Integridad y Sabiduria
Sermones

Sinceridad e hipocresía en el corazón del hombre

Miguel Núñez 8 junio, 2014

El contraste entre la sinceridad de corazón y la hipocresía religiosa atraviesa este pasaje de Marcos 12. Jesús, a días de ser crucificado, confronta a los escribas —los expertos en la ley— con una pregunta que no pueden responder: si el Mesías es hijo de David, ¿cómo es que David mismo lo llama Señor? Prefirieron quedarse en la ignorancia antes que reconocer que no sabían. Es parte de la naturaleza humana: preferimos permanecer ignorantes que revelar nuestra ignorancia y preguntar.

Pero Jesús no se detiene ahí. Advierte sobre los escribas que aman vestiduras pomposas, saludos respetuosos en las plazas, los primeros asientos en las sinagogas y los lugares de honor en los banquetes. Todo eso era el reflejo del orgullo en sus corazones. El pastor Núñez señala que al orgullo le gusta ser mencionado, pero también puede sentirse orgulloso de no necesitar mención. La verdadera humildad no quiere los primeros lugares, pero tampoco se molesta cuando otros los ocupan, porque simplemente no está interesada en ellos.

Entonces Jesús observa algo que contrasta radicalmente con toda esa pompa: una viuda pobre que echa dos moneditas de cobre, menos que un centavo, todo lo que tenía para vivir. Los ricos dieron de lo que les sobraba; ella dio de lo que no tenía. La enseñanza no es cuánto damos, sino con cuánto nos quedamos. Esa viuda, al darlo todo, mostró que amaba a Dios por encima de su propia seguridad. Se había dado primero a sí misma al Señor, y por eso pudo dar así.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Abran Marcos 12, es donde estamos. Versículo 35, nos habíamos quedado, habíamos leído y expuesto hasta el 34 la semana pasada, el mensaje número 48 en la serie de Marcos. Y hoy vamos a estar leyendo desde el 35 hasta el 44, el final del capítulo.

Para aquellos que quizás no han estado con nosotros, ya sea vía internet y están escuchando este mensaje sin haber escuchado los anteriores, o aquellos que están visitándonos hoy, les recuerdo que Jesús está en el templo. Es día martes, presumiblemente, antes de la crucifixión, apenas a un par de días antes de su muerte. Él está confrontando fariseos, saduceos, escribas. Ellos han venido a atraparlo en alguna pregunta con preguntas capciosas. Jesús ha respondido de una forma sabia. Ya uno de los fariseos había venido y le había hecho la pregunta si era lícito pagar impuesto al César o no. Y Jesús respondió y pidió una moneda y dice: "Bueno, mira, ¿de quién es esta imagen? Pues dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios." Al final ellos no tuvieron nada que decir.

Entonces se aproxima un saduceo y le dice: "Mira, Jesús, una mujer que estaba casada y no tuvo hijos, entonces se murió el marido, y de acuerdo a nuestra ley, el hermano tenía que casarse con ella y así lo hizo, pero él se murió también, y así pasó siete veces. En la resurrección, ¿de quién ella será esposa?" Y Jesús respondió y les dice que las cosas no son en el cielo como son aquí, esto no es exactamente una continuación literal de lo que va a pasar en el cielo, y por tanto nosotros seremos como los ángeles, que no nos casamos ni nos damos en casamiento.

Bien, entonces un escriba le pregunta acerca de cuál era el más grande de los mandamientos, y Jesús le responde que amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con toda tu fuerza. Y le dice: "Y el segundo es semejante a este: amarás al prójimo como a ti mismo." El escriba le dice: "Bien has respondido, porque eso es exactamente como es." Y Jesús le dice: "Bueno, tú no estás muy lejos del reino de Dios." El texto termina diciendo entonces que de ahí en adelante nadie se atrevió a preguntarle nada más.

Jesús entonces toma la ofensiva, ahora es el tiempo de sus preguntas para con ellos. De manera que él continúa la conversación, todavía en el templo, todavía en ese día martes presumiblemente, y entonces él comienza a hablar de la hipocresía de los escribas. Imagínate cómo eso debió haberles, en nuestro idioma, picado e irritado a aquellos que acaban de cuestionarlo para atraparlo, y ahora él está condenándolos por su hipocresía.

Pero al final del texto, Jesús cuenta una historia de algo que observó aparentemente ese día, de esta viuda pobre que vino y dio lo que no tenía, la sinceridad de su corazón. El contraste entre la sinceridad del corazón de la viuda y la hipocresía en el corazón de los escribas. Y es por eso que yo he titulado mi mensaje: "Hipocresía y sinceridad" o "Sinceridad e hipocresía en el corazón de los hombres."

Y con eso yo quiero que leamos entonces Marcos 12 a partir del versículo 35. Jesús está a la carga ahora: "Y tomando la palabra, Jesús decía mientras enseñaba en el templo: ¿Por qué dicen los escribas que el Cristo es hijo de David? David mismo dijo por el Espíritu Santo: El Señor dijo a mi Señor: Siéntate a mi diestra hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies. David mismo le llama Señor, ¿en qué sentido es pues su hijo? Y la gran multitud le escuchaba con gusto."

"Y en su enseñanza les decía: Cuidaos de los escribas, a quienes les gusta andar con vestiduras largas y aman los saludos respetuosos en las plazas, los primeros asientos en las sinagogas y los lugares de honor en los banquetes, que devoran las casas de las viudas y por las apariencias hacen largas oraciones. Estos recibirán mayor condenación."

"Jesús se sentó frente al arca del tesoro y observaba cómo la multitud echaba dinero en el arca del tesoro, y muchos ricos echaban grandes cantidades. Y llegó una viuda pobre y echó dos pequeñas monedas de cobre, o sea un cuadrante. Llamando a sus discípulos les dijo: En verdad os digo que esta viuda pobre echó más que todos los contribuyentes al tesoro, porque todos ellos echaron de lo que les sobra, pero ella de su pobreza echó todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir."

Padre, te alabamos y bendecimos y te damos gracias por el ejemplo de una viuda pobre que dio lo que no tenía, prácticamente lo último que tenía, y cómo ese detalle, esa pequeña contribución, no pasó desapercibida a los ojos de Jesús. De esa misma forma, Dios, sabemos que aquello que hacemos con la intención de agradarte, de glorificarte, aquello que te damos en finanzas, en tiempo, en intenciones, en actitudes, en dones, en talentos, aquello que ponemos a tu disposición, no pasa desapercibido en el reino de los cielos. Hoy una vez más, por tu Palabra, Tú tienes que hablarnos a todos, que ninguno de nosotros se vaya de este lugar sin haber escuchado una palabra tuya aplicable a su vida. Te lo pedimos en Cristo Jesús. Amén, amén.

Jesús había desarmado a sus contrincantes, los había dejado sin preguntas y sin respuestas, y ahora él decide tomar la ofensiva, por así decirlo, para ponerlos a prueba, ya que ellos eran los maestros de la ley, llamados escribas, los expertos, los intelectuales, los que debían conocer las respuestas que él pudiera traer. Y él les hace una pregunta, pero la pregunta que les hace está conformada alrededor del Salmo 110 versículo 1. Es el salmo y el versículo más citado en el Nuevo Testamento. Es el versículo del Antiguo Testamento más citado en el Nuevo Testamento, y el texto dice: "El Señor dijo a mi Señor: Siéntate a mi diestra hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies."

Esta frase "el Señor dijo a mi Señor" en nuestro idioma no está tan clara, no nos suena clara, porque pudiéramos preguntar: ¿cuál Señor dijo a qué Señor? Señor a Señor. Pero en el hebreo no lo dice de esa manera. En el hebreo dice que Yahvé, primer Señor, dijo a Adonai, segundo Señor: "Siéntate a mi diestra". De manera que ellos, los escribas, debían saber exactamente cómo lo decía el hebreo; era su idioma al fin de cuentas, y ellos leían la Palabra en hebreo. Yahvé dijo a mi Señor, y lo inspiró, lo escribió David, pero lo dijo y lo escribió por inspiración del Espíritu Santo. Este es el único texto donde Cristo de manera clara deja ver que las Escrituras han sido inspiradas por el Espíritu de Dios.

David mismo no entendía mucho lo que estaba profetizando. Esto era algo futuro. Pero ahora Cristo quiere escarbar un poco, escudriñar un poco la mente y el corazón de los escribas expertos, para ver hasta dónde ellos podían entender que este salmo que David escribió hace mil años, mil años atrás, estaba viendo hacia el futuro y contemplando la persona de Jesús. Y entonces se les dice: ¿cómo es que este texto que David escribió dice que David llamó "mi Señor", Adonai, al que era hijo de David, pero a la vez dice de Adonai que Dios Padre, Yahvé, lo iba a sentar a su diestra en la posición de mayor poder? ¿Cómo es que él puede ser hijo de David y mayor que David al mismo tiempo? Esa es la pregunta.

Ellos no conocían obviamente algo que nosotros, a la luz del Nuevo Testamento, nos parece fácil, y es que al nombre de Jesús, o a Cristo, se le da el nombre que es sobre todo nombre, para que a ese nombre se doble toda rodilla de los que están en el cielo y en la tierra y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesús es Cristo, es Señor, para la gloria de Dios Padre. Cuando eso ocurriera, después de su muerte, después de su resurrección, Dios Padre, Yahvé, iba a sentar a Adonai a su diestra después de la ascensión. Y entonces a eso era que David se estaba refiriendo de manera profética. Pero a la vez David estaba diciendo que ese Mesías sería hijo de él, hijo de David. ¿Cómo es que puede ser hijo de David y mayor que David al mismo tiempo?

Y Jesús agrega entonces en el versículo 37: "David mismo le llama Señor, ¿en qué sentido es pues su hijo?" La gran multitud escuchaba con gusto. La multitud escuchaba a Jesús y ellos estaban hipnotizados con la enseñanza. Pero escucha cómo de la multitud no se escuchó nada, ni de los escribas mucho menos. No sabemos la respuesta. Explícanos. Porque lo lógico hoy hubiese sido que, si a Jesús le hicieron una pregunta, que hubiera una respuesta, como Jesús supo darla. Entonces, si no tienen respuesta, ¿por qué no dicen: "Bueno, no sabemos, explícanos"?

Pero honestamente, así es la naturaleza humana. Yo no sé si a usted le ha pasado, pero es más o menos común en la vida de los hombres que casi siempre, cuando nosotros estamos en una conversación con alguien, hay una pregunta que surge, a veces a nosotros mismos, y nos hacemos de la vista gorda, ni respondemos, porque como que no queremos dar a conocer que nosotros no sabemos. Es como si nosotros no quisiéramos conceder el hecho de que alguien sabe algo que yo no sé, y lo dejamos pasar. Yo no sé si a usted le ha pasado, pero yo sé que eso es parte de la naturaleza humana.

Entonces ellos le escuchan con gusto, no hay respuesta, se quedan en la ignorancia. Preferimos permanecer en la ignorancia que revelar la ignorancia y preguntar qué era lo que había que hacer con Cristo a la luz del resto de lo que la Palabra de Dios revela. Esta es una respuesta relativamente fácil cuando estamos en el Nuevo Testamento; en el Antiguo Testamento no era tan fácil. De la misma manera que hoy nosotros miramos a eventos futuros predichos ya en el libro de Apocalipsis y no nos resulta fácil entender su lenguaje, y sin embargo llegará un momento en que miraremos retrospectivamente, miraremos Apocalipsis y diremos: "Pero si estaba tan claro". Bueno, de esa misma forma no estaba claro en el Antiguo Testamento que el Mesías sería Hijo de Dios, mucho menos que sería Dios mismo.

Estaba claro en Isaías 7:14 que una virgen concebiría; eso estaba claro. Estaba claro por el mismo profeta Isaías en 9:6 que la soberanía de su gobierno, o del gobierno, caería sobre sus hombros; eso estaba claro. Ese era el Mesías esperado, un Mesías que se dejó de esperar por un tiempo, pero para el tiempo en que Cristo viene, los ánimos, las expectativas con relación a la llegada del Mesías habían surgido de nuevo. De manera que ahora ellos están esperando al Mesías, pero no saben que el Mesías está entre ellos. Ellos no conocían que el Mesías era Hijo de Dios, que era Dios mismo, que era la segunda persona de la Trinidad. No preguntaron a Jesús, no le pidieron a Jesús que les explicara, permanecieron en ignorancia.

Y en realidad a los escribas tampoco les interesaba la respuesta que Jesús pudiera dar, porque ellos habían ido a Jesús con preguntas esperando que Jesús quedara atrapado en algunas de sus respuestas, y al final ellos quedaron desarmados. De manera que ahí quedó esa conversación, no hubo nada más que decir con relación a David, el Mesías, cómo era que era hijo de David. La idea de que era hijo de David es un modismo filial. En otras palabras, era una manera idiomática en hebreo de decir que alguien era descendiente, de tal forma que alguien pudiera decir, como nieto o bisnieto: "Yo soy hijo de mi abuelo", en el sentido de descendiente de mi abuelo. De esa misma manera, el Mesías sería hijo de David porque sería descendiente del trono de David o de David mismo.

Y ahí se quedó. Y Jesús no les brindó ninguna respuesta. Él continuó su enseñanza y les decía: "Cuídense de los escribas, a quienes les gusta andar con vestiduras largas y aman los saludos respetuosos en las plazas, los primeros asientos en las sinagogas". Por ahí hay escribas escuchando, ¿te imaginas eso? "Y los lugares de honor en los banquetes, que devoran las casas de las viudas y por las apariencias hacen largas oraciones. Estos recibirán mayor condenación".

¿Tú te imaginas si hubieses sido un escriba ahí oyendo, escuchando estas palabras de parte de Jesús, el corrientazo que esto debe haber significado en tu corazón? ¿Te imaginas lo que hubieses sentido? La audacia. ¡A este hombre hay que matarlo! ¿Y cómo se atreve a hablar un solo hombre contra grupos de personas, y escribas, y fariseos, y saduceos? Cuídense de los escribas. Presten atención. No copien sus hábitos pecaminosos. No vayas a pensar que lo que ellos hacen es correcto. No caigas en sus excesos. Eso es apariencia, eso es externo, no hay nada interno bueno en ellos.

Eso entonces describe tres características. Les gusta andar con vestiduras largas, ropas pomposas. Se ponían una especie como si fuera casi un mantel por encima, con borlas en cada una de las esquinas de estas cosas que se ponían por encima, que llegaba hasta el suelo, y que decía a todo el mundo: "Yo soy un escriba". Les gustaba exhibir eso.

Y pensando entonces en eso, pensé: es increíble, porque en el jardín de Edén, Adán y Eva, cuando no tenían pecado, no era que no tenían ropas pomposas, era que no tenían ropas. Ellos pecan, sienten vergüenza, y lo primero que ellos tienen que hacer es cubrirse sus genitales. Y desde entonces nosotros hemos estado tratando de cubrir nuestra vergüenza, de cubrir nuestras inseguridades y temores. Y una de las maneras como lo hacemos es con ropas pomposas o ropas de marcas que me hacen sentir con mayor valor. Aunque Cristo no está hablando de la posibilidad de usar ropas de marcas o ropas finas, él está hablando de la intención por la cual nosotros nos vemos obligados a usar esas cosas, a exhibir esas cosas, y la reacción que esperamos que otros tengan cuando nos ven usando esas cosas.

Adán y Eva pensaban que lo que más necesitaban era una cubierta exterior, cuando en realidad lo que más necesitaban era alguien que cubriera su pecado interior, la sangre del Salvador que los cubriera. Eso era lo que finalmente cubriría su vergüenza. De manera que si fuéramos a contemporizar esto, estaríamos hablando de ropas de marcas. El problema no es la marca ni el costo. El problema es cuando yo siento una necesidad de llevarla por el valor que supuestamente me agrega a mi vida, cuando eso es algo puramente externo, temporal, y que no tiene ese valor en el reino de los cielos.

En segundo lugar, estos escribas amaban los saludos respetuosos en las plazas. Era costumbre que cuando un escriba llegaba a un lugar, aquellos que estaban sentados se pusieran de pie. Oye, hay personas aquí a las que hay que hacerles la misma cosa, aparentemente. Se paraban, pero también se exigía que se pararan. Exigían el título de escriba, maestro, rabino. Cuando en realidad, una vez más, no es el título lo que hace que yo sea respetado, pero ellos querían ser respetados por el título. No es el título de doctor, no es el título de rabino, no es el título de reverendo lo que hace que otro me respete. Yo puedo recibir todos esos títulos y no ser respetado por la persona que está usando el título a mi favor.

Usamos hoy "excelencia" y usamos hoy "reverendísimo" y todas esas cosas, pero no necesariamente implican que quien las pronuncia ejerce un respeto hacia esa persona. Lo que levanta el respeto en el otro es mi caminar delante de Dios y delante de los hombres. Y eso era lo que Jesús tenía que ellos no tenían. Esa era la razón por la que ellos podían decir: "Este habla como uno que tiene autoridad", porque estos hablan también y estos enseñan también, pero como que cuando hablan no tienen autoridad, como que no se le siente el peso de la enseñanza, como que no suenan convincentes. Pero Jesús era un hombre veraz que no buscaba el favor de nadie y que hablaba la Palabra de Dios, enseñaba el camino de Dios con verdad.

Ellos amaban los primeros asientos en las sinagogas y los lugares de honor en los banquetes. En las sinagogas había unos asientos que se colocaban aquí delante, mirando al resto de la congregación, a la audiencia. Esos asientos estaban reservados para las personas de importancia. Eran los asientos ideales para ser vistos y reconocidos.

Poder dirigirse a la audiencia si en algún momento era necesario. Esos son los asientos a los que Jesús estaba refiriendo. Ellos amaban todo eso: amaban la forma de vestir pomposa, amaban los saludos respetuosos, amaban los primeros lugares en las sinagogas. Y todo eso era simplemente el reflejo del orgullo en su corazón.

De una u otra manera, la Palabra de Dios regresa al tema del orgullo, y es por eso que en los mensajes regresamos de una u otra manera con frecuencia al tema del orgullo. No es porque no tengamos otro tema de qué hablar, es que la Palabra lo trae a colación una y otra vez. Aquí estamos frente al orgullo, porque si solamente hablamos de la ropa y de los asientos y de los saludos respetuosos, no hemos hablado de la raíz de todo eso, que era el orgullo en ellos.

El orgullo le gusta todo eso: le gusta el reconocimiento, le gusta que lo conozcan, le gusta ser centro de atención, que lo tomen en cuenta, que lo mencionen: "el rabino fulano", "reverendo sutano". Le gusta todo eso. Eso es parte de lo que alimenta el orgullo. Y yo he aprendido en mi vida, mi vida personal, en mi propio crecimiento, en conversaciones y consejerías —pero puedo hablar incluso de mi propio crecimiento—, he aprendido que al orgullo le puede gustar que lo mencionen. El orgullo es tal que al orgullo le puede gustar que no lo mencionen, quedarse en la retaguardia y luego sentirse orgulloso porque no lo mencionaron: "Y yo no soy como los otros que sí necesitan que los mencionen". Seamos sinceros, yo he estado en esos lugares y puestos anteriores, es la razón por la que yo se lo digo. Y ustedes, sinceros, probablemente han estado ahí también.

Y a veces entonces nos molestamos. El orgullo se molesta cuando otros son mencionados. Pero años atrás, Richard Foster, un autor que yo he mencionado de cuando en vez, me enseñó que realmente cuando nosotros nos molestamos por esas cosas, nosotros estamos mostrando nuestro propio orgullo en nuestro interior. Ciertamente la humildad no quiere los primeros lugares, pero la humildad tampoco se molesta con los que los quieren. Porque la humildad, como no los quiere, tampoco se molesta con aquellos que los quieren, porque él en primer lugar no está interesado en los lugares. Cuando nos molestamos porque alguien está ocupando el lugar que a mí me interesa ocupar, ¿no sé si se me entiende? Pero es así como se da. La humildad no quiere ser mencionada, pero tampoco le duele cuando mencionan a otros. Solamente el orgullo está preocupado con que lo mencionen o con el mencionado de otros. La humildad está tan quitada de bulla que a veces ni cuenta se da, ni se percata de la mención de esos otros.

Y de esa manera entonces Cristo nos invita, y les recuerdo otra vez: "Aprended de mí, que soy manso y humilde". Es eso que estaba en el corazón de los escribas lo que se manifiesta con desear los primeros lugares, con querer vestir de cierta manera, con querer ser llamados con ciertos títulos y demás. Pero en el fondo era el orgullo que ellos habían cultivado.

Compara esa actitud de los primeros lugares con esta enseñanza de Jesús en Lucas 14:7-11: "Y comenzó a referir una parábola a los invitados, cuando advirtió cómo escogían los lugares de honor a la mesa, diciéndoles: Cuando seas invitado por alguno a un banquete de bodas, no tomes el lugar de honor, no sea que él haya invitado a otro más distinguido que tú, y viniendo el que te invitó a ti y a él, te diga: Dale lugar a este. Y entonces, avergonzado, tengas que irte al último lugar. Sino que cuando seas invitado, ve y siéntate en el último lugar, para que cuando llegue el que te invitó, te diga: Amigo, ve más adelante. Entonces será un honor para ti delante de todos los que se sientan a la mesa contigo. Escucha, porque todo el que se ensalce será humillado, y el que se humille será ensalzado".

Jesús rechazó la actitud de los escribas, pero la rechazó no porque eran escribas. Rechazó la actitud de los escribas no porque eran maestros, no porque se vestían con cierta ropa fina. La rechazó porque todo lo externo obedecía a un pecado interno. Y Él dice en su enseñanza del texto de hoy, y por eso ellos merecen mayor condenación: porque siendo escribas, siendo maestros, son más pecaminosos que sus estudiantes.

Jesús no tenía problema con el estatus de las personas. Jesús amó a Zaqueo, el jefe de los recaudadores de impuestos, no simplemente un recaudador de impuestos, el jefe de ellos. Jesús amó al hombre rico, al joven rico que vino y le dio la espalda, y el texto dice que Jesús le amó a pesar de que él le rechazó y prefirió sus riquezas antes que a Jesús. Jesús amó a Nicodemo, el fariseo, que caminó de noche para que no lo vieran de día asociarse con Jesús. Jesús no tenía problema con el estatus de las personas. Los amó a ellos y amó al que no tenía nada también. Pero confrontó la actitud egoísta y orgullosa, y los abusos de los que sí tenían sobre aquellos que no tenían.

Y entonces, cuando llega al versículo 40 del texto de hoy, dice que estos escribas devoran las casas de las viudas, y por las apariencias hacen largas oraciones. Estos recibirán mayor condenación. Los escribas no podían cobrar por su trabajo y por tanto vivían de ofrendas. Lo que Cristo está dejando ver aquí es que de alguna manera ellos parecían manipular a las viudas para que recibieran ofrendas. No sabemos de qué tamaño, pero las devoraban de tal manera que las dejaban sin dinero, sin pertenencias, como parte de su sustento. Y encima de eso entonces hacían estas largas oraciones por las apariencias, algo que Cristo siempre denunció: que nuestras largas oraciones no necesariamente revelan ningún nivel de espiritualidad.

De hecho, en el Sermón del Monte Él precisamente habló de esas cosas. Como dice: "Y al orar, no uséis repeticiones sin sentido como los gentiles, porque ellos imaginan que serán oídos por su palabrería, por lo mucho que hablan, como si Dios no supiera de su necesidad". No es lo largo de mi oración, es el contenido de mi oración y la intención detrás del contenido de la oración, la intención en el corazón, lo que Dios oye o no oye.

Y Jesús tiene a estos escribas de frente, pero Él sabe que le quedan un par de días. Lo van a crucificar, lo van a linchar de una manera u otra. De manera que antes de que llegue a la cruz, las verdades tienen que ser dejadas claras y dejadas como testimonio para la posteridad de lo que esta gente realmente era.

Y ese día entonces, después de Él confrontar a toda esa gente, Él decide sentarse y observar una actividad en el templo aparentemente cotidiana, común, que tenía que ver con el ofrendar. El versículo 41: "Jesús se sentó frente al arca del tesoro y observaba cómo la multitud echaba dinero en el arca del tesoro, y muchos ricos echaban grandes cantidades. Y llegó una viuda pobre y echó dos pequeñas monedas de cobre, o sea, un cuadrante".

El cuadrante romano era la moneda más pequeña en la antigüedad, y era menos que un centavo. Cuando teníamos centavos nosotros, la menor, sería en inglés "less than a penny". Y es una moneda de cobre. Ella echó dos moneditas que eran el equivalente a algo menos que un centavo. Y a Jesús le llamó la atención la actitud de esta viuda en contraste con los otros que habían depositado grandes cantidades de dinero en el templo.

Había unos receptáculos en forma de trompeta, había trece de ellos colocados en el atrio de las mujeres, donde la gente venía y ofrendaba. En el atrio de las mujeres podían entrar tanto hombres como mujeres, de manera que presumiblemente Jesús está en el atrio de las mujeres en ese momento observando el ofrendar. En esa ocasión había un sacerdote que inspeccionaba las monedas para legitimar que la moneda no era falsa. ¿Te das cuenta que no hay nada nuevo debajo del sol? Hace dos mil años estaban falsificando dinero. Y ahí estaba el sacerdote, y esto era una actividad pública. De hecho, había conversaciones entre el que ofrendaba, la examinación, la entrega, como una forma quizás hasta parte de lo que se acostumbraba. Quizás para aquellos que daban mucho se pudiera escuchar, pero si tú estabas alrededor, tú oías todo lo que estaba pasando entre el que ofrendaba y el sacerdote que estaba ahí recibiendo.

Y ese día entonces Jesús estaba observando. Vienen muchos ricos y dan grandes cantidades de dinero, y viene una viuda, y encima de viuda, pobre, encima de pobre, paupérrima. Tenía dos monedas, que era lo único que le quedaba. El Señor lo observa y no dice nada. Aparentemente se retira a algún lugar del templo, porque el versículo 43 dice: "Llamando a sus discípulos..." Ahora esta es una enseñanza para ellos: "Les dijo: En verdad os digo que esta viuda pobre, no una pobre viuda, esa pobre viuda, no una viuda pobre, ha echado más que todos los contribuyentes al tesoro. Porque todos ellos echaron de lo que les sobraba, pero ella de su pobreza echó todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir".

Notemos varias cosas. En primer lugar, Jesús no cuestiona la intencionalidad de los que echaron grandes cantidades de dinero. Ese no es su punto de enseñanza. Y Jesús no cuestiona el que esta gente quizás quería hacerlo públicamente para que los vieran. Ese no era su punto de enseñanza este día. Jesús solamente tiene una enseñanza, por lo menos en estas palabras, y es la proporcionalidad de lo dado. Esa es la enseñanza.

Jesús dice: "Mira todo lo que esta gente echó". Él no dice "con un corazón orgulloso o malvado, simplemente para que lo vieran". No está hablando de nada de eso. Dice: "Pero también observa a esta viuda pobre, y yo quiero que ustedes sepan: a la luz de mis ojos, ella ha echado más que ellos". Esa es la enseñanza: proporcionalidad. Porque estos echaron de lo que les sobraba, pero ella echó de lo que no tenía. De hecho, echó todo lo que tenía.

En otras palabras, no solamente ella hizo un sacrificio, ella mostró con su sacrificio que amaba a Dios, que es el primer mandamiento y del cual Jesús acababa de enseñar. Es su amor por Dios lo que la hizo dar de esa manera sacrificada. El crédito no estuvo en cuánto echó uno o echó el otro en el tesoro, sino en el sacrificio que representó para uno o para el otro, o no representó. Algo que Cristo también puntualizó cuando esta mujer pecadora

Vino del pueblo y tomó un alabastro de perfume muy costoso, lo rompió, lo derramó a sus pies y lo ungió. Los discípulos estaban quejándose porque eso pudo haberse vendido y dado a los pobres. Y Jesús dice: "Yo os aseguro que dondequiera que se cuente este evangelio, se va a hablar de ella, porque ella me ha ungido. Ha dado lo más costoso que tenía y me ha ungido para mi muerte", apenas a días de ser crucificado.

De manera que, cuando vemos todo lo que hay en este texto, pudiéramos hablar de que Dios busca la motivación. De estas ropa composas en primer lugar están los títulos, pero cuando tiene que ver con el dar, Dios busca no solamente cuánto yo doy, sino con cuánto yo me quedo. Queremos hablar de diezmo ahora, porque no es el diezmo el problema a la luz del Nuevo Testamento. El problema no es si diezmo o no diezmo; el problema es: después que doy, ¿con cuánto me quedo? Y Jesús quiere hablar de eso antes de partir de este mundo. Comparó la viuda con ellos.

Ahora, nosotros nos vemos a nosotros mismos, y si nosotros tuviéramos que decidir, si hubieran dos opciones, ¿de qué lado tú te ves? ¿Del lado de los muy ricos o del lado de la viuda? Yo garanto que un grupo grande de nosotros diría: "No, del lado de la viuda. Yo no soy rico". Y yo te quiero dar unas estadísticas para probarte que lo más probable es que en este salón, en esta hora y en la próxima, no creo que haya más de cinco personas que califiquen para estar del lado de la viuda.

Y anda, te doy unas ideas. Al día de hoy, el mundo tiene siete billones de personas, o sea, siete mil millones. El 20 por ciento, o sea, mil cuatrocientos millones de personas, vive en chozas, casas de cartón, quizás con menos de un dólar al día. ¿Escuchaste? Menos de 42 pesos dominicanos al día. Mil cuatrocientos millones de personas. El 50 por ciento, para ir viendo todos los porcientos de esos siete mil millones, tres mil quinientos millones de personas viven en los países del tercer mundo con menos de dos dólares al día. Ahora aumentó la cifra y pasamos de un dólar al día a dos dólares, o sea, 84 pesos dominicanos. Hay tres mil quinientos millones de personas que viven con menos de eso.

El 30 por ciento, dos mil cien millones de personas, no tiene fuente de agua potable, no tiene sanitario ni letrinas ni saneamiento en sus hogares. Dos mil ochocientos millones de personas, el 40 por ciento, vive sin electricidad. No es que se le va la luz, es que no hay. Sin luz, sin nevera, sin freezer, sin microondas, sin televisión y sin ningún aparato electrónico. El 40 por ciento de la humanidad.

El 80 por ciento: si tú tienes algo guardado, ya sea en un clóset, en un ático, en un garaje, algo, no importa qué, algo, pero lo tienes guardado, no lo tienes puesto, estás en el 20 por ciento del mundo. Hay un 80 por ciento de la humanidad que no tiene nada guardado. ¿Cuántos tenemos un carro en la casa de los que estamos aquí? Un carro, del tipo que sea, por destartalado que sea, en la casa. Ok, tú estás en el 8 por ciento más rico del mundo. Del mundo. El 92 por ciento del mundo no tiene un carro. ¿Cuántos tenemos internet en la casa? Todo el mundo. Ahora tú estás en el top 3 por ciento de la humanidad. El 97 por ciento de la humanidad no tiene internet en su casa. ¿De qué lado está la viuda? ¿De los ricos o de los muy ricos? La mayoría de nosotros, yo juzgo, no lo quedamos. ¿Con cuánto nos quedamos, pastor? Entonces, ¿cómo damos? ¿Cómo damos?

Al final de esto, ¿cómo aprendemos a dar? No damos para que Dios nos devuelva; eso es abominación. O sea, es la enseñanza de la teología de la prosperidad. No es eso que está volando. Pero yo quiero ir cerrando y quiero darte un pasaje de una de las cartas de Pablo, que aplaude la actitud de esta viuda, pero en la vida de una iglesia. Porque esta viuda representa una persona, pero nosotros somos una iglesia. Entonces ahora yo quiero ver cómo Pablo aplaude la misma actitud de la viuda en una iglesia.

Pablo le escribe a los corintios, segunda carta, capítulo 8, versículos 1 al 5. Dice: "Ahora, hermanos, os damos a conocer la gracia de Dios que ha sido dada en las iglesias de Macedonia, pues en medio de una gran prueba de aflicción abundó su gozo, y su profunda pobreza sobreabundó en la riqueza de su liberalidad. Porque yo testifico que según sus posibilidades, y aún más allá de sus posibilidades, dieron de su propia voluntad, suplicándonos con muchos ruegos el privilegio de participar en el sostenimiento de los santos. Y esto no como lo habíamos esperado —yo no esperaba eso, dice Pablo—, sino que primeramente se dieron a sí mismos al Señor y luego a nosotros por la voluntad de Dios".

Esa iglesia dio. Aquí están los principios para dar como la viuda, a Dios, pero como iglesia ahora. Aquí están los principios a partir de ese texto. Esta gente dio en medio de su aflicción. La aflicción en la que estaban no les impidió el dar. No los volvió egocéntricos, no los volvió con un complejo de víctima: "Ay, pobre de mí", donde ya yo no pienso ni creo que nadie más tiene necesidades porque yo soy quien las tengo. No. Ellos dieron en medio de su aflicción, dieron con abundancia y dieron con gozo. La aflicción no les pudo robar el gozo del Señor. A pesar de la pobreza y a pesar de la aflicción, dieron con abundancia y dieron con gozo, porque su gozo era su fortaleza. "El gozo del Señor es mi fortaleza", dice la Palabra de Dios.

Dieron en medio de una profunda pobreza. Profunda pobreza. De manera que la escasez no les impidió dar, no les fue excusa. Es como cuando Elías va donde la viuda y le dice: "Dame de comer". Y le dice: "¿Que te dé de comer? Yo tengo aceite y pan para mí, mi hijo, y para un día, ¿y tú me pides que te dé de comer?" "Dame de comer, tú verás lo que Dios va a hacer". Y ella toma su porción y se la da a Elías. Y resulta que por los próximos días hubo pan y hubo aceite para la viuda, para el hijo de la viuda, y para Elías.

Cuando nosotros damos de esa manera, nosotros estamos expresando nuestra confianza en la provisión y la generosidad de nuestro Dios. No puedo esperar recibir para después dar, porque ahí estoy confiando en la abundancia de lo que yo tengo. Yo tengo que confiar en la abundancia de mi Dios, y por tanto, por fe, yo puedo decir que voy a dar, no esperando que Dios me multiplique. Dios no tiene que multiplicar absolutamente nada, sino confiando en la generosidad de nuestro Dios.

Dieron no de acuerdo a sus posibilidades, dieron más allá de sus posibilidades. Yo no creo que tú y yo hemos dado de esa manera, más allá de nuestras posibilidades. Puede ser que haya alguien aquí, y lo felicito y lo aplaudo, pero no hemos dado así.

Dieron de su propia voluntad. Pablo no los forzó, no tuvo que rogarles, no tuvo que presionarlos, no tuvo que mandarles tres cartas a los corintios para que hagan lo mismo, bueno, a los macedonios, que eran los que estaban dando. Ellos no vieron el dar como un peso, como una obligación o como una responsabilidad, sino como un privilegio. Se rogaron, dice Pablo, que no les quitaran el privilegio de poder contribuir a los santos. El privilegio de compartir mi pobreza con aquellos que también están en necesidad. Que nos dejaran contribuir para los santos.

Pero, ¿cómo lo hicieron? ¿Cómo pudieron hacer una cosa semejante? Lo que dice el versículo 5 de 2 Corintios 8: "Porque primeramente..." Hay un "porque" ahí. Pablo dice cómo dieron. Dice: "Porque primeramente se dieron a sí mismos al Señor, y luego a nosotros por la voluntad de Dios".

Así dio la viuda. La viuda vino ese día, aquí, y Cristo aplaude, por así decirlo, porque ya se había dado primero al Señor. Y entonces su amor a Dios la movió a dar de esta manera. Y entonces eso trae a colación los últimos tres mensajes con este, porque los últimos tres mensajes hemos hablado de que el mayor mandamiento es: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, toda tu alma, toda tu mente, toda tu fuerza". Y una de las cosas que ocurre cuando amamos a Dios es que le damos a Dios, como esta viuda hizo.

El otro mandamiento que consideramos en el mensaje anterior fue el segundo: "Amar a tu prójimo como a ti mismo". Bueno, cuando nosotros amamos al prójimo, una de las cosas que ocurre es lo que esta iglesia de Macedonia hizo, es que le rogaron a Pablo que les permitiera dar para el sustento de los santos. Ellos son nuestro prójimo. Es parte de lo que ocurre. No es todo lo que ocurre, pero es parte de lo que ocurre.

Esta viuda fue y dio en humildad, sin hacer mucha pompa. No tenía mucho. Dio con sinceridad. Y ese es el antídoto de la actitud de los escribas, que eran orgullosos, que querían ser notados, que querían ser mencionados. Y esta viuda dio sacrificialmente, porque dio todo lo que tenía. Se quedó sin nada.

Yo creo que eso es el resultado de haber llegado a conocer a Dios, en quien ella estaba confiando, como la iglesia de Macedonia, y de haber amado a Dios primero. Porque Pablo dice, con relación a la iglesia de Macedonia: "Porque ellos primeramente se dieron al Señor". Yo creo que ahí Pablo estaba apuntando a que ellos primeramente amaron al Señor, y como consecuencia amaron a los santos en sus necesidades.

La pregunta es: nosotros, al final de estos tres mensajes, no del Evangelio de Marcos, pero de una mini serie que nos habla de la condición, la actitud, la disposición del corazón, ¿dónde estoy? ¿Dónde estoy en términos de mi amor a Dios, mi amor al prójimo? ¿Dónde estoy en términos de mi humildad versus mi orgullo? ¿Dónde estoy en términos de la necesidad de estar reconocido versus el poder ser pasado desapercibido, no haber sido contado, y a la vez ni siquiera molestarme con aquellos que tienen esa necesidad todavía, porque Dios todavía no ha trabajado en ellos, en sus corazones? ¿Dónde estoy yo? ¿Hay una necesidad de arrepentimiento en mí? Hay una necesidad de arrepentimiento en todos. ¿Hay necesidad de que yo vaya a mi clóset y comience a buscar todo lo que tengo guardado, todo lo que no estoy poniendo, y lo saque y lo regale? ¿O a un ático? ¿O a un garaje? O yo no sé. ¿O a un baúl?

Lo peor que nos puede ocurrir es escuchar mensajes como este, decir: "Yo fui confrontado por tres domingos", por así decirlo, y mañana seguir viviendo como el lunes anterior. Porque ahora, a mayor entendimiento y conocimiento, mayor la responsabilidad.

Responsabilidad: que a quien mucho se le da, mucho se le demanda.

Esta es una producción que llega hasta ustedes gracias a los aportes de individuos y empresas comprometidos con la defensa de la fe. Para más información, preguntas y comentarios, visite nuestra página de internet: www.integridadysabiduria.org. En esta página encontrará información sobre la producción de este y otros recursos que ponemos a su disposición, como también las formas en las que usted puede contribuir con la producción de programas como estos.

Les invitamos nuevamente a visitar nuestra página de internet www.integridadysabiduria.org. Será hasta la próxima, cuando nos reencontremos en Su Palabra.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.