Los milagros que Dios realiza a través de sus siervos no tienen como propósito principal resolver problemas físicos, sino confirmar el mensaje del evangelio y señalar hacia realidades eternas. En Hechos 9, Pedro sana a Eneas, un paralítico postrado por ocho años, y resucita a Tabita, una mujer conocida por sus obras de caridad. Ambos milagros produjeron mejoras extraordinarias en la vida de estas personas, pero lo verdaderamente significativo fue el resultado espiritual: todos los habitantes de Lida y Sarón se convirtieron al Señor, y muchos en Jope creyeron. El milagro sirvió para que la gente reconociera que Dios estaba con Pedro, tal como Nicodemo reconoció que nadie podía hacer las obras de Cristo si Dios no estaba con él.
Aquí surge una pregunta incómoda: si los milagros resuelven situaciones tan graves como la parálisis o la muerte, ¿por qué Dios no los hace más frecuentemente? La respuesta está en entender cuál es el verdadero problema del ser humano. El paralítico de Lida eventualmente envejecería y moriría; Tabita tendría que enfrentar la muerte por segunda vez. Pero aquellos que creyeron ese día recibieron vida eterna. El problema mayor del hombre no es físico sino espiritual: una mente en oscuridad, un corazón de piedra, una voluntad esclavizada al pecado.
Cada milagro de sanidad o resurrección apunta hacia una realidad futura donde no habrá más muerte, ni dolor, ni lágrimas. Los milagros son como un adelanto del reposo eterno que Dios ha prometido, donde todo lo que está roto será enmendado. Mientras tanto, nuestra esperanza no puede estar en gobiernos ni en circunstancias terrenales, sino únicamente en el gobernador del universo.
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¡Buenos días, amigos! Mi vida en su satisfacción es su Palabra. Si tienes la Palabra de Dios, yo te voy a pedir que la abras, la enciendas y que te quites tus sandalias. Esto es terreno santo.
Nosotros vamos a continuar nuestra serie en el libro de los Hechos, capítulo 9, en el día de hoy, donde habíamos parado por unos domingos debido en algunos casos a viajes míos, otros por otras circunstancias. Pero ustedes todos estuvieron expuestos a la voluntad y a la exposición de la Palabra de Dios vía otros siervos del Señor que fueron igualmente usados, y damos gracias a Dios por ello. Pero quería continuar hoy nuestra serie en este libro que dijimos desde un principio podría ser titulado "El libro de los Hechos del Espíritu Santo por medio de los apóstoles", y quería conectarlos con la última parte que nosotros habíamos visto.
Nosotros habíamos leído hasta el versículo 31 del capítulo 9 y habíamos dejado a Pablo en Tarso. Entonces, Dios había convertido a Pablo. Pablo había comenzado a ministrar, había comenzado a predicar, había hecho algo de eso en Damasco, la ciudad a la cual él se dirigía cuando Dios lo encontró, y ahí recibió oposición. Entonces bajó a Jerusalén, comenzó a hacer la misma cosa, y ahí también encontró oposición. Dejamos de leer los últimos tres versículos que habíamos leído del texto anterior, que son los versículos 29 al 31, y esto es lo que habíamos ya revisado:
"También hablaba" —hablando de Pablo— "también hablaba y discutía con los judíos helenistas, mas estos intentaban matarlo. Pero cuando los hermanos lo supieron, lo llevaron a Cesarea y de allí lo enviaron a Tarso. Entretanto, la iglesia gozaba de paz por toda Judea, Galilea y Samaria, y era edificada, y andando en el temor del Señor y en la fortaleza del Espíritu Santo, seguía creciendo."
Tú puedes ver en esos versículos que la vida de Pablo desde un inicio se caracterizó por la persecución, y sobre todo en Jerusalén. Por eso los hermanos decidieron que había tanta conmoción con la vida de Pablo en esos momentos que quizá era más saludable sacarlo del escenario, sacarlo de la acción. Y así hicieron: lo enviaron a Tarso. Y Tarso quizás tenía sentido porque Pablo había crecido allí, quizá tenía familia, quizá tenía amigos, y quizás en ese milieu, en ese ambiente, Pablo hubiese podido prosperar o estar más tranquilo por un tiempo. Y ese tiempo se convirtió en seis o siete años, donde Pablo desaparece de la escena y no sabemos nada acerca de él hasta que Bernabé va a buscarlo.
Estando Bernabé en la iglesia de Antioquía, la iglesia había crecido mucho, tenía mucha actividad, necesitaban ayuda. Bernabé decidió ir a Tarso desde Antioquía a buscar a Pablo para que venga y los ayude, y vamos a ver a Pablo más adelante comenzando en el capítulo 13.
Pero mientras tanto, mientras Pablo está en Tarso, está ahí tranquilo, ¿qué estaba pasando? Bueno, una parte la comenzamos a leer aquí mismo, yo te la leí: "La iglesia gozaba de paz por toda Judea, Galilea y Samaria." Hubo como que sacaron a Pablo y volvió la paz. "Y era edificada, y andando en el temor del Señor y en la fortaleza del Espíritu Santo, seguía creciendo." Ahí está la clave del crecimiento: la iglesia tenía temor del Señor, tenía reverencia, respeto, honraba a Dios, honraba su nombre, honraba su Palabra. La iglesia crecía entonces en ese temor del Señor, pero crecía también en la fortaleza del Espíritu, en eso que el Espíritu Santo puede dar que nadie puede dar: el endoso, la bendición, el empoderamiento, la facilidad de predicación, las oportunidades. Todo eso tenía que ver justamente con el favor de Dios vía la fortaleza del Espíritu de Dios, para lo cual Dios nos dio su Espíritu.
Y ahí más o menos habíamos dejado el relato del capítulo 9 del libro de los Hechos. Yo quiero leer ahora contigo del versículo 32 hasta el final, para que nosotros podamos ver todo esto en su contexto.
Mientras Pedro viajaba —Pablo salió de la escena, Pedro continuó ahora liderando— mientras Pedro viajaba por todas aquellas regiones, vino también a los santos que vivían en Lida. Allí encontró un hombre llamado Eneas, que había estado postrado en cama por ocho años porque estaba paralítico. Y Pedro le dijo: "Eneas, Jesucristo te sana. Levántate y haz tu cama." Y al instante se levantó. Todos los que vivían en Lida y en Sarón lo vieron y se convirtieron al Señor.
Había entonces en Jope una discípula llamada Tabita, que traducido al griego es Dorcas. Esta era rica en obras buenas y de caridad que hacía continuamente. Y sucedió que en aquellos días se enfermó y murió, y lavado su cuerpo, lo pusieron en un aposento alto. Como Lida estaba cerca de Jope, los discípulos, al oír que Pedro estaba allí, le enviaron dos hombres rogándole: "No tardes en venir a nosotros."
Entonces Pedro se levantó y fue con ellos. Cuando llegó, lo llevaron al aposento alto, y todas las viudas lo rodearon llorando, mostrando las túnicas y ropas que Dorcas solía hacer cuando estaba con ellas. Mas Pedro, haciendo salir a todos, se arrodilló y oró. Y volviendo hacia el cadáver, dijo: "Tabita, levántate." Y ella abrió los ojos, y al ver a Pedro, se incorporó. Y él le dio la mano y la levantó. Llamando a los santos y a las viudas, la presentó viva.
Y esto se supo en todo Jope, y muchos creyeron en el Señor. Y Pedro se quedó en Jope muchos días con un tal Simón, curtidor, curtidor de pieles y demás.
Cuando tú lees una historia como esta, parece que no hay mucho que decir, en vista de que si conocemos los Evangelios, ya hemos visto milagros similares a estos que fueron hechos anteriormente por el mismo Jesús. Pero siempre hay algo en una historia que Dios haya inspirado y que Dios haya dejado, porque lo que se quedó escrito para nosotros fue escrito, dice en las cartas del Nuevo Testamento, de manera que esto de alguna forma es para ti y para mí.
Aquí hay cuatro personajes: aquí está Pedro, aquí está Eneas, aquí está Tabita y aquí está Simón el curtidor. Aquí hay tres ciudades que son mencionadas: Lida, Sarón, Jope. Y aquí hay dos milagros: un paralítico que no sabemos de qué manera conocía a Pedro o Pedro a él, y hay una mujer, Dorcas —su nombre en griego—, que ha muerto.
Si tú revisas esos detalles que yo acabo de mencionar, yo creo que es más o menos obvio que los más importantes son los dos milagros. Si tú remueves los dos milagros de la narración, no hay narración. De manera que esto es lo que yo quiero hacer: yo quiero ver esos dos milagros.
Yo quiero exponer el texto de hoy contestando, respondiendo algunas preguntas. Para aquellos de ustedes que estuvieron en la clase de predicación este primer módulo del fin de semana, estuvimos hablando ayer de lo que era un método deductivo y uno inductivo. De manera que esto es para un grupito muy pequeño, pero obviamente yo creo que tú veas que esto es un sermón inductivo por la manera como estamos abordando: estamos haciendo preguntas que ahora vamos a tratar de explorar y responder a lo largo del desarrollo.
Entonces, estas son mis preguntas: ¿Cuál es la importancia de estos dos milagros? ¿Por qué Dios quiso dejarlos ahí para nosotros? ¿Quién lleva a cabo el milagro? ¿Cómo lo hizo? ¿Cuál fue el resultado de los milagros? ¿Es la primera vez que esos milagros ocurren? Los milagros resolvieron una gran situación: un muerto o una muerta, un paralítico. Si los milagros resuelven situaciones tan complejas y tan dolorosas como esas dos, ¿por qué Dios no hace esos milagros más frecuentemente?
El Evangelio de Juan habla de milagros. No habla de milagros, habla de señales, perdón. El Evangelio de Juan narra milagros, pero a ninguno le llama milagros, ni una vez. Juan prefiere el término señales. ¿Son esas dos cosas distintas o son sinónimos para apuntar a una misma cosa? Y en el resto del tiempo que nos queda, eso es lo que nosotros queremos hacer: responder a esas preguntas.
Y el texto que leímos comienza diciendo que Pedro comenzó a viajar por aquellas regiones. Pedro comenzó a salir de Jerusalén. Pedro era el líder de la iglesia que estaba en Jerusalén, pero quizás Pedro recordó que la Gran Comisión dice "por todas las naciones" y "hacer discípulos". Bueno, él comenzó a salir de Jerusalén.
Resulta que llega a un poblado de nombre Lida. Eso estaba como a unos 40 kilómetros de Jerusalén y se estima que él pudo haber llegado hasta allí como en un día. Imagino que acabado, porque no sé si en un día tú puedes hacer 40 kilómetros. Bueno, pero sí, un maratón tiene 42 kilómetros y hay gente que lo hace en menos de tres horas. De manera que Pedro, fue como un día de distancia, llegó ahí a Lida y fue a visitar, dice el texto, a los santos.
¿Por qué eso es importante? Bueno, porque si había santos allá, implica que ya la fe se había extendido hasta allá. De manera que Pedro no es el primero que lleva el Evangelio, porque él fue a visitar a los santos. Y no dice que fue a visitar a un paralítico; él fue a conocer de sus hermanos en la fe, quizás averiguar cómo estaban, cómo se estaban desarrollando, cuáles eran las dificultades que estaban teniendo.
El término que Lucas prefiere a lo largo de su libro para referirse a nosotros es el término discípulos, pero en esta ocasión, en este relato, usó el término santos dos veces, porque ciertamente eso es lo que somos. Si piensas que santos significa apartados, bueno, personas que han sido apartadas por Dios del mundo, verdad, del pecado y del mundo de condenación, y los ha traído a la salvación.
Pedro fue allí, quería saber de estos hermanos, y cuando llega allá, de alguna forma lo pusieron en contacto con un hombre de nombre Eneas. El texto no nos dice si Pedro conocía de Eneas anteriormente y si parte de la razón de su visita era esa o no. Yo diría que probablemente no, porque no dice nada en cuanto a la motivación de Pedro para ir, sino que quería conocer de los santos.
Y nos habla de un hombre que estaba paralítico por ocho años. Si tú piensas en eso y sigues leyendo y no eres médico, probablemente no te percatas de lo que una parálisis de ocho años haría. Pero yo puedo imaginarme a un hombre que ha perdido mucha masa muscular, que luce extremadamente delgado, no solamente por la grasa que no tiene sino por la masa muscular que no tiene, que está extremadamente débil, que probablemente tiene ulceraciones en los glúteos y otras, quizás la espalda y otras áreas que tienden a ocurrir aún hoy en día. Y aun cuando estos pacientes están a veces en centros donde se les cuida, tienden a desarrollar estas úlceras, de manera que yo me imagino un hombre en esas condiciones. Lucas no nos da detalle, a pesar de que era médico, no nos da detalle de sus condiciones.
Pedro llega donde él y Pedro le dice: "Eneas, Jesucristo te sana, levántate y haz tu cama." Hoy eso fue un milagro. ¿Cuántos de ustedes tienen tanto tiempo diciéndole a su hijo "haz tu cama" y no la hace? Mañana será un milagro si la hace.
¿Quién lleva a cabo el milagro? No era esa una de las preguntas, ¿quién lleva a cabo el milagro? Es obvio ahora quién lleva a cabo el milagro. "Eneas, Jesucristo te sana." No hay nada que llame la atención sobre la persona de Pedro, a diferencia de los sanadores de hoy en día. Pedro no tiene ningún interés en que Eneas siga hablando de él, que él llame gente para que vengan a ver a Pedro. No, no. "Jesucristo te sana y haz tu cama." Pedro fue simplemente un instrumento, un instrumento del poder de Dios. Y en su calidad apostólica, Pedro tenía una autoridad y un conocimiento que tú y yo no tenemos.
Nosotros no nos atrevemos, bueno hay gente que se atreve, pero nosotros no nos atrevemos cuando oramos por esa sanación, decirle a Eneas "levántate y anda", porque muchas veces no va a ocurrir. Pero Pedro tenía una autoridad delegada en su calidad de apóstol, una autoridad apostólica y un conocimiento de la circunstancia que le permitía hacer estas cosas. La función entonces de ese milagro es confirmar a Pedro en un momento dado como uno de los enviados, uno de los siervos de Dios, y confirmar el mensaje de Pedro.
De hecho, tú ves eso aún en la vida de Jesucristo. En un momento dado, Jesucristo está confrontando a la población que no cree en él y les dice: "Aunque a mí no me creáis, si no me quieren creer, ok, déjenme crear el argumento con ustedes. Creed las obras. Si no me quieren creer lo que yo enseño, pues miren las obras, creed las obras para que sepáis y entendáis que el Padre está en mí y yo en el Padre." En otras palabras, Cristo apunta a los milagros que él hacía para que ellos pudieran llegar a entender y saber: yo soy un enviado del Padre, el Padre está en mí y yo en él. Si no quieren creer lo que yo digo, está bien, pero las obras están ahí, ellas apuntan a mí, ellas me confirman. Y si me confirman a mí como mensajero, confirman entonces el mensaje, y eso es lo que ustedes tienen que creer.
Tú puedes ver eso aún en la vida de Nicodemo. Nicodemo pensaba en este sentido que Cristo habló, porque Nicodemo va donde el Señor. Nicodemo, miembro del Sanedrín, va de noche por temor a los judíos. Le dice a esto: "Rabí, Raboni, sabemos que Dios está contigo." Nicodemo se introdujo, no como diciendo así no más, "yo sé que Dios está contigo." Cristo no le preguntó por qué, porque él inmediatamente responde: "Porque yo sé que Dios está contigo, porque nadie..." Nicodemo fue bien absoluto: "Nadie puede hacer las obras que tú haces si Dios no está con él."
En otras palabras, Nicodemo está ayudándonos a entender que ciertamente los milagros lo que hacen es confirmar el mensaje y el mensajero. Nadie puede hacer las obras que tú haces si Dios no está con él. Entonces, como Dios está contigo, dime cómo entrar al Reino de los cielos. Y eso Cristo entonces le dice: "Nadie puede ver el Reino de los cielos a menos que nazca de nuevo primero." Y Nicodemo está como: "No entiendo, ¿cómo puede uno entrar de nuevo al vientre de su madre otra vez?" "Nicodemo, tú eres maestro de los judíos, tú eres miembro del Sanedrín, tú eres uno de los fariseos, ¿y tú no sabes esto?" Y Jesús se muestra un tanto enigmático para ayudarlo a pensar.
Entonces sí, el milagro confirmó el mensaje y el mensajero. ¿Cómo yo sé que Pedro fue confirmado de esa manera en este caso? Fue el resultado del milagro. Esa era otra de las preguntas: ¿cuáles fueron los resultados del milagro? Estamos con el primero, ¿cuál fue el resultado del milagro? Versículo 34: el hombre caminó. Pedro dice: "Eneas, levántate y anda, haz tu cama." Él se paró, hoy se fue. Ahí no hubo ninguna duda. Si Nicodemo hubiese estado ahí, hubiese tenido que decir: "Dios está con Pedro, porque nadie puede hacer ese tipo de obras si Dios no está con él."
Y el segundo resultado del milagro, en el versículo 35, dice que todos los habitantes de esta pequeña ciudad de Lida se convirtieron y lo vieron. Eso es increíble. No sabemos cuánta gente tenía, esa no era probablemente un pueblo muy grande, pero supongo que tuviera quinientas personas, que sería una ocasional aldea. Dice que todos los que vivían en Lida y en Sarón lo vieron y se convirtieron al Señor. ¿Y cómo se convirtieron al Señor? Bueno, yo creo que es fácil deducir que Pedro predicó el evangelio, de manera que el mensaje y el mensajero quedaron confirmados. Mira cómo lo dice el texto literalmente: "Todos los que vivían en Lida y en Sarón lo vieron y se convirtieron al Señor." No a Pedro, no a la iglesia de Jerusalén, al Señor.
Ahora, no hay duda, tan pronto tú piensas en este hombre por ocho años en una cama y las condiciones que te describí de su deterioro físico, no hay duda que este milagro produjo una mejoría sustancial, astronómica si tú quieres, en la calidad de vida de Eneas. No hay duda de eso. Pero esa mejoría fue temporal, porque él iba a envejecer y se iba a morir. Imagínate ahora que Eneas hubiese tenido una mejoría de la calidad de vida de esa manera y que no hubiese recibido salvación. Su milagro no le hubiese servido por mucho tiempo, porque al lado de la eternidad esto es como un abrir y cerrar de ojos.
De manera que en esa visita de Pedro a Lida, lo más importante no es el milagro, es la conversión de todos los habitantes de Lida y de Sarón. El milagro simplemente es lo que Dios usa para confirmar el mensaje y el mensajero para que ellos crean. Pero Dios estaba detrás de la conversión de ellos. Pudiéramos decirlo de esta manera: con frecuencia les hablo de que todo evento tiene dos lecturas. Del punto de vista humano, Pedro fue a Lida a sanar a un paralítico. Del punto de vista de arriba, no. Pedro fue a Lida y a Sarón para que Dios salvara a todos los habitantes de esa pequeña comarca, y usó el milagro para que dicha salvación ocurriera.
Si tú analizas lo que pasó ese día en ese lugar, el mayor problema de ese lugar ahí o de ese grupo de personas no lo tenía Eneas. No, no, no, no, no. El mayor problema lo tenían los que no conocían a Cristo y que iban camino a la condenación. Y nosotros tenemos que acostumbrarnos, hermanos, a ver las cosas de esa manera. Si la cura de la enfermedad del paralítico no hubiese ocurrido, claro, estaba sufriendo, hubiese sufrido por unos años más. Pero sin la cura de la enfermedad del alma, aquellos que creyeron ese día hubiesen sufrido por el resto de la eternidad. ¿Cuál de esos dos males es peor? Lamentablemente nosotros no lo vemos así porque nosotros seguimos con nuestros valores invertidos.
El hombre, me atrevería a decir el cristiano, con frecuencia, con mucha frecuencia, vive orando para que Dios sane y resuelva sus problemas físicos. Yo mismo he pedido por asuntos físicos. Y el cristiano con frecuencia pidiendo para que Dios sane asuntos temporales, diferentes en naturaleza: a veces entre esposos, a veces entre padres e hijos, a veces novios, a veces amigos, a veces pastores y ovejas. Pero es mucho menos frecuente que ese cristiano le diga a otro en una reunión de oración: "Oye, necesito oración para que Dios sane el cáncer de mi orgullo o de mi rebelión."
Es más frecuente: "No puedo con esta suegra continuamente, oye, toda la semana me estaba volviendo loco." Pero es raro que alguien diga: "Oye, ora por mí porque yo no puedo con estos celos, estas envidias, estos orgullos, esta lujuria." ¿Todos han oído algo así? Para que venga y me cuente, porque hasta ahí yo no lo he oído. Te das cuenta que nosotros seguimos creyendo que nuestros problemas primarios son físicos y son los temporales. Nuestros problemas mayores son eternos y no son físicos, son del alma.
Quizás esta historia, similar pero distinta, en el ministerio de Jesús, pero que tiene que ver con un paralítico, nos ayuda a entender algo de eso. Tú sabes, tú recuerdas de este paralítico que le trajeron a Jesús y cómo los cuatro amigos se lo trajeron, cuatro amigos que tenían fe. Y como el paralítico no podía hacer nada por él, estos amigos vinieron. Y como no podían entrar y ellos tenían tanta fe, quizás eran un poco egocéntricos, porque lo subieron por la azotea, por el techo, le abrieron un agujero al techo, no importa lo que el dueño piense. Lo bajaron, lo bajaron para que lo sanaran.
¿Tú recuerdas lo que Cristo le dijo en primer lugar? "Ahora tus pecados te son perdonados." Tú me has traído un hombre paralítico para que yo lo sane. Ese no es su problema primario. Su problema primario son sus pecados. Escucha cómo es el relato de Marcos 2: "Hijo, tus pecados te son perdonados." Pero estaban ahí sentados algunos de los escribas, los cuales pensaban en sus corazones: "¿Por qué habla este así? Blasfemias dice. ¿Quién puede perdonar pecados sino solo Dios?" No, exactamente.
Y al instante Jesús, conociendo en su espíritu que pensaban de esa manera dentro de sí mismos, les dijo: "¿Por qué pensáis estas cosas en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico 'tus pecados te son perdonados' o decirle 'levántate, toma tu camilla y anda'?" ¿Para qué son los milagros? ¿Para qué? Para confirmar el mensaje del mensajero. Escucha a Jesús ahora: "Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados", dijo al paralítico: "A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa." Para que sepáis. Para que sepáis que yo soy, para que sepáis que yo soy el mensajero, para que sepáis que mis palabras tienen vida eterna, que yo soy el Mesías que ustedes esperaban. Entonces, para que sepáis eso: levántate, vete a tu casa.
A Jesús le traen el paralítico para que lo sane. Él dice: "No, déjame perdonarlo primero." Fíjense por un momento, piensa por un momento en los problemas que tú tienes por los cuales más frecuentemente pides. Piensa por un momento. Quizás son relacionales, pero quizás son económicos, quizás son en el trabajo, quizás con tus papás, esposas, esposos, hijos, compañeros del trabajo, vecinos, problemas con tus deudas. Yo no quiero minimizar la magnitud, el peso de ninguna de esas cosas, de verdad que no. Pero cuando lo pones al lado del problema del alma, de mi corazón, de mi mente, que muchas veces ha generado esos problemas, eso ni se compara. Ni se compara.
Obviamente no todos mis problemas son generados por pecado, pero una gran mayoría sí. A veces míos, a veces del otro, a veces la interacción de tu pecado con el mío, a veces de vivir en un mundo de pecado. Pero nosotros necesitamos como ver estos milagros y decir, y poder pensar un poco más, y decir realmente qué hay detrás de esos milagros y otras enseñanzas. Aunque estos milagros mejoran las condiciones de vida de la gente significativamente, ellos siguen siendo temporales y ellos no resuelven el problema del alma.
Quizás eso comienza a responder a la pregunta que yo hice al principio: si estos milagros resuelven tantos problemas físicos y de tal magnitud, ¿por qué Dios no los hace más frecuentemente? Porque Dios dice: "Lo que yo quiero hacer más frecuentemente es resolver los problemas eternos y del alma, que son prioritarios sobre los problemas físicos." Y eso Dios lo hace todos los días. Cientos y miles de personas diariamente son salvas por el poder del Evangelio. Todos los días. Ahora tú puedes preguntar por qué Dios no hace frecuentemente milagros de esta naturaleza. La salvación, voy a hablar un poquito de eso más tarde, es el mayor milagro. Y es un milagro, pero lo vemos tan comúnmente que ya estamos acostumbrados. Parece que no es un milagro, pero lo es, porque lo mismo que se requiere para sanar un paralítico, levantar a un muerto, es lo que se requiere para salvar a una persona: intervención directa de Dios, del principio al fin.
El segundo milagro. Yo les decía que en todo esto que está mencionado aquí hay doce eventos principales, dos milagros. Ya hablamos del primer milagro: el primer milagro es la parálisis de este hombre Eneas que fue sanado. El siguiente milagro ocurre en otra ciudad, la ciudad de Jope. La ciudad de Jope hoy en día es Jafa en Israel, está a unos dieciocho o veinte kilómetros de Tel Aviv. Nosotros estuvimos ahí en diciembre, de hecho pasamos muy cerca. La verdad es que esta ciudad ha existido, y Lucas nos dice en su relato que en esta ciudad de Jope había una mujer que se llamaba Tabita. Y que Tabita era una mujer rica en obras de bien, que cosía, que había hecho muchas obras de caridad aparentemente, y que las hacía continuamente. Pero el versículo 37 de nuestra narración nos dice que Tabita se enfermó, y se enfermó y murió. Y cuando murió, lavaron su cuerpo, era la costumbre, y la pusieron en el aposento alto.
Jerusalén tenía una costumbre y creencia en términos de los cadáveres distinta a lo que ocurría fuera de Jerusalén. En Jerusalén, si tú morías en Jerusalén, había que enterrarte antes de que el sol se pusiera. Por eso enterraron a Cristo el mismo día. Fuera de Jerusalén la costumbre era que esperaban como tres días. De hecho, el pueblo judío creía, no es lo que la Biblia enseña, pero creía que en los primeros tres días el alma como que seguía revoloteando alrededor del cuerpo. Y que nadie podía resucitar a un muerto después del tercer día, porque ya el alma se había alejado. El pueblo judío para la época de Cristo había oído de una resurrección que había ocurrido en la época de Eliseo en el mismo día. Ellos sabían eso, pero no después del tercer día.
De manera que en la tradición judía, el resucitar a una persona después del tercer día no lo podía hacer ningún rabino, ningún profeta como un Eliseo en el día, sino únicamente el Mesías. Era uno de los milagros mesiánicos. Tú sabes lo que pasó con Lázaro. A Jesús Cristo le dicen que Lázaro se enfermó y que ya tenía dos días muerto. Entonces, ¿qué hizo Jesús? Esperó dos días más para llegar a donde Lázaro estaba. ¿Sabes cuándo lo resucitó? Al cuarto día. ¿Sabes por qué? Cuando ustedes piensan que el Mesías es el único que lo puede hacer, yo lo estoy haciendo en el cuarto día.
Entonces, ahora está esta mujer Tabita en el aposento alto. Está ahí todavía dentro de los tres días que ellos tenían como creencia. ¿Sabes que esa creencia se ha extendido? En Haití se cree en el vudú que ese espíritu revolotea como por nueve días. Tú crees que tiene algo que ver con las misas de nueve días, te lo dejo ahí de tarea.
Bueno, ahí está Tabita, y entonces estos discípulos, llamados santos también aquí, se enteran que Pedro está por ahí, de manera que piensan que Pedro puede hacer algo. Ella ya está muerta, pero parece que Pedro ya viene confirmado. Vayan a buscarlo. Y van a buscarlo, no estaba tan lejos, y Pedro consiente ir. Y cuando llegaron, había viudas alrededor. Parece que Tabita no tenía familiares. Y las viudas, verdad, tenían tiempo libre y podían atender a otros. Quizás estaban encargándose de ella. Y Pedro manda a salir a toda la gente que está ahí. Fíjate otra vez en Pedro, que no está tratando de llamar la atención. Él no quiere como una fanfarria ahora para que cuando yo levante a esta mujer todos vean que yo lo hice. No, salgan todos.
Él se arrodilla, él ora, y le dice: "Tabita, levántate." Una vez más, nosotros no oramos así hoy, porque nosotros no tenemos autoridad apostólica ni conocimiento apostólico para saber que Dios va a hacer eso. ¿No te suena familiar eso? "Tabita, levántate." En los evangelios, Cristo levantó a una niña de doce años, ¿te acuerdas? La hija de Jairo, ¿te acuerdas lo que le dijo? No le dijo Tabita, pero le dijo "talita cumi", que significa "niña, levántate." Pedro dice "Tabita, levántate", Cristo dice "niña, levántate." La mujer abrió los ojos, Pedro le dio la mano, ella se levantó. Pedro entonces llama a los santos y a las viudas y la presentó viva.
Y esto se supo en todo Jope, escucha ahora, y muchos creyeron en el Señor. No puedes perder la unión de la conjunción: se supo en todo Jope, y muchos creyeron en el Señor. Otra vez, estas viudas estaban llorando, dice el texto, estaban tristes, estaban con Tabita, un gran dolor. Pedro la resucita, pero el mayor problema no lo tiene, no lo tiene Tabita en ese momento. Y si Tabita no era creyente, el texto no nos dice, pero si Tabita no era creyente, su mayor problema lo tenía ella cuando se murió. Y le están tratando de resolver su problema cuando regresa a este mundo para salvarla, para que pueda regresar entonces a donde ella pudiera pasar el resto de la eternidad con el Señor. Pero la razón por la que Pedro está en Jope es porque la iglesia y la fe se sigue extendiendo, y ahora hay muchos que creyeron en el Señor. Otra vez por el milagro, y obviamente Pedro debió haber predicado el Evangelio, y el milagro sirvió como confirmación.
Pedro fue a resolver un problema, desde el punto de vista humano, a estas dos localidades. Pero el versículo 35 y el 42 nos revelan el verdadero propósito detrás de las visitas, y es que todo Lida y Sarón creyó, y en este caso muchos de los de Jope también creyeron. Dorcas eventualmente moriría, de manera que Dorcas va a tener que pasar por esa experiencia dos veces. Eso no resolvió su problema. Resucitarla no le resolvió el problema de la muerte, y la vida tiene que morir otra vez. Pero la salvación de esta gente trajo solución permanente a mucha gente.
Yo estoy seguro que mucha gente se alegró de ver a Tabita otra vez resucitada, pero si hubiesen entendido verdaderamente, tenían que haberse alegrado mucho más de ver gente que estaba muerta en delitos y pecado y que ahora tienen vida. Y no vida temporal, sino vida eterna, que jamás morirían. Eso sería un milagro todavía mucho más grande. Y por eso hicimos la pregunta: si los milagros resuelven tanto problema de tanta gravedad, ¿por qué no ocurren más frecuentemente? Porque el problema más grave es la mortandad espiritual del hombre, y ese tipo de milagro donde Dios lo trae a la vida ocurre por miles de veces al día. Dios no está tan preocupado por las dolencias físicas de la humanidad, pero nosotros lo estamos. Dios está preocupado por las dolencias del alma de la humanidad.
Cuando Cristo baja a Jerusalén y va llorando en un asno, ¿tú crees que Él lloraba porque esa gente físicamente se iba a morir? No, no. Porque esta gente está tan muerta que me están crucificando. Están tan mal espiritualmente que mira lo que son capaces de hacer.
Ahora, cuando esa gente que estaba alrededor creyó, ahí hubo múltiples milagros. Un milagro es algo que solamente Dios puede hacer, que el humano no puede hacer. Ningún humano en ese poder pudo levantar a Eneas de la cama, ningún humano en ese poder pudo resucitar a Tabita, ni ningún humano puede darse salvación a sí mismo o a otra persona. De manera que la salvación de alguien es un milagro en el sentido más estricto de la palabra.
Ahora, vamos a pensar, a meditar juntos hacia el final de este mensaje, acerca de los propósitos de los milagros o hacia qué apuntan los milagros.
Jesús usó un número de personas, o sea, de hecho un número de paralíticos. Hay pasajes que dicen que le traían los paralíticos y todos sanaban. Pero hay un par de paralíticos que nosotros sabemos, conocemos mejor, un par de milagros. Es uno del que mencionamos hace un rato, que cuando hicieron un agujero por el techo, y el otro tiene que ver con el paralítico que estaba en la piscina de Betesda. Todos esos paralíticos, y esos dos que acabo de mencionar, tenían una cosa o dos en común. Ninguno podía valerse por sí mismo. Ninguno tenía esperanza de que otro ser humano lo pudiera ayudar.
De hecho, el paralítico de la piscina de Betesda dice exactamente eso. Cuando Jesús le pregunta: "¿Y tú qué?" Dice: "No, es que no tengo a nadie que me meta en el agua". Y la tradición era que bajaba un ángel que movía las aguas, y el primero que bajaba a las aguas era el que sanaba. "No tengo a nadie". Bueno, ellos tenían eso en común, todos ellos. Ningún ser humano los podía ayudar.
Es exactamente la experiencia del que no conoce a Cristo. Él está paralizado. Ningún humano lo puede ayudar. Su única esperanza es la única esperanza de Eneas: que Dios haga algo. Él está espiritualmente paralítico. Él puede escuchar el evangelio, pero él ni siquiera puede pararse para responder al evangelio porque él no entiende el evangelio que está escuchando.
Y lo que lo paraliza es cosa que nosotros hemos hablado en otras ocasiones. Su mente está en oscuridad. Como está en oscuridad, su mente no se somete a la ley de Dios, y ni siquiera puede. Eso es Romanos 8:7. Y no solamente su mente está en oscuridad, su corazón es de piedra. Su corazón no late por las cosas de Dios. No tiene pasión. Las cosas de Dios no lo animan, no lo motivan. Y él no se puede mover porque su voluntad está esclavizada. Él no puede ni siquiera hacer esto porque él tiene un pecado que lo ata y no le permite moverse en la dirección de la salvación.
Además, él no puede moverse porque él no quiere moverse, y porque él no tiene una perspectiva eterna. Él no está preocupado con lo que le va a pasar del otro lado de la eternidad. Su perspectiva es del aquí y la hora. Entonces todo lo que ocurre en el aquí y la hora es lo que me preocupa. Si estoy paralítico físicamente, esa es mi preocupación. Si estoy paralítico espiritualmente, eso no me preocupa. ¿Y por qué no te preocupa? Porque eso tiene que ver con la otra vida, y ya no me interesa la otra vida. De hecho, yo ni pienso en esa otra vida. Él está paralizado porque está tan asido en la caída, y él está paralizado porque el mundo lo seduce.
Los milagros físicos de Jesús con frecuencia ilustraban, e ilustran, la condición espiritual del hombre. Quizás el que más fácil nosotros pudiéramos ver, por cierto, con las connotaciones que esta enfermedad tenía en el pasado, es la lepra. La lepra hacía que la persona que la sufría fuera declarada inmunda y no podía participar en ningún servicio religioso ni podía ir al templo, y todo el que tocaba a la persona era inmundo. Ahí yo puedo ver cómo eso como que ilustra el pecado. El pecado me hace inmundo. El pecado, cuando comienzo a relacionarme con otro, contamina a ese otro. El pecado, aunque yo participe en rituales religiosos, venga a la iglesia, escuche un sermón, levante el brazo, pero mi vida de pecado impide que nada de eso tenga efecto. Entonces ahora puedo ver cómo la lepra realmente como que ilustra la condición de pecado del hombre. Y la parálisis también.
Dorcas es resucitada. Eso es una resurrección física, y ese milagro entonces ilustra perfectamente bien la mortandad espiritual del hombre. Cuando Efesios 2:1 dice que está muerto en delitos y pecados, él tampoco tiene quién lo ayude. Él, como está muerto, oye el evangelio y ni lo oye, no lo entiende. Él no puede responder a las cosas de Dios y también está paralizado.
Ni la parálisis de Eneas ni la muerte de Dorcas fueron producidas por un pecado en particular, no, no fueron. Pero en el último sentido son el fruto del pecado de la humanidad. En otras palabras, las enfermedades que tú tienes hoy en día, así sea una jaqueca, una migraña, es el fruto, en el último sentido de la palabra, del pecado incurrido en Génesis 3. De Génesis 3 no ocurrir, tú no tendrías dolamas, no tendrías malestar, no tendrías enfermedad.
Por eso es que Stott llama a estos milagros "milagros de reversa". En otras palabras, los milagros como que tienden a revertir el daño que la caída produjo, porque devuelven al hombre a la condición de sanidad física en cuanto a esa parte de su cuerpo se refiere. De manera que cada milagro que Jesús hizo, o que los apóstoles hicieron, apuntaban a esa realidad presente. Es como revertir los efectos de la caída, pero apuntaban a una realidad ulterior. Es como un viso de algo que tú debieras estar esperando.
Acuérdate lo que cantamos: que Tú enmendarás, todo lo roto enmendarás. Los milagros nos recuerdan de que lo que está roto será enmendado, que lo que está caótico será organizado, que lo que no tiene orden cobrará orden otra vez. Los milagros de Jesús nos recuerdan que esto, que es fruto del pecado del hombre en este tiempo, de este lado de la gloria, llegará un momento en que será puesto junto, "put together" otra vez, y entonces podrás tener el verdadero reposo.
Moisés saca al pueblo de Egipto y lo lleva al desierto y de ahí a la tierra prometida, pero sabes que eso era solamente un símbolo para apuntar a una verdadera tierra prometida con un verdadero reposo eterno. Las realidades presentes en el plan de redención de Dios apuntaban, y apuntan, a realidades ulteriores, igual que los milagros.
Escucha cómo el autor de Hebreos, capítulo 4, a partir del versículo 8, lo dice: "Porque si Josué les hubiera dado reposo..." Josué fue el que los entró a la tierra prometida, esa era la tierra de reposo, pero Hebreos dice: "No le dio reposo. Porque si Josué les hubiera dado reposo, Dios no habría hablado de otro día después de ese. Queda, por tanto, un reposo sagrado para el pueblo de Dios. El que ha entrado a su reposo, él mismo ha reposado de sus obras, como Dios reposó de las suyas. Por tanto, esforcémonos por entrar en ese reposo, no sea —escucha— que alguno caiga siguiendo el mismo ejemplo de desobediencia".
En ese reposo, en el que Josué no pudo entrar al pueblo, allí sí habrá descanso. Allí no habrá muerte. Allí no habrá enfermedad. Allí no habrá lágrima. Allí no habrá dolor. Estos milagros simplemente servían para confirmar en el presente el mensaje y el mensajero, y para apuntar hacia ese tiempo futuro, esa tierra prometida donde nosotros jamás estaremos padeciendo de ninguna enfermedad, dolama, muerte. Una tierra verdaderamente como tu alma anhela.
De este lado de la gloria, espera dolor, insatisfacciones, decepciones, llanto, lágrima, de maneras que Jesús nunca te prometió —lo hemos dicho otra vez— una vida sin dolor. Creo que la cruz es el mejor ejemplo de que no sería así. Pero de la misma manera que la cruz estuvo llena de significado, de propósito y de sentido, de esa misma manera Dios ha prometido que tu dolor, en sus manos, está lleno de propósito, de sentido y de significado. Esta es su promesa. Y que, como está lleno de eso, si no lo puedes ver, que creas que es verdaderamente así.
Sacar al pueblo de Egipto para llevarlo a la tierra prometida que Dios había jurado, que no habría, simplemente era un simbolismo para decirte: "Yo te estoy llevando al verdadero reposo". Mientras tanto, de este lado, el pecado paraliza y esclaviza; Jesús te libera y te suelta. El pecado de este lado enseguece al hombre, y Jesús abre los ojos. Cada ciego que Jesús sanó apuntaba a la sanación de la ceguera espiritual que solamente Jesús podía dar. El pecado mata al hombre; Jesús da la vida. El pecado oscurece tu mente; Jesús la ilumina. El pecado te condena y condena al otro; Jesús te perdona y te declara no culpable.
De este lado de la eternidad seguirá habiendo deterioro físico, deterioro físico en nuestros cuerpos. Yo bromeo continuamente, y cuando yo comencé a pastorear yo no tenía canas. Ahora, las ovejas me han llenado de canas. No, los años. Pero nada de eso es pecado. El envejecimiento no es pecado. Tu enfermedad, y tú lo sabes, no es pecado. Pero es el fruto del pecado del hombre que desobedeció a Dios.
Por eso no puedes tener tu esperanza puesta en esta tierra. Tu esperanza no puede estar en este gobierno. Parece que usted no está en este gobierno. No, ni en este gobierno, ni en el venidero, ni en el anterior, ni en el gobierno de ninguna otra nación. Tu esperanza está en el Gobernador del universo. Esta es tu esperanza. Hoy, mañana, ayer y por siempre. Ninguna otra.
El salmista lo entendió. Escucha el salmista escribiendo en diferentes salmos: "¿De dónde vendrá mi socorro? Mi socorro viene del Señor, que hizo los cielos y la tierra", del Gobernador de la creación. Salmo 121. "Tú eres mi socorro y mi libertador", Salmo 40:17. "Porque Tú has sido mi socorro, y a la sombra de tus alas canto gozoso", Salmo 63:7. ¿Escuchaste esta última parte? "Tú has sido mi socorro", lo que implica que estaba en dificultad. Entonces, fuiste mi socorro, y a la sombra de tus alas canto gozoso. Y si le preguntaras: "No han cambiado las circunstancias, ¿qué cambió?" "¿Qué está ocurriendo? ¿Dónde estoy? Debajo de tus alas". Ahí yo puedo cantar gozoso mientras yo espero por el reposo eterno.
"Si el Señor no hubiera sido mi socorro", dice el salmista en el Salmo 94:17, "pronto habría habitado mi alma en el lugar del silencio". ¿Hubiera muerto? Mi distrés emocional fue tanto que, si el Señor no hubiese sido mi socorro, ya hubiese estado en el lugar del silencio. ¿Dónde es eso? En la tumba.
Cada milagro apuntaba a esta realidad: en otro tiempo, en otra ciudad. No la ciudad del hombre, la ciudad de Dios, la nueva Jerusalén que nosotros veremos, a la cual entraremos, en la cual reposaremos.
Y escucha cómo concluye. Con esto cierro mi mensaje. Apocalipsis 21 del 1 al 7: "Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra pasaron." Este es donde estamos, este es un planeta desechable, hermano. Yo quiero que lo entienda: las temperaturas están subiendo, los polos se están descongelando. Sí, esto es desechable, todo esto es desechable. "Y el mar ya no existía más. Y vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, de Dios, preparada como una novia ataviada para su esposo."
"Y entonces oí una gran voz que decía desde el trono: He aquí, el tabernáculo de Dios está entre los hombres, y Él habitará entre ellos, y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará entre ellos. Él enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni habrá más duelo, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas pasaron." Esas son estas.
"Y el que está sentado en el trono dijo: ¡He aquí, yo hago nuevas todas las cosas! Y añadió: ¡Escribe!" Porque estas palabras... ¡Escribe! Que no lo olviden, que se quede para la eternidad. "Estas palabras son fieles y verdaderas."
"Y me dijo: ¡Hecho está!" No es que lo voy a hacer. ¡Hecho está! Solamente espera verlo, pero hecho está. "Yo soy el satisfará Alfa y la Omega, el principio y el fin."
Escucha, esto es para ti, todo es para ti: "Al que tiene sed, yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida. El vencedor heredará estas cosas, y yo seré su Dios y él será mi hijo." Personalmente te voy a conocer. La ciudad de Dios, por eso te espero, donde tu alma anhela llegar.