el avión pasando sobre nuestras cabezas en estas mañanas. Yo creo que ha habido bastantes truenos, relámpagos, humo, temor y advertencia. Está claro quién es nuestro Dios.
Volvamos ahora a Genesaret, al laguito donde tú estabas sentado hace un ratito. Regresa ahí otra vez. Vuelve, mete los pies en el agua, enfríate un poquito. Y vamos a ver cómo sigue el texto que estábamos leyendo, porque la verdad es que yo paré la lectura a mitad del capítulo, del versículo 10 de Lucas 5, cuando estaban todos muy asustados.
Dice, después que Pedro le dice "apártate de mí, que soy hombre pecador": "Pero Jesús dijo a Simón..." Va a haber un cambio ahora. "Pero Jesús dijo a Simón: No temas". Mi hermano, pero nos hemos pasado casi media hora hablando del temor, y ahora el Señor le dice a Pedro, que conocía todo esto: "No temas". ¿Por qué? ¿Por qué le dice el Señor "no temas"?
Bueno, lo primero que pudiéramos inferir es quién se lo está diciendo, que es Cristo mismo. Y a la luz de Juan capítulo 1, versículo 29, dice ahí que Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Y es el mismo Cordero de Dios que ahora le dice a Pedro: "No temas". Al igual que a Isaías, que el Señor había provisto una solución para el pecado de Isaías, ahora Dios había provisto una solución para el pecado de Pedro y de todo aquel que cae sobre sus rodillas delante del Señor. Hay un Cordero, hay un sacrificio. Cristo Jesús en la cruz del Calvario paga por los pecados de su pueblo. Por los pecados tuyos y míos, hermano, pagó. Murió la muerte que nosotros merecíamos y vivió la vida que nosotros no podíamos vivir. Por lo tanto, ahora Cristo te puede decir a ti y a mí, mi hermano: No temas. No temas. Es verdad que es un Dios majestuoso. Es verdad que es un Dios tres veces santo, pero no temas. Hay provisión para tu pecado y el mío.
Pero no se quedó ahí. Dice: "Desde ahora..." Hay un cambio. Hay un cambio. Pedro, es verdad que eras pecador. Es verdad que tú tenías una forma de vida, pero desde ahora hay un cambio. Hay un cambio. "Desde ahora serás pescador de hombres". Un propósito para esa santidad. Hay un cambio en tu vida, y ese cambio en tu vida es para que seas pescador de hombres. Un propósito para ser santo, separado, para ser de la obra de Dios, para ser sacerdotes intermediarios.
¿Recuerdan lo que decía, lo que leímos en Éxodo? Una nación santa de sacerdotes. Pues esa misma imagen es el mismo Pedro que la refiere en Primera de Pedro capítulo 2, en el versículo 9, cuando dice: "Mas vosotros..." El mismo Pedro. "Sois linaje escogido", el mismo texto de Éxodo que acabamos de leer. "Vosotros sois linaje escogido", tú y yo, mi hermano. "Real sacerdocio", intermediarios entre Dios y los hombres. "Nación santa", hemos sido separados para el uso exclusivo de Dios. "Pueblo adquirido por Dios" mediante la sangre de Cristo. ¿Para qué? Y ahí viene el propósito: "Para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable". La misma idea.
Mi hermano querido, mi hermana, nosotros en esta mañana quisiéramos proponerles, y lo decimos con todo corazón, de todo corazón, que nuestra santidad tiene un propósito. Hemos sido separados para que anunciemos las virtudes de Dios. A nosotros, cuando nos convertimos, no se nos ha dado un combo de corona, bata y arpa, y ya, y con eso estamos satisfechos. No, no es eso. A nosotros se nos ha dado santidad, se nos ha separado para un propósito, y es para que anunciemos las virtudes de Dios.
Te dirás: "Bueno, yo hago eso con mi vida". Eso está muy bien, que lo hagamos con nuestra vida. Pero aquí el anunciar, en otros textos, se nos habla también de proclamar la palabra de Dios. De decirla. Una proclamación sin un testimonio no funciona, es verdad. Pero un testimonio sin una proclamación, sin palabras, tampoco funciona. ¿Por qué? Porque quizás es que tú eres buena gente, quizás es que yo soy buena gente, quizás es que yo soy una persona amorosa, un tipo muy moralista. Eso no da gloria a Dios. Ahora, cuando nosotros predicamos el evangelio y lo demostramos con nuestra vida, entonces esas dos cosas sí dan gloria a Dios. Porque las personas entienden que tu vida y la mía han sido transformadas por un poder superior, por alguien que nos ha llamado a ser santos.
La respuesta de Pedro y los demás fue dejar todo lo que estaban haciendo y seguir a Jesús. Cambio radical. Dejaron de ser lo que eran y comenzaron a ser otra cosa. Murieron a sus ideas, murieron a sus sueños, murieron a sus anhelos y comenzaron a vivir de una manera diferente.
¿Qué podemos hacer nosotros al día de hoy con todo esto? Mi hermano, mi hermana, yo quiero proponerte algo. Quiero proponerte que hoy el mundo está humeando. Hay sonidos terribles y mucho temor. Quizás no por las mismas razones que hemos leído, porque lamentablemente no es por temor a Dios. Pero hay temor, hay miedo. Yo no quiero entrar en un debate ahora milenario de que todos los fenómenos naturales, enfermedades, cualquier cosa mala que ocurra, que es un juicio de Dios. No quiero entrar en ese debate.
Pero sí hay algo, independientemente de lo que tú creas o de lo que crean los que nos están mirando: la Biblia sí dice claramente que no cae un pajarillo sin que Dios lo observe, que los cabellos de nuestra cabeza están contados. Por lo tanto, sin entrar en el debate, hay algo que sí está claro: no podemos sacar a Dios de la ecuación. Dios tiene control de todo lo que está pasando. Dios sabe lo que está pasando. Dios no ha sido sorprendido por esto. Allí en el cielo no ha ocurrido una noticia de: "¡Ay, aconteció el COVID! ¡Ahora qué terrible!" Y ahí se arma un corredero. No, no es eso. Dios sigue en su trono gobernando, soberano, impasible.
Pero la verdad es que el mundo pareciera, entonces, si seguimos esa línea de lógica, que está humeando y que Dios está permitiendo. Se habla de muerte. Dirás: "Bueno, pero la muerte, la verdad, que el porcentaje no llega ni a uno por ciento". Sí, es verdad. El problema es que cuando los porcentajes de muerte eran más altos por razones del hambre y todo eso, nosotros estábamos tranquilos, porque eran los otros que se estaban muriendo. Ahora hay menos de uno por ciento, pero una posibilidad pequeñita de que alguno podamos morir, y ahí te da más espanto. ¿Por qué? Porque ahora soy yo el que puedo morir. Cuando eran los otros que morían por mucho, no había problema, pero ahora soy yo que puedo morir. Ahora hay espanto. Hay inseguridad. Las expectativas futuras son de desempleo y de aumento del hambre. Se habla de un aceleramiento de la historia.
Incluso, nosotros somos la... Y eso es algo bueno, lo que voy a decir ahora, no lo que acabo de decir. Pero hay algo bueno: nosotros somos la primera generación con la posibilidad estadística, la posibilidad —no digo que va a ser así—, la posibilidad de que nosotros podamos ver la conclusión de la Gran Comisión. Al ritmo que todas las etnias no alcanzadas se han ido alcanzando, si se proyecta, se cree que en los próximos treinta años la Gran Comisión se concluya. Y dice la Palabra: "Y entonces vendrá el fin". Yo no estoy diciendo que el Señor va a venir de aquí a treinta años. Lo único que estoy diciendo es que nosotros somos la primera generación que tiene la posibilidad de ver la conclusión de la Gran Comisión. Eso es todo.
La gente se hace preguntas existenciales y hay confusión. Hermanos, tú y yo tenemos las respuestas a las preguntas que se está haciendo la gente. Y nosotros tenemos que vivir ahora y poner en práctica la razón por la cual Dios nos ha hecho santos. Y Dios nos ha hecho santos para que proclamemos las virtudes de aquel que nos llamó para su gloria admirable.
Tú y yo, mis hermanos, tenemos las respuestas. Hay gente que está muriendo, hay gente que tiene miedo, hay gente que está desesperada, pero nosotros conocemos al Dios de paz. Nosotros conocemos al Dios soberano. Nosotros conocemos cuál es la solución para la muerte. La muerte no es más que un tránsito para nuestro destino eterno, y ese destino eterno puede ser maravilloso siempre y cuando el ser humano pueda caer ante los pies del Señor. Los pecadores pueden venir a los pies del Señor y decir: "Soy pecador y yo quiero arrepentirme en cilicio, en ceniza, abandonar mi antigua forma de ser y comenzar a vivir de una manera diferente desde ahora y en lo que viene en adelante". Y ese mensaje lo tenemos tú y yo, mi querido hermano. Para eso es que Dios nos ha hecho santos y nos ha separado.
Nosotros tenemos el mensaje de esperanza. Es tiempo, mi hermano, de nosotros ser separados, santos, de cultivar cambios en nuestra vida para ser pescadores de hombres, por mandato de Dios, por agradecimiento, para encontrar un sentido superior a nuestra existencia. Así dejaremos de temer y viviremos con confianza en estos tiempos. Dios nos ha llamado para un propósito superior.
Yo no tenía ninguna mejor manera de explicarlo que fuera de la misma Palabra de Dios, que te lo explicara, me lo explicara, y que nosotros pudiéramos vernos admirados y sorprendidos del Dios que nosotros tenemos.
Hermanos queridos, hay personas que han pasado noches, y hay alguien que está mirando ahora que sabe que yo me dirijo a ella. Hay personas que han pasado noches escuchando personas morir, escuchando quejidos de moribundos, y que han escuchado el Evangelio por más de cuarenta años. Como ella, hay muchos más que han pasado por experiencias similares. Es tiempo hoy. Hoy, he aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de conversión. Hoy es el tiempo de abandonar nuestra forma de ser y acercarnos a Dios y ser santos.
Te queremos mucho. Amén. Dios los bendiga a todos. Dios bendiga a cada persona que está escuchando este mensaje por las redes. Que sea Dios veraz y todo hombre mentiroso, pero que todo lo que se ha dicho aquí, si hay algo que ha venido de Dios, atesóralo, guárdalo, sorpréndete, valóralo. Que el Señor traiga cambios en nuestra vida que sean productivos y útiles para su obra.
Oremos. Padre, nosotros queremos venir delante de tu presencia en esta mañana dándote las gracias por la obra de Cristo Jesús en la satisfecho tu justicia y tu santidad para separarnos a nosotros y acercarnos a ti, para que seamos un pueblo santo, para que proclamemos tu Palabra. Ayúdanos, Señor, a poder llevar tu mensaje de esperanza, Señor, y de consuelo a un mundo, Padre, a un mundo que necesita escuchar eso, sobre todo en estos tiempos.
Danos el valor, la confianza, el gozo, la alegría, el asombro de poder tener una comunión íntima, de poder ser llamados amigos de Jesús, de poder ser hechos hijos tuyos, de poder ser incorporados a tu familia con el propósito de llevar salvación hasta lo último de la tierra. En tu nombre, ser instrumentos tuyos para que seas tú quien lleves a salvación.
Estas cosas te las rogamos en Cristo Jesús, y te pedimos que todos y cada uno de los que estamos acá y de los que están escuchando, que hoy sea un día de bendición, un día de acercamiento, y un día en que todos podamos decir: hoy Dios me habló. En Cristo Jesús, amén.
Enrique Crespo fue llamado a salvación en 1980 y desde entonces ha servido al Señor en la evangelización, enseñanza, consejería y predicación. Es miembro de la IBI desde 2005 y, desde 2015, dirige Misión Antioquía, el ministerio de evangelismo, plantación de iglesias y misiones de la iglesia. Posee estudios en Mercadeo, Derecho, Educación y Teología, incluyendo una Maestría en Estudios Teológicos del Southern Baptist Theological Seminary. Está casado con Aurora Almánzar y tienen tres hijos adultos: Aldo, Iván y Javier.