Integridad y Sabiduria
Sermones

Señor, ¡enséñame a creer!

Miguel Núñez 15 abril, 2012

La fe puede coexistir con la incredulidad. Marta lo demuestra cuando sale al encuentro de Jesús tras la muerte de su hermano Lázaro. Ella cree que Jesús es el Mesías, confía en el poder de su oración, sabe que si hubiera estado presente su hermano no habría muerto. Pero su fe tiene límites: la distancia y el tiempo. "Señor, ya hiede, hace cuatro días que murió", le dice cuando Jesús pide que remuevan la piedra del sepulcro. En contraste, el centurión romano del que habla Mateo no tenía conocimiento del Antiguo Testamento, pero entendió algo que Marta aún no captaba: para Jesús, la distancia no es obstáculo. "Solamente di la palabra y mi criado sanará", le dijo. Y Jesús se maravilló de encontrar una fe así.

Cuando Jesús declara "Yo soy la resurrección y la vida", está redefiniendo el vocabulario de la existencia humana. La vida no es simplemente respirar; es estar en relación con Él. La muerte no es el cese de funciones corporales; es la separación eterna de Dios. Por eso quien cree en Cristo, aunque muera físicamente, vivirá. Y quien no está en Él, aunque su corazón lata, permanece muerto espiritualmente: no ve la realidad como es, ama las cosas que lo esclavizan, y huye de las verdades eternas.

Cristo permitió que Marta y María sufrieran dos días más de dolor antes de llegar. "Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios", había dicho. El sufrimiento tiene propósito en el reino de los cielos. Y cuando Lázaro salió del sepulcro, quedó demostrado que donde la Vida se hace presente, la muerte tiene que huir. Como ilustra el pastor Núñez: cuando Cristo fue a la cruz, la muerte lo picó, pero Él le arrancó el aguijón. Ahora la pregunta resuena: ¿Crees esto?

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Pero también quiero que abran la Palabra de Dios en el libro de Juan, capítulo 11, para leer un texto sumamente conocido para la mayoría, que es lo que voy a estar exponiendo en el día de hoy. Es un capítulo muy largo para exponer toda esta historia, pero creo que Dios nos ha traído este mensaje de manera apropiada. Versículo 20 hasta el 27: "Entonces Marta, cuando oyó que Jesús venía, fue a su encuentro, pero María se quedó en casa."

Lázaro ha muerto, cuatro días han pasado. Jesús esperó un par de días más; lo supo al segundo día, esperó un par de días más, decidió venir. Marta escucha que el Señor estaba llegando a Betania y sale a su encuentro. Y Marta dijo a Jesús: "Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Aún ahora yo sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá." Jesús le dijo: "Tu hermano resucitará." Marta le contestó: "Yo sé que resucitará en la resurrección, en el día final." Jesús le dijo: "Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá, y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?" Ella le dijo: "Sí, Señor, yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que viene al mundo."

Entonces, encuentro muy conocido, como decíamos. Marta, María, Lázaro, eran parte de una familia en Betania, aparentemente muy querida del Señor. Su hermano ha muerto, Jesús recibió las noticias, cuando recibió las noticias esperó un par de días más y viene. Entonces ahora Marta lo encuentra antes de llegar a la aldea. El encuentro ocurrió al cuarto día, hay tristeza, hay sentido de pérdida en el ambiente. Marta ve al Señor, y tan pronto lo ve, le dice: "Señor, yo sé que si tú hubieras estado aquí, mi hermano no hubiera muerto."

Marta tenía confianza de que la presencia de Jesús hubiera hecho una diferencia en su mente, en su razonamiento, en la suerte de su hermano. Yo no creo que Marta estaba reprochándole a Jesús el no haber estado. Yo no creo que ese es el ánimo de todo el texto. Yo creo que el ánimo es más bien que Marta tenía una fe suficiente, no completa, pero suficiente para saber que la presencia de Jesús hubiera marcado alguna diferencia. Pero en sus palabras nosotros podemos ver que la fe de Marta estaba limitada. Por lo menos estaba limitada por la distancia. "Si tú hubieses estado aquí, yo sé que tú tienes buenas intenciones, yo sé que aquello que tú deseas hacer, tú lo haces, y si tú hubieras estado aquí, yo sé, tengo la firmeza de que la suerte de mi hermano hubiera sido otra."

Pero la verdad, la fe de Marta no es como la fe de aquel centurión del cual nos habla Mateo en el capítulo 8. Porque para Marta la distancia creaba una imposibilidad para el Maestro. Y eso es una de las cosas que Jesús está tratando de hacer: poder estirar la fe de Marta a través de ayudarla a conocer cosas que ella hasta ahora no había conocido.

Cuando Marta lo recibe, le dice "Señor". Ese no es el equivalente al Adonai en hebreo, ese es el simple kyrios del griego que implica don, señor, el "sir" en inglés. Es un título de respeto, de manera que no queremos que por el "Señor" usted vaya a entender que Marta conocía a Jesús ya como Dios. Nota la diferencia, el contraste entre la fe de Marta, limitada por la distancia, y la fe de este centurión del cual nos habla Mateo. Un centurión que no tiene conocimiento del Antiguo Testamento, que no conoce acerca de los profetas, pero de alguna manera Dios había abierto su entendimiento para él poder ver algo en Jesús. De tal manera que cuando su siervo cae enfermo, él viene corriendo donde Jesús y le dice: "Mi siervo está enfermo, está a punto de morir." Jesús es movido por el centurión, le dice: "Yo iré y lo sanaré." Y él responde: "Yo no soy digno de que entres bajo mi techo, solamente di la palabra y mi criado quedará sano." Y su criado sanó.

Este hombre que no era judío no tenía la limitante de la distancia en su fe que Marta sí tenía. El texto de Mateo nos dice que Jesús se maravilló y dijo: "No he encontrado en todo Israel una fe como la de este hombre." Y él regresó a su casa y sus siervos vienen al encuentro, y él preguntó a qué hora había sanado, y correspondió exactamente con la hora en que Jesús le había pronunciado tales palabras.

Marta conocía al Señor como el Mesías, dice el texto que leímos. "Yo sé que tú eres el Mesías, el esperado, el Hijo de Dios." Ella conoce a Jesús en esas dimensiones, pero ella no conoce a Jesús como Dios. De hecho, si lo hubiese conocido como Dios, sus palabras hubiesen sido diferentes. Ella hubiese entendido que la distancia no es un problema para Dios, pero su fe necesitaba crecer. Y su fe necesitaba crecer a través del conocer a Jesús más allá de hasta donde ella lo había podido llegar a conocer.

Y eso es lo que nos recuerda a nosotros, que muchas veces hay una relación directa entre nuestro grado de fe y el grado de conocimiento acerca de Dios que el mismo Dios nos ha invitado a tener y a conocer de Él. Tuvo que Marta crecer en su fe para poder decir: "Yo sé que si hubieras estado aquí mi hermano no hubiera muerto." Eso es fe. No mucha gente pudo haber dicho eso, puede aun hoy decir eso, pero Marta tenía esa confianza. Pero tenía una fe limitada por la distancia, y más que por la distancia, también tenía una fe limitada por el tiempo.

Si tú sigues leyendo el texto, cuando Jesús va al sepulcro y pide que la piedra sea removida, Marta inmediatamente se voltea hacia Jesús y le dice: "Maestro, ya hiede. Hace cuatro días que mi hermano murió. Quizás esto no tiene ya sentido, Maestro. No es como que acaba de morir. Yo sé que tú has resucitado a otras personas antes, pero este tiene cuatro días, Maestro, ya hiede. Este es un caso distinto."

De hecho, D.A. Carson documenta cómo en la cultura hebrea era bastante conocido, aun durante este tiempo de Jesús, algo de lo cual hemos hablado en otras ocasiones: que el alma, creían ellos, la tradición creía eso, no que la Palabra enseñara eso, que el alma como que revoloteaba alrededor del cuerpo durante unos tres días, tratando de entrar, hacia la tradición. Pero que ya al cuarto día el alma, viendo el estado de descomposición del cuerpo, resolvía entonces partir permanentemente. Por lo menos en la tradición que Marta conoce, eso era común. No sabemos si cuando ya dice "Señor, es el cuarto día y ya hiede", no sabemos si esto estaba en su mente, pero es posible.

Lo cual nos dice que nuevamente Marta conoce de Jesús, conoce mucho acerca de Él, pero hay una dimensión de Jesús que ella no ha conocido todavía. Había incredulidad en su fe, como muchas veces hay incredulidad en nuestra fe. No podemos olvidar que Marta está en medio de la tristeza, quizá desilusionada. Me imagino que durante los días que su hermano estaba enfermo, cuando ellos enviaron a buscar al Maestro o a darle la noticia al Maestro, yo era noticia de que Lázaro estaba enfermo, quizás había una ilusión de que el Maestro viniera y lo sanara. Y quizás ahora con la muerte hay una desilusión en su corazón. Quizás hay una decepción. Hay tristeza sin lugar a dudas. Y no hay nada como esas experiencias de tristeza, desilusión, decepción, para ayudarnos a ver las cosas más oscuras, más grandes, más pesadas, como insolucionables. Eso es algo parte de la naturaleza humana.

Nosotros sabemos, por ejemplo, cómo Elías en un momento dado es capaz de degollar 450 profetas de Baal, y al otro día él está huyendo de una sola mujer. Elías, pero ayer tú degollaste 450 hombres dedicados al mal. ¿Qué tú haces huyendo de una sola mujer? El Señor le cae atrás a Elías, por así decirlo, se encuentra con él. "Elías, ¿qué te pasa? ¿Qué haces?" "Señor, es que yo he sido celoso por ti. Yo he estado defendiendo tu verdad. Los hijos de Israel han sido infieles. Solamente quedo yo, el único fiel. Señor, es que a nadie le ha importado tú, Jehová, le han dado muerte a los profetas, y solamente quedo yo."

Elías está en uno de sus momentos donde todo parece tan negro, tan con poca esperanza. Y el Señor dice: "Elías, si tú supieras, yo tengo 7,000 más como tú. Tú eres el 7,001, Elías. No me hagas esta triste despedida, pero ya ves esto tan negro, tan oscuro, tan imposible." Compartí esta mañana cómo varias veces yo he compartido con mi esposa que la carga es lo mucho, y en ocasiones ella me ha dicho: "Pero tú has tenido otras ocasiones mucho más que esta. ¿Qué pasa? Habla con Dios."

Marta está aquí. "Maestro, ya hiede." Yo no sé cuál es tu condición, pero es posible que si tú tienes una condición que, si me permites la analogía, tú pudieras decir que está tan deteriorada en tu casa, con tu cónyuge, con tu matrimonio, que tú pudieras decir: "Ya esto hiede también. Y ya yo perdí la esperanza y yo no pienso que Dios... ya yo he orado suficiente, yo no creo que esto va a cambiar." Y es en ese momento cuando nosotros nos parecemos a Marta, porque si nosotros pensamos de verdad que esto es imposible, no estamos pensando en ese momento en el Dios de lo imposible.

Sigamos con Marta y vamos a regresar a eso. Marta dice: "Ahora, aún ahora yo sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá." ¿Hay elementos de fe en lo que Marta dice? Yo sé que tu oración no es como la mía. Yo tengo la confianza, Jesús, en el poder de tu oración. Todo lo que tú le pides a Dios, Dios te lo concede. Hay un elemento de fe, pero a pesar de creer eso, Marta todavía tiene incredulidad.

Y Cristo está a punto de hacer algo que pueda ayudarle a Marta a entender finalmente quién es Él, y a los que estaban alrededor, y pudiera ayudar a sanar para siempre la incredulidad de Marta. "Todo lo que pidas al Padre te lo concederá." Lo que Marta no creía es que Jesús llevaría a cabo algo con su hermano. Ella no creía eso. Ella podía creer en otras cosas acerca del personaje Jesús, porque lo había visto.

Y Jesús comienza a llevar a Marta exactamente donde Él la quiere llevar. "Tu hermano resucitará." Marta le contestó: "Yo sé que resucitará en la resurrección."

En el día final, Marta cree en la resurrección, pero ya cree en la resurrección de manera general: en el día final, cuando Tú vayas a cerrar la historia. Lo que ya no cree es ahora mismo, es la resurrección de este momento, de este hermano. Ella cree más que la mayoría de los judíos; de hecho, ni los saduceos creían en la resurrección, y muchos no saduceos tampoco creían en la resurrección. Pero Marta tiene más conocimiento del Antiguo Testamento y más fe en alguna de las cosas que el Antiguo Testamento menciona. Y ella dice: "Yo sé que va a resucitar." Hay un elemento de fe también, pero con toda esa fe que ella muestra, hay incredulidad. Su fe es más general, y yo creo que eso ocurre muchas veces con nosotros.

Nosotros creemos de manera general que Dios es todopoderoso. Nosotros creemos de manera general que Dios es capaz de hacerlo todo. Pero cuando llega el momento particular que tiene que ver con mi situación, con aquello que yo quisiera cambiar, con mi matrimonio, con mis hijos, conmigo mismo, y luego de años de no ocurrir, nosotros perdemos la esperanza. Y realmente la pérdida de la esperanza y el hecho de que Dios es el Dios todopoderoso, esas dos cosas son contradictorias; una cancela a la otra. Cuando nosotros decimos: "Pastor, ya yo no tengo esperanza," yo no creo que en ese momento estamos pensando que Dios es Dios.

Es una fe muchas veces tan general que oímos a alguien estar en problema con su matrimonio y le decimos: "No te preocupes, que Dios puede intervenir y cambiar esa situación." Pero cuando nos sentamos luego nosotros mismos en el cuarto de consejería, no creemos que Dios va a cambiar mi situación. Mi fe no es tan particular como lo es general. Y eso es una de las cosas que Jesús está tratando de comunicarle a Marta. Escucha, Marta, esa fe general que tú tienes en la resurrección al día final, tú tienes que depositar esa fe de manera particular en tu caso y en tu pérdida y en tu condición. No importa si hiede, tienes que saber quién está aquí, Marta.

Pero nuestra naturaleza pecadora es incrédula, es rebelde. Nuestro límite del conocimiento de Dios, por más que le conozcamos, todavía no le conocemos como quiere ser conocido, y eso limita nuestra fe. Marta sabe que hay una resurrección: los justos para vida eterna, los injustos, los impíos para condenación. Pero la fe de Marta tenía elementos de incredulidad que Cristo conocía, y Cristo está llevándola hasta llegar allí.

Escucha, Cristo era un maestro, obviamente, en hacer esto. Versículo 26: "Y todo el que vive y cree en mí no morirá jamás. ¿Crees esto?" En vez de Cristo comenzar a declararle una serie de cosas, Cristo lo que hace es comenzar a traer una pregunta. Marta, tú me dijiste ya que tú crees que yo soy el Hijo de Dios. Me dijiste que tú crees que yo soy el Mesías, que yo soy el esperado por Israel. Me dijiste incluso que tú sabes que si yo oro al Padre, el Padre siempre me responde. Ya yo sé hasta dónde tú crees, pero yo tengo otra pregunta, Marta, para llevarte a un área donde quizás tú no has estado. Marta, escúchame: todo el que vive y cree en mí no morirá jamás. ¿Crees esto?

Hay áreas de inseguridades, hay áreas de incredulidad, hay áreas de desconocimiento, hay áreas de ignorancia, y Cristo está llevando a Marta hasta que ella pueda encontrar que verdaderamente Él es Dios. Cristo, cuando recibió la noticia, esperó un tiempo, y eso también tenía que ver con esto que le estaba orquestando. Nota cómo Cristo le dice a Marta en la conversación: "Yo soy la resurrección y la vida." Cristo no le dice: "Yo doy resurrección, yo doy vida," aunque eso era cierto. No, no, no: "Yo soy la resurrección."

Y una de las cosas que siempre me sorprende es la manera en que Cristo con frecuencia habló, en vez de lo que Él era capaz de hacer, de lo que Él era. Los demás maestros, ninguno habló como Él. Pero Cristo hablaba de "Yo soy." El que cree en mí, si yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí, aunque muera, vivirá, y todo el que vive y cree en mí no morirá jamás.

Si Cristo es la resurrección y la vida, entonces eso tiene varias implicaciones. Y la primera es que si Cristo es la vida, entonces si yo no estoy en Él, yo no tengo vida. Yo soy muerto. Esa es una implicación que nosotros pudiéramos extraer de aquí. Cristo, en ese día, está redefiniendo lo que es la vida y lo que es la muerte. Para nosotros la vida es, o hay vida, hasta que estamos respirando, hasta que el corazón está latiendo, tenemos vida. Para Jesús, vida es estar en Él, en relación con Él.

La manera como nosotros definimos la vida no es como Jesús la define. Es posible estar aquí respirando, escuchando el sermón, entendiendo gramaticalmente lo que se está diciendo, entendiendo la sintaxis del orden de las palabras y la relación que guardan unas con otras. Es posible todo eso, haber cantado hace un rato, y en los ojos de Jesús estar muerto. Porque en el reino de los cielos la vida no es como nosotros la definimos, y la muerte tampoco; hay una nueva definición.

Para nosotros la muerte es el final de nuestra existencia aquí en la tierra. Para Jesús esa no es la muerte; la muerte es la separación del Padre, la separación eterna de Dios. Es lo que Adán experimentó el día que pecó y se alejó de Dios: él experimentó la muerte. Pero ahora Él viene y se identifica como la resurrección y la vida, y todo el que no está en Él entonces está muerto.

La pregunta es: ¿por qué es que Dios considera a la persona que no está en Él como muerto? Bueno, es que su condición se parece más a la de un muerto que a la de un verdaderamente vivo. En primer lugar, esa persona que no ha nacido de nuevo, él no ve la realidad por lo que es. Él ve la vida, él tiene un análisis de la vida, pero está distorsionado. Él piensa, por ejemplo, que la insatisfacción que él siente tiene que ver con las cosas materiales, que los sueños que él tiene a veces de cosas materiales, a veces del logro, y él se lanza y adquiere todo eso que se propuso, y él todavía está insatisfecho.

Mira si él verdaderamente está muerto, que en vez de concluir: "Oh, esto no era la satisfacción," él concluye que él necesita más de eso, más cosas por acumular, más logros por alcanzar, y entonces quizás ahí está la satisfacción, porque él tiene una percepción completamente errada de los hechos. Ese hombre que está vivo humanamente hablando pero muerto espiritualmente, él puede pensar, pero su pensamiento está tan entenebrecido que su pensamiento lo traiciona. Él puede escuchar este mensaje, él puede entender cada oración, cada palabra que yo pronuncio, él puede explicarle a otro de qué se trató, pero él puede irse a su casa, en buen dominicano, completamente en babia espiritualmente de lo que el mensaje significaba, porque él no conoce a Jesús como la resurrección y la vida.

Ese hombre que no está en Dios, él está espiritualmente muerto. Aunque su corazón es capaz de latir, él es capaz de respirar, pero él es autoengañado. Hasta el punto está él autoengañado, que él llega a amar las cosas que lo esclavizan. Las cosas que le crean esclavitud son precisamente las cosas que él ama. Es la razón por la que los judíos, cuando salen de Egipto, ellos quieren regresar a su esclavitud. "Nosotros no amamos esta libertad, Dios, que Tú estás trayendo a nosotros. Lo que realmente amábamos era Egipto, nuestro lugar de esclavitud."

Y ese hombre entonces ama el dinero, el logro, el placer, el sexo, lo que tú quieras. Pero eso que a él lo esclaviza es precisamente su pasión. Aquellas cosas que tienen valor eterno no le llaman la atención. Cuando tú eres nacido de nuevo, lo que a ti te seduce santamente son las cosas de Dios. Pero cuando yo no he nacido de nuevo, lo que nos seduce son las cosas del mundo que nos atraen; ahí donde está mi pasión, eso es lo que yo amo, aunque me esclaviza, pero mi esclavitud me sabe bueno.

Y este día Jesús está redefiniendo la muerte y la vida. Está trayendo una nueva connotación. Jesús nos cambia todo el vocabulario, o las definiciones de lo que las palabras significan. Y en este caso, Él comienza redefiniendo la vida y la muerte. "Yo soy la vida," y si eso es cierto, entonces donde la presencia de Dios está, la muerte no debiera estar.

Eso es exactamente lo que nosotros leemos en el libro de Apocalipsis. Y escúchenme, en el capítulo 21, versículos 3 y 4: "Él enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni habrá más duelo ni dolor, porque las primeras cosas ya pasaron." La muerte no está presente, pues si Jesús está aquí presente, ¿qué hace Lázaro muerto? Un nuevo llegado. Pero la realidad es que cada vez que Jesús se hizo presente en un funeral, el muerto resucitó, porque cuando la vida se hace presente, la muerte tiene que huir. "Marta, yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá. Aunque muera, vivirá."

"Pero mi hermano está muerto, Maestro." Es que no entiendes, Marta. Es que no entiendes las definiciones del reino de los cielos. Es que no entiendes lo que estoy tratando de comunicarte cuando te digo que yo soy la resurrección y la vida.

Ahora, si Cristo es la resurrección y la vida, y yo muero y no estoy en Él, yo no tengo esperanza. Yo no tengo escapatoria. De hecho, mi muerte sería mi peor momento. La gente no quiere morir. De hecho, hace un tiempo atrás, la palabra tabú era el sexo. Tú no podías hablar en la radio o en la televisión de sexo porque eso era tabú. Hoy en día la palabra tabú es muerte. "No me hables de eso, mi chacho. No, no, no. No lo recibo. Eso me trae mala suerte. No me lo menciones. No, yo creo en Dios, pero yo no quiero, no me gusta hablar de la muerte." La muerte ha pasado a ser la palabra tabú. Todo este afán de la cirugía plástica es precisamente pensando que yo, cambiando por fuera, voy a alterar el tiempo cuando la muerte llegue. Este afán por mentir para aparentar una edad que yo no tengo es parte de eso.

Yo leía ahora cuando estábamos en Estados Unidos, que de acuerdo al New York Times, el 80% de las mujeres en Estados Unidos para el tiempo de su muerte habrán tenido una cirugía plástica. Cuatro de cada cinco. Yo no creo que nosotros estamos muy lejos de ahí tampoco. Como si la cirugía plástica fuera a extender mi vida, fuera a estirar mi vida. Puede estirarme los pliegues, pero no la vida.

Pastor, pero cuando uno muere, yo he oído que el alma no se destruye, ¿no? Entonces, ¿cómo es que está muerta? Tiene existencia, porque no tienes vida. Yo tengo que aprender el vocabulario del reino de los cielos. Es el nuevo vocabulario, o me lo he dicho, es el nuevo diccionario que define todo mi vocabulario cuando yo entro a un nuevo mundo, a una nueva vida. Es un vocabulario extraño. Es como el que muere, que está en mí, que cree en mí, aunque muera vivirá. La muerte ahora es vida. Los pobres son ricos. Los últimos serán los primeros. Si quieres ascender, tienes que descender. Es como un diccionario de antónimos, exactamente. Es otro entendimiento de toda la vida.

Por tanto, cuando tú mueres, la existencia continúa, pero no la vida. Por el estado en tu nuevo lugar se parece más a la muerte que a la vida. Todo lo que Dios representa, ahí no está. Dios es luz. Bueno, si Dios es luz y Él no va a estar, no va a estar su presencia manifiesta en el infierno, entonces, ¿qué se supone que sea el estado de ese lugar? Oscuridad. Bueno, así lo definió el Señor: son lugar de tinieblas. Dios es vida. Entonces allí mi existencia se va a parecer más a un estado de muerte. Dios es paz. Bueno, si Dios no está, entonces por el resto de la eternidad yo no podré vivir en paz. Dios es amor. Bueno, si Dios es amor, allí nadie se va a amar. ¿De dónde va a surgir la capacidad de amar a otros si Dios es amor y la presencia de Dios no se hace manifiesta en aquel lugar? Si Dios es bondad, aquel lugar debe ser un lugar de maldad. ¿De dónde va a haber bondad en aquel lugar? ¿Te das cuenta?

¿Por qué hay existencia, pero no vida? ¿Te das cuenta que yo necesito aprender el nuevo vocabulario del reino de los cielos? Yo necesito leer toda la vida a través del nuevo diccionario que es Cristo: el que cree en mí, aunque muera vivirá. La muerte ya no será muerte. Será vida para aquel que cree en mí.

Y Jesucristo está llevando a Marta a descubrir los elementos de incredulidad en su fe. Y Él tiene que llevarnos a nosotros muchas veces a descubrir los elementos de incredulidad en nuestra fe. Porque lo sabe. Marta, todo el que vive y cree en mí no morirá jamás. Escúchame, si en el día de hoy, dice Cristo a Marta, tú crees en mí, estás viva, Marta. Si en el día de hoy tú crees en mí, tú no morirás jamás. La implicación de eso es que la vida eterna no comienza cuando yo entro en gloria, sino que comienza el día en que yo nazco de nuevo. Por tanto, cuando yo muero, no muero. Mi vida eterna continúa de aquel otro lado de la gloria.

Marta no sabía eso. Marta no sabía de esta vida eterna en Cristo que Cristo da y que Él es. Lázaro ha muerto, pero sabes qué, Marta, yo quiero usar la muerte de Lázaro para probar algo que yo acabo de decir: yo soy la resurrección. Y aquel día, aquel cuarto día, después que Lázaro muere, Jesús va delante de la tumba. A pesar de la incredulidad de Marta, ¡Lázaro, sal fuera! Y Lázaro sale caminando, todavía con todos sus lienzos alrededor. Ese día probó sus palabras. Él no tenía necesidad, pero Él estaba revelando cosas acerca de sí mismo para llevar la fe de aquellos que habían creído, como Marta y María, un poco más allá, para estirar su fe.

Y de repente, ahora Lázaro sale fuera y Jesús prueba que sus palabras fueron veraces. Y de repente la muerte se convirtió en resurrección. El llanto se convierte en gozo. La pérdida pasa a ser ganancia. Esto es un vocabulario raro, extraño. El apóstol Pablo decía: cuando yo soy débil, entonces soy fuerte. Esto es una vida de antónimos. Sí lo es. Y ese día Cristo comenzó a cambiar para ellos la definición de la muerte y la vida. Y comenzó a cambiar para ellos también el sentido de propósito en el dolor y el sufrimiento.

Jesús recibe esta noticia al segundo día de que Lázaro está enfermo. ¿Por qué no regresas, Jesús, y le evitas dos días de dolor, dos días de llanto, dos días de pérdida? Si de todas maneras tú lo ibas a sanar, por así decirlo, ¿por qué esperas a que se muera y que estas dos hermanas pasen por un dolor innecesario? ¡Escucha las palabras de Jesús! Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios. La enfermedad es para la gloria de Dios. ¿Qué es esto?

Si estamos enfermos, nuestro afán... Yo creo que nosotros no creemos que nuestras enfermedades son para la gloria de Dios. Tenemos una creencia general de que Dios se glorifica en las enfermedades siempre y cuando no sea la mía. No te preocupes, hermano, tú verás que Dios se va a glorificar. Y muchas veces creemos que glorificar en la enfermedad es para ver la sanación. No creo que nosotros queremos de manera particular que mi enfermedad sea para su gloria.

No me malentiendas. Si Jesús se para aquí y me dice: Miguel, ¿tú quieres ser sanado de tu diabetes? Yo le voy a decir: siempre y cuando tú quieras glorificarte en esto. Porque si me vas a sanar para dejar de glorificarte en mi vida, no me sanes. No, no la quiero. Yo quiero que tú te glorifiques en mi vida. Y si parte de eso es mi diabetes de 42 años, pues déjamela, Dios. Déjamela, Dios. Permite que se quede conmigo. Yo sé que yo sé que yo sé que mi enfermedad y mi muerte serán para su gloria. Cuando ocurra, como ocurra, Él le da propósito a mi vida. Él le da propósito a mi enfermedad. Él le da propósito y significado aún a mi muerte.

Y Cristo está ayudándolos a entender eso. Dos días más de llanto, dos días más de dolor, dos días de pérdida. Yo pude haberlo evitado. Sí, pero esos dos días de llanto, dolor y de pérdida, yo los voy a usar para mi gloria. Él les está descubriendo esto. Todo eso es parte de la redefinición de la vida que Cristo trae a nosotros y que a veces tarda en llegar porque no lo queremos ver.

Y Jesús no solamente redefine el dolor, el sufrimiento. Él redefine mi vida misma. Él fue a los doce apóstoles y redefinió todas sus vidas. Pedro era un hombre de negocio. Lucas 5 nos dice que él tenía un negocio con Juan y Jacobo. Lo que implica que probablemente él tenía ciertas posibilidades. No solo incluso una barca. Juan y Jacobo tenían una barca, quizás hasta más de una, pero por lo menos una. Y Cristo va a donde Pedro y dice: Pedro, sígueme.

Eventualmente Pedro nace de nuevo. Cuando Pedro no había nacido de nuevo, Pedro era un pescador, pero Pedro estaba tan muerto como sus peces. Los peces que Pedro pescaba no estaban buscando a Jesús. Ni Pedro tampoco. Los peces no entendían los sermones que Jesús predicaba desde una barca. Ni Pedro podía entender tampoco. Pedro estaba atrapado tanto como sus peces. Pedro tomaba peces, pescaba peces y los enganchaba, por así decirlo, con un anzuelo. Pero Pedro tenía su propio anzuelo. Y cada uno de nosotros antes de nacer de nuevo estaba atrapado por su propio anzuelo: anzuelo de la fama, del dinero, del placer, del egoísmo, del orgullo.

Y Cristo viene a Pedro y dice: Pedro, ven, sígueme. Yo voy a tomar ese anzuelo que te tiene atrapado. Yo te lo voy a quitar, Pedro. Y yo te voy a dar otro anzuelo que va a tener la forma de mi palabra. Tú vas a seguir pescando, pero ya no peces sino hombres. Yo voy a redefinir no solamente tu vocabulario, yo estoy redefiniendo toda tu vida, Pedro. Y lo convirtieron en un evangelista.

Escucha el problema de Marta y María. Lo vemos en Marta y María, pero es el problema de todos nosotros. Escucha lo que Dwight Edwards dice en su libro Experiencing Christ Within, Experimentando a Cristo en tu interior: el problema no es que no confiamos en Dios. Ok, pastor, qué bueno que yo confío en Dios. Escucha, el problema no es ese. El problema es que no confiamos en Dios solamente. Y él agrega: no es estar seguro que Él estará allí si se nos acaban las opciones, pero lamentablemente nuestra carne no tolera la idea de que Él sea nuestra única opción.

Si necesito buscar un trabajo, yo incluso, si es necesario, manipular las circunstancias. Voy a llamar, voy a empujar. Bueno, yo quiero estar seguro, Señor, que si nada de estas manipulaciones, llamadas y demás funciona, yo quiero estar seguro que tú vas a estar ahí. Bueno, pero ¿por qué no comienzas conmigo? No, yo quiero que estés ahí conmigo desde el principio, pero déjame agotar estas opciones, y luego si no funcionan, yo quiero que tú seas esa última opción. Me alegra que me guardes la última carta. Y queremos tener a Jesús como la carta debajo de la manga que tú la sacas cuando todas las demás opciones se han terminado.

Marta y María están descubriendo una nueva dimensión de lo que Jesús es, de lo que es capaz de hacer, de cómo Él obra propósito del dolor y del sufrimiento. Y Lázaro, la mortandad de Lázaro, tipifica perfectamente bien la mortandad de aquel que no ha nacido de nuevo. Lázaro no veía, y el que no ha nacido de nuevo tampoco. Lázaro no entendía, y el que no ha nacido de nuevo tampoco. Lázaro no viene y le dice: Jesús, resucítame. No, Jesús va a donde Lázaro, porque Lázaro no puede venir donde Jesús. Y el que está muerto espiritualmente, que no ha nacido de nuevo, él no es el que viene donde Jesús y le dice: Jesús, yo quiero nacer de nuevo. No, no, Jesús viene a él y le hace nacer de nuevo.

Lázaro tipifica perfectamente bien lo que nosotros somos antes de que Jesús viniera a nuestras vidas. Lázaro no lo podía buscar. Y ahora que Jesús llega a tu vida, entonces, al igual que Marta, tú necesitas entender a través de este nuevo diccionario que su persona representa cómo es que funciona la vida en el reino de los cielos. Si tú quieres encontrar tu vida, tú tienes que perderla.

Y como al revés, pastor. Si es al revés, los que son pobres en espíritu decíamos, son verdaderamente ricos. El morir antes era una pérdida, pero ahora el morir es ganancia. Pero ¿cómo es que tú ganas perdiendo en el reino de los cielos? ¿Ese gana perdiendo? Pablo, cuando era débil, le decía que estaba fuerte. Entonces que tienen hambre son los que serán saciados.

Y Jesús interpreta la vida para Marta ese día, para María también. Para todos nosotros, cuando comenzamos a leer las historias de la Biblia, Dios nos ayuda por medio de su Palabra a ver de otra manera, a interpretar de otra manera, a juzgar de otra manera. Y la manifestación, entonces, de que realmente nosotros hemos aprendido un nuevo vocabulario ocurre cuando comenzamos a vivir.

Y ahora tú prendes la noticia, si tú oyes estos eventos, si este o aquel acontecimiento ocurrió y todo el mundo en esa desesperación, y tú dices: Dios, ahora a través de tu diccionario, yo entiendo que tú estás en control de esto y que esto no escapó a ti. Tú miras tus recursos económicos y ahora tú quieres dar; antes tú querías agarrar, ahora tú quieres dar. Tú miras tu casa, que antes tú no querías que te molestaran y querías evitar a nadie ni que nadie interrumpiera tu espacio, y ahora tú quieres hospedar a alguien. Tú escuchas que viene un pastor, viene un misionero, viene un hermano y que alguien anda buscando casa para dar la hospitalidad, y tú ofreces tu casa porque tú tienes otra concepción de la razón para tener una casa. Tus motivaciones son cambiadas.

Tú comienzas a educar a tus hijos y ahora la motivación para educar a tus hijos no es que gane un buen salario, no es que saque buenas notas, las cuales son buenas, pero no es que saque buenas notas para que esté en cuadro de honor sino para que pueda glorificar a su Dios. Hay una nueva dimensión de lo que la vida es porque los ojos del cristiano ahora han sido abiertos. La mente ha sido iluminada, el corazón ha sido sensibilizado. De manera que ahora frente a la muerte no es razón de temerle, porque la muerte para mí será ganancia. La vida eterna que me han prometido ya yo la comencé, y cuando yo muera lo único que voy a hacer es continuar la vida de aquel otro lado, la que ya yo había comenzado, pero ahora de una forma más plena.

Esa es la razón por la que verdaderamente, si tú eres cristiano y verdaderamente entiendes que la muerte es ganancia, tú no vives triste acerca del día que te mueras; tú esperas con ansias ese día. Creo que fue D. L. Moody que dijo en una ocasión, ya cuando él estaba moribundo en cama: el día que muera y les llegue la noticia de que D. L. Moody ha muerto, no le crean; yo ese día estaré más vivo que en cualquier otro día de mi existencia. Eso es como el cristiano debiera verlo.

Déjame leerte esto que yo tuiteé unos días atrás. La muerte no extingue su luz para el cristiano. Más bien cuando el cristiano muere, él apaga su lámpara y la guarda para siempre porque la mañanera ha llegado. ¿Para qué voy a tener la lámpara prendida si la mañanera llegó? Y es una mañanera eterna; no habrá más noche, no habrá más oscuridad. No necesito mi lámpara; la lámpara debe ser apagada y guardada para siempre. Hay una nueva luz en tu vida. Esta es la manera como debes ver la vida.

La fe que Dios te dio como don la has cultivado hasta el punto de, a través de historias como estas, poder ir desarraigando las áreas de inseguridades, de incredulidades que forman parte todavía de nuestra fe limitada. ¿Tienes una fe general en el Dios todopoderoso o tienes una fe particular que el Dios que obró, obra u obrará en la vida de otros es el Dios que va a obrar en mi vida, de hecho que está obrando en mi vida? Doctor, pero no lo veo. No tienes que verlo, solo lo tienes que creerlo.

Que los dos días de sufrimiento de esta prueba para Marta y María, para otros son dos años, para otros son dos décadas, pero no importa cuánto es el tiempo. A través de este nuevo diccionario tú puedes entender que nuestro Dios prolonga esa prueba porque yo necesito de ella, y que en la medida en que yo la encare, el reino de los cielos será beneficiado. En la medida en que yo la rechace, el reino de los cielos no está percibiendo la gloria del Rey de los cielos. El Rey de los cielos se glorifica cuando nosotros sabemos esperar con esperanza, confiados, no desilusionados.

La desesperanza en el cristiano niega a Dios. Esos dos términos una vez más se cancelan, porque Dios es mi esperanza, mi vida independientemente de las circunstancias. Y cuando yo la pierdo, yo estoy perdiendo a Dios en esa esperanza. Si no la tengo, yo perdí visión de Dios. De alguna manera, donde me encuentro, como me siento, ha oscurecido mi visión de Dios y por tanto Dios, que es mi esperanza, no la tengo. Tu esperanza, hermano, no está en el cambio; está en Dios.

El tiempo en que vivimos nosotros ahora, en este tiempo del año, en un mes habrán elecciones y algunos están esperando algún tipo de cambio y tienen las esperanzas centradas en el nuevo gobierno. Al que sea, vas a ser desilusionado, hermano. El cambio del gobierno, de tu situación, de tu familia, de tu matrimonio no es la esperanza de tu vida. En Él tú tienes la seguridad de los frutos que esto está consiguiendo en ti en el reino de los cielos. El enemigo viene y nos cambia, nos oscurece la visión. Usa nuestras emociones. Lo he hecho en mi vida múltiples veces, múltiples veces, para hacerte perder la esperanza. Y Cristo viene y te dice: no, no, yo soy tu esperanza.

Cuántos de nosotros quizás ya hayan sido de nuevo tentados, le tenemos miedo a la muerte, como si la muerte fuera nuestro enemigo. La muerte es mi amiga, hermano. Pero voy a ilustrar y luego lo vamos a leer en la Palabra.

Este padre, esto no es historia real, este padre va manejando, va en el carro. No sé si va él manejando también, pero va en el carro con su hijo. Su hijo tiene una condición que está altamente alérgico a las picadas de abejas. Ha tenido reacciones anafilácticas graves. Él se le ha informado que la próxima puede quitarle la vida. De repente hay una abeja que entra al carro y comienza... Él es un niño pero él está educado, él sabe: cuando él vea una abeja, él tiene que huir, él tiene que correr de esto, pero él está en un carro. La abeja no se sale y la abeja se está moviendo y el niño comienza a moverse, pero mientras él más se mueve tratando de huir de la abeja, más nerviosa se pone la abeja. Y el padre no ha logrado sacar a esta abeja.

Finalmente, el padre decide que él tiene que agarrar la abeja y él logra en un momento dado agarrar la abeja. La abeja dejó dentro de su mano, la abeja lo picó. Y tú sabes lo que ocurre cuando la abeja pica, es que deja el aguijón clavado. Y él soltó la abeja con el aguijón todavía en la mano y le dice a su hijo: puedes estar tranquilo, la abeja perdió su poder. El aguijón ya está en mi mano. Tú estás libre.

Hermano, cuando Cristo fue a la cruz y la muerte lo picó, Él le quitó el aguijón a la muerte. Y ahora tú no tienes que tenerle miedo a la muerte. La muerte perdió su poder. El aguijón ha sido removido. Eso es exactamente lo que el apóstol Pablo nos dice.

Escucha a Pablo describir esto en 1 Corintios 15: "Porque cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Devorada ha sido la muerte en victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde, oh sepulcro, tu aguijón? El aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado es la ley. Pero gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo."

Su aguijón ha sido removido. Cristo es ahora tu esperanza. Él tomó el aguijón de la muerte y la derrotó al tercer día. Y te ha hecho promesa de vida eterna. Tú puedes vivir con esa promesa. Tú puedes vivir con esa esperanza. La esperanza no está en que tu enfermedad termine. Tu esperanza está en el Cristo que controla la enfermedad. Tu esperanza no está en que tu situación termine. Está en el Cristo que te ha traído a esa situación.

En el desierto, cuarenta años sin alimento, sin agua, sin facilidades. Año veintidós del desierto: Moisés, ¿perdí la esperanza? No, porque no hemos perdido a Dios. Año veintiocho: Moisés, esto no se acaba. Treinta y dos, treinta y cinco. Moisés, recuérdame cuántos días fue que estuvieron espiando la tierra. Cuarenta. No faltan cinco años más, Moisés. Ya yo perdí la esperanza. No, la esperanza no está en el año cuarenta del desierto. Está en nuestro Dios que estuvo antes de los cuarenta años y estará después de los cuarenta años.

Tu esperanza no está en que tienes que darte joven. No, tu esperanza está en el Dios que te dio la vida. Primero la vida terrenal y después la vida espiritual. Él es la resurrección y la vida. ¿Crees esto? ¿Crees esto?

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.